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→Capítulo sexto
=== Capítulo sexto ===
Acabado aquel maravilloso hedifiçio, en breve fue la casa llena de frailes. Viendo esto las siervas de Dios, juntamente con ellos tomaron por padre al bienaventurado nuestro padre San Xerónimo, para que con su tela y anparo, olvidadas las fuerças flacas, por sus merecimientos serviesen varonilmente en el serviçio del Señor: toman el hábito, regla y costumbres de la dicha orden, sométense a los prelados de aquel monesterio, prometen obediençia, demandan que sean regidas dellos, ¡o virtud de maravillosa obediençia!, ¡sola [fol. 259r] digna de ser loada! Quisieron más sujetas obedecer, que esentas y libres errar; esto es verdaderamente negarse a sí mesmo: quando el honbre deja su querer y se dispone para obedezer. Y cobdiciando esta señora de no comer sin trabajar en el serviçio de Dios, alcanzó liçençia del papa que tuviesen aquella misma horden en rezar las horas divinas que los dichos religiosos. Y viendo aqueste santo varón ya dicho, que era prior en el dicho monesterio, la vida de aquesta santa muger ser tan apaçible a Dios, amávala con verdadera caridad, rogando al Señor por su justificatión y cunplimiento devoto y guarda religiosa de aquella santa congregaçión que hasta la fin durase en toda santidad y religión. Otro tanto rogava ella por él: eran estas personas dignas de todo loor en el entrañal amor, que pareçían otro San Francisco y otra Santa Clara, otro San Xerónimo y otra Santa Paula y Eustoquio; eran d’Él consoladas, y disciplinadas, y amonestadas con gran dulcedumbre de caridad en toda perfectión y castidad. Después de mucho tienpo que les duró esta santa conversaçión con toda honestidad y religión, plugo a la Divina Bondad recebir la penitençia digna y dar fin a ella y a los trabajos deste santo varón, llevándose donde recibiese el galardón del trabajo [fol. 259v] que avía recebido en plantar aquella biña del Señor, la qual labrava con el arado de la religión para que, después que la oviese podado con santas amonestaciones, mereciese aver della el fruto que esperava, que es el Çielo. Y si acaso algunas vezes alabavan a esta señora algunos çibdadanos de su honestidad y abstinençia o de otras obras virtuosas, dezía ella: «No es de algún valor lo que yo hago; mis hermanas lo hacen por alunbramiento del Espíritu Santo». Y viendo esta santa mujer que en las enfermedades la estavan sirviendo las hermanas, deçía sin toda dobleza, pensando ella en su coraçón ser indigna de aquel serviçio: «¿Dónde vino a mí tanto bien? ¡O, qué más hermosas donzellas pudiera yo tener en el siglo que ansí cercasen mi cama, las quales veo ser mucho más sufiçientes que io para esta administraçión, por hermosura de virtudes delante de Dios!».
Y como esta santa muger viese adornadas las mujeres del siglo de contraria hermosura con diversidad de adornados trajes, y que las caras hechas a semejanza del Criador estavan cubiertas con diversos ungüentos y afeites, por artifiçio digno de condenaçión, quiriéndolas reprehender, dezíales con palabras dulzes: «Mirad que ofendéis mucho al Señor y que si más con coraçón endureçido [fol. 260r] usáis de esta apostura, que ansí como personas que con deliberación pecan en el Spíritu Santo, yrán a la damnaçión perdurable, que aún el tal pecado no se quita ligeramente por la penitençia». Todo género de timiama o de qualquier espeçie odorífera ansí lo aborreçía y huía como si fuera un pozoñoso veneno. Dezía ella a las que usavan destas cosas odoríferas: «No conviene que la carne que está aparejada para ser mañana queva de gusanos, llena de toda miseria, aia alguna delectaçión». Nunca consentía su ánima ser ensuciada en jactancia, aunque fuese alabada de la prelaçía, o de la dignidad de los parientes, o de la hermosura del cuerpo, o de la honestidad de las costumbres, o de qualquier obra de perfeçión que en ella era; y si alguno por honrrarla le dezía “Vuestra Merced”, “Reverencia”, o otras palabras semejantes, dezía: «¿Dónde yo, un tan mezquino gusano en menospreçio, soi dicha tener merçed, como a Dios sea la honrra y gloria para sienpre?». ¿Qué podré yo dezir de la perfeción de esta? Sino que tomó tan alto grado de humilldad y de sinpleza recta y temor del Señor quanto la humana natura pudo consentir estar alguno de los mortales. Si líçito es dezir, puede bien tenella la Iglesia como a otro Job, y como ya la luenga hedad la agraviase mucho, aviendo pasado ya ochenta años de su vida con mucho fruto, con la gran vejez tenía perdido los sentidos exteriores en parte, [fol. 260v] mas con este inpedimento sienpre crecía más en los sentidos ynteriores y tenía más y maiores fuerças espirituales. Y como ansí ynpedida no pudiese oír el relox, mandava que pusiesen dentro en la celda un gallo que la despertase a la medianoche para ir a maitines; nunca o apenas fue hallado ningún día que casi desde su niñez no se levantase a la medianoche a alabar al Señor, aunque tuviese enfermedad de grande trabajo.