Magdalena de la Cruz

Magdalena de la Cruz
Nombre Magdalena de la Cruz
Orden Jerónimas
Títulos Beata del Convento de San Pablo de Toledo
Fecha de nacimiento Hacia 1430
Lugar de nacimiento Norte de África
Lugar de fallecimiento Toledo, España

Contenido

Vida impresa

Ed. de Lara Marchante Fuente

Fuente

  • Sigüenza, Fray José de, 1605. “Libro Segundo de la Tercera parte de la Historia de la Orden de San Jerónimo”, Tercera Parte de la Historia de la Orden de San Jerónimo, doctor de la Iglesia, dirigida al Rey, Nuestro Señor, Don Felipe III. Madrid: Imprenta Real, 505, 507-508.

Vida de Magdalena de la Cruz

CAPÍTULO LI

[505] De otras muchas siervas de Dios que han florecido con gran ejemplo en el mismo Convento de San Pablo

[…] Magdalena de la Cruz fue de nación africana, mora de ley, cautiváronla siendo ya mujer hecha, fue esclava de doña Teresa de Guevara: en su casa vino al conocimiento de nuestra fe, que esto se ganó por encontrar tal señora. Bautizose, y asentole tan bien la ley de Cristo que, cuando doña Teresa se determinó a dejar el mundo, la llevó consigo, no ya por esclava, sino por hermana y compañera de sus santos propósitos, entendiendo que no es Dios aceptador de personas, sino que recibe a cuantos le reciben y temen sus mandamientos, ni hay en el distinción de judío, griego, árabe o gentil, rico y abundante para cuantos le llaman y desean.

Cuando hicieron profesión las beatas la hizo ella, y supo agradecer tan bien los beneficios que había recebido del Señor que de noche ni de día no pensaba en otra cosa sino en cómo servirle y responder con algo de su parte. Ejercitose siempre en obras humildes, y ninguna tan humilde en el convento que no le pareciese que para con ella era sino de altísima dignidad, juzgándose por indigna de poner su boca donde ponían sus pies. Quiso el Señor, para que se viese mejor la alteza o la fineza de su paciencia y sufrimiento, visitarla con una grave perlesía; estuvo tendida en la cama muchos años sin poderse levantar de allí, con el cuerpo a lo menos, que con el alma por momentos pisaba sobre las estrellas, teniendo más arriba sus pensamientos y conversación. Una noche de la santa Resurrección le vino un extremado deseo de hallarse con sus hermanas y señoras en la celebración de tan alegre solemnidad; quedose sola, y al punto que en el coro comenzaban el invitatorio de los Maitines: Surrexit Dominus verè, Alleluya, entraron cuatro mancebos hermosísimos vestidos de blanco, con la librea de la fiesta y recamados de luz y resplandores, y, haciendo coro de aquella humilde celdilla, se le cantaron todo con un son o tono tan acordado que en el entretanto la perlática estuvo como en la gloria; y cuando ella no revelara este favor (contábalo con suma sinceridad), el olor y [508] suavidad que allí dejaron los músicos que cantaron a cuatro bastaba a publicarlo, porque fue extremado tan bueno como el motete, y más largo, porque duró muchos días. De allí a pocos pasó la santa desta vida; porque no se hallaba sin tan buena música, al punto de su tránsito se vieron muestras harto suficientes que su alma fue derecha tras ellos. […]