Diferencia entre revisiones de «María de Toledo»

 
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= Vida manuscrita (1)=
= Vida manuscrita (1)=
Ed. de [http://visionarias.es/equipo/sergi-sancho-fibla/ Sergi Sancho Fibla]; fecha de edición: mayo de 2025.  
Ed. de [http://visionarias.es/equipo/sergi-sancho-fibla/ Sergi Sancho Fibla]; fecha de edición: mayo de 2025; fecha de modificación: marzo de 2026.


== Fuente ==
== Fuente ==


''Vida y milagros de la muy venerable venerable señora doña María de Toledo'' es una vida manuscrita de la segunda parte del siglo XVI. Se trata de una copia de la vida original, que fue escrita por una religiosa de la comunidad entre 1528 y 1538. La copia ha sido realizada, también por las mismas monjas, algunos años más tarde y, aparentemente, de memoria. Archivo del convento de Santa Isabel de los Reyes, sin referencia, sin paginación ni foliación.  
* ''Vida y milagros de la muy venerable señora doña María de Toledo''. Ms. del Archivo del convento de Santa Isabel de los Reyes [fols. 1r-41r].
 
[[Contexto material del impreso Discursos ilustres, históricos, i genealógicos.]]'' A Don Pedro Pacheco, del Consejo de su Majestad en el Supremo de Castilla, y general Inquisición, y canónigo de las santa iglesias de Cuenca. Por Don Pedro de Rojas, Caballero de la Orden de Calatrava, Conde de Mora, Señor de la Villa de Laios, y el Castañar''.


== Criterios de edición ==
== Criterios de edición ==


El texto se ha actualizado a las normas de ortografía vigentes. Esto conlleva la normalización de las grafías h, b/v, j/g, i/y; la actualización de los grupos consonánticos, así como los cambios de qu a cu cuando sea el uso actual. Sin embargo, se ha conservado el laísmo. En cuanto al grupo de sibilantes, se han normalizado tanto las -ç- como las -sc-, -ss- y -x-. Se han conservado cultismos (“abbadesa”), pronombres enclíticos y no se han deshecho contracciones como “desta” o “della”. Se ha eliminado la duplicación de la “-ll-” y, para plasmar las marcas de oralidad del texto, se ha conservado formas como “tiniéndola”, “pidía”, etc. Tanto la puntuación como la acentuación han sido normalizadas. También lo ha sido el uso de las mayúsculas y la separación o unión de palabras. Los nombres propios de personajes y lugares han sido modernizados para facilitar su reconocimiento. Las abreviaturas se han desarrollado para facilitar la lectura y se ha añadido foliación que no existe en el manuscrito para que el texto pueda ser citado de manera más fácil. Los folios arrancados se indican con anotaciones entre corchetes, mientras que las palabras tachadas por la copista se visualizan directamente en el texto: palabra. Por último, se han transcrito también las notas al margen, que son posteriores y de otra mano, para proporcionar datos sobre la recepción del manuscrito.  
Se trata de una vida manuscrita de la segunda parte del siglo XVI, copia de la vida original, que fue escrita por una religiosa de la comunidad entre 1528 y 1538. La copia ha sido realizada, también por las mismas monjas, algunos años más tarde y, aparentemente, de memoria. No tiene referencia, ni paginación ni foliación. El texto se ha actualizado a las normas de ortografía vigentes. Esto conlleva la normalización de las grafías h, b/v, j/g, i/y; la actualización de los grupos consonánticos, así como los cambios de qu a cu cuando sea el uso actual. Sin embargo, se ha conservado el laísmo. En cuanto al grupo de sibilantes, se han normalizado tanto las -ç- como las -sc-, -ss- y -x-. Se han conservado cultismos (“abbadesa”), pronombres enclíticos y no se han deshecho contracciones como “desta” o “della”. Se ha eliminado la duplicación de la “-ll-” y, para plasmar las marcas de oralidad del texto, se ha conservado formas como “tiniéndola”, “pidía”, etc. Tanto la puntuación como la acentuación han sido normalizadas. También lo ha sido el uso de las mayúsculas y la separación o unión de palabras. Los nombres propios de personajes y lugares han sido modernizados para facilitar su reconocimiento. Las abreviaturas se han desarrollado para facilitar la lectura y se ha añadido foliación que no existe en el manuscrito para que el texto pueda ser citado de manera más fácil. Los folios arrancados se indican con anotaciones entre corchetes, mientras que las palabras tachadas por la copista se visualizan directamente en el texto: palabra. Por último, se han transcrito también las notas al margen, que son posteriores y de otra mano, para proporcionar datos sobre la recepción del manuscrito.  


==Vida de María de Toledo==
==Vida de María de Toledo==
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'''[Capítulo primero, cómo fue hija de Pedro Suárez de Toledo y se casó]'''
'''[Capítulo primero, cómo fue hija de Pedro Suárez de Toledo y se casó]'''


[fol. 4r] […] señores de Pinto, y muy católicos y amigos de Dios. Y esta señora Doña María de Toledo, siendo niña, ''[2]'' tuvo en sí tan firme el amor de Dios y deseo de su servicio que, llegada a edad de tomar estado resistió mucho a sus padres, que no se quería casar, y que deseaba mucho servir a Nuestro Señor con toda pureza y castidad. Y en su niñez fue muy diferenciada de la condición natural de las otras niñas, y, más forzada por la voluntad de sus padres para que se casase, porque la querían sobremanera, y ella por obedecellos hizo lo que le mandaban más que por voluntad. Y ansí cumplió sus [fol. 4v] mandamientos y la casaron sus padres en el Andalucía con un muy noble caballero que se llamaba Garci Méndez de Sotomayor, Señor del Carpio. Y estuvo casada siete años, en los cuales nunca tuvo hijos, por donde claramente Nuestro Señor Jesuchristo mostraba que la quería para sí, pues ansí respondía a sus buenos deseos.
[fol. 4r] […] señores de Pinto, y muy católicos y amigos de Dios. Y esta señora doña María de Toledo, siendo niña, ''[2]'' tuvo en sí tan firme el amor de Dios y deseo de su servicio que, llegada a edad de tomar estado resistió mucho a sus padres, que no se quería casar, y que deseaba mucho servir a Nuestro Señor con toda pureza y castidad. Y en su niñez fue muy diferenciada de la condición natural de las otras niñas, y, más forzada por la voluntad de sus padres para que se casase, porque la querían sobremanera, y ella por obedecellos hizo lo que le mandaban más que por voluntad. Y ansí cumplió sus [fol. 4v] mandamientos y la casaron sus padres en el Andalucía con un muy noble caballero que se llamaba Garci Méndez de Sotomayor, Señor del Carpio. Y estuvo casada siete años, en los cuales nunca tuvo hijos, por donde claramente Nuestro Señor Jesuchristo mostraba que la quería para sí, pues ansí respondía a sus buenos deseos.


'''Capítulo segundo, cómo esta señora se vino a la ciudad de Toledo, puniendo escusa que estaba enferma'''
'''Capítulo segundo, cómo esta señora se vino a la ciudad de Toledo, puniendo escusa que estaba enferma'''
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= Vida manuscrita (2)=
= Vida manuscrita (2)=
Ed. de [http://visionarias.es/equipo/sergi-sancho-fibla/ Sergi Sancho Fibla]; fecha de edición: junio de 2021.  
Ed. de [http://visionarias.es/equipo/sergi-sancho-fibla/ Sergi Sancho Fibla]; fecha de edición: junio de 2021; fecha de modificación: enero de 2026.


== Fuente ==
== Fuente ==
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[[Archivo:María de Toledo Yanguas.jpg|250px|right|Manuscrito|link=]]
[[Archivo:María de Toledo Yanguas.jpg|250px|right|Manuscrito|link=]]


* [http://catalogodesantasvivas.visionarias.es/index.php/Categor%C3%ADa:Lucas_de_Yanguas Yanguas, Lucas de], 1684. ''Breve catálogo de los siervos de Dios así religiosos como religiosas de la Tercera Orden que han fallecido con singular opinión y fama de muy virtuosos en la santa Provinxia de Castilla''. Ms. C/12 del Archivio Generale dell’Ordine dei Frati Minori AGOFM, Roma, fols. 8v-13v.  
* [http://catalogodesantasvivas.visionarias.es/index.php/Categor%C3%ADa:Lucas_de_Yanguas Yanguas, Lucas de], 1684. ''Breve catálogo de los siervos de Dios así religiosos como religiosas de la Tercera Orden que han fallecido con singular opinión y fama de muy virtuosos en la santa Provincia de Castilla''. Ms. C/12 del Archivio Generale dell’Ordine dei Frati Minori AGOFM, Roma, fols. 8v-13v.  


[[Contexto material del manuscrito Breve catálogo de los siervos de Dios]] ''así religiosos como religiosas de la Tercera Orden que han fallecido con singular opinión y fama de muy virtuosos en la santa Provinxia de Castilla''.
[[Contexto material del manuscrito Breve catálogo de los siervos de Dios]] ''así religiosos como religiosas de la Tercera Orden que han fallecido con singular opinión y fama de muy virtuosos en la santa Provincia de Castilla''.


== Criterios de edición ==
== Criterios de edición ==
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== Fuente ==
== Fuente ==
* [http://catalogodesantasvivas.visionarias.es/index.php/Categor%C3%ADa:Pedro_de_Alcocer Alcocer, Pedro de], 1554. “Libro segundo, en que particularmente se escribe el principio, y fundamento desta sancta ygleia de Toledo…”, ''Hystoria, o descripcion dela Imperial cibdad de Toledo. Con todas las cosas acontecidad en ella, desde su principio, y fundacion. Adonde se tocan, y refieren muchas antigüedades, y cosas notables de la Hystoria general de España'', Toledo: Juan Ferrer, fols. 106v col. b - 107r col. b.
* [http://catalogodesantasvivas.visionarias.es/index.php/Categor%C3%ADa:Pedro_de_Alcocer Alcocer, Pedro de], 1554. “Libro segundo, en que particularmente se escribe el principio, y fundamento desta sancta ygleia de Toledo…”, ''Hystoria, o descripcion dela Imperial cibdad de Toledo. Con todas las cosas acontecidas en ella, desde su principio, y fundacion. Adonde se tocan, y refieren muchas antigüedades, y cosas notables de la Hystoria general de España'', Toledo: Juan Ferrer, fols. 106v col. b - 107r col. b.


[[Contexto material del impreso Hystoria, o descripcion dela Imperial cibdad de Toledo]]. ''Con todas las cosas acontecidad en ella, desde su principio, y fundacion. Adonde se tocan, y refieren muchas antigüedades, y cosas notables de la Hystoria general de España''.
[[Contexto material del impreso Hystoria, o descripcion de la Imperial cibdad de Toledo]]. ''Con todas las cosas acontecidad en ella, desde su principio, y fundacion. Adonde se tocan, y refieren muchas antigüedades, y cosas notables de la Hystoria general de España''.


== Criterios de edición ==
== Criterios de edición ==
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Alcanzada licencia de los Reyes Católicos en Segovia, vínose a Toledo; no quiso tornar [362] en casa de su padre. Y después de haber puesto en estado las mujeres y criadas que tenía, ofreciose toda al servicio de Nuestro Señor, y fuese al Hospital de la Misericordia para emplearse de día y de noche en servicio de los enfermos. Y era cosa de admiración el cuidado y solicitud que en ello ponía, acudiendo a todas las necesidades dellos, a los cuales trataba con mucha benignidad y regalo; solo era para sí misma muy áspera, siendo para todos misericordiosa. La camisa que traía era un saco de sayal o xerga muy áspero. La cama era unas pajas, y la manta con que se cubría era pelos de cabra, y de lo mismo era el almohada. Tenía una celda muy pequeña, donde, después de haber acabado de curar y visitar los enfermos, estaba toda la noche hasta Maitines en oración. Y después de haber dormido un poco levantábase muy de mañana y limpiaba los servicios de los enfermos; y en cuanto podía regalaba y consolaba los enfermos. De donde manó que los Caballeros de Toledo hiciesen una Cofradía en la cual cada uno sirviese una semana en el Hospital de la Misericordia, lo cual ha permanecido hasta el día de hoy. Pasó muy adelante la cristiandad desta mujer, acompañada de muy grande humildad, porque queriendo con más abundancia regalar y servir a los enfermos, después que había dado al hospital y a la capilla d’él todo cuanto tenía, comenzó a pedir por amor de Dios (con su compañera [[Juana Rodríguez]]) de puerta en puerta, y llevaba con mucha alegría (sobre sus hombros) lo que le daban. Levantose por esta causa una grandísima persecución de sus más propincuos parientes, porque se afrentaban de verla andar de aquella manera y huían della por no encontrarla por las calles; y muchas veces le reprendieron y deshonraron: unos la llamaban loca, otros, desperdiciadora y gastadora, otros le decían que afrentaba a todo su linaje. De suerte que todos sus deudos la vinieron a aborrecer; y fue tanto esto que aun su madre (con ser muy cristiana y bendita mujer) no la podía ver. Mas la bienaventurada, deseando conformarse con Jesucristo Nuestro Señor, no solo llevaba esto con mucha alegría, más aun las bofetadas que su compañera le daba, por mandado de su confesor (para ejercitarla en paciencia y humildad), recebía como tesoro divino y precioso. Pasados desta manera tres años, cayó en una gravísima enfermedad; y llegada a lo último de su vida, y recibidos los sacramentos, vino a verla su madre, la cual no le pudo negar el amor y entrañas maternales; [363] y estando allí con ella y puesta de rodillas delante de una imagen de Nuestra Señora que allí estaba, le pedía (con lágrimas y suspiros e instancia de oración) salud para su hija, y muy en breve, como si hubiera resucitado, la vio sana y libre de su enfermedad. Llevola a su casa para que acabase de curar y regalarla en su convalecencia, y dentro de pocos días estuvo de todo punto buena.  
Alcanzada licencia de los Reyes Católicos en Segovia, vínose a Toledo; no quiso tornar [362] en casa de su padre. Y después de haber puesto en estado las mujeres y criadas que tenía, ofreciose toda al servicio de Nuestro Señor, y fuese al Hospital de la Misericordia para emplearse de día y de noche en servicio de los enfermos. Y era cosa de admiración el cuidado y solicitud que en ello ponía, acudiendo a todas las necesidades dellos, a los cuales trataba con mucha benignidad y regalo; solo era para sí misma muy áspera, siendo para todos misericordiosa. La camisa que traía era un saco de sayal o xerga muy áspero. La cama era unas pajas, y la manta con que se cubría era pelos de cabra, y de lo mismo era el almohada. Tenía una celda muy pequeña, donde, después de haber acabado de curar y visitar los enfermos, estaba toda la noche hasta Maitines en oración. Y después de haber dormido un poco levantábase muy de mañana y limpiaba los servicios de los enfermos; y en cuanto podía regalaba y consolaba los enfermos. De donde manó que los Caballeros de Toledo hiciesen una Cofradía en la cual cada uno sirviese una semana en el Hospital de la Misericordia, lo cual ha permanecido hasta el día de hoy. Pasó muy adelante la cristiandad desta mujer, acompañada de muy grande humildad, porque queriendo con más abundancia regalar y servir a los enfermos, después que había dado al hospital y a la capilla d’él todo cuanto tenía, comenzó a pedir por amor de Dios (con su compañera [[Juana Rodríguez]]) de puerta en puerta, y llevaba con mucha alegría (sobre sus hombros) lo que le daban. Levantose por esta causa una grandísima persecución de sus más propincuos parientes, porque se afrentaban de verla andar de aquella manera y huían della por no encontrarla por las calles; y muchas veces le reprendieron y deshonraron: unos la llamaban loca, otros, desperdiciadora y gastadora, otros le decían que afrentaba a todo su linaje. De suerte que todos sus deudos la vinieron a aborrecer; y fue tanto esto que aun su madre (con ser muy cristiana y bendita mujer) no la podía ver. Mas la bienaventurada, deseando conformarse con Jesucristo Nuestro Señor, no solo llevaba esto con mucha alegría, más aun las bofetadas que su compañera le daba, por mandado de su confesor (para ejercitarla en paciencia y humildad), recebía como tesoro divino y precioso. Pasados desta manera tres años, cayó en una gravísima enfermedad; y llegada a lo último de su vida, y recibidos los sacramentos, vino a verla su madre, la cual no le pudo negar el amor y entrañas maternales; [363] y estando allí con ella y puesta de rodillas delante de una imagen de Nuestra Señora que allí estaba, le pedía (con lágrimas y suspiros e instancia de oración) salud para su hija, y muy en breve, como si hubiera resucitado, la vio sana y libre de su enfermedad. Llevola a su casa para que acabase de curar y regalarla en su convalecencia, y dentro de pocos días estuvo de todo punto buena.  


=== Capítulo XXVI ===
'''Capítulo XXVI'''
'''Cómo doña María de Toledo después desta enfermedad tomó el hábito de monja de Santa Clara en el Monasterio de Santa Isabel la Real de Toledo'''
'''Cómo doña María de Toledo después desta enfermedad tomó el hábito de monja de Santa Clara en el Monasterio de Santa Isabel la Real de Toledo'''


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Quiere Dios que todos le sigan. Repugna la imperfección de nuestra naturaleza depravada por el pecado a la sinceridad perfectísima a que a Dios nos lleva. Vence a veces la carne, muchas el espíritu, quedando [fol. 4v] de sus luchas en Dios gozo del vencimiento deste por nuestro bien, y en nosotros humildad con la fragilidad de aquella, por la obediencia a Dios. De uno y otro resulta gloria a Dios, provecho a nosotros, por llevarnos el conocimiento de nuestra miseria al de la necesidad que tenemos de quien nos da la vida, el movimiento, el ser. Anima Dios la desconfianza de los flacos con la variedad de los ejemplos de otros de su género y, aunque no admite excepción de personas, echa a veces la mano al poderoso del mundo para que su ejemplo mueva a sus iguales y por que se vea que el verdadero poder consiste en la abnegación del falso. Otras la extiende al desecho del mundo para confusión de lo estimado y para que se conozca que su providencia se extiende aun a lo más olvidado. Vense ejemplos de una y otra elección en todas las religiones y no es menor maravilla verse ensalzada la humildad de un pobre en todos los bienes que la fortuna llama suyos que desearse humillar un rico, un noble, un letrado. Es el estado mediano entre los humanos más commún, y así causan menor admiración sus sucesos. Pero ¿a quién no admirará ver postrar a los pies de la hu- [fol. 5r ''[22]''] mildad la grandeza de las Coronas, y desear más vivir sujeto a la voluntad de un solo superior, que ser obedecido de todo un reino? Efectos maravillosos de la excelencia del bien, que atrahe a sí con amoroso imperio los ánimos que llegan a conocerle. Que a la ternura de una doncellica no contraste el regalo, y a los gustos aún lícitos ponga acíbar el conocimiento de Dios, ¿qué puede ser sino fuerza de su bondad? Deja Inés las riquezas de Orechio, su padre, rey de Bohemia ''[23]'', y los regalos de Frederico II, emperador de Alemania, su esposo, por seguir al padre y esposo de las almas puras, Christo, debajo de la regla de su Bienaventurado imitador Francisco. No repara Blanca en ser primogénita de Philipo Pulcro, rey de los Francos; olvídase de su padre Rodulpho, emperador, Coleta; no corrompen la constante determinación de Constancia los bienes de Frederico Emperador su abuelo, y amores de Don Pedro, rey de Aragón, su marido; no distrahe la vanidad del mundo a Salomé, hija del rey de Polonia. No entibia el fervor de Isabel la grandeza del Imperio de los Romanos y de Carlos IV, rey de Francia y emperador de Alemania, su marido, no a [fol. 5v] Blanca el Reino de Francia, no a Sancha Roberto, rey de Nápoles, su esposo; no a Doña Leonor de Quiñones, a Doña María de Mendoza, a Doña Ana Ponce de León, y a otras ilustrísimas señoras la delicadeza de su género, la celebración de su hermosura, la riqueza de su patrimonio, y la nobleza de sus padres a que lo pospusiesen todo por Dios a los pies de Francisco, cuyas pisadas tanto procuraron seguir. No últimamente todas estas apariencias del mundo a divertir de sus sanctos propósitos a la ilustrísima Doña María de Toledo por sangre de las más generosas, y por rica de las más hacendadas de España, a que, a ejemplo de las pasadas, le dejase a las venideras de su admirable vida ''[24]''. De los sucesos desta hago humilde relación, no ambicioso, ostentación de sus alabanzas, porque ¿quién podrá dar alcance a la soberanía de sus méritos con la vileza de su insuficiencia? ¿Qué fin el espíritu del sujeto que emprendo infundido por ella o imitado del que hoy admiramos en sus religiosas hijas mal podrán las obras satisfacer al deseo? Vos, señora, celestial espíritu, perdonad la rudeza del estilo por la sinceridad del afecto: y sea género de alabanza vues- [fol. 6r] tra, como ninguna es mayor que no poder ser dignamente alabada ''[25]'' sino por vos misma, consentir serlo de quien es tan indigno de toda alabanza. A vuestra piedad será fácil la ayuda, como a mi veneración permitido proponer la hermosura de vuestras virtudes para caudal de los que las imitaren.  
Quiere Dios que todos le sigan. Repugna la imperfección de nuestra naturaleza depravada por el pecado a la sinceridad perfectísima a que a Dios nos lleva. Vence a veces la carne, muchas el espíritu, quedando [fol. 4v] de sus luchas en Dios gozo del vencimiento deste por nuestro bien, y en nosotros humildad con la fragilidad de aquella, por la obediencia a Dios. De uno y otro resulta gloria a Dios, provecho a nosotros, por llevarnos el conocimiento de nuestra miseria al de la necesidad que tenemos de quien nos da la vida, el movimiento, el ser. Anima Dios la desconfianza de los flacos con la variedad de los ejemplos de otros de su género y, aunque no admite excepción de personas, echa a veces la mano al poderoso del mundo para que su ejemplo mueva a sus iguales y por que se vea que el verdadero poder consiste en la abnegación del falso. Otras la extiende al desecho del mundo para confusión de lo estimado y para que se conozca que su providencia se extiende aun a lo más olvidado. Vense ejemplos de una y otra elección en todas las religiones y no es menor maravilla verse ensalzada la humildad de un pobre en todos los bienes que la fortuna llama suyos que desearse humillar un rico, un noble, un letrado. Es el estado mediano entre los humanos más commún, y así causan menor admiración sus sucesos. Pero ¿a quién no admirará ver postrar a los pies de la hu- [fol. 5r ''[22]''] mildad la grandeza de las Coronas, y desear más vivir sujeto a la voluntad de un solo superior, que ser obedecido de todo un reino? Efectos maravillosos de la excelencia del bien, que atrahe a sí con amoroso imperio los ánimos que llegan a conocerle. Que a la ternura de una doncellica no contraste el regalo, y a los gustos aún lícitos ponga acíbar el conocimiento de Dios, ¿qué puede ser sino fuerza de su bondad? Deja Inés las riquezas de Orechio, su padre, rey de Bohemia ''[23]'', y los regalos de Frederico II, emperador de Alemania, su esposo, por seguir al padre y esposo de las almas puras, Christo, debajo de la regla de su Bienaventurado imitador Francisco. No repara Blanca en ser primogénita de Philipo Pulcro, rey de los Francos; olvídase de su padre Rodulpho, emperador, Coleta; no corrompen la constante determinación de Constancia los bienes de Frederico Emperador su abuelo, y amores de Don Pedro, rey de Aragón, su marido; no distrahe la vanidad del mundo a Salomé, hija del rey de Polonia. No entibia el fervor de Isabel la grandeza del Imperio de los Romanos y de Carlos IV, rey de Francia y emperador de Alemania, su marido, no a [fol. 5v] Blanca el Reino de Francia, no a Sancha Roberto, rey de Nápoles, su esposo; no a Doña Leonor de Quiñones, a Doña María de Mendoza, a Doña Ana Ponce de León, y a otras ilustrísimas señoras la delicadeza de su género, la celebración de su hermosura, la riqueza de su patrimonio, y la nobleza de sus padres a que lo pospusiesen todo por Dios a los pies de Francisco, cuyas pisadas tanto procuraron seguir. No últimamente todas estas apariencias del mundo a divertir de sus sanctos propósitos a la ilustrísima Doña María de Toledo por sangre de las más generosas, y por rica de las más hacendadas de España, a que, a ejemplo de las pasadas, le dejase a las venideras de su admirable vida ''[24]''. De los sucesos desta hago humilde relación, no ambicioso, ostentación de sus alabanzas, porque ¿quién podrá dar alcance a la soberanía de sus méritos con la vileza de su insuficiencia? ¿Qué fin el espíritu del sujeto que emprendo infundido por ella o imitado del que hoy admiramos en sus religiosas hijas mal podrán las obras satisfacer al deseo? Vos, señora, celestial espíritu, perdonad la rudeza del estilo por la sinceridad del afecto: y sea género de alabanza vues- [fol. 6r] tra, como ninguna es mayor que no poder ser dignamente alabada ''[25]'' sino por vos misma, consentir serlo de quien es tan indigno de toda alabanza. A vuestra piedad será fácil la ayuda, como a mi veneración permitido proponer la hermosura de vuestras virtudes para caudal de los que las imitaren.  


===Capítulo III. Nobleza de Doña María de Toledo===
'''Capítulo III. Nobleza de Doña María de Toledo'''


Los hombres, a quien sola la antigua memoria de sus mayores dan nombre de nobles, son como los cipreses, superiores a los demás, pero sin fructo: son lienzos, que tienen la estimación en los colores, no la alma, de que no son regidos. Es verdad que los fuertes nacen de los fuertes ''[26]'', y nunca fue fructo de la generosidad del león el miedo de la liebre; nunca de la grandeza del águila el encogimiento de la paloma y, aunque es insigne la alabanza de la nobleza del linaje, da la me- [fol. 6v] jor ser la de la virtud, porque la una es sin duda ajena, la otra merecidamente propria ''[27]''. Porque al que se da por rico, no a él sino a la fortuna se atribuye; a quien la tiene por valiente, la enfermedad la gasta; a quien por hermoso, la edad la roba; del que la merece por virtuoso, es la alabanza cierta ''[28]'', por ser solo de quien lo es, pues posee lo que no heredó de sus mayores, ni pende del caso, ni se muda con la edad, ni se acaba con el cuerpo. Hermosea maravillosamente el oro de la nobleza el esmalte de la virtud y aúnanse tan amigablemente estas dos dotes natural y divina que la virtud ilustra la nobleza y la nobleza hace que capee más la virtud. Es como natural al noble ser bueno, y como violento dejarlo de ser; como accidental al humilde serlo, y natural dejarse arrastrar de su bajeza. Pero si este es virtuoso, es noble; y si al noble corrompen los vicios, falta también la propria nobleza. Mas al que la sangre generosa hace estimado y la virtud heroica venerado, ningún título falta de alabanza, y en los tales, como para ejemplo se cuentan sus virtudes, para calificación dellas no es justo se olvide su nobleza. La de Doña María de Toledo iguala a su virtud, excediendo esta a aquella, que es [fol. 7r ''[29]''] el mayor encarecimiento que dentro de los límites de la verdad se puede hacer. Porque ¿qué sangre hay en España insigne por antigüedad de hazañas, o qué casa ilustre por privilegios de sus mayores que no esté en las venas de Doña María de Toledo, que no reconozca por su igual a la de sus padres? ¿Qué digo en España? En casi la mayor parte de Europa. Porque no solo nuestros Cathólicos Reyes, sino los christianísimos de Francia, emperadores de Alemania, príncipes de Danemarch, Inglaterra, Polonia, y Transilvania, se glorian de deudo tan de honor. Como los Duques de Baviera, Florencia, Saboya, Mantua, Montferrato, Ferrara, Parma, Placencia, Cleves, Juliers, Lorena, Melchemburg, Conde Palatino del Rheno, de Bragança, Medina Sidonia, Gandía, y los Marqueses de Brandemburg y Badena por las líneas reales; como por el apellido de Toledo los duques d’Alba, condes de Oropesa, de Orgaz, marqueses de Villafranca y Caracena; señores de Higares, de las Cinco Villas, de la Horcajada de Galues, Jumela, Biedma, y otras innumerables. De la misma manera se precian de Toledos otros ilustrísimos señores de España, como el con- [fol. 7v] destable de Castilla, el Almirante, los duques de Arcos, de Feria, de Béjar, de Alburquerque, Osuna, Escalona, los Marqueses de Priego, Malpica, Velada, las Navas, Astorga, Moya, Povar, Mirabel, Hardales, Orellana, Algara, d’Este, Fuentes, Santacruz, la Vale Siciliana, Cerralvo, Valle, Cerrato, los Condes de Alba, de Benavente, de Medellín, de Cifuentes, de la Puebla, de Santisteban, de Teba, de Montalbán, de Montijo, Arcos, Añover, Buendía, Fuensalida, Luna, Osorno, de la Gomera, Chinchón, Altamira, Peñaranda.  
Los hombres, a quien sola la antigua memoria de sus mayores dan nombre de nobles, son como los cipreses, superiores a los demás, pero sin fructo: son lienzos, que tienen la estimación en los colores, no la alma, de que no son regidos. Es verdad que los fuertes nacen de los fuertes ''[26]'', y nunca fue fructo de la generosidad del león el miedo de la liebre; nunca de la grandeza del águila el encogimiento de la paloma y, aunque es insigne la alabanza de la nobleza del linaje, da la me- [fol. 6v] jor ser la de la virtud, porque la una es sin duda ajena, la otra merecidamente propria ''[27]''. Porque al que se da por rico, no a él sino a la fortuna se atribuye; a quien la tiene por valiente, la enfermedad la gasta; a quien por hermoso, la edad la roba; del que la merece por virtuoso, es la alabanza cierta ''[28]'', por ser solo de quien lo es, pues posee lo que no heredó de sus mayores, ni pende del caso, ni se muda con la edad, ni se acaba con el cuerpo. Hermosea maravillosamente el oro de la nobleza el esmalte de la virtud y aúnanse tan amigablemente estas dos dotes natural y divina que la virtud ilustra la nobleza y la nobleza hace que capee más la virtud. Es como natural al noble ser bueno, y como violento dejarlo de ser; como accidental al humilde serlo, y natural dejarse arrastrar de su bajeza. Pero si este es virtuoso, es noble; y si al noble corrompen los vicios, falta también la propria nobleza. Mas al que la sangre generosa hace estimado y la virtud heroica venerado, ningún título falta de alabanza, y en los tales, como para ejemplo se cuentan sus virtudes, para calificación dellas no es justo se olvide su nobleza. La de Doña María de Toledo iguala a su virtud, excediendo esta a aquella, que es [fol. 7r ''[29]''] el mayor encarecimiento que dentro de los límites de la verdad se puede hacer. Porque ¿qué sangre hay en España insigne por antigüedad de hazañas, o qué casa ilustre por privilegios de sus mayores que no esté en las venas de Doña María de Toledo, que no reconozca por su igual a la de sus padres? ¿Qué digo en España? En casi la mayor parte de Europa. Porque no solo nuestros Cathólicos Reyes, sino los christianísimos de Francia, emperadores de Alemania, príncipes de Danemarch, Inglaterra, Polonia, y Transilvania, se glorian de deudo tan de honor. Como los Duques de Baviera, Florencia, Saboya, Mantua, Montferrato, Ferrara, Parma, Placencia, Cleves, Juliers, Lorena, Melchemburg, Conde Palatino del Rheno, de Bragança, Medina Sidonia, Gandía, y los Marqueses de Brandemburg y Badena por las líneas reales; como por el apellido de Toledo los duques d’Alba, condes de Oropesa, de Orgaz, marqueses de Villafranca y Caracena; señores de Higares, de las Cinco Villas, de la Horcajada de Galues, Jumela, Biedma, y otras innumerables. De la misma manera se precian de Toledos otros ilustrísimos señores de España, como el con- [fol. 7v] destable de Castilla, el Almirante, los duques de Arcos, de Feria, de Béjar, de Alburquerque, Osuna, Escalona, los Marqueses de Priego, Malpica, Velada, las Navas, Astorga, Moya, Povar, Mirabel, Hardales, Orellana, Algara, d’Este, Fuentes, Santacruz, la Vale Siciliana, Cerralvo, Valle, Cerrato, los Condes de Alba, de Benavente, de Medellín, de Cifuentes, de la Puebla, de Santisteban, de Teba, de Montalbán, de Montijo, Arcos, Añover, Buendía, Fuensalida, Luna, Osorno, de la Gomera, Chinchón, Altamira, Peñaranda.  
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[Fol. 8r]
[Fol. 8r]


===Capítulo IV. Relación breve de la nobleza de la casa de Toledo===
'''Capítulo IV. Relación breve de la nobleza de la casa de Toledo'''


A fuer de los que en la estrecheza de una sola tabla se atreven a abreviar la grandeza del mundo con menoscabo alguno de su variedad ''[30]'', bien que sin daño de la verdad, me avendré yo en este capítulo, reduciendo a relación breve lo que ocupa las mayores a mejores chrónicas de España. No ignoro la diversidad de opiniones que en la antigüedad de la ilustrísima casa de Toledo hay, ni pretendo preferir mi particular sentimiento a las sentencias communes: solo diré en summa lo que tengo por más cierto, como observado de los papeles de más curiosidad que hay en estos reinos.  
A fuer de los que en la estrecheza de una sola tabla se atreven a abreviar la grandeza del mundo con menoscabo alguno de su variedad ''[30]'', bien que sin daño de la verdad, me avendré yo en este capítulo, reduciendo a relación breve lo que ocupa las mayores a mejores chrónicas de España. No ignoro la diversidad de opiniones que en la antigüedad de la ilustrísima casa de Toledo hay, ni pretendo preferir mi particular sentimiento a las sentencias communes: solo diré en summa lo que tengo por más cierto, como observado de los papeles de más curiosidad que hay en estos reinos.  
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Floreció este conde, como se ha dicho ''[35]'', en tiempo del rey Don Alonso el VI, de quien el barrio que hoy llaman de Rey por descender él de los de Grecia, y en que vemos las casas deste apellido, con otros grandes heredamientos, recibió en agradecimiento de lo que en la toma desta ciudad le ayudó. Fue su hijo Illán Pérez ''[36]'' primer alcalde mayor de Toledo, electo como sus sucesores a persuasiones de los caballeros castellanos, a quien hizo el rey mercedes en esta ciudad, porque, habiéndose gobernado por las leyes de los godos y que hoy se llaman del Fuero Juzgo las seis parrochias mozárabes que en [fol. 10v] ella se habían conservado, quisieron ser juzgados por las de Castilla. Este caballero casó con Theresa Bermui, de quien tuvo a Pedro Illán ''[37]''; deste y de Urraca Pérez fue hijo Illán Pérez ''[38]''; deste y de Troila Núñez, Don Esteban Illán ''[39]'', que tan valerosamente alzando en la torre de San Román que él había fundado, y adonde están sepultados muchos de sus sucesores, pendón por el rey Don Alonso el IX, cuyas rentas llevaba el rey Don Fernando de León su tío, le entregó la ciudad, y venció a Don Fernando Ruiz de Castro y a sus secuaces de suerte que los echó de la ciudad. Y por sus servicios le hizo el rey merced de la tenencia del alcázar, y de otros castillos. El mismo valor mostró echando al rey de Córdoba que, con poderoso ejército, se había entrado en el Reino de Toledo; y replicó al pecho que el rey Don Alonso el IX quiso imponer a la hidalguía, porque mereció que la ciudad conservase su memoria en la representación de su persona armada y a caballo, que, renovada con la renovación de la Iglesia, dura hasta hoy en esta de Toledo ''[40]''. Fue su hijo mayor Juan Estebáñez ''[41]'', y deste, Juan Háñez ''[42]''; deste [fol. 11r] García Álvarez ''[43]'', que fue el primero que de los descendientes del conde Don Pedro, conservó el nombre de Toledo, aunque en algunas ruinas antiguas se llama Hernando. Tuvo la voz del rey Don Alonso el Sabio, cuando el Infante Don Sancho se apoderó de la mayor parte del reino de su padre, y, puesto en él, murió este caballero ''[44]'' y su hermano, Juan Álvarez, con gran dolor de toda la ciudad, por tener por injusta su justicia. Quedó Fernand Álvarez de Toledo, ''[45]'' su hijo, que sirvió valerosamente al rey Don Alonso el XI. Sus hijos Don Garci Álvarez de Toledo ''[46]'' y Don Fernando Álvarez de Toledo, grandes favorecidos sin mudanza, que no es poca maravilla en aquella era del rey Don Pedro, y en la revuelta deste rey con su hermano Don Henrique, por vía de concierto le hicieron merced de las villas de Oropesa y Valdecorneja con sus aldeas y términos, y el Barco con su tierra, y cincuenta mil maravedís de juro, y después la villa de Jarandilla y la de Cabañas y su tierra, renunciando el Maestradgo de Sanctiago que el rey había dado a Don Garci Álvarez, que fue mayordomo del Infante Don Henrique su hijo, en Don Gonzalo Mejía, por gusto de Infan- [fol. 11v] te Don Henrique; heredole su hermano Don Hernando Álvarez. En el repartimiento de los estados difieren el libro de los linajes del conde Don Pedro y la ''Chrónica de la Orden de Sanctiago'' ''[47]'', pero lo cierto es que se continuó en sus hijos el señorío destos estados. Fue el primer mariscal, en compañía de Pedro Ruiz Sarmiento, que hubo en Castilla. Sucediole Don Fernando Álvarez, que fue tercer señor de Valdecorneja en tiempo de Don Juan el I y Don Enrique el III. Sucediere Don Fernandálvarez, su hijo, en el de Don Juan el II, de quien recibió la villa de Salvatierra, como su tío Don Gutierre Álvarez de Toledo, I arcediano de Guadalajara, obispo de Palencia, y arzobispo de Sevilla, y después de Toledo, la villa de Alba de Tormes, que después le dio a su sobrino con vínculo de mayoradgo, y el rey le dio título de conde ''[48]''. Ganó de los moros las villas de Benamaurel, Bençulema y Castril, orlando sus armas con las banderas que quitó por su mano a los moros de Écija y Jaén. Fue, pues, Garci Álvarez de Toledo hijo de Don Fernando Álvarez de Toledo, nieto del maestre de Sanctiago, III señor de Oropesa, contando por primero a su padre, y por segundo a [fol. 12r] su tío, viniendo a ser Don Garci Álvarez IV ''[49]'' y nieto XI del conde Don Pedro. Casó con Doña Elvira de Ayala, hija de Diego López de Ayala ''[50]'', de quien tuvo a Garci Álvarez, que le sucedió ''[51]'', a Pedro Suárez de Toledo, señor de Pinto, a Diego López de Ayala señor de Cebolla, de quien descienden los señores destos estados, y a Juan Álvarez, maestrescuela de Toledo. Pedro Suárez de Toledo casó con Doña Juana de Guzmán, de quien nasció Pedro Suárez de Toledo, conmendador de Otos, y a Doña María de Toledo, fundadora del monasterio de Sancta Isabel la Real de Toledo de la Orden de Sancta Clara, y a Doña Leonor de Toledo, en quien quedó la sucesión del estado.
Floreció este conde, como se ha dicho ''[35]'', en tiempo del rey Don Alonso el VI, de quien el barrio que hoy llaman de Rey por descender él de los de Grecia, y en que vemos las casas deste apellido, con otros grandes heredamientos, recibió en agradecimiento de lo que en la toma desta ciudad le ayudó. Fue su hijo Illán Pérez ''[36]'' primer alcalde mayor de Toledo, electo como sus sucesores a persuasiones de los caballeros castellanos, a quien hizo el rey mercedes en esta ciudad, porque, habiéndose gobernado por las leyes de los godos y que hoy se llaman del Fuero Juzgo las seis parrochias mozárabes que en [fol. 10v] ella se habían conservado, quisieron ser juzgados por las de Castilla. Este caballero casó con Theresa Bermui, de quien tuvo a Pedro Illán ''[37]''; deste y de Urraca Pérez fue hijo Illán Pérez ''[38]''; deste y de Troila Núñez, Don Esteban Illán ''[39]'', que tan valerosamente alzando en la torre de San Román que él había fundado, y adonde están sepultados muchos de sus sucesores, pendón por el rey Don Alonso el IX, cuyas rentas llevaba el rey Don Fernando de León su tío, le entregó la ciudad, y venció a Don Fernando Ruiz de Castro y a sus secuaces de suerte que los echó de la ciudad. Y por sus servicios le hizo el rey merced de la tenencia del alcázar, y de otros castillos. El mismo valor mostró echando al rey de Córdoba que, con poderoso ejército, se había entrado en el Reino de Toledo; y replicó al pecho que el rey Don Alonso el IX quiso imponer a la hidalguía, porque mereció que la ciudad conservase su memoria en la representación de su persona armada y a caballo, que, renovada con la renovación de la Iglesia, dura hasta hoy en esta de Toledo ''[40]''. Fue su hijo mayor Juan Estebáñez ''[41]'', y deste, Juan Háñez ''[42]''; deste [fol. 11r] García Álvarez ''[43]'', que fue el primero que de los descendientes del conde Don Pedro, conservó el nombre de Toledo, aunque en algunas ruinas antiguas se llama Hernando. Tuvo la voz del rey Don Alonso el Sabio, cuando el Infante Don Sancho se apoderó de la mayor parte del reino de su padre, y, puesto en él, murió este caballero ''[44]'' y su hermano, Juan Álvarez, con gran dolor de toda la ciudad, por tener por injusta su justicia. Quedó Fernand Álvarez de Toledo, ''[45]'' su hijo, que sirvió valerosamente al rey Don Alonso el XI. Sus hijos Don Garci Álvarez de Toledo ''[46]'' y Don Fernando Álvarez de Toledo, grandes favorecidos sin mudanza, que no es poca maravilla en aquella era del rey Don Pedro, y en la revuelta deste rey con su hermano Don Henrique, por vía de concierto le hicieron merced de las villas de Oropesa y Valdecorneja con sus aldeas y términos, y el Barco con su tierra, y cincuenta mil maravedís de juro, y después la villa de Jarandilla y la de Cabañas y su tierra, renunciando el Maestradgo de Sanctiago que el rey había dado a Don Garci Álvarez, que fue mayordomo del Infante Don Henrique su hijo, en Don Gonzalo Mejía, por gusto de Infan- [fol. 11v] te Don Henrique; heredole su hermano Don Hernando Álvarez. En el repartimiento de los estados difieren el libro de los linajes del conde Don Pedro y la ''Chrónica de la Orden de Sanctiago'' ''[47]'', pero lo cierto es que se continuó en sus hijos el señorío destos estados. Fue el primer mariscal, en compañía de Pedro Ruiz Sarmiento, que hubo en Castilla. Sucediole Don Fernando Álvarez, que fue tercer señor de Valdecorneja en tiempo de Don Juan el I y Don Enrique el III. Sucediere Don Fernandálvarez, su hijo, en el de Don Juan el II, de quien recibió la villa de Salvatierra, como su tío Don Gutierre Álvarez de Toledo, I arcediano de Guadalajara, obispo de Palencia, y arzobispo de Sevilla, y después de Toledo, la villa de Alba de Tormes, que después le dio a su sobrino con vínculo de mayoradgo, y el rey le dio título de conde ''[48]''. Ganó de los moros las villas de Benamaurel, Bençulema y Castril, orlando sus armas con las banderas que quitó por su mano a los moros de Écija y Jaén. Fue, pues, Garci Álvarez de Toledo hijo de Don Fernando Álvarez de Toledo, nieto del maestre de Sanctiago, III señor de Oropesa, contando por primero a su padre, y por segundo a [fol. 12r] su tío, viniendo a ser Don Garci Álvarez IV ''[49]'' y nieto XI del conde Don Pedro. Casó con Doña Elvira de Ayala, hija de Diego López de Ayala ''[50]'', de quien tuvo a Garci Álvarez, que le sucedió ''[51]'', a Pedro Suárez de Toledo, señor de Pinto, a Diego López de Ayala señor de Cebolla, de quien descienden los señores destos estados, y a Juan Álvarez, maestrescuela de Toledo. Pedro Suárez de Toledo casó con Doña Juana de Guzmán, de quien nasció Pedro Suárez de Toledo, conmendador de Otos, y a Doña María de Toledo, fundadora del monasterio de Sancta Isabel la Real de Toledo de la Orden de Sancta Clara, y a Doña Leonor de Toledo, en quien quedó la sucesión del estado.


===Capítulo V. Nacimiento y niñez de Doña María de Toledo===
'''Capítulo V. Nacimiento y niñez de Doña María de Toledo'''


Doña María de Toledo nació en el corazón de España, la imperial ciudad de su nombre Toledo, colo- [fol. 12v] nia antigua de los romanos, asiento noble de los godos ''[52]'', fuerte por sitio, noble por antigüedad, celebrada por sus ingenios, temida por sus armas, respectada por su nobleza, admirada por su poder, feliz por su religión, y felicísima por la muestra que dio della con el fructo desta señora por los años de la redempción del género humano de MCDXXXVII, teniendo la silla de San Pedro Eugenio, IV pontífice máximo, Sigismundo la del imperio de Alemania, y la de España Don Juan el II.  
Doña María de Toledo nació en el corazón de España, la imperial ciudad de su nombre Toledo, colo- [fol. 12v] nia antigua de los romanos, asiento noble de los godos ''[52]'', fuerte por sitio, noble por antigüedad, celebrada por sus ingenios, temida por sus armas, respectada por su nobleza, admirada por su poder, feliz por su religión, y felicísima por la muestra que dio della con el fructo desta señora por los años de la redempción del género humano de MCDXXXVII, teniendo la silla de San Pedro Eugenio, IV pontífice máximo, Sigismundo la del imperio de Alemania, y la de España Don Juan el II.  
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Nació para gloria de Dios, gozo de sus padres, ejemplo de su siglo, admiración de los venideros, y provecho de muchos: porque el nacimiento de los justos es ocasión de la alegría de todos ''[53]'', por el bien común que consigo trahe, siendo la justicia virtud común. Y así como en su nacimiento se da con tiempo señal de su vida venidera, se señala la gracia de su futura virtud con la alegría anticipada de los que lo saben. Fueron sus padres Pero Suárez de Toledo y Doña Juana de Guzmán, señores de Pinto, ilustres, como en el linaje, en la religión. De uno y otra, aun en su tierna edad, dio muestras su hija en su inclinación natural a todo géne- [fol. 13r] ro de virtud. Alegró con las gracias mudas de la niñez a sus padres María, pero mucho más con las que, aun balbuciente, daba a entender que conservaba en su corazón para el tiempo que con claridad las pudiese manifestar al mundo. Excedía la gravedad de sus maduros ejercicios la capacidad de sus años tiernos; no daba a la edad aún lo que de derecho era suyo. No había fructo de virtud que en ella no manifestase con anticipación su semilla. Eran sus consejas provocadoras del sueño de los niños, los ejemplos de los sanctos incentivos de la quietud de la gloria; su trato de amigas, el de los que la religión hacía venerables; sus fiestas, la celebración de las de los sanctos; sus juegos, el gozo que a Dios resultaba de sus oraciones; sus ejercicios más de gusto, la misa, el rosario, la abstinencia, la limosna, y todos los que la piedad christiana aconseja para la perfección, y en que pone Dios el sabor del Cielo, que ni el paladar humano sabe discernir, ni de cuyas alabanzas el oído, ni de cuya estima el corazón mortal son capaces. Crecía con el verdor juvenil del cuerpo el fruto maduro del alma, de manera que llevaba tras sí la religiosa vir- [fol. 13v] gen los ojos de todos. Era el amor de sus padres, la alabanza de sus deudos, la estima de sus criados, la admiración de sus vecinos, y todo tal que todos hallaban en ella que amar venerando, y que venerar amando. Era su condición apacible, sus palabras miradas, su alegría grave, su hermosura honesta, su ayuda liberal, su liberalidad prudente, su prudencia sencilla, y todas sus partes como prevenidas del gusto de Dios para sí. Tres cosas campeaban maravillosamente en este como bosquejo de la perfección mayor que había de alegrar los ojos de Dios y atraher los de los hombres: el menosprecio varonil de la vanidad y niñerías del mundo, alegrándose más con el adorno honesto que con las galas profanas del cuerpo, presagio manifiesto de la mudanza rara que después admiró en su vida. La piedad con que acudía a los necesitados, quitándose de su sustento lo que podía entretener la hambre del pobre. El afecto al trato con Dios, para que andaba siempre como falta de tiempo, hurtándole de todas las ocasiones que el gusto la ponía delante. Todos eran ensayos breves de su larga vida: toda centellas, si pequeñas, misteriosas del in- [fol. 14r] cendio, que el amor divino iba fraguando en el corazón deste cherubín para abrasar en él la tibieza del mundo.
Nació para gloria de Dios, gozo de sus padres, ejemplo de su siglo, admiración de los venideros, y provecho de muchos: porque el nacimiento de los justos es ocasión de la alegría de todos ''[53]'', por el bien común que consigo trahe, siendo la justicia virtud común. Y así como en su nacimiento se da con tiempo señal de su vida venidera, se señala la gracia de su futura virtud con la alegría anticipada de los que lo saben. Fueron sus padres Pero Suárez de Toledo y Doña Juana de Guzmán, señores de Pinto, ilustres, como en el linaje, en la religión. De uno y otra, aun en su tierna edad, dio muestras su hija en su inclinación natural a todo géne- [fol. 13r] ro de virtud. Alegró con las gracias mudas de la niñez a sus padres María, pero mucho más con las que, aun balbuciente, daba a entender que conservaba en su corazón para el tiempo que con claridad las pudiese manifestar al mundo. Excedía la gravedad de sus maduros ejercicios la capacidad de sus años tiernos; no daba a la edad aún lo que de derecho era suyo. No había fructo de virtud que en ella no manifestase con anticipación su semilla. Eran sus consejas provocadoras del sueño de los niños, los ejemplos de los sanctos incentivos de la quietud de la gloria; su trato de amigas, el de los que la religión hacía venerables; sus fiestas, la celebración de las de los sanctos; sus juegos, el gozo que a Dios resultaba de sus oraciones; sus ejercicios más de gusto, la misa, el rosario, la abstinencia, la limosna, y todos los que la piedad christiana aconseja para la perfección, y en que pone Dios el sabor del Cielo, que ni el paladar humano sabe discernir, ni de cuyas alabanzas el oído, ni de cuya estima el corazón mortal son capaces. Crecía con el verdor juvenil del cuerpo el fruto maduro del alma, de manera que llevaba tras sí la religiosa vir- [fol. 13v] gen los ojos de todos. Era el amor de sus padres, la alabanza de sus deudos, la estima de sus criados, la admiración de sus vecinos, y todo tal que todos hallaban en ella que amar venerando, y que venerar amando. Era su condición apacible, sus palabras miradas, su alegría grave, su hermosura honesta, su ayuda liberal, su liberalidad prudente, su prudencia sencilla, y todas sus partes como prevenidas del gusto de Dios para sí. Tres cosas campeaban maravillosamente en este como bosquejo de la perfección mayor que había de alegrar los ojos de Dios y atraher los de los hombres: el menosprecio varonil de la vanidad y niñerías del mundo, alegrándose más con el adorno honesto que con las galas profanas del cuerpo, presagio manifiesto de la mudanza rara que después admiró en su vida. La piedad con que acudía a los necesitados, quitándose de su sustento lo que podía entretener la hambre del pobre. El afecto al trato con Dios, para que andaba siempre como falta de tiempo, hurtándole de todas las ocasiones que el gusto la ponía delante. Todos eran ensayos breves de su larga vida: toda centellas, si pequeñas, misteriosas del in- [fol. 14r] cendio, que el amor divino iba fraguando en el corazón deste cherubín para abrasar en él la tibieza del mundo.


===Capítulo VI. Cásase a persuasión de sus padres===
'''Capítulo VI. Cásase a persuasión de sus padres'''


Como ha de ser la virtud, para su fructo, patente a los ojos de todos los que la ejercitan, estiman para su recreo el retiramiento: considéranse espejos y temen que el aliento los obscurezca; flores, y no quieren que el tacto los robe el olor. Que la vanidad de la vista ajena es mancha, es contagio de la virtud propria. Temen su quiebra los que saben su estima, y así retirados labran en sí lo que, hecho al toque del impulso de Dios, pueda después ser como aprobado por todos, pretendido. Tenía aun de su misma madre encubierta gran parte de los ejercicios que la sinceridad de los que no podía ocultar aseguraba y, aunque obedecía a su gusto co- [fol. 14v] mo al de Dios, por saber que siempre era uno mismo, y no hacía acción que no la regulase con él, previniendo siempre su consejo, en las que sin su consulta hacía, se persuadía fácilmente que, por ser ordenadas a mayor perfección, serían virtualmente incluidas en las que no faltaba la aprobación de su buena madre. Tal vez liberalmente se quitaba el subsidio que a la ternura de la niñez previenen a menudo las madres, compadecida de la necesidad ajena y deseosa de la mortificación propria. Tal, a solas hacía actos de menosprecio de las riquezas temporales por habituarse a athesorar en su corazón las celestiales, quitándose los vestidos que su estado contra su voluntad la forzaba a traher. Tal, los ratos que en la opinión de todos daba al sueño o al entretenimiento daba entretenidísima a la oración, a la meditación. Pero mal puede dejar de dar resplandor la luz sobre el monte, mal encubrirse el fuego en el pecho, mal no derramarse la suavidad del aroma en el sentido de los circunstantes. Guardábase María cuidadosamente, descubríase su virtud sin cuidado. Veneraban sus padres lo que amaban, ufanos de serlo de tan buena [fol. 15r] hija, contemporizaban con sus justos propósitos, y hacía su bondad que disimulasen aun en lo que el amor natural no permitía de aspereza: deseaban fructo igual a ella, viendo dilatada su virtud por la generación lícita en más. Pero ella aborrecía el nombre de esposa, como otras le apetecen, contenta con serlo del que solamente lo es de las almas puras, sabiendo que la hermosura principal de las mujeres es la castidad del cuerpo, que realza sobremanera la pureza del deseo, no la carga que a la del matrimonio sigue, no los temores del parto ''[54]'', podiendo gozarse reina de las mujeres esclavas de su apetito, enderezando los ojos del alma a aquella vida donde se hacen gloriosas y verdaderas bodas, donde la concepción son consuelos de Dios; el parto, meditaciones ordenadas a él. A tan piadosas repugnancias hacían fuerza sus padre con su gusto, con sus deseos, advirtiéndola que la virtud de la castidad es en tres maneras: una del matrimonio, otra de la viudez, la tercera de la virginidad ''[55]''; y que no porque se encarezcan las alabanzas de una, se condemna el uso de las otras; porque cada una tiene su profesión: y en nada se ve [fol. 15v] la riqueza de la doctrina de la Iglesia más que en tener a quién preferir, y en no tener a quién desechar, pues alabamos de suerte la virginidad que no vituperamos a la viudez. Así estimamos a esta que no desdoramos el honor del matrimonio. No siendo estos preceptos nuestros, sino testimonios divinos con los ejemplos de María ''[56]'', de Anna ''[57]'', y de Susanna ''[58]'' confirmados. Hacía a la deseosa de su entereza fuerza el imperio amoroso de sus padres, mas respondíales, humilde, que mirasen que, pues la pureza de las vírgenes es un género de parte angélica ''[59]'', una meditación de incorrupción perpetua en carne corruptible, era justo la cediese la fecundidad de la carne, la honestidad del matrimonio, y que sin duda tendrán en aquella commún immortalidad alguna cosa más que los demás los que han conservado algo no carnal en la misma carne. No pudieron contrastar los honestos propósitos de Doña María la fuerza de los naturales deseos de sus padres. Inclinó el cuello a su voluntad, creyendo ser la de Dios, y no le rehusó al yugo del matrimonio, que pretendió lo mejor de España tanto por la nobleza de su linaje y por el agrado de su hermo- [fol. 16r] sura, cuanto por la fama de la virtud que ponía a una y otra en su última perfección, y a todos cudicia de su participación. Cupo la dichosa suerte a Garciméndez de Sotomayor, caballero andaluz y señor del Carpio, no menos rico que ilustre, a quien como a carne de su carne y cabeza de sus miembros siguió dejando a sus padres, si llorosos por su absencia, contentísimos por la satisfacción que de su estado nuevo el pasado les prometía.
Como ha de ser la virtud, para su fructo, patente a los ojos de todos los que la ejercitan, estiman para su recreo el retiramiento: considéranse espejos y temen que el aliento los obscurezca; flores, y no quieren que el tacto los robe el olor. Que la vanidad de la vista ajena es mancha, es contagio de la virtud propria. Temen su quiebra los que saben su estima, y así retirados labran en sí lo que, hecho al toque del impulso de Dios, pueda después ser como aprobado por todos, pretendido. Tenía aun de su misma madre encubierta gran parte de los ejercicios que la sinceridad de los que no podía ocultar aseguraba y, aunque obedecía a su gusto co- [fol. 14v] mo al de Dios, por saber que siempre era uno mismo, y no hacía acción que no la regulase con él, previniendo siempre su consejo, en las que sin su consulta hacía, se persuadía fácilmente que, por ser ordenadas a mayor perfección, serían virtualmente incluidas en las que no faltaba la aprobación de su buena madre. Tal vez liberalmente se quitaba el subsidio que a la ternura de la niñez previenen a menudo las madres, compadecida de la necesidad ajena y deseosa de la mortificación propria. Tal, a solas hacía actos de menosprecio de las riquezas temporales por habituarse a athesorar en su corazón las celestiales, quitándose los vestidos que su estado contra su voluntad la forzaba a traher. Tal, los ratos que en la opinión de todos daba al sueño o al entretenimiento daba entretenidísima a la oración, a la meditación. Pero mal puede dejar de dar resplandor la luz sobre el monte, mal encubrirse el fuego en el pecho, mal no derramarse la suavidad del aroma en el sentido de los circunstantes. Guardábase María cuidadosamente, descubríase su virtud sin cuidado. Veneraban sus padres lo que amaban, ufanos de serlo de tan buena [fol. 15r] hija, contemporizaban con sus justos propósitos, y hacía su bondad que disimulasen aun en lo que el amor natural no permitía de aspereza: deseaban fructo igual a ella, viendo dilatada su virtud por la generación lícita en más. Pero ella aborrecía el nombre de esposa, como otras le apetecen, contenta con serlo del que solamente lo es de las almas puras, sabiendo que la hermosura principal de las mujeres es la castidad del cuerpo, que realza sobremanera la pureza del deseo, no la carga que a la del matrimonio sigue, no los temores del parto ''[54]'', podiendo gozarse reina de las mujeres esclavas de su apetito, enderezando los ojos del alma a aquella vida donde se hacen gloriosas y verdaderas bodas, donde la concepción son consuelos de Dios; el parto, meditaciones ordenadas a él. A tan piadosas repugnancias hacían fuerza sus padre con su gusto, con sus deseos, advirtiéndola que la virtud de la castidad es en tres maneras: una del matrimonio, otra de la viudez, la tercera de la virginidad ''[55]''; y que no porque se encarezcan las alabanzas de una, se condemna el uso de las otras; porque cada una tiene su profesión: y en nada se ve [fol. 15v] la riqueza de la doctrina de la Iglesia más que en tener a quién preferir, y en no tener a quién desechar, pues alabamos de suerte la virginidad que no vituperamos a la viudez. Así estimamos a esta que no desdoramos el honor del matrimonio. No siendo estos preceptos nuestros, sino testimonios divinos con los ejemplos de María ''[56]'', de Anna ''[57]'', y de Susanna ''[58]'' confirmados. Hacía a la deseosa de su entereza fuerza el imperio amoroso de sus padres, mas respondíales, humilde, que mirasen que, pues la pureza de las vírgenes es un género de parte angélica ''[59]'', una meditación de incorrupción perpetua en carne corruptible, era justo la cediese la fecundidad de la carne, la honestidad del matrimonio, y que sin duda tendrán en aquella commún immortalidad alguna cosa más que los demás los que han conservado algo no carnal en la misma carne. No pudieron contrastar los honestos propósitos de Doña María la fuerza de los naturales deseos de sus padres. Inclinó el cuello a su voluntad, creyendo ser la de Dios, y no le rehusó al yugo del matrimonio, que pretendió lo mejor de España tanto por la nobleza de su linaje y por el agrado de su hermo- [fol. 16r] sura, cuanto por la fama de la virtud que ponía a una y otra en su última perfección, y a todos cudicia de su participación. Cupo la dichosa suerte a Garciméndez de Sotomayor, caballero andaluz y señor del Carpio, no menos rico que ilustre, a quien como a carne de su carne y cabeza de sus miembros siguió dejando a sus padres, si llorosos por su absencia, contentísimos por la satisfacción que de su estado nuevo el pasado les prometía.


===Capítulo VII. Vida de casada y muerte de su marido, consuelo varonil en esta, y paciencia prudente en aquella===
'''Capítulo VII. Vida de casada y muerte de su marido, consuelo varonil en esta, y paciencia prudente en aquella'''


Como fue ejemplo de doncellas Doña María en la casa de sus pares, fue espejo de casadas en la de su marido. Tenía a Garciméndez de Sotomayor por compañero en el estado, no en el deleite, amábale como a hermano, obe- [fol. 16v] decíale como a señor, venerábale como a padre, y regalábale como a esposo. Mas, entre los deleites lícitos del matrimonio, no olvidaba los ejercicios antiguos de la virtud. Antes al paso de los cuidados domésticos nuevos crecía el uso de las ocupaciones virtuosas pasadas, pareciéndole correría por cuenta de su ejemplo la reducción de su marido, la enseñanza de sus vasallos, la crianza (si Dios se los daba) de sus hijos, y las costumbres de sus criados. No había necesidad que no socorriese, no trabajo que no procurase aliviar, no enfermo a que no acudiese, no religioso a que no acariciase, no desnudo que no vistiese, no pobre que no alimentase, no últimamente obra buena que no debiese su ser a sus manos. Teníala el huérfano por madre, el necesitado por hacienda, el enfermo por salud, y todos por todo lo que de la piadosa liberalidad y nobleza virtuosa toma nombre. Regalábase Dios con tan perfectas acciones y regalábala con abundancia de favores. Mas para prueba mayor de los quilates de su virtud tenía el toque de la condición áspera de su marido. Era este caballero menos afable que noble, menos blando [fol. 17r] que virtuoso, menos acariciador de su esposa que estimador de sus raras partes. Era en fin seco de natural, extraño de condición, áspero en las palabras, desapacible en el trato, y corto en el agradecimiento que debía al Cielo por el favor que con compañía tal le hizo. Dependía esto más de su desabrimiento natural que de razón o ocasionada o afectada. Habíalo permitido así Dios para prueba de su querida. Acrisolábala en el fuego lento deste disgusto para que pudiese después parecer la fineza de sus obras a los ojos de los ángeles gozosos, de los hombres imitadores, y de los demonios invidiosos. ¡Oh, sabiduría de Dios, que dispone los medios suavemente ordenados al fin de su gloria y provecho nuestro! Combatían la blandura de Doña María y la aspereza de Garciméndez; la altivez del espíritu deste y la sumisión del de aquella; la piedad de la una y la sequedad del otro; y siempre parecía que, deseando ella no apartarse un punto de su gusto, le daba en rostro con todo cuanto hacía. ¡Tanto puede la desemejanza de los naturales! Mas ella sacaba destos combates victorias de paciencia, y él, si no emien- [fol. 17v] da por ser natural, estima; y Dios el fructo que pretendía en ella de prueba para adelante, y en el de templanza de su condición para el estado presente.  
Como fue ejemplo de doncellas Doña María en la casa de sus pares, fue espejo de casadas en la de su marido. Tenía a Garciméndez de Sotomayor por compañero en el estado, no en el deleite, amábale como a hermano, obe- [fol. 16v] decíale como a señor, venerábale como a padre, y regalábale como a esposo. Mas, entre los deleites lícitos del matrimonio, no olvidaba los ejercicios antiguos de la virtud. Antes al paso de los cuidados domésticos nuevos crecía el uso de las ocupaciones virtuosas pasadas, pareciéndole correría por cuenta de su ejemplo la reducción de su marido, la enseñanza de sus vasallos, la crianza (si Dios se los daba) de sus hijos, y las costumbres de sus criados. No había necesidad que no socorriese, no trabajo que no procurase aliviar, no enfermo a que no acudiese, no religioso a que no acariciase, no desnudo que no vistiese, no pobre que no alimentase, no últimamente obra buena que no debiese su ser a sus manos. Teníala el huérfano por madre, el necesitado por hacienda, el enfermo por salud, y todos por todo lo que de la piadosa liberalidad y nobleza virtuosa toma nombre. Regalábase Dios con tan perfectas acciones y regalábala con abundancia de favores. Mas para prueba mayor de los quilates de su virtud tenía el toque de la condición áspera de su marido. Era este caballero menos afable que noble, menos blando [fol. 17r] que virtuoso, menos acariciador de su esposa que estimador de sus raras partes. Era en fin seco de natural, extraño de condición, áspero en las palabras, desapacible en el trato, y corto en el agradecimiento que debía al Cielo por el favor que con compañía tal le hizo. Dependía esto más de su desabrimiento natural que de razón o ocasionada o afectada. Habíalo permitido así Dios para prueba de su querida. Acrisolábala en el fuego lento deste disgusto para que pudiese después parecer la fineza de sus obras a los ojos de los ángeles gozosos, de los hombres imitadores, y de los demonios invidiosos. ¡Oh, sabiduría de Dios, que dispone los medios suavemente ordenados al fin de su gloria y provecho nuestro! Combatían la blandura de Doña María y la aspereza de Garciméndez; la altivez del espíritu deste y la sumisión del de aquella; la piedad de la una y la sequedad del otro; y siempre parecía que, deseando ella no apartarse un punto de su gusto, le daba en rostro con todo cuanto hacía. ¡Tanto puede la desemejanza de los naturales! Mas ella sacaba destos combates victorias de paciencia, y él, si no emien- [fol. 17v] da por ser natural, estima; y Dios el fructo que pretendía en ella de prueba para adelante, y en el de templanza de su condición para el estado presente.  
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[fol. 18v]
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===Capítulo VIII. Ejercicios corporales de virtud en la viudez===
'''Capítulo VIII. Ejercicios corporales de virtud en la viudez'''


Libre ya de todo lo que la tenía como violenta ''[60]'' su fervor, dio principio a la vida para que tantos años antes en tan diferentes estados se había preparado. Desechó las galas que por el gusto de su marido, casada, y de sus padres, doncella, había trahído, y aunque las principales con que se adornaba eran la honestidad y vergüenza ''[61]'', quedándose con la perfección destas, trocó la bizarría de las otras en un hábito humilde, dando a su cuerpo en vez de las camisas blandas una túnica de sayal áspera, y de los brocados y sedas de las ropas un saco vil de paño pardo, y a su cabeza un manto tosco todo pobre, si limpio, y más para cubrir los miembros que para abrigallos. Hicieron lo mismo muchas de sus criadas sin dificultad, porque los ejemplos tantas veces como vistos, admirados en su seño- [fol. 19r] ra, las tenían reducidas a su imitación. Que esta es la fuerza blanda de la virtud que no solo aprovecha a quien la ejercita, sino que conduce a sí a quien la ve ejercitar. Eran sus ejercicios ordinarios visitar los hospitales, considerar en cada uno de sus enfermos a Jesuchristo Nuestro Señor y acudir como a él a ellos. Hacíales las camas, quitábales los malos olores, curábales las llagas, y sin horror alguno -antes con particular consuelo del Cielo se las besaba-, proveía de suerte sus necesidades que la sucedió muchas veces dejarles hasta las mismas tocas de su cabeza, volviendo a su casa cubierta con solo el manto. ¡Tal era su fervor! No había huérfana en la ciudad que no hallase padre y madre en ella, saliendo de la hacienda de Doña María el dote de sus casamientos. No fiaba de diligencia ajena el remedio de las necesidades de las personas, a que la vergüenza las hacía mayores, sino por sí misma diligentemente las averiguaba, y por sí misma liberalmente las socorría. Extendíase la luz de su claridad aun adonde la del sol no puede entrar, no dejando en las mazmorras de Argel christiano que no gozase de la libertad por su liberalidad. Confe- [fol. 19v] saban aun no hablando los niños que commúnmente se llaman expuestos, y a quien desampara la piedad de sus padres por necesidad, o por infelicidad, las entrañas de madre que hallaban en esta señora sustentando amas que les alimentasen hasta que ella pudiese en edad mayor aplicarlos al ejercicio, que más le parecía conveniente al servicio de Dios y tal vez ella por su persona los llevaba debajo de su manto hasta que con seguridad los entregaba a quien con regalo cuidase dellos. Iba a las cárceles y componía las deudas, solicitaba las causas de los pobres, aliviaba con liberal socorro la desesperación de los condemnados a mayores penas y procuraba reducir a mejor vida a los perdidos. Compadecíase de los trabajos de todos y, fuera del remedio de su necesidad, acudía a su consuelo con el sentimiento del dolor ajeno como si fuera proprio, que es género de medicina al doliente ver en otro quejas de su congoja ''[62]''. Finalmente, no había estado de gente en la ciudad que no tuviese que agradecer a la piedad desta señora sierva de Dios. El cuidado que ponía en remediar las necesidades de las almas no era desigual al que [fol. 20r] ejercitaba en las de los cuerpos; antes este era en orden a aquel, y uno y otro enderezados al conocimiento y confesión de Dios. Tenía tal gracia con todos que aun los que no querían dejarse obligar a mirar por sí, en tratándoles Doña María, lo quedaban voluntariamente a la entienda de sus vidas. A las mujeres, a quien la fragilidad o necesidad trahían perdidas, hacía confesar, y para emienda de una y otra daba hacienda para vivir honestamente, o ponía en retiramientos religiosos con ayuda suficiente para su vida. Prevenía la seguridad de las consciencias de los enfermos que visitaba con la preparación de lo que más inciertamente es cierto. Acudía a los entierros de los pobres y cumplía con las obligaciones de su alma con el cuidado que si fueran sus padres. A todos enamoraba con su vida, enseñaba con sus palabras, y socorría con su hacienda, y no había parte adonde no regalase la fragancia de sus virtudes.  
Libre ya de todo lo que la tenía como violenta ''[60]'' su fervor, dio principio a la vida para que tantos años antes en tan diferentes estados se había preparado. Desechó las galas que por el gusto de su marido, casada, y de sus padres, doncella, había trahído, y aunque las principales con que se adornaba eran la honestidad y vergüenza ''[61]'', quedándose con la perfección destas, trocó la bizarría de las otras en un hábito humilde, dando a su cuerpo en vez de las camisas blandas una túnica de sayal áspera, y de los brocados y sedas de las ropas un saco vil de paño pardo, y a su cabeza un manto tosco todo pobre, si limpio, y más para cubrir los miembros que para abrigallos. Hicieron lo mismo muchas de sus criadas sin dificultad, porque los ejemplos tantas veces como vistos, admirados en su seño- [fol. 19r] ra, las tenían reducidas a su imitación. Que esta es la fuerza blanda de la virtud que no solo aprovecha a quien la ejercita, sino que conduce a sí a quien la ve ejercitar. Eran sus ejercicios ordinarios visitar los hospitales, considerar en cada uno de sus enfermos a Jesuchristo Nuestro Señor y acudir como a él a ellos. Hacíales las camas, quitábales los malos olores, curábales las llagas, y sin horror alguno -antes con particular consuelo del Cielo se las besaba-, proveía de suerte sus necesidades que la sucedió muchas veces dejarles hasta las mismas tocas de su cabeza, volviendo a su casa cubierta con solo el manto. ¡Tal era su fervor! No había huérfana en la ciudad que no hallase padre y madre en ella, saliendo de la hacienda de Doña María el dote de sus casamientos. No fiaba de diligencia ajena el remedio de las necesidades de las personas, a que la vergüenza las hacía mayores, sino por sí misma diligentemente las averiguaba, y por sí misma liberalmente las socorría. Extendíase la luz de su claridad aun adonde la del sol no puede entrar, no dejando en las mazmorras de Argel christiano que no gozase de la libertad por su liberalidad. Confe- [fol. 19v] saban aun no hablando los niños que commúnmente se llaman expuestos, y a quien desampara la piedad de sus padres por necesidad, o por infelicidad, las entrañas de madre que hallaban en esta señora sustentando amas que les alimentasen hasta que ella pudiese en edad mayor aplicarlos al ejercicio, que más le parecía conveniente al servicio de Dios y tal vez ella por su persona los llevaba debajo de su manto hasta que con seguridad los entregaba a quien con regalo cuidase dellos. Iba a las cárceles y componía las deudas, solicitaba las causas de los pobres, aliviaba con liberal socorro la desesperación de los condemnados a mayores penas y procuraba reducir a mejor vida a los perdidos. Compadecíase de los trabajos de todos y, fuera del remedio de su necesidad, acudía a su consuelo con el sentimiento del dolor ajeno como si fuera proprio, que es género de medicina al doliente ver en otro quejas de su congoja ''[62]''. Finalmente, no había estado de gente en la ciudad que no tuviese que agradecer a la piedad desta señora sierva de Dios. El cuidado que ponía en remediar las necesidades de las almas no era desigual al que [fol. 20r] ejercitaba en las de los cuerpos; antes este era en orden a aquel, y uno y otro enderezados al conocimiento y confesión de Dios. Tenía tal gracia con todos que aun los que no querían dejarse obligar a mirar por sí, en tratándoles Doña María, lo quedaban voluntariamente a la entienda de sus vidas. A las mujeres, a quien la fragilidad o necesidad trahían perdidas, hacía confesar, y para emienda de una y otra daba hacienda para vivir honestamente, o ponía en retiramientos religiosos con ayuda suficiente para su vida. Prevenía la seguridad de las consciencias de los enfermos que visitaba con la preparación de lo que más inciertamente es cierto. Acudía a los entierros de los pobres y cumplía con las obligaciones de su alma con el cuidado que si fueran sus padres. A todos enamoraba con su vida, enseñaba con sus palabras, y socorría con su hacienda, y no había parte adonde no regalase la fragancia de sus virtudes.  


===Capítulo IX. Ejercicios espirituales. Retiramiento del trato de la gente, ilustraciones de Dios en él===
'''Capítulo IX. Ejercicios espirituales. Retiramiento del trato de la gente, ilustraciones de Dios en él'''


Dejaban libremente a Doña María sus devotos padres, contentos de tenerla en su compañía, que hiciese lo que su fervoroso espíritu la dictaba; y ella se dejaba llevar de la aura suave del divino tan apaciblemente que ni ''[63]'' la fragilidad, de que por naturaleza estaba rodeada, aun ligeramente la impedía, ni ella tenía quietud sino cuando acudía a todo lo que la piedad la representaba. Como era su acción admirable, era su contemplación inimitable: hermanaba el cuidado de Martha con el reposo de María, de suerte que, en la misma solicitud más fervorosa, oraba con quietísima perfección. Para este fin acudía cada noche descalza (que nunca se defendieron del rigor del frío, desde la muerte de su [fol. 21r] marido hasta la suya, sus tiernos pies con abrigo alguno) en compañía de una buena mujer imitadora de su fervor a los Maitines, en que la sancta Iglesia de Toledo canta las alabanzas de Dios, y después dellos las continuaba ella por gran parte del día en altísima contemplación, de adonde salía como encendida en amor de Dios, deseosa del provecho de sus próximos, y destos tomaba motivos para hallar mejor a Dios, alternando siempre desasosiego tan sosegado. Mas deseosa de mayor perfección, dejando prevenido el cuidado de las necesidades ordinarias a que siempre acudía, a personas de conocida confianza, determinó de retirarse de todo el trato del mundo, y por espacio de un año no salió de la iglesia, ni communicó con persona alguna, sino con su devota compañera Juana Rodríguez (que este era su nombre, y de cuyas virtudes daremos muestra en su lugar) y con su confesor. Era este un religioso de San Francisco de grande espíritu, a quien Dios había escogido para enderezar en su servicio esta sierva guía. Obedecíale ella como a quien el mismo Dios le había dado para que fuese intérprete de su voluntad con ella. Preparábase para [fol. 21v] la oración con asperísimas penitencias, teniendo ya aun por regalo el vestido vil en que muerto su marido mudó sus galas, trocando este en un riguroso cilicio, en que desde los pies hasta el cuello tenía enterrados sus miembros. Era el lugar de su sueño la dureza y frialdad del suelo; su ayuno, continuo, y la frecuencia de los sacramentos a arbitrio del religioso Fray Pedro Pérez (que así se llamaba su confesor ''[64]''); había los años antes conmulgado cada ocho días, cosa maravillosa en aquellos tiempos. Mas después, todas las veces que su confesor lo ordenaba, y lo ordinario a tercero día, se llegaba humilde a recibir este augusto sacramento con la mayor preparación que criatura humana puede alcanzar. El espacio que había de una comunión a otra partía en dar gracias a Dios por la merced de la pasada y en examinar su consciencia para la venidera: el día della se abstenía de todo género de manjar, contenta con sustentar levemente la fragilidad del cuerpo con moderada agua y pan, acudiendo a su necesidad los demás días con algunas hierbas desabridas, que servían más de dilatar penosamente la muerte que de tener en pie la vida. Esta era la suya en este [fol. 22r] tiempo si trabajosa según la carne, gozosísima según el espíritu, pues al paso que era aquella macerada, este era alentado. Comunicose Dios Nuestro Señor con esta sierva suya muy como su regalado, descubríala los misterios que no es lícito a los mortales aun pronunciar sin menos purificación que la del propheta. Fueron tantos los favores que recibió del Cielo, que su confesor la obligó a dejar a la posteridad admiración sus maravillas. Mas ¡oh, pecados nuestros! ¿Que a qué sino a ellos se puede atribuir la pérdida de escritos de tal mano, de ejemplos de tal vida, de favores tan celestiales? ''Mas vos, Señora, que por obediencia los escribistes, restituidlos a nuestro ruego: si por nuestros pecados desmerecimos gozarlos, dádnoslos para que con su enseñanza emendados los merezcamos''. Confío en la bondad de Dios que, como es admirable en sus sanctos mientras le sirven, lo será mientras le gozan, y permitirá que se descubra este thesoro a nuestra ciudad, que mereció ser el sitio donde se obraron tantas maravillas. Mas para que por falta de noticia no falte la diligencia que es justo poner en la busca de papeles tan importantes, referiré las palabras del original [fol. 22v] antiguo manuscripto de la vida y milagros de la religiosa señora, de que sacaron sus relaciones todos los que escriben della ''[65]''.  
Dejaban libremente a Doña María sus devotos padres, contentos de tenerla en su compañía, que hiciese lo que su fervoroso espíritu la dictaba; y ella se dejaba llevar de la aura suave del divino tan apaciblemente que ni ''[63]'' la fragilidad, de que por naturaleza estaba rodeada, aun ligeramente la impedía, ni ella tenía quietud sino cuando acudía a todo lo que la piedad la representaba. Como era su acción admirable, era su contemplación inimitable: hermanaba el cuidado de Martha con el reposo de María, de suerte que, en la misma solicitud más fervorosa, oraba con quietísima perfección. Para este fin acudía cada noche descalza (que nunca se defendieron del rigor del frío, desde la muerte de su [fol. 21r] marido hasta la suya, sus tiernos pies con abrigo alguno) en compañía de una buena mujer imitadora de su fervor a los Maitines, en que la sancta Iglesia de Toledo canta las alabanzas de Dios, y después dellos las continuaba ella por gran parte del día en altísima contemplación, de adonde salía como encendida en amor de Dios, deseosa del provecho de sus próximos, y destos tomaba motivos para hallar mejor a Dios, alternando siempre desasosiego tan sosegado. Mas deseosa de mayor perfección, dejando prevenido el cuidado de las necesidades ordinarias a que siempre acudía, a personas de conocida confianza, determinó de retirarse de todo el trato del mundo, y por espacio de un año no salió de la iglesia, ni communicó con persona alguna, sino con su devota compañera Juana Rodríguez (que este era su nombre, y de cuyas virtudes daremos muestra en su lugar) y con su confesor. Era este un religioso de San Francisco de grande espíritu, a quien Dios había escogido para enderezar en su servicio esta sierva guía. Obedecíale ella como a quien el mismo Dios le había dado para que fuese intérprete de su voluntad con ella. Preparábase para [fol. 21v] la oración con asperísimas penitencias, teniendo ya aun por regalo el vestido vil en que muerto su marido mudó sus galas, trocando este en un riguroso cilicio, en que desde los pies hasta el cuello tenía enterrados sus miembros. Era el lugar de su sueño la dureza y frialdad del suelo; su ayuno, continuo, y la frecuencia de los sacramentos a arbitrio del religioso Fray Pedro Pérez (que así se llamaba su confesor ''[64]''); había los años antes conmulgado cada ocho días, cosa maravillosa en aquellos tiempos. Mas después, todas las veces que su confesor lo ordenaba, y lo ordinario a tercero día, se llegaba humilde a recibir este augusto sacramento con la mayor preparación que criatura humana puede alcanzar. El espacio que había de una comunión a otra partía en dar gracias a Dios por la merced de la pasada y en examinar su consciencia para la venidera: el día della se abstenía de todo género de manjar, contenta con sustentar levemente la fragilidad del cuerpo con moderada agua y pan, acudiendo a su necesidad los demás días con algunas hierbas desabridas, que servían más de dilatar penosamente la muerte que de tener en pie la vida. Esta era la suya en este [fol. 22r] tiempo si trabajosa según la carne, gozosísima según el espíritu, pues al paso que era aquella macerada, este era alentado. Comunicose Dios Nuestro Señor con esta sierva suya muy como su regalado, descubríala los misterios que no es lícito a los mortales aun pronunciar sin menos purificación que la del propheta. Fueron tantos los favores que recibió del Cielo, que su confesor la obligó a dejar a la posteridad admiración sus maravillas. Mas ¡oh, pecados nuestros! ¿Que a qué sino a ellos se puede atribuir la pérdida de escritos de tal mano, de ejemplos de tal vida, de favores tan celestiales? ''Mas vos, Señora, que por obediencia los escribistes, restituidlos a nuestro ruego: si por nuestros pecados desmerecimos gozarlos, dádnoslos para que con su enseñanza emendados los merezcamos''. Confío en la bondad de Dios que, como es admirable en sus sanctos mientras le sirven, lo será mientras le gozan, y permitirá que se descubra este thesoro a nuestra ciudad, que mereció ser el sitio donde se obraron tantas maravillas. Mas para que por falta de noticia no falte la diligencia que es justo poner en la busca de papeles tan importantes, referiré las palabras del original [fol. 22v] antiguo manuscripto de la vida y milagros de la religiosa señora, de que sacaron sus relaciones todos los que escriben della ''[65]''.  
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“Este confesor era un sancto varón que se llamaba Fray Juan Pérez, de la Orden de nuestro Padre San Francisco, el cual la mandaba por sancta obediencia que todas las cosas que Nuestro Señor communicase con su alma en aquel tiempo, que todo lo pusiese por escrito y se lo diese a él, y primero lo communicaban entrambos, y lo mismo hacía a su compañera. Y así, fueron cosas maravillosas las que Nuestro Señor communicó con esta su sierva en aquel año, y todo lo que escribió lo teníamos en esta casa de Sancta Isabel, que nos lo dio su confesor con todo lo que más escribió en todo el tiempo que estuvo en la religión: y todo así como lo teníamos, la mayor parte dello llevó el arzobispo de Toledo Don Francisco Jiménez, cuando su Señoría Ilustrísima fue a Orán, que entonces vino a ver el cuerpo desta bienaventurada sancta y a encomendarse mucho a ella y a todo el convento, y demandó su vida para vella, y sus revelaciones. Diéronselo todo y Su Señoría se lo llevó y nunca más lo tornó, y así tornamos a escribir la vida por dos veces, y de las cosas que estaban escritas por su propria mano, no quedaron sino muy pocas, y veniendo aquí a ver su cuerpo una señora que se llamaba Doña Leonor, nuera del duque [fol. 23r] de Alba, demandola para verla y se la llevó y nunca más la volvió, y desta manera se nos perdieron todas las revelaciones que Nuestro Señor quiso mostrar a esta sancta ánima; así no podemos escribir sino lo que por nuestros ojos vimos”. Hasta aquí son las palabras del original [66]. Tuviéramos sin duda otras maravillas de Dios que loar, como las que en las revelaciones de las sanctas Gertrudis, Brígida, Catherina de Sena, y vida de la beata Madre Virgen Theresa de Jesús, y otras de otras sanctísimas y purísimas almas consuelan nuestra fragilidad, y animan nuestra tibieza, si las desta devotísima señora pareciesen. ¡Oh, hágalo su Divina Majestad como conviniere más para su servicio!
“Este confesor era un sancto varón que se llamaba Fray Juan Pérez, de la Orden de nuestro Padre San Francisco, el cual la mandaba por sancta obediencia que todas las cosas que Nuestro Señor communicase con su alma en aquel tiempo, que todo lo pusiese por escrito y se lo diese a él, y primero lo communicaban entrambos, y lo mismo hacía a su compañera. Y así, fueron cosas maravillosas las que Nuestro Señor communicó con esta su sierva en aquel año, y todo lo que escribió lo teníamos en esta casa de Sancta Isabel, que nos lo dio su confesor con todo lo que más escribió en todo el tiempo que estuvo en la religión: y todo así como lo teníamos, la mayor parte dello llevó el arzobispo de Toledo Don Francisco Jiménez, cuando su Señoría Ilustrísima fue a Orán, que entonces vino a ver el cuerpo desta bienaventurada sancta y a encomendarse mucho a ella y a todo el convento, y demandó su vida para vella, y sus revelaciones. Diéronselo todo y Su Señoría se lo llevó y nunca más lo tornó, y así tornamos a escribir la vida por dos veces, y de las cosas que estaban escritas por su propria mano, no quedaron sino muy pocas, y veniendo aquí a ver su cuerpo una señora que se llamaba Doña Leonor, nuera del duque [fol. 23r] de Alba, demandola para verla y se la llevó y nunca más la volvió, y desta manera se nos perdieron todas las revelaciones que Nuestro Señor quiso mostrar a esta sancta ánima; así no podemos escribir sino lo que por nuestros ojos vimos”. Hasta aquí son las palabras del original [66]. Tuviéramos sin duda otras maravillas de Dios que loar, como las que en las revelaciones de las sanctas Gertrudis, Brígida, Catherina de Sena, y vida de la beata Madre Virgen Theresa de Jesús, y otras de otras sanctísimas y purísimas almas consuelan nuestra fragilidad, y animan nuestra tibieza, si las desta devotísima señora pareciesen. ¡Oh, hágalo su Divina Majestad como conviniere más para su servicio!


===Capítulo X. Revelaciones de muchas cosas que succedieron en España. Pónese para remedio de otras la Inquisición en estos reinos por su medio===
'''Capítulo X. Revelaciones de muchas cosas que succedieron en España. Pónese para remedio de otras la Inquisición en estos reinos por su medio'''


De las muchas ilustraciones del Cielo que esta sierva de Dios tuvo en el tiempo de su retiramiento nos ha quedado noticia de pocas, pero admirables, y como muestra de las demás y de que confiamos en la bondad de Dios que, para gloria suya y honor desta devota señora y edificación nuestra habemos algún día de gozar. Afligían su corazón piadoso los que, con desacato de Dios, a quien ella quisiera atraher todo el mundo, dentro de España daban el culto que debían a su Criador a los engaños del primogénito de Satanás, Mahoma. Pedía a su Divina Majestad amorosamente la reducción de tantas almas como engañadas se perdían, no su venganza. Oyola el piadísimo Señor y consolola con la promesa del espacio breve que tendría la impiedad imperio en el de Granada. No la dejaban sosegar los graves pecados que, aun entre los escogidos de Dios, se hacían por la mezcla de los judíos y vecindad de los moros en España, revelóselo Dios para su remedio. Diola también noticia de la relajación de la vida re- [fol. 24] ligiosa y ella de todo a los Cathólicos Reyes Don Fernando y Doña Isabel de felicísima memoria, escribiéndosele a Segovia, donde sus Altezas tenían su asiento. Estimaban en tanto la auctoridad desta señora estos gloriosos reyes que no ponían mano en cosa en que ella no hubiese puesto su consejo. Pidiéronla dejase algún tiempo a Toledo y se fuese con ellos. Contemporizó con su gusto por el provecho que esperaba del remedio de cosa de tanta consideración, pospuso su amiga quietud al alboroto de la corte que tanto aborrecía por el bien commún que tanto amaba. Enviaron por ella y por su compañera los reyes y hiciéronlas el recebimiento que para gente venida del Cielo prepararan. Oiánla los devotos reyes como a intérprete de la voluntad de Dios, estimábanla por su nobleza, admirábanla por su vida, llamábanla commúnmente sancta, venerábanla como a tal, y pendían de sus consejos como de oráculo certísimo: deste salió decretada la institución en España del Sancto Tribunal de la entereza de la justicia, de la defensa de la fe, de la Sancta Inquisición, freno de ignorancias libres y de agudezas maliciosas.  
De las muchas ilustraciones del Cielo que esta sierva de Dios tuvo en el tiempo de su retiramiento nos ha quedado noticia de pocas, pero admirables, y como muestra de las demás y de que confiamos en la bondad de Dios que, para gloria suya y honor desta devota señora y edificación nuestra habemos algún día de gozar. Afligían su corazón piadoso los que, con desacato de Dios, a quien ella quisiera atraher todo el mundo, dentro de España daban el culto que debían a su Criador a los engaños del primogénito de Satanás, Mahoma. Pedía a su Divina Majestad amorosamente la reducción de tantas almas como engañadas se perdían, no su venganza. Oyola el piadísimo Señor y consolola con la promesa del espacio breve que tendría la impiedad imperio en el de Granada. No la dejaban sosegar los graves pecados que, aun entre los escogidos de Dios, se hacían por la mezcla de los judíos y vecindad de los moros en España, revelóselo Dios para su remedio. Diola también noticia de la relajación de la vida re- [fol. 24] ligiosa y ella de todo a los Cathólicos Reyes Don Fernando y Doña Isabel de felicísima memoria, escribiéndosele a Segovia, donde sus Altezas tenían su asiento. Estimaban en tanto la auctoridad desta señora estos gloriosos reyes que no ponían mano en cosa en que ella no hubiese puesto su consejo. Pidiéronla dejase algún tiempo a Toledo y se fuese con ellos. Contemporizó con su gusto por el provecho que esperaba del remedio de cosa de tanta consideración, pospuso su amiga quietud al alboroto de la corte que tanto aborrecía por el bien commún que tanto amaba. Enviaron por ella y por su compañera los reyes y hiciéronlas el recebimiento que para gente venida del Cielo prepararan. Oiánla los devotos reyes como a intérprete de la voluntad de Dios, estimábanla por su nobleza, admirábanla por su vida, llamábanla commúnmente sancta, venerábanla como a tal, y pendían de sus consejos como de oráculo certísimo: deste salió decretada la institución en España del Sancto Tribunal de la entereza de la justicia, de la defensa de la fe, de la Sancta Inquisición, freno de ignorancias libres y de agudezas maliciosas.  
[fol. 24v] Bramen los herejes de nuestros tiempos contra ella, que como ella es la defensa de la honra de Dios, Dios es el defensor de su justicia. Nada hay en la naturaleza de las cosas tan sagrado a que los sacrilegios no se atrevan, y no porque haya quien temerariamente osado alce la mano contra la altura distantísima de sí, sin poderla ofender dejan las cosas divinas de estar en lo alto; y como las celestiales no pueden recibir daño de las humanas, y el que derriba el templo, o deshace el altar, no daña a la divinidad, así lo que contra la protección del Cielo ignorante, desvergonzada y soberbiamente se intenta, en vano se intenta. Deba, deba España la sinceridad de su fe, el remedio de su contagio en la parte más principal y que no admite achaque, la conservación de su pureza, el ser puesta por ejemplo de religión, el ser (permítaseme decirlo así) verdaderamente cathólica a Doña María de Toledo, a cuyo consejo inspirado de Dios favoreció el poder de los religiosos príncipes Fernando e Isabel, espejos de reyes y ornamento incomparable de los de España, poniendo en ella la Inquisición de que tanto necesitaba. Fuese luego esco- [fol. 25r] cogiendo el trigo de la cizaña que ahogándole amenazaba su perdición. Viose la reformación de los conventos de los frailes menores y monjas claustrales, que esta virtuosa señora había predicho. Confirmose pocos años después la prophecía que de la redución del Reino de Granada tenía hecha, rindiéndose las medias lunas soberbias de los moros a la humildad de la cruz, en que se obró nuestra redempción y veneramos los christianos. ¡Oh, soberanía de los secretos misteriosos de Dios, que oculta a quien confía en su vanidad, que descubre a quien solo le teme!
[fol. 24v] Bramen los herejes de nuestros tiempos contra ella, que como ella es la defensa de la honra de Dios, Dios es el defensor de su justicia. Nada hay en la naturaleza de las cosas tan sagrado a que los sacrilegios no se atrevan, y no porque haya quien temerariamente osado alce la mano contra la altura distantísima de sí, sin poderla ofender dejan las cosas divinas de estar en lo alto; y como las celestiales no pueden recibir daño de las humanas, y el que derriba el templo, o deshace el altar, no daña a la divinidad, así lo que contra la protección del Cielo ignorante, desvergonzada y soberbiamente se intenta, en vano se intenta. Deba, deba España la sinceridad de su fe, el remedio de su contagio en la parte más principal y que no admite achaque, la conservación de su pureza, el ser puesta por ejemplo de religión, el ser (permítaseme decirlo así) verdaderamente cathólica a Doña María de Toledo, a cuyo consejo inspirado de Dios favoreció el poder de los religiosos príncipes Fernando e Isabel, espejos de reyes y ornamento incomparable de los de España, poniendo en ella la Inquisición de que tanto necesitaba. Fuese luego esco- [fol. 25r] cogiendo el trigo de la cizaña que ahogándole amenazaba su perdición. Viose la reformación de los conventos de los frailes menores y monjas claustrales, que esta virtuosa señora había predicho. Confirmose pocos años después la prophecía que de la redución del Reino de Granada tenía hecha, rindiéndose las medias lunas soberbias de los moros a la humildad de la cruz, en que se obró nuestra redempción y veneramos los christianos. ¡Oh, soberanía de los secretos misteriosos de Dios, que oculta a quien confía en su vanidad, que descubre a quien solo le teme!
El modo destas revelaciones o ilustraciones divinas fue sin duda por intelectual más perfecto ''[67]'', en que Dios da sentimientos interiores de lo que quiere communicar al alma que le merece. Habla Dios al corazón e imprime en él sus secretos, y deja como capaz de tan gran ser la pequeñez nuestra; y aunque la sanctidad consieste más en el cumplimiento puntual de la ley de Dios que en la multitud de las revelaciones, y los más perfectos piden a Dios les lleve por el camino ordinario de sus escogidos, porque tal vez Satanás, transformándose [fol. 25v] en ángel de luz, engañados estimamos el humo de nuestra vanidad por lumbre del Cielo. al que Dios regala con visitas ahora intelectuales, ahora imaginarias, cuando simbólicas, cuando por ministerio de sus ángeles, o como su liberalidad es más servida, él da la aprobación de su virtud y es sancto por el mismo Dios.  
El modo destas revelaciones o ilustraciones divinas fue sin duda por intelectual más perfecto ''[67]'', en que Dios da sentimientos interiores de lo que quiere communicar al alma que le merece. Habla Dios al corazón e imprime en él sus secretos, y deja como capaz de tan gran ser la pequeñez nuestra; y aunque la sanctidad consieste más en el cumplimiento puntual de la ley de Dios que en la multitud de las revelaciones, y los más perfectos piden a Dios les lleve por el camino ordinario de sus escogidos, porque tal vez Satanás, transformándose [fol. 25v] en ángel de luz, engañados estimamos el humo de nuestra vanidad por lumbre del Cielo. al que Dios regala con visitas ahora intelectuales, ahora imaginarias, cuando simbólicas, cuando por ministerio de sus ángeles, o como su liberalidad es más servida, él da la aprobación de su virtud y es sancto por el mismo Dios.  


===Capítulo XI. Deja los reyes en Segovia y la casa de sus padres en Toledo por servir a los pobres del Hospital de la Misericordia. Ejercicios de piedad en esta vida===
'''Capítulo XI. Deja los reyes en Segovia y la casa de sus padres en Toledo por servir a los pobres del Hospital de la Misericordia. Ejercicios de piedad en esta vida'''


No pretendía con los reyes más del remedio de algunas cosas que pertenecían a la utilidad commún. Este puesto quísolos dejar, mas ellos pretendían que jamás se apartase de su lado, confiando acertar con su consejo en los negocios más arduos de su reino. Compitió la piedad de los reyes con el amor que Doña María [fol. 26r] tenía a su quietud. Pedía su poder con amor imperioso no les desamparase, respondía la humildad della con entereza cortés que la diesen licencia. Tenían sus acciones por prevenidas con especial orden del Cielo, y así, por no oponerse a sus órdenes, la permitieron la partida durando el recurso a su consejo lo que duró su vida. Volvió a su ciudad, Toledo, después de seis meses que había estado sin tal luz como ennubecida. ¿Quién dirá que el afecto natural no la llevó al instante a los brazos de su madre, que la aguardaba con amor de tal, que la admiraba por sus virtudes con veneración de hija? Pero al que tiran las cosas celestiales falta la sujeción de las terrenas. No la carne, no la sangre la arrastran tras sí; Dios es solo sus padres, Dios sus amigos, Dios todas sus cosas ''[68]''. Trocó Doña María los palacios antiguos de sus mayores por la humildad del Hospital pobre de la Misericordia, los regalos de sus padres por la pobreza de aquella habitación, el ser servida de nobles por servir a los pobres. Recibieron estos como quien había echado menos su regalo personal sino su socorro por mano ajena aquellos meses: alegrose con ellos como si se viera en- [fol. 26v] tre los choros de los ángeles, ofreciéndoles de nuevo, en recompensa de su absencia breve, asistencia (siendo esta la voluntad de Dios) perpetua. Para conseguir mejor este propósito y cumplir la palabra dada a Christo en sus pobres, buscó para su habitación en el mismo hospital una celdica retirada, que podía ser más meditación de la sepultura que habitación para vivir. Su adorno eran unas pajas por cama, una manta y almohada de pelos de cabra para su abrigo, a que correspondía el traje que en este tiempo usaba, cubriendo su cuerpo un saco solo de jerga recogido por la cintura y muñecas con unas sogas, los pies descalzos, a la cabeza revuelto un paño tosco de estopa: todo indicio de su interior menosprecio, contenta solo con cubrir los miembros, dando a los vestidos hechos para la honestidad, no para el deleite, su verdadero oficio. Esta era su habitación, este su hábito. La ocupación, esta. No faltaba en todo el día al lado de los enfermos: a unos hacía las camas, a otros lavaba las bocas, a otros las llagas y, desnuda de la naturaleza delicada de mujer, fervorosísimamente las besaba, teniendo particular gusto con los más [fol. 27r] llagados; por su mano pasaban todas las medicinas, y ella daba ánimo con sus celestiales palabras para no rehusar todo lo que los médicos ordenaban: ella les sazonaba la comida, ella se la partía, ella se la metía en la boca con tanto agrado que por darla gusto los más estragados se animaban, y lo que el deseo natural de la vida no podía con ellos lo alcanzaba, sin dificultad, el ruego amoroso de Doña María. Llegada la noche y cumplidas las obligaciones de los enfermos, retirábase a las nueve a la sepultura de vivos en que vivía, y estaba hasta después de Maitines en oración. Luego, rendida, no vencida, a la necesidad del cuerpo, daba tan escaso tributo al sueño que, como si cometiera un enorme delicto en dejarse llevar d’él, volvía en sí y le desechaba con tanta fuerza que se puede decir que nunca por dormir cerró los ojos, sino que la necesidad por fuerza se los cerraba. Daba por tiempo mal empleado el que no trataba o con Dios o con sus pobres: solo para sí no hallaba tiempo ni le quería hallar. Apenas amanecía cuando volvía a ver sus queridos pobres y a darles con las luces del sol y suya los buenos días. Preguntábales amorosa- [fol. 27v] mente cómo se habían hallado. Al que respondía que no bien, procuraba aliviar volviendo a hacer la cama, dándole con que sosegase. Luego, en general, sacaba, alegrísima de que se sirviese Dios della en ejercicios (según su opinión buena), tan altos los vasos, cuyo olor desapacible podía dar pena o a los enfermos o a los que los visitaban, y por su mano misma los volvía limpios. Y hubo vez que gastó gran parte de la noche en aliviar y componer en la cama a un muchacho enfermo de un mal tan penoso al olfacto como inquieto. Nunca entraba en las enfermerías que no dejase alegres aun a los que la enfermedad no permite tener momento bueno. Trahía de ordinario una cestica en la mano llena de dulces y frutas acommodadas al apetito de los enfermos, y de provecho para las enfermedades: a este daba el azúcar, a aquel el calabazate. Uno le pedía la manzana, otro la granada. A todos acudía con poder de rica y con amor de madre, y siendo los enfermos de ambos géneros más de setenta, ninguno la echaba menos, por tenerla cada uno y ser ella de todos. Llenaban estas ocupaciones el día, y la noche su acostumbrada [fol. 28r] oración y penitencia, si el peligro cercano de algún enfermo no la detenía, de quien no se apartaba cuidando tanto del regalo para la vida como de su buena preparación para su muerte. Dejaba en ocasiones tales de muy buena gana a Dios por Dios. ¡Tal era su fervor!
No pretendía con los reyes más del remedio de algunas cosas que pertenecían a la utilidad commún. Este puesto quísolos dejar, mas ellos pretendían que jamás se apartase de su lado, confiando acertar con su consejo en los negocios más arduos de su reino. Compitió la piedad de los reyes con el amor que Doña María [fol. 26r] tenía a su quietud. Pedía su poder con amor imperioso no les desamparase, respondía la humildad della con entereza cortés que la diesen licencia. Tenían sus acciones por prevenidas con especial orden del Cielo, y así, por no oponerse a sus órdenes, la permitieron la partida durando el recurso a su consejo lo que duró su vida. Volvió a su ciudad, Toledo, después de seis meses que había estado sin tal luz como ennubecida. ¿Quién dirá que el afecto natural no la llevó al instante a los brazos de su madre, que la aguardaba con amor de tal, que la admiraba por sus virtudes con veneración de hija? Pero al que tiran las cosas celestiales falta la sujeción de las terrenas. No la carne, no la sangre la arrastran tras sí; Dios es solo sus padres, Dios sus amigos, Dios todas sus cosas ''[68]''. Trocó Doña María los palacios antiguos de sus mayores por la humildad del Hospital pobre de la Misericordia, los regalos de sus padres por la pobreza de aquella habitación, el ser servida de nobles por servir a los pobres. Recibieron estos como quien había echado menos su regalo personal sino su socorro por mano ajena aquellos meses: alegrose con ellos como si se viera en- [fol. 26v] tre los choros de los ángeles, ofreciéndoles de nuevo, en recompensa de su absencia breve, asistencia (siendo esta la voluntad de Dios) perpetua. Para conseguir mejor este propósito y cumplir la palabra dada a Christo en sus pobres, buscó para su habitación en el mismo hospital una celdica retirada, que podía ser más meditación de la sepultura que habitación para vivir. Su adorno eran unas pajas por cama, una manta y almohada de pelos de cabra para su abrigo, a que correspondía el traje que en este tiempo usaba, cubriendo su cuerpo un saco solo de jerga recogido por la cintura y muñecas con unas sogas, los pies descalzos, a la cabeza revuelto un paño tosco de estopa: todo indicio de su interior menosprecio, contenta solo con cubrir los miembros, dando a los vestidos hechos para la honestidad, no para el deleite, su verdadero oficio. Esta era su habitación, este su hábito. La ocupación, esta. No faltaba en todo el día al lado de los enfermos: a unos hacía las camas, a otros lavaba las bocas, a otros las llagas y, desnuda de la naturaleza delicada de mujer, fervorosísimamente las besaba, teniendo particular gusto con los más [fol. 27r] llagados; por su mano pasaban todas las medicinas, y ella daba ánimo con sus celestiales palabras para no rehusar todo lo que los médicos ordenaban: ella les sazonaba la comida, ella se la partía, ella se la metía en la boca con tanto agrado que por darla gusto los más estragados se animaban, y lo que el deseo natural de la vida no podía con ellos lo alcanzaba, sin dificultad, el ruego amoroso de Doña María. Llegada la noche y cumplidas las obligaciones de los enfermos, retirábase a las nueve a la sepultura de vivos en que vivía, y estaba hasta después de Maitines en oración. Luego, rendida, no vencida, a la necesidad del cuerpo, daba tan escaso tributo al sueño que, como si cometiera un enorme delicto en dejarse llevar d’él, volvía en sí y le desechaba con tanta fuerza que se puede decir que nunca por dormir cerró los ojos, sino que la necesidad por fuerza se los cerraba. Daba por tiempo mal empleado el que no trataba o con Dios o con sus pobres: solo para sí no hallaba tiempo ni le quería hallar. Apenas amanecía cuando volvía a ver sus queridos pobres y a darles con las luces del sol y suya los buenos días. Preguntábales amorosa- [fol. 27v] mente cómo se habían hallado. Al que respondía que no bien, procuraba aliviar volviendo a hacer la cama, dándole con que sosegase. Luego, en general, sacaba, alegrísima de que se sirviese Dios della en ejercicios (según su opinión buena), tan altos los vasos, cuyo olor desapacible podía dar pena o a los enfermos o a los que los visitaban, y por su mano misma los volvía limpios. Y hubo vez que gastó gran parte de la noche en aliviar y componer en la cama a un muchacho enfermo de un mal tan penoso al olfacto como inquieto. Nunca entraba en las enfermerías que no dejase alegres aun a los que la enfermedad no permite tener momento bueno. Trahía de ordinario una cestica en la mano llena de dulces y frutas acommodadas al apetito de los enfermos, y de provecho para las enfermedades: a este daba el azúcar, a aquel el calabazate. Uno le pedía la manzana, otro la granada. A todos acudía con poder de rica y con amor de madre, y siendo los enfermos de ambos géneros más de setenta, ninguno la echaba menos, por tenerla cada uno y ser ella de todos. Llenaban estas ocupaciones el día, y la noche su acostumbrada [fol. 28r] oración y penitencia, si el peligro cercano de algún enfermo no la detenía, de quien no se apartaba cuidando tanto del regalo para la vida como de su buena preparación para su muerte. Dejaba en ocasiones tales de muy buena gana a Dios por Dios. ¡Tal era su fervor!


===Capítulo XII. Institución de la Hermandad del Hospital de la Misericordia. Dale renta. Levántansele grandes persecuciones por su modo de vida. ¿Cuál era este?===
'''Capítulo XII. Institución de la Hermandad del Hospital de la Misericordia. Dale renta. Levántansele grandes persecuciones por su modo de vida. ¿Cuál era este?'''


Mueve ''[69]'' el ejemplo de los buenos no solo a otros como ellos para mayor perfección, sino a los malos para su reducción. Era el de Doña María tan eficaz con todos que los más nobles de la ciudad quisieron sino seguir (¿quién puede alcanzar el vuelo de los cherubines?) con iguales pasos su modo de vida, cooperar en [fol. 28v] sus obras buenas lo mejor que pudiesen. Acudían al hospital a aliviar el trabajo que la religiosa señora tenía con el gran número de enfermos, a que otra de menor celo no pudiera satisfacer. Cuales socorrían con limosnas las necesidades de los pobres, cuales por su persona asistían a su comida, componían sus camas y ejercitábanse en todo lo que les era guía fervorosa Doña María. Creció la piedad de los Caballeros tanto que, deseosos de que nunca dejase de ir en aumento, instituyeron por consejo suyo la Hermandad que hoy florece en memoria de su institutora y aprobadora Doña María, y socorro de los necesitados de aquel hospital: y como la institución desta Hermandad se enderezaba a que no faltase quien acudiese al servicio de los pobres, y las limosnas de los que acudían son voluntarias, pareció a la prudente señora que era necesario situar otra forzosa, para que no faltase con qué acudir a su regalo. Para esto le dio de su hacienda veinte y cinco mil maravedís de juros perpetuos y a su ejemplo otros le hicieron donación de otras cuantidades para el sustento de los enfermos. Iba la devoción cada día aumentándose, tomando fuerzas los flacos del ejemplo de quien, sién- [fol. 29r] dolo por su natural, vían tan de diamante para todo lo que era servicio de Dios. Sentía el Demonio tanta bonanza, y procuró inquietarla aprovechándose de los mismos deudos desta señora para su turbación. Salía acompañada de la devota Juana Rodríguez un día cada semana a pedir limosna para su hospital, si deseosa de que todo el mundo por su provecho y bien de los pobres se la diese, contentísima de que para su humillación se la negase. Acudía a las plazas, adonde había más concurso de gente, para tener más ocasión de ejercitar la humildad; volvía de ordinario cargada de todas las cosas necesarias para el sustento de los pobres como para el servicio de la casa. Alegrábase viendo ocupar los lugares que los diamantes y oro habían hermoseado con sogas, escobas y otras cargas deste género, que estimaba más que las joyas de más valor, contenta más de anhelar trabajada debajo de tal peso que lucir bizarra con el de las galas. Topábanla sus deudos, y como quien ignoraba el aumento que con aquel menosprecio venía a su estimación, hacían punto de honra del deshonor que, a su mal parecer, creían tener Doña María. Volvían [fol. 29v] a su casa como afrentados a tomar resolución en su remedio. El sentimiento destos y el natural amor combatían el pecho de Doña Juana de Guzmán, su madre, de suerte que, no podiendo resistir a su piedad, se volvía contra su hija, y la llamaba oprobrio suyo, y en la opinión de todos no la daban otro nombre sino el de loca, intentando por todos los medios posibles estorbarla la prosecución de sus intentos, cuando a título de pródiga la despojaban de su hacienda, cuando al de sin juicio la pretendían recoger. Mas ella, alegrísima de que se le cumpliesen sus propósitos con las ocasiones de sufrimiento, daba gracias a Dios, por quien deseaba padecer mucho más. Presentábansele las afrentas que por ella había sufrido Christo y hallábase en las mayores suyas con aliento para otras más amargas por su amor; suplicaba a Dios que llevase adelante la ocasión de sus ignominias, pero que diese verdadero conocimiento de sí a su madre y deudos. Deseaba igualmente la mortificación propria y el provecho ajeno. Pudo tanto su maravillosa paciencia que obligó a los que la perseguían a desistir de las diligencias, que para disuadirla de sus [fol. 30] intentos intentaban. Quedó otra vez con su primer sosiego y el Demonio desasosegado de nuevo. Para invidia deste y premio della aumentó Dios la liberalidad de sus consuelos con tanta particularidad y abundancia que ya no parecía vivir en carne perecedera, sino en compañía de los que gozosos viven para siempre. Prevenía Dios con sus continuos favores la herencia que en su reino la tenía aparejada, y ella agradecida a tantas mercedes procuraba cada día hacerse merecedora de más.
Mueve ''[69]'' el ejemplo de los buenos no solo a otros como ellos para mayor perfección, sino a los malos para su reducción. Era el de Doña María tan eficaz con todos que los más nobles de la ciudad quisieron sino seguir (¿quién puede alcanzar el vuelo de los cherubines?) con iguales pasos su modo de vida, cooperar en [fol. 28v] sus obras buenas lo mejor que pudiesen. Acudían al hospital a aliviar el trabajo que la religiosa señora tenía con el gran número de enfermos, a que otra de menor celo no pudiera satisfacer. Cuales socorrían con limosnas las necesidades de los pobres, cuales por su persona asistían a su comida, componían sus camas y ejercitábanse en todo lo que les era guía fervorosa Doña María. Creció la piedad de los Caballeros tanto que, deseosos de que nunca dejase de ir en aumento, instituyeron por consejo suyo la Hermandad que hoy florece en memoria de su institutora y aprobadora Doña María, y socorro de los necesitados de aquel hospital: y como la institución desta Hermandad se enderezaba a que no faltase quien acudiese al servicio de los pobres, y las limosnas de los que acudían son voluntarias, pareció a la prudente señora que era necesario situar otra forzosa, para que no faltase con qué acudir a su regalo. Para esto le dio de su hacienda veinte y cinco mil maravedís de juros perpetuos y a su ejemplo otros le hicieron donación de otras cuantidades para el sustento de los enfermos. Iba la devoción cada día aumentándose, tomando fuerzas los flacos del ejemplo de quien, sién- [fol. 29r] dolo por su natural, vían tan de diamante para todo lo que era servicio de Dios. Sentía el Demonio tanta bonanza, y procuró inquietarla aprovechándose de los mismos deudos desta señora para su turbación. Salía acompañada de la devota Juana Rodríguez un día cada semana a pedir limosna para su hospital, si deseosa de que todo el mundo por su provecho y bien de los pobres se la diese, contentísima de que para su humillación se la negase. Acudía a las plazas, adonde había más concurso de gente, para tener más ocasión de ejercitar la humildad; volvía de ordinario cargada de todas las cosas necesarias para el sustento de los pobres como para el servicio de la casa. Alegrábase viendo ocupar los lugares que los diamantes y oro habían hermoseado con sogas, escobas y otras cargas deste género, que estimaba más que las joyas de más valor, contenta más de anhelar trabajada debajo de tal peso que lucir bizarra con el de las galas. Topábanla sus deudos, y como quien ignoraba el aumento que con aquel menosprecio venía a su estimación, hacían punto de honra del deshonor que, a su mal parecer, creían tener Doña María. Volvían [fol. 29v] a su casa como afrentados a tomar resolución en su remedio. El sentimiento destos y el natural amor combatían el pecho de Doña Juana de Guzmán, su madre, de suerte que, no podiendo resistir a su piedad, se volvía contra su hija, y la llamaba oprobrio suyo, y en la opinión de todos no la daban otro nombre sino el de loca, intentando por todos los medios posibles estorbarla la prosecución de sus intentos, cuando a título de pródiga la despojaban de su hacienda, cuando al de sin juicio la pretendían recoger. Mas ella, alegrísima de que se le cumpliesen sus propósitos con las ocasiones de sufrimiento, daba gracias a Dios, por quien deseaba padecer mucho más. Presentábansele las afrentas que por ella había sufrido Christo y hallábase en las mayores suyas con aliento para otras más amargas por su amor; suplicaba a Dios que llevase adelante la ocasión de sus ignominias, pero que diese verdadero conocimiento de sí a su madre y deudos. Deseaba igualmente la mortificación propria y el provecho ajeno. Pudo tanto su maravillosa paciencia que obligó a los que la perseguían a desistir de las diligencias, que para disuadirla de sus [fol. 30] intentos intentaban. Quedó otra vez con su primer sosiego y el Demonio desasosegado de nuevo. Para invidia deste y premio della aumentó Dios la liberalidad de sus consuelos con tanta particularidad y abundancia que ya no parecía vivir en carne perecedera, sino en compañía de los que gozosos viven para siempre. Prevenía Dios con sus continuos favores la herencia que en su reino la tenía aparejada, y ella agradecida a tantas mercedes procuraba cada día hacerse merecedora de más.


===Capítulo XIII. Enfermedad al parecer de todos extrema. Sánala la Virgen Nuestra Señora===
'''Capítulo XIII. Enfermedad al parecer de todos extrema. Sánala la Virgen Nuestra Señora'''


Continuó por espacio de tres años sus fervores en el hospital tan puntualmente que, no bastando las fuerzas humanas a tan gran carga como su celo la hacía leve, se rindió a la enfer- [fol. 30v] medad tan apretadamente que a pocos días la señalaron por horas la vida. Acudieron su madre y deudos al hospital, no valiendo ya contra la piedad natural los enojos pasados y pretendiendo cada uno enriquecer su casa con aquel que ya tenían por thesoro del Cielo poco antes desestimado de su vanidad. Mas nunca consintió que la habitación que había sido testigo de las mercedes que Dios se había dignado de hacerla en la vida lo dejase de ser de las que pensaba recibir en la muerte. Procurando cuanto era de su parte morir como había vivido, pobre, conforme al nombre de que siempre se preció, y a que antepuso el ilustrísimo de su casa, gustando más de ser pobre que Toledo, y alegrándose más de oírse llamar Doña María la Pobre que de los blasones que el nombre de Toledo por tantos títulos ilustre la podía ofrecer. Que la pobreza consiste más en la voluntad que en la naturaleza, y es más verdaderamente pobre el que echa de sí las riquezas que el que nació despojado dellas. Fue la enfermedad apretándola más, y como halló disposición en el sujeto, extenuado con ayunos continuos y penitencias ásperas, apoderose tan imperio- [fol. 31r] samente d’él que ya los médicos humanos, desconfiados de los remedios de la naturaleza, acudieron al señor della, proponiendo lo que ella tanto acostumbraba. Recibió los sacramentos de la communión y extremaunción, y en presencia de sus religiosas compañeras y devota madre quedó, como algunos creían, defuncta. Fue grande el sentimiento no solo de su madre y compañeras, sino de innumerable gente que se había recogido a ver aquel milagro de mujeres, deseosa de participar de alguna partecica de los miembros que ella había corregido al servicio de Dios, de las vestiduras con que se había burlado del mundo. Sacáronla de la estrechura de su celda a la Capilla de Lope Gaitán, que era del hospital, para cuyo regalo eran en otro tiempo las señoras que hoy tienen nombre de beatas cerca d’él, y en cuya compañía estaban las devotas compañeras de Doña María. Tratábase ya de restituirla a la tierra abriendo la sepultura, que había de ser la habitación de su cuerpo hasta la resurección universal. Pero su madre, impaciente de la absencia de su hija por el amor que entrañablemente la tenía, acudió al árbitro de la muerte y de la [fol. 31v] vida, Christo, a quien por intercesión de su clementísima Madre suplicó la volviese la hija que lo era más suya que della misma. Volvíase a la imagen que hoy se venera en la Iglesia destas señoras, decíala: “Perdonad, Señora, al atrevimiento de mis manos por el sentimiento de mi corazón. Madre sois del mejor Hijo, hija era vuestra la que yo parí; o quitáreos el vuestro, o dadme la que, aunque mía, quiero para Vos. Vos no podéis vivir sin el vuestro, yo sin la mía, ¿para qué tengo que vivir? Quitoosle, mientras me la dais”. Agradó a la piadosísima Señora la sinceridad de la piadosa madre y dio de repente (cosa maravillosa) movimientos a los miembros, de que ya estaba apoderado el hielo. Abrió los ojos la que parecía ya defuncta y, como si despertara de un sesgadísimo sueño, alegró con su vista a los que tenían sus luces encubiertas en tinieblas de amarga lástima. Hallose Doña Juana en un instante la vida de su hija, y ella la mejoría y, aunque deseosa de acabarla de cobrar en su apacible estrechura, obedeció al mandato de los médicos, que desesperaban otra vez de su vida si quedaba en el hospital. Pasola su madre a sus casas con gran consuelo de todos los que habían llo- [fol. 32r] rado la falta que su ejemplo había de hacer a todo género de estados, y alegría de su madre que estimaba ya a su hija como mejorada con la vida, que no ella, sino la madre del mismo Dios la había dado de nuevo.  
Continuó por espacio de tres años sus fervores en el hospital tan puntualmente que, no bastando las fuerzas humanas a tan gran carga como su celo la hacía leve, se rindió a la enfer- [fol. 30v] medad tan apretadamente que a pocos días la señalaron por horas la vida. Acudieron su madre y deudos al hospital, no valiendo ya contra la piedad natural los enojos pasados y pretendiendo cada uno enriquecer su casa con aquel que ya tenían por thesoro del Cielo poco antes desestimado de su vanidad. Mas nunca consintió que la habitación que había sido testigo de las mercedes que Dios se había dignado de hacerla en la vida lo dejase de ser de las que pensaba recibir en la muerte. Procurando cuanto era de su parte morir como había vivido, pobre, conforme al nombre de que siempre se preció, y a que antepuso el ilustrísimo de su casa, gustando más de ser pobre que Toledo, y alegrándose más de oírse llamar Doña María la Pobre que de los blasones que el nombre de Toledo por tantos títulos ilustre la podía ofrecer. Que la pobreza consiste más en la voluntad que en la naturaleza, y es más verdaderamente pobre el que echa de sí las riquezas que el que nació despojado dellas. Fue la enfermedad apretándola más, y como halló disposición en el sujeto, extenuado con ayunos continuos y penitencias ásperas, apoderose tan imperio- [fol. 31r] samente d’él que ya los médicos humanos, desconfiados de los remedios de la naturaleza, acudieron al señor della, proponiendo lo que ella tanto acostumbraba. Recibió los sacramentos de la communión y extremaunción, y en presencia de sus religiosas compañeras y devota madre quedó, como algunos creían, defuncta. Fue grande el sentimiento no solo de su madre y compañeras, sino de innumerable gente que se había recogido a ver aquel milagro de mujeres, deseosa de participar de alguna partecica de los miembros que ella había corregido al servicio de Dios, de las vestiduras con que se había burlado del mundo. Sacáronla de la estrechura de su celda a la Capilla de Lope Gaitán, que era del hospital, para cuyo regalo eran en otro tiempo las señoras que hoy tienen nombre de beatas cerca d’él, y en cuya compañía estaban las devotas compañeras de Doña María. Tratábase ya de restituirla a la tierra abriendo la sepultura, que había de ser la habitación de su cuerpo hasta la resurección universal. Pero su madre, impaciente de la absencia de su hija por el amor que entrañablemente la tenía, acudió al árbitro de la muerte y de la [fol. 31v] vida, Christo, a quien por intercesión de su clementísima Madre suplicó la volviese la hija que lo era más suya que della misma. Volvíase a la imagen que hoy se venera en la Iglesia destas señoras, decíala: “Perdonad, Señora, al atrevimiento de mis manos por el sentimiento de mi corazón. Madre sois del mejor Hijo, hija era vuestra la que yo parí; o quitáreos el vuestro, o dadme la que, aunque mía, quiero para Vos. Vos no podéis vivir sin el vuestro, yo sin la mía, ¿para qué tengo que vivir? Quitoosle, mientras me la dais”. Agradó a la piadosísima Señora la sinceridad de la piadosa madre y dio de repente (cosa maravillosa) movimientos a los miembros, de que ya estaba apoderado el hielo. Abrió los ojos la que parecía ya defuncta y, como si despertara de un sesgadísimo sueño, alegró con su vista a los que tenían sus luces encubiertas en tinieblas de amarga lástima. Hallose Doña Juana en un instante la vida de su hija, y ella la mejoría y, aunque deseosa de acabarla de cobrar en su apacible estrechura, obedeció al mandato de los médicos, que desesperaban otra vez de su vida si quedaba en el hospital. Pasola su madre a sus casas con gran consuelo de todos los que habían llo- [fol. 32r] rado la falta que su ejemplo había de hacer a todo género de estados, y alegría de su madre que estimaba ya a su hija como mejorada con la vida, que no ella, sino la madre del mismo Dios la había dado de nuevo.  
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[fol.32v] '''LIBRO SEGUNDO DE LA VIDA DE DOÑA MARÍA DE TOLEDO'''
[fol.32v] '''LIBRO SEGUNDO DE LA VIDA DE DOÑA MARÍA DE TOLEDO'''


===Capítulo I. Apercíbese para ir a visitar los lugares sanctos de Jerusalén. Mándala Nuestro Señora que mude propósito===
'''Capítulo I. Apercíbese para ir a visitar los lugares sanctos de Jerusalén. Mándala Nuestro Señora que mude propósito'''


Como el remedio de la enfermedad de Doña María estaba reservado solo al Cielo y la restitución de su pérdida fue milagrosa, la confirmación de su nueva salud fue también rara porque, habiéndola trahído el mal al estado más riguroso, el remedio la puso en sus primeras fuerzas. Quiso Dios de nuevo como forjarla y hacerla por su mano, para que no reconociendo otro origen le estu- [fol. 33r] viese sujeta como el barro a la del ollero. Podía tener algo de carne y sangre debiéndola a sus padres terrenos, quiso el celestial como despojarla deste afecto por traherla solo a sí. Conociolo ella, siguió la voluntad de Dios y, así aunque agradecida a la piedad de la que antes desta segunda regeneración para Dios llamaba madre, determinó de emplearse tan de veras en el servicio de la que la había dado el nuevo ser que tanto estimaba que no dejó modo de vida de los que la piedad christiana ha elegido para la perfección que no intentase. Parecíale convenir su presencia al remedio y regalo de los pobres, que tanto amaba, y que tanto la echaban menos, que tanto ella estimaba, y sin quien tan sola se hallaba. Hacíala la experiencia esta ocupación de mucho consuelo para su alma, de mucha ocasión para afligir su cuerpo. Volviérase a ella si su natural sujeción la dejara contradecir a las órdenes de sus médicos espiritual y temporales, de aquel por estar persuadido que Nuestro Señor se quería servir desta su sierva en cosas mayores; destos por creer que con los ejercicios pasados peligraría otra vez su salud. Pero su fervoroso espí- [fol. 33v] ritu facilitaba los mayores peligros y el camino que al juicio de otros estaba cerrado en las más invencibles dificultades, a su celo, teniéndolas por fáciles de vencer con la ayuda del que con el celo daba el ánimo, estaba patentísimo. Y su corazón, como capaz de solo el Cielo, intentaba aun cosas mayores que la Tierra. Y ya que oprimida de su peso no podía alcanzar lo que intentaba, intentaba lo que era posible intentarse. ¡Tal era el ánimo que el aliento de nuevo restituido a su cuerpo muerto la había infundido! Todo su más principal intento era la abnegación perfectísima de las cosas temporales por entregarse más de veras a las eternas, y así prudentemente proporcionaba sus acciones exteriores con las que más meditaba en lo interior. Consideraba aquella ciudad celestial, donde eternamente reside el gozo. Sabía que la de Jerusalén era su símbolo, y parecíala que ayudaría la usurpación de la vista de la figura a la contemplación de las grandezas de lo figurado, entreteniendo la esperanza de lo que no podía alcanzar con la posesión de lo que a su valiente espíritu se hacía fácil. Consideraba a su Amor crucificado, y estimulába- [fol. 34r] la el amor de morir por su crucificado ''[70]''. Era la pasión de Cristo su último refugio, su singular remedio. Tenía su cruz por ayuda de sus amigos y por defensa de sus enemigos. Era su principal y más estimada ciencia saber a Christo y este crucificado. Toda últimamente pretendía estar en él y le suplicaba no se apartase della. Hacía con amoroso dolor alarde de los muchos que su Amado había padecido por ella y deseaba, ya que no podía igualarlos, imitarlos. Y parecíale que en parte ninguna podría tener la representación más viva de su terribilidad que en las que el Señor de la Majestad se había humillado a sufrirlos ''[71]''. Y como la naturaleza previene el sentimiento que sin saber cómo experimenta el corazón cuando ven los ojos los lugares, adonde se hallan rastros de los que admiramos, o donde vivieron o estuvieron de asiento, creía ella que aquellos en que se obró nuestra redempción la moverían a sentir lo que es posible a un mortal de lo que sintió el eterno. Determinose, en fin, de ir a Jerusalén sin que la distancia de los lugares, ni incommodidad de los caminos pudiese derribar del propósito de su grande ánimo a la fragilidad de su tierno cuerpo. Pro- [fol. 34v] curó su madre reducirla a lo que su piedad pretendía, asegurándola que no se la había dado Dios para quitársela. Tenían sus deudos por temeridad determinación tan, a su parecer, imprudentemente fervorosa, culpaban su imprudencia y volvían de nuevo a su antiguo sentimiento. Mas en ella, que solo tenía por sus padres y deudos a los que la animaban más al servicio de Dios, no hacían más mella los ruegos de unos y enojos de otros que suelen sentir los montes eternos del aura fácil. Determinada pues de atropellarlo todo, dejó orden para que jamás faltasen sus socorros a la necesidad de los pobres. Puso en estado las mujeres que tenían en su compañía y de quien para que sirviesen más a Dios se había dejado en otro tiempo servir, contenta con la compañía de su fervorosa y semejante amiga Juana Rodríguez, y ambas confiadas en el favor de Dios, que no falta a la invocación de los hijos de los cuervos ''[72]'' y puede en el desierto dar abundancia. Sin otro alivio más que el que esperaban de la mano divina, queriendo poner el pie en el camino, se pusieron con toda humildad en su acatamiento ofreciéndole sus deseos, y suplicándo- [fol. 35r] le tuviese por bien de ser su guía sirviéndose de sus obras. Fue esta oración tan fervorosa y tantas las mercedes que Dios les hizo en ella que se determinaron de no llevar adelante su primer determinación por poner por obra la que sabían del mismo Dios que era la suya: ciertas de que a Su Majestad habían sido acceptos sus deseos como si fueran obras, y que el premio merecido destas había alcanzado la sinceridad de aquellos. Porque en los ojos del que todo lo ve son obras la promptitud de hacerlas, la conformidad con su voluntad dejándolas de hacer por las que él gustó, aunque más las sanctifique el celo de los hombres, que debe en todo regularse por el de Dios.
Como el remedio de la enfermedad de Doña María estaba reservado solo al Cielo y la restitución de su pérdida fue milagrosa, la confirmación de su nueva salud fue también rara porque, habiéndola trahído el mal al estado más riguroso, el remedio la puso en sus primeras fuerzas. Quiso Dios de nuevo como forjarla y hacerla por su mano, para que no reconociendo otro origen le estu- [fol. 33r] viese sujeta como el barro a la del ollero. Podía tener algo de carne y sangre debiéndola a sus padres terrenos, quiso el celestial como despojarla deste afecto por traherla solo a sí. Conociolo ella, siguió la voluntad de Dios y, así aunque agradecida a la piedad de la que antes desta segunda regeneración para Dios llamaba madre, determinó de emplearse tan de veras en el servicio de la que la había dado el nuevo ser que tanto estimaba que no dejó modo de vida de los que la piedad christiana ha elegido para la perfección que no intentase. Parecíale convenir su presencia al remedio y regalo de los pobres, que tanto amaba, y que tanto la echaban menos, que tanto ella estimaba, y sin quien tan sola se hallaba. Hacíala la experiencia esta ocupación de mucho consuelo para su alma, de mucha ocasión para afligir su cuerpo. Volviérase a ella si su natural sujeción la dejara contradecir a las órdenes de sus médicos espiritual y temporales, de aquel por estar persuadido que Nuestro Señor se quería servir desta su sierva en cosas mayores; destos por creer que con los ejercicios pasados peligraría otra vez su salud. Pero su fervoroso espí- [fol. 33v] ritu facilitaba los mayores peligros y el camino que al juicio de otros estaba cerrado en las más invencibles dificultades, a su celo, teniéndolas por fáciles de vencer con la ayuda del que con el celo daba el ánimo, estaba patentísimo. Y su corazón, como capaz de solo el Cielo, intentaba aun cosas mayores que la Tierra. Y ya que oprimida de su peso no podía alcanzar lo que intentaba, intentaba lo que era posible intentarse. ¡Tal era el ánimo que el aliento de nuevo restituido a su cuerpo muerto la había infundido! Todo su más principal intento era la abnegación perfectísima de las cosas temporales por entregarse más de veras a las eternas, y así prudentemente proporcionaba sus acciones exteriores con las que más meditaba en lo interior. Consideraba aquella ciudad celestial, donde eternamente reside el gozo. Sabía que la de Jerusalén era su símbolo, y parecíala que ayudaría la usurpación de la vista de la figura a la contemplación de las grandezas de lo figurado, entreteniendo la esperanza de lo que no podía alcanzar con la posesión de lo que a su valiente espíritu se hacía fácil. Consideraba a su Amor crucificado, y estimulába- [fol. 34r] la el amor de morir por su crucificado ''[70]''. Era la pasión de Cristo su último refugio, su singular remedio. Tenía su cruz por ayuda de sus amigos y por defensa de sus enemigos. Era su principal y más estimada ciencia saber a Christo y este crucificado. Toda últimamente pretendía estar en él y le suplicaba no se apartase della. Hacía con amoroso dolor alarde de los muchos que su Amado había padecido por ella y deseaba, ya que no podía igualarlos, imitarlos. Y parecíale que en parte ninguna podría tener la representación más viva de su terribilidad que en las que el Señor de la Majestad se había humillado a sufrirlos ''[71]''. Y como la naturaleza previene el sentimiento que sin saber cómo experimenta el corazón cuando ven los ojos los lugares, adonde se hallan rastros de los que admiramos, o donde vivieron o estuvieron de asiento, creía ella que aquellos en que se obró nuestra redempción la moverían a sentir lo que es posible a un mortal de lo que sintió el eterno. Determinose, en fin, de ir a Jerusalén sin que la distancia de los lugares, ni incommodidad de los caminos pudiese derribar del propósito de su grande ánimo a la fragilidad de su tierno cuerpo. Pro- [fol. 34v] curó su madre reducirla a lo que su piedad pretendía, asegurándola que no se la había dado Dios para quitársela. Tenían sus deudos por temeridad determinación tan, a su parecer, imprudentemente fervorosa, culpaban su imprudencia y volvían de nuevo a su antiguo sentimiento. Mas en ella, que solo tenía por sus padres y deudos a los que la animaban más al servicio de Dios, no hacían más mella los ruegos de unos y enojos de otros que suelen sentir los montes eternos del aura fácil. Determinada pues de atropellarlo todo, dejó orden para que jamás faltasen sus socorros a la necesidad de los pobres. Puso en estado las mujeres que tenían en su compañía y de quien para que sirviesen más a Dios se había dejado en otro tiempo servir, contenta con la compañía de su fervorosa y semejante amiga Juana Rodríguez, y ambas confiadas en el favor de Dios, que no falta a la invocación de los hijos de los cuervos ''[72]'' y puede en el desierto dar abundancia. Sin otro alivio más que el que esperaban de la mano divina, queriendo poner el pie en el camino, se pusieron con toda humildad en su acatamiento ofreciéndole sus deseos, y suplicándo- [fol. 35r] le tuviese por bien de ser su guía sirviéndose de sus obras. Fue esta oración tan fervorosa y tantas las mercedes que Dios les hizo en ella que se determinaron de no llevar adelante su primer determinación por poner por obra la que sabían del mismo Dios que era la suya: ciertas de que a Su Majestad habían sido acceptos sus deseos como si fueran obras, y que el premio merecido destas había alcanzado la sinceridad de aquellos. Porque en los ojos del que todo lo ve son obras la promptitud de hacerlas, la conformidad con su voluntad dejándolas de hacer por las que él gustó, aunque más las sanctifique el celo de los hombres, que debe en todo regularse por el de Dios.


===Capítulo II. Fúndase la casa de Sancta Isabel por orden del Cielo y eligen por abadesa a su fundadora===
'''Capítulo II. Fúndase la casa de Sancta Isabel por orden del Cielo y eligen por abadesa a su fundadora'''


[fol. 35v] Buscaba Doña María todos los modos de provecho para su alma, y parecía en sus ojos menos perfecta de lo que en los de la misma perfección era agradable; y así cuidaba solo de los medios que la podían hacer mejor. Mas Dios, que la quería poner por cabeza de muchas, fiado en el provecho que de su ejemplo había de nacer, la reveló su gusto, mandándola hiciese una casa, donde en su compañía le sirviesen las que él tenía escogidas desde su eternidad por esposas. Fue invencible el gozo que su celo la causó, pareciéndola que, por aquel medio de que Dios se servía que usase, vendrían muchas almas a su conocimiento, y que (como cierta de la perfección con que hasta hoy se vive en su casa) había de ser de gran servicio de Dios y utilidad de los próximos la obra que emprendía. Su madre acompañaba a la admiración de tan repentina mudanza en su hija con la alegría de haberla de tener no, como creía, distintísima de su presencia y sin esperanza de verla más, sino en su ciudad y podiendo gozar perpetuamente de lo que más lucía en sus [fol. 36r] ojos. Era igual el contento de sus deudos y criados que lloraban su absencia como su muerte. Ella y su compañera, cuidadosas de la ejecución de lo que Nuestro Señor las había descubierto era su voluntad, acudían a él con más continua oración, y a esta con preparación más rigurosa. Mas Dios, que se agradaba de su piadosa solicitud, previno al mandato la ejecución, porque cuando solicitaba con más fervor el modo con que se había de poner por obra esta de la Divina Majestad, las humanas vinieron a Toledo, y con su acostumbrada piadosa liberalidad hicieron donación a la que tanto veneraban del sitio que ahora tiene la casa que esta devota señora fundó. Queriendo los Cathólicos Reyes Don Fernando y Doña Isabel dejar a la posteridad no pequeña parte de sus raras alabanzas en confianza del nombre que a devoción de la beata Sancta Isabel de Hungría, cuya sanctidad en el estado y nombre igual veneraba la prudente reina, ponían a aquella casa religiosa por su patrona, y respectada por la protección real, siendo hasta hoy su principal título Sancta Isabel de los Reyes.  
[fol. 35v] Buscaba Doña María todos los modos de provecho para su alma, y parecía en sus ojos menos perfecta de lo que en los de la misma perfección era agradable; y así cuidaba solo de los medios que la podían hacer mejor. Mas Dios, que la quería poner por cabeza de muchas, fiado en el provecho que de su ejemplo había de nacer, la reveló su gusto, mandándola hiciese una casa, donde en su compañía le sirviesen las que él tenía escogidas desde su eternidad por esposas. Fue invencible el gozo que su celo la causó, pareciéndola que, por aquel medio de que Dios se servía que usase, vendrían muchas almas a su conocimiento, y que (como cierta de la perfección con que hasta hoy se vive en su casa) había de ser de gran servicio de Dios y utilidad de los próximos la obra que emprendía. Su madre acompañaba a la admiración de tan repentina mudanza en su hija con la alegría de haberla de tener no, como creía, distintísima de su presencia y sin esperanza de verla más, sino en su ciudad y podiendo gozar perpetuamente de lo que más lucía en sus [fol. 36r] ojos. Era igual el contento de sus deudos y criados que lloraban su absencia como su muerte. Ella y su compañera, cuidadosas de la ejecución de lo que Nuestro Señor las había descubierto era su voluntad, acudían a él con más continua oración, y a esta con preparación más rigurosa. Mas Dios, que se agradaba de su piadosa solicitud, previno al mandato la ejecución, porque cuando solicitaba con más fervor el modo con que se había de poner por obra esta de la Divina Majestad, las humanas vinieron a Toledo, y con su acostumbrada piadosa liberalidad hicieron donación a la que tanto veneraban del sitio que ahora tiene la casa que esta devota señora fundó. Queriendo los Cathólicos Reyes Don Fernando y Doña Isabel dejar a la posteridad no pequeña parte de sus raras alabanzas en confianza del nombre que a devoción de la beata Sancta Isabel de Hungría, cuya sanctidad en el estado y nombre igual veneraba la prudente reina, ponían a aquella casa religiosa por su patrona, y respectada por la protección real, siendo hasta hoy su principal título Sancta Isabel de los Reyes.  
A las mercedes que sus Altezas habían hecho a esta casa añadió su hacienda Doña María [fol. 36v], pareciéndola que no era suyo lo que no empleaba en la obra que sabía era más del mismo Dios que suya, y que era género de sacrilegio quitar de lo que era posesión declarada por de Dios. Fue tal esta determinación que fueron más de sete qüentos ''[73]'' los que resignó en las manos de los Reyes para este fin, no teniendo por vida diferente de la que hasta allí había profesado la que no fuese no con protestación solo de pobreza, sino con efecto. Ayudó a esta piedad la liberalidad de Doña Juana de Toledo, su hermana, matrona de virtuosa prudencia, y ejemplar virtud, y mujer de Diego de Ribera, commendador de Monreal de la Orden de Sanctiago, nuestro patrón, y ayo de la misma Reina Cathólica. Dieron los Reyes posesión desta casa a Doña María, hallándose al acto primero de la abnegación de las cosas temporales que en su compañía hicieron sus criadas, y otras deseosas de imitar a quien admiraban. Fue esto el año después de la revelación en que Dios se había dignado de manifestar su voluntad en la fundación desta casa, y el de mil y cuatrocientos setenta y siete ''[74]''. Estaban las casas que los Reyes la dieron en la parroquia de San [fol. 37r] Antonino o Antolín (como vulgarmente se llama) y habían sido de los señores de Casarrubios. Era esta parroquia una de las latinas de Toledo, pero el papa Innocencio VIII, a instancia de los reyes, la incorporó en el monasterio a tres de octubre del año de mil y cuatrocientos y ochenta y ocho. Hiciéronle relación que ellos habían dado para el convento unas casas suyas y que en la parroquia estaban sepultados algunos de sus predecesores, que era muy estrecho el monasterio, que convenía incorporar en ella parroquia, suprimiendo su nombre, beneficios, y parroquianos, aplicándolos a la muzárabe de San Marcos, o a la de San Bartholomé, vecinas. Cometiose el negocio al gran cardenal de España, Don Pedro González de Mendoza, arzobispo de Toledo y, verificada la narrativa, hizo la incorporación. Los beneficios y todo lo que tocaba a la parroquia de San Antolín se trasladó a la de San Marcos, donde hoy está, como más largamente consta de las bullas de Su Sanctidad y diligencias que para acto tal se hicieron, y yo tengo en mi poder.  
A las mercedes que sus Altezas habían hecho a esta casa añadió su hacienda Doña María [fol. 36v], pareciéndola que no era suyo lo que no empleaba en la obra que sabía era más del mismo Dios que suya, y que era género de sacrilegio quitar de lo que era posesión declarada por de Dios. Fue tal esta determinación que fueron más de sete qüentos ''[73]'' los que resignó en las manos de los Reyes para este fin, no teniendo por vida diferente de la que hasta allí había profesado la que no fuese no con protestación solo de pobreza, sino con efecto. Ayudó a esta piedad la liberalidad de Doña Juana de Toledo, su hermana, matrona de virtuosa prudencia, y ejemplar virtud, y mujer de Diego de Ribera, commendador de Monreal de la Orden de Sanctiago, nuestro patrón, y ayo de la misma Reina Cathólica. Dieron los Reyes posesión desta casa a Doña María, hallándose al acto primero de la abnegación de las cosas temporales que en su compañía hicieron sus criadas, y otras deseosas de imitar a quien admiraban. Fue esto el año después de la revelación en que Dios se había dignado de manifestar su voluntad en la fundación desta casa, y el de mil y cuatrocientos setenta y siete ''[74]''. Estaban las casas que los Reyes la dieron en la parroquia de San [fol. 37r] Antonino o Antolín (como vulgarmente se llama) y habían sido de los señores de Casarrubios. Era esta parroquia una de las latinas de Toledo, pero el papa Innocencio VIII, a instancia de los reyes, la incorporó en el monasterio a tres de octubre del año de mil y cuatrocientos y ochenta y ocho. Hiciéronle relación que ellos habían dado para el convento unas casas suyas y que en la parroquia estaban sepultados algunos de sus predecesores, que era muy estrecho el monasterio, que convenía incorporar en ella parroquia, suprimiendo su nombre, beneficios, y parroquianos, aplicándolos a la muzárabe de San Marcos, o a la de San Bartholomé, vecinas. Cometiose el negocio al gran cardenal de España, Don Pedro González de Mendoza, arzobispo de Toledo y, verificada la narrativa, hizo la incorporación. Los beneficios y todo lo que tocaba a la parroquia de San Antolín se trasladó a la de San Marcos, donde hoy está, como más largamente consta de las bullas de Su Sanctidad y diligencias que para acto tal se hicieron, y yo tengo en mi poder.  


[fol. 37v]
[fol. 37v]


===Capítulo III. Fervor nuevo de la abadesa en su nuevo oficio===
'''Capítulo III. Fervor nuevo de la abadesa en su nuevo oficio'''


Parecía que no podía caber en la perfección de las obras pasadas de Doña María aumento nuevo pero ella, que, al paso de los ejercicios que inspirada de Dios hacía, procuraba regular sus acciones, se persuadía que cada día tenía obligaciones nuevas, y más cuando se vio hecha, bien contra su voluntad, madre de las hijas para quien había Su Majestad hecho fecunda su esterilidad. Era toda espíritu, y así sus conceptos solo eran espirituales. No la debió nada la carne, pues aun en los hijos, si carnales, lícitos no dejó de sí posteridad. Quería que su mayorazgo fuese eterno, no para tiempo limitado duradero. Quiso lo mismo su esposo y señor, condescendió con sus gustos tan suyos, e hízola madre de las que quería para sus hijas. Fue en fin electa por [fol. 38r] abadesa del nuevo monasterio, y como piedra fundamental puesta por seguridad de la firmeza del edificio que tanto agrada al Cielo, como retrato más proprio suyo. Tenía más necesidad de freno que de espuelas su ordinario fervor, pero la obligación nueva y el ejemplo que oficio tal trahe consigo la aumentaba, de suerte que parecía imposible que la fragilidad de un cuerpo de tierra pudiese llevar adelante ejercicios tan no terrenos. Porque su más blando vestido interior era un cilicio de cerdas que apretadamente aprisionaba sus miembros todos desde el cuello hasta los pies, una túnica de sayal, y el exterior un hábito y manto de lo mismo, entero por los pedazos que sustentaban lo que la vejez tenía deshecho. Todo, en fin, cuanto de mayor menosprecio en la vanidad del mundo, tanto de mayor estima en su humildad: los pies descalzos, y la cabeza cubierta con unas tocas de estopa; la cama al principio era una tabla y por descanso de la cabeza un madero, o una piedra, y por abrigo una manta de jerga tosquísima. Cada semana ayunaba tres días a pan y agua, y los demás acompañaba con algunas hierbas esta aspereza [fol. 38v], teníase por indigna de comer lo que para las demás buscaba, y así sus sobras creía que la sobraban, contenta con los pedazos del pan que, o por los suelos hallaba desechado, o en las espuertas de la communidad guardado para el socorro de los pobres, sin partir jamás pan para sí, tal era el menosprecio que de sí tenía. Era la primera en el coro y la última que salía d’él: la primera que echaba mano de los instrumentos humildes de la limpieza de la casa y, como su fervor era grande, sus fuerzas parecían desiguales a las ordinarias de la naturaleza de una mujer flaca, porque acudía sola a lo que todas, previniendo con su ejemplo el gusto que todas debían tener con la que la communidad las encargaba y aliviando a cada una lo que todas querían hacer. De aquí nacía una tan concorde contienda que, deseando cada una vencer a la otra, todas estaban victoriosísimas, y el Cielo tan gozoso de tantos triumphos como la tierra aprovechada con tantos ejemplos. Porque no solo muchas personas de la ciudad, sino de toda la comarca, aficionadas a la mucha que con admiración se contaba de la vida perfectísima de la abadesa y monjas del [fol. 39r] nuevamente fundado monasterio, dejaban gustosísimamente su regalo por esta aspereza, queriendo más en compañía de tal madre y hermanas padecer incommodidades por Dios que gozar en la de sus deudos y amigos de los entretenimientos que a la mocedad el mundo ofrece. Todo este aumento se debía al ejemplo raro que de todas virtudes, la prudentemente bienaventurada prelada, de sí daba a todos.  
Parecía que no podía caber en la perfección de las obras pasadas de Doña María aumento nuevo pero ella, que, al paso de los ejercicios que inspirada de Dios hacía, procuraba regular sus acciones, se persuadía que cada día tenía obligaciones nuevas, y más cuando se vio hecha, bien contra su voluntad, madre de las hijas para quien había Su Majestad hecho fecunda su esterilidad. Era toda espíritu, y así sus conceptos solo eran espirituales. No la debió nada la carne, pues aun en los hijos, si carnales, lícitos no dejó de sí posteridad. Quería que su mayorazgo fuese eterno, no para tiempo limitado duradero. Quiso lo mismo su esposo y señor, condescendió con sus gustos tan suyos, e hízola madre de las que quería para sus hijas. Fue en fin electa por [fol. 38r] abadesa del nuevo monasterio, y como piedra fundamental puesta por seguridad de la firmeza del edificio que tanto agrada al Cielo, como retrato más proprio suyo. Tenía más necesidad de freno que de espuelas su ordinario fervor, pero la obligación nueva y el ejemplo que oficio tal trahe consigo la aumentaba, de suerte que parecía imposible que la fragilidad de un cuerpo de tierra pudiese llevar adelante ejercicios tan no terrenos. Porque su más blando vestido interior era un cilicio de cerdas que apretadamente aprisionaba sus miembros todos desde el cuello hasta los pies, una túnica de sayal, y el exterior un hábito y manto de lo mismo, entero por los pedazos que sustentaban lo que la vejez tenía deshecho. Todo, en fin, cuanto de mayor menosprecio en la vanidad del mundo, tanto de mayor estima en su humildad: los pies descalzos, y la cabeza cubierta con unas tocas de estopa; la cama al principio era una tabla y por descanso de la cabeza un madero, o una piedra, y por abrigo una manta de jerga tosquísima. Cada semana ayunaba tres días a pan y agua, y los demás acompañaba con algunas hierbas esta aspereza [fol. 38v], teníase por indigna de comer lo que para las demás buscaba, y así sus sobras creía que la sobraban, contenta con los pedazos del pan que, o por los suelos hallaba desechado, o en las espuertas de la communidad guardado para el socorro de los pobres, sin partir jamás pan para sí, tal era el menosprecio que de sí tenía. Era la primera en el coro y la última que salía d’él: la primera que echaba mano de los instrumentos humildes de la limpieza de la casa y, como su fervor era grande, sus fuerzas parecían desiguales a las ordinarias de la naturaleza de una mujer flaca, porque acudía sola a lo que todas, previniendo con su ejemplo el gusto que todas debían tener con la que la communidad las encargaba y aliviando a cada una lo que todas querían hacer. De aquí nacía una tan concorde contienda que, deseando cada una vencer a la otra, todas estaban victoriosísimas, y el Cielo tan gozoso de tantos triumphos como la tierra aprovechada con tantos ejemplos. Porque no solo muchas personas de la ciudad, sino de toda la comarca, aficionadas a la mucha que con admiración se contaba de la vida perfectísima de la abadesa y monjas del [fol. 39r] nuevamente fundado monasterio, dejaban gustosísimamente su regalo por esta aspereza, queriendo más en compañía de tal madre y hermanas padecer incommodidades por Dios que gozar en la de sus deudos y amigos de los entretenimientos que a la mocedad el mundo ofrece. Todo este aumento se debía al ejemplo raro que de todas virtudes, la prudentemente bienaventurada prelada, de sí daba a todos.  


===Capítulo IV. Pónese clausura al monasterio de Sancta Isabel a petición de su abadesa y monjas y hácese de Tercero observante===
'''Capítulo IV. Pónese clausura al monasterio de Sancta Isabel a petición de su abadesa y monjas y hácese de Tercero observante'''


Vivieron algún tiempo la religiosa abadesa y virtuosas monjas del monasterio de Sancta Isabel la Real de Toledo debajo de la regla de la Tercera Orden del bienaventurado patriarca San Francisco tan religiosamente que parecía [fol. 39v] que la clausura no podría aumentar mayor religión. Porque sin duda este modo de vivir, instituido por el beato sancto celoso del bien de todos estados, y aprobado tan justamente por los vicarios de Christo Honorio III ''[76]'', Gregorio IX ''[77]'', Innocencio IV ''[78]'', Nicolao IV ''[79]'', Martino V, Eugenio IV, Nicolao V, Calixto III, León X ''[80]'' y otros, y confirmado con la vida ejemplar de tantos siervos de Dios como en él han resplandecido en virtudes y milagros y hoy resplandecen, es utilísimo a la república, y como tal perseguidísimo de los que, o torcidamente o imprudentemente celosos, han querido (como succede a todas las cosas conocidamente buenas) calumniar o estorbar la ocasión de tantos provechos, o ya juzgando apasionadamente por la imperfección de algún flaco del modo de vida de los demás, o ya invidiando tanta perfección, impacientes del resplandor de virtudes tan heroicas, como en este instituto de seglares y religiosos admiran los que con mejores ojos las miran.  
Vivieron algún tiempo la religiosa abadesa y virtuosas monjas del monasterio de Sancta Isabel la Real de Toledo debajo de la regla de la Tercera Orden del bienaventurado patriarca San Francisco tan religiosamente que parecía [fol. 39v] que la clausura no podría aumentar mayor religión. Porque sin duda este modo de vivir, instituido por el beato sancto celoso del bien de todos estados, y aprobado tan justamente por los vicarios de Christo Honorio III ''[76]'', Gregorio IX ''[77]'', Innocencio IV ''[78]'', Nicolao IV ''[79]'', Martino V, Eugenio IV, Nicolao V, Calixto III, León X ''[80]'' y otros, y confirmado con la vida ejemplar de tantos siervos de Dios como en él han resplandecido en virtudes y milagros y hoy resplandecen, es utilísimo a la república, y como tal perseguidísimo de los que, o torcidamente o imprudentemente celosos, han querido (como succede a todas las cosas conocidamente buenas) calumniar o estorbar la ocasión de tantos provechos, o ya juzgando apasionadamente por la imperfección de algún flaco del modo de vida de los demás, o ya invidiando tanta perfección, impacientes del resplandor de virtudes tan heroicas, como en este instituto de seglares y religiosos admiran los que con mejores ojos las miran.  
Línea 849: Línea 854:
La fervorosa abadesa quiso estrecharse más y no dejar aspereza rigurosa en el estado que profesaba que no experimentase, y así de consentimiento de sus súbditas pro- [fol. 40r] puso su voluntad al valeroso y religioso cardenal arzobispo de Toledo Don Fray Francisco Jiménez, el cual, como tan celoso príncipe y tan estimador como conocedor de las virtudes desta bienaventurada señora, condescendió con su petición, la cual, propuesta a la sanctidad de Innocencio VIII y despachada por orden suyo por el cardenal Juliano, obispo de Hostia, y su penitenciario, se intimó en Toledo por el gran benefactor desta ciudad y ejemplo de ricos y nobles el Doctor Don Francisco Álvarez de Toledo, maestrescuela, canónigo desta Iglesia y vicario general deste Arzobispado, a cuyas obras heroicas debe Toledo su mayor lustre, como el aumento d’él a sus descendientes, como consta de las bulas de todo, y de la última despachada el año del nacimiento de Jesu Christo, Nuestro Señor, de mil y cuatrocientos y ochenta y cuatro ''[81]'', a diez y ocho de noviembre, que fue el primer año del pontificado de Innocencio. Desta manera quedaron con la clausura que deseaban estos valientes espíritus, que no pretendían otra cosa más que obligarse más a su Esposo Christo, y vacar solo a él con obras dignas d’él, debajo de la [fol. 40v] regla de la bienaventurada esposa suya Sancta Clara, instituida como segunda de las tres que San Francisco sanctísimamente instituyó para provecho de los hombres y alegría de los ángeles.  
La fervorosa abadesa quiso estrecharse más y no dejar aspereza rigurosa en el estado que profesaba que no experimentase, y así de consentimiento de sus súbditas pro- [fol. 40r] puso su voluntad al valeroso y religioso cardenal arzobispo de Toledo Don Fray Francisco Jiménez, el cual, como tan celoso príncipe y tan estimador como conocedor de las virtudes desta bienaventurada señora, condescendió con su petición, la cual, propuesta a la sanctidad de Innocencio VIII y despachada por orden suyo por el cardenal Juliano, obispo de Hostia, y su penitenciario, se intimó en Toledo por el gran benefactor desta ciudad y ejemplo de ricos y nobles el Doctor Don Francisco Álvarez de Toledo, maestrescuela, canónigo desta Iglesia y vicario general deste Arzobispado, a cuyas obras heroicas debe Toledo su mayor lustre, como el aumento d’él a sus descendientes, como consta de las bulas de todo, y de la última despachada el año del nacimiento de Jesu Christo, Nuestro Señor, de mil y cuatrocientos y ochenta y cuatro ''[81]'', a diez y ocho de noviembre, que fue el primer año del pontificado de Innocencio. Desta manera quedaron con la clausura que deseaban estos valientes espíritus, que no pretendían otra cosa más que obligarse más a su Esposo Christo, y vacar solo a él con obras dignas d’él, debajo de la [fol. 40v] regla de la bienaventurada esposa suya Sancta Clara, instituida como segunda de las tres que San Francisco sanctísimamente instituyó para provecho de los hombres y alegría de los ángeles.  


===Capítulo V. De la observación perfectísima de los votos religiosos del monasterio de Sancta Isabel y de la obediencia de su abadesa ===
'''Capítulo V. De la observación perfectísima de los votos religiosos del monasterio de Sancta Isabel y de la obediencia de su abadesa'''


No es otra cosa voto que promesa de cosa buena hecha a Dios con deliberación ''[82]'', y aunque son varios sus géneros y todos admirables, ninguno es tan perfecto y tan agradable a Dios como el de la voluntad y persona propia, porque los que se hacen de otras cosas son como de fuera, este como de dentro de nosotros mismos. Y aunque el voto es de consejo, no de precepto, ya hecho y acceptado de Dios pasa a ley por la auctoridad del aceptador, y co- [fol. 41r] mo antes es mejor no hacerle que hecho dejarle de cumplir, después es género de sacrilegio y ofensa grandísima de Dios no cumplirle. Y así al que vota y no falta al voto de Su Majestad no menos que a sí proprio, como él se le dio y despojó de sí mismo por ser más de Dios.  
No es otra cosa voto que promesa de cosa buena hecha a Dios con deliberación ''[82]'', y aunque son varios sus géneros y todos admirables, ninguno es tan perfecto y tan agradable a Dios como el de la voluntad y persona propia, porque los que se hacen de otras cosas son como de fuera, este como de dentro de nosotros mismos. Y aunque el voto es de consejo, no de precepto, ya hecho y acceptado de Dios pasa a ley por la auctoridad del aceptador, y co- [fol. 41r] mo antes es mejor no hacerle que hecho dejarle de cumplir, después es género de sacrilegio y ofensa grandísima de Dios no cumplirle. Y así al que vota y no falta al voto de Su Majestad no menos que a sí proprio, como él se le dio y despojó de sí mismo por ser más de Dios.  
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Las bienaventuradas religiosas de Sancta Isabel cumplieron con la solemnidad de los que solamente constituyen la religión cumpliéndolos con perfección igual al fervor con que los habían hecho, y dando de cada uno los ejemplos admirables que fueron como sementera de los fructos que duran y durarán en la observancia de su posteridad. Aprendían ellas lo que seguían de su fervorosa abadesa, y esta y ellas como piedras madres deste edificio aseguraban la perpetuidad d’él con lo que dejaban que imitar de sí. Y, como en los votos, la obediencia es la summa y sola virtud ''[83]'', porque el ayuno continuo, la oración fervorosa, la penitencia áspera, y finalmente el cumplimiento de todos los preceptos y consejos si se hace a arbitrio proprio, si falta en él la perfección de la obediencia, tiene solo el nombre, no la substancia de la virtud ''[84]'', por ser ella como madre [fol. 41v] y guarda de todas las que nos aúnan con Dios. Ella es la salud de todos, la que halla el Reino de los Cielos ''[85]'', la que los abre, la que levanta al hombre de la tierra, la cohabitadora de los ángeles y el manjar de todos sanctos. Procuraba ejercitar a sus hijas de suerte que, siendo en todas las demás virtudes consumadísimas, se preciasen de tener por perfección de todas esta. Poníalas a Christo Nuestro Señor, que se humilló hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, por lo cual Dios le levantó ''[86]'', por ejemplo único de su obediencia, advirtiéndolas que el intento del apóstol sancto no fue aquí probar el poder de Christo, sino ensalzar su obediencia ''[87]'' y así, ¿si el que era señor y maestro sirvió a sus siervos y discípulos, con cuánta más razón debemos servir a los iguales y mayores, y obedecer a Dios y a sus sanctos aun hasta la muerte? ''[88]'' Enseñándonos a los que somos mortales cuanto convenga padecer por la obediencia ''[89]'', porque el que era Dios no rehusó morir. Y así aconsejaba a no reparar tanto en lo que se mandaba, cuanto en que se mandaba ''[90]'', diciendo que en esto consistía la excelencia desta virtud ''[91]''. Porque si el que se entrega a un maestro de [fol. 42r] las artes que llaman liberales o mechánicas se determina a seguir sus órdenes en todo sin disceptar un punto dellas, con cuánta más eficacia se ha de seguir sin repugnancia alguna al que es artífice y maestro de piedad, y de cuya enseñanza depende el verdadero saber. Porque es gran bien obedecer a los mayores ''[92]'', no apartarse del orden de los que tiene Dios puestos para guía de los que le desean agradar, y después de las reglas de las escripturas aprender dellos el atajo de la vida, no dando consentimiento al peor de los maestros, que es la presumpción y juicio proprio. Estos consejos daba la singular prudencia de que Dios la había dotado, y hacía fáciles de seguir su admirable ejemplo, porque con ser superior a las demás en el oficio y en la calidad, era la menor en su estimación y trato. Ninguna cosa hacía que primero no la consultase con todas, deseando que la encaminasen, y sujetándose al juicio de la más mínima, teniendo el suyo, aunque acertadísimo, por descaminado. Obedecía a las que tenían a su cargo los ejercicios ordinarios de la casa, como si ella no se los hubiera encargado. Nunca entró en la sacristía, nun- [fol. 42v] ca en el refectorio, nunca en oficina alguna que primero no registrase su obediencia con la religiosa que cuidaba della. Deseaba summamente descargarse del gobierno de la casa por no hacer acción que no fuese de obediente, y llevábale adelante por sola obediencia, porque a la medida de la desestimación que tenía de sí, era la estima que los superiores tenían della.  
Las bienaventuradas religiosas de Sancta Isabel cumplieron con la solemnidad de los que solamente constituyen la religión cumpliéndolos con perfección igual al fervor con que los habían hecho, y dando de cada uno los ejemplos admirables que fueron como sementera de los fructos que duran y durarán en la observancia de su posteridad. Aprendían ellas lo que seguían de su fervorosa abadesa, y esta y ellas como piedras madres deste edificio aseguraban la perpetuidad d’él con lo que dejaban que imitar de sí. Y, como en los votos, la obediencia es la summa y sola virtud ''[83]'', porque el ayuno continuo, la oración fervorosa, la penitencia áspera, y finalmente el cumplimiento de todos los preceptos y consejos si se hace a arbitrio proprio, si falta en él la perfección de la obediencia, tiene solo el nombre, no la substancia de la virtud ''[84]'', por ser ella como madre [fol. 41v] y guarda de todas las que nos aúnan con Dios. Ella es la salud de todos, la que halla el Reino de los Cielos ''[85]'', la que los abre, la que levanta al hombre de la tierra, la cohabitadora de los ángeles y el manjar de todos sanctos. Procuraba ejercitar a sus hijas de suerte que, siendo en todas las demás virtudes consumadísimas, se preciasen de tener por perfección de todas esta. Poníalas a Christo Nuestro Señor, que se humilló hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, por lo cual Dios le levantó ''[86]'', por ejemplo único de su obediencia, advirtiéndolas que el intento del apóstol sancto no fue aquí probar el poder de Christo, sino ensalzar su obediencia ''[87]'' y así, ¿si el que era señor y maestro sirvió a sus siervos y discípulos, con cuánta más razón debemos servir a los iguales y mayores, y obedecer a Dios y a sus sanctos aun hasta la muerte? ''[88]'' Enseñándonos a los que somos mortales cuanto convenga padecer por la obediencia ''[89]'', porque el que era Dios no rehusó morir. Y así aconsejaba a no reparar tanto en lo que se mandaba, cuanto en que se mandaba ''[90]'', diciendo que en esto consistía la excelencia desta virtud ''[91]''. Porque si el que se entrega a un maestro de [fol. 42r] las artes que llaman liberales o mechánicas se determina a seguir sus órdenes en todo sin disceptar un punto dellas, con cuánta más eficacia se ha de seguir sin repugnancia alguna al que es artífice y maestro de piedad, y de cuya enseñanza depende el verdadero saber. Porque es gran bien obedecer a los mayores ''[92]'', no apartarse del orden de los que tiene Dios puestos para guía de los que le desean agradar, y después de las reglas de las escripturas aprender dellos el atajo de la vida, no dando consentimiento al peor de los maestros, que es la presumpción y juicio proprio. Estos consejos daba la singular prudencia de que Dios la había dotado, y hacía fáciles de seguir su admirable ejemplo, porque con ser superior a las demás en el oficio y en la calidad, era la menor en su estimación y trato. Ninguna cosa hacía que primero no la consultase con todas, deseando que la encaminasen, y sujetándose al juicio de la más mínima, teniendo el suyo, aunque acertadísimo, por descaminado. Obedecía a las que tenían a su cargo los ejercicios ordinarios de la casa, como si ella no se los hubiera encargado. Nunca entró en la sacristía, nun- [fol. 42v] ca en el refectorio, nunca en oficina alguna que primero no registrase su obediencia con la religiosa que cuidaba della. Deseaba summamente descargarse del gobierno de la casa por no hacer acción que no fuese de obediente, y llevábale adelante por sola obediencia, porque a la medida de la desestimación que tenía de sí, era la estima que los superiores tenían della.  


===Capítulo VI. Pobreza de la abadesa===
'''Capítulo VI. Pobreza de la abadesa'''


Nació rica Doña María de Toledo, nació noble. Pospuso la riqueza a la pobreza, y amola de suerte que la antepuso aun a la nobleza, estimando más el título de Pobre que de noble. Fuelo con el afecto aun desde su niñez y, habiendo nacido con ella la nobleza, se puede dudar si primero fue noble que pobre aun en medio de la misma riqueza: ejercitola en su vida no solo desechando de sí lo que era [fol. 43r] proprio, sino amando a los que eran pobres, dando este por indicio exterior del amor interior que tenía a esta soberana virtud. Religiosa ya y obligada a mayor perfección por el voto, no solo le guardaba sincerísimamente, pero exhortaba a su observancia con prudentísimo fervor; decía que no en vano la moneda tenía figura redonda para dar a entender su instabilidad ''[93]''. El ejemplo y consejo de Christo proponía delante a todos para su imitación pues, siendo Señor de la Majestad, no había tenido en qué reclinar su cabeza, y siendo él solo poderoso, se había hecho pobre por el más necesitado ''[94]'', y así que ni era vergüenza ni menoscabo de la opinión hacerse por el de rico, pobre ''[95]'', el reino de los cielos proponía por primero y summo cuidado a que aseguraba con Christo que seguirían las demás cosas temporales, porque bastantemente es rico el que con Christo es pobre ''[96]'', porque a los tales no poseyendo nada, nada les falta. Porque quien nada desea, todo lo tiene con harta más seguridad que aquel a quien nada falta, pues se ve perder el dominio de las cosas ''[97]'', mas la resignación valiente de la voluntad no está expuesta a [fol. 43v] los incursos de la Fortuna. Y así, ¿de qué sirve dar el primer lugar en la felicidad a las riquezas, y calificar por último en la miseria a la pobreza? Pues el rostro alegre de aquellas encubre mil amarguras y sinsabores dentro del pecho, y al aspecto poco tratable desta consuela la abundancia de los bienes que satisfacen el corazón. Regalábase tiernamente con su querido Esposo la devota Pobre cuando echaba de ver que le faltaba aun lo necesario para entretener la vida, tanto por su mortificación y ejercicio de pobreza que tanto amaba, cuanto por la experiencia que tenía de la liberalísima providencia de Dios que, ejercitando a una su confianza, remediaba muy como de su mano las necesidades de sus siervas, aun cuando menos esperanza parece que tenían de remedio. Gloriábase del nombre que más apetecía y decía a sus hijas que nombre tal no era indicio de infamia, sino título de honra ''[98]''. Y que así como se menoscababan las fuerzas del cuerpo con las faltas de lo que le es necesario, se restauraban las del espíritu, porque como con el deleite se estraga, con la fragilidad se perficiona. Fuera de que indignamente es llamado pobre [fol. 44r] el que no echa menos nada, el que no solicita lo que otro tiene, el que es rico de Dios, porque más pobre es el que, teniendo mucho, desea más y nadie llega a vivir tan pobre como nació. Las aves no tienen patrimonio y a los animales no reservó la naturaleza hacienda: a los capaces de razón, sí, los cuales tienen tanto della cuanto menos desean. Y así como el que camina anda más cuanto con menos peso, así en este camino de la vida se ha más felizmente el que aligera la pobreza, no el que gime debajo de la carga de los haberes. Y así el menosprecio de las riquezas es utilísimo porque al breve camino de la vida no es alivio sino carga el viático excesivo.  
Nació rica Doña María de Toledo, nació noble. Pospuso la riqueza a la pobreza, y amola de suerte que la antepuso aun a la nobleza, estimando más el título de Pobre que de noble. Fuelo con el afecto aun desde su niñez y, habiendo nacido con ella la nobleza, se puede dudar si primero fue noble que pobre aun en medio de la misma riqueza: ejercitola en su vida no solo desechando de sí lo que era [fol. 43r] proprio, sino amando a los que eran pobres, dando este por indicio exterior del amor interior que tenía a esta soberana virtud. Religiosa ya y obligada a mayor perfección por el voto, no solo le guardaba sincerísimamente, pero exhortaba a su observancia con prudentísimo fervor; decía que no en vano la moneda tenía figura redonda para dar a entender su instabilidad ''[93]''. El ejemplo y consejo de Christo proponía delante a todos para su imitación pues, siendo Señor de la Majestad, no había tenido en qué reclinar su cabeza, y siendo él solo poderoso, se había hecho pobre por el más necesitado ''[94]'', y así que ni era vergüenza ni menoscabo de la opinión hacerse por el de rico, pobre ''[95]'', el reino de los cielos proponía por primero y summo cuidado a que aseguraba con Christo que seguirían las demás cosas temporales, porque bastantemente es rico el que con Christo es pobre ''[96]'', porque a los tales no poseyendo nada, nada les falta. Porque quien nada desea, todo lo tiene con harta más seguridad que aquel a quien nada falta, pues se ve perder el dominio de las cosas ''[97]'', mas la resignación valiente de la voluntad no está expuesta a [fol. 43v] los incursos de la Fortuna. Y así, ¿de qué sirve dar el primer lugar en la felicidad a las riquezas, y calificar por último en la miseria a la pobreza? Pues el rostro alegre de aquellas encubre mil amarguras y sinsabores dentro del pecho, y al aspecto poco tratable desta consuela la abundancia de los bienes que satisfacen el corazón. Regalábase tiernamente con su querido Esposo la devota Pobre cuando echaba de ver que le faltaba aun lo necesario para entretener la vida, tanto por su mortificación y ejercicio de pobreza que tanto amaba, cuanto por la experiencia que tenía de la liberalísima providencia de Dios que, ejercitando a una su confianza, remediaba muy como de su mano las necesidades de sus siervas, aun cuando menos esperanza parece que tenían de remedio. Gloriábase del nombre que más apetecía y decía a sus hijas que nombre tal no era indicio de infamia, sino título de honra ''[98]''. Y que así como se menoscababan las fuerzas del cuerpo con las faltas de lo que le es necesario, se restauraban las del espíritu, porque como con el deleite se estraga, con la fragilidad se perficiona. Fuera de que indignamente es llamado pobre [fol. 44r] el que no echa menos nada, el que no solicita lo que otro tiene, el que es rico de Dios, porque más pobre es el que, teniendo mucho, desea más y nadie llega a vivir tan pobre como nació. Las aves no tienen patrimonio y a los animales no reservó la naturaleza hacienda: a los capaces de razón, sí, los cuales tienen tanto della cuanto menos desean. Y así como el que camina anda más cuanto con menos peso, así en este camino de la vida se ha más felizmente el que aligera la pobreza, no el que gime debajo de la carga de los haberes. Y así el menosprecio de las riquezas es utilísimo porque al breve camino de la vida no es alivio sino carga el viático excesivo.  
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Habiendo dado esta devota señora al monasterio que regía todo lo que o de su hacienda o por su respecto tenía, era increíble el olvido que todas en ella experimentaban de que aquello fue suyo: parecíala que Dios la había hecho administradora de aquellos bienes y que la había de pedir estrecha cuenta de su distribución. Administrábalos, no los usurpaba; tenía su uso, no su propiedad. Daba a Dios lo que él la había dado, desposeíase de lo que no tenía por suyo [fol. 44v] deseosa de tener que darle, si lo permitiera, su deseo de no tener cosa. Tenía por mal empleado el gasto corto que en su persona hacía; siempre, siendo liberalísima con todas, tenía por prodigalidad la escasez a que consigo ejercitaba. Si comía, era de limosna, contenta con las sobras de las demás: si vestía, era lo que todas menospreciaban y si dormía, aun en esta acción tan natural, no cumplía consigo hasta haber cumplido con todas. Tomaba el sueño como por permisión de las demás, no por necesidad suya. Tal era su afecto a la pobreza, tal su ejercicio.
Habiendo dado esta devota señora al monasterio que regía todo lo que o de su hacienda o por su respecto tenía, era increíble el olvido que todas en ella experimentaban de que aquello fue suyo: parecíala que Dios la había hecho administradora de aquellos bienes y que la había de pedir estrecha cuenta de su distribución. Administrábalos, no los usurpaba; tenía su uso, no su propiedad. Daba a Dios lo que él la había dado, desposeíase de lo que no tenía por suyo [fol. 44v] deseosa de tener que darle, si lo permitiera, su deseo de no tener cosa. Tenía por mal empleado el gasto corto que en su persona hacía; siempre, siendo liberalísima con todas, tenía por prodigalidad la escasez a que consigo ejercitaba. Si comía, era de limosna, contenta con las sobras de las demás: si vestía, era lo que todas menospreciaban y si dormía, aun en esta acción tan natural, no cumplía consigo hasta haber cumplido con todas. Tomaba el sueño como por permisión de las demás, no por necesidad suya. Tal era su afecto a la pobreza, tal su ejercicio.


===Capítulo VII. Ejemplo y consejos de la abadesa en el voto de la continencia===
'''Capítulo VII. Ejemplo y consejos de la abadesa en el voto de la continencia'''


Como entre las contiendas con que perturba el Demonio la quietud de los christianos son las más duras las de la castidad, en que es continuo [fol. 45r] el combate, rara la victoria, es el voto que della se hace a Dios de los más acceptos a sus ojos. Porque el ser el enemigo que se ha de vencer doméstico, y andar dentro de nosotros y ser necesario huirnos para huirle; el ser, al parecer amoroso, entrar con blandura, y prometer lo que más la carne puede apetecer, pone la dificultad que solo el prevenido por la poderosa mano del Señor puede vencer. Y así, según esta dificultad es su premio, porque todos los de todas las virtudes acompañan al desta: porque la continencia sustenta y tiene en pie, como fundamento solidísimo, todas las virtudes del espíritu ''[99]'' y todas ceden al valor desta, porque es el esmalte con que salen los quilates del suyo. Y como esta no consiste solo en la pureza del cuerpo, sino también en la sinceridad del ánimo, y este sea el asiento de todas, ninguna reposa donde la quietud desta no es conocidísima por el sosiego alcanzado de las victorias copiosas que con la resistencia varonil se consiguen del enemigo de nuestra quietud. Era la afición que a esta madre de las virtudes tenía la sancta abadesa tal que desde los pechos de su madre deseó consagrar lo más [fol. 45v] agradable de su cuerpo al esposo de las almas, Christo, y si el precepto de sus padres no pudiera con su obediencia tanto, siguiera solo sola a Christo; sabía que la obediencia es más acepta a Dios que el sacrificio, porque con aquella se ofrece la voluntad propria, con ese, si no se regula con aquella, se ofenden los ojos de Dios, no se regalan. Pero en el estado del matrimonio no se diferenciaba en el afecto a la continencia al de la religiosa y, siéndolo ya y habiendo ofrecidose como tanto había, deseaba por posesión sola de Dios, su más fervorosa exhortación era la que a esta virtud hacía, por saber que la fragilidad con que nacimos, cuanto tiene más de peligro, tiene más necesidad de remedio. Preveníale amorosísimamente aconsejando que la victoria del contrario desta virtud consistía más en la huida que en el seguimiento, porque fuera del acto que se hace del conocimiento de nuestra flaqueza se consigue el fructo que con el vencimiento se pretende y que más puede agradar a Dios. Decía que para conservar con pureza esta resolución, ningún medio era más fuerte que la frecuencia devota de los sacramen- [fol. 46r] tos porque, como con las cosas que la Iglesia tiene señaladas para la expulsión de los espíritus dañados, quedan los lugares afectos libres, así el cuerpo, que el espíritu peor tanto desea inficionar cuanto halla más facilidad con su blandura, queda con el uso destos celestiales remedios que Dios dejó para bien nuestro en su Iglesia como incapaz de todo lo que no es Dios, y casi seguro de que el Demonio le pueda dar asalto con pertrecho tan fuerte. Aconsejaba que, aun después de las mayores victorias se temiese, porque nunca hay mayor peligro que cuando parece hay mayor seguridad. Que el Demonio pretende afear la hermosura de muchos años con la torpeza de un solo instante y deshacer la grandeza de muchas glorias con la vileza de un consentimiento, y que quiere más un vencimiento solo de quien ha alcanzado muchos d’él que muchísimos de quien no se le resiste. Añadía que, aunque la maceración del cuerpo no es remedio total para la sujeción del ánimo, es medio grande para disponerle a ella y, como aconsejaba esto, lo ejercitaba, siendo la aspereza de sus penitencias increíbles, no dejando un solo instante el castigo de su [fol. 46v] cuerpo como freno de sus deseos, sojuzgando continuamente las pasiones aun naturales y lícitas, porque el Demonio no tuviese portillo para las ilícitas en ningún tiempo. Fiaba, aun después de tanta experiencia de la sujeción de sus miembros a la voluntad del espíritu, de sí tan poco que renovaba perpetuamente la oración que a Dios hacía por la conservación de la pureza y continencia. Dios la oía de suerte que, como quien se gloriaba de sus glorias, la daba ocasión de ofrecerle muchas, y ella así, por su ejemplo como por su consejo, prevenía los ánimos de sus hijas solo para Dios, celándolas aun de las conversaciones indiferentes porque, como conocía la depravación de nuestra naturaleza, temía la facilidad con que destas blandamente se pasa a las no permitidas, y una vez lisonjeado el corazón y regalado el apetito con estas, tarde o mal se facilita el paso de extremo tan blando a extremo tan, al parecer, contra nuestro deseo por su aspereza. Templaba el rigor de su recato con las alabanzas que predicaba desta celestial virtud, dando nombre a la que se esmeraba en ella ''[100]'' de flor del plantel de la Iglesia, de honor y or- [fol. 47r] namento de la gracia espiritual, de obra de entera e incorrupta alabanza, de imagen de Dios que corresponde a la sanctidad de su Señor de parte más ilustre del rebaño de Christo, por quien y en quien la Iglesia se regocija, y en cuya continencia la fecundidad de nuestra madre la Iglesia florece gloriosamente. Pues cuanto la copia de los continentes es más numerosa, tanto es más copioso el número de los gozos della porque, como las bodas de la Tierra llenan la Tierra, las del espíritu el Paraíso ''[101]''.  
Como entre las contiendas con que perturba el Demonio la quietud de los christianos son las más duras las de la castidad, en que es continuo [fol. 45r] el combate, rara la victoria, es el voto que della se hace a Dios de los más acceptos a sus ojos. Porque el ser el enemigo que se ha de vencer doméstico, y andar dentro de nosotros y ser necesario huirnos para huirle; el ser, al parecer amoroso, entrar con blandura, y prometer lo que más la carne puede apetecer, pone la dificultad que solo el prevenido por la poderosa mano del Señor puede vencer. Y así, según esta dificultad es su premio, porque todos los de todas las virtudes acompañan al desta: porque la continencia sustenta y tiene en pie, como fundamento solidísimo, todas las virtudes del espíritu ''[99]'' y todas ceden al valor desta, porque es el esmalte con que salen los quilates del suyo. Y como esta no consiste solo en la pureza del cuerpo, sino también en la sinceridad del ánimo, y este sea el asiento de todas, ninguna reposa donde la quietud desta no es conocidísima por el sosiego alcanzado de las victorias copiosas que con la resistencia varonil se consiguen del enemigo de nuestra quietud. Era la afición que a esta madre de las virtudes tenía la sancta abadesa tal que desde los pechos de su madre deseó consagrar lo más [fol. 45v] agradable de su cuerpo al esposo de las almas, Christo, y si el precepto de sus padres no pudiera con su obediencia tanto, siguiera solo sola a Christo; sabía que la obediencia es más acepta a Dios que el sacrificio, porque con aquella se ofrece la voluntad propria, con ese, si no se regula con aquella, se ofenden los ojos de Dios, no se regalan. Pero en el estado del matrimonio no se diferenciaba en el afecto a la continencia al de la religiosa y, siéndolo ya y habiendo ofrecidose como tanto había, deseaba por posesión sola de Dios, su más fervorosa exhortación era la que a esta virtud hacía, por saber que la fragilidad con que nacimos, cuanto tiene más de peligro, tiene más necesidad de remedio. Preveníale amorosísimamente aconsejando que la victoria del contrario desta virtud consistía más en la huida que en el seguimiento, porque fuera del acto que se hace del conocimiento de nuestra flaqueza se consigue el fructo que con el vencimiento se pretende y que más puede agradar a Dios. Decía que para conservar con pureza esta resolución, ningún medio era más fuerte que la frecuencia devota de los sacramen- [fol. 46r] tos porque, como con las cosas que la Iglesia tiene señaladas para la expulsión de los espíritus dañados, quedan los lugares afectos libres, así el cuerpo, que el espíritu peor tanto desea inficionar cuanto halla más facilidad con su blandura, queda con el uso destos celestiales remedios que Dios dejó para bien nuestro en su Iglesia como incapaz de todo lo que no es Dios, y casi seguro de que el Demonio le pueda dar asalto con pertrecho tan fuerte. Aconsejaba que, aun después de las mayores victorias se temiese, porque nunca hay mayor peligro que cuando parece hay mayor seguridad. Que el Demonio pretende afear la hermosura de muchos años con la torpeza de un solo instante y deshacer la grandeza de muchas glorias con la vileza de un consentimiento, y que quiere más un vencimiento solo de quien ha alcanzado muchos d’él que muchísimos de quien no se le resiste. Añadía que, aunque la maceración del cuerpo no es remedio total para la sujeción del ánimo, es medio grande para disponerle a ella y, como aconsejaba esto, lo ejercitaba, siendo la aspereza de sus penitencias increíbles, no dejando un solo instante el castigo de su [fol. 46v] cuerpo como freno de sus deseos, sojuzgando continuamente las pasiones aun naturales y lícitas, porque el Demonio no tuviese portillo para las ilícitas en ningún tiempo. Fiaba, aun después de tanta experiencia de la sujeción de sus miembros a la voluntad del espíritu, de sí tan poco que renovaba perpetuamente la oración que a Dios hacía por la conservación de la pureza y continencia. Dios la oía de suerte que, como quien se gloriaba de sus glorias, la daba ocasión de ofrecerle muchas, y ella así, por su ejemplo como por su consejo, prevenía los ánimos de sus hijas solo para Dios, celándolas aun de las conversaciones indiferentes porque, como conocía la depravación de nuestra naturaleza, temía la facilidad con que destas blandamente se pasa a las no permitidas, y una vez lisonjeado el corazón y regalado el apetito con estas, tarde o mal se facilita el paso de extremo tan blando a extremo tan, al parecer, contra nuestro deseo por su aspereza. Templaba el rigor de su recato con las alabanzas que predicaba desta celestial virtud, dando nombre a la que se esmeraba en ella ''[100]'' de flor del plantel de la Iglesia, de honor y or- [fol. 47r] namento de la gracia espiritual, de obra de entera e incorrupta alabanza, de imagen de Dios que corresponde a la sanctidad de su Señor de parte más ilustre del rebaño de Christo, por quien y en quien la Iglesia se regocija, y en cuya continencia la fecundidad de nuestra madre la Iglesia florece gloriosamente. Pues cuanto la copia de los continentes es más numerosa, tanto es más copioso el número de los gozos della porque, como las bodas de la Tierra llenan la Tierra, las del espíritu el Paraíso ''[101]''.  


===Capítulo VIII. Frecuencia de los sacramentos y devoción al sanctísimo de la eucharistía, y abstinencia rara de la abadesa===
'''Capítulo VIII. Frecuencia de los sacramentos y devoción al sanctísimo de la eucharistía, y abstinencia rara de la abadesa'''


El más eficaz consejo de la beata Pobre Sor María era su ejemplo, y su principal estudio era la experiencia del provecho que de los ejercicios vir- [fol. 47v] tuosos sacaba, y así el remedio que tenía por más eficaz para la pureza y el que aconsejaba con tantas veras ponía por obra con igual devoción. Tenía la increíble al augustísimo sacramento de la eucharistía ''[102]'', por saber que de su uso nace la posesión de la eternidad, y así solía decir que, así como los que incautamente beben veneno, procuran extinguir su fuerza dañosa con la bebida de otro medicamento saludable, y por convenir que a semejanza del tóxico entre en las entrañas la medicina ''[103]'' y no deje parte en el cuerpo donde no communique su ayuda, así conviene que procuremos expeler el veneno con que nuestra naturaleza se relaja, tomando el medicamento con que se fortifica, para que la ponzoña del uno se remedie con tiempo con la fuerza contraria y saludable del otro. Y que este medicamento no es otro que aquel cuerpo que, siendo vencedor de la muerte, es causa principal de nuestra vida. Porque así como una pequeña parte de levadura hace semejante a sí toda la masa ''[104]'', aquel cuerpo que Dios favoreció entrando immortal en el nuestro le muda y transforma en sí todo. E así la preparación que para [fol. 48r] llegarse a esta celestial mesa hacía, si no igual a la que a su dignidad se debe, la mayor que a criatura humana y por la participación frecuente de Dios ya más que humana es posible. No comía bocado hasta la noche el día (con ser tantos) que commulgaba, pareciéndola no ser justo que otro manjar corruptible acompañase al eterno y, cuando por cumplir con la obligación de viviente acudía a su sustento, era tan parcamente que se contentaba con el limitado número de unas pasas o almendras, pidiendo licencia para dar aquel día lo que la communidad la daba a los pobres que, por desgracia, la fortuna había hecho de honrados, ridículos ''[105]''; y ya solo su honra, según la opinión y estimación del vulgo, consistía en su vergüenza. Moderaba aun esta moderación cuando ayunaba la Cuaresma que llaman de los Ángeles con tanto rigor que no entraba en su cuerpo más que pan y agua fuera de los domingos, que, a persuasión de todas, comía algún bocado de pescado, y los días que recibía a Nuestro Señor solamente bebía a la noche con unos granos de anís, que más por medicina que por manjar la obligaban a tomar. Vino una destas Cuaresmas a visitar la casa el gran príncipe [fol. 48v] y religioso capitán de la Iglesia Don Fray Francisco Jiménez Cardenal y Arzobispo de Toledo, y suplicole la vicaria ordenase por obediencia a Sor María la Pobre, su abadesa, remitiese algo del increíble rigor de sus penitencias. Hízolo el religiosísimo prelado encargando a la abadesa no se dejase llevar tanto del espíritu que estragase del todo el cuerpo, sino que comiese alguna cosa más de lo que hasta allí, y no dejase de echar mano de lo que la pusiesen delante. Ella obedeció guardando su abstinencia porque, cuidando la religiosa a cuyo cuidado estaba el refectorio del número de las pasas, almendras y avellanas que para su sustento la ponía, cuando las alzaba, hallaba solo menos una pasa, una almendra, una avellana, cosa al parecer increíble, y que sola la ayuda de Dios puede hacer que obre quien es mortal y tiene necesidad de sustento para no morir. Con abstinencia tan excesiva andaba tan alentada que parecía que solo con no comer vivía, y que lo que a otros quita la vida, a ella se la daba. ¿Mas, qué maravilla? No el pan es sustento solamente de los hombres, sino las palabras de Dios son manjar para los que las [fol. 49r] oyen para obedecerlas, y cuánto más el pan de los ángeles, el maná celestial ''[106]'', el sustento preparado sin trabajo, que tiene en sí todos los deleites ''[107]'' y la suavidad de todos los sabores. Este la confortaba de suerte que, como acostumbrada a él, no se acordaba de otro alguno. Tenía hecho el paladar a los regalos eternos y no arrostraba los corruptibles. La comida que aligera el alma a los gozos de la gloria la sustentaba, no la que cargando el cuerpo impide todas las operaciones mejores: ¿Qué maravilla quien solo aspiraba a Dios no gustase sino espirar lo que era Dios? Oh, alma bienaventurada, ¿a quién no la carga del cuerpo, no la conversación de los mortales, no la habitación de la tierra pudieron apesgar, distraher, entretener jamás; solo la parte superior, la contemplación celestial, el trato de Dios rigieron, ocuparon, agradaron?
El más eficaz consejo de la beata Pobre Sor María era su ejemplo, y su principal estudio era la experiencia del provecho que de los ejercicios vir- [fol. 47v] tuosos sacaba, y así el remedio que tenía por más eficaz para la pureza y el que aconsejaba con tantas veras ponía por obra con igual devoción. Tenía la increíble al augustísimo sacramento de la eucharistía ''[102]'', por saber que de su uso nace la posesión de la eternidad, y así solía decir que, así como los que incautamente beben veneno, procuran extinguir su fuerza dañosa con la bebida de otro medicamento saludable, y por convenir que a semejanza del tóxico entre en las entrañas la medicina ''[103]'' y no deje parte en el cuerpo donde no communique su ayuda, así conviene que procuremos expeler el veneno con que nuestra naturaleza se relaja, tomando el medicamento con que se fortifica, para que la ponzoña del uno se remedie con tiempo con la fuerza contraria y saludable del otro. Y que este medicamento no es otro que aquel cuerpo que, siendo vencedor de la muerte, es causa principal de nuestra vida. Porque así como una pequeña parte de levadura hace semejante a sí toda la masa ''[104]'', aquel cuerpo que Dios favoreció entrando immortal en el nuestro le muda y transforma en sí todo. E así la preparación que para [fol. 48r] llegarse a esta celestial mesa hacía, si no igual a la que a su dignidad se debe, la mayor que a criatura humana y por la participación frecuente de Dios ya más que humana es posible. No comía bocado hasta la noche el día (con ser tantos) que commulgaba, pareciéndola no ser justo que otro manjar corruptible acompañase al eterno y, cuando por cumplir con la obligación de viviente acudía a su sustento, era tan parcamente que se contentaba con el limitado número de unas pasas o almendras, pidiendo licencia para dar aquel día lo que la communidad la daba a los pobres que, por desgracia, la fortuna había hecho de honrados, ridículos ''[105]''; y ya solo su honra, según la opinión y estimación del vulgo, consistía en su vergüenza. Moderaba aun esta moderación cuando ayunaba la Cuaresma que llaman de los Ángeles con tanto rigor que no entraba en su cuerpo más que pan y agua fuera de los domingos, que, a persuasión de todas, comía algún bocado de pescado, y los días que recibía a Nuestro Señor solamente bebía a la noche con unos granos de anís, que más por medicina que por manjar la obligaban a tomar. Vino una destas Cuaresmas a visitar la casa el gran príncipe [fol. 48v] y religioso capitán de la Iglesia Don Fray Francisco Jiménez Cardenal y Arzobispo de Toledo, y suplicole la vicaria ordenase por obediencia a Sor María la Pobre, su abadesa, remitiese algo del increíble rigor de sus penitencias. Hízolo el religiosísimo prelado encargando a la abadesa no se dejase llevar tanto del espíritu que estragase del todo el cuerpo, sino que comiese alguna cosa más de lo que hasta allí, y no dejase de echar mano de lo que la pusiesen delante. Ella obedeció guardando su abstinencia porque, cuidando la religiosa a cuyo cuidado estaba el refectorio del número de las pasas, almendras y avellanas que para su sustento la ponía, cuando las alzaba, hallaba solo menos una pasa, una almendra, una avellana, cosa al parecer increíble, y que sola la ayuda de Dios puede hacer que obre quien es mortal y tiene necesidad de sustento para no morir. Con abstinencia tan excesiva andaba tan alentada que parecía que solo con no comer vivía, y que lo que a otros quita la vida, a ella se la daba. ¿Mas, qué maravilla? No el pan es sustento solamente de los hombres, sino las palabras de Dios son manjar para los que las [fol. 49r] oyen para obedecerlas, y cuánto más el pan de los ángeles, el maná celestial ''[106]'', el sustento preparado sin trabajo, que tiene en sí todos los deleites ''[107]'' y la suavidad de todos los sabores. Este la confortaba de suerte que, como acostumbrada a él, no se acordaba de otro alguno. Tenía hecho el paladar a los regalos eternos y no arrostraba los corruptibles. La comida que aligera el alma a los gozos de la gloria la sustentaba, no la que cargando el cuerpo impide todas las operaciones mejores: ¿Qué maravilla quien solo aspiraba a Dios no gustase sino espirar lo que era Dios? Oh, alma bienaventurada, ¿a quién no la carga del cuerpo, no la conversación de los mortales, no la habitación de la tierra pudieron apesgar, distraher, entretener jamás; solo la parte superior, la contemplación celestial, el trato de Dios rigieron, ocuparon, agradaron?


===Capítulo IX. Virtudes varias perfectísimas de Sor María la Pobre===
'''Capítulo IX. Virtudes varias perfectísimas de Sor María la Pobre'''


Era la vida desta religiosa señora las delicias de Dios, por parecer que en su alma había su poderosa mano plantado todo género de virtudes, y hecho jardín de buenos ejemplos sus perfectísimas acciones. Porque ninguna dejaba de llevar los ojos de los hombres, indicio claro que agradaba a los de Dios, que siempre la virtud, aun de los que la aborrecen, es con veneración interior conocida. Porque ¿a qué piedra no deshiciera el rigor que esta delicadísima señora, y por la quiebra ordinaria de salud flaquísima, usaba consigo? No contenta con las asperezas otras veces ponderadas, hizo tejer una túnica de cardas y lana de cabras para alivio del cilicio que trahía debajo hasta cerca del suelo, tan apretadamente aplicado a las carnes que parecía más cuero dellas que vestidura. Eran las disciplinas tan rigurosas que estremecían las columnas del edificio y, con la blandura que del hierro grueso y mal labrado se puede esperar, y tan copiosos los arroyos de la sangre que con ellas de sí despidía, que cada una [fol. 50r] parecía haber sacado las últimas gotas de su cuerpo y no dejar más que sacar a la siguiente penitencia. Esta era continua por caer sobre las llagas recién hechas la aspereza del apretado cilicio, y renovarlas con todos los movimentos del cuerpo cada instante. Era tan del Cielo su caridad y humildad que ningún día dejaba de ejercitar una virtud y otra visitando amorosamente las enfermas, haciéndoles las camas, aderezándoles los aposentos, y abatiéndose a los ministerios más bajos, aunque necesarios para la limpieza y aseo de los enfermos. Y si alguna vez la obligaban por algún achaque forzoso a entrar en la enfermería, nunca entraba en la cama, solo el remedio de su salud consistía en el regalo que hacía a las demás que estaban en ella, no admitiendo jamás cosa para sí hasta saber que las demás tenían todo lo que les era necesario. Era la primera que laudaba las túnicas de las demás religiosas, la que primero acudía a la cocina, la que primero echaba mano a la escoba y la que a todos los ejercicios de mortificación y humildad acudía primero con emulación tal que a las más perfectas dejaba que imitando admirar y a las [fol. 50v] menor que admiradas imitar. La que consigo era áspera, con las demás era clementísima, tenía don del cielo en dar consuelo a las afiligidas y parecía que para estas ocasiones la inspiraba Dios las palabras más de consuelo que la elocuencia o prudencia humana no pudieran alcanzar. Tenía cada noche dos horas de oración antes de maitines y, hallándose a estos con la communidad, a cuyos ejercicios acudía siempre, aunque más ocupada la primera, se quedaba en el coro sin volver al dormitorio y, cuando la necesidad forzosa del sueño la apretaba demasiado, parecía no consentir con él pues sin hacer movimiento, ni prevenirse par algún descanso, le esperaba en la silla sin que las inclemencias de los tiempos fríos o calurosos la obligasen a abrigarse o aliviarse, si ya alguna vez no cuidaba en el rigor del frío alguna monja de aplicarla, cuando sentía que estaba rendida al sueño, algún manto. Volvía del sueño lo más presto que le era posible a la oración, que siempre hacía de rodillas immoble, aunque con tan copiosas lágrimas como consuelos. Prevenía aun desde su retiramiento el remedio de los [fol. 51r] totalmente hollados de la Fortuna, procurando que nunca faltase el sustento a los encarcelados y, como quien consideraba piadosamente el olvido que destos desgraciados ordinariamente se tiene, no se contentaba con la provisión común del sustento, sino con acudir a las necesidades más particulares haciéndoles llevar agua, carbón, luz y todo lo que en las casas es necesario y en esta se echa menos.  
Era la vida desta religiosa señora las delicias de Dios, por parecer que en su alma había su poderosa mano plantado todo género de virtudes, y hecho jardín de buenos ejemplos sus perfectísimas acciones. Porque ninguna dejaba de llevar los ojos de los hombres, indicio claro que agradaba a los de Dios, que siempre la virtud, aun de los que la aborrecen, es con veneración interior conocida. Porque ¿a qué piedra no deshiciera el rigor que esta delicadísima señora, y por la quiebra ordinaria de salud flaquísima, usaba consigo? No contenta con las asperezas otras veces ponderadas, hizo tejer una túnica de cardas y lana de cabras para alivio del cilicio que trahía debajo hasta cerca del suelo, tan apretadamente aplicado a las carnes que parecía más cuero dellas que vestidura. Eran las disciplinas tan rigurosas que estremecían las columnas del edificio y, con la blandura que del hierro grueso y mal labrado se puede esperar, y tan copiosos los arroyos de la sangre que con ellas de sí despidía, que cada una [fol. 50r] parecía haber sacado las últimas gotas de su cuerpo y no dejar más que sacar a la siguiente penitencia. Esta era continua por caer sobre las llagas recién hechas la aspereza del apretado cilicio, y renovarlas con todos los movimentos del cuerpo cada instante. Era tan del Cielo su caridad y humildad que ningún día dejaba de ejercitar una virtud y otra visitando amorosamente las enfermas, haciéndoles las camas, aderezándoles los aposentos, y abatiéndose a los ministerios más bajos, aunque necesarios para la limpieza y aseo de los enfermos. Y si alguna vez la obligaban por algún achaque forzoso a entrar en la enfermería, nunca entraba en la cama, solo el remedio de su salud consistía en el regalo que hacía a las demás que estaban en ella, no admitiendo jamás cosa para sí hasta saber que las demás tenían todo lo que les era necesario. Era la primera que laudaba las túnicas de las demás religiosas, la que primero acudía a la cocina, la que primero echaba mano a la escoba y la que a todos los ejercicios de mortificación y humildad acudía primero con emulación tal que a las más perfectas dejaba que imitando admirar y a las [fol. 50v] menor que admiradas imitar. La que consigo era áspera, con las demás era clementísima, tenía don del cielo en dar consuelo a las afiligidas y parecía que para estas ocasiones la inspiraba Dios las palabras más de consuelo que la elocuencia o prudencia humana no pudieran alcanzar. Tenía cada noche dos horas de oración antes de maitines y, hallándose a estos con la communidad, a cuyos ejercicios acudía siempre, aunque más ocupada la primera, se quedaba en el coro sin volver al dormitorio y, cuando la necesidad forzosa del sueño la apretaba demasiado, parecía no consentir con él pues sin hacer movimiento, ni prevenirse par algún descanso, le esperaba en la silla sin que las inclemencias de los tiempos fríos o calurosos la obligasen a abrigarse o aliviarse, si ya alguna vez no cuidaba en el rigor del frío alguna monja de aplicarla, cuando sentía que estaba rendida al sueño, algún manto. Volvía del sueño lo más presto que le era posible a la oración, que siempre hacía de rodillas immoble, aunque con tan copiosas lágrimas como consuelos. Prevenía aun desde su retiramiento el remedio de los [fol. 51r] totalmente hollados de la Fortuna, procurando que nunca faltase el sustento a los encarcelados y, como quien consideraba piadosamente el olvido que destos desgraciados ordinariamente se tiene, no se contentaba con la provisión común del sustento, sino con acudir a las necesidades más particulares haciéndoles llevar agua, carbón, luz y todo lo que en las casas es necesario y en esta se echa menos.  


===Capítulo X. Pide a Nuestro Señor Sor María que le dé verdadero sentimiento de sus dolores: dásele Su Majestad con una larguísima y penosísima enfermedad===
'''Capítulo X. Pide a Nuestro Señor Sor María que le dé verdadero sentimiento de sus dolores: dásele Su Majestad con una larguísima y penosísima enfermedad'''


Hacía la señora Pobre de su parte todo lo que creía que la podía unir más con Dios y deseaba que, como Su Majestad la hacía partícipe de sus consuelos, no la negase el sentimiento de [fol. 51v] sus dolores. Era la devoción que tenía a su sacratísima Pasión singularísima, y pedía todos los días a su querido la consolase con esta noticia particular de sus tormentos que condescendió con su regalada Dios, y representóselos con una tan recia enfermedad que, por espacio de un año, afligió todos sus miembros de suerte que ni los médicos la conocían, ni las medicinas la aliviaban. Ella la había pedido, Dios se la había dado. Ella la llevaba gustosísimamente y él se recreaba en ver su consuelo y, aunque como aficionado remitiera el rigor de los dolores que ella padecía, como gustoso de su provecho permitía que los padeciese. Eran tan increíbles los tormentos que, cuando la apretaban con mayor rigor, sentía que decía muchas veces que todos los huesos la sacaban de su lugar, y no tenía miembro que no se le descoyuntase: este rigor era tan a menudo que casi se alcanzaba uno a otro, y cuando se dilataba algo, era el que ella llamaba lento igual al mayor que a otra de menos espíritu afligiera insufriblemente. No tenía fuerza para rodearse a un lado o a otro sin ayuda ajena, y esta había de ser cogiendo todo el dolorido cuerpo con una [fol. 52r] sábana y moviéndole en su camilla con grande tiento. Con ser tan excesivos los dolores, jamás se oyó una sola queja, antes con semblante entero y ánimo constantísimo daba gracias a Dios que la había oído sus tan atrasados deseos y le pedía añadiese tormentos a tormentos pues la paciencia que en ellos mostraba a él solo la debía, y si alguna vez importunada de la piedad de sus hijas contaba la fuerza de sus dolores, como si hubiera encarecimiento en tanto rigor las pedía encarecidísimamente perdonasen su impaciencia, pues no sabía dar a Dios gracias por lo que más se las debía perpetuamente rendir. El alivio mayor que, rodeada de tantos sentimientos, tenía era el trato de Dios, con que se alentaba de suerte que parecía no tener pena o dolor alguno, y era tanto el gozo que interiormente deste trato tenía que le salía al rostro, cosa muchas veces advertida entre las suyas, porque era maravilla verla en un instante con la amarillez y flaqueza que las penitencias y enfermedad era fuerza la acarreasen y, en dando principio a las alabanzas de Dios, se encendía y como hermoseaba y llenaba el rostro de suerte que parecía vender salud y [fol. 52v] tenerla confirmadísima. En todo este tiempo no daba muestra alguna de los dolores que tan crudamente la aquejaban, aunque tenía la misma continuación su rigor que antes. Cosa maravillosa era sin duda esto porque, al tiempo que la parte señora del cuerpo como porción del Cielo aspiraba a él y se recreaba en sus cosas, la sierva e inferior y terrena, aunque tan viva en sus sentimientos, la cedía. ¡Oh, poderío soberano de la razón! ¡Oh, espíritu solo celestial! ¡Oh, preparación de los gustos del Cielo, a que no los sinsabores terrenos, no los sentimientos del cuerpo, no los infortunios a que está sujeta nuestra flaqueza puedan no solo no contrastar, pero ni aun resistir!
Hacía la señora Pobre de su parte todo lo que creía que la podía unir más con Dios y deseaba que, como Su Majestad la hacía partícipe de sus consuelos, no la negase el sentimiento de [fol. 51v] sus dolores. Era la devoción que tenía a su sacratísima Pasión singularísima, y pedía todos los días a su querido la consolase con esta noticia particular de sus tormentos que condescendió con su regalada Dios, y representóselos con una tan recia enfermedad que, por espacio de un año, afligió todos sus miembros de suerte que ni los médicos la conocían, ni las medicinas la aliviaban. Ella la había pedido, Dios se la había dado. Ella la llevaba gustosísimamente y él se recreaba en ver su consuelo y, aunque como aficionado remitiera el rigor de los dolores que ella padecía, como gustoso de su provecho permitía que los padeciese. Eran tan increíbles los tormentos que, cuando la apretaban con mayor rigor, sentía que decía muchas veces que todos los huesos la sacaban de su lugar, y no tenía miembro que no se le descoyuntase: este rigor era tan a menudo que casi se alcanzaba uno a otro, y cuando se dilataba algo, era el que ella llamaba lento igual al mayor que a otra de menos espíritu afligiera insufriblemente. No tenía fuerza para rodearse a un lado o a otro sin ayuda ajena, y esta había de ser cogiendo todo el dolorido cuerpo con una [fol. 52r] sábana y moviéndole en su camilla con grande tiento. Con ser tan excesivos los dolores, jamás se oyó una sola queja, antes con semblante entero y ánimo constantísimo daba gracias a Dios que la había oído sus tan atrasados deseos y le pedía añadiese tormentos a tormentos pues la paciencia que en ellos mostraba a él solo la debía, y si alguna vez importunada de la piedad de sus hijas contaba la fuerza de sus dolores, como si hubiera encarecimiento en tanto rigor las pedía encarecidísimamente perdonasen su impaciencia, pues no sabía dar a Dios gracias por lo que más se las debía perpetuamente rendir. El alivio mayor que, rodeada de tantos sentimientos, tenía era el trato de Dios, con que se alentaba de suerte que parecía no tener pena o dolor alguno, y era tanto el gozo que interiormente deste trato tenía que le salía al rostro, cosa muchas veces advertida entre las suyas, porque era maravilla verla en un instante con la amarillez y flaqueza que las penitencias y enfermedad era fuerza la acarreasen y, en dando principio a las alabanzas de Dios, se encendía y como hermoseaba y llenaba el rostro de suerte que parecía vender salud y [fol. 52v] tenerla confirmadísima. En todo este tiempo no daba muestra alguna de los dolores que tan crudamente la aquejaban, aunque tenía la misma continuación su rigor que antes. Cosa maravillosa era sin duda esto porque, al tiempo que la parte señora del cuerpo como porción del Cielo aspiraba a él y se recreaba en sus cosas, la sierva e inferior y terrena, aunque tan viva en sus sentimientos, la cedía. ¡Oh, poderío soberano de la razón! ¡Oh, espíritu solo celestial! ¡Oh, preparación de los gustos del Cielo, a que no los sinsabores terrenos, no los sentimientos del cuerpo, no los infortunios a que está sujeta nuestra flaqueza puedan no solo no contrastar, pero ni aun resistir!
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Entre los dolores intensos con que Dios como en fuego acrisolaba la perfección, y como en toque probaba la paciencia desta su sierva, jamás hicieron pausas sus acostumbrados ejercicios de abstinencia y oración; antes, como obligada más de Dios, pretendía darse por más reconocida a sus obligaciones. Alegrábase maravillosamente de la merced que Dios la había hecho de darla como a su bienaventurado padre las insignias de su Pasión ''[108]'' en lo exterior con sus [fol. 53r] llagas, a ella en el corazón con sus dolores ''[109]'', y de la gravedad destos concebía el rigor de los de su Señor, y, amorosamente compadecida dellos, le pedía más para ayudárselos a padecer, haciéndole compañía.
Entre los dolores intensos con que Dios como en fuego acrisolaba la perfección, y como en toque probaba la paciencia desta su sierva, jamás hicieron pausas sus acostumbrados ejercicios de abstinencia y oración; antes, como obligada más de Dios, pretendía darse por más reconocida a sus obligaciones. Alegrábase maravillosamente de la merced que Dios la había hecho de darla como a su bienaventurado padre las insignias de su Pasión ''[108]'' en lo exterior con sus [fol. 53r] llagas, a ella en el corazón con sus dolores ''[109]'', y de la gravedad destos concebía el rigor de los de su Señor, y, amorosamente compadecida dellos, le pedía más para ayudárselos a padecer, haciéndole compañía.


===Capítulo XI. Revelación que cierta religiosa del Cístel tiene de la sanctidad de Sor María, cuya camisa la sana de una grave enfermedad===
'''Capítulo XI. Revelación que cierta religiosa del Cístel tiene de la sanctidad de Sor María, cuya camisa la sana de una grave enfermedad'''


Encruelecíase cada día más la enfermedad y aumentábase cada día más el fervor de quien la padecía y pedía a Dios más mientras más la daba que padecer. Sus devotas hijas, lastimadas de tanto mal, daban muestras, como era razón, del dolor que tenían de los suyos. Ella, agradecida de su amor, las reprehendía su flaqueza, asegurándolas que pues tenía por cierto que aquello venía de [fol. 53v] las manos de la misma piedad, no venía sino para provecho suyo y gloria de Dios, y que sus pecados (como ella decía) eran merecedores de mayores tormentos, y que pues Dios no da más de lo que se proporciona con nuestras fuerzas, no la tuviesen lástima pues no padecía más de lo que podía llevar. Con estas razones consolaba a sus afligidas hijas por el mal de su madre, que cada una quisiera padecer por ella con muchísimo gusto. ¡Tanto era lo que la amaban, y tan digna era ella de que la amasen! Por este mismo tiempo estaba una sierva de Dios, religiosa de la orden del Cístel, gravemente enferma y, tanto por su religión como por su salud, la llevaron una camisa de la beata abadesa sin decirla cúya era, suplicándola que se la pusiese a petición de cierto enfermo que en nombre de Nuestro Señor se lo pedía. La religiosa Martha (que así se llamaba) en viendo la túnica tuvo aviso del Cielo de la reverencia que era justo tenerla por los sanctos miembros que había ceñido, y dijo que ella no era digna de cubrir los suyos con la que había tocado a la sierva del Señor, que no estaba enferma, sino con el sentimiento verdadero de la Pasión de [fol. 54r] Christo, y más enferma de amor que afligida ''[110]'' de dolor, siendo este el mayor que el encarecimiento humano puede ponderar. Que ella antes pondría por reliquia lo que había llegado a quien ella pensaba encomendarse. Admiró mucho la confimación que esta sierva de Dios hizo de la enfermedad y sanctidad de Sor María la Pobre, con cuya túnica la religiosa Martha quedose con entera salud glorificando a Dios que tan poderoso es en sus siervos, y la ciudad admirada de tan maravilloso succeso acudía a Sancta Isabel la Real como al remedio de todas sus enfermedades y trabajos, de que se vían libres fácilmente con la intercesión o reliquias de la beata abadesa.   
Encruelecíase cada día más la enfermedad y aumentábase cada día más el fervor de quien la padecía y pedía a Dios más mientras más la daba que padecer. Sus devotas hijas, lastimadas de tanto mal, daban muestras, como era razón, del dolor que tenían de los suyos. Ella, agradecida de su amor, las reprehendía su flaqueza, asegurándolas que pues tenía por cierto que aquello venía de [fol. 53v] las manos de la misma piedad, no venía sino para provecho suyo y gloria de Dios, y que sus pecados (como ella decía) eran merecedores de mayores tormentos, y que pues Dios no da más de lo que se proporciona con nuestras fuerzas, no la tuviesen lástima pues no padecía más de lo que podía llevar. Con estas razones consolaba a sus afligidas hijas por el mal de su madre, que cada una quisiera padecer por ella con muchísimo gusto. ¡Tanto era lo que la amaban, y tan digna era ella de que la amasen! Por este mismo tiempo estaba una sierva de Dios, religiosa de la orden del Cístel, gravemente enferma y, tanto por su religión como por su salud, la llevaron una camisa de la beata abadesa sin decirla cúya era, suplicándola que se la pusiese a petición de cierto enfermo que en nombre de Nuestro Señor se lo pedía. La religiosa Martha (que así se llamaba) en viendo la túnica tuvo aviso del Cielo de la reverencia que era justo tenerla por los sanctos miembros que había ceñido, y dijo que ella no era digna de cubrir los suyos con la que había tocado a la sierva del Señor, que no estaba enferma, sino con el sentimiento verdadero de la Pasión de [fol. 54r] Christo, y más enferma de amor que afligida ''[110]'' de dolor, siendo este el mayor que el encarecimiento humano puede ponderar. Que ella antes pondría por reliquia lo que había llegado a quien ella pensaba encomendarse. Admiró mucho la confimación que esta sierva de Dios hizo de la enfermedad y sanctidad de Sor María la Pobre, con cuya túnica la religiosa Martha quedose con entera salud glorificando a Dios que tan poderoso es en sus siervos, y la ciudad admirada de tan maravilloso succeso acudía a Sancta Isabel la Real como al remedio de todas sus enfermedades y trabajos, de que se vían libres fácilmente con la intercesión o reliquias de la beata abadesa.   


=== Capítulo XII. Señales exteriores de las mercedes que Dios hacía a Sor María vistas por otras de sus monjas===
'''Capítulo XII. Señales exteriores de las mercedes que Dios hacía a Sor María vistas por otras de sus monjas'''


[Fol. 54v] Visitaba nuestro Señor a su querida María muy a menudo, y dejábala tanta copia de favores que aun sus monjas eran testigos de lo que con Dios merecía su beata abadesa. Quería Su Majestad que, como se hallaban presentes al ejercicio de sus virtudes, viesen también el premio que dellas, aun en esta vida, como en señal de los infinitos de la otra, daba a sus siervos. Una vez entre otras que se había juntado la comunidad (como tiene costumbre los Viernes de Cuaresma) a la disciplina, ilustró Dios tanto su alma con el conocimiento de sus misterios que resultó la luz al cuerpo, rodeando su rostro una como diadema de rayos muy resplandecientes y de extraordinaria claridad, y destos, como acopados y puestos en forma de pirámide, salía otro por extremo vistoso, que se extendía hasta el lugar donde estaba una monja que, admirada de tanta novedad y tan extraño resplandor, la preguntó con mucha instancia qué favor entonces la hacía particularmente Dios. La beata abadesa, aunque no acostumbraba decir ninguno de sus sentimientos [fol. 55r] espirituales sino forzada del mandato de su confesor o superior, condescendió con la instantísima petición de su buena hija (que digna de tal madre debía de ser a quien Dios hacía partícipe de los favores con que regalaba a su querida) y la dijo que Su Majestad se había dignado de hacerla por entonces capaz de conocer la caridad immensa que cuando padeció tan rigurosos azotes tuvo. Otra vez, día de la Transfiguración de Nuestro Señor, la vio otra monja con el rostro tan resplandeciente como el mismo sol. Y preguntándola el día siguiente muy apretadamente la manifestase el misterio de luz tan desigual a las humanas, respondió con gran sencillez que se había servido Dios de descubrirla los misterios que en su gloriosa transfiguración había obrado, como si en compañía de los apóstoles se hubiera hallado en el monte Tabor. Otras muchas veces vían semejantes luces en su rostro o en el lugar donde oraba, pero ella procuraba graciosa y prudentemente darlas a entender que podrían engañarse y que ella no era digna de las ilustraciones divinas que ellas imaginaban. Efectos raros de la fuerza de su oración, y regalos solos de Dios para quien con tanto fervor le sabe agradar.  
[Fol. 54v] Visitaba nuestro Señor a su querida María muy a menudo, y dejábala tanta copia de favores que aun sus monjas eran testigos de lo que con Dios merecía su beata abadesa. Quería Su Majestad que, como se hallaban presentes al ejercicio de sus virtudes, viesen también el premio que dellas, aun en esta vida, como en señal de los infinitos de la otra, daba a sus siervos. Una vez entre otras que se había juntado la comunidad (como tiene costumbre los Viernes de Cuaresma) a la disciplina, ilustró Dios tanto su alma con el conocimiento de sus misterios que resultó la luz al cuerpo, rodeando su rostro una como diadema de rayos muy resplandecientes y de extraordinaria claridad, y destos, como acopados y puestos en forma de pirámide, salía otro por extremo vistoso, que se extendía hasta el lugar donde estaba una monja que, admirada de tanta novedad y tan extraño resplandor, la preguntó con mucha instancia qué favor entonces la hacía particularmente Dios. La beata abadesa, aunque no acostumbraba decir ninguno de sus sentimientos [fol. 55r] espirituales sino forzada del mandato de su confesor o superior, condescendió con la instantísima petición de su buena hija (que digna de tal madre debía de ser a quien Dios hacía partícipe de los favores con que regalaba a su querida) y la dijo que Su Majestad se había dignado de hacerla por entonces capaz de conocer la caridad immensa que cuando padeció tan rigurosos azotes tuvo. Otra vez, día de la Transfiguración de Nuestro Señor, la vio otra monja con el rostro tan resplandeciente como el mismo sol. Y preguntándola el día siguiente muy apretadamente la manifestase el misterio de luz tan desigual a las humanas, respondió con gran sencillez que se había servido Dios de descubrirla los misterios que en su gloriosa transfiguración había obrado, como si en compañía de los apóstoles se hubiera hallado en el monte Tabor. Otras muchas veces vían semejantes luces en su rostro o en el lugar donde oraba, pero ella procuraba graciosa y prudentemente darlas a entender que podrían engañarse y que ella no era digna de las ilustraciones divinas que ellas imaginaban. Efectos raros de la fuerza de su oración, y regalos solos de Dios para quien con tanto fervor le sabe agradar.  
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[Fol. 55v] '''Libro Tercero, del tránsito de Sor María la Pobre, y de los efectos maravillosos de su religiosa Vida'''
[Fol. 55v] '''Libro Tercero, del tránsito de Sor María la Pobre, y de los efectos maravillosos de su religiosa Vida'''


===Capítulo I===
'''Capítulo I'''


Llegado habemos al remate dichoso de tan feliz vida, al premio después del trabajo, al descanso después de la carrera, y a la vida cierta, porque hasta este punto murió la beata abadesa Sor María la Pobre: a quien tan apretadamente aquejó el rigor de los dolores que Nuestro Señor, a petición suya, la había permitido padecer, que la condujo al último fin. Tuvo sin duda d’él ella noticia y así, deseosa de no morir fuera de la communidad, pidió la llevasen al dormitorio. En estando en él, habiendo un día antes celebrado la fiesta de [fol. 56r] los príncipes de la Iglesia San Pedro y San Pablo, como solía, con su ordinaria communión, a otro de la conmemoración de San Pablo último día de junio, miércoles a la una del día la sobrevino una tan ferviente calentura, acompañada de una landre tan dañosa, que la hizo perder el juicio para todo lo que no era Dios. Hizo llamar luego al vicario y, confesada, recibió con grande afecto el viático y extrema unción. Después estuvo dos horas con todos sus sentidos recogida en sí, sin querer la communicación de nadie. Esto fue sábado, un día después de la Visitación de la Virgen, Nuestra Señora. Después deste espacio, volvió a perder el sentido para todas las cosas corporales y de la Tierra; solo para las espirituales y del Cielo tenía el mismo y aun más vivo que antes, como quien estaba más cercana de su gozo, y como a la puerta de la eternidad, a que por tantos trabajos había arribado. Era cosa maravillosa que, faltándola el sentimiento para todas las acciones que no fuesen derechamente en alabanza de Dios, en estas estaba tan fervorosa que nunca parece que había tenido más quieta y sosegada contemplación. Viéndola así una de las religiosas [fol. 56v] que, afligidas por la falta que barruntaban ya con su tránsito, asistían a su sancta madre, la pidió ahincadísimamente la introdujese delante de Dios en su oración y rogase por ella. La amorosa y piadosa madre la respondió con la caridad que solía en todas las cosas de sus hijas: “Cómo hija, ¿por vos sola? Por vos y por todo el mundo ha de ser la oración”. Esto solía ella decir ordinariamente: que los hijos de la Iglesia habemos de imitar a Nuestra Madre que hace oración a Dios por todos, sin exceptuar aun sus enemigos, y que nuestra oración había de ser universal, porque en esto dábamos indicios de lo que nos amábamos, y la caridad era el medio más agradable a Dios para conceder lo que le pedimos. Con esta ocasión, como olvidada de su mal, se volvió a sus queridas hijas y venerables hermanas y las exhortó fervorosísimamente a la unión y al amor fraternal y a saberse hacer de tantos cuerpos y tan diferentes una sola alma, una sola voluntad; que la oración tuviese tanto de caridad como de fervor; que si faltaba aquella nunca habría este. En todo este tiempo, con ser tan tierno el amor a los deudos, como natural, estuvo tan en sí como en Dios, tan desa- [fol. 57r] migada de su carne y sangre como allegada al amor afectuoso del auctor de la suya, no acordándose más de sus parientes que si como a otro Melquisedec no se le conociera padre o madre. Afecto que suele ser ordinario aun en los más perfectos, por no ser género de imperfección traer a la memoria en la hora que todo se deja acá a quien se debe el haber estado en este mundo. Pero la beata Pobre hasta en esto se preció de serlo, olvidándolo todo por su padre celestial y por la compañía de los ángeles, que estaban aguardando aquella sancta alma, afrenta (permítaseme decirlo arrojadamente) de los querubines en el fervor del amor de su Criador, en la inflammación de su voluntad, y en la perfección de sus acciones todas amorosas, todas como para Dios, todas como de quien muerta al mundo vivía solamente a lo que era más que él. ¡Prodigio de mujeres!
Llegado habemos al remate dichoso de tan feliz vida, al premio después del trabajo, al descanso después de la carrera, y a la vida cierta, porque hasta este punto murió la beata abadesa Sor María la Pobre: a quien tan apretadamente aquejó el rigor de los dolores que Nuestro Señor, a petición suya, la había permitido padecer, que la condujo al último fin. Tuvo sin duda d’él ella noticia y así, deseosa de no morir fuera de la communidad, pidió la llevasen al dormitorio. En estando en él, habiendo un día antes celebrado la fiesta de [fol. 56r] los príncipes de la Iglesia San Pedro y San Pablo, como solía, con su ordinaria communión, a otro de la conmemoración de San Pablo último día de junio, miércoles a la una del día la sobrevino una tan ferviente calentura, acompañada de una landre tan dañosa, que la hizo perder el juicio para todo lo que no era Dios. Hizo llamar luego al vicario y, confesada, recibió con grande afecto el viático y extrema unción. Después estuvo dos horas con todos sus sentidos recogida en sí, sin querer la communicación de nadie. Esto fue sábado, un día después de la Visitación de la Virgen, Nuestra Señora. Después deste espacio, volvió a perder el sentido para todas las cosas corporales y de la Tierra; solo para las espirituales y del Cielo tenía el mismo y aun más vivo que antes, como quien estaba más cercana de su gozo, y como a la puerta de la eternidad, a que por tantos trabajos había arribado. Era cosa maravillosa que, faltándola el sentimiento para todas las acciones que no fuesen derechamente en alabanza de Dios, en estas estaba tan fervorosa que nunca parece que había tenido más quieta y sosegada contemplación. Viéndola así una de las religiosas [fol. 56v] que, afligidas por la falta que barruntaban ya con su tránsito, asistían a su sancta madre, la pidió ahincadísimamente la introdujese delante de Dios en su oración y rogase por ella. La amorosa y piadosa madre la respondió con la caridad que solía en todas las cosas de sus hijas: “Cómo hija, ¿por vos sola? Por vos y por todo el mundo ha de ser la oración”. Esto solía ella decir ordinariamente: que los hijos de la Iglesia habemos de imitar a Nuestra Madre que hace oración a Dios por todos, sin exceptuar aun sus enemigos, y que nuestra oración había de ser universal, porque en esto dábamos indicios de lo que nos amábamos, y la caridad era el medio más agradable a Dios para conceder lo que le pedimos. Con esta ocasión, como olvidada de su mal, se volvió a sus queridas hijas y venerables hermanas y las exhortó fervorosísimamente a la unión y al amor fraternal y a saberse hacer de tantos cuerpos y tan diferentes una sola alma, una sola voluntad; que la oración tuviese tanto de caridad como de fervor; que si faltaba aquella nunca habría este. En todo este tiempo, con ser tan tierno el amor a los deudos, como natural, estuvo tan en sí como en Dios, tan desa- [fol. 57r] migada de su carne y sangre como allegada al amor afectuoso del auctor de la suya, no acordándose más de sus parientes que si como a otro Melquisedec no se le conociera padre o madre. Afecto que suele ser ordinario aun en los más perfectos, por no ser género de imperfección traer a la memoria en la hora que todo se deja acá a quien se debe el haber estado en este mundo. Pero la beata Pobre hasta en esto se preció de serlo, olvidándolo todo por su padre celestial y por la compañía de los ángeles, que estaban aguardando aquella sancta alma, afrenta (permítaseme decirlo arrojadamente) de los querubines en el fervor del amor de su Criador, en la inflammación de su voluntad, y en la perfección de sus acciones todas amorosas, todas como para Dios, todas como de quien muerta al mundo vivía solamente a lo que era más que él. ¡Prodigio de mujeres!


[Fol. 57v]
[Fol. 57v]
===Capítulo II. Responde la beata abadesa a muchas preguntas de sus monjas: da su alma a Dios, y queda su cuerpo hermosísimo y resplandecientísimo===
'''Capítulo II. Responde la beata abadesa a muchas preguntas de sus monjas: da su alma a Dios, y queda su cuerpo hermosísimo y resplandecientísimo'''


Echaban ya de ver las dolorosas y afligidas hijas que caminaba con largos pasos su querida y sancta madre al Cielo y, aunque creían que desde él acudiría a su bien con las ventajas que d’él a la tierra hay, sentían su absencia personal como sus mismas muertes porque tenían en ella señora, madre, amiga, y todo lo que la cortesía y el amor tiene de consuelo. Pero la voluntad de Dios, a que ellas andaban por su ejemplo tan reguladas, las consolaba y, viendo ser fuerza su absencia, procuraban no perder un instante de su doctrina. Hacíanla muchas preguntas, a que ella daba alegres res- [fol. 58r] puestas, no dificultando ya la consulta de su oráculo por el tiempo breve que sabían habían de gozar d’él las que más amaba, y por dejarlas a la despedida en tanto desconsuelo cuanto era de su parte consoladas. Y así preguntándola las monjas que, por la gran fragancia que sentían y el consuelo que vían tener a su beata abadesa, creían la causa era superior y más que ordinaria, “si vía a Jesuchristo nuestro Señor”. Ella respondió, “que no solo este benignísimo Señor, sino también su elementísima madre, la Virgen María, Nuestra Señora, la estaban presentes allí favoreciendo, y de cuya vista sentía el regalo que a criatura humana es imposible dar a entender”. Preguntola una singular devota de san Juan Baptista, “si vía al Sancto Precursor de Christo, Juan”, y respondió que “no solo a este glorioso sancto, sino a toda la corte celestial estaba viendo”. Esto lo decía con tanta sencillez como alegría, que era tal la de su rostro que esta bastara por respuesta a todas las preguntas ordenadas a los favores que recibía del Cielo. No tenía por ningún modo aspecto de quien tan presto había de ser de la muerte y, si el pulso no desengañara, fuera fácil creer que había sido milagrosa su mejoría. Repetía con [fol. 58v] grande devoción las palabras que, como seguridad de su habitación eterna, regalaban los oídos de Dios y consolaban los de las afligidas religiosas. Cuando se alegraba, diciendo: ''“In pace in idipsum dormiam et requiescam”''. Cuando se entregaba a Dios y se ponía en sus manos, diciéndole afectuosamente, ''“In manos tuas, Domine, commendo spiritum meum”''. Tal vez asegurada de su protección, le suplicaba fuese su guía, con decirle: ''“Vias tuas Domine demonstra mihi et semitas tuas e doce me”''. Tal, como quien por la mano de Dios había llegado al sosiego eterno y, guiándola su Esposo estaba ya en el thálamo de la inmortalidad, repetía dulcísimamente: ''“Haec reques mea in seoulum seculi”''. Respondía siempre a los psalmos de la penitencia, que las llorosas hijas la rezaban en competencia de los que de júbilos de gloria entonaban los ángeles admirados de tanta pureza en cuerpo sujeto a corrupción. Desta manera la asistían todas sus monjas. A muchas el cansancio, a otras la pena pesada había dejado rendirse al sueño un brevísimo espacio, cuando de repente, como si a cada una llamaran de por sí, despertaron todas, y puestas de rodillas alrededor de la [fol. 59r] cama, bañándola en amorosas lágrimas, haciéndolas aun sin hablar elocuentes el dolor, la suplicaron rogase a Dios por todas y, como había sido su madre en esta vida, en la mejor y eterna no dejase de serlo; y que las consolase con su bendición. La beata abadesa, que solo por Dios dejara a quien fuera d’él amaba más que a todas las cosas del mundo, se volvió a ellas, y con la blandura que solía hablarlas, las dijo estas si breves palabras, dignas de perpetua estima: “Hijas mías en el amor, señoras en la estimación, ni es justo que sintiáis mi absencia por mi falta, ni que por vuestro afecto estorbéis mi gozo, pues en esto sola la mano de Dios es la obradora, y en aquello ella misma lo será dándoos madre aventajadísima. Ni en lo uno es acertado desconfiar, ni en lo otro ir contra la voluntad de Dios. Yo voy consoladísima ante su acatamiento por la seguridad que me da vuestra virtud presente de la perpetuidad de la futura en las que a gloria de Dios os siguieren. Echo de ver que a vuestra devoción se deberá todo, como yo el perdón que es justo no me neguéis de mis imperfecciones, para que yo en perpetuo agradecimiento os rinda delante de Dios las gracias que solamente son de Su Majestad por ser vosotras tan unas con él. Y aunque como a [fol. 59v] madre me corriera obligación de exhortaros al amor de hermanas, a la perseverancia en la guarda de los mandamientos y consejos que en su Evangelio y nuestra regla nos ordenó Dios, y a todos los demás ejercicios de virtud que llevan a él, salgo desta obligación viendo la perfección de todas vuestras acciones, confiada en su duración, y que el clementísimo Señor que os escogió para sí, no os soltará de su protección, escogiendo siempre el aumento de vuestro número, hasta teneros consigo”. Esto dijo con tan agradable semblante y tan encendido afecto que, con consolar maravillosamente el descaecimiento de sus hijas, las rajó el corazón con nuevos sentimientos, quedando su respuesta ahogada en sus lágrimas. Después desto la religiosa madre, habiendo repetido sus regalados versos, alzó la cabeza y voz a sus amadas hijas, y las dijo, habiéndolas echado la bendición de Dios: “Adiós hijas mías, quedad en paz” y, cerrando los ojos blandamente, sin más movimiento que si el sueño hermano de la muerte los ocupara sin pena, lunes al reír del alba, cinco días después del último rigor de su enfermedad y el que cumplió un año en ella, siendo de edad de setenta y habiendo estado treinta en la [fol. 60r] religión, a tres de julio del año de mil y quinientos y siete, dio su alma a aquel Señor que la había escogido para esposa suya, y que la estaba aguardando acompañado de toda su corte para darla el asiento en ella que a su amor debía, habiéndose poco antes oído una suavísima voz que la llamaba. Fue tanta la fragancia y suavidad que en prendas de la que la alma gozaba con Dios quedó al cuerpo entre sus monjas, que faltan a la capacidad humana comparaciones para ponderarle, porque todo lo que se dijere, será menos. Deste mismo olor de los ámbares del cielo y de las flores de los jardines eternos participó el aposento donde había estado, y la ropa que había sido o abrigo o cura en su enfermedad. A esta suavidad acompañaba una tan amable claridad que tenía como vestido el cuerpo, que los ojos humanos con ser incapaces della, no la podían perder de vista, ni dejarse de llevar de su luz.
Echaban ya de ver las dolorosas y afligidas hijas que caminaba con largos pasos su querida y sancta madre al Cielo y, aunque creían que desde él acudiría a su bien con las ventajas que d’él a la tierra hay, sentían su absencia personal como sus mismas muertes porque tenían en ella señora, madre, amiga, y todo lo que la cortesía y el amor tiene de consuelo. Pero la voluntad de Dios, a que ellas andaban por su ejemplo tan reguladas, las consolaba y, viendo ser fuerza su absencia, procuraban no perder un instante de su doctrina. Hacíanla muchas preguntas, a que ella daba alegres res- [fol. 58r] puestas, no dificultando ya la consulta de su oráculo por el tiempo breve que sabían habían de gozar d’él las que más amaba, y por dejarlas a la despedida en tanto desconsuelo cuanto era de su parte consoladas. Y así preguntándola las monjas que, por la gran fragancia que sentían y el consuelo que vían tener a su beata abadesa, creían la causa era superior y más que ordinaria, “si vía a Jesuchristo nuestro Señor”. Ella respondió, “que no solo este benignísimo Señor, sino también su elementísima madre, la Virgen María, Nuestra Señora, la estaban presentes allí favoreciendo, y de cuya vista sentía el regalo que a criatura humana es imposible dar a entender”. Preguntola una singular devota de san Juan Baptista, “si vía al Sancto Precursor de Christo, Juan”, y respondió que “no solo a este glorioso sancto, sino a toda la corte celestial estaba viendo”. Esto lo decía con tanta sencillez como alegría, que era tal la de su rostro que esta bastara por respuesta a todas las preguntas ordenadas a los favores que recibía del Cielo. No tenía por ningún modo aspecto de quien tan presto había de ser de la muerte y, si el pulso no desengañara, fuera fácil creer que había sido milagrosa su mejoría. Repetía con [fol. 58v] grande devoción las palabras que, como seguridad de su habitación eterna, regalaban los oídos de Dios y consolaban los de las afligidas religiosas. Cuando se alegraba, diciendo: ''“In pace in idipsum dormiam et requiescam”''. Cuando se entregaba a Dios y se ponía en sus manos, diciéndole afectuosamente, ''“In manos tuas, Domine, commendo spiritum meum”''. Tal vez asegurada de su protección, le suplicaba fuese su guía, con decirle: ''“Vias tuas Domine demonstra mihi et semitas tuas e doce me”''. Tal, como quien por la mano de Dios había llegado al sosiego eterno y, guiándola su Esposo estaba ya en el thálamo de la inmortalidad, repetía dulcísimamente: ''“Haec reques mea in seoulum seculi”''. Respondía siempre a los psalmos de la penitencia, que las llorosas hijas la rezaban en competencia de los que de júbilos de gloria entonaban los ángeles admirados de tanta pureza en cuerpo sujeto a corrupción. Desta manera la asistían todas sus monjas. A muchas el cansancio, a otras la pena pesada había dejado rendirse al sueño un brevísimo espacio, cuando de repente, como si a cada una llamaran de por sí, despertaron todas, y puestas de rodillas alrededor de la [fol. 59r] cama, bañándola en amorosas lágrimas, haciéndolas aun sin hablar elocuentes el dolor, la suplicaron rogase a Dios por todas y, como había sido su madre en esta vida, en la mejor y eterna no dejase de serlo; y que las consolase con su bendición. La beata abadesa, que solo por Dios dejara a quien fuera d’él amaba más que a todas las cosas del mundo, se volvió a ellas, y con la blandura que solía hablarlas, las dijo estas si breves palabras, dignas de perpetua estima: “Hijas mías en el amor, señoras en la estimación, ni es justo que sintiáis mi absencia por mi falta, ni que por vuestro afecto estorbéis mi gozo, pues en esto sola la mano de Dios es la obradora, y en aquello ella misma lo será dándoos madre aventajadísima. Ni en lo uno es acertado desconfiar, ni en lo otro ir contra la voluntad de Dios. Yo voy consoladísima ante su acatamiento por la seguridad que me da vuestra virtud presente de la perpetuidad de la futura en las que a gloria de Dios os siguieren. Echo de ver que a vuestra devoción se deberá todo, como yo el perdón que es justo no me neguéis de mis imperfecciones, para que yo en perpetuo agradecimiento os rinda delante de Dios las gracias que solamente son de Su Majestad por ser vosotras tan unas con él. Y aunque como a [fol. 59v] madre me corriera obligación de exhortaros al amor de hermanas, a la perseverancia en la guarda de los mandamientos y consejos que en su Evangelio y nuestra regla nos ordenó Dios, y a todos los demás ejercicios de virtud que llevan a él, salgo desta obligación viendo la perfección de todas vuestras acciones, confiada en su duración, y que el clementísimo Señor que os escogió para sí, no os soltará de su protección, escogiendo siempre el aumento de vuestro número, hasta teneros consigo”. Esto dijo con tan agradable semblante y tan encendido afecto que, con consolar maravillosamente el descaecimiento de sus hijas, las rajó el corazón con nuevos sentimientos, quedando su respuesta ahogada en sus lágrimas. Después desto la religiosa madre, habiendo repetido sus regalados versos, alzó la cabeza y voz a sus amadas hijas, y las dijo, habiéndolas echado la bendición de Dios: “Adiós hijas mías, quedad en paz” y, cerrando los ojos blandamente, sin más movimiento que si el sueño hermano de la muerte los ocupara sin pena, lunes al reír del alba, cinco días después del último rigor de su enfermedad y el que cumplió un año en ella, siendo de edad de setenta y habiendo estado treinta en la [fol. 60r] religión, a tres de julio del año de mil y quinientos y siete, dio su alma a aquel Señor que la había escogido para esposa suya, y que la estaba aguardando acompañado de toda su corte para darla el asiento en ella que a su amor debía, habiéndose poco antes oído una suavísima voz que la llamaba. Fue tanta la fragancia y suavidad que en prendas de la que la alma gozaba con Dios quedó al cuerpo entre sus monjas, que faltan a la capacidad humana comparaciones para ponderarle, porque todo lo que se dijere, será menos. Deste mismo olor de los ámbares del cielo y de las flores de los jardines eternos participó el aposento donde había estado, y la ropa que había sido o abrigo o cura en su enfermedad. A esta suavidad acompañaba una tan amable claridad que tenía como vestido el cuerpo, que los ojos humanos con ser incapaces della, no la podían perder de vista, ni dejarse de llevar de su luz.
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[Fol. 60v]
[Fol. 60v]


===Capítulo III. De las alegrías del Cielo manifestadas a la Tierra en la nueva regeneración para Dios de la beata Sor María la Pobre===
'''Capítulo III. De las alegrías del Cielo manifestadas a la Tierra en la nueva regeneración para Dios de la beata Sor María la Pobre'''


Como el alivio de las penosas obras desta vida consiste en el fin della, y en el principio de la que ha de durar para siempre, y Dios es tan puntual y liberal premiador de las que se hacen o padecen por él, quiso para enjugar las lágrimas de la Tierra hacer manifestación de los gozos del Cielo en el dichoso tránsito de la sierva María. Era el llanto universal de los de la Tierra, y para su consuelo era razón se mostrase el universal del Cielo. No hubo persona en la ciudad y en su comarca que no acudiese como milagrosamente al monasterio de Sancta Isabel la Real al instante que espiró su abadesa; todos, aunque llorosos por su falta, apelidan- [fol. 61r] do su nombre y como canonizándola con el commún sentimiento, no dándola otro que la Sancta Doña María la Pobre, y como de quien estimaban por tal procurando alguna pequeña parte de sus vestiduras por obradora de grandes milagros. Y si las demás monjas no previnieran este cuidado fuera imposible detener el concurso de los devotos, que ninguno quería dejar de dar muestras de cuánto lo era desta beata sierva de Dios en lo que más podía tener suyo. Más de treinta monjas y algunos de los frailes que prevenían su entierro oyeron tres veces, cuando dio su alma a Dios y cuando llevaban su cuerpo a la bóveda común del convento y cuando en la misa alzaron el cuerpo de Nuestro Señor, una extraordinaria suavidad de voces que fácilmente se juzgaba ser del Cielo, por ser imposible que fuesen de mortales. Llevaban los religiosos de la orden aquel thesoro de la immortalidad, aquel órgano del Espíritu Santo, aquella habitación de la sanctísima alma que gozaba de Dios, rezando lo que la Iglesia dispone para tal oficio, ''Sub venite sancti Dei'' etc., porque el mucho llanto no les consentía cantar, y las religiosas que iban detrás creían [fol. 61v] que aquella celestial armonía era de los religiosos que iban delante, y ellos que de ellas. Pero, confiriendo lo que imaginaban admirados de sí mismos por la dulzura de las voces, echaron de ver que eran del Cielo, y confirmaron las que después oyeron de nuevo cuando la metieron en la cueva.  
Como el alivio de las penosas obras desta vida consiste en el fin della, y en el principio de la que ha de durar para siempre, y Dios es tan puntual y liberal premiador de las que se hacen o padecen por él, quiso para enjugar las lágrimas de la Tierra hacer manifestación de los gozos del Cielo en el dichoso tránsito de la sierva María. Era el llanto universal de los de la Tierra, y para su consuelo era razón se mostrase el universal del Cielo. No hubo persona en la ciudad y en su comarca que no acudiese como milagrosamente al monasterio de Sancta Isabel la Real al instante que espiró su abadesa; todos, aunque llorosos por su falta, apelidan- [fol. 61r] do su nombre y como canonizándola con el commún sentimiento, no dándola otro que la Sancta Doña María la Pobre, y como de quien estimaban por tal procurando alguna pequeña parte de sus vestiduras por obradora de grandes milagros. Y si las demás monjas no previnieran este cuidado fuera imposible detener el concurso de los devotos, que ninguno quería dejar de dar muestras de cuánto lo era desta beata sierva de Dios en lo que más podía tener suyo. Más de treinta monjas y algunos de los frailes que prevenían su entierro oyeron tres veces, cuando dio su alma a Dios y cuando llevaban su cuerpo a la bóveda común del convento y cuando en la misa alzaron el cuerpo de Nuestro Señor, una extraordinaria suavidad de voces que fácilmente se juzgaba ser del Cielo, por ser imposible que fuesen de mortales. Llevaban los religiosos de la orden aquel thesoro de la immortalidad, aquel órgano del Espíritu Santo, aquella habitación de la sanctísima alma que gozaba de Dios, rezando lo que la Iglesia dispone para tal oficio, ''Sub venite sancti Dei'' etc., porque el mucho llanto no les consentía cantar, y las religiosas que iban detrás creían [fol. 61v] que aquella celestial armonía era de los religiosos que iban delante, y ellos que de ellas. Pero, confiriendo lo que imaginaban admirados de sí mismos por la dulzura de las voces, echaron de ver que eran del Cielo, y confirmaron las que después oyeron de nuevo cuando la metieron en la cueva.  


===Capítulo IV. Reconocen el cuerpo sancto las monjas días después y hállanle incorrupto como hasta hoy se ve===
'''Capítulo IV. Reconocen el cuerpo sancto las monjas días después y hállanle incorrupto como hasta hoy se ve'''


Al tiempo que los religiosos pusieron el cuerpo en la cueva, como se encruelecía la pestilencia y la landre que había apretado a la beata abadesa era como las demás que entonces se temían, sin reparar en ello las monjas que la excesiva pena tenía como fuera de sí, la echaron sobre el rostro cuantidad de cal viva. Pasados más de dos meses cayendo en la cuenta las religiosas [fol. 62r], y pareciéndolas que habían hecho mal en dar sepultura commún a quien creían que tenía asiento particular en el Cielo, alcanzando licencia del juez de la Iglesia, el día de San Matheo del mismo año abrieron la bóveda y sacaron al coro el cuerpo, que hallaron tan entero y tratable como cuando estaba animado. El rostro tenía algo moreno por haber quedado sobre él el velo, y sobre este la cal; el vestido por la parte que llegaba al cuerpo estaba tan entero y oloroso como si se acabara de poner perfumadísimo; por la superficie estaba bañado en agua, por la gran cuantidad que, lavando el coro, caía a la bóveda. De todo salía una fragrancia celestial, sin haber podido la vivacidad de la cal ni la corrupción natural de los cuerpos a que falta la alma empecer aquel que Dios nos dejó entero por muestra de la entereza de su vida, y de la gloria que tiene su alma en compañía de los ángeles. Volviéronle a la cueva por no tener preparado lugar para su colocación, hasta que el día de la Translación de San Luis, teniendo ya lugar señalado para ponerle con decencia, le sacaron otra vez, y con grande solemnidad le pusieron en parte [fol. 62v] donde todos le pudiesen gozar, con singular devoción de sus hijas y de toda la ciudad que concurrió a venerarle.
Al tiempo que los religiosos pusieron el cuerpo en la cueva, como se encruelecía la pestilencia y la landre que había apretado a la beata abadesa era como las demás que entonces se temían, sin reparar en ello las monjas que la excesiva pena tenía como fuera de sí, la echaron sobre el rostro cuantidad de cal viva. Pasados más de dos meses cayendo en la cuenta las religiosas [fol. 62r], y pareciéndolas que habían hecho mal en dar sepultura commún a quien creían que tenía asiento particular en el Cielo, alcanzando licencia del juez de la Iglesia, el día de San Matheo del mismo año abrieron la bóveda y sacaron al coro el cuerpo, que hallaron tan entero y tratable como cuando estaba animado. El rostro tenía algo moreno por haber quedado sobre él el velo, y sobre este la cal; el vestido por la parte que llegaba al cuerpo estaba tan entero y oloroso como si se acabara de poner perfumadísimo; por la superficie estaba bañado en agua, por la gran cuantidad que, lavando el coro, caía a la bóveda. De todo salía una fragrancia celestial, sin haber podido la vivacidad de la cal ni la corrupción natural de los cuerpos a que falta la alma empecer aquel que Dios nos dejó entero por muestra de la entereza de su vida, y de la gloria que tiene su alma en compañía de los ángeles. Volviéronle a la cueva por no tener preparado lugar para su colocación, hasta que el día de la Translación de San Luis, teniendo ya lugar señalado para ponerle con decencia, le sacaron otra vez, y con grande solemnidad le pusieron en parte [fol. 62v] donde todos le pudiesen gozar, con singular devoción de sus hijas y de toda la ciudad que concurrió a venerarle.


===Capítulo V. Avisa la beata abadesa viviendo lo que después sucedió a una monja, ella muerta. Pónese su cuerpo donde hoy está===
'''Capítulo V. Avisa la beata abadesa viviendo lo que después sucedió a una monja, ella muerta. Pónese su cuerpo donde hoy está'''


Tenía la bienaventurada abadesa, como dijimos, costumbre de recogerse, después de la oración que continuaba a los Maitines, un rato antes de Prima, en la misma fila del coro, sin otro abrigo que el de su pobre hábito, aunque los fríos fuesen rigurosísimos. Prevenía a esta aspereza alivio una religiosa en extremo devota suya, cuidando de cubrirla, lastimada de su desnudez. Despertó una vez la beata Pobre y halló a la religiosa, su aficionada, ejercitando en ella esta devoción piadosa, y díjola con grande donaire: “Amiga, aun en la se- [fol. 63r] pultura creo que no tengo de estar segura de ti”. Pasó esto sin mas advertencia y, algunos años después del glorioso fin de la abadesa, estando las monjas en el refectorio, esta devotísima suya levantó como pudo la losa de la bóveda y entró en ella sin el temor natural a su sexo y sacó el cuerpo de su madre y amiga y le arrimó a los libros del coro, donde le halló la communidad cuando vino a dar gracias después de la comida, adonde admiraron lo que siempre, siendo su incorrupción y suavísimo olor ocasión de nueva maravilla, de nueva admiración. Después estuvo algunos años en una concavidad sobre la puerta del coro, y de allí le bajaron adonde ahora es reverenciado el año de mil quinientos y setenta y cuatro ''[111]'', siendo abadesa Doña Mencía de Miño, y provincial de Castilla Fray Juan de Alagén ''[112]''. Y una religiosa que se llamaba Doña María Garillo, deseando que el incorrupto cuerpo estuviese con más reverencia, le hizo un hábito y manto de tafetán, que hasta entonces le trahía de lienzo pardo; vistiósele Fray Pedro de Alcázar ''[113]'', vicario entonces de Sancta Isabel, teniéndole arrimado a sus manos Fray Diego de Albacete, en presencia [fol. 63v] de toda la comunidad, siendo a todos manifiesta su entereza y la tractabilidad de todos sus miembros, la frescura de la carne, y la suavidad incomparable de todo él, y de lo que a él tocaba. Faltaba de las manos alguna carne que muchos religiosos y seglares devotos suyos, visitándola, habían, sin consentimiento del monasterio, quitado por reliquias. Esto mismo se vio en los pies y piernas después, porque teniéndolos hacia la ventanica por donde se reverencia el sancto cuerpo, tuvieron ocasión los devotos de enriquecerse con sus reliquias. Tuvieron, como era razón, gran sentimiento las religiosas deste thesoro que, sin orden suyo, las había tomado, y para atajarlo, determinó el año de mil y seiscientos y once ''[114]'' su sobrina Doña Juana de Toledo, siendo abadesa, echar reja en la ventanica y poner a su puerta llave. Hecho ya hábito y manto de picote de seda parda y preparado todo lo necesario para vestirla, no tuvo efecto hasta el año de seiscientos y doce ''[115]'', siendo abadesa Doña Estefanía Manrique también su sobrina: sacaron el glorioso cuerpo una mañana con grande devoción y, puesto sobre un bufete que cubría un terciopelo car- [fol. 64r] mesí, le vistió Fray Antonio de Angulo, vicario deste convento, volviendo a satisfacerse las religiosas de su entereza. Fue tanto el concurso de la gente de todos estados que, sin aviso alguno, acudió al monasterio, que no bastaban las monjas de una y otra reja a satisfacer la devoción de los que pedían alguna partecica del hábito y forro de la caja en que estaba el cuerpo, y a tocar los rosarios que los devotos las daban por la veneración que tenían a la sierva de Dios. Era igual el júbilo que se había derramado por toda la ciudad, en que se convidaban unos a otros para ver el sancto cuerpo y se provocaban a devoción con la memoria de sus virtudes, y se confirmaban en su sanctidad con la experiencia que hacían sus sentidos viendo su entereza, oliendo su fragrancia y tocando su tractabilidad. No quedó caballero eclesiástico o seglar en Toledo que no fuese testigo de tan gran maravilla.  
Tenía la bienaventurada abadesa, como dijimos, costumbre de recogerse, después de la oración que continuaba a los Maitines, un rato antes de Prima, en la misma fila del coro, sin otro abrigo que el de su pobre hábito, aunque los fríos fuesen rigurosísimos. Prevenía a esta aspereza alivio una religiosa en extremo devota suya, cuidando de cubrirla, lastimada de su desnudez. Despertó una vez la beata Pobre y halló a la religiosa, su aficionada, ejercitando en ella esta devoción piadosa, y díjola con grande donaire: “Amiga, aun en la se- [fol. 63r] pultura creo que no tengo de estar segura de ti”. Pasó esto sin mas advertencia y, algunos años después del glorioso fin de la abadesa, estando las monjas en el refectorio, esta devotísima suya levantó como pudo la losa de la bóveda y entró en ella sin el temor natural a su sexo y sacó el cuerpo de su madre y amiga y le arrimó a los libros del coro, donde le halló la communidad cuando vino a dar gracias después de la comida, adonde admiraron lo que siempre, siendo su incorrupción y suavísimo olor ocasión de nueva maravilla, de nueva admiración. Después estuvo algunos años en una concavidad sobre la puerta del coro, y de allí le bajaron adonde ahora es reverenciado el año de mil quinientos y setenta y cuatro ''[111]'', siendo abadesa Doña Mencía de Miño, y provincial de Castilla Fray Juan de Alagén ''[112]''. Y una religiosa que se llamaba Doña María Garillo, deseando que el incorrupto cuerpo estuviese con más reverencia, le hizo un hábito y manto de tafetán, que hasta entonces le trahía de lienzo pardo; vistiósele Fray Pedro de Alcázar ''[113]'', vicario entonces de Sancta Isabel, teniéndole arrimado a sus manos Fray Diego de Albacete, en presencia [fol. 63v] de toda la comunidad, siendo a todos manifiesta su entereza y la tractabilidad de todos sus miembros, la frescura de la carne, y la suavidad incomparable de todo él, y de lo que a él tocaba. Faltaba de las manos alguna carne que muchos religiosos y seglares devotos suyos, visitándola, habían, sin consentimiento del monasterio, quitado por reliquias. Esto mismo se vio en los pies y piernas después, porque teniéndolos hacia la ventanica por donde se reverencia el sancto cuerpo, tuvieron ocasión los devotos de enriquecerse con sus reliquias. Tuvieron, como era razón, gran sentimiento las religiosas deste thesoro que, sin orden suyo, las había tomado, y para atajarlo, determinó el año de mil y seiscientos y once ''[114]'' su sobrina Doña Juana de Toledo, siendo abadesa, echar reja en la ventanica y poner a su puerta llave. Hecho ya hábito y manto de picote de seda parda y preparado todo lo necesario para vestirla, no tuvo efecto hasta el año de seiscientos y doce ''[115]'', siendo abadesa Doña Estefanía Manrique también su sobrina: sacaron el glorioso cuerpo una mañana con grande devoción y, puesto sobre un bufete que cubría un terciopelo car- [fol. 64r] mesí, le vistió Fray Antonio de Angulo, vicario deste convento, volviendo a satisfacerse las religiosas de su entereza. Fue tanto el concurso de la gente de todos estados que, sin aviso alguno, acudió al monasterio, que no bastaban las monjas de una y otra reja a satisfacer la devoción de los que pedían alguna partecica del hábito y forro de la caja en que estaba el cuerpo, y a tocar los rosarios que los devotos las daban por la veneración que tenían a la sierva de Dios. Era igual el júbilo que se había derramado por toda la ciudad, en que se convidaban unos a otros para ver el sancto cuerpo y se provocaban a devoción con la memoria de sus virtudes, y se confirmaban en su sanctidad con la experiencia que hacían sus sentidos viendo su entereza, oliendo su fragrancia y tocando su tractabilidad. No quedó caballero eclesiástico o seglar en Toledo que no fuese testigo de tan gran maravilla.  
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[Fol. 64v]
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===Capítulo VI. Visión que tuvo un religioso de Sancto Domingo del recebimiento que en el Cielo hicieron a la beata abadesa===
'''Capítulo VI. Visión que tuvo un religioso de Sancto Domingo del recebimiento que en el Cielo hicieron a la beata abadesa'''


Communica Dios a sus siervos las mercedes que hace a otros, y es género de regalo grandísimo la participación de la gloria de los premiados para los que esperan serlo, porque ven ejemplo de lo que aguardan y se animan a obrar más por alcanzar más, y como sus espíritus están llenos de caridad, tienen por suyo el favor que a otros se hace. El día mismo que la beata abadesa espiró, estando en oración un religioso de Sancto Domingo, vicario del refugio de nobles, virtuosas, y bien entendidas señoras, del monasterio digo [dicho] de la Madre de Dios desta ciudad, que con tanta nobleza y sanctidad vemos florecer, y hombre de conocidísima reli- [fol. 65r] gión llamado Fray Jordán, no sabiendo el tránsito desta religiosa alma, vio de repente (¡cosa maravillosa!) una copiosísima procesión de ángeles y cortesanos del Cielo vistosísimamente compuestos, y en medio dellos a un lado la beata Sancta Clara, y al otro la sancta reina Isabel, de sus manos la beata abadesa María la Pobre: su rostro más resplandeciente que el sol, su cabeza adornada de una diadema de infinita y exquisita pedrería, cuajado el vestido, que era en forma de los que ordinariamente se ponen los diáconos, de la misma y de otra más preciosa las mangas y orlas. Nunca este religioso había visto a la beata abadesa en su vida, pero al instante que en esta procesión la vio, supo por orden del Cielo quién era y cómo acababa de dar su espíritu al Señor, que para tanta gloria suya le había criado, y que aquel recibimiento la hacían los cortesanos del Cielo. Y aunque tuvo entera noticia de todo, quiso que un ángel se lo refiriese, y así, preguntándolo a uno, le respondió que hacía el Cielo aquella fiesta a la de Sancta Isabel, y que aquellas tan vistosas piedras que hermoseaban su adorno eran premio del menosprecio que de las re- [fol. 65v] quezas temporales y de sí misma había tenido la religiosa abadesa, y que el resplandor que salía de su rostro, manos, y pies era favor particular que, por la aspereza que había consigo usado, las obras buenas que había ejercitado, y la descalcez perpetua con que se había mortificado, había conseguido, y que ya se habían mudado en manojos de perlas y piedras preciosísimas las sogas que habían atado las mangas y ceñido el cuerpo de aquella virtuosa señora. Y que era tanto el gozo de los bienaventurados aquel día que, desde que el Cielo había recebido la alma del gran Doctor Jerónimo, no había habido otro tal recibimiento. De todo esto hizo el religioso Fray Jordán relación a las de Sancta Isabel, añadiendo que no era maravilla haber oído algunas las músicas y harmonía del cielo, que solo era maravilla que todo el mundo no hubiese participado de su suavidad, según la que en el recibimiento hecho a la sancta alma desta señora Pobre él había oído.
Communica Dios a sus siervos las mercedes que hace a otros, y es género de regalo grandísimo la participación de la gloria de los premiados para los que esperan serlo, porque ven ejemplo de lo que aguardan y se animan a obrar más por alcanzar más, y como sus espíritus están llenos de caridad, tienen por suyo el favor que a otros se hace. El día mismo que la beata abadesa espiró, estando en oración un religioso de Sancto Domingo, vicario del refugio de nobles, virtuosas, y bien entendidas señoras, del monasterio digo [dicho] de la Madre de Dios desta ciudad, que con tanta nobleza y sanctidad vemos florecer, y hombre de conocidísima reli- [fol. 65r] gión llamado Fray Jordán, no sabiendo el tránsito desta religiosa alma, vio de repente (¡cosa maravillosa!) una copiosísima procesión de ángeles y cortesanos del Cielo vistosísimamente compuestos, y en medio dellos a un lado la beata Sancta Clara, y al otro la sancta reina Isabel, de sus manos la beata abadesa María la Pobre: su rostro más resplandeciente que el sol, su cabeza adornada de una diadema de infinita y exquisita pedrería, cuajado el vestido, que era en forma de los que ordinariamente se ponen los diáconos, de la misma y de otra más preciosa las mangas y orlas. Nunca este religioso había visto a la beata abadesa en su vida, pero al instante que en esta procesión la vio, supo por orden del Cielo quién era y cómo acababa de dar su espíritu al Señor, que para tanta gloria suya le había criado, y que aquel recibimiento la hacían los cortesanos del Cielo. Y aunque tuvo entera noticia de todo, quiso que un ángel se lo refiriese, y así, preguntándolo a uno, le respondió que hacía el Cielo aquella fiesta a la de Sancta Isabel, y que aquellas tan vistosas piedras que hermoseaban su adorno eran premio del menosprecio que de las re- [fol. 65v] quezas temporales y de sí misma había tenido la religiosa abadesa, y que el resplandor que salía de su rostro, manos, y pies era favor particular que, por la aspereza que había consigo usado, las obras buenas que había ejercitado, y la descalcez perpetua con que se había mortificado, había conseguido, y que ya se habían mudado en manojos de perlas y piedras preciosísimas las sogas que habían atado las mangas y ceñido el cuerpo de aquella virtuosa señora. Y que era tanto el gozo de los bienaventurados aquel día que, desde que el Cielo había recebido la alma del gran Doctor Jerónimo, no había habido otro tal recibimiento. De todo esto hizo el religioso Fray Jordán relación a las de Sancta Isabel, añadiendo que no era maravilla haber oído algunas las músicas y harmonía del cielo, que solo era maravilla que todo el mundo no hubiese participado de su suavidad, según la que en el recibimiento hecho a la sancta alma desta señora Pobre él había oído.
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[Fol. 66r]
[Fol. 66r]


===Capítulo VII. Inspira Dios a un sacerdote que se encomiende a la beata abadesa, y sana de una grave enfermedad. Son copiosísimos sus milagros===
'''Capítulo VII. Inspira Dios a un sacerdote que se encomiende a la beata abadesa, y sana de una grave enfermedad. Son copiosísimos sus milagros'''


Dios solo es el obrador de las maravillas ''[116]'', sus sanctos son instrumentos de lo que él obra, porque obra él todo lo que ellos hacen ''[117]'', que las criaturas nada pueden hacer si el que todo lo hizo de nada no se lo permite, y con la permisión les da el poder ''[118]''. Este es copiosísimo en virtud de quien se le da ''[119]'' y, como le es admirable en sus sanctos ''[120]'', ellos muestran serlo en él, siendo sus sombras, sus vestidos y todo lo que nace dellos de admiración al mundo, de gozo al Cielo, de aliento de los buenos, y de confusión de los enemigos de Dios ''[121]''. Siendo uno de los mayores indicios de su omnipotencia hacer en su virtud omnipo- [fol. 66v] tentes a muchos ''[122]''. En la mayor parte de sus siervos ha manifestado estas maravillas, y en nuestra abadesa las manifiesta abundantísimamente. Referiré, de infinitas, pocas para muestra, no para ostentación.  
Dios solo es el obrador de las maravillas ''[116]'', sus sanctos son instrumentos de lo que él obra, porque obra él todo lo que ellos hacen ''[117]'', que las criaturas nada pueden hacer si el que todo lo hizo de nada no se lo permite, y con la permisión les da el poder ''[118]''. Este es copiosísimo en virtud de quien se le da ''[119]'' y, como le es admirable en sus sanctos ''[120]'', ellos muestran serlo en él, siendo sus sombras, sus vestidos y todo lo que nace dellos de admiración al mundo, de gozo al Cielo, de aliento de los buenos, y de confusión de los enemigos de Dios ''[121]''. Siendo uno de los mayores indicios de su omnipotencia hacer en su virtud omnipo- [fol. 66v] tentes a muchos ''[122]''. En la mayor parte de sus siervos ha manifestado estas maravillas, y en nuestra abadesa las manifiesta abundantísimamente. Referiré, de infinitas, pocas para muestra, no para ostentación.  
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[Fol. 67r]
[Fol. 67r]


===Capítulo VIII. Conciben las estériles que se encomiendan a la beata abadesa: hállase una imagen de Nuestra Señora que preserva de peligro a las que están de parto===
'''Capítulo VIII. Conciben las estériles que se encomiendan a la beata abadesa: hállase una imagen de Nuestra Señora que preserva de peligro a las que están de parto'''


Habiendo sido esta beata señora casada, no tuvo hijo alguno, y con todo eso, los da a las que después de muchos años de matrimonio, con experiencia de su esterilidad, se los piden a Dios por su intercesión. Experiméntase esto cada día en esta ciudad y en otras muchas partes con grande admiración de quien lo ve, y devoción de quien lo experimenta. Una señora muy principal tenía una hija que quería ternísimamente, la cual era con extraordinario rigor aquejada de un perpetuo dolor de cabeza y, aunque casada algunos años, nunca tuvo fructo de su casamiento. Persuadiose su ma- [fol. 67v] dre, por consejo de médicos y personas de experiencia, que si su hija concibiese y pariese, sanaría de aquel penosísimo mal. Era devotísima de la beata abadesa, por la fama de su religiosísima vida, y envió a pedir a este convento con grande devoción la medida del cuerpo para gloria de Dios entero, y por alguna partecica de sus tocas. Habiendo alcanzado lo uno y lo otro, ciñó a su hija con la medida, y puso en su cabeza la toca de la sancta, y luego (¡oh, poder immenso de Dios communicado en su virtud a sus hermanos!) quedó libre de aquella pesadumbre perpetua de la cabeza y concibió, durando toda la vida muy sana. Que las mercedes de la mano de Dios son no solo para quitar el mal presente, sino para prevenir remedio a los futuros; son liberalísimos, son como de sus manos. Divulgose la fama deste milagro tanto que, habiendo sido el primero deste género, hasta hoy dura la devoción de todas las que remedian su esterilidad con la intercesión desta gloriosísima señora, a la cual de la misma manera se encomiendan las que están en los dolores de parto, experimentando su ayuda por medio de sus reliquias, y de una imagen que está en este mo-[fol. 68r] nasterio hallada por la misma beata abadesa milagrosamente. Visitaba muy a menudo a esta beata señora la religiosísima reina Doña Isabel, con tan gran familiaridad como si fuera su hermana. Eran las visitas como de amiga, y como de quien tenía necesidad de su consejo en negocios muchos y de importancia, largas. Salió una vez entre otras más tarde de lo que solía del locutorio bajo desta casa la reina y la abadesa. Al tiempo que quiso salir, vio en la pared que cae el patio una como estrella o luz pequeña y resplandeciente. Hizo otro día romper el lugar donde la había visto y halló una imagencica de Nuestra Señora, la cual se lleva en su ayuda maravillosamente, y es tanta la fe que se tiene en ella, que suelen venir por ella de muchas leguas alrededor, y de muy lejos de Toledo, y las que están prevenidas con esta ayuda confían en gran manera en su buen succeso sin temer peligro alguno.  
Habiendo sido esta beata señora casada, no tuvo hijo alguno, y con todo eso, los da a las que después de muchos años de matrimonio, con experiencia de su esterilidad, se los piden a Dios por su intercesión. Experiméntase esto cada día en esta ciudad y en otras muchas partes con grande admiración de quien lo ve, y devoción de quien lo experimenta. Una señora muy principal tenía una hija que quería ternísimamente, la cual era con extraordinario rigor aquejada de un perpetuo dolor de cabeza y, aunque casada algunos años, nunca tuvo fructo de su casamiento. Persuadiose su ma- [fol. 67v] dre, por consejo de médicos y personas de experiencia, que si su hija concibiese y pariese, sanaría de aquel penosísimo mal. Era devotísima de la beata abadesa, por la fama de su religiosísima vida, y envió a pedir a este convento con grande devoción la medida del cuerpo para gloria de Dios entero, y por alguna partecica de sus tocas. Habiendo alcanzado lo uno y lo otro, ciñó a su hija con la medida, y puso en su cabeza la toca de la sancta, y luego (¡oh, poder immenso de Dios communicado en su virtud a sus hermanos!) quedó libre de aquella pesadumbre perpetua de la cabeza y concibió, durando toda la vida muy sana. Que las mercedes de la mano de Dios son no solo para quitar el mal presente, sino para prevenir remedio a los futuros; son liberalísimos, son como de sus manos. Divulgose la fama deste milagro tanto que, habiendo sido el primero deste género, hasta hoy dura la devoción de todas las que remedian su esterilidad con la intercesión desta gloriosísima señora, a la cual de la misma manera se encomiendan las que están en los dolores de parto, experimentando su ayuda por medio de sus reliquias, y de una imagen que está en este mo-[fol. 68r] nasterio hallada por la misma beata abadesa milagrosamente. Visitaba muy a menudo a esta beata señora la religiosísima reina Doña Isabel, con tan gran familiaridad como si fuera su hermana. Eran las visitas como de amiga, y como de quien tenía necesidad de su consejo en negocios muchos y de importancia, largas. Salió una vez entre otras más tarde de lo que solía del locutorio bajo desta casa la reina y la abadesa. Al tiempo que quiso salir, vio en la pared que cae el patio una como estrella o luz pequeña y resplandeciente. Hizo otro día romper el lugar donde la había visto y halló una imagencica de Nuestra Señora, la cual se lleva en su ayuda maravillosamente, y es tanta la fe que se tiene en ella, que suelen venir por ella de muchas leguas alrededor, y de muy lejos de Toledo, y las que están prevenidas con esta ayuda confían en gran manera en su buen succeso sin temer peligro alguno.  
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[Fol. 68v]
[Fol. 68v]


===Capítulo IX. Sana de cuartanas y ciciones la beata abadesa a los que se encomiendan a ella, o tienen sus reliquias===
'''Capítulo IX. Sana de cuartanas y ciciones la beata abadesa a los que se encomiendan a ella, o tienen sus reliquias'''


Vino al convento de Sancta Isabel de Toledo Fray Pedro de Acuña, religioso de San Francisco por confesor de las religiosas, con unas cuartanas pesadísimas, y cuyo mal humor le impedía casi todas las acciones humanas. Diéronle un poquito de la túnica y cilicio de la beata abadesa, y al instante se volvió atrás aquella sucesión igual y alternación, no sin misterio de tiempos señalados, y le faltó la calentura y se halló libre de la pesadumbre y melancolía natural a este achaque.  
Vino al convento de Sancta Isabel de Toledo Fray Pedro de Acuña, religioso de San Francisco por confesor de las religiosas, con unas cuartanas pesadísimas, y cuyo mal humor le impedía casi todas las acciones humanas. Diéronle un poquito de la túnica y cilicio de la beata abadesa, y al instante se volvió atrás aquella sucesión igual y alternación, no sin misterio de tiempos señalados, y le faltó la calentura y se halló libre de la pesadumbre y melancolía natural a este achaque.  
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Lo mismo se ha experimentado en Yébenes, Ajofrín, Mocejón, donde ordinariamente se lleva agua, con que ha dado virtud su reliquia.
Lo mismo se ha experimentado en Yébenes, Ajofrín, Mocejón, donde ordinariamente se lleva agua, con que ha dado virtud su reliquia.


===Capítulo X. Da vida a dos que en la opinión de todos la habían perdido===
'''Capítulo X. Da vida a dos que en la opinión de todos la habían perdido'''


Hase introducido en este monasterio por costumbre dar agua en que ha entrado su reliquia, para los enfermos en todo género de achaques desde el año de mil y quinientos y ochenta y cuatro ''[125]'' que, habiendo hallado un sacerdote desta ciudad, llamado el Licenciado Torres, en su casa puesta por ladrillo una imagen de Nuestra [fol. 70r] Señora de alabastro, tuvo devoción de ponerla en uno de los altares desta iglesia, de[s]de donde la llevaba cada día a muchos enfermos, que hallaban en ella la medicina de sus males. Otras veces trahían vasos de agua, en que metían parte de la imagen: bebían este agua los enfermos y sentían grande alivio. Un día, enviando Diego de Perea, mercader y natural de Toledo, por un vaso desta agua para paladear una criatura que casi muerta quedaba en los brazos de su madre, con pequeña esperanza de que volvería en sí, no se halló la imagen por haberla llevado, como solía, el sacerdote. Fueron tantas las lágrimas de una tía del niño que venía por ella, creyendo no haber de volver a su casa con remedio faltándole aquel último en que solo confiaba, que, movida a compasión una religiosa, la ofreció poner aquel vaso de agua en la caja donde está el cuerpo de su abadesa bienaventurada. Hízolo así y informó a la mujer de los milagros raros desta señora. Volvió contenta la mujer y halló a su sobrino, en la opinión de todos, muerto y cubierto para enterrarle. Su devoción pudo más que sus ojos que la negaban tener vida aquel a quien Dios se la podía [fol. 70v] dar de nuevo. Descubrió al niño y remojole la boca con una clavellina que venía dentro del vaso y había estado sobre el sancto cuerpo. Abrió los ojos, gorjeose, riose, y tomó el pecho como si jamás hubiera tenido diferencia en su salud. Admiró caso tan admirable a toda la ciudad, y Diego de Perea y Ana de Luna, sus padres, le trajeron a ofrecer a la sancta obradora de su vida velando todo un día delante de su cuerpo.  
Hase introducido en este monasterio por costumbre dar agua en que ha entrado su reliquia, para los enfermos en todo género de achaques desde el año de mil y quinientos y ochenta y cuatro ''[125]'' que, habiendo hallado un sacerdote desta ciudad, llamado el Licenciado Torres, en su casa puesta por ladrillo una imagen de Nuestra [fol. 70r] Señora de alabastro, tuvo devoción de ponerla en uno de los altares desta iglesia, de[s]de donde la llevaba cada día a muchos enfermos, que hallaban en ella la medicina de sus males. Otras veces trahían vasos de agua, en que metían parte de la imagen: bebían este agua los enfermos y sentían grande alivio. Un día, enviando Diego de Perea, mercader y natural de Toledo, por un vaso desta agua para paladear una criatura que casi muerta quedaba en los brazos de su madre, con pequeña esperanza de que volvería en sí, no se halló la imagen por haberla llevado, como solía, el sacerdote. Fueron tantas las lágrimas de una tía del niño que venía por ella, creyendo no haber de volver a su casa con remedio faltándole aquel último en que solo confiaba, que, movida a compasión una religiosa, la ofreció poner aquel vaso de agua en la caja donde está el cuerpo de su abadesa bienaventurada. Hízolo así y informó a la mujer de los milagros raros desta señora. Volvió contenta la mujer y halló a su sobrino, en la opinión de todos, muerto y cubierto para enterrarle. Su devoción pudo más que sus ojos que la negaban tener vida aquel a quien Dios se la podía [fol. 70v] dar de nuevo. Descubrió al niño y remojole la boca con una clavellina que venía dentro del vaso y había estado sobre el sancto cuerpo. Abrió los ojos, gorjeose, riose, y tomó el pecho como si jamás hubiera tenido diferencia en su salud. Admiró caso tan admirable a toda la ciudad, y Diego de Perea y Ana de Luna, sus padres, le trajeron a ofrecer a la sancta obradora de su vida velando todo un día delante de su cuerpo.  
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Isabel de Sagredo, madre de Fray Pedro de Navas, religioso de San Francisco que hoy vive en esta provincia de Castilla, enfermó gravemente y, recebidos los sacramentos, al parecer de todos y a juicio de los médicos espiró. Lloráronla y trataron de enterrarla, cumpliendo con la obligación de piedad natural y christiana. Pero su madre, que era devotísima de la beata abadesa Sor María la Pobre, y tenía su reliquia, la aplicó antes de amortajarla al cuerpo defunto y al instante (brame la herejía que ata las manos del poder de Dios) cobró movimiento, respiró, tomó calor, y la sobrevino un tan copioso sudor que admiró a la misma medicina, pues sin calentura y sin dolor alguno la hallaron los médicos, confesando ser solo [fol. 71r] aquella ciencia reservada a la sabiduría de Dios. Trocose el llanto en gozo, la última y más vil vestidura con que nos paga el mundo en la de más alegría y de estima que para celebrar tan gran favor pareció a propósito.  
Isabel de Sagredo, madre de Fray Pedro de Navas, religioso de San Francisco que hoy vive en esta provincia de Castilla, enfermó gravemente y, recebidos los sacramentos, al parecer de todos y a juicio de los médicos espiró. Lloráronla y trataron de enterrarla, cumpliendo con la obligación de piedad natural y christiana. Pero su madre, que era devotísima de la beata abadesa Sor María la Pobre, y tenía su reliquia, la aplicó antes de amortajarla al cuerpo defunto y al instante (brame la herejía que ata las manos del poder de Dios) cobró movimiento, respiró, tomó calor, y la sobrevino un tan copioso sudor que admiró a la misma medicina, pues sin calentura y sin dolor alguno la hallaron los médicos, confesando ser solo [fol. 71r] aquella ciencia reservada a la sabiduría de Dios. Trocose el llanto en gozo, la última y más vil vestidura con que nos paga el mundo en la de más alegría y de estima que para celebrar tan gran favor pareció a propósito.  


===Capítulo XI. Varias enfermedades remediadas por la intercesión de la bienaventurada abadesa===
'''Capítulo XI. Varias enfermedades remediadas por la intercesión de la bienaventurada abadesa'''


Una señora Duquesa de Medinaceli era continuamente afligida de tan pesado dolor de cabeza que la traía como fuera de juicio. Visitando el cuerpo desta señora su deuda, metió la cabeza en la caja donde está, y se halló aliviada al momento de tan gran pesadumbre y vivió siempre libre della.  
Una señora Duquesa de Medinaceli era continuamente afligida de tan pesado dolor de cabeza que la traía como fuera de juicio. Visitando el cuerpo desta señora su deuda, metió la cabeza en la caja donde está, y se halló aliviada al momento de tan gran pesadumbre y vivió siempre libre della.  
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Sor Catalina De Espíritu Sancto. Sor Isabel de San Luis. Sor Isabel Danunciaçaon. Sor Juana Evangelista. Lionarda de Moura. Catherina Moreira. María Gómez”.  
Sor Catalina De Espíritu Sancto. Sor Isabel de San Luis. Sor Isabel Danunciaçaon. Sor Juana Evangelista. Lionarda de Moura. Catherina Moreira. María Gómez”.  


===Capítulo XII. Preserva de fuego la beata abadesa su convento y obra otras maravillas===
'''Capítulo XII. Preserva de fuego la beata abadesa su convento y obra otras maravillas'''


Entre las demás peticiones que la beata abadesa hizo a su Esposo por su querida casa, fue una la preservación del fuego: hanse visto muchos ejemplos raros en esta materia y no sin admiración notado. Entre otros es admirable uno que no dejaré de referir para gloria de Dios y de su esposa María la Pobre.  
Entre las demás peticiones que la beata abadesa hizo a su Esposo por su querida casa, fue una la preservación del fuego: hanse visto muchos ejemplos raros en esta materia y no sin admiración notado. Entre otros es admirable uno que no dejaré de referir para gloria de Dios y de su esposa María la Pobre.  
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Lo mismo sucedió a una mujer que tenía un rayo en la cabeza tan penoso que vivía como incapaz de todas las operaciones de viviente, quedando con entera salud con la agua de la reliquia desta beata señora, por la cual se acude a esta casa de muchas partes, y con tanta frecuencia que ha parecido conveniente que las señoras porteras o torneras della tengan una reliquia siempre para satisfacer la devoción y remediar las enfermedades de los que la buscan. Todo esto cuenta esta buena mujer de otros como de sí, que, estando con una gran postema en la boca, de adonde resultaba gran daño al cuerpo y a ella gran dolor sin remedio alguno, tomó un poco de agua de la sancta y, dentro [fol. 75r] de un cuarto de hora que la tuvo en la boca, se levantó de la cama glorificando a Dios y sin daño alguno. Otra vez, teniendo el rostro lleno de erisipula ''[125]'', sintió la misma maravilla en un instante; favor que también participó una doncella que tenía el mismo mal, tomando la agua a ejemplo desta devota mujer. Otra vez, teniendo otra postema tan penosa en la garganta, que si no fuera por no ofender a Dios se dejara morir de hambre por no padecer el dolor que aun con sustancia líquidas sentía, visitó el cuerpo de la beata abadesa, y volvió sana y sin impedimento alguno. La misma confiesa de sí que más de cuarenta veces experimentó su remedio repentino en diferentes achaques, y más de veinte halló remediadas otras necesidades particulares en que invocaba su ayuda, y esto con tanta facilidad que, apenas había en su corazón propuesta la petición, cuando hallaba cumplido lo que deseaba. Experimentó esto con gran admiración una vez que, estando suplicando a la Virgen Nuestra Señora se sirviese de reducir a efecto cierta obra de mucho servicio de Dios, y de grande importancia, dijo en voz alta María la Pobre: “Sedme aquí interces- [fol. 75v] sora y ayudadme con la Virgen”. Al punto salió una fragrancia tan particular de una reliquia que traía consigo de la sancta que la era imposible sufrirla: y dijo entre sí, “Si tiene buen efecto este negocio, veré si es aprehensión o antojo mío este olor”. Otro día se hizo lo que había pedido aun mejor de lo que ella deseaba, y halló verdadero el consentimiento que a su petición hizo la beata abadesa.  
Lo mismo sucedió a una mujer que tenía un rayo en la cabeza tan penoso que vivía como incapaz de todas las operaciones de viviente, quedando con entera salud con la agua de la reliquia desta beata señora, por la cual se acude a esta casa de muchas partes, y con tanta frecuencia que ha parecido conveniente que las señoras porteras o torneras della tengan una reliquia siempre para satisfacer la devoción y remediar las enfermedades de los que la buscan. Todo esto cuenta esta buena mujer de otros como de sí, que, estando con una gran postema en la boca, de adonde resultaba gran daño al cuerpo y a ella gran dolor sin remedio alguno, tomó un poco de agua de la sancta y, dentro [fol. 75r] de un cuarto de hora que la tuvo en la boca, se levantó de la cama glorificando a Dios y sin daño alguno. Otra vez, teniendo el rostro lleno de erisipula ''[125]'', sintió la misma maravilla en un instante; favor que también participó una doncella que tenía el mismo mal, tomando la agua a ejemplo desta devota mujer. Otra vez, teniendo otra postema tan penosa en la garganta, que si no fuera por no ofender a Dios se dejara morir de hambre por no padecer el dolor que aun con sustancia líquidas sentía, visitó el cuerpo de la beata abadesa, y volvió sana y sin impedimento alguno. La misma confiesa de sí que más de cuarenta veces experimentó su remedio repentino en diferentes achaques, y más de veinte halló remediadas otras necesidades particulares en que invocaba su ayuda, y esto con tanta facilidad que, apenas había en su corazón propuesta la petición, cuando hallaba cumplido lo que deseaba. Experimentó esto con gran admiración una vez que, estando suplicando a la Virgen Nuestra Señora se sirviese de reducir a efecto cierta obra de mucho servicio de Dios, y de grande importancia, dijo en voz alta María la Pobre: “Sedme aquí interces- [fol. 75v] sora y ayudadme con la Virgen”. Al punto salió una fragrancia tan particular de una reliquia que traía consigo de la sancta que la era imposible sufrirla: y dijo entre sí, “Si tiene buen efecto este negocio, veré si es aprehensión o antojo mío este olor”. Otro día se hizo lo que había pedido aun mejor de lo que ella deseaba, y halló verdadero el consentimiento que a su petición hizo la beata abadesa.  


===Capítulo XIII. Excelencia de los milagros de la beata Sor María la Pobre. Vida y muerte de la beata Juana Rodríguez, su compañera===
'''Capítulo XIII. Excelencia de los milagros de la beata Sor María la Pobre. Vida y muerte de la beata Juana Rodríguez, su compañera'''


Pudiera referir otros muchos milagros, y no de menos admiración que los pasados, si quisiera más parecer ostentoso en la misma humildad que sencillo en el crédito que es justo se dé a prodigios tales: como mi pretensión ha sido dar en summa breve noticia de las virtudes des- [fol. 76r] ta gran señora y sancta, en los milagros admirables que Dios obró por su intercesión sigo el mismo, reservando para el tiempo que confiamos en su Majestad, que por auctoridad apostólica se ha de hacer más copiosamente para que con libertad sus aficionados la ofrezcamos votos como a quien goza conocidamente de Dios, sea sola esta muestra de tan gran máchina, y bosquejo de la pintura que la artífice mano de Dios pintó para sí. Grandes son (¿quien lo dudará si los ha leído?) sus virtudes, grandes sus milagros. Pero el que es milagro de milagros, y el que es confirmación de todos los demás, es la fundación deste religiosísimo monasterio, donde con tanto ejemplo hasta hoy se vive. Sea muestra d’él la vida maravillosa de la beata Juana Rodríguez, compañera perpetua de su sancta Madre.  
Pudiera referir otros muchos milagros, y no de menos admiración que los pasados, si quisiera más parecer ostentoso en la misma humildad que sencillo en el crédito que es justo se dé a prodigios tales: como mi pretensión ha sido dar en summa breve noticia de las virtudes des- [fol. 76r] ta gran señora y sancta, en los milagros admirables que Dios obró por su intercesión sigo el mismo, reservando para el tiempo que confiamos en su Majestad, que por auctoridad apostólica se ha de hacer más copiosamente para que con libertad sus aficionados la ofrezcamos votos como a quien goza conocidamente de Dios, sea sola esta muestra de tan gran máchina, y bosquejo de la pintura que la artífice mano de Dios pintó para sí. Grandes son (¿quien lo dudará si los ha leído?) sus virtudes, grandes sus milagros. Pero el que es milagro de milagros, y el que es confirmación de todos los demás, es la fundación deste religiosísimo monasterio, donde con tanto ejemplo hasta hoy se vive. Sea muestra d’él la vida maravillosa de la beata Juana Rodríguez, compañera perpetua de su sancta Madre.  
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[Fol. 78r]
[Fol. 78r]


===Capítulo XIV y último. Religión del convento de Sancta Isabel de los Reyes. Señoras religiosísimas y principalísimas que le han ilustrado===
'''Capítulo XIV y último. Religión del convento de Sancta Isabel de los Reyes. Señoras religiosísimas y principalísimas que le han ilustrado'''


El ejemplo y religión deste convento de Sancta Isabel ha sido siempre sin relajación alguna, uno y siempre tan grande que ha dado ocasión a los demás religiosísimos desta ciudad para tenerle por dechado de toda perfección. Ha sido su recato amable, el trato con los seglares, aunque sin afectación, ejemplar, el culto divino puntual, y lo necesario para él tan asesado que, si al más religioso en todo lo demás iguala, en esto le sobrepuja; finalmente jamás, aun de la misma invidia murmurado, de la virtud perpetuamente honrado. Es buen indicio desto las grandes señoras que han querido que sea esta su habitación fiel hasta la resurección universal. Vese en el coro [fol. 78v] una piedra llana y humilde, que levemente oprime las cenizas de Doña Isabel, princesa de Castilla, Reina de Portugal, hija mayor de los Cathólicos Reyes Don Fernando y Doña Isabel, y sobrina de la beata abadesa Doña María: fue casada la vez primera con el Príncipe Don Alonso de Portugal que, cayendo de un caballo, murió en Santarén, y la segunda con el Rey Don Manuel de Portugal, por cuya muerte heredó aquel Reino y, aunque murió en Zaragoza a los XXIII de Agosto del año de MCDLXXXVIII, se mandó traher a esta sancta casa por la devoción que a su tía Doña María y a ella tenía, y que su sepultura fuese entre las de las religiosas. Con esta ocasión sacaron del coro a Doña Inés de Ayala, que estaba en él sepultada aun antes que estas religiosas tomasen la posesión de su Iglesia y la pusieron a la mano derecha del altar mayor con un letrero, por donde parece que fue señora de Casarubios, mujer de Don Diego Fernández de Córdoba Mariscal de Castilla, señor de Baena, abuela de la reina Doña Juana de Aragón y bisabuela del Rey Cathólico su hijo, hermana de Doña Teresa de Toledo, señora de Pinto, abuela paterna de la Señora Doña María [fol. 79r]. Otras muchas grandes señoras están sepultadas en este monasterio, habiendo hecho elección d’él por su mucha religión. Como otras que le han escogido para su habitación en vida sirviendo en él debajo de las reglas de la religión y obligación a los votos religiosos. Entre otras, Doña Beatriz de Guzmán, hija de Pedro Suárez de Toledo y de Doña Isabel de Guzmán, hermana de la fundadora.  
El ejemplo y religión deste convento de Sancta Isabel ha sido siempre sin relajación alguna, uno y siempre tan grande que ha dado ocasión a los demás religiosísimos desta ciudad para tenerle por dechado de toda perfección. Ha sido su recato amable, el trato con los seglares, aunque sin afectación, ejemplar, el culto divino puntual, y lo necesario para él tan asesado que, si al más religioso en todo lo demás iguala, en esto le sobrepuja; finalmente jamás, aun de la misma invidia murmurado, de la virtud perpetuamente honrado. Es buen indicio desto las grandes señoras que han querido que sea esta su habitación fiel hasta la resurección universal. Vese en el coro [fol. 78v] una piedra llana y humilde, que levemente oprime las cenizas de Doña Isabel, princesa de Castilla, Reina de Portugal, hija mayor de los Cathólicos Reyes Don Fernando y Doña Isabel, y sobrina de la beata abadesa Doña María: fue casada la vez primera con el Príncipe Don Alonso de Portugal que, cayendo de un caballo, murió en Santarén, y la segunda con el Rey Don Manuel de Portugal, por cuya muerte heredó aquel Reino y, aunque murió en Zaragoza a los XXIII de Agosto del año de MCDLXXXVIII, se mandó traher a esta sancta casa por la devoción que a su tía Doña María y a ella tenía, y que su sepultura fuese entre las de las religiosas. Con esta ocasión sacaron del coro a Doña Inés de Ayala, que estaba en él sepultada aun antes que estas religiosas tomasen la posesión de su Iglesia y la pusieron a la mano derecha del altar mayor con un letrero, por donde parece que fue señora de Casarubios, mujer de Don Diego Fernández de Córdoba Mariscal de Castilla, señor de Baena, abuela de la reina Doña Juana de Aragón y bisabuela del Rey Cathólico su hijo, hermana de Doña Teresa de Toledo, señora de Pinto, abuela paterna de la Señora Doña María [fol. 79r]. Otras muchas grandes señoras están sepultadas en este monasterio, habiendo hecho elección d’él por su mucha religión. Como otras que le han escogido para su habitación en vida sirviendo en él debajo de las reglas de la religión y obligación a los votos religiosos. Entre otras, Doña Beatriz de Guzmán, hija de Pedro Suárez de Toledo y de Doña Isabel de Guzmán, hermana de la fundadora.  
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= Vida impresa (8)=
= Vida impresa (8)=
Ed. de [http://visionarias.es/equipo/sergi-sancho-fibla/ Sergi Sancho Fibla]; fecha de edición: junio de 2021.  
Ed. de [http://visionarias.es/equipo/sergi-sancho-fibla/ Sergi Sancho Fibla]; fecha de edición: junio de 2021; fecha de modificación: junio de 2026.  


== Fuente ==
== Fuente ==
[[Archivo:Rojas Discursos 1636.jpg|miniatura|250px|right| Pedro de Rojas, 1636. ''Discursos ilustres, históricos, i genealógicos. A Don Pedro Pacheco, del Consejo de su Majestad en el Supremo de Castilla, y general Inquisición, y canónigo de las santa iglesias de Cuenca. Por Don Pedro de Rojas, Caballero de la Orden de Calatrava, Conde de Mora, Señor de la Villa de Laios, y el Castañar''. Toledo: Joan Ruiz de Pereda]]
[[Archivo:Rojas Discursos 1636.jpg|miniatura|250px|right| Pedro de Rojas, 1636. ''Discursos ilustres, históricos, i genealógicos. A Don Pedro Pacheco, del Consejo de su Majestad en el Supremo de Castilla, y general Inquisición, y canónigo de las santa iglesias de Cuenca. Por Don Pedro de Rojas, Caballero de la Orden de Calatrava, Conde de Mora, Señor de la Villa de Laios, y el Castañar''. Toledo: Joan Ruiz de Pereda]]


* [http://catalogodesantasvivas.visionarias.es/index.php/Categor%C3%ADa:Pedro_de_Rojas Rojas, Pedro de], 1636. ''Discursos ilustres, históricos, i genealógicos. A Don Pedro Pacheco, del Consejo de su Majestad en el Supremo de Castilla, y general Inquisición, y canónigo de las santa iglesias de Cuenca. Por Don Pedro de Rojas, Caballero de la Orden de Calatrava, Conde de Mora, Señor de la Villa de Laios, y el Castañar''. Toledo, Joan Ruiz de Pereda, 136-137.
* [http://catalogodesantasvivas.visionarias.es/index.php/Categor%C3%ADa:Pedro_de_Rojas Rojas, Pedro de], 1636. ''Discursos ilustres, históricos, i genealógicos. A Don Pedro Pacheco, del Consejo de su Majestad en el Supremo de Castilla, y general Inquisición, y canónigo de las santa iglesias de Cuenca. Por Don Pedro de Rojas, Caballero de la Orden de Calatrava, Conde de Mora, Señor de la Villa de Laios, y el Castañar''. Toledo, Joan Ruiz de Pereda, 136r-137r.


== Criterios de edición ==
== Criterios de edición ==
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'''De Doña María de Toledo, llamada María la Pobre'''
'''De Doña María de Toledo, llamada María la Pobre'''


[136a] Doña María de Toledo, que dixe era hija de Pedro Suárez de Toledo y Doña Joana de Guzmán, fue persona de esclarecidas partes y de quien se podía decir mucho, si se hubiera de hacer relación de sus virtudes y milagros, pero por tener sacado a la luz un libro de su vida, virtudes, y milagros Don Thomas Tamaio de Vargas, cronista de su Majestad, con tanta erudición, y galante estilo, no diré aquí más de lo forçoso para mi intento, pues por mucho que dixera, no podía llegar a lo que tiene dicho desta santa.  
[136r] Doña María de Toledo, que dixe era hija de Pedro Suárez de Toledo y Doña Joana de Guzmán, fue persona de esclarecidas partes y de quien se podía decir mucho, si se hubiera de hacer relación de sus virtudes y milagros, pero por tener sacado a la luz un libro de su vida, virtudes, y milagros Don Thomas Tamaio de Vargas, cronista de su Majestad, con tanta erudición, y galante estilo, no diré aquí más de lo forçoso para mi intento, pues por mucho que dixera, no podía llegar a lo que tiene dicho desta santa.  


Fue casada Doña María de Toledo con García Méndez de Sotomayor, Señor del Carpio, de quien no tuvo hijos, y viuda se vino a Toledo, renunciando las galas, y aun el hábito de viuda por una túnica, y manto pardo grossero, los pies descalços, y de esta suerte exercitaba obras de cari- [136b] dad. Visitaba los Hospitales, y entró en el de la Misericordia a servir a los pobres y pedir por las calles para su sustento y llegaba tanta limosna, que con ella casi sustentaba este Hospital. Decía que con este traje y vida estaba más contenta que con el que en casa de sus padres había tenido y traído.  
Fue casada Doña María de Toledo con García Méndez de Sotomayor, Señor del Carpio, de quien no tuvo hijos, y viuda se vino a Toledo, renunciando las galas, y aun el hábito de viuda por una túnica, y manto pardo grossero, los pies descalços, y de esta suerte exercitaba obras de cari- [136v] dad. Visitaba los Hospitales, y entró en el de la Misericordia a servir a los pobres y pedir por las calles para su sustento y llegaba tanta limosna, que con ella casi sustentaba este Hospital. Decía que con este traje y vida estaba más contenta que con el que en casa de sus padres había tenido y traído.  


Sentían tanto sus deudos que anduviesse esta señora desta forma, y en particular el señor de Pinto y Caracena su sobrino, y Don Alonso Carrillo, arçobispo de Toledo, su deudo, que hicieron extraordinarias diligencias por que dexasse esta vida y en recogimiento sirviesse a Nuestro Señor, pero ningunas bastaron, porque se escusaba con que sus pobres la habían menester y que no los había de desamparar.  
Sentían tanto sus deudos que anduviesse esta señora desta forma, y en particular el señor de Pinto y Caracena su sobrino, y Don Alonso Carrillo, arçobispo de Toledo, su deudo, que hicieron extraordinarias diligencias por que dexasse esta vida y en recogimiento sirviesse a Nuestro Señor, pero ningunas bastaron, porque se escusaba con que sus pobres la habían menester y que no los había de desamparar.  
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Viendo el arçobispo y sus deudos este fervor celestial, vinieron a partido con esta santa señora de que se recogiesse, que ellos le daban la palabra de servir a los pobres de su Hospital de la Misericordia.
Viendo el arçobispo y sus deudos este fervor celestial, vinieron a partido con esta santa señora de que se recogiesse, que ellos le daban la palabra de servir a los pobres de su Hospital de la Misericordia.


Habiendo hablado a toda la nobleza de la ciudad, y concertado que cincuenta y dos señores y hombres nobles sirviessen las cincuenta y dos semanas del año, cada uno su semana ''[1]'', este concierto declararon a Doña María de Toledo que tenían hecho, con lo cual vino en [137a] cumplir la voluntad de sus deudos: y la primera semana eligió el arçobispo de Toledo, Don Alonso Carrillo; la segunda, el Marqués de Villena; y desta suerte los demás, y la última, el Señor de Pinto, y Caracena, y hasta hoy se conserva este orden, con que es de los Hospitales más bien servidos y administrados que se conocen.  
Habiendo hablado a toda la nobleza de la ciudad, y concertado que cincuenta y dos señores y hombres nobles sirviessen las cincuenta y dos semanas del año, cada uno su semana ''[1]'', este concierto declararon a Doña María de Toledo que tenían hecho, con lo cual vino en [137r] cumplir la voluntad de sus deudos: y la primera semana eligió el arçobispo de Toledo, Don Alonso Carrillo; la segunda, el Marqués de Villena; y desta suerte los demás, y la última, el Señor de Pinto, y Caracena, y hasta hoy se conserva este orden, con que es de los Hospitales más bien servidos y administrados que se conocen.  


Diole Doña María la hacienda que pudo. Y sabiendo los señores Reyes Cathólicos Don Fernando y Doña Isabel el santo intento de Doña María de Toledo (guiado por sus deudos), le dieron la casa que el señor Rey Don Fernando había heredado de su madre y abuelos, junto a la parrochia de San Antolín, y Doña María se recogió en ella, con algunas virtuosas mujeres, donde fundó el convento de Santa Isabel la Real, de la Orden de santa Clara, y para iglesia le dieron la de San Antolín, passando la parrochia a la muzárabe de San Marcos, donde entrambas están juntas. Y este convento ha conservado el celo y fervor de servir a Nuestro Señor que tuvo la fundadora. La cual acabó la vida tan santamente como desde niña había tenido, y su cuerpo está entero en el coro de las monjas del dicho convento.
Diole Doña María la hacienda que pudo. Y sabiendo los señores Reyes Cathólicos Don Fernando y Doña Isabel el santo intento de Doña María de Toledo (guiado por sus deudos), le dieron la casa que el señor Rey Don Fernando había heredado de su madre y abuelos, junto a la parrochia de San Antolín, y Doña María se recogió en ella, con algunas virtuosas mujeres, donde fundó el convento de Santa Isabel la Real, de la Orden de santa Clara, y para iglesia le dieron la de San Antolín, passando la parrochia a la muzárabe de San Marcos, donde entrambas están juntas. Y este convento ha conservado el celo y fervor de servir a Nuestro Señor que tuvo la fundadora. La cual acabó la vida tan santamente como desde niña había tenido, y su cuerpo está entero en el coro de las monjas del dicho convento.
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==Vida de María de Toledo==
==Vida de María de Toledo==


===Capítulo XXIV. Vida y muerte de la Hermana María la Pobre===
'''Capítulo XXIV. Vida y muerte de la Hermana María la Pobre'''


[836b] No siente las cadenas el cuerpo, ni el pie los grillos, mientras la criatura se halla arrebatada y como fuera de sí. Grillos insufribles y pesadas cadenas son, para la hermosura y gentileza airosa de la mujer, el vestir basta jerga o privarse de las ricas galas, que usan las de su estado y tiempo, componiendo lo decente con lo rico y primoroso de sus trajes, de donde se colige que, sin duda todas las Terceras, que serán asumpto a los siguientes capítulos de este tratado, vivían totalmente negadas a sí mesmas y arrebatadas del amor divino [837a] pues no sentían el vestirse de jerga unas y el despreciar vistosas galas otras. Empiezo, pues, su narrativa por la más notable, así en calidad y naturales prendas, como en humildes desprecios.  
[836b] No siente las cadenas el cuerpo, ni el pie los grillos, mientras la criatura se halla arrebatada y como fuera de sí. Grillos insufribles y pesadas cadenas son, para la hermosura y gentileza airosa de la mujer, el vestir basta jerga o privarse de las ricas galas, que usan las de su estado y tiempo, componiendo lo decente con lo rico y primoroso de sus trajes, de donde se colige que, sin duda todas las Terceras, que serán asumpto a los siguientes capítulos de este tratado, vivían totalmente negadas a sí mesmas y arrebatadas del amor divino [837a] pues no sentían el vestirse de jerga unas y el despreciar vistosas galas otras. Empiezo, pues, su narrativa por la más notable, así en calidad y naturales prendas, como en humildes desprecios.