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=Vida impresa=
Ed. [http://visionarias.es/equipo/lara-marchante-fuente/ Lara Marchante Fuente]; fecha de edición: septiembre de 2017; fecha de modificación: septiembre de 2020.
==Fuente==
Esto he dicho antes de entrar en la vida desta santa, que sin duda me hace gran admiración. Diré con la mayor fidelidad que pudiere lo que ya otros han publicado, y lo que en un cuaderno antiguo de mano he hallado, que en sustancia todo es uno. El original de todo, o la mayor parte, fue el padre fray Juan de Corrales, religioso desta Orden, profeso y prior de la Sisla de Toledo, hombre docto y gran fraile, y que confesó a esta santa casi todo el tiempo en que Nuestro Señor la hacía las mercedes que diremos; y ansí dice en la última cláusula del Prólogo que hizo en la relación de su vida desta suerte: “Yo, el muy indigno siervo de los siervos de Dios, fray Juan de Corrales, prior de la Sisla de Toledo, recontaré a honra y gloria del soberano Rey Dios, Nuestro Señor, las maravillas y secretos que por mis ojos vi, y por mis manos traté, y oí a personas dignas de fe y de gran memoria, las cuales Nuestro Señor quiso poner y demostrar en una pobrecilla sierva suya, llamada María de Ajofrín, virgen y santa, en el Monasterio y Casa de doña [[María García]], en la ciudad de Toledo”.
Ajofrín es una villa junto a Toledo; vivía allí un varón honrado, llamado Pero Martín Maestro, con su mujer, Marina García, temerosos de Dios, de vida honesta, abundantes de bienes temporales. Entre otros hijos, tuvieron una hija que llamaron María, de gran hermosura en el cuerpo, y tanto mayor en el alma que luego, desde sus primeros años, se le conoció la quería Dios para su esposa. Apenas sabía hablar, ni decir las cosas por su nombre, ya sabía rezar y poner las manos delante de las imaginesimágines, y hacer otras santas niñerías, regalo entonces singular de sus devotos padres, que se regocijaban en las almas, viendo los tempranos y santos ensayos de aquel angélico.
Como fue creciendo, comenzaron muchos a amarla y desearla, y ansí se levantaba muchas veces plática, entre sus padres y otros del pueblo, de su casamiento. Como la santa estaba prevenida de otro más divino amante y tenía puesto en su voluntad, entendiendo los rumores y tratos tan anticipados de sus casamientos, con un impulso divino la doncella santa hizo, siendo de trece años, voto de virginidad y de entrar en religión, que ya este principio y acto tan heroico descubre y promete mucho. Tratábanse los casamientos de cada día con más calor; los padres y hermanos la daban prisa, [467] y los parientes, todos la importunaban.
Estaba una niña de una mujer vecina allí muy mala: muriose el día de la Concepción de Nuestra Señora, y la santa, cuando lo supo, condolida de su madre, que la quería mucho, envió que pusiesen aquella carta encima del cuerpo de la niña. Pusiéronla y resucitó después de haber pasado siete horas que era muerta. Otra mujer tenía un pecho abierto y muy lastimado, que se le iba cancerando; pusiéronle en el la carta, y al punto fue sana.
Un c1érigo clérigo principal de Toledo, a cuyas manos vino después la carta, fue a Santiago de Galicia en romería: llevábala con mucha fe y devoción en su pecho. Pasando cierto brazo de mar, cayó del barco en el agua, mojose cuanto llevaba hasta la camisa. Escapó con la vida y la carta salió enjuta, porque debía de estar escrita al olio de la caridad de Dios.
Ya la santa, entre sus hermanas, era conocida por cosa muy excelente, y con las muchas veces que la habían visto fuera y enajenada de sus sentidos conocían, aunque ella lo disimulaba y encubría, que Nuestro Señor le hacía grandes mercedes, y el discurso de su vida daba buen testimonio de todo. Prevínola Nuestro Señor y diole aviso que el día de Todos Santos quería comunicarle sus secretos y misterios, y hacerla particionera de los dolores de su Pasión. Parece ser esto ansí, porque ella misma le dijo a la priora, que entonces no llamaba más de hermana mayor, que en el punto que acabase de comulgar el día de Todos Santos, e llevase antes que fuese arrobada en espíritu y pusiese en algún aposento de la casa, donde no la viese nadie.
Acertó una vez que tenía la toca mal puesta y la hermana mayor quiso aderezársela; metió la mano por el cuello y las espaldas, hallola tan lastimada y magullada la carne, que, entendiendo ella se había puesto así disciplinándose, la reprendió mucho por hacer aquello con tanto exceso; la sierva de Dios confesó la verdad del caso, de que quedó maravillada, confirmándose ser así, porque sin mostrarse por de fuera señal alguna, tenía todo el cuerpo parejo de la misma suerte magullado, cosa que no se podía hacer con azotes de manos humanas.
Cuando estuvo la primera vez transportada por espacio de cuarenta horas, y recibió la llaga del costado, dijo la sierva de Dios que la llevaron por el purgatorio, donde vio penas y tormentos terribles, que no se pueden explicar con nuestra lengua, donde no se oían sino lloros, gemidos, gritos y alaridos temerosos, y figuras de animales extraños, fieros, espantosos, jamás vistos ni imaginados en la Tierra, y que con sola su vista bastaría a quitar la vida al más valiente. Dijo que vio muchas diferencias y maneras extrañas de gusanos, y estaba todo el suelo tan lleno de1los que apenas había dónde asentar el pie. Entre otros, vio uno del tamaño de una cuarta de vara, y de anchura de tres o cuatro dedos, cubierto de unas conchas de fuego y unas uñas fuertes y agudas; deste gusano preguntó la santa al ángel que la iba guiando qué era, y la respondió que aquel gusano era el que llaman de la concien- [478] cia, que está oyendo el alma del cuitado pecador antes y después que acometa el mal, y después que el hombre muere es lo que más le atormenta, viéndose sin remedio y que estuvo tan en su mano no hacer el mal que la conciencia decía que no hiciese. L1egábase Llegábase uno de aquellos gusanos, abierta la boca. y quiso morderla en el pie, si no se lo
estorbara el ángel, y solo permitió que le tocase en lo bajo del dedo meñique: llegole con una uña y sacole un pedazo de la carne con excesivo dolor.
Pasando más adelante por aquel lugar del purgatorio, vio un c1érigo clérigo que aún era vivo, cura de una iglesia a quien ella conocía, en una pena de gran aflicción. Tenía ceñida por el cuerpo una fiera serpiente de dos cabezas: con la una boca le roía el espinazo y con la otra el estómago; y junto d’él, un dragón espantoso, que tenía encima del lomo una esportilla, y en ella un niño que daba grandes gritos, demandando justicia al Señor de la pena que sufría y había de sufrir para siempre de no ver a Dios, por la culpa de aquel c1érigoclérigo. Preguntó esta santa al que la guiaba qué era aquello, y respondiole que aquel niño no fue bautizado por culpa de aquel c1érigoclérigo, que era su cura, y demanda a Dios justicia de un mal tan irreparable. Espantase mucho la sierva de Dios desto, y hizo oración por él, y sucedió que, estando él diciendo misa de allí a ocho días, en acabando de alzar, fue esta virgen robada en espíritu, y vio que aquel cuitado cura tenía ceñida al cuerpo una serpiente con tres cabezas: una le comía el corazón, la otra la lengua y la otra las espaldas, y el niño daba gritos delante d’él, y decía: “Por su causa no veo a Dios; por ti no recebí el agua del bautismo; por ti me quedé hijo de Adam y no llegué a tan gran bien como ser hijo de Dios, y no alcanzarás jamás perdón de tan grande cargo”.
De allí a poco más de a tres días, esta santa llamó al cura y le dijo todo lo que había visto, de que quedó el pobre hombre tan espantado que perdió el habla por más de media hora. Cuando ella le vio tan derribado, esforzole lo mejor que pudo, animándole a que hiciese penitencia. Él le dijo que se maravillaba mucho cómo había entendido cosas tan secretas, porque junto con aquello le había amonestado se enmendase de otros pecados muy graves en que ofendía mucho a Nuestro Señor. Conociolo él todo, entendiendo que Dios le había revelado a su sierva el estado de su alma. Después descubrió este sacerdote a la santa que, estando otro día diciendo misa, cuando volvió la hoja del canon vio en ella cinco gotas de sangre, y fue caso cierto que él murió de allí a cinco años, día de San Miguel. Rogó ella al Señor con gran afecto por el ánima de aquel clérigo y dos días antes de la fiesta de San Francisco, estando sola la santa, tuvo grande miedo, pareciéndole que estaba junto a ella un bulto grande y no sabía qué era, y el día del mismo santo, antes de amanecer, se le representó muy espantable y le dijo cosas extrañas, que habían pasado entre él y otra persona en secreto. Todo esto parece que eran tristes señales de su salvación y que hubo falta de verdadera penitencia: negocios secretos que se quedan para Dios.
Echó la carta en una arquilla que tenía. Volvió la escribana otro día para trasladarla, y al tiempo que la sacaron del arca, la hallaron sana, y la envió con el mismo padre fray Juan de Corrales. Recibió esta carta el Cardenal, aunque no supo lo que con ella había pasado, y respondiole desta manera:
“Devota y muy amada hermana:
Estaba esta sierva de Dios otra vez comunicando con otro religioso de esta Orden, de gran ejemplo (aunque estas hablas eran muy raras y las más breves que ella podía, y solo con personas graves), y vino a decirle cómo conocía él un religioso de santísima vida, a quien Nuestro Señor hacía muchas mercedes, por la gran pu- [491] reza de su alma. Preguntole ella quién era y cómo se llamaba, el religioso no se lo quiso decir porque el otro le había rogado que, en tanto que él viviese, ni descubriese cosa suya a hijo de hombre. Entonces ella le dijo: “Pues, padre, bien se yo cómo se llama y quién es: lllamase ansí (y nombrole), tiene mucha parte con el Señor, por ser verdadero religioso, y tiene un alma muy puesta en lo que toca al servicio de Dios y de los hermanos”. Maravillose de oírle esto, preguntole cómo lo sabía, y díjole que Nuestro Señor se lo había revelado allí, porque él no se lo quiso decir.
Estando otra vez elevada en espíritu, vio cómo sacaban el Santo Sacramento de la iglesia mayor, con grande acompañamiento, para comulgar a un enfermo, y llegose a ella un mancebo vestido de ropas blancas y en un caballo blanco, y díjole con palabras airadas: “Corre, ve y di a los c1érigos clérigos que se tornen con el Sacramento a la iglesia, porque aquel enfermo a quien se le llevan es hereje”. Fue ella y díjolo a uno de aquellos que ella conocía, y respondiole él: “Calla, no oses decir tal cosa que nos matarán a todos”. El del caballo blanco se llegó y le dijo: “No tengas miedo y di en todo caso se torne el Santo Sacramento a la iglesia, porque aquel hombre es un pernicioso hereje”; y vuelto a la santa le dijo: “En señal que lo que te digo es verdad, verás hoy en la misa destilar sangre de la Hostia”; y los que llevaban el Santo Sacramento se tornaron a la iglesia, y ella vio después, estando oyendo misa, la Hostia llena de sangre cuando la levantaba el sacerdote, para que la adorase el pueblo; esto pasó todo en espíritu.
Estaba esta santa una vez rezando en el oratorio y tenía allí dos librillos por donde leía algunas devociones, y rogole a una hermana que le trajese la imagen de un niño Jesús que estaba en el altar de Nuestra Señora. Tenía el niño una ropita larga que le habían hecho las religiosas. Trajósele y tomole ella con grandísima devoción; púsole encima del libro, y allí le estaba adorando con grandísima ternura, derramando gran copia de lágrimas a sus pies. Fue la santa a cabo de un grande rato a alcanzar la ropilla para besarle los pies y el Niño alzó el pie como si fuera vivo, para que pudiese besárselo; besósele ella con grandísima ternura y quedose el pie ansí alto, que jamás se tornó a bajar, cosa que la vieron todas las religiosas con grande admiración, aunque como prudentes jamás quisieron mostrarlo a nadie, porque no las juzgasen por vanas y fáciles en estas cosas. Tenía esta sierva de Dios una postema en uno de los ojos, que le daba notable pena. Puso el pie que levantó el Niño encima d’él y, al punto, se abrió y fue sana a vista de todo aquel convento de religiosas.