Diferencia entre revisiones de «Mari Díaz»
(Página creada con «Category:Ávila Category:Gil_González_Dávila derecha|Mari Díaz|link= {| class="wikitable" |- | Nombre || Mari...») |
(Sin diferencias)
|
Revisión del 08:58 13 jul 2026

| Nombre | Mari Díaz |
| Estado | Mujer casada |
| Fecha de nacimiento | c. 1495 |
| Fecha de fallecimiento | 17 de noviembre de 1572 |
| Lugar de nacimiento | Vita, Ávila |
| Lugar de fallecimiento | Ávila |
Vida impresa
Ed. de Verónica Torres Martín; fecha de edición: julio de 2026.
Fuente
- González Dávila, Gil, 1618, Theatro eclesiástico de las ciudades e iglesias catedrales de España: vidas de sus obispos y cosas memorables de sus obispados..., Tomo 4, Salamanca: Antonia Ramírez viuda, 150-154.
Criterios de edición
Se han adoptado los criterios de edición de vidas impresas estipulados en el catálogo, esto es, se han eliminado las consonantes geminadas y se ha modernizado la ortografía (sibilantes, b/u/v, j/g, chr/cr, qu/cu, empleo de h, etc.). Además, se han ajustado a los criterios actuales del español la unión y separación de palabras (“desta”, “deste”, “del” etc.), el uso de mayúsculas y minúsculas, la acentuación y la puntuación. Se mantiene el uso del paréntesis para indicar observaciones digresivas según el original y, del mismo modo, se han mantenido las contracciones y se ha añadido el apóstrofo clarificador en “del” (para escribir “d’él”). Asimismo, se han expandido las abreviaturas.
Vida de Mari Díaz
[150] En el mismo tiempo que Dios estaba llenando de gracia y misericordias el alma de la bienaventurada virgen Teresa de Jesús, enriquecía este Señor el alma de otra su sierva, que la sacó de la aldea y la trajo a esta ciudad para darle con su amparo una nueva patrona en su presencia divina. Renovando con su vida el estilo de vivir antiguo de los que se encerraron o se enterraron viviendo en poco espacio [151] de tierra, sacando a luz nuevos prodigios de santidad y desprecio de todo lo temporal, fijando en Dios su cuidado en servirle y agradarle librando lo demás a su mano poderosa. Y fue tan admirable por el camino llano que Dios la quiso llevar que quedaron admirados todos los sabios de aquel tiempo que la vieron y trataron. Que la ciencia de los santos, como se reduce solo en buscar y amar a Dios, en hallándole y teniéndole, todo se sabe y se tiene, y desde allí descubren en poco espacio de tiempo lo que en muchos no se alcanza en las escuelas del mundo. Esta fue la gran madre Mari Díaz.
Tuvo por patria a Ita [sic] [1] (pequeña aldea del Obispado de Ávila y en mi tiempo con solo una casería [sic]). Fueron sus padres Alonso Díaz y Catalina Hernández, más dichosos por ser padres de tal hija, que por la riqueza que tuvieron de la tierra, que murió como murieron ellos. Desde niña se le echó luego de ver cómo la iba previniendo el Espíritu de Dios con su espíritu de gracia y que quería levantar un nuevo edificio de santidad en la tierra. Desde tamañita [2] se aficionó a los pobres dándoles lo que podía. En levantándose la primer jornada, era a la Iglesia a ofrecer a su Dios la vida de aquel día, sus pensamientos y obras y, en entrando, no sabía salir de allí. Enojose su madre un día con ella porque no le ayudaba en los cuidados caseros y que se le iba todo en rezar e ir a la iglesia, y díjole, como teniéndola en poco: “Anda vete a la iglesia y estate allá todo el día, que te dará de comer”. Y, no entendiendo la buena mujer lo que decía, profetizó lo que sería de su hija. Creció en edad y virtud, desposáronla sus padres y durole muy poco aqueste estado, porque antes que llegase a casarse, se ausentó su marido sin saber por qué causa ni adónde.
Murieron sus padres, juntó su hacienda y vinose con ella a la cuidad de Ávila; recogiose en una pequeña casa, pasando con el ayuda de su trabajo y hacienda ocupándose en obras pías y devotas. Presto puso con dueño la hacienda, que había traído porque la dio toda a pobres y, siguiendo el consejo de un su padre confesor, entró en servicio de doña Guiomar de Ulloa, viuda noble de raro ejemplo y virtud. Y es una de las honras de su tasa de que se precian los nietos, que hoy viven de ella, haber tenido [152] en su compañía y servicio a la santa Mari Díaz. Pasáronse seis años en este modo de vida, aquí descubrió gran parte de sus virtudes.
Dejó también la casa de esta señora porque se lo aconsejaron o porque llegaba el tiempo de manifestar el cielo la grandeza de su espíritu. Tomó por morada la Iglesia de San Millán, hoy colegio dedicado al mismo santo con licencia del obispo don Álvaro de Mendoza, en un aposentillo que está en la tribuna de ella y, en poniendo el pie allá dentro, no volvió más acá fuera, haciendo voto de que no saldría de allí. Diose mucho a la oración y a una vida de penitencia y rigor. El vestido decía lo que pasaba en el alma: una túnica de sayal frailesco y, por camisa, un cilicio que le cogía todo el cuerpo, ceñida con una soga, y nunca se desnudó en nueve años que duró este estilo de servir a Dios, y la cama dos tablas, y este fue el ajuar de esta santa penitente. Desde que dio principio a esta manera de vida comulgaba los más días, tuvo muchas enfermedades que sufrió con maravillosa paciencia. Fue tanta la devoción que, desde aquel punto, se tuvo con su vida, que le dieron (sin contradecirlo nadie) renombres de madre y de santa. Era devotísima del Santísimo Sacramento del altar, hablaba d’él altamente. Las noches se le pasaban como enamorada a lo divino en la consideración de los altos misterios que en sí encierra, y si alguna persona (que eran muchas) le pedía que le encomendase a Dios, respondía con una llaneza santa: “Yo se lo suplicaré a mi buen vecino”. Así llamaba al Santísimo Sacramento del altar. Mas el demonio, que todo lo que es de Dios lo tiene por enemigo, dio en inquietarla y maltratarla de muchos modos y suertes, y lo que sacó de todo fue quedar él vencido y vitoriosa la santa.
Era muy continua en diciplinas y ayunos, y decía: “Enfermos por comer, es menester ayunar”. Y eran tantas las limosnas con que todos le acudían que se cumplió de esta vez la profecía de la madre, que la Iglesia la sustentaría. Y en lo que gastaba era que, con vivir encerrada, sabía dónde vivían los pobres menesterosos y, desde el aposentillo, repartía como una madre común con los pobrecitos sus hijuelos. Tuvo tanta autoridad con su buena y santa vida con los de aquesta ciudad, que los mayores negocios los dejaban en sus manos y quedaban tan compuestos con las res- [153] puestas que daba que, como si fuera ley, obedecían sus acuerdos. La tribuna era el tribunal donde despachaban todos: llevaba el afligido consuelo, el perseguido paciencia, favor el pobre, amparo el huérfano y todos buenos consejos y, el presidente de la sala, era la discreción de esta santa.
Deseaba padecer muchos trabajos y merecer con ellos una parte de los tesoros del cielo. Pidiole una vez una gran sierva de Dios, que padecía innumerables trabajos, que suplicase a Dios tuviese fin y la llevase a su gloria; respondió lo haría, mas con condición que le pidiese ella a él le enviase muchos trabajos y, con ellos, larga vida para poder merecer algo de lo que ya gozan los que, haciendo rostro a la aflicción y trabajo, triunfaron gloriosamente con el silencio y paciencia del martirio de la vida. Bajó los ojos la que se lo suplicaba con determinación de sufrir y padecer.
Tuvo don de profecía. Contome el caso quien se halló presente que, estándola visitando cuatro mujeres devotas, que una de ellas era viuda y moza. Esta comenzó a decir se hallaba bien con la soledad de aqueste estado y que nunca más se volvería a casar y, asegurábalo tanto, que parecía sería así. Díjole la santa madre: “Calle, hija, no diga tal, que antes de un mes se volverá a casar”. Las otras, que se lo oyeron, guardáronlo para sí y así fue que se casó antes del mes. Profetizó otros sucesos que sucedieron como lo profetizó. Pidiole un devoto suyo que suplicase a Dios que le diese su cielo, y respondiole: “Hijo, pediré a mi buen vecino que os dé su gracia para que le sirváis, que el cielo ahí se le tiene para siempre”.
Ya se llegaba el tiempo de ir a gozar de Dios en su bienaventuranza. Enviole una enfermedad el día de su gran devoto san Millán que le duró cinco días, reconoció iba llegando aquella dichosa hora que tanto desean los santos, que es la que llama a morir y dar fin a sus trabajos. Confesose, pidió que le trajesen el Santísimo Sacramento de la Eucaristía para que el mismo Señor, que había sido su vecino y su regalo en la vida, fuese su compañero en esta jornada última y, al fin de ella, su premio y su galardón. Pasados los cinco días, dejando grandes señales en la tierra de su buena y santa vida, a diez y siete de noviembre del año 1572, a la hora de medianoche, dio su espíritu al Señor y se fue a cantar maitines con los ángeles del cielo. En es- [154] pirando se publicó en la ciudad y, el día siguiente, como a campana tañida, acudieron como si fueran llamados todos los estados de ella a venerar, como reliquias de santa, el cuerpo de la difunta, besando sus pies y tocando los rosarios, teniéndose por más dichoso el que más veces besaba sus manos, dando testimonio con semejantes señales de la vida y santidad de esta sierva del Señor. Celebró la Iglesia Catedral las obsequias de esta madre y, en los nueve días siguientes, la clerecía y religiones. Diosele al santo cuerpo sepultura con grande solemnidad, hallándose presente la justicia y regidores en la capilla mayor en un lucillo bien labrado al lado de la epístola, que es venerado como de santa bienaventurada. Y, en mi tiempo, don Francisco Dávila, caballero muy devoto suyo, y nieto de doña Guiomar de Ulloa, le hizo dorar y fijar un epitafio que dice: “Venerabili matri Mariae Diaz, cuius memoria benedictione est conditae sub hoc saxo sed in aula coelesti collocatae, mulieri forti, piae, religiosae, verae que sanctitatis splendore ornatae, simplici eloquio, verum ardenti, ut divino consilio plenae. Humili apud se, apud Deum & homines magnae, oratione, ieiuniis, & corpore castigatae etiam Daemonibus admirabili, in Vico prope Abulam ortae: sed Abulae semper vitam coelo dignissimam agenti. Decimo quinto tandem Kalend Decebris post septuaginta septem annos, in hoc sanctissimi Emiliani templo inter suorum desideria, & lacrimas foeliciter quiescenti omnes conciues gratulantur. Anno 1572” [3].
Notas
[1] En referencia a la aldea de Vita, en Ávila.
[2] Sinónimo de “achicado”, es decir, desde pequeña.
[3] A la venerable madre María Díaz, cuya memoria yace sepultada bajo esta roca con una bendición, pero colocada en la corte celestial. Mujer fuerte, piadosa, religiosa, adornada con el esplendor de la verdadera santidad, de elocuencia sencilla pero ardiente, como llena de consejo divino. Humilde en sí misma, grande a los ojos de Dios y de los hombres, admirable incluso para los demonios por la oración, el ayuno y el castigo físico, nacida en una aldea cercana a Ávila, pero Ávila siempre llevó una vida digna del cielo. Finalmente, el quince de las Calendas de diciembre, después de setenta y siete años, todos los conciudadanos la felicitan, que descansa feliz en este templo del Santísimo Emiliano, entre los deseos y las lágrimas de sus seres queridos. En el año 1572.