María de San Juan

María de San Juan
Nombre María de San Juan
Orden Franciscanas
Títulos Monja y fundadora del monasterio de la Concepción de Almería
Fecha de nacimiento 1491
Fecha de fallecimiento 1565
Lugar de nacimiento Toledo
Lugar de fallecimiento Almería

Contenido

Vida impresa (1)

Ed. de María González-Díaz; fecha de edición: febrero de 2021.

Fuente

  • Salazar, Pedro de, 1612. Crónica y historia de la fundación y progreso de la provincia de Castilla de la Orden del bienaventurado Padre San Francisco. Madrid: Imprenta Real, 484.

Contexto material del impreso Crónica y historia de la fundación y progreso de la provincia de Castilla de la Orden del bienaventurado Padre San Francisco.

Criterios de edición

El relato aparece en el libro octavo de la Crónica y Historia de la fundación y progreso de la provincia de Castilla, impreso en 1612, en el que se narra la fundación de la Orden de la Concepción y los conventos que de ella se fundaron en Castilla. Concretamente, la vida de María de San Juan aparece en el capítulo décimo, donde se explica la fundación del convento de la Concepción de Torrijos.

Se han adoptado los criterios de edición de vidas impresas estipulados en el catálogo, esto es, se han eliminado las consonantes geminadas y se ha modernizado la ortografía (sibilantes, b/u/v, j/g, chr/cr, qu/cu, empleo de h, etc.). Además, se han ajustado a los criterios actuales del español la unión y separación de palabras (“desta”, etc.), el uso de mayúsculas y minúsculas, y la acentuación y la puntuación. Asimismo, se han expandido las abreviaturas, primordialmente la expansión de las nasales con la virgulilla encima de la vocal y la abreviación de “que” o “qual”, también con el uso de la virgulilla o la diéresis.

Vida de María de San Juan

Capítulo X

[483] Del convento de la Concepción de Torrijos

[484] […] Monja de esta casa fue María de San Juan, la cual fue a poblar a Almería con nueve monjas el monasterio de la Concepción de aquella ciudad. Fue esta monja famosa en santidad y vida, de manera que fue tenida en mucha estimación por ser mujer de mucha oración y de muy levantado espíritu. Tuvo esta bendita monja muchas revelaciones y dijo muchas cosas por venir. Y fue muy importunada de muchas personas gravísimas para que los encomendase a Dios, teniendo esto por remedio para alcanzar el divino favor en muchas necesidades que se les ofrecían. […]

Vida impresa (2)

Ed. de Borja Gama de Cossío; fecha de edición: octubre de 2020; fecha de modificación: enero de 2023.

Fuente

  • Torres de, Alonso, 1683. Chrónica de la Santa Provincia de Granada, de la regular observancia de N. Seráfico Padre San Francisco, Madrid: Juan García Infanzón, 636-641.

Contexto material del impreso Chrónica de la Santa Provincia de Granada, de la regular observancia de N. Seráfico Padre San Francisco.

Criterios de edición

Esta crónica, dedicada, según se dice en su título, “al señor D. Iván Antonio de Contreras Remírez de Arellano, Alcayde perpetuo de las fortalezas de Cambil y Alhabar del Consejo de su Majestad, su Alcalde de Hijosdalgo en la Real Cancillería de Granada”, se trata de un impreso de 1683 que, dividido en diferentes tratados, ahonda en el origen de la Santa Provincia de Granada desde sus inicios en el siglo XV hasta finales del siglo XVII, cuando esta obra se publica. El texto habla de la fundación, división de la provincia y los reinos, así como de los patronos de la provincia y religiosas que han vivido en esta comunidad desde sus inicios hasta 1683. Se transcriben vidas de monjas y religiosas de diferentes conventos situados en distintas ciudades de Andalucía.

En este trabajo se edita el Tratado V, que se encarga de documentar la vida y milagros de mujeres de la comunidad de Santa Clara desde finales del siglo XV hasta finales del siglo XVII. Dada la naturaleza del Catálogo, nos ocupamos de las mujeres que mueren antes de 1560-1563, aunque se transcriben tres que mueren en 1565 (Sor María de San Juan), 1567 (Sor Catalina de Ribera) y 1568 (Sor Florentina de los Ángeles), ya que su foco de actuación es anterior a estas fechas (por lo tanto, también al de Santa Teresa) y la longitud de las hagiografías da cuenta de su importancia. Las vidas de estas mujeres con fama de santas se incluyen en capítulos dentro de este Tratado V, donde se informa de cada mujer en referencia al convento en el que vive. Tras una pequeña introducción que ocupa todo el ancho de la página, cada hoja está dividida en dos columnas, las cuales tienen anotaciones en sus respectivos márgenes izquierdo o derecho, que aclaran información comentada en el cuerpo del texto, ya sea el lugar de nacimiento o la fecha de fallecimiento, además de otros tipos de información biográfica, bíblica e histórica.

Se adoptan los criterios de edición de vidas impresas estipulados en el Catálogo, es decir, se moderniza la ortografía (b/u/v, j/g, chr/cr, qu/cu, empleo de h, etc.) y se eliminan las consonantes geminadas. Además, se expanden las abreviaturas, primordialmente la expansión de las nasales con la virgulilla encima de la vocal y la abreviación de “que” o “qual”, también con el uso de la virgulilla o la diéresis. De todos modos, algunas abreviaturas como N. S. (Nuestro Señor) o N. P. S. (Nuestro Padre Santo) se respetan en el texto. Asimismo, las abreviaturas presentadas en las notas serán respetadas. El uso de mayúsculas y minúsculas se moderniza, así como se adaptan las normas de acentuación a sus usos actuales. Además, se moderniza también la puntuación, teniendo en cuenta el orden de la oración y el uso de la puntuación a día de hoy. Del mismo modo, se moderniza el uso de aglomerados, se separan las palabras que a día de hoy ya no aparecen juntas (“della”) y se unen las que ya se representan como una sola palabra (“del”, “al”).

Vida de María de San Juan

Capítulo XVI

[636] De algunas religiosas ejemplares del monasterio de la Concepción de la ciudad de Almería

En la palestra de la clausura es Cristo nuestro maestro, el celebrado, padrino el Espíritu Santo, el premio, la corona, juez, el eterno Padre y los asistentes que desde las sillas miran el espectáculo, los ángeles. Buen testimonio daría de esto Sor María de San Juan, cuando, desde el monasterio de la Concepción de Torrijos, fue llevada a este Cielo por testigo de vista de aquellos trofeos, como veremos en su vida.

Vivía en la imperial ciudad de Toledo Juan Bañares en compañía de su legítima mujer, cuyo nombre se ignora. Dioles Dios una hija, que nació el año de mil cuatrocientos y noventa y uno [1], con tan singulares señales de virtud que, desde sus niñeces, empezó a dar muestra de una vida maravillosa pues, estando en la casa de sus padres, en sus primeros años vio un pobre desnudo y, quitándole un juboncito humilde que traía las mangas, se las dio al mendigo. Pareciole a la niña que la reñiría su madre y, con la ignorancia de criatura, se quitó el jubón y lo escondió en un pajar. Mas los padres, que admirados habían notado al descuido todo el lance, la riñeron, porque estaba desnuda, pidiéndole la ropa que se había quitado y ella, atemorizada, los llevó al pajar y hallaron el jubón con las mangas, como antes estaba, que Dios [637] mejoró las que la niña dio al pobre, tejiéndolas nuevas de milagro, para que anduviese vestida con celestial gala.

Apenas cumplió los diez años cuando, para saciar el deseo que tenía de ser esposa de Christo, la entraron en el religiosísimo monasterio de la Villa de Torrijos, que era el segundo de religiosas de la Concepción, que fundó Sor Beatriz de Silva en Toledo [2], como más largamente veremos en la fundación del monasterio de la Concepción de la ciudad de Guadix. El tiempo que Sor María gastó en dicho santuario, antes y después de su profesión, fue tan en servicio de Dios y ejemplo de las religiosas que su vida más parecía angélica que humana. Hallábase a la ocasión en Torrijos Doña Teresa Henríquez, Duquesa de Maqueda, viuda del Duque D. Gutierre de Cárdenas, Comendador mayor de León, de la Orden de Santiago, la cual, por asistencia continua a dicho monasterio, se le aficionó tanto a la sierva de Dios que no hacía sin su parecer cosa alguna, como se vio en la fundación de Almería, que es el motivo principal de poner en esta historia. Mas por no pasar en silencio todos los [3] prodigios que obró en el monasterio donde tomó el hábito hasta que salió por fundadora, referiré brevemente algunos.

Sea el primero el que contó y afirmó con juramento una gran sierva de Dios, llamada Sor María de la Concepción, la cual tuvo por maestra a Sor María de San Juan y por compañera en esta fundación, y dice que, estando las dos en el monasterio de Torrijos, le dio a Sor María una tan grave enfermedad, de que murió, al parecer del médico, religiosas y la duquesa, que la asistía dentro de la clausura. Pasaron algunas horas en este rapto y, a la una del día, volvió, como quien despierta de un sueño muy profundo. Admiráronse los circunstantes y más al verle en la mano un pedazo de vela, sin haberle nadie puesto. Mandole, por santa obediencia, la abadesa dijese donde había estado y [4] ella respondió que en un lugar que le pareció ser el Cielo, y había visto y asistido en la procesión de la Candelaria, que era aquel día, y que San Juan Evangelista, su devoto, le había dado una vela y que, al tiempo de quitársela, le dejó aquel pedazo, el cual se llevó por reliquia la Duquesa.

Estando en la mesma enfermería con otras dolientes, le preguntó la enfermera la dijese ¿cuál moriría primero de todas las enfermas? Y ella respondió que ninguna sino una, que la noche siguiente había de entrar a la hora que tocasen la pelde (que es al alba) en la enfermería, lo cual sucedió así y murió dentro de un mes la religiosa. Floreció tanto en este espíritu de profecía que se podían referir innumerables casos.

Otra vez tuvo un asombro y, preguntada la causa, respondió: “He visto abierta una bóveda y que cayeron dentro siete religiosas”, nombrando a cada una por su nombre, siendo todas de las que estaban vivas y dentro de cuatro meses murieron las siete. Estando fregando la comunidad después de comer, como es costumbre, se vio sobre el fregadero una nubecita ligera, la cual habían visto las religiosas otros días. Púsolas en gran cuidado, mandó la abadesa por obediencia a Sor María le rogase a Dios manifestase lo que la nube significaba. Y después de una oración prolija, respondió: “Es el alma de fulana” (nombrando una religiosa difunta) “la cual nunca quiso ir a fregar con la comunidad y esta allí purgando su culpa”. Hicieron oración a Dios por ella y nunca más fue vista. Otros muchos portentos se pudieran poner, sucedidos en el monasterio de Torrijos, que constan de una información jurídica, hecha el año de mil seiscientos y veinte, donde se podrá ver.

Murió el Duque de Maqueda, Don Gutierre de Cárdenas, ya referido, y, por algunas cosas que sucedían de no- [638] che en Almería, se entendió andaba su alma penando por la ciudad. Diose aviso a la Duquesa, que estaba en Torrijos, consultó a la madre María de San Juan y la respondió que las penas del Duque se acabarían si se fundaba en Almería el monasterio que por su testamento había mandado. Púsolo todo por la obra la Duquesa, como dijimos en su fundación y, para feliz principio y más sólido fundamento de la religiosa observancia y perfección [5], llevó por fundadora a la madre María de San Juan, con otras religiosas, todas profesas en Torrijos. Conociose bien en este viaje el amor y voluntad de la Duquesa a la sierva de dios, pues la entró consigo en su litera, si bien recibió el pago de contado, librándose de muchos peligros del camino. Uno fue que la litera en que iban las dos se encalló entre dos peñas, tan sin remedio que era imposible el sacarla. Vio la Duquesa que no era fácil el salir de ella sin perder la vida por un despeñadero grande en que estaba y la dijo afligida: “Hija, perdidas somos”, mas la sierva de Dios la consoló, dándole fijas esperanzas y, puesta de rodillas delante de una imagen que consigo traía, que hoy se guarda con veneración en el monasterio, la hizo una oración muy devota, y al instante las dos peñas o retirándose a un lado o convirtiendo su dureza en blanda cera, le dieron a la litera paso franco, con admiración de todos y rendida acción de gracias al Señor, por haberles librado de tan manifiesto peligro por las oraciones de su sierva.

Llegaron a Almería y, al ver Sor María de San Juan el mar, dijo: “Qué piélago ha criado aquí el Señor” [6]. Y levantando los ojos al Cielo, se quedó arrobada y su rostro algo resplandeciente. Mandó la Duquesa sacarla de la litera y, puesta en una silla de manos, entró por la puerta de la ciudad: acudieron todos sus moradores, aclamando a voces a la sierva de Dios, por la noticia que ya tenían de su virtud. Entre el demás concurso salió en la calle Real una mujer preñada, implorando sus oraciones, enterneciose la Duquesa, mandó parar la filla y, viendo que había vuelto en sí, la pidió pusiese las manos sobre el vientre y, habiéndolo hecho, le aseguro la felicidad del parto, que sería de una niña y el nombre que le habían de poner, todo lo cual se cumplió. Y creciendo en edad esta niña, fue muy familiar de la santa y, habiéndose casado, le profetizó lo mesmo que a la madre, y que la hija que había de parir sería religiosa en aquel monasterio y gran sierva de Dios, como sucedió.

Entró en la clausura con las demás compañeras [7] y empezaron la nueva vida con tal perfección que su humildad, obediencia, pobreza, caridad y demás virtudes labraron a los ciudadanos el mejor espejo y ejemplar. Excedía a todas Sor María de San Juan, dábanla copiosas limosnas personas principales, las cuales repartía entre los pobres de la ciudad y algunas necesitadas religiosas. Su obediencia fue tan rara que, no bastando en sus raptos para volverla puntas de acero y otras cosas con que la molestaban, al mandarle la abadesa que volviese volvía al punto aunque estuviera más elevada. Era tan amiga de la soledad y silencio como dedicada a la alta contemplación y así huía las conversaciones de las demás y amaba el retiro de su celda, en la cual de día y de noche y a todas horas que la buscaba la hallaban vestida y tocada, con tanto punto y compostura como si estuviese en el acto más grave de la comunidad. Su recato fue tanto en ocultar las criaturas las mercedes que Dios la hacía que, con tener en el monasterio una hermana y sobrina profesas, nunca alcanzaron cosa alguna y, con ser tan ordinario el comunicarse en el espíritu y aun el verse y hablarse con Sor Juana de la Cruz, nadie lo supo hasta que fue preciso ponerlo en el libro de su vida, como veremos.

Al paso que la bendita madre ocul- [639] taua los favores divinos, los manifestaba Dios con patentes milagros, como fue el de las aves, que referimos en la fundación. En otra ocasión que hubo en Almería un gran temblor de tierra, iba la sierva de Dios pasando por un aposento, abriose una pared donde ella llegaba y le cogió el hábito y, sin turbación alguna ni diligencia para salir de aquella peligrosa prisión, levantó el corazón a Dios N. S. y al punto se volvió la pared a abrir dejándola libre, teniendo todas por milagro, y no por nuevo temblor y natural.

En un monasterio de los de Castilla vivía una religiosa grave, algo divertida, con un eclesiástico condecorado con dignidad. Recibió dicha religiosa una carta de Sor María de San Juan, según su firma y fecha, en que le decía estaba condenada, justamente con el eclesiástico que la hablaba: quedó fuera de sí al leerla, por la noticia que tenía de la sierva de Dios y su mucha virtud. Hizo un propio para Almería y, en el pliego, confesaba la culpa y pedía le dijese qué penitencia debía hacer por tan graves pecados. Remitiole juntamente la carta que había recibido; y, al leerla, quedó admirada por no haberla escrito ella. Encomendó a Dios este caso y se le pasaron sin poder dormir tres noches continuas y sin acertar a responder. Instaba para volverse el propio: encomendose ella a Dios N. S. y, por su revelación del Cielo, llamó a su sobrina y le dijo fuese a su pobre lecho y trajese lo que en él hallara, la cual encontró debajo de la almohada una piedra grande negra con algunos abujeros y dijo la sierva de Dios: “En la piedra puso el demonio para quitarme el sueño y divertirme de tan santa obra”. Mandó arrojarla por una ventana y luego tomó la pluma y le respondió a la religiosa una discreta y santa carta, consolándola con el amor y misericordia del divino Esposo. Decíale también que, aunque ella no era quien la había escrito, había sido por disposición de Dios para su enmienda y que sabría el sujeto dentro de quince días. Al cabo de ellos, se manifestó ser una religiosa celosa del mesmo monasterio que, no atreviéndose a decírselo, por conocer en ella superioridad se valió del nombre y firma de Sor María de San Juan, por el crédito con que corría su virtud.

Otro eclesiástico, conocido de la sierva de Dios, se le apareció después de difunto, diciéndole estaba en penas por los defectos del oficio divino y que su alivio sería, si hubiese, una persona devota que le ayudase todo un año a rezar el divino oficio. Prometiole ella hacerlo y todos los días venía el muerto a recitar con ella y, al cabo del año, le dio las gracias y nunca más volvió.

Vivía en la ciudad de Almería un mercader muy profano [8], cuyo distraimiento de vida sentía tanto la santa que, ansiando por su remedio, lo encomendaba a Dios N. S. y, juntamente, lo llamaba y persuadía, y fue tanta la eficacia de sus palabras que, dejando el mundo, se fue a Sevilla, donde tomó el hábito de nuestra orden para religioso lego, teniendo suficiencia para profesar del coro. Hizo vida muy penitente y, entre otros ejercicios, fue uno el buscar limosna para redimir cautivos. Llamábase Fray Francisco de Sandoval y toda su vida fue pregonero de las heroicas virtudes de Sor María de San Juan, confesando le abrasaron sus palabras el corazón y le obligaron a la nueva vida.

Pasando el Duque de Veraguas a Orán, se fue a embarcar a la ciudad de Almería [9], llevado también de la codicia de ver y hablar a la santa, y así, frecuentaba mucho el monasterio los días que se detuvo en la ciudad, y una mañana le dijo cómo se quería aquel día embarcar en un bergantín, que le encomendase a Dios, y ella le respondió que lo suspendiese por entonces por convenirle así. Tomó su consejo, hizose a la vela el bajel y, estando en alta mar, le cautivaron los moros, de que dio muchas gra- [640] cias a Dios y a su sierva el Duque cuando lo supo. Ofreciose luego otra embarcación y, yendo a aconsejarle con ella el Duque, le dijo que se embarcase y llegaría con toda prosperidad y en brevísimo tiempo, lo cual sucedió en las horas señaladas por ella. También, partiéndose la flor de España con su general el Conde de Alcaudete, D. Martín Fernández de Córdoba, a la conquista de Mostagán, dijo ella a las religiosas: “Muy acertado sería el que no fuesen a esta guerra, porque se ha de perder el crédito y muchas vidas”. Corría por España la falsa santidad de Sor Magdalena de la Cruz, en que tantos se engañaron, aprobándola por buena, y dijole un día su sobrina: “Tía, Sor María de San Juan, por qué no hace V. Reverencia milagros como Sor Magdalena de la Cruz?”. Y ella respondió: “No permita Dios que yo los haga como ella los hace”. Y nunca quiso escribirle ni leer carta suya, antes, cuando referían algunos milagros, le daba tanta pena que llegaron a entender su sobrina y otras mozas que era envidia que tenía, hasta que, descubiertos los enredos del demonio, se persuadieron que el melancolizarse era por el espíritu que tenía y conocimiento de los embustes de Sor Magdalena.

Tanta virtud irritó al demonio de forma que, visiblemente, la persiguió [10] con sus tropas infernales y así en una ocasión la arrojaron por la ventana de una celda sobre un naranjo y, jugando con ella a la pelota, la maltrataron, y dijo más el testigo que juró lo referido en la información, que se llamaba María de la Concepción y se crió con ella en la celda, que vio en las rodillas y otras partes del cuerpo de la santa madre las manos de los demonios señaladas, estando en aquellas señales la carne como quemada. Otra vez la arrojaron una escalera abajo y, viendo la caída de más de diez tapias y dando sobre unas ásperas y desiguales piedras, no se hizo daño alguno, teniéndolo por milagro.

Tanto se extendieron por España sus portentos que, naciendo el Rey Philipo Segundo en Valladolid, martes veinte y uno de mayo del año de mil quinientos y veinte y siete, la emperatriz, su madre, envió a Almería la ropita que le había de poner para que le echase Sor María de San Juan la bendición. También la Condesa de Berlanga, pariendo tres hijos consecutivamente mudos y, afligiéndose por tal fatalidad, le escribió a Sor María de San Juan la remediase con sus oraciones, pidiéndole a Dios se apiadase de su casa y sucesión; rogó al Señor por ella y luego la respondió que partiría un hijo sin el defecto que los primeros, pintole las circunstancias del parto, como sucedió después. Y en la mesma conformidad y perfección nacieron los hijos que a este le siguieron.

Sirva de confirmación para los milagros referidos y otros muchos que obró en su vida una cláusula del capítulo diez y nueve de la historia de Sor Juana de la Cruz, que dice así: “Y aunque atribuyan esto a las divinas revelaciones y presencia de los santos [11] que ella decía la venían a ayudar, todavía se supo después de otra causa de estas maravillas por testimonio de otra gran sierva de Dios, llamada Sor María de San Juan, que al mesmo tiempo era religiosa en el convento de la Concepción de la ciudad de Almería, muy semejante en virtud y santidad a nuestra gloriosa Juana, y tan amigas las dos que, con estar tan lejos, se comunicaban en espíritu muchas veces. Y la comprobación que por algunos casos hubo en esto acredita más lo que esta sierva de Dios testificó de la gloria de la B. Juana, y fue que, cuatro días después de la muerte, le apareció cercada de algunos santos y de ángeles [12] y, admirada, preguntó al de su guarda ¿cómo la madre Sor Juana de la Cruz la aparecía tan mejorada y en tan diferente figura que otras veces, colocada en altos grados de gloria? Respondiole el ángel que estaba ya [641] desatada de las ataduras del cuerpo y, bajando aquella bendita alma, se abrazaron las dos y le dijo esta sierva del Señor: ¿Cómo, hermana, esto sin mí? Sí, hermana (respondió), que se cumplió la voluntad del poderoso Dios y a cuatro días que salí de la vida mortal, donde tuve mi purgatorio, y dos días antes que espiase comenzó mi alma a sentir el gozo de la bienaventuranza, aunque a los ojos de las gentes, parecía que estaba con los dolores del tránsito de la muerte. Y cuando se tuvo noticia de esta revelación, se entendió mejor la causa de la dicha mudanza en la sierva de Dios tantas horas antes de su tránsito”. Hasta aquí Fr. Antonio Daza, chronista de la orden, en el tratado que sacó de la vida de Sor Juana de la Cruz.

Llegose el día de premiar Dios tantos trabajos y revelole su Divina Majestad la hora de su muerte, según parece por lo que le sucedió a su sobrina, la cual estaba sentada en una ventana que sale al claustro y vio un brazo de una pequeña cruz entre el bastidor y la pared, sacola con alguna violencia y, cuando la vio la tía, se la pidió encarecidamente, mostrando en su rostro gran turbación, y luego que la hubo en su poder, se entró en la celda y escribió en un pergamino estas palabras: “Señoras mías, suplico a vuestras mercedes así consigan misericordia a la hora de su muerte, que cuando mi alma salga de este miserable cuerpo me pongan esta santa cruz en la garganta”. Luego puso en un paño todo lo necesario para después de su muerte para enterrar a una religiosa y encima el pergamino y la cruz. A pocos días le dio una modorra fría, de que expiró el día sexto, que fue el veinte de julio, a la hora en que en la iglesia catedral alzaban el cuerpo de Cristo en la misa mayor de Santa Margarita, cuya es la celebración de aquel día. Fue este dichoso tránsito el año de mil quinientos y sesenta y cinco, a los setenta y cuatro de su edad [13]. Convocose la ciudad, apellidándola todos por santa en altas voces. Hízosele el entierro con copiosas lágrimas y sentimiento común. Un mes después de su muerte le escribieron a la abadesa una carta del monasterio de la Concepción de la ciudad de Guadix, que una sierva de Dios, de las que fueron por fundadoras de este dicho monasterio, había dicho que si desenterraban el cuerpo de Sor María de San Juan le hallarían todo lleno de cruces, señal con que Dios pagó su penitencia.

Notas

[1] Al margen derecho: “natural/ de Tole-/do”.

[2] Al margen izquierdo: “Tract. 6/edición/cap. 9”.

[3] Al margen izquierdo: “Tract. 4/ cap. 16”.

[4] Al margen derecho: “Rapto/maravilloso”.

[5] Al margen izquierdo: “Fundadora en Almería”.

[6] Al margen izquierdo: “Arroba-/se al ver/ el mar”.

[7] Al margen izquierdo: “Entró/ en el nue-/vo mo-/nasterio”.

[8] Al margen derecho: “Cosa no-/table de/un difun-/to”.

[9] Al margen derecho: “Buscan-/la prin-/cipes”.

[10] Al margen izquierdo: “Persigue-/la el de-/monio”.

[11] Al margen derecho: “Daza tcto./ vita ip/fius cap./19”.

[12] Al margen derecho: “Visita/ con Sor/ Juana de/ la Cruz”.

[13] Al margen izquierdo: “Muere año de 1565”.