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sin resumen de edición
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= Vida manuscrita (1)=
Ed. de Celia Redondo Blasco y María Morrás
La puntuación y la capitalización han sido modernizadas, si bien se mantiene el uso del paréntesis para indicar observaciones digresivas según el original.
=== Capítulo veynte y quatro ===
'''De cómo se fundó el monesterio de religiossas de sanct Pablo de Toledo por doña María Garçía, y del fervor después que tuvo esta sancta muger desde su tierna hedad, y en las buenas obras que se ocupó con gran menosprecio de sí misma'''
Acaeçió un día que andando pidiendo limosna por la çiudad la sancta donçella con su compañera por no perder costumbre de remediar a los que tenían necessidad, que encontraron en una calle al arçobispo de Toledo, su tío, hermano de su madre, y a su mismo padre, que le acompañava con otros cavalleros y gente principal de la çiudad, y quando el arçobispo vio a su sobrina en aquella postura que llevava y cargada en los hombros la talega con las limosnas que había recogido, volvió a su padre y díxole con algún enojo y como reprehendiéndole: “Mucho me maravillo, que como seáis hombre prudente, no remediéys un desconçierto tan grande como este y consintáys a una hija de tan poca hedad y tan hermosa y de linaje, que es que ande ansí despreçiada y con tanta libertad que days a entender que la tenéys aborreçida, pues no la recogéys y tratáys de casarla con otro que sea su igual”. El cavallero prudente le oyó y respondió con mucha mansedumbre y en breves palabras le dixo: “¡Qué esposo le parece a Vuestra Señoría que puedo yo dar a mi hija más rico y generosso que a Jesuchristo, Hijo del Padre Eterno! Por ventura podemos resistir al Spíritu Sancto. Ella ha escogido este estado por la mejor parte y yo no se le quiero estorvar, ni me pareçe que se açertaría en ello”. [fol. 211r] El arçobispo calló con esta respuesta y no supo qué le replicar, entendiendo que aquello era obra de Dios.
=== Capítulo veynte y çinco ===
'''Cómo desde algunos días dexó de pedir las limosnas la donzella y virgen de Jesuchristo, doña María Garçía, y se recogió en una hermita de Nuestra Señora de la Sisla con su compañera, y después al monesterio que fundó de Sanct Pablo'''
Bivían todas en tanto conçierto y sancta conversaçión que a todos los de la çiudad eran exemplo y dechado de virtudes y honestidad, y hasta oy se dize y muestra esto en aquella sancta casa, y se les echan bien de ver los primeros prinçipios y buenos fundamentos que tuvo de religión y de sanctidad, que, como dixe poco ha, se verá adelante en las obras milagrosas que Nuestro Señor ha obrado en muchas siervas suyas que bivieron y acabaron en aquel monesterio.
=== Capítulo veynte y seys ===
'''De la muerte bienaventurada de Doña María Garçía y de lo mucho que sintieron algunos años antes perder su primero prior y perlado, Fray Pedro Fernández Pecha'''
[2] El manuscrito lee «con contenta», con una diplografía por error.
= Vida manuscrita (2)=
Ed. de Celia Redondo Blasco.
== Fuente ==
* Esc. C-III-3. fols. 252r - 264r.
== Criterios de edición ==
Al tratarse de un testimonio único se ha optado por emplear unos criterios de edición conservadores.
Se puntúa y acentúa siguiendo las normas establecidas por la RAE.
Se conserva la -l- geminada en humilldad y la s líquida en Spíritu Sancto, así como la alternancia entre v y b en su valor consonántico; también se mantiene la h- aunque sea anti-etimológica en hedad.
Se han respetado los latinismos como oratión.
Se han repuesto vocablos o grafías con corchetes ([ ]) cuando resultaba patente que no aparecían por un descuido del copista (en caso de duda, se ha respetado su ausencia).
Se conserva dello, desto, pero se separa mediante apóstrofe cuando la forma aglutinada incluye un pronombre personal: d’él.
Se ha conservado el uso de qu por cu (qual) y la grafía de la nasal n antes de la bilabial (grupos -np- y -nb-: honbre).
En cuanto al grupo de sibilantes, se mantiene ç ante a, o, y también ante e, i. Se respetan, también, los grafemas z, s/ss ante las distintas vocales.
=== VIDA DE MARI GARCÍA ===
[fol. 252r] Aquí comienza la vida e ystoria de la bienaventurada y loable memoria doña Mari Garçía, virgen consagrada a Dios, fundadora del monesterio y casa de las beatas llamadas de doña Mari Garçía que es en la çibdad de Toledo [3], la qual se trasladó del latín en romanze en el año del Señor de mill y quatrocientos y ochenta y siete años.
=== Prólogo ===
Ansí como Dios es maravilloso con sus santos, el qual no en vano hizo todos los hijos de los honbres, ansí nunca olvidó la su Santa Yglesia, dende el justo Abel, ni agora la olvida ni desanpara, hasta en fin del mundo. La qual en los antiguos tienpos, que fueron debajo de la Lei de Natura y de Escritura, nunca de todo en todo estuvo huérfana de santos y de varones y henbras fieles, en los quales, la fe, y caridad y esperanza resplandeçieron; y en los quales, toda relixión y perfetión de vida después de su muerte, por que no pereçiese, fuese conservada; e a los quales, el Evangelio y divino dinero, non sin causa, fuesse prometido, y en nuestra hedad, que es debajo de la Lei de Gracia, aiuntadas las cosas altas a las [fol. 252v] bajas, después que el humanal linaje dejó el honbre viejo, venido el nuevo honbre: conviene saber, Jesucristo, nuestro medianero, Dios encarnado después que recibió la Passión, después de su poderosa Resurretión y gloriosa Açensión. De quántas maneras de santos, ansí honbres como mugeres, su santa gloria Dios todopoderoso aya guarnecido, dotado y hermoseado, aunque la voluntad quiera y desee dezir, pero la lengua no lo puede recontar ella misma, en sí sola la conoçe, desto non dubdamos, los gloriossos Apóstoles de Jesucristo, quia predicatión salió en toda la tierra, ser sus primeros fundadores. Los quales, después que reçibieron el Espíritu Santo, quanto más crueles, rebeldes y apartados del conocimiento de Dios hallaron a los pueblos y gentes, tanto más las amansaron, domaron y trajeron a su conocimiento. Quién podrá contar los mártires vençedores y esforçados por virtud divina que maravillosamente defendieron la su Santa Iglesia. Los quales, por la alinpiar de las espinas, lavaron sus vestiduras en la sangre del cordero; sufriendo por Jesucristo lo que Él sufrió por ellos, no dubdaron dar su cuerpo a la passión. Los santíssimos confesores sustentaron la Santa Yglesia [fol. 253r] y, ensanchándola por edificio espiritual, por dotrina y exenplo, regaron los coraçones de los fieles de rocío celestial. A los quales, enbiando el Señor como obreros en su miel, adornó y dotó de muchos bienes de su graçia, y quiriéndoles probar por diversos trabajos, a uno dio maior fortaleza que a otro, cuios cuerpos, y si la grandeza del martirio o la espada material no atormentó, pero ellos, vibiendo a Jesucristo por continua abstinencia, domando saludablemente las cobdicias de la carne, a sí mesmos crucificaron. Úyense las santas donzellas adornantes aquesta iglesia con su clara virginidad, las quales conociendo el Señor ser de natura flaca, con largueza de su graçia las dio sfuerço, por que el Enemigo, fallándolas ynflamadas en el amor divino, no pudiese vencerlas con sus artes engañosas. De aquestas, algunas, que el Señor para esto guardó, fueron por sus nonbre y por la honrra de su fe martirizadas, las quales juntamente de doble vencimiento fueron laureadas y coronadas porque, no sabiendo la cama material, al solo Esposo de virginidad, que es Jesucristo Nuestro Salvador, se allegaron y en el tormento del martirio, burlando de sus atormentadores, [fol 253v] fueron vençedoras, por lo qual resplandeçen por aureola de virgininad, ansí como lirios y rosas por pena de la persecutión. En el aiuntamiento y conpanía de aquestas, piadosamente creemos ser colocada y asentada en gloria perdurable nuestra amiga, nuestra conpanera, nuestra cibdadana de Toledo, a la qual, Nuestro Señor, en nuestros tienpos, en los quales la maldad abunda y la caridad se es fría, quiso en ejenplo de vida y virtudes dar a su Santa Yglesia, cuia loable vida, cuia honestidad de buenas costunbres, cuia santa conversatión, cuio menospreçio, aspereza de vida a honrra de Dios, y para despertar las voluntades de los justos y conpunjir y reprehender las culpas de los negligentes, aiudándonos la gracia divina, queremos brevemente escrevir. Y porque es esta virgen y hermosa, rogemos muy humildemente a la Reina de las Vírgines que nos gane graçia de contar y dezir de su vida y loable conversaçión.
=== Capítulo primero ===
Fue en los días del rei don Pedro el Cruel, rei de Castilla, de memoria bienaventurada, un cavallero claro por linaje y claro por virtudes, llamado Diego Garçía de Toledo. Este tenía una mujer que era de noble [fol 254r] linaje ansí como él, cunplida de virtudes y de toda honestidad. Anbos eran justos delante de Dios, andando en sus carreras y cunpliendo sus mandamientos. Ella se llamava doña Costanza, hija de Fernán Gómez, padre del reverendíssimo don Álvaro, arçobispo de Toledo, cuia hermana era de un vientre la dicha doña Costança. A estos dio Dios, entre otros hijos e hijas, una hija mui graciosa, cunplida de toda hermosura, a la qual pusieron por nombre María, y el sobrenombre del padre, conviene a saber doña Mari Garçía. A la qual, los padres, ansí como la dézima parte de sus bienes, prometieron al Señor de toda voluntad. Este voto, quando ella fue de hedad de discreçión, no ansí como desobediente despreçio ni desecho con poco coraçón, mas antes, conforme con los padres, lo confirmó. Y encendida en el amor del Señor, luego por obra lo cunplió de su propia voluntad y de su libre alvedrío, sin consejo de alguno, mas inspirada de don y graçia divina, toda se ofreció al Señor. ¡Convenible cosa era que tal sarmiento naciese de tal vid!
Tal fue aquesta virtuosa doncella, que, movida por el consejo del profeta, dende su niñez todo su pensamiento puso i fincó en el Señor, ansí como lo declara la orden de su vida maravillosa, la qual, aunque [fol. 254v] niña y de mui tierna hedad, huía la conpañía de los que en casa del padre eran. Y olvidando y dejando los juegos y cosas a que la tal hedad se suele dar, apartávase en lugar secreto a ofrecer oratión pura y linpia al Señor. Nunca oiera el santo Evangelio y ia deseava hazer tesoro en el Çielo. Era pobrecilla de voluntad y parecía que tenía no pequeño cuidado de los pobres: las migajas que caían de la mesa de su padre, y los pedazos que sobraban y quedavan de su comer, y todo lo que podía aber con deligençia guardava y ascondidamente procurava de dar a los pobres.
=== Capítulo segundo ===
Creçiendo ya en edad, desechando todos los deseos y obras de moza, pensaba de día y de noche cómo, a ejenplo de San Juan Baptista, podría conservar y guardar enteramente su vida sin mancillar; y deçía al Señor: «Demuéstrame, Señor, las tres carreras y enderéçame, Señor, según verdad». Y ansí como virgen prudente i sabia, como fuese ya de doze años, no ensobervezida por la ponpa del linaje, no atraída por vanas amonestaciones de los honbres lisonjeros, no mirando los faustos abundantes del padre, despreçió todos los deseos dañosos del mundo, y renunciando de ese aiuntar a esposo carnal, olvidando la casa del padre, deseó [fol. 255r] solamente la hermosura del Esposo Celestial. Y por que más cauta, más libre y más diligentemente pudiese cunplir su deseo y el negocio espiritual, non curando de la murmuración de las gentes, apartose a un monesterio de monjas de santa conversatión llamado San Pedro de las Dueñas, do era priora una su hermana que mucho la amava. Allí supo y aprendió en poco tienpo el canto y las otras cosas y observancias de la relixión. Creciendo su fama por toda la provincia y sabida su vida y costumbres, por toda parte procuraban y deseavan las monjas de Santa Clara, que son en el monasterio de Tordesillas, que aí tomase su hábito. Esperaban de la elejir por su maior si aí hiziese professión, pero ella, acordándose de lo que Nuestro Señor en el Evangelio dize, por no ser vista de los honbres y no recebir delante dellos el galardón de sus buenas obras y Él por ellas le diese galardón, no huió por pequeñez de coraçón la honrra, mas por verdadera humildad.
=== Capítulo terçero ===
Después que aquesta santa virgen fue, como diximos, dotrinada y enseñada de su hermana en las cosas divinales y en la carrera del Señor, demandó liçençia y bendiçión en su hermana, la qual, con dificultad, pero de voluntad, la dio. [fol.255v] Y ansí abida licençia, no como quien torna atrás, mas por voluntad de Dios, tornose a casa del padre. Nunca aún tomara hábito ni velo de religión, y estando en la casa del padre, ençendida por el fuego del amor divinal, codiciando remediar y seguir a Jesucristo, su Esposo, según su flaqueza, negando a sí mesma, se dio con toda voluntad al menospreçio del mundo.
Frecuentava andar por las calles de puerta en puerta pidiendo limosna para los encarcelados. Traía en los honbros unas alforjas en que echava los pedazos del pan que en limosna le daban. Tenía por conpanera la santa virgen en su santo propósito a una venerable matrona biuda que se llamaba doña Maior Gómez. Este tan piadoso oficio hazíase contra la voluntad de su padre y hermanos, que deçían ser deshonrados y avergonzados públicamente por el menospreçio de la hija y hermana. Conosçiendo enpero el padre que, por miedo ni por amenazas, por amor ni promesas de bienes tenporales, no quería ni podía ser apartada de su santa intención, diole lugar y no procuró más de apartarla de este santo camino.
Andan entramas la vieja y su aia y la virgen tierna por toda la cibdad de casa en casa; como pobres y peregrinas, vienen entre los dos coros de la iglesia maior, y allí, delante de todo el clero y pueblo, piden por amor de Dios [fol. 256r] limosna. Mucho se maravillan todos y dizen: «No avemos visto alguna que sea semejante a esta entre todas las henbras de aquesta çibdad»; y desde allí iban a casa del padre por reçebir alguna limosna. Y viéndola su padre traer alforjas en los onbros, avían plazer y reíanse. Y ansí como buenos y católicos padres, alçando las manos al çielo, daban graçias al Señor porque les avían dado tal hija; y decían los mançebos y las vírgenes, los viejos y los mozos: «Alaben al Señor, el qual haze maravillas». Y ella conoçiendo dellos aquesto, luego se derribaba a sus pies, besava sus manos dándoles no pocas gracias porque avían plazer de la vida que escojiera.
Acaeçió un día que la dicha matrona biuda y la bendita virgen, continuando su santa obra, andando a demandar por las calles, encontraron con su padre y con el arçobispo, su tío, que hera hermano de su madre, aconpañado de muchos cavalleros nobles. Y como el arçobispo la viese ansí mendigar y la conoçiese, reprehendió a su cuñado porque consentía andar ansí despreçiada a su sobrina, y díxole: «O varón, como seas prudente, ¿por qué consientes a moza tan pequeña, tan hermosa y generosa andar ansí tan despreciada?, ¿por qué tienes tu hija ansí aboreçida?, ¿por qué no la casas con otro su igual?». Al qual [fol 256v] respondió el noble cavallero benignamente: «¿Qué esposo puedo yo dar a mi hija más generoso y más rico que Jesucristo, hijo de Dios bivo? Dejémosla, tomó para sí la mejor parte».
=== Capítulo quarto ===
Después de aquesto, como el dicho rei don Pedro el Cruel, entre otras cosas ynjustas que hazía, persiguiese a donzellas y mugeres nobles y de qualquier estado que fuesen, aquesta honestísima virgen, con otras muchas que se trabajaban de absconder de la cara del muy cruel rei, huyeron a la villa de Talavera, cuio dominio tenía entonces su padre, don Diego García de Toledo. Y aun aí no las dejava estar seguras el temor del cruel rei, mas fue causa que dende se fuesen. Dízese que muchas dellas, por guardar su honestidad, rescibieron muchos daños, ynjurias y persecuciones. Y viendo esto nuestra discretísima virgen y aquella dueña a quien seguía, dubdavan llamando al Señor qué harían, mas Dios, que está açerca de los que le llaman con verdadero coraçón, oídas sus peticiones, endereçó sus coraçones dándoles por guiador el su ángel bueno que viniesen a un pago que se llama aora la Sisla. En el qual lugar hizieron una pequeña morada adonde estuvieron algunos días [fol. 257r] sirviendo al Señor de noche y de día con aiunos y abstinencias, orationes y otros exerciçios honestos y santos y de gran humildad. Y aún entonces no era edificado en aquel lugar un monesterio del bienaventurado San Xerónimo que agora se llama Santa María de la Sisla.
En este tienpo plugo al Señor que çesase la cruel tenpestad por muerte del rei cruel para proveer al miedo de aquestas santas mujeres, las quales con deseo entrañal y continuo pensaban dónde con maior provecho y sin inpedimento pudiesen cunplir mejor su voto a honrra y gloria de Dios. Y alumbradas por el Spíritu Santo, dejaron la solidunbre en que estavan.
En aquel tienpo avía en la çibdad una congregación de mujeres devotas que estavan en la perrocha de San Román, el cuidado y administración de las quales tenía una religiosa persona que avía nonbre doña María de Soria. Y como oiese esta santíssima virgen la fama tan loable e santa de aquestas religiosas dueñas ser sin ninguna reprehensión, la su loable vida cobdiciando obedesçer y ser instruida mucho más en la vida religiosa y ser juntamente regida de la dicha religiosa persona, metiose debajo de su mano para hazer su voluntad en todas las cosas, la qual las reçibió mucho de voluntad, y con gran alegría. Y allí tomó el hábito relixioso según las otras lo traían y después que plugo al Señor [fol. 257v] que aquella noble dueña, doña María de Soria, y el padre y la madre de aquesta virgen loable pasasen de aquesta vida presente, cobdiciava esta santa virgen dexar más perfectamente el mundo, el qual le era ya mucho aboresçible. Y pensando en su coraçón qué haría, decía con toda voluntad aquel verso del salterio: «Tú, Señor, eres bueno; enséñame tus justificaciones». Y luego vendió la parte en que la madre la dejó heredera, y del preçio mercó luego una casa con muchas anchuras en la perroquia de San Lorenço, para que allí en el claustro pudiese su coraçón holgar a Dios.
Finalmente dejaron la otra casa y encerráronse allí, ella y aquella dueña ya dicha. Sabido y divulgado aquesto por toda la çibdad, una honrrada dueña, que se llamava Teresa Vázquez, con otras siete mujeres continentes de mui santa fama, entraron en aquella casa, por que juntas a tan devota conpanía hiziese a Dios un santo colegio a Él mui apacible y a las gentes loable. Las quales, como esta señora de quien dezimos viese ser de tan profunda humildad, y que con aquel despreçio tan maravilloso del mundo con todo coraçón y con entera voluntad se sometían a la pobreza no recusando ningún trabajo, mas con todas sus fuerzas trabajavan por seg[u]ir a su Redentor Jesús, y mirando con tan grande diligençia como estavan enbevidas en Dios, amávalas con entrañas llenas de caridad sin ninguna conparaçión y deçía con el psalmista: «Load [fol. 258r] a Dios todas las gentes, porque a confirmado sobre nós su misericordia». Y tornándose al Señor, dezía con fervor de coraçón: «Plégate Señor de nos dar graçia que cantemos las tus justicias en este lugar de nuestra peregrinación. Huélgase Señor el mi coraçón en ti, porque las flacas están ceñidas de fortaleza». Y en tanto creció la fama de aquesta congregación gloriossa, que en breve tienpo fue aiuntada gran muchedumbre de mugeres religiosas, las quales con coraçón y voluntad tomaron hábito blanco en señal de virginidad y continençia para servir al Señor según la orden del bienaventurado nuestro padre San Xerónimo. Y eligieron todas entonzes de una voluntad por su prelada y religiossa a la dicha señora doña Mari Garçía, la qual contra su voluntad lo açeptó cobdiçiando ser más súbdita que regir.
=== Capítulo quinto ===
Era en aquel tienpo un cavallero noble, secretario y capitán mui amado del rei don Pedro el Cruel, el qual era sinple y recto y temeroso de Dios, el qual se llamava don Pedro Fernández. Y como este noble cavallero pensase con el clareçido coraçón cómo avía gastado sus días en la ceg[u]edad del mundo sin ningún serviçio de Dios, con deseo de hazer penitencia y aber [fol. 258v] dolor de sus pecados y guardarse de no ofender más a Dios, negó a sí mesmo según el consejo de Nuestro Señor Jesucristo con toda la casa real, tomando hábito de religión. El qual, con divinal aiuda, fue a Roma y alcanzó liçençia del Padre Santo que pudiese edificar en la provinçia de Toledo un monesterio de la orden del bienaventurado padre San Xerónimo. Y buelto con la liçençia, hedificó el monesterio ya dicho de sus propias faqultades, con aiuda desta señora, la qual no solamente hizo muchas espensas en el edificio material, mas aun dio preciosos hornamentos y joias para el culto divino, con las cuales adornó y ennobleçió el sagrario y sacristía, onde somos ciertos que dio una arqueta pequeña en que se encierra el cuerpo del Señor.
=== Capítulo sexto ===
Acabado aquel maravilloso hedifiçio, en breve fue la casa llena de frailes. Viendo esto las siervas de Dios, juntamente con ellos tomaron por padre al bienaventurado nuestro padre San Xerónimo, para que con su tela y anparo, olvidadas las fuerças flacas, por sus merecimientos serviesen varonilmente en el serviçio del Señor: toman el hábito, regla y costumbres de la dicha orden, sométense a los prelados de aquel monesterio, prometen obediençia, demandan que sean regidas dellos, ¡o virtud de maravillosa obediençia!, ¡sola [fol. 259r] digna de ser loada! Quisieron más sujetas obedecer, que esentas y libres errar; esto es verdaderamente negarse a sí mesmo: quando el honbre deja su querer y se dispone para obedezer. Y cobdiciando esta señora de no comer sin trabajar en el serviçio de Dios, alcanzó liçençia del papa que tuviesen aquella misma horden en rezar las horas divinas que los dichos religiosos. Y viendo aqueste santo varón ya dicho, que era prior en el dicho monesterio, la vida de aquesta santa muger ser tan apaçible a Dios, amávala con verdadera caridad, rogando al Señor por su justificatión y cunplimiento devoto y guarda religiosa de aquella santa congregaçión que hasta la fin durase en toda santidad y religión. Otro tanto rogava ella por él: eran estas personas dignas de todo loor en el entrañal amor, que pareçían otro San Francisco y otra Santa Clara, otro San Xerónimo y otra Santa Paula y Eustoquio; eran d’Él consoladas, y disciplinadas, y amonestadas con gran dulcedumbre de caridad en toda perfectión y castidad.
Después de mucho tienpo que les duró esta santa conversaçión con toda honestidad y religión, plugo a la Divina Bondad recebir la penitençia digna y dar fin a ella y a los trabajos deste santo varón, llevándose donde recibiese el galardón del trabajo [fol. 259v] que avía recebido en plantar aquella biña del Señor, la qual labrava con el arado de la religión para que, después que la oviese podado con santas amonestaciones, mereciese aver della el fruto que esperava, que es el Çielo. Y si acaso algunas vezes alabavan a esta señora algunos çibdadanos de su honestidad y abstinençia o de otras obras virtuosas, dezía ella: «No es de algún valor lo que yo hago; mis hermanas lo hacen por alunbramiento del Espíritu Santo». Y viendo esta santa mujer que en las enfermedades la estavan sirviendo las hermanas, deçía sin toda dobleza, pensando ella en su coraçón ser indigna de aquel serviçio: «¿Dónde vino a mí tanto bien? ¡O, qué más hermosas donzellas pudiera yo tener en el siglo que ansí cercasen mi cama, las quales veo ser mucho más sufiçientes que io para esta administraçión, por hermosura de virtudes delante de Dios!».
Y como esta santa muger viese adornadas las mujeres del siglo de contraria hermosura con diversidad de adornados trajes, y que las caras hechas a semejanza del Criador estavan cubiertas con diversos ungüentos y afeites, por artifiçio digno de condenaçión, quiriéndolas reprehender, dezíales con palabras dulzes: «Mirad que ofendéis mucho al Señor y que si más con coraçón endureçido [fol. 260r] usáis de esta apostura, que ansí como personas que con deliberación pecan en el Spíritu Santo, yrán a la damnaçión perdurable, que aún el tal pecado no se quita ligeramente por la penitençia». Todo género de timiama o de qualquier espeçie odorífera ansí lo aborreçía y huía como si fuera un pozoñoso veneno. Dezía ella a las que usavan destas cosas odoríferas: «No conviene que la carne que está aparejada para ser mañana queva de gusanos, llena de toda miseria, aia alguna delectaçión». Nunca consentía su ánima ser ensuciada en jactancia, aunque fuese alabada de la prelaçía, o de la dignidad de los parientes, o de la hermosura del cuerpo, o de la honestidad de las costumbres, o de qualquier obra de perfeçión que en ella era; y si alguno por honrrarla le dezía “Vuestra Merced”, “Reverencia”, o otras palabras semejantes, dezía: «¿Dónde yo, un tan mezquino gusano en menospreçio, soi dicha tener merçed, como a Dios sea la honrra y gloria para sienpre?». ¿Qué podré yo dezir de la perfeción de esta? Sino que tomó tan alto grado de humilldad y de sinpleza recta y temor del Señor quanto la humana natura pudo consentir estar alguno de los mortales. Si líçito es dezir, puede bien tenella la Iglesia como a otro Job, y como ya la luenga hedad la agraviase mucho, aviendo pasado ya ochenta años de su vida con mucho fruto, con la gran vejez tenía perdido los sentidos exteriores en parte, [fol. 260v] mas con este inpedimento sienpre crecía más en los sentidos ynteriores y tenía más y maiores fuerças espirituales. Y como ansí ynpedida no pudiese oír el relox, mandava que pusiesen dentro en la celda un gallo que la despertase a la medianoche para ir a maitines; nunca o apenas fue hallado ningún día que casi desde su niñez no se levantase a la medianoche a alabar al Señor, aunque tuviese enfermedad de grande trabajo.
Capítulo séptimo
Pasado este tienpo con tanto fructo que la piedad divinal dar quiso a su pelea y su inmensa bondad y justicia, quiso dar el galardón a esta su sierva, que corrió sin tardanza por la carrera. Y llegada al postrimero día, pensaba la quenta que avía de dar de aquella maiordomía. Y ansí como ella en la vida avía instruido a sus hijas en el serviçio divinal, ansí quiso consolar y esforçallas en el postrimero día de su vida a exenplo de nuestro padre San Xerónimo, amonestándoles con toda afectión que no tornasen atrás ni desfalleçiesen en aquel camino espiritual, mas perseverando viniesen a la fin con vencimiento de la pelea para que pudiesen gustar y gozar de la bienaventurança perdurable, para lo qual es necesario que con toda humilldad y menospreçio y mortificatión perseveren.
Avía entonzes en el claustro veinte y cinco [fol. 261r] beatas, las quales ella todas mandó llamar con gran alegría, siguiendo el exenplo de nuestro padre San Xerónimo. Y de que fueron todas llamadas, abraçolas y dioles paz diçiendo: «Amadas hijas, acordaos cómo, no por nuestros merecimientos, mas por su sola misericordia y bondad aparta el Señor a nós, para sus siervas, de las tinieblas del siglo y nos trujo a esta esclarecida solidunbre, adonde vos ruego que no seáis de poco corazón fingiendo vos ser flacas para perseverar en la religión; oíd, no a mí, sino a Vuestro Maestro, que dize: “Mi jugo es suave y la mi carga liviana”. Oíd otra vez que dize: “El que pone la mano al arado y torna atrás no es capaz de el Reino de los Çielos”». Y dichas estas cosas y otras de grande edificaçión, llamó a cada una particularmente y amonestávala con aquel deseo que según su calidad y manera le era menester. Ca como ella desde sus primeros comienzos las ubiese instruydo en las doctrinas santas, conoçía el corazón de cada una tan perfectamente que por verisímiles conjeturas, antes de su muerte, dijo a algunas dellas lo que les avía de acaezer acerca de la perfectión en las virtudes o si avían de errar en los viçios y en otras semejables cosas, casi por espíritu de profeçía. Después de esto, encomendó a todas dos [fol. 261v] cosas: y es que guardasen en sí un mandamiento y un consejo. El mandamiento, que se amasen unas a otras y que con toda caridad cada una sufriese soportando la carga de la otra por que pudiesen estar en paz y en concordia; el consejo, que estuviesen sienpre en el claustro guardando mucho silençio, ni quisiesen ser vistas por las calles, y huyesen mucho de comunicar con los seglares, porque guardando estas dos cosas se apartasen del lazo del Enemigo, que busca de contino a quien trag[u]e.
Y oiendo estas cosas y otras muchas, aquellas devotísimas hermanas no se podían abstener de no llorar porque, aunque era cosa razonable que ubiesen plazer de la subida de su madre al Çielo, piadosamente lloraban viendo ser desanparadas de tal madre. Y viéndolas ella llorar, comovida a conpassión dezía: «No queráis más llorar en vano, pues el Señor puso término a mis días, los quales no puedo pasar mas conformada con su voluntad. No creades que io os dejo, porque a Él plazerá de vos tomar en su anparo y guarda si os apartáis del mal y le servís con toda virtuosa obra y cunplida bondad». Y diziendo: «Quede el Señor con vos», demandó la unçión, y después que la recibió en esa hora, estando meneando los labios con oraçión al Señor sin esprimir lo que deçía, deçen-[fol. 262r]-dió un raio de claridad sobre su cara, viéndola algunas de las que estavan presentes, y ella avía gran plazer de lo que con sus ojos veía, y alçando las manos en alto, puestos los dedos en señal de cruz, durmió en el Señor. A diez días de enero año de mill y quatrocientos y veinte y seis años.
===Capítulo octavo===
[4]
Luego que espiró, fue llevado secretamente su cuerpo al dicho monesterio de Nuestra Señora de la Sisla y sepultado con grande honra cerca del altar maior, y esto fue hecho porque se esperava gran disensión entre los çibdadanos sobre el enterramiento del cuerpo y ansí fuera inpedido de llevar al dicho monesterio donde ella, quiriendo aun en su muerte huir la vanagloria, se mandó enterrar; que pudiera çierto ser sepultada dignamente y con grande reverençia en la iglesia maior de la dicha çibdad, açerca de su tío, el arçobispo don Álvaro.
Y para más loar s[u] esclarecida vida, podríamos contar algunas senales y dezir algunos miragros que parecieron en su muerte y fueron hechos por el tanimiento de su cuerpo, lo qual piadosamente creemos, pues personas [fol. 262v] relixiosas y dignas de toda fe, sin ninguna adulación dan testimonio dello, mas pues que hasta aquí esta santa Yglesia lo calla, somos por necesidad constrenidos a callar; una cosa sabemos de çierto que nos constrine a hablar, que fue su voluntad en la lei del Señor, pensando de día y de noche, en cuia boca no fue hallado engaño. Y por esto creemos firmemente que no recibió en vano su ánima, que fueron aquestas senales y miragros manifiestos a todos en la su historia que tiene el vulgo. Cosa digna fue y no de maravillar, amadas hermanas, que la Cibdad Real donde descendió la Reina de los Ángeles con tan gran muchedumbre de coros de vírgenes quedase con el fruto de aquesta virgen, que con santidad de vida entre las otras vírgenes la pudiese seguir y alabar. Y si queréis vos, sus hijas, alcanzar a loar a la Madre de Dios con aquellos espíritus bienaventurados con entrañas llenas de caridad, vos amonesto y con grande amor espiritual vos ruego que sigáis las pisadas de la madre y guardéis su dotrina y os acordéis de sus amonestaciones y sienpre la tengáis delante de buestros ojos por singular exenplo, examinando con diligençia lo que ya avéis oído y otras cosas que no basta mi lengua para recontar.
¡Quán [fol. 263r] suave fue su mansedunbre y quán marabillosa su honestidad y linpieza! Considerad su profunda humildad y quál fue su sinple prudentia llena de todo temor de Dios. Por las quales mereció Dios, siendo en su aiuda, venzer a los enemigos en tan grandes peleas con gran vitoria. Sobre todo, vos amonesto que, perseverantes en la santa religión, conviene que paséis por fuego y agua; conviene saber: por adversidades y tentaciones, por las quales, mereciendo ser dignas de la gloria, haziendo todas las cosas perfetamente, digáis aquello que el Salvador nos amonesta por San Lucas, a los diez y siete capítulos, diçiendo: «Quando hiziéredes todas las cosas que vos son mandadas, dezid: “¿Siervas somos sin provecho. Solamente hicimos lo que devíamos”», en tal manera que los bienes que con el aiuda y inspiratión del Spíritu Santo fazéis, no los perdáis delante de Dios por el loor de los honbres o con presunçión dañosa de dentro del corazón los hagáis sin provecho. De lo qual oíd aquella semejança del Salvador de las diez vírgenes, çinco prudentes y çinco locas, de las quales dize San Gregorio: «Todas se llaman vírgines, mas no todas son reçebidas dentro de la puerta en [fol. 263v] la bienaventurança, porque, como faltase el açeite a las vírgines sin seso, fueron a conprarlo; conviene saber, yendo a buscar el testimonio de sus buenas obras delante los honbres recibieron su galardón. Vino el Esposo y las que estavan aparejadas entraron con él a las bodas». De lo segundo, oíd lo que el apóstol las dize: «Pienso, hermanas, que no son dignas las pasiones deste mundo para alcanzar la gloria que esperamos, y otra vez el galardón del pecado es muerte, el de la graçia es vida para siempre, la qual a mí y a vos quiera de Jesucristo, Hijo de Dios, el qual sufrió por nós pasión, que con el Padre y Espíritu Santo vibe y reina, un Dios para sienpre jamás. Amén».
===Responso===
Madre nuestra mui hermosa, que menospreciaste todas las cosas prósperas del siglo y por no ensuçiar tu vida dejaste el mundo asconjiendo a solo Jesucristo, dístenos camino siguiendo a Nuestro Maestro. Abnegando a ti misma, venciste al Enemigo. Presa: Agora gozando de santa gloria ruega por nós, desterradas, por que después desta batalla seamos aiuntadas a la çibdad soberana. Verso: ¡O bienaventurada [fol.264r] virginidad que excede todas las virtudes, que pasando por fuego y agua es llevada a la gloria que jamás le será quitada! Pressa: Agora. Verso: Gloria sea al Padre y al Hijo y al Spíritu Santo. Responso: Madre nuestra. Verso: A esta escogió Dios así en sierva. Respuesta: Por que diese a nós flacas fuerzas. Oratión: Dios todopoderoso, que, con la grandeza de tu bondad, tu Santa Yglesia hordenas y rijes, y en nuestros tienpos para exenplo y fortaleza de la flaqueza femínea quisiste escoger a nuestra cibdadana Mari Garçía, virgen, para que fuese del cuento de las escogidas, devotamente te suplicamos oigas nuestras orationes y gemidos, y benignamente recibas la flaqueza de nuestros pequeños serviçios, y por los piadosos ruegos de aquesta santa madre y patrona nuestra piadosamente nos otorges que sienpre encedidas en tu santo amor, fijas para sienpre, permanezcamos en tu santo temor por que en el postrimero juicio al juez recibamos con lánparas adornadas de santas obras y nos lleve consigo a las bodas çelestiales el verdadero Esposo de las vírgines, Jesucristo tu Hijo, Nuestro Señor, el qual contigo y con el Spíritu Santo vibe y reina un Dios para sienpre jamás. Amén.
Finis: Fray Bonifacio de Chinchón[5]
[3] Apostilla marginal: «que ahora se llama de San Pablo».
[4] Tachado: dézimo.
[5] Rubrica