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Beatriz de Silva

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sin resumen de edición
[[Category: Toledo]]
[[Category:Campo_Maior]]
[[Category:Lucas_de_Yanguas]]
[[Category:Pedro_de_Salazar]]
[[Category:Pedro_de_Alcocer]]
| Canonización || 3 de octubre de 1976 por el Venerable Pablo VI
|}
 
=Vida manuscrita=
 
Ed. de [http://visionarias.es/equipo/veronica-torres-martin/ Verónica Torres Martín]; fecha de edición: febrero de 2025.
 
== Fuente ==
 
[[Archivo:María de Toledo Yanguas.jpg|right|250px|''Breve catálogo de los siervos de Dios, así religiosos como religiosas...'', f. 1r; Roma, Archivio Storico Generale dell’Ordine dei Frati Minori.|link=]]
 
* [http://catalogodesantasvivas.visionarias.es/index.php/Categor%C3%ADa:Lucas_de_Yanguas Yanguas, Lucas de], 1684. ''Breve catálogo de los siervos de Dios así religiosos como religiosas de la Tercera Orden que han fallecido con singular opinión y fama de muy virtuosos en la santa Provinxia de Castilla''. Ms. C/12 del Archivio Generale dell’Ordine dei Frati Minori AGOFM, Roma, fols. 27v-30v.
 
[[Contexto material del manuscrito Breve catálogo de los siervos de Dios]] ''así religiosos como religiosas de la Tercera Orden que han fallecido con singular opinión y fama de muy virtuosos en la santa Provinxia de Castilla''.
 
==Criterios de edición==
 
El texto se ha actualizado a las normas de ortografía vigentes. Esto conlleva la normalización de las grafías h, b/v, j/g, i/y; los cambios de qu a cu. Sin embargo, se han conservado los casos de laísmo presentes y los pocos ejemplos de leísmo hallados en el manuscrito. En cuanto al grupo de sibilantes, se han normalizado tanto las -ç- como las -sc- y -ss-. Tanto la puntuación como la acentuación han sido normalizadas, si bien se mantiene el uso del paréntesis para indicar observaciones digresivas según el original. También lo ha sido el uso de las mayúsculas y la separación o unión de palabras. La -u- intervocálica y la v han sido unificadas como “v”, así como las diferentes grafías de la s. Los nombres propios de personajes y lugares han sido modernizados para facilitar su reconocimiento.
 
==Vida de Beatriz da Silva==
 
[Fol. 27v] ''[1]'' La venerable, ilustre y sierva de Dios doña Beatriz de Silva, fundadora de la Orden de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora y del Convento Real de Toledo, de la misma orden, en la santa provincia de Castilla. Fue esta ilustrísima señora portuguesa de nación, de noble y esclarecido origen, hija del primer conde de Portalegre en aquel reino y hermana del bendito padre fray Amadeo, religioso de nuestro padre san Francisco y uno de los que, llevados del celo, dieron principio a las reformaciones de la orden. Esta noble señora pasó al reino de Castilla en servicio y compañía de la reina doña Isabel, hija de don Duarte, rey de Portugal, segunda mujer que fue del rey don Juan el Segundo y madre de la señora Reina Católica, doña Isabel, y como a parienta suya la trataba la reina. Entró doña Beatriz en palacio, no tanto por criada como por amiga y valida de la dicha reina. Era doña Beatriz muy hermosa y entendida, prendas que ocasionaron a muchos señores castellanos deseosos de que se la diesen por esposa la reina. Festejándola con diversos géneros de galanteos que, reconocidos de unos y otros pretendientes, deseando cada uno ser solo, no pocas veces redujeron a las almas el ajuste de sus competencias. A esto se juntó que la reina llegó a recelar que la hermosura y gentileza de doña Beatriz era más atendida del rey don Juan, su esposo, de lo que ella quisiera. Y, juzgando a doña Beatriz culpada en estos galanteos tan dudosos en la corte y celosa de que la mirara el rey con cariño con capa de pundonor de su palacio, encerró a doña Beatriz en una arca que para eso dispuso para quietar su enojo, donde la tuvo por espacio de tres días, sin comer ni beber ni que nadie entendiese adonde estaba. En este conflicto, la inocente doña Beatriz clamó al Cielo por el amparo de su inocencia y, valiéndose de la Virgen Señora Nuestra, de quien era especialmente devota, hizo voto de conservar en culto y reverencia suya perpetua virginidad si la libraba de tan estraño y conocido riesgo. Apareciósele Nuestra Señora en este conflicto en hábito blanco y con manto azul celeste y, dándose por servida del voto, la prometió su amparo y libertad, que consiguió luego sacándole la reina de aquella [fol. 28r] estrecha prisión con interior impulso. Y, viéndose doña Beatriz ya libre, considerando los riesgos a que estaba expuesta su vida, resolvió salir de la corte, que a la sazón estaba en Tordesillas, y huir con recato pasándose a Castilla la Nueva y, en ella, a la ciudad de Toledo, donde en un convento pasase su vida olvidada de lo terreno y no conocida del siglo.
 
Puso por obra esta determinación y, caminando a largas jornadas para Toledo, en el camino oyó una voz que la llamaba por su nombre en lengua portuguesa. Atendió a la voz y reconoció dos frailes menores que venían en su seguimiento. Asustose mucho imaginando vendrían enviados de la reina a detenerla y que acaso después de ellos vendrían ministros que la quitasen la vida habiéndola ya dispuesto los religiosos para la muerte. Llegaron los frailes, cuyas venerables presencias y benignas palabras la confortaron y quitaron todo el temor, asegurándole buen fin de su jornada y que había de ser madre de muchas e ilustres hijas. A que respondió doña Beatriz no ser así posible por tener hecho voto de perpetua virginidad. Mas los frailes la certificaron de su sucesión sin descrifrarla el misterio y, llegando a la primera posada, dando orden doña Beatriz a que se dispusiese refección para convidar a aquellos pobres religiosos caminantes, divirtiéndose algún tanto de asistirlos, no fueron más vistos ni hallados por diligencias que se hicieron. Con que reconoció la bendita doña Beatriz ser mensajeros celestiales y, a su juicio, san Francisco y san Antonio, sus especiales devotos, que Nuestro Señor se los había enviado para su consuelo en continuación de sus promesas.
 
Llegó a Toledo y eligió para su habitación el Convento insigne de Santo Domingo el Real de la Orden del Glorioso Patriarca Santo Domingo de la misma ciudad. Entró en él volviendo para siempre las espaldas al mundo y, dejando las galas de que usaba en palacio, tomó un traje, el más modesto que cabía en su mucha calidad. Y, reconociendo que la hermosura de su rostro la había sido ocasión a tantos disturbios, le condenó a perpetuo encerramiento, cubriéndole [fol. 28v] con un continuo velo sin el cual no se dejó ver de persona alguna, hombre o mujer, sino de una criada, que asistía a su servicio. En esta forma de vida religiosa en hábito de secular pasó doña Beatriz cuarenta años, estudiando como haría a Nuestra Señora un insigne servicio que fuese demostración de su agradecimiento. Y por ser devotísima del Misterio de su Concepción Inmaculada, discurría cómo podría dar principio en la Iglesia a una orden y religión de mujeres que, en reverencia de la pureza virginal de la Reina del Cielo, se consagrasen a Dios con votos solemnes. Apareciósele en este tiempo, segunda vez, Nuestra Señora en el hábito mismo en que se le había aparecido en Tordesillas y aprobó su buen deseo ofreciéndola toda su protección y amparo. Gobernaba esta monarquía en estos tiempos la Católica Reina, doña Isabel, hija de la otra Isabel y, por las noticias que había tenido de los sucesos, prendas ventajosas y mucha virtud de doña Beatriz, a quien reconocía por su deuda y, como a tal, la visitaba. Entre otras pláticas espirituales significó doña Beatriz a la reina los fervorosos deseos de su fundación y, como la santa reina era tan inclinada a gloriosas empresas, la ofreció todo su favor para el buen logro de su deseado fin. Para lo cual, la dio uno de los Alcázares Reales de Toledo, que se llamaban los Palacios de Galiana, de quien no pocas veces se hace mención en las historias de España. En estos palacios había una antigua capilla dedicada a la gloriosa virgen y mártir Santa Fe. Y, habiendo aceptado con muchas gracias la donación de la reina, dejando el Convento de Santo Domingo, entró en los Palacios Reales de Galiana, reducidos a forma de convento, en el año de 1484. Y, en su compañía, entraron doce doncellas principales que sacó consigo del Convento de Santo Domingo el Real.
Poco tiempo después, suplicó a instancias de doña Beatriz la Reina Católica al Sumo Pontífice, que era a la sazón Inocencio Octavo, confirmase este nuevo instituto y aprobase con sus letras este nuevo convento, y su santidad lo tuvo así por bien y expidió un breve, según la reina lo pedía, que comienza: “''Inter innumera Va. Dat. Roma. anno 1489. Pontificatus anno 5''”. En [el] cual concede su santidad que, en los palacios referidos, se erija un convento que se llame [fol. 29r] de la Concepción, con dignidad de abadesa, y que en él profesen, si quisiere, la dicha doña Beatriz y las demás que quisieren, que guarden clausura y la Regla del Císter y, al modo del Convento de Santo Domingo, que dicen el viejo, en la misma ciudad, que estén sujetas al gobierno del arzobispo de Toledo; que vistan hábitos y escapularios blancos y mantos azules, trayendo al pecho en el escapulario y en el manto sobre el hombro una imagen de Nuestra Señora; y se ciñan cuerdas de cáñamo según el estilo de los frailes menores; y que recen las horas del oficio divino de la Concepción, sino tales y tales domingos y fiestas; que ayunen los viernes y el Adviento y los ayunos de la Iglesia; que puedan comer carne, excepto los días referidos, y los sábados y miércoles; que las abadesas, según viesen convenir, puedan dispensar en estos ayunos que no son de la Iglesia; y, asimismo, en que puedan usar de lienzo las religiosas, y las demás cosas contenidas en el breve.
 
Concedida esta ''bulla'' por Su Santidad, padeció naufragio en el mar el correo que la traía y, siendo informada de su mal logro la bendita doña Beatriz y, quebrantada con la pena de la pérdida de cosa que tenía tan deseada, recurrió con sus quejas a la Madre de Dios, y a este tiempo, meneando otros papeles que tenía en un escritorio, halló entre ellos la ''bulla'' traída a él como se reconoce por ministerio de los santos ángeles. Y se le apareció uno, que la llamó al torno en hábito y forma de un muy hermoso joven, el cual la informó por extremos de todo lo sucedido hasta aquella hora, quedando la sierva de Dios muy consolada y dando muchas gracias a su Majestad y a su Santísima Madre. Y, enviando a llamar al reverendísimo e ilustrísimo señor don fray García de Quesada, obispo de Cádiz, le dio a leer la ''bulla'' y el obispo, habiéndose enterado del suceso, dio parte al arzobispo y, para publicación de las Letras Apostólicas, se dispuso una solemnísima procesión, y el preste llevó la bulla en las manos y en la Iglesia de Santa Fe las leyó y publicó al pueblo con universal regocijo. Y convidó de aquel en quince días adelante en el cual habían de tomar el hábito y profesar aquel instituto la venerable doña Beatriz y las [fol. 29v] otras doncellas, sus compañeras.
 
Comenzó la venerable madre y sierva de Dios doña Beatriz a disponerse para acto tan heroico y día que esperaba tan festivo con mucho ejercicio de virtudes y, en particular, de oración. Y, en ella, se le apareció, tercera vez, Nuestra Señora y la dijo que Dios disponía las cosas de otra suerte y que quería llevársela a su Santo Reino antes que llegase el día que había de ser para su espíritu de tanto gozo. Esto fue al día quinto de los quince que se señalaron para aquella función y en él la dio una maliciosa calentura y, como quien sabía por la revelación que era de muerte, se dispuso recibiendo los sacramentos con mucha devoción y conformidad. Y, en virtud del breve apostólico, tomó el hábito de su nueva Orden de la Concepción y fue la primera que profesó aquel santo instituto. Y, en el breve tiempo que duró su vida y enfermedad, le empleó continuando el trato interior con su dulce Esposo hasta que el día que se cumplían los quince señalados, que fue el de la Octava del Glorioso Mártir San Lorenzo, asistida de los religiosos de san Francisco que gobernaban su conciencia, y con increíble dolor de sus compañeras, alentándolas a la perseverancia de su vocación, llegó su última hora. En la cual se vio en su frente una estrella de extraordinaria luz y, sereno el semblante, dio su bendita alma a su Criador a los 66 años de su edad, por los del Señor de 1560.
 
A la hora que pasó de esta vida la venerable madre doña Beatriz de Silva se apareció en el Convento de San Francisco de la ciudad de Guadalajara al muy reverendo padre fray Juan de Tolosa, sujeto de mucha autoridad y virtud que había sido diferentes veces custodio de la custodia de Toledo y, asimismo, tres veces Vicario Provincial de la provincia de Castilla (de quien se hace mención en el año de 1506), al cual había prometido la sierva de Dios, teniéndole por confesor y padre de espíritu, darle cuenta del estado de su alma, caso que lo alcanzase de Nuestro Señor y haciéndole saber cómo su dulce Esposo la llevaba al eterno descanso. Encargándole se partiese luego a Toledo, donde su presencia y autoridad era bien necesaria para que, como columna, sustentase su nueva orden, donde se conoció que el deseo de su propagación no se le [fol. 30r] acabó con la vida a la venerable madre doña Beatriz. Divulgose su muerte por Toledo, ocasionando en todos sentimiento universal, viendo reducido a exequias funerales el día que se aguardaban celebrar aquellos virginales desposorios. Y, siendo forzoso tratar de su sepultura, codiciosos del tesoro de su cuerpo virginal, los religiosos de las órdenes de Santo Domingo y San Francisco formaron una piadosa competencia procurando los de cada orden la acción de sepultarla como suya. Alegraban los padres de santo Domingo el derecho que podían tener por haber vivido cuarenta años esta sierva de Dios dentro de su Convento Real de Santo Domingo. Alegraban los de san Francisco ser ellos, después que vivía en el Convento de Santa Fe, sus confesores y padres de su espíritu y que, como tales, la habían asistido y vestido el hábito y dado la profesión de su nueva orden que, por ser de Concepción y ceñir su cuerda, parecía era por ellos más clara la justicia. Redujose el letigio [sic] a la determinación del señor arzobispo de Toledo y salió la sentencia en favor de la Orden de San Francisco, con que corrió por sus manos el entierro a que asistió todo lo noble, eclesiástico y secular de la ciudad, con cuya asistencia fue sepultada vestida como religiosa en la Iglesia de la Santa Fe. Acabada esta piadosa contienda, se comenzó otra no menos prolija: solicitando los padres de Santo Domingo, ya que no habían conseguido que se les diese el santo cuerpo de la venerable madre doña Beatriz, reducir las discípulas suyas a su convento de donde alegaban habían salido. Y, a esta sazón, había llegado a Toledo el muy reverendo padre fray Juan de Tolosa, cuyas eficaces razones fueron bastantes para que perseverasen las hijas, no solo en su santo propósito, sino en su nuevo convento a que su venerable madre las condujo, donde pasados pocos días hicieron su profesión conforme el breve apostólico y fue elegida por primer abadesa la madre sor Felipa de Silva, sobrina de la venerable madre doña Beatriz. Todo lo demás perteneciente a la fundación y colocación de las religiosas desde el Convento de Santa Fe al de la Concepción que hoy persevera en Toledo y, asimismo, la translación del venerable cuerpo de la sierva de Dios doña Beatriz a este [fol. 30v] mismo convento, se puede ver en la ''Historia de la provincia de Castilla'' que escribió el padre fray Pedro de Salazar, lib. 8, cap. 9, pág. 481.
 
==Notas==
 
''[1]'' Al margen izquierdo: Año 1560.
= Vida impresa (1)=

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