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Beatriz de Silva

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Víase la esposa de Iesu Christo cargada de años, porque tenía más de sesenta y tres, y al paso de ellos crecían sus deseos de ver aprobada la orden que intentaba a gloria de la Purísima Concepción de la Reina del Cielo, y así, hechas las diligencias sobredichas, escribió al sumo pontífice Inocencio Octavo, proponiéndole sus religiosos intentos y suplicándole humilmente, pues era tan devoto de la Virgen, los lograse para aumento de la devoción que el pueblo cristiano tenía a su limpia concepción, para lo cual le escribió también ''[22]'' la reina católica, encareciendo la santidad y nobleza de la bienaventurada doña Beatriz y el deseo que ella mesma tenía de ver fundada la nueva religión, que ya había echado sus raíces en el monasterio nuevo de Santa Fe, que así le llamaban al de los Palacios de Galiana porque tenía una capilla o iglesia con advocación de esta sagrada Virgen [fol. 7r] y mártir. Tuvo la petición de la sierva de Dios fácil y buena acogida en el pecho devotísimo del sumo pontífice, y tanto que fue cosa de mucha maravilla cuán a poca costa y en breve se despachó la bula de la confirmación, pero no era mucho si andaba Dios de por medio, que era el principal motor de estos intentos como Hijo natural a quien tocaba procurar el aumento de la honra de su santísima Madre. ''[23]'' Cuando la bula se despachaba en Roma y estaba en Toledo con el cuidado que se puede encarecer, la esposa amada de Cristo doña Beatriz, instando con lágrimas y oraciones el buen despacho de ellas, fue su Divina Majestad servido de concluir felizmente sus negocios y, para sacalla de él y dalla un buen día, por divina ordenación llegó a toda prisa un correo, en treinta de abril del año de mil y cuatrocientos y ochenta y nueve, al torno del monasterio de Santa Fe donde estaba la santa hablando con su mayordomo en cosas del gobierno de él, y preguntó por la señora doña Beatriz de Silva; diole a entender que con ella estaba, y preguntole qué la quería: "Yo señora", dijo él, "soy un correo, que en este punto ''[24]'' acabo de llegar de Roma, y traigo a Vuestra Merced unas nuevas que merecen aventajadas albricias y son las que más desea: que las bulas de la confirmación de su orden están ya concedidas y expedidas". Con nuevas tan a gusto como la sierva de Dios tuvo no fuera mucho hiciera extremos de alegría si no se valiera de su mucha cordura, con todo eso no pudo disimular el contento interior y, dándose mil parabienes a sí misma y a la Reina del Cielo inmensas gracias, llamó al mayordomo y le dijo que aparejase unas muy honradas albricias que dar aquel correo que tan deseada nueva le traía y que le hospedase con toda caricia. "¿A qué correo?", respondió el mayordomo, "¿o qué nuevas son estas que Vuestra Merced dice?". "¿Ahí no ve", dijo, "un hombre que estaba ahora hablando conmigo?". "Ninguno, señora", dijo el mayordomo, "ha estado aquí sino yo solo que no me he quitado del torno, no sé en qué piensa vuestra merced o qué dice". Quedó la santa sobre manera admirada de lo que pasaba y, viendo que no parecía el mensajero ni había sido visto del mayordomo que estaba presente por la parte de fuera en [fol. 7v] el torno, conoció que era sin duda nuncio del cielo el que le había traído tales nuevas y, por ser desde niña por extremo devota del glorioso ángel san Rafael, a quien todos los días rezaba cierta devoción, se persuadió a que él era el que había hablado y, para mayor certificación del milagro, notó con curiosidad el día y hora que sucedió esto y después se averiguó era la mesma que en Roma se había expedido la bula de la confirmación; dándola Dios a entender cuán agradable servicio le hacía en honra de su Madre con su nueva orden de la limpia Concepción, pues aunque en Roma se hizo la gracia por el papa, Él la hizo a ella sabidora de todo lo que pasaba y participante de las alegrías que a esta causa celebraban ya los ángeles del Cielo.
No fue solo este milagro el que hizo célebres las sobredichas bulas, que otro mayor obró Dios en ellas para dejar cumplido testimonio de lo que le agrada la devoción del pueblo cristiano con la Purísima Concepción de su santísima Madre, y es a mi juicio un grandísimo argumento que aprueba la verdad de haber sido engendrada sin pecado original, pues no había Dios de hacer milagros en comprobación de una mentira o falsedad y el que ahora refiero es tan auténtico como el que más de los que han sucedido en muchos ''[25]'' siglos. Después de las alegrías que tuvo la sierva de Dios con las nuevas angélicas de la confirmación de su orden, pasados tres meses poco más o menos le vino otra nueva que las templó y aún las convirtió en llantos y tristezas, de que había padecido naufragio la nave en que venían las bulas y, aunque no había perecido ninguna persona (que todas se escaparon con harto trabajo y desnudez y la hacienda había ''[26]'' ido a fondo), entre otras cosas de precio también las bulas quedaban en lo profundo del mar. No se acabó la tempestad entonces, que ahora tuvo su efecto en el corazón de la sierva de Dios doña Beatriz, que fue tan afligido y atormentado con tales nuevas que a no desaguar por los ojos y dar vado al corazón con infinitos suspiros, no fuera mucho que diera también a fondo su vida. Tres días estuvo llorando continuamente sin hallar consuelo ninguno mas de conformarse [fol. 8r] con la voluntad de Dios que así lo disponía y, al fin de ellos, se levantó de la oración y fue a abrir un cofre para sacar de él ciertas cosas que se le ofrecieron que fue a pasar de un extremo a otro y quedar suspensa con una nueva maravilla, cual fue hallar dentro del cofre un pergamino doblado con sus sellos ''[27]'' pendientes, cosa que ella no había puesto en él ni jamás había visto. Recelosa de lo que podía ser, para salir de esta duda, como ella no entendía lo que en el pergamino estaba, envió a suplicar al obispo de Guadix fray Francisco Quijada de la Orden de Señor San Francisco, que a la razón estaba en Toledo, se llegase a Santa Fe, que tenía cierta cosa que comunicalle. Cuando tomó y desdobló las bulas, leyó y reconoció que eran las que se había tragado el mar, de la aprobación y confirmación de la nueva Orden de la Purísima Concepción, con que se serenó maravillosamente el corazón de la sierva de Dios y toda la ciudad de Toledo hizo demostraciones de grandísimas alegrías. Dio el obispo parte de este milagro a la santa Iglesia y la reina lo supo luego por carta de doña Beatriz (según se cree) y, comprobando el milagro con parecer de la reina católica, se ordenó cierto día para celebrar la publicación de él, lo cual se hizo con grandísima solenidad en este modo. Salieron los canónigos de la santa ''[28]'' iglesia, con procesión solene de ''Te Deum laudamus'', y fueron desde la dicha iglesia hasta Santa Fe, donde la sierva de Dios los esperaba con sus devotas compañeras y al fin de la procesión iba el obispo de Guadix vestido de pontifical, el cual en una fuente de plata rica llevaba el precioso tesoro de las bulas que (a lo que se cree) el ángel san Rafael había sacado de lo profundo del mar y escondido y guardado en el cofre que la sierva de Dios tenía en Toledo. Dijo la misa solenemente el mismo obispo de Guadix, y puesto en un sitial, así como estaba de pontifical, predicó en ''[29]'' alabanza de la Purísima Concepción y de la nueva orden y publicó el milagro de las bulas que allí tenía, refiriendo en particular todas sus circunstancias. Causó al pueblo gran regocijo y aumentó a la devoción de la limpia Concepción de Nuestra Señora, y toda la ciudad guardó [fol. 8v] aquel día como fiesta principal, levantando mano de los oficios mecánicos y gastándole en maravillarse y dar a Dios gracias por el milagro de las santas bulas. Cuando esta historia escribió el autor de la vida de la santa, era abadesa del monasterio de la Concepción la venerable madre Juana de san Miguel, que se halló presente a lo dicho como compañera que era de las primeras que tuvo la sierva de Dios doña Beatriz, y en el pueblo había infinitos que se acordaban porque esta fiesta se hizo el año de 1489 y la vida se escribió treinta y siete años después, el de 1526. Para que quedase memoria eterna de esta tan grande milagro y se hiciese de las bulas el caso que era razón, se pusieron dentro de un viril en el sagrario del monasterio de la Concepción, de donde hube yo una copia, que es la que se sigue.
===§. V. Copia de las santas y milagrosas bulas de la Orden de la Concepción===
''[63]'' Era abadesa en esta ocasión doña Catalina Calderón, la cual, viendo sosegada la orden y puesta su casa en tranquilidad, trató de honrarla con las reliquias preciosas de su fundadora, la bienaventurada doña Beatriz. Pidiolas a las monjas de la Madre de Dios, que las tenían en depósito (como arriba dijimos) y, viendo que las negaban y no había orden de sacárselas por bien de las manos, envió a Roma la causa y, dada relación al Pontífice, alcanzó una bula en que mandaba con graves censuras que dentro de tres horas, como les fuese aquel mandato apostólico notificado, diesen el cuerpo santo a las monjas de la Concepción. Con esta apretada diligencia le llevaron a su monasterio, donde fue recibido con suma alegría y contento de las monjas entre muchas lágrimas ''[64]'' que el regocijo las hacía verter. Tuvieron los santos huesos en una arca en tanto que labraban un lucillo hermoso donde colocallos con decencia y, después de acabado, sacándolos [fol. 21r] del área donde habían estado para ponerlos en el lucillo, sintió tan grande olor el maestro que los sacaba que se apartó a fuera y dijo que llamasen a algún sacerdote que tratase y tocase aquellos huesos, que él no se atrevía a tocarlos porque sin duda eran de santos según el olor que tenían. Llamaron al confesor de las monjas que los trasladase, el cual sintió la misma fragancia de que también participaron muchas monjas que estaban presentes a verlo. y en tan notable exceso que sus sentidos fueron maravillosamente recreados y sus almas regocijadas de ver el testimonio celestial que las reliquias de su santa madre tenían de que habitaba en los cielos haciendo compañía a los bienaventurados espíritus y gozando del premio merecido por los servicios grandes que había hecho en el mundo a la Reina del Cielo en honrar su Purísima Concepción, con las alabanzas que las Esposas de Jesuchristo sus discípulas la cantan cada día, y cantarán continuamente hasta el fin del mundo.
Ya que había pasado el invierno áspero y frío de las tempestades y borrascas en que estaba la orden a pique de ser destruida muchas veces, plugo a la Serenísima Reina de los Ángeles de serenar y apaciguar las cosas y personas de ella, y al mismo punto en cumplimiento de la profecía de la lámpara, comenzó a aumentarse el número, santidad y fama del monasterio de la Concepción y la de sus hijas y a extenderse la orden con tanta fecundidad que el año de mil y quinientos y veinte y seis había ya treinta monasterios de ella y solo en el arzobispado de Toledo había once, porque en Toledo fueron a fundar a Torrijos, a Maqueda, Madrid, Escalona, Talavera, Oropesa, Ciudad Real, la Puebla de Montalván y Camarena, y de allí se extendió a Granada, Sevilla, Cuenca, Valladolid, Calahorra, Almería y otras partes de España, y el año de 1525 se fundó el monasterio de Roma en la iglesia que se llamaba ''Sancta Maria liberanos apœnis inferni'', bajo del capitolio, y le pobló doña Marina de Cárdenas, hermana de don Alonso de Cárdenas, maestre último [fol. 21v] de Santiago, que fue allí abadesa con otras diez mujeres que vivían reclusas en San Juan de Letrán, a las cuales dio el hábito y profesión el ministro general fray Francisco de los Ángeles, y después acá se han fundado muchos en diversas ciudades y partes del mundo, todo a gloria de la Purísima Concepción de la Reina del Cielo. Hanla favorecido mucho los papas, y León Décimo declaró por una bula suya, año de 1518, a 12 de julio, que ningún capítulo de su regla les obligaba a pecado mortal, si no es en los casos de obediencia, castidad, pobreza y clausura, y en ella hace mención también cómo fue cisterciense en sus principios.
SE.
''[3]'' En el margen izquierdo está escrito: “Vino a Castilla”.
''[4]'' Nota en el margen izquierdo: “Ildesc“''Ildesc.to.2. de la Pontif”Pontif''”.
''[5]'' Nota en el margen izquierdo: “Su rara hermosura”.
''[19]'' Se lee en el margen derecho: "Cuatro Papas dicen que fue esta Orden Cisterciense que es de san Bernardo".
''[20]'' N. M. derecho: "''Cronic. ex Císter''".
''[21]'' En el margen izquierdo se lee: "Por qué visten las monjas de la Concepción escapulario blanco con cordón".

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