Inés de Cebreros

De Catálogo de Santas Vivas
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Inés de Cebreros
Nombre Inés de Cebreros
Orden Jerónimas
Títulos Beata y monja del Convento de San Pablo de Toledo
Fecha de nacimiento 1435
Fecha de fallecimiento 1525
Lugar de nacimiento Cebreros, Ávila, España
Lugar de fallecimiento Toledo, España

Vida impresa

Ed. Lara Marchante Fuente.

Fuente

  • Sigüenza, Fray José de, 1605. “Libro Segundo de la Tercera parte de la Historia de la Orden de San Jerónimo”, Tercera Parte de la Historia de la Orden de San Jerónimo, doctor de la Iglesia, dirigida al Rey, Nuestro Señor, Don Felipe III. Madrid: Imprenta Real, 501-505.

Vida de Inés de Cebreros

CAPÍTULO L

[501] [1] La vida de Inés de Cebreros, religiosa del mismo monasterio de San Pablo de Toledo

Fue de tanto nombre y tan conocida la santidad de Inés de Cebreros que poco menos la podemos comparar a la gran sierva de Dios María de Ajofrín, porque tuvo muchas visiones y revelaciones que la larga prueba de su santidad mostró, claramente, fueron del Cielo. Diré brevemente su vida, si hubiere alguno de tanta paciencia que se atreva a llegar en el discurso de tantas y tan largas historias hasta aquí. Fue esta sierva de Dios natural de Cebreros, pueblo conocido en la tierra y Obispado de Ávila; vino a ser beata deste monasterio de San Pablo siendo de trece a catorce años, y después, al tiempo que se incorporó en la Orden este monasterio, dio la obediencia con las demás al General. Y dejado el nombre de beatas, se llamaron monjas de San Jerónimo que, como he dicho, hasta allí solo estaban sujetas al prior de la Sisla, desde los tiempos de fray Pedro Fernández Pecha, y el año de mil quinientos y seis se incorporaron en la Orden. Ejercitose esta santa en todo lo que una perfecta religiosa se puede señalar con grande perfección, viviendo por todo el discurso de su vida con grandísimo ejemplo, sin hallar en ella cosa digna de reprensión: obediente, humilde, callada, recogida, y con todas aquellas partes que se desean en una verdadera sierva de Dios. Diose muy profundamente a la oración y meditación, con el curso grande que tuvo de recoger sus sentidos, y retirar allí dentro en sus santas imaginaciones y contemplaciones el alma.

Vino a serle tan familiar el transportarse, y lo que llaman arrobarse, que todas cuantas veces se llegaba a comulgar quedaba fuera de sí, con poco o ningún uso de los sentidos: toda dentro de sí, sin percibir ninguna cosa de fuera. Algunos piensan que estos arrobamientos son siempre cosa milagrosa y sobrenatural. Engáñanse, porque los más (no se puede negar sino que hay muchos divinos) son naturales, nacidos de la costumbre del uso y ejercicio deste reconcentrarse y recogerse el alma a pensar intensa y atentísimamente alguna cosa, suspendiendo la operación de la parte animal, que mira lo de fuera. Es tan poderosa el alma, y algunas veces se enseñorea tan fuertemente desta parte, que la suspende y, como dijésemos, la desampara y deja como muerta. Hay infinitos ejemplos desto, no solo entre los cristianos, que tienen tan alta y tan fuerte ocasión de tener tan intensas meditaciones, conociendo las grandes misericordias que Dios con los hombres ha hecho, mas aun entre los filósofos y aun entre muchos gentiles se vio, con el ejercicio de la meditación, venir a tener naturalmente estos arrobamientos y éxtasis, o como quisieren llamarlos, donde ni había santidad ni aun principios della.

San Agustín refiere de un presbítero calamense que por su gusto se trasportaba o se arrobaba cuantas veces quería, especialmente si le hacían son y música. Y dice el santo que quedaba como [502] muerto, sin aliento ni respiración, y que sucedía quemarle la carne, cortarle y herirle y hacerle otros males sin sentir cosa alguna. Preguntado cuando despertaba qué sentía, decía que no otra cosa sino una armonía y consonancia de lo que se cantaba, y quien quisiere ver muchas razones desto la podrá leer en el Diálogo de Platón, que intitula “Pedro”, para que no piensen que en arrobándose son santos. Verdad es que también, algunas veces, entre aquellos gentiles el demonio los trasportaba y los ponía dentro las fantasmas de las cosas que acaecían muy lejos de donde ellos estaban, como lo que refiere Aulo Gelio de un sacerdote de los ídolos, que se llamaba Cornelio, que, estando en Patavia, fue arrebatado en el espíritu, y vio todo lo que pasaba en la batalla que se dieron César y Pompeyo en Tesalia, refiriendo por menudo los más principales casos de lo que pasó en ella, diciendo el tiempo y la hora, la entrada, el principio y el fin mejor que si se hallara presente. Y Plinio refiere también cosas admirables desto que le acontecían a Hermotimo Clazomeno, que parecía se salía el alma de aquel cuerpo y se iba a espaciar y mirar cuanto quería por todo el mundo, y cuando volvía, contaba cosas admirables que se vieron ser ansí. No quiero filosofar más desto, por ser cosa tan clara.

Ansí a los verdaderos religiosos y siervos de Dios, con la costumbre de pensar en los misterios de nuestra redención y ponerse con muchas veras y con todas las fuerzas de su alma a meditar en esto, les sucede venir a padecer estos arrobamientos, ayudándoles mucho la complexión melancólica que, como terrestre, le es muy natural reconcentrarse y tirar a lo hondo y a lo interior, y nuestro Señor les infunde, por sus santos ángeles, especies o la noticia de lo que se hace en lugares muy remotos, o de lo que sucederá para aviso y enmienda de nuestras vidas. Esto he dicho por las muchas y continuas abstracciones y arrobamientos que tenía esta santa, y porque muchos dudaban si era cosa fingida; y para prueba desto hicieron en ella demasiadas experiencias, lastimándola y maltratándola indiscretamente, estando después de haber comulgado muchas veces sin ningún género de sentido exterior. Ayudábale también su complexión natural, que se entendió era melancólica, y ansí tenía aspereza en la condición, aunque como sierva de Dios la corregía y enfrenaba admirablemente por no ser penosa a las hermanas. De aquí también nacía que vía las ánimas de los difuntos, y le hablaban y revelaban sus necesidades que, aunque ni las estrellas, ni la complexión, ni otra cosa natural puede ser legítima causa desto, son a lo menos alguna disposición, y apartan lo que impide estas abstracciones y reconcentramientos del alma. Para mí, la mayor prueba de su gran perfección fue que murió de noventa años, y en todos ellos, viviendo en comunidad y entre tanto número de religiosas, no se le vio cosa que no fuese de un alma muy puesta con Dios. Estaba una vez en el coro orando, vio la sierva de Dios doña Teresa de Guevara, de quien ahora acabamos de hablar, que salían unos rayos de gran resplandor de la custodia del Santo Sacramento, y llegaban hasta el rostro de Inés de Cebreros. Espantada doña Teresa desta tan extraña maravilla, tuvo revelación de que aquella era gran sierva de Nuestro Señor, y que la amaba mucho. En los primeros años de su religión, después de haber comulgado, fue arrebatada en espíritu y pareciole [503] que la llevó al monte Calvario una persona vestida de blanco, y allí vio un crucifijo corriendo sangre de las llagas; y estando ansí se le representaron todos los pecados que había hecho en su vida, más claros que si cada uno le cometiera allí de presente. Cuando volvió deste éxtasis, hizo luego una confesión general para de todo punto quedar limpia de las manchas de la vida pasada.

Otra vez, en uno destos trances de espíritu, fue llevada al Purgatorio, y conoció entre aquellas almas que purgaban una religiosa de San Pablo, con quien ella había tratado, y padecía una pena extraña, que tenía una serpiente de fuego ceñida por la cintura, y preguntándole esta sierva de Dios por qué padecía esto, respondió que por la vanidad y curiosidad que había tenido en ceñirse pulidamente, por parecer de linda cintura; y si es ansí como lo es, que allá se menudea esto tanto, muchas culebras nos aguardan para roernos las almas. Esto no se mostró, ni ahora se escribe sino para que temamos.

Mostrábale también Dios, como antiguamente a muchos de los padres de aquellos yermos antiguos, las astucias de los demonios, y cómo turban el sosiego espiritual de las siervas de Dios, y ansí los vio muchas veces, con ojos corporales, andar discurriendo entre las religiosas del convento, persuadiéndolas y incitándolas a que se ocupasen en niñerías y cosas de poca importancia, reír y decir palabras ociosas, vanas, tener rencillas y pesadumbres. La santa se condolía y lastimaba mucho desto, y las avisaba diciéndolas que se guardasen y apartasen, anduviesen con recato y con modestia, porque andaban entre ellas los enemigos como leones hambrientos, buscando a quien tragar. Aun hasta unas niñas que se criaban allí, en el monasterio, vio que el demonio les hacía que se persignasen mal y deprisa, porque desde aquella tierna edad cobrasen costumbre de no hacer aquello con consideración.

Refieren también por cosa muy cierta que estando un viernes de Cuaresma las religiosas, haciendo la disciplina conventual en el coro, vio esta sierva de Dios salir un resplandor clarísimo de la custodia del Santo Sacramento, que cubría a todas las monjas como un pabellón celestial en tanto que duró aquel ejercicio de penitencia. De allí ha quedado en aquel convento por tradición que ninguna sin notable enfermedad ha de faltar de la disciplina de los viernes, aun hasta las monjas muy ancianas, aunque no se disciplinen, y es particular estatuto de aquel convento, por la gran devoción y pía memoria de los azotes que Nuestro Señor sufrió, azotándole su Padre Eterno, por nuestras gravísimas culpas, como lo dice el Profeta Real y otros.

Estaba otra vez comiendo con las hermanas en el refectorio. Era la lección que se leía (según la costumbre) muy devota, y la sierva de Dios, dejándose llevar de la dulzura de la contemplación, fue arrebatada en espíritu, quedando tan sin sentido como otras veces y, aunque las que estaban a par della procuraron despertarla y volverla en sí, nunca pudieron. Entendiolo la priora, y pareciéndole que aquella era singularidad, y que no era lugar de aquello, le envió a mandar por obediencia que despertase y volviese en sí, y en intimándole el mandato, aunque muy a baja voz, luego se puso en acuerdo como antes. Tanto puede en el alma de los justos la virtud de la obediencia, que entra hasta lo secreto dellas, aun estando cerradas las puertas.

Estaba otra vez en la fiesta de San [504] Felipe y Santiago esta santa en sus acostumbrados éxtasis y arrobamientos; cuando volvió en sí, después de muchas horas, rebeló a una grande amiga suya que se llamaba Cecilia de Santa Catalina que la habían llevado en aquel tiempo al monte Calvario, donde traía casi siempre puestos sus pensamientos, y que allí le habían dado a comer un bocado; que recibió con él un gusto y consolación tan suave que excede a cuanto puede explicar la lengua, y viose que debió de ser esto algo de aquel maná que se cogía el viernes para que durase el sábado, porque desde entonces fue la quietud y sosiego de su alma tan grande y la pureza de su vida tan alta que parecía no vivía ya en la tierra, y que su conversación era en el Cielo. Sonaba ya la fama de su santidad y de su nombre poco menos por toda España. El Marqués de Villena, don Diego López Pacheco, caballero valeroso y pío, de quien ya hemos hecho otras veces memoria, le fue a rogar y pedir con mucha humildad le encomendase a Nuestro Señor, porque tenía algunos negocios apretados y que le ponían congoja. La santa Inés de Cebreros le habló despacio, y le dijo algunos particulares señalados, que los vio el marqués después ser todos ansí. El marqués publicó después lo que con ella había pasado, y cuán verdadera había salido en todo, y cobró con esto tanto nombre que venían de muchas partes a pedirle consejo y remedio en sus cosas, y no solo de la tierra y comarcanos venían a pedir los encomendase a Dios y rogase por ellos, mas aun del purgatorio y del otro mundo dio licencia Nuestro Señor a muchas almas para que le manifestasen la necesidad en que estaban.

Estaba una noche dentro de su celda hablando con el ánima de un difunto, que era hermano de una religiosa del mismo Monasterio de San Pablo, y oyolo otra religiosa que estaba allí cerca della y no podía ver ni entender con quién hablaba, y respondió que estaba hablando con el alma de fulano, nombrándoselo por su nombre, que había muerto aquella hora. A la mañana vinieron a decir cómo era muerto, al mismo punto que la santa dijo. No comulgaba esta santa muy frecuentemente, ni por tarea cada semana, tal día o tales días, sino cuando sentía que según la dispusición le decía allá dentro el espíritu se llegase a tan alto misterio, y así se entendía della que tenía revelación de cuándo había de comulgar.

Acaeció una vez, aun en el tiempo que tenían nombre de beatas, un caso maravilloso. Hacían entonces ellas de comunidad todos los oficios que eran menester para el sustento de las hermanas, como el lavar la ropa, cocer el pan, y otras haciendas; por su turno o rueda le cupo a la santa ir con otras hermanas a cocer el pan. Estaba esta santa dando fuego al horno, y cuando estaba ya bien caliente para echar el pan, se cayó la cubierta del horno sobre el fuego, y quedó de tal dispusición que no era posible por entonces cocerse en él. Congojose la sierva de Dios porque no tenía el convento bocado de pan que comer aquel día; volvió sus ojos al Cielo, y poniendo toda su fe y esperanza en Dios, hizo la señal de la cruz, llamando su santo nombre. Entró en el horno, y levantó lo que se había caído, dejándolo en buena dispusición, y saliose de su espacio sin lesión ni daño alguno, ni aun señal en un pelo de la ropa. Las siervas de Dios que vieron tan extraña maravilla hicieron gracias a Nuestro Señor porque con tan manifiesta señal declaraba la santidad de su sierva, estimán- [505] dola de allí adelante en mucho, y teniéndola en gran reverencia.

Cuando el Señor la quiso llevar a descansar a su gloria, por la lealtad con que toda su vida había empleado en su santo servicio y en el de las hermanas, siendo ya de noventa años, le dio un dolor de costado, y luego entendió que Nuestro Señor la llamaba. Recibió los sacramentos con una devoción singular, estando tan sana y con tan claro juicio y sentidos como cuando era de cuarenta años, y esta postrera y última vez que comulgó no tuvo arrobamiento ninguno, lo que fue en ella singular cosa, porque en más de cincuenta años jamás comulgó que no lo tuviese, y de muchas horas y tan repentinos que era menester tener cuidado en comulgando de apartarla las hermanas de la ventana por donde comulgan, para que pudiesen llegar las demás. Esta última vez quedó sin mudanza alguna, porque ya el cuerpo no era parte para estorbar la admirable unión que allí hace el alma con su querido Señor y Esposo. Pidió un poco antes que muriese que la leyesen la Pasión. Leíala una de aquellas religiosas y volviose la santa a hablar en secreto con una religiosa, gran compañera de la que leía, y díjole: “Sabe, hermana, que muy en breve llevará Nuestro Señor a tu gran amiga; recíbelo en paciencia, hazle gracias, y guárdalo en secreto”. Ansí acaeció, que dentro de cinco días la monja que leía pasó desta vida de dolor de costado. Un poquito antes que muriese dijo a baja voz, de suerte que lo pudieron oír algunas que estaban muy cerca: “Vos, Señor, todo mío, y yo toda vuestra”; y con estas palabras puso su espíritu en las manos de Dios el año de mil y quinientos y veinte y cinco en el mes de setiembre. Está enterrada en el capítulo de su misma casa, en San Pablo.

[1] Figura en el texto como Capítulo L pero debería ser el LI, debido al error señalado en la edición de la vida impresa de María de Ajofrín por Sigüenza, pues repite el número de capítulo XLIV.