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Beatriz de Silva

40 019 bytes añadidos, 14:49 1 jun 2024
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§. I. De la nobleza, niñez y juventud de la beata doña Beatriz y de un celestial favor que le hizo la Reina de los ángeles
No la hacía este falta cuando tenía el de Dios tan cerca que, ''[7]'' apenas había invocado el de su santísima Madre, de cuya Purísima Concepción era devota desde su niñez, cuando la Reina del Cielo se le apareció y visitó en aquella estrechura del cofre y la animó y la confortó maravillosamente en la aflicción presente y dio esfuerzo para padecer mucho más que se le ofreciese por su amor. Venía la Virgen de la librea de su Purísima Concepción, con hábito blanco y escapulario azul, como trayéndole la muestra del que había doña Beatriz de dar después a sus monjas y a la orden que había de fundar a honra de la limpia Concepción, movida deste favor y de otro que la Reina de los ángeles le hizo, mostrándosele en el mesmo hábito y librea en otra ocasión. Los efetos mostraron bien el regalo que la Madre de Dios la había hecho, pues cuando envió la reina a sacar del cofre a la sierva de Dios, después de haber estado dentro de él tres días (o por descuido y olvido o porque duró otro tanto el desacuerdo de la reina o —lo que es sin duda— por divina providencia que quería comenzar a mostrar lo mucho que quería a esta su sierva) salió tan gorda, fresca y hermosa como cuando allí la pusieron, mas ¿qué mucho, que quien había sido tan regalada del Cielo no echase menos la falta de los manjares de la tierra?
 
[fol. 3v]
 
===§. II. Cómo se recogió en Santo Domingo el Real de Toledo y lo que yendo allá la aconteció en el camino===
 
''[8]'' Agradecida la sierva de Dios a la señalada merced que había recibido de su santísima Madre, todo lo que de un ánimo noble se puede creer, apenas se vio libre de las que le pretendió dar la reina cuando, con particular voto que de ello hizo, la prometió de guardar virginidad perpetuamente a gloria suya para imitarla en la incorrupción del cuerpo y darse desde luego por suya, dedicando todas sus obras y vida a su servicio. Pero, viendo que el cumplimiento de este voto corría riesgo y peligro en la vida profana y regalada de palacio, se determinó de recogerse a parte más segura, donde con quietud sirviese a su señora la Reina del Cielo, pues la de la Tierra la pagaba tan mal sus servicios. Con estos intentos salió de Tordesillas, donde estaba la corte entonces y donde la Virgen la había visitado en la cárcel y prisión del cofre, y tomó el camino de Toledo, llena de temores de que los celos de la reina no la siguiesen aún fuera de palacio; y al pasar de un monte la alcanzaron ''[9]'' dos religiosos franciscos, los cuales, llegándose a ella, la saludaron con mucha cortesía. Aquí fue el aumentarse sus miedos y darla mil saltos el corazón y creer que ya era llegado el fin de sus días, pareciéndole que la reina enviaba aquellos frailes para que la confesasen y animasen a pasar el trance de la muerte. No pudo disimular la pasión la afligida señora sin que los ojos se turbasen con tiernas y abundantes lágrimas y les preguntase la causa de su venida, obligándose de camino a dársela a ellos de sus lágrimas y congoja. Tomó la mano uno de los dos religiosos, que parecía y hablaba portugués y, desengañándola del yerro que había concebido, la consoló mucho y la dijo que no venían a darle pena, sino a quitársela, que tuviese buen ánimo, que estaba tan lejos de morir ''[10]'' entonces que primero tendría muchas hijas. Extrañó doña Beatriz la respuesta, y diósela con que tenía hecho voto de perpetua virginidad y que no la sacaba de la corte otro fin sino el retirarse donde pudiese guardalle y para ello se iba a [fol. 4r] Toledo, donde pensaba recogerse en Santo Domingo el Real, que es de monjas de Santo Domingo. “Sea como quisiéredes, señora”, respondió el religioso, “que no habrá falta en lo que decimos y aun vuestras hijas serán tales que vuele su fama por todo el mundo y la vuestra medrará mucho por la suya”. En estas pláticas fueron divirtiendo el trabajo del camino, hasta que, llegando cerca de una venta donde habían de pararse a comer, doña Beatriz mandó a un mayordomo o paje que se adelantase y aparejase bien de comer para todos. Cuando llegaron, los religiosos la pidieron licencia para pasar adelante, pero, por mucho que insistieron en ello, no permitió dejasen de entrar dentro y tomar un bocado con ella. Entraron delante de la sierva de Dios y, con verlos entrar con sus propios ojos, cuando acordó en un punto no los hallaron en toda la venta ni hubo quien diese noticia de tales frailes, cosa que cuando se enteró de ella, la consoló a la santa doncella en gran manera, y tuvo por cierto que el fraile portugués era san Antonio, su conterráneo y singular devoto, que la vino a consolar en el aprieto en que se vía, y del otro se persuadió que era el seráfico padre san Francisco, con quien tenía particular devoción, por lo cual dio a Dios las gracias debidas y, en memoria de este admirable consuelo y beneficio, celebró toda su vida la fiesta de estos dos santos con muchas muestras de regocijo y alegría.
 
Llegó finalmente a Toledo la sierva de Dios y fue recibida en el monasterio de Santo Domingo el Real de la Orden ''[11]'' de Predicadores como un ángel del Cielo que Dios les enviaba, pero como Él la tenía para fundar otra diferente, a gloria de la Purísima Concepción de su Madre, no se la dio tan por suya que tomase el hábito y se vistiese de la librea de las demás monjas del monasterio, que solo estuvo en él recogida en hábito seglar pero tan ejemplar y modesto que, siendo una señora tan celebrada por bizarra en España, dejó todas las galas y se quedó con solas dos criadas que la acompañasen, la que era de sangre real. Aquí comenzó a dar muestras de su santidad y nobleza, pues en fe de la una de estas dos prendas ricas se ejercitaba en la oración continuamente y ejercicios de caridad y humildad y las demás virtudes y, en [fol. 4v] ''[12]'' testimonio de la otra que era su nobleza, edificó con sus rentas los claustros del monasterio y el capítulo y puso en ellos las quinas de los reyes de Portugal, sus deudos, y por divisa suya un laberinto, por ventura en memoria del beneficio que Dios la había hecho en sacarla del mundo, donde el que una vez entra de veras no tiene poca ventura si acierta a salir fuera y verse libre. Por ambos títulos la cobró grandísima afición la católica reina doña Isabel, que ya reinaba en Castilla y Aragón (que era hija de doña Isabel la Portuguesa, con quien doña Beatriz vino a Castilla, y del rey don Juan el Segundo, como ya ''[13]'' dijimos) y la visitaba con mucha voluntad cuando iba a Toledo. Estuvo doña Beatriz en Santo Domingo el Real treinta años y en todos ellos fue tan grande el recato que tuvo que, si no es la reina doña Isabel, ninguna persona la vio jamás el ''[14]'' rostro que de propósito traía cubierto con un velo; y aun sus mesmas criadas no le vían, que para comer descubría solo hasta la boca. Lo que le movió a la sierva de Dios a guardar este recato fue penitencia que quiso hacer voluntaria de lo mucho que había cuidado antes de su hermosura, temerosa de que algunas personas llevadas de ella no hubiesen ofendido a Dios cuando estaba en palacio.
 
=== §. III. Trata con la reina católica de fundar su orden, y escogió que fuese la de San Bernardo, y para ello le dio la reina los palacios de Galiana en Toledo===
 
Aunque desde los tiernos años de su niñez fue siempre doña Beatriz muy devota de la Inmaculada Concepción de la Reina de los Ángeles, mucho más lo fue después que dejó el mundo y, retirada en los encerramientos del monasterio, se dio de veras a su meditación y contemplación porque en ella, con la luz que el divino Espíritu la comunicaba, conocía la dignidad de la Virgen sin mancilla, y de ella coligía cuán conveniente fue que Dios la preservase de pecado original, pues no parecía decente que la que había [fol. 5r] de ser Madre suya y verdadera estuviese algún tiempo en su desgracia, hija de ira e indignación. De la afición grande que cobró a este divino misterio comenzó a conferir en su entendimiento qué servicio haría ella a esta Señora y Reina de los Cielos en que lo diese a entender su afecto y devoción, y fuese causa de aumentarse en el mundo la de su Purísima Concepción. Inspirola la misma Señora, que se daría por ''[15]'' muy servida de que a honra suya y del dicho misterio en particular instituyese una religión en que se tomase por propio y particular asumpto el honrarle, acordándose de la merced que la había hecho la Virgen en el cofre de Tordesillas mostrándosele en el hábito que más representaba su pureza. No se descuidó la santa doncella en procurar la ejecución de sus nobles intentos y, para que la tuviesen presta y segura, se puso en manos de la reina católica doña Isabel que de suyo era sobremanera devota y aficionada al mismo misterio; descubriola su pecho y pidiola no solo su parecer, sino su ayuda y, habiendo loado la gloriosa reina sus designios, se concertaron en que ella escribiría al papa sobre el caso, pidiéndole la confirmación de la orden y que doña Beatriz le presentase una petición en que le diese parte de todo lo que pretendía hacer y ordenase lo que más conveniente le pareciese acerca de la regla y hábito que había de guardar, para que el papa lo confirmase y aprobase.
 
Antes que la petición se hiciese, fue la reina de parecer que la ilustre y santa doña Beatriz saliese de Santo Domingo ''[16]'' el Real y comenzase a llegar gente para esta obra del Cielo y poner en orden el edificio de su monasterio que había de ser el principio de su orden y, para ello, le hizo real donación de los Palacios de Galiana, que eran de su real patrimonio y están bajo de Zocodover y entonces eran casa de moneda. Hecha y admitida esta donación, salió doña Beatriz de Santo Domingo y, acompañada de doña Felipa de Silva y Meneses, su sobrina, que después fue abadesa en la Concepción, y de otras once mujeres extranjeras, nobles y virtuosas, se recogió a los Palacios dichos, y comenzó a poner [fol. 5v] ''[17]'' en orden su casa, haciendo en ella tornos y portería y las demás oficinas necesarias, donde comenzó a vivir con sus compañeras una vida religiosa y de mucho ejemplo, aunque el traje no le habían mudado hasta que esto se hiciese con la autoridad del sumo pontífice. Enviole luego tras estas diligencias su petición, comunicada con la reina y con sus compañeras y vista por el papa Inocencio Octavo, que presidía a la universal Iglesia en la silla de san Pedro, loó mucho el santo propósito de la sierva de Dios y, a instancia de la reina, dijo que él aprobaría aquel nuevo instituto, pero que regla ni orden nueva no convenía aprobar ni lo haría, por tanto que escogiesen lo que más les agradase, que hecho esto él haría la gracia y expediría sus bulas plomadas. Con esta resolución del pontífice (muy semejante a la que tuvo su antecesor Inocencio Tercero con santo Domingo cuando le mandó volver a tratar con sus compañeros la regla que querían escoger entre las aprobadas para que debajo de ella militasen los predicadores), doña Beatriz llamó a sus compañeras a consejo y, de común consentimiento, determinaron ''[18]'' que fuese la Orden de Císter, pues era tan de veras dedicada a la Reina del Cielo que toda la vida de sus hijos empleaba en sus alabanzas. Así lo refiere el autor de la historia de la bienaventurada doña Beatriz en el capítulo quinto, aunque el papa en su bula solo dice que le fue suplicado por parte de ella que les concediese la fundación de su monasterio, con título de la Concepción y debajo de la Orden de Císter, a la cual ella y sus compañeras tenían singular afecto de devoción, sin decir si el elegir la Orden de Císter fue de primera o de segunda instancia. ''Pro parte eiusdem Beatricis asserentis se de nobili genere procreatam fore; ac ipsam, et mulieres prædictas Ordinem Cisterciensem, ad quem singularem gerunt devotionis affectum, velle profiteri, nobis fuit humiliter supplicatum, ut in dicta domo Monasterium monialium dicti Ordinis, sub invocatione Conceptionis huiusmodi, cum dignitate Abbatiali erigere dignaremur''. Lo cierto fue (si quiera fuera pedida de primera instancia la Orden de Císter por doña Beatriz y sus compañeras o no lo fuese) que el papa Inocencio no [fol. 6r] concedió la fundación del monasterio y Orden de la Purísima Concepción sino debajo de la de Císter, y que ellas lo pidieron así al papa como él lo confiesa en las palabras referidas de la bula que después pondremos, y esta mesma verdad confirman las que se siguen en la mesma, cuando dice a los obispos de Coria y de Cathania y al vicario de Toledo, a quienes hizo ejecutores de sus bulas: ''Mandamus quatenûs in dicta domo unum Monasterium eiusdem Ordinis Cisterciensis sub invocatione Conceptionis huiusmodi, cum officinis necessarijs pro una Abbatibsta, quæ alijs præsit monialibus dicti Ordinis, ac Beatrice et mulieribus inibi nunc secum degentibus, si profiter volverint authoritate nostra erigatis, etc''. "Mandamos", dice, "que en la dicha casa de Galiana, fundéis un monasterio de la mesma Orden de Císter debajo de la invocación de la Concepción, con las oficinas necesarias para vivir una abadesa que presida a otras monjas de la dicha orden y a la mesma doña Beatriz y sus compañeras si quisieren profesar". Y lo mesmo afirman sus sucesores, Alejandro ''[19]'' Sexto, Julio Segundo y León Décimo, en muchas bulas que en favor de esta orden expidieron, de que después haré más particular mención, donde dicen que fue cisterciense en sus principios. Para que se vea la merced que hizo la Reina del Cielo a esta su devota familia, pues quiso que ella diese principio y echase la primera piedra al edificio de la orden de su Concepción Inmaculada como en agradecimiento de los frecuentes servicios que la hizo y hace desde sus primeros años hasta ahora que más largamente se refieren en las crónicas de nuestra orden y están llenos los libros ''[20]'' de ellos. Y también se pondere y estime el afecto y devoción de nuestra doña Beatriz a esta sagrada familia, pues siendo tan devota de los gloriosos patriarcas san Francisco y santo Domingo y cargada de obligaciones tan precisas como del uno vimos en el camino de Tordesillas a Toledo, donde se le apareció con san Antonio y la confortó y dio noticia por espíritu profético de la orden que había de fundar y muchas hijas que había de tener y del otro, en haber estado no menos de treinta años en su monasterio de Toledo; con [fol. 6v] todo eso, ni escogió la orden de este ni de aquel, sino la de Císter, pareciéndole sin duda que no le sería ningún servicio tan grato a la Virgen, ya que hacía orden de su nombre, como conformalla con la de Císter, que de día y de noche se emplea en sus alabanzas y todos sus monasterios por particular estatuto los dedica a su santo nombre, de modo que, aunque algunos tengan invocación de otro santo, será en segundo lugar, dejando siempre el primero a la Reina del Cielo como a señora de la orden. Con todo eso, ya que en lo principal ''[21]'' no se conformó con estas dos tan célebres, en algo mostró la devoción que a ellas y a sus fundadores tenía, y así en el hábito ordenó que sus religiosas trajesen escapulario blanco, como la Orden de Santo Domingo le trae, y se ciñese con el cordón de san Francisco, de que la mesma bula de Inocencio Octavo da testimonio, como después veremos. Ahora volvamos al hilo de la historia.
 
===§. IIII. De los milagros célebres que sucedieron con las bulas de la confirmación de la orden===
 
Víase la esposa de Iesu Christo cargada de años, porque tenía más de sesenta y tres, y al paso de ellos crecían sus deseos de ver aprobada la orden que intentaba a gloria de la Purísima Concepción de la Reina del Cielo, y así, hechas las diligencias sobredichas, escribió al sumo pontífice Inocencio Octavo, proponiéndole sus religiosos intentos y suplicándole humilmente, pues era tan devoto de la Virgen, los lograse para aumento de la devoción que el pueblo cristiano tenía a su limpia concepción, para lo cual le escribió también ''[22]'' la reina católica, encareciendo la santidad y nobleza de la bienaventurada doña Beatriz y el deseo que ella mesma tenía de ver fundada la nueva religión, que ya había echado sus raíces en el monasterio nuevo de Santa Fe, que así le llamaban al de los Palacios de Galiana porque tenía una capilla o iglesia con advocación de esta sagrada Virgen [fol. 7r] y mártir. Tuvo la petición de la sierva de Dios fácil y buena acogida en el pecho devotísimo del sumo pontífice, y tanto que fue cosa de mucha maravilla cuán a poca costa y en breve se despachó la bula de la confirmación, pero no era mucho si andaba Dios de por medio, que era el principal motor de estos intentos como Hijo natural a quien tocaba procurar el aumento de la honra de su santísima Madre. ''[23]'' Cuando la bula se despachaba en Roma y estaba en Toledo con el cuidado que se puede encarecer, la esposa amada de Cristo doña Beatriz, instando con lágrimas y oraciones el buen despacho de ellas, fue su Divina Majestad servido de concluir felizmente sus negocios y, para sacalla de él y dalla un buen día, por divina ordenación llegó a toda prisa un correo, en treinta de abril del año de mil y cuatrocientos y ochenta y nueve, al torno del monasterio de Santa Fe donde estaba la santa hablando con su mayordomo en cosas del gobierno de él, y preguntó por la señora doña Beatriz de Silva; diole a entender que con ella estaba, y preguntole qué la quería: "Yo señora", dijo él, "soy un correo, que en este punto ''[24]'' acabo de llegar de Roma, y traigo a Vuestra Merced unas nuevas que merecen aventajadas albricias y son las que más desea: que las bulas de la confirmación de su orden están ya concedidas y expedidas". Con nuevas tan a gusto como la sierva de Dios tuvo no fuera mucho hiciera extremos de alegría si no se valiera de su mucha cordura, con todo eso no pudo disimular el contento interior y, dándose mil parabienes a sí misma y a la Reina del Cielo inmensas gracias, llamó al mayordomo y le dijo que aparejase unas muy honradas albricias que dar aquel correo que tan deseada nueva le traía y que le hospedase con toda caricia. "¿A qué correo?", respondió el mayordomo, "¿o qué nuevas son estas que Vuestra Merced dice?". "¿Ahí no ve", dijo, "un hombre que estaba ahora hablando conmigo?". "Ninguno, señora", dijo el mayordomo, "ha estado aquí sino yo solo que no me he quitado del torno, no sé en qué piensa vuestra merced o qué dice". Quedó la santa sobre manera admirada de lo que pasaba y, viendo que no parecía el mensajero ni había sido visto del mayordomo que estaba presente por la parte de fuera en [fol. 7v] el torno, conoció que era sin duda nuncio del cielo el que le había traído tales nuevas y, por ser desde niña por extremo devota del glorioso ángel san Rafael, a quien todos los días rezaba cierta devoción, se persuadió a que él era el que había hablado y, para mayor certificación del milagro, notó con curiosidad el día y hora que sucedió esto y después se averiguó era la mesma que en Roma se había expedido la bula de la confirmación; dándola Dios a entender cuán agradable servicio le hacía en honra de su Madre con su nueva orden de la limpia Concepción, pues aunque en Roma se hizo la gracia por el papa, Él la hizo a ella sabidora de todo lo que pasaba y participante de las alegrías que a esta causa celebraban ya los ángeles del Cielo.
 
No fue solo este milagro el que hizo célebres las sobredichas bulas, que otro mayor obró Dios en ellas para dejar cumplido testimonio de lo que le agrada la devoción del pueblo cristiano con la Purísima Concepción de su santísima Madre, y es a mi juicio un grandísimo argumento que aprueba la verdad de haber sido engendrada sin pecado original, pues no había Dios de hacer milagros en comprobación de una mentira o falsedad y el que ahora refiero es tan auténtico como el que más de los que han sucedido en muchos ''[25]'' siglos. Después de las alegrías que tuvo la sierva de Dios con las nuevas angélicas de la confirmación de su orden, pasados tres meses poco más o menos le vino otra nueva que las templó y aún las convirtió en llantos y tristezas, de que había padecido naufragio la nave en que venían las bulas y, aunque no había perecido ninguna persona (que todas se escaparon con harto trabajo y desnudez y la hacienda había ''[26]'' ido a fondo), entre otras cosas de precio también las bulas quedaban en lo profundo del mar. No se acabó la tempestad entonces, que ahora tuvo su efecto en el corazón de la sierva de Dios doña Beatriz, que fue tan afligido y atormentado con tales nuevas que a no desaguar por los ojos y dar vado al corazón con infinitos suspiros, no fuera mucho que diera también a fondo su vida. Tres días estuvo llorando continuamente sin hallar consuelo ninguno mas de conformarse [fol. 8r] con la voluntad de Dios que así lo disponía y, al fin de ellos, se levantó de la oración y fue a abrir un cofre para sacar de él ciertas cosas que se le ofrecieron que fue a pasar de un extremo a otro y quedar suspensa con una nueva maravilla, cual fue hallar dentro del cofre un pergamino doblado con sus sellos ''[27]'' pendientes, cosa que ella no había puesto en él ni jamás había visto. Recelosa de lo que podía ser, para salir de esta duda, como ella no entendía lo que en el pergamino estaba, envió a suplicar al obispo de Guadix fray Francisco Quijada de la Orden de Señor San Francisco, que a la razón estaba en Toledo, se llegase a Santa Fe, que tenía cierta cosa que comunicalle. Cuando tomó y desdobló las bulas, leyó y reconoció que eran las que se había tragado el mar, de la aprobación y confirmación de la nueva Orden de la Purísima Concepción, con que se serenó maravillosamente el corazón de la sierva de Dios y toda la ciudad de Toledo hizo demostraciones de grandísimas alegrías. Dio el obispo parte de este milagro a la santa Iglesia y la reina lo supo luego por carta de doña Beatriz (según se cree) y, comprobando el milagro con parecer de la reina católica, se ordenó cierto día para celebrar la publicación de él, lo cual se hizo con grandísima solenidad en este modo. Salieron los canónigos de la santa ''[28]'' iglesia, con procesión solene de Te Deum laudamus, y fueron desde la dicha iglesia hasta Santa Fe, donde la sierva de Dios los esperaba con sus devotas compañeras y al fin de la procesión iba el obispo de Guadix vestido de pontifical, el cual en una fuente de plata rica llevaba el precioso tesoro de las bulas que (a lo que se cree) el ángel san Rafael había sacado de lo profundo del mar y escondido y guardado en el cofre que la sierva de Dios tenía en Toledo. Dijo la misa solenemente el mismo obispo de Guadix, y puesto en un sitial, así como estaba de pontifical, predicó en ''[29]'' alabanza de la Purísima Concepción y de la nueva orden y publicó el milagro de las bulas que allí tenía, refiriendo en particular todas sus circunstancias. Causó al pueblo gran regocijo y aumentó a la devoción de la limpia Concepción de Nuestra Señora, y toda la ciudad guardó [fol. 8v] aquel día como fiesta principal, levantando mano de los oficios mecánicos y gastándole en maravillarse y dar a Dios gracias por el milagro de las santas bulas. Cuando esta historia escribió el autor de la vida de la santa, era abadesa del monasterio de la Concepción la venerable madre Juana de san Miguel, que se halló presente a lo dicho como compañera que era de las primeras que tuvo la sierva de Dios doña Beatriz, y en el pueblo había infinitos que se acordaban porque esta fiesta se hizo el año de 1489 y la vida se escribió treinta y siete años después, el de 1526. Para que quedase memoria eterna de esta tan grande milagro y se hiciese de las bulas el caso que era razón, se pusieron dentro de un viril en el sagrario del monasterio de la Concepción, de donde hube yo una copia, que es la que se sigue.
 
===§. V. Copia de las santas y milagrosas bulas de la Orden de la Concepción===
 
''Inocentius Episcopus servus servorum Dei, venerabilibus fratribus cauriensi, et Cathariensi Episcopis, ac dilecto filio Officiali Toletano, salutem et Apostolicam benedictionem. Interinnumera divine Maiestati accepta opera fundare cœnobia, ac religiosa loca, in quibus prudentes virgines acceptis lampadibus se preparent obviam ire Sponso Christo Iesu ac gratum, et sedulum illi exhibeant famulatum, non modicum reputantes, pijs devotarum personarum desiderijs, per quæ cœnobia, et loca ipsa fundari, et erigi valeant libenter annuimus, et earum humiles preces favorabiliter exaudimus. Sane pro parte dilecta in Christo'' [30] ''filie Beatricis de Sylva mulieris Toletanæ, nobis nuper exhibita a petitio continebat quod olim charisima in Christo filia nostra Elisabeth Castellæ, ac Legionis Regina illustris, ob [fol. 9r] singularem, quem ad Conceptionem B. Mariæ Virginis gerit devotionis affectum, unam maximam domum Palacios de Galiana nuncupatam, in ciutate Toletana consistentem ad ipsam Reginam legitime pertinentem, in qua una antiqua Ecclesia sine capella, sub invocatione sancte Fidis est co[n]stituta, prafatæ Beatrici cupienti vitam ducere regularem, ad affectu, vt in ibi vnum Monasterium alicuius Ordinis approbati ad honorem eiusdem Concepcionis erigeretur, in quo dicta Beatrix, et aliæ devotæ mulieres eius sodales sub regulari observantia viverent, ac Altissimo, et eidem B. Mariæ famularentur, liberaliter, et gratiose concessit, et donavit, ipseque Beatrix, et mulieres concessionis, et donationis huiusmodi vigore dictam domun receperant, et illam ex tunc in communi [...]'' [31] ''et eidem Altisimo ac B. Mariæ famulantes in habitarum prout habitant de præsenti: ea tamen intentione quod dictum Monasterium inibierigeretur: Quare'' [32] ''pro parte eisdem Beatricis, afferentis se de nobili genere procreatam fore, acipsam et mulieres prædictas Ordinem Cisterciensem, ad quem singularem gerunt devotionis affectum velle profiteri, nobis fuit humiliter supplicatum, ut in dicta domo Monasterium monialium dicti Ordinis sub invocatione Conceptionis huiusmodi, cum dignitite Abbatissali, campanili, campana, dormitorio, refectorio, claustro, hosrtis, hostilitijs et alijs necebsariis officinis, in quo in comuni et sub regulari observantia, ac perpetua clausura vivant, erigere, illique dictam Ecclesiam, sacte capellam pro Ecclesia, sive capella asignare, aliasque in præmissis opportune providere de benignitate Apostolica dignaremur. Nos igitur qui divini cultus augmentum religionis propagationem,'' [33] ''et animarum salutem, nostris potissime temporibus, supremis desideramus affectibus, pium et laudabile propositum, Reginæ et Beatricis prædictarum plurimum in Domino comendantes, huiusmodi supplicationibus inclinati, nec non consideratione eiusdem Regine nobis super hoc humiliter'' [fol. 9v] ''supplicantis fraternitati vestræ per Apostolica scripta mandamus, quatenus vos, vel duo, aut unus vestrum in dicta domo unum Monasterium eiusdem ordinis Cisterciensis sub invocatione Conceptionis huiusmodi, cum dignitate Abbatissali, campenili, campana, dormitorio, refectorio, claustro, hortis, hortilijs, et alijs necessarijs officinis pro una Abbatissa que alijs præsit Monialibus dicti Ordinis, ac Beatrici, et mulieribus in ibi nunc secum degentibus, si profiteri voluerint, quæ in communi ac sub regulari observantia, et perpetua clausura vivant, et quæ ac Monasterium huiusmodi prout S. Dominici Toletani dicti Ordinis el Viejo, nuncupatum, ac non nulla alia eiusdem Ordinis Monasteria locorum ordinarijs sunt subiecta, Archi episcopo Toletano pro tempore existentis bijciantur, alias sine alicuius præiuditio et iure parochialis Ecclesiæ, ac cuiu sibet alterius in omnibus semper salvo: auctoritate nostra erigatis: dictam que Ecclesiam siue capellam illi pro Ecclesia perpetuo as signetis, ac Abbatissæ dicti Monasterij pro tempore existenti, et illius conventui, quod aliqua statuta, et ordinationes laudabilia et honesta, sacris Canonibus non contraria, quæ moniales in dicto Monaterio pro tempore degentes perpetuo observare teneantur, etiam circa electionem Abbatissæ, tam, hac prima vice, quam deinceps perpetuis futuris temporibus, faciendi,'' [34] ''condere possint, licentiam cocedatis, et quod Abbatissa protempore existes et moniales præfatæ, vestem albam cum scapulari etiam albo, et de super mantellum coloris cælestis, in quibus quidem mantello, et scapulari imago eiusdem B. Mariæ assigatur deferre: ac cingulo camnabis adinstar fratrum Minorum cingi debeant: at in horis Canonicis iuxta morem Romanæ Ecclesiæ dicendis, hunc modum, videlicet, quod Dominicis in quibus aliqua'' [35] ''historia inchoata, sive officiu Dominicæ de necessitate diei debet, et quib'' [36] ''festa duplicia, et semiduplicia, et solemnia celebrantur, diebus etiam ferialibus, quibus officium feriale omitti non'' [fol. 10r] ''potest, ac octavis ipsarum festivitatum dumtaxat exceptis, omnibus alijs diebus per totum annum horas Canonicas maiores, et offitium divinum de huihsmodi Conceptione dicere: et ut præfatis exceptis diebus, in quibus horæ maiores de Dominica, velferia, autfesto dici debent horas minores, et offitium paruum eiustem B. Mariæ cum Antiphonis, versiculis, capitulis, et orationibus, de eadem Conceptione dicere debeant: ac singulis sextis ferijs et per Adventum Domini; ac alijs diebus quibus alij Christi fideles ad ieiunandum sunt ad stricti, ieiunare teneantur, et ad'' [37] ''alia ieiunia non obligentur. Acuum sicut asseritur dicta cinitas à mari per septem dietas et ultra distet, ac piscium penuria in ea continue vigeat carnibus omni tempore præter quam diebus ieiuniorum huiusmodi ac Sabbati, et quartis ferijs visci,'' [38] ''ac Abbatissa pro tempore existens de consilio monialium sibi pro tempore in consilijs assistentium secum et cum alijs monialibus dicti Monasterij supericiunijs ad quæ ex statuto, et ordinatione præsentibus, non autem ex iuris dispositione obligabuntur: et lineis indumentis cum viderit expedire, dispensare, ac quoscum que præsbyteros sæculares, vel de licentia suorum'' [39] ''superiorum, cuiusuis ordinis regulares in earum confessores, ad celebrandum eis Missas et alia divina offitia: ac Ecclesiastica Sacramenta eis ministrandum, qui Abbatissæ, et cuiuslibet monialium in eodem Monasterio pro tempore existentium confessionibus diligenter auditis, eis in singulis'' [40] ''Sedi Apostolicæ reservatis casibus, semel dumtaxat in vita, in alijs quoties fuerit opportunum pro commissis de absolutionis debito beneficio providere, ac pœnitentiam salutarem iniungere: nec non semel in vita, et in mortis articulo, plenariam omnium suorum peccatorum, de quibus corde contritæ, et ore confesse fuerint, remissionem: cuilibet earum in sinceritate fidei, unitate sancte Romanæ Ecclesiæ, ac obedientia et devotione nostra, vel successorum nostrorum'' [fol. 10v] ''Romanorum Pontificum canonice intrantium, persitentibus'' [41] ''concedere valeant, eligere possint. Quodque nullus absque Abbatissæ pro tempore existentis, expressa licentia claustra dicti Monasterij ingredi pobsit sub excommunicationis late sententiæ pœna quam eo ipso contrafacies incurrat, eadem auctoritate statuatis, et ordinetis. Non obstantibus constitutionibus, et ordinationibus Apostolicis, ac statutis et consuetudinibus dicti Ordinis, iuramento, confirmatione Apostolica, vel quiuis firmitate alia roboratis, cæterisque contrarijs quibuscumque. Nos enim si erectionem huiusmodi, per nos vigore præsentium fieri contigerit, ut præfertur, Abbatibsæ, et monialibus præfatis de cœtero perpetuis futuris temporibus, ut Quadragesimæ, et alijs diebus quibus stationes in Ecclesijs Urbis, et extra eam'' [42] ''celebrantur, aliqua altaria in Ecclesia dicti Monasterij visitando, et ante illa genibus flexis ter Orationem Dominicam, et'' [43] ''salutationem Angelicam devote dicendo, easdem indulgentias consequantur, quas consequerentur si Ecclesias prædictas visitarent: ac omnibus, et singulis gratijs, privilegijs, et exemptionibus alijs dicti Ordinis, per fedem prædictam in genere cocessis, uti potiri, et gaudere, libere, et licite possint, et debeant, autoritate Apostolica tenove earumdem præsentium, de specialis dono gratiæ indulgemus. Datis Romæ [a]pud sanctum Petrum, anno Incarnationis Dominicæ millesimo quadringentesimo'' [44] ''octuagesimo nono. Pridie Kalendas Maij, Pontificatus nostri anno quinto''.
 
Las mismas bulas en romance.
 
Inocencio obispo, siervo de los siervos de Dios, a los venerables hermanos opispos de Coria y Cathania y al amado hijo vicario toledano, salud y apostólica bendición [fol. 11r]. Teniendo por no pequeña obra (entre las inumerables que son aceptas a la divina majestad) el fundar monasterios y religiosos lugares en los cuales las prudentes vírgenes, tomando sus lámparas se aparejen a salir al encuentro al Esposo Jesuchristo y le hagan continuo servicio; de buena gana asentimos a los piadosos deseos de las personas devotas y oímos favorablemente sus humildes ruegos para que se funden y levanten los mismos monasterios y lugares. Es así que una petición ante nós, poco ha presentada por parte de nuestra amada hija en Cristo doña Beatriz de Silva, mujer toledana, contenía que los años pasados nuestra carísima hija en Cristo doña Isabel reina de Castilla y León por el singular afecto de devoción que tiene a la Concepción de la bienaventurada Virgen María, había libre y graciosamente concedido y dado a la dicha doña Beatriz, que desea con efecto seguir vida regular, una casa grande que está en la ciudad de Toledo, llamada los Palacios de Galiana (en la cual está una antigua iglesia o capilla con nombre de Santa Fe) que pertenecía legítimamente a la mesma reina para que allí se fundase un monasterio de alguna orden aprobada a honra de la misma Concepción, donde la dicha doña Beatriz y otras devotas mujeres sus compañeras viviesen debajo de regular observancia y sirviesen a la misma bienaventurada Virgen María, y que la dicha doña Beatriz y mujeres sus compañeras en virtud de esta concesión y donación recibieron la dicha casa y desde entonces la han habitado, viviendo en común y sirviendo al Altísimo y a la bienaventurada Virgen María, según que de presente la habitan, pero con intención de que el dicho monasterio en ella se instituya. Por lo cual nos fue humildemente suplicado por parte de la misma doña Beatriz, que dice ser nacida de noble linaje, y que ella y las sobredichas mujeres quieren ''[45]'' profesar la Orden Cisterciense de San Bernardo a la cual tienen singular afecto de devoción que con la benignidad apostólica nos dignaremos de erigir en la dicha casa un monasterio de monjas de la dicha orden, con la advocación de la misma Concepción, con dignidad abacial, campanario, [fol. 11v] campana, dormitorio, refitorio, claustro, huertos, hortalizas y otras oficinas necesarias, donde vivan en común, debajo de regular observancia y perpetua clausura, y que les asignásemos la dicha iglesia o capilla por iglesia y capilla suya, y en lo demás de lo dicho proveyésemos oportunamente. Nós, pues, que con altísimos afectos deseamos principalmente en nuestros días el augmento del culto divino, la propagación de la religión y la salud de las almas, encomendando mucho en el Señor el piadoso y loable propósito de las dichas reina y doña Beatriz, inclinados a sus ruegos y por respecto de la misma reina que nos pide lo mismo humildemente, mandamos a Vuestra Fraternidad por estos escritos ''[46]'' apostólicos que vos, o los dos, o el uno de vosotros con nuestra autoridad, elijáis en la dicha casa un monasterio de la misma orden cisterciense, debajo de la invocación de la misma Concepción, con dignidad abacial, campanario, campana, dormitorio, refitorio, claustro, huertas, hortalizas y otras oficinas necesarias para una abadesa que presida a otras monjas de la dicha orden y a la dicha doña Beatriz y más mujeres que ahora allí viven si quisieren profesar, las cuales vivan en común, debajo de regular observancia y perpetua clausura, y que ellas y el monasterio mismo esté sujeto al arzobispo de Toledo que por tiempo fuere, como lo está el de Santo Domingo llamado el Viejo de la dicha ''[47]'' orden, y algunos otros de la misma orden están sujetos a los ordinarios de los lugares, sin perjuicio de alguno, y salvo siempre en todo el derecho de la iglesia parroquial y de otro cualquiera; y le señaléis por iglesia la dicha iglesia o capilla perpetuamente y concedáis licencia a la abadesa que por tiempo fuere del dicho monasterio y a su convento para que puedan hacer algunos estatutos y ordenaciones loables y honestas que no contradigan a los sacros cánones, las cuales sean obligadas a guardar perpetuamente las monjas que por tiempo fueren en el dicho monasterio, aun cerca de la elección de abadesa, así esta vez primera, como después en los tiempos perpetuos futuros. Y con la misma autoridad establezcáis y ordenéis que la abadesa que por tiempo [fol. 12r] fuere y las monjas susodichas traigan vestidura blanca, con ''[48]'' escapulario también blanco y encima un manto de color de cielo, en los cuales manto y escapulario esté prendida la imagen de la misma bienaventurada Virgen María, y sean obligadas a ceñirse con un cíngulo de cáñamo a la manera de los frailes menores y que en las horas canónicas que dirán, según la costumbre de la Iglesia Romana, deban guardar este modo, conviene saber, que (exceptando solamente los domingos, en los cuales deba de necesidad decir alguna historia comenzada o el oficio de la dominica y en que se celebran fiestas dobles o semidobles y solenes y ferias en que no se puede dejar el oficio ferial y en las octavas de las dichas festividades) todos los demás días por todo el año digan las horas canónicas mayores y el oficio divino ''[49]'' de la misma concepción; y que exceptados los dichos días en que las horas mayores de la dominica, o feria, o fiesta se deban decir, digan las horas menores y oficio parvo de la misma bienaventurada Virgen María con las antífonas, versos, capítulos y oraciones de la misma Concepción; y que todos vos [sic] viernes y el adviento del Señor y otros días que los demás fieles de Cristo son obligados a ayunar, sean ellas obligadas a ayunar, y no lo sean a otros ayunos. Y que atento que (según nos han hecho relación) la dicha ciudad dista siete jornadas y más del mar y hay en ella continua falta de pescado, puedan comer carne en todo tiempo, fuera de los días de ayuno dichos y fuera de los sábados y miércoles. Y que la abadesa que por tiempo fuere, de consejo de las monjas que fueren por tiempo sus consiliarias, pueda dispensar consigo y con las otras monjas del dicho monasterio en los ayunos a que serán obligadas por el estatuto y ordenanza ''[50]'' presente, mas no de los que dispone el derecho, y elegir cualesquiera presbíteros seculares o regulares de cualquier orden, con licencia de sus superiores, para sus confesores y para que les celebren misa y los demás oficios divinos y les ministren los eclesiásticos sacramentos, los cuales, oídas diligentemente las confesiones de la abadesa y cualquiera monjas que por tiempo fueren en el monasterio mismo, las puedan absolver en todos y cada uno de los casos [fol. 12v] ''[51]'' reservados a la silla apostólica, una sola vez en la vida y en los demás todas las veces que fuere necesario, imponiéndoles saludable penitencia. Y también una vez en la vida y otra en el artículo de la muerte puedan conceder plenaria remisión de todos sus pecados, de los cuales contritas de corazón se hubieren confesado con la boca a cualquiera de ellas que perseverare en sinceridad de fe, unión de la santa Iglesia Romana y obediencia y devoción nuestra, o de nuestros sucesores los romanos pontífices elegidos canónicamente, no obstantes las constituciones y ordenaciones apostólicas y estatutos y costumbres de la dicha orden, establecidos por juramento, ordenanza apostólica o cualquier otra firmeza y todo lo que a esto fuere contrario. Y nós (si sucediere hacerse la dicha fundación), por nós en virtud de las presentes, según se dice, por especial gracia concedemos con la autoridad apostólica, por el tenor de estas letras presentes, a la abadesa y monjas referidas, de aquí adelante para siempre jamás, que los días de Cuaresma y otros en que se celebran las estaciones en las iglesias dentro y fuera de Roma, visitando algunos altares en la iglesia del dicho monasterio y diciendo devotamente, hincadas ante ellos las rodillas, tres veces la oración del Pater Noster y otras tantas las del Ave María, consigan las mesmas indulgencias que consiguieran si visitaran las dichas iglesias, y que puedan y deban libre y lícitamente usar y gozar de todas y cualesquiera gracias y privilegios y otras exempciones concedidas en general a la dicha orden, por la sobre dicha silla. Dadas en Roma en San Pedro, año de la encarnación del Señor de mil y cuatrocientos y ochenta y nueve, a último de abril, en el año quinto de nuestro Pontificado.
= Vida impresa (7)=

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