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→Vida de María de Ajofrín
Estos extremos, sin duda, son dañosos y aun peligrosos, y no sé cuál más, porque el uno parece temerario y poco pío, y el otro da ocasión con su facilidad que pierda el crédito y reverencia aun lo más verdadero y calificado. Confieso que en aquellos primeros tiempos de la Iglesia, y en aquellas primicias del espíritu, se halla poco o nada destas cosas, y la santidad y milagros con que Dios confirmaba su fe y la autoridad de sus ministros (estas son las dos principales razones o fines de los milagros) eran muy diferentes en aquella feliz era, y que algunos centenares de años después, cuando florecieron tantos mártires y, tras ellos, tantos y tan ilustres confesores, y Dios tenía poblados los desiertos de tan admirables hombres, tampoco se hallaba nada desto, y si se ha escrito algo (no faltaron entonces algunos hombres varones que sembraron muchas niñerías) tuvo siempre poco crédito.
De doscientos años poco más a esta parte, ha habido algunas mujeres santas con quien parece que [466] Nuestro Señor ha querido (digámoslo ansí, aunque con miedo y reverencia) mudar estilo, facilitarse tanto con ellas y allanar el trato de suerte que no haya sino encoger los hombros y dejar el juicio y determinación dello a la Iglesia que, como a su esposa querida, no le encubre los secretos de su pecho. Junto con esto (que también aprieta mucho), parece que ha querido hacer excepción de la regla de su Apóstol, que no permite que las mujeres enseñen en la iglesia, y ha permitido (como algunos dicen) que dejen estas santas muchas epístolas y libros grandes de revelaciones y doctrinas para enseñamiento de los fieles, cosa que en ninguna de aquellas sanísimas santísimas hembras que florecieron de mil años arriba, nunca la vimos ni tenemos, sino es de alguna cosa de ingenio, que ya saben los que algo han leído que son. Todas estas razones hemos de tragar y atravesar por todo con sumisión de la regla que he dicho, y decir que no se ha abreviado la mano del Señor.
Esto he dicho antes de entrar en la vida desta santa, que sin duda me hace gran admiración. Diré con la mayor fidelidad que pudiere lo que ya otros han publicado, y lo que en un cuaderno antiguo de mano he hallado, que en sustancia todo es uno. El original de todo, o la mayor parte, fue el padre fray Juan de Corrales, religioso desta Orden, profeso y prior de la Sisla de Toledo, hombre docto y gran fraile, y que confesó a esta santa casi todo el tiempo en que Nuestro Señor la hacía las mercedes que diremos; y ansí dice en la última cláusula del Prólogo que hizo en la relación de su vida desta suerte: “Yo, el muy indigno siervo de los siervos de Dios, fray Juan de Corrales, prior de la Sisla de Toledo, recontaré a honra y gloria del soberano Rey Dios, Nuestro Señor, las maravillas y secretos que por mis ojos vi, y por mis manos traté, y oí a personas dignas de fe y de gran memoria, las cuales Nuestro Señor quiso poner y demostrar en una pobrecilla sierva suya, llamada María de Ajofrín, virgen y santa, en el Monasterio y Casa de doña [[María García]], en la ciudad de Toledo”.