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= Vida impresa (4)=
Ed. de [http://visionarias.es/equipo/maria-del-mar-cortes-timoner/ M. Mar Cortés Timoner] y María Palomino Correas; fecha de edición: febrero de 2023.
== Fuente ==
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* Abarca de Bolea, Ana Francisca, ''Catorce vidas de santas de la orden del Císter. Escríbelas doña Ana Francisca Abarca de Bolea, Mur y Castro, monja profesa del real monasterio de Santa María de Gloria, en la villa de Casbas'', Zaragoza: por los herederos de Pedro Lanaja y Lamarca, impresor del reino de Aragón y de la Universidad, 1655.
[[Contexto material del impreso Catorce vidas de santas de la orden del Císter]].
==Vida de Beatriz de Silva==
[351] El daño mayor de las repúblicas, y que más perturba la paz en ellas, es el quererlas gobernar cada cual por solo su juicio sin hacer asiento en escudriñar la verdad como parte más esencial en el buen gobierno. Malsano quedará deste peligroso achaque el que desecha el remedio, pues a costa de su crédito experimentará muchos daños, siendo de los mayores el que trae consigo el mal juzgar.
De una dama portuguesa juzgó el mundo con su acostumbrada malicia, procurando con ella ajar lo sólido de sus virtudes y deslucir lo lustroso de su valor, pero como la Majestad de Dios tiene, con su in- [352] finito saber, conocidos aun los más mínimos pensamientos premió sus trabajos, remunerándoles con el celestial y divino premio, tratándola como a hija regalada tanto en el castigo como en la misericordia. Esta noble señora fue la tan celebrada doña Beatriz de Silva, hija de nuestra España y natural del ilustrísimo reino de Portugal, hermana del glorioso san Amadeo y deuda cercana de la serenísima reina doña Isabel, mujer que fue del invictísimo don Juan el Segundo, rey de Castilla y León.
Muchos autores escriben esta historia y los que más la particularizan fundan la grandeza desta señora en anteponer la santidad de su hermano a lo regio del parentesco, que la nobleza sin virtud es falsaria honra [A]. El que es noble y con el vicio se desluce hace a su calidad solar de afrenta. No descaecer el ánimo por poco asistido de la fortuna es arbitrio para no acabar de perder el antiguo lustre, que se cansa el mundo de hacer dichosos, y así derriba unos para sublimar [353] a otros, pero amarrados a la virtuosa tolerancia se establecen soberanías y se premian méritos [B].
Desgraciada en la mayor dicha humana nos pintan a la Beatriz, asistida de la naturaleza, tan celebrada de hermosa como de entendimiento, pero los errores de la envidia, como hijos del fuego que la consume, ni escusan furiosos estallidos ni detienen insaciables voracidades, y así no perdonaron los más mínimos átomos de sus descuidos, anhelando a tiznar la candidez de sus virtuosas obras y deshacer lo grande de su opinión. La hermosura, aunque parece bien a todos, [C] no a todos agrada por tener tanto de infelicidad, que tal vez viene a ser dicha el carecer de ella [D]. La discreción jamás se oculta y, particularmente, cuando la mucha comunicación la descubre, porque en los profundos senos de la capacidad no se conocen fácilmente todos los grandes quilates que atesora. La nobleza enlaza primorosamente estas dos partes haciendo todas tres un [354] todo de admirable perfección siendo la mayor felicidad entre las humanas, aunque por grande no deja de peligrar en mal logros ''[1]'', como lo acredita el asumpto de esta historia.
Pues siendo hermosa, discreta y noble, fue doña Beatriz de Silva tan perseguida de maliciosos émulos que, a no mediar el auxilio divino, fuera derribada a la mayor miseria. Atraídos del imán de sus muchas prendas, dieron los caballeros de la corte del rey don Juan en hacer festivas demostraciones en su servicio, sin dejar galantería que no ejecutasen, emulando a porfía cortejos, ocasionando con ellos contiendas, despreciando riesgos y desestimando amenazadoras ruinas, siendo el deseo tan sin ojos que no ve su daño por más que se lo represente la razón; y el que se arroja al peligro no estima el consejo ni solicitará el socorro. Deseaba cada uno de estos caballeros casarse con la dama portuguesa, pero no aseguraban la conveniencia en su cordura que, aunque el conjugal estado [355] es loable y preciso, solicitallo con violencia ha arruinado estados y desasosegado familias. Si la voluntad no ofende por dañosa, no debe de ser despreciada y la doncella, que en el retiro de su honestidad padece agrados, muy libre está de culpas.
Fueron tantas las disensiones que hubo en la castellana corte por la pretensión de doña Beatriz que llegaron a noticia de la reina, sucediendo raras veces saber los superiores lo que inquieta las repúblicas, celándoles siempre lo más importante con cuya ocasión crecen los daños y se dificultan los remedios. Quiso la reina doña Isabel ponerle en tanto mal, sin más averiguación que la de una mal barajada verdad, donde es más cierto el peligro que el escarmiento. Todo resultó en daño de la pobre dama tan sin culpa cuanto atenta a sus obligaciones. Siempre el rayo de la acusación mal intencionada ostenta su cáustica condición en perjuicio de la más firme y sólida virtud que, perseguida de la envidia y [356] altivez, ni se obligan de la atención ajena ni aun de la voluntad porque todo lo baraja quien falsamente acusa [E].
Creyó la reina consentía doña Beatriz en las discordes galanterías de sus vasallos, adoleciendo fácilmente en los señores el crédito porque, difícilmente, tienen el desengaño, por ser tan mañosa el arte del que persuade que despinta la sospecha de la falsedad y, como lo grande no se abate a lo engañoso, juzga en todos segura correspondencia. No hizo particular informe la serenísima princesa que, como tenía establecida en el pecho la verdad, creyó que todos la decían. ¡Qué a mala luz salen las buenas intenciones y qué reñida guerra les hace el doblado trato! No hay arma defensiva para tan declarado enemigo, solo el católico sufrimiento y la prudente cordura son bastantes a tolerarle. Ya en el mundo los bien intencionados son los que más prueban el engaño y, así, solo en las cosas divinas se ha de poner la seguridad.
Mandó la reina encerrar a [357] doña Beatriz en una angosta alacena mandando no la dieran de comer en tres días, sin advertir que al valor no le acobardan rigores. Mucho desluce a un pecho noble la crueldad y es indecencia de la grandeza dar entrada a tan empedernida acción, que alimentarse de sangre humana es acreditarse de fiera [F]. Grandemente apasionada obró esta gran reina, movida del celo de la honra de su casa, siendo obligatorio el cuidado que se tiene de lo sagrado de los palacios, pero si el cuidar es indiscretamente, ocasiona más daño que provecho, pues, desconsolando los ánimos de quien los asiste, rompen por dificultades deseosos de sacudirle del yugo de la opresión.
Sufridamente padeció la prudente portuguesa, fiada en su inocencia y, principalmente, en la misericordia divina, teniendo muy conocidos los subidos quilates della y como asiste a quien en sus trabajos se encamina a tan seguro patrocinio. Por hambre quiso la reina derribar la fortaleza de la valerosa Beatriz [358], sin considerar que la liberalidad divina no consiente padezcan sus siervos por cosas tan civiles [G], pero dice la dulce pluma de mi Berna[r]do ''[2]'' que el que por amor de Dios padece hambre puede quedar bastantemente favoreado. Sintió como discreta, si[n] las penalidades del cuerpo, el descrédito de su reputación, afligiendo a lo grande de su ánimo más el perder la honra en la vulgar malicia que la vida en la reclusión regia, que aquella en tanto se ha de preciar en cuanto la adorna la buena fama.
La culpa de doña Beatriz consistió en querer que lo fuera, pues ni en sus acciones ni en sus palabras se halló cosa que pudiera acusalla. Este género de delitos traen muchas veces las desdichas, padeciendo el inocente descréditos cuanto más aclamaciones y lauros tiene merecidos. Vacilaba la cordura desta señora sin hallar humana puerta abierta a su remedio, siendo tales los ahogos del ánimo que a nadie perdonan. Sentía, vivamente, verse fuera de la [359] gracia de la reina, temía su enojo, dudaba del favor del mundo por saber se hace a la parte del vencedor y, deseosa de su remedio, acudió a la Madre de Misericordia, consuelo único de corazones afligidos, María Señora nuestra, con cuyo patrocinio jamás se marchitaron esperanzas ni se malograron buenos deseos, amparándonos como Madre y haciendo particular aprecio de serlo de todos los vivientes [H]. Ofreciósele por humilde esclava, consagrándose toda con afectuoso voto a su preciosísimo Hijo para que, con tan fuerte vínculo, no pudiera retroceder de su rendida oferta, tan heroica en quien la hace como agradable a los ojos divinos, pues no mezclándose cosa contra su santo servicio es hacelle obsequio cuanto le son desagradables a su Divina Majestad los ofrecimientos que se hacen facilitándolos la fuerza.
Apareciose la Reina de los Ángeles a su devota sierva, con cuya presencia cesaron sus temores. Volvió a vivir el corazón que a desmayos daba [360] indicios de su cercano fin, cobró color el rostro que a rigores de la hambre substituyó la amarillez por el perdido carmín, respiró el pecho que a opresiones del temor tenía tomados los pasos al vital aliento, huyó atemorizado el hielo que tan dueño se introdujo en su pasmado cuerpo, gozaron los ojos de celestiales rayos conseguidos a precio de innumerables aljófares que destilaron tan devotos cuanto necesitados. Y, finalmente, se desvaneció todo el asombro de aquel angosto retrete a vista de las divinas luces del soberano Lucero, de la Estrella del Mar, de la Madre del Sol de Justicia, quietando el ánimo doña Beatriz sin reparar en la regia ira, sin hacer caso de su afrenta, dándose mil parabienes de sus dichosas felicidades que no estimó por la menor el desengaño de la falsedad humana, lo instable de sus bienes y lo mentido de sus promesas.
Asegurole la soberana Princesa saldría con todo crédito de sus trabajos, teniendo esta certeza todos los [361] que en solo María sacrosanta ponen la confianza. Correspondió doña Beatriz con todo el posible agradecimiento, creciendo tanto más en él las glorias del favorecido cuanto las obligaciones del favorecedor. Ya no la molestó la dilación de su remedio ni la quedó deseo para desear cosa humana: fuerza de espíritu fervoroso y valeroso corazón, que este, aunque se descompone a demostraciones descorteses, se quieta fácilmente a cualquier estimación. La esperanza de lo que se desea, al paso que alivia, atormenta, que, como consiste en la ejecución, si tarda, se duda. Anhelaba doña Beatriz al favor humano, largo tiempo le pareció el de su encerramiento y ya no hiciera caso de la libertad. Todo era agradecimientos a la reina doña Isabel, por cuya ocasión había alcanzado tan no imaginadas dichas y podido vencer con fortaleza el doméstico enemigo que, a desmayos de su debilidad, acosa la naturaleza.
Mandó la Virgen santísima [362] saliera su sierva de su reclusión sin aguardar otra orden y, huyendo las compañías del mundo, se encaminó a la imperial ciudad de Toledo no viendo la cara al miedo, porque llevaba consigo a su celestial Señor prosiguiendo su viaje, regalándole en coloquios divinos y amorosas gratulaciones. Empleada en estos ejercicios, oyó una voz que, en lengua portuguesa, le pidió se detuviera. No la turbó la novedad creyendo ser algún acaso. Pasó adelante cuando halló junto a sí dos religiosos de la seráfica familia que, por no conocidos, la asustaron grandemente, temiendo más la malicia vulgar que el presente peligro, pues una mujer sola a vista de la ocasión es indecencia hacer alarde de los riesgos. Cobrose cuanto pudo y, volviendo del primer susto, se aseguró en la venerable presencia de aquellos pasajeros, acreditando la compostura al que la tiene y, dándole realces de estimación, establece seguridades en quien la comunica [363], porque la modestia quita recelos cuanto los aumenta el sobrado desahogo. Creyó su muerte la afligida señora, temió nuevos rigores en la reina, oprimiéronle el ánimo sus mismos pensamientos, apesgáronse los pies, añudose la lengua, huyó el color del rostro y, batallando entre sí acciones y potencias, dio por perdidos sus designios que el temor, como villano, procura hacerse dueño de todo y, aunque más se engendra en lo íntimo del corazón, procura ostentarse en las demostraciones exteriores según fragua la calidad de su pena.
No se acordó esta señora de las promesas de la Reina de los Ángeles, proprio de la opresión turbar el ánimo del más advertido. Aseguraron los religiosos a doña Beatriz diciéndola como la Majestad de Dios la tenía escogida para madre de muchas y muy santas hijas en premio de su sufrida paciencia. Menos entendió la noble señora la propuesta, afligiose de nuevo, temiendo estorbo de sus deseos cualquier leve [364] acción. Díjoles había hecho voto de castidad y que por cosa desta vida no lo quebrantaría, por hacer más aprecio dél que todas sus promesas, por ser virtud que se aventaja a la misma naturaleza [I]. De nuevo, volvieron a ofrecerla el favor divino y la seguridad de su estado, con cuya certeza prosiguió su viaje, llevándole los tres muy entretenido en pláticas santas. Llegando a una posada, quiso doña Beatriz regalar a los venerables varones, agradecida a lo que les debía, no conociendo lo grande de un ánimo tan noble el vicio del desagradecimiento. No consiguió sus intentos por haber desaparecido los dos pasajeros, quedando tan admirada cuanto desconsolada la pobre dama sin saber qué determinar entre el recelo y confusión que le causaba el caso. No permite Dios que sus siervos padezcan más de lo que pueden tolerar. Aclaró las dudas con que luchaba esta señora, revelole ser sus valedores el seráfico padre san Francisco y su amado hijo san Antonio de [365] Padua, no desdeñándose aquel de asistir a su esclarecido súbdito ni descuidándose este de solicitar a su querido padre para patrocinar en la tierra a la que tan injustamente, y tan sin amparo de ella, padecía descréditos en la opinión y en el corazón tormentos. El recíproco amor entre los prelados y súbditos realza los méritos, a más de ser obligatorio, y quien falta a este cariño no está muy adornado de la caridad, puerto seguro de bienaventuranza [K]. Volvió, de nuevo, doña Beatriz a dar gracias a Dios, a reiterar el voto y a darle a su divina Majestad cuanto pudo, autorizada demostración de una inclinación generosa no recatear el caudal cuando medían obligaciones. Al liberal no se le conocen faltas, antes lo echan [de] menos donde no está, al paso que al miserable lo desprecian y desestiman, pues no hallando la ocasión de beneficiar cuando topa con ella, le sirve de tropiezo.
Llegó llena de celestiales consuelos a la imperial Toledo y, acompañada de [366] dos damas amigas suyas muy iguales en virtud y calidad, se retiró al religiosísimo monasterio de Santo Domingo el Real, una de las más firmes columnas que sustenta la grandeza de aquella noble y sumptuosa fábrica de ingenios, virtud y nobleza. Con hábito secular vivió cuarenta años sin permitir que en todos ellos la viera el rostro persona, tomando venganza dél por las ocasiones que había dado, aunque sin culpa. Con la asistencia que hizo en este divino santuario volvió a la gracia de la reina doña Isabel de Castilla, apesarada de lo que había perseguido a la virtuosa señora. Comenzó así mismo a gozar favores de los reyes invictísimos don Fernando y doña Isabel, que la virtud fácilmente concilia las voluntades, y Dios, por ser Dueño de las virtudes, es fuerte y origen de los mayores gozos [L]; y así lo confiesa mi Bernardo.
Deseosa vivía la noble portuguesa de hacer algún servicio a la Madre de misericordia, tan desvelada [367] con estos cuidados cuanto afligida de no hallar puerta abierta para su ejecución, estando mal hallado el afecto humano, menos con el cumplimiento de lo que desea, aun a fuerza de los vaivenes de la fortuna. Solicitaba este bien con fervorosa y continua oración, entendiendo ser gran conseguidora de lo que por ella se procura. Saliole como pretendía, apareciósele la Emperatriz soberana mandándola fundar una nueva orden de religiosas con título de Purísima Concepción. A fiar yo de mi pluma menos borrones, se dilatara mi cariño a decir algo de lo mucho que nos propone el florido campo de la limpia y original pureza de María Señora nuestra, pero por dar muestras de mi afecto, autorizaré estos escritos con tocar algo de lo mucho que hay dicho y queda decir desta celestial Princesa, de quien no se ha de imaginar el más mínimo átomo de culpa, pues en el divino solio del eterno descanso de la suprema grandeza no pudo haber aso- [368] mo de imperfección humana. Y fuera negar el soberano poder al Dueño y Autor de todo lo creado y, juntamente, lo mucho que amó a su sacrosanta Madre si no se creyese le dio cuanto pudo.
Comunicó doña Beatriz este favor con la reina doña Isabel de Castilla, deseosa la patrocinara en este caso. Siempre a los mayores se les ha de dar razón de los que por arduos necesitan de su favor para que no se malogren. Agradeciole la reina la confianza y, por tener parte en obra tan heroica, ofreció para monasterio los reales Palacios de Galiana por que fueran erario de más rico tesoro que el que en sí habían encerrado en otros tiempos. Quien erige templos a Dios, preparándose humanas glorias, se labra celestial corona. Acomodáronse los dichos palacios en forma de convento, y sacando doña Beatriz de Santo Domingo el Real y del de San Clemente, de nuestra orden, doce religiosas de conocida virtud, fueron doce pre- [369] ciosas piedras para el divino tabernáculo. El hábito que se vistieron fue el mismo blanco y azul con que se le apareció la Reina de los Ángeles cuando la consoló en prisión; forma que había quedado tan impresa en el devoto y agradecido pecho de esta su sierva que ni tiempo ni trabajos pudieron borrarle de su memoria. Escogió para norte en esta divina embarcación el instituto del Císter, en cuya milicia se ejercitan aquellos monásticos espíritus.
Grande lustre se le siguió a la imperial ciudad con aquel nuevo paraíso donde, a imitación de su santa maestra, iban creciendo de virtud en virtud hasta llegar a la cumbre de la perfección, resplandeciendo la de esta señora al paso que procuraba ocultalla su humildad, muy al contrario del que con la soberbia se prepara sus mayores ruinas, por más que se erija soberanías [M]. Las penitencias de la santa fundadora eran tantas que excedían y pasaban los límites de las humanas fuerzas. No se contentó su devoto celo [ 370] con solo haber hecho aquel santuario, escuela de virtudes. Procuró con el favor de la reina que la santidad de Inocencio Octavo confirmará la nueva Orden de la Concepción Purísima; a peticiones justas no se atreve la escusa. Concedió gustoso el pontífice máximo la petición santa despachando bulas en favor de dicha orden debajo el instituto del Císter, siguiendo en esto a muchas órdenes que hicieron la misma elección; añadiose, empero, algunas constituciones diferentes y el dar la obediencia al diocesano. Quiso la Majestad divina, para mayor gloria suya y honra de su sierva, que la galera en que venían las bulas se perdiera, sumergiéndose desvalida en aquel insaciable abismo, peligrosa seguridad de los que la solicitan, aguado piélago de los mayores gozos y voraz monstruo que todo en sí lo sepulta. Y llegando al caso la noble portuguesa a buscar dentro de una arquillita algo de su pobre ajuar, halló dentro de ella un pergamino cerrado. ¡Oh, inmensa [371] grandeza que solícita anda por nuestro consuelo! ¡Cómo se ajusta a nuestra desigualdad y humana miseria! Que parece le es preciso a Dios ostentar prodigiosas maravillas para establecer nuestro amor y fe en que, claramente, se vee que no puede Dios dejar de obrar como Señor supremo y Padre piadoso, y nosotros como débiles y flacos.
Grande novedad le hizo a la santa fundadora el hallazgo y, sin dar en lo que podía ser, llamó al obispo de Guadix, don fray García de Quesada, del Orden de los Padres Menores, y le entregó el cerrado pergamino que, abierto, leyó ser las bulas de la confirmación de la nueva religión. Admirar pudiera el caso a quien no sabe lo que la Majestad eterna obra así por el consuelo de sus siervos como por el apoyo en las cosas que se hacen de su santo servicio, pero todo lo que había de ser admiraciones se debe reducir a perpetuas alabanzas a sus grandes misericordias. Comunicó el de Guadix el portentoso suceso con el arzo- [372] bispo de Toledo. Leyeron los papeles, tuvieron noticia de la anegada galera y, viendo confirmada, con tan calificadas y milagrosas circunstancias, la nueva religión, dieron repetidas gracias a la Majestad divina, celebrando el hallazgo con generales alegrías.
Llevaron, con devoción reverente, los romanos despachos desde la iglesia mayor hasta el monasterio de la santa fundadora, haciendo con ellos una general procesión, merecida demostración, y que fuera grande ingratitud no hacer muy particular aprecio de maravillas tan del Cielo. Predicó el obispo de Guadix, dando razón a todo el auditorio del milagroso suceso, y señaló día para que votaran las religiosas las nuevas constituciones, renaciendo aquellas fragantes flores en el celestial pensil de los atributos de María sacrosanta, con cuyo obsequio, granjeando su divina gracia, se asegura la bienaventuranza. Cuando no mediara el servir a esta divina Princesa en celebrar y festejar su pura Concepción, nos [373] propone tantos bienes propios su devoto capellán y rendido siervo san Anselmo que fuera en nosotros desatento cuidado no procurarlos [N].
Previniose aquella religiosa familia para recibir a su divino Esposo, y doña Beatriz más particularmente, con grandes disciplinas, frecuente oración, largas vigilias y muchas mortificaciones, deseosa no la hallara dormida la voz de su celestial Amante. Daño irreparable no recordar el alma con la esperanza de la seguridad eterna. Apareciósele la Madre de los Pecadores y la dijo serían sus felices bodas en el soberano tálamo el día décimo de la publicación de las bulas, pasando desta mortal vida a los gozos eternos, y que su religión padecería muchos naufragios en turbadas olas de emulación, que evapora viles rayos contra sólidas virtudes. Comunicó la santa con su confesor el favor de la Reina del Cielo y, prevenida con los sacramentos y pertrechada con obras de mucho mérito, esperó al fin de sus trabajos.
Llegó a su noticia [374] cómo las religiosas de Santo Domingo y los padres predicadores intentaban llevar su cuerpo después de muerta y así dio orden que los religiosos de San Francisco le vistieran el hábito y la pusieran el sacro velo, haciendo en sus manos los tres votos, con que quedó segura y quieta de sus temores. Diole una breve enfermedad con la cual salió deste miserable valle, donde solo acompaña el continuo dolor y llano. Tuvieron fin sus muchos trabajos, que siempre salen vencedores a vista del sufrimiento [O].
En habiendo expirado la sierva de Dios, apareció en su dichosa frente una muy resplandeciente estrella que, dispidiendo de sí consoladores y resplandecientes rayos, daba muestras de los divinos favores que gozaba su santa alma, merecidos solo de la perseverante virtud. Murió a diez y siete de agosto, en el año mil cuatrocientos y noventa, siendo de edad de setenta y seis. Después de grandes contradicciones, sepultaron su cuerpo en su nuevo monasterio, cuyo nombre [375] es Santa Fe. Todos desearon para sí este preciosísimo tesoro, deseándose cada cual merecedor de tanta dicha, pero la disposición divina es la que ataja los humanos deseos. Apareciose el alma de doña Beatriz al muy reverendo padre fray Juan de Tolosa, religioso del Orden de San Francisco, dándole noticia de los muchos trabajos que habían de padecer aquellas nuevas plantas, y pidiole las consolara y exhortara a la prosecución de la comenzada obra sin dar paso atrás en ella, mengua que desacredita la verdad.
Escriben de doña Beatriz de Silva: Zamall. Garib. lib. 20. Compendii Histor, cap. 13. Mariet. in Hist. Sancti Hispani lib. 22. titul. Tolet. Flos Sanctor. Vetus in eius vita Octob. 8. Manriq. Laurea lib. 3. discur. 6. Sanctoral. lib. 3. Disc. 8. M. S. quae Toleti in codem Monasterio extant, Torres lib. Concep.
''[3]''
''Laus deo''.
== Notas ==
===Citas que aparecen en los márgenes===
[A] ''Parua est nobilitatis ratio sine virtute, & maxima virtutis sine nobilitate. Natal com. hist. libr.3''.
[B] ''Sūma apud Deū nobilitas est clarum elle virtutibus s. Hiero. ad. Colanti''.
[C] ''Formosa facies, multa commendatio est. Euripedes''.
[D] ''Pulchritudo res infelix. Propertius''.
[E] ''Maximè hi temere iudicant, qui demerita aliorum facile reprehendunt: Qui magis amāt vituperare, & damnare, quā emmendare, & corrigere: quod vitiū vel superbia est, vet inuidia. S. Aug. de ferm. Domini in monte''.
[F] ''Crudelitas, inhumanum malum est, iudignumque Regio animo: Ferina ista rabies est sanguine gaudere, & vulneribus, quae facit hominem in siluestre animal transire. Seneca lib. de Clement''.
[G] ''Non affliget Dominus fame animam iusti, & insidias impiorum sabuertet. Prouerb. 10''.
[H] ''Fuit enim Mater, non solum capitis nostro; sed etiam mēbrorū eius, quonos summus. S. Auº gust. lib. de S. Virgp''.
[I] ''Igitur à principio virginitas palmā principatus accepit. S. Ioa. Chr. in Gen''.
[K] ''Fluctuāntibus portus, errantium via, peregrinantibus Patria. S. August ser. 2. de charitate''.
[L] ''Cum sit Dominus virtutum, totius iucunditatis est fons lætitiæ, & exultationes origo. S. Bern, epis. 353''.
[M] ''Omnis superbia, tanto in imo iacer quanto in altum se erigit: tantoque profundius labitur, quanto excesius eleuatur. S. Icdor. de summo bono. lib. 2. cap. j8''.
[N] ''Quiquis Præesul, vel Abbas, aut Prælatus es, recole diligenter eius solemnia, & cunctis iube eam coli; quia si eam toto corde amaueris, nunquā à gradu tuo deposit’ eris. S. Ansel. homil. de Concep''.
[O] ''Labor omnia improprius vincit. S. Hier. in Daniel. præfatio''.
===Aclaraciones de las editoras===
''[1]'' Entiéndase: “malogros”.
''[2]'' Remite al monje y abad cisterciense Bernardo de Clairvaux o Claraval (Castillo de Fontaines, Dijon, 1090 - Claraval, 1153), quien fundó el monasterio de Claraval impulsando una reforma que se extendería a toda la Orden del Císter. Fue canonizado en 1174 por el papa Alejandro III.
''[3]'' Se ha reproducido la lista de fuentes respetando la disposición del texto original.
= Vida impresa (5)=
Ed. de [http://visionarias.es/equipo/pedro-garcia-suarez/ Pedro García Suárez]; fecha de edición: diciembre de 2016; fecha de modificación: agosto de 2020.