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=== Prólogo ===
Ansí como Dios es maravilloso con sus santos, el qual no en vano hizo todos los hijos de los honbres, ansí nunca olvidó la su Santa Yglesia, dende el justo Abel, ni agora la olvida ni desanpara, hasta en fin del mundo. La qual en los antiguos tienpos, que fueron debajo de la Lei de Natura y de Escritura, nunca de todo en todo estuvo huérfana de santos y de varones y henbras fieles, en los quales, la fe, y caridad y esperanza resplandeçieron; y en los quales, toda relixión y perfetión de vida después de su muerte, por que no pereçiese, fuese conservada; e a los quales, el Evangelio y divino dinero, non sin causa, fuesse prometido, y en nuestra hedad, que es debajo de la Lei de Gracia, aiuntadas las cosas altas a las [fol. 252v] bajas, después que el humanal linaje dejó el honbre viejo, venido el nuevo honbre: conviene saber, Jesucristo, nuestro medianero, Dios encarnado , después que recibió la Passión, después de su poderosa Resurretión y gloriosa Açensión. De quántas maneras de santos, ansí honbres como mugeres, su santa gloria Dios todopoderoso aya guarnecido, dotado y hermoseado, aunque la voluntad quiera y desee dezir, pero la lengua no lo puede recontar ella misma, en sí sola la conoçe, desto non dubdamos, los gloriossos Apóstoles de Jesucristo, quia predicatión salió en toda la tierra, ser sus primeros fundadores. Los quales, después que reçibieron el Espíritu Santo, quanto más crueles, rebeldes y apartados del conocimiento de Dios hallaron a los pueblos y gentes, tanto más las amansaron, domaron y trajeron a su conocimiento. Quién podrá contar los mártires vençedores y esforçados por virtud divina que maravillosamente defendieron la su Santa Iglesia. Los quales, por la alinpiar de las espinas, lavaron sus vestiduras en la sangre del cordero; sufriendo por Jesucristo lo que Él sufrió por ellos, no dubdaron dar su cuerpo a la passión. Los santíssimos confesores sustentaron la Santa Yglesia [fol. 253r] y, ensanchándola por edificio espiritual, por dotrina y exenplo, regaron los coraçones de los fieles de rocío celestial. A los quales, enbiando el Señor como obreros en su miel, adornó y dotó de muchos bienes de su graçia, y quiriéndoles probar por diversos trabajos, a uno dio maior fortaleza que a otro, cuios cuerpos, y si la grandeza del martirio o la espada material no atormentó, pero ellos, vibiendo a Jesucristo por continua abstinencia, domando saludablemente las cobdicias de la carne, a sí mesmos crucificaron. Úyense las santas donzellas adornantes aquesta iglesia con su clara virginidad, las quales conociendo el Señor ser de natura flaca, con largueza de su graçia las dio sfuerço, por que el Enemigo, fallándolas ynflamadas en el amor divino, no pudiese vencerlas con sus artes engañosas. De aquestas, algunas, que el Señor para esto guardó, fueron por sus nonbre y por la honrra de su fe martirizadas, las quales juntamente de doble vencimiento fueron laureadas y coronadas porque, no sabiendo la cama material, al solo Esposo de virginidad, que es Jesucristo Nuestro Salvador, se allegaron y en el tormento del martirio, burlando de sus atormentadores, [fol 253v] fueron vençedoras, por lo qual resplandeçen por aureola de virgininad, ansí como lirios y rosas por pena de la persecutión. En el aiuntamiento y conpanía de aquestas, piadosamente creemos ser colocada y asentada en gloria perdurable nuestra amiga, nuestra conpanera, nuestra cibdadana de Toledo, a la qual, Nuestro Señor, en nuestros tienpos, en los quales la maldad abunda y la caridad se es fríaenfría, quiso en ejenplo de vida y virtudes dar a su Santa Yglesia, cuia loable vida, cuia honestidad de buenas costunbres, cuia santa conversatión, cuio menospreçio, aspereza de vida a honrra de Dios, y para despertar las voluntades de los justos y conpunjir y reprehender las culpas de los negligentes, aiudándonos la gracia divina, queremos brevemente escrevir. Y porque es esta virgen y hermosa, rogemos muy humildemente a la Reina de las Vírgines que nos gane graçia de contar y dezir de su vida y loable conversaçión.
=== Capítulo primero ===
Fue en los días del rei don Pedro el Cruel, rei de Castilla, de memoria bienaventurada, un cavallero claro por linaje y claro por virtudes, llamado Diego Garçía de Toledo. Este tenía una mujer que era de noble [fol 254r] linaje ansí como él, cunplida de virtudes y de toda honestidad. Anbos eran justos delante de Dios, andando en sus carreras y cunpliendo sus mandamientos. Ella se llamava doña Costanza, hija de Fernán Gómez, padre del reverendíssimo don Álvaro, arçobispo de Toledo, cuia hermana era de un vientre la dicha doña Costança. A estos dio Dios, entre otros hijos e hijas, una hija mui graciosa, cunplida de toda hermosura, a la qual pusieron por nombre María, y el sobrenombre del padre, conviene a saber doña Mari Garçía. A la qual, los padres, ansí como la dézima parte de sus bienes, prometieron al Señor de toda voluntad. Este voto, quando ella fue de hedad de discreçión, no ansí como desobediente despreçio despreçió ni desecho desechó con poco coraçón, mas antes, conforme con los padres, lo confirmó. Y encendida en el amor del Señor, luego por obra lo cunplió de su propia voluntad y de su libre alvedrío, sin consejo de alguno, mas inspirada de don y graçia divina, toda se ofreció al Señor. ¡Convenible cosa era que tal sarmiento naciese de tal vid!
Tal fue aquesta virtuosa doncella, que, movida por el consejo del profeta, dende su niñez todo su pensamiento puso i fincó en el Señor, ansí como lo declara la orden de su vida maravillosa, la qual, aunque [fol. 254v] niña y de mui tierna hedad, huía la conpañía de los que en casa del padre eran. Y olvidando y dejando los juegos y cosas a que la tal hedad se suele dar, apartávase en lugar secreto a ofrecer oratión pura y linpia al Señor. Nunca oiera el santo Evangelio y ia deseava hazer tesoro en el Çielo. Era pobrecilla de voluntad y parecía que tenía no pequeño cuidado de los pobres: las migajas que caían de la mesa de su padre, y los pedazos que sobraban y quedavan de su comer, y todo lo que podía aber con deligençia guardava y ascondidamente procurava de dar a los pobres.
En aquel tienpo avía en la çibdad una congregación de mujeres devotas que estavan en la perrocha de San Román, el cuidado y administración de las quales tenía una religiosa persona que avía nonbre doña María de Soria. Y como oiese esta santíssima virgen la fama tan loable e santa de aquestas religiosas dueñas ser sin ninguna reprehensión, la su loable vida cobdiciando obedesçer y ser instruida mucho más en la vida religiosa y ser juntamente regida de la dicha religiosa persona, metiose debajo de su mano para hazer su voluntad en todas las cosas, la qual las reçibió mucho de voluntad, y con gran alegría. Y allí tomó el hábito relixioso según las otras lo traían y después que plugo al Señor [fol. 257v] que aquella noble dueña, doña María de Soria, y el padre y la madre de aquesta virgen loable pasasen de aquesta vida presente, cobdiciava esta santa virgen dexar más perfectamente el mundo, el qual le era ya mucho aboresçible. Y pensando en su coraçón qué haría, decía con toda voluntad aquel verso del salterio: «Tú, Señor, eres bueno; enséñame tus justificaciones». Y luego vendió la parte en que la madre la dejó heredera, y del preçio mercó luego una casa con muchas anchuras en la perroquia de San Lorenço, para que allí en el claustro pudiese su coraçón holgar a Dios.
Finalmente dejaron la otra casa y encerráronse allí, ella y aquella dueña ya dicha. Sabido y divulgado aquesto por toda la çibdad, una honrrada dueña, que se llamava Teresa Vázquez, con otras siete mujeres continentes de mui santa fama, entraron en aquella casa, por que juntas a tan devota conpanía hiziese a Dios un santo colegio a Él mui apacible y a las gentes loable. Las quales, como esta señora de quien dezimos viese ser de tan profunda humildad, y que con aquel despreçio tan maravilloso del mundo con todo coraçón y con entera voluntad se sometían a la pobreza no recusando ningún trabajo, mas con todas sus fuerzas trabajavan por seg[u]ir a su Redentor Jesús, y mirando con tan grande diligençia como cómo estavan enbevidas en Dios, amávalas con entrañas llenas de caridad sin ninguna conparaçión y deçía con el psalmista: «Load [fol. 258r] a Dios todas las gentes, porque a confirmado sobre nós su misericordia». Y tornándose al Señor, dezía con fervor de coraçón: «Plégate , Señor , de nos dar graçia que cantemos las tus justicias en este lugar de nuestra peregrinación. Huélgase , Señor , el mi coraçón en ti, porque las flacas están ceñidas de fortaleza». Y en tanto creció la fama de aquesta congregación gloriossa, que en breve tienpo fue aiuntada gran muchedumbre de mugeres religiosas, las quales con coraçón y voluntad tomaron hábito blanco en señal de virginidad y continençia para servir al Señor según la orden del bienaventurado nuestro padre San Xerónimo. Y eligieron todas entonzes de una voluntad por su prelada y religiossa a la dicha señora doña Mari Garçía, la qual contra su voluntad lo açeptó cobdiçiando ser más súbdita que regir.
=== Capítulo quinto ===
Pasado este tienpo con tanto fructo que la piedad divinal dar quiso a su pelea y su inmensa bondad y justicia, quiso dar el galardón a esta su sierva, que corrió sin tardanza por la carrera. Y llegada al postrimero día, pensaba la quenta que avía de dar de aquella maiordomía. Y ansí como ella en la vida avía instruido a sus hijas en el serviçio divinal, ansí quiso consolar y esforçallas en el postrimero día de su vida a exenplo de nuestro padre San Xerónimo, amonestándoles con toda afectión que no tornasen atrás ni desfalleçiesen en aquel camino espiritual, mas perseverando viniesen a la fin con vencimiento de la pelea para que pudiesen gustar y gozar de la bienaventurança perdurable, para lo qual es necesario que con toda humilldad y menospreçio y mortificatión perseveren.
Avía entonzes en el claustro veinte y cinco [fol. 261r] beatas, las quales ella todas mandó llamar con gran alegría, siguiendo el exenplo de nuestro padre San Xerónimo. Y de que fueron todas llamadas, abraçolas y dioles paz diçiendo: «Amadas hijas, acordaos cómo, no por nuestros merecimientos, mas por su sola misericordia y bondad aparta el Señor a nós, para sus siervas, de las tinieblas del siglo y nos trujo a esta esclarecida solidunbre, adonde vos ruego que no seáis de poco corazón fingiendo vos ser flacas para perseverar en la religión; oíd, no a mí, sino a Vuestro Maestro, que dize: “Mi jugo es suave y la mi carga liviana”. Oíd otra vez que dize: “El que pone la mano al arado y torna atrás no es capaz de el Reino de los Çielos”». Y dichas estas cosas y otras de grande edificaçión, llamó a cada una particularmente y amonestávala con aquel deseo que según su calidad y manera le era menester. Ca como ella desde sus primeros comienzos las ubiese instruydo instruýdo en las doctrinas santas, conoçía el corazón de cada una tan perfectamente que por verisímiles conjeturas, antes de su muerte, dijo a algunas dellas lo que les avía de acaezer acerca de la perfectión en las virtudes o si avían de errar en los viçios y en otras semejables cosas, casi por espíritu de profeçía. Después de esto, encomendó a todas dos [fol. 261v] cosas: y es que guardasen en sí un mandamiento y un consejo. El mandamiento, que se amasen unas a otras y que con toda caridad cada una sufriese soportando la carga de la otra por que pudiesen estar en paz y en concordia; el consejo, que estuviesen sienpre en el claustro guardando mucho silençio, ni quisiesen ser vistas por las calles, y huyesen mucho de comunicar con los seglares, porque guardando estas dos cosas se apartasen del lazo del Enemigo, que busca de contino a quien trag[u]e.
Y oiendo estas cosas y otras muchas, aquellas devotísimas hermanas no se podían abstener de no llorar porque, aunque era cosa razonable que ubiesen plazer de la subida de su madre al Çielo, piadosamente lloraban viendo ser desanparadas de tal madre. Y viéndolas ella llorar, comovida a conpassión dezía: «No queráis más llorar en vano, pues el Señor puso término a mis días, los quales no puedo pasar mas conformada con su voluntad. No creades que io os dejo, porque a Él plazerá de vos tomar en su anparo y guarda si os apartáis del mal y le servís con toda virtuosa obra y cunplida bondad». Y diziendo: «Quede el Señor con vos», demandó la unçión, y después que la recibió en esa hora, estando meneando los labios con oraçión al Señor sin esprimir lo que deçía, deçen-[fol. 262r]-dió un raio de claridad sobre su cara, viéndola algunas de las que estavan presentes, y ella avía gran plazer de lo que con sus ojos veía, y alçando las manos en alto, puestos los dedos en señal de cruz, durmió en el Señor. A diez días de enero año de mill y quatrocientos y veinte y seis años.
===Capítulo octavo===
Luego que espiró, fue llevado secretamente su cuerpo al dicho monesterio de Nuestra Señora de la Sisla y sepultado con grande honra cerca del altar maior, y esto fue hecho porque se esperava gran disensión entre los çibdadanos sobre el enterramiento del cuerpo y ansí fuera inpedido de llevar al dicho monesterio donde ella, quiriendo aun en su muerte huir la vanagloria, se mandó enterrar; que pudiera çierto ser sepultada dignamente y con grande reverençia en la iglesia maior de la dicha çibdad, açerca de su tío, el arçobispo don Álvaro.
Y para más loar s[u] esclarecida vida, podríamos contar algunas senales y dezir algunos miragros que parecieron en su muerte y fueron hechos por el tanimiento de su cuerpo, lo qual piadosamente creemos, pues personas [fol. 262v] relixiosas y dignas de toda fe, sin ninguna adulación dan testimonio dello, mas pues que hasta aquí esta santa Yglesia lo calla, somos por necesidad constrenidos a callar; una cosa sabemos de çierto que nos constrine a hablar, que fue su voluntad en la lei del Señor, pensando de día y de noche, en cuia boca no fue hallado engaño. Y por esto creemos firmemente que no recibió en vano su ánima, que fueron aquestas senales y miragros manifiestos a todos en la su historia que tiene el vulgo. Cosa digna fue y no de maravillar, amadas hermanas, que la Cibdad Real cibdad real donde descendió la Reina de los Ángeles con tan gran muchedumbre de coros de vírgenes quedase con el fruto de aquesta virgen, que con santidad de vida entre las otras vírgenes la pudiese seguir y alabar. Y si queréis vos, sus hijas, alcanzar a loar a la Madre de Dios con aquellos espíritus bienaventurados con entrañas llenas de caridad, vos amonesto y con grande amor espiritual vos ruego que sigáis las pisadas de la madre y guardéis su dotrina y os acordéis de sus amonestaciones y sienpre la tengáis delante de buestros ojos por singular exenplo, examinando con diligençia lo que ya avéis oído y otras cosas que no basta mi lengua para recontar.
¡Quán [fol. 263r] suave fue su mansedunbre y quán marabillosa su honestidad y linpieza! Considerad su profunda humildad y quál fue su sinple prudentia llena de todo temor de Dios. Por las quales mereció Dios, siendo en su aiuda, venzer a los enemigos en tan grandes peleas con gran vitoria. Sobre todo, vos amonesto que, perseverantes en la santa religión, conviene que paséis por fuego y agua; conviene saber: por adversidades y tentaciones, por las quales, mereciendo ser dignas de la gloria, haziendo todas las cosas perfetamente, digáis aquello que el Salvador nos amonesta por San Lucas, a los diez y siete capítulos, diçiendo: «Quando hiziéredes todas las cosas que vos son mandadas, dezid: “¿Siervas somos sin provecho. Solamente hicimos lo que devíamos”», en tal manera que los bienes que con el aiuda y inspiratión del Spíritu Santo fazéis, no los perdáis delante de Dios por el loor de los honbres o con presunçión dañosa de dentro del corazón los hagáis sin provecho. De lo qual oíd aquella semejança del Salvador de las diez vírgenes, çinco prudentes y çinco locas, de las quales dize San Gregorio: «Todas se llaman vírgines, mas no todas son reçebidas dentro de la puerta en [fol. 263v] la bienaventurança, porque, como faltase el açeite a las vírgines sin seso, fueron a conprarlo; conviene saber, yendo a buscar el testimonio de sus buenas obras delante los honbres recibieron su galardón. Vino el Esposo y las que estavan aparejadas entraron con él a las bodas». De lo segundo, oíd lo que el apóstol las dize: «Pienso, hermanas, que no son dignas las pasiones deste mundo para alcanzar la gloria que esperamos, y otra vez el galardón del pecado es muerte, el de la graçia es vida para siempre, la qual a mí y a vos quiera de Jesucristo, Hijo de Dios, el qual sufrió por nós pasión, que con el Padre y Espíritu Santo vibe y reina, un Dios para sienpre jamás. Amén».