Diferencia entre revisiones de «María de Toledo»
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Capítulo 26, cómo el Padre fray Pedro de Acuña vino por vicario y de una enfermedad que tenía y cómo sanó por los méritos de esta sierva de Dios ''[1]''. | Capítulo 26, cómo el Padre fray Pedro de Acuña vino por vicario y de una enfermedad que tenía y cómo sanó por los méritos de esta sierva de Dios ''[1]''. | ||
'''[Capítulo primero, cómo fue hija de Pedro Suárez de Toledo y se casó]''' | |||
[fol. 4r] […] señores de Pinto, y muy católicos y amigos de Dios. Y esta señora Doña María de Toledo, siendo niña, ''[2]'' tuvo en sí tan firme el amor de Dios y deseo de su servicio que, llegada a edad de tomar estado resistió mucho a sus padres, que no se quería casar, y que deseaba mucho servir a Nuestro Señor con toda pureza y castidad. Y en su niñez fue muy diferenciada de la condición natural de las otras niñas, y, más forzada por la voluntad de sus padres para que se casase, porque la querían sobremanera, y ella por obedecellos hizo lo que le mandaban más que por voluntad. Y ansí cumplió sus [fol. 4v] mandamientos y la casaron sus padres en el Andalucía con un muy noble caballero que se llamaba Garci Méndez de Sotomayor, Señor del Carpio. Y estuvo casada siete años, en los cuales nunca tuvo hijos, por donde claramente Nuestro Señor Jesuchristo mostraba que la quería para sí, pues ansí respondía a sus buenos deseos. | [fol. 4r] […] señores de Pinto, y muy católicos y amigos de Dios. Y esta señora Doña María de Toledo, siendo niña, ''[2]'' tuvo en sí tan firme el amor de Dios y deseo de su servicio que, llegada a edad de tomar estado resistió mucho a sus padres, que no se quería casar, y que deseaba mucho servir a Nuestro Señor con toda pureza y castidad. Y en su niñez fue muy diferenciada de la condición natural de las otras niñas, y, más forzada por la voluntad de sus padres para que se casase, porque la querían sobremanera, y ella por obedecellos hizo lo que le mandaban más que por voluntad. Y ansí cumplió sus [fol. 4v] mandamientos y la casaron sus padres en el Andalucía con un muy noble caballero que se llamaba Garci Méndez de Sotomayor, Señor del Carpio. Y estuvo casada siete años, en los cuales nunca tuvo hijos, por donde claramente Nuestro Señor Jesuchristo mostraba que la quería para sí, pues ansí respondía a sus buenos deseos. | ||
'''Capítulo segundo, cómo esta señora se vino a la ciudad de Toledo, puniendo escusa que estaba enferma''' | |||
Y como ella vido que no tenía hijos, trabajó con su marido que la diese licencia para se venir a Toledo, tomando por escusa de [fol. 5r] venir a ver a su madre, y que estaba enferma. Y llegada a Toledo estuvo con su madre por buen espacio de tiempo que no volvió a su casa, en el cual tiempo su marido tuvo una grande enfermedad, de la cual falleció. Y trayéndole la nueva, luego que la oyó, hincó las rodillas en tierra y dio muchas gracias a Nuestro Señor Jesuchristo porque la quería ya dar libertad ''[3]'' para que toda ella se pudiese mejor emplear en su servicio como ella lo deseaba. | Y como ella vido que no tenía hijos, trabajó con su marido que la diese licencia para se venir a Toledo, tomando por escusa de [fol. 5r] venir a ver a su madre, y que estaba enferma. Y llegada a Toledo estuvo con su madre por buen espacio de tiempo que no volvió a su casa, en el cual tiempo su marido tuvo una grande enfermedad, de la cual falleció. Y trayéndole la nueva, luego que la oyó, hincó las rodillas en tierra y dio muchas gracias a Nuestro Señor Jesuchristo porque la quería ya dar libertad ''[3]'' para que toda ella se pudiese mejor emplear en su servicio como ella lo deseaba. | ||
'''Capítulo tercero, de cómo dejó los vestidos ricos que tenía y las demás cosas''' | |||
[fol. 5v] Y dejadas todas las ropas preciosas y vestidos que tenía, vistiose de una túnica de sayal y un hábito de paño pardillo muy vil de nuestro Padre San Francisco y un manto negro muy despreciado: ella y todas sus criadas que la quisieron seguir en aquella vida tan áspera. ''[4]' Y, como esta señora estaba, no entendía en otra cosa sino en obras de mucha caridad, y visitaba los hospitales y lavaba las llagas a los enfermos y se las besaba, y muchas veces, cuando salía fuera ''[5]'', volvía sin tocas, con solo el manto cubierta la cabeza, porque las [fol. 6r] dejaba atadas a las llagas de los enfermos. Y ansí mismo hacía dejándolos repartidos a los pobres; y de su renta casaba muchas huérfanas y personalmente iba a buscar las personas avergonzantes para proveellos de todas sus necesidades. ''[6]'' Y hacía rescatar muchos captivos, y hacía criar muchos niños de la piedra ''[7]'', y ella misma los traía en sus brazos debajo de su manto, y los daba a criar y después de criados los ponía en oficios aquellos que veía y le parecía que convenía y mejor podía ganar de comer o en otros estados de vida religiosa. Hacía muy grandes limosnas a [fol. 6v] pobres, cumplía las obras de misericordia en todos, vistiendo los desnudos y dando de comer al hambriento; visitaba los encarcelados y socorría sus necesidades en lo que podía. | [fol. 5v] Y dejadas todas las ropas preciosas y vestidos que tenía, vistiose de una túnica de sayal y un hábito de paño pardillo muy vil de nuestro Padre San Francisco y un manto negro muy despreciado: ella y todas sus criadas que la quisieron seguir en aquella vida tan áspera. ''[4]' Y, como esta señora estaba, no entendía en otra cosa sino en obras de mucha caridad, y visitaba los hospitales y lavaba las llagas a los enfermos y se las besaba, y muchas veces, cuando salía fuera ''[5]'', volvía sin tocas, con solo el manto cubierta la cabeza, porque las [fol. 6r] dejaba atadas a las llagas de los enfermos. Y ansí mismo hacía dejándolos repartidos a los pobres; y de su renta casaba muchas huérfanas y personalmente iba a buscar las personas avergonzantes para proveellos de todas sus necesidades. ''[6]'' Y hacía rescatar muchos captivos, y hacía criar muchos niños de la piedra ''[7]'', y ella misma los traía en sus brazos debajo de su manto, y los daba a criar y después de criados los ponía en oficios aquellos que veía y le parecía que convenía y mejor podía ganar de comer o en otros estados de vida religiosa. Hacía muy grandes limosnas a [fol. 6v] pobres, cumplía las obras de misericordia en todos, vistiendo los desnudos y dando de comer al hambriento; visitaba los encarcelados y socorría sus necesidades en lo que podía. | ||
'''Capítulo cuarto, de los ejercicios espirituales en que se ocupaba''' | |||
Esta señora, estando en este ejercicio en casa de su madre, iba cada noche a maitines a la iglesia mayor con una linterna, ella y una compañera suya que para esta vida tenía escogida, la cual era muy virtuosa y devotísima de Nuestra Señora y persona de muy gran contemplación. Y con ella andaba todo esto descalza, que desde que [fol. 7r] enviudó nunca se calzó, zapatos ni otra cosa por nieves ni agua que hiciese y cada noche iba a maitines. Y no contenta de esta vida, dormía algunas veces en la iglesia mayor, ella y su compañera, debajo de la tribuna de los señores, y en todo este año entero no salió de allí, mas dábase a muy grande oración y contemplación y penitencia, y comulgaba cada ocho días los primeros años; y después, andando más en la vida espiritual, todas las veces que su confesor se lo mandaba aunque fuese a tercero día. Este confesor era un sancto varón que se llamaba fray Juan Pérez, de la ''[8]'' [fol. 7v] orden de Nuestro Padre San Francisco, el cual le mandaba por sancta obediencia que todas las cosas que Nuestro Señor comunicase con su alma en aquel tiempo, que todo lo pusiese por escrito y se lo diese a él, y primero lo comunicaban entrambos, y lo mismo hacía a su compañera. | Esta señora, estando en este ejercicio en casa de su madre, iba cada noche a maitines a la iglesia mayor con una linterna, ella y una compañera suya que para esta vida tenía escogida, la cual era muy virtuosa y devotísima de Nuestra Señora y persona de muy gran contemplación. Y con ella andaba todo esto descalza, que desde que [fol. 7r] enviudó nunca se calzó, zapatos ni otra cosa por nieves ni agua que hiciese y cada noche iba a maitines. Y no contenta de esta vida, dormía algunas veces en la iglesia mayor, ella y su compañera, debajo de la tribuna de los señores, y en todo este año entero no salió de allí, mas dábase a muy grande oración y contemplación y penitencia, y comulgaba cada ocho días los primeros años; y después, andando más en la vida espiritual, todas las veces que su confesor se lo mandaba aunque fuese a tercero día. Este confesor era un sancto varón que se llamaba fray Juan Pérez, de la ''[8]'' [fol. 7v] orden de Nuestro Padre San Francisco, el cual le mandaba por sancta obediencia que todas las cosas que Nuestro Señor comunicase con su alma en aquel tiempo, que todo lo pusiese por escrito y se lo diese a él, y primero lo comunicaban entrambos, y lo mismo hacía a su compañera. | ||
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Y ansí fueron cosas maravillosas las que Nuestro Señor comunicó con esta su sierva en aquel año. Y todo lo que escribió lo teníamos en esta casa de Santa Isabel, que nos lo dio su confesor, con todo lo que más escribió en todo el tiempo que estuvo en la religión, y todo ansí como lo teníamos la mayor parte dello se [fol. 8r] llevó el Arzobispo de Toledo, Don Fray Francisco Jiménez, cuando su Señoría Ilustrísima fue a Orán, que entonces vino a ver el cuerpo desta bienaventurada sancta y a encomendarse mucho a ella y a todo el convento, y demandó su Vida para vella y sus Revelaciones, diéronsela toda y Su Señoría se la llevó y nunca más la tornó y ansí tornamos a escribir la Vida por dos veces, y de las cosas que estaban escritas por su propia mano, no quedaron sino muy pocas. Y viniendo aquí a ver su cuerpo una señora que se llamabo [''sic''] Doña Leonor, nuera del Duque de Alba, demandola [fol. 8v] para verla y se la llevó y nunca más la volvió. Y desta manera se nos perdieron todas las Revelaciones que Nuestro Señor quiso mostrar a esta sancta ánima y ansí no podemos escribir sino lo que por nuestros ojos vimos. | Y ansí fueron cosas maravillosas las que Nuestro Señor comunicó con esta su sierva en aquel año. Y todo lo que escribió lo teníamos en esta casa de Santa Isabel, que nos lo dio su confesor, con todo lo que más escribió en todo el tiempo que estuvo en la religión, y todo ansí como lo teníamos la mayor parte dello se [fol. 8r] llevó el Arzobispo de Toledo, Don Fray Francisco Jiménez, cuando su Señoría Ilustrísima fue a Orán, que entonces vino a ver el cuerpo desta bienaventurada sancta y a encomendarse mucho a ella y a todo el convento, y demandó su Vida para vella y sus Revelaciones, diéronsela toda y Su Señoría se la llevó y nunca más la tornó y ansí tornamos a escribir la Vida por dos veces, y de las cosas que estaban escritas por su propia mano, no quedaron sino muy pocas. Y viniendo aquí a ver su cuerpo una señora que se llamabo [''sic''] Doña Leonor, nuera del Duque de Alba, demandola [fol. 8v] para verla y se la llevó y nunca más la volvió. Y desta manera se nos perdieron todas las Revelaciones que Nuestro Señor quiso mostrar a esta sancta ánima y ansí no podemos escribir sino lo que por nuestros ojos vimos. | ||
'''Capítulo quinto, de la abstinencia que hacía y como le fueron reveladas muchas cosas''' | |||
Y tornando al propósito primero, en todo el año que no salió de la iglesia mayor de noche ni de día, ni se comunicó con persona alguna desta vida sino con su confesor ya dicho, y él la comulgaba a [fol. 9r] tercero día, y el día que comulgaba ayunaba a pan y agua, y lo más de la semana lo mismo, y cada día se disciplinaba. Y en este tiempo le fue mostrado y revelado cómo se habían de ganar muchas tierras de moros, y Granada con todas sus tierras, y le fue revelado cómo se habían de echar lo [''sic''] judíos de Castilla y la reformación de los monasterios, y las grandes herejías que se hacían en estos reinos, por donde ella fue causa de poner la Inquisición, para ensalzamiento de nuestra sancta fe católica. | Y tornando al propósito primero, en todo el año que no salió de la iglesia mayor de noche ni de día, ni se comunicó con persona alguna desta vida sino con su confesor ya dicho, y él la comulgaba a [fol. 9r] tercero día, y el día que comulgaba ayunaba a pan y agua, y lo más de la semana lo mismo, y cada día se disciplinaba. Y en este tiempo le fue mostrado y revelado cómo se habían de ganar muchas tierras de moros, y Granada con todas sus tierras, y le fue revelado cómo se habían de echar lo [''sic''] judíos de Castilla y la reformación de los monasterios, y las grandes herejías que se hacían en estos reinos, por donde ella fue causa de poner la Inquisición, para ensalzamiento de nuestra sancta fe católica. | ||
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[fol. 9v] Esto y otras muchas cosas que cumplían al regimiento del Reino escribió a Sus Altezas de los Reyes Católicos, Don Fernando y Doña Isabel, que estaban entonces en la ciudad de Segovia. Y esto fue ocho años antes que aconteciesen estas cosas y, como esta señora era persona de tanto merecimiento y sanctidad, comunicábase mucho la Reina con ella, y enviándola llamar a ella y a su compañera para informarse della de todo lo que les escribía por extenso. Y, llegada a la ciudad de Segovia, estuvo con sus Altezas seis meses nomás. Y porque allí no podía po- [fol. 10r] ner por obra sus buenos deseos y humildad en que ella solía ejercitar su vida, pidió licencia a Sus Altezas para tornarse a Toledo para acabar lo comenzado. Y, venida a la ciudad, no se quiso tornar a casa de su madre, mas fuese derecha al Hospital de Nuestra Señora y públicamente se puso a servir a los pobres por tres años, sirviendo desta manera. | [fol. 9v] Esto y otras muchas cosas que cumplían al regimiento del Reino escribió a Sus Altezas de los Reyes Católicos, Don Fernando y Doña Isabel, que estaban entonces en la ciudad de Segovia. Y esto fue ocho años antes que aconteciesen estas cosas y, como esta señora era persona de tanto merecimiento y sanctidad, comunicábase mucho la Reina con ella, y enviándola llamar a ella y a su compañera para informarse della de todo lo que les escribía por extenso. Y, llegada a la ciudad de Segovia, estuvo con sus Altezas seis meses nomás. Y porque allí no podía po- [fol. 10r] ner por obra sus buenos deseos y humildad en que ella solía ejercitar su vida, pidió licencia a Sus Altezas para tornarse a Toledo para acabar lo comenzado. Y, venida a la ciudad, no se quiso tornar a casa de su madre, mas fuese derecha al Hospital de Nuestra Señora y públicamente se puso a servir a los pobres por tres años, sirviendo desta manera. | ||
'''Capítulo sexto, de cómo esta señora sierva de Jesuchristo Nuestro Señor entró en el hospital''' | |||
Entrando en el hospital fue recibida de todos los pobres como madre, y la die- [fol. 10v] ron una capillita muy pequeña en que estuviese, que no cabía más de una camita muy pobre y un oratorio, y la cama que allí tenía era un colchón de paja y una manta encima muy vieja con una almohada de sayal llena de paja. Ella andaba siempre descalza, y vestida una túnica de sayal y un hábito de lo mismo, y por toca traía un paño de lienzo muy grueso y las bocas de las mangas traía atadas con tomizas. Era muy solícita y diligente en el servicio de los enfermos ansí hombres como mujeres, hacía las camas y lavábales las bocas, curábales las llagas, [fol. 11r] y besábaselas muchas veces, y tresquilábales las cabezas y dábales de comer con sus propias manos, y hacía todas las otras piedades que sus necesidades demandaban, y deshacía las purgas y dábaselas con mucha devoción y limpieza y caridad. Y a las nueve de la noche andaba visitando los enfermos y mirando lo que habían menester porque eran más de setenta, entre hombres y mujeres, y traía siempre una cestilla en las manos con manzanas, y granadas y azúcar y confites para dejar a cada uno lo que hubiese menester, y una noche estaba un muchacho con cámaras, y ella misma le sacó en brazos seis veces [fol. 11v] a hacer sus necesidades, porque era niño y no se podía tener de flaco. Y, acabado todo esto de prima noche, entrábase en el cuarto donde estaban las mujeres en su celdita, y con todo este trabajo del día estaba hasta maitines en oración mental, y a la mañana iba luego a visitar los enfermos y a hacerles algunas piedades acostumbradas como solía, y sacaba los servidores y llevábalos a vaciar delante de todos con muy gran gozo y humildad. Y ansí, a ejemplo suyo, todos los caballeros y señores de la ciudad, se hicieron hermanos del hospital y servían a semanas y esta costumbre quedó puesta para siempre [fol. 12r] en el Hospital de la Misericordia, en esta ciudad de Toledo. | Entrando en el hospital fue recibida de todos los pobres como madre, y la die- [fol. 10v] ron una capillita muy pequeña en que estuviese, que no cabía más de una camita muy pobre y un oratorio, y la cama que allí tenía era un colchón de paja y una manta encima muy vieja con una almohada de sayal llena de paja. Ella andaba siempre descalza, y vestida una túnica de sayal y un hábito de lo mismo, y por toca traía un paño de lienzo muy grueso y las bocas de las mangas traía atadas con tomizas. Era muy solícita y diligente en el servicio de los enfermos ansí hombres como mujeres, hacía las camas y lavábales las bocas, curábales las llagas, [fol. 11r] y besábaselas muchas veces, y tresquilábales las cabezas y dábales de comer con sus propias manos, y hacía todas las otras piedades que sus necesidades demandaban, y deshacía las purgas y dábaselas con mucha devoción y limpieza y caridad. Y a las nueve de la noche andaba visitando los enfermos y mirando lo que habían menester porque eran más de setenta, entre hombres y mujeres, y traía siempre una cestilla en las manos con manzanas, y granadas y azúcar y confites para dejar a cada uno lo que hubiese menester, y una noche estaba un muchacho con cámaras, y ella misma le sacó en brazos seis veces [fol. 11v] a hacer sus necesidades, porque era niño y no se podía tener de flaco. Y, acabado todo esto de prima noche, entrábase en el cuarto donde estaban las mujeres en su celdita, y con todo este trabajo del día estaba hasta maitines en oración mental, y a la mañana iba luego a visitar los enfermos y a hacerles algunas piedades acostumbradas como solía, y sacaba los servidores y llevábalos a vaciar delante de todos con muy gran gozo y humildad. Y ansí, a ejemplo suyo, todos los caballeros y señores de la ciudad, se hicieron hermanos del hospital y servían a semanas y esta costumbre quedó puesta para siempre [fol. 12r] en el Hospital de la Misericordia, en esta ciudad de Toledo. | ||
'''Capítulo séptimo, cómo dejó renta al hospital y pedía cada semana limosna para él''' | |||
Dejó esta señora su renta al hospital veinte y cinco mil maravedís de juros, e iba cada semana a pedir por las plazas y mercados por amor de Dios para los pobres, ella y su compañera, y tornaban cargadas de todo lo que les daban unas veces gallinas y pollos y de otras cosas semejantes; y otras veces de escobas y sogas, y ollas y ansí de otras cosas de humildad en que eran [fol. 12v] necesarias para el servicio de los enfermos y provisión del hospital. Y viniendo cargadas con todo esto, muchas veces topaban con muchos caballeros y señores sus parientes y con su misma madre, de los cuales pasaba muy grandes persecuciones porque se afrentaban de verla andar de tal manera y la llamaban de loca, y algunas veces la tomaban la hacienda por que no la gastase de tal manera. Otras veces la hacían muchos enojos, pensando que por estas cosas se enmendaría de dejar lo que tenía comenzado, mas como esto era lo que ella andaba buscando, que era padecer denuestos y injurias por amor de Nuestro Señor [fol. 13r] Jesuchristo, no la espantaba nada, mas antes confirmaba más su buen propósito y deseo en el amor de Nuestro Señor Jesuchristo que siempre tuvo en su Divina Majestad. Y sus deudos, viendo que no aprovechaba nada lo que con ella hacían para apartalla de aquella vida, dejáronla seguir su voluntad y grande desprecio de mundo, de lo cual ella estaba muy jocosa de padecer, a ejemplo de los que a Nuestro Señor fueron hechos en su sagrada pasión, de la cual ella era muy devota y derramaba infinitas lágrimas de amor y compasión della, en la cual le fueron dados de Nuestro Señor muy grandes sentimientos. Y le fueron reveladas muy grandes [fol. 13v] cosas, que después acá han pasado ansí en lo susodicho, como en otras grandes cosas que por nuestros ojos hemos visto, y a causa de ser ella tan secreta y humilde no quería comunicarse con nadie las gracias que Nuestro Señor Jesuchristo comunicaba con su alma. Y lo que decía era casi forza[da] por la obediencia que tenía a su confesor; y por esta obediencia comunicaba con él y con su compañera a las cosas que sentía y pasaba, y ansí todos tres escribían lo que pasaban y lo mismo hacían de su compañera, ansí que todos escribían lo que pasaban y vían en espíritu. Y muchas veces el confesor por probar su paciencia mandaba a [fol. 14r] su compañera que la diese de bofetadas, lo cual ella hacía forzada por la obediencia y ella las recibía con mucha paciencia y amor de Jesuchristo Nuestro Señor, por quien ella tanto deseaba padecer por su amor. | Dejó esta señora su renta al hospital veinte y cinco mil maravedís de juros, e iba cada semana a pedir por las plazas y mercados por amor de Dios para los pobres, ella y su compañera, y tornaban cargadas de todo lo que les daban unas veces gallinas y pollos y de otras cosas semejantes; y otras veces de escobas y sogas, y ollas y ansí de otras cosas de humildad en que eran [fol. 12v] necesarias para el servicio de los enfermos y provisión del hospital. Y viniendo cargadas con todo esto, muchas veces topaban con muchos caballeros y señores sus parientes y con su misma madre, de los cuales pasaba muy grandes persecuciones porque se afrentaban de verla andar de tal manera y la llamaban de loca, y algunas veces la tomaban la hacienda por que no la gastase de tal manera. Otras veces la hacían muchos enojos, pensando que por estas cosas se enmendaría de dejar lo que tenía comenzado, mas como esto era lo que ella andaba buscando, que era padecer denuestos y injurias por amor de Nuestro Señor [fol. 13r] Jesuchristo, no la espantaba nada, mas antes confirmaba más su buen propósito y deseo en el amor de Nuestro Señor Jesuchristo que siempre tuvo en su Divina Majestad. Y sus deudos, viendo que no aprovechaba nada lo que con ella hacían para apartalla de aquella vida, dejáronla seguir su voluntad y grande desprecio de mundo, de lo cual ella estaba muy jocosa de padecer, a ejemplo de los que a Nuestro Señor fueron hechos en su sagrada pasión, de la cual ella era muy devota y derramaba infinitas lágrimas de amor y compasión della, en la cual le fueron dados de Nuestro Señor muy grandes sentimientos. Y le fueron reveladas muy grandes [fol. 13v] cosas, que después acá han pasado ansí en lo susodicho, como en otras grandes cosas que por nuestros ojos hemos visto, y a causa de ser ella tan secreta y humilde no quería comunicarse con nadie las gracias que Nuestro Señor Jesuchristo comunicaba con su alma. Y lo que decía era casi forza[da] por la obediencia que tenía a su confesor; y por esta obediencia comunicaba con él y con su compañera a las cosas que sentía y pasaba, y ansí todos tres escribían lo que pasaban y lo mismo hacían de su compañera, ansí que todos escribían lo que pasaban y vían en espíritu. Y muchas veces el confesor por probar su paciencia mandaba a [fol. 14r] su compañera que la diese de bofetadas, lo cual ella hacía forzada por la obediencia y ella las recibía con mucha paciencia y amor de Jesuchristo Nuestro Señor, por quien ella tanto deseaba padecer por su amor. | ||
'''Capítulo octavo, cómo cayó enferma en el hospital y no consintió que la sacasen fuera d’él''' | |||
Estando esta sierva de Nuestro Señor en este sancto ejercicio en el hospital, como era tan generosa y delicada, a cabo de los tres años del servicio d’él, diole Nuestro Señor una muy grande enfermedad de fiebre a causa de los vapores de los enfermos; y ansí como estaba en- [fol. 14v] ferma, no consintió que la sacasen de la celda donde dormía y, sabiéndolo su madre y parientes cómo estaba tan enferma, vinieron todos al hospital, aunque no la hablaban, y trabajaron mucho de llevarla cada uno a su casa, mas ella no quiso salir del hospital. Y, estando en este, creció tanto la enfermedad que la dieron todos los sacramentos y la extremaunción y, tiniéndola ya por muerta todos los que presentes estábamos, la vimos dar las boqueadas en presencia de los médicos y de infinito número de gentes que allí estaban. Ya tenido por defunta, la tomaron en un colchón y la subieron a una capilla que llaman “las beatas de Lope [fol. 15r] Gaytán” ''[9]'', que estaban en el mismo hospital, con las cuales estaban las suyas mientras ella acababa el servicio de los pobres, y, estando en esto, aparejando la sepultura que está en la misma capilla y allí está una imagen de Nuestra Señora muy devota con el niño en brazos, delante la cual su madre estaba llorando y con muy gran fe suplicando a Nuestra Señora le diese a su hija y con grandes lágrimas y gemidos. Y con la gran pena que tenía decía que, si no se la resuscitaba, que ella le tomaría el niño precioso que en los brazos tenía, y Nuestra Señora, mirando sus gemidos como madre de misericordia. Estando en esto, abrió los ojos y, tornando como de la muerte [fol. 15v] a la vida; y de ahí adelante fue de bien en mejor su salud, y mandaron los médicos que la sacasen del hospital si no que moriría y, forzada, la llevaron a casa de su madre adonde todas las suyas fuimos, que antes estábamos en la dicha casa de las beatas de Lope Gaytán. | Estando esta sierva de Nuestro Señor en este sancto ejercicio en el hospital, como era tan generosa y delicada, a cabo de los tres años del servicio d’él, diole Nuestro Señor una muy grande enfermedad de fiebre a causa de los vapores de los enfermos; y ansí como estaba en- [fol. 14v] ferma, no consintió que la sacasen de la celda donde dormía y, sabiéndolo su madre y parientes cómo estaba tan enferma, vinieron todos al hospital, aunque no la hablaban, y trabajaron mucho de llevarla cada uno a su casa, mas ella no quiso salir del hospital. Y, estando en este, creció tanto la enfermedad que la dieron todos los sacramentos y la extremaunción y, tiniéndola ya por muerta todos los que presentes estábamos, la vimos dar las boqueadas en presencia de los médicos y de infinito número de gentes que allí estaban. Ya tenido por defunta, la tomaron en un colchón y la subieron a una capilla que llaman “las beatas de Lope [fol. 15r] Gaytán” ''[9]'', que estaban en el mismo hospital, con las cuales estaban las suyas mientras ella acababa el servicio de los pobres, y, estando en esto, aparejando la sepultura que está en la misma capilla y allí está una imagen de Nuestra Señora muy devota con el niño en brazos, delante la cual su madre estaba llorando y con muy gran fe suplicando a Nuestra Señora le diese a su hija y con grandes lágrimas y gemidos. Y con la gran pena que tenía decía que, si no se la resuscitaba, que ella le tomaría el niño precioso que en los brazos tenía, y Nuestra Señora, mirando sus gemidos como madre de misericordia. Estando en esto, abrió los ojos y, tornando como de la muerte [fol. 15v] a la vida; y de ahí adelante fue de bien en mejor su salud, y mandaron los médicos que la sacasen del hospital si no que moriría y, forzada, la llevaron a casa de su madre adonde todas las suyas fuimos, que antes estábamos en la dicha casa de las beatas de Lope Gaytán. | ||
'''Capítulo nueve, de cómo esta sierva de Jesuchristo quiso ir a Jerusalén en romería''' | |||
Y, estando en esto en casa de su madre, pensó de dar asiento a su vida y para más perfección procuró de poner en estado a las suyas y, después de hecho esto, de tomar una esclavina ella y su compañera y partir se secre- [fol. 16r] tamente a Jerusalén, mas, como sus hermanas no quisieron apartarse de su compañía, no pudo poner en obra lo que tanto deseaba y púsose en oración ella y su compañera para saber de Nuestro Señor Jesuchristo, que Él la pusiese en obra su pensamiento y, si otra cosa Él fuese servido, que en todo Su Majestad la alumbrase. Y, hecha la oración, fuele respondido que hiciese una casa de religiosas adonde ella y muchas almas se salvasen. | Y, estando en esto en casa de su madre, pensó de dar asiento a su vida y para más perfección procuró de poner en estado a las suyas y, después de hecho esto, de tomar una esclavina ella y su compañera y partir se secre- [fol. 16r] tamente a Jerusalén, mas, como sus hermanas no quisieron apartarse de su compañía, no pudo poner en obra lo que tanto deseaba y púsose en oración ella y su compañera para saber de Nuestro Señor Jesuchristo, que Él la pusiese en obra su pensamiento y, si otra cosa Él fuese servido, que en todo Su Majestad la alumbrase. Y, hecha la oración, fuele respondido que hiciese una casa de religiosas adonde ella y muchas almas se salvasen. | ||
'''Capítulo diez, de cómo fue edificado el monasterio, y la vida que hizo en él esta sierva de Nuestro Señor Jesuchristo''' | |||
Y puesta ya en determinación de hacer una [fol. 16v] casa de religiosas, andaba buscando una tal casa como convenía para el monasterio, y en este tiempo vino la corte a Toledo. Y, como los Reyes Católicos la querían tanto y se comunicaban mucho con ella, hiciéronle merced de esta casa de Santa Isabel, y ellos mismos la metieron dentro y se la entregaron a ella y a todas las suyas, en la cual casa gastó más de siete cuentos. Y entre la señora Doña Juana de Toledo, su hermana, que era sanctísima mujer, y Su Alteza de la Reina Doña Isabel, púsole su nombre Sancta Isabel de los Reyes. | Y puesta ya en determinación de hacer una [fol. 16v] casa de religiosas, andaba buscando una tal casa como convenía para el monasterio, y en este tiempo vino la corte a Toledo. Y, como los Reyes Católicos la querían tanto y se comunicaban mucho con ella, hiciéronle merced de esta casa de Santa Isabel, y ellos mismos la metieron dentro y se la entregaron a ella y a todas las suyas, en la cual casa gastó más de siete cuentos. Y entre la señora Doña Juana de Toledo, su hermana, que era sanctísima mujer, y Su Alteza de la Reina Doña Isabel, púsole su nombre Sancta Isabel de los Reyes. | ||
'''Capítulo once, de la vida que esta sierva de Cristo hizo en el monasterio y de su abstinencia''' | |||
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[fol. 17r] La vida que hizo esta señora en el tiempo que estuvo en el monasterio fue muy subida y de mucha perfección y en muy gran menosprecio, y contemplación y oración y penitencia. Su vestido era un silicio de cerdas hasta ''[11]'' en pies y una túnica de sayal y un hábito ''[12]'' de lo mismo y el manto, y todo era lo más viejo y remendado y de más desprecio que ella hallaba. En la casa andaba descalza y las tocas eran de estopa y el vilo [''sic''] sin alguna curiosidad, su cama ''[13]'' fue en lo primero una tabla y a la cabecera un madero, una manta de sayal debajo y otra encima, y otras veces tenía por al- [fol. 17v] mohada una piedra o una almohada de sayal llena de paja [14]. Y su comer era todo el año un ayunar muy continuo y cada semana ayunaba tres días en pan y agua y continuamente iba a las espuertas en que cogían la basura y buscaba los mendrugos de pan que estaban en ellas, y llevábalos ascondidos en su manga a la mesa y aquellos comía todas las veces que los hallaba, y cuando no los hallaba buscabo [''sic''] por el refectorio los pedazos que dejaban las monjas, que nunca partía pan entero si posible era. | [fol. 17r] La vida que hizo esta señora en el tiempo que estuvo en el monasterio fue muy subida y de mucha perfección y en muy gran menosprecio, y contemplación y oración y penitencia. Su vestido era un silicio de cerdas hasta ''[11]'' en pies y una túnica de sayal y un hábito ''[12]'' de lo mismo y el manto, y todo era lo más viejo y remendado y de más desprecio que ella hallaba. En la casa andaba descalza y las tocas eran de estopa y el vilo [''sic''] sin alguna curiosidad, su cama ''[13]'' fue en lo primero una tabla y a la cabecera un madero, una manta de sayal debajo y otra encima, y otras veces tenía por al- [fol. 17v] mohada una piedra o una almohada de sayal llena de paja [14]. Y su comer era todo el año un ayunar muy continuo y cada semana ayunaba tres días en pan y agua y continuamente iba a las espuertas en que cogían la basura y buscaba los mendrugos de pan que estaban en ellas, y llevábalos ascondidos en su manga a la mesa y aquellos comía todas las veces que los hallaba, y cuando no los hallaba buscabo [''sic''] por el refectorio los pedazos que dejaban las monjas, que nunca partía pan entero si posible era. | ||
'''Capítulo doce, de la abstinencia que hacía esta sierva de Nuestro Señor cuando comulgaba''' | |||
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[fol. 18v] | [fol. 18v] | ||
'''Capítulo trece, de la caridad que […] sierva de Nuestro Señor tenía con los enfermos''' | |||
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[fol. 19r] | [fol. 19r] | ||
'''Capítulo catorce, cómo esta sierva de Nuestro Señor seguía la comunidad''' | |||
Y cuando estaba en la comunidad y echaban a algunas monjas algún oficio de humildad, ''[22]'' muchas veces, antes que las monjas, tenía ella ya llevados los servidores por que descansase algo la oficiala. Y siempre era ''[23]'' ella la primera en el seguimiento de las comunidades y en fregar y barrer y en meter leña, y lavaba las túnicas de las monjas, si no que no la dejaban todas veces. ''[24]'' Ayunó una vez la Cuaresma de los ángeles a pan y agua todos cuarenta días sacados los domingos, y este día comía unos bocados de pescado ''[25]'' [fol. 19v], y en toda esta Cuaresma comulgaba a tercero día ''[26]'' y este día no comía nada hasta la noche que bebía con unos granos de anís, y esto hizo hasta que una vez en este tiempo vino aquí el Arzobispo don fray Francisco Jiménez y la madre vicaria le suplicó que la mandase que comiese alguna cosa, y él mandóselo ''[27]'', y dende allí adelante poníanle unas pocas pasas y almendras y avellanas, que ya sabían que no había de comer otra cosa; y sobreavisó la resitolera se las ponía contadas para ver qué tanto comería, y hallaba por su cuenta que comía una avellana y una almendra y una pasa; ansí por cumplir ''[28]'' [fol. 20r] la obediencia comía una cosa de cada una. | Y cuando estaba en la comunidad y echaban a algunas monjas algún oficio de humildad, ''[22]'' muchas veces, antes que las monjas, tenía ella ya llevados los servidores por que descansase algo la oficiala. Y siempre era ''[23]'' ella la primera en el seguimiento de las comunidades y en fregar y barrer y en meter leña, y lavaba las túnicas de las monjas, si no que no la dejaban todas veces. ''[24]'' Ayunó una vez la Cuaresma de los ángeles a pan y agua todos cuarenta días sacados los domingos, y este día comía unos bocados de pescado ''[25]'' [fol. 19v], y en toda esta Cuaresma comulgaba a tercero día ''[26]'' y este día no comía nada hasta la noche que bebía con unos granos de anís, y esto hizo hasta que una vez en este tiempo vino aquí el Arzobispo don fray Francisco Jiménez y la madre vicaria le suplicó que la mandase que comiese alguna cosa, y él mandóselo ''[27]'', y dende allí adelante poníanle unas pocas pasas y almendras y avellanas, que ya sabían que no había de comer otra cosa; y sobreavisó la resitolera se las ponía contadas para ver qué tanto comería, y hallaba por su cuenta que comía una avellana y una almendra y una pasa; ansí por cumplir ''[28]'' [fol. 20r] la obediencia comía una cosa de cada una. | ||
'''Capítulo quince, de cómo la sierva de Nuestro Señor mandó tejer una túnica de cardas y lana''' | |||
No contenta de la penitencia que hacía, mandó tejer una túnica de cardas y lana de cabras ''[29]'' para sobre el silicio, que siempre le traía a raíz de la carne y tan largo que descendía hasta encima de los tobillos una mano, y siempre buscaba nuevas maneras de penitencias y, con todos los cuidados del regimiento, siempre era la primera en las comunidades ''[30]''. Iba cada noche a maitines y antes de maitines, después de reposadas las monjas, estaba dos horas de rodillas en [fol. 20v] oración, y luego recostábase sobre la cama susodicha, que era una tabla cubierta con una manta de sayal y, cuando se levantaba a maitines, no tornaba más al dormitorio, mas estábase en el coro en oración hecha un mar de lágrimas, y esto era muy continuo ''[31]'', y si alguna vez la constreñía el sueño, en la misma silla recostaba la cabeza y, aunque helase y nevase, nunca otra piedad tomaba, si no llegaba alguna monja y la echaba algún manto encima; y para sí era muy áspera y para las otras muy piadosa, ''[32]'' y siempre consolaba a las enfermas y aflictas con las obras de piedad y palabras celestiales ''[33]'' [fol. 21r] como madre verdadera, que más parecía en su conversación ángel que persona. Y, como era tan devotísima de la Pasión ''[34]'', siempre suplicaba a Nuestro Señor Jesuchristo que le diese a sentir los dolores que Él había sentido en el desconyuntamiento de la sanctísima vera cruz por que pudiese mejor compadecerse de sus dolores padeciéndolos ella. Y Nuestro Señor Jesuchristo, mirando sus sanctos deseos ''[35]'' como aquel que sabía lo que tenía en ella y en su sancta ánima, diole una muy grande enfermedad de dolores incomportables en todo el cuerpo. | No contenta de la penitencia que hacía, mandó tejer una túnica de cardas y lana de cabras ''[29]'' para sobre el silicio, que siempre le traía a raíz de la carne y tan largo que descendía hasta encima de los tobillos una mano, y siempre buscaba nuevas maneras de penitencias y, con todos los cuidados del regimiento, siempre era la primera en las comunidades ''[30]''. Iba cada noche a maitines y antes de maitines, después de reposadas las monjas, estaba dos horas de rodillas en [fol. 20v] oración, y luego recostábase sobre la cama susodicha, que era una tabla cubierta con una manta de sayal y, cuando se levantaba a maitines, no tornaba más al dormitorio, mas estábase en el coro en oración hecha un mar de lágrimas, y esto era muy continuo ''[31]'', y si alguna vez la constreñía el sueño, en la misma silla recostaba la cabeza y, aunque helase y nevase, nunca otra piedad tomaba, si no llegaba alguna monja y la echaba algún manto encima; y para sí era muy áspera y para las otras muy piadosa, ''[32]'' y siempre consolaba a las enfermas y aflictas con las obras de piedad y palabras celestiales ''[33]'' [fol. 21r] como madre verdadera, que más parecía en su conversación ángel que persona. Y, como era tan devotísima de la Pasión ''[34]'', siempre suplicaba a Nuestro Señor Jesuchristo que le diese a sentir los dolores que Él había sentido en el desconyuntamiento de la sanctísima vera cruz por que pudiese mejor compadecerse de sus dolores padeciéndolos ella. Y Nuestro Señor Jesuchristo, mirando sus sanctos deseos ''[35]'' como aquel que sabía lo que tenía en ella y en su sancta ánima, diole una muy grande enfermedad de dolores incomportables en todo el cuerpo. | ||
'''Capítulo diez y seis, de cómo Nuestro Señor [fol. 21v] Jesuchristo dio a su sierva una muy grande enfermedad de dolores recios''' | |||
Dio Nuestro Señor a su sierva una muy cruel enfermedad de dolores, que cuando le daban decía ella que parecía que la desconyuntaban todos los miembros de su cuerpo y que la hacían pedazos, y no se podía rodear sino la rodeaban con una sábana en la cama, y con todo este tormento que padeció un año nunca persona la vio perder la paciencia, ningún movimiento de ira y, cuando los dolores eran tan incomportables que lo [''sic''] ''[36]'' le era posible sin se quejar, luego demandaba perdón con grande voluntad a las que la servían ''[37]'' [fol. 22r] del mal ejemplo que les daba; y ansí como era humilde como la tierra y afable, ansí era también grave y prudentísima y tenía grandísima gracia en hablar de Dios, que como lo sentía ansí lo sellaba en las ánimas, que muchas veces la veían estando metida en hablar de Dios, el gesto con tan grande alegría que manifestaba muy claramente el gozo que de dentro poseía, y cuando estaba en este fervor no parecía que sentía los dolores más que toda estaba inflamada en el amor de Nuestro Señor Jesuchristo. | Dio Nuestro Señor a su sierva una muy cruel enfermedad de dolores, que cuando le daban decía ella que parecía que la desconyuntaban todos los miembros de su cuerpo y que la hacían pedazos, y no se podía rodear sino la rodeaban con una sábana en la cama, y con todo este tormento que padeció un año nunca persona la vio perder la paciencia, ningún movimiento de ira y, cuando los dolores eran tan incomportables que lo [''sic''] ''[36]'' le era posible sin se quejar, luego demandaba perdón con grande voluntad a las que la servían ''[37]'' [fol. 22r] del mal ejemplo que les daba; y ansí como era humilde como la tierra y afable, ansí era también grave y prudentísima y tenía grandísima gracia en hablar de Dios, que como lo sentía ansí lo sellaba en las ánimas, que muchas veces la veían estando metida en hablar de Dios, el gesto con tan grande alegría que manifestaba muy claramente el gozo que de dentro poseía, y cuando estaba en este fervor no parecía que sentía los dolores más que toda estaba inflamada en el amor de Nuestro Señor Jesuchristo. | ||
'''Capítulo diecisiete, cómo una camisa de esta sierva de Nuestro Señor fue llevada a una mon- [fol. 22v] ja del Cístel que estaba enferma y no se la quiso vestir''' | |||
En el tiempo que esta sierva de Nuestro Señor Jesuchristo estuvo enferma en la enfermedad ya dicha, tomaron una camisa que ella se vestía en su enfermedad y la llevaron a una muy religiosa monja de la orden del Cístel, la cual se llamaba Martha, para que se la vistiese, que era de un enfermo que se lo rogaba por amor de Dios, y ella, viendo la camisa, nunca quiso tocar a ella mas mirola con gran reverencia y dijo que cúya era aquella camisa, que no osaría ella vestírsela porque no era enfermedad, mas eran [fol. 23r] dolores de la sacratísima Pasión de Nuestro Señor Jesuchristo, y que por esta causa no se la osaría vestir, mas antes encomendarse a quien lo padecía. Ansí que conoció en espíritu lo que secretamente llevaban para que por su sanctidad se la vistiese, y ansí confirmó los pensamientos de todos. | En el tiempo que esta sierva de Nuestro Señor Jesuchristo estuvo enferma en la enfermedad ya dicha, tomaron una camisa que ella se vestía en su enfermedad y la llevaron a una muy religiosa monja de la orden del Cístel, la cual se llamaba Martha, para que se la vistiese, que era de un enfermo que se lo rogaba por amor de Dios, y ella, viendo la camisa, nunca quiso tocar a ella mas mirola con gran reverencia y dijo que cúya era aquella camisa, que no osaría ella vestírsela porque no era enfermedad, mas eran [fol. 23r] dolores de la sacratísima Pasión de Nuestro Señor Jesuchristo, y que por esta causa no se la osaría vestir, mas antes encomendarse a quien lo padecía. Ansí que conoció en espíritu lo que secretamente llevaban para que por su sanctidad se la vistiese, y ansí confirmó los pensamientos de todos. | ||
'''Capítulo dieciocho, de cómo los médicos no le daban remedio ninguno ni le hallaban para su enfermedad''' | |||
Estando juntos muchos médicos y cirujano, no pudiendo hallar ningún remedio ni le hallaban para su enfermedad hasta que fue cumplida la voluntad de [fol. 23v] Nuestro | Estando juntos muchos médicos y cirujano, no pudiendo hallar ningún remedio ni le hallaban para su enfermedad hasta que fue cumplida la voluntad de [fol. 23v] Nuestro Señor Jesuchristo, que ella padeciese lo que tanto deseaba padecer, y en esta enfermedad fue tan grande su paciencia que más parecía que se deleitaba en ella que no que padecía. Y cuando Nuestro Señor fue servido de alivialle los dolores luego se hizo llevar al dormitorio con el convento, porque allí eran sus deleites, gozar siempre de la comunidad, adonde estuvo muy poco tiempo que luego le dio el mal de la muerte, que fue de fiebre y una seca, que no vivió más de cinco días en los cuales días se cumplió un año que le dio la enfermedad de los dolores, y en esta fiebre que tuvo, tuvo quitado el sentido en las cosas temporales. Y nunca le perdió en las ''[38]'' [fol. 24r] cosas de Nuestro Señor Jesuchristo, antes hablaba cosas tan altas y maravillosas, que todos los médicos y personas que la veían estaban admirados, y alababan a Nuestro Señor Dios de ver tal enfermedad. | ||
Señor Jesuchristo, que ella padeciese lo que tanto deseaba padecer, y en esta enfermedad fue tan grande su paciencia que más parecía que se deleitaba en ella que no que padecía. Y cuando Nuestro Señor fue servido de alivialle los dolores luego se hizo llevar al dormitorio con el convento, porque allí eran sus deleites, gozar siempre de la comunidad, adonde estuvo muy poco tiempo que luego le dio el mal de la muerte, que fue de fiebre y una seca, que no vivió más de cinco días en los cuales días se cumplió un año que le dio la enfermedad de los dolores, y en esta fiebre que tuvo, tuvo quitado el sentido en las cosas temporales. Y nunca le perdió en las ''[38]'' [fol. 24r] cosas de Nuestro Señor Jesuchristo, antes hablaba cosas tan altas y maravillosas, que todos los médicos y personas que la veían estaban admirados, y alababan a Nuestro Señor Dios de ver tal enfermedad. | |||
'''Capítulo diecinueve, de cómo le dio el mal de la muerte''' | |||
El día que a esta sierva de Nuestro Señor Jesuchristo le dio el mal postrimero para ir a gozar de Nuestro Señor Dios, que era lo que más en esta vida había deseado, fue el día de San Pedro y San Pablo, y comulgó estando buena, como acostumbraba a celebrar las otras fiestas, y otro día de la conmemoración ''[39]'' de San Pablo, pos- [fol. 24v] trero día de junio, miércoles, a la una del día, le dio la fiebre y la seca y luego perdió el sentido, y dijo que luego le llamasen al vicario para que la confesase y diese los sacramentos y, en entrando, ella recibió el sancto sacramento con mucha devoción con todos sus sentidos, y ansí estuvo por espacio de dos horas, toda metida en sí que no quiso que la hablase nadie, y esto fue sábado, un día después de la visitación de Nuestra Señora. Y pasadas las dos horas tornó a perder el juicio en lo corporal, y en las cosas de Dios estaba tan viva como cuando estaba en su fervor y, estando ansí, le dijo una religiosa que ''[40]'' [fol. 25r] rogase a Nuestro Señor por ella y respondió con entrañas de caridad (como siempre lo hacía) que por ella sola que rogase a Nuestro Señor, que por todo el universo mundo había de ser la oración, que ansí nos rogaba ella a todas que hiciésemos como ella hacía, que siempre era esta su forma de oración y esto respondía a todas las preguntas que le hacían de Nuestro Señor. | El día que a esta sierva de Nuestro Señor Jesuchristo le dio el mal postrimero para ir a gozar de Nuestro Señor Dios, que era lo que más en esta vida había deseado, fue el día de San Pedro y San Pablo, y comulgó estando buena, como acostumbraba a celebrar las otras fiestas, y otro día de la conmemoración ''[39]'' de San Pablo, pos- [fol. 24v] trero día de junio, miércoles, a la una del día, le dio la fiebre y la seca y luego perdió el sentido, y dijo que luego le llamasen al vicario para que la confesase y diese los sacramentos y, en entrando, ella recibió el sancto sacramento con mucha devoción con todos sus sentidos, y ansí estuvo por espacio de dos horas, toda metida en sí que no quiso que la hablase nadie, y esto fue sábado, un día después de la visitación de Nuestra Señora. Y pasadas las dos horas tornó a perder el juicio en lo corporal, y en las cosas de Dios estaba tan viva como cuando estaba en su fervor y, estando ansí, le dijo una religiosa que ''[40]'' [fol. 25r] rogase a Nuestro Señor por ella y respondió con entrañas de caridad (como siempre lo hacía) que por ella sola que rogase a Nuestro Señor, que por todo el universo mundo había de ser la oración, que ansí nos rogaba ella a todas que hiciésemos como ella hacía, que siempre era esta su forma de oración y esto respondía a todas las preguntas que le hacían de Nuestro Señor. | ||
'''Capítulo veinte, de muchas preguntas que la hicieron las monjas y lo que respondía''' | |||
Y también le preguntaban las monjas si veía a Nuestro Señor Jesuchristo, y ella dijo que a Nuestro Señor y a su preciosísima madre. [fol. 25v] Y preguntole una monja y devota de San Juan Baptista que si veía a San Juan Baptista, y ella respondió muy alegre: “Y aun a toda la corte celestial que estaba allí”. Y esto decía con una alegría muy grande en que mostraba muy claramente en su gesto estar toda inflamada en gozo; y sin que ella lo manifestase lo conocían todos los que la veían. Y nunca veían ni oían que se les cayese de la boca estos versos: ''“In pace in idipsum: dormiam et requiescam” [41]''. Y otras veces decía: ''“In manus tuas Domine commendo spiritum meum” [42]''. Y otras veces decía: ''“Vias tuas Domine demonstra mihi” [43]''. Y otras veces decía: ''“Hec [fol. 26r] requies mea in seculum seculi” [44]''. Y luego demandó la unción, y se la dieron aunque no estaba en su propio juicio ni el gesto mostraba señal de muerte sino de mucha alegría, mas el pulso mostraba la verdad. Y cuando la dieron la extremaunción ella misma respondía a los siete psalmos, y cuando vino la medianoche estábamos todas tan atormentadas de pena, alrededor de la cama, todas dormidas, las más con la pena de lo que presente veíamos; despertáronnos a todas como si a cada una llamaran de por sí y pusiéronse juntas alrededor de la cama de rodillas llorando todo el [fol. 26v] convento, la suplicamos que rogase a Nuestro Señor por nosotras y que nos encomendase a Él y nos diese su bendición, y ella, con aquella benignidad que solía hablar, nos dijo que la bendición de Dios Padre todopoderoso nos guardase y diese su bendición y amor y temor. Y luego tornó a decir sus versos que antes decía y de ahí a tres credos dijo a muy alta voz: “Hijas mías, quedad en paz”. Y luego juntó su boca y ojos sin más movimiento ni señal de muerte, que más parecía tránsito de sancta que muerte, y ansí dio el alma a Nuestro Señor Jesuchristo. | Y también le preguntaban las monjas si veía a Nuestro Señor Jesuchristo, y ella dijo que a Nuestro Señor y a su preciosísima madre. [fol. 25v] Y preguntole una monja y devota de San Juan Baptista que si veía a San Juan Baptista, y ella respondió muy alegre: “Y aun a toda la corte celestial que estaba allí”. Y esto decía con una alegría muy grande en que mostraba muy claramente en su gesto estar toda inflamada en gozo; y sin que ella lo manifestase lo conocían todos los que la veían. Y nunca veían ni oían que se les cayese de la boca estos versos: ''“In pace in idipsum: dormiam et requiescam” [41]''. Y otras veces decía: ''“In manus tuas Domine commendo spiritum meum” [42]''. Y otras veces decía: ''“Vias tuas Domine demonstra mihi” [43]''. Y otras veces decía: ''“Hec [fol. 26r] requies mea in seculum seculi” [44]''. Y luego demandó la unción, y se la dieron aunque no estaba en su propio juicio ni el gesto mostraba señal de muerte sino de mucha alegría, mas el pulso mostraba la verdad. Y cuando la dieron la extremaunción ella misma respondía a los siete psalmos, y cuando vino la medianoche estábamos todas tan atormentadas de pena, alrededor de la cama, todas dormidas, las más con la pena de lo que presente veíamos; despertáronnos a todas como si a cada una llamaran de por sí y pusiéronse juntas alrededor de la cama de rodillas llorando todo el [fol. 26v] convento, la suplicamos que rogase a Nuestro Señor por nosotras y que nos encomendase a Él y nos diese su bendición, y ella, con aquella benignidad que solía hablar, nos dijo que la bendición de Dios Padre todopoderoso nos guardase y diese su bendición y amor y temor. Y luego tornó a decir sus versos que antes decía y de ahí a tres credos dijo a muy alta voz: “Hijas mías, quedad en paz”. Y luego juntó su boca y ojos sin más movimiento ni señal de muerte, que más parecía tránsito de sancta que muerte, y ansí dio el alma a Nuestro Señor Jesuchristo. | ||
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Y en espirando fue tan grande el olor que [fol. 27r] alrededor della estaba que parecía que estábamos en un vergel de muy olorosas flores, y este mismo olor quedó en la cámara adonde estaba y en toda la ropa con que la curaron, y pasó esta sierva de Nuestro Señor Jesuchristo desta vida lunes al alba. | Y en espirando fue tan grande el olor que [fol. 27r] alrededor della estaba que parecía que estábamos en un vergel de muy olorosas flores, y este mismo olor quedó en la cámara adonde estaba y en toda la ropa con que la curaron, y pasó esta sierva de Nuestro Señor Jesuchristo desta vida lunes al alba. | ||
'''Capítulo veinteyuno, de muchos cantos y músicas que fueron oídos en su tránsito y el llanto que las monjas hicieron''' | |||
Juntamente con este olor sonaron suavísimos cantos y músicas celestiales, que era cosa maravillosa de oír, que con todo el llanto innumerable que el convento hacía se oyeron cuando aquella sanctísima ánima [fol. 27v] salió del cuerpo, que no fuera posible criatura humana poderlo comparar. Y esto oyeron más de treinta monjas, todas personas de mucho crédito. Y esta música oyeron cuando falleció y cuando la llevaban el cuerpo al coro los frailes, y cuando alzaron el cuerpo sacratísimo de Nuestro Señor Jesuchristo, y cuando metieron el cuerpo en la cueva. Y los frailes llevaban el cuerpo con el Subvenite sancti Dei ''[45]'' rezado, que no podían cantar con el gran llanto que el convento hacía; y con todo se sonaba tan claro y no atinaban adónde sonaban las que quedaban con el cuerpo, y las que iban delante pen- [fol. 28r] saban que eran los frailes que cantaban. Ansí que vinieron dos en uno, y conocieron que eran cantos celestiales y tonos de cantos muy suaves, y los mismos frailes lloraban de compasión, y algunos dellos oyeron lo mismo que las monjas, y acabado el oficio, cuando la metieron en la cueva, como era tiempo de pestilencia echaron los frailes cal encima del cuerpo y, no mirando las monjas lo que hacían por la gran pena que tenían de perder tanto bien en tal madre, y como llevaba el velo delante del rostro y le echaron la cal encima, parósele el rostro negro con la cal y el agua de la cueva, y todo lo otro [fol. 28v] del cuerpo quedó como bálsamo, que ansí se manda todo su cuerpo como viva. | Juntamente con este olor sonaron suavísimos cantos y músicas celestiales, que era cosa maravillosa de oír, que con todo el llanto innumerable que el convento hacía se oyeron cuando aquella sanctísima ánima [fol. 27v] salió del cuerpo, que no fuera posible criatura humana poderlo comparar. Y esto oyeron más de treinta monjas, todas personas de mucho crédito. Y esta música oyeron cuando falleció y cuando la llevaban el cuerpo al coro los frailes, y cuando alzaron el cuerpo sacratísimo de Nuestro Señor Jesuchristo, y cuando metieron el cuerpo en la cueva. Y los frailes llevaban el cuerpo con el Subvenite sancti Dei ''[45]'' rezado, que no podían cantar con el gran llanto que el convento hacía; y con todo se sonaba tan claro y no atinaban adónde sonaban las que quedaban con el cuerpo, y las que iban delante pen- [fol. 28r] saban que eran los frailes que cantaban. Ansí que vinieron dos en uno, y conocieron que eran cantos celestiales y tonos de cantos muy suaves, y los mismos frailes lloraban de compasión, y algunos dellos oyeron lo mismo que las monjas, y acabado el oficio, cuando la metieron en la cueva, como era tiempo de pestilencia echaron los frailes cal encima del cuerpo y, no mirando las monjas lo que hacían por la gran pena que tenían de perder tanto bien en tal madre, y como llevaba el velo delante del rostro y le echaron la cal encima, parósele el rostro negro con la cal y el agua de la cueva, y todo lo otro [fol. 28v] del cuerpo quedó como bálsamo, que ansí se manda todo su cuerpo como viva. | ||
'''Capítulo veynte y dos, de cómo las monjas sacaron la sierva de Nuestro Señor de la cueva''' | |||
Y cuando las monjas cayeron en el yerro que habían hecho, que era tener una tal persona en la cueva y llena de cal encima, pidieron licencia al juez de la iglesia para sacarla de la cueva en que estaba, y sacáronla entera, y olía su cuerpo como el mismo día que la enterraron y ansí cerraba y abría sus manos como cuando era viva, sin comerse cosa alguna, y el mayor milagro fue que el espacio que estuvo en la [fol. 29r] cueva fue tan poco que no fue más de dos meses, porque ella murió un día antes de la octava de los apóstoles San Pedro y San Pablo, y sacámosla el día de San Matheo en el mismo año, y salió con las mismas carnes que la metieron, que no le había hecho ninguna impresión ni aun en el hábito que tenía vestido, sino era lo que estaba encima por el agua que distilaba de la cueva que era mucha por el regar y lavar del coro, mas lo que estaba a raíz del cuerpo estaba tan fresco como cuando la enterraron, y entonces tornámosla a meter en la cueva porque no estaba hecho el encillo donde la [fol. 29v] habíamos de meter, y después tornáronla a sacar día de la Translación de Sant Luis y pusiéronla en un encillo, adonde está hasta que otra cosa se ordene. | Y cuando las monjas cayeron en el yerro que habían hecho, que era tener una tal persona en la cueva y llena de cal encima, pidieron licencia al juez de la iglesia para sacarla de la cueva en que estaba, y sacáronla entera, y olía su cuerpo como el mismo día que la enterraron y ansí cerraba y abría sus manos como cuando era viva, sin comerse cosa alguna, y el mayor milagro fue que el espacio que estuvo en la [fol. 29r] cueva fue tan poco que no fue más de dos meses, porque ella murió un día antes de la octava de los apóstoles San Pedro y San Pablo, y sacámosla el día de San Matheo en el mismo año, y salió con las mismas carnes que la metieron, que no le había hecho ninguna impresión ni aun en el hábito que tenía vestido, sino era lo que estaba encima por el agua que distilaba de la cueva que era mucha por el regar y lavar del coro, mas lo que estaba a raíz del cuerpo estaba tan fresco como cuando la enterraron, y entonces tornámosla a meter en la cueva porque no estaba hecho el encillo donde la [fol. 29v] habíamos de meter, y después tornáronla a sacar día de la Translación de Sant Luis y pusiéronla en un encillo, adonde está hasta que otra cosa se ordene. | ||
'''Capítulo veynte y tres, de cómo el cuerpo de esta sierva de Nuestro Señor está entero, y de muchos enfermos que por sus merecimientos han sanado de diversas enfermedades''' | |||
Y allí en aquel encillo está su cuerpo tan entero como si estuviera viva, salvo el rostro que le tiene con mal color, de quemado de la cal. Y todas las personas que a esta señora se encomiendan en sus enfermedades le alcanza de Nuestro Señor Jesuchristo salud, [fol. 30r] y desto tenemos muy grande experiencia en muchas maneras de enfermedades que habemos visto sanar, especialmente de ciciones, que han sido sin número las que ha sanado y diremos algunos, que todos no será posible. | Y allí en aquel encillo está su cuerpo tan entero como si estuviera viva, salvo el rostro que le tiene con mal color, de quemado de la cal. Y todas las personas que a esta señora se encomiendan en sus enfermedades le alcanza de Nuestro Señor Jesuchristo salud, [fol. 30r] y desto tenemos muy grande experiencia en muchas maneras de enfermedades que habemos visto sanar, especialmente de ciciones, que han sido sin número las que ha sanado y diremos algunos, que todos no será posible. | ||
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Esta sierva de Nuestro Señor Jesuchristo, aunque fue [fol. 32v] casada nunca parió, y a todas las que no paren, puniéndose su medida de su cuerpo con mucha devoción ''[50]'' se hacen luego preñadas, y cualquiera que se pone un poco del silicio ''[51]'' o de la túnica luego sana de las ciciones, a gloria de Nuestro Señor Jesuchristo. | Esta sierva de Nuestro Señor Jesuchristo, aunque fue [fol. 32v] casada nunca parió, y a todas las que no paren, puniéndose su medida de su cuerpo con mucha devoción ''[50]'' se hacen luego preñadas, y cualquiera que se pone un poco del silicio ''[51]'' o de la túnica luego sana de las ciciones, a gloria de Nuestro Señor Jesuchristo. | ||
'''Capítulo veynte y quatro, como Nuestro Señor la llevó en espíritu al monte Tabor y lo que allí vido''' | |||
Cuando esta sierva de Jesuchristo era viva, aconteció un día de la Sanctísima Transfiguración, habiendo comulgado estando de rodillas en el coro en su silla por muy grande espacio del día hacia la tarde, vido la [fol. 33r] una monja el rostro que d’él y de todo su cuerpo salía un resplandor como de sol, de tal manera que estaba muy espantada la religiosa de ver tal cosa, y nunca podía quitar los ojos de ella, y después de pasado el día suplicole la monja muy afectuosamente que le dijese qué habían sido los pensamientos que el día pasado había tenido, que por reverencia de Nuestro Señor se lo dijese, y ella respondió que por qué se lo preguntaba, y dijo la religiosa que no le negase la merced que le pedía, que ella diría la causa; y luego respondió la sierva de Nuestro Señor Jesuchristo que la había Nuestro Señor hecho merced de llevarla en espíritu, al [fol. 33v] monte Tabor; y que allí gozaba de la gloria que los bienaventurados apóstoles gozaban, y que preguntó al glorioso señor San Juan, que qué había sentido en aquella gloriosa y santísima transfiguración, y que la respondía san Juan que había gustado la ley de Dios. | Cuando esta sierva de Jesuchristo era viva, aconteció un día de la Sanctísima Transfiguración, habiendo comulgado estando de rodillas en el coro en su silla por muy grande espacio del día hacia la tarde, vido la [fol. 33r] una monja el rostro que d’él y de todo su cuerpo salía un resplandor como de sol, de tal manera que estaba muy espantada la religiosa de ver tal cosa, y nunca podía quitar los ojos de ella, y después de pasado el día suplicole la monja muy afectuosamente que le dijese qué habían sido los pensamientos que el día pasado había tenido, que por reverencia de Nuestro Señor se lo dijese, y ella respondió que por qué se lo preguntaba, y dijo la religiosa que no le negase la merced que le pedía, que ella diría la causa; y luego respondió la sierva de Nuestro Señor Jesuchristo que la había Nuestro Señor hecho merced de llevarla en espíritu, al [fol. 33v] monte Tabor; y que allí gozaba de la gloria que los bienaventurados apóstoles gozaban, y que preguntó al glorioso señor San Juan, que qué había sentido en aquella gloriosa y santísima transfiguración, y que la respondía san Juan que había gustado la ley de Dios. | ||
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Esto y otras muy grandes cosas se vieron en su vida, que no se acuerdan, por ser ya todo tomado, como dicho es arriba. Un miércoles estando esta sierva de Jesuchristo en el coro sola mientras las monjas comían, vídola una religiosa que se llamaba [fol. 35r] María de Sedeño, que andaba rezando cerca del coro, y porque era mientras comían, ascondíase mucho della que no la viese, y mirábala el rostro, que parecía que le resplandecía, y ansí mirándola vídola llegar al altar mayor como si volara, alzada de tierra, y quedó tan espantada que pensó no se poder partir de allí viendo tan gran milagro. | Esto y otras muy grandes cosas se vieron en su vida, que no se acuerdan, por ser ya todo tomado, como dicho es arriba. Un miércoles estando esta sierva de Jesuchristo en el coro sola mientras las monjas comían, vídola una religiosa que se llamaba [fol. 35r] María de Sedeño, que andaba rezando cerca del coro, y porque era mientras comían, ascondíase mucho della que no la viese, y mirábala el rostro, que parecía que le resplandecía, y ansí mirándola vídola llegar al altar mayor como si volara, alzada de tierra, y quedó tan espantada que pensó no se poder partir de allí viendo tan gran milagro. | ||
'''Capítulo veinte y cinco, de una maravillosa visión que vido el Padre fray Jordán, religioso de la orden de los Predicadores, el día que murió esta sierva de Jesuchristo Nuestro Señor''' | |||
Cuando esta sierva de Nuestro Señor Jesuchristo pasó desta vida, estando un religioso de la [fol. 35v] orden de los predicadores llamado fray Jordán y de muy sancta vida, siendo vicario de las monjas de la madre de Dios de Toledo, estando en oración en su celda no sabiendo que era difuncta esta sierva de Nuestro Señor Jesuchristo, vido una gran procesión de ángeles, y de una parte venía nuestra Madre Santa Clara, y de otra nuestra Madre Santa Isabel, y ella en medio de entrambas; y ella iba vestida desta manera: llevaba una almática de brocado como diácono y las mangas y redropiés iban todas llenas de pedrería, y resplandecía su rostro como el sol y llevaba una diadema con la misma pedrería. Y dijo que [fol. 36r] nunca la había visto mas que luego la conoció, cómo era la abadesa de Santa Isabel, que aquel punto había fallecido; y que preguntó a un ángel de los que allí venían que quién era aquella bienaventurada a quien tanta fiesta se hacía, y respondió que era el abadessa de Santa Isabel, y dijo este padre que le parecía a él que hacía esta pregunta para más verificar su conocimiento. Y preguntole más, que qué significaban aquellas piedras preciosas que llevaba en las manos y en los pies, y fuele respondido que por el desprecio que en todo ello había tenido especialmente en el andar descalza y traer todas las man- [fol. 36v] gas atadas con tomizas, y también me dijo qué significaba ir como diácono y como se encubrió con todo lo otro y la tomaron, no se me acuerda, y también la diadema, mas de que nos dijo que después del ánima de San Jerónimo nunca tan gran recibimiento se había hecho en el cielo como a aquella gloriosa ánima; y dijo que no era mucho haber oído cantos celestiales, que mucho más se maravillaba cómo no lo había oído todo el mundo según el recibimiento se hizo a esta sancta ánima. | Cuando esta sierva de Nuestro Señor Jesuchristo pasó desta vida, estando un religioso de la [fol. 35v] orden de los predicadores llamado fray Jordán y de muy sancta vida, siendo vicario de las monjas de la madre de Dios de Toledo, estando en oración en su celda no sabiendo que era difuncta esta sierva de Nuestro Señor Jesuchristo, vido una gran procesión de ángeles, y de una parte venía nuestra Madre Santa Clara, y de otra nuestra Madre Santa Isabel, y ella en medio de entrambas; y ella iba vestida desta manera: llevaba una almática de brocado como diácono y las mangas y redropiés iban todas llenas de pedrería, y resplandecía su rostro como el sol y llevaba una diadema con la misma pedrería. Y dijo que [fol. 36r] nunca la había visto mas que luego la conoció, cómo era la abadesa de Santa Isabel, que aquel punto había fallecido; y que preguntó a un ángel de los que allí venían que quién era aquella bienaventurada a quien tanta fiesta se hacía, y respondió que era el abadessa de Santa Isabel, y dijo este padre que le parecía a él que hacía esta pregunta para más verificar su conocimiento. Y preguntole más, que qué significaban aquellas piedras preciosas que llevaba en las manos y en los pies, y fuele respondido que por el desprecio que en todo ello había tenido especialmente en el andar descalza y traer todas las man- [fol. 36v] gas atadas con tomizas, y también me dijo qué significaba ir como diácono y como se encubrió con todo lo otro y la tomaron, no se me acuerda, y también la diadema, mas de que nos dijo que después del ánima de San Jerónimo nunca tan gran recibimiento se había hecho en el cielo como a aquella gloriosa ánima; y dijo que no era mucho haber oído cantos celestiales, que mucho más se maravillaba cómo no lo había oído todo el mundo según el recibimiento se hizo a esta sancta ánima. | ||
'''Capítulo veinte y seis, cómo el padre fray Pedro de Acuña vino por confesor a esta [fol. 37r] casa y, trayendo un poco del cilicio desta señora, fue sano luego''' | |||
Viniendo a esta casa un reverendo padre que se llamaba fray Pedro de Acuña por confesor, traía cuartanas, y diéronle las monjas ''[52]'' un poquito de la túnica y del cilicio, y luego se le quitaron por la gracia de Nuestro Señor Dios y méritos desta bienaventurada su sierva. También viniendo aquí la señora Duquesa de Medinaceli, traía un dolor incomportable ''[53]'' de cabeza y, subiendo a ver el cuerpo desta bienaventurada sierva de Nuestro Señor Jesuchristo, metió la cabeza dentro, donde está su cuerpo, y salió [fol. 37v] luego sin algún dolor; y manifestó luego la maravilla que Nuestro Señor Jesuchristo había hecho con ella en quitarle súbito el gran dolor que tenía, por los merecimientos desta su sierva. | Viniendo a esta casa un reverendo padre que se llamaba fray Pedro de Acuña por confesor, traía cuartanas, y diéronle las monjas ''[52]'' un poquito de la túnica y del cilicio, y luego se le quitaron por la gracia de Nuestro Señor Dios y méritos desta bienaventurada su sierva. También viniendo aquí la señora Duquesa de Medinaceli, traía un dolor incomportable ''[53]'' de cabeza y, subiendo a ver el cuerpo desta bienaventurada sierva de Nuestro Señor Jesuchristo, metió la cabeza dentro, donde está su cuerpo, y salió [fol. 37v] luego sin algún dolor; y manifestó luego la maravilla que Nuestro Señor Jesuchristo había hecho con ella en quitarle súbito el gran dolor que tenía, por los merecimientos desta su sierva. | ||
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[Fol.210r] | [Fol.210r] | ||
'''Capítulo XIII. Vida de la bienaventurada soror María la pobre, fundadora, del monasterio de Sancta Isabel de Toledo de la Orden de Sancta Clara''' | |||
''[1]'' En la ciudad de Toledo resplandesció maravillosos rayos de virtud y sanctidad la muy illustre y bienaventurada doña María de Toledo, que soror María la pobre se quiso nombrar por menosprecio del mundo, y fue fundadora y primera abbadessa del monasterio de Sancta Isabel en la dicha ciudad de la Orden de Sancta Clara. Fue la vida desta sierva de Dios como un espejo y traslado de la muy santa vida de sancta Isabel, hija del Rey de Hungría ''[2]'', de la Tercera Orden del padre Sant Francisco, por tanto con mucha razón puso su nombre y título al monasterio que edificó. Era la sierva de Dios de la muy illustre sangre de los Duques de Alba y de los condes de Oropesa, hija de Pero Suárez de Toledo y de doña Juana de Guzmán, señores de Pinto, y muy temerosos de Nuestro Señor. Desde sus tiernos años ansí començó a ser ferviente en el amor de la castidad que tuvo firme propósito cuanto le fuesse possible de nunca casar. Su coraçón assí era lleno de compassión y piedad de los pobres que en ninguna cosa mayor consolación sentía que en les hacer limosnas y les acudir a sus necessidades, y algunas veces quitando su proprio menester. Huía de las vanas occupaciones y regocijos de las otras doncellas, y todo el tiempo que podía se recogía al oratorio donde su madre oía missa, y allí se occupaba en devotas oraciones. Siendo casada por obediencia de su padre, constreñida con un caballero de Andalucía Señor del Carpio, vivió con él siete años con mucha paciencia, suffriendo muy grandes trabajos. Y no habiendo hijos, habiendo liçencia de su marido se devolvió a Toledo a casa de su madre, adonde poco tiempo después de venida tuvo nuevas que se marido era muerto. Viéndose, pues, la sierva de Dios en la libertad que su espíritu siempre había desseado, para toda se dar al servicio de Nuestro Señor, luego dexó los trajes seglares, y se vistió del hábito del padre Sant Francisco muy grossero y vil con túnica de paño baxo, y movió a todas sus criadas a vestirse del mesmo hábito. Menospreciado desta manera el mundo, començó con mucho hervor a exercitarse en las obras de misericordia y charidad del próximo, que es el cierto y derecho camino de subir a la alteza de la divina charidad. Como otra sancta Isabel, visitaba los hospitales, era presente a los entierros de los pobres, visitaba los pobres en las cárceles, procuraba saber de las personas pobres envergonçadas, y doncellas huérfanas, y como madre proveía las tales personas en sus necessidades. A los enfermos especialmente servía y curaba con mucha diligencia y hervor de charidad, y con entrañas de gran piedad muchas veces les lavaba las llagas, y con ferviente charidad las besaba, gastando en esto muchas veces las tocas de su cabeça, otras veces las daba a pobres, y también sus vestidos, volviendo sin ellos para su casa. [Fol. 210v] Después de la muerte de su marido, siempre anduvo descalça hasta su muerte, por mayores fríos y nieves que hubiesse. Levantábase todos los días a los maitines de la Iglesia mayor con su compañera Juana Rodríguez, que hallaba siempre muy prompta y ferviente para semejantes obras, y estaba al officio de los maitines con grande silencio en oración. Huía siempre de todas las conversaciones y compañías, para que más libre y continuamente se pudiesse occupar a la oración. Tuvo siempre por su confessor a fray Pedro Pérez frayle menor de la observancia ''[3]'', varón docto, y muy espiritual por cuya doctrina la sierva de nuestro Señor se regía y aprovechaba en los exercicios espirituales. Traía siempre muy áspero cilicio vestido, y con muy duras disciplinas affligía su cuerpo, para que castigado fuesse más subjecto al espíritu. Con gran reverencia y devoción, se aparejaba para recebir el Sanctíssimo Sacramento, y recebíalo cada tres días, o a los ocho días cuando más tarde, y en el día del recibimiento del Señor, no comía más que pan y agua. Por estos sanctos exercicios y trabajos con que buscaba a su amado Señor Jesu Christo, era muchas veces de su Divina Clemencia visitada, y algunas veces con divinas revelaciones alumbrada, y le eran reveladas cosas por venir, las cuales por mandado de su confessor descubría, por ser provechosas a las almas. Fuele revelado que el Reino de Granada había de ser tomado por los Reyes Cathólicos, y también la reformación que se había de hacer en los frayles conventuales en sus conventos. Y siéndole revelado los grandes peccados que los christianos convertidos de los judíos y moros cometían contra la fe, descubriolo a los Reyes Cathólicos, y por su consejo fue ordenado que hubiesse el officio de la Sancta Inquisición en España, y otras muchas cosas para honra y servicio de Nuestro Señor. | ''[1]'' En la ciudad de Toledo resplandesció maravillosos rayos de virtud y sanctidad la muy illustre y bienaventurada doña María de Toledo, que soror María la pobre se quiso nombrar por menosprecio del mundo, y fue fundadora y primera abbadessa del monasterio de Sancta Isabel en la dicha ciudad de la Orden de Sancta Clara. Fue la vida desta sierva de Dios como un espejo y traslado de la muy santa vida de sancta Isabel, hija del Rey de Hungría ''[2]'', de la Tercera Orden del padre Sant Francisco, por tanto con mucha razón puso su nombre y título al monasterio que edificó. Era la sierva de Dios de la muy illustre sangre de los Duques de Alba y de los condes de Oropesa, hija de Pero Suárez de Toledo y de doña Juana de Guzmán, señores de Pinto, y muy temerosos de Nuestro Señor. Desde sus tiernos años ansí començó a ser ferviente en el amor de la castidad que tuvo firme propósito cuanto le fuesse possible de nunca casar. Su coraçón assí era lleno de compassión y piedad de los pobres que en ninguna cosa mayor consolación sentía que en les hacer limosnas y les acudir a sus necessidades, y algunas veces quitando su proprio menester. Huía de las vanas occupaciones y regocijos de las otras doncellas, y todo el tiempo que podía se recogía al oratorio donde su madre oía missa, y allí se occupaba en devotas oraciones. Siendo casada por obediencia de su padre, constreñida con un caballero de Andalucía Señor del Carpio, vivió con él siete años con mucha paciencia, suffriendo muy grandes trabajos. Y no habiendo hijos, habiendo liçencia de su marido se devolvió a Toledo a casa de su madre, adonde poco tiempo después de venida tuvo nuevas que se marido era muerto. Viéndose, pues, la sierva de Dios en la libertad que su espíritu siempre había desseado, para toda se dar al servicio de Nuestro Señor, luego dexó los trajes seglares, y se vistió del hábito del padre Sant Francisco muy grossero y vil con túnica de paño baxo, y movió a todas sus criadas a vestirse del mesmo hábito. Menospreciado desta manera el mundo, començó con mucho hervor a exercitarse en las obras de misericordia y charidad del próximo, que es el cierto y derecho camino de subir a la alteza de la divina charidad. Como otra sancta Isabel, visitaba los hospitales, era presente a los entierros de los pobres, visitaba los pobres en las cárceles, procuraba saber de las personas pobres envergonçadas, y doncellas huérfanas, y como madre proveía las tales personas en sus necessidades. A los enfermos especialmente servía y curaba con mucha diligencia y hervor de charidad, y con entrañas de gran piedad muchas veces les lavaba las llagas, y con ferviente charidad las besaba, gastando en esto muchas veces las tocas de su cabeça, otras veces las daba a pobres, y también sus vestidos, volviendo sin ellos para su casa. [Fol. 210v] Después de la muerte de su marido, siempre anduvo descalça hasta su muerte, por mayores fríos y nieves que hubiesse. Levantábase todos los días a los maitines de la Iglesia mayor con su compañera Juana Rodríguez, que hallaba siempre muy prompta y ferviente para semejantes obras, y estaba al officio de los maitines con grande silencio en oración. Huía siempre de todas las conversaciones y compañías, para que más libre y continuamente se pudiesse occupar a la oración. Tuvo siempre por su confessor a fray Pedro Pérez frayle menor de la observancia ''[3]'', varón docto, y muy espiritual por cuya doctrina la sierva de nuestro Señor se regía y aprovechaba en los exercicios espirituales. Traía siempre muy áspero cilicio vestido, y con muy duras disciplinas affligía su cuerpo, para que castigado fuesse más subjecto al espíritu. Con gran reverencia y devoción, se aparejaba para recebir el Sanctíssimo Sacramento, y recebíalo cada tres días, o a los ocho días cuando más tarde, y en el día del recibimiento del Señor, no comía más que pan y agua. Por estos sanctos exercicios y trabajos con que buscaba a su amado Señor Jesu Christo, era muchas veces de su Divina Clemencia visitada, y algunas veces con divinas revelaciones alumbrada, y le eran reveladas cosas por venir, las cuales por mandado de su confessor descubría, por ser provechosas a las almas. Fuele revelado que el Reino de Granada había de ser tomado por los Reyes Cathólicos, y también la reformación que se había de hacer en los frayles conventuales en sus conventos. Y siéndole revelado los grandes peccados que los christianos convertidos de los judíos y moros cometían contra la fe, descubriolo a los Reyes Cathólicos, y por su consejo fue ordenado que hubiesse el officio de la Sancta Inquisición en España, y otras muchas cosas para honra y servicio de Nuestro Señor. | ||
'''Capítulo IIII. De otras sanctas obras y exercicios desta sierva de nuestro Señor''' | |||
''[4]'' Crescían en la sierva de Nuestro Señor con las grandes y nuevas mercedes divinas sus muy grandes desseos y hervores de servir a Nuestro Señor en sus pequeñitos siervos y necessitados, y siempre le parescía tener hecho nonada en el servicio de tan grande Señor a quien tanto debía. Por tanto, con mucho hervor se occupó en el servicio del grande Hospital de la Misericordia, donde de día y de noche servía a los enfermos, con grande humildad e increíble charidad. Y por que ninguna hora pudiesse faltar su servicio, tomó una casita y aposento dentro en el hospital, donde, acabados los servicios de los enfermos, de noche muy tarde se recogía y estaba en oración hasta los maitines. Y tomando algún poco sueño, luego se volvía a servir y a curar los enfermos en todos los servicios viles y trabajosos, haciendo consigo mesma en este tiempo increíbles mortificaciones y asperezas. Por su exemplo incitados los nobles de Toledo, ordenaron cofradía, en la cual por su orden cada uno sirviesse su semana dentro en el hospital, como hoy día se hace. Después que la ferviente sierva de Christo dio sus rentas y cuanta hacienda tenía el dicho hospital, començó con su compañera a pedir limosnas en la ciudad por las puertas para los enfermos, y las que pedía llevábalas ella mesma y muchas veces iba bien cargada y administrábalas a los enfermos. Y porque no dormía el enemigo de nuestra salvación, en este tiempo levantó contra la sierva muy grandes persecuciones de sus proprios parientes y deudos, y de su madre que le era muy contraria por verla en obras tan viles occupada, affrentándose y habiendo su santa vida por deshonrra. Mas la ferventíssima sierva de Nuestro Señor, con mucha paciencia y alegría de su alma, recebía todas las persecuciones e inju- [fol. 211r] rias que se le hacían. Después destos trabajos le añadió Nuestro Señor otros, que cayó en muy grave enfermedad, y su madre la llevó para su casa, donde llegó a recebir todos los sacramentos, y aparejarse con mucho fervor para ir a ver a y gozar de aquel altíssimo Señor a quien su alma tanto amaba. Mas Nuestro Señor, como buen amigo, quiso dar más coronas de merescimientos a su verdadera sierva, y diole salud y nuevos desseos de toda se entregar a su amor y servicio. Y supplicando ella y su devota compañera con fervientes oraciones a Nuestro Señor les enseñasse en qué estado y vida sería dellas más servido, fueles por el Señor revelado que era su voluntad edificassen un monasterio de monjas adonde sus almas y de otras muchas se salvassen. | ''[4]'' Crescían en la sierva de Nuestro Señor con las grandes y nuevas mercedes divinas sus muy grandes desseos y hervores de servir a Nuestro Señor en sus pequeñitos siervos y necessitados, y siempre le parescía tener hecho nonada en el servicio de tan grande Señor a quien tanto debía. Por tanto, con mucho hervor se occupó en el servicio del grande Hospital de la Misericordia, donde de día y de noche servía a los enfermos, con grande humildad e increíble charidad. Y por que ninguna hora pudiesse faltar su servicio, tomó una casita y aposento dentro en el hospital, donde, acabados los servicios de los enfermos, de noche muy tarde se recogía y estaba en oración hasta los maitines. Y tomando algún poco sueño, luego se volvía a servir y a curar los enfermos en todos los servicios viles y trabajosos, haciendo consigo mesma en este tiempo increíbles mortificaciones y asperezas. Por su exemplo incitados los nobles de Toledo, ordenaron cofradía, en la cual por su orden cada uno sirviesse su semana dentro en el hospital, como hoy día se hace. Después que la ferviente sierva de Christo dio sus rentas y cuanta hacienda tenía el dicho hospital, començó con su compañera a pedir limosnas en la ciudad por las puertas para los enfermos, y las que pedía llevábalas ella mesma y muchas veces iba bien cargada y administrábalas a los enfermos. Y porque no dormía el enemigo de nuestra salvación, en este tiempo levantó contra la sierva muy grandes persecuciones de sus proprios parientes y deudos, y de su madre que le era muy contraria por verla en obras tan viles occupada, affrentándose y habiendo su santa vida por deshonrra. Mas la ferventíssima sierva de Nuestro Señor, con mucha paciencia y alegría de su alma, recebía todas las persecuciones e inju- [fol. 211r] rias que se le hacían. Después destos trabajos le añadió Nuestro Señor otros, que cayó en muy grave enfermedad, y su madre la llevó para su casa, donde llegó a recebir todos los sacramentos, y aparejarse con mucho fervor para ir a ver a y gozar de aquel altíssimo Señor a quien su alma tanto amaba. Mas Nuestro Señor, como buen amigo, quiso dar más coronas de merescimientos a su verdadera sierva, y diole salud y nuevos desseos de toda se entregar a su amor y servicio. Y supplicando ella y su devota compañera con fervientes oraciones a Nuestro Señor les enseñasse en qué estado y vida sería dellas más servido, fueles por el Señor revelado que era su voluntad edificassen un monasterio de monjas adonde sus almas y de otras muchas se salvassen. | ||
'''Capítulo XV. Cómo el monasterio de Sancta Isabel fue edificado por esta sierva de Christo''' | |||
''[5]'' Por la divina providencia, que no puede faltar a los sanctos desseos de los siervos de Dios, en este tiempo vinieron a Toledo los Reyes Cathólicos, y como tuviessen mucha devoción a la sierva de Christo, y conosciessen el sancto desseo que tenía, le dieron para este effecto unas casas muy grandes en Toledo, donde se edificó el monasterio de la Orden de Sancta Clara, de muy perfecta observancia, y le fue puesto nombre de Sancta Isabel de los Reyes. En la edificación deste monasterio, doña Juana de Toledo, hermana desta sierva de Christo, también de muy sancta vida, gastó mucha cantidad de dineros. Acabado pues el monasterio, la sierva y esposa de Christo María pobre, tomó el hábito y Regla de Sancta Clara, con otras muchas que la siguieron, y fue abbadessa del dicho convento. En este estado de más perfectión, levantada la esposa de Christo como en más altos desposorios divinos, en los cuales, dexando el mundo, el alma se aparta a la soledad en secretos y angélicos exercicios de su amado, y con su coraçón oye y conversa a su Esposo Jesu Christo, assí cresció en perfectión y sanctidad de vida, que a todos puso en grande admiración. Y fue visto de todos y conoscido que Nuestro Señor concedió a su bienaventurada sierva que representasse al mundo la vida admirable de Sancta Clara, cuya regla y estado había professado. ''[6]'' La orden de la vida desta esposa de Christo en la religión fue andar vestida de una túnica de muy áspero cilicio, su hábito y manto eran de muy vil saco remendado, su lecho una tabla, o algunos pocos de sarmientos, la cabecera una piedra o palo. Después de maitines nunca dormía más, hasta la prima siempre estaba en oración, y desta conversación divina se mostraba siempre en su cara, y resplandecía maravillosa y angélica alegría. No comió carne ni gustó jamás vino, mas continuamente ayunaba, y sobre esto tres días en la semana no comía sino pan y agua, y algunas veces, la Cuaresma de San Miguel Archángel toda la ayunaba a pan y agua, la cual es cuarenta días que se acaban en la fiesta de San Miguel de Septiembre, y siempre comía de los pedaços de pan que quedaban de las otras monjas. Comulgaba muchos días, con mucho hervor de espíritu, en los cuales días no comía más que unas pocas de passas, o cosa semejante muy tarde. En su conversación era muy benigna a todas las monjas, y si por necessidad reprehendía a alguna, no se recogía a la noche, sin la dexar alegre y consolada. En los servicios del convento era siempre la primera, y con tanta charidad servía a las enfermas que con su presencia y charidad muchas veces las sanaba de sus enfermedades. Y cuanto de más edad, tanto más se augmentaba y crescía el espíritu de la sierva de Christo en más fuerças y mortificaciones de la carne. Porque después de muchos años acrescentó al áspero cilicio ''[7]'', una túnica muy cruel texida de cerdas de puerco, y pelos de cabras. Muchas veces era visitada de su [fol. 211v] amado esposo Jesu Christo, con muy suaves y divinas consolaciones, y veíanse muchas veces en ella señales de estas visitaciones. Una vez, día de la transfiguración de Nuestro Señor, la vio una monja con cara tan resplandesciente como el sol, y el día siguiente, preguntando a la esposa de Christo, con mucha importunación, qué visitación del Señor había recebido aquella fiesta, con mucha humildad le descubrió que Nuestro Señor le revelara la gloria de su transfiguración, como si ella presente fuera en el monte Tabor, cuando el Señor delante de sus apóstoles se transfiguró. Otra vez un viernes de la Cuaresma, ayuntándose todas las monjas para la disciplina acostumbrada, fue vista la esposa de Christo de una monja, que tenía la cara tan resplandesciente y salían de su rostro rayos tan claros y derechos a los ojos de aquella monja que la veía que quedó espantada y casi perdió el sentido. Y preguntada después de la merced que había recebido de Nuestro Señor, y con ruegos constreñida, dixo que el Señor le comunicara entonces aquella immensa charidad suya con que se dexó atar y açotar a la columna. | ''[5]'' Por la divina providencia, que no puede faltar a los sanctos desseos de los siervos de Dios, en este tiempo vinieron a Toledo los Reyes Cathólicos, y como tuviessen mucha devoción a la sierva de Christo, y conosciessen el sancto desseo que tenía, le dieron para este effecto unas casas muy grandes en Toledo, donde se edificó el monasterio de la Orden de Sancta Clara, de muy perfecta observancia, y le fue puesto nombre de Sancta Isabel de los Reyes. En la edificación deste monasterio, doña Juana de Toledo, hermana desta sierva de Christo, también de muy sancta vida, gastó mucha cantidad de dineros. Acabado pues el monasterio, la sierva y esposa de Christo María pobre, tomó el hábito y Regla de Sancta Clara, con otras muchas que la siguieron, y fue abbadessa del dicho convento. En este estado de más perfectión, levantada la esposa de Christo como en más altos desposorios divinos, en los cuales, dexando el mundo, el alma se aparta a la soledad en secretos y angélicos exercicios de su amado, y con su coraçón oye y conversa a su Esposo Jesu Christo, assí cresció en perfectión y sanctidad de vida, que a todos puso en grande admiración. Y fue visto de todos y conoscido que Nuestro Señor concedió a su bienaventurada sierva que representasse al mundo la vida admirable de Sancta Clara, cuya regla y estado había professado. ''[6]'' La orden de la vida desta esposa de Christo en la religión fue andar vestida de una túnica de muy áspero cilicio, su hábito y manto eran de muy vil saco remendado, su lecho una tabla, o algunos pocos de sarmientos, la cabecera una piedra o palo. Después de maitines nunca dormía más, hasta la prima siempre estaba en oración, y desta conversación divina se mostraba siempre en su cara, y resplandecía maravillosa y angélica alegría. No comió carne ni gustó jamás vino, mas continuamente ayunaba, y sobre esto tres días en la semana no comía sino pan y agua, y algunas veces, la Cuaresma de San Miguel Archángel toda la ayunaba a pan y agua, la cual es cuarenta días que se acaban en la fiesta de San Miguel de Septiembre, y siempre comía de los pedaços de pan que quedaban de las otras monjas. Comulgaba muchos días, con mucho hervor de espíritu, en los cuales días no comía más que unas pocas de passas, o cosa semejante muy tarde. En su conversación era muy benigna a todas las monjas, y si por necessidad reprehendía a alguna, no se recogía a la noche, sin la dexar alegre y consolada. En los servicios del convento era siempre la primera, y con tanta charidad servía a las enfermas que con su presencia y charidad muchas veces las sanaba de sus enfermedades. Y cuanto de más edad, tanto más se augmentaba y crescía el espíritu de la sierva de Christo en más fuerças y mortificaciones de la carne. Porque después de muchos años acrescentó al áspero cilicio ''[7]'', una túnica muy cruel texida de cerdas de puerco, y pelos de cabras. Muchas veces era visitada de su [fol. 211v] amado esposo Jesu Christo, con muy suaves y divinas consolaciones, y veíanse muchas veces en ella señales de estas visitaciones. Una vez, día de la transfiguración de Nuestro Señor, la vio una monja con cara tan resplandesciente como el sol, y el día siguiente, preguntando a la esposa de Christo, con mucha importunación, qué visitación del Señor había recebido aquella fiesta, con mucha humildad le descubrió que Nuestro Señor le revelara la gloria de su transfiguración, como si ella presente fuera en el monte Tabor, cuando el Señor delante de sus apóstoles se transfiguró. Otra vez un viernes de la Cuaresma, ayuntándose todas las monjas para la disciplina acostumbrada, fue vista la esposa de Christo de una monja, que tenía la cara tan resplandesciente y salían de su rostro rayos tan claros y derechos a los ojos de aquella monja que la veía que quedó espantada y casi perdió el sentido. Y preguntada después de la merced que había recebido de Nuestro Señor, y con ruegos constreñida, dixo que el Señor le comunicara entonces aquella immensa charidad suya con que se dexó atar y açotar a la columna. | ||
'''Capítulo XVI. De la muerte de la bienaventurada sierva de Christo María pobre''' | |||
''[8]'' Llegándose pues ya la esposa de Christo al fin del presente destierro, començó a ser atormentada de muchas y graves enfermedades porque, como de antes no había querido tener contentamiento sino en la cruz y passión de Nuestro Señor Jesu Christo ''[9]'', assí siempre le pedía le quisiesse communicar los dolores de su sanctíssima Passión ''[10]''. Cuyos devotos y fervientes desseos oyó el amantíssimo Señor, y concedió a su amada esposa que participasse de sus dolores porque también meresciesse participar mucho de su gloria. Tan grandes y terribles dolores sintió que parescía en todos los momentos serle sacado los huessos y las entrañas, y destos dolores mortales fue un año todo atormentada continuamente, sin nunca en ella ser vista señal ni palabra de impaciencia o turbación. Mas llena de muy suave alegría del espíritu, continuamente alababa a nuestro Señor y, como olvidada de sí mesma y de sus dolores, hacíase llevar a visitar las otras enfermas, y assí las consolaba y confortaba que parescía vivir más la esposa de Christo en regalos que en tormentos. En el cabo del año cresciole la calentura muy aguda y subiole el frenesís a la cabeça y, aunque perdió el uso del entendimiento, ningunas palabras salían de su boca sino muy sanctas, y ansí decía: “''In pace in idipsum dormiam et requiescam. In manus tuas domine commendo spiritum meum. Vias tuas domine demonstra mihi. Hac requies mea in seculum seculi''”. Y passados tres días tornó en sí, y pidió y recibió con mucha devoción todos los sacramentos y después de esto vivió dos días, confrotando siempre las monjas en el servicio de Nuestro Señor y de su sanctíssima madre, y de Sant Juan Baptista, y de la corte celestial. Finalmente fue oída de las monjas que estaban con la sierva de Christo una voz que la llamaba ''[11]'', y las monjas, con muchas lágrimas demandando la bendición a su sancta madre, y rogando ella a Nuestro Señor por sus hijas, sentiendo la voz del esposo celestial que la llamaba, respondió: “En paz con vos, Señor mío, dormiré, yo descansaré para siempre”. Y luego, con alta voz se despidió de sus hijas diciendo: “Hijas mías, quedaos con la paz del Señor”. Y muy quietamente passó su sancta alma al Señor en el año de mil y quinientos y siete, un sábado después de la fiesta de Sant Pedro y Sant Pablo, teniendo setenta años de su edad, y treinta de religión. Después de su bienaventurada alma salir del cuerpo, tanta suavidad de [fol. 212r] admirable olor sintieron las monjas que sin duda alguna creyeron ser esto señal de la sanctidad de la esposa de Christo ''[12]'', y de la compañía de la corte celestial que la vino a recebir, y llevar a la gloria de Christo su Esposo y Señor. Fue también muy clara señal de esta honra con que el Señor quiso llevar a su esposa la música y melodía celestial que luego de todas fue oída, la cual excedía a toda música humana, y tres veces fue oída de las monjas: a la muerte de la sancta esposa del Señor, y a la missa que por ella fue celebrada, y cuando su cuerpo fue llevado a la sepultura. En este tiempo que la sierva de Christo passó al Señor, estaba en oración un padre de Sancto Domingo, confessor de las monjas de la Madre de Dios, de la mesma Orden de Sancto Domingo en Toledo, y llamábase fray Jordán, el cual vio una muy larga processión ''[13]'', y al cabo della iban las bienaventuradas sancta Clara y sancta Isabel, y llevaban en medio a la bienaventurada sierva de Christo muy ricamente vestida, y con una diadema, y corona en la cabeça de gran resplandor, y de su cara salían rayos como del sol. Vio y conosció este devoto religioso a todas aquella santas almas con muy grandes fiestas y alegrías subir y entrar en los cielos, y luego se vino al monasterio de Sancta Isabel y contó esta revelación a las monjas. El cuerpo desta sancta religiosa se muestra hoy día entero y tratable y blando, ni cessa la divina clemencia de obrar allí muchos milagros, en diversas enfermedades por los merescimientos de su santa sierva. | ''[8]'' Llegándose pues ya la esposa de Christo al fin del presente destierro, començó a ser atormentada de muchas y graves enfermedades porque, como de antes no había querido tener contentamiento sino en la cruz y passión de Nuestro Señor Jesu Christo ''[9]'', assí siempre le pedía le quisiesse communicar los dolores de su sanctíssima Passión ''[10]''. Cuyos devotos y fervientes desseos oyó el amantíssimo Señor, y concedió a su amada esposa que participasse de sus dolores porque también meresciesse participar mucho de su gloria. Tan grandes y terribles dolores sintió que parescía en todos los momentos serle sacado los huessos y las entrañas, y destos dolores mortales fue un año todo atormentada continuamente, sin nunca en ella ser vista señal ni palabra de impaciencia o turbación. Mas llena de muy suave alegría del espíritu, continuamente alababa a nuestro Señor y, como olvidada de sí mesma y de sus dolores, hacíase llevar a visitar las otras enfermas, y assí las consolaba y confortaba que parescía vivir más la esposa de Christo en regalos que en tormentos. En el cabo del año cresciole la calentura muy aguda y subiole el frenesís a la cabeça y, aunque perdió el uso del entendimiento, ningunas palabras salían de su boca sino muy sanctas, y ansí decía: “''In pace in idipsum dormiam et requiescam. In manus tuas domine commendo spiritum meum. Vias tuas domine demonstra mihi. Hac requies mea in seculum seculi''”. Y passados tres días tornó en sí, y pidió y recibió con mucha devoción todos los sacramentos y después de esto vivió dos días, confrotando siempre las monjas en el servicio de Nuestro Señor y de su sanctíssima madre, y de Sant Juan Baptista, y de la corte celestial. Finalmente fue oída de las monjas que estaban con la sierva de Christo una voz que la llamaba ''[11]'', y las monjas, con muchas lágrimas demandando la bendición a su sancta madre, y rogando ella a Nuestro Señor por sus hijas, sentiendo la voz del esposo celestial que la llamaba, respondió: “En paz con vos, Señor mío, dormiré, yo descansaré para siempre”. Y luego, con alta voz se despidió de sus hijas diciendo: “Hijas mías, quedaos con la paz del Señor”. Y muy quietamente passó su sancta alma al Señor en el año de mil y quinientos y siete, un sábado después de la fiesta de Sant Pedro y Sant Pablo, teniendo setenta años de su edad, y treinta de religión. Después de su bienaventurada alma salir del cuerpo, tanta suavidad de [fol. 212r] admirable olor sintieron las monjas que sin duda alguna creyeron ser esto señal de la sanctidad de la esposa de Christo ''[12]'', y de la compañía de la corte celestial que la vino a recebir, y llevar a la gloria de Christo su Esposo y Señor. Fue también muy clara señal de esta honra con que el Señor quiso llevar a su esposa la música y melodía celestial que luego de todas fue oída, la cual excedía a toda música humana, y tres veces fue oída de las monjas: a la muerte de la sancta esposa del Señor, y a la missa que por ella fue celebrada, y cuando su cuerpo fue llevado a la sepultura. En este tiempo que la sierva de Christo passó al Señor, estaba en oración un padre de Sancto Domingo, confessor de las monjas de la Madre de Dios, de la mesma Orden de Sancto Domingo en Toledo, y llamábase fray Jordán, el cual vio una muy larga processión ''[13]'', y al cabo della iban las bienaventuradas sancta Clara y sancta Isabel, y llevaban en medio a la bienaventurada sierva de Christo muy ricamente vestida, y con una diadema, y corona en la cabeça de gran resplandor, y de su cara salían rayos como del sol. Vio y conosció este devoto religioso a todas aquella santas almas con muy grandes fiestas y alegrías subir y entrar en los cielos, y luego se vino al monasterio de Sancta Isabel y contó esta revelación a las monjas. El cuerpo desta sancta religiosa se muestra hoy día entero y tratable y blando, ni cessa la divina clemencia de obrar allí muchos milagros, en diversas enfermedades por los merescimientos de su santa sierva. | ||
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==Vida de María de Toledo== | ==Vida de María de Toledo== | ||
[211] '''Capítulo XL. En que se refiere la vida de la bienaventurada Soror María la pobre, fundadora del Monasterio de sancta Isabel de Toledo, de la Orden de sancta Clara'''. | [211] '''Capítulo XL. En que se refiere la vida de la bienaventurada Soror María la pobre, fundadora del Monasterio de sancta Isabel de Toledo, de la Orden de sancta Clara'''. | ||
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==Vida de María de Toledo== | ==Vida de María de Toledo== | ||
'''Capítulo XXIIII''' | |||
'''[359] Del nacimiento y crianza de doña María de Toledo, fundadora del Monasterio de S. Isabel la Real de Toledo''' | '''[359] Del nacimiento y crianza de doña María de Toledo, fundadora del Monasterio de S. Isabel la Real de Toledo''' | ||
Fue doña María de Toledo, natural de la ciudad de Toledo, hija de Pedro Suárez de Toledo y de su mujer doña Juana de Guzmán, Señores de Pinto. Era Pedro Suárez de los señores de Alva y de Valdecorneja, y de los señores de Oropesa, linaje antiquísimo en España y de gran nobleza. Eran estos señores Pedro Suárez y su mujer muy cristianos y devotos. Y ansí parece que, premiando Dios sus buenas obras y virtudes, les dio a doña María de Toledo por hija. La cual desde muy tierna edad dio muestras de la gran perfección que había de tener en el discurso de su vida. Lo primero que podemos decir de su niñez es que desde muy pequeña fue aficionada a los pobres, y usó con ellos de mucha caridad. Fue desde que tuvo uso de razón muy inclinada a guardar limpieza y pureza virginal. Y ansí había propuesto firmemente de guardarla toda su vida. Ejercitose en esta tierna edad en hacer todas las limosnas que podía a los pobres, y todo lo que le daban para almorzar [360] y merendar, lo daba por amor de Dios. Las vanidades y niñerías de aquella edad siempre las aborreció, y como si fuera una mujer anciana y muy prudente, se ocupaba en obras santas. Cuando se podía esconder de su madre, íbase a un oratorio donde sus padres oían misa, y allí se estaba rezando y encomendándose a Dios muy de veras, y ansí alcanzaba de su divina Majestad, grande aumento de virtud y devoción. Llegada a edad de poderse casar, fue tanta la importunidad y instancia que sus padres en esto le hicieron que hubo de consentir en lo que le pedían, y mudar el propósito de la virginidad en santo y honesto matrimonio. Casáronla sus padres con García Méndez de Sotomayor y de Haro, Señor del Carpio. Estuvo con su marido siete años, y nunca parió, y después alcanzó licencia de su marido y vínose a Toledo a ver a sus padres; y pocos días después tuvo nueva cómo su marido había muerto: y en sabiéndolo hincose de rodillas, y dio gracias al Señor por verse libre para poder muy de veras ocuparse en su servicio. Y luego dejadas las vestiduras preciosas, se vistió de una túnica de paño, y de un hábito a manera de religiosa de San Francisco; el cual vestido era muy áspero y vil; y persuadió luego a todas las mujeres que estaban en su compañía a que hiciesen lo mismo. Desde entonces comenzó determinadamente a darse y ejercitarse en obras de misericordia. Visitaba todos los hospitales y hallábase en todos los enterramientos de personas pobres: acudía muy de ordinario a las cárceles y buscaba pobres vergonzantes y huérfanos, a todos los cuales servía y daba lo necesario, como verdadera madre de todos. También redemía cautivos, y los muchachos echados a las puertas de las Iglesias hacíalos criar a su costa, y después los ponía a oficios con que todos se remediasen. Pero entre todos estos santos ejercicios, en el que más de veras se empleaba era en curar enfermos pobres, a quien trataba con verdadera caridad y piadosas entrañas: a los cuales muchas veces les curaba las llagas, y lavaba los pies y se los besaba, y con muy suaves palabras los consolaba; y en otra cualquier cosa que veía tenían necesidad, y ella podía remediarla, lo hacía con muy gran diligencia y solícito cuidado. Anduvo siempre descalza después de la muerte de su marido, y aunque hiciese muy recios fríos, y los inviernos rigurosos y ásperos, jamás se calzó. Iba a Maitines cada noche a la Iglesia Mayor de Toledo, acompañada de una mujer amiga suya, que se llamaba [[Juana Rodríguez]]; la cual [361] halló muy pronta y aparejada para cualquier ejercicio de virtud y penitencia. Estuvo dentro en la Iglesia Mayor de Toledo un año, sin salir della ni comunicar con persona ninguna, salvo con su familiar amiga [[Juana Rodríguez]] y con su confesor, que era un fraile de san Francisco, llamado fray Pedro Pérez. Hizo esto para poderse dar con más devoción y espíritu a la contemplación y meditación. Había esta señora escogido al dicho fray Pedro Pérez para su confesor, por ser gran religioso y muy docto, con cuya doctrina y ejemplo hizo grande aprovechamiento en el camino de la perfección, al cual había dado la obediencia y la guardaba muy de veras. Andaba en este tiempo vestida de un muy áspero silicio, y con crueles disciplinas afligía su cuerpo delicado, para hacerle sujeto al espíritu. Comulgaba al tercer día, y lo más largo de ocho a ocho días, y esto era con tanta preparación y reverencia cuanta le era posible. El día que comulgaba ninguna otra cosa comía más de pan y agua. Sentía en los tales días muchos regalos de la divina clemencia en tanta abundancia que su espíritu era lleno de divinas consolaciones y alumbrado con celestiales revelaciones. Revelole nuestro Señor muchas cosas, las cuales por mandado de su confesor dejó escritas, y entre ellas era una, que el Reino de Granada vendría a poder de cristianos. También que los conventos de frailes menores claustrales y de las monjas habían de ser reformados. Revelole también nuestro Señor las grandes maldades y abominables herejías que los cristianos destos reinos cometían por la comunicación y trato que tenían con los moros y judíos que en ellos vivían. Pues manifestando esta santa mujer estas cosas a los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel (con quien tenía mucha autoridad y crédito), llamáronla a Segovia, adonde entonces ellos estaban. Y tratando con ella estos negocios y pidiéndole su parecer, determinaron se pusiese en España el Santo Oficio de la Inquisición. Y ansimismo ordenaron otras muchas cosas tocantes al servicio de nuestro Señor. | Fue doña María de Toledo, natural de la ciudad de Toledo, hija de Pedro Suárez de Toledo y de su mujer doña Juana de Guzmán, Señores de Pinto. Era Pedro Suárez de los señores de Alva y de Valdecorneja, y de los señores de Oropesa, linaje antiquísimo en España y de gran nobleza. Eran estos señores Pedro Suárez y su mujer muy cristianos y devotos. Y ansí parece que, premiando Dios sus buenas obras y virtudes, les dio a doña María de Toledo por hija. La cual desde muy tierna edad dio muestras de la gran perfección que había de tener en el discurso de su vida. Lo primero que podemos decir de su niñez es que desde muy pequeña fue aficionada a los pobres, y usó con ellos de mucha caridad. Fue desde que tuvo uso de razón muy inclinada a guardar limpieza y pureza virginal. Y ansí había propuesto firmemente de guardarla toda su vida. Ejercitose en esta tierna edad en hacer todas las limosnas que podía a los pobres, y todo lo que le daban para almorzar [360] y merendar, lo daba por amor de Dios. Las vanidades y niñerías de aquella edad siempre las aborreció, y como si fuera una mujer anciana y muy prudente, se ocupaba en obras santas. Cuando se podía esconder de su madre, íbase a un oratorio donde sus padres oían misa, y allí se estaba rezando y encomendándose a Dios muy de veras, y ansí alcanzaba de su divina Majestad, grande aumento de virtud y devoción. Llegada a edad de poderse casar, fue tanta la importunidad y instancia que sus padres en esto le hicieron que hubo de consentir en lo que le pedían, y mudar el propósito de la virginidad en santo y honesto matrimonio. Casáronla sus padres con García Méndez de Sotomayor y de Haro, Señor del Carpio. Estuvo con su marido siete años, y nunca parió, y después alcanzó licencia de su marido y vínose a Toledo a ver a sus padres; y pocos días después tuvo nueva cómo su marido había muerto: y en sabiéndolo hincose de rodillas, y dio gracias al Señor por verse libre para poder muy de veras ocuparse en su servicio. Y luego dejadas las vestiduras preciosas, se vistió de una túnica de paño, y de un hábito a manera de religiosa de San Francisco; el cual vestido era muy áspero y vil; y persuadió luego a todas las mujeres que estaban en su compañía a que hiciesen lo mismo. Desde entonces comenzó determinadamente a darse y ejercitarse en obras de misericordia. Visitaba todos los hospitales y hallábase en todos los enterramientos de personas pobres: acudía muy de ordinario a las cárceles y buscaba pobres vergonzantes y huérfanos, a todos los cuales servía y daba lo necesario, como verdadera madre de todos. También redemía cautivos, y los muchachos echados a las puertas de las Iglesias hacíalos criar a su costa, y después los ponía a oficios con que todos se remediasen. Pero entre todos estos santos ejercicios, en el que más de veras se empleaba era en curar enfermos pobres, a quien trataba con verdadera caridad y piadosas entrañas: a los cuales muchas veces les curaba las llagas, y lavaba los pies y se los besaba, y con muy suaves palabras los consolaba; y en otra cualquier cosa que veía tenían necesidad, y ella podía remediarla, lo hacía con muy gran diligencia y solícito cuidado. Anduvo siempre descalza después de la muerte de su marido, y aunque hiciese muy recios fríos, y los inviernos rigurosos y ásperos, jamás se calzó. Iba a Maitines cada noche a la Iglesia Mayor de Toledo, acompañada de una mujer amiga suya, que se llamaba [[Juana Rodríguez]]; la cual [361] halló muy pronta y aparejada para cualquier ejercicio de virtud y penitencia. Estuvo dentro en la Iglesia Mayor de Toledo un año, sin salir della ni comunicar con persona ninguna, salvo con su familiar amiga [[Juana Rodríguez]] y con su confesor, que era un fraile de san Francisco, llamado fray Pedro Pérez. Hizo esto para poderse dar con más devoción y espíritu a la contemplación y meditación. Había esta señora escogido al dicho fray Pedro Pérez para su confesor, por ser gran religioso y muy docto, con cuya doctrina y ejemplo hizo grande aprovechamiento en el camino de la perfección, al cual había dado la obediencia y la guardaba muy de veras. Andaba en este tiempo vestida de un muy áspero silicio, y con crueles disciplinas afligía su cuerpo delicado, para hacerle sujeto al espíritu. Comulgaba al tercer día, y lo más largo de ocho a ocho días, y esto era con tanta preparación y reverencia cuanta le era posible. El día que comulgaba ninguna otra cosa comía más de pan y agua. Sentía en los tales días muchos regalos de la divina clemencia en tanta abundancia que su espíritu era lleno de divinas consolaciones y alumbrado con celestiales revelaciones. Revelole nuestro Señor muchas cosas, las cuales por mandado de su confesor dejó escritas, y entre ellas era una, que el Reino de Granada vendría a poder de cristianos. También que los conventos de frailes menores claustrales y de las monjas habían de ser reformados. Revelole también nuestro Señor las grandes maldades y abominables herejías que los cristianos destos reinos cometían por la comunicación y trato que tenían con los moros y judíos que en ellos vivían. Pues manifestando esta santa mujer estas cosas a los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel (con quien tenía mucha autoridad y crédito), llamáronla a Segovia, adonde entonces ellos estaban. Y tratando con ella estos negocios y pidiéndole su parecer, determinaron se pusiese en España el Santo Oficio de la Inquisición. Y ansimismo ordenaron otras muchas cosas tocantes al servicio de nuestro Señor. | ||
'''Capítulo XXV''' | |||
'''De cómo doña María de Toledo, después que volvió de Segovia, no quiso tornar a casa de su padre, y se fue al Hospital de la Misericordia''' | '''De cómo doña María de Toledo, después que volvió de Segovia, no quiso tornar a casa de su padre, y se fue al Hospital de la Misericordia''' | ||
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Después que la santa mujer cobró entera salud comenzó a tratar consigo misma, cómo dispondría de sí de manera que más sirviese a Nuestro Señor: unas veces pensaba ir en romería a Jerusalén, otras buscar otra vida más estrecha, y otras cosas semejantes. Y andando ella y su fiel compañera revolviendo estos santos y divinos pensamientos, pusiéronse en ferventísima oración, suplicando muy de veras a Nuestro Señor les revelase su divina voluntad. Tuvo sobre esto revelación divina, por lo cual entendió que la voluntad del alto Señor era que fundase un monasterio de monjas adonde ella y otras muchas le sirviesen. En este tiempo (por ordenación divina) acaeció que vinieron los Reyes Católicos a Toledo, y la dicha doña María de Toledo comunicó con la reina doña Isabel su determinación y santo propósito; y los Reyes holgaron mucho dello, los cuales le dieron una buena casa que ellos tenían en Toledo, que era el sitio donde ahora está fundada Santa Isabel, que es la Orden de santa Clara, al cual le pusieron este nombre por causa de la reina. Tomó allí el hábito, y con ella algunas criadas suyas, y otras devotas mujeres. Hicieron luego abadesa a la dicha doña María de Toledo, fundadora del dicho convento. El orden de su vida, después de ser monja y prelada, es este: traía de ordinario un áspero cilicio, desde el cuello hasta los pies. La túnica, hábito, y manto, todo era muy vil, roto, y muy viejo. Su cama eran unos sarmientos mal compuestos, o una tabla, y el almohada era una piedra o un madero. Después de Maitines no tornaba a la cama, por quedarse en el coro en oración hasta Prima. Y, del gran consuelo que de la oración sacaba, traía siempre la cara llena de alegría y [364] contento. No comía carne, ni bebía vino, y todo el año ayunaba con mucha abstinencia, y los tres días de la semana ayunaba a pan y agua, y en los otros tomaba algún refrigerio de vianda. La Cuaresma que llaman de los Ángeles solía ayunar a pan y agua. Cada día buscaba las cestillas en que se cogían los pedazos de pan que sobraba a las monjas, y lo que ellas dejaban, buscaba y recogía para su comer. Y cuando no los hallaba, rogaba a la resitolera le diese los mendrugos de pan que habían las monjas dejado. Comulgaba muy a menudo, y el día que recebía al Señor no comía más de unas almendras o pasas después de Vísperas. Los manjares que le daban en la mesa para comer, enviaba a los pobres. Todo cuanto fue en sí remedió las necesidades del prójimo; y ansí a los que llegaban a pedir al monasterio por amor de Dios, o los que en otras partes padecían alguna necesidad, procuraba remediar y consolar. Era humanísima con las monjas; y si alguna vez reprendía a alguna dellas, antes que se recogiese en la noche la hablaba, y dejaba muy consolada y alegre. Era siempre primera en los trabajos y oficios del monasterio, los cuales hacía con mucha diligencia y cuidado. Visitaba y servía a las enfermas con tanto amor y caridad que muchas veces su sola presencia les daba salud. Ansí como iba creciendo en edad crecía en el rigor y aspereza de su cuerpo, añadió al silicio una túnica tejida de cerdas y pelos de cabra para con eso poder ofrecer a Dios su cuerpo más mortificado. Como esta santa mujer era ejercitada muy de ordinario en altas meditaciones, aconteció que un viernes de Cuaresma, juntándose a la disciplina, como acostumbran, la vio otra monja que tenía la cara muy resplandeciente y con gran claridad, de donde salía un rayo de luz muy claro y grande, que la luz se extendía tanto que llegaba hasta la monja que esto vio. Y como le preguntase y rogase, con mucha importunidad, le dijese qué había visto o sentido en aquella hora (porque ella nada decía, sino siendo a ello muy forzada), dijo que había Nuestro Señor permitido que ella gustase en aquel tiempo aquella caridad incomprensible, con la cual quiso padecer tan crueles azotes y inmensos dolores. Otras muchas cosas le acaecieron y muy dignas de memoria, que Nuestro Señor hizo por su sierva, que por abreviar no se relatan aquí, solo diremos lo que en el fin de sus días hizo. | Después que la santa mujer cobró entera salud comenzó a tratar consigo misma, cómo dispondría de sí de manera que más sirviese a Nuestro Señor: unas veces pensaba ir en romería a Jerusalén, otras buscar otra vida más estrecha, y otras cosas semejantes. Y andando ella y su fiel compañera revolviendo estos santos y divinos pensamientos, pusiéronse en ferventísima oración, suplicando muy de veras a Nuestro Señor les revelase su divina voluntad. Tuvo sobre esto revelación divina, por lo cual entendió que la voluntad del alto Señor era que fundase un monasterio de monjas adonde ella y otras muchas le sirviesen. En este tiempo (por ordenación divina) acaeció que vinieron los Reyes Católicos a Toledo, y la dicha doña María de Toledo comunicó con la reina doña Isabel su determinación y santo propósito; y los Reyes holgaron mucho dello, los cuales le dieron una buena casa que ellos tenían en Toledo, que era el sitio donde ahora está fundada Santa Isabel, que es la Orden de santa Clara, al cual le pusieron este nombre por causa de la reina. Tomó allí el hábito, y con ella algunas criadas suyas, y otras devotas mujeres. Hicieron luego abadesa a la dicha doña María de Toledo, fundadora del dicho convento. El orden de su vida, después de ser monja y prelada, es este: traía de ordinario un áspero cilicio, desde el cuello hasta los pies. La túnica, hábito, y manto, todo era muy vil, roto, y muy viejo. Su cama eran unos sarmientos mal compuestos, o una tabla, y el almohada era una piedra o un madero. Después de Maitines no tornaba a la cama, por quedarse en el coro en oración hasta Prima. Y, del gran consuelo que de la oración sacaba, traía siempre la cara llena de alegría y [364] contento. No comía carne, ni bebía vino, y todo el año ayunaba con mucha abstinencia, y los tres días de la semana ayunaba a pan y agua, y en los otros tomaba algún refrigerio de vianda. La Cuaresma que llaman de los Ángeles solía ayunar a pan y agua. Cada día buscaba las cestillas en que se cogían los pedazos de pan que sobraba a las monjas, y lo que ellas dejaban, buscaba y recogía para su comer. Y cuando no los hallaba, rogaba a la resitolera le diese los mendrugos de pan que habían las monjas dejado. Comulgaba muy a menudo, y el día que recebía al Señor no comía más de unas almendras o pasas después de Vísperas. Los manjares que le daban en la mesa para comer, enviaba a los pobres. Todo cuanto fue en sí remedió las necesidades del prójimo; y ansí a los que llegaban a pedir al monasterio por amor de Dios, o los que en otras partes padecían alguna necesidad, procuraba remediar y consolar. Era humanísima con las monjas; y si alguna vez reprendía a alguna dellas, antes que se recogiese en la noche la hablaba, y dejaba muy consolada y alegre. Era siempre primera en los trabajos y oficios del monasterio, los cuales hacía con mucha diligencia y cuidado. Visitaba y servía a las enfermas con tanto amor y caridad que muchas veces su sola presencia les daba salud. Ansí como iba creciendo en edad crecía en el rigor y aspereza de su cuerpo, añadió al silicio una túnica tejida de cerdas y pelos de cabra para con eso poder ofrecer a Dios su cuerpo más mortificado. Como esta santa mujer era ejercitada muy de ordinario en altas meditaciones, aconteció que un viernes de Cuaresma, juntándose a la disciplina, como acostumbran, la vio otra monja que tenía la cara muy resplandeciente y con gran claridad, de donde salía un rayo de luz muy claro y grande, que la luz se extendía tanto que llegaba hasta la monja que esto vio. Y como le preguntase y rogase, con mucha importunidad, le dijese qué había visto o sentido en aquella hora (porque ella nada decía, sino siendo a ello muy forzada), dijo que había Nuestro Señor permitido que ella gustase en aquel tiempo aquella caridad incomprensible, con la cual quiso padecer tan crueles azotes y inmensos dolores. Otras muchas cosas le acaecieron y muy dignas de memoria, que Nuestro Señor hizo por su sierva, que por abreviar no se relatan aquí, solo diremos lo que en el fin de sus días hizo. | ||
'''Capítulo XXVII''' | |||
'''[365] Del fin de doña María de Toledo, y de los milagros que hizo''' | '''[365] Del fin de doña María de Toledo, y de los milagros que hizo''' | ||
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[Fol. 1r] Libro I. ''De la vida de Doña María de Toledo''' | [Fol. 1r] Libro I. ''De la vida de Doña María de Toledo''' | ||
'''Capítulo I. Origen, progreso y fin del estado religioso''' | |||
Con ser la naturaleza del bien si tal ''[9]'' que, si fuera capaz de aumento o disminución externa para su perfección la dejara de tener y perdiera el nombre, es cosa maravillosa que no tiene por excelencia igual a la promptitud liberal de su participación con los que le conocen el llevar tras sí los ánimos aun de los que le ignoran. A [fol. 1v] Dios summo y perfectísimo bien pudiera gozar de sí proprio solo en sí sin la compañía de las criaturas, mas como si necesitara su comunicación, no solo gustó de hacer de nuevo a quien vista su hermosura se fuese tras él, sino que dispuso los ánimos de los que poco antes había criado de nada, de suerte que ninguna cosa parece que pretendió más que su unión con ellas. ¡Oh propriedad forzosa del bien, oh fuerza propria del amor, aficionar no solo la voluntad, sino rendir el entendimiento; alcanzar no solo su aprobación, sino su seguimiento! Viose esto desde el principio de las cosas. Dio Dios ser al universo, hizo gobernador d’él al hombre; puso en este su conocimiento, diole con libertad la elección de lo bueno y de lo malo; no sujetó el juicio a la noticia de lo mejor, bastó darle la perfección de ella, sino la sujeción. Negósela el hombre rebelde a su hacedor, sujeto a su apetito. Pudo tal vez la hermosura cierta del bien más que la blandura lisonjera del mal. Huyó de uno llevado de otro. Cooperaron las obras del hombre a la promptitud de Dios y quedó por poses- [fol. 2r] sión y pueblo suyo unido con él y, como agradecido al gusto de su unión, trabajando siempre por no desunirse d’él. Quedó en fin (como transformado en el bien) hecho bueno, dando a este género de gente mejor el mejor principio en el del mundo. Enoch venerando a Dios con culto por religioso especial ''[10]'', hicieron lo mismo sus hermanos, hijos de Seth y nietos de Adam, vacando solo a Dios en habitaciones retiradas sin mezcla de la profanidad del vulgo. A su imitación, los hijos de Recab observaban los preceptos de su Padre tan puntualmente ''[11]'' que merecieron la alabanza del mismo Dios ''[12]''. Imitaron a los de la ley natural los de la escripta ''[13]'', teniendo por guía al Sancto Propheta Samuel, y él por compañeros a los demás prophetas en los puestos señalados de Galgala, Naioth o Ramatá, y riveras del Jordán. Llevó adelante la institución de Samuel el fervoroso Elías, siguió su celo Eliseo, su discípulo, tan fervorosamente que excedió el número de sus secuaces la capacidad del Carmelo, extendiéndose hasta el Jordán, y monte Efraín y ciudades Galgala, Betel, Jerusalén, [fol. 2v] Sarepta, Samaria, Jericó. Conservose este fervor hasta el divino precursor Baptista, cuyas pisadas veneraron los Pablos, los Antonios, los Hilariones, los Macharios, los Pafnucios, y las demás guías de los ejércitos de ángeles humanos, que acompañaban a los celestiales en las alabanzas perpetuas de su Criador ''[14]''. Hallaron ya estos sanctos en la ley de gracia apoyadas estas juntas con el ejemplo de Christo, y seguimiento de sus apóstoles y discípulos, autorizando en varias partes esta profesión personas de conocida nobleza: Techla en Grecia a persuasión de Pablo, Domitila en Roma a la de Clemente, la hija del Rey de Ethiopía a la de Matheo ''[15]'', y a ejemplo de todos en Francia, Martha, y otras que en Jerusalén halló la devota Emperatriz Helena. ¿Daremos otro nombre a aquella, si tierna en la fe, fervorosa unión de los que ufanos vivían con sola una alma, con solo un corazón? ¿La fórmula de la renunciación de las cosas del mundo no daba bien a entender cuán desarraigadas vivían dellas? ''[16]'' El modo de velar las vírgines, que tuvo principio del de los Apóstoles, y se confirmó el año de CXLVII por Pío I, Pontífice summo, ¿no es buen in- [fol. 3r] dicio desta abnegación de los bienes y gustos de la Tierra por la estima de los del Cielo? Seguían hasta estos tiempos los impulsos de Dios y mandatos de sus superiores estas fervorosas juntas, unas de un modo, otras de otro, y todas perfectísimamente, hasta que la doctrina de San Antonio en Egypto fue haciendo la regla ''[17]'', que después escribió en Capadocia San Basilio ''[18]'', aprobó en Milán San Ambrosio, y dilató San Augustín en África ''[19]''. Llegó este estado a la última perfección con el ejemplo del glorioso Padre San Benito, y de sus bienaventurados discípulos Mauro y Plácido, y años después con el de Oddón, Abad de Cluní, de Romualdo de la Camaldula, de Juan Gualberto de Valdeumbrosa, Roberto I Estephano del Cístel, Bernardo de Claraval en diversos tiempos, y debajo de la regla de San Benito, y algo después con el de Bruno el de la Cartuja, y el de otros, que con la sanctidad de su vida, como partícipes del primero y summo bien atrahían a otros a él y a sí, deseosos de mayor perfección. No parecían muriendo siempre en cosa mortales. Vivían de milagro transportados en lo que no eran y para quien habían nacido; solo con Dios tenían sustrato, abor- [fol. 3v] recían el de los hombres, como si fueran ellos de otra naturaleza, temiendo que el cáncer de sus malas costumbres no corrompiese la sanidad de la suyas. Este era su intento. Siguiéronle otros con igual celo, si con menos retiramiento, pareciéndoles que el verdadero no consiste tanto en el del cuerpo, como en el del afecto, no tanto en la huida exterior de las cosas ajenas como en la interior de sí proprios, fiando en el que les daba el celo, que les daría valor para hollar sin lesión el fuego mismo y los animales ponzoñosos, por descalzarse de todos los afectos que les podían apartar de su Criador. Unieron a las ciudades, y afuer del Sol, que sin daño suyo ilustra aun las partes más inmundas, despidieron los rayos del fuego divino que, como a Elías, les trahía arrebatados de sí mismo en los corazones más tibios, dejándoles purificados de sus immundicias y hechos cherubines abrasados en el amor de Dios ''[20]''. Juntáronse con los primeros, y como la materia del fuego conserva más en sí el calor junta que esparcida, vino a ser el incendio tal, que ya las ciudades competían con los desiertos. Fueron los primeros auctores deste género de vida † ''[21]'' años des- [fol. 4r] pués los bienaventurados patriarchas Domingo y Francisco, y a su imitación los demás, cuyos hijos hoy vemos florecer en virtud y letras para tanto honor de Dios y provecho del mundo: tanto puede la hermosura del bien, que obliga arrebatadamente a que le conozcan; tanto sin conocimiento, ¡que fuerza blandamente a que le sigan! | Con ser la naturaleza del bien si tal ''[9]'' que, si fuera capaz de aumento o disminución externa para su perfección la dejara de tener y perdiera el nombre, es cosa maravillosa que no tiene por excelencia igual a la promptitud liberal de su participación con los que le conocen el llevar tras sí los ánimos aun de los que le ignoran. A [fol. 1v] Dios summo y perfectísimo bien pudiera gozar de sí proprio solo en sí sin la compañía de las criaturas, mas como si necesitara su comunicación, no solo gustó de hacer de nuevo a quien vista su hermosura se fuese tras él, sino que dispuso los ánimos de los que poco antes había criado de nada, de suerte que ninguna cosa parece que pretendió más que su unión con ellas. ¡Oh propriedad forzosa del bien, oh fuerza propria del amor, aficionar no solo la voluntad, sino rendir el entendimiento; alcanzar no solo su aprobación, sino su seguimiento! Viose esto desde el principio de las cosas. Dio Dios ser al universo, hizo gobernador d’él al hombre; puso en este su conocimiento, diole con libertad la elección de lo bueno y de lo malo; no sujetó el juicio a la noticia de lo mejor, bastó darle la perfección de ella, sino la sujeción. Negósela el hombre rebelde a su hacedor, sujeto a su apetito. Pudo tal vez la hermosura cierta del bien más que la blandura lisonjera del mal. Huyó de uno llevado de otro. Cooperaron las obras del hombre a la promptitud de Dios y quedó por poses- [fol. 2r] sión y pueblo suyo unido con él y, como agradecido al gusto de su unión, trabajando siempre por no desunirse d’él. Quedó en fin (como transformado en el bien) hecho bueno, dando a este género de gente mejor el mejor principio en el del mundo. Enoch venerando a Dios con culto por religioso especial ''[10]'', hicieron lo mismo sus hermanos, hijos de Seth y nietos de Adam, vacando solo a Dios en habitaciones retiradas sin mezcla de la profanidad del vulgo. A su imitación, los hijos de Recab observaban los preceptos de su Padre tan puntualmente ''[11]'' que merecieron la alabanza del mismo Dios ''[12]''. Imitaron a los de la ley natural los de la escripta ''[13]'', teniendo por guía al Sancto Propheta Samuel, y él por compañeros a los demás prophetas en los puestos señalados de Galgala, Naioth o Ramatá, y riveras del Jordán. Llevó adelante la institución de Samuel el fervoroso Elías, siguió su celo Eliseo, su discípulo, tan fervorosamente que excedió el número de sus secuaces la capacidad del Carmelo, extendiéndose hasta el Jordán, y monte Efraín y ciudades Galgala, Betel, Jerusalén, [fol. 2v] Sarepta, Samaria, Jericó. Conservose este fervor hasta el divino precursor Baptista, cuyas pisadas veneraron los Pablos, los Antonios, los Hilariones, los Macharios, los Pafnucios, y las demás guías de los ejércitos de ángeles humanos, que acompañaban a los celestiales en las alabanzas perpetuas de su Criador ''[14]''. Hallaron ya estos sanctos en la ley de gracia apoyadas estas juntas con el ejemplo de Christo, y seguimiento de sus apóstoles y discípulos, autorizando en varias partes esta profesión personas de conocida nobleza: Techla en Grecia a persuasión de Pablo, Domitila en Roma a la de Clemente, la hija del Rey de Ethiopía a la de Matheo ''[15]'', y a ejemplo de todos en Francia, Martha, y otras que en Jerusalén halló la devota Emperatriz Helena. ¿Daremos otro nombre a aquella, si tierna en la fe, fervorosa unión de los que ufanos vivían con sola una alma, con solo un corazón? ¿La fórmula de la renunciación de las cosas del mundo no daba bien a entender cuán desarraigadas vivían dellas? ''[16]'' El modo de velar las vírgines, que tuvo principio del de los Apóstoles, y se confirmó el año de CXLVII por Pío I, Pontífice summo, ¿no es buen in- [fol. 3r] dicio desta abnegación de los bienes y gustos de la Tierra por la estima de los del Cielo? Seguían hasta estos tiempos los impulsos de Dios y mandatos de sus superiores estas fervorosas juntas, unas de un modo, otras de otro, y todas perfectísimamente, hasta que la doctrina de San Antonio en Egypto fue haciendo la regla ''[17]'', que después escribió en Capadocia San Basilio ''[18]'', aprobó en Milán San Ambrosio, y dilató San Augustín en África ''[19]''. Llegó este estado a la última perfección con el ejemplo del glorioso Padre San Benito, y de sus bienaventurados discípulos Mauro y Plácido, y años después con el de Oddón, Abad de Cluní, de Romualdo de la Camaldula, de Juan Gualberto de Valdeumbrosa, Roberto I Estephano del Cístel, Bernardo de Claraval en diversos tiempos, y debajo de la regla de San Benito, y algo después con el de Bruno el de la Cartuja, y el de otros, que con la sanctidad de su vida, como partícipes del primero y summo bien atrahían a otros a él y a sí, deseosos de mayor perfección. No parecían muriendo siempre en cosa mortales. Vivían de milagro transportados en lo que no eran y para quien habían nacido; solo con Dios tenían sustrato, abor- [fol. 3v] recían el de los hombres, como si fueran ellos de otra naturaleza, temiendo que el cáncer de sus malas costumbres no corrompiese la sanidad de la suyas. Este era su intento. Siguiéronle otros con igual celo, si con menos retiramiento, pareciéndoles que el verdadero no consiste tanto en el del cuerpo, como en el del afecto, no tanto en la huida exterior de las cosas ajenas como en la interior de sí proprios, fiando en el que les daba el celo, que les daría valor para hollar sin lesión el fuego mismo y los animales ponzoñosos, por descalzarse de todos los afectos que les podían apartar de su Criador. Unieron a las ciudades, y afuer del Sol, que sin daño suyo ilustra aun las partes más inmundas, despidieron los rayos del fuego divino que, como a Elías, les trahía arrebatados de sí mismo en los corazones más tibios, dejándoles purificados de sus immundicias y hechos cherubines abrasados en el amor de Dios ''[20]''. Juntáronse con los primeros, y como la materia del fuego conserva más en sí el calor junta que esparcida, vino a ser el incendio tal, que ya las ciudades competían con los desiertos. Fueron los primeros auctores deste género de vida † ''[21]'' años des- [fol. 4r] pués los bienaventurados patriarchas Domingo y Francisco, y a su imitación los demás, cuyos hijos hoy vemos florecer en virtud y letras para tanto honor de Dios y provecho del mundo: tanto puede la hermosura del bien, que obliga arrebatadamente a que le conozcan; tanto sin conocimiento, ¡que fuerza blandamente a que le sigan! | ||
'''Capítulo II. Elección de Dios de todos estados para el de la Religión. Nobles en sanctidad y linaje en la de San Francisco. Sujeto y fin deste libro''' | |||
Quiere Dios que todos le sigan. Repugna la imperfección de nuestra naturaleza depravada por el pecado a la sinceridad perfectísima a que a Dios nos lleva. Vence a veces la carne, muchas el espíritu, quedando [fol. 4v] de sus luchas en Dios gozo del vencimiento deste por nuestro bien, y en nosotros humildad con la fragilidad de aquella, por la obediencia a Dios. De uno y otro resulta gloria a Dios, provecho a nosotros, por llevarnos el conocimiento de nuestra miseria al de la necesidad que tenemos de quien nos da la vida, el movimiento, el ser. Anima Dios la desconfianza de los flacos con la variedad de los ejemplos de otros de su género y, aunque no admite excepción de personas, echa a veces la mano al poderoso del mundo para que su ejemplo mueva a sus iguales y por que se vea que el verdadero poder consiste en la abnegación del falso. Otras la extiende al desecho del mundo para confusión de lo estimado y para que se conozca que su providencia se extiende aun a lo más olvidado. Vense ejemplos de una y otra elección en todas las religiones y no es menor maravilla verse ensalzada la humildad de un pobre en todos los bienes que la fortuna llama suyos que desearse humillar un rico, un noble, un letrado. Es el estado mediano entre los humanos más commún, y así causan menor admiración sus sucesos. Pero ¿a quién no admirará ver postrar a los pies de la hu- [fol. 5r ''[22]''] mildad la grandeza de las Coronas, y desear más vivir sujeto a la voluntad de un solo superior, que ser obedecido de todo un reino? Efectos maravillosos de la excelencia del bien, que atrahe a sí con amoroso imperio los ánimos que llegan a conocerle. Que a la ternura de una doncellica no contraste el regalo, y a los gustos aún lícitos ponga acíbar el conocimiento de Dios, ¿qué puede ser sino fuerza de su bondad? Deja Inés las riquezas de Orechio, su padre, rey de Bohemia ''[23]'', y los regalos de Frederico II, emperador de Alemania, su esposo, por seguir al padre y esposo de las almas puras, Christo, debajo de la regla de su Bienaventurado imitador Francisco. No repara Blanca en ser primogénita de Philipo Pulcro, rey de los Francos; olvídase de su padre Rodulpho, emperador, Coleta; no corrompen la constante determinación de Constancia los bienes de Frederico Emperador su abuelo, y amores de Don Pedro, rey de Aragón, su marido; no distrahe la vanidad del mundo a Salomé, hija del rey de Polonia. No entibia el fervor de Isabel la grandeza del Imperio de los Romanos y de Carlos IV, rey de Francia y emperador de Alemania, su marido, no a [fol. 5v] Blanca el Reino de Francia, no a Sancha Roberto, rey de Nápoles, su esposo; no a Doña Leonor de Quiñones, a Doña María de Mendoza, a Doña Ana Ponce de León, y a otras ilustrísimas señoras la delicadeza de su género, la celebración de su hermosura, la riqueza de su patrimonio, y la nobleza de sus padres a que lo pospusiesen todo por Dios a los pies de Francisco, cuyas pisadas tanto procuraron seguir. No últimamente todas estas apariencias del mundo a divertir de sus sanctos propósitos a la ilustrísima Doña María de Toledo por sangre de las más generosas, y por rica de las más hacendadas de España, a que, a ejemplo de las pasadas, le dejase a las venideras de su admirable vida ''[24]''. De los sucesos desta hago humilde relación, no ambicioso, ostentación de sus alabanzas, porque ¿quién podrá dar alcance a la soberanía de sus méritos con la vileza de su insuficiencia? ¿Qué fin el espíritu del sujeto que emprendo infundido por ella o imitado del que hoy admiramos en sus religiosas hijas mal podrán las obras satisfacer al deseo? Vos, señora, celestial espíritu, perdonad la rudeza del estilo por la sinceridad del afecto: y sea género de alabanza vues- [fol. 6r] tra, como ninguna es mayor que no poder ser dignamente alabada ''[25]'' sino por vos misma, consentir serlo de quien es tan indigno de toda alabanza. A vuestra piedad será fácil la ayuda, como a mi veneración permitido proponer la hermosura de vuestras virtudes para caudal de los que las imitaren. | Quiere Dios que todos le sigan. Repugna la imperfección de nuestra naturaleza depravada por el pecado a la sinceridad perfectísima a que a Dios nos lleva. Vence a veces la carne, muchas el espíritu, quedando [fol. 4v] de sus luchas en Dios gozo del vencimiento deste por nuestro bien, y en nosotros humildad con la fragilidad de aquella, por la obediencia a Dios. De uno y otro resulta gloria a Dios, provecho a nosotros, por llevarnos el conocimiento de nuestra miseria al de la necesidad que tenemos de quien nos da la vida, el movimiento, el ser. Anima Dios la desconfianza de los flacos con la variedad de los ejemplos de otros de su género y, aunque no admite excepción de personas, echa a veces la mano al poderoso del mundo para que su ejemplo mueva a sus iguales y por que se vea que el verdadero poder consiste en la abnegación del falso. Otras la extiende al desecho del mundo para confusión de lo estimado y para que se conozca que su providencia se extiende aun a lo más olvidado. Vense ejemplos de una y otra elección en todas las religiones y no es menor maravilla verse ensalzada la humildad de un pobre en todos los bienes que la fortuna llama suyos que desearse humillar un rico, un noble, un letrado. Es el estado mediano entre los humanos más commún, y así causan menor admiración sus sucesos. Pero ¿a quién no admirará ver postrar a los pies de la hu- [fol. 5r ''[22]''] mildad la grandeza de las Coronas, y desear más vivir sujeto a la voluntad de un solo superior, que ser obedecido de todo un reino? Efectos maravillosos de la excelencia del bien, que atrahe a sí con amoroso imperio los ánimos que llegan a conocerle. Que a la ternura de una doncellica no contraste el regalo, y a los gustos aún lícitos ponga acíbar el conocimiento de Dios, ¿qué puede ser sino fuerza de su bondad? Deja Inés las riquezas de Orechio, su padre, rey de Bohemia ''[23]'', y los regalos de Frederico II, emperador de Alemania, su esposo, por seguir al padre y esposo de las almas puras, Christo, debajo de la regla de su Bienaventurado imitador Francisco. No repara Blanca en ser primogénita de Philipo Pulcro, rey de los Francos; olvídase de su padre Rodulpho, emperador, Coleta; no corrompen la constante determinación de Constancia los bienes de Frederico Emperador su abuelo, y amores de Don Pedro, rey de Aragón, su marido; no distrahe la vanidad del mundo a Salomé, hija del rey de Polonia. No entibia el fervor de Isabel la grandeza del Imperio de los Romanos y de Carlos IV, rey de Francia y emperador de Alemania, su marido, no a [fol. 5v] Blanca el Reino de Francia, no a Sancha Roberto, rey de Nápoles, su esposo; no a Doña Leonor de Quiñones, a Doña María de Mendoza, a Doña Ana Ponce de León, y a otras ilustrísimas señoras la delicadeza de su género, la celebración de su hermosura, la riqueza de su patrimonio, y la nobleza de sus padres a que lo pospusiesen todo por Dios a los pies de Francisco, cuyas pisadas tanto procuraron seguir. No últimamente todas estas apariencias del mundo a divertir de sus sanctos propósitos a la ilustrísima Doña María de Toledo por sangre de las más generosas, y por rica de las más hacendadas de España, a que, a ejemplo de las pasadas, le dejase a las venideras de su admirable vida ''[24]''. De los sucesos desta hago humilde relación, no ambicioso, ostentación de sus alabanzas, porque ¿quién podrá dar alcance a la soberanía de sus méritos con la vileza de su insuficiencia? ¿Qué fin el espíritu del sujeto que emprendo infundido por ella o imitado del que hoy admiramos en sus religiosas hijas mal podrán las obras satisfacer al deseo? Vos, señora, celestial espíritu, perdonad la rudeza del estilo por la sinceridad del afecto: y sea género de alabanza vues- [fol. 6r] tra, como ninguna es mayor que no poder ser dignamente alabada ''[25]'' sino por vos misma, consentir serlo de quien es tan indigno de toda alabanza. A vuestra piedad será fácil la ayuda, como a mi veneración permitido proponer la hermosura de vuestras virtudes para caudal de los que las imitaren. | ||