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===Capítulo XLVI===
[756757] '''La vida de doña María García, virgen de gran santidad y fundadora del Monasterio de San Pablo en la ciudad de Toledo'''
Feliz clausula hará esta parte de historia con la vida desta generosa santa y será como renovar los principios en que comenzó esta religión, haciendo como un círculo, juntando estos dos extremos. Hasta aquí, no hemos hecho memoria de ninguna religiosa desta Orden, porque es esta santa la primera y con quien nuestro Fr. Pedro Fernández Pecha tuvo familiar y santa conversación, y, pues hemos dicho de los hijos, digamos agora desta hija tan santa que fue después madre de muchas siervas de Dios, y quedará, como dicen, urdida la tela para la grande y maravillosa lista que después veremos dellas. Escrita está de algunos puntos de su vida, y no será superfluo mi trabajo, dejada aparte la obligación que corte.
Tuvo esta santa paloma algunos hermanos, y entre todos ellos fue la querida y regalada de sus padres, porque salió por extremo hermosa y mejor, porque desde niña relucieron en ella mil presagios de santidad: en sus primeros años descubrió, siendo aún sin costumbres, costumbres santas.
Retirábase tan de veras y tan en seso a los lugares secretos a ponerse de rodillas y a rezar como si supiera qué era aquello, si no decimos que Dios le anticipó el juicio (no es cosa nueva) porque comenzasen los amores temprano y pudiese decir lo que aquella insigne mártir: “de otro amador estoy requestada primero que de ti”. Cuando comía a la mesa con sus padres, cogía pedazos de pan y a lo que más podía haber, echábaselos en la haldilla, y llevábaselos a los pobres que lle- [757758] gaban a la puerta. Iba tan codiciosa y alegre a esto como si fuera a otros entretenimientos de niños, de suerte que antes que supiese hablar, sabía ya dar limosna. Nunca se le vían niñerías porque desde la cuna nació sin ellas, cosa que ponía admiración.
Estas primicias de espíritu que vieron los padres en su hija, como eran tan píos, les despertó el pensamiento a que de común acuerdo la ofreciesen a Nuestro Señor, haciendo voto de consagrarla como diezmo de muchos bienes recibidos de la mano de Dios a su perpetuo servicio y de su Santa Madre, y que fuese siempre virgen consagrada y no conociese otro esposo sino a Jesucristo, dándole lo mejor y la más querida prenda que tenían en sus ojos. Pusieron diligente cuidado en su crianza, enderezándola en todo lo que era temor y reverencia divina, procurando apartarla de lo que podía abrir los ojos para conocer los deleites del mundo. Cosa en que se descuidan tanto los padres en este tiempo y maravíllanse después cuando ven mil desastres por sus casas, habiendo ellos mismos abierto la puerta a todo, con la libertad y deshonestas costumbres que permiten y aun enseñan a sus hijos.
No quiso el Señor que se determinase en esto porque la guardaba para otro fin, y solo pretendía, en estos ensayos, que se destetase de la vida primera regalada y, allí recogida, deprendiese a leer, escribir, cantar y rezar, y otras santas ceremonias que habían de aprovechar a su tiempo. Vivió de tal manera en aquella santa compañía que salió su fama no solo por la ciudad de Toledo, con gran admiración de todos, más aun a otras partes remotas. Tuvieron noticia della, por cartas de monjas o por otra vía, en un monasterio de Santa Clara, que está en la villa de Tordesillas. Rogáronle que se fuese allá a ser religiosa, prometiéndole que, en pocos años, la escogerían por superiora, condición bastante para que la doncella humilde rehusase el partido. Consideradas bien las costumbres y manera de vida que hacía su hermana con las demás religiosas, y bien industriada en lo que le pareció que le importaba, pidió licencia a su hermana para ir a ver a sus padres. Sintiolo la hermana tiernamente, que quisiera gozarla toda la vida.
Estando en casa de su padre, se le juntó una gran sierva de Dios, matrona verdaderamente viuda, llamábase doña [758759] Mayor Gómez, de gran espíritu. Con esta comunicó un pensamiento que le puso Dios en el alma, y era hacer un desprecio grande de sí misma a los ojos del mundo, y crucificarse a él. La matrona prudente se maravilló de este pensamiento en una doncella generosa, rica, delicada. Prometiole su compañía en todo, porque entendió que Nuestro Señor la despertaba aquello. Salían cada día las dos siervas de Jesucristo de casa, en un hábito ordinario y despreciado, con unas alforjas al cuello, iban de casa en casa pidiendo limosna para los pobres encarcelados y miserables, recibían allí los mendrugos de pan, y cuando estaban las alforjas llenas que apenas las podían llevar, porque se las llenaban presto, repartíanlo a los pobres de la cárcel y a otros necesitados, y volvíanse a casa sin hablar con ánima, ni alear los ojos.
Dentro de casa, el ejercicio era orar y ayunar, y hacer las obras de humildad que se ofrecían, dando en todo buen ejemplo con sus vidas. Reprendiola algunas veces su padre y hermanos desta manera de vida y ejercicio de salir a demandar, diciendo que era cosa afrentosa y baja. Callaba la santa a todo y proseguía su ejercicio, sufriendo, con paciencia, la afrenta de los de fuera y la persecución de los de dentro. Holgándose que se ofrecía ocasión de padecer algo por Jesucristo, deseando mayores trabajos y afrentas. No parece agora creíble esto ni hacedero. La sencillez y poco pundonor de aquellos tiempos y, lo principal, el impulso santo de Dios, que por nuestra culpa no está en nosotros, nos hace parecer dificultosa esta manera de vida.
Conociendo esto la santa doncella, derribábase a los pies de su padre, madre y hermanos, y agradecíales mucho que la dejasen vivir en aquel menosprecio del mundo, ejercitando obras de caridad con los pobres.
Comenzó esta sierva de Dios por un camino alto, adonde no se llega sino después de mucho trabajo y grande ejercicio de virtudes. Aquí se vio puesto, en efecto, aquel deseo ardiente de la esposa que, cuando ya estaba muy adelante en sus amores, decía a su Esposo, Jesucristo: “¿Quién os dará a mí, puesto en talle y forma de un mi hermanico pequeño que mama los pechos de mi madre, y que os encuentre yo, en medio de esas calles, os abrace y os bese, y os haga mil preguntas, y vos me respondáis [759760] y me enseñéis, y que nadie me lo tenga a mal ni me desprecie? Llevaros he yo en brazos a casa de mi madre, allí en casa de madre, abrazado con vosotros, preguntaré otra vez mil cosas, y daros he yo en pringaditas de arrope y mosto de mis granadas”.
La exposición de todo esto es lo que esta santa virgen ejercita, y no ha menester otro comento. Enseñole el espíritu del Señor que su Esposo, Jesucristo, estaba escondido en los pobres como Él mismo lo declaró. Conociendo esto, no pudo disimular su amor y ansí, como si fueran sus hermanos pequeñitos, a quien la más honesta doncella abraza sin empacho en medio de la calle y nadie se lo tiene a mal, aunque le bese y haga mil caricias, y le lleve en sus brazos, antes la loan y les parece a todos bien; ansí, esta virgen prudente, dejados los respetos y consideraciones humanas, transformada en su Esposo, puesto en estos pobrecitos y afligidos, se abrazaba con ellos, y les besaba los pies y las llagas, y les daba de comer y hacía mil regalos en las calles, en las plazas y en todos los lugares públicos, les preguntaba de sus trabajos y de sus miserias, y ellos le daban cuenta de la merced que Dios les hacía en medio dellos. Llevábalos a casa de su madre, regalábalos, hacíales mil beneficios y servicios, y no por esto la menospreciarían, sino que antes se maravillaban de ver un tan fino amor de hermana y de esposa de Jesucristo, alabando a Dios en su sierva.
Respondiole el noble caballero con semblante grave, diciendo: “Señor don Vasco, cuando esto se hubiera de llevar por reglas de prudencia humana, eso que decís es lo que se había de mirar y hacer, mas a esta mi hija otra prudencia más alta creo que la gobierna, y pues ella ha escogido por esposo a Jesucristo, Rey eterno, y Él la quiere llevar por este camino, ni yo le daré más bajo esposo, ni le diré que deje su ejercicio. Créeme, señor hermano, que antes que a esto viniese se hicieron muchas diligencias hasta que se vio que era esta la voluntad de Dios. Dejémosla caminar a donde la llaman, que ella ha escogido mejor que nosotros le aconsejaremos”. Con esto, no osó replicar más en este caso de allí adelante don Vasco.
Era esto en los postreros años del Rey don Pedro, acertó a venir a Toledo. Tuvo noticia de la hermosura de esta santa doncella y, como juntaba a la crueldad ser deshonesto, no perdonaba cosa, deseó verla y aun haberla. Entendido el ruin propósito por la virgen devota y por sus padres, se fue con su compañera doña Mayor Gómez de secreto a Talavera, donde tenían sus padres casas y hacienda. Estuvieron allí algunos días encerradas con harto miedo, y no faltaba razón, porque no faltó quien le avisó de la ausencia y del lugar donde estaban retira- [760761] das que, a costa de lisonjear a los Reyes y tener cabida, no se les esconde nada.
Dios, que lo dispone mejor, quiso que le dijesen esto y que se pusiesen encobro antes que viniesen a buscarlas. Acordaron de venir por un camino apartado otra vez a Toledo, no entraron dentro, sino fuéronse a una ermita (de que ya hicimos memoria) que se llamaba Nuestra Señora de la Sisla. Allí vivieron escondidas algunos días hasta que se ausentó el Rey, y así escaparon de sus manos y de su deshonestidad. En esta ermita probó esta santa otro género de vida, de mayor quietud y sosiego del alma, puesta en alta conservación del Cielo, haciendo su corazón un holocausto encendido todo en el amor y contemplación de su Esposo. Hacía las asperezas grandes de los ermitaños de Egipto. Dormía sobre unos sarmientos, ayunaba mucho, juntaba las noches con los días orando y contemplando, y allí recibió grandes consuelos del Cielo, ayudándole a todo esto su gran compañera, doña Mayor Gómez, que se la deparó Dios en todos estos trances, no para aya, aunque lo parecía, sino para alivio de tan grandes cosas, y testigo de su honestidad y pureza. Murió a esta sazón el Rey don Pedro a manos de su hermano don Enrique, como todos saben; con su muerte se aseguraron mil almas temerosas de su crueldad y de su torpeza, salió de su yermo nuestra santa ermitaña y, pensando qué camino escogería para retirarse al servicio de Dios de propósito y acabar en ella vida con mayor aprovechamiento de su alma, tuvo noticia cómo había en Toledo una congregación de mujeres santas, que se recogían en una casa en la parroquia de San Román. Tenían como en lugar de priora una señora de gran prudencia y espíritu, que se llamaba doña María de Soria; loaba toda la ciudad el modo de vivir de esta gente, teniéndolas por mujeres de gran recogimiento y santidad. Parecioles a las dos compañeras que este era negocio seguro, supuesto que no habían de estar en aquella ermita y había cesado la causa. Fuéronse allí y recibiolas doña María de Soria con alegría, por la fama de su valor; se vistieron entre ambas el hábito que usaban las que allí entraban. Vivieron algún tiempo en aquella compañía, dando gran ejemplo a todas y ejercitándose en actos de humildad y de obediencia, de que recibía gran consuelo nuestra santa, y sin duda quiso Nuestro Señor traerla aquí para que aprendiese esto y lo ejercitase, porque es cosa imposible poder enseñar a otros, los que no tienen experiencia, qué cosa es obedecer.
Entendiose esta mudanza en la ciudad. Vino a noticia de una señora, de las nobles de Toledo, que se llamaba Teresa Vázquez, mujer deseosa de la salud de su alma, había días que estaba recogida en su casa con gran encerramiento, con hasta siete u ocho mujeres, haciendo vida muy honesta. Acordó de pasarse a la compañía de nuestra Santa, con toda la suya, entendiendo que Dios la llamaba para servirle en aquella congregación; ansí se hizo en breve una casa de muchas siervas de Dios, y de notable nombre, a quien siguieron presto otras. Aquí se comenzó luego una labor divina, en unas vidas de gran humildad y pobreza de espíritu, desechando no solo el regalo, mas aun lo muy necesario para pasar la vida, abrazando en todo la mortificación de los sentidos. Pusiéronse unos hábitos blancos y un escapulario pardo, el mismo que tenían los muy recientes monjes de la Orden de San Jerónimo, sin saber qué hacían. También se determinaron luego a obedecer todas a una cabeza porque no fuese monstruo de muchas aquel colegio, y de común acuerdo quisieron todas que fuese doña María García de Toledo, porque tenían mucha prueba de su virtud y prudencia, que bastaba a mayores cosas.
Como era la santa tan en el corazón humilde, recibió aquello con harta dificultad, derribada de los ruegos y lágrimas de sus hermanas, a quien ella quisiera obedecer toda la vida. Este fue el primer fundamento y estas las primeras fundadoras del Monasterio de San Pablo de Toledo, de los muy religiosos, sin agravio de ninguno que ha habido en aquella ciudad y de notable nombre, en donde, como veremos, en sus lugares se han criado santas y puras almas y grandes siervas de Dios. Vino a esta sazón, como dijimos arriba, Fr. Pedro Fernández Pecha a fundar la Casa de la Sisla (no es fácil de atinar si antes o después que este santo colegio de vírgenes se juntase); dijimos también, y es cosa cierta, que la santa le dio mucho favor para el edificio y le socorrió con todo lo que pudo, y hoy en día guarda un arquilla de plata que dio esta sierva de Dios, en que encerrasen el Santo Sacramento. Lo que Fr. Pedro Fernández Pecha sirvió a esta sierva de Dios, y el trato que entre los dos pasaba, no hay para qué repetirlo, pues queda dicho en la vida de aquel santo. Comenzáronse desde entonces a llamar religiosas de San Jerónimo, y a imitar todo lo que podían de la vida y costumbres y ceremonias santas a aquellos padres de quien Fr. Pedro Pecha era como patrón y cabeza y prior de la Sisla, pues sin duda todos los de la Orden son sus hijos, y estas podemos llamar, y lo son, sus primeras hijas. Porque, aunque entonces los religiosos de la Orden estaban sujetos a los ordinarios, doña María García de Toledo y sus hijas dieron la obediencia a Fr. Pedro Fernández, y por su parecer se gobernaban y no salían un punto de su obediencia. Crecía aquella casa de San Pablo en gran ejercicio de humildad, y caminaban debajo del gobierno de dos almas tan pías, con largo paso al aprovechamiento espiritual, todas las que allí se habían recogido. Iba muy delante de todas la Santa Virgen Fundadora, hallándose la primera en cuanto se ofrecía de virtud y [762763] de humildad, con harta maravilla de las que pretendían imitarla.
Asentaron luego el oficio divino por orden del prior de la Sisla, su maestro, con la puntualidad que entonces supieron, que se hizo a todos maravillosa, y acudían de la ciudad a oírlos la gente que tenía gusto de devoción, porque parecía que los oficiaban los ángeles. Levantábanse a medianoche a Maitines, y nunca la sierva de Dios, desde aquella hora, sabía qué cosa era tornar a la cama, consumiendo lo que quedaba de la noche en oración y coloquios divinos con su Esposo, Jesucristo. Dábale mucha pena que la alabasen en algo, habiendo tanto de qué; cuando las personas seglares le decían de su buen nombre, y relataban alguna de sus virtudes, que suelen ser en esto indiscretos, decía ella con semblante vergonzoso: “Estas hermanas y siervas del Señor hacen eso, y en ellas cabe bien lo que de mí decís, que yo no soy sino un vaso despreciado y una criatura inútil”.
Ofendíanle mucho las mujeres que se adobaban los rostros, pintándose con los albayaldes y carmines, y poniéndose mudas, decía que ni eran buenas para mujeres, ni para imágenes, porque para lo segundo eran feas y para lo primero no eran vivas, sino pintadas. Cuando alguna destas venía a visitarla, decía que no la conocía, porque traía máscara, y la había visto antes sin ella, y que no era aquel rostro que les había dado Dios, sino el que compraron de la tienda. Amonestábales con palabras santas que no hiciesen aquello, porque ofendían mucho a Nuestro Señor, y que si perseveraban, no era pequeño el castigo que las estaba guardado. También aborrecía mucho los olores: almizcle, algalia, ámbar, y otros cualesquier extraordinarios que solían traer entonces solo las mujeres (no se había extendido esta manera de afeminarse a los hombres en aquel tiempo) porque le olían mal las que siempre querían oler bien. Decía que era locura traer con olores postizos un cuerpo que tan presto había de oler tan mal y ser manjar de gusanos.
Si alguno, hablando con ella, le decía de merced o de reverencia, llena de humildad respondía que la merced era de Dios, de quien es propio hacer mercedes y misericordias, y la reverencia se debe a quien todas las criaturas hacen reverencias, porque ella miserable era e indigna de reverencia. Después que los dos santos gozaron algunos años de la conversación santa, aprovechándose a veces y aprendiendo el uno del otro, gobernando sus conventos, con el aprovechamiento que hemos visto, cansado ya, o diremos mejor, derribado ya Fr. Pedro Pecha de sus rigurosas asperezas, y por esto con mil ajes, pareciéndole que estaba inútil para el gobierno, determinó de ir a acabar su vida a Nuestra Señora de Guadalupe, como lo vimos en su vida. Quedó con esto muy desconsolada nuestra santa, y no le sucedió cosa en esta vida que sintiese tanto, y todas las otras hermanas se lastimaron en el alma, llamándose desamparadas, sin padre y sin maestro, que con su aviso y prudencia las sus- [763764] tentaba, doctrinaba y regía, y las animaba con su ejemplo a continuar el curso comenzado.
Sintiéndose pues, nuestra devota virgen, tan desconsolada, volvió los ojos al Señor llena de fe y esperanza, y díjole con amorosas lágrimas: “ Confirma, Señor, esto que obraste en nosotras, y no desampares desde tu alto templo el edificio deste en que tú quieres morar por tu misericordia, da esfuerzo a tus siervas para que perseveren hasta alcanzar el fin de su deseo, que no es otro sino unirse contigo como último fin de todas nuestras esperanzas, y abrazarte como a Esposo único de las almas. Flacas somos, Señor, y llenas de pobreza y miseria, mas tú eres gigante fuerte, y pastor vigilantísimo, que nadie será poderoso para sacar estas ovejicas de tu mano”.
Oyó el Señor su oración, como se vio por el efecto, pues fueron siempre creciendo en tanto hervor y devoción en aquella santa casa. Vivió después de la ausencia de su fiel compañero la sierva de Dios veinticuatro años. Era ya de mucha edad, las penitencias y mal tratamiento del cuerpo, dormir en el suelo, vigilias, ayunos habían estragado mucho aquel cuerpo delicado. Veníanle a faltar poco a poco los sentidos, veía poco, oía menos, con todo esto no quería faltar a las cosas de la comunidad.
No podían con ella aunque más se lo rogaban, sino que se había de levantar a Maitines. Como no oía, acordó de tener un gallo en su celda, que era muy puntual en cantar a la medianoche con aquel canto; por ser muy aguda la voz, despertaba y oía. Santa simplicidad, si no es que era misterio despertar con el canto del gallo. Desde niña, tuvo costumbre de levantarse a la medianoche a loar al Señor, y jamás la dejó, aun en enfermedades grandes, grande ánimo y virtud de hembra tan delicada.
Aunque estaba por de fuera el cuerpo tan consumido, tenía dentro el alma muy despierta en la contemplación que había ejercitado toda su vida, gozando en lo secreto de favores y regalos divinos que la alentaban para tan larga jornada. Llegado el fin de la carrera dichosa, queriendo el Señor darle el galardón de tan santa vida y trabajos tan piadosos, vínole una calentura lenta, que bastaba para consumir aquello poco que había quedado de la penitencia. Cayó en la cama, porque no podía sostenerse. Sintiendo ya su fin cerca, llamó a sus hijas que, a esta sazón, eran veinticinco o veintiséis, rebaño precioso y rico en los ojos de Dios. Cuando las tuvo delante abrazolas una a una con notable ternura y lágrimas, queriendo poner a cada una en sus entrañas, dábales paz en el rostro y se juntaban las unas lágrimas con las otras. Después les dijo desta manera: “Hermanas queridas y compañeras de mi peregrinación, que habéis perseverado conmigo en estos trabajos de pobreza y penitencia, yo me parto a la bienaventuranza que ha prometido nuestro Esposo a los que perseveraren hasta la fin. Deseo mucho que no os ponga espanto lo que os falta de la corrida de vuestro curso, y que mi ausencia no os cause alguna flaqueza en los ánimos, ni penséis que he sido yo alguna parte para sustentaros hasta este punto en la vida religiosa que habéis comenzado, de que tenéis pasada ya mucha parte, las más de las que estáis presentes. Otra fuerza mayor es la que os sustenta, que es la virtud del Señor, que nunca se cansa, ni puede morir, y está siempre cerca de vosotras si por vuestra [764] culpa no la desecháis y hacéis fuerza para que se vaya, porque os ama mucho y tiene gran cuidado de vuestra salud. Lo que desea y lo que siempre nos pide es que no pongamos el amor en otra cosa, que es muy celoso, y no admite compañía alguna: o todas habéis de ser suyas o de otro, y mirad quién será el otro si dejáis a Dios. Fuera d’Él todo es feo, todo es miseria, enfermedad y muerte. Una quiere que sea su paloma, y una su amiga y una su querida, que no cabe con otro. Ponedle en vuestro corazón y en vuestro brazo, haced que vuestros pensamientos, palabras y obras no tiren a otra señal, porque, si no, sabed que se enojará mucho, y cuanto estáis en más alto estado y cuanto habéis venido a más secretos abrazos y favores, tanto será mayor la ira de sus celos. Porque el amor es como la muerte fuerte y más duro que el infierno que, como la muerte, nunca se aplaca ni perdona y, como el infierno, nunca se apiada ni ablanda; ni al uno ni al otro podremos con ruegos ni con fuerza detenerlos, ni mudarlos de su rigor: ansí el amor, cuando es tan gravemente ofendido y quebrantadas sus leyes, no sabe perdonar, ni aplacarse, ni la ira de los celos tiene remedio. Las caídas de muy alto de ordinario son mortales. Por eso, carísimas hermanas, mirad donde subisteis, temed mucho la caída y, pues tenéis tan cierto el socorro, pedidle sin cesar que no hayáis miedo que falte. Mirad cuán presto se acaba la vida, cuán poco duran los gozos vanos deste suelo, qué presto se marchitan estas florecillas de la primavera que, de ordinario, antes de la noche se enlacian y caen, y los trabajos, qué momentáneos y de poca dura, y qué de bienes se siguen tras ellos, cuando se llevan en paciencia y por Dios. No os turbe ver a las que dejasteis en el siglo, cuando vienen compuestas y galanas a visitarnos, porque son figuras del retablo de este mundo, que pasa como una farsa. Ya veis cuántas, en medio de sus regalos, las ha arrebatado la muerte, y cuántas de las que viven querrían ser muertas, porque viven una vida de infierno. Poned los ojos en la ribera deste río por donde vais atravesando a vuestra gloria, para que no os desvanezcan las ondas y sus olas, que pasan a dar en el mar. Veisme aquí, estoy ya a las puertas de la muerte, alegre y segura, sin temer la contradicción de mis enemigos, confiada en el mérito de la pasión de mi esposo y en la virtud de su sangre, que cuando con Él me desposé me las dio en arras y en dote, y ahora que viene el día de las bodas, saldré adornada con ellas. Imaginad que me casé con un hombre de los del siglo, y que he vivido en muchos regalos, y que tengo muchos hijos, y que he llegado a este punto que tuviera ahora aquí sino congojas, y rabias y ansias, un temor y una tristeza irremediable. Pues mirad la diferencia y deprended en este trance lo que no se os olvide jamás. Quiéroos dar en mi partida un consejo y un precepto; el precepto no es nuevo ni mío, sino del Esposo y Señor Jesucristo, que os améis unas a otras y sufráis las faltas con caridad, y esta es deuda que la debéis siempre, en tanto que durare la vida: cada una quiera el bien de la otra como el suyo propio, porque en esto consiste el verdadero amor. El consejo es que os guardéis de salir del claustro cuanto os fuere posible y que no os vean en la calle para siempre, ni aun en la red, sino con mucha necesidad. Mirad que las palomas, aunque son tan puras y sin malicia, si ven la red huyen de ella, porque en la red está el lazo que prende con las palabras o con la vista la inocencia del alma”. [765766]
Esto les dijo en común. Después, en particular, habló a cada una por sí, y no adivinando ni sacando por conjeturas, sino con un espíritu profético, les declaró todo el discurso de sus vidas, diciendo a muchas dellas lo que después sucedió sin faltar punto. A unas que no habían de perseverar y los fines que habían de hacer, y a otras les declaró cómo habían de ir aprovechando; y aunque entonces les pareció que debía de hablar a tientas o no la entendían, después se desengañaron y vieron claro que el Señor les avisaba por la boca de su sierva. Acabado esto, pidió la extremaunción; recibiola con gran espíritu y entereza, ayudando a todos los salmos y letanías, como si estuviera sana. De allí a un poco, descendió sobre ella una claridad admirable, y anduvo volando por la celda una palomica blanca, aunque no fueron todas las que allí estaban dignas de verla. Alegrose su rostro en gran manera, mirando atenta a la luz que tenía sobre sí; hablaba con ella tan quedo, que no podían entenderla. De allí a un poco, aleó los brazos en alto y juntó las manos, como quien quiere abrazar alguno, haciendo cruz, y ansí salió la santa alma, dando a entender que se abrazó luego con su amado y dulce Esposo Jesucristo. Su muerte fue el diez de enero, año de 1426[6], y ochenta y seis su edad, según la mejor cuenta, porque no se sabe precisamente el año en que nació. Había ordenado viviendo que sin ruido, y sin dar cuenta a nadie, llevasen su cuerpo al monasterio de Nuestra Señora de la Sisla. Hízose ansí y fue bien menester, porque la ciudad estaba alterada sobre querer llevar el cuerpo cada cual adonde le parecía que tenía más derecho.
Certifica una relación antigua de su vida, a quien he seguido en esta historia, que hizo por ella muchas maravillas y señales, en los que tocaron a su santo cuerpo y que lo certificaron personas de mucha religión, dignas de toda fe, y que las calla hasta que la Iglesia las publique, donde da a entender que se trataba de su canonización y, como esto es negocio que no se hace sin mucha costa, faltó quien lo solicitaba, y ansí se quedaron los milagros escondidos.
De cuarenta o más años a esta parte, hubo necesidad para cierta fábrica que se hacía allí, en la capilla mayor de aquel convento, abrir un poco el sepulcro y cuerpo de la santa. Descubriose y lo halláronlo entero; después de ciento treinta años, tenía un ladrillo por cabecera, la toca de la cabeza estaba sana y prendida debajo de la barbilla con un alfiler, vestida con sus hábitos de beata. Afirma Fr. Antonio de Villacastín, de quien supe yo esto, porque era el maestro de aquella fábrica y lo ha sido de toda la casa de San Lorenzo el Real, testigo abonado, que él mismo levantó el cuerpo y que vio [766767] en él una cosa extraña: que por doquiera que le asía, se levantaba todo entero, como si fuera de una pieza, y estaba tan ligero como si fuera de pluma. Y los ramos de laurel de que le hicieron la corona, cuando la truxeron, se estaban tan enteros y frescos como cuando los cortaron. Debe de ser privilegio de la virginidad que no se marchite ni corrompa lo que a ella se allegare. Hiciéronle los religiosos de la Sisla, encima del sepulcro, una figura de bulto, vestida al natural con sus hábitos de la Orden y como ella andaba vestida. Está hincada de rodillas, puestas las manos mirando al Santo Sacramento, donde en vida tuvo siempre puesto el corazón, y un letrero o epitafio de la elegancia de aquel tiempo que dice:
FUE DOÑA MARÍA GARCÍA, VIRGEN QUE AQUÍ YAZE SEPULTADA, DE CUYAS OBRAS RESULTA SER VIRGEN DE ETERNA ALEGRÍA.
FIN
En Madrid, por Juan Flamenco. Año 1600[8]. [767]
[6] Figura el año en números romanos en el texto: “año de M.CCCC.XXVI”.