Teresa de Quiñones

De Catálogo de Santas Vivas
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Teresa de Quiñones
Nombre Teresa de Quiñones
Estado Mujer casada
Títulos Fundadora de un hospital y del Monasterio de Nuestra Señora de la Esperanza y Valdescopezo en Medina de Rioseco.
Fecha de nacimiento c. 1406
Lugar de nacimiento ¿Valladolid?
Fecha de fallecimiento 1 de enero de 1481
Lugar de fallecimiento Medina de Rioseco, Valladolid

Vida impresa (1)

Ed. de Verónica Torres Martín; fecha de edición: noviembre de 2025.

Fuente

Eiximenis, Francesc, 1542. “Libro tercero del carro de las donas”, Este devoto libro se llama carro de las donas. Trata de la vida y muerte del hombre christiano. Es intitulado a la christianíssima reyna de Portugal doña Catherina, nuestra señora. Tiene cinco libros de grandes y sanctas doctrinas. Valladolid: por industria de Juan de Villaquirán, fols. 24r col. b-28r col. b.

Normas de edición

El relato aparece en el Libro tercero del carro de las donas, de Francesc Eiximenis, impreso en 1542, en el que se trata del estado de las viudas. Concretamente, la vida de Teresa de Quiñones aparece en los capítulos vigesimosegundo y vigesimotercero, en los que se narra la vida de esta dama viuda y las virtudes con las que la dotó el Señor. Se han adoptado los criterios de edición de vidas impresas estipulados en el catálogo, esto es, se han eliminado las consonantes geminadas y se ha modernizado la ortografía (sibilantes, b/u/v, j/g, chr/cr, qu/cu, empleo de h, etc.), aunque se respeta la morfología de las palabras con interés morfológico o fonológico (“agora”, “sancto”, “agüela”, etc.). Se mantiene el uso del paréntesis para indicar observaciones digresivas según el original. Además, los nombres propios de personajes y lugares han sido modernizados para facilitar su reconocimiento y se han ajustado a los criterios actuales del español la unión y separación de palabras (“desta”, “deste”, etc.), el uso de mayúsculas y minúsculas, la acentuación y la puntuación. También se corrigen algunos casos de leísmo. Asimismo, se han expandido las abreviaturas y, para facilitar la localización de los textos, se ha indicado el folio (r-v) y la columna correspondiente (a-b).

Vida de Teresa de Quiñones

[fol. 24r col. b] Capítulo XXII que muestra para honra y loor de Dios y edificación de las señoras viudas algunas cosas que Dios Nuestro Señor obró por la devota señora doña Teresa de Quiñones, mujer del señor almirante don Fadrique El bienaventurado sant Hierónimo, varón de tantas letras y sanctidad, que a la verdad yo puedo decir que yo no soy digno de desatar la correa de su zapato, dice queriendo escrebir la vida de sancta Paula que, si sus venas se tornasen lenguas y todos sus nervios en voz humana, no acabaría de escrebir sus virtudes, pues qué haré yo queriendo algo escrebir de una señora tan excelente y tan alumbrada, la cual yo no conoscí, mas pues la conosció Di- [fol. 24v col. a] os Nuestro Señor y los sanctos, no dejaré de decir lo que oí a muchos varones alumbrados en letras y sanctidad. Entre los cuales era el muy sancto varón fray Juan de Ampudia, el cual predicó en Valladolid más de cuarenta años doctrina maravillosa y de mucha sanctidad. Y este sancto varón él mismo me contó grandes cosas de esta bienaventurada señora, como adelante se dirá. Las mismas cosas me contó el padre fray Antonio de Belmonte, de la Orden de Sant Francisco. También oí cosas dignas de mucha santidad que Dios Nuestro Señor obró con esta devota señora, doña Teresa de Quiñones, al padre fray Juan de Ayllón, varón, por cierto, de mucha sanctidad y religión, el cual tomó el hábito allí en Valdescopezo, adonde esta señora sierva de Dios y su marido están enterrados; y a otros muchos religiosos de la Orden de Sant Francisco que moraron en aquella sancta casa siendo ella viva y la conoscieron y han visto con sus ojos los grandes servicios que esta devotísima señora hacía y servía a Dios. Esta señora doña Teresa de Quiñones fue hija de los muy ilustres señores condes de Luna, don Diego Hernández de Quiñones y de la señora doña María de Toledo, la cual señora tuvo algunos hermanos y hermanas, de los cuales diremos alguna cosa adelante. Agora solamente diremos de esta señora, a la cual Nuestro Señor Dios quiso tanto encumbrar en esta vida y en la otra. E declararemos algunas de sus excelentes obras y servicios con que esta devotísima señora sirvió a Dios Nuestro Señor para la gloria de Dios y honra suya y del linaje de los Quiñones y Enríquez, y ejemplo de las señoras viudas que agora son y serán después de estos tiempos. Esta señora, como dicho es, era hija de los señores condes de Luna y tenía [fol. 28v col. b] las hermanas que dicho habemos [1]. Esta cristianísima y devota señora, siendo doncella en la casa de sus padres, estando allí con la condesa, su madre, que era muy sancta y muy sierva de Dios, e asimismo lo eran sus hermanas, que se podía muy bien decir “con los sanctos serás sancto” [2]. Mas aunque su madre y hermanas eran grandes personas, así Dios Nuestro Señor las encumbró en ser señaladas personas en estos reinos, porque fueron ejemplo a las señoras doncellas y casadas de aquellos tiempos. E no con muchos dineros, mas por sus bondades casaron con grandes señores en estos reinos. Y porque la mano de Nuestro Señor Dios sublimó a esta señora muy devota, doña Teresa de Quiñones, en muchas virtudes, estando en la casa de sus padres siendo doncella, dándose a mucha oración, contemplación, a muchos ayunos y grandes sentimientos y coloquios divinos, acompañada de mucha obediencia a sus padres, con mucha humildad y gran recogimiento. E oída tan gran fama de doncella tan devota y recogida, el señor almirante don Fadrique, varón ilustrísimo y generoso, de sangre real, rico y poderoso y uno de los grandes señores del reino, envió a los señores condes de Luna a demandar a esta señora por mujer, no por las riquezas (aunque sus padres eran condes y grandes señores), mas por sus virtudes y buen linaje. Plugo a Nuestro Señor Dios de concertar este sancto matrimonio y, así como ella era santa y el matrimonio es sancto, así fue puesta la candela sobre el candelero, que es el vínculo de este sancto matrimonio. E comenzó esta devota señora a resplandescer en este sancto matrimonio y ayuntamiento de ser casada con el señor almirante: ordenó su casa de tener en su compañía mujeres muy honestas [gol. 25r col. a], así dueñas como doncellas [3] religiosas, y gobernábalas en amor y temor de Nuestro Señor Dios y en toda honestidad. Era su casa un recogimiento y un monasterio muy honesto, porque ella era tan sabia y tan sancta, no solamente en las mujeres, pero aun en la gobernación de los hombres, y para esto el señor almirante le había dado el cargo. Había en su palacio muchos caballeros hidalgos y de muy buen linaje, escuderos, oficiales, pajes y de todas maneras de servicio para palacio tan ilustre y tan encumbrado. A todos les hablaba esta devota señora y gobernaba, que viérades una compostura tan sabia en su palacio que todos los de aquel tiempo se maravillaban de casa tan bien ordenada, porque desde su niñez siempre tuvo entrañas de caridad a los pobres. Edificó un hospital, luego que se casó, en Medina de Rioseco, proveyéndolo de rentas y camas y de todas las cosas nescesarias para los pobres. Iba ella misma por su persona a visitar este hospital una o dos veces cada semana y, con sus mismas manos, apiadaba y ponía paños y ungüentos a los dolientes en sus llagas, consolándolos con conservas y largas limosnas. Edificó esta devota señora y el señor almirante, su marido, un Monasterio de la Orden de Sant Francisco, que se llama Nuestra Señora de Esperanza, media legua de Medina de Rioseco, el cual por otro nombre se llama Valdescopo. Como lo edificó esta sancta y la intención fue sancta, es verdad que es un monasterio donde Nuestro Señor Dios ha sido y es muy servido; y en este sancto monasterio está enterrada esta devota señora y el señor almirante don Fadrique, su marido, y algunos nietos suyos. Entre los cuales es el señor don Enrique Enríquez, conde de Ribadavia, el cual siguió las pisa- [fol. 25r col. b] das de esta sancta agüela suya en ser padre de los pobres. Es claro que Dios Nuestro Señor, a los que le sirven y saben conoscer las mercedes que les hace y con humildad las agradescen, nunca cesa de les hacer más. Y, como esta ilustrísima y sancta señora, agradesció las mercedes que le había hecho en crialla, redimilla y ser cristiana, y dalle grandes dotes en el ánima y en el cuerpo, de sangre tan generosa y de costumbres tan buenas y loables, y de marido tan sublimado y de tanta generosidad, y prosperidad, y honra y riqueza, esta sancta señora no cesaba su oficio acostumbrado de dar loores a Nuestro Señor Dios y agradescelle tantos beneficios, porque a la verdad debemos de creer piadosamente que esta sancta señora era vaso de electión. Nuestro Señor Dios diole muchos más dones siendo casada en el sancto matrimonio, que le dio hijos e hijas, personas temerosas y servidoras de Nuestro Señor Dios, que a la verdad se puede aquí bien decir la auctoridad de la sancta escriptura: así como los pimpollos nuevos de la oliva estarán delante de la mesa, y esta mesa es la de Nuestro Señor Dios, que es aquella gloria eterna, que fueron estos hijos e hijas de esta sancta y devota señora, doña Teresa de Quiñones, porque sin dubda se puede decir de esta devota señora que fue la oliva del campo de los señores Quiñones y Enríquez. Diole Nuestro Señor Dios dos hijos: el uno fue el señor almirante don Alonso; y el otro fue el señor don Enrique Enríquez, mayordomo mayor del Católico Rey don Fernando. E diole Nuestro Señor Dios muchas hijas que fueron grandes señoras: la una de estas señoras fue marquesa de Astorga; y la otra duquesa de Alba; la otra duquesa de Benavente; y la otra condesa de Buendía; otra en Ara- [fol 25v col. a] gón duquesa de Cardona; y la otra reina de Aragón, madre del Católico Rey don Fernando; otra monja en el devoto Monasterio de Sancta Clara de Palencia, la cual fue abadesa muchos años. E de los hijos salieron suaves pimpollos de esta sancta oliva que fue plantada en el real campo de los señores Enríquez. Del señor almirante don Alonso Dios Nuestro Señor fue servido de le dar seis hijos y tres hijas, con nuevos pimpollos de la sancta oliva y sierva de Nuestro Señor Dios, la señora doña Teresa de Quiñones. Los cuales fueron cristianísimos y siervos de Nuestro Señor Dios: y el señor almirante don Fadrique Enríquez, conde de Módica, que sus limosnas e sabio ingenio dio ejemplo a estos reinos; el señor don Bernardino Enríquez, que murió, conde de Melgar; y el muy ilustre señor don Hernando Enríquez, que agora es almirante, que por ser vivo no es razón que el escriptor fuese lisonjero, aunque a la verdad lleva los pasos de esta bienaventurada, su agüela, en grandes limosnas. Mas, con todo, no se debe callar la verdad, que es muy cristianísimo y devoto. Del señor don Enrique Enríquez ya están dichos sus loores y limosnas en la lectura de la señora doña Teresa Enríquez. El reverendísimo señor don Alonso Enríquez, obispo de Osma. El muy reverendo padre fray Diego Enríquez, varón muy devoto y muy humilde y muy amigo de pobreza, fraile de la Orden del bienaventurado Sant Francisco, de observancia, el cual fue guardián en la sancta casa de Valdescopezo muchos años. Esta ilustre y devotísima señora, siendo casada muchos años con el señor almirante don Fadrique y dándole Nuestro Señor Dios hijos e hijas tan valerosos, y tan grandes y tan católicos cristianos, no cesaba de hacer obras muy [fol. 25 v col. b] virtuosas y ejercitarse en la vida activa y contemplativa. E porque el señor almirante y esta señora eran muy ricos y poderosos, ella tenía las riquezas para lo que ellas han de ser, que es para cumplir las obras de misericordia y nescesidades de los prójimos. Las cuales esta sancta señora despendió así en los de su palacio y casa como en sus vasallos e como en otros pobres estraños. Su ejercicio era poner en obra lo que Nuestro Señor manda en la caridad y socorrer a los prójimos en sus nescesidades. ¿Quién podría decir la muchedumbre de criados y criadas que casó e reparó? E, asimismo, de sus vasallos pobres y de otras doncellas pobres e nescesitadas. En todas las obras pías era madre e maestra de las nescesidades de los prójimos, socorriéndolos como si fueran todos sus proprios hijos. Era muy grandísima devota y madre verdadera de los frailes del bienaventurado Sant Francisco, de observancia, socorriendo a su pobreza con largas e muchas limosnas. Envió un mensajero haciendo escrebir al señor almirante, su marido, y también escribió al general de la Orden de Sant Francisco, de observancia, para que tuviese capítulo general en su villa de Palenzuela, en el Monasterio de Sant Francisco. E al general le plugo de muy buena voluntad, y el día del Espíritu Sancto vinieron los frailes de observancia portugueses, castellanos, e aragoneses, sicilianos, e italianos, e franceses, e flamencos, e alemanes, ingleses, del reino de la Dignamarca [sic], del reino de Hungría y de Escocia, del reino de Polonia, de Hierusalén e de otras partes e islas de la cristiandad. Antes que llegasen a Palenzuela a los puertos tenía puestos mayordomos para que diesen recaudo a la pobreza e necesidad de los frailes [fol. 26r col. a] pobres. Vinieron religiosos de grandes letras e vida, hicieron la electión general. Salió por general el provincial de Francia, varón perfecto en letras y en vida. Fue el capítulo proveído así a los enfermos como a todos los otros. Hízolos proveer para volver a sus tierras de todas las cosas nescesarias que en mucho papel no se podría escrebir. Ordenáranse en este capítulo cosas muy importantes e bien de la Orden de Sant Francisco. Servía esta ilustre e sancta señora a la mesa allí a los frailes y ella y otra devota señora, su hermana, condesa de Tendilla. Fueron tan espantados los frailes y extranjeros de su humildad e sanctidad e de la gran provisión del capítulo que allá en sus tierras, en los púlpitos, la predicaban e decían sus loores de ella allá en sus naciones. Fuéronle dichas muchas misas con otros muchos psalterios e psalmos penitenciales. E digo verdad que ha quedado la memoria de aquesta sancta señora en la Orden de Sant Francisco tan arraigada que hoy en día la tienen como si fuese viva, especialmente en la provincia de la Concepción, donde ella está enterrada. E viviendo en este sancto matrimonio del señor almirante don Fadrique e esta señora doña Teresa de Quiñones, plugo a Dios Nuestro Señor llevar de este mundo al señor almirante don Fadrique, su marido, el cual, como era varón católico e muy cristiano, tomó los sacramentos, así la confesión como la comunión como la extremaunción, e su testamento ordenó muy bien con su conciencia. E porque él sabía muy bien cuán sancta mujer tenía, encomendole su ánima e dejola por testamentaria. Muerto el señor almirante, ella le hizo poner en el devoto Monasterio de Valdescopezo, porque, de secreto, en tanto que él estaba enfermo, había enviado por un breve al papa para enterralle en Valdescopezo; y el breve [fol. 26r col. b] vino en muy pocos días, que lo tuvieron por muy gran milagro. Enterrado el señor almirante en el sancto Monasterio de Valdescopezo, la cristianísima y devota señora llamó al almirante don Alonso, su hijo, e a don Enrique Enríquez, su hijo y a otros deudos suyos que allí estaban y a unos muy devotos religiosos de la Orden de Sant Francisco, entre los cuales estaba el de Ampudia, de sancta memoria. Y esta devota señora, con lágrimas de mucha devoción, les hizo una habla a todos de mucha admiración, trayéndoles a la memoria la muerte y cómo ya sabían que a el almirante su Señor Dios le había llevado, e cuánto a este mundo él era muerto, mas que esperaba en Dios que él vivía en el otro. E que ella había determinado de quedarse en aquel sancto monasterio toda su vida para servir a Dios y a la Virgen Nuestra Señora, cuya casa ella y el almirante, su señor, habían edificado en nombre de Nuestra Señora de Esperanza, que ella esperaba en Nuestra Señora que la ampararía y la socorrería en este mundo y en el otro, y que también aquella casa se llamaba Valdescopezo, porque ella quería que aquel valle comenzara a servir a Dios. E que, pues siendo [4] doncella había servido a sus padres y siendo casada a su marido e hijos, que agora que era viuda quería servir a solo Dios. Estas y otras muchas palabras decía aquella devota sierva de Dios y así sus hijos como sus deudos y los otros devotos religiosos derramaron muchas lágrimas en oír plática tan divina y tan verdadera en el menosprecio del mundo y servicio de Dios. El señor almirante, su hijo, y don Enrique Enríquez, se hincaron de rodillas y los otros deudos que allí estaban le besaron la mano y se fueron aquella noche a Medina de Rioseco. E así quedó la sierva de Dios en aquel sancto monasterio sirviendo a Dios y acom- [fol. 26v col. a] pañando los huesos de su muy buen marido con muchas misas y vigilias, grandes oraciones, e muchas limosnas, con todo cumplimiento de todas obras pías y de misericordia, en toda perfectión de verdad[era] sierva de Dios, como en el capítulo adelante se dirá algo de algunas cosas de las muchas que Dios Nuestro Señor obró por esta verdadera sierva suya.

Capítu. XXIII en que se ponen algunas de las virtudes de que Dios dotó a esta devota señora, y de sus caridades y obras de misericordia de que en su vida fue ejercitada Estando esta sierva de Dios en aqueste devoto monasterio acordósele de aquellas palabras que el Profeta dijo al rey Ezequías: “Ordena de tu casa, que has de morir” [5]. E como esta devota señora como verdadera cristiana pensase en su muerte y en la cuenta que había de dar a Dios, ordenó su casa y su testamento y conciencia, porque el señor almirante, su marido, y ella tenían muchos criados: algunos de ellos quedaron con el señor almirante, su hijo, don Alonso; y otros con su hijo don Enrique Enríquez; y otros tomó esta sierva de Dios para su servicio, en que ella tenía todos los oficiales nescesarios a su muy ilustre y magnífico estado. Y el señor almirante, su marido, le dejó lugares y rentas que ella poseyó por su vida, y mucho mueble de casa. Esta devota señora tenía muy devotos servidores y personas bien disciplinadas en la religión cristiana, así mujeres como hombres. Ella andaba vestida de paño pardillo con dos tocas blancas y cuerdas de Sant Francisco, y sus mujeres de la misma manera. Avisó a su [fol. 26v col. b] secretario y a su mayordomo que, pues que ella les daba salario, que no llevasen derechos a sus vasallos. Cumplió enteramente el ánimo y descargo del señor almirante, su marido. Hacía ciertas memorias cada año y en ciertas fiestas del año iban frailes de Sant Francisco de Valladolid, entre los cuales iba el muy devoto fray Juan de Ampudia, predicador de sancta y devota doctrina, el cual le predicaba. E allí tuvo esta esta sierva de Dios las dos vidas, activa y contemplativa. Era tan devota en el rezar y tan asosegada en su espíritu que parescía que estaba su ánima fuera del cuerpo. Rezaba todo el oficio divino según [6] la Orden de Sant Francisco, con otras muchas oraciones y devociones. En esta sancta casa de Valdescopezo hizo hacer esta devota sierva de Dios, junto a la red cabe el altar mayor, una casita pequeña como confisionario a la parte del altar mayor, donde se parescían cuatro altares, y estaba una reja de hierro por el un cabo y, por el otro, todo estaba cerrado, salvo una puerta pequeña por donde la sierva de Dios se entraba. Allí tenía en la pared una alhacena donde tenía una vela de cera y una caja con dineros para dar por Dios a los pobres. Tenía una ventana pequeña para dar la limosna a cuantos pobres venían. Esta devota señora se entraba allí en amanesciendo y no salía de allí hasta que todas las misas y oficios divinos fuesen acabados y, todo acabado, se estaba allí harto rato contemplando y rezando con muchas lágrimas y devoción. Fuera de aquella casita estaban unas dueñas suyas, mujeres muy buenas cristianas y devotas. Salía de la iglesia esta sierva de Dios con sus criadas y con algunos criados suyos y el guardián y algunos religiosos rogándole por algunas obras pías. Iba con ella otra mejor compañía, que era la gracia de Dios. Salía por la puerta de la iglesia a un patio entre su pala- [fol. 27r col. a] cio e la iglesia, hallaba allí muchos hijos suyos que Dios le había dado después de los naturales, que eran muchos pobres viejos [e] viejas, mancebos e mujeres, niños e niñas. Y estos hijos son los que dice la sagrada escriptura “Levantáronse sus hijos y predicaron la bienaventurada” [7]. Estaban todos los pobres puestos cada uno a su parte, los hombres a su parte y las mujeres a otra, y los niños y niñas a otra parte. Si era día de carne daba a cada uno un panecillo y una escudilla de cocina y una tajada de carne, y si era día de pescado daba a cada uno una sardina o un poco de pescado y una escudilla de cocina; a los viejos daba un poco de vino, y a los que eran naturales de aquella tierra; y, casados y pobres, daba un panecillo para él y otro para su mujer y otro para cada hijo e hija que tenía, y sendas sardinas. Allí estaban en aquel patio unos cestos de pan y un cesto de sardinas y unos cueros de vino para los viejos y enfermos. Esta sierva de Dios repartía por sus manos el pan a los pobres. ¿Puedes, cristiano, considerar qué hartas lágrimas derramaban allí unos devotos religiosos y los que allí se hallaban? Hartas veces estaban en aquel patio de Dios y mesa de los pobres siervos de Dios, hartos deudos de aquesta sancta sierva de Dios, así algunos de sus hijos como nietos que tenía, como otros deudos de los grandes señores del reino. No subía a comer esta cristianísima señora hasta que viese cumplido el mandamiento de Dios: “Lo que a uno de mis pobres hecistes, yo lo rescibo por propio servicio mío” [8]. Pues qué será si esto fuese contino toda su vida, no solamente a un pobre, mas aun a muchedumbre de ellos: en los enfermos tenía cuidado, como si cada uno de ellos fuera su hijo o su nieto; en los desnudos tenía solícito cuidado, de manera que en los grandes gastos que ella hacía con los pobres y en [fol. 27r col. b] mantener sus criados, que tenía casa muy honrada, y en el gasto que hacía con sus hijos y nietos y deudos que la venían a visitar. Estaban espantados cómo bastaba la renta que el señor almirante le había dejado, pues también no se creía que el señor almirante le hubiese dejado tesoro, porque el señor almirante viviendo tuvo gran casa y grandes gastos en guerras. No se cree que esta devota señora abundase tanto su renta para pobres y piadosos gastos que ella hacía, sino que Dios milagrosamente se lo multiplicaba, como parecerá adelante por milagros manifiestos que Dios hizo por ella, según lo vieron personas muy dignas de fee y de creencia. E así plugo a Nuestro Señor por los pecados de Castilla haber mucha nescesidad en unos años de hambre y, a la fama de esta devota señora, ocurrieron muchos pobres de diversas partes, e no por eso cesó la sierva de Dios de hacer sus limosnas largas y acostumbradas. E un día en la tarde vinieron muchos pobres y la devota señora mandó que amasasen más de lo acostumbrado, y dijéronle: “Señora, en las trojes [9] hay muy poca harina”. E la sierva de Dios les dijo: “Andad, haced lo que yo os digo, que Dios Nuestro Señor lo proveerá”. E fueron aquellos criados suyos a las trojes y halláronlas llenas de harina hasta arriba y, espantados, dieron grandes voces y tornaron a la sierva de Dios diciéndole: “Señora, las trojes están llenas de harina”. Y ella hincó las rodillas y con lágrimas alzó las manos a Dios y dijo: “Estas son obras de Dios, que tiene cuidado de sus pobres”. Y esto vieron muchos criados suyos y criadas de su casa y todos los religiosos que estaban en aquel santo monasterio [10]. Y esto fue cosa muy cierta, según me lo certificó el devoto y religioso padre fray Juan de Ampudia, que, yendo yo con él a Medina de Rioseco, seyendo yo mancebo de evangelio, llegamos a comer a Valdes- [fol. 27v col. a] copezo y el sancto varón dijo misa aquella mañana y, después que le ayudé, me llevó a que viese los altares y unas imágenes que eran muy devotas que esta sierva de Dios había hecho traer de Flandes, y enseñome aquel oratorio chiquito donde ella se entraba a oír las misas y los oficios divinos desde que enviudó hasta que Dios la llevó al Cielo, que fueron diez o doce años. Yo os digo en verdad que, aunque aquí en este oratorio resuscitasen los muertos, sanasen los tollidos, viesen los ciego, no nos debríamos de maravillar porque esta señora doña Teresa de Quiñones fue tan verdadera sierva de Dios y tan encumbrada en oración y tan amiga de los pobres que Dios milagrosamente obró milagros con ella. Y entonces me contó lo de las trojes de la harina y otras muchas cosas que, por falta de mi memoria, y por haber esto más de cuarenta años, no se me acuerda. Díjome de un hombre mancebo que, trayendo una fuente de agua para el monasterio, cayó una gran bóveda de tierra sobre él y, como se lo dijeron a la sierva de Dios, salió ella misma del monasterio y a pie fue adonde estaba el muerto y le hizo sacar y hacer todos los beneficios nescesarios y, al fin, milagrosamente resuscitó y vivió muchos años después. E otras muchas cosas que, como dicho he, se me olvidan porque ha mucho tiempo. Allende de las limosnas tan largas y tan grandes que ella hacía con los pobres, alcanzaba mucho grado de contemplación, porque el devoto padre fray Juan de Ampudia le había ordenado un tratado que sacó de Sant Bonaventura y de otros devotos doctores, cómo había de contemplar cada día de la semana. E como esta devota señora tuvo este ejercicio dende doncella en la casa de sus padres, siendo casada no dejó la oración ni contemplación. Mas decir lo que después de viuda hizo en el san- [fol. 27v col. b] cto Monasterio de Nuestra Señora de Esperanza y Valdescopezo no se podría en mucho papel escrebir, porque aquestos años que esta sierva de Dios estuvo fueron también gastados en servicio de Dios y de los pobres, que fue una luz muy grande de toda España y de toda la cristiandad. Porque siendo doncella en la casa de su padre, de lo que ella tenía y sus padres y hermanos le daban repartía a los pobres y peregrinos que iban a Sanctiago. E siendo casada lo mejoró, y, viuda, perseveró en toda perfectión de oración, contemplación y en gran caridad con los pobres, dándoles grandes limosnas y hacerlos curar en sus enfermedades; casaba muchas huérfanas, así de las hijas de sus vasallos como de otras partes; todo el tiempo gastaba en servir a Dios. Sus criados y criadas eran muy buenas personas, hablábales muchas veces hablas muy dignas de Dios y de lo que cumplía a sus conciencias, favorescía a toda bondad con caridad, corregía las negligencias. Era visitada de muchos religiosos varones de Dios en letras y en vida, así de Sant Francisco de Valladolid como de otros monasterios y de otras órdenes de Sancto Domingo y de Sant Augustín y de otros devotos religiosos. A todos socorría con grandes limosnas, platicaba con ellos cosas de su conciencia, y de la oración y contemplación. Predicábanle muchos sermones y muchas veces en el año hacía obsequias por el señor almirante don Fadrique, su marido; iban religiosos de Sant Francisco de Valladolid y de otros monasterios. Confesábala fray Alonso de Sanctiago, guardián de Sant Francisco de Valladolid, muy esclarescido en vida y en letras, e importunole esta sancta sierva de Dios que hiciese mucha oración por el señor almirante don Fadrique, su marido. Y según relación de [fol. 28r col. a] santos religiosos, él tuvo sentimiento del buen estado del señor almirante y, porque fue muy importuno a Dios, quedó con un gran dolor todos los días que vivió en los pies. Tenía esta sierva de Dios otros confesores en el devoto monasterio de Valdescopezo, confesábase todas las fiestas del año y ordinariamente cada semana dos veces, y muchas veces cada día. Todo su pasatiempo era oír misas, y oraciones y contemplación, repartir limosnas a los pobres; si hacía algo de manos ella y sus criadas, eran corporales y otras cosas para las iglesias. Era visitada del señor almirante, su hijo, y del señor don Enrique Enríquez, su hijo, y de otros nietos y deudos suyos, con todos gastaba largo y, lo que es más, les decía palabras con que iban muy edificados en el servicio de Dios. E así le plugo a Nuestro Señor de le dar descanso en aquella gloria eterna y dalle el talento con que ella había servido a Dios toda su vida, así doncella como casada como viuda. En todos estados fue dechado de perfectión, dándole Dios la enfermedad de que murió. Llegando a la batalla y agonía de la muerte encendió la candela de la fee con mucho cuidado, tomó los sacramentos sanctísimos y ordenó su testamento. Tenía una cruz en la mano y adorábala muchas veces. Estaban con ella muchos religiosos, así de la Orden de Sant Francisco como de Sancto Domingo; decíanle palabras de mucho consuelo. Respondíales la sierva de Dios palabras dignas de mucha memoria. Dio la bendición a sus hijos y a otros deudos suyos, y el espíritu de Dios, a quien ella había servido toda su vida. Murió en el hábito del bienaventurado Sant Francisco. Quedó su rostro en tanta hermosura como ángel del Cielo. Sin dubda, por la relación de muchos devotos religiosos, quedó su cuerpo con gran- [fol. 28v col. b] des olores, como de flores muy suaves. E, pues que el ánima fue puesta en las flores de la gloria, razón era que el cuerpo que sirvió al espíritu diese olor de sí. Fue enterrada en el devoto Monasterio de Nuestra Señora de Esperanza de Valdescopezo, con el señor almirante don Fadrique, su marido, y estaban allí sus hijos y otros deudos muchos suyos, y muchedumbre de religiosos y mucha clerecía. Hiciéronse sus obsequias, como era razón e los merescía, predicole [11] un sermón el padre fray Juan de Ampudia, e otros sermones se hicieron en sus loores de frayles de Sancto Domingo y de Sant Francisco. No se podría escrebir en mucho papel las lágrimas y llantos que se hicieron, así de sus deudos como de los religiosos, especialmente de los pobres de muchedumbre de pueblos que allí ocurrieron. Piadosamente fue llorada por la falta que hacía. E piadosa cosa fue gozarse, porque reinaba en el Cielo por la bondad de Dios, que le dio gracia para que le sirviese. Mucho se deben de holgar los señores Enríquez y Quiñones por les dar Dios tal patrona y abogada en el Cielo en esta señora sierva de Dios. Tienen que tomar ejemplo las doncellas, casadas y viudas, y aun los varones caballeros tienen bien que inmitar a esta sierva de Dios Nuestro Señor. Pues él fue servido de la llevar para su gloria y dejarnos su vida para dechado y enmienda de la nuestra miserable y triste para que, inmitándola, merezcamos ir a acompañarla en su holganza.

Notas

[1] El autor, realmente, no ha mencionado a sus hermanas. [2] Esta frase es un mandamiento de la Biblia que se puede encontrar en pasajes como Levítico 11:44-45 y 1 Pedro 1:15-16. Véase Reina Varela, 1960. [3] Se subsana la evidente errata “conzellas”. [4] Se subsana la errata “sindo”. [5] Proviene de 2 Reyes 20:1. Véase Reina Varela, 1960. [6] La evidente errata se ha subsanado: “sogún”. [7] Pertenece a Proverbios 31:28 y describe a la mujer virtuosa. Véase Reina Varela, 1960. [8] Esta cita bíblica se encuentra en el Evangelio de Mateo 25:40 y proviene de la parábola del Juicio Final. Véase Reina Varela, 1960. [9] Todo este episodio recuerda al milagro de las bodas de Caná, el primer milagro público de Jesús, donde transformó agua en vino. [10] Troj: especie de granero o silo para guardar frutos y especialmente cereales. Véase REAL ACADEMIA ESPAÑOLA: Diccionario de la lengua española, 23.ª ed. [versión 23.8 en línea]. <https://dle.rae.es/troj#IJjUBSq> [11] Se subsana la errata “predicoel”.