María de San Ildefonso (3)

| Nombre | María de San Ildefonso |
| Orden | Dominicas |
| Títulos | Monja del Monasterio de Santa María de Gracia de Sevilla |
| Fecha de nacimiento | ¿Finales del s. XV? |
| Fecha de fallecimiento | ¿Mediados del siglo XVI? |
| Lugar de fallecimiento | Sevilla |
Contenido
Vida impresa
Ed. de Verónica Torres Martín; fecha de edición: mayo de 2026.
Fuente
- López, Juan, 1615. “Libro primero de la quarta parte de la historia de Santo Domingo y de su orden”, Quarta parte de la historia general de Santo Domingo, y de su orden de predicadores. Valladolid: Francisco Fernández de Córdoba, 148-149.
Criterios de edición
Se han adoptado los criterios de edición de vidas impresas estipulados en el catálogo, esto es, se han eliminado las consonantes geminadas y se ha modernizado la ortografía (sibilantes, b/u/v, j/g, chr/cr, qu/cu, empleo de h, etc.). Se mantiene el uso del paréntesis para indicar observaciones digresivas según el original. Además, se han ajustado a los criterios actuales del español la unión y separación de palabras (“desta”, “deste”, etc.), el uso de mayúsculas y minúsculas, la acentuación y la puntuación. Asimismo, se han expandido las abreviaturas.
Vida de María de San Ildefonso
[147] Cap. XLVIII
De algunas otras religiosas del Monasterio de Santa María de Gracia
Sería cosa muy larga dar entera relación de las siervas de Dios que ha tenido esta casa de Santa María de Gracia, que, como su fundación fue tan conforme a los intentos que el bienaventurado santo Domingo tuvo en la de su orden y en ella se ha conservado poco menos de cien años y, aunque no se pueden reducir a la memoria todas, tampoco se pueden dejar algunas que se han señalado mucho sobre las demás en el cumplimiento de las obligaciones de su estado. […]
[148] La madre soror María de S. Ildefonso, que en el mundo se llamaba doña Isabel Galindo, hija de don Diego de Guzmán y doña Isabel Galindo. Este caballero fue muy conocido y después de haber servido muchos años al rey de España, llevado de la experiencia y desengaño, que los servicios no todas veces son bien premiados, dejó todo lo que tenía y las esperanzas de alcanzar más, funda- [149] das en lo mucho que había trabajado, y tomó el hábito del bienaventurado S. Francisco y vivió en él tan santamente que hizo muchos milagros que están escritos en las corónicas de la orden. Su hija fue heredera de su espíritu y vivió de manera que se pudiera escribir un libro donde se diera cuenta de sus grandes virtudes. Siendo seglar y pudiendo aspirar, casándose a muy grande acrecentamiento, acordó de tomar por esposo al que lo es de las almas puras, quedando para siempre dichosa con las riquezas que se habían de comunicar a su alma. Con este pensamiento dejó todo el regalo de su casa y se encerró en esta, donde vivió tan religiosamente que, siendo ejemplo su vida de toda virtud, lo fue muy particular de humildad y pobreza, conservándola con mucha puntualidad, hasta que murió.
En la observancia de la regla y constituciones de la orden fue señaladísima. Su continuo ejercicio, sin faltar, era asistir en la presencia del Santísimo Sacramento con una ferventísima oración, comunicándola el Señor don de lágrimas. Decía muchas veces a las monjas estas palabras: “Callar y amar, humildad y comulgar” (palabras que nacían de un pecho abrasado en amor del Santísimo Sacramento). Comulgaba muy frecuentemente con grande abundancia de lágrimas, que eran de manera que suplicó al Señor se sirviese de que no corriesen por el rostro. Hízola Dios merced y así, cuando salía del coro después de muchas horas de oración, tenía el rostro tan sereno como si ninguna hubiera derramado, siendo sus ojos fuentes. Persuadía mucho a sus compañeras el amor de Dios, y decía: “El que con amor trabaja, holgando gana”. Si entendía algún desgustillo entre algunas religiosas, iba y les hacía la venia y, con estas demostraciones de humildad, se acababan las niñerías (que algunas veces el demonio procura en los monasterios cuando no puede con su malicia culpas que sean mayores), que es lo que más quería y más procuraba.
Treinta años vivió con el hábito teniendo de edad setenta. Murió de un dolor de costado con mucho juicio y con muy gran conocimiento y tan en sí como ha menester el negocio que en aquella hora se ha de concluir. Habló de muchas cosas de edificación, decía muchos versos de David, como son: “Virga tua, et baculus tuus ipsa me consolata sunt. Si ambulavero in medio umbre mortiis, non timebo mala, quoniam tu mecum” [1]. Y de esta suerte acabó con grande alegría y alabanza. Quedó su rostro con la hermosura de un ángel en testimonio de su buena muerte.
Notas
[1] Salmo 22:4 de la Vulgata, que simboliza la confianza absoluta en la protección, guía y compañía divina, incluso en los momentos más oscuros y peligrosos de la vida.