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sin resumen de edición
=Vida manuscrita=
Ed. de Celia Redondo Blasco y Rebeca Sanmartín Bastida
==Fuente==
* Cruz, Juan de la. 1591. Historia de la Orden de S. Hierónimo, Doctor de la Yglesia, y de su fundaçión en los Reynos de España. Esc. &-II-19 fols. 258v-267v.
==Criterios de edición==
Dado que se trata de una copia manuscrita de la segunda mitad del siglo XVI que bebe de fuentes más primitivas, los criterios de edición son conservadores.
Se mantienen los grupos cultos, que podrían mostrar el uso eclesiástico o de las fuentes consultadas:
* s líquida en spirituales
* formas cultas como –mpt- en Redemptor, -th- en tesoro, -ct- en sancta
* consonantes geminadas, ll, ff
Se respetan las oscilaciones y variantes de las sibilantes.
Se mantiene la oscilación i/y y v/b y se regularizan las alternancias gráficas sin valor fonético: i/j, u/v.
Se conserva dello, desta, etc., pero se separa mediante apóstrofo cuando la forma aglutinada incluye un pronombre personal: d’él.
La puntuación y la capitalización han sido modernizadas, si bien se mantiene el uso del paréntesis para indicar observaciones digresivas según el original.
==Capítulo undécimo==
[Fol. 258v] '''De la vida sancta y maravillosa de María de Ajofrín, religiosa en el monasterio de Sant Pablo de Toledo'''
La hystoria desta bienaventurada María de Ajofrín se halla escripta en algunas partes, tomado de lo que fray Joan de Corrales, prior del Monasterio de la Sisla de Toledo, recogió, vió, tractó y entendió de personas de autoridad y credo, [fol. 259r] que por ser tantas y tan largas las maravillas que se hallan, y milagros que Nuestro Señor obró por esta su sierva, los que las han puesto antes de agora en hystoria han procurado abreviarlas, tomando lo más essençial y verdadero. Y ansí se hará aquí, aunque la manera de la scriptura de los unos no parezca conformar en el dezir y hablar con la de los otros, que no será de inconveniente trocar los lugares y dezirlo por otros términos, no saliendo de la verdad que ello tiene y se le debe dar.
Fue natural María de Ajofrín de un lugar çerca de la çiudad de Toledo que se llamava Ajofrín, hija de padres onrrados, temerosos y siervos de Dios que se llamaban Pedro Martín y Mariana Garçía, ricos y prosperados de bienes temporales. Desde su niñez se le vio grandíssima inclinaçión a las cosas del serviçio de Dios y una prudençia y agudeza de spíritu que ponía admiraçión. Muchos la miravan y muchos la querían y amavan por sus inclinaçiones tan virtuosas y endereçadas al Çielo, y la demandavan y pedían a sus padres en casamiento, y la sancta donzella, que lo entendía, resistía con ánimo varonil a todos los que hablavan en esta materia, porque en ninguna cosa sentía gusto sino en oýr cosas graves y spirituales. En estos pensamientos se ocupava mucho, y con ellos renovava mill deseos, mill propósitos de juntarse con Dios y mejorarse cada día más en su amor y serviçio. Para excusar la inquietud que para esto le causavan las pláticas de los casamientos, sin consejo ni pareçer humano (aun siendo pequeña) hizo voto de guardar su limpieza y entrar en religión, de lo qual tuvieron gran sentimiento sus padres (que es offiçio de la carne y sangre por el apartamiento de los hijos que en vida se entregan a la muerte de la religión), mas como la vieron con tanta entereza en este propósito, que no la podían apartar d’él padres, ni hermanos, ni parientes, ni halagos y regalos con grande desgraçia y aborreçimiento de todos, la llevó su padre a la çiudad de Toledo, por importunaçión [fol. 259v] suya, siendo ya de quinze años.
Entraron en la iglesia mayor, sin saber dónde yr otra parte, y por orden del spíritu sancto, tuvieron allí noticia del monasterio de las beatas de la Orden de Sant Hierónymo que se dize de Sant Pablo, que, aunque no tenían estrecho ençerramiento de monjas religiosas, tenían la de mucha observançia y guarda de religión. Inspirada la sancta donzella que aquella era su vocaçión y lo que buscava para su deseo de servir a Nuestro Señor, fuesse luego al monasterio, y las religiosas d’él la reçibieron con grande alegría y voluntad, admitiéndola a su compañía y al hábito. Puesta en este estado tan deseado y pedido a Nuestro Señor, todo su cuydado, deleite y regalo ponía en ocuparse en los exerçiçios sanctos y en la oraçión y meditación, derramando multitud de lágrimas de los ojos, con grandes sospiros y gemidos, tiniéndose por la más vil peccadora y indigna de todas las mugeres. Quien labra una gran casa o torre abre los çimientos conforme a la grandeza del edifiçio, y sin ellos no se haze nada, y ansí es menester sacarlos para la perfectión de la vida christiana, que es la mayor y más alta fábrica de quantas acá se entienden. Esto hace la humildad, y desta gran virtud hazía provissión María de Ajofrín, de manera que, en su reputaçión y estima, no hallava en el monasterio persona más baja ni menos ser ni más nada que ella, y lo mostrava en su persona, vestido y pensamiento, y en los exerçicios humildes y bajos y en los demás exerciçios que havía desta manera en el monasterio. Lo que en su alma hazía grande impressión eran las palabras divinas, donde quiera y como quiera que las oyese, y todo era muestra que quanto tratava y pensava era cómo más amar a Dios y sentir de sí misma ser nada, y estimar y preçiar a todos mucho y amarlos en Dios y por Dios.
Pasados más de diez años de su recogimiento en el monasterio, quiso hazer una confessión general de toda la vida pasada, y tomó tan de veras y con tantas lágrimas de congoja y afflictión quererse asegurar si avía hecho lo que devía en aquella preparación para que Nuestro Señor le perdonase sus peccados que, [fol. 260r] entrando el día de su confessión en el confessionario, se derribó en el suelo delante de una ymagen de Nuestra Señora, que estava allí con su hijo benditissímo en los braços, al qual pedía por su intercessión de su santíssima madre le declarase si quedaría con seguridad de la vida pasada con aquella confessión y se le perdonarían todos sus peccados. Súbitamente, estando en esta oraçión con mucha ternura y lágrimas, vio una gran claridad que çercava la imagen, y que el sacratíssimo niño levantava la mano a la manera que el sacerdote la pone quando absuelve. Espantada de ver esta maravilla, y muy turbada en su spíritu, se puso a hazer confessión lo mejor que pudo, y, acabada, volvió a hazer oraçión a la imagen, y vió la misma claridad y la mano del niño alçada, con que quedó bien esforçada en el fervor y amor de Dios y guardó el secreto de la visión, que no lo descubrió sino a solo el prior fray Joan de Corrales, çertificándole que desde aquella hora le quedó tan gran movimiento en el coraçón que, de los golpes que sentía que le dava, a tiempos le pareçía que se le quería salir del cuerpo.
Muchos regalos tuvo de aý adelante de Nuestro Señor, y no muchos días después, quedándose una noche sola en el coro orando por el estado de la Yglesia, vio que de la custodia donde está reservado el sanctíssimo sacramento salía grandíssimo resplandor, que duró por el spaçio de una hora, mientras ella estava con fervor en la oraçión, y, acabada, no apareçió más aquella celestial claridad.
Estos son los regalos que Dios haze a los que de veras le buscan con amor divino que les sale del alma, y les manifiesta cosas maravillosas de su gloria, certificándoles con ellas quán agradables le son sus intercessiones y oraçiones y quán poderosos para alcançar quanto se pide y desea, que son dardos o saetas, como los doctores las llaman.
Haviendo de reçibir el día de la Resurrectión el santíssimo sacramento, hizo tanta preparaçión el sábado sancto antes que en toda la noche no durmió ni descansó, velando, orando y llorando, y por toda la casa buscava los rincones para hallarlos como los hallaba buenos para su oración, demandando limpieza a Nuestro Señor para llegarse a recebir [fol. 260v] tan gran bien y thesoro inestimable del alma. Venida la hora de la comunión, llegó con las otras hermanas a comulgar y reçibió el sanctíssimo sacramento ''[1]''; causole tanta devoçión, contento y alegría este admirable y divino sacramento ''[2]'' que luego se elevó, y quedó como absorta y muerta, y por quinze días continuos con las noches no durmió, pasando todo este tiempo en llorar y orar. Quedole desde este día que cada vez que se llegava a recebir el santíssimo sacramento se quedava elevada y enagenada de los sentidos exteriores, y con un ''[3]'' grande dulçor maravilloso en el coraçón, en la garganta y en la boca que le durava por quarenta días.
Aunque todo su quydado era encubrirse, que no lo supiessen ni entendiesen las hermanas, era trabajo escusado querer cubrir el sol quando está más claro en medio del día, y así lo veýan y entendían todas, y que todo el resto de la noche velava, oraba y llorava, si no era algún pequeño espaçio que tomava para repararse el sueño. Al mismo prior manifestó estas maravillas del santíssimo sacramento, y que los días que sentía el divino y celestial dulçor los pudiera pasar sin comer ni tomar cosa alguna de mandamiento, si no fuera por huyr de la singularidad y juizios que suelen tener los hombres.
==Capítulo duodécimo==
'''De otras cosas maravillosas que acaescieron a esta sierva de Dios y la manifestación de la llaga en el costado'''
Creçía tanto esta sancta donzella en el amor de Dios, verdadero esposo suyo, que cada día le comunicava grandes dones y hazía muchos favores y mercedes, y entre otras conoçió por spíritu lo que en una fiesta de Todos los Santos le había de succeder después que huviese reçebido el santíssimo sacramento y previsto [fol. 261r] que se pusiese cuydado en llevarla luego a una parte secreta y escondida (pero nunca tan escondida y secreta que no viniessen a descubrirla, porque muchas vezes el Çielo tenía este cuydado de mostrarla con luz visible), rogando a la madre del monasterio que diesse cargo a quien la llevase antes que se arrobase y transportasse reçibiendo el santíssimo sacramento. No fue menester esta diligençia porque fueron tantos los lloros y gemidos de los grandes dolores que sintió en el coraçón en reçibiendo el santísssimo sacramento y antes que se traspusiesse, que no pudo excusar que no se entendiesse con quánta fuerça se hazía a pasar aquellos dolores y tormentos. Aquí se enagenó como solía y le fueron descubiertos algunos secretos de descuydos de personas particulares que ella procuró se emendasen con avisos y amonestaçiones que hizo a quien tocava, como negoçio que era de Dios, que es el que sabe, penetra y conoçe los coraçones.
Tenía ya esta sancta muger tanta privança con Nuestro Señor, y era tan ençendida su charidad y amor en servirle con perseverançia, que le fue parte para declararse en su favor más particularmente su Magestad Divina con asombro de todos y en don y señal de su passión y llaga en el costado, que a pocos se a concedido. Hallose un día en el costado una abertura que cupiera por ella el dedo pulgar de un hombre, que le causó grandes dolores por veinte días con la llaga abierta, de la qual los viernes corría más sangre que los otros días (aunque en todos corría alguna) y nunca pareçió en ella materia ni se applicó mediçina ninguna mas de paños limpios, quitando unos y puniendo otros, y éstos quedavan tan roxos como un carmesí, que mostravan bien quán viva sangre era la que salía y sin corrompimiento alguno.
Con los grandes dolores que la sancta donzella padeçía, le faltavan las fuerças para llevar tanto trabajo y no cessava de pedir a Nuestro Señor su ayuda y favor en ello, y divinalmente le fue revelado que aquella maravilla la descubriese a la priora del monasterio y a otra religiosa que se dezía Theresa, a las quales, quando vieron la llaga y los paños vañados en [fol. 261v] sangre les causó admiraçión, y ellas lo dixeron al confessor de la casa, que estuvo bien incrédulo y duro en creerlo. Y quisieralo deshacer dando a entender que era imaginaçión y engaño de mugeres, mas quando lo vio con los ojos quedó espantado y maravillado, y no fue en su mano dejarlo en secreto, sino dezirlo y revelarlo a personas principales, como fueron don Pedro Préxano, deán de Toledo, y a Diego de Villaminaya, capellán mayor del coro de la santa yglesia, que dieron dello fee y testimonio habiéndolo visto.
Entraron, pues, estos dos eclesiásticos en el monasterio, y el confesor de las religiosas, Juan de Viezma, llevó a Graçián de Berlanga, capellán de la Reyna Doña Ysabel y capellán apostólico y de la audiençia Arçobispal, y todos juntos, con la priora y religiosa Theresa, vieron la llaga y la tocaron, y el capellán mayor tomó un paño vañado en sangre y, mirándole todos con cuidado, les pareçió que la llaga de donde salía era causada divinalmente y no con occasión de arte humana.
El notario escribió el testimonio que aquí va ynserto, sacado letra por letra del original, que yo he visto en el archivo del Monasterio de la Sisla de Toledo, firmado y sellado del mismo notario, que es el que se sigue:
“Deçente e cosa convenible es escribir por memoria las buenas obras e vidas de las personas que nos preçedieron, por que podamos por los buenos exemplos de aquellos obrar siempre bien e nos esforçemos apartar siempre del mal. Cosa çierta es que, si lo preçioso no fuesse apartado de lo no tal, la concupisçiençia loca non bastante desetemperar, sería demergida por curso muy ligero en un escuro tragamiento. Por tanto, yo Graçián de Berlanga, capellán de la sereníssima reyna Doña Ysabel, nuestra señora, notario apostólico e arçobispal, affirmo y doy fee que en el año de la Natividad de Nuestro Redemptor e Salvador Jesuchristo de mill e quatroçientos e ochenta y quatro, diez y nuebe de noviembre, quasi seis horas después de mediodía, por ruego e a instançia de Juan de Biezma, que entonçes era rector de la casa de Doña Mari Garçía, entré en la dicha casa para que notasse lo que viese, e así notado lo guardase. Después, pasados algunos días (aunque non muchos), quise demostrar lo que avía visto [fol. 262r] al reverendo padre prior de la Sisla fray Juan de Corrales, considerando aquel dicho eclesiástico en el capítulo quarenta y uno: que provecho ay en el thesoro escondido, etc., el qual dicho señor muchas bezes me mandó que aquello que avía visto que ge lo diesse por scripto, mas yo por entonçes no pude satisfaçer a su voluntad por muchos negocios que me çercavan, ca ello non me davan lugar, aunque allende de lo tener scripto en el coraçón lo tenía en mi protocolo, fasta diez días de noviembre del año del Señor de mill e quatroçientos e ochenta y seis, y es que el dicho Joan de Biezma me metió en un palaçio de la dicha casa, en el qual estavan los reverendos señores don Pedro de Préxano, deán de Toledo, e don Diego de Villaminaya, capellán mayor del coro de la sancta iglesia de Toledo, e dos o tres religiosas de la dicha casa. E viendo en una cama que en aquel palaçio estava una donzella, que verdaderamente pareçia bulto de ángel, y tenía una llaga en el costado donde Nuestro Redemptor Jesuchristo fue ferido, tan grande como un real, e non tenía finchazón y careçía de toda putrefaçión, tenía un color muy fino, ansí como grana, e después que todos lo uvimos mirado, a poco de rato fabló aquella donzella estas palabras: ‘Dios Nuestro Señor vos lo demande si no pusiéredes aquello en execuçión’. Y ansí espantado me aparté dende y me torné a salir, en fee de lo qual lo firme y signé de mi nombre, que fue hecho en Toledo, año, mes, día, quibus supra. Graçianus notarius apostólicus”.
Padeçía la sierva de Dios grandes dolores de la llaga, y no solo la atormentava esto sino el mostrarla, estando en la cama cubierto su cuerpo, rostro y manos honestíssimamente, y sólo se veýa la llaga por una sábana abierta a la parte del lado. Pasados los veinte días se le çerró la llaga sin benefiçio ni mediçina alguna corporal, y quedó la señal de la abertura con algún dolor en aquel proprio lugar, y como tenía impresso en su coraçón [fol, 262v] el nombre dulçíssimo de Jesús, y no se le caýa de la boca, favoreçíasse mucho d’él en estos trabajos, y regalábase en estremo con él, mas mucho más la regalaba su Magestad Divina con tan estremados dones y benefiçios de las llagas de su passión, que no la quiso decorar con sola la del costado, sino que, levantándose con la mucha flaqueza que tenía para ponerse en el suelo de rodillas o ençima de la cama, por devoçión de adorar un crucifixo al tiempo que oyó la rueda de las campanillas de la yglesia quando alçavan el santíssimo sacramento en una missa, sintió tan gran dolor en los pies y en las manos que le pareçía que en aquellos lugares le ponían rezios y gruesos clavos.
Como estuviese en esta pena y en la consideraçión de aquellos altíssimos misterios, pareçiole que le traspasaban la mano yzquierda, y fue el dolor tan vehemente que se puso el dedo pulgar de la mano derecha en la palma de la yzquierda, y apretando con el gran dolor que sentía rebentó la sangre, de que ella quedó bien admirada. Procuró encubrirlo con estremado gozo de regalo tan singular de Dios, y traýa la mano cubierta con un lienço sin poner otra medicina, y durole quarenta días, y después de pasados que sanó le quedó señal en la mano izquierda, que fue la que rompió en sangre. Y porque sucessivamente sintiesse en su cuerpo las insignias y dolores de la passión de Nuestro Señor Jesuchristo, sin los tormentos que de ordinario tenía en la cabeça, sintió en ella súbitamente un nuebo y gravíssimo dolor, que le pareçía que le ponían una guirnalda o corona que le çercava la cabeça alrededor y le entraban por ella puntas de clabos con tormento suyo exçesivo, cayéndole gotas de sangre. Aplicábanle diversas medicinas, y ninguna le era de provecho ni era razón que lo fuese, ni que las llagas hechas por la mano del Señor se curasen con la industria humana, y quando su Magestad fue servido y tuvo por bien, le alçó los dolores a su sierva y quedó con entera sanidad de las llagas de la cabeça y costado.
==Capítulo décimo tercio==
[Fol. 263r] '''De muchas mercedes y fabores que alcançó de Nuestro Señor esta su sierva'''
Christo Nuestro Señor tiene prometido en su evangelio que se nos hará merced de todo quanto pidiéremos orando, con que esto sea pidiéndolo en su nombre al Padre. A esta sancta le acaesçió así muchas vezes quando se hazía como deseaba, porque lo que pedía en sus oraçiones yva en camino al serviçio que se debe a Dios y a la manifestaçión de su grandeza y gloria (y esto era pedir en nombre de Jesuchristo). Sería cosa muy larga dezir todo lo que a este propósito se halla en lo que el prior de la Sisla escrivió, vio, y entendió desta sierva de Dios, y lo que en sus oraçiones, ruegos y interçessiones alcançó de Nuestro Señor a muchos, para provecho y remedio de sus almas y salud de los cuerpos: alguna parte se dize en la crónica que escribió Pedro de la Vega, y por aquello se podían entender las grandes maravillas que Dios obró con ella y las que de él alcançó, y las muchas y grandes revelaciones que tuvo de cosas particulares y el bien que se siguió dellas. Mucho engrandeçe Nuestro Señor a los justos, y está tan atento a las oraçiones y peticiones que muestra lo mucho que pueden con él y quán grandes effectos hacen, como se vio en las de su esposa María de Ajofrín, que no le salieron en vano. Eran tan fervosas y vehementes que se arrebatava y quedaba sin sentido, como muerta, por grande espaçio, y algunas vezes le acaesçía esto estando presente el prior que escrivió su vida, y una vez le dixo al prior la hermana maior o priora que le mandase por obediençia que despertase y vería la fuerça y virtud que tiene el precepto de la sancta obediençia en tiempos semejantes. El prior siguió el pareçer de la priora, y fue cosa maravillosa que, mandándola con precepto despertar, volvió luego a su sentido y mostró sentimiento grande como que la uviesen quitado de su contento y regalo.
[Fol. 263v] De grandes effectos eran las oraciones desta sancta virgen, y ellas eran las armas con que se valía y en ellas buscava el remedio en todas las cosas. Una vez se vio muy affligida por la grande hambre que havía en la ciudad a causa de las muchas aguas y mucha creciente del río, que no dava lugar a las moliendas. Çinco días antes de la solemníssima fiesta de la Natividad de Nuestro Redemptor, no durmió en toda una noche entera, y viendo que la hazía clara y serena, se subió a un terrado donde veýa el río, y haziendo sobre él la señal de la cruz y bendiçiéndole, se bajó luego a un secreto oratorio y derribó en el suelo a orar, puestos los brazos en cruz. Detuvose grande espaçio en esta manera de oraçión y penitencia, supplicando a la sacratíssima Virgen María, Nuestra Señora (en quien tenía singular devoçión y la tenía por particularíssima señora y abogada) pusiesse su intercesión y pidiesse a su hijo benditíssimo que no mirase a los peccados de aquel pueblo, sino a su misericordia, y súbitamente vio en el oratorio un gran resplandor, apareçiéndole la madre de Dios que le dixo: “Las aguas que en tantos días as visto avían de caer en muy pocos; y la mayor parte en esta çiudad por los pecados que en ella se cometen, mas por tu interçessión y supplicaçión mía, ha alçado Nuestro Señor la mano de su yra”. A todo esto, estava la sierva de Dios María de Ajofrín atenta, los ojos abiertos y las manos alçadas, viendo a la Sacratíssima Virgen María y oyendo sus palabras divinas y regaladas, hasta que se desapareçió, y en ese punto cayó en el suelo la bendita donzella y estuvo algunas horas sin sentido. Quando bolvió en sí, se levantó con un maravilloso esfuerço del cuerpo y del alma, y ninguna de las hermanas entendió este acaesçimiento, ni le descubrió sino al prior de la Sisla.
El deán de la santa yglesia de Toledo, que vio la llaga en el costado, con la fe y confiança que tenía en las oraçiones desta bienaventurada, le pidió hiziese oraçión por la paz de çientos de personas discordes de la corte, y la sierva de Dios se subió al mismo terrado una mañana antes del día, en las octavas de la Resurrectión el año mill y quatrocientos y ochenta y quatro, y mirando [fol. 264r] el çielo y suplicando a Nuestro Señor por la paz de aquellos cavalleros cortesanos vio un gran resplandor en el lugar donde naçía el sol, y estúvole mirando hasta que fue hora que saliese el sol, y mirávale sin ningún impedimento tiniendo los ojos fixos en él. Vio ansimesmo el sol que tenía una abertura y ventana, que pareçía más adentro el çielo y salían d’él mayores rayos de claridad y una cruz de oro resplandeçiente, y vio uno en el ayre muy lexos de sí (que le pareçía como la luna) que peleava con otro, y pasado algún espaçio bolviéronse las espaldas el uno al otro. Esta vissión vio hasta aquí, y no pasó delante porque subió al terrado a aquella hora una de las hermanas religiosas, mas puédese creer que por su oraçión se allanó aquella discordia de los cavalleros cortesanos, pues al cabo se hizieron las pazes.
Estando, otra vez, el día del triumpho de la cruz cerca del alva rezando y mirando al çielo y pensando en las grandezas d’él, vio unas llamas, de aý a una hora abierto el çielo, y que por allí salía el sol y se conoçían todas las hermosuras del Çielo. Y luego, otro día, a la hora de terçia, estando en una ventana rezando en un libro, vio cerca de sí un rostro como el de la luna, con muy gran resplandor, y dentro d’el como dos formas de hombres que peleaban el uno contra el otro, y que caýa mucha gente muerta. Dize el prior, que escrivió su historia, que este día prendieron los moros al Conde de Çifuentes.
Una noche de la Natividad de Nuestro Redemptor anduvo con grande consideraçión, atençión y cuydado de saber el tiempo y hora de la medianoche quando Jesuchristo, Nuestro Señor, naçió. Tuvo gran confiança de recebir aquel regalo y merced y púsose a orar delante del altar de Nuestra Señora, que estava muy adereçada y compuesta sobre él su ymagen y una cuna con un niño pequeño adornado con algunas riquezas, y estando en este su deseo, con lágrimas y gemidos vio con los ojos corporales baxar sobre el altar gran resplandor y a Nuestro Señor en figura de niño que naçía de la Virgen María, y cómo le adoraron los ángeles y pastores, y desde algún espaçio llegaron los tres Reyes con tres soles de gran resplandor delante, que, llegando al altar todos tres, [fol. 264v], pareçieron uno. Pareçiole que esta vissión se detuvo desde las doze hasta las tres, y a esta hora començó la primera missa el capellán mayor de la yglesia y vio, quando salía vestido, que sobre el altar estavan dos antorchas de fuego con gran resplandor, y que los Reyes llegavan a donde ella estava, y no se impedían ninguna cosa para ver los misterios de la missa.
Vio también que cubrieron al sacerdote gran multitud de ángeles, al tiempo que dezía los sanctus, y que quando alçava el santíssimo sacramento le ayudavan a sustentar los braços, y quando llegó el pater noster esta sierva de Dios cayó en el suelo por no poder ya sufrir estar de rodillas, y estuvo de aquella manera hasta las doze del día, gozando de aquellos misterios divinos.
La santa María de Ajofrín (como la voluntad agena era la suya) declaró al prior de la Sisla todas estas particularidades por tenérselo mandado por obediençia, y esta la forçava y compelía a manifestar lo que ella no quisiera. Son tantos los secretos celestiales que se hallan que le fueron mostrados que sería cosa prolixo ponerlos todos, pues querer hablar en su trato, conversaçión, charidad y menospreçio sería lo mismo. Ella era humildíssima, que en el vestido y trato de su persona lo mostrava bien, y se conoçía en las obediençias y en todas las otras occupaciones y exerciçios humildes, y entre todas era la que con mayor llaneza se mostrava humilde, sirviendo y obedeciendo. Si acaso en el monasterio havía entre ellas differencias (que entre las religiosas ordinariamente son todas niñerías y cosas de poco momento), María de Ajofrín era la que las concordava, porque de aquellas cosas pocas no viniessen a mayores pesadumbres y se abrasase un monte con una çentella.
Buenas prendas tiene de ser hija de Dios la que tiene el alma tan pacífica como esto, que como el mismo Dios dize en el evangelio, naçe todo esto de la charidad, reyna y señora de todas las virtudes. Esta sancta la tenía bien raygada en su coraçón y aposentada con mucha riqueza de adereços de adorno y serviçio, como a madre de todas las otras sanctas virtudes.
==Capítulo décimo quarto==
[Fol. 265r] '''De algunas cosas que tuvo spíritu de prophezía María de Ajofrín, y de su bienaventurada muerte'''
Entre otros muchos dones que del Çielo tuvo esta sancta virgen, fue uno el spíritu de prophezía y de hazer milagros, que aunque ni lo uno ni lo otro son señales çiertas de tener a Dios en el alma como esposo y como amigo, pero a quien lo es (y tan de veras le amare como esta sancta le amava) suélense hazer muy de ordinario estos favores y merçedes. Començávase a poner y plantar en la ciudad de Toledo la Sancta Inquisición en aquellos días, y esta bienaventurada muger dixo al prior de la Sisla algunos secretos tocantes al Santo Officio de que se maravilló mucho, y como le preguntase que cómo savía aquello, que se le hazía grave y difficultoso creerlo, respondiole que Nuestro Señor le avía aparecido atado a la columna muy llagado y açotado y le dixo que aquello le causavan cada día los herejes, que lo dixese al prior de la Sisla, que es uno de los que entienden en la Inquisiçión, y pusiesen remedio en ello. El prior le dio crédito y lo comunicó con el deán de la sancta yglesia de Toledo, y en presencia de los dos lo bolvió la sancta donzella a dezir, y añadió otras muchas cosas que eran tocantes al Santo Offiçio, amonestándoles de parte de Dios que proveyesen en lo que era su serviçio y dearraygasen las heregías.
Otra vez vio en spíritu que llevavan de la yglesia mayor el sanctíssimo sacramento con gran solemnidad para darle a un enfermo herege, y divinalmente le fue mandado que diesse luego aviso a los clérigos que se bolviessen, y ansí lo hizo con toda diligençia. El ángel que le mandó esto le dixo después, para certificar la visión, que en aquel día vería en la missa distilar gotas de sangre de la hostia consagrada, y así acaesçió, que con los ojos claros y abiertos vio en las manos del saçerdote la hostia consagrada llena de sangre [fol. 265v] al tiempo que la alçó al pueblo para que la viesse y adorasse.
Dos moços livianos tractavan de hazer algún desconçierto en el monasterio, y por spíritu del Çielo lo entendió la sierva de Dios y embió a llamar al prior de la Sisla, y díxole que pusiese con tiempo remedio en el desconçierto que tratavan aquellos moços desasosegados, y el prior lo hizo, y halló ser verdad todo lo que la sierva de Dios le havía dicho.
Reçebía gran pesadumbre esta religiosa quando se offreçía salir a hablar con personas de fuera de la casa (aunque fuessen religiosos), y quando la importunaban y no se podía excusar abreviava las pláticas y las palabras con todos, personas graves y de auctoridad, y que no lo fuessen. Un religioso deseava mucho hablar con ella por solo oýa de su virtud y sanctidad, y anduvo en esto muchos días y tiempo sin poderlo alcançar, y la sierva de Dios, que ya lo sabía, le dio un día audiencia y le dixo en las primeras palabras: “Bien sabía que ha días que me queríades hablar y la causa también, y que tal día començastes tal escriptura y no la acabastes con quanta priessa os distes hasta la noche, quando tuvistes más lugar”. El religioso, espantado de las verdades que le dezía, pidiole encaraçidamente le dixese cómo lo sabía. Díxole que lo vio en spiritu, y más le dixo, que avisase a otro religiosos que él conocía que mirase en el desasosiego que traýa en su conçiençia, y que si avía hecho alguna offensa pidiese perdón de ella porque de otra manera ni saldría del trabajo ni satisfaría a Dios ni a los próximos.
No fueron estas solas la que por spíritu de prophezía entendió y manifestó María de Ajofrín, sino otras muchas, las que por sus oraçiones hizo Nuestro Señor cosas maravillosas. Sanó a la madre priora de una grave enfermedad, y a su misma madre sanó y libró de otra por sus sanctas oraçiones, y a un hermano libró también de la cárcel, puniendo en todo por intercesora a la Sacratíssima Virgen María, Nuestra Señora, a quien ella acudía con gran confiança. Sería la hystoria desta sierva de Dios muy larga si en particular nos detuviésemos [fol 266r] a decir todas las cosas que se hallan de sus maravillas, revelaçiones y milagros, que apenas comulgó vez que no fuesse alçada y arrabatada en spíritu y viesse y entendiesse grandes secretos.
Llegole la hora de la muerte (bien deseada por ella) y enfermó el año mill y quatroçientos ochenta y nueve, aviendo pestilençia en la çiudad de Toledo, y a los diez y ocho días del mes de julio, que fue sábbado, murió muy sanctamente a las tres horas de la medianoche, habiendo reçebido los divinos sacramentos con grandíssima devoçión. El mismo día, a la hora de las vísperas, la enterraron en el capítulo de la Sisla de Toledo, adonde en aquellos días se enterravan las religiosas de Sant Pablo. Sintiose en su muerte un olor suavíssimo y çelestial, como lo testificaron todas las hermanas religiosas que se hallaron presentes. Hizo Dios por ella algunos milagros, y entre otros fue que en el mes de septiembre siguiente del mismo año, estando muy enfermo (y aun dada la extrema unctión) Don Alonso, hijo de la condesa de Paredes y canónigo de la sancta yglesia de Toledo, se encomendó a la bienaventurada María de Ajofrín, y trayéndole una de las almohadas que tenía en la cama al tiempo que murió, se sintió (en puniéndosela sobre sí) con grande mejoría y fuera de peligro. No fue desagradeçido el canónigo Don Alonso a este beneficio, que, en levantándose de la enfermedad, fue a la Sisla de Toledo a visitar la sepultura desta sierva de Dios, y le offreçió de sus dones, y estuvo allí nueve días continuos en hazimiento de graçias.
En el mismo mes y año fueron a la Sisla de Toledo un hombre que se dezía Joan de Pastrana y su muger con un niño tullido, que, después de aver gastado en su cura con médicos y en medicinas la hazienda que tenían, no se veýa en él mejoría alguna. Encomendaron los padres con mucha devoçión a esta virgen la salud de su hijo velando una noche su sepultura, y el niño tuvo entera salud, y hizieron los padres graçias a Nuestro Señor por este benefiçio que les vino por la intercesión de aquella su sierva.
En este mismo tiempo [fol. 266v] Joana de Sant Miguel, beata de la tercera regla de Sant Françisco que vivía en la çiudad de Toledo, tenía un çaratán en la teta, y como en çinco años no sentía mejoría con quantos beneficios le avían hecho los médicos y çirujanos y le aconsejaban que les dejase cauterizarla y cortarla quando no ubiese otro mejor remedio, ella, temiendo el tormento y peligro que le podría succeder, acordó de irse a la Sisla de Toledo y visitar la sepultura de María de Ajofrín, creyendo que por su intercessión alcançaría la salud que deseava. En entrando en el capítulo donde estava la sepultura, sintió un olor çelestial, y luego se derribó sobre ella con muchas lágrimas y devoçión, rogando le quisiese alcançar de Nuestro Señor se sirviese darle salud de aquella tan penosa enfermedad que padecía. No pasó mucho tiempo quando fue oýda y sintió cumplida sanidad.
Otro canónigo de la sancta yglesia de Toledo estava muy enfermo y casi para morir, y mientras más benefíçios le hazían los médicos se hallava peor; encomendose con mucha devoçión a la sancta María de Ajofrín, y mandó yr a visitar su sepultura en su nombre, y que le traxesen un poco de la tierra della. Traýda, se la puso al cuello, y aquella noche, estando durmiendo, le appareçió la sierva de Dios, y quando despertó se halló sano. A la mañana le daban una purga, que estava ordenada de médicos, y él dixo que no la avía ya menester, sino que le diessen de comer, que estava sano y bueno. En levantándose, fue a la Sisla a visitar el sepulcro desta virgen y a hazer gracias a Nuestro Señor, y offrecer sus offrendas.
En el año de mill y quatro çientos y noventa Francisco Díaz, vezino de Xaraiz, estava bien al cabo de la vida y reçebido el sacramento de la extrema unctión, de que tenía mucha pena un clérigo tío suyo, y acordándose que avía oýdo los milagros que hazía la sancta María de Ajofrín, luego le encomendó con mucha fee y devotión la salud del enfermo su sobrino, prometiendo que si la tuviesse lo llevaría a visitar su sepultura. El enfermo tuvo luego salud, y los dos, tío y sobrino, fueron a la Sisla de Toledo a hazer graçias a Nuestro Señor y a esta sancta por su intercesión, y el clérigo escrivió por su mano este [fol. 267r] milagro en el mismo Monasterio de la Sisla el año de mill y quatro çientos y noventa y uno, a siete días del mes de mayo, certificando ser verdadero y que como lo dezía avía succedido.
Otros muchos milagros hizo Nuestro Señor por mereçimientos desta su sierva con personas que visitavan su sepulcro o se encomendavan a ella en diversas partes, por lo qual se acordó que su cuerpo fuesse trasladado del capítulo a la yglesia del monasterio, a un sepulcro que le hizo una señora devota y prinçipal que era Condesa de Fuensalida. Hízose la traslaçión el año de mill y quatroçientos y noventa y çinco, en veinte y çinco días de abril, hallándose presentes, con el prior del monasterio fray Juan de Morales y los religiosos, el clavero de Alcántara y Don Alonso de Silva con otras personas, donde luego que abrieron la sepultura sintieron todos tanta suavidad de olor que salía de la huessa como si se abrierauna arca llena de todas las flores olorosas que naturaleza produze, y sus huessos pareçía que estavan vañados en un liquor a manera de óleo.
Mandó el prior que la translaçión se hiziese con la mayor solemnidad que pudiesen, y se tañesen los órganos y las campanas y fuesen todos con velas ençendidas en las manos y en una processión bien conçertada y ordenada.
Levantaron el cuerpo, que estava en una arca aforrada en seda que dio Don Alonso de Silva, y llegaron con él a la capilla mayor de la yglesia, donde, después de haver dicho allí algunas oraciones, le dexaron a un lado del altar mayor, descubierto por espaçio de treze días. En este tiempo pidieron a Nuestro Señor muchas veces que se sirviese embiar agua a la tierra por intercessión de su sierva, que havía gran necessidad. Y llovió en grande abundançia con que se remediaron los temporales que estavan a punto de perderse, y todos entendieron que les avía Dios hecho esta misericordia por honrrar aquella bendita sierva suya.
Pasados los treze días, pusieron el cuerpo en el sepulcro [fol. 267v] nuebo que para esto se avía aparejado, baxo del altar colateral de Nuestro Padre Sant Hierónymo, que está a la mano derecha del altar maior, y dentro de la rexa, y allí es visitado y honrrado de muchos, y fue premio mereçido a su humildad, porque, como dio testimonio Chatalina de Sant Lorençio, priora y hermana maior del monasterio de San Pablo, era esta bienaventurada María de Ajofrín de tanta humildad y menospreçio de sí misma que la importunava y pedía muchas vezes que la reprehendiesse y penitençiase delante de todas, mayormente en los capítulos que se tienen en los viernes, mandándola comer en el suelo y hazer otras penitençias humildes que las religiosas suelen hazer en público para exerçitarlas, que en esto la ocupase y exerçitasse y en la guarda de la perfecttión de los padres antiguos que tenían en amar a Dios y despreciarse a sí mesmos. Con ser tan humilde era honestíssima, tanto que pocas personas (aun de las que conversaban con ella) podían dar testimonio de su rostro, que le traýa de ordinario y casi siempre cubierto con un velo que dejava caer hasta los pechos.
Conclúyese la historia con esto: que la sancta María de Ajofrín se subió derechamente al Çielo con el vestido de oro recamado que el psalmo quarenta y quatro dize, donde está gozando de la perfectión de las virtudes, y del Señor de las virtudes, criador y salvador nuestro, Jesuchristo.
''[1]'' Tachadas tres líneas a continuación hasta la siguiente palabra transcrita.
''[2]'' Palabras tachadas a continuación.
''[3]'' Palabra tachada a continuación.
=Vida impresa=
Entonces, se fue con él, y hallose en una iglesia, fuera de la ciudad, donde vio a Nuestra Señora con su hijo en los brazos. Púsose de rodillas, delante della, y aquel hombre anciano que la había llevado llegó y púsole un paño de seda en las manos, y la santa Reina le puso luego a su hijo encima, y mandando a otro hombre, de menos edad, que la acompañase junto con el otro que la había llevado allí, le dijo la Señora del Cielo: “Ve con mi Hijo donde fueren estos dos varones”.
El que llevaba el vestido colorado iba como por guía, delante, como buscando posada. Entraron por la ciudad, y llamaban a las puertas que estaban cerradas, diciendo: [469] “Abrid, que viene el Señor a vuestra casa”, y ninguno quería abrirles. Y si algunos tenían las puertas abiertas, acudían de prisa a cerrarlas, respondiendo unos y otros que pasasen de largo, porque estaban embarazados y no había posada. Anduvieron desta suerte poco menos toda la ciudad, sin hallar donde los acogiesen. Tornáronse por donde habían ido, encontraron en el camino con dos mujeres caballeras en dos asnillos ''[14]'', que las acompañaban dos clérigos, y estos les dijeron: “Nosotros os acogiéramos si no fuéramos deprisa, mas en tanto que volvemos, recogeos en ese establo”.
Ansí, se tornaron al templo donde la Virgen estaba, y tornando a recebir a su hijo de la mano de su sierva, le dijo: “Llegado es el tiempo en que es tan menospreciado el Hijo de Dios, y ansí también se ha llegado el tiempo en que Él herirá por su ángel: a unos, con duros azotes, a otros, con espada aguda, y a otros, con fuego. Mas, ¡ay de los perlados de la iglesia, a quien el Señor hizo pastores de su grey, y de las almas que compró tan caras, que traen vestidos de ovejas y corderos y son dentro lobos rabiosos robadores, que no tratan sino de beber la sangre de los súbditos! Procuran con toda su ansia honras y dignidades, no para servir con ellas a Jesucristo, mas para sus gustos y deleites”.
==CAPÍTULO XLV==
''[25]'' '''Prosíguese la vida de la santa virgen María de Ajofrín, y las cosas admirables que Nuestro Señor obró en ella'''
El mismo año luego adelante, día que se celebra en Toledo, y agora en toda España, el Vencimiento de la Cruz, quedándose en oración después de Maitines, cuando ya quería romper el alba, estando postrada delante del altar y roba- [471] da en espíritu, le apareció Nuestro Señor, llegose a ella y la mandó levantar; vio que venía cubierto con una alba o sobrepelliz y una estola al cuello, y por las piernas abajo le corría mucha sangre, y díjole ansí: “Como me ves, corriendo sangre, ando por las iglesias desta ciudad, desde esta hora hasta que tañen a la plegaria de a medio día”, y dicho esto, desapareció. Considerando la santa estas cosas, hacía con ardientes suspiros oración a Nuestro Señor por el estado de los sacerdotes, entendiendo cuánto le ofendía el descuido de sus vidas.
Desaparecida la visión y vuelta en sí, hallose sana. Díjolo todo a su confesor, y como hombre prudente se detuvo, y, aunque no se mostró tan duro ni tan incrédulo como la primera vez, le dijo: “Cuando yo diese entero crédito a esas cosas, ¿cómo lo creerán, (decidme, hermana) esas personas a quien queréis que se diga? Menester es, a mi parecer, alguna seña o alguna manera de certeza, para que ni se rían de vos ni de mí, teniéndonos por livianos”.
Como oyó esto la santa, afligiose mucho y por entonces no le respondió nada, pensando de responderle en una carta y buscar quién se la escribiese. Pasando acaso por un lugar de la casa donde estaba una ventanilla, vio en ella un pliego de papel y tomolo. Metiose en un sotanillo obscuro donde algunas veces ponían leña. Sentose ''[39]'' allí con harto deseo de hallar quién la escribiese su carta, porque ella no sabía, ni en su vida tomó pluma en la mano. Estando desta suerte, sin saber qué hacerse, vio que súbitamente resplandecía el papel y, sin saber quién ni cómo, [472] sintía que le tomaron la mano y se la meneaban como para escribir; y escribió dos cartas: la una para su confesor, que a esta sazón era el cura o capellán de aquella casa, que se llamaba Juan de Velma ''[47]'', y la otra para el deán y para el capellán mayor de la iglesia. Escritas las cartas, desapareció la claridad, plegolas y púsoselas en la manga. Fue luego a hacer los oficios y ministerios en que andaba siempre como monja humilde ocupada, barrer, fregar y otras haciendas semejantes. Sacando agua de una tinaja para llenar una caldera, cayósele la una de las cartas dentro y detúvose en el aire antes de llegar al agua. También parecerá esto menudencia y cosa de aire a los censores rígidos, sin acordarse que también fue menudencia que la cuchilla del hacha que se le cayó al discípulo de Eliseo en el agua vino nadando a enastarse en el palo que tenía en la mano el Profeta.
Vino una destas cartas a manos del capellán mayor de Toledo y probó muchas veces la virtud que tenía dentro, porque la puso sobre algunos enfermos harto lastimados y tuvieron luego salud.
Acabando de decir esto, se sintió luego herida y con tan gran dolor en el corazón que no se puede explicar, y en él una llaga tan grande que a lo que se veía por de fuera podía caber por la cuchillada la cabeza de un grande dedo pulgar. Mostrase abierta esta llaga veinte días enteros, y los viernes corría sangre en más cantidad que los otros días; y aunque le ponía algunos paños para restañarla no bastaba, porque corría hasta los pies. Viose ser hecha esta herida sobrenaturalmente, porque ni nunca se enconó, ni se mudó la carne circunstante, ni hizo materia, ni mostro género de corrupción alguna, aunque estuvo tantos días abierta, ni se le hizo género de remedio, ni aplicó alguna medicina. La sangre era tan limpia que parecía como de un palomino. Poníanle cantidad de paños, remudándolos; todos quedaban hechos sangre.
Quiso al principio la sierva de Dios esconderla, y hizo las diligencias que pudo, mas fuele dicho que la manifestase a sus superioras, a la patrona, y a la que llamaban hermana mayor. Mostró los paños sangrientos aunque con harta vergüenza; maravilláronse de caso tan [475] extraño. Espantadas ello y de la llaga, enviaron a llamar luego al confesor. Él, como prudente, puso todo el silencio que pudo a todas las hermanas, y recelándose no fuese esto alguna ilusión diabólica o otro fruncimiento humano, procuró informarse de todo el suceso. Vio la llaga, y quedó suspenso y como atónito; fuese a dar parte del caso al deán de Toledo, hombre de letras y prudencia, y al capellán mayor, don Diego de Villaminaya ''[58]''. Parecioles que no se divulgase el caso hasta que se diese bastante testimonio y se averiguase con la mayor certeza que fuese posible. Acordaron los tres, el deán y el capellán mayor y el cura o capellán, de llevar consigo un notario, persona de confianza, y fueron todos cuatro al monasterio. Hablaron con la hermana mayor, diciendo era menester que certificarse del caso, y que se hiciese aquello de manera que constase con mucha firmeza.
Mandáronla a la santa que se acostase y, cubierta honestamente con una sábana, abrieron por la parte del costado cuanto fue bastante para ver la circunferencia de la llaga y buena parte del pecho. Halláronse presentes estos cuatro varones, y la hermana mayor con la patrona de la casa, y todas seis personas vieron atentamente el costado herido y abierto, y lo tocaron con sus manos, estando la llaga tan viva y tan reciente que salía della sangre purísima, y el propio capellán mayor sacó con sus mismos dedos gran copia de hilas llenas de sangre. Advirtieron que aquella herida no se había podido hacer humanamente. Acordaron que el notario diese testimonio dello. Y porque este se guarda original en el archivo del Convento de la Sisla, de Toledo, me pareció ponerle aquí ad verbum, por ser tan notable el caso. Dice desta manera:
Cuando volvió en sí la sierva de Dios de aquel trasportamiento, fuese muy alegre a ver la enferma y halló que dormía reposadamente; cuando despertó se sentía tan aliviada de su aprieto, que le pareció no tenía mal ninguno, y ansí fue porque luego estuvo buena. Y claro está que dirían los médicos que la enfermedad se había terminado bien y que, por la ayuda de los medicamentos que la habían aplicado, la naturaleza había vencido al mal, y no les iría a la mano la que con sus lágrimas le había alcanzado la salud, porque, como virgen prudente, callaba, que es de locas ir a buscar el olio de los loores vanos del mundo. Solo lo reveló a su [487] confesor, por la obediencia que le tenía puesta, de que hago muchas veces memoria, porque, si no fuera por ella, todo esto quedara sin saberse.
Estaba un hermano desta santa preso, harto apretadamente, con muchas prisiones. Rogaba a Dios por él y encomendó otras hermanas que le ayudasen también con sus oraciones, pidiendo a la Virgen santísima, delante de su imagen, que le librase de aquel aprieto. Apareció al preso la imagen misma de la Reina soberana, y quitole las cadenas y grillos de los pies, y díjole que, por las continuas oraciones de su hermana y de otras siervas de Dios de aquel monasterio, sería libre de aquella cárcel.
Adurmiose el preso y, cuando despertó, hallose fuera de la cárcel y sin prisiones, y sanó de la hinchazón que tenía en un pie, por hierros apretados que había tenido. Vino al monasterio donde estaba su hermana, y contó el milagro, y en viendo la imagen la conoció, y dijo que aquella era la imagen que le había libertado; según el tiempo que señaló, se verificó que era al mismo punto que su hermana y las otras religiosas estaban orando por él delante de aquella imagen. Viendo tan extraña maravilla, se ofreció con promesa de traer cera para que ardiese todos los sábados delante della, en tanto que viviese.
'''La muerte de la santa María de Ajofrín. Y algunos de los muchos milagros que Nuestro Señor obró por ella después de su muerte'''
Llegó el tiempo deseado para esta santa en que Nuestro Señor quiso sacarla deste mundo y llevarla al descanso de su gloria porque, aunque recebía por una parte singulares y altos consuelos de [493] ''[710]'' la mano del Señor, por otra la afligía y labraba con muchas angustias y enfermedades, principalmente con el ansia de verle y gozarle sin enigmas y sin velo, que es la cosa que más aflige el alma de los que, en esta vida, han comenzado a gustar la suavidad de aquel siglo bienaventurado, como lo deseaba el Apóstol, porque el peso y la carga deste cuerpo es gran estorbo para aquellos puros y divinos sentimientos y alborozos del alma.
Cayó, pues, enferma el mes de julio, el año de mil y cuatrocientos y ochenta y nueve, cuando andaba en lo más vivo la peste en la ciudad de Toledo, aunque no le tocó a la santa, sino de otra enfermedad ordinaria se la llevó Dios, el sábado diecisiete del mismo mes, a las tres de la mañana, habiendo estado con la misma quietud que si estuviera durmiendo.
Sucedió luego, tras esto, que llegó esta mujer a un pueblo que se llama Jarayz, que está allí junto; y fue a visitar a un hombre honrado del pueblo que se llamaba Francisco Díaz, primo hermano del capellán del mismo pueblo, que se llamaba Martín Díaz. Estaba el hombre muy enfermo, y tanto que le habían oleado. Tenía la candela en la mano, poco menos muerto. El capellán estaba muy angustiado porque quería mucho a su primo; díjole la Juana Martínez, que ansí se llamaba la hermana del fraile: “Señor capellán, bien sabéis cuán mala y cuán perdida estaba yo desta pierna”. Contole los milagros que la santa había hecho con [495] ella y con su hermano la sierva de Dios, María de Ajofrín, y otras muchas maravillas que Dios había obrado por ella, conforme se las había referido su hermano, y persuadiole al enfermo y al capellán hiciesen voto que, si Nuestro Señor por intercesión de aquella santa le diese sanidad, que irían a visitar su santo cuerpo. El clérigo respondió: “Yo soy pecador y no merezco que Nuestro Señor me haga tan señalada merced, mas yo prometo, si le da salud, de llevarle a visitar su santo sepulcro en estando para ello”. Caso admirable: apenas había acabado de hacer el voto cuando el enfermo cobró evidente mejoría y luego, en breve, fue sano, y vinieron entrambos a cumplir su voto, ofreciendo cierta cantidad de cera, y el capellán dejó en el Monasterio de la Sisla un testimonio firmado de su nombre, en que refiere todo el discurso destos tres milagros.
Una beata de la tercera regla de San Francisco, llamábase Juana de San Miguel, estaba afligida de un zaratán que se le había hecho en una teta; había cinco años que andaba en manos de físicos y no la habían dado remedio alguno; el último que querían intentar, porque se le canceraba y corría riesgo de la vida, era cortársela; venían en ello los médicos, no sabiendo qué hacerse. Juntábase con esto una calentura que le había sobrevenido del dolor y de la corrupción del pecho, al fin estaba ya como hética y sin ninguna esperanza de remedio humano. Llegó a su noticia la fama destas maravillas que la santa hacía, y cobró alguna esperanza de sanar por su intercesión: fuese a la Sisla y, al punto que entró en el capítulo donde estaba enterrada la sierva de Dios, sintió un olor celestial que salía, a su parecer, de aquella parte donde estaba la sepultura. Llegose con mucha devoción y lágrimas, y postrose sobre la misma sepultura, rogando a la santa la socorriese en tan gran necesidad: oyó la santa su ruego, y fue de tal manera, que antes que de allí se levantase se sintió sana de todos sus males. Maravilla evidentísima que provocó a muchos a hacer a Nuestro Señor infinitas gracias.
Sucedió luego la peste que hemos dicho; hubo también notable carestía de pan, que morían las gentes de hambre, y viose en España en aquellos tiempos, la primera vez, aquel afrentoso y endiablado mal de las bubas, que entonces y muchos años después (hasta que ya le hemos domesticado) fue muy temido y con razón. Donde se cumplió el amenaza que Dios hizo a su pueblo por esta su sierva, y los cuchillos que vio en la boca de Dios y el ángel que hería con azote y con espada [497] y con cuchillo. En el mismo estado nos vemos ahora, en este año de 1599, poco más de cien años después de la muerte desta santa, pues casi no hay pueblo en Castilla que no esté herido de peste, y el hambre alcanza ya a todos, y no nos despiertan de nuestras culpas los continuos azotes del Señor, señal que ha llegado nuestra dolencia a poco menos que insensibilidad y dureza, plegue a Él que no sea señal de reprobación.
''[14]'' En el texto original figura como “ansillos”, lo corrijo como errata probable.
''[25]'' Se repite el capítulo XLIV en el texto, por lo que todos los capítulos que editamos de la vida de esta santa, desde el presente, cuentan con un número más que en la edición de Sigüenza empleada, corrigiendo la errata.
''[36]'' Figura en el texto original como “sentase”, corregimos la posible errata.
''[47]'' El apellido del capellán o cura de la casa, Juan de Velma, varía a lo largo de la narración de la vida de María de Ajofrín, ya que este figura como Biezma en este mismo capítulo, página 475, y como Viedma, en el capítulo XLVII , página 485.
''[58]'' El apellido de Diego de Villaminaya es modificado en la narración de la vida de esta santa más adelante, pues aparece como Diego de Villamiñaya en el capítulo XLVII, página 485.
''[69]'' En la edición aparece como San Lorencio.
''[710]'' Figura como la página 494.