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María de Ajofrín

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Vida impresa (3)
Como fue creciendo, comenzaron muchos a amarla y desearla, y ansí se levantaba muchas veces plática, entre sus padres y otros del pueblo, de su casamiento. Como la santa estaba prevenida de otro más divino amante y tenía puesto en su voluntad, entendiendo los rumores y tratos tan anticipados de sus casamientos, con un impulso divino la doncella santa hizo, siendo de trece años, voto de virginidad y de entrar en religión, que ya este principio y acto tan heroico descubre y promete mucho. Tratábanse los casamientos de cada día con más calor; los padres y hermanos la daban prisa, [467] y los parientes, todos la importunaban.
 
Resistió a todos varonilmente, declarando sus votos y sus deseos, cosa que lastimó mucho a sus padres, y sobre esto padeció y sufrió por el amor de tal Esposo, grandes encuentros, palabras y aun obras pesadas, porque todos eran contra ella. Al fin pudo tanto que su padre, aburrido, enojado y lastimado en el alma, importunado della, la sacó de su casa, siendo ya de quince años, vínose a Toledo con ella, sin saber adónde había de parar, ni donde había de sacrificar una hija tan querida. Entró en la iglesia mayor, rezaron allí entrambos.
“Ven conmigo, que te envía a llamar la Reina”. Estaba a aquella sazón la Reina, doña Isabel, en Toledo, y como entonces salían estas religiosas de casa, con compañía honesta, entendió que la Reina la enviaba a llamar, y rehusaba de ir a allá. El varón le tornó a decir: “Ven hija, que te llama la Reina del Cielo”.
 
Entonces, se fue con él, y hallose en una iglesia, fuera de la ciudad, donde vio a Nuestra Señora con su hijo en los brazos. Púsose de rodillas, delante della, y aquel hombre anciano que la había llevado llegó y púsole un paño de seda en las manos, y la santa Reina le puso luego a su hijo encima, y mandando a otro hombre, de menos edad, que la acompañase junto con el otro que la había llevado allí, le dijo la Señora del Cielo: “Ve con mi Hijo donde fueren estos dos varones”.
El que llevaba el vestido colorado iba como por guía, delante, como buscando posada. Entraron por la ciudad, y llamaban a las puertas que estaban cerradas, diciendo: [469] “Abrid, que viene el Señor a vuestra casa”, y ninguno quería abrirles. Y si algunos tenían las puertas abiertas, acudían de prisa a cerrarlas, respondiendo unos y otros que pasasen de largo, porque estaban embarazados y no había posada. Anduvieron desta suerte poco menos toda la ciudad, sin hallar donde los acogiesen. Tornáronse por donde habían ido, encontraron en el camino con dos mujeres caballeras en dos asnillos ''[41]'', que las acompañaban dos clérigos, y estos les dijeron: “Nosotros os acogiéramos si no fuéramos deprisa, mas en tanto que volvemos, recogeos en ese establo”.
Ansí, se tornaron al templo donde la Virgen estaba, y tornando a recebir a su hijo de la mano de su sierva, le dijo: “Llegado es el tiempo en que es tan menospreciado el Hijo de Dios, y ansí también se ha llegado el tiempo en que Él herirá por su ángel: a unos, con duros azotes, a otros, con espada aguda, y a otros, con fuego. Mas, ¡ay de los perlados de la iglesia, a quien el Señor hizo pastores de su grey, y de las almas que compró tan caras, que traen vestidos de ovejas y corderos y son dentro lobos rabiosos robadores, que no tratan sino de beber la sangre de los súbditos! Procuran con toda su ansia honras y dignidades, no para servir con ellas a Jesucristo, mas para sus gustos y deleites”.
===CAPÍTULO XLV===
''[52]'' '''Prosíguese la vida de la santa virgen María de Ajofrín, y las cosas admirables que Nuestro Señor obró en ella'''
El mismo año luego adelante, día que se celebra en Toledo, y agora en toda España, el Vencimiento de la Cruz, quedándose en oración después de Maitines, cuando ya quería romper el alba, estando postrada delante del altar y roba- [471] da en espíritu, le apareció Nuestro Señor, llegose a ella y la mandó levantar; vio que venía cubierto con una alba o sobrepelliz y una estola al cuello, y por las piernas abajo le corría mucha sangre, y díjole ansí: “Como me ves, corriendo sangre, ando por las iglesias desta ciudad, desde esta hora hasta que tañen a la plegaria de a medio día”, y dicho esto, desapareció. Considerando la santa estas cosas, hacía con ardientes suspiros oración a Nuestro Señor por el estado de los sacerdotes, entendiendo cuánto le ofendía el descuido de sus vidas.
Desaparecida la visión y vuelta en sí, hallose sana. Díjolo todo a su confesor, y como hombre prudente se detuvo, y, aunque no se mostró tan duro ni tan incrédulo como la primera vez, le dijo: “Cuando yo diese entero crédito a esas cosas, ¿cómo lo creerán, (decidme, hermana) esas personas a quien queréis que se diga? Menester es, a mi parecer, alguna seña o alguna manera de certeza, para que ni se rían de vos ni de mí, teniéndonos por livianos”.
Como oyó esto la santa, afligiose mucho y por entonces no le respondió nada, pensando de responderle en una carta y buscar quién se la escribiese. Pasando acaso por un lugar de la casa donde estaba una ventanilla, vio en ella un pliego de papel y tomolo. Metiose en un sotanillo obscuro donde algunas veces ponían leña. Sentose ''[93]'' allí con harto deseo de hallar quién la escribiese su carta, porque ella no sabía, ni en su vida tomó pluma en la mano. Estando desta suerte, sin saber qué hacerse, vio que súbitamente resplandecía el papel y, sin saber quién ni cómo, [472] sintía que le tomaron la mano y se la meneaban como para escribir; y escribió dos cartas: la una para su confesor, que a esta sazón era el cura o capellán de aquella casa, que se llamaba Juan de Velma ''[74]'', y la otra para el deán y para el capellán mayor de la iglesia. Escritas las cartas, desapareció la claridad, plegolas y púsoselas en la manga. Fue luego a hacer los oficios y ministerios en que andaba siempre como monja humilde ocupada, barrer, fregar y otras haciendas semejantes. Sacando agua de una tinaja para llenar una caldera, cayósele la una de las cartas dentro y detúvose en el aire antes de llegar al agua. También parecerá esto menudencia y cosa de aire a los censores rígidos, sin acordarse que también fue menudencia que la cuchilla del hacha que se le cayó al discípulo de Eliseo en el agua vino nadando a enastarse en el palo que tenía en la mano el Profeta.
Vino una destas cartas a manos del capellán mayor de Toledo y probó muchas veces la virtud que tenía dentro, porque la puso sobre algunos enfermos harto lastimados y tuvieron luego salud.
Estaba una niña de una mujer vecina allí muy mala: muriose el día de la Concepción de Nuestra Señora, y la santa, cuando lo supo, condolida de su madre, que la quería mucho, envió que pusiesen aquella carta encima del cuerpo de la niña. Pusiéronla y resucitó después de haber pasado siete horas que era muerta. Otra mujer tenía un pecho abierto y muy lastimado, que se le iba cancerando; pusiéronle en el la carta, y al punto fue sana.
 
Un clérigo principal de Toledo, a cuyas manos vino después la carta, fue a Santiago de Galicia en romería: llevábala con mucha fe y devoción en su pecho. Pasando cierto brazo de mar, cayó del barco en el agua, mojose cuanto llevaba hasta la camisa. Escapó con la vida y la carta salió enjuta, porque debía de estar escrita al olio de la caridad de Dios.
Ya la santa, entre sus hermanas, era conocida por cosa muy excelente, y con las muchas veces que la habían visto fuera y enajenada de sus sentidos conocían, aunque ella lo disimulaba y encubría, que Nuestro Señor le hacía grandes mercedes, y el discurso de su vida daba buen testimonio de todo. Prevínola Nuestro Señor y diole aviso que el día de Todos Santos quería comunicarle sus secretos y misterios, y hacerla particionera de los dolores de su Pasión. Parece ser esto ansí, porque ella misma le dijo a la priora, que entonces no llamaba más de hermana mayor, que en el punto que acabase de comulgar el día de Todos Santos, e llevase antes que fuese arrobada en espíritu y pusiese en algún aposento de la casa, donde no la viese nadie.
 
Fue el caso que en el punto que recebió el cuerpo de Nuestro Señor, antes de padecer el arrobamiento de lo que allí se le reveló, luego fueron tantos los gemidos y sollozos, y tan fuertes los golpes del corazón que dentro sentía que, que sin duda, fue milagro no espirar en aquel instante. Puso tanta fuerza y estribo tan fuertemente para callar y no dar gritos, diciendo lo que sentía, y aquel fuego y hervor del alma encendió y subió la sangre con tanto calor y ímpetu a la cabeza que vino a reventar por la frente y por las sienes, y se le vio una cuchillada en ella, como si se la cruzaran y abrieran con una navaja. Estuvo ansí muchos días abierta y la vieron muchas personas, y lo que de todo punto excede a cuanto podemos imaginar es que por el resto y cerco del celebro se le cortó el casco de tal suerte que, quedando por defuera sano el pellejo, se sentía la división con los dedos, y lo tentaron diversas personas; la cuchillada que era más visible se estuvo ansí muchos días, sin recebir beneficio ni medicina ninguna. Sintió desto tan extremado dolor que fue milagro no morir y, de hecho, de suyo la llaga y rotura era mortal, sino que el mismo que la heriría la sustentaba, para mostrar en ella la grandeza de sus maravillas.
Acabando de decir esto, se sintió luego herida y con tan gran dolor en el corazón que no se puede explicar, y en él una llaga tan grande que a lo que se veía por de fuera podía caber por la cuchillada la cabeza de un grande dedo pulgar. Mostrase abierta esta llaga veinte días enteros, y los viernes corría sangre en más cantidad que los otros días; y aunque le ponía algunos paños para restañarla no bastaba, porque corría hasta los pies. Viose ser hecha esta herida sobrenaturalmente, porque ni nunca se enconó, ni se mudó la carne circunstante, ni hizo materia, ni mostro género de corrupción alguna, aunque estuvo tantos días abierta, ni se le hizo género de remedio, ni aplicó alguna medicina. La sangre era tan limpia que parecía como de un palomino. Poníanle cantidad de paños, remudándolos; todos quedaban hechos sangre.
Quiso al principio la sierva de Dios esconderla, y hizo las diligencias que pudo, mas fuele dicho que la manifestase a sus superioras, a la patrona, y a la que llamaban hermana mayor. Mostró los paños sangrientos aunque con harta vergüenza; maravilláronse de caso tan [475] extraño. Espantadas ello y de la llaga, enviaron a llamar luego al confesor. Él, como prudente, puso todo el silencio que pudo a todas las hermanas, y recelándose no fuese esto alguna ilusión diabólica o otro fruncimiento humano, procuró informarse de todo el suceso. Vio la llaga, y quedó suspenso y como atónito; fuese a dar parte del caso al deán de Toledo, hombre de letras y prudencia, y al capellán mayor, don Diego de Villaminaya ''[85]''. Parecioles que no se divulgase el caso hasta que se diese bastante testimonio y se averiguase con la mayor certeza que fuese posible. Acordaron los tres, el deán y el capellán mayor y el cura o capellán, de llevar consigo un notario, persona de confianza, y fueron todos cuatro al monasterio. Hablaron con la hermana mayor, diciendo era menester que certificarse del caso, y que se hiciese aquello de manera que constase con mucha firmeza.
Mandáronla a la santa que se acostase y, cubierta honestamente con una sábana, abrieron por la parte del costado cuanto fue bastante para ver la circunferencia de la llaga y buena parte del pecho. Halláronse presentes estos cuatro varones, y la hermana mayor con la patrona de la casa, y todas seis personas vieron atentamente el costado herido y abierto, y lo tocaron con sus manos, estando la llaga tan viva y tan reciente que salía della sangre purísima, y el propio capellán mayor sacó con sus mismos dedos gran copia de hilas llenas de sangre. Advirtieron que aquella herida no se había podido hacer humanamente. Acordaron que el notario diese testimonio dello. Y porque este se guarda original en el archivo del Convento de la Sisla, de Toledo, me pareció ponerle aquí ad verbum, por ser tan notable el caso. Dice desta manera:
Acertó una vez que tenía la toca mal puesta y la hermana mayor quiso aderezársela; metió la mano por el cuello y las espaldas, hallola tan lastimada y magullada la carne, que, entendiendo ella se había puesto así disciplinándose, la reprendió mucho por hacer aquello con tanto exceso; la sierva de Dios confesó la verdad del caso, de que quedó maravillada, confirmándose ser así, porque sin mostrarse por de fuera señal alguna, tenía todo el cuerpo parejo de la misma suerte magullado, cosa que no se podía hacer con azotes de manos humanas.
Cuando estuvo la primera vez transportada por espacio de cuarenta horas, y recibió la llaga del costado, dijo la sierva de Dios que la llevaron por el purgatorio, donde vio penas y tormentos terribles, que no se pueden explicar con nuestra lengua, donde no se oían sino lloros, gemidos, gritos y alaridos temerosos, y figuras de animales extraños, fieros, espantosos, jamás vistos ni imaginados en la Tierra, y que con sola su vista bastaría a quitar la vida al más valiente. Dijo que vio muchas diferencias y maneras extrañas de gusanos, y estaba todo el suelo tan lleno de1los que apenas había dónde asentar el pie. Entre otros, vio uno del tamaño de una cuarta de vara, y de anchura de tres o cuatro dedos, cubierto de unas conchas de fuego y unas uñas fuertes y agudas; deste gusano preguntó la santa al ángel que la iba guiando qué era, y la respondió que aquel gusano era el que llaman de la concien- [478] cia, que está oyendo el alma del cuitado pecador antes y después que acometa el mal, y después que el hombre muere es lo que más le atormenta, viéndose sin remedio y que estuvo tan en su mano no hacer el mal que la conciencia decía que no hiciese. Llegábase uno de aquellos gusanos, abierta la boca, y quiso morderla en el pie, si no se lo estorbara el ángel, y solo permitió que le tocase en lo bajo del dedo meñique: llegole con una uña y sacole un pedazo de la carne con excesivo dolor.
Pasando más adelante por aquel lugar del purgatorio, vio un clérigo que aún era vivo, cura de una iglesia a quien ella conocía, en una pena de gran aflicción. Tenía ceñida por el cuerpo una fiera serpiente de dos cabezas: con la una boca le roía el espinazo y con la otra el estómago; y junto d’él, un dragón espantoso, que tenía encima del lomo una esportilla, y en ella un niño que daba grandes gritos, demandando justicia al Señor de la pena que sufría y había de sufrir para siempre de no ver a Dios, por la culpa de aquel clérigo. Preguntó esta santa al que la guiaba qué era aquello, y respondiole que aquel niño no fue bautizado por culpa de aquel clérigo, que era su cura, y demanda a Dios justicia de un mal tan irreparable. Espantase mucho la sierva de Dios desto, y hizo oración por él, y sucedió que, estando él diciendo misa de allí a ocho días, en acabando de alzar, fue esta virgen robada en espíritu, y vio que aquel cuitado cura tenía ceñida al cuerpo una serpiente con tres cabezas: una le comía el corazón, la otra la lengua y la otra las espaldas, y el niño daba gritos delante d’él, y decía: “Por su causa no veo a Dios; por ti no recebí el agua del bautismo; por ti me quedé hijo de Adam y no llegué a tan gran bien como ser hijo de Dios, y no alcanzarás jamás perdón de tan grande cargo”.
Esta noche pasada, a las dos después de medianoche, tomé esta lectura que me dejastes y nunca la partí de mis ojos, hasta que capítulo por capítulo la pasé y leí toda, que en ella no quedó letra que no la leyese, y lo que más me maravilla es que ansí se me pegó al corazón que no dude della cosa alguna. Como quiera que soy tardío en dar crédito a estas revelaciones, y al cabo vi el testimonio del notario y la confirmación de los testigos, varones y mujeres, a quien toda fe debe dar y a cualquiera dellos yo la daría, aunque fuese solo, cuanto más a todos juntos, a los cuales yo conozco, excepto a la hermana mayor, que por tener el cargo que tiene está aprobada de suyo. Conozco bien al notario, que es hombre de bien, y digno de fe.
Maravíllome de tantas visiones en el cuerpo y en el espíritu, y maravíllome mucho más hallarse en mujer tanta dureza, en no querer decir lo que tantas veces vio y sintió, mayormente siéndole mandado por quien todo lo manda y rige, lo cual es señal de su grandísima humildad y del menosprecio que tiene de la gloria mundana. Por lo que a mí me toca, le dad vos padre por mí las gracias, y Dios Nuestro Señor se las dé, y la pena que padece le será en ciento doblada gloria; y si hay alguna cosa que yo pueda hacer por consolación suya, ofrécesela vos de mi parte muy enteramente, y recomendadme a ella, rogándole que me tenga encomendado en su oración, rogando a Nuestro Señor me deje acabar en su servicio y hacer en esta vida su voluntad”.
Recibió la sierva de Dios este recado del arzobispo y escribiole ella una carta; y sucedió que después de habérsela escrito una hermana, y notándola ella, queriéndola enjugar, porque no tenían salvados que echarle, llegáronla demasiado a la lumbre. Quemose parte della, de suerte que era necesario tornarla a escribir; la secretaria, que se llamaba Inés de San Nicolás, se afligió, porque la carta era larga. Díjole María de Ajofrín: “No se aflija hermana, vamos, que otro día se hará”.
Cuando volvió en sí la sierva de Dios de aquel trasportamiento, fuese muy alegre a ver la enferma y halló que dormía reposadamente; cuando despertó se sentía tan aliviada de su aprieto, que le pareció no tenía mal ninguno, y ansí fue porque luego estuvo buena. Y claro está que dirían los médicos que la enfermedad se había terminado bien y que, por la ayuda de los medicamentos que la habían aplicado, la naturaleza había vencido al mal, y no les iría a la mano la que con sus lágrimas le había alcanzado la salud, porque, como virgen prudente, callaba, que es de locas ir a buscar el olio de los loores vanos del mundo. Solo lo reveló a su [487] confesor, por la obediencia que le tenía puesta, de que hago muchas veces memoria, porque, si no fuera por ella, todo esto quedara sin saberse.
 
Estaba un hermano desta santa preso, harto apretadamente, con muchas prisiones. Rogaba a Dios por él y encomendó otras hermanas que le ayudasen también con sus oraciones, pidiendo a la Virgen santísima, delante de su imagen, que le librase de aquel aprieto. Apareció al preso la imagen misma de la Reina soberana, y quitole las cadenas y grillos de los pies, y díjole que, por las continuas oraciones de su hermana y de otras siervas de Dios de aquel monasterio, sería libre de aquella cárcel.
Estaba a esta sazón el general de la Orden haciendo Inquisición contra unos religiosos del linaje de los judíos que habían recebido allí el hábito, hombres perversos y que pretendían más dañar y engañar a otros que hacer ellos la vida que profesaban de fuera, siendo perniciosísimos judaizantes enemigos de Jesucristo y que burlaban desvergonzadamente de los sacramentos, en especial de la Eucaristía y la Penitencia. Y entre otros testigos que fueron preguntados en la causa, fue esta sierva de Dios uno, y leí yo en el proceso un dicho suyo en que descubrió cómo, estándose confesando una vez con uno destos, no permitió el Señor que fuese engañada y le descubrió la burla y el escarnio que aquel fraile judío estaba haciendo de su confesión, poniéndose a oírla de confesión en una postura tan deshonesta que sola ella bastara para quemarle mil veces.
 
Estaba esta sierva de Dios otra vez comunicando con otro religioso de esta Orden, de gran ejemplo (aunque estas hablas eran muy raras y las más breves que ella podía, y solo con personas graves), y vino a decirle cómo conocía él un religioso de santísima vida, a quien Nuestro Señor hacía muchas mercedes, por la gran pu- [491] reza de su alma. Preguntole ella quién era y cómo se llamaba, el religioso no se lo quiso decir porque el otro le había rogado que, en tanto que él viviese, ni descubriese cosa suya a hijo de hombre. Entonces ella le dijo: “Pues, padre, bien se yo cómo se llama y quién es: lllamase ansí (y nombrole), tiene mucha parte con el Señor, por ser verdadero religioso, y tiene un alma muy puesta en lo que toca al servicio de Dios y de los hermanos”. Maravillose de oírle esto, preguntole cómo lo sabía, y díjole que Nuestro Señor se lo había revelado allí, porque él no se lo quiso decir.
Estaba esta santa una vez rezando en el oratorio y tenía allí dos librillos por donde leía algunas devociones, y rogole a una hermana que le trajese la imagen de un niño Jesús que estaba en el altar de Nuestra Señora. Tenía el niño una ropita larga que le habían hecho las religiosas. Trajósele y tomole ella con grandísima devoción; púsole encima del libro, y allí le estaba adorando con grandísima ternura, derramando gran copia de lágrimas a sus pies. Fue la santa a cabo de un grande rato a alcanzar la ropilla para besarle los pies y el Niño alzó el pie como si fuera vivo, para que pudiese besárselo; besósele ella con grandísima ternura y quedose el pie ansí alto, que jamás se tornó a bajar, cosa que la vieron todas las religiosas con grande admiración, aunque como prudentes jamás quisieron mostrarlo a nadie, porque no las juzgasen por vanas y fáciles en estas cosas. Tenía esta sierva de Dios una postema en uno de los ojos, que le daba notable pena. Puso el pie que levantó el Niño encima d’él y, al punto, se abrió y fue sana a vista de todo aquel convento de religiosas.
 
El mes de julio de mil y cuatrocientos y ochenta y nueve entró la peste en la ciudad de Toledo. Fue herida una de las hermanas de aquel convento, que se llamaba Sancha Díez, sobrina del vicario de la Sisla de Toledo. Queríanla mucho las otras, y rogáronle a esta sierva de Dios que hiciese oración por ella a Nuestro Señor. Estaba a la sazón rezando en un libro, púsose luego en oración por ella, ansí como estaba sentada, y vio súbitamente una calavera de difunto encima del libro. Volviose a las hermanas y díjoles: “No os fatiguéis por su salud, el Señor quiere llevársela, veis aquí su calavera”. Y ansí fue, que de allí a muy poco murió.
Un canónigo de la Santa Iglesia, hombre espiritual y devoto, enfer- [492] mó gravemente; súpolo la santa y, entendiendo que era persona espiritual, hizo oración por él a Nuestro Señor, y enviole de secreto una granada con una mujer de la misma casa. Recibiola el canónigo con devoción, sabiendo quién se la enviaba comió della y, al punto, estuvo sano y bueno. Levantose y fue a hacer muchas gracias a Nuestro Señor, porque había oído las oraciones de su sierva y dándole salud.
 
Estaba otra vez esta santa, en la fiesta de Nuestra Señora de septiembre, enferma y padeciendo con larga paciencia sus continuas dolencias; tenía entonces una esquinencia o angina peligrosa en la garganta y, como vio que las otras hermanas iban al oficio divino, y se levantaban a Maitines y habían de comulgar a la misa, afligiose, viéndose privada de tantos bienes espirituales y que no podía acompañarlas en tan santas estaciones. Estando ansí con estas ansias en la cama, un poco antes que tañesen a Maitines sintió gran dolor y ansia en su corazón. Tañeron luego y ella, no pudiendo sufrirse, comenzó a hablar con la Santísima Virgen Madre, y díjole: “Virgen gloriosa, madre de mi Señor, amparo de los que te llaman y en ti esperan, no soy digna de estar en la compañía de mis hermanas, ni gozar de los Maitines, ni de comulgar con ellas, mas tú por tu misericordia usa conmigo de tus continuas misericordias”. En diciendo esto vino una claridad del Cielo sobre ella y, al punto, se sintió sana. Levantose y fuese a Maitines con las otras siervas de Dios, y comulgó otro día con ellas, con grande admiración de todas, sabiendo la hinchazón grande que tenía en la garganta.
'''La muerte de la santa María de Ajofrín. Y algunos de los muchos milagros que Nuestro Señor obró por ella después de su muerte'''
Llegó el tiempo deseado para esta santa en que Nuestro Señor quiso sacarla deste mundo y llevarla al descanso de su gloria porque, aunque recebía por una parte singulares y altos consuelos de [493] ''[107]'' la mano del Señor, por otra la afligía y labraba con muchas angustias y enfermedades, principalmente con el ansia de verle y gozarle sin enigmas y sin velo, que es la cosa que más aflige el alma de los que, en esta vida, han comenzado a gustar la suavidad de aquel siglo bienaventurado, como lo deseaba el Apóstol, porque el peso y la carga deste cuerpo es gran estorbo para aquellos puros y divinos sentimientos y alborozos del alma.
Cayó, pues, enferma el mes de julio, el año de mil y cuatrocientos y ochenta y nueve, cuando andaba en lo más vivo la peste en la ciudad de Toledo, aunque no le tocó a la santa, sino de otra enfermedad ordinaria se la llevó Dios, el sábado diecisiete del mismo mes, a las tres de la mañana, habiendo estado con la misma quietud que si estuviera durmiendo.
Enterráronla aquel mismo día, a hora de Vísperas, en el capítulo del Monasterio de la Sisla, porque, como dije en otra parte, se enterraron mucho tiempo las religiosas de San Pablo en el Monasterio de la Sisla. Al tiempo que falleció, se sintió en todo el convento un olor de gloria, y todas las hermanas afirmaron que era cosa tan extraordinaria que parecía estaban gozando las flores del Paraíso. Comenzó luego Nuestro Señor a sellar con infinidad de maravillas la santidad de su sierva, para que con ellas se entendiese que los avisos que, por medio della, había dado al pueblo y principalmente a los sacerdotes descuidados, eran verdaderos, de autoridad y importancia, y que para siempre se estimasen en mucho y tuviesen reverencia y devoción a la santa.
De muchos diré algunos en este capítulo, si pudiese con ellos despertar la tibieza desta religión a que tuviese en más sus cosas y procurase levantar la memoria desta santa y la de otros muchos que se han criado en el encerramiento de sus claustros, que con tanta razón pudieran ponerse en los calendarios de toda la iglesia.
Luego como pasó desta vida a la eterna esta santa, adolecía un canónigo de Toledo con unas fiebres continuas, que poco a poco le iban consumiendo; los médicos hacían sus diligencias (que muchas veces valdría más que no las hiciesen): sangráronle y diéronle una y otra purga. Vino al fin a términos que le querían dar la Extremaunción, porque no se terminaba la dolencia, ni daba señal alguna de salud. Él, viéndose en este extremo y deseando guardarse para otra vez, deseando más tiempo para hacer penitencia, envió por todos los monasterios que le dijesen misas y le encomendasen a Dios.
 
Tenía noticia de la santidad y vida de María de Ajofrín, cómo Nuestro Señor había hecho por ella, aún viviendo, muchos milagros. Envió a la Sisla de Toledo a los religiosos que le encomendasen muy de veras a aquella sierva de Dios que tenían en su compañía. Hiciéronlo y aquella noche le apareció la santa, prometiéndole sanidad y amonestándole que de allí adelante pusiese mucho cuidado en mejorar la vida. Cuando despertó, pareciole que se sentía muy aliviado, entendió que aquello no había sido sueño, sino veras.
 
Entraron a la mañana los médicos y los de su casa para darle cierta bebida con que descargase algo la malicia de la fiebre. No quiso tomarla, diciendo que él se sentía sin necesidad y que le diesen de comer, porque no era día de los que los médicos llaman críticos para tan notable mudanza. Comió con buen semblante y gana: levantose luego y envió a la Sisla, en reconocimiento de la me- [494] dicina que de allí le había venido, un cirio grande y una cabeza de cera, para que la colgasen delante la sepultura de la santa, y luego, de allí a poco, vino él y dijo misa en hacimiento de gracias.
Estaba la tierra muy necesitada de agua, pidieron a Nuestro Señor, por la intercesión de su sierva, tuviese por bien socorrerlos, porque los panes se iban ya a perder, y luego llovió en gran abundancia, entendiendo todos que, por los méritos desta santa, Nuestro Señor se apiadaba dellos. Tuvieron el cuerpo sin enterrar en la iglesia trece días, porque era tanto el concurso de la gente y los que venían atraídos de la devoción que pareció así justo para cumplir con ella.
 
Obró también allí el Señor muchas maravillas por su santa. El Conde de Oropesa envió a su hija y a su hijo para que velasen en la iglesia al sepulcro desta santa, y los criados que venían con ellos afirmaron que entrambos habían estado muy enfermos, que la hija había llegado al punto de la muerte; teniéndola ya sus padres por muerta, la encomendaron con mucha devoción a esta santa, y a entrambos les dio salud. Ofrecieron una imagen de plata, y una palia rica para el altar, una cruz bordada muy rica, y tres imágenes de cera, en testimonio y gratitud del beneficio recebido.
=== Notas ===
''[41]'' En el texto original figura como “ansillos”, lo corrijo como errata probable.
''[52]'' Se repite el capítulo XLIV en el texto, por lo que todos los capítulos que editamos de la vida de esta santa, desde el presente, cuentan con un número más que en la edición de Sigüenza empleada, corrigiendo la errata.
''[63]'' Figura en el texto original como “sentase”, corregimos la posible errata.
''[74]'' El apellido del capellán o cura de la casa, Juan de Velma, varía a lo largo de la narración de la vida de María de Ajofrín, ya que este figura como Biezma en este mismo capítulo, página 475, y como Viedma, en el capítulo XLVII , página 485.
''[85]'' El apellido de Diego de Villaminaya es modificado en la narración de la vida de esta santa más adelante, pues aparece como Diego de Villamiñaya en el capítulo XLVII, página 485.
''[96]'' En la edición aparece como San Lorencio.
''[107]'' Figura como la página 494.

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