Ana Duque

De Catálogo de Santas Vivas
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Ana Duque
Nombre Ana Duque
Orden Dominicas
Títulos Priora del convento de Santo Domingo el Real de Toledo
Fecha de nacimiento 1496
Fecha de fallecimiento 1580
Lugar de nacimiento ¿Toledo?
Lugar de fallecimiento Toledo

Vida manuscrita

Ed. de Bárbara Arango Serrano y Borja Gama de Cossío; fecha de edición: octubre de 2023.

Fuente

  • López, Juan, 1613. “Libro primero de la tercera parte de la historia general de Santo Domingo”, Tercera parte de la historia general de Santo Domingo, y de su orden de predicadores. Valladolid: Francisco Fernández de Córdoba, 343-344.

Criterios de edición

Esta crónica está escrita por Juan López, obispo en la ciudad italiana de Monopoli. En la tercera parte se incluye la vida de santos de la orden, se aborda la fundación de los diferentes conventos en los dos primeros siglos de los dominicos en Castilla y se añade la vida de destacadas religiosas, aunque se hace referencia también a las religiosas que viven en las fundaciones hasta la publicación de la crónica en los conventos fundados.

Aquí nos encargamos de las religiosas que viven en los siglos XV-XVI cuyo foco de actuación es anterior a 1560 (aunque mueran después de esta fecha), es decir, antes del auge de Santa Teresa. Se adoptan los criterios de edición de vidas impresas estipulados en el Catálogo: se moderniza la ortografía (b/u/v, j/g, chr/cr, qu/cu, empleo de h, etc.) y se eliminan las consonantes geminadas. Además, se expanden las abreviaturas, aunque algunas como N. S. (Nuestro Señor) o N. P. S. (Nuestro Padre Santo) se respetan en el texto. El uso de mayúsculas y minúsculas se moderniza y se adaptan las normas acentuales a sus usos actuales. Finalmente, se moderniza también la puntuación, la acentuación y el uso de aglomerados.

Vida de Ana Duque

[342]

Capítulo LXXXI

De la fundación del monasterio de monjas de Santo Domingo el Real de Toledo

[…]

[343] […] La madre doña Ana de Duque, hija de Hernán Duque de Estrada, de la villa de Talavera, entró en este santo convento de muy tierna edad, y fue de las primeras que se recibieron en él al principio de la reformación. Vivió guardando siempre el rigor de nuestras sagradas constituciones, que ni vistió lina [1], ni comió carne, ni tuvo depósito en particular. Hizo con mucha humildad los oficios de cocina, refectorio y los más del convento. Y, aunque en tiempo que era provincial de esta provincia el padre maestro fray Bartolomé de Miranda, que después fue arzobispo de Toledo, se dispensó en que los religiosos y religiosas pudiesen tener en el común depósito algunos dineros en particular, los cuales recibiesen y gastasen con licencia de sus perlados en cosas lícitas y honestas, como son libros y otras necesidades a que los conventos no pueden acudir, con todo esto, la madre doña Ana nunca usó de esta dispensación, sino que guardó el rigor de pobreza en que se había criado. Fue seis años priora de este convento y, en este tiempo, hizo cosas muy señaladas, como son el retablo y sagrario donde está el Santísimo Sacramento, cuatro blandones de plata y el órgano: todo esto de limosnas que la daba un sobrino suyo y otras personas. Labró, asimismo, la iglesia y el coro en la forma y perfección que ahora está: un patio muy grande con un pozo que es de mucho provecho al convento. Puso la hacienda de él en el concierto y estado que ahora se goza no sin muchos y muy grandes trabajos que, con grandeza de ánimo y singular paciencia, sufrió por el servicio de Dios y acrecentamiento de esta casa, pagando con muy buenas obras las malas que de algunas personas recibía. Por esta causa, tenía muy continua oración, así de día como de noche y, siendo de más de ochenta años, se levantaba a maitines y se quedaba en el coro orando hasta la hora de prima. Tuvo espíritu de profecía, con el cual dijo muchas cosas antes que sucediesen, aunque, como verdaderamente humilde, daba nombre de sueños a las que eran revelaciones, y como tales los refería, pero después el tiempo declaraba lo que eran. Todos los ratos que su oficio la daba lugar, los gastaba en presencia del Santísimo Sacramento. Fue tan retirada y tan ajena de conversaciones con seglares que, si no es cuando las obligaciones del oficio la llevaban al locutorio y al torno [344], jamás habló con seglar, cosa muy propia de personas espirituales, que todas las conversaciones tienen reservadas para tratar con el que es esposo de sus almas. De aquí también procedía que el trato con sus monjas era siempre de cosas concernientes a la salud de las almas. Dotola Dios de entendimiento y discreción, que de estas cosas hablaba prudentísimamente y con particular regalo y consuelo de las que la oían, sin cansarse jamás de oírla razonar en estas materias, porque como por una parte leía libros de devoción y, por otra, en el coro meditaba lo que había leído, regalándose y aficionando la voluntad a cosas espirituales, comunicaba eso con sus monjas con tal sentimiento y tan sin cansar que no era pesada en sus conversaciones (que no era poca discreción acertar a ajustarse con los humores y gustos de las que la oían). Entre las cosas señaladas que de esta sierva de Dios se cuentan es una que, siendo priora la tercera vez, pasando de ochenta años, diciéndola la cantora, que faltaba la monja que había de servir a segunda mesa, sin querer encomendar el trabajo a alguna de las monjas mozas, ella, cargada de años y de autoridad, fue a servir. Argumentó de su mucha humildad, como también lo es que, hallándose en el coro y, considerando que la sacristana sola no podía tañer la campana grande al vuelo, salió luego a ayudarla en el trabajo, oficio de caridad y de humildad, y proprio de mujer que no se desvanecía con los oficios ni las honras de la orden le levantaban humos a la cabeza. Esta manera de vida continuó la santa ochenta y cuatro años, al cabo de los cuales enfermó de unas tercianas y quiso Dios que se conociese en la muerte la santidad de la vida, favoreciéndola con revelaciones del Cielo. Estando ya muy al cabo a dos religiosas que la acompañaban en su dolencia, las dijo que los bienaventurados San Lucas y San Dionisio, de quien ella era aficionadísima, entraban a visitarla. Murió con mucha demostración de santidad, diciendo cosas muy espirituales y muy devotas. Dos días después de su fallecimiento, pasando por delante de la celda una religiosa, comenzó a tener miedo y oyó una voz que la dijo: “De los santos no hay que tener miedo”, con que quedó de todo punto consolada que quiso Dios con aquella palabra revelar el dichoso estado de la bendita priora; murió año de mil y quinientos y ochenta.

Notas

[1] Por “lino”.