María García

De Catálogo de Santas Vivas
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María García conversando con Fray Fernandez Pecha
Nombre María García de Toledo
Orden Jerónimas
Títulos Priora y fundadora de la casa de beatas de Mari García, posterior convento de San Pablo de Toledo. Iniciadora de la rama femenina de la Orden
Fecha de nacimiento 1340
Fecha de fallecimiento 1426
Lugar de nacimiento Toledo, España
Lugar de fallecimiento Toledo, España

Vida manuscrita (1)

Ed. de Celia Redondo Blasco y María Morrás; fecha de edición: abril de 2017.

Fuente

  • Cruz, Juan de la. 1591. Historia de la Orden de S. Hierónimo, Doctor de la Yglesia, y de su fundaçión en los Reynos de España. Esc. &-II-19 fols. 208v- 217r.

Criterios de edición

Dado que se trata de una copia manuscrita que no puede ser muy posterior al autógrafo, los criterios de edición son conservadores. La lengua del texto refleja bien las características fonéticas y gráficas propias del siglo XVI, sin que se hayan podido observar rasgos dialectales, pues el vocalismo en formas como monesterio y desgusto son muy habituales.

Se mantienen los grupos cultos, que podrían ser reflejo de la obra latina que dice haber consultado el autor, o simplemente mostrar el uso eclesiástico: s líquida en Spirito Sancto y en el latinismo specie formas cultas como –mpt- en Redemptor, th en thesoro (y Theressa), ph en propheta, -gm- en augmento -l- geminada en collegio, bulla Otros grupos dobles: successo, -ct- (sanct y sus derivados)

Sibilantes: La oscilación entre –ss- y –s- intervocálica cuando etimológicamente es sorda o procede de un grupo –ss- en latín es mínima. En general, escribe correctamente los vocablos (necessitad, promessa) o las formas latinas que con –ss- (superlativos: honestíssima, religiosíssima; formas verbales de subjuntivo (fuessen, entendiesse, diesse, etc.) o por razones etimológicas (essos). Sin embargo, también se encuentran formas simples intervocálicas (deseos, mereçiesen, perseverases, moviesen, guardasen). Sin embargo, en general parece distinguir entre la sorda /s/ y la sonora /z/, como indica la hipercorrección Theressa, por lo que se mantiene la grafía original. Las fricativas en cambio indican confusión entre sonoras y sordas (doncella/donçella en lugar de donzella, etc.), pero se mantiene la forma original por su interés lingüístico.

Se mantiene el uso de la y en los diptongos decrecientes (oýd, caýda, cuydado, etc.), así como la oscilación entre v/b. Se conserva la –ll en humilldad y humillde porque parece que el copista (y quizá el autor) lo consideran grupo culto; también se mantiene la h- aunque sea anti-etimológica en hedeficio y hedad. Se conserva dello, desto, etc., pero se separa mediante apóstrofe cuando la forma aglutinada incluye un pronombre personal: d’él. Se regularizan alternancias gráficas sin valor fonético: i/j u/v.

La puntuación y la capitalización han sido modernizadas, si bien se mantiene el uso del paréntesis para indicar observaciones digresivas según el original.

Vida de María García

Capítulo veynte y quatro

De cómo se fundó el monesterio de religiossas de sanct Pablo de Toledo por doña María Garçía, y del fervor después que tuvo esta sancta muger desde su tierna hedad, y en las buenas obras que se ocupó con gran menosprecio de sí misma

En una escriptura bien antigua escripta en latín se halla la fundación del monesterio de sanct Pablo de Toledo y de su fundadora doña María Garçía, que después de muchos años que en él vivió con muchas siervas de Dios que tuvo en su compañía acabó sus trabajos en este que se va prosiguiendo [1] de mill y quatroçientos y sesenta y cuatro. Y es digna cosa que se ponga en este principio y fundaçión del monesterio de Sanct Pablo de Toledo, para que se sepa la vida maravillossa de esta sierva de Dios doña María Garçía, y vea y entienda, que en tiempo que tanto se olvida la charidad y abunda la maldad, quiso Nuestro Señor despertar esta su sierva fiel, cuya vida honesta, llena de buenas y sanctas costumbres, y del menospreçio del mundo y de lo que él promete y representa, se escrive aquí, juntamente con la fundación. Y será con la brevedad que dieren lugar las muchas y muy notables cosas que ay que dezir aprovechándome en parte de la dicha escriptura y de otros lugares que harán a este propósito.

Pues en el tiempo que reynava en Castilla el rey don Pedro, fue un cavallero principal en linage y sangre que se dezía don Diego Garçía de Toledo, casado con Doña Constança, hija de Hernán Gómez y hermana del Arçobispo de Toledo, don Álvaro. A estos cavalleros, don Diego Garçía de Toledo y doña Constança, dio Nuestro Señor una hija, después de otros muchos que tenían, de particular hermosura y graçia, que sobremanera la querían, miravan y estimavan sus padres como singular benefiçio que Dios les avía querido hazer. Y en una voluntad (que la tenían en todas las cosas y eran justos delante de Dios) se la ofreçieron como décima parte de sus bienes, poniéndole nombre María [fol. 209r] y el sobrenombre de su padre, y ansí se llamó siempre doña María Garçía. Pusieron mucho cuydado sus padres en criarla y que se afiçionase al temor y amor de Dios y a las sanctas costumbres. Apenas sabía hablar (como dizen) quando se fue conoçiendo en ella el spíritu que Dios quería declarar en su favor porque en ninguna cosa pareçía niña, sino llena de discreçión, de la que el Spíritu Sancto pone en las almas donde reside. Quando tuvo alguna discreçión, no solo no menospreçió el voto y ofreçimiento que sus padres tenían hecho, mas ella, con gran voluntad le confirmó, abraçó y amó, y desde luego tuvo tanto fervor en el amor de Dios que se conoçió que más eran órdenes del Spíritu Sancto y graçia divinal que consejo de hombre humano. En esto seguía el del propheta, que desde su niñez endereçó sus pensamientos al Señor muy alto, y dello dio buen testimonio su vida maravillossa, que aún en aquella tierna hedad se apartava a los lugares secretos a hazer oraçión huyendo de los que la podían ver en casa de sus padres y de los juegos y cosas que en tal hedad se suelen exerçitar y entretener los niños. Era pobrezilla de voluntad, y aun no havía oýdo el Evangelio y deseaba ya hazer thesoro en el Çielo, teniendo gran cuydado de los pobres de Jesuchristo, recogiendo las migajas que caýan de la mesa de sus padres. Y los pedazos de pan que sobraban de su comer, con todo lo demás que podía haver y recoger, lo guardava y escondidamente lo dava a los pobres.

Quando llegó a la hedad creçida, y desechados los deseos de la moçedad, pensaba de día y de noche cómo podría, a exemplo de san Juan Baptista, conservar y guardar con toda entereza su vida y limpieza, y decía con el psalmista: “Muestrame Señor tus carreras y endereçame según tu voluntad”. Como era ya de doze años y no se aficionase a la vanidad del linage, ni a la abundancia y trages de la casa de sus padres y amonestaçiones de los lisongeros, pasó por todo ello como virgen prudente y sabia despreçiándolo, con todos los deseos dañosos del mundo, deseando solamente ser agradable al Esposo Çelestial. Para poner con más brevedad en exerçicio los propósitos y los deseos sanctos que tenía, olvidando la casa [fol. 209v] de sus padres se apartó a un monesterio de monjas que se dezía sanct Pedro de las Dueñas (que estaba adonde después hedificó el cardenal don Pero Gonçález de Mendoça el hospital insigne que dizen de la Cruz) y adonde era priora una hermana suya que la amava y quería como era razón. Recibiola con gran voluntad y en poco tiempo aprendió y supo el canto y las otras obediencias de la religión, para que aprovechase dello y servir a Dios, adonde le encaminase de tomar el asiento que avía de tener. Entendida por muchas partes su vida y costumbres, muchos monesterios de religiossas la deseaban tener en su compañía, y particularmente el de Sancta Clara, de la Villa de Tordesillas, que le ofreçieron que en pocos años sería su perlada si quisiese tomar allí el hábito y la professión, y le sería la vida de mucho contento y descanso.

Ninguna cosa le movía a la sierva de Dios, porque ni eran essos sus pensamientos ni havía entrado en su camino y deseo gana de querer y apeteçer de ser perlada, sino sierva humillde, y por esta humilldad lo menospreçiava todo y lo hollava y acoçeava todo, y no quería que los hombres la viessen sino en este menospreçio, ni reçibir dellos el galardón de sus obras, si algunas tuviese que fuessen buenas y aceptas a Nuestro Señor, y d´Él quería el premio y galardón, y entrar en su apartado cubículo a solas (como lo dize el Sancto Evangelio) para que solo Él la entendiesse y diesse la retribución conforme a los merecimientos.

Después que se detuvo en aquel monesterio algunos años y sabía ya bien las observançias de la religión que se praticavan y enseñavan en él (y sin haber tomado hábito ni manera de religiossa), pareçiole que era bien bolverse a la casa de sus padres, más por voluntad de Dios que lo inspirava que por tener gana de bolver atrás de sus buenos y sanctos propósitos. Pidiole licençia para ello a la priora, su hermana, que con mucha dificultad y gran desgusto se la huvo de dar. [fol. 210r] Y ansí se fue como lo avía dicho a la casa de sus padres. Aunque estava en ella y vivía entre los hermanos y criados de casa, y pareçía que se havía buelto al mundo como cosa que le dava gusto y contento [2], andava tan abrasada y ençendida en el fuego del amor divino que siempre pensaba, codiciava y tratava cómo seguir y ymitar (según su flaqueza) a Jesuchristo, su esposo. En lo que asentó, después de muy mirado y consultado y pedido a Nuestro Señor, fue negarse a ssí misma y no mirar a su hedad y flaqueza y que era muger, ni a lo que podrían decir y juzgar los hombres faltos de consideraçión, y con esto començó a darse al despreçio suyo y de las cosas mundanas, y tomó consigo, como aya y compañera, a doña María Gómez, matrona biuda y noble, que con una misma voluntad la quiso acompañar en sus designos y trabajos. Su principio fue començar a andar por las puertas de los vecinos de la ciudad a pedir limosna cada día, públicamente, para los pobres necessitados. Pues dezir que llevavan en su compañía quien recogiese las limosnas y pedaços de pan que les davan, era cosa de bendezir a Dios en sus marabillas, que la donzella pobre de Jesuchristo llevava sobre sus ombros una talega o alforja en que las echava, con un fervor y ánimo de hazer serviçio en ello a su esposo que no aprovecharon promessas, ruegos ni amenazas de sus padres para apartarla dello, y ansí la dexaban continuar su sancta ocupación y daban lugar a ello aunque no dexavan de sentir ellos y los hermanos de la sancta donzella alguna afrenta de aquel menospreçio tan público. No dexavan por esso las dos su exerçiçio cotidiano de andar por las calles de la çiudad pidiendo limosna como pobres peregrinas, y estavan en la sancta yglesia mayor entre los dos coros al tiempo que los canónigos salían de las horas, que los ponían en confusión y compelían a que les diessen muy buenas limosnas. Desde allí pasavan con las que llevavan en sus alforjuelas a la casa de sus padres, y ya era para ellos de gran consuelo y regalo ver de aquella manera a su hija, y la animavan y esforçavan en ello (aunque por otra parte la carne y la sangre hazían su oficio en [fol. 210v] sentir aquel difraçe). Pero pasados los primeros días, y viendo a su hija contenta, y que era bien inclinada, devota y charitativa con los pobres de Jesuchristo, no había cosa temporal que para ellos se les pudiesse comparar a esto. Bendezían a Dios y alçavan las manos al Çielo con mucho plazer y alegría, haziéndole infinitas gracias por haverles dado hija que aun antes de tener discreçión ni hedad había en la tierra vida çelestial y obrava en ella tantas marabillas. Todos los de su casa, hijos y criados, hazían lo mismo, y la sancta donzella, con una profunda humilldad y llena de spíritu de Dios, se derribava a los pies de todos besándoselos, agradeciéndoles el contento que mostravan de la vida que seguía.

Acaeçió un día que andando pidiendo limosna por la çiudad la sancta donçella con su compañera por no perder costumbre de remediar a los que tenían necessidad, que encontraron en una calle al arçobispo de Toledo, su tío, hermano de su madre, y a su mismo padre, que le acompañava con otros cavalleros y gente principal de la çiudad, y quando el arçobispo vio a su sobrina en aquella postura que llevava y cargada en los hombros la talega con las limosnas que había recogido, volvió a su padre y díxole con algún enojo y como reprehendiéndole: “Mucho me maravillo, que como seáis hombre prudente, no remediéys un desconçierto tan grande como este y consintáys a una hija de tan poca hedad y tan hermosa y de linaje, que es que ande ansí despreçiada y con tanta libertad que days a entender que la tenéys aborreçida, pues no la recogéys y tratáys de casarla con otro que sea su igual”. El cavallero prudente le oyó y respondió con mucha mansedumbre y en breves palabras le dixo: “¡Qué esposo le parece a Vuestra Señoría que puedo yo dar a mi hija más rico y generosso que a Jesuchristo, Hijo del Padre Eterno! Por ventura podemos resistir al Spíritu Sancto. Ella ha escogido este estado por la mejor parte y yo no se le quiero estorvar, ni me pareçe que se açertaría en ello”. [fol. 211r] El arçobispo calló con esta respuesta y no supo qué le replicar, entendiendo que aquello era obra de Dios.

Capítulo veynte y çinco

Cómo desde algunos días dexó de pedir las limosnas la donzella y virgen de Jesuchristo, doña María Garçía, y se recogió en una hermita de Nuestra Señora de la Sisla con su compañera, y después al monesterio que fundó de Sanct Pablo

Entre otras cosas mal hechas que en aquellos días hazía el rey don Pedro era desasosegar y perseguir donzellas y mugeres nobles de qualquier estado que fuessen, por sus desordenados apetitos, y esta honestísima virgen, con el temor que le causaba esto, se fue (con otras muchas señoras principales del reino que procuraron esconderse de la persecuçión del Rey) a la villa de Talavera, que estava allí su padre don Diego Garçía, que era casi como señor della y beneficiaba sus possesiones y heredades, que eran muchas la que en aquel lugar tenía. Aun estando allí la sancta donzella con sus acostumbrados exerçiçios y ocupaçiones de oraçión y meditaçión, no estava con toda seguridad porque veýa que otras padeçían grandes trabajos por la guarda de su honestidad, y esto le puso en cuydado de pensar en buscar otro medio y asiento que fuesse más seguro, y no andar con temores y desasosiego. Pedía de veras a Nuestro Señor dispusiesse lo que más havía de ser serviçio suyo, y como está cerca de los que con ánimo verdadero le llaman y quieren, endereçó su deseo que se fuese a Toledo a un término que dezían de la Sisla (adonde es de creer que el ángel la guió con su compañera doña María Gómez) y allí hizieron una casilla pequeña para recogerse, arrimada a la hermita de Nuestra Señora que dezían de la Sisla, y en ella estuvieron algún tiempo sirviendo a Nuestro Señor en ayunos, vigilias, oraçiones y otros exerçicios honestos de humilldad y de sanctidad, hasta que fue servido que [fol. 211v] cesasse la causa del temor con la muerte del Rey Don Pedro.

Aun no estava criada en aquel tiempo la orden de Nuestro Padre San Hierónimo en estos reynos de España, pero pocos años después se confirmó por la sede apostólica y dio el hábito que se use en ella, y se hedificó el monesterio tan principal que oy se vee en Toledo, en la hermita de Nuestra Señora de la Sisla, que dexó la bienaventurada doña María García.

Muerto, pues, el rey Don Pedro, daban orden aquellas sirvientas de Dios de dexar aquella soledad de la Sisla, que la tenían grande por estar tan apartadas de la çiudad, y entendieron que en ella havía una congregación de mugeres devotas y honestas en la perrochia de San Román y tuvieron su aviso y consejo para yrse a aquella sancta compañía y subiectarse a la administradora doña María de Soria, que las reçibió con grande alegría, y de consentimiento de todas las religiossas les dieron el hábito y vestido que ellas traýan.

Por todo el tiempo que vivió la administradora María de Soria, estuvo en aquella casa la sierva de Dios y virgen doña María Garçía, y quando vio que era muerta y que también lo eran sus padres y pasado desta vida al Çielo, le dio más ganas a doña María Garçía de dexar del todo el mundo y el trato d’él, y asentar para siempre en un lugar; y pidiéndolo al Señor dezía con el psalmista: “Tú, Señor eres bueno, enséñame tus justificaçiones”. En ninguna cosa sentía el gusto que pretendía si no era en el puro spíritu y amor de Dios, y siempre andava con cuydado adónde havía de permaneçer y qué estado era el que havía de escoger. La hazienda que heredó en Belilla de su madre la vendió luego y compró una casa grande con mucho aposento en la perrochia de Sanct Lorenço, a donde se pasó con su compañera doña María Gómez, y allí asentaron sus deseos y perseveró hasta la muerte.

Entendida en la çiudad esta traslaçión de doña María Garçía, no le faltaron personas de calidad [fol. 212r] que por su devoçión y afición se inclinaron a seguirla, y una dellas fue ^doña^ Theressa Vázquez, persona noble y principal, con siete mugeres de buenas costumbres, fama y christiandad, que se fueron a amparar a ella, por solo servir a Dios y serles compañeras en la vida sancta y exemplar. Este, pues, fue el primer principio de fundar y plantar aquel collegio de Sanct Pablo de Toledo, que oy es monesterio, que desde que entonçes començó hasta oy ha floreçido y floreçe gran religión y mucha sanctidad, como en el processo desta escriptura se yrá mostrando hasta el cabo della.

El primero fundamento del monesterio de Sanct Pablo de Toledo fue este, y estava ya con grande gozo y contento la sierva de Dios doña María Garçía viendo el fervor de las nuevamente allegadas, y ansí las quería y amava con entrañas llenas de charidad, y animava a perseverar trayéndoles lo del psalmo: “Load a Dios y alabadle, pues ha confirmado sobre nós su misericordia”. Bolviéndose a Nuestro Señor dezía: “Suplícote que te sirvas de darnos graçia, que cantemos tus justicias en este lugar de ^nuestra^ peregrinaçión, que en él queremos perseverar, y en las alabanças divinas”. Fue creçiendo tanto la buena reputaçión de aquella congregaçión en observançia y conversaçión sancta y religiossa, que en pocos años se les allegaron otras muchas a su compañía, las quales, quando vieron que la orden de sanct Hierónimo començava y resplandeçía el nombre della, y estava ya hedificándose el monesterio de la Sisla y con algunos frayles, pareçióles bien su manera y hábito. Y con un ánimo y voluntad lo escogieron y se vistieron del hábito, escogiendo y eligiendo por su priora y prelada a la religiosíssima doña María Garçía, que lo hubo de aceptar por sus ruegos y ymportunaçiones, porque por su voluntad deseaba antes ser regida que regir, y súbdita que prelada.

Viéndose la devota sierva de Dios con aquella carga y cuydado de priora, y que traýa vestido el hábito de la sagrada orden de nuestro padre Sanct Hierónimo, començó a comunicarse y tractar al sancto varón fray Pedro Fernández Pecha, que era prior de la Sisla, que se ocupaba en hedificar aquella casa, y a mostrarle voluntad [fol. 211v] y aun a favorecerle en su obra del monesterio y claustro, que le fue de grande favor y ayuda para acabarlo con más brevedad. Para la sacristía y culto divino dio muchas cosas y ornamentos de valor, y hasta se sabe que la arquita pequeña de plata adonde se çierra el sanctíssimo sacramento la dio y ofreció esta sancta muger.

Las plácticas y conversaçión destos dos siervos de Dios, fray Pedro Fernández Pecha y doña María Garçía, todas se ençerravan en sanctidad y qué observancias se tenían de guardar y acrecentar en la religión, y la solemnidad del culto divino, no olvidándose del cuydado que havía de haver en la oraçión y amor y serviçio de Nuestro Señor de noche y de día, que no pareçían en sus plácticas, tracto y conversaçión, sino otro Sanct Hierónimo y Sancta Paula, y Sanct Francisco y Sancta Clara, que se conoçió bien por los efectos que se obraron, encaminados todos al Çielo.

Doña María Garçía y sus seguidoras no se contentaron solamente con traer el hábito de la orden del glorioso nuestro padre Sanct Hierónimo sino que quisieron guardar la regla, estatutos y ceremonias que la orden tenía, guardava y professava. Y porque aún en aquellos días no estavan unidas las casas que estavan fundadas en el hábito de la orden, ni tenían superior general, dieron aquellas religiossas la obediençia al prior de la Sisla y a sus sucessores, confirmando esto y el dezir de los oficios divinos por bulla apostólica, aunque no tenían professión ni encerramiento de monjas, sino de beatas recogidas, queriendo con todo esto subiectarse al estilo y manera de la orden y negar su voluntad y libertad hasta la muerte, sin buscar otra manera nueva ni hazer más mutaçión. Pedía esto de veras y muchas vezes la sierva de Dios en su oraçión y petición, por sí y por las hermanas, y que mereçiesen el spíritu de perseverançia como convenía a su salvaçión, y no se olvidava, ni aun desconfiava, de lo que el Sancto Evangelio promete a este propósito en aquellas palabras, “El que perseverase hasta la fin será salvo”, que no hazían en ella menos impressión que si las estuviera oyendo de la boca de Jesuchristo Nuestro Señor, y, [fol. 213r] puesta a sus pies como la Magdalena, era doña María Garçía en la compostura y hermosura como un ángel, y de sosiego y mansedumbre increýble, y tenía una quietud y reposo en la conçiençia y una serenidad en el alma (parecida a lo del Çielo) que ninguna cosa próspera ni adversa pareçía mudarla. Del sanctíssimo sacramento era grandemente devota, y reconocía ser aquella la fuente y manantial de todo el bien de las almas, y allí procurava coger quanto havía menester para ser rica.

En muchos años no tuvo nombre de monesterio la casa de Sanct Pablo de Toledo, sino que pasó con nombre de “congregaçión de beatas de la orden de San Hierónimo”, y no por esso se diferenciavan en nada en las observançias, cerimonias y guarda de la religión. La priora era la primera en todas las asperezas y trabajos, y la que más se mostrava y resplandeçía en toda perfectión y sanctidad. En la humilldad y simpleza recta y temor de Dios tuvo tan alto grado quanto se puede consentir en muchos de los mortales, y si es lícito dezir que la pueden tener en esto como a otro Job. De todas era amada, querida y respetada, y atraýa con esto a muchas a querer su trato y compañía, porque solo su exemplo y sancta conversaçión bastava a reformar lo que con mucha diligencia y buenas razones y trazas no hizieran muchas en muchos días y años. Algunas personas prinçipales de la çiudad la visitavan, y todas las pláticas y conversaçión que con ellas tenía eran de la gloria y amor de Dios, y a las que veýa que llevavan los rostros disfraçados con afeytes, y con demasiadas galas y vestidos, queriéndoselo reprehender lo dezía con palabras dulces y blandas, y con un deseo que se moviesen a escusar las ofensas de Dios que de aquello podría haver. Todo género de curiosidad y qualquiera specie odorífera huýa y aborrecía como si fuera veneno ponçoñoso, y dezía a las que usavan dello que no era menester aquella deleitaçión a la carne, que está llena de aquestas miserias y tan çerca de ser (con brevedad) manjar de gusanos. No se deleytava en las jactancias, ni consentía ensuziar su coraçón con ellas, aunque unas cosas le dixesen en su alabança o del govierno tan conçertado que tenía en su monesterio, [fol. 213v] y de su hermosura y nobleza de linage; antes lo aborrecía y se tenía por gusano y por la más vil criatura criada, y de más despreçio y menos partes de que alabarla, y que la gloria y onra de todo se havía de atribuyr a Dios. Con estos exemplos, animava la sancta priora a sus hijas y las esforçava a continuar el amor y serviçio de Dios, meditando de noche y de día en la Pasión de Nuestro Redemptor.

Bivían todas en tanto conçierto y sancta conversaçión que a todos los de la çiudad eran exemplo y dechado de virtudes y honestidad, y hasta oy se dize y muestra esto en aquella sancta casa, y se les echan bien de ver los primeros prinçipios y buenos fundamentos que tuvo de religión y de sanctidad, que, como dixe poco ha, se verá adelante en las obras milagrosas que Nuestro Señor ha obrado en muchas siervas suyas que bivieron y acabaron en aquel monesterio.

Capítulo veynte y seys

De la muerte bienaventurada de Doña María Garçía y de lo mucho que sintieron algunos años antes perder su primero prior y perlado, Fray Pedro Fernández Pecha

Después que estuvieron algunos años Fray Pedro Fernández Pecha y doña María Garçía en muy sancta y religiossa conversaçión, y governando cada uno su monesterio con el exemplo y creçentamiento en el amor y serviçio de Dios que se ha dicho, cansado ya por la hedad y vejez, Fray Pedro Fernández Pecha se fue al monesterio de Nuestra Señora de Guadalupe a acabar sus días en aquel sanctuario de la madre de Dios (como en su historia se dixo) dexando renuncia el priorato de la Sisla, de lo que quedó bien desconsolada la sierva de Dios, doña María Garçía, por carecer tan presto de padre que tanto favor había al augmento y aprovechamiento de la sancta religión. Mas bolviéndosse [fol. 214r] al Señor universal de todos, que no desecha a los que son siervos suyos, tomava esfuerço y contento y animava a sus hijas a hazer lo mismo (que tenían el mismo sentimiento y andavan afligidas) para no desconfiar que les havía de faltar el favor y mano de Dios en la carrera que habían començado y continuarla con toda la perseverançia de virtud y exemplo.

Según el discurso que se ha hecho de los años que estos dos los siervos de Dios tractaron en el hedificio y asiento de los dos monesterios de la Sisla y de Sanct Pablo de Toledo, y se vieron y comunicaron, pareçe que pudieron ser muy pocos, que doña María Garçía vivió cinquenta años y más después que murió fray Pedro Fernández Pecha. Con todo esso, como se biene a acabar todo poco a poco, algunos años antes de la muerte de la sierva de Dios, doña María Garçía, por los muchos trabajos y continuas vigilias, tenía perdidos (en parte) los sentidos exteriores, mas muy vivos y enteros (y con mayores fuerças spirituales) los interiores del alma. Y para no dexar lo que tantos años havía continuado de yr a los maytines y entender quándo llegaba la hora, hazía una cosa bien rara y de notar, que le ponían un gallo çerca de su aposento para que la despertasse y supiesse quándo era la medianoche, porque ni podía oýr el relox ni aun la campana. Estava tan aconstumbrada desde su niñez a levantarse a aquella hora a hazer gracias a Nuestro Señor y no perder los maytines, que no lo perdonava aun estando con enfermedad, pudiéndose levantar.

Venida ya la hora que era última a los ochenta y seys años de su hedad (que la llamava Dios para dar galardón de tantos y continuos trabajos), pensaba en la cuenta que le havía de dar aquella mayordomía, y que no se podía alargar. Pues era ya aquella hora postrera (principio de la otra que con tanto favor y deseo guardava), aperçebiose luego del divino y sanctíssimo sacramento de la eucaristía (thesoro universal de las almas y çelestial consuelo para aquellos tiempos) y, después que le hubo reçibido, consolava a sus hijas que las veýa tristes por su partida, [fol. 214v] animándolas con palabras afectuosas de madre que tanto las amava y quería, y las amonestava que no volviesen atrás ni desmayasen en aquel camino spiritual, porque perseverando en toda humilldad, menospreçio y mortificaçión, llegarían con bençimiento al fin, y gozarían con gran alegría de la bienaventurança.

Havía en el convento veynte y çinco religiosas beatas, discípulas de tal madre de sanctidad, que a exemplo del glorioso señor padre San Hierónimo las mandó llamar y juntar, y con grande alegría las abraçó a todas, y dándoles paz dixo: «Mis amadas hijas, acordaos que ni por vuestros mereçimienos, ni por las míos (sino por la misericordia y bondad infinita de Nuestro Señor) nos apartó de los ruydos y tinieblas del siglo, y nos traxo a esta esclareçida soledad y recogimiento como a siervas escogidas y regaladas suyas. Ruegoos mucho que no os mostréis como mugeres de poco ánimo, diciendo que soys flacas para perseverar en religión. Oyd, no a mí, sino a vuestro maestro Jesuchristo que dize: ‘Mi yugo es suave y la carga liviana’. Y más: ‘El que pone la mano al arado y buelve atrás no es merecedor del Reyno del Çielo’”. Haviéndoles hablado estas y otras muchas cosas de la hedificación, alegando y trayendo autoridades de la Escriptura (que no pareçía sino que la tenía delante, y tan sabida y estudiada como si la hubiera profesado) mandolas salir, y bolvió a llamar a cada una por sí, que como de tantos años de trato y conversaçión las conocía, y sabía lo que a cada una en particular avía de avisar y aconsejar. Por verisímiles coniecturas y casi por spíritu de profezía, dixo a algunas el successo que avían de tener en el seguir la virtud y perfectión, o si avían de errar, y en los viçios y cosas semejantes, etc. Después las encomendó a todas dos cosas, que guardasen un mandamiento y un consejo: el mandamiento, que se amasen unas a otras y que con toda charidad sufriessen la una la pesadumbre de la otra; el consejo, que guardasen la clausura y silençio, y que no las viesen por las calles y huyesen de la comunicación con los seglares y salidas a las casas de los [fol. 215r] parientes y conocidos, con occasiones más voluntarias y ymaginarias que verdaderas que muchas vezes se suelen proponer, y aun venir deseos de buscar la salud con honestos títulos de enfermedades bien ligeras, que mirasen mucho esto, y que a quien Dios quita la salud en su convento y congregaçión no es justo que busquen fuera el remedio, y antes ^se^ ha de creer, que si con los remedios ordinarios de los conventos no se vee la salud, que quiere Dios que se sufra y calle la que de su mano recibiere este regalo, y lo tome con paçiençia y en penitençia.

Oyéndole tantas cosas de hedificaçión y conoçiendo que se le acabava la vida, no podían ya detener las lágrimas y los lloros de las religiossas, con que la movían a compasión, y les bolvió a decir: “No os fatigéys y lloréys en bano, que Nuestro Señor puso término a mis días y es ya llegado, conformaos con su voluntad y no creáis que os dexo, que yo confío en la Majestad que os tendrá en su guarda y amparo, guardando vosotras sus mandamientos y sirviéndole con toda limpieza y cuidado”. No les habló más de que le diessen el sacramento de la extremaunctión, que era ya tiempo, y la recibió con grandíssima devoción. La mañana antes de su muerte vieron las hermanas religiosas sobre su aposento una gran claridad y dentro dél una paloma blanca, y otro día, al alva, vieron que estava la sierva de Dios meneando los labios y haziendo oraçión a su Criador, sin entender lo que dezía, y muchas de la que con ella estavan presentes vieron que desçendió sobre su rostro un rayo de gran claridad y que sentía mucho plazer y contento de lo que veýa. Y alçando las manos en alto y puestos todos los dedos en señal de la cruz, espiró y desapareçió la claridad, a diezisyete días del mes de enero del año mil quatroçientos y sesenta y quatro, siendo de hedad de ochenta y seys años (como se dixo) y aviendo estado en aquella de Sanct Pablo los sesenta, poco o menos.

Luego llevaron su cuerpo al monesterio de la Sisla de Toledo, y con el mayor secreto que pudieron, y le enterraron con toda solemnidad juncto al altar mayor en aquella yglesia. Y esto se hizo [fol 215v] con secreto y açeleradamente, porque se temió que huviera alguna diferençia y discordia entre los ciudadanos sobre el enterramiento y no se cumpliera con el deseo que la sierva de Dios tuvo y dexó encomendado, que, como era deuda de principales cavalleros y muy emparentada, quisieran que se enterrara en la yglesia mayor, cerca del arçobispo don Alonso, su tío.

No se dexaron de ver algunos milagros en la muerte de esta sancta muger, y en solo el tocamiento a su cuerpo, como lo çertificaron y confirmaron muchos de los religiossos que se hallaron en su enterramiento y al tiempo de llevar el cuerpo al monesterio de la Sisla, y aunque manifestaron algunos en particular, otros dexaron de dezir por el poco crédito que el vulgo suele dar. Y este es bien que se ponga aquí y no se calle, que es tan çierto y verdadero como todos, que siempre tuvo fixo y enclavado el pensamiento y la consideraçión en la ley de Dios, pensando de día y de noche en ella y en lo que era amor y servicio suyo. De quarenta años a esta parte, fue necesario apartar el cuerpo de esta sancta muger del lugar adonde estava por razón de una obra que se huvo allí de hazer, y de tal manera le halla[ron] entero en su casa y ataúd (con aver más de çiento y veynte años que estava allí) que los religiosos que se hallaron presentes y lo vieron, certificaron esta verdad, que estava el cuerpo sin ningún corrompimiento, como quando le enterraron, y sin olor malo. Vieron también otra cosa maravillosa, que en la cabeça tenía puesta una corona (o guirnalda de ramos de laurel (que le pusieron en premio de la virginidad que guardó) tan fresca y sin estar secas las hojas ni perdido el color que se admiraron todos y recibieron gran recreaçión y consuelo. Y dieron gracias a Dios, que les havía dado en su capilla y compañía thesoro tan preciosso.

Su sepulcro está junto al altar mayor a la parte del Evangelio, cavado en la pared, con un vulto de la sierva de Dios ençima, hincada de rodillas, puestas las manos mirando al sanctíssimo saçramento, con el hábito que traýa [fol. 216r] de beata, y con una letra que dize que “está allí enterrada doña María Garçía, fundadora del monesterio de Sanct Pablo de Toledo”.7

[1] Subrayado desde “acabó… prosiguiendo”. Nota marginal: “Gran ignorantia, pues la hace compañera de fray Pedro Fernández Pecha el año 1374, que según esto vivió más de ciento y quince años”.

[2] El manuscrito lee «con contenta», con una diplografía por error.

Vida manuscrita (2)

Ed. de Celia Redondo Blasco; fecha de edición: junio de 2017.

Fuente

  • Esc. C-III-3. fols. 252r - 264r.

Criterios de edición

Al tratarse de un testimonio único se ha optado por emplear unos criterios de edición conservadores. Se puntúa y acentúa siguiendo las normas establecidas por la RAE. Se conserva la -l- geminada en humilldad y la s líquida en Spíritu Sancto, así como la alternancia entre v y b en su valor consonántico; también se mantiene la h- aunque sea anti-etimológica en hedad. Se han respetado los latinismos como oratión. Se han repuesto vocablos o grafías con corchetes ([ ]) cuando resultaba patente que no aparecían por un descuido del copista (en caso de duda, se ha respetado su ausencia). Se conserva dello, desto, pero se separa mediante apóstrofe cuando la forma aglutinada incluye un pronombre personal: d’él. Se ha conservado el uso de qu por cu (qual) y la grafía de la nasal n antes de la bilabial (grupos -np- y -nb-: honbre). En cuanto al grupo de sibilantes, se mantiene ç ante a, o, y también ante e, i. Se respetan, también, los grafemas z, s/ss ante las distintas vocales.

Vida de María García

[fol. 252r] Aquí comienza la vida e ystoria de la bienaventurada y loable memoria doña Mari Garçía, virgen consagrada a Dios, fundadora del monesterio y casa de las beatas llamadas de doña Mari Garçía que es en la çibdad de Toledo [3], la qual se trasladó del latín en romanze en el año del Señor de mill y quatrocientos y ochenta y siete años.

Ansí como Dios es maravilloso con sus santos, el qual no en vano hizo todos los hijos de los honbres, ansí nunca olvidó la su Santa Yglesia, dende el justo Abel, ni agora la olvida ni desanpara, hasta en fin del mundo. La qual en los antiguos tienpos, que fueron debajo de la Lei de Natura y de Escritura, nunca de todo en todo estuvo huérfana de santos y de varones y henbras fieles, en los quales, la fe, y caridad y esperanza resplandeçieron; y en los quales, toda relixión y perfetión de vida después de su muerte, por que no pereçiese, fuese conservada; e a los quales, el Evangelio y divino dinero, non sin causa, fuesse prometido, y en nuestra hedad, que es debajo de la Lei de Gracia, aiuntadas las cosas altas a las [fol. 252v] bajas, después que el humanal linaje dejó el honbre viejo, venido el nuevo honbre: conviene saber, Jesucristo, nuestro medianero, Dios encarnado después que recibió la Passión, después de su poderosa Resurretión y gloriosa Açensión. De quántas maneras de santos, ansí honbres como mugeres, su santa gloria Dios todopoderoso aya guarnecido, dotado y hermoseado, aunque la voluntad quiera y desee dezir, pero la lengua no lo puede recontar ella misma, en sí sola la conoçe, desto non dubdamos, los gloriossos Apóstoles de Jesucristo, quia predicatión salió en toda la tierra, ser sus primeros fundadores. Los quales, después que reçibieron el Espíritu Santo, quanto más crueles, rebeldes y apartados del conocimiento de Dios hallaron a los pueblos y gentes, tanto más las amansaron, domaron y trajeron a su conocimiento. Quién podrá contar los mártires vençedores y esforçados por virtud divina que maravillosamente defendieron la su Santa Iglesia. Los quales, por la alinpiar de las espinas, lavaron sus vestiduras en la sangre del cordero; sufriendo por Jesucristo lo que Él sufrió por ellos, no dubdaron dar su cuerpo a la passión. Los santíssimos confesores sustentaron la Santa Yglesia [fol. 253r] y, ensanchándola por edificio espiritual, por dotrina y exenplo, regaron los coraçones de los fieles de rocío celestial. A los quales, enbiando el Señor como obreros en su miel, adornó y dotó de muchos bienes de su graçia, y quiriéndoles probar por diversos trabajos, a uno dio maior fortaleza que a otro, cuios cuerpos, y si la grandeza del martirio o la espada material no atormentó, pero ellos, vibiendo a Jesucristo por continua abstinencia, domando saludablemente las cobdicias de la carne, a sí mesmos crucificaron. Úyense las santas donzellas adornantes aquesta iglesia con su clara virginidad, las quales conociendo el Señor ser de natura flaca, con largueza de su graçia las dio sfuerço, por que el Enemigo, fallándolas ynflamadas en el amor divino, no pudiese vencerlas con sus artes engañosas. De aquestas, algunas, que el Señor para esto guardó, fueron por sus nonbre y por la honrra de su fe martirizadas, las quales juntamente de doble vencimiento fueron laureadas y coronadas porque, no sabiendo la cama material, al solo Esposo de virginidad, que es Jesucristo Nuestro Salvador, se allegaron y en el tormento del martirio, burlando de sus atormentadores, [fol 253v] fueron vençedoras, por lo qual resplandeçen por aureola de virgininad, ansí como lirios y rosas por pena de la persecutión. En el aiuntamiento y conpanía de aquestas, piadosamente creemos ser colocada y asentada en gloria perdurable nuestra amiga, nuestra conpanera, nuestra cibdadana de Toledo, a la qual, Nuestro Señor, en nuestros tienpos, en los quales la maldad abunda y la caridad se es fría, quiso en ejenplo de vida y virtudes dar a su Santa Yglesia, cuia loable vida, cuia honestidad de buenas costunbres, cuia santa conversatión, cuio menospreçio, aspereza de vida a honrra de Dios, y para despertar las voluntades de los justos y conpunjir y reprehender las culpas de los negligentes, aiudándonos la gracia divina, queremos brevemente escrevir. Y porque es esta virgen y hermosa, rogemos muy humildemente a la Reina de las Vírgines que nos gane graçia de contar y dezir de su vida y loable conversaçión.

Capítulo primero

Fue en los días del rei don Pedro el Cruel, rei de Castilla, de memoria bienaventurada, un cavallero claro por linaje y claro por virtudes, llamado Diego Garçía de Toledo. Este tenía una mujer que era de noble [fol 254r] linaje ansí como él, cunplida de virtudes y de toda honestidad. Anbos eran justos delante de Dios, andando en sus carreras y cunpliendo sus mandamientos. Ella se llamava doña Costanza, hija de Fernán Gómez, padre del reverendíssimo don Álvaro, arçobispo de Toledo, cuia hermana era de un vientre la dicha doña Costança. A estos dio Dios, entre otros hijos e hijas, una hija mui graciosa, cunplida de toda hermosura, a la qual pusieron por nombre María, y el sobrenombre del padre, conviene a saber doña Mari Garçía. A la qual, los padres, ansí como la dézima parte de sus bienes, prometieron al Señor de toda voluntad. Este voto, quando ella fue de hedad de discreçión, no ansí como desobediente despreçio ni desecho con poco coraçón, mas antes, conforme con los padres, lo confirmó. Y encendida en el amor del Señor, luego por obra lo cunplió de su propia voluntad y de su libre alvedrío, sin consejo de alguno, mas inspirada de don y graçia divina, toda se ofreció al Señor. ¡Convenible cosa era que tal sarmiento naciese de tal vid!

Tal fue aquesta virtuosa doncella, que, movida por el consejo del profeta, dende su niñez todo su pensamiento puso i fincó en el Señor, ansí como lo declara la orden de su vida maravillosa, la qual, aunque [fol. 254v] niña y de mui tierna hedad, huía la conpañía de los que en casa del padre eran. Y olvidando y dejando los juegos y cosas a que la tal hedad se suele dar, apartávase en lugar secreto a ofrecer oratión pura y linpia al Señor. Nunca oiera el santo Evangelio y ia deseava hazer tesoro en el Çielo. Era pobrecilla de voluntad y parecía que tenía no pequeño cuidado de los pobres: las migajas que caían de la mesa de su padre, y los pedazos que sobraban y quedavan de su comer, y todo lo que podía aber con deligençia guardava y ascondidamente procurava de dar a los pobres.

Capítulo segundo

Creçiendo ya en edad, desechando todos los deseos y obras de moza, pensaba de día y de noche cómo, a ejenplo de San Juan Baptista, podría conservar y guardar enteramente su vida sin mancillar; y deçía al Señor: «Demuéstrame, Señor, las tres carreras y enderéçame, Señor, según verdad». Y ansí como virgen prudente i sabia, como fuese ya de doze años, no ensobervezida por la ponpa del linaje, no atraída por vanas amonestaciones de los honbres lisonjeros, no mirando los faustos abundantes del padre, despreçió todos los deseos dañosos del mundo, y renunciando de ese aiuntar a esposo carnal, olvidando la casa del padre, deseó [fol. 255r] solamente la hermosura del Esposo Celestial. Y por que más cauta, más libre y más diligentemente pudiese cunplir su deseo y el negocio espiritual, non curando de la murmuración de las gentes, apartose a un monesterio de monjas de santa conversatión llamado San Pedro de las Dueñas, do era priora una su hermana que mucho la amava. Allí supo y aprendió en poco tienpo el canto y las otras cosas y observancias de la relixión. Creciendo su fama por toda la provincia y sabida su vida y costumbres, por toda parte procuraban y deseavan las monjas de Santa Clara, que son en el monasterio de Tordesillas, que aí tomase su hábito. Esperaban de la elejir por su maior si aí hiziese professión, pero ella, acordándose de lo que Nuestro Señor en el Evangelio dize, por no ser vista de los honbres y no recebir delante dellos el galardón de sus buenas obras y Él por ellas le diese galardón, no huió por pequeñez de coraçón la honrra, mas por verdadera humildad.

Capítulo terçero

Después que aquesta santa virgen fue, como diximos, dotrinada y enseñada de su hermana en las cosas divinales y en la carrera del Señor, demandó liçençia y bendiçión en su hermana, la qual, con dificultad, pero de voluntad, la dio. [fol.255v] Y ansí abida licençia, no como quien torna atrás, mas por voluntad de Dios, tornose a casa del padre. Nunca aún tomara hábito ni velo de religión, y estando en la casa del padre, ençendida por el fuego del amor divinal, codiciando remediar y seguir a Jesucristo, su Esposo, según su flaqueza, negando a sí mesma, se dio con toda voluntad al menospreçio del mundo.

Frecuentava andar por las calles de puerta en puerta pidiendo limosna para los encarcelados. Traía en los honbros unas alforjas en que echava los pedazos del pan que en limosna le daban. Tenía por conpanera la santa virgen en su santo propósito a una venerable matrona biuda que se llamaba doña Maior Gómez. Este tan piadoso oficio hazíase contra la voluntad de su padre y hermanos, que deçían ser deshonrados y avergonzados públicamente por el menospreçio de la hija y hermana. Conosçiendo enpero el padre que, por miedo ni por amenazas, por amor ni promesas de bienes tenporales, no quería ni podía ser apartada de su santa intención, diole lugar y no procuró más de apartarla de este santo camino.

Andan entramas la vieja y su aia y la virgen tierna por toda la cibdad de casa en casa; como pobres y peregrinas, vienen entre los dos coros de la iglesia maior, y allí, delante de todo el clero y pueblo, piden por amor de Dios [fol. 256r] limosna. Mucho se maravillan todos y dizen: «No avemos visto alguna que sea semejante a esta entre todas las henbras de aquesta çibdad»; y desde allí iban a casa del padre por reçebir alguna limosna. Y viéndola su padre traer alforjas en los onbros, avían plazer y reíanse. Y ansí como buenos y católicos padres, alçando las manos al çielo, daban graçias al Señor porque les avían dado tal hija; y decían los mançebos y las vírgenes, los viejos y los mozos: «Alaben al Señor, el qual haze maravillas». Y ella conoçiendo dellos aquesto, luego se derribaba a sus pies, besava sus manos dándoles no pocas gracias porque avían plazer de la vida que escojiera.

Acaeçió un día que la dicha matrona biuda y la bendita virgen, continuando su santa obra, andando a demandar por las calles, encontraron con su padre y con el arçobispo, su tío, que hera hermano de su madre, aconpañado de muchos cavalleros nobles. Y como el arçobispo la viese ansí mendigar y la conoçiese, reprehendió a su cuñado porque consentía andar ansí despreçiada a su sobrina, y díxole: «O varón, como seas prudente, ¿por qué consientes a moza tan pequeña, tan hermosa y generosa andar ansí tan despreciada?, ¿por qué tienes tu hija ansí aboreçida?, ¿por qué no la casas con otro su igual?». Al qual [fol 256v] respondió el noble cavallero benignamente: «¿Qué esposo puedo yo dar a mi hija más generoso y más rico que Jesucristo, hijo de Dios bivo? Dejémosla, tomó para sí la mejor parte».

Capítulo quarto

Después de aquesto, como el dicho rei don Pedro el Cruel, entre otras cosas ynjustas que hazía, persiguiese a donzellas y mugeres nobles y de qualquier estado que fuesen, aquesta honestísima virgen, con otras muchas que se trabajaban de absconder de la cara del muy cruel rei, huyeron a la villa de Talavera, cuio dominio tenía entonces su padre, don Diego García de Toledo. Y aun aí no las dejava estar seguras el temor del cruel rei, mas fue causa que dende se fuesen. Dízese que muchas dellas, por guardar su honestidad, rescibieron muchos daños, ynjurias y persecuciones. Y viendo esto nuestra discretísima virgen y aquella dueña a quien seguía, dubdavan llamando al Señor qué harían, mas Dios, que está açerca de los que le llaman con verdadero coraçón, oídas sus peticiones, endereçó sus coraçones dándoles por guiador el su ángel bueno que viniesen a un pago que se llama aora la Sisla. En el qual lugar hizieron una pequeña morada adonde estuvieron algunos días [fol. 257r] sirviendo al Señor de noche y de día con aiunos y abstinencias, orationes y otros exerciçios honestos y santos y de gran humildad. Y aún entonces no era edificado en aquel lugar un monesterio del bienaventurado San Xerónimo que agora se llama Santa María de la Sisla. En este tienpo plugo al Señor que çesase la cruel tenpestad por muerte del rei cruel para proveer al miedo de aquestas santas mujeres, las quales con deseo entrañal y continuo pensaban dónde con maior provecho y sin inpedimento pudiesen cunplir mejor su voto a honrra y gloria de Dios. Y alumbradas por el Spíritu Santo, dejaron la solidunbre en que estavan.

En aquel tienpo avía en la çibdad una congregación de mujeres devotas que estavan en la perrocha de San Román, el cuidado y administración de las quales tenía una religiosa persona que avía nonbre doña María de Soria. Y como oiese esta santíssima virgen la fama tan loable e santa de aquestas religiosas dueñas ser sin ninguna reprehensión, la su loable vida cobdiciando obedesçer y ser instruida mucho más en la vida religiosa y ser juntamente regida de la dicha religiosa persona, metiose debajo de su mano para hazer su voluntad en todas las cosas, la qual las reçibió mucho de voluntad, y con gran alegría. Y allí tomó el hábito relixioso según las otras lo traían y después que plugo al Señor [fol. 257v] que aquella noble dueña, doña María de Soria, y el padre y la madre de aquesta virgen loable pasasen de aquesta vida presente, cobdiciava esta santa virgen dexar más perfectamente el mundo, el qual le era ya mucho aboresçible. Y pensando en su coraçón qué haría, decía con toda voluntad aquel verso del salterio: «Tú, Señor, eres bueno; enséñame tus justificaciones». Y luego vendió la parte en que la madre la dejó heredera, y del preçio mercó luego una casa con muchas anchuras en la perroquia de San Lorenço, para que allí en el claustro pudiese su coraçón holgar a Dios.

Finalmente dejaron la otra casa y encerráronse allí, ella y aquella dueña ya dicha. Sabido y divulgado aquesto por toda la çibdad, una honrrada dueña, que se llamava Teresa Vázquez, con otras siete mujeres continentes de mui santa fama, entraron en aquella casa, por que juntas a tan devota conpanía hiziese a Dios un santo colegio a Él mui apacible y a las gentes loable. Las quales, como esta señora de quien dezimos viese ser de tan profunda humildad, y que con aquel despreçio tan maravilloso del mundo con todo coraçón y con entera voluntad se sometían a la pobreza no recusando ningún trabajo, mas con todas sus fuerzas trabajavan por seg[u]ir a su Redentor Jesús, y mirando con tan grande diligençia como estavan enbevidas en Dios, amávalas con entrañas llenas de caridad sin ninguna conparaçión y deçía con el psalmista: «Load [fol. 258r] a Dios todas las gentes, porque a confirmado sobre nós su misericordia». Y tornándose al Señor, dezía con fervor de coraçón: «Plégate Señor de nos dar graçia que cantemos las tus justicias en este lugar de nuestra peregrinación. Huélgase Señor el mi coraçón en ti, porque las flacas están ceñidas de fortaleza». Y en tanto creció la fama de aquesta congregación gloriossa, que en breve tienpo fue aiuntada gran muchedumbre de mugeres religiosas, las quales con coraçón y voluntad tomaron hábito blanco en señal de virginidad y continençia para servir al Señor según la orden del bienaventurado nuestro padre San Xerónimo. Y eligieron todas entonzes de una voluntad por su prelada y religiossa a la dicha señora doña Mari Garçía, la qual contra su voluntad lo açeptó cobdiçiando ser más súbdita que regir.

Capítulo quinto

Era en aquel tienpo un cavallero noble, secretario y capitán mui amado del rei don Pedro el Cruel, el qual era sinple y recto y temeroso de Dios, el qual se llamava don Pedro Fernández. Y como este noble cavallero pensase con el clareçido coraçón cómo avía gastado sus días en la ceg[u]edad del mundo sin ningún serviçio de Dios, con deseo de hazer penitencia y aber [fol. 258v] dolor de sus pecados y guardarse de no ofender más a Dios, negó a sí mesmo según el consejo de Nuestro Señor Jesucristo con toda la casa real, tomando hábito de religión. El qual, con divinal aiuda, fue a Roma y alcanzó liçençia del Padre Santo que pudiese edificar en la provinçia de Toledo un monesterio de la orden del bienaventurado padre San Xerónimo. Y buelto con la liçençia, hedificó el monesterio ya dicho de sus propias faqultades, con aiuda desta señora, la qual no solamente hizo muchas espensas en el edificio material, mas aun dio preciosos hornamentos y joias para el culto divino, con las cuales adornó y ennobleçió el sagrario y sacristía, onde somos ciertos que dio una arqueta pequeña en que se encierra el cuerpo del Señor.

Capítulo sexto

Acabado aquel maravilloso hedifiçio, en breve fue la casa llena de frailes. Viendo esto las siervas de Dios, juntamente con ellos tomaron por padre al bienaventurado nuestro padre San Xerónimo, para que con su tela y anparo, olvidadas las fuerças flacas, por sus merecimientos serviesen varonilmente en el serviçio del Señor: toman el hábito, regla y costumbres de la dicha orden, sométense a los prelados de aquel monesterio, prometen obediençia, demandan que sean regidas dellos, ¡o virtud de maravillosa obediençia!, ¡sola [fol. 259r] digna de ser loada! Quisieron más sujetas obedecer, que esentas y libres errar; esto es verdaderamente negarse a sí mesmo: quando el honbre deja su querer y se dispone para obedezer. Y cobdiciando esta señora de no comer sin trabajar en el serviçio de Dios, alcanzó liçençia del papa que tuviesen aquella misma horden en rezar las horas divinas que los dichos religiosos. Y viendo aqueste santo varón ya dicho, que era prior en el dicho monesterio, la vida de aquesta santa muger ser tan apaçible a Dios, amávala con verdadera caridad, rogando al Señor por su justificatión y cunplimiento devoto y guarda religiosa de aquella santa congregaçión que hasta la fin durase en toda santidad y religión. Otro tanto rogava ella por él: eran estas personas dignas de todo loor en el entrañal amor, que pareçían otro San Francisco y otra Santa Clara, otro San Xerónimo y otra Santa Paula y Eustoquio; eran d’Él consoladas, y disciplinadas, y amonestadas con gran dulcedumbre de caridad en toda perfectión y castidad.

Después de mucho tienpo que les duró esta santa conversaçión con toda honestidad y religión, plugo a la Divina Bondad recebir la penitençia digna y dar fin a ella y a los trabajos deste santo varón, llevándose donde recibiese el galardón del trabajo [fol. 259v] que avía recebido en plantar aquella biña del Señor, la qual labrava con el arado de la religión para que, después que la oviese podado con santas amonestaciones, mereciese aver della el fruto que esperava, que es el Çielo. Y si acaso algunas vezes alabavan a esta señora algunos çibdadanos de su honestidad y abstinençia o de otras obras virtuosas, dezía ella: «No es de algún valor lo que yo hago; mis hermanas lo hacen por alunbramiento del Espíritu Santo». Y viendo esta santa mujer que en las enfermedades la estavan sirviendo las hermanas, deçía sin toda dobleza, pensando ella en su coraçón ser indigna de aquel serviçio: «¿Dónde vino a mí tanto bien? ¡O, qué más hermosas donzellas pudiera yo tener en el siglo que ansí cercasen mi cama, las quales veo ser mucho más sufiçientes que io para esta administraçión, por hermosura de virtudes delante de Dios!».

Y como esta santa muger viese adornadas las mujeres del siglo de contraria hermosura con diversidad de adornados trajes, y que las caras hechas a semejanza del Criador estavan cubiertas con diversos ungüentos y afeites, por artifiçio digno de condenaçión, quiriéndolas reprehender, dezíales con palabras dulzes: «Mirad que ofendéis mucho al Señor y que si más con coraçón endureçido [fol. 260r] usáis de esta apostura, que ansí como personas que con deliberación pecan en el Spíritu Santo, yrán a la damnaçión perdurable, que aún el tal pecado no se quita ligeramente por la penitençia». Todo género de timiama o de qualquier espeçie odorífera ansí lo aborreçía y huía como si fuera un pozoñoso veneno. Dezía ella a las que usavan destas cosas odoríferas: «No conviene que la carne que está aparejada para ser mañana queva de gusanos, llena de toda miseria, aia alguna delectaçión». Nunca consentía su ánima ser ensuciada en jactancia, aunque fuese alabada de la prelaçía, o de la dignidad de los parientes, o de la hermosura del cuerpo, o de la honestidad de las costumbres, o de qualquier obra de perfeçión que en ella era; y si alguno por honrrarla le dezía “Vuestra Merced”, “Reverencia”, o otras palabras semejantes, dezía: «¿Dónde yo, un tan mezquino gusano en menospreçio, soi dicha tener merçed, como a Dios sea la honrra y gloria para sienpre?». ¿Qué podré yo dezir de la perfeción de esta? Sino que tomó tan alto grado de humilldad y de sinpleza recta y temor del Señor quanto la humana natura pudo consentir estar alguno de los mortales. Si líçito es dezir, puede bien tenella la Iglesia como a otro Job, y como ya la luenga hedad la agraviase mucho, aviendo pasado ya ochenta años de su vida con mucho fruto, con la gran vejez tenía perdido los sentidos exteriores en parte, [fol. 260v] mas con este inpedimento sienpre crecía más en los sentidos ynteriores y tenía más y maiores fuerças espirituales. Y como ansí ynpedida no pudiese oír el relox, mandava que pusiesen dentro en la celda un gallo que la despertase a la medianoche para ir a maitines; nunca o apenas fue hallado ningún día que casi desde su niñez no se levantase a la medianoche a alabar al Señor, aunque tuviese enfermedad de grande trabajo.

Capítulo séptimo

Pasado este tienpo con tanto fructo que la piedad divinal dar quiso a su pelea y su inmensa bondad y justicia, quiso dar el galardón a esta su sierva, que corrió sin tardanza por la carrera. Y llegada al postrimero día, pensaba la quenta que avía de dar de aquella maiordomía. Y ansí como ella en la vida avía instruido a sus hijas en el serviçio divinal, ansí quiso consolar y esforçallas en el postrimero día de su vida a exenplo de nuestro padre San Xerónimo, amonestándoles con toda afectión que no tornasen atrás ni desfalleçiesen en aquel camino espiritual, mas perseverando viniesen a la fin con vencimiento de la pelea para que pudiesen gustar y gozar de la bienaventurança perdurable, para lo qual es necesario que con toda humilldad y menospreçio y mortificatión perseveren.

Avía entonzes en el claustro veinte y cinco [fol. 261r] beatas, las quales ella todas mandó llamar con gran alegría, siguiendo el exenplo de nuestro padre San Xerónimo. Y de que fueron todas llamadas, abraçolas y dioles paz diçiendo: «Amadas hijas, acordaos cómo, no por nuestros merecimientos, mas por su sola misericordia y bondad aparta el Señor a nós, para sus siervas, de las tinieblas del siglo y nos trujo a esta esclarecida solidunbre, adonde vos ruego que no seáis de poco corazón fingiendo vos ser flacas para perseverar en la religión; oíd, no a mí, sino a Vuestro Maestro, que dize: “Mi jugo es suave y la mi carga liviana”. Oíd otra vez que dize: “El que pone la mano al arado y torna atrás no es capaz de el Reino de los Çielos”». Y dichas estas cosas y otras de grande edificaçión, llamó a cada una particularmente y amonestávala con aquel deseo que según su calidad y manera le era menester. Ca como ella desde sus primeros comienzos las ubiese instruydo en las doctrinas santas, conoçía el corazón de cada una tan perfectamente que por verisímiles conjeturas, antes de su muerte, dijo a algunas dellas lo que les avía de acaezer acerca de la perfectión en las virtudes o si avían de errar en los viçios y en otras semejables cosas, casi por espíritu de profeçía. Después de esto, encomendó a todas dos [fol. 261v] cosas: y es que guardasen en sí un mandamiento y un consejo. El mandamiento, que se amasen unas a otras y que con toda caridad cada una sufriese soportando la carga de la otra por que pudiesen estar en paz y en concordia; el consejo, que estuviesen sienpre en el claustro guardando mucho silençio, ni quisiesen ser vistas por las calles, y huyesen mucho de comunicar con los seglares, porque guardando estas dos cosas se apartasen del lazo del Enemigo, que busca de contino a quien trag[u]e.

Y oiendo estas cosas y otras muchas, aquellas devotísimas hermanas no se podían abstener de no llorar porque, aunque era cosa razonable que ubiesen plazer de la subida de su madre al Çielo, piadosamente lloraban viendo ser desanparadas de tal madre. Y viéndolas ella llorar, comovida a conpassión dezía: «No queráis más llorar en vano, pues el Señor puso término a mis días, los quales no puedo pasar mas conformada con su voluntad. No creades que io os dejo, porque a Él plazerá de vos tomar en su anparo y guarda si os apartáis del mal y le servís con toda virtuosa obra y cunplida bondad». Y diziendo: «Quede el Señor con vos», demandó la unçión, y después que la recibió en esa hora, estando meneando los labios con oraçión al Señor sin esprimir lo que deçía, deçen-[fol. 262r]-dió un raio de claridad sobre su cara, viéndola algunas de las que estavan presentes, y ella avía gran plazer de lo que con sus ojos veía, y alçando las manos en alto, puestos los dedos en señal de cruz, durmió en el Señor. A diez días de enero año de mill y quatrocientos y veinte y seis años.

Capítulo octavo

[4] Luego que espiró, fue llevado secretamente su cuerpo al dicho monesterio de Nuestra Señora de la Sisla y sepultado con grande honra cerca del altar maior, y esto fue hecho porque se esperava gran disensión entre los çibdadanos sobre el enterramiento del cuerpo y ansí fuera inpedido de llevar al dicho monesterio donde ella, quiriendo aun en su muerte huir la vanagloria, se mandó enterrar; que pudiera çierto ser sepultada dignamente y con grande reverençia en la iglesia maior de la dicha çibdad, açerca de su tío, el arçobispo don Álvaro.

Y para más loar s[u] esclarecida vida, podríamos contar algunas senales y dezir algunos miragros que parecieron en su muerte y fueron hechos por el tanimiento de su cuerpo, lo qual piadosamente creemos, pues personas [fol. 262v] relixiosas y dignas de toda fe, sin ninguna adulación dan testimonio dello, mas pues que hasta aquí esta santa Yglesia lo calla, somos por necesidad constrenidos a callar; una cosa sabemos de çierto que nos constrine a hablar, que fue su voluntad en la lei del Señor, pensando de día y de noche, en cuia boca no fue hallado engaño. Y por esto creemos firmemente que no recibió en vano su ánima, que fueron aquestas senales y miragros manifiestos a todos en la su historia que tiene el vulgo. Cosa digna fue y no de maravillar, amadas hermanas, que la Cibdad Real donde descendió la Reina de los Ángeles con tan gran muchedumbre de coros de vírgenes quedase con el fruto de aquesta virgen, que con santidad de vida entre las otras vírgenes la pudiese seguir y alabar. Y si queréis vos, sus hijas, alcanzar a loar a la Madre de Dios con aquellos espíritus bienaventurados con entrañas llenas de caridad, vos amonesto y con grande amor espiritual vos ruego que sigáis las pisadas de la madre y guardéis su dotrina y os acordéis de sus amonestaciones y sienpre la tengáis delante de buestros ojos por singular exenplo, examinando con diligençia lo que ya avéis oído y otras cosas que no basta mi lengua para recontar.

¡Quán [fol. 263r] suave fue su mansedunbre y quán marabillosa su honestidad y linpieza! Considerad su profunda humildad y quál fue su sinple prudentia llena de todo temor de Dios. Por las quales mereció Dios, siendo en su aiuda, venzer a los enemigos en tan grandes peleas con gran vitoria. Sobre todo, vos amonesto que, perseverantes en la santa religión, conviene que paséis por fuego y agua; conviene saber: por adversidades y tentaciones, por las quales, mereciendo ser dignas de la gloria, haziendo todas las cosas perfetamente, digáis aquello que el Salvador nos amonesta por San Lucas, a los diez y siete capítulos, diçiendo: «Quando hiziéredes todas las cosas que vos son mandadas, dezid: “¿Siervas somos sin provecho. Solamente hicimos lo que devíamos”», en tal manera que los bienes que con el aiuda y inspiratión del Spíritu Santo fazéis, no los perdáis delante de Dios por el loor de los honbres o con presunçión dañosa de dentro del corazón los hagáis sin provecho. De lo qual oíd aquella semejança del Salvador de las diez vírgenes, çinco prudentes y çinco locas, de las quales dize San Gregorio: «Todas se llaman vírgines, mas no todas son reçebidas dentro de la puerta en [fol. 263v] la bienaventurança, porque, como faltase el açeite a las vírgines sin seso, fueron a conprarlo; conviene saber, yendo a buscar el testimonio de sus buenas obras delante los honbres recibieron su galardón. Vino el Esposo y las que estavan aparejadas entraron con él a las bodas». De lo segundo, oíd lo que el apóstol las dize: «Pienso, hermanas, que no son dignas las pasiones deste mundo para alcanzar la gloria que esperamos, y otra vez el galardón del pecado es muerte, el de la graçia es vida para siempre, la qual a mí y a vos quiera de Jesucristo, Hijo de Dios, el qual sufrió por nós pasión, que con el Padre y Espíritu Santo vibe y reina, un Dios para sienpre jamás. Amén».

Responso

Madre nuestra mui hermosa, que menospreciaste todas las cosas prósperas del siglo y por no ensuçiar tu vida dejaste el mundo asconjiendo a solo Jesucristo, dístenos camino siguiendo a Nuestro Maestro. Abnegando a ti misma, venciste al Enemigo. Presa: Agora gozando de santa gloria ruega por nós, desterradas, por que después desta batalla seamos aiuntadas a la çibdad soberana. Verso: ¡O bienaventurada [fol.264r] virginidad que excede todas las virtudes, que pasando por fuego y agua es llevada a la gloria que jamás le será quitada! Pressa: Agora. Verso: Gloria sea al Padre y al Hijo y al Spíritu Santo. Responso: Madre nuestra. Verso: A esta escogió Dios así en sierva. Respuesta: Por que diese a nós flacas fuerzas. Oratión: Dios todopoderoso, que, con la grandeza de tu bondad, tu Santa Yglesia hordenas y rijes, y en nuestros tienpos para exenplo y fortaleza de la flaqueza femínea quisiste escoger a nuestra cibdadana Mari Garçía, virgen, para que fuese del cuento de las escogidas, devotamente te suplicamos oigas nuestras orationes y gemidos, y benignamente recibas la flaqueza de nuestros pequeños serviçios, y por los piadosos ruegos de aquesta santa madre y patrona nuestra piadosamente nos otorges que sienpre encedidas en tu santo amor, fijas para sienpre, permanezcamos en tu santo temor por que en el postrimero juicio al juez recibamos con lánparas adornadas de santas obras y nos lleve consigo a las bodas çelestiales el verdadero Esposo de las vírgines, Jesucristo tu Hijo, Nuestro Señor, el qual contigo y con el Spíritu Santo vibe y reina un Dios para sienpre jamás. Amén.

Finis: Fray Bonifacio de Chinchón [5]

[3] Apostilla marginal: «que ahora se llama de San Pablo».

[4] Tachado: dézimo.

[5] Rubrica

Vida impresa

Ed. de Lara Marchante Fuente; fecha de edición: julio de 2017.

Fuente

  • Sigüenza, Fray José de, 1600. “Libro IV de la Historia de la Orden de San Jerónimo”, Segunda Parte de la Historia de la Orden de San Jerónimo, dirigida al Rey, Nuestro Señor, Don Felipe III. Madrid: Imprenta Real, 756-767.

Vida de María García

Capítulo XLVI

[757] La vida de doña María García, virgen de gran santidad y fundadora del Monasterio de San Pablo en la ciudad de Toledo

Feliz clausula hará esta parte de historia con la vida desta generosa santa y será como renovar los principios en que comenzó esta religión, haciendo como un círculo, juntando estos dos extremos. Hasta aquí, no hemos hecho memoria de ninguna religiosa desta Orden, porque es esta santa la primera y con quien nuestro Fr. Pedro Fernández Pecha tuvo familiar y santa conversación, y, pues hemos dicho de los hijos, digamos agora desta hija tan santa que fue después madre de muchas siervas de Dios, y quedará, como dicen, urdida la tela para la grande y maravillosa lista que después veremos dellas. Escrita está de algunos puntos de su vida, y no será superfluo mi trabajo, dejada aparte la obligación que corte.

Ha sido forzoso hacer memoria desta santa virgen en algunos lugares desta historia, principalmente en la fundación del Monasterio de Sisla, junto a Toledo, y en la vida del padre Fr. Pedro Pecha o de Guadalajara. Tomando agora aquí el principio de sus principios, que Doña María fue hija de don Diego García de Toledo, de la Casa de los Gavias de Toledo, que es la Casa que llaman de las Gallinas, su madre se llamó Constanza de Toledo, mujer de don Diego García y hermana de don Vasco de Toledo, y no como algunos dicen de don Álvaro, arzobispo de Toledo. El padre de la santa fue también hijo de otro Diego García, mayordomo y notario mayor de la Reina doña María, y nieto de otro tercero Diego García, gran privado del Rey don Sancho “el Bravo”, ayo y mayordomo de un hijo y alcalde de Toledo, cuyas armas son las palomas, por descender del linaje de los Palomeques. De suerte le viene el abolengo, y por línea derecha a la santa, ser paloma, como a Fr. Pedro Pecha ser abeja, y mejor entre ambos, por la gracia del Espíritu Divino, ser principios y como maestros fecundos de tan santas congregaciones de hijos espirituales.

Tuvo esta santa paloma algunos hermanos, y entre todos ellos fue la querida y regalada de sus padres, porque salió por extremo hermosa y mejor, porque desde niña relucieron en ella mil presagios de santidad: en sus primeros años descubrió, siendo aún sin costumbres, costumbres santas.

Retirábase tan de veras y tan en seso a los lugares secretos a ponerse de rodillas y a rezar como si supiera qué era aquello, si no decimos que Dios le anticipó el juicio (no es cosa nueva) porque comenzasen los amores temprano y pudiese decir lo que aquella insigne mártir: “de otro amador estoy requestada primero que de ti”. Cuando comía a la mesa con sus padres, cogía pedazos de pan y a lo que más podía haber, echábaselos en la haldilla, y llevábaselos a los pobres que lle- [758] gaban a la puerta. Iba tan codiciosa y alegre a esto como si fuera a otros entretenimientos de niños, de suerte que antes que supiese hablar, sabía ya dar limosna. Nunca se le vían niñerías porque desde la cuna nació sin ellas, cosa que ponía admiración.

Estas primicias de espíritu que vieron los padres en su hija, como eran tan píos, les despertó el pensamiento a que de común acuerdo la ofreciesen a Nuestro Señor, haciendo voto de consagrarla como diezmo de muchos bienes recibidos de la mano de Dios a su perpetuo servicio y de su Santa Madre, y que fuese siempre virgen consagrada y no conociese otro esposo sino a Jesucristo, dándole lo mejor y la más querida prenda que tenían en sus ojos. Pusieron diligente cuidado en su crianza, enderezándola en todo lo que era temor y reverencia divina, procurando apartarla de lo que podía abrir los ojos para conocer los deleites del mundo. Cosa en que se descuidan tanto los padres en este tiempo y maravíllanse después cuando ven mil desastres por sus casas, habiendo ellos mismos abierto la puerta a todo, con la libertad y deshonestas costumbres que permiten y aun enseñan a sus hijos.

Crecían en esta sierva de Dios, con los años, discreción y santidad a una. Llegado el tiempo en que pudo tener conocimiento perfecto del voto y deseo de sus padres, de su propia voluntad y con alegría del alma le confirmó e hizo de nuevo, prometiendo no recibir otro esposo sino Jesucristo. Cuando vino a edad de doce años, con más maduro pensamiento, comenzó a tratar qué manera de vida escogería para servir a su Esposo. Parecíale que el regalo de casa de su padre era mucho, y que tenía necesidad de abstenerse algo porque no la ablandase y se le hiciese después dificultoso entrar en vida más áspera. Habíale ya Dios puesto en el alma un perfecto linaje de aborrecimiento de sí misma y de todo cuanto el mundo estima y adora vanamente: riquezas, honras, deleites, estima, pompas. Inclinó su oreja a los consejos divinos, y dejó la casa de su padre y el modo de vida blanda y regalada, fuese a un monasterio que se llamaba San Pedro de las Dueñas, donde era priora una hermana suya y había monjas de santa vida (estaba este monasterio puesto en aquel sitio donde edificó después el Cardenal don Pedro González de Mendoza el insigne Hospital de la Cruz). La hermana, que la amaba tiernamente, la recibió en sus brazos, entendiendo que se iba de todo punto a ser allí monja con ella.

No quiso el Señor que se determinase en esto porque la guardaba para otro fin, y solo pretendía, en estos ensayos, que se destetase de la vida primera regalada y, allí recogida, deprendiese a leer, escribir, cantar y rezar, y otras santas ceremonias que habían de aprovechar a su tiempo. Vivió de tal manera en aquella santa compañía que salió su fama no solo por la ciudad de Toledo, con gran admiración de todos, más aun a otras partes remotas. Tuvieron noticia della, por cartas de monjas o por otra vía, en un monasterio de Santa Clara, que está en la villa de Tordesillas. Rogáronle que se fuese allá a ser religiosa, prometiéndole que, en pocos años, la escogerían por superiora, condición bastante para que la doncella humilde rehusase el partido. Consideradas bien las costumbres y manera de vida que hacía su hermana con las demás religiosas, y bien industriada en lo que le pareció que le importaba, pidió licencia a su hermana para ir a ver a sus padres. Sintiolo la hermana tiernamente, que quisiera gozarla toda la vida.

Estando en casa de su padre, se le juntó una gran sierva de Dios, matrona verdaderamente viuda, llamábase doña [759] Mayor Gómez, de gran espíritu. Con esta comunicó un pensamiento que le puso Dios en el alma, y era hacer un desprecio grande de sí misma a los ojos del mundo, y crucificarse a él. La matrona prudente se maravilló de este pensamiento en una doncella generosa, rica, delicada. Prometiole su compañía en todo, porque entendió que Nuestro Señor la despertaba aquello. Salían cada día las dos siervas de Jesucristo de casa, en un hábito ordinario y despreciado, con unas alforjas al cuello, iban de casa en casa pidiendo limosna para los pobres encarcelados y miserables, recibían allí los mendrugos de pan, y cuando estaban las alforjas llenas que apenas las podían llevar, porque se las llenaban presto, repartíanlo a los pobres de la cárcel y a otros necesitados, y volvíanse a casa sin hablar con ánima, ni alear los ojos.

Dentro de casa, el ejercicio era orar y ayunar, y hacer las obras de humildad que se ofrecían, dando en todo buen ejemplo con sus vidas. Reprendiola algunas veces su padre y hermanos desta manera de vida y ejercicio de salir a demandar, diciendo que era cosa afrentosa y baja. Callaba la santa a todo y proseguía su ejercicio, sufriendo, con paciencia, la afrenta de los de fuera y la persecución de los de dentro. Holgándose que se ofrecía ocasión de padecer algo por Jesucristo, deseando mayores trabajos y afrentas. No parece agora creíble esto ni hacedero. La sencillez y poco pundonor de aquellos tiempos y, lo principal, el impulso santo de Dios, que por nuestra culpa no está en nosotros, nos hace parecer dificultosa esta manera de vida.

Continuaban las dos santas hembras su ejercicio: los días de fiesta (para romper de todo punto con estos pundonores que llaman en el mundo afrentas), se venían a la iglesia mayor y entre los dos coros, a vista de todo el pueblo, con sus talegas al hombro, pedían limosna para los pobres y encarcelados. Como el padre y los hermanos vieron que ni promesas ni amenazas la derribarían de aquel propósito, antes estaba constante, y que muchos en la ciudad alababan a Dios de ver un ejemplo de doncella tan extraordinario, echaron de ver que no era liviandad de muchacha, sino movimiento del espíritu del Señor, acordaron de disimular con ella y, en pocos días, se tornó la pesadumbre y afrenta en devoción y gloria.

Convirtió la virgen devota los ojos de todos ansí, y alababan a Dios en ella, teniéndola por ejemplo de perfección. Cuando la vían sus padres traer las alforjas al hombro, y venir cargada de mendrugos y rodeada de pobres, alzaban los ojos al cielo, haciendo gracias a Dios, y decían: “Tú, Señor, que comenzaste la buena obra en ella, la acaba y guárdala de todo mal, porque sea vaso limpio de tu santa mesa, y ponla en el número de tus siervas y esposas”.

Conociendo esto la santa doncella, derribábase a los pies de su padre, madre y hermanos, y agradecíales mucho que la dejasen vivir en aquel menosprecio del mundo, ejercitando obras de caridad con los pobres.

Comenzó esta sierva de Dios por un camino alto, adonde no se llega sino después de mucho trabajo y grande ejercicio de virtudes. Aquí se vio puesto, en efecto, aquel deseo ardiente de la esposa que, cuando ya estaba muy adelante en sus amores, decía a su Esposo, Jesucristo: “¿Quién os dará a mí, puesto en talle y forma de un mi hermanico pequeño que mama los pechos de mi madre, y que os encuentre yo, en medio de esas calles, os abrace y os bese, y os haga mil preguntas, y vos me respondáis [760] y me enseñéis, y que nadie me lo tenga a mal ni me desprecie? Llevaros he yo en brazos a casa de mi madre, allí en casa de madre, abrazado con vosotros, preguntaré otra vez mil cosas, y daros he yo en pringaditas de arrope y mosto de mis granadas”.

La exposición de todo esto es lo que esta santa virgen ejercita, y no ha menester otro comento. Enseñole el espíritu del Señor que su Esposo, Jesucristo, estaba escondido en los pobres como Él mismo lo declaró. Conociendo esto, no pudo disimular su amor y ansí, como si fueran sus hermanos pequeñitos, a quien la más honesta doncella abraza sin empacho en medio de la calle y nadie se lo tiene a mal, aunque le bese y haga mil caricias, y le lleve en sus brazos, antes la loan y les parece a todos bien; ansí, esta virgen prudente, dejados los respetos y consideraciones humanas, transformada en su Esposo, puesto en estos pobrecitos y afligidos, se abrazaba con ellos, y les besaba los pies y las llagas, y les daba de comer y hacía mil regalos en las calles, en las plazas y en todos los lugares públicos, les preguntaba de sus trabajos y de sus miserias, y ellos le daban cuenta de la merced que Dios les hacía en medio dellos. Llevábalos a casa de su madre, regalábalos, hacíales mil beneficios y servicios, y no por esto la menospreciarían, sino que antes se maravillaban de ver un tan fino amor de hermana y de esposa de Jesucristo, alabando a Dios en su sierva.

Aconteció una vez que iban su padre y su tío don Vasco de Toledo, hermano de su madre, juntos a caballo por la ciudad con mucho acompañamiento. Encontraron a las dos compañeras, doña María García y doña Mayor Gómez, pidiendo con sus alforjas limosna de puerta en puerta; afrentose mucho don Vasco y, vuelto a don Diego, le dijo con sentimiento: “Mucho me maravillo, señor don Diego, de vuestra prudencia, que dejéis andar de esta suerte a vuestra hija, muchacha tan hermosa y de tan noble sangre, en ejercicio tan abatido, tan afrentoso y peligroso, rodeada de pobres y gente perdularia, despreciada sin honra; aunque la tuviérades aborrecida, habíades de mirar vuestra reputación y la honra de todos nosotros. Casadla señor con su igual, pues tenéis con quien, y quitad esta nota de vuestro linaje”.

Respondiole el noble caballero con semblante grave, diciendo: “Señor don Vasco, cuando esto se hubiera de llevar por reglas de prudencia humana, eso que decís es lo que se había de mirar y hacer, mas a esta mi hija otra prudencia más alta creo que la gobierna, y pues ella ha escogido por esposo a Jesucristo, Rey eterno, y Él la quiere llevar por este camino, ni yo le daré más bajo esposo, ni le diré que deje su ejercicio. Créeme, señor hermano, que antes que a esto viniese se hicieron muchas diligencias hasta que se vio que era esta la voluntad de Dios. Dejémosla caminar a donde la llaman, que ella ha escogido mejor que nosotros le aconsejaremos”. Con esto, no osó replicar más en este caso de allí adelante don Vasco.

Era esto en los postreros años del Rey don Pedro, acertó a venir a Toledo. Tuvo noticia de la hermosura de esta santa doncella y, como juntaba a la crueldad ser deshonesto, no perdonaba cosa, deseó verla y aun haberla. Entendido el ruin propósito por la virgen devota y por sus padres, se fue con su compañera doña Mayor Gómez de secreto a Talavera, donde tenían sus padres casas y hacienda. Estuvieron allí algunos días encerradas con harto miedo, y no faltaba razón, porque no faltó quien le avisó de la ausencia y del lugar donde estaban retira- [761] das que, a costa de lisonjear a los Reyes y tener cabida, no se les esconde nada.

Dios, que lo dispone mejor, quiso que le dijesen esto y que se pusiesen encobro antes que viniesen a buscarlas. Acordaron de venir por un camino apartado otra vez a Toledo, no entraron dentro, sino fuéronse a una ermita (de que ya hicimos memoria) que se llamaba Nuestra Señora de la Sisla. Allí vivieron escondidas algunos días hasta que se ausentó el Rey, y así escaparon de sus manos y de su deshonestidad. En esta ermita probó esta santa otro género de vida, de mayor quietud y sosiego del alma, puesta en alta conservación del Cielo, haciendo su corazón un holocausto encendido todo en el amor y contemplación de su Esposo. Hacía las asperezas grandes de los ermitaños de Egipto. Dormía sobre unos sarmientos, ayunaba mucho, juntaba las noches con los días orando y contemplando, y allí recibió grandes consuelos del Cielo, ayudándole a todo esto su gran compañera, doña Mayor Gómez, que se la deparó Dios en todos estos trances, no para aya, aunque lo parecía, sino para alivio de tan grandes cosas, y testigo de su honestidad y pureza. Murió a esta sazón el Rey don Pedro a manos de su hermano don Enrique, como todos saben; con su muerte se aseguraron mil almas temerosas de su crueldad y de su torpeza, salió de su yermo nuestra santa ermitaña y, pensando qué camino escogería para retirarse al servicio de Dios de propósito y acabar en ella vida con mayor aprovechamiento de su alma, tuvo noticia cómo había en Toledo una congregación de mujeres santas, que se recogían en una casa en la parroquia de San Román. Tenían como en lugar de priora una señora de gran prudencia y espíritu, que se llamaba doña María de Soria; loaba toda la ciudad el modo de vivir de esta gente, teniéndolas por mujeres de gran recogimiento y santidad. Parecioles a las dos compañeras que este era negocio seguro, supuesto que no habían de estar en aquella ermita y había cesado la causa. Fuéronse allí y recibiolas doña María de Soria con alegría, por la fama de su valor; se vistieron entre ambas el hábito que usaban las que allí entraban. Vivieron algún tiempo en aquella compañía, dando gran ejemplo a todas y ejercitándose en actos de humildad y de obediencia, de que recibía gran consuelo nuestra santa, y sin duda quiso Nuestro Señor traerla aquí para que aprendiese esto y lo ejercitase, porque es cosa imposible poder enseñar a otros, los que no tienen experiencia, qué cosa es obedecer.

Murió dentro de pocos años doña María de Soria, en cuyo gobierno estribaría aquella congregación. Murieron también los padres de nuestra doña María García de Toledo, dejáronle mucha hacienda y mejora, entendiendo que la había de emplear en servicio de Nuestro Señor con grande provecho de sus almas. Como se vio desamparada de la madre espiritual y de los padres naturales, y con hacienda, suplicó a Nuestro Señor la alumbrase en lo que era servido hiciese de sí y de los bienes que le habían quedado, pues no era suya ni quería otra cosa en esta vida sino emplearse toda en su amor y servicio. Púsole en el corazón lo que Dios había ido madurando por todo este discurso, entreteniendo a esta, su sierva, por tan extraños y varios caminos, y lo que con el efecto se ha mostrado ser cosa ordenada por su divino consejo. Vendió las heredades y hacienda que le había quedado en el lugar de Belilla y otras partes. Compró en la parroquia de San Lorenzo, en Toledo, una buena casa que tenía suelo y aposento [761] espacioso, pasose allí con su compañera, doña Mayor Gómez, y algunas que, conociendo su santidad y valor, quisieron seguirla delas de aquella congregación de beatas. Encerrose allí con determinación de no salir en toda la vida.

Entendiose esta mudanza en la ciudad. Vino a noticia de una señora, de las nobles de Toledo, que se llamaba Teresa Vázquez, mujer deseosa de la salud de su alma, había días que estaba recogida en su casa con gran encerramiento, con hasta siete u ocho mujeres, haciendo vida muy honesta. Acordó de pasarse a la compañía de nuestra Santa, con toda la suya, entendiendo que Dios la llamaba para servirle en aquella congregación; ansí se hizo en breve una casa de muchas siervas de Dios, y de notable nombre, a quien siguieron presto otras. Aquí se comenzó luego una labor divina, en unas vidas de gran humildad y pobreza de espíritu, desechando no solo el regalo, mas aun lo muy necesario para pasar la vida, abrazando en todo la mortificación de los sentidos. Pusiéronse unos hábitos blancos y un escapulario pardo, el mismo que tenían los muy recientes monjes de la Orden de San Jerónimo, sin saber qué hacían. También se determinaron luego a obedecer todas a una cabeza porque no fuese monstruo de muchas aquel colegio, y de común acuerdo quisieron todas que fuese doña María García de Toledo, porque tenían mucha prueba de su virtud y prudencia, que bastaba a mayores cosas.

Como era la santa tan en el corazón humilde, recibió aquello con harta dificultad, derribada de los ruegos y lágrimas de sus hermanas, a quien ella quisiera obedecer toda la vida. Este fue el primer fundamento y estas las primeras fundadoras del Monasterio de San Pablo de Toledo, de los muy religiosos, sin agravio de ninguno que ha habido en aquella ciudad y de notable nombre, en donde, como veremos, en sus lugares se han criado santas y puras almas y grandes siervas de Dios. Vino a esta sazón, como dijimos arriba, Fr. Pedro Fernández Pecha a fundar la Casa de la Sisla (no es fácil de atinar si antes o después que este santo colegio de vírgenes se juntase); dijimos también, y es cosa cierta, que la santa le dio mucho favor para el edificio y le socorrió con todo lo que pudo, y hoy en día guarda un arquilla de plata que dio esta sierva de Dios, en que encerrasen el Santo Sacramento. Lo que Fr. Pedro Fernández Pecha sirvió a esta sierva de Dios, y el trato que entre los dos pasaba, no hay para qué repetirlo, pues queda dicho en la vida de aquel santo. Comenzáronse desde entonces a llamar religiosas de San Jerónimo, y a imitar todo lo que podían de la vida y costumbres y ceremonias santas a aquellos padres de quien Fr. Pedro Pecha era como patrón y cabeza y prior de la Sisla, pues sin duda todos los de la Orden son sus hijos, y estas podemos llamar, y lo son, sus primeras hijas. Porque, aunque entonces los religiosos de la Orden estaban sujetos a los ordinarios, doña María García de Toledo y sus hijas dieron la obediencia a Fr. Pedro Fernández, y por su parecer se gobernaban y no salían un punto de su obediencia. Crecía aquella casa de San Pablo en gran ejercicio de humildad, y caminaban debajo del gobierno de dos almas tan pías, con largo paso al aprovechamiento espiritual, todas las que allí se habían recogido. Iba muy delante de todas la Santa Virgen Fundadora, hallándose la primera en cuanto se ofrecía de virtud y [763] de humildad, con harta maravilla de las que pretendían imitarla.

Asentaron luego el oficio divino por orden del prior de la Sisla, su maestro, con la puntualidad que entonces supieron, que se hizo a todos maravillosa, y acudían de la ciudad a oírlos la gente que tenía gusto de devoción, porque parecía que los oficiaban los ángeles. Levantábanse a medianoche a Maitines, y nunca la sierva de Dios, desde aquella hora, sabía qué cosa era tornar a la cama, consumiendo lo que quedaba de la noche en oración y coloquios divinos con su Esposo, Jesucristo. Dábale mucha pena que la alabasen en algo, habiendo tanto de qué; cuando las personas seglares le decían de su buen nombre, y relataban alguna de sus virtudes, que suelen ser en esto indiscretos, decía ella con semblante vergonzoso: “Estas hermanas y siervas del Señor hacen eso, y en ellas cabe bien lo que de mí decís, que yo no soy sino un vaso despreciado y una criatura inútil”.

Cuando algunas veces estaba mala (tenía muchos achaques por tratar tan mal su cuerpo) y era fuerza caer en la cama, y vía aquellas santas compañeras alrededor, con tanta gana de servirla, decía con una sinceridad de paloma: “Dónde merecí yo tanto bien, que me sirviesen damas y doncellas tan hermosas, y las esposas de mi Señor se humillasen a un vil gusanillo cual soy yo, que aun no merezco servir a ninguna dellas”.

Ofendíanle mucho las mujeres que se adobaban los rostros, pintándose con los albayaldes y carmines, y poniéndose mudas, decía que ni eran buenas para mujeres, ni para imágenes, porque para lo segundo eran feas y para lo primero no eran vivas, sino pintadas. Cuando alguna destas venía a visitarla, decía que no la conocía, porque traía máscara, y la había visto antes sin ella, y que no era aquel rostro que les había dado Dios, sino el que compraron de la tienda. Amonestábales con palabras santas que no hiciesen aquello, porque ofendían mucho a Nuestro Señor, y que si perseveraban, no era pequeño el castigo que las estaba guardado. También aborrecía mucho los olores: almizcle, algalia, ámbar, y otros cualesquier extraordinarios que solían traer entonces solo las mujeres (no se había extendido esta manera de afeminarse a los hombres en aquel tiempo) porque le olían mal las que siempre querían oler bien. Decía que era locura traer con olores postizos un cuerpo que tan presto había de oler tan mal y ser manjar de gusanos.

Si alguno, hablando con ella, le decía de merced o de reverencia, llena de humildad respondía que la merced era de Dios, de quien es propio hacer mercedes y misericordias, y la reverencia se debe a quien todas las criaturas hacen reverencias, porque ella miserable era e indigna de reverencia. Después que los dos santos gozaron algunos años de la conversación santa, aprovechándose a veces y aprendiendo el uno del otro, gobernando sus conventos, con el aprovechamiento que hemos visto, cansado ya, o diremos mejor, derribado ya Fr. Pedro Pecha de sus rigurosas asperezas, y por esto con mil ajes, pareciéndole que estaba inútil para el gobierno, determinó de ir a acabar su vida a Nuestra Señora de Guadalupe, como lo vimos en su vida. Quedó con esto muy desconsolada nuestra santa, y no le sucedió cosa en esta vida que sintiese tanto, y todas las otras hermanas se lastimaron en el alma, llamándose desamparadas, sin padre y sin maestro, que con su aviso y prudencia las sus- [764] tentaba, doctrinaba y regía, y las animaba con su ejemplo a continuar el curso comenzado.

Sintiéndose pues, nuestra devota virgen, tan desconsolada, volvió los ojos al Señor llena de fe y esperanza, y díjole con amorosas lágrimas: “ Confirma, Señor, esto que obraste en nosotras, y no desampares desde tu alto templo el edificio deste en que tú quieres morar por tu misericordia, da esfuerzo a tus siervas para que perseveren hasta alcanzar el fin de su deseo, que no es otro sino unirse contigo como último fin de todas nuestras esperanzas, y abrazarte como a Esposo único de las almas. Flacas somos, Señor, y llenas de pobreza y miseria, mas tú eres gigante fuerte, y pastor vigilantísimo, que nadie será poderoso para sacar estas ovejicas de tu mano”. Oyó el Señor su oración, como se vio por el efecto, pues fueron siempre creciendo en tanto hervor y devoción en aquella santa casa. Vivió después de la ausencia de su fiel compañero la sierva de Dios veinticuatro años. Era ya de mucha edad, las penitencias y mal tratamiento del cuerpo, dormir en el suelo, vigilias, ayunos habían estragado mucho aquel cuerpo delicado. Veníanle a faltar poco a poco los sentidos, veía poco, oía menos, con todo esto no quería faltar a las cosas de la comunidad.

No podían con ella aunque más se lo rogaban, sino que se había de levantar a Maitines. Como no oía, acordó de tener un gallo en su celda, que era muy puntual en cantar a la medianoche con aquel canto; por ser muy aguda la voz, despertaba y oía. Santa simplicidad, si no es que era misterio despertar con el canto del gallo. Desde niña, tuvo costumbre de levantarse a la medianoche a loar al Señor, y jamás la dejó, aun en enfermedades grandes, grande ánimo y virtud de hembra tan delicada.

Aunque estaba por de fuera el cuerpo tan consumido, tenía dentro el alma muy despierta en la contemplación que había ejercitado toda su vida, gozando en lo secreto de favores y regalos divinos que la alentaban para tan larga jornada. Llegado el fin de la carrera dichosa, queriendo el Señor darle el galardón de tan santa vida y trabajos tan piadosos, vínole una calentura lenta, que bastaba para consumir aquello poco que había quedado de la penitencia. Cayó en la cama, porque no podía sostenerse. Sintiendo ya su fin cerca, llamó a sus hijas que, a esta sazón, eran veinticinco o veintiséis, rebaño precioso y rico en los ojos de Dios. Cuando las tuvo delante abrazolas una a una con notable ternura y lágrimas, queriendo poner a cada una en sus entrañas, dábales paz en el rostro y se juntaban las unas lágrimas con las otras. Después les dijo desta manera: “Hermanas queridas y compañeras de mi peregrinación, que habéis perseverado conmigo en estos trabajos de pobreza y penitencia, yo me parto a la bienaventuranza que ha prometido nuestro Esposo a los que perseveraren hasta la fin. Deseo mucho que no os ponga espanto lo que os falta de la corrida de vuestro curso, y que mi ausencia no os cause alguna flaqueza en los ánimos, ni penséis que he sido yo alguna parte para sustentaros hasta este punto en la vida religiosa que habéis comenzado, de que tenéis pasada ya mucha parte, las más de las que estáis presentes. Otra fuerza mayor es la que os sustenta, que es la virtud del Señor, que nunca se cansa, ni puede morir, y está siempre cerca de vosotras si por vuestra [764] culpa no la desecháis y hacéis fuerza para que se vaya, porque os ama mucho y tiene gran cuidado de vuestra salud. Lo que desea y lo que siempre nos pide es que no pongamos el amor en otra cosa, que es muy celoso, y no admite compañía alguna: o todas habéis de ser suyas o de otro, y mirad quién será el otro si dejáis a Dios. Fuera d’Él todo es feo, todo es miseria, enfermedad y muerte. Una quiere que sea su paloma, y una su amiga y una su querida, que no cabe con otro. Ponedle en vuestro corazón y en vuestro brazo, haced que vuestros pensamientos, palabras y obras no tiren a otra señal, porque, si no, sabed que se enojará mucho, y cuanto estáis en más alto estado y cuanto habéis venido a más secretos abrazos y favores, tanto será mayor la ira de sus celos. Porque el amor es como la muerte fuerte y más duro que el infierno que, como la muerte, nunca se aplaca ni perdona y, como el infierno, nunca se apiada ni ablanda; ni al uno ni al otro podremos con ruegos ni con fuerza detenerlos, ni mudarlos de su rigor: ansí el amor, cuando es tan gravemente ofendido y quebrantadas sus leyes, no sabe perdonar, ni aplacarse, ni la ira de los celos tiene remedio. Las caídas de muy alto de ordinario son mortales. Por eso, carísimas hermanas, mirad donde subisteis, temed mucho la caída y, pues tenéis tan cierto el socorro, pedidle sin cesar que no hayáis miedo que falte. Mirad cuán presto se acaba la vida, cuán poco duran los gozos vanos deste suelo, qué presto se marchitan estas florecillas de la primavera que, de ordinario, antes de la noche se enlacian y caen, y los trabajos, qué momentáneos y de poca dura, y qué de bienes se siguen tras ellos, cuando se llevan en paciencia y por Dios. No os turbe ver a las que dejasteis en el siglo, cuando vienen compuestas y galanas a visitarnos, porque son figuras del retablo de este mundo, que pasa como una farsa. Ya veis cuántas, en medio de sus regalos, las ha arrebatado la muerte, y cuántas de las que viven querrían ser muertas, porque viven una vida de infierno. Poned los ojos en la ribera deste río por donde vais atravesando a vuestra gloria, para que no os desvanezcan las ondas y sus olas, que pasan a dar en el mar. Veisme aquí, estoy ya a las puertas de la muerte, alegre y segura, sin temer la contradicción de mis enemigos, confiada en el mérito de la pasión de mi esposo y en la virtud de su sangre, que cuando con Él me desposé me las dio en arras y en dote, y ahora que viene el día de las bodas, saldré adornada con ellas. Imaginad que me casé con un hombre de los del siglo, y que he vivido en muchos regalos, y que tengo muchos hijos, y que he llegado a este punto que tuviera ahora aquí sino congojas, y rabias y ansias, un temor y una tristeza irremediable. Pues mirad la diferencia y deprended en este trance lo que no se os olvide jamás. Quiéroos dar en mi partida un consejo y un precepto; el precepto no es nuevo ni mío, sino del Esposo y Señor Jesucristo, que os améis unas a otras y sufráis las faltas con caridad, y esta es deuda que la debéis siempre, en tanto que durare la vida: cada una quiera el bien de la otra como el suyo propio, porque en esto consiste el verdadero amor. El consejo es que os guardéis de salir del claustro cuanto os fuere posible y que no os vean en la calle para siempre, ni aun en la red, sino con mucha necesidad. Mirad que las palomas, aunque son tan puras y sin malicia, si ven la red huyen de ella, porque en la red está el lazo que prende con las palabras o con la vista la inocencia del alma”. [766]

Esto les dijo en común. Después, en particular, habló a cada una por sí, y no adivinando ni sacando por conjeturas, sino con un espíritu profético, les declaró todo el discurso de sus vidas, diciendo a muchas dellas lo que después sucedió sin faltar punto. A unas que no habían de perseverar y los fines que habían de hacer, y a otras les declaró cómo habían de ir aprovechando; y aunque entonces les pareció que debía de hablar a tientas o no la entendían, después se desengañaron y vieron claro que el Señor les avisaba por la boca de su sierva. Acabado esto, pidió la extremaunción; recibiola con gran espíritu y entereza, ayudando a todos los salmos y letanías, como si estuviera sana. De allí a un poco, descendió sobre ella una claridad admirable, y anduvo volando por la celda una palomica blanca, aunque no fueron todas las que allí estaban dignas de verla. Alegrose su rostro en gran manera, mirando atenta a la luz que tenía sobre sí; hablaba con ella tan quedo, que no podían entenderla. De allí a un poco, aleó los brazos en alto y juntó las manos, como quien quiere abrazar alguno, haciendo cruz, y ansí salió la santa alma, dando a entender que se abrazó luego con su amado y dulce Esposo Jesucristo. Su muerte fue el diez de enero, año de 1426 [6], y ochenta y seis su edad, según la mejor cuenta, porque no se sabe precisamente el año en que nació. Había ordenado viviendo que sin ruido, y sin dar cuenta a nadie, llevasen su cuerpo al monasterio de Nuestra Señora de la Sisla. Hízose ansí y fue bien menester, porque la ciudad estaba alterada sobre querer llevar el cuerpo cada cual adonde le parecía que tenía más derecho.

Los parientes pretendían hacerle en la iglesia mayor un sepulcro suntuoso; otros pretendían llevarla a otras partes; las religiosas, con gran silencio, teniendo entendido el humilde pensamiento de su Santa Madre, sin que nadie lo supiese, lo llevaron a la Sisla. Recibieron los religiosos con gran reverencia el cuerpo santo. Llevábanla vestida con sus hábitos de San Jerónimo y una corona de laurel en la cabeza, insignia de triunfadores. Hiciéronle el más solemne entierro que pudieron. Y como a principal bienhechora y más principalmente como a santa, la pusieron junto al altar mayor, al lado del Evangelio, y labraron un rico sepulcro.

Certifica una relación antigua de su vida, a quien he seguido en esta historia, que hizo por ella muchas maravillas y señales, en los que tocaron a su santo cuerpo y que lo certificaron personas de mucha religión, dignas de toda fe, y que las calla hasta que la Iglesia las publique, donde da a entender que se trataba de su canonización y, como esto es negocio que no se hace sin mucha costa, faltó quien lo solicitaba, y ansí se quedaron los milagros escondidos.

De cuarenta o más años a esta parte, hubo necesidad para cierta fábrica que se hacía allí, en la capilla mayor de aquel convento, abrir un poco el sepulcro y cuerpo de la santa. Descubriose y lo halláronlo entero; después de ciento treinta años, tenía un ladrillo por cabecera, la toca de la cabeza estaba sana y prendida debajo de la barbilla con un alfiler, vestida con sus hábitos de beata. Afirma Fr. Antonio de Villacastín, de quien supe yo esto, porque era el maestro de aquella fábrica y lo ha sido de toda la casa de San Lorenzo el Real, testigo abonado, que él mismo levantó el cuerpo y que vio [767] en él una cosa extraña: que por doquiera que le asía, se levantaba todo entero, como si fuera de una pieza, y estaba tan ligero como si fuera de pluma. Y los ramos de laurel de que le hicieron la corona, cuando la truxeron, se estaban tan enteros y frescos como cuando los cortaron. Debe de ser privilegio de la virginidad que no se marchite ni corrompa lo que a ella se allegare. Hiciéronle los religiosos de la Sisla, encima del sepulcro, una figura de bulto, vestida al natural con sus hábitos de la Orden y como ella andaba vestida. Está hincada de rodillas, puestas las manos mirando al Santo Sacramento, donde en vida tuvo siempre puesto el corazón, y un letrero o epitafio de la elegancia de aquel tiempo que dice:

FUE DOÑA MARÍA GARCÍA, VIRGEN QUE AQUÍ YAZE SEPULTADA, DE CUYAS OBRAS RESULTA SER VIRGEN DE ETERNA ALEGRÍA.

De tan buena gracia y aun peores son los versos latinos que se siguen luego:

Domum suam hec dicauit,

Qua feminas adunauit,

Ut peremni sacre viuerent.

Hec totam se spernebat,

Et arte virgo degebat,

Ad Christi vestigium.

Erat mundo crucifixa,

Mundus Christi [etc] transfixa,

Charilatis gladio.

Aquí da a entender este poeta que eran suyas las casas donde se recogió y donde agora está fundado el Monasterio de San Pablo, aunque la historia que yo he seguido dice que las compró de su hacienda. Este monasterio se estuvo con nombre de Beatas de San Pablo y de San Jerónimo muchos años. El año de 1464 [7] se encargó la Orden d’él, y creció siempre en religión, criando grandes siervas de Dios, como lo veremos en la postrera parte desta historia que luego se sigue, siendo el Señor servido.

FIN

En Madrid, por Juan Flamenco. Año 1600 [8].

[6] Figura el año en números romanos en el texto: “año de M.CCCC.XXVI”.

[7] Figura el año en números romanos en el texto: “año de M.CCCC.LXIIII”.

[8] Figura el año en números romanos en el texto: “M.CD”.