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María de Ajofrín

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Y dobladas las cartas, metióselas en las mangas, y como fuese a sacar una caldera de agua de una tinaxa, una carta caió dentro y detúbose en el ayre y no llegó al agua. Y una destas cartas ubo y tiene el capellán maior con mucha veneratión y onra, según el qual me dixo que, poniéndola sobre tres enfermos de diversas enfermedades, luego fueron sanos.
E como ella diese estas cartas al dicho su confesor, él fue muy maravillado, ''[1010a]'' maiormente porque sabía que ella no sabía escrebir, ni avía persona en la casa que tal letra hiziese, de lo qual se podría afirmar ser escritas divinamente y no humanal. Y hovo mui gran espanto en su coraçón, e vio en su carta cosas que otro no las sabía sino él, mas ni por esso no tubo osadía para lo divulgar porque no avía llegado el tienpo que el Señor avía puesto y dudava como Santo Tomás.
Por poder [fol. 200v] quitar la dubda a todos, y como el dicho confesor no tuviesse lugar para la hablar, escribiole a ella diziendo que no podía creer que ella escribiese aquellas cartas, con intentión de sacarla a público e a manifiesto. De lo qual, ella uvo gran sentimiento y dolor, y tuvo esto por mui malo y áspero, y quexose de ello al Rei del Çielo.
'''De la comunión que hizo el día de los Santos y de las penas que le fueron dadas'''
[Fol. 201v] El día antes de la Fiesta de todos los Santos rogó a la hermana maior que ansí como comulgasse la pusiese en una casa adonde no oviese ninguno, conoçiendo por spíritu lo que le avía de venir. Y como recibiesse la santa comunión antes que sestias ''[10b]'' pusiesse, tan grande fueron los sus lloros y suspiros y golpes del coraçón que en sí mesma sintió que ninguna criatura humana lo podría sentir. Y hizo tan grande fuerça en sí misma por que las cosas que sentía de dentro no fuesen sabidas ni oídas, ansí como la cuba hierbe sin respiradero que mui de ligero rebienta, ansí ésta rebentó por encima de la cabeza, y lo que no pudo salir por la boca salió por las llagas que encima de la cabeza le fueron hechas. Y en la frente le apareció una tan cuchillada que pareçía ser abierta con navaja, la qual estubo muchos días abierta, y de muchos fue vista, y nunca recibió benefiçio ninguno de medicina humana. Y abriósele el celebro por parte de detrás, y partiósele el cafeo por medio quedando el quero de ençima sano (lo qual yo i otras persona emos tratado e conoçido), lo qual nunca se le çerró.
Y sintió dello tan gran dolor y pena que le llegó a par de muerte, lo qual vieron los testigos que adelante se dirán, y notario. Y como esto fue hecho, acabada la comunión, luego fue traspuesta fuera de sí y pribada de todos los sesos humanales y estuvo allí por espaçio de quarenta horas. Y en este tienpo que estubo ansí, aviendo las hermanas conpasión della, probaron de dalle algunos tormentos, metiéndole plumas en las narizes hasta arriba, que le hizieron llagas de dentro, y en las manos, y en los pies, y en todos los otros mien- [fol. 202r] bros le daban pena por la hazer tragar alguna cosa de comer, y tanta fue la fuerza que le hizieron que le quebraron una muela. La qual, estando en este tan gran tormento, la noche de los Finados dio muy grandes gemidos, por tres vezes u quatro, e hizo mui grande estremecimiento en el cuerpo. La qual, estando ansí, fue llevada al trono del Rei Celestial a do vido cosas de gran espanto, que lengua humana no puede dezir, e vido un rei mui espantable estar en un mui gran trono, ante el qual estaban muy grandes gentes de diversas calidades e de maravillosa hermosura, y el rei tenía atravesado en la boca un cuchillo agudo de entreanbas partes, y fue dicho a ésta: «Pobreçilla, ¿ves el quchillo que está de anbas partes agudo, que está en la boca del rei? Sepas que significa la grande yra que tiene sobre la Iglesia y sobre los prelados y rexidores della». Y fuele dicho: «Ve y di aquellos varones lo que te à sido mandado, que porque echan en olvido y son negligentes en qumplir lo que les es dicho y demostrado, no curando de la vox divinal, como si fuesse cosa de los honbres amenázolos una vez y dos, so pena de la divinal sentencia, que dexadas todas las cosas, luego tomen camino e lo digan al arçobispo de la iglesia. E venga por sí mesmo e ponga gran remedio en aquellos çinco pecados suso escritos, conviene a saber: en la mengua de la santa fe, y en la cobdiçia de la luxuria, y en la ignorancia y mengua de reverentia, en los quales pecados cada día es blasfemado y crucificado Nuestro Señor Jesucristo, hijo de Dios y que destruyga [fol. 202v] ''[1111a]'' las herexías desta cibdad y de los clérigos, y haga çerrar las misas que dizen en casa de los legos porque es gran deshonra y escarnio al qulto divino. Y esta señal del Cielo te da porque seas creída en estas cosas que has visto y en las pasadas, y este quchillo que es en la boca de Dios poderoso traspasará tu coraçón y ará en él llaga, y saldrá sangre biba que será verdadero testimonio a todos, y tú serás remediadora y parçionera en la passión del hijo de Dios».
Y así fue luego hecho. Y luego halló ençima del coraçón tan gran dolor que dezir no se puede, e de tan gran abertura y grandeza era la llaga que pudiera caber por ella la cabeza del dedo pulgar de un honbre. Y duró abierta esta llaga veinte días enteros y los viernes corría mucha más sangre que todos estos días. Y con paños puestos en la llaga, corría sangre hasta la pierna, en la qual llaga nunca apareçió gota de materia, ni tampoco se puso medicina humana, sino los paños linpios, unos ensangrentados y otros puestos. Y la sangre era tan limpia y viba y tan colorada, que no podía ser más, como lo demuestran los paños que tenía en la llaga, los más de los quales están en mi poder.
La qual llaga quiso absconder la santa virgen, y callolo todo lo que pudo y fuese dicho divinamente que lo dixesse y demostrase a las señoras matronas, la hermana maior y doña Teresa, a las quales mostró los paños sangrientos. Y como desto fuessen maravilladas, llamaron en secreto al confesor, el qual puso silencio en la casa quanto pudo y ninguno de fuera lo supo. Y abiendo reçelo en dicho clérigo, no fuesse alguna cosa [fol. 203r] fingida, por quitar toda dubda mucho trabaxó por saber la pureza de la verdad y vió la dicha llaga y creió y fue lleno de mui gran maravilla y en quanto él pudo lo tuvo secreto, mas revelolo a testigos mui honrrados y dignos de toda fe, que dello fielmente diessen testimonio. El uno era el deán de Toledo, y el otro, el capellán maior Señora Minaiade Villaminaia ''[11b]'', y el dicho cura y las dos matronas de la cassa y con ellas un notario público de la cibdad, para que con todos diesse testimonio verdadero. Las quales seis personas por sus ojos lo vieron y con sus manos la llaga palparon, la qual estaba reçiente y sangrienta, y los paños sangrientos, como ellos lo manifiestan. Y el propio capellán maior sacó de la llaga con sus propias manos gran copia de hilas en biba sangre vañadas, las quales están en mi poder.
Y todos miraron con gran diligentia que aquella llaga era divinal y no humanal, la qual sierba de Dios sufrió con gran tormento e pena, así de dentro como de fuera. Y estando ella en su cama, tan honestíssima que cosa de su cuerpo no se bio más que la llaga por una sábana abierta, la qual llaga vieron todas las personas susodichas; y estuvo abierta, como dicho es, por el espaçio de veinte días, y ella se çerró sin medicina humana. Y quedó la señal de la abertura en el lugar a do estaba la llaga, a la qual duró el dolor muchos días.
4.- Adornada nuestra santa con las preciosas llagas de Jesús, no vivía ya en la Tierra este serafín humano, su conversación, su trato y su espíritu todo era del Cielo y en el Cielo. Su alimento era cortísimo y levísimo, y aun esto lo hacía no por necesidad, sino por humildad, para quitar cualquier nota y que no la tuviesen por buena. Decía a su confesor que no tenía necesidad de manjar terreno cuando recibía a Su Majestad Sacramentado, pues este le mantenía no solo el alma, sino también el cuerpo. Por eso en este tiempo eran más frecuentes los éxtasis y raptos desta feliz alma, pues, como tan desprendida de la Tierra, era fácil ser elevada hasta el Cielo. Aumentáronse las revelaciones y favores del Señor [113v] y, como la había escogido por instrumento para declarar lo irritado que estaba contra los pecadores, volvió una y otra vez a mandarla manifestase su voluntad.
En una ocasión, le apareció Su Majestad muy airado y, de nuevo, le dijo era su voluntad se avisase al arzobispo para que, por lo que a él le tocaba, pusiese pronto remedio en aquellos cinco vicios que, en otro lugar (I), dijimos aborrecía tanto el Señor y, también, que velase en destruir y extirpar los horrores que en Toledo iban sembrando los moros y judíos y que quitase el intolerable abuso que se había introducido de celebrar misas en casas particulares y que no lo permitiese, sino en algún caso raro o grave necesidad, pues así iba decayendo el culto divino y la asistencia de los fieles a los templos y funciones eclesiásticas. Ha querido siempre Dios a esta ciudad santa, ejemplar y edificativa, esmerándose en arrancar de su campo cualquier cizaña que el enemigo común ha instado sembrar y, por eso, ahora insta tanto en purificarla por medio de su prelado [114r] para que, a su ejemplo, otros prelados hagan también lo mismo. Con este fin, y para que le diesen crédito, adornó el Señor con sus llagas a nuestra santa virgen, pero como tan humilde no sabía cómo hacerlo, contentándose con decirle a su confesor, el cual tampoco tenía resolución para ello, permitiéndolo el Señor para escarmiento de otros. Una voluntad de Dios tan expresa y clara, tantas veces repetida y encomendada, ya se ve que el resistir a ella será culpable en los divinos ojos, ni puede escusarse con el pretexto de humildad, pues en realidad no lo es. Mandó Dios a Jonás fuese a predicar a Nínive, pero por humildad huye y se embarca para Tarsis (J). Irritado el Señor contra el desobediente profeta, le castiga mandando a una ballena se lo trague. No se han de persuadir fácilmente las almas contemplativas que el Señor las toma por instrumento para cosas grandes, pero tampoco se han de resistir con nimia tenacidad cuando una y otra vez las llama. [114v] Escarmienten las almas dedicadas a Dios en lo que sucedió a esta santa y a su confesor: murió este (que, como queda dicho, lo fue muchos años y se llamaba don Juan de Biezma) el año de 1486 cerca de la festividad de Nuestro Padre San Francisco y, en este día del Santo Patriarca, se le apareció a la sierva de Dios y le dijo, entre otras cosas, estaba penando en el Purgatorio por no haber hecho lo que la santa le dijo varias veces, que diese parte al arzobispo para que pusiese remedio oportuno en aquellas culpas y que, ahora, le exhortaba que, deponiendo todo temor, lo manifeste al arzobispo porque, sinosi no, sería azotado rigurosamente del Señor. Pidiola le encomendase a Dios y ayudase a salir de aquellas penas y, con esto, desapareció. Quedó la santa admirada, pero aún no sabía cómo hacerlo, pues le parecía que harían burla de su dicho, despreciando como consejo de mujer lo que era oráculo divino. Estando una noche en oración, fue llevada a un tribunal, donde presidía un juez [115r] severo y, pidiéndole cuenta del cumplimiento de sus órdenes, mandó a un ángel azotarla por desobediente. Fueron tales los azotes que se alcanzaban unos a otros y, así, sus delicadas espaldas quedaron todas molidas y quebrantadas, aunque por de fuera no quedó señal alguna de llaga ni cardenal. Este solo tormento le faltaba para imitar a Jesús en su Pasión sacrosanta. Tuvo grandes dolores la santa y le duraron cerca de año y medio sufriendo por el Señor estos azotes de su mano. Tenía una vez la toca mal puesta y la prelada, para componérsela, metió la mano en la espalda, pero notó que, como si no tuviera huesos o los tuviera molidos, no tocaba sino carne, pero sin llaga ni cardenal alguno. Maravillada desto y pensando que se había puesto así por las disciplinas, le reprehendió agriamente el exceso, pero la sierva de Dios le descubrió todo lo que había pasado y se conocía ser cosa sobrenatural por no verse señal alguna exterior.
5.- Con este aviso del Cielo conoció [115v] la sierva de Dios su descuido y, habiendo quedado por su confesor el venerable padre fray Juan de Corrales, prior que era de la Sisla, comunicó con él cuanto había pasado y, como docto y experimentado, determinó dar parte de todo al arzobispo, que lo era entonces el gran Cardenal de España, don Pedro González de Mendoza, y habiendo hablado largamente con su eminencia sobre el asunto, le dejó una copia del testimonio, que se había formado de la llaga del costado y otros papeles autorizados de varios prodigios y maravillas que Dios había obrado, y estaba obrando entonces con su humilde sierva. Oyole benignamente su eminencia y, a otro día, le respondió en carta lo que sigue:

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