Diferencia entre revisiones de «Teresa Mejía de la Cerda»
mSin resumen de edición |
mSin resumen de edición |
||
| Línea 49: | Línea 49: | ||
Cierto día, llamando una religiosa del dicho convento a la madre Teresa para que comiese un bocado, respondió: “No puedo hacerlo porque es hoy día de comunión”. Y, por muchas razones que la religiosa la hizo, nunca la pudo reducir a que entendiese que no era día de comunión, siendo verdad lo que la persuadía. Pero sucedió después que, acabando el padre fray Juan de Berlanga de decir la misa mayor en este convento, al tiempo que cogía los corporales vio en ellos una forma y, hallándose afligido, preguntó si había en el convento alguna religiosa que tuviese devoción de comulgar. Llamaron a la dicha madre Teresa, en quien estos deseos estaban siempre ardentísimos y se reconcilió y comulgó. De suerte que se cumplió el pronóstico o, por decir mejor, profecía, que por la mañana había dicho que era día de comunión. Tenía cuidado de lavar los corporales del convento y, al tiempo que estaban tendidos para enjugarse, nunca la dicha madre se sentaba, atendiendo con gran diligencia que no se sentase alguna mosca, y, estando con este su cuidado ordinario, vio clara y distintamente un Niño Jesús que llegaba a los corporales que ella tenía tendidos y se envolvía en ellos. Pedía a Dios encarecidamente le diese licen- [231] [1] cia y traza como padecer martirio por su dulcísimo nombre y cumplió el Señor sus deseos, dándole dos años continuos de gravísima enfermedad, la cual llevó con singularísimo sufrimiento y todo este tiempo gastaba en rezar, en llorar su vida y en decir canciones e himnos al Santo Nacimiento del Señor y al Santísimo Sacramento. | Cierto día, llamando una religiosa del dicho convento a la madre Teresa para que comiese un bocado, respondió: “No puedo hacerlo porque es hoy día de comunión”. Y, por muchas razones que la religiosa la hizo, nunca la pudo reducir a que entendiese que no era día de comunión, siendo verdad lo que la persuadía. Pero sucedió después que, acabando el padre fray Juan de Berlanga de decir la misa mayor en este convento, al tiempo que cogía los corporales vio en ellos una forma y, hallándose afligido, preguntó si había en el convento alguna religiosa que tuviese devoción de comulgar. Llamaron a la dicha madre Teresa, en quien estos deseos estaban siempre ardentísimos y se reconcilió y comulgó. De suerte que se cumplió el pronóstico o, por decir mejor, profecía, que por la mañana había dicho que era día de comunión. Tenía cuidado de lavar los corporales del convento y, al tiempo que estaban tendidos para enjugarse, nunca la dicha madre se sentaba, atendiendo con gran diligencia que no se sentase alguna mosca, y, estando con este su cuidado ordinario, vio clara y distintamente un Niño Jesús que llegaba a los corporales que ella tenía tendidos y se envolvía en ellos. Pedía a Dios encarecidamente le diese licen- [231] [1] cia y traza como padecer martirio por su dulcísimo nombre y cumplió el Señor sus deseos, dándole dos años continuos de gravísima enfermedad, la cual llevó con singularísimo sufrimiento y todo este tiempo gastaba en rezar, en llorar su vida y en decir canciones e himnos al Santo Nacimiento del Señor y al Santísimo Sacramento. | ||
Estando cercana a la muerte, llegó a la dicha madre Teresa una religiosa de este convento, cuyo nombre a instancia suya calló el padre que hizo esta información, y la suplicó humildemente que luego que se viese con Dios en la otra vida, le pidiese y suplicase una cosa gravísima que al parecer de todo este convento era casi imposible, y la dicha sierva de Dios le dio la palabra de hacerlo así, y apenas había expirado, cuando luego al punto se facilitó el negocio que le habían pedido y se hizo, de lo cual entendieron las dichas madres que la difunta había partido de la Tierra al Cielo. Murió día de San Pedro Apóstol a la hora de prima y tres horas antes llamó a las madres del convento diciendo: “Tenía un recado de parte de Dios que darles”. Y, estando juntas, redujo a la memoria los votos que tenían hechos y la obligación que les corría de ser santísimas y perfectísimas, siendo esposas de Jesucristo. Y, con grandes lágrimas y extraordinarios encarecimientos (envistiéndose en su alma el espíritu que Dios comunicó a Santo Domingo poco antes de su fallecimiento), las persuadió no pusiesen su amor en las cosas de la Tierra, sino solo en su esposo, amenazándolas de parte de Dios con el castigo que estaba esperando a las que no guardan la fe que a tal esposo se debe. Después de lo susodicho, media hora antes que muriese, vio muchedumbre de damas vestidas de varios colores, rodeadas de muy grande resplandor y pedían a las madres les diesen asientos diciendo: “¿No ven esas señoras que ahí están?”. Y luego pidió el crucifijo de la enfermería y comenzó a hablar con él, derramando muchas lágrimas sin que nadie entendiese las razones. A esa sazón llegaron unas madres y la rogaron las dijese alguna cosa de edificación, la cual respondió: “No ha lugar, porque estoy satisfaciendo a mi Señor”, y poniendo su boca en la llaga del costado del crucifijo, inclinó la cabeza y expiró. Por muchos días, salió de su sepultura un suavísimo olor, que parecía más del Cielo que de la Tierra. Rogando un día a la dicha madre Teresa suplicase a Dios se sirviese de prorrogar el plazo de los días del padre maestro | Estando cercana a la muerte, llegó a la dicha madre Teresa una religiosa de este convento, cuyo nombre a instancia suya calló el padre que hizo esta información, y la suplicó humildemente que luego que se viese con Dios en la otra vida, le pidiese y suplicase una cosa gravísima que al parecer de todo este convento era casi imposible, y la dicha sierva de Dios le dio la palabra de hacerlo así, y apenas había expirado, cuando luego al punto se facilitó el negocio que le habían pedido y se hizo, de lo cual entendieron las dichas madres que la difunta había partido de la Tierra al Cielo. Murió día de San Pedro Apóstol a la hora de prima y tres horas antes llamó a las madres del convento diciendo: “Tenía un recado de parte de Dios que darles”. Y, estando juntas, redujo a la memoria los votos que tenían hechos y la obligación que les corría de ser santísimas y perfectísimas, siendo esposas de Jesucristo. Y, con grandes lágrimas y extraordinarios encarecimientos (envistiéndose en su alma el espíritu que Dios comunicó a Santo Domingo poco antes de su fallecimiento), las persuadió no pusiesen su amor en las cosas de la Tierra, sino solo en su esposo, amenazándolas de parte de Dios con el castigo que estaba esperando a las que no guardan la fe que a tal esposo se debe. Después de lo susodicho, media hora antes que muriese, vio muchedumbre de damas vestidas de varios colores, rodeadas de muy grande resplandor y pedían a las madres les diesen asientos diciendo: “¿No ven esas señoras que ahí están?”. Y luego pidió el crucifijo de la enfermería y comenzó a hablar con él, derramando muchas lágrimas sin que nadie entendiese las razones. A esa sazón llegaron unas madres y la rogaron las dijese alguna cosa de edificación, la cual respondió: “No ha lugar, porque estoy satisfaciendo a mi Señor”, y poniendo su boca en la llaga del costado del crucifijo, inclinó la cabeza y expiró. Por muchos días, salió de su sepultura un suavísimo olor, que parecía más del Cielo que de la Tierra. Rogando un día a la dicha madre Teresa suplicase a Dios se sirviese de prorrogar el plazo de los días del padre maestro fray Gabriel de Santoyo, respondió a la madre soror Luisa de Narváez, que era la que se lo pedía: “No me mande que pida a Dios eso, porque el padre maestro ha de morir de esta enfermedad”. Y, concluyendo los testigos, afirman que son infinitas las cosas que pudieran decir, pero que los largos años que ha que falleció la sierva de Dios las han sepultado en las tinieblas del olvido, y que lo que pueden decir es que muerte y vida fue toda un prodigio de santidad. | ||
===Notas=== | ===Notas=== | ||