Diferencia entre revisiones de «María de Toledo»

 
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'''Capítulo tercero, de cómo dejó los vestidos ricos que tenía y las demás cosas'''
'''Capítulo tercero, de cómo dejó los vestidos ricos que tenía y las demás cosas'''


[fol. 5v] Y dejadas todas las ropas preciosas y vestidos que tenía, vistiose de una túnica de sayal y un hábito de paño pardillo muy vil de nuestro Padre San Francisco y un manto negro muy despreciado: ella y todas sus criadas que la quisieron seguir en aquella vida tan áspera. ''[4]'' Y, como esta señora estaba, no entendía en otra cosa sino en obras de mucha caridad, y visitaba los hospitales y lavaba las llagas a los enfermos y se las besaba, y muchas veces, cuando salía fuera ''[5]'', volvía sin tocas, con solo el manto cubierta la cabeza, porque las [fol. 6r] dejaba atadas a las llagas de los enfermos. Y ansí mismo hacía dejándolos repartidos a los pobres; y de su renta casaba muchas huérfanas y personalmente iba a buscar las personas avergonzantes para proveellos de todas sus necesidades. ''[6]'' Y hacía rescatar muchos captivos, y hacía criar muchos niños de la piedra ''[7]'', y ella misma los traía en sus brazos debajo de su manto, y los daba a criar y después de criados los ponía en oficios aquellos que veía y le parecía que convenía y mejor podía ganar de comer o en otros estados de vida religiosa. Hacía muy grandes limosnas a [fol. 6v] pobres, cumplía las obras de misericordia en todos, vistiendo los desnudos y dando de comer al hambriento; visitaba los encarcelados y socorría sus necesidades en lo que podía.
[fol. 5v] Y dejadas todas las ropas preciosas y vestidos que tenía, vistiose de una túnica de sayal y un hábito de paño pardillo muy vil de nuestro Padre San Francisco y un manto negro muy despreciado: ella y todas sus criadas que la quisieron seguir en aquella vida tan áspera. ''[4]'' Y como esta señora estaba, no entendía en otra cosa sino en obras de mucha caridad, y visitaba los hospitales y lavaba las llagas a los enfermos y se las besaba, y muchas veces, cuando salía fuera ''[5]'', volvía sin tocas, con solo el manto cubierta la cabeza, porque las [fol. 6r] dejaba atadas a las llagas de los enfermos. Y ansí mismo hacía dejándolos repartidos a los pobres; y de su renta casaba muchas huérfanas y personalmente iba a buscar las personas avergonzantes para proveellos de todas sus necesidades. ''[6]'' Y hacía rescatar muchos captivos, y hacía criar muchos niños de la piedra ''[7]'', y ella misma los traía en sus brazos debajo de su manto, y los daba a criar y después de criados los ponía en oficios aquellos que veía y le parecía que convenía y mejor podía ganar de comer o en otros estados de vida religiosa. Hacía muy grandes limosnas a [fol. 6v] pobres, cumplía las obras de misericordia en todos, vistiendo los desnudos y dando de comer al hambriento; visitaba los encarcelados y socorría sus necesidades en lo que podía.


'''Capítulo cuarto, de los ejercicios espirituales en que se ocupaba'''
'''Capítulo cuarto, de los ejercicios espirituales en que se ocupaba'''
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'''Capítulo veinteyuno, de muchos cantos y músicas que fueron oídos en su tránsito y el llanto que las monjas hicieron'''
'''Capítulo veinteyuno, de muchos cantos y músicas que fueron oídos en su tránsito y el llanto que las monjas hicieron'''


Juntamente con este olor sonaron suavísimos cantos y músicas celestiales, que era cosa maravillosa de oír, que con todo el llanto innumerable que el convento hacía se oyeron cuando aquella sanctísima ánima [fol. 27v] salió del cuerpo, que no fuera posible criatura humana poderlo comparar. Y esto oyeron más de treinta monjas, todas personas de mucho crédito. Y esta música oyeron cuando falleció y cuando la llevaban el cuerpo al coro los frailes, y cuando alzaron el cuerpo sacratísimo de Nuestro Señor Jesuchristo, y cuando metieron el cuerpo en la cueva. Y los frailes llevaban el cuerpo con el Subvenite sancti Dei ''[45]'' rezado, que no podían cantar con el gran llanto que el convento hacía; y con todo se sonaba tan claro y no atinaban adónde sonaban las que quedaban con el cuerpo, y las que iban delante pen- [fol. 28r] saban que eran los frailes que cantaban. Ansí que vinieron dos en uno, y conocieron que eran cantos celestiales y tonos de cantos muy suaves, y los mismos frailes lloraban de compasión, y algunos dellos oyeron lo mismo que las monjas, y acabado el oficio, cuando la metieron en la cueva, como era tiempo de pestilencia echaron los frailes cal encima del cuerpo y, no mirando las monjas lo que hacían por la gran pena que tenían de perder tanto bien en tal madre, y como llevaba el velo delante del rostro y le echaron la cal encima, parósele el rostro negro con la cal y el agua de la cueva, y todo lo otro [fol. 28v] del cuerpo quedó como bálsamo, que ansí se manda todo su cuerpo como viva.
Juntamente con este olor sonaron suavísimos cantos y músicas celestiales, que era cosa maravillosa de oír, que con todo el llanto innumerable que el convento hacía se oyeron cuando aquella sanctísima ánima [fol. 27v] salió del cuerpo, que no fuera posible criatura humana poderlo comparar. Y esto oyeron más de treinta monjas, todas personas de mucho crédito. Y esta música oyeron cuando falleció y cuando la llevaban el cuerpo al coro los frailes, y cuando alzaron el cuerpo sacratísimo de Nuestro Señor Jesuchristo, y cuando metieron el cuerpo en la cueva. Y los frailes llevaban el cuerpo con el Subvenite sancti Dei ''[45]'' rezado, que no podían cantar con el gran llanto que el convento hacía; y con todo se sonaba tan claro y no atinaban adónde sonaban las que quedaban con el cuerpo, y las que iban delante pen- [fol. 28r] saban que eran los frailes que cantaban. Ansí que vinieron dos en uno, y conocieron que eran cantos celestiales y tonos de cantos muy suaves, y los mismos frailes lloraban de compasión, y algunos dellos oyeron lo mismo que las monjas, y acabado el oficio, cuando la metieron en la cueva, como era tiempo de pestilencia echaron <s>los frailes</s> cal encima del cuerpo y, no mirando las monjas lo que hacían por la gran pena que tenían de perder tanto bien en tal madre, y como llevaba el velo delante del rostro y le echaron la cal encima, parósele el rostro negro con la cal y el agua de la cueva, y todo lo otro [fol. 28v] del cuerpo quedó como bálsamo, que ansí se manda todo su cuerpo como viva.


'''Capítulo veynte y dos, de cómo las monjas sacaron la sierva de Nuestro Señor de la cueva'''
'''Capítulo veynte y dos, de cómo las monjas sacaron la sierva de Nuestro Señor de la cueva'''
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En la muy noble Ciudad de Toledo, resplandeció con grandes muestras de virtud y sanctidad una señora muy ilustre y bienaventurada llamada doña María de Toledo, la cual después por humildad y menosprecio del mundo se quiso llamar Soror María la pobre y fue fundadora y primera abadesa del Monasterio de sancta Isabel de la dicha Ciudad, que es de la Orden de Sancta Clara ''[1]''. Fue la vida desta sierva de Dios como un espejo y traslado de la muy sancta vida de sancta Isabel, hija del Rey de Hungría, de la Tercera Orden de nuestro glorioso Padre san Francisco, de quien ella era por extremo devota, y por esta causa al monasterio que edificó le puso por título y renombre de sancta Isabel. Fue la sierva de Dios de muy clara generación y ilustre sangre, de los Duques de Alba y Condes de Oropesa, hija de Pedro Suárez de Toledo y de doña Juana de Guzmán, señores de Pinto, personas muy temerosas de Dios. Desde sus tiernos años así comenzó a ser ferviente en el amor de la castidad que formó y tuvo firmísimo propósito cuanto le fuese posible de nunca se casar. Así era su corazón lleno de compasión y piedad para con los pobres que en ninguna cosa mayor consolación sentía que en les hacer limosnas y acudir a sus necesidades, quitándolo algunas veces de su propia boca y de los que había menester. Huía de las malas conversaciones y regocijos de las otras doncellas y todo el tiempo que podía se recogía al oratorio donde su madre oía misa, y allí se ocupaba en continuas y devotas oraciones. Habiendo sido constreñida a que se casase, [212] por la obediencia de su padre, con un caballero de la Andalucía, señor del Carpio, vivió con él siete años con mucha paciencia, sufriendo muchos trabajos. Y por no tener hijos, habida licencia de su marido, se volvió a Toledo a la casa de su madre, donde de ahí a poco tiempo le vino nueva que su marido era muerto.  
En la muy noble Ciudad de Toledo, resplandeció con grandes muestras de virtud y sanctidad una señora muy ilustre y bienaventurada llamada doña María de Toledo, la cual después por humildad y menosprecio del mundo se quiso llamar Soror María la pobre y fue fundadora y primera abadesa del Monasterio de sancta Isabel de la dicha Ciudad, que es de la Orden de Sancta Clara ''[1]''. Fue la vida desta sierva de Dios como un espejo y traslado de la muy sancta vida de sancta Isabel, hija del Rey de Hungría, de la Tercera Orden de nuestro glorioso Padre san Francisco, de quien ella era por extremo devota, y por esta causa al monasterio que edificó le puso por título y renombre de sancta Isabel. Fue la sierva de Dios de muy clara generación y ilustre sangre, de los Duques de Alba y Condes de Oropesa, hija de Pedro Suárez de Toledo y de doña Juana de Guzmán, señores de Pinto, personas muy temerosas de Dios. Desde sus tiernos años así comenzó a ser ferviente en el amor de la castidad que formó y tuvo firmísimo propósito cuanto le fuese posible de nunca se casar. Así era su corazón lleno de compasión y piedad para con los pobres que en ninguna cosa mayor consolación sentía que en les hacer limosnas y acudir a sus necesidades, quitándolo algunas veces de su propia boca y de los que había menester. Huía de las malas conversaciones y regocijos de las otras doncellas y todo el tiempo que podía se recogía al oratorio donde su madre oía misa, y allí se ocupaba en continuas y devotas oraciones. Habiendo sido constreñida a que se casase, [212] por la obediencia de su padre, con un caballero de la Andalucía, señor del Carpio, vivió con él siete años con mucha paciencia, sufriendo muchos trabajos. Y por no tener hijos, habida licencia de su marido, se volvió a Toledo a la casa de su madre, donde de ahí a poco tiempo le vino nueva que su marido era muerto.  


Viéndose, pues, la sierva de Dios Nuestro Señor en la libertad que siempre su espíritu había deseado para se dar y entregar del todo en todo a su divino servicio, al punto dejó los trajes seglares y se vistió del hábito de nuestro glorioso Padre San Francisco, de un paño muy vil y grosero, trayendo una túnica debajo a raíz de la carne, con el cual ejemplo movió a todas sus criadas a vestirse del mismo hábito. Habiendo, pues, menospreciado desta manera el mundo, comenzó con mucho fervor y espíritu a ejercitarse en obras de misericordia y charidad del próximo, que es el cierto y verdadero camino para subir a la alteza del amor de Dios Nuestro Señor y de la charidad divina. Visitaba, como otra gloriosa virgen Sancta Isabel, los hospitales; hallábase presente a los entierros de los pobres; tenía grande cuidado de las cárceles y personas encarceladas. Y procuraba saber qué pobres había envergonzantes, qué doncellas huérfanas, y, como madre de todos, a todos los proveía y remediaba en sus necesidades. A los enfermos especialmente servía y curaba con grande cuidado y diligencia, y con mucho fervor de charidad y con entrañas de gran piedad. Muchas veces les lavaba las llagas y se las besaba, gastando en esto las tocas de su propria cabeza, las cuales algunas veces daba a los pobres y también sus proprios vestidos, viniéndose sin ellos a su casa. Después de la muerte de su marido siempre anduvo descalza hasta su muerte por mayores fríos y nieves que viviese. Levantábase todos los días a los Maitines de la Iglesia mayor, con su compañera Juana Rodríguez, la qual hallaba siempre muy prompta y aparejada para semejantes obras, y estaba allí todo el tiempo que duraba el oficio de los Maitines, con grande devoción y silencio en la oración. Huía siempre de todas las conversaciones y compañías para que más libremente se pudiese ocupar y ejercitar en la oración continuamente. Tu- [213] vo por su confesor a un frayle menor de nuestra observancia llamado fray Pedro Pérez, varón docto y muy espiritual, por cuya doctrina la sierva de Dios se regía y gobernaba y aprovechaba mucho en sus espirituales ejercicios. Traía siempre un muy áspero cilicio vestido y afligía su cuerpo con muy duras y rigurosas disciplinas, para que así castigado estuviese más rendido y sujeto al espíritu. Aparejábase para recebir el sanctísimo Sacramento con grandísima reverencia y devoción y recibíale tres días cada semana, o cuando más tarde de ocho a ocho días, y en el día que le recebía, no comía más que solo pan y agua. Por estos sanctos ejercicios y trabajos con que buscaba a su divino y celestial esposo y amado, Jesuchristo nuestro Redemptor, fue muchas veces visitada de su divina clemencia y algunas alumbrada con divinas revelaciones, en que le fueron reveladas muchas cosas que estaban por venir, las cuales a veces ella descubría por mandado de su confesor, por ser cosas provechosas para las almas. Fuele revelado que el Reyno de Granada había de ser tomado por los Reyes Cathólicos y también que los frayles Conventuales y Claustrales de nuestra Orden habían de ser reformados y reducidos a la observancia. Y siéndole revelados los grandes pecados que los christianos, nuevamente convertidos de los judíos y de los moros, cometían contra la fee, descubriolo a los Reyes Cathólicos, y por su consejo fue ordenado que hubiese el Sancto Oficio de la Inquisición en España y otras muchas cosas para mucha honra y servicio de Nuestro Señor. Crecían en la sierva de Dios, con las muy grandes y nuevas mercedes que cada día recebía, los deseos de servirle en sus más pequeñitos siervos y necesitados, porque sabía que lo que había con los pobres lo hacía con el mismo Dios. Y esto era con tanto fervor que siempre le parecía no haber hecho nada en servicio de un tan grande Señor a quien ella tanto debía. Por esto con mucho fervor y espíritu se consagró y dedicó al servicio del grande Hospital de la Misericordia, donde de día y de noche se ocupaba en servir a los enfermos, con grande humildad e increíble charidad. Y por que ninguna hora pudiese saltar a su servicio, tomó una casita y aposento dentro del mismo hospital [214] donde acabados los servicios y ministerios tocantes a la cura de los enfermos, de noche y muy tarde se recogía y estaba en oración hasta los Maytines. Y habiendo tomado algún pequeño rato de sueño, luego se volvía a servir y a curar los enfermos en todos los servicios y ministerios más viles y trabajosos y haciendo consigo misma en este tiempo increíbles asperezas y mortificaciones. Por su ejemplo incitados, los nobles de Toledo ordenaron cofradía en la cual por su orden cada uno sirviese su semana dentro del hospital, como según se dice hoy día se hace. Después que la sierva de Dios dio sus rentas y todo cuanto tenía al sobredicho hospital, comenzó con su compañera Juana Rodríguez a pedir limosnas en la ciudad por las puertas para los enfermos, y lo que pedía y le daban llevaba ella misma a cuestas, que a veces iba bien cargada y lo administraba a los enfermos.  
Viéndose, pues, la sierva de Dios Nuestro Señor en la libertad que siempre su espíritu había deseado para se dar y entregar del todo en todo a su divino servicio, al punto dejó los trajes seglares y se vistió del hábito de nuestro glorioso Padre San Francisco, de un paño muy vil y grosero, trayendo una túnica debajo a raíz de la carne, con el cual ejemplo movió a todas sus criadas a vestirse del mismo hábito. Habiendo, pues, menospreciado desta manera el mundo, comenzó con mucho fervor y espíritu a ejercitarse en obras de misericordia y charidad del próximo, que es el cierto y verdadero camino para subir a la alteza del amor de Dios Nuestro Señor y de la charidad divina. Visitaba, como otra gloriosa virgen Sancta Isabel, los hospitales; hallábase presente a los entierros de los pobres; tenía grande cuidado de las cárceles y personas encarceladas. Y procuraba saber qué pobres había envergonzantes, qué doncellas huérfanas, y, como madre de todos, a todos los proveía y remediaba en sus necesidades. A los enfermos especialmente servía y curaba con grande cuidado y diligencia, y con mucho fervor de charidad y con entrañas de gran piedad. Muchas veces les lavaba las llagas y se las besaba, gastando en esto las tocas de su propria cabeza, las cuales algunas veces daba a los pobres y también sus proprios vestidos, viniéndose sin ellos a su casa. Después de la muerte de su marido siempre anduvo descalza hasta su muerte por mayores fríos y nieves que viviese. Levantábase todos los días a los Maitines de la Iglesia mayor, con su compañera Juana Rodríguez, la qual hallaba siempre muy prompta y aparejada para semejantes obras, y estaba allí todo el tiempo que duraba el oficio de los Maitines, con grande devoción y silencio en la oración. Huía siempre de todas las conversaciones y compañías para que más libremente se pudiese ocupar y ejercitar en la oración continuamente. Tu- [213] vo por su confesor a un frayle menor de nuestra observancia llamado fray Pedro Pérez, varón docto y muy espiritual, por cuya doctrina la sierva de Dios se regía y gobernaba y aprovechaba mucho en sus espirituales ejercicios. Traía siempre un muy áspero cilicio vestido y afligía su cuerpo con muy duras y rigurosas disciplinas, para que así castigado estuviese más rendido y sujeto al espíritu. Aparejábase para recebir el sanctísimo Sacramento con grandísima reverencia y devoción y recibíale tres días cada semana, o cuando más tarde de ocho a ocho días, y en el día que le recebía, no comía más que solo pan y agua. Por estos sanctos ejercicios y trabajos con que buscaba a su divino y celestial esposo y amado, Jesuchristo nuestro Redemptor, fue muchas veces visitada de su divina clemencia y algunas alumbrada con divinas revelaciones, en que le fueron reveladas muchas cosas que estaban por venir, las cuales a veces ella descubría por mandado de su confesor, por ser cosas provechosas para las almas. Fuele revelado que el Reyno de Granada había de ser tomado por los Reyes Cathólicos y también que los frayles Conventuales y Claustrales de nuestra Orden habían de ser reformados y reducidos a la observancia. Y siéndole revelados los grandes pecados que los christianos, nuevamente convertidos de los judíos y de los moros, cometían contra la fee, descubriolo a los Reyes Cathólicos, y por su consejo fue ordenado que hubiese el Sancto Oficio de la Inquisición en España y otras muchas cosas para mucha honra y servicio de Nuestro Señor. Crecían en la sierva de Dios, con las muy grandes y nuevas mercedes que cada día recebía, los deseos de servirle en sus más pequeñitos siervos y necesitados, porque sabía que lo que había con los pobres lo hacía con el mismo Dios. Y esto era con tanto fervor que siempre le parecía no haber hecho nada en servicio de un tan grande Señor a quien ella tanto debía. Por esto con mucho fervor y espíritu se consagró y dedicó al servicio del grande Hospital de la Misericordia, donde de día y de noche se ocupaba en servir a los enfermos, con grande humildad e increíble charidad. Y por que ninguna hora pudiese saltar a su servicio, tomó una casita y aposento dentro del mismo hospital [214] donde acabados los servicios y ministerios tocantes a la cura de los enfermos, de noche y muy tarde se recogía y estaba en oración hasta los Maytines. Y habiendo tomado algún pequeño rato de sueño, luego se volvía a servir y a curar los enfermos en todos los servicios y ministerios más viles y trabajosos y haciendo consigo misma en este tiempo increíbles asperezas y mortificaciones. Por su ejemplo incitados, los nobles de Toledo ordenaron cofradía en la cual por su orden cada uno sirviese su semana dentro del hospital, como según se dice hoy día se hace. Después que la sierva de Dios dio sus rentas y todo cuanto tenía al sobredicho hospital, comenzó con su compañera [[Juana Rodríguez]] a pedir limosnas en la ciudad por las puertas para los enfermos, y lo que pedía y le daban llevaba ella misma a cuestas, que a veces iba bien cargada y lo administraba a los enfermos.  


Y porque el demonio, invidioso enemigo de nuestra salud, nunca duerme, levantó en este tiempo contra la sierva de Dios muy grandes persecuciones de sus propios parientes y deudos, particularmente de su madre, la qual le era muy contraria por verla ocupada en obras tan viles, afrentándose dello y teniendo su sancta vida por deshonra. Mas la ferventísima sierva de Christo, no haciendo dello caso, con grandísima paciencia llevaba todas las sobredichas persecuciones e injurias que se le hacían con mucha alegría de su alma y de su espíritu. Después de los cuales trabajos, le añadió Nuestro Señor otro que para ella no fue el menor, y es que cayó enferma de una muy grave enfermedad, por la cual su madre la hubo de llevar a su casa, donde llegó a lo último y a recibir los divinos Sacramentos, para lo cual ella se aparejó con grande fervor para ir a ver y gozar de su dulcísimo esposo Jesuchristo, a quien ella tanto amaba. Pero aunque llegó tan al cabo, Nuestro señor Jesuchristo, como buen amigo, no quiso quitar la ocasión de merecer a su sancta sierva por augmentarle las coronas de sus merecimientos y así la dio salud y nuevos deseos de servirle y de entregarse toda a su sancto amor y servicio. Y suplicando ella, con su devota compañera Soror Juana, con fervientes oraciones a Dios les enseñase en qué estado y manera de vida sería dellas más ser- [215] vido, fueles por el Señor revelado ser su sancta voluntad que edificasen un monasterio de monjas a donde sus almas y las de otras muchas se salvasen. Sucedió, ordenándolo así la Divina Providencia, que en su disposición es infalible y nunca falta ni puede faltar a los buenos y sanctos deseos de sus siervos, que en este tiempo vinieron los Reyes Cathólicos a Toledo, y como tuviesen muy grande devoción a la sierva de Christo Nuestro Redemptor y conociesen sus sanctos deseos, dieronle para este efecto unas casas muy principales en Toledo, donde se edificó un monasterio de la Orden de sancta Clara, de muy perfecta observancia, y le fue puesto por nombre sancta Isabel de los Reyes ''[2]''. En la edificación deste monasterio Doña Juana de Toledo, hermana de la sierva de Christo, Nuestro Redemptor, también de muy sancta vida, gastó mucha cantidad de dineros. El cual acabado la sierva de Dios Soror María la Pobre, con otras muchas que la siguieron, tomó el hábito y regla de la bienaventurada sancta Clara y fue abadesa del dicho convento. Puesta en este estado de mayor perfección la sierva y esposa de Christo Nuestro Redemptor, y levantada a los muy altos desposorios divinos en los cuales el alma dejando el mundo se aparta a la solead para gozar de los secretos de su amado, que, como dice Oseas, la habla allí al corazón, así creció en perfección y sanctidad de vida ''[3]'' que puso a todos grandísima admiración, y fue visto y conocido de todos haber Nuestro Señor concedido a su bienaventurada sierva que representase muy al vivo a todo el mundo la admirable vida de la gloriosa virgen sancta Clara, cuya regla y estado ella había profesado.  
Y porque el demonio, invidioso enemigo de nuestra salud, nunca duerme, levantó en este tiempo contra la sierva de Dios muy grandes persecuciones de sus propios parientes y deudos, particularmente de su madre, la qual le era muy contraria por verla ocupada en obras tan viles, afrentándose dello y teniendo su sancta vida por deshonra. Mas la ferventísima sierva de Christo, no haciendo dello caso, con grandísima paciencia llevaba todas las sobredichas persecuciones e injurias que se le hacían con mucha alegría de su alma y de su espíritu. Después de los cuales trabajos, le añadió Nuestro Señor otro que para ella no fue el menor, y es que cayó enferma de una muy grave enfermedad, por la cual su madre la hubo de llevar a su casa, donde llegó a lo último y a recibir los divinos Sacramentos, para lo cual ella se aparejó con grande fervor para ir a ver y gozar de su dulcísimo esposo Jesuchristo, a quien ella tanto amaba. Pero aunque llegó tan al cabo, Nuestro Señor Jesuchristo, como buen amigo, no quiso quitar la ocasión de merecer a su sancta sierva por augmentarle las coronas de sus merecimientos y así la dio salud y nuevos deseos de servirle y de entregarse toda a su sancto amor y servicio. Y suplicando ella, con su devota compañera Soror Juana, con fervientes oraciones a Dios les enseñase en qué estado y manera de vida sería dellas más ser- [215] vido, fueles por el Señor revelado ser su sancta voluntad que edificasen un monasterio de monjas a donde sus almas y las de otras muchas se salvasen. Sucedió, ordenándolo así la Divina Providencia, que en su disposición es infalible y nunca falta ni puede faltar a los buenos y sanctos deseos de sus siervos, que en este tiempo vinieron los Reyes Cathólicos a Toledo, y como tuviesen muy grande devoción a la sierva de Christo Nuestro Redemptor y conociesen sus sanctos deseos, dieronle para este efecto unas casas muy principales en Toledo, donde se edificó un monasterio de la Orden de sancta Clara, de muy perfecta observancia, y le fue puesto por nombre sancta Isabel de los Reyes ''[2]''. En la edificación deste monasterio Doña Juana de Toledo, hermana de la sierva de Christo, Nuestro Redemptor, también de muy sancta vida, gastó mucha cantidad de dineros. El cual acabado la sierva de Dios Soror María la Pobre, con otras muchas que la siguieron, tomó el hábito y regla de la bienaventurada sancta Clara y fue abadesa del dicho convento. Puesta en este estado de mayor perfección la sierva y esposa de Christo Nuestro Redemptor, y levantada a los muy altos desposorios divinos en los cuales el alma dejando el mundo se aparta a la solead para gozar de los secretos de su amado, que, como dice Oseas, la habla allí al corazón, así creció en perfección y sanctidad de vida ''[3]'' que puso a todos grandísima admiración, y fue visto y conocido de todos haber Nuestro Señor concedido a su bienaventurada sierva que representase muy al vivo a todo el mundo la admirable vida de la gloriosa virgen sancta Clara, cuya regla y estado ella había profesado.  


Porque la orden de vida desta sierva de Dios, puesta en el estado de la religión, fue andar vestida de alto a bajo de un muy áspero y rigurosísimo cilicio, hecho a manera de túnica, su hábito y manto eran de un paño muy vil, pobre y remendado, su lecho o cama era una tabla o algunos pocos de sarmientos, la cabecera una piedra o un palo. Después de Maitines nunca dormía jamás hasta Prima, sino siempre se estaba velando en oración, conversando con su divino y celestial esposo Jesuchristo. De la cual conversación divina se mostraba y resplandecía en su cara [216] y en su rostro una maravillosa alegría, y su condición parecía más angélica que humana. Nunca comió carne ni bebió vino, ayunaba continuamente y, sobre todo esto, los tres días de la semana no comía sino solo pan y agua y algunas veces la Cuaresma de san Miguel Archángel la ayunaba toda a pan y agua, y cuando comía era de los pedazos de pan que quedaban y sobraban a las otras monjas. Comulgaba muy a menudo con grandísimo fervor y espíritu y en los días que eran de comunión no comía sino unas pocas de pasas o otra cosa semejante, y esto allá muy tarde. Era muy benigna para con todas las monjas y, si por necesidad o por cumplir con el oficio que tenía de abadesa alguna vez reprehendía a alguna, no se recogía a la noche sin se reconciliar con ella y dejarla muy alegre y consolada. En los servicios humildes del convento era siempre la primera, y con tanta charidad y con tanto amor servía a las enfermas que con sola su presencia muchas veces las sanaba de sus enfermedades. Y cuanto era más de edad, tanto más se augmentaba y crecía en ella el fervor del espíritu y tomaba más fuerzas para las mortificaciones de la carne. Y así después de muchos años haber hecho tan áspera vida como queda dicho, acrecentó a su muy áspero cilicio una cruel túnica tejida de cerdas de puerco cortadas y de pelos de cabras. Muchas veces fue visitada de su muy querido y amado esposo Jesuchristo Nuestro Redemptor, y con muy suaves y divinas consolaciones confortada, y echábasele de ver en el rostro a veces las señales de las sobredichas divinas visitaciones. Una vez, en la fiesta de la Transfiguración de Christo Nuestro Redemptor, la vio una monja la cara tan clara y resplandeciente que no parecía sino el mismo sol. Y el día siguiente, preguntándole a la esposa de Christo con mucha importunación qué visitación había sido aquella que recibió, ella con mucha humildad le dijo que nuestro Señor la descubrió y reveló la gloria de su gloriosa Transfiguración, como si ella se hallara presente en el monte Tabor cuando el Señor, delante de sus apóstoles, se transfiguró. Otra vez un Viernes de Cuaresma, ayudándose todas las monjas para hacer la disciplina acostumbrada, fue vista la sierva de Christo de una monja que tenía la ca- [217] ra tan resplandeciente y salían de su rostro tantos rayos, tan claros y derechos a los ojos de la monja que la vía, que ella quedó espantada y como fuera de sí y casi perdió el sentido. Y, siendo preguntada después con mucha importunación que dijese la merced de Dios que en aquel tiempo había recebido, ella, constreñida con los importunos ruegos, dijo que el Señor le había comunicado, descubierto y revelado entonces aquella su inmensa charidad y amor con que por nosotros se dejó atar y azotar estando en la columna.  
Porque la orden de vida desta sierva de Dios, puesta en el estado de la religión, fue andar vestida de alto a bajo de un muy áspero y rigurosísimo cilicio, hecho a manera de túnica, su hábito y manto eran de un paño muy vil, pobre y remendado, su lecho o cama era una tabla o algunos pocos de sarmientos, la cabecera una piedra o un palo. Después de Maitines nunca dormía jamás hasta Prima, sino siempre se estaba velando en oración, conversando con su divino y celestial esposo Jesuchristo. De la cual conversación divina se mostraba y resplandecía en su cara [216] y en su rostro una maravillosa alegría, y su condición parecía más angélica que humana. Nunca comió carne ni bebió vino, ayunaba continuamente y, sobre todo esto, los tres días de la semana no comía sino solo pan y agua y algunas veces la Cuaresma de san Miguel Archángel la ayunaba toda a pan y agua, y cuando comía era de los pedazos de pan que quedaban y sobraban a las otras monjas. Comulgaba muy a menudo con grandísimo fervor y espíritu y en los días que eran de comunión no comía sino unas pocas de pasas o otra cosa semejante, y esto allá muy tarde. Era muy benigna para con todas las monjas y, si por necesidad o por cumplir con el oficio que tenía de abadesa alguna vez reprehendía a alguna, no se recogía a la noche sin se reconciliar con ella y dejarla muy alegre y consolada. En los servicios humildes del convento era siempre la primera, y con tanta charidad y con tanto amor servía a las enfermas que con sola su presencia muchas veces las sanaba de sus enfermedades. Y cuanto era más de edad, tanto más se augmentaba y crecía en ella el fervor del espíritu y tomaba más fuerzas para las mortificaciones de la carne. Y así después de muchos años haber hecho tan áspera vida como queda dicho, acrecentó a su muy áspero cilicio una cruel túnica tejida de cerdas de puerco cortadas y de pelos de cabras. Muchas veces fue visitada de su muy querido y amado esposo Jesuchristo Nuestro Redemptor, y con muy suaves y divinas consolaciones confortada, y echábasele de ver en el rostro a veces las señales de las sobredichas divinas visitaciones. Una vez, en la fiesta de la Transfiguración de Christo Nuestro Redemptor, la vio una monja la cara tan clara y resplandeciente que no parecía sino el mismo sol. Y el día siguiente, preguntándole a la esposa de Christo con mucha importunación qué visitación había sido aquella que recibió, ella con mucha humildad le dijo que nuestro Señor la descubrió y reveló la gloria de su gloriosa Transfiguración, como si ella se hallara presente en el monte Tabor cuando el Señor, delante de sus apóstoles, se transfiguró. Otra vez un Viernes de Cuaresma, ayudándose todas las monjas para hacer la disciplina acostumbrada, fue vista la sierva de Christo de una monja que tenía la ca- [217] ra tan resplandeciente y salían de su rostro tantos rayos, tan claros y derechos a los ojos de la monja que la vía, que ella quedó espantada y como fuera de sí y casi perdió el sentido. Y, siendo preguntada después con mucha importunación que dijese la merced de Dios que en aquel tiempo había recebido, ella, constreñida con los importunos ruegos, dijo que el Señor le había comunicado, descubierto y revelado entonces aquella su inmensa charidad y amor con que por nosotros se dejó atar y azotar estando en la columna.  
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''[93]'' [N. al m.] “Augustinus, in Expositio Psalmorum, LXXXI”.
''[93]'' [N. al m.] “Augustinus, in Expositio Psalmorum, LXXXI”.


''[94]'' [N. al m] “Epistula II ad Corinthios, VIII, IX”. El texto dice: “Scitis enim gratiam Domini nostri Jesu Christi quoniam propter vos egenus factus est cum eset dives ut illius inopia vos divites esetis”; “Pues conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza”, (II Corintios, 8, 9).
''[94]'' [N. al m] “Epistula II ad Corinthios, VIII, IX”. El texto dice: “Scitis enim gratiam Domini nostri Jesu Christi quoniam propter vos egenus factus est cum eset dives ut illius inopia vos divites esetis”; “Pues conocéis la generosidad de Nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza”, (II Corintios, 8, 9).


''[95]'' [N. al m.] “Ambrosius, Liber I Oficior, XXX”.
''[95]'' [N. al m.] “Ambrosius, Liber I Oficior, XXX”.