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Juana Rodríguez

No hay cambio en el tamaño, 09:01 12 mar 2023
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Vida impresa (3)
Fue Toledo su patria, sus padres personas honradas y virtuosas. Y ella, fructo de oraciones, y dada por la Virgen Nuestra Señora para mayor gloria de su Hijo y suya porque, habiendo estado muchos años sin hijos, suplicaron a la piadosísima Señora les diese para su consuelo alguno, ofreciéndola celebrar con particular solemnidad cada año la fiesta de las [fol. 76v] fiestas, la que tiene tanta parte en nuestra piedad como tiene de gozo en la Virgen sanctísima, viendo celebrarse la Immaculada Concepción desta serenísima Señora Madre de la misma pureza. Confirmáronlo con voto, y hicieron un colegio para la crianza de doce doncellas en el servicio de Dios y su Madre. Oyó sus ruegos la Madre de los afligidos y dioles esta hija tan suya y dádiva tan de su mano como se vio en los favores que della recibió toda su vida, y en las virtudes que heroicamente ejercitó perpetuamente. Criaronla para Dios y teniendo siete años la pusieron entre las demás doncellicas que tenían consagradas a su devoción. Estando oyendo misa un sábado entre ellas, vio que de la hostia salía una hermosísima mano y en ella una cruz roja, la mano se vino a la niña y dándola la cruz en la suya quedó como desmayada. Lleváronla a su casa y, vuelta en sí, volvió a ver otra cruz de tan extraordinaria grandeza que, estribando en el profundo de la tierra, transmontaba sus brazos en lo más encumbrado de los cielos. Todos estos eran indicios del afecto grande que había de tener a la cruz de Christo, de que siempre fue devo- [fol. 77r] tísima. Casose siendo de edad por condescender con el gusto de sus padres y vivió con la perfección que siendo doncella estando casada: murió poco después su marido, y sabiendo las virtudes que tanto lucían en Doña María, la siguió tan familiarmente que nunca hizo cosa que no se communicase entre las dos, señal cierta de su mucha perfección, pues corría parejas con quien era tan perfecta, y de cuyas obras se debe la mayor y más principal parte a esta sierva de Dios. Era con tanto extremo compasiva de los pobres que, en viéndolos, se deshacía en ternísimo llanto. Era su oración continua, su mortificación crudísima. Regalábala Nuestra Señora copiosísimamente con sus consuelos. Tenía infinito [consuelo] con el Sanctísimo Sacramento de que era devotísima y, según la preparación que para él hacía, eran las ilustraciones que en él tenía su alma. Era igual la devoción que sentía en la contemplación de los misterios dolorosos de la Pasión de nuestro Redemptor, de que tuvo singularísimas revelaciones: de todas dejó memoria a los venideros escribiéndolas por su mano. Cosa bien digna de admiración, pues no sabiendo formar una [fol. 77v] sola letra para otra cosa, para las mercedes que Nuestro Señor le hacía escribía muy bien y con grande distinción. Finalmente, toda su vida fue un retrato de la de su sancta compañera: como la de Doña María, de la de Juana Rodríguez. Llegose el fin de sus trabajos con el de su vida, y el principio de su descanso con el de su premio, dándole prenuncios d’él con su presencia la Virgen Nuestra Señora, visitándola y confortándola en aquella última y natural agonía. Pretendía astuta y maliciosamente el Demonio turbar su quietud con la representación de un gran libro que la mostraba como proceso de sus imperfecciones y con el ruido de sus muchas hojas, pero la Virgen serenísima, que había pisado la astucia de la serpiente antigua, hizo huir a esta quitando el temor a su sierva y llevándola consigo el año de mil y quinientos y cinco, día de los Reyes, al tiempo que se alzaba el cuerpo de Jesuchristo Nuestro Señor en la misa conventual.
= Vida impresa (34)=
Ed. de [http://visionarias.es/equipo/pedro-garcia-suarez/ Pedro García Suárez]; fecha de edición: diciembre de 2016; fecha de modificación: septiembre de 2020.

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