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[Fol. 192v] Non omnia posumus homnes
Aquí ay tres historias: la primera, la de María de Ajofrín; la segunda, la del Santo Niño de La Guardia; la tercera, de doña Mari [[María García]], fundadora de Santo Pablo qaes questio prima homo natus de mulier ''[2]''.
[Fol. 193r] Aquí comiençan las revelaçiones y vida, así secretas como manifiestas, que Nuestro Señor por la su acostunbrada clementia muchas vezes obró e mostró en las sus siervos. De las quales por la su gran virtud, muchas no acostumbradas, quiso poner y dar en la su sierva y bienabenturada María de Ajofrín según el suçeso que adelante se seguirá, la qual vibió y murió en el monasterio de la casa de doña María Mari García en la cibdad de Toledo. E fallesció en la dicha cibdad, año del nacimiento del Salvador de mil y cuatrocientos ochenta y nueve años, sábado, a diezsiete días del mes de julio ''[3]'', quando andava la pestilentia en la dicha cibdad, a las tres de media noche, e fue sentido en su fallecimiento un olor celestial, lo qual fue dicho por la hermana maior, e fue enterrada en el Monasterio de la Sisla a las vísperas en el capítulo.
Como por la voz de Nuestro Redentor es escrito en el Evangelio que la nuestra luz alunbre delante los hombres por que ellos viendo en nós las santas obras glorifiquen a Dios y sea glorificado el Padre Celestial, que es en los Çielos, no para que seamos vistos e alabados delante del Señor, quias son las maravillas e poder, el qual es maravilloso en los sus santos e inspira en las sus Escripturas espíritu de vida según la Divina Providentia, quando quiere e como quiere, porque todas las cosas que tenemos las recibimos dˈÉl según el Apóstol dize «todos somos dˈÉl llamados para ser obreros en la su viña», que es en la su santa Yglesia, la qual á de ser luz a todos los cristianos, según el partimiento de las sus graçias e dones a que cada [fol. 193v] uno dio, para que, con ello, fielmente trabajando, doblados y con usuras en fin de la vida, gloria suya y provecho nuestro, de nós los reciba. E por temor de no ser condenados con el siervo malo e sin provecho, que ascondió en la tierra el marco de su Señor, por el qual fue condenado con el gran derecho del ensalçamiento de la honra del Rei Soberano, e a provecho e enmienda de nuestras vidas, yo, el mui indigno siervo de los siervos de Dios, fray Juan de Corrales, prior de la Sisla de Toledo, recontaré e diré a honra y gloria de su Soberano Rei Dios, Nuestro Señor, las maravillas y secretos ocultos y manifiestos que por mis ojos vi y con mis manos traté y a personas dignas de fe y dignas de gran memoria oí, las quales Nuestro Señor quiso poner y demostrar en una pobreçilla sierva suia, virgen santa llamada María de Ajofrín en el monasterio y casa de doña María Mari Garçía en la cibdad de Toledo.
===Capítulo 1===
En la villa de Ajofrín, villa de la cibdad de Toledo, fue un varón que llamavan Pedro Martín Maestro y a su mujer Marina Garçía, los quales siempre temieron mucho al Señor, andando siempre en sus mandamientos. Y estos ubieron abundançia de los bienes temporales, de los quales naçió esta santa virgen, la qual el Señor, dende su niñez, para sí quiso y por destino llamola dándole grandes honras de amor con su santa ynspiración. E como sus padres e parientes la quixeron casar, e de muchos [fol. 194r] fuese pedida para casarse con ella, nunca ella consintió en ello, antes baronilmente resistió al mundo y a los parientes.
E porque no pudiese ser quitada del amor divino, siendo chica y de tierna hedad, sin consejo ni ayuda humanal,1 hizo al Señor voto de entrar en relixión. E tanta fue la fuerça que a los padres y hermanos hizo, que de todos fue aborrezida, e sobre aquesto lo hizieron la madre y hermanos mui gran sentimiento. E siendo de quinze años, su padre, con gran dolor, la sacó de su casa e la traxo a la cibdad de Toledo. E como entrase en la iglesia maior de la dicha çibdad, e no sabiendo qué se hazer, mandose llevar por inspiración divina al monasterio de doña [[María García]], en el qual siempre conversó con mucha humildad e santidad, menospreciando mucho a sí mesma, e fue humillde con los humilldes, haciendo al Señor siempre de sí continuo sacrifiçio. Sin querer ella su deleite e afiçión fue siempre en la horación muy ferviente en el amor del Señor, derramando sienpre muchedumbre de lágrimas de sus ojos, con muchos suspiros, teniéndose por la más pecadora e indigna de las mugeres.
===Capítulo 2===
Y estaba en medio del campo una casa mui hermosa, ansí como hecha materialmente, mui blanca, e de ninguno de aquellos era conocido aquel lugar. Al qual lugar todas aquellas procesiones fueron mui hordenadamente, y entraron dentro, y mirando al altar todos se inclinaron e se echaron en tierra cantando gloria in excelsis deo. El qual canto acabado, todos estuvieron en silençio, tanto que no se mirava uno a otro. Y en el altar estava Nuestra Señora, la Virgen María, en cuerpo y en ánima, teniendo en sus manos el su Santo Hijo vibo, ansí como lo parió. E Nuestra Señora deçía a altas vozes con lágrimas, y demostrava el su santo hijo al pueblo, y deçía: « He aquí el fruto de mi vientre, tomaldo e comeldo, que en çinco maneras es cada día cruçificado en las manos de los malos sacerdotes; la una es por la mengua de la fe; la otra es por la cobdiçia; la otra por la luxuria; la quarta por la ignoratia de sinples y necios sacerdotes que no saben discerner inter lopran & lepran ''[7]''; lo quinto por la poca reverentia que facen al Señor, después que le an reçebido». E dixo más Nuestra Señora: «Más sin reverentia es comida la carne de mi hijo de los indignos sacerdotes que el pan que es dado a los perros».
Y estas cosas de todos oídas, vino un sacerdote honrado por canas y hedad, mucho más que los otros, e vistiose para dezir missa, e como hordenadamente procediesse llegando al lugar para tomar la hostia para consagrar, Nuestra Señora le dio el su Hijo que [fol. 197v] tenía en los sus brazos, el qual se tornó en ostia. Como el saçerdote lo levantase en alto, fue visto como el rraio de sol y poco a poco se deshizo la ostia y se subió al Çielo. E recibiola el padre en su seno, e fueron hechos una mesma cosa e fue dicha una box del padre: «Aqueste es mi Hijo mui amado». Entonces, un saçerdote difunto, que fue cura de aquella casa de doña [[María García]], conocido desta sierba de Dios, llegose a ella y díxole: «Esto que as visto hazer de la santa ostia significa aquellos que tan solamente reciben la forma del sacramento, e no la virtud y mérito del sacramento». E díxole más el saçerdote a esta santa virgen: «Ve y di por horden todo lo que viste a tu confesor para que lo diga al deán y al capellán maior para que de todos sea sabido, porque no carezcan estas cosas de mui grandes méritos». Y así desaparecieron todos.
===Capítulo 6===
'''De cómo fue robada en espíritu y vio un ánima cómo fue llevada a juicio'''
En la santa iglesia de Toledo uvo un canónigo honrado y discreto y barón de mui noble condición, y de todos mui amado y querido y limosnero, que quanto tenía gastava en casar uérfanas con deseo de hazer tesoro en el cielo, adonde son las verdaderas riquezas. El qual se llamava Don Diego de Villaminaia, que era capellán maior de la iglesia maior, y como Nuestro Señor le quisiese galardonar de sus trabaxos en fin del mes de março, año de ochenta y siete, enfermó de calenturas y a los treinta días del dicho mes fallesçió, en quio fallescimiento casi toda la cristiandad uvo sentimiento, del qual cupo gran parte a la casa de Doña [[María García]], por las grandes limosnas y bienes que les hazía, ansí corporales como espirituales, y era tenido como padre de toda la casa. [fol. 218r] Y todas las hermanas estaban en el coro, con ellas María de Axofrín, y como doblasen las canpanas en su fasllecimiento, luego la dicha María de Axofrín fue robada en espíritu y vio cómo San Juan Batista y nuestro padre San Xerónimo y Santa Caterina llevaban el ánima del dicho capellán maior a juicio delante de la Magestad divinal, en un gran canpo mui deleitoso, en el qual estaban muchas ánimas loando al Señor. Y fue acusada delante del Señor cómo tenía cargo de un finado, el qual le avía dexado por albaçea de su testamento y no lo avía hecho hazer cumplir, y como quiera que el capellán maior en su testamento dexó mandado que se cumpliese aquel cargo, mas como nuestro Señor sea justiciero, mandó que el ánima del dicho capellán estuviese detenida en aquel lugar y no entrase en la gloria del Çielo hasta que fuese satisfecha la demanda del dicho defunto.
Y como la dicha María de Axofrín vio esto, quedó fuera de sí con mui gran pena mezclada con grande alegría de lo que viera, que aunque su ánima no estava en la gloria çelestial, estava enpero en un lugar seguro. Y caió luego en la cama con mui grande amortecimiento, que muchas vezes pensaron que se muriera. Y ninguna de la casa supo esto sino io.
De doscientos años poco más a esta parte, ha habido algunas mujeres santas con quien parece que [466] Nuestro Señor ha querido (digámoslo ansí, aunque con miedo y reverencia) mudar estilo, facilitarse tanto con ellas y allanar el trato de suerte que no haya sino encoger los hombros y dejar el juicio y determinación dello a la Iglesia que, como a su esposa querida, no le encubre los secretos de su pecho. Junto con esto (que también aprieta mucho), parece que ha querido hacer excepción de la regla de su Apóstol, que no permite que las mujeres enseñen en la iglesia, y ha permitido (como algunos dicen) que dejen estas santas muchas epístolas y libros grandes de revelaciones y doctrinas para enseñamiento de los fieles, cosa que en ninguna de aquellas sanísimas hembras que florecieron de mil años arriba, nunca la vimos ni tenemos, sino es de alguna cosa de ingenio, que ya saben los que algo han leído que son. Todas estas razones hemos de tragar y atravesar por todo con sumisión de la regla que he dicho, y decir que no se ha abreviado la mano del Señor.
Esto he dicho antes de entrar en la vida desta santa, que sin duda me hace gran admiración. Diré con la mayor fidelidad que pudiere lo que ya otros han publicado, y lo que en un cuaderno antiguo de mano he hallado, que en sustancia todo es uno. El original de todo, o la mayor parte, fue el padre fray Juan de Corrales, religioso desta Orden, profeso y prior de la Sisla de Toledo, hombre docto y gran fraile, y que confesó a esta santa casi todo el tiempo en que Nuestro Señor la hacía las mercedes que diremos; y ansí dice en la última cláusula del Prólogo que hizo en la relación de su vida desta suerte: “Yo, el muy indigno siervo de los siervos de Dios, fray Juan de Corrales, prior de la Sisla de Toledo, recontaré a honra y gloria del soberano Rey Dios, Nuestro Señor, las maravillas y secretos que por mis ojos vi, y por mis manos traté, y oí a personas dignas de fe y de gran memoria, las cuales Nuestro Señor quiso poner y demostrar en una pobrecilla sierva suya, llamada María de Ajofrín, virgen y santa, en el Monasterio y Casa de doña [[María García]], en la ciudad de Toledo”.
Ajofrín es una villa junto a Toledo; vivía allí un varón honrado, llamado Pero Martín Maestro, con su mujer, Marina García, temerosos de Dios, de vida honesta, abundantes de bienes temporales. Entre otros hijos, tuvieron una hija que llamaron María, de gran hermosura en el cuerpo, y tanto mayor en el alma que luego, desde sus primeros años, se le conoció la quería Dios para su esposa. Apenas sabía hablar, ni decir las cosas por su nombre, ya sabía rezar y poner las manos delante de las imagines, y hacer otras santas niñerías, regalo entonces singular de sus devotos padres, que se regocijaban en las almas, viendo los tempranos y santos ensayos de aquel angélico.
Resistió a todos varonilmente, declarando sus votos y sus deseos, cosa que lastimó mucho a sus padres, y sobre esto padeció y sufrió por el amor de tal Esposo, grandes encuentros, palabras y aun obras pesadas, porque todos eran contra ella. Al fin pudo tanto que su padre, aburrido, enojado y lastimado en el alma, importunado della, la sacó de su casa, siendo ya de quince años, vínose a Toledo con ella, sin saber adónde había de parar, ni donde había de sacrificar una hija tan querida. Entró en la iglesia mayor, rezaron allí entrambos.
Rogó ella a su Señor y Esposo la llevase adonde Él fuese servido. Púsole en el corazón que se fuese a la compañía de aquellas religiosas que se llamaban jerónimas, en el Monasterio de doña [[María García]]. Díjoselo a su padre, llevola allá, entregola allí y volviose a su casa lleno de tristeza, viendo que dejaba como sepultada la prenda que más en sus entrañas tenía. Puesta la sierva de Dios donde tanto deseaba, no cabía de gozo, viendo el ejercicio de aquellas santas, y procuró imitar todo cuanto excelente de virtud y perfección consideraba en cada una.
Señalose siempre en humildad y obediencia: parecíale que, en comparación con sus hermanas, no merecía besar el suelo donde pisaban. No tenía otro gusto sino cuando se ofrecía ocasión, y ella se las buscaba, de emplearse toda en su servicio. En pudiendo retirarse a algún rincón, allí levantaba el alma y los ojos al Esposo de su alma, y le importunaba con lágrimas y suspiros pusiese en ella sus ojos de misericordia; su deleite y sus regalos eran la oración y meditación. Ansí pasó una vida santísima, callada y humilde de diez años de religión, teniéndola todas, las otras hermanas, en nombre de religiosa perfecta, y que caminaba por un camino muy seguro, aunque con grandes ventajas de otras compañeras, porque en todo este tiempo no se vio en ella cosa digna de reprehensión, sino de grande y conocida virtud, principios legítimos para las mercedes que Dios había de hacerle.
El día de la Ascensión de aquel mismo año, quedándose en el coro, como tenía de costumbre después de Maitines, llevada del afecto y amor de Jesucristo, se llegó a cerca del altar mayor, y allí fue levantada en espíritu y la mostró Nuestro Señor una visión maravillosa:
Pareciole que la habían llevado a un campo espacioso, lleno de verduras y deleites; en medio d’él estaba un claustro grande, de paredes muy altas y de ricas piedras labrado. Vio que tenía cinco puertas como de vidrio o cristal, y en cada una estaba entallada la encarnación de Nuestro Señor, la Salutación del Ángel a la Virgen. Vio luego que salía, por cada una de las puertas, una procesión solemnísima de sacerdotes, vestidos de majestad y gloria, y caminaban a una casa hermosamente labrada, que estaba en aquel mismo campo. Entraron todas las procesiones dentro y se postraron delante del altar, cantando el himno Gloria in excelsis Deo. Acabado, estuvieron todos en gran silencio, y con tanta compostura y reverencia que no se miraban unos a otros. En el altar estaba la Santísima Virgen, con su Hijo en los brazos, y estas no eran figuras pintadas, sino vivas en cuerpo y alma, como si fuera en el mismo Cielo donde reinan. Comenzó la señora Soberana a decir en voz alta y lastimera, mostrando su Hijo al pueblo que allí estaba junto: “Veis aquí, hombres, el fruto [470] de mi vientre, tomadlo y comedlo. En cinco diferentes maneras es cada día crucificado por las manos de los malos sacerdotes: la primera, por mengua de fe; la segunda, por la codicia de los bienes de la tierra; la tercera, por el vicio torpe de la lujuria; la cuarta, por ignorancia, que ni saben lo que a sus ministerios conviene ni los misterios que tratan, ni procuran entender sus obligaciones; y la quinta, por la poca reverencia que tienen a su Dios y mi hijo, después que le han recebido. Ansí le tratan, como si fuese el pan que echan a los perros”. Habiendo dicho esto, llegó un sacerdote que parecía de mayor autoridad y reverencia que los otros, y vistiose para decir la Misa. Cuando llegó al punto de consagrar la Hostia, nuestra Señora le puso en las manos su Hijo, y luego quedó como en forma de Hostia. Levantolo en alto para que lo adorasen todos, y parecía como un rayo de Sol, y poco a poco se fue subiendo al Cielo, hasta que el Padre Celestial lo recebió en su seno, y sonó una voz que decía: “Este es mi hijo muy amado”. Entonces, un sacerdote de los que allí estaban, que había sido capellán de aquella Casa de doña [[María García]], y había fallecido algunos días había, se llegó a ella y le dijo: “Esto que aquí has visto tiene gran misterio, y significa a los que celebran este santo Sacramento de tal suerte que, aunque receben la verdad y la forma del Sacramento, no participan el fruto. Mira que cuentes todo lo que aquí has oído”. Y en estas últimas palabras, desapareció la visión.
Vuelta en sí, la santa comenzó a pensar en lo que había visto, y púsole mucho miedo, pensando no fuese alguna ilusión del enemigo que le había puesto aquello en la imaginación, porque de todo punto se tenía por indigna de cosas tan altas; por otra parte, dentro de sí misma, le parecía que tenía aquello una certeza tan grande que no pudiera el demonio entremeterse en cosa tan admirable. Ni sabía si lo diría o callaría. Al fin, se determinó de no decirlo a nadie sino a su confesor, debajo del sello de aquel Sacramento, pensando que se comprendía en él. El confesor quedó admirado cuando lo oyó, y aunque entendió que aquella visión venía de buenos principios, porque tocaba en lo fino, y declaraba la raíz de la corrupción de las costumbres del pueblo y de las faltas de los que habían de ser espejo de la iglesia, cosas que el demonio no había de procurar se enmendasen, con todo eso, mostró no hacer caso dello y la reprendió, diciendo que eran burlerías, antojos y fantasías de cabezas flacas de mujeres, quedando a la mira y ver en qué paraba el caso. Estas fueron las primeras cosas que pasaron por esta santa Virgen, que las refieren otros cortamente, y yo las relato con la fidelidad que las escribió su confesor, fray Juan de Corrales.
Mandáronla a la santa que se acostase y, cubierta honestamente con una sábana, abrieron por la parte del costado cuanto fue bastante para ver la circunferencia de la llaga y buena parte del pecho. Halláronse presentes estos cuatro varones, y la hermana mayor con la patrona de la casa, y todas seis personas vieron atentamente el costado herido y abierto, y lo tocaron con sus manos, estando la llaga tan viva y tan reciente que salía della sangre purísima, y el propio capellán mayor sacó con sus mismos dedos gran copia de hilas llenas de sangre. Advirtieron que aquella herida no se había podido hacer humanamente. Acordaron que el notario diese testimonio dello. Y porque este se guarda original en el archivo del Convento de la Sisla, de Toledo, me pareció ponerle aquí ad verbum, por ser tan notable el caso. Dice desta manera:
“Decente e cosa convenible es escribir por memoria las buenas obras e vidas de las personas que nos precedieron, porque podamos por los buenos ejemplos de aquellos obrar siempre bien, e nos esforcemos a apartar siempre del mal. Cosa cierta es que si lo precioso no fuese apartado de lo no tal, la concupiscencia local, no bastante de se temperar, sería demergida por curso muy ligero en un oscuro tragamiento. Por tanto, yo, Gracián de Berlanga, capellán de la serenísima Reina doña Isabel, nuestra señora, notario apostólico e arzobispal, afirmo e doy fe, que el año de la Natividad de Nuestro Redemptor e Salvador Jesucristo, de mil cuatrocientos y ochenta y cuatro, en diecinueve de noviembre, casi seis horas después de mediodía, por ruego e instancia de Juan de Biezma, rector de la Casa de doña [[María García]], entré en la dicha casa, para que notase lo que viese, y ansí notado lo guardase. Después pasados algunos días, aunque no muchos, quise demostrar lo que había visto al Reverendo, padre prior de la Sisla, fray Juan de Corrales, considerando aquel dicho del Eclesiástico, en el capítulo 41: ‘Que provecho hay en el tesoro escondido, etc.’ El cual dicho señor muchas veces me mandó que aquello que había visto que se lo diese por escrito; mas yo, por entonces, no pude satisfacer a su voluntad por muchos negocios que me cercaban e a ello no me daban lugar; aunque allende de lo tener escrito en el corazón lo tenía en mi protocolo hasta diez días de noviembre del año del Señor de mil cuatrocientos ochenta y seis. Y es, que, el dicho Juan de Biezma me metió en un palacio de la dicha casa, en el cual estaban los reverendos señores don [476] Pedro de Prejano, deán de Toledo, e don Diego de Villaminaya, capellán mayor en el coro de la santa iglesia de Toledo, e dos o tres religiosas de la dicha casa, e viendo en una cama que en aquel palacio estaba una doncella que verdaderamente parecía bulto de ángel, y tenía una llaga en el costado donde Nuestro Señor Jesucristo fue herido tan grande como un real, e no tenía hinchazón y carecía de toda putrefacción: tenía un color muy fino, ansí como grana, e después que todos lo hubimos mirado, a poco de rato habló aquella doncella estas palabras: ‘Dios Nuestro Señor os lo demande si no pusiereis aquello en ejecución’. Y ansí, espantado, me aparté de allí, e me torné a salir; en fe de lo cual lo signé y firmé de mi nombre que fue fecha en Toledo, año, mes, día quibus supra. Gratianus, notarius apostolicus”.
Cosas son estas ocultas y divinas; yo confieso que no sé qué decirme a ellas, aunque no faltan ejemplos harto parecidos a este en los Profetas del Viejo Testamento a quien Dios de hecho mandó profetizar y decir con sus mismas penas las cosas que quería reprender a su pueblo, y los castigos que por sus culpas quería darles. Mas esto es para otro lugar, que excede los lindes de historiador.
El año de ochenta y cinco padeció otra enfermedad grave. Diéronle primero unas recias calenturas, y después en las octavas de la fiesta de nuestro padre San Jerónimo le sobrevino un dolor de costado muy agudo, echando por la boca cantidad de sangre, y ella, sin consejo de médicas, se atrevió a tomar unas píldoras con que llegó a punto de muerte. Y pareciole que se le arrancaba el alma de todos los miembros, y solo hacía asiento en el principio vital, que es en el corazón, donde siempre perseveraba la llaga, aunque por de fuera no había quedado sino la señal. Estando ansí, apareciole una mano que conocía en visión era del arcángel San Miguel, apretándole con ella el corazón y la llaga. Con el esfuerzo que con ella sintió pudo hablar, confesarse y recebir el Santo Sacramento, porque, como no había comido en muchos días y las evacuaciones de cámaras y sangre habían sido tantas, estaba de todo punto consumida.
Rogó a la hermana mayor que la llamasen al padre prior de la Sisla para que la confesase y diese los sacramentos. Era esto sábado. Venida la noche, estaba la santa pensando cómo había de recebir a Nuestro Señor muy alegre, porque entendía que había de partir de este mundo, y encomendaba con mucho hervor al Señor los dos monasterios, el de la Sisla y el [481] de doña [[María García]].
Estando ansí, fue arrebatada en espíritu, y vio al religioso que le había de venir a comulgar que le decía misa, y cuando llegó a las palabras de la consagración, Nuestra Señora, que estaba en el altar, le daba el Niño que tenía en los brazos, y el sacerdote le dividía en tres partes, quedando en cada una alegre, vivo y entero. Había en el altar grande resplandor y los ángeles sustentaban al sacerdote por los brazos. Vio allí a las dos santas vírgenes: Santa Catalina y Santa Bárbara, llegáronse a ella y le dijeron: “Mañana, lunes, a las nueve horas, recebirás a Nuestro Señor en este resplandor que aquí ves y serás sana”. Ansí fue como las santas se lo dijeron. Vino el prior de la Sisla a confesarla y rogole mucho que no se tornase al monasterio hasta otro día, porque, si Nuestro Señor la llevase, se hallase presente a su muerte; y si aquella noche no moría, quedaría sana del todo, y ansí sucedió.
El mismo año de mil y cuatrocientos y ochenta y seis, murió el cura o capellán de aquella casa, que se llamaba Juan de Viedma que, como dijimos, había confesado muchas veces a esta santa. El día de San Francisco sintió que estaba junto della un bulto que le ponía gran temor; quiso levantarse de donde estaba acostada y la sombra le habló y dijo: “Esforzad y no hayáis temor, ni os vais de aquí; y por la caridad del Señor os plega de oírme, porque seis noches ha que ando aquí penando, y por sentiros con tan grande desfallecimiento y no daros pena no me he osado descubrir. Pídoos perdón de muchos enojos que os di, y de aquella carta que os escribí, que fue causa de daros mucha pena y turbación en pago de las santas amonestaciones que me hicisteis, y de los buenos consejos que no supe recebir para el gobierno desta casa, y yo los despreciaba con altivez y atrevimiento, sin mirar que, como sierva de Dios, me decíades de parte d'Él lo que tanto me importaba; y también os pedí algunas veces, con gran soberbia, que mandásedes señales a Dios, y puso el Señor en mis manos lo que no eran dignos de ver mis ojos. Por esto, os digo que os esforcéis mucho y no dejéis de manifestar al Cardenal lo que os fue mandado que le dijeses, ni temáis trabajos temporales, ni el ser conocida, porque si no lo hiciéredes, seréis azotada del Señor rigurosamente, y porque no penséis que soy alguna ilusión o fantasma engañoso, sabed que yo soy el cura y capellán desta casa, que sabéis cuán poco ha que pasé desta vida, y os ruego digáis al padre prior de la Sisla, y a la hermana mayor que, por amor del Señor, me perdonen en cualquier suerte que los haya ofendido, y también tengan por bien perdonarme seis mil maravedís, que soy en cargo a esta casa, y un libro que vendí, y que me hagan decir cincuenta misas de limosna, y vos, rogad por mí, porque el Señor me saque desta pena. Dicho esto desapareció, y la santa quedó suspensa, y casi sin habla. Estuvo ansí cuatro horas poco menos, y después puso diligencia en que se cumpliese todo lo que le pidió, rogando a Nuestro Señor por su alma con ferviente corazón.
El día que murió el capellán mayor de la Iglesia de Toledo, don Diego de Villamiñaya, de quien he hecho memoria por veces, estaba toda la ciudad de Toledo muy triste por la falta que les hacía un hombre tan pío y limosnero, padre de todos. Gastaba cuanto tenía con pobres y huérfanas, y favorecía todas las casas de piedad y religión; y a la Casa de doña [[María García ]] le cabía desta pérdida mucha parte por las continuas buenas obras espirituales y corporales que d'él recebían, porque era como un patrón y protector de toda aquella santa congregación.
Murió entre las diez y las once del día, al punto que estas siervas de Dios y la santa, María de Ajofrín, estaban en la misa. Cuando comenzaron a hacer clamor en la iglesia mayor, fue arrobada en espíritu la santa, y vio cómo San Juan Bautista y el sagrado dotor, nuestro padre [486] San Jerónimo, y Santa Catalina, llevaron el ánima del capellán mayor a juicio delante de la Divina Majestad, donde tenía su trono en un hermoso campo, lleno de frescura y gloria, donde había infinitas almas, dando loores al mismo Señor. Allí vio cómo fue acusado delante del juez de un cargo que tenía a un difunto que le había dejado por su testamentario, y no había cumplido su testamento. Respondió al cargo que él dejaba ordenado en su testamento que aquella obligación se cumpliese, y luego el juez soberano dio por sentencia que su ánima fuese detenida en aquel mismo lugar, y no entrase en la Gloria hasta que fuese cumplida y satisfecha la manda. Como la santa oyese esto, quedó como fuera de sí, llena de dolor mezclado con alegría porque, aunque estaba detenida aquel alma de no ver a Dios, estaba al fin con tanta seguridad de su bienaventuranza. No osó descubrir a ninguno esto, sino solo al prior, que le tenía mandado no le encubriese nada. Informose él mismo si quedaba esta manda en el testamento, halló ser ansí, y puso gran diligencia en que se cumpliese con presteza, cosa de que esta santa ninguna noticia tenía, sino que el Señor fue servido manifestárselo para el bien de aquel alma.
Una beata de la tercera regla de San Francisco, llamábase Juana de San Miguel, estaba afligida de un zaratán que se le había hecho en una teta; había cinco años que andaba en manos de físicos y no la habían dado remedio alguno; el último que querían intentar, porque se le canceraba y corría riesgo de la vida, era cortársela; venían en ello los médicos, no sabiendo qué hacerse. Juntábase con esto una calentura que le había sobrevenido del dolor y de la corrupción del pecho, al fin estaba ya como hética y sin ninguna esperanza de remedio humano. Llegó a su noticia la fama destas maravillas que la santa hacía, y cobró alguna esperanza de sanar por su intercesión: fuese a la Sisla y, al punto que entró en el capítulo donde estaba enterrada la sierva de Dios, sintió un olor celestial que salía, a su parecer, de aquella parte donde estaba la sepultura. Llegose con mucha devoción y lágrimas, y postrose sobre la misma sepultura, rogando a la santa la socorriese en tan gran necesidad: oyó la santa su ruego, y fue de tal manera, que antes que de allí se levantase se sintió sana de todos sus males. Maravilla evidentísima que provocó a muchos a hacer a Nuestro Señor infinitas gracias.
Otra cuitada mujer natural, también de Toledo, padecía el mismo mal de pechos, y había llegado tan adelante su trabajo que le habían dado en ellos algunos botones de fuego y puéstola en el artículo postrero de la vida; llegola a visitar un hombre honrado, contole los milagros desta santa y leyole parte de su vida, que ya se publicaba por toda la ciudad; concibió la afligida mujer grandes esperanzas de salud; hízose llevar a la casa de doña [[María García]], donde la santa había vivido, porque a la Sisla era imposible llegar, que muriera en el camino. Llegada allí, encomendose a ella, sacáronle las hermanas unos paños que habían sido de la santa, pusiéronselos en los pechos y, al punto, reventaron las postemas, y luego del todo sanó sin otra medicina. Y desta manera hay infinidad de maravillas que nunca acabaría si las quisiese referir por menudo.
Como se multiplicaban los milagros tanto, y la fama crecía por todo el Reino, pareció a muchas personas devotas era cosa justa que el cuerpo de la santa fuese trasladado del capítulo donde le habían puesto a la iglesia del monasterio, donde tuviese lugar más decente y el pueblo pudiese gozar más cómodamente de llegar a su sepultura; los que más [496] de veras trataron esto fueron la Condesa de Fuensalida, y el clavero de Calatrava y don Alonso de Silva. Hablaron al prior, fray Juan de Morales, y propúsose al convento, y vinieron todos en ello con mucha voluntad; viendo cuán manifiestamente el Señor se señalaba en engrandecer a su sierva, don Alonso de Silva trajo una arca guarnecida por de dentro de seda, en que fuese puesto el cuerpo.