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Mandáronla a la santa que se acostase y, cubierta honestamente con una sábana, abrieron por la parte del costado cuanto fue bastante para ver la circunferencia de la llaga y buena parte del pecho. Halláronse presentes estos cuatro varones, y la hermana mayor con la patrona de la casa, y todas seis personas vieron atentamente el costado herido y abierto, y lo tocaron con sus manos, estando la llaga tan viva y tan reciente que salía della sangre purísima, y el propio capellán mayor sacó con sus mismos dedos gran copia de hilas llenas de sangre. Advirtieron que aquella herida no se había podido hacer humanamente. Acordaron que el notario diese testimonio dello. Y porque este se guarda original en el archivo del Convento de la Sisla, de Toledo, me pareció ponerle aquí ad verbum, por ser tan notable el caso. Dice desta manera:
“Decente e cosa convenible es escribir por memoria las buenas obras e vidas de las personas que nos precedieron, porque podamos por los buenos ejemplos de aquellos obrar siempre bien, e nos esforcemos a apartar siempre del mal. Cosa cierta es que si lo precioso no fuese apartado de lo no tal, la concupiscencia local, no bastante de se temperar, sería demergida por curso muy ligero en un oscuro tragamiento. Por tanto, yo, Gracián de Berlanga, capellán de la serenísima Reina doña Isabel, nuestra señora, notario apostólico e arzobispal, afirmo e doy fe, que el año de la Natividad de Nuestro Redemptor e Salvador Jesucristo, de mil cuatrocientos y ochenta y cuatro, en diecinueve de noviembre, casi seis horas después de mediodía, por ruego e instancia de Juan de Biezma, rector de la casa Casa de doña María García, entré en la dicha casa, para que notase lo que viese, y ansí notado lo guardase. Después pasados algunos días, aunque no muchos, quise demostrar lo que había visto al Reverendo, padre prior de la Sisla, fray Juan de Corrales, considerando aquel dicho del Eclesiástico, en el capítulo 41: ‘Que provecho hay en el tesoro escondido, etc.’ El cual dicho señor muchas veces me mandó que aquello que había visto que se lo diese por escrito; mas yo, por entonces, no pude satisfacer a su voluntad por muchos negocios que me cercaban e a ello no me daban lugar; aunque allende de lo tener escrito en el corazón lo tenía en mi protocolo hasta diez días de noviembre del año del Señor de mil cuatrocientos ochenta y seis. Y es, que, el dicho Juan de Biezma me metió en un palacio de la dicha casa, en el cual estaban los reverendos señores don [476] Pedro de Prejano, deán de Toledo, e don Diego de Villaminaya, capellán mayor en el coro de la santa iglesia de Toledo, e dos o tres religiosas de la dicha casa, e viendo en una cama que en aquel palacio estaba una doncella que verdaderamente parecía bulto de ángel, y tenía una llaga en el costado donde Nuestro Señor Jesucristo fue herido tan grande como un real, e no tenía hinchazón y carecía de toda putrefacción: tenía un color muy fino, ansí como grana, e después que todos lo hubimos mirado, a poco de rato habló aquella doncella estas palabras: ‘Dios Nuestro Señor os lo demande si no pusiereis aquello en ejecución’. Y ansí, espantado, me aparté de allí, e me torné a salir; en fe de lo cual lo signé y firmé de mi nombre que fue fecha en Toledo, año, mes, día quibus supra. Gratianus, notarius apostolicus”.
Cosas son estas ocultas y divinas; yo confieso que no sé qué decirme a ellas, aunque no faltan ejemplos harto parecidos a este en los Profetas del Viejo Testamento a quien Dios de hecho mandó profetizar y decir con sus mismas penas las cosas que quería reprender a su pueblo, y los castigos que por sus culpas quería darles. Mas esto es para otro lugar, que excede los lindes de historiador.
El mismo año de mil y cuatrocientos y ochenta y seis, murió el cura o capellán de aquella casa, que se llamaba Juan de Viedma que, como dijimos, había confesado muchas veces a esta santa. El día de San Francisco sintió que estaba junto della un bulto que le ponía gran temor; quiso levantarse de donde estaba acostada y la sombra le habló y dijo: “Esforzad y no hayáis temor, ni os vais de aquí; y por la caridad del Señor os plega de oírme, porque seis noches ha que ando aquí penando, y por sentiros con tan grande desfallecimiento y no daros pena no me he osado descubrir. Pídoos perdón de muchos enojos que os di, y de aquella carta que os escribí, que fue causa de daros mucha pena y turbación en pago de las santas amonestaciones que me hicisteis, y de los buenos consejos que no supe recebir para el gobierno desta casa, y yo los despreciaba con altivez y atrevimiento, sin mirar que, como sierva de Dios, me decíades de parte d'Él lo que tanto me importaba; y también os pedí algunas veces, con gran soberbia, que mandásedes señales a Dios, y puso el Señor en mis manos lo que no eran dignos de ver mis ojos. Por esto, os digo que os esforcéis mucho y no dejéis de manifestar al Cardenal lo que os fue mandado que le dijeses, ni temáis trabajos temporales, ni el ser conocida, porque si no lo hiciéredes, seréis azotada del Señor rigurosamente, y porque no penséis que soy alguna ilusión o fantasma engañoso, sabed que yo soy el cura y capellán desta casa, que sabéis cuán poco ha que pasé desta vida, y os ruego digáis al padre prior de la Sisla, y a la hermana mayor que, por amor del Señor, me perdonen en cualquier suerte que los haya ofendido, y también tengan por bien perdonarme seis mil maravedís, que soy en cargo a esta casa, y un libro que vendí, y que me hagan decir cincuenta misas de limosna, y vos, rogad por mí, porque el Señor me saque desta pena. Dicho esto desapareció, y la santa quedó suspensa, y casi sin habla. Estuvo ansí cuatro horas poco menos, y después puso diligencia en que se cumpliese todo lo que le pidió, rogando a Nuestro Señor por su alma con ferviente corazón.
El día que murió el capellán mayor de la Iglesia de Toledo, don Diego de Villamiñaya, de quien he hecho memoria por veces, estaba toda la ciudad de Toledo muy triste por la falta que les hacía un hombre tan pío y limosnero, padre de todos. Gastaba cuanto tenía con pobres y huérfanas, y favorecía todas las casas de piedad y religión; y a la casa Casa de doña María García le cabía desta pérdida mucha parte por las continuas buenas obras espirituales y corporales que d'él recebían, porque era como un patrón y protector de toda aquella santa congregación.
Murió entre las diez y las once del día, al punto que estas siervas de Dios y la santa, María de Ajofrín, estaban en la misa. Cuando comenzaron a hacer clamor en la iglesia mayor, fue arrobada en espíritu la santa, y vio cómo San Juan Bautista y el sagrado dotor, nuestro padre [486] San Jerónimo, y Santa Catalina, llevaron el ánima del capellán mayor a juicio delante de la Divina Majestad, donde tenía su trono en un hermoso campo, lleno de frescura y gloria, donde había infinitas almas, dando loores al mismo Señor. Allí vio cómo fue acusado delante del juez de un cargo que tenía a un difunto que le había dejado por su testamentario, y no había cumplido su testamento. Respondió al cargo que él dejaba ordenado en su testamento que aquella obligación se cumpliese, y luego el juez soberano dio por sentencia que su ánima fuese detenida en aquel mismo lugar, y no entrase en la Gloria hasta que fuese cumplida y satisfecha la manda. Como la santa oyese esto, quedó como fuera de sí, llena de dolor mezclado con alegría porque, aunque estaba detenida aquel alma de no ver a Dios, estaba al fin con tanta seguridad de su bienaventuranza. No osó descubrir a ninguno esto, sino solo al prior, que le tenía mandado no le encubriese nada. Informose él mismo si quedaba esta manda en el testamento, halló ser ansí, y puso gran diligencia en que se cumpliese con presteza, cosa de que esta santa ninguna noticia tenía, sino que el Señor fue servido manifestárselo para el bien de aquel alma.