Historia, vida y milagros, éxtasis y revelaciones de la bienaventurada virgen sor Juana de la Cruz

De Catálogo de Santas Vivas
Saltar a: navegación, buscar

Contenido

Vida de Juana de la Cruz

[¶1r] [Portada]

Historia, vida y milagros, éxtasis y revelaciones de la bienaventurada virgen sor Juana de la Cruz, de la Tercera Orden de nuestro seráfico padre San Francisco.

Compuesta y de nuevo corregida y emendada por fray Antonio Daza, indigno fraile menor, difinidor de la santa Provincia de la Concepción y coronista de la Orden.

Dirigida a la católica majestad del rey don Felipe III, nuestro señor.

Año [sello coronado encuadrando grabado con motivos geométricos en las cuatro esquinas y dentro un óvalo con la Inmaculada, revestida de rayos de sol, con corona de once estrellas y media luna similar a un ancla a los pies, pisando la cabeza de un demonio o de la propia muerte] 1613.

Con privilegio de Castilla y Aragón.

En Madrid, por Luis Sánchez, impresor del Rey nuestro señor.

[¶1v] [en blanco]

[¶2r] Tasa

Yo, Gerónimo Núñez de León, escribano de cámara del rey nuestro señor, de los que en su Consejo residen, doy fe que habiéndose presentado ante los señores de él un libro de la vida de la bienaventurada Juana de la Cruz, religiosa de la Orden del glorioso padre San Francisco, compuesto por el padre fray Antonio Daza, religioso de la dicha orden, que con licencia de los dichos señores fue impreso, tasaron cada pliego del dicho libro a cuatro maravedís y parece tener treinta y seis pliegos y medio, que al dicho precio monta en papel ciento y cuarenta y seis maravedís. Y a este precio mandaron se vendiese, y no más, y que esta tasa se ponga en el principio de cada libro de los que imprimiere. En Madrid, a dos de mayo de mil y seiscientos y trece,

Gerónimo Núñez de León

Erratas [1]

Son menester tantos ojos para cualquier cosa que se imprime que por muchos que tenga un hombre es más de maravillar cuando la obra sale sin erratas que no cuando sale con ellas. Las que en este libro se han hallado son las siguientes, las cuales emendará cada uno en el libro que tuviere, porque desta manera se entiendan mejor los lugares de las tales faltas y haya verdad en la letra:

En la Aprobación:

Fol. 4, pág. 2, lín. 29, donde dice “Eleazaro” diga Elceario; fol. 9, pág. 1, lín. 3, donde dice “nueve” diga diez; fol. 12, pág. 2, lín. 8, donde dice “Vest” diga Vuest; en la misma página, lín. 26, donde dice “siete” diga trece.

En la materia del libro:

Fol. 60, pág. 2, línea 3, donde dice “Medrano” diga Mendoza.

Licenciado Murcia de la Llana

[¶2v] Aprobación de los letores de Teología[1§] Los letores de Teología de San Francisco de Valladolid que aquí firmamos nuestros nombres, hemos visto por mandado de nuestro padre fray Luis Velázquez, ministro provincial desta Provincia de la Concepción, el libro de la vida y milagros de la gloriosa madre santa Juana de la Cruz, compuesto por el padre fray Antonio Daza, difinidor de la misma provincia, coronista general de la Orden, y todo lo que en él se contiene es católico, y las revelaciones de la santa son admirables y muy conformes a la Sagrada Escritura y dotrina de los santos, y enseñan el camino del Cielo con notable dulzura y espíritu del Señor, de que todas están llenas, por lo cual se puede y debe imprimir el dicho libro con mucha confianza que será para honra y gloria de Dios, y utilidad y provecho de los fieles, y este es nuestro parecer. En el dicho convento de San Francisco de Valladolid, a ocho de julio de mil y seiscientos y diez años.

Fray Alonso de Herrera. Fray Francisco Álvarez

[¶3r] Licencia de la Orden

Fray Luis Velázquez, de la Orden de nuestro seráfico padre San Francisco, ministro provincial desta Provincia de la Concepción y visitador de todas las religiosas della, por la presente concedo licencia al padre fray Antonio Daza, difinidor y padre de la misma provincia, para que pueda imprimir y sacar a luz un libro que tiene compuesto de la vida y milagros de la virgen santa Juana de la Cruz, religiosa que fue en el monasterio de la Cruz de la santa Provincia de Castilla, atento que por comisión nuestra le han visto y aprobado personas doctas de la provincia guardando en lo demás lo que las premáticas destos reinos disponen cerca de la impresión de los libros. Dada en nuestro convento de San Francisco de Valladolid, en veintidós de julio de mil y seiscientos y diez años.

Fray Luis Velázquez, ministro provincial

Aprobación del vicario de Madrid

Por comisión y mandado de los señores del Consejo he hecho ver este libro de la beata Juana de la Cruz compuesto por el padre fray Antonio Daza, difinidor de la Provincia de la Concepción y coronista general de la Orden de San Francisco. Es libro de muchas letras, erudición y devoción, y de mucho provecho para los que le leyeren. No tiene cosa contra la fe ni buenas costumbres y así se le puede dar licencia para imprimirle. Fecha en Madrid, en 4 de agosto de 1610.

El doctor Gutierre de Cetina

[¶3v] Aprobación

Por comisión particular de Vuestra Alteza he visto y leído este libro, que se intitula Historia, vida y milagros de la beata Juana de la Cruz, compuesto por el padre fray Antonio Daza, difinidor y coronista del sagrado Orden del seráfico padre y quisiera —como dice el glorioso padre san Gerónimo escribiendo la vida de santa Paula— que todos los miembros del cuerpo se tornaran lenguas para engrandecer las extraordinarias mercedes que Dios comunicó a esta bendita santa. Pero el autor cumple con lo que promete, explicando sus milagros, éxtasis y revelaciones con tanta erudición, dotrina y verdad tratada con delgadeza y agudo ingenio, autorizada con las sentencias y dichos de los santos, manifestada católica y píamente. Y tengo por cierto que será muy estimada y con edificación leída de todos, y de muchos imitada. Y así juzgo se le debe dar la licencia que pide. Fecha en este convento de la Santísima Trinidad, calle de Atocha de Madrid, en seis días de agosto de mil y seiscientos y diez.

El Presentado

Fray Juan Baptista

[¶4r] El Rey // [fol. sgte.] Privilegio de Castilla

Por cuanto por parte de vos, fray Antonio Daza, difinidor de la Provincia de la Concepción y coronista general de la Orden del seráfico padre San Francisco, nos fue fecha relación que habíades compuesto un libro intitulado La vida de la santa Juana de la Cruz, religiosa que fue de la dicha Orden de San Francisco, en la cual habíades puesto mucho estudio y trabajo y era muy útil y provechoso, y nos pedistes y suplicastes os mandásemos dar licencia y facultad para le poder imprimir y privilegio por diez años, atento que teníades de vuestros prelados licencia para le poder hacer, o como la nuestra merced fuese. Lo cual visto por los del nuestro Consejo y como por su mandado se hicieron las diligencias que la premática por nos últimamente fecha sobre la impresión de los libros dispone, fue acordado que debíamos mandar dar esta nuestra carta para vos en la dicha razón y nos tuvímoslo por bien. Por la cual, por haceros bien y merced, os damos licencia y facultad para que por tiempo de diez años primeros siguientes que corran y se cuenten desde el día de la fecha della, vos o la persona que vuestro poder oviere, y no otro alguno, podáis imprimir y vender el dicho libro que de suso se hace mención por el original que en el nuestro Consejo se vio que va rubricado y firmado al fin de Cristóbal Núñez de León, nuestro escribano de cámara de los que en él residen con que antes que se venda lo traigáis ante ellos, juntamente con el dicho original, para que vea si la dicha impresión está conforme a él o traigáis fe en pública forma, en cómo por corretor por nos nombrado se vio y corrigió la dicha impresión por su original. Y mandamos al impresor que imprimiere el dicho libro no imprima el principio y primer pliego ni entregue más de un solo libro con el original al autor o persona a cuya costa se im- [¶4v] primiere y no otro alguno para efeto de la dicha corrección y tasa hasta que primero el dicho libro esté corregido y tasado por los del nuestro Consejo. Y estando así y no de otra manera pueda imprimir el dicho libro, principio y primer pliego, en el cual seguidamente se ponga esta licencia y privilegio, y la aprobación, tasa y erratas so pena de caer e incurrir en las penas contenidas en la premática y leyes de nuestros reinos que sobre ellos disponen. Y mandamos que durante el dicho tiempo de los dichos diez años, persona alguna sin vuestra licencia no le pueda imprimir ni vender, so pena que el que lo imprimiere haya perdido y pierda todos y cualesquier libros, moldes y aparejos que del dicho libro tuviere y más incurra en pena de cincuenta mil maravedís. La cual dicha pena sea la tercia parte para nuestra cámara, y la otra tercia parte para el juez que lo sentenciare y la otra tercia parte para la persona que lo denunciare. Y mandamos a los de nuestro Consejo, presidente y oidores de nuestras audiencias, alcaldes, alguaciles de la nuestra corte y chancillerías, y a todos los corregidores, asistente, gobernadores, alcaldes mayores y ordinarios, y otros jueces y justas cualesquier de todas las ciudades, villas y lugares de nuestros reinos y señoríos, que os guarden y cumplan esta nuestra cédula, y contra su tenor y forma no vayan ni pasen en manera alguna. Fecha en San Lorenzo, a primero día del mes de otubre de mil y seiscientos y diez años.

Yo, el Rey.

Por mandado del Rey, nuestro señor,

Jorge de Tovar

[¶¶1r] Privilegio de Aragón

Nos, don Felipe, por la gracia de Dios, rey de Castilla, de Aragón, de León, de las Dos Sicilias, de Jerusalén, de Portugal, de Hungría, de Dalmacia, de Croacia, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarbes, de Algecira, de Gibraltar, de las Islas de Canaria, de las Indias orientales y occidentales, islas y tierra firme del mar Océano, archiduque de Austria, duque de Borgoña, de Bravante, de Milán, de Atenas y de Neopatria, conde de Absburg, de Flandes, de Tirol, de Barcelona, de Rosellón y de Cerdania, marqués de Oristan y conde de Goceano. Por cuanto por parte de vos, fray Antonio Daza, difinidor de la Orden de San Francisco en la Provincia de la Concepción y coronista de la dicha orden, nos ha sido hecha revelación que con vuestra industria y trabajo habéis compuesto un libro intitulado De la historia, vida y milagros, éxtasis y revelaciones de la bienaventurada virgen sor Juana de la Cruz, de la Tercera de San Francisco, el cual es muy útil y provechoso, y le deseáis imprimir en los nuestros reinos de la corona de Aragón, suplicándonos fuésemos servido haceros merced de licencia para ello. E nos, teniendo consideración a lo sobredicho y a que ha sido el dicho libro reconocido por persona experta en letras y por ella aprobado para que os resulte dello alguna utilidad y por la común lo habemos tenido por bien. Por ende, con tenor de las presentes de nuestra cierta ciencia y real autoridad, deliberadamente y consulta, damos licencia, permiso y facultad a vos, el dicho fray Antonio Daza, para que por tiempo de diez años contaderos desde el día de la data de las presentes en adelante, vos o la persona o personas que vuestro poder tuvieren y no otra alguna, podáis y pueden hacer imprimir y vender el dicho libro intitulado De la historia, vida y milagros, éxtasis y revelaciones de la bienaventurada virgen sor Juana de la Cruz, en los dichos reinos de la Corona de Aragón. Prohibiendo y vedando expresamente que ningunas otras personas lo puedan hacer por todo el dicho tiempo sin nuestra licencia, permiso y voluntad, ni le puedan entrar en los dichos reinos, para vender de otros adonde su hubiere impreso. Y si después de publicadas las presentes hubiere alguno o algunos que durante [¶¶1v] el dicho tiempo intentaren de imprimir o vender el dicho libro, ni meterlos impresos para vender —como dicho es— incurran en pena de quinientos florines de oro de Aragón, dividideros en tres partes; es, a saber: una para nuestros cofres reales, otra para vos, el dicho fray Antonio Daza, y otra para el acusador; y demás de la dicha pena, si fuere impresor, pierda los moldes y libros que así hubiere imprimido. Mandando con el mismo tenor de las presentes a cualesquier lugartenientes y capitanes generales, regentes la cancillería y regente el oficio por tantas veces de general gobernador, alguaciles, vergueros [2] porteros y otros cualesquier oficiales y ministros nuestros, mayores y menores, en los dichos reinos de la corona de Aragón, constituidos y constituideros, y a sus lugartenientes y regentes los dichos oficios, so incurrimiento de nuestra ira e indignación y pena de mil florines de oro de Aragón de bienes del que lo contrario hiciere, exigideros y a nuestros reales cofres aplicaderos que la presente nuestra licencia y prohibición, y todo lo en ella contenido y declarado, os tengan, guarden y cumplan tener, guardar y cumplir hagan sin contradición alguna y no permitan ni den lugar a que sea hecho lo contrario en manera alguna, si demás de nuestra ira e indignación en la pena sobredicha desean no incurrir. En testimonio de cual mandamos despachar las presentes con nuestro sello real común en el dorso selladas. Data en Madrid, a veintiún días del mes de mayo del año del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo mil seiscientos y trece.

Yo, El Rey

Dominus Rex mandauit mihi don Francisco Gasol visa per Roig Vicecancellarium, Guardiola, Tallada, Fontanet, Martínez et Pérez Manrique, regentes cancellarium.

Vidit Roig Vicecancellarium; vidit don Phillipo, Tallada regente; vidit Martínez Roclin regente; vidit don Mattheus de Guardiola, regente; vidit Fontanet regente; vidit Pérez Manrique regente.

In divers. X folio xxxiii.

[¶¶2r] A la católica majestad del rey don Felipe Tercero, nuestro señor

Porque la pequeña ofrenda es propio [4] de quien poco puede —aunque en los ojos del príncipe se califica con la voluntad de quien la ofrece— y porque mientras menos es lo que sale a la plaza del mundo tiene más necesidad de protección más valerosa, me atrevo a dedicar a Vuestra Majestad este libro: pequeño en cuanto obra de mis manos, pero grande en su sujeto, que es la vida de la bienaventurada virgen sor Juana de la Cruz, por quien Nuestro Señor [¶¶2v] ha obrado y obra cada día tantas maravillas, entre las cuales ha sido una y no la menor haber excitado el piadosísimo ánimo de Vuestra Majestad para mandar que revisto este libro por personas de toda satisfación torne a salir a luz, con lo cual sale muy honrado y seguro de toda emulación. Guarde Nuestro Señor a Vuestra Majestad para protección y amparo de su Iglesia, como este indigno capellán de Vuestra Majestad desea.

Fray Antonio Daza

[1r] El obispo fray Francisco de Sosa, del Consejo de Su Majestad y General Inquisición, al cristiano letor

Por habérseme cometido la revista deste libro de la vida y milagros de la beata sor Juana de la Cruz y haberse hablado en él de tantas maneras y ser a cada cual tan natural defender lo que una vez dijo, me parece corre obligación de satisfacer a todos. Y digo a todos porque, aunque en otros casos se deba seguir el parecer de Casiodoro [5], que dijo se puede escusar la satisfación de algunos defetos porque los cuerdos sin dársela perdonan yerros ajenos conociendo los propios y a los demás no se debe satisfación, pero, en materia de dotrina, el parecer del apóstol san Pablo [6] es que somos deudores de los sabios y de los inorantes; y, siguiéndole, satisfaré a los unos y a los otros en cuanto mi corta suficiencia alcanzare.

Como la vida desta sierva de Dios se escribió en lengua vulgar y contiene cosas tan peregrinas, aunque el haberse el libro impreso tantas veces en tan poco tiempo y el mucho provecho que ha hecho prueba bien la piedad de España, esa misma ha sido causa de que se notasen algunas cosas de él por personas doctas y cuerdas, pareciendo inconveniente [1v] que anduviesen en lengua vulgar por manos de todos, y la censura de los tales se ha visto, aprobado y estimado como es razón. Y viendo que se hablaba en corregir este libro, pusieron mano en censurarle algunas personas escrupulosas aunque bien intencionadas, pero más tocadas de aquel celo amargo, que dijo Santiago, que de verdadera ciencia [7]. Y con esto notaron gran número de yerros y el suyo consiste en no atinar con el sujeto destos yerros porque juzgando ser el libro no lo es, sino su entendimiento.

Y porque la dicha satisfación presupone algunas cosas que son como principios ciertos y generales, me pareció convenía proponerlos al principio, como fundamentos de mi intento, que es satisfacer a todos para mayor claridad y por escusar el repetirlos muchas veces.

Lo primero que se ha de advertir es que muchas cosas graves están escritas en latín, griego y hebreo, que no se permiten [8] anden en lengua vulgar, no porque contengan mala dotrina, sino porque no todo puede andar sin peligro en manos de todos. Y hácese esto tan sin menoscabo de los autores que se ejecuta con la misma Sagrada Escritura, cuyo autor es el Espíritu Santo, y no se permite que ande sin comento en lengua vulgar, lo cual condenan mucho los herejes [9], diciendo privamos a la lengua materna de grandes misterios y que quieren los superiores alzarse con el magisterio divino concedido a todos, a quien privan de leer los libros sagrados donde se aprenden las cosas necesarias para alcanzar la vida eterna, sin ficción de exposiciones arbitrarias. Y [2r] con estas invenciones engañan al pueblo rudo, siendo disparates tan sin aparencia de verdad porque, dejada aparte la dotrina de los santos —como san Ambrosio [10], san Agustín [11], san Gerónimo [12], san Gregorio [13], san Basilio [14], san Ireneo [15], san Crisóstomo [16], Orígenes [17] y otros muchos a quien ellos no dan crédito—, de la misma Sagrada Escritura, a quien confiesan por infalible, consta ser muy difícil de interpretar, como lo dice el Profeta Real [18] en muchos lugares, y en especial en el psalmo 118, y san Lucas [19]. Y el apóstol san Pedro afirma que en las epístolas de san Pablo hay muchas cosas difíciles que los indoctos e inestables [20] interpretan falsamente [21]. Y finalmente de las varias exposiciones que hombres presumptuosos han dado a las Sagradas Letras han nacido casi todas las herejías. Y poco tiempo es menester gastar en probar esto, pues a ellos mismos les consta que son inumerables las sectas que cada día inventan y sus libros están llenos de contradiciones en esta materia, como se ve cuando [2v] Osiandro confuta [22] a Filipo Melanchton [23], que afirma en sola la materia de justificación se proponían por los confesionistas [24] veinte proposiciones contrarias. Lo mismo hace Lutero contra Zinglio, Ecolampadio [25], y sobre los psalmos, y en el libro de concilios confiesa cerca de la escuridad de la Sagrada Escritura lo que niega en el dicho libro contra los artículos de León papa. Finalmente no puede ser ceguera mayor que negar al pontífice sumo y a los concilios generales lo que ellos mismos conceden a un oficial que es la exposición de las sagradas letras. Por lo cual, con muy santa prudencia se prohíbe que los libros canónicos anden en lengua vulgar, y esto no absolutamente como los herejes fingen sino cuando no tienen comento, porque con él no hay prohibición alguna; antes, si se considera lo que anda escrito en tanta multitud de libros espirituales, con gran facilidad podrá quien fuere leído en ellos tener noticia no solo de lo que hay en la Sagrada Escritura necesario para la salvación, pero de la misma letra y de mucha dificultades y curiosidades della. Por manera que todo cuanto alegan son embelecos falsos, porque ni a la lengua materna se priva de misterios grandes ni a los que no son letrados de dotrina santa, sino del peligro de errar, que el apóstol san Pedro enseña, y este es mayor en unas materias que en otras, y en pocas tan grande como cuando se trata de revelaciones, por la gran esperiencia que se tiene de casos en que transformándose Satanás en ángel de luz ha engañado, no solo a personas vanas y viciosas, pero a muchas muy espirituales como nos lo advirtió el glorioso san Vicente Ferrer en su Comentario [26] [3r] de la vida espiritual; y san Antonio de Florencia en diferentes lugares [27] hasta decir las palabras siguientes: “Non omnia etiam sanctorum hominum visa, aut si maius, revelationes indubitatae fidei et veritatis esse, quia nonnunquam viri pii hallucinantur”. Y por evitar este peligro están prohibidos libros graves, y de autores muy conocidos y estimados. Y otros se han mandado emendar, como los del padre fray Luis de Granada [28] [29], que, sin agravio de cuantos han escrito en nuestros tiempos en lengua vulgar, tienen tan gran lugar en piedad y dotrina y propiedad de lenguaje, y se prohibieron los estampados hasta el año de mil y quinientos y sesenta y uno porque contenían algunas cosas cerca de mostrarse la gracia de Nuestro Señor más sensible en algunas personas y las señales desto. Y, con ser verdaderas y sacadas de la pura dotrina de los santos, y refiriendo algunas veces sus mismas palabras, pareció inconveniente anduviese en lengua vulgar, y el mismo autor lo emendó y han corrido y corren sus libros en todas lenguas con mucha edificación y grandísimo aprovechamiento del pueblo cristiano.

Lo segundo, se advierte que algunas historias y ejemplos que contra lo dicho se pueden alegar de libros en que hay mucho peligro y no están prohibidos no prueban cosa alguna contra lo dicho. Lo uno porque no se puede tener de todo noticia, y lo otro porque como el fundamento de semejantes prohibiciones es solo evitar peligro de errar, corre este conforme a la necesidad de los tiempos, según la cual enseña la prudencia que se permitan cosas que en otra ocasión se prohibieron, porque cesando la causa que era el peligro cesase también el efeto. Bien claro [3v] es el ejemplo de Alejandro Primero [30], donde se prohíbe el poder pintar a Cristo Nuestro Señor en figura del cordero. Y lo mismo leemos en el sexto sínodo general en el Canon 82, donde nota el autor de la Suma de los concilios que también estaba entonces prohibido el pintar al Espíritu Santo en figura de paloma. Y en el concilio niceno segundo [31], en la acción cuarta y quinta, se aprueba el parecer de san Germano, que condena el pintar al Padre eterno en figura de hombre, y que de las personas divinas solo se debía pintar la de Cristo Nuestro Señor, que fue hombre. Y esta sentencia sigue san Juan Damasceno [32] y san Agustín [33]. Esto pareció conveniente para aquel tiempo, en el cual los herejes antropomorfitas [34] trabajaban la Iglesia, pero cesando esta necesidad, ¿quién no ve con la veneración que la santa Iglesia usa y reverencia semejantes pinturas y los muchos decretos que en su favor están dados? Y el mismo recato se guardó en maneras de hablar, pues leemos en el quinto concilio constantinopolitano [35] y en el edicto del emperador Justiniano [36] y en Evagrio [37] y san Juan Damasceno [38] y otros autores graves que estaba prohibido llamar a la Virgen Nuestra Señora “Cristotocos” que quiere decir ‘madre de Cristo’, porque el hereje Nestorio le daba aquel nombre, negando poderla llamar “Theotocos”—esto es, ‘Madre de Dios’—, y que así solo se había de llamar “Madre de Cristo”. Pero después que a Nestorio se lo llevó el diablo y no ha quedado sospecha de que haya quien lo siga en Europa, y confesamos a Cristo Nuestro Señor por verdadero Dios, tan propia y comúnmente llamamos a la Virgen santísima “Madre de Cristo” como “Madre de Dios”. [4r] Y destos ejemplos se pudieran referir muchos de que los herejes se pretenden valer para imponer mudanza vana en los decretos y uso de la Iglesia. Pero consta claramente su calumnia, porque la novedad regulada con la necesidad del tiempo no es instabilidad sino prudencia, y desta nace permitir en un tiempo lo que en otro se prohibió y prohibir lo que en otro se permitió, para obviar cualquiera ocasión de peligro, sin que para muchas destas cosas sean necesarios nuevos decretos con expresa revocación de los antiguos, pues basta la costumbre universal tolerada por la Iglesia y pontífice sumo, como lo prueba Paulo Borgacio [39] con autoridad de autores graves, y en especial de Hostiense en la Suma y del cardenal in capite nobis de decimis [40] [41].

Lo tercero que se nota es que hay muchas maneras de santos o beatos a quien el pueblo cristiano puede y debe venerar. El primer grado tienen los que están declarados por tales en cualquiera de los libros canónicos del Nuevo y Viejo Testamento, cuya santidad, si se negase o pusiese en duda, sería herejía formal, como lo es dudar en la verdad de la Sagrada Escritura.

El segundo grado es el de los santos antiguos que la tradición de la Iglesia universal tiene desde sus principios declarados por tales santos, edificándoles templos, altares, y celebrando sus fiestas, invocando su intercesión. Y la santidad de los tales es tan auténtica que los mismos herejes la confiesan y reverencian, aunque no confiesen la intercesión de los santos, y negar la santidad de los tales sería el mismo error que afirmar puede la Iglesia universal, a quien alumbra el [4v] Espíritu Santo, errar en materia tan grave como esta lo es.

El tercero grado es el de los santos que llamamos “canonizados”, no porque no lo sean los del segundo grado, que lo están por la Iglesia universal —como está dicho—, sino porque teniéndose noticia de ciertos engaños que algunas iglesias particulares habían tenido en admitir por santos a quien no lo era, aprobando falsos milagros con que el demonio procuraba engañar al pueblo, queriendo los romanos pontífices, como pastores universales, y los concilios generales proveer de oportuno remedio a este daño, reservaron a sí este caso de canonizar santos, que es proponerlos por tales a toda la Iglesia universal después de haber investigado su vida y milagros con tanta diligencia como vemos se hace. Y esto comenzó el año de ochocientos y tres, que León Tercero canonizó a instancia del emperador Carlomagno a san Euuitberto obispo [42], aunque después se expresó más la reservación deste caso a la Iglesia romana por Alejandro Tercero, como consta del capítulo Audivimus [43] y se ha continuado la solenidad de ceremonias con que ahora se usa y se han canonizado setenta y tres, añadiendo once a la computación que hizo fray Ángelo de Roca en el libro que escribió desta materia [44], donde dice que aunque como sacristán del papa hizo mucha diligencia tiene por cierto que se le olvidaron algunos, y es así que no puso a san Elceario y siete mártires de nuestra sagrada religión que padecieron en Ceuta y con tres que se han canonizado después que él escribió, que son san Raimundo, santa Francisca y san Carlos, hacen el [5r] dicho número de once, y de los dichos setenta y tres los cuarenta y tres son religiosos y destos los 25 de sola nuestra orden, contando los de la Tercera Regla.

El cuarto grado es de santos que en diferentes partes se veneran y se llaman “beatificados” porque, habiéndose visto por las personas a quien la silla apostólica comete el proceso de su vida y milagros, se ha dado licencia para que sean venerados e invocados con oraciones públicas por alguna religión, o pueblo, o reino, etc., mientras se concluye la causa de la canonización solene.

El quinto grado de santos es el de muchos que se veneran por los fieles en diferentes partes sin estar canonizados ni beatificados en la forma dicha, los cuales, aunque murieron después que la Iglesia romana reservó a sí el decreto de la canonización, son empero tan antiguos y tan notoria la costumbre de celebrar su fiesta con oraciones públicas en toda la Iglesia universal que se tiene el tal uso y permisión por tácita canonización, y a los tales en todo y por todo los veneramos como a santos canonizados; verbi gratia [45]: san Roque ni está canonizado ni beatificado en la forma dicha, pero en casi toda la Iglesia generalmente se celebra su fiesta, invoca su nombre y le dedican templos, etc., con tan notoria permisión de la silla apostólica que esto mismo pasa dentro en Roma. Y destos hay muchos venerados en diferentes reinos.

El último grado es el de los que por la noticia que se tiene de su santa vida y milagros, antes y después de su muerte los veneran los fieles con culto particular y no público y solene, y estos son de más o menos au- [5v] toridad, conforme a la antigüedad y a la noticia que se tiene de su vida y milagros, y la aprobación o permisión de los superiores. Resta agora ver la veneración que a los tales santos se puede y debe hacer lícitamente.

Lo cuarto se nota que en cuanto a la veneración debida a los santos, no se trata aquí de lo tocante a los santos de los cinco grados propuestos, porque no es artículo de controversia entre los católicos y lo que contra los herejes está difinido por la Iglesia y escriben los doctores no es materia deste propósito, sino solo lo tocante a los del último grado, en el cual está la beata Juana. Y digo que el entender con fundamento esta verdad presupone otra y es que hay dos maneras de celebración, veneración o invocación de los santos: una es pública y general, esta es hecha en nombre de toda la Iglesia y con su autoridad táctita o expresa; y otra, particular, y esta última se divide también en: particular secreta —encomendándose uno en las oraciones de quien tiene por santo— y en particular pública y notoria —como aclamando a uno por santo, poniendo lámparas y haciendo otras demostraciones semejantes—.

Esto supuesto, dos cosas son ciertas y en una está la dificultad que hace a nuestro propósito: la primera cosa cierta es que la veneración pública y general en nombre de toda la Iglesia solo se puede y debe hacer a los santos de los cinco grados primeros, guardando en cuanto a los beatificados el orden de la concesión, porque en unos es más limitada que en otros; y la segunda, también cierta es, que la veneración e invocación particular y secreta puede cada uno ha- [6r] cerla a cualquiera que tiene por justo, vivo o muerto, sin que en esto haya más defeto que dar más crédito a la santidad de alguno del que la prudencia enseña, pero al fin el intento es bueno, porque solo es estimar y honrar la virtud, cosa que la misma lumbre natural la enseña, como lo dice Aristóteles [46]. Y que esta honra se deba no solo a los vivos, pero también a los muertos, alcanzáronlo los filósofos como Platón y otros, y lo nota Eusebio [47]. Pero los santos pasan adelante, probando que la honra y veneración que se hace a los buenos, vivos y muertos, se hace al mismo Dios en sus santos. Y así dice san Basilio [48]: “Honor quem bonis conservis exhibemus benevoli, erga communem Dominum significationem de se praebet”. Lo mismo prueba san Juan Damasceno, casi por las mismas palabras [49], y san Gerónimo, en la Epístola a Ripario, dice: “Honoremus servos, ut eorum honor redundet ad Dominum[50]. Y en la Vida de santa Paula celebra mucho la devoción con que se echaba a los pies de los ermitaños, no sintiéndose digna de besarlos. Y dice el santo venerábalos tanto como si en cada uno adorara al mismo Jesucristo —”Acsi in singulis Dominum adoraret. Y no es maravilla, porque san Atanasio en el Libro de la Virginidad dice: “Si homo iustus domum tuam intraverit, adorabis humi ad pedes illius: Deum enim, qui illum mittit, adorabis[51] [52]. De manera que si uno reverencia a quien tiene por santo, muerto o vivo, no peca, aunque no sea santo, porque su intento no es sino reverenciar la verdadera santidad como si uno adora la Hostia no consagrada creyendo que lo está, claro es que merece —como lo notan los doctores [53]— por la misma razón.

[6v] Por manera que estas dos cosas de la veneración pública en nombre de toda la Iglesia y de la particular de cada uno son ciertas, en la que se pone la duda y que hace a nuestro propósito es en la particular pública, que se llama “particular” porque no es general ni se hace en nombre de la Iglesia, y llámase “pública” porque las acciones de veneración lo son, como está declarado.

Cerca desta manera de veneración se han de huir dos estremos y seguir el camino medio. El un estremo es el de los que con aparencia de piedad aprueban fácilmente milagros y otras acciones con que el pueblo aclama a alguno por santo, con gran peligro de aprobar santidades fingidas, sobre que se han visto casos muy lastimosos, de que están llenas las historias, procurados por el demonio, no tanto por engañar en aquel artículo cuanto por desacreditar la verdadera virtud, y así todo lo que en esta materia no fuere censurado y juzgado por los superiores a quien toca tiene sospecha. Y en estos casos, así como son diversos los juicios y pareceres de los hombres, así lo son también sus efetos y sentimientos, porque unos lloran y otros ríen, y otros demayan, y de todo saca el demonio mucha ganancia. El otro estremo es el de los que aprietan tanto esta materia que afirman estar prohibida cualquier manera de veneración exterior, como poner lámparas, ofrecer dones, aclamar por santo a cualquiera, aunque sea en particular, sin especial aprobación y decreto de la silla apostólica. Así lo sintó Francisco de Peña, auditor de la Rota [54] en un tratado que compuso desta materia, y donde afirma que [7r] está así decretado por el capítulo Si quis hominem [55], y por el capítulo primero y segundo De Reliquiis et veneratione sanctorum [56], y que es sentencia de Hostiense, a quien comúnmente siguen los canonistas sobre estos textos, y que lo prueba en propios términos Zanquino en el tratado De Haereticis [57], y el autor del Repertorio de los inquisidores [58]. Y de aquí infiere lo que sin duda tomó por asumpto en aquel tratado que fue condenar ciertas pinturas que se habían hecho en medallas y estampas de un beato, de cuya canonización se trataba con tanto rigor de palabras que aunque en alguna manera muestran mayor sumisión a la silla apostólica, poca malicia es menester para conocer mediaba alguna pasión o afición, pues ni los textos que refiere prueban lo que pretende, ni los autores que alega lo dicen tan crudo, porque el capítulo Si quis hominem no es decreto, sino unas palabras que tomó Graciano de san Gerónimo sobre la Epístola de san Pablo ad Filemón [59], y no habla desta materia sino muy en general contra los que venden lo malo por bueno. Y en el capítulo primero y segundo De reliquiis et veneratione sanctorum condena Alejandro III la reverencia que se hacía a un ebrio a quien veneraban por santo; y los doctores canonistas sobre aquellos textos no se apartan de la sentencia media, que es la verdadera. Y aunque algunos no hablan con tanta distinción, otros, como Hostiense y Inocencio [60], distinguen muy claramente entre públicas preces, obsequios y sacrificios hechos a los santos en nombre de toda la Iglesia y de los particulares y que privadamente se hace a algún [7v] santo por la notoriedad de su santa vida y milagros. Y confiesan que se entiende de los primeros la prohibición de los dichos textos, y no de los segundos, lo cual afirman todos los teólogos con más claridad [61], los cuales siguen la dicha sentencia media, conforme a la cual se ha de afirmar que los dichos textos prohíben la veneración pública y solene en nombre de toda la Iglesia, no empero la particular, aunque intervengan acciones públicas y notorias, como está dicho; en consecuencia de lo cual se han de aprobar o reprobar las tales acciones, conforme al fundamento que para usar dellas hubiere, porque si fuere flaco serán dignas de reprehensión, como ligeras y vanas, pero si fuere razonable serán pías y loables, y así lo es la veneración particular y pública que se hace en tantas partes a muchos santos, que aunque no están canonizados ni beatificados es su santidad conocida por la notoriedad de su santa vida y manifestación de milagros, y por otras señales en que se funda la común aclamación del pueblo cristiano, y a los tales, aunque los llamamos “santos”, con alguna modificación, como decir “el santo fray Raimundo”, “el santo fray Diego”, etc., no empero les damos el título de santos absolutamente, como decir “san Raimundo”, “san Diego”, hasta estar canonizados, porque el graduar con este título reserva la Iglesia para la acción de la canonización, como consta del libro primero De las sagradas ceremonias [62], donde, tratándose del proceso de la canonización, no se da este título de santo hasta la sentencia difinitiva en la cual se ponen estas palabras: “Decernimus et diffinimus bonae memoriae nostrum sanctum esse, etc.” [63]. Y lo que en contrario quie- [8r] re persuadir Francisco Peña, demás de ser contra lo que él mismo podía ver se hacía en Roma con la beata Francisca y otros muchos cuerpos de beatos, que ni estaban canonizados ni beatificados, es escrúpulo sin rasgo de fundamento. Lo primero, porque la costumbre antiquísima lo tiene así recebido, como lo vemos en tanto número de autores graves, antiguos y modernos, que dan a los tales nombre de santos y refieren la veneración que en diferentes partes les hacen. Desto están llenos los libros, no solo de los que escribieron vidas de santos, como Surio, Lipomano, Vincencio Bellovacense y otros, y las corónicas de las religiones con infinitos autores graves, pero en los mismos libros de los santos padres, y, lo que más es, en los concilios generales, se halla esta manera de hablar. Ni obsta decir que fueron estos autores antes de los dichos decretos, porque algunos fueron después, como san Bernardo, san Reimundo, san Buenaventura, san Antonino de Florencia y otros muchos, cuyo lenguaje sería temeridad condenar. Lo segundo, porque no solo los libros de historias, pero el mismo martirologio romano que cada día se lee a prima en el oficio divino llama “santos” a muchos centenarios y aun millares de personas que ni fueron canonizados ni beatificados. Lo tercero, que claramente convence —como nota bien Azor [64]—, entre las cosas que se mandan por el Pontífice Romano averiguar para canonizar un santo es la fama que hay de su santidad y la veneración que el pueblo le hace. Y así, en todas las bulas que para esto se despachan, se pone cláusula con la pregunta siguiente: [8v] “An magno pietatis affectu et studio eum fuerit populus prosequutus? An apud populum habeatur pro beato, qui in coelesti patria vita perfrui aeterna credatur, quam frequenter eius sepulchrum visitare soleat, eius opem et patrocinium apud Deum implorando, ei multa offerendo et tabellas gratiarum ab eo obtentarum indies appendendo[65]. Luego estas cosas lícitas son y santas, pues los pontífices las mandan averiguar para argumento de la difinición que pretenden hacer en materia tan grave.

Esto supuesto, resta satisfacer en particular a los censores deste libro, que —como está dicho— unos son doctos y prudentes, y otros escrupulosos e inorantes. Juzgan los primeros por conveniente se quiten algunas revelaciones y otros casos, que por no ser para todos, no es bien que anden en lengua vulgar, por las razones dichas en el primero y segundo presupuesto; y así se ha hecho, y no solo en los lugares que apuntaron, sino en otros muchos, sin que en esto falte a la verdad de la historia, pues no es mentir callar algunas verdades, ni tampoco se haga agravio a los originales tan fidedignos, porque ellos se quedan guardados y con toda su autoridad, para cuando sea necesario recurrir a ellos.

Ítem se han cercenado algunas cosas y declarado otras tocantes al purgatorio y otras materias, que aunque son verdaderas en el rigor teológico, no empero son tan notorias a los que no han estudiado, a quien podría servir de piedra de escándalo lo que bien entendido fuera materia de edificación.

Ítem en cuanto a las virtudes de las cuentas que Cristo Nuestro Señor bendijo a instancia desta sierva de Dios, se quitó todo lo que suena juridición [9r], como indulgencias, no porque se crea que no se ganan muchas cosas, como la tradición lo tiene recebido, sino por la razón que en el capítulo diez se declara, que es no constar de la concesión con la distinción que conviene para publicar indulgencias y los milagros que hasta agora se han averiguado, aunque comprueban otras grandes virtudes, no empero el ganarse indulgencias, y así se deja esto sin agravio de la verdad, porque si las indulgencias están concedidas, se ganarán, y si no lo estuvieren, las otras virtudes son tantas y tan maravillosas que bastan para que el pueblo cristiano haga tanta estimación destas cuentas como siempre ha hecho, y con tan gran razón como luego probaremos.

Ítem se ha quitado el título de santa, del cual se podía usar con la modificación expresada en el cuarto presupuesto, esto es decir “la santa Juana” y no “santa Juana” absolutamente, como antes estaba; pero ya que esto se emendaba, pareció quitarlo del todo, para mayor satisfación de los que en esta materia hablan con demasiado rigor, sin que por esto se condene el lenguaje común del pueblo, que llama a esta sierva de Dios “la santa Juana”, ni el de tantos autores graves que le dan este título [67]—y aun el señor obispo de Mantua, en su corónica, la llama “santísima”—, los cuales todos hablan con mucha decencia y propiedad, como está probado en el cuarto notable.

La segunda suerte de censores son los escrupulosos, aunque bienintencionados, y la primera cosa en que tropiezan es en que se refieren en este libro gran multitud de milagros sin estar aprobados por el Ordinario, conforme al decreto del santo concilio de Trento, y la verdad es que este decreto para probar mila- [9v] gros y reliquias no es nuevo, sino confirmación de otros muchos muy antiguos, por los cuales si estos e scrupulosos pasaran los ojos, con muy poca observancia que hicieran sobre entenderlos, estuvieran [68] muy lejos de dar tal censura, porque hay muy gran diferencia entre aprobar milagros y reliquias o referirlos en una historia. Lo primero está reservado a los superiores según la calidad del fin para que se intenta la aprobación. Y lo segundo está concedido a todos cuantos han nacido en el mundo, pues desde el principio de él se han referido y escrito diferentes casos milagrosos y no milagrosos, sin que nadie tenga más obligación para la verdad de la historia que contar las cosas como las sabe, y cada cual le da el crédito que la buena prudencia enseñare, y a quien esta faltare le dará el que él quisiere, sin que por ello el historiador ni la historia pierda ni gane más crédito que el que se tenía. Y dice Aristóteles [69], de quien lo tomó Cicerón, que no todas las cosas se han de tratar con tanta sutileza que se haga dellas demostración matemática, sino que los argumentos con que se probare lo que se refiere han de ser según el sujeto de que se trata y el fin para que se trata. Por manera que para referir de palabra o por escrito un milagro que hizo Dios por intercesión de un santo, no es menester más que haberlo oído a personas fidedignas. Pero para publicar con solenidad este milagro y celebrarle con fiesta en hacimiento de gracias o tomarle por argumento de la santidad de aquel santo para canonizarle o beatificarle, etc., es menester aprobación del superior, a quien conforme a derecho tocare, según el fin para que se pretende aprobar, y, ni más ni menos, para venerar y tener en mu- [10r] cho una reliquia que dan a uno y creer con piedad que será verdadera basta la autoridad de persona digna de fe que afirma la halló en tal lugar o iglesia venerada y habida por tal. Pero si una iglesia o monasterio que tuviese en mucho una reliquia habida en esta forma, como si dijésemos una cabeza de las once mil vírgenes, quisiese rezar dellas en su día con oficio doble, y no del santo que el calendario señala, como se concede en la rúbricas del Breviario, será menester aprobación de aquella reliquia, porque una cosa es veneralla y estimalla en particular, y otra aprobarla para ministerio público, del cual trata el dicho decreto del sagrado concilio y los demás tocantes a esta materia.

En consecuencia de lo cual, se responde a la objeción. Lo primero, que los milagros que se escriben en los libros, que son infinitos, como en las corónicas de las religiones y en otros inumerables tratados, no por eso se aprueban y publican autorizadamente, que es lo que el Derecho prohíbe, mandando se haga con autoridad del Ordinario, y lo que este libro contiene es lo mismo que otros infinitos antiguos y modernos, donde se cuenta lo que en cada parte aconteció, y cada uno le puede dar la fe que quisiere.

Lo segundo, que lo que se escribe desta sierva de Dios es lo mismo que escribieron della autores tan graves como están referidos, y si en sus historias no se halló este inconveniente, no hay por qué se halle en este libro;

Lo tercero y principal, con que parece no queda género de duda en esta materia, es que con ser tantos los libros que hablan de milagros, en pocos o quizá [10v] ninguno se hallará la cautela que en este, porque hablando en el contexto de la historia de alguna cosa milagrosa, se refiere cada una como se halló y como es, porque se dice: “Tal milagro le contó fulano”, y: “Tal pasó delante de tales y tales personas”, y: “De tal milagro se hizo información por comisión del Ordinario, y está en el archivo del Consejo del ilustrísimo de Toledo”, y: “De tal la hizo solamente la justicia del pueblo; y de tal el padre general de la Orden, con tales testigos”, y: “De tal no se sabe más de lo que la parte dice”, o: “Se halla por tradición”. Y siendo esto tan claro, ¿qué tiene que ver la aprobación que el santo concilio de Trento manda hacer para publicar un nuevo milagro con esta historia escrita en imitación de cuantos autores han escrito vidas de santos desde que la Iglesia se fundó y desde el mismo Concilio hasta hoy, y con muy mayor cautela que los demás, pues solo refieren el caso, y el autor desta corónica añade lo que está dicho?

La segunda objeción que oponen es la grandeza de las mercedes que se refieren haber Nuestro Señor hecho a esta sierva de Dios, las cuales son tantas y tan grandes que con gran razón pueden causar no solo mucha admiración, pero alguna duda en creerlas. Y respondo que la admiración en la consideración de las obras de Dios es para reconocer la grandeza de su clemencia y liberalidad, y darle por ella gracias: “Consideravi opera tua et expavi”, dijo el Profeta. Y desta admiración saca Dios luz para todas las potencias, porque Mirabilia opera tua et anima mea cognoscet nimis [70]. Porque la fe se confirma y la caridad se enciende más para amar a tan liberal señor, y la esperanza se alienta de muchas maneras esperando obrará Dios [11r] en él lo que obró en su prójimo. Pero sacar de la grandeza de las mercedes de Dios tibieza para creerlas menos, por grandes, es sentir bajamente de la infinita liberalidad de Dios y medirla por la cortedad de su ánimo, triste, escaso y malaventurado, sin considerar que es consecuente a ser la liberalidad de Dios infinita en darlo más de mejor gana, y así el deseo y la esperanza en las cosas mundanas hanse diferentemente que en las divinas, porque en las humanas mientras es más lo que se desea, menos se espera alcanzar, y en las divinas al revés, porque como se trata con quien es infinitamente manificentísimo, mientras más creciere la pretensión será más firme la esperanza; y esto llama el apóstol san Pablo [71] “abundar más en esperanza y virtud del Espíritu Santo”: “Deus autem spei repleat vos omni gaudio et pace in credendo, ut abundetis magis in spe et virtute Spiritus Sancti” [72]. Y así el santo profeta Eliseo [73], queriendo enriquecer a una pobre viuda con darle tanta copia de aceite milagroso que pudiese pagar sus acreedores y vivir de lo restante, temiendo en ella alguna cortedad de ánimo —como la destos escrupulosos— la advirtió que pidiese vasos no a uno de sus vecinos, sino a todos; ni pocos vasos, sino muchos: “Vade, pete mutuo ab omnibus vicinis tuis, vasa vacua non pauca[74]. Y aunque lo hizo y se hincheron todos, preguntó el profeta si tenía más vasos, y respondiendo que no, cesó el aceite, de manera que no cesó por falta del dador, sino de vasos en que se recibiese. Y en semejante competencia siempre vencerá Dios, de manera que las mercedes hechas a la santa Juana no son menos creíbles por grandes, cuanto más que si se leen los libros de los santos, están llenos de casos [11v] maravillosos, donde se muestra haber hecho Dios Nuestro Señor misericordias grandiosas a ladrones, salteadores y a toda suerte de personas facinorosas, cuando parece que menos lo merecían, por sus secretos juicios y para muestra de su infinita misericordia, pues ¿qué mucho que haya hecho lo mismo por una sierva escogida desde el vientre de su madre? Y finalmente no se espantan estos de la grandeza, que no la conocen ni saben en qué consiste, sino de la novedad y casos extraordinarios. Y en las cosas humanas tiene esto algún fundamento, pero en las divinas es muy de tontos no advertir en cosas muy grandes que hace Dios de ordinario y admirarse mucho de las extraordinarias, como lo pondera san Agustín, diciendo de los tales: “Ut non maiora, sed insolita videndo, stuperent, quibus quotidiana viluerunt[75] [76]. Y caerán los sobredichos en la cuenta si hicieren la consideración que aquí les representaré, y es que suelten las riendas a su entendimiento y añadan a las mercedes que en este libro se refieren hizo Nuestro Señor a esta sierva suya otras mayores, más insólitas y estupendas, de manera que si se refiere que en contemplación la visitó algunas veces, sean estas visitas en público y con toda la corte celestial, y muchas veces cada día, y sobre esto finjan cuanto pudiere la imaginación volar. Y porque el entendimiento del hombre es corto, haga esto el más subido serafín y todo junto cuanto pudiere imaginar, y mucho más, no llega ni en grandeza de obra, ni en fineza de amor, ni en novedad de maravilla a solo comulgar una vez, porque esta merced no puede tener igual, ni el misterio semejanza. Pues digan ahora estos espantadizos: “¿Que tantas veces han [12r] comulgado? ¿Que tan gran admiración les ha causado?, ¿Que gracias han dado al Señor?, ¿Con qué servicios han reconocido merced tan desigual a todas cuantas se refieren de la santa Juana y se pudieran referir de san Juan Bautista y de todos los santos?”. A los cuales no la aventajamos, como estos dicen inorantemente, por la grandeza de los favores, porque los grados de gracia y de gloria que los teólogos llaman “esencial” no se mide con esta medida de demostraciones exteriores. Y así dice muy bien Cayetano que, si por la multitud de milagros hubiéramos de computar la grandeza de santidad, mucha ventaja hiciera san Antonio de Padua a san Pedro, y gran temeridad sería compararle con él, cuanto más aventajarle, como lo dice santo Tomás [77] [78].

Lo segundo, ha hecho gran novedad a unos el término de consagrarse o bendecirse imagen de Nuestra Señora, y a otros el haber hecho este ministerio el mismo Cristo Nuestro Señor, a suplicación desta esposa suya; y, aunque en todos tiene su lugar la inorancia, pero es más crasa en los primeros, porque la ceremonia eclesiástica de bendecir cruces, imágenes, altares, etc., es tradición apostólica, de que no solo están llenos los sacros concilios y decretos apostólicos, pero los manuales muy ordinarios. Y en el Pontifical Romano hay especial rúbrica con este título: De benedictione Imaginis virginis Mariae [79]. Ni tampoco es cosa nueva hacer Jesucristo Nuestro Señor semejantes favores, pues leemos en tantos autores graves [80] que el año de seiscientos y cuarenta y cuatro Jesucristo Nuestro Señor, por su propia persona, bendijo y consagró el templo de San Dionisio [12v] cerca de París, y así mismo consagró la iglesia del monasterio senonense en Francia, en cuya milagrosa consagración se oyeron las voces de los ángeles que cantaban, y aparecieron en las esquinas del templo las cruces que suelen poner en las iglesias que se consagran. Lo mismo se refiere del glorioso apóstol san Pedro, que milagrosamente consagró una iglesia de su nombre de Vuest, en Londres, año de seiscientos y diez, y la ungió con óleo santo, y después de consagrada se vieron en las paredes del templo las cruces que el apóstol había puesto y las velas de cera que habían ardido en la consagración. Y enterado desta verdad san Melito, obispo de aquella ciudad, dudó en si debía de tornar a consagrar aquel templo o no, y difirió la resolución hasta que hallándose en Roma en un concilio lo consultó con el Papa Bonifacio Cuarto, y se determinó que no se debía consagrar otra vez, pues lo había sido por el apóstol san Pedro [81]. Esto refiere Beda [82], Surio [83], César Baronio [84] [85], y se hallará en el tomo segundo de los dichos concilios que de nuevo se ha estampado en la vida de Bonifacio Octavo, folio 963.

Lo tercero, alteró a muchos leer que tenía un capítulo deste libro por título De cómo el Espíritu Santo habló trece años por boca de la santa Juana, y repetirse varias veces este lenguaje que parece reservado a solos los autores de la Sagrada Escritura, pues aun de los autores de las difiniciones de los pontífices sumos y de los concilios generales no decimos que tuvieron inmediata revelación del Espíritu Santo, sino asistencia para no poder errar. Esto superfi- [13r] cialmente dicho parece que tiene alguna aparencia de razón, pero, apurada la verdad, ninguna objeción se ha puesto a este libro con menos fundamento, porque la diferencia que hay entre inmediata revelación de Dios a los autores de los sagrados libros y la asistencia a la Iglesia para no errar es materia muy escolástica y que no se toca en este libro ni es a propósito de lo que en él se trata cosa alguna de cuantas los doctores enseñan. Para declarar esta diferencia y el lenguaje de decir “habló el Espíritu Santo por boca de tal persona” es común para todo género de personas, no solo santas, pero sin diferencia entre buenas y malas, pues san Juan dice que habló el Espíritu Santo por boca de Caifás; y san Agustín y san Gerónimo, por la de las sibilas, que eran gentiles. Finalmente, los profetas dijeron que hablaba Dios en ellos: Hac dicit Dominus. Y san Pablo: “Ego enim accepi a Domino[86] [87]. Y san Agustín en varias partes, y en particular en el preámbulo al psalmo 118. Y nuestro padre san Francisco dice en su testamento: “Nemo ostendebat mihi, quid deberem facere, sed ipse Altissimus revelavit mihi[88] [89]. Y lo mismo puede decir cualquiera. Y entre la verdad que Dios manifiesta por boca de Isaías, o por la de san Francisco, o por la de cualquiera, no hay diferencia alguna en razón de verdad, que tan infalible es la una como la otra, siendo Dios el autor, que ni puede —por ser infinitamente sabio— ser engañado, ni —por ser infinitamente bueno— engañar. Pero la diferencia consiste en saber o creer que esa verdad la reveló Dios porque de lo que dice Isaías no solo es de fe porque lo dijo Dios, pero también es de fe que lo dijo Dios, porque lo tiene la Iglesia [13v] así difinido, pero en las otras verdades tenémoslas por tales porque creemos las dijo Dios porque lo dijo san Agustín o san Francisco, etc. Y a cada cosa de la fe humana se le da la creencia que el autor merece: a san Agustín y a san Francisco, como a tan grandes santos, y a cualquiera, como a cualquiera. Y siendo esto tan llano, no hay impropiedad ninguna en la dicha manera de hablar, antes mucha conveniencia, porque no solo propone la historia que habló el Espíritu Santo por boca desta sierva suya por ser las cosas que dijo tan santas, sino también por el modo tan maravilloso de predicar, estando elevada y absorta. Y si nació la admiración desta novedad, no es caso que no ha acontecido a otros, pues lo mismo sucedió muchas veces a santa Catalina de Sena, de quien cuentan las historias muy graves que estando en éxtasis enajenada de sus sentidos hacía largas pláticas y devotísimas oraciones que el Espíritu Santo la inspiraba [90]. Y el comunicarse Dios desta suerte a sus siervos y hacerles tan grandes mercedes estando en éxtasis y fuera de sus sentidos es porque la grandeza de las cosas que les comunica es tan superior a las fuerzas de la naturaleza y tan corta y limitada la capacidad del hombre que para que las pueda recebir es menester enajenarle de los sentidos corporales, como se vio en Adán, de quien dice san Bermardo que, cuando quiso Dios levantarle a cosas puramente espirituales y divinas, le echó una manera de sueño, elevando su alma en operación sublimada sobre todas las cosas materiales y sensibles; y esto no, como algunos piensan, porque no sintiese el dolor de la costilla que le sacó, que para eso sin particular milagro, ningún [14r] sueño bastara, y así el de Adán, según se colige de la Sagrada Escritura y de diversas traslaciones [91], no fue sueño puramente natural, sino extático y milagroso, como lo son los que en los contemplativos se llaman “éxtasis” y “raptos”; porque, cesando los sentidos y la imaginación a las cosas corporales, recibiese Adán más puramente las espirituales y divinas que el Señor le comunicaba: estilo muy ordinario con que su majestad se comunica a los santos. Y desta suerte se halla haberse comunicado a esta su devotísima sierva, porque como sus deleites son siempre con los hijos de los hombres [92], ha sido muy grande la familiaridad con que en todos tiempos los ha tratado. “¿Cómo podré yo hacer cosa que Abrahám no sepa?” [93], dijo Dios, cuando quiso destruir a Sodoma. Y con Moisés, dice la Sagrada Escritura [94] que “hablaba como un amigo con otro”. Deste género son las profecías, visiones y revelaciones de todos los profetas del Testamento Viejo y los raptos de los apóstoles, cual es el que san Lucas cuenta del apóstol san Pablo [95] hasta el tercer cielo en que supo tales cosas que no las acertó después a decir. El rapto de la sábana de san Pedro [96], donde conoció la conversión de la gentilidad, y todas las profecías y revelaciones que la Iglesia católica ha tenido después de los apóstoles, que son casi infinitas, de que las corónicas y vidas de los santos están llenas. Del mismo privilegio y favor han gozado mujeres antes y después de la venida de Cristo, que no las excluyó Dios destas misericordias; y Dios, que dice por Oseas [97]: “llevármela he a la soledad y hablarla he al corazón”, no habla solamente con los hombres [14v], ni su poderosa mano está abreviada con las mujeres más que con ellos, pues sabemos que el Espíritu del Señor donde quiere aspira, y que Dios no es aceptador de personas para excluir de tan gran bien a las mujeres [98], antes en todos tiempos y siglos ha habido muchas en el mundo con quien se ha comunicado larga y liberalísimamente. Testigos son desta verdad las antiguas Sibilas, tan estimadas de los santos [99] que dice dellas san Gerónimo que las concedió Dios el don de la profecía en premio de la virginidad que guardaron, revelándoles muchas cosas del estado futuro de la Iglesia y de la venida del Mesías, con los demás misterios de su muerte y pasión, resurrección y gloriosa ascensión a los cielos. Las revelaciones de santa Brígida están aprobadas por los concilios constanciense y florentino [100]. Y las de la santa Hildegardis [101], por san Bernardo y por el papa Eugenio III, y por el Concilio de Treveris las de santa Gertrudis [102], santa Matildis [103]; y de santa Isabel [104], abadesa del monasterio de Esconaugia, hija del rey y persona de gran santidad, escriben graves autores que el ángel de su guarda le revelaba grandes misterios y le mandó en nombre de Dios que los escribiese, que es lo mismo que le pasó a nuestra bendita Juana. Y las revelaciones de santa Ángela de Fulgino [105] han sido muy estimadas de todos los hombres doctos y espirituales del mundo; y las de la bendita madre Teresa de Jesús [105], en nuestros tiempos, han sido tan admirables cuanto provechosas. Las cosas de la gloriosa santa Catalina de Sena en su tiempo asombraron el mundo y no pararon hasta que el papa Urbano Sexto [106] la mandó predicar delante de él y [15r] de sus cardenales, para que persuadiese la paz de la Iglesia, como lo había hecho otra vez en presencia del papa Gregorio XI, su predecesor. Y demás desto, quedándose en éxtasis, arrobada de sus sentidos, hacía pláticas y oraciones maravillosas, de las cuales fray Marcos Brigiano compuso un libro que anda con este título: Incipit liber divinae doctrinae datae per personam aterni Patris intellectui loquentis admirabilis et almae virginis Catherinae de Senis, Iesu Christi sponsae fidelissimae, sibi sub habitu beati Dominici famulantis conscriptus dictante ipsa vulgari sermone, dum esset in ecstasi, sine raptu et actualiter audiente, quid in ea loqueretur ipse Dominus et coram pluribus referente [107] [108] . Y en el libro de las Epístolas de la misma santa, que por orden del ilustrísimo don fray Francisco Jiménez, arzobispo de Toledo, cardenal, inquisidor general de España, se tradujo en lengua castellana, andan impresas algunas de las oraciones y pláticas que esta santa virgen hizo estando en éxtasis y abstraída de sus sentidos, y una con este título: Oración quinta que la santa virgen hizo en Roma, viernes a dieciocho de febrero de mil y trecientos y setenta y nueve, estando en abstracción después de haber comulgado. Otra dice: “Oración undécima que la misma santa virgen hizo en Roma día de la Anunciación de la dulcísima Virgen María Nuestra Señora, la cual hizo en abstracción”. Otra dice así: “Oración veintidós hecha en rapto de elevación del Espíritu Santo, día de la conversión de san Pablo”. Y todas ellas están llenas de altísimos misterios y de muchos lugares de la Sagrada Escritura que la santa declaró altísimamente estando elevada.

[15v] Ni obsta decir que estas son santas canonizadas, porque algunas no lo son, y ninguna lo era cuando se escribieron dellas estas maravillas, pues san Antonino y san Raimundo, que escribieron las cosas de santa Catalina de Sena, murieron centenarios de años antes que ella fuese canonizada [110]. Y lo mismo es de casi todos los demás; antes esas mismas cosas que se escribieron destas santas y corrieron por el mundo con tanta edificación del pueblo cristiano fueron el motivo más eficaz para que se tratase de su canonización y se efetuase, y lo mismo espero en Nuestro Señor sucederá a nuestra beata Juana. Y todavía el título del dicho capítulo que decía: “Cómo el Espíritu Santo habló trece años por la boca de santa Juana” se mudó diciendo: “Cómo por virtud divina habló la sierva de Dios por espacio de trece años”; y lo que se quitó es lo mismo que se puso en realidad de verdad, pero tiene otra aparencia para los que no han estudiado.

Lo cuarto, pareció también a estos cosa digna de ser callada el milagro de haber un ángel llevado al Cielo los rosarios y bajarlos benditos por el Señor, por ser cosa inaudita y tan extraordinaria, pero es corrección sin fundamento. Lo uno porque lo que se refiere del milagro constó por testimonio de un convento entero, y la tradición de la fama ha sido tan continuada por espacio de tantos años y confirmada con la santidad de la sierva de Dios y con tantos y tan famosos milagros. Y lo otro porque no es caso sin ejemplo, sino que hay muchos en cosas que se veneran porque decendieron del cielo o, como quiera que sea, gozamos dellas por ministerio de los án- [16r] geles. Y dejadas aparte algunas de que la Escritura trata, como el maná, el alfanje o cuchillo santo que trajo Jeremías a Judas Macabeo [111], hay otras muchas que el pueblo cristiano venera, como la cruz de los ángeles que se conserva en la santa iglesia de Oviedo, y la de Caravaca, y la casulla de san Ildefonso, el pedazo de velo que el mismo santo cortó del de santa Leocadia, la ampolla cristalina donde apareció, incluso el milagro de la Eucaristía que se conserva en Santaren [112] [113], el hábito que la Virgen Nuestra Señora trajo a san Norberto de que le vistió cuando había de instituir su religión. Y lo mismo pasó a otros fundadores de religiones [114]. Y celebrando misa el obispo Próculo, mártir santísimo, levantaron los ángeles el cáliz y le subieron al cielo; y después de dos horas se le bajaron y dijeron: “El Espíritu Santo le consagró, no le tornes tú a consagrar, sino recíbele”. Y así lo hizo, admirándose todos los que presentes estaban. Y Nicéforo Calisto escribe en su Historia eclesiástica [115] las excelencias del glorioso Anfiloquio, obispo de Iterana; y entre otras cosas refiere cómo le consagraron los ángeles. Y muy graves son las historias que afirman haber decendido del cielo los tres lirios de oro, llamados “flordelís”, que traen los reyes de Francia por armas, enviándoselas Dios con un ángel por gran favor al rey Clodoveo cuando se convirtió a la fe, y de gentil se hizo cristiano [116] [117]. Y cuando san Remigio, obispo de Remes [118], quiso baptizar al rey faltando a caso la crisma la bajó del cielo una paloma en una redomita o ampolla que traía en el pico y poniéndo- [16v] sela delante de muchas gentes al santo obispo en las manos, desapareció y ungió luego al rey con la milagrosa crisma que Dios le enviaba, la cual se guarda en la misma ampolla y se ungen con ella los reyes de Francia el día de su coronación, y ha mil y cien años que conserva Dios allí aquel santo licor. Y no hay que espantarnos destas maravillas, ni de otras, mucho mayores, que se ven y experimentan cada día, porque es Dios grande honrador de sus siervos y así vemos que honró tanto a la bienaventurada santa Catalina de Alejandría que, no habiendo quien enterrase su cuerpo —porque el tirano que la martirizó lo defendía—, envió ángeles que la enterrasen [119]. Y de la gloriosa santa Marta, huéspeda de Nuestro Señor, dice san Antonino [120] que la enterró Nuestro Señor Jesucristo, ayudándole al oficio del entierro san Frontino, obispo petragoricense [121], porque así honra Dios a los que le honran y sirven.

Otras muchas cosas de menos sustancia notaron estos escrupulosos con ponderaciones impertinentes a que no respondo, porque con los fundamentos dichos se satisface. Díjome a mí mismo uno que cómo se podía sufrir se dijese que dos días antes del tránsito desta sierva de Dios había comenzado a gozar del alegría de la gloria, pues aun de la Virgen Nuestra Señora no se dice tal cosa. Y respondile mostrándole el Breviario Romano, donde de la Madalena y de otros se cuentan cosas semejantes, y en particular se refiere de san Nicolás Tolentino que le pasó lo mismo por seis meses enteros antes que muriera [122]. Por manera que hablan a tiento [123].

Pero, porque en materia desta objeción de las [17] cuentas de la santa Juana y de las a ellas tocadas se han dicho y hecho algunas cosas que se pudieran escusar si los excesos de algunos supersticiosos no obligaron a ello, como yo lo creo, digo que, cesando esto, muy pía es la devoción que con estas cosas muestra el pueblo cristiano, y muy opuesta a los embelecos con que los herejes la procuran condenar. Escribió Teodoro Beza [124], hereje calvinista, un tratado que intituló De las niñerías de san Francisco, y Guillermo Ritbetl otro, Del pueril culto de los papistas [125], y ambos mofan mucho de la devota piedad con que los fieles veneran las cosas benditas, como el agua, los ramos, las candelas, etc. Y el dicho Guillelmo [126] cuenta algunas cosas con que le parece confirma sus disparates. Dice que, estando en Roma, vio por sus ojos que, andando las estaciones, el mismo Papa tocaba un rosario que llevaba en la mano a una vidriera que estaba delante de una reliquia, y que vio que el primer día de la Cuaresma, estando el Papa y cardenales en Santa Sabina —que es monasterio de la Orden de los Predicadores—, daban los frailes al Papa y cardenales y a otros muchos por reliquias, o como precioso don, hojas de un naranjo que había plantado nuestro padre santo Domingo. Y sobre estas cosas y otras semejantes discantan, mofando sobre la virtud de aquel vidrio y de aquellas hojas, y del hábito de un religioso que algunos veneran, y de las cuentas benditas y otras que se tocan a ellas, etc., para que se vea el caso que de semejantes niñerías hacen los hombres graves, imitadores de vejezuelas inorantes, que rezan rosarios de Avemarías a san Pedro y a san Pablo. Con estos encarecimientos des- [18] variados irritan estos miserables al pueblo rudo, y los disponen para persuadir los errores de los herejes antiguos, que ya muchos años había estaban sepultados en los infiernos, uno de los cuales es condenar las ceremonias y ritos antiguos de la Iglesia, entre los cuales hay más y menos, pero en ninguno deformidad, o siquiera inadvertencia, porque así como en la reverencia que uno hace a sus padres o superiores hay más y menos, y si faltase en lo más quebrantaría el precepto natural y divino, y si en lo menos no, como si no se quitase la gorra oyendo el nombre de su padre en ausencia, o del superior o bienhechor, pero no por esto se condenan estos actos, antes son usados y loables, y actos en efeto de cortesía y gratitud. De la misma manera hay gran diferencia entre adorar y reverenciar a Dios Nuestro Señor y venerar la hoja del árbol que plantó el glorioso santo Domingo, pero todo es bueno y nace de un fundamento: adoramos a Dios como a criador y Señor, y veneramos sus santos por siervos suyos, y esto más o menos remotamente, conforme al sujeto de la acción, pero siempre con un intento. Por manera que si preguntásemos a un hereje destos sí sería acción ridícula o reprehensible quitarse uno la gorra oyendo el nombre del fundador de un colegio donde le sustentaron algún tiempo, que ha cien años que murió, y no se sabe si está en el Cielo o en el Infierno, y ni él ni cosa suya ve aquella cortesía, responderá —si no es mentecapto— que no es acto inútil ni reprehensible, sino de buena cortesía y gratitud. Pues ¿por qué será ridículo reverenciar propincua o remotísimamente a un santo que está gozando de Dios y ve [19] en él la veneración que se le hace, aunque sea tan mínima como besar el vidrio que está delante de su reliquia o el hábito que trajo, o de la religión que fundó, y el árbol que plantó y tierra que pisó? Y el mismo dirá que no es impropiedad hacer uno servicio a su señor o amigo en la persona de otro, como si hiciese un servicio al rey por agradar a un señor que se lo manda, o sabe que le dará gusto sin mandárselo. Pues si esto es tan llano, ¿qué otra cosa es rezar tantos Paternostres o Avemarías, o celebrar una misa por honra de san Pedro, sino hacer un servicio a Dios Nuestro señor o a su Santísima Madre en obsequio de san Pedro, a quien tanto agradará que su devoto sirva a Dios y a su madre? Por manera que son encarecimientos vanos los destos engañadores. Y, apurada la verdad, ni tienen sustancia ni rastro de fundamento, como consta. Más pudiera decir sobre esto, pero dejo de alargarme y de aplicar lo dicho, por no topar con acción conocida en esta materia; cada uno tomará lo que le tocare, basta decir que la veneración a estas cuentas y a las a ellas tocadas es muy santa, y la comprobación de sus virtudes muy bastante; y la duda de si son ciertas o no, de ninguna sustancia, pues con la misma buena fe veneramos reliquias y otras cosas pías, en las cuales más necesidad tiene el pueblo de espuelas que de freno, cuando no se funda sobre arena, como son patrañas o cuentos sin fundamento o con sospecha de ficción. Pero las cosas desta sierva de Dios fúndanse sobre una vida purísima, muy probada y apurada, y sobre una muerte gloriosa, y sobre infinitos milagros, y sobre veneración de los fieles tan sabida, y sobre [20] la incorruptibilidad de su santo cuerpo tan evidente, y sobre tradición de todo esto de tantos años y tan continuada y aprobada. Así, ni la grandeza de las mercedes que Dios le hizo las hace menos creíbles, ni el decir que el Espíritu Santo habló por su boca tiene indecencia ni novedad, y mucho menos el milagro de las cuentas; antes de todo se saca mucho provecho, para mayor gloria de Nuestro Señor y honra de su santa.

Fray Francisco, obispo de Canaria.

[21] Petición del padre fray Antonio Daza dada al Consejo de la Santa General Inquisición ante el ilustrísimo señor cardenal de Toledo, inquisidor general, y los de su Consejo. En Madrid, a diecinueve de agosto de mil y seiscientos y diez

Muy poderoso señor:

Fray Antonio Daza, difinidor de la santa Provincia de la Concepción y coronista general de la Orden de San Francisco, digo que por cuanto yo he compuesto un libro de la vida y milagros de la bienaventurada Juana de la Cruz, religiosa de la misma Orden, el cual, aunque está visto por el Consejo de Justicia, y por su comisión visto y aprobado por el ordinario de Madrid; y a todas estas aprobacio- [22] nes han precedido las de letores de Teología de mi Orden, por comisión de la misma religión: y habiéndolas visto el Consejo, y las informaciones y papeles originales de donde se ha sacado y compuesto el dicho libro, para mayor calificación y autoridad suya, quiere el dicho Consejo tener la aprobación de Vuestra Alteza, a quien humilmente suplico la mande dar, y su censura, que en esto se hará a Nuestro Señor gran servicio, y a mí grandísima merced. Para lo cual, etc.,

Fray Antonio Daza

Respuesta del Consejo

Vea este libro el abad de Fitero, y dé su censura, informando primero della al ilustrísimo señor cardenal, inquisidor general.

Miguel García de Molina

[23] Parecer y censura del maestro fray don Ignacio de Ibero, abad del monasterio de Santa María la Real de Fitero, calificador del Santo Oficio de la Inquisición, y uno de los que asisten a la junta que se hace en esta corte de Su Majestad para el nuevo Catálogo y Expurgatorio de los libros prohibidos [127]

Yo, el maestro fray don Ignacio de Ibero, abad del monasterio de Santa María la Real de Fitero, calificador del Santo Oficio de la Inquisición, etc. Digo que, por mandado del ilustrísimo señor don Bernardo de Rojas y Sandoval, cardenal de Toledo, inquisidor general en los reinos y señoríos del Rey nuestro señor, y del Consejo de Estado de Su Majestad y de los señores de la Santa y General Inquisición, he visto y leído con particular atención un libro intitulado Historia, vida y milagros, éxtasis y revelaciones de la bienaventurada virgen sor Juana de la Cruz, de la Tercera Orden de nuestro padre San Francisco, compuesta por el muy docto y muy erudito padre fray Antonio Daza, difinidor de la santa Provincia de la Concepción y coronista general de su Orden, para dar acerca de él mi parecer y censura. Y no solo no he hallado en él cosa ninguna que se pueda censurar, ni que sea digna de ser notada, antes me parece [24] que el libro será de mucho provecho y utilidad para todos los que quisieren aprovecharse de él —especialmente para la gente devota y que trata de espíritu—, y que todo lo que en él se escribe es dotrina muy buena y muy aprobada, y muy conforme a la que enseña la Iglesia católica nuestra madre y sus sagrados doctores. Y porque se me ha mandado que demás de dar mi parecer y censura de todo este libro por mayor diga también en particular todo lo que siento de él y de los milagros y revelaciones que en él se escriben, me habré de alargar más en este mi escrito y relación, para lo cual he leído, fuera de lo que contiene este libro, también las informaciones auténticas que de las cosas en él contenidas se han hecho en diversos tiempos, y el libro original de donde este se sacó, que es el que escribió una discípula desta sierva de Dios y contemporánea suya llamada sor María Evangelista, a quien dicen las informaciones que desto se han hecho y la tradición de aquel monasterio que milagrosamente para este efeto dio el Señor gracia de saber leer y escribir, y me parece que, cuanto me ha sido posible, he averiguado ser cierto y verdad lo que en esta historia se escribe de la vida, milagros y santidad desta sierva de Dios, que es lo primero que se ha de presuponer en escribir las vidas de los santos y lo que el santo concilio de Trento [128] manda a los pastores y prelados, miren mucho cuando se hubieren de publicar y sacar a luz historias de milagros y vidas de santos, para que con verdad se publiquen las maravillas de Dios y su omnipotencia. Porque como con estas cosas descubre Dios cuán admirable es en sus santos [129], es muy de su [25r] servicio que con cosas ciertas y verdaderas le alabemos y engrandezcamos su infinita grandeza y omnipotencia, sin decir ficciones ni cosas inciertas, pues, como dice el santo Job [130], no hay necesidad dellas para lo que Dios pretende. Tengo, pues, toda esta historia por muy verdadera, y entiendo —cuanto yo alcanzo con probabilidad y fe humana— que todo lo que aquí se escribe pasó así como aquí se dice, no solo en lo que es la vida ejemplar, penitente y santa que hizo esta bienaventurada virgen, y en los santos ejercicios, mortificaciones y penitencias que continuamente hacía, sino también en lo que es los raptos, éxtasis, visiones, revelaciones y profecías de que en esta historia se hace mención. Y lo que destas revelaciones, visiones y éxtasis siento, y lo que me parece del grado y calidad en que las hemos de tener, es que verdaderamente las tengo todas por divinas, sobrenaturales y celestiales, hechas y inspiradas por el mismo Dios, y que en aquellos raptos y elevaciones y profundas contemplaciones hablaba Dios por boca desta su sierva como por órgano y instrumento del Espíritu Santo, porque hallo en todas ellas todas las señales que la Iglesia católica nuestra madre y sus sagrados doctores [131] tienen para verificar y averiguar que estas obras son sobrenaturales y divinas, hechas y comunicadas por el mismo Dios, como son verdaderas y ciertas las profecías y revelaciones, ser conformes a la dotrina que enseña y tiene la Iglesia católica universal y sus sagrados doctores, ser al parecer de hombres doctos y píos, inspirados del Espíritu Santo, y hallarse en ellas la verdad y pureza que es propia a cosas enseñadas por el mismo Dios, sin mez- [25v] cla ninguna de falsedad ni error [132]. Y finalmente, ser tales que la persona y el alma en quien Dios hace estas maravillas queda con ellas mejorada en humildad, en amor de Dios, en devoción y en otras muchas virtudes [133]. Todas estas señales que he considerado y notado en esta historia desta bienaventurada son las mismas que se hallan y se hallaron cuando hicieron prueba dellas en otras muchas vidas de santos, y milagros y revelaciones que dellas se escriben. Tales fueron las de santa Isabel, hermana del rey Eckberto [134], santísima abadesa del monasterio de Esconaugia, a quien el ángel de su guarda —como a nuestra beata Juana el de la suya— reveló muchas cosas como estas, y mandó de parte de Dios que las escribiese, como se escribe en su vida [135]. Tales las de la santa Ildegardis, abadesa religiosísima del monasterio de San Ruperto, en el arzobispado de Maguncia [136], que desde su niñez fue muy favorecida de Nuestro Señor con revelaciones y visiones del Cielo, las cuales después, a instancia y petición de nuestro glorioso padre san Bernardo, confirmó el papa Eugenio Tercero, su dicípulo, en un concilio que celebró en la ciudad de Trebes, como lo escriben los autores que hablan de aquel concilio y desta santa [137]. Tales también fueron las de la insigne y muy celebrada viuda santa Brígida, canonizada por el papa Bonifacio Nono [138], que fueron examinadas por estas mismas señales y aprobadas por diligencias que hizo el cardenal don Juan de Turrecremata [139]. Y desta misma manera y como estas que he referido son las que se contienen en este libro de nuestra beata Juana, muy parecidas las unas a las otras, así en las cosas reveladas co- [26r] mo también en el modo con que Dios las revelaba. Y así también por esta parte se hace muy verisímil que todas estas profecías, éxtasis, revelaciones y raptos desta bienaventurada fueron divinas y celestiales, y verdaderamente inspiradas por virtud de Dios y sobrenaturalmente. Y siendo así, será cierto que todo lo contenido en este libro será muy provechoso para las almas y dé mucho motivo para incitar y inflamar los corazones a la virtud, según lo que dice san Pablo escribiendo a su discípulo Timoteo: “Omnis doctrina divinitus inspirata utilis est ad docendum et ad erudiendum ad iustitiam, etc. [140] [141].

Algunas cosas he hallado en esta historia muy particulares y muy raras, que, aunque son verdaderas y muy ciertas, es bien que se lean con más atención y mayor consideración, porque como no son de las ordinarias ni de las que comúnmente se saben, podrían parecer dificultosas de creer, si no se considerasen con alguna advertencia. Y aun yo lo pongo en que siendo tales y de la calidad y verdad que digo, se hacen más ciertas y más creíbles por haberlas Dios revelado a esta bienaventurada. Una de ellas (habetur capitulo 17 huius historiae [142]) [143] es que a esta bienaventurada le fue revelado que algunas almas tenían su purgatorio en lugares fuera del que está puesto y ordenado de Dios, para que lo sea generalmente de todas las almas que tienen que purgar, como es en ríos, hielos, piedras y otras cosas como estas. Y aunque es verdad que, según la ley común y general, todas las almas que tienen necesidad de purgar la pena de sus pecados van al lugar que para esto está dentro de las entrañas de la tierra, pero por particular orden y dispensación divina, muchas veces tienen su [26v] purgatorio fuera de aquel lugar, como es en ríos, en fuentes, en baños, en hielos, como lo escribe el papa san Gregorio [144] en muchas partes de sus diálogos, Pedro Damiano [145] en sus epístolas, y otros muchos autores [146], de los cuales refiere algunos santo Tomás, príncipe de los teólogos escolásticos, y los sigue en esta parte diciendo esto mismo que yo digo, porque de él lo refiero y él nos lo enseñó expresamente en sus sentenciarios [147]; y a él le siguen todos los autores que después de él han escrito [148]. Y no solamente enseña esta dotrina santo Tomás, sino que destas historias y revelaciones saca esta regla general: “De loco purgatorii —ubi non invenitur aliquid expresse determinatum— dicendum est, secundum quod consonat magis sanctorum dictis et revelationi factae multis: dicendum itaque quod locus purgatorii est duplex: unus secundum legem communem et sic locus purgatorii est locus inferior, coniuctus inferno, alius est locus purgatorii secundum dispensationem. Et sic quandoque in diversis locis aliqui puniri leguntur, vel ad vivorum instructionem, vel ad mortuorum subventionem ut viventibus eorum poena innotescens, per suffragia Ecclesiae mitigaretur[149]. Esto dice santo Tomás, y en estas palabras no solo aprueba y enseña esto de los purgatorios particulares y extraordinarios, sino que dice más: que destas revelaciones particulares hechas a varones santos se confirma que los hay. Y así en esto no hay cosa que nos obligue a dudar, sino a creer que pudo ser verdad lo que dice esta historia de los purgatorios de las almas que Dios reveló a esta su grande sierva, y que lo es cuanto se puede alcanzar con razones y probabilidad humana.

También se hace mención en esta historia de un [27r] milagro muy particular que Dios obró por esta bienaventurada, no menos digno de que se advierta y pondere que este de las almas del purgatorio, acerca de unos rosarios que el ángel de la guarda subió al cielo y trujo de allá con muchas bendiciones y virtudes que les concedió Cristo Nuestro Señor, para que la bienaventurada rezase por ellos y los repartiese entre sus monjas y otra gente devota, porque todas gozasen de los bienes e indulgencias que desde el Cielo Su Divina Majestad la enviaba, manifestando con esto lo mucho que le agrada la devoción del santo rosario de su Santísima Madre, y que quiere la alabemos con la oración del Avemaría, rezándola por las cuentas de su sagrado rosario. Y aunque este milagro es muy superior a todos cuantos en esta materia yo he leído, harase fácil de creer, considerando que en las historias sagradas, en las de los concilios de la Iglesia católica y en muchos sagrados y antiguos escritores se hallan otros muy semejantes a este. Vincencio Bellovacense, san Helinando [150], santa Cesaria [151], Tomás Brabantino [152], Egidio Aurífico Cartusiano [153] —si fue este el autor del Magnum speculum exemplorum [154], como lo dice el padre Juan Mayor—, Pelbarto [155], Juan Bonifacio [156] y otros autores de nuestros tiempos escriben inumerables milagros que Dios ha hecho en confirmación y señal de lo que estima y le agrada, que con la salutación angélica del Avemaría, y con rezarla con frecuencia por las cuentas del rosario, alaben los fieles a su gloriosa Madre y Señora Nuestra, la Virgen María, que por ser muchos, y los autores que he referido ser muy comunes, no los refiero en particular. Uno solo referiré, por parecerme más nuevo y más [27v] parecido que los otros al que tenemos en este libro, y es de un árbol muy prodigioso que milagrosamente nació de repente en un gran campo, en la isla de Irlanda, en el obispado de Corc y Clon, en el condado de Esmon [157], todo cargado de rosarios, como una parra cuando más cargada está de racimos de uvas, y los hilos o cordones de los rosarios estaban asidos al árbol y tan continuados con él como lo están los pezones de la fruta que nace de otro cualquier árbol. Deste milagro hace mención Francisco Belleforesto [158], autor grave, y otros que escribieron después de él [159], y todos advierten que parece que le hizo Dios para que se viese cómo favorecía el Cielo y aprobaba el uso de los santos rosarios. Porque fue esto en tiempo que se iba perdiendo Alemania con las malas sectas de los herejes, que abominan la devoción y uso del rezar, y el del santo rosario, y de las indulgencias que con ellos se nos conceden. Y es de notar que poco antes había sucedido el milagro destos rosarios y cuentas benditas que el ángel trujo del Cielo a esta bienaventurada virgen. Y así se puede creer que le obró también Dios, no solo para consuelo de su sierva y tan querida esposa, sino también, como el otro de Irlanda, para mayor confirmación de la devoción de los fieles y confusión de los herejes de aquellos tiempos. Pero hay una cosa muy particular y rara en estos rosarios que el santo ángel de su guarda trujo a la gloriosa Juana, que no la he hallado ni en los milagros que he visto y referido de los rosarios, ni en otra ninguna cosa de cuantas por mano de ángeles se han traído de los Cielos a la Tierra. Porque de aquellos rosarios de Irlanda no se lee que los hubiesen llevado los ángeles de la Tierra [28r] al Cielo, sino que o fueron criados y hechos allí milagrosamente o traídos del cielo, como fueron traídas otras muchas cosas, como: la casulla de san Ilefonso, que trujo del cielo la Virgen gloriosa [160], la Cruz de Oviedo, la de Caravaca y otras cosas así, que se dicen haber venido del cielo, no porque hubiesen estado allá en el supremo Cielo, sino porque por ministerio de los ángeles fueron formadas y hechas en esta región elemental y en la parte aérea que comúnmente se llama “cielo”, que por esta misma razón se dice también que el maná bajó del cielo, y la Escritura lo llama “pan del cielo” [161]. Pero los rosarios de que habla nuestra historia, según que en ella se escribe, fueron llevados por el ángel de acá, de la Tierra al Cielo, a la presencia de la majestad del Hijo de Dios, Cristo Nuestro Señor, y allá los bendijo y tocó con sus sacratísimas manos el redentor del mundo. Y porque no pareciese al letor este milagro dificultoso de creer, bien podríamos para facilitarle traer por ejemplo lo que algunos autores dicen, y santo Tomás [162] no lo tiene por imposible, supuesta la infinita omnipotencia de Dios, que el apóstol san Pablo [163] en su misterioso rapto fue llevado al Cielo en cuerpo y en alma, así mortal y corruptible como estaba. Pero porque el mismo apóstol [164] dice que no sabe si aquel rapto fue “in corpore, sine extra corpus”—aunque ni lo niega ni lo dice como cosa imposible—, y el glorioso doctor san Agustín nos manda y advierte que: “Lo que el apóstol confiesa que no sabe no es bien que nosotros lo determinemos” [165], referiré otra historia muy auténtica, y más llegada a nuestros tiempos —aunque muy antigua—, de otras cosas corruptibles y terrenas [28v] que milagrosamente fueron llevadas de la Tierra al Cielo, y traídas otra vez de allí, para que esto de los rosarios de nuestra bienaventurada no parezca increíble: “Muy sabida es aquella historia de aquel niño que el año 446, en Constantinopla, a vista de todo el pueblo y del emperador Teodosio el Menor y del patriarca Proclo, fue llevado al Cielo hasta donde oyó a los bienaventurados que continuamente estaban alabando a Dios; y después de haber estado allí por espacio de una hora fue otra vez traído a la Tierra, porque, fuera de los historiadores y coronistas griegos Marcelino [166], Nicéforo [167], Evagrio [168], el Menologio griego [169], san Juan Damasceno [170] y otros, escríbelo también muy en particular el papa san Félix III en una epístola decretal suya [171], y escríbenla los obispos que se hallaron en el concilio constantinopolitano que se celebró en tiempo del papa Félix III contra los errores de Pedro Fullón, arzobispo de Antioquía. Y todos dicen que yendo en procesión toda la ciudad de Constantinopla por un gran terremoto que por seis meses continuos perseveraba en aquella ciudad, haciendo en ella gran estrago y causando muchas ruinas de las casas y muros della, en medio de un campo donde estaba todo el pueblo, con pública procesión, fue arrebatado un niño y llevado al Cielo”. “Rursusque descendens —dice el papa Félix— nuntiavit, quae in aethere audierat, dicens, de coelo, quasi de multitudine psallentium, huiusmodi laudes in sonuisse auribus suis, etc.”, que oyó allá en el Cielo a los bienaventurados que alababan a Dios con aquel santísimo himno del Trisagio diciendo: “Sanctus Deus, sanctus fortis, sanctus et immortalis [172]. Escriben esto mismo los obispos que arriba referí de aquel concilio [29r]constantinopolitano: Acacio de Constantinopla, Anteón de Arsinoi, Fausto de Apolonide, Pánfilo de Avida, Asclepiade [173] y otros muchos historiadores antiguos y nuevos. Pues así como no hubo repugnancia ni imposibilidad, supuesto el infinito poder de Dios, para que aquel niño, así como estaba, fuese llevado al Cielo, tampoco la hay para que creamos que pudo ser así lo que destas cuentas y rosarios se escribe. Y es grandísimo argumento para creer esto y todo lo demás que destos rosarios y cuentas se escribe ver los muchos milagros que con estas cuentas hace Dios cada día, de los cuales el autor refiere algunos, y yo he visto por mis ojos las informaciones y probanzas auténticas, y los dichos de muchos testigos jurados, de donde con mucha verdad y fidelidad ha sacado todo lo que dice. Y no quiero decir lo que he sabido que aconteció con una destas cuentas que por particular merced que Dios me ha hecho la he alcanzado y tengo en mi poder, por no alargarme más en esta mi relación. Será Dios servido que en otra ocasión se sepa.

También es necesario que se advierta y considere cómo se ha de tomar lo que se cuenta en esta historia que le fue revelado a nuestra bienaventurada: que el arcángel san Miguel juzgaba las almas después que salían de los cuerpos, haciendo oficio de juez supremo, de grande poder y preeminencia, con las insignias de la corona imperial, cetro y tribunal de grande majestad (habetur capitulo 16 huius historiae [174]) [175]. Esto, tomándolo en el sentido que se debe tomar, no puede tener dificultad para que se crea, porque ni es contra lo que enseñan los doctores sagrados y los escolásticos, ni deroga nada a la potes- [29v] tad judiciaria de Dios, que tomándola por la suprema absolutamente está en solo Dios, y tomándola por la potestad de excelencia y singular, participada inmediatamente de aquella suprema, está tan solamente en Cristo Nuestro Señor, en cuanto hombre, como lo dicen los autores que para esto exponen aquel lugar de san Juan: “Omne iudicium dedit filio[176] [177]; ni se hace dificultoso de creer, porque con esto se compadece que haya otros jueces inferiores que participen del poder de Dios y se digan jueces de las almas, como no deroga nada a la eminencia y independencia de la causa primera el haber otras causas segundas, con las cuales juntamente obre, concurra y haga sus efetos la primera. Y así, sin ninguna repugnancia en este sentido, se dice que también los santos juzgarán las naciones [178]. Y a sus sagrados discípulos prometió Cristo que, sentados con él, juzgarían todos los doce tribus de Israel [179] [180], pues siendo san Miguel arcángel de tanta excelencia y majestad como lo declaran los muchos y muy grandes títulos que le da la Iglesia, y los epítetos honoríficos que le canta, bien fácil será de creer lo que de él dijo nuestra bienaventurada que le reveló Nuestro Señor, en lo que es juzgar las almas que van a la otra vida. Llámalo la Iglesia “prepósito” y “príncipe de la Iglesia”, “primado del Cielo”, “cabeza de todos los ángeles del Cielo”, “alférez mayor del supremo emperador”, “vencedor del gran dragón Lucifer”, “capitán fortísimo”, “recebidor de las almas que salen desta vida” y “juez” dellas [181]. Todos estos epítetos y otros muchos coligen los santos [182] de lo que la Escritura Sagrada dice de san Miguel [183]. Y por esto y otras razones que se hallan en los autores se tiene [30r] por muy cierto que este glorioso arcángel tiene esta potestad y jurisdición sobre las almas, para que en el juicio particular dellas, que es cuando salen de los cuerpos, las juzgue pesando y ponderando los méritos de cada una dellas, pronunciando y notificándolas la sentencia difinitiva del soberano juez. Y esto quiso dar a entender Dios a esta su bienaventurada en aquella revelación y visión imaginaria en que vio a este glorioso arcángel en aquella figura y postura de grande juez, con aquellas insignias imperiales y corona real. Y esto es muy conforme al estilo y uso que la Iglesia tiene para declararnos esta grandeza y este poder de san Miguel. Porque, como dijo muy bien el doctísimo y muy pío doctor Juan Molano [184] en su Libro de imágenes, esto que hemos dicho es lo mismo que se nos representa en las pinturas con que pintan a san Miguel con un peso en la mano, porque es decirnos que, como juez recto y de grande entereza, primero pondera y pesa los méritos de las almas con mucha particularidad y muy por menudo, y después las pronuncia la sentencia. Lo mismo dice aquel fortísimo defensor de la fe Juan Equio [185], y otros autores que hablan desto. Y desta misma manera se ha de entender lo que en aquella revelación dice nuestra bienaventurada: que luego, al mismo instante que san Miguel ha pronunciado su sentencia contra las malas almas, otros ángeles, como ejecutores desta sentencia, comienzan a castigar con rigurosos azotes las tales almas; que quiere decir que en aquel mismo punto comienzan a sentir y padecer el riguroso azote del justo castigo de Dios, y de las penas que tiene aparejadas para ellos. Y no digo más de lo restante desta historia, [30v] porque todo es muy fácil y no hay en qué reparar, y aun confieso que si no me fuera mandado que dijera lo dicho, lo pudiera muy bien escusar, porque todas estas cosas declara y apoya el autor en sus lugares tan doctamente que no le deja para que se dude en esto, ni en otra cosa ninguna, porque no solamente en lo que es histórico procede con tanto acertamiento y seguridad en esta su obra, hablando en las más cosas della como testigo de vista, sino que también en lo que es la etiología [186] y razón de la historia procede con mucho fundamento y con razones muy sólidas y muy teólogas, por lo cual se le deben al autor muchas gracias, por haber tomado esta ocupación tan santa y tan importante para el espíritu y aprovechamiento de las almas, y para mayor gloria de Dios, y de su santa religión, y del glorioso padre y patriarca san Francisco, que cada día con nuevos nacimientos y natalicios de santos suyos nos da nuevas alegrías y gozos espirituales en la Iglesia militante y triunfante. Y por todo lo dicho, merece muy bien que Vuestra Alteza le admita y apruebe este su libro, para que salga a luz y se comunique a todos. Esto es lo que siento, debajo de la censura y parecer muy acertado de Vuestra Alteza. En Madrid, a dieciséis de setiembre del año mil y seiscientos y diez,

Fray Ignacio Ibero, abad de Fitero

[31r] Licencia

En la villa de Madrid, a dieciséis días del mes de setiembre de mil y seiscientos y diez años, el ilustrísimo señor cardenal de Toledo, inquisidor general en los reinos de Su Majestad, habiendo visto esta aprobación del maestro fray don Ignacio de Ibero, abad de Fitero, del libro de santa Juana de la Cruz, concedió licencia como ordinario para que el dicho libro se imprima y ponga en él el parecer y aprobación del dicho abad. Ante mí, Miguel García de Molina, secretario del Consejo de Su Majestad, de la Santa General Inquisición.

Miguel García de Molina


[31v] Aprobación del señor obispo don fray Francisco de Sosa, del Consejo de Su Majestad y de la General Inquisición, a quien el ilustrísimo cardenal de Toledo cometió la revista deste libro

Ilustrísimo señor:

Habiendo visto por mandado de Vuestra Señoría Ilustrísima el libro de la vida y milagros de la sierva de Dios sor Juana de la Cruz, religiosa de la Orden de nuestro padre San Francisco, me pareció que no solo convenía reformar en él los lugares que se me entregaron con diferentes censuras, notados de los teólogos de la junta del Catálogo, pero que sería bien hacer lo mismo en otros muchos, pues concurría la misma razón, que es publicar en lengua vulgar cosas que no conviene anden en manos de todos, lo cual se hace sin nota ni desautori- [32r] dad de hombres tan graves como censuraron primero este libro, por mandado del Consejo Real de Justicia, y después de Vuestra Señoría Ilustrísima, pues ellos dijeron lo que sentían de la dotrina del dicho libro, y la experiencia mostró después el dicho inconveniente, digno del remedio que Vuestra Señoría Ilustrísima y el Santo Oficio ha puesto, mandándole rever [187], para que se torne a estampar corregido, y el pueblo cristiano goce de tan santa historia, para edificación en las costumbres y mayor gloria de Nuestro Señor. Y porque se ha hablado en este libro de diferentes maneras, unos en pro y otros en contra, y es tan notorio que se me cometió a mí la revista de él, ha parecido me corre obligación de dar a todos satisfación, como lo hago en una prefación que se pondrá en el principio, a que me remito. Dada en Madrid, a 24 de diciembre de mil y seicientos y doce años.

Fray Francisco, obispo de Canaria


[32v] Licencia del ilustrísimo señor cardenal de Toledo, inquisidor general

Don Bernardo de Sandoval y Rojas, por la divina miseración [188], presbítero cardenal de la santa Iglesia de Roma, del título de Santa Anastasia, arzobispo de Toledo, primado de las Españas, canciller mayor de Castilla, inquisidor general en los reinos y señoríos de Su Majestad y de su Consejo de Estado, etc. Por la presente concedemos facultad y licencia al padre fray Antonio Daza, coronista de la Orden del glorioso padre San Francisco, para que pueda usar del privilegio que tiene de Su Majestad para hacer imprimir el libro de la vida y milagros de la sierva de Dios sor Juana de la Cruz, religiosa de la dicha Orden, atento a que por nuestra comisión se ha corregido y emendado en las cosas que había parecido inconveniente anduviesen en lengua vulgar. Dada en Madrid, a once días del mes de enero de 1613 años.

El cardenal de Toledo

Por mandado de Su Señoría Ilustrísima,

Francisco Salgado, secretario


[h. 1] Prólogo y advertencias al letor, donde se declara qué cosa sea visión, éxtasis, raptos y otras cosas importantísimas para el entendimiento desta historia

Con lenguas de serafines y espíritu del Cielo, quisiera manifestar al mundo las cosas tan soberanas que para honra y gloria suya depositó Dios en su fiel y devota esposa sor Juana de la Cruz, con quien alargó tanto la mano de sus misericordias que, por ser tan singulares, piden singular atención para leerlas y particular devoción para escribirlas [189]. Y para tenerla yo, y el acierto que deseo, después de haber visitado su santo cuerpo y los lugares donde nació, vivió y murió, y buscado con particular cuidado los más verdaderos papeles que se han podido haber para escribir su vida, sigo catorce informaciones auténticas y un libro de mano muy antiguo que —dictándole ella misma por mandado del ángel de su guarda— escribió una dicípula suya llamada sor María Evangelista, a quien milagrosamente para este efeto y para escribir el libro de los sermones que [h. 2] la sierva de Dios predicaba, dio Nuestro Señor esta gracia de leer y escribir, porque antes no lo sabía, según que con muchos testigos está probado; y que, después de muerta, esta bendita religiosa apareció a otra en el coro vestida de resplandor, con un libro de oro abierto en sus manos, representando el que había escrito de las cosas de la gloriosa Juana. (Estas informaciones y libro están en el archivo del convento de la Cruz [190]) [191]. Y a toda esta autoridad, con ser tan grande, se añade otra no menor que es el milagro de la incorruptibilidad de su cuerpo, visto por mis ojos y tratado por mis manos cuando esto escribo, que está incorrupto, entero y de lindo olor, según que a honra y gloria de Dios más largamente lo diremos adelante [192].

[193] Son tan admirables las cosas desta sierva de Dios que me obligan, para que mejor se entiendan, a hacer no solo el oficio de historiador, sino también el de parafraste, y particulares anotaciones y escolios en las márgenes, con que se allanarán muchas dificultades, de manera que cualquiera las podrá leer y sacar frutos sabrosísimos dellas. Y, porque algunas no pareció conveniente que anduviesen en lengua vulgar, se han reformado en esta última impresión. Y esta sea la primera advertencia deste prólogo.

[194] La segunda, que, escribiendo la vida de una sierva de Dios, tan llena de visiones, revelaciones, éxtasis y aparecimientos de ángeles y demonios, estoy obligado a dar alguna noticia destas cosas, por lo menos la que un breve prólogo permite. Para lo cual, será de mucha importancia entender muy de raíz la propiedad y fuerza de la palabra visión [195], con que generalmente se comprehenden y declaran todas estas cosas, como con particular energía la declara la lengua san- [h. 3] ta, derivándola del verbo ra´ah, que sinifica ‘ver con los ojos del cuerpo las cosas que Dios revela y entenderlas con los espirituales del alma’. Y de aquí es que a los profetas a quien Dios mostró tantas visiones y maravillas los llama “videntes” la Sagrada Escritura, con un participio del mismo verbo haroe, y “visión” a la revelación que se les comunica, que es un género de conocimiento sobrenatural. Y porque hay tres principios de conocer en el hombre: el sentido exterior, la imaginación y el entendimiento, así también los doctores y santos [196] reducen a tres géneros de visiones todas las maneras de revelaciones que Dios hace a sus siervos, conforme a uno de los tres principios con que el hombre las conoce:

[197] La primera de estas visiones, que se llama “sensitiva”, es cuando con los ojos del cuerpo se ven algunas cosas mediante figuras sensitivas o corporales, representadas a los sentidos exteriores, que son como símbolos o semejanzas de lo que Dios sinifica por ellas, las cuales no se pueden ver sin luz sobrenatural, como cuando mostró Dios a Abrahám el misterio de la Pasión de su unigénito hijo en el cordero enzarzado entre las espinas. [198] La segunda, se llama “imaginaria”, cuando el alma, sin ayudarse de los ojos corporales, ve las cosas que Dios le revela mediante alguna figura imaginaria. Deste género de visiones fueron las que vio san Juan en su Apocalipsi, estando en aquel destierro injusto de la isla de Patmos. [199] La tercera y última destas visiones es cuando el ánima ve y conoce claramente lo que Dios la revela. Y llámase “intelectual”, porque el entendimiento, sin que haya de por medio figura de cosas sensibles o imaginarias, [h. 4] conoce todo lo que Dios le revela. Y esta última se tiene por la más alta y más principal de todas, por ser la más semejante a la visión que gozan los bienaventurados en la gloria.

[200] Los raptos que los hebreos llaman “tardemah”, que quiere decir ‘sueño profundo’, y los griegos “extasis”, que sinifica ‘salida o vuelo del alma’, no porque el alma salga del cuerpo y vuelva a él —que sería conceder un grande error, y a cada paso la muerte y resurreción de los cuerpos—, sino porque en los raptos está el que los padece como si estuviese muerto o dormido, efeto propio de amor que, según san Dionisio [201], es el que causa éxtasis en el alma y saca al hombre de sí, trasformándole en lo que ama, y a esta elevación llaman los teólogos “éxtasis”, sobre la cual añade el rapto [202] cierto género de violencia de parte del objeto que mueve la potencia del alma, que la arrebata y atrae fuertemente a sí, aunque con grandísima suavidad, abstrayéndola de sus sentidos; la cual, cuando se arroba en Dios con la fuerza del amor, de tal suerte se transforma en él que, suspendiendo sus potencias, acude a favorecer la porción superior del alma; y, como no tiene fuerzas para resistir al ímpetu sobrenatural, ni puede acudir juntamente a sus sentidos corporales, falta a estos y no les da virtud ni envía la facultad animal a las partes del cuerpo, sin la cual ni los oídos pueden oír ni los ojos ver, ni las narices oler, ni el gusto gustar, ni el tacto tocar. Por lo cual los que están arrobados ni sienten frío, ni calor, ni hambre, sed, ni cansancio [203] [204]. Y por esto piensan algunos que cuando el alma goza destos éxtasis, arrobamientos y raptos, no merece en ellos ni desmerece, pen- [h. 5] sando que no le queda entera libertad para usar libremente de razón, como al que duerme. Mas no se debe hacer dellos el mismo juicio que se hace de los sueños ordinarios y comunes, que si en estos está impedido el uso de la razón y el entendimiento, en los raptos no lo está, sino más libre y desembarazado para entender y contemplar las cosas que Dios comunica en ellos al alma, como se deja entender fácilmente mirando al fin que Dios tiene en estos éxtasis y raptos, que no los da para que sus amigos pierdan tiempo en ellos y estén aquel rato faltos de juicio, sino para que, recogida el alma, desatada y libre de la inquietud de los sentidos, obre más fervorosa y libremente. Y así las obras que hacen en los éxtasis y raptos son de virtud y hechas con mayor luz y claridad que las que se hacen fuera dellos, según se colige de la dotrina de los santos [205] y nos lo enseñan personas a quien Dios hace esta tan señalada merced. Y así podríamos decir que éxtasis es un profundo sueño del alma, en el cual el entendimiento y voluntad están velando, y, ocupándose en tan alta obra, desfallecen los sentidos corporales y quedan como dormidos a las cosas exteriores.

[206] Para concluir con esta materia —que ni querría alargarme en ella, ni dejarla ayuna de tan sabrosos bocados—, se advierta que cuando Dios habla a los hombres, lo más ordinario suele ser por ministerio de ángeles, que representan la persona divina, y en su nombre reciben recaudos y los despachan hablando, no en tercera persona, como los mensajeros que en nombre ajeno dan el recaudo y llevan también la respuesta, sino como los legados y virreyes, que tienen vez y lugar del mismo que los envía. Esto se usó más en la [h. 6] Ley Vieja que en la de Gracia, en la cual, por su dignidad y por el amor que Cristo tiene a las almas, algunas veces Él mismo se las aparece [207], las visita y consuela, como consta por lugares expresos del Testamento Nuevo [208], y los santos [209] refieren muchas historias. Y es muy famosa y sabida la de las llagas de nuestro seráfico padre san Francisco, a quien Nuestro Señor Jesucristo visitó, no por ministerio de ángeles, sino por su propia persona, cuando le imprimió sus sacratísimas llagas en pies, manos y costado, como lo dicen los papas de gloriosa memoria, Gregorio IX, Alejandro IIII, Nicolao III y Sixto IIII en diversas bulas [210], y es dotrina de muchos santos y autores [211]. Y el mismo seráfico padre, después de su muerte, apareciendo a un santo religioso se lo dijo por estas palabras: “Ille qui mihi apparuit, non fuit angelus, sed fuit Dominus meus Iesus Christus, in specie Seraphim, qui sicut vulnera ipsa sacra in cruce suscepit, ita manibus suis benedictis in corpore meo impressit: primo manibus, deinde pe- [h. 7] dibus, postea lateri[212] [213]. Y suele hacer Nuestro Señor estos aparecimientos bajando a la Tierra y quedándose juntamente en el Cielo, que —aunque dificultoso a nuestro parecer— no le es a Dios imposible, antes entre hombres doctos [214] es una opinión muy probable y segura, como lo es en buena Física y Teología, la que enseña Escoto [215], con otros muchos que le siguen, que un mismo cuerpo, por la virtud divina, puede estar quantitativo modo [216] juntamente en dos lugares distintos y diferentes.

Los ángeles, cuando aparecen y hablan a los santos, y los demonios, que los atormentan y azotan, toman para ejercitar estas acciones cuerpos aparentes y fantásticos del aire, imperfetamente mixto, aplicando activa passivis, como lo enseña la sutileza de Escoto [218] y el glorioso padre san Augustín [219]. Y aunque es verdad que estos cuerpos en que se muestran y aparecen no son verdaderos cuerpos de carne y sangre como los nuestros —porque, según santo Tomás [220], para obrar propiamente estas cosas, que son acciones vitales, habían de ser alma del mismo cuerpo en que aparecen y como forma suya animarle—; pero, con todo eso, es tanta la fuerza que los espíritus tienen sobre todas las cosas corporales y visibles, que hacen dellos lo que quieren, moviendo la lengua del cuerpo fingido para hablar, los pies para andar y el ojo para ver. Y con la misma facilidad que el alma se sirve de sus miembros, se sirve el espíritu de aquellos que hace, que a tanto como esto llega el poder del ángel bueno o malo. Y esto sirva al curioso letor para entender muchas cosas que se le ofrecerán en el discurso de la vida desta sierva de Dios.

[h. 8] [xilografía con la virgen Juana en una visión en pie tomando la cruz, las cuentas al cuello sobre el velo, con el cordón franciscano con cinco nudos a la cintura, y debajo: “Beata virgo Ioanna de la Cruz orat pro nobis”] [221]

Imagen

[1r] Historia, vida y milagros, éxtasis y revelaciones de la bienaventurada virgen sor Juana de la Cruz, de la Tercera Orden de nuestro padre San Francisco

Capítulo I. De la fundación del monasterio de Santa María de la Cruz, y de nueve veces que se apareció Nuestra Señora a una pastorcica natural de Cubas

Cinco leguas de Madrid, corte famosa de los Católicos Reyes de España, está la villa de Cubas; y aunque pequeña y pobre, felicísima y muy dichosa, por haber escogido junto a ella la Virgen Nuestra Señora habitación y morada tan cerca desde lugar que a quinientos pasos de él, quiso tener su casa, como señora y vecina del pueblo, en cuya juridición y términos se apa- [1v] reció la soberana Virgen nueve veces, en los primeros nueve días de marzo del año de mil y cuatrocientos y cuarenta y nueve, a una pastorcica de trece años llamada Inés, guardando un ganadillo de cerda, tan devota de Nuestra Señora que rezaba su rosario cada día, ayunaba sus fiestas y la mitad de la Cuaresma desde que tuvo siete años, y cuando llegó a más edad, comulgaba a menudo y frecuentaba mucho la iglesia. Y aunque de las informaciones que se hicieron sobre este caso no conste sino de los cinco o seis aparecimientos de la Virgen, es cierto que fueron nueve, según se lo reveló Dios a la bienaventurada santa Juana por el ángel de su guarda, y se tiene por común tradición en toda aquella tierra y convento, donde se celebra cada año desde entonces la fiesta destos nueve aparecimientos de Nuestra Señora, con grande solenidad y concurso de muchos pueblos.

La verdad desta historia de los aparecimientos de la Virgen se ha colegido de una información hecha por mandado del ilustrísimo señor don Alonso Carrillo, arzobispo de Toledo, cometida a Juan Núñez, arcipreste de la villa de Madrid, y a Juan González Morejón, arcipreste de la villa de Illescas, por particu- [2r] lar provisión del dicho arzobispo, dada en la villa de Benavente, a siete de abril, del año de 1449, refrendada por Gómez de Córdoba, su secretario, y autorizada por Ruy Díaz de Madrid, escribano de Cámara del Rey nuestro señor, y notario público en su corte y en todos sus reinos. (Esta información está en los archivos del convento de la Cruz, junto a Cubas) [222]. Y para escribir historia tan grave como esta de los aparecimientos de Nuestra Señora, no hallo palabras más a propósito, ni más graves, ni verdaderas, que las propias con que la misma Inés la contó, siendo examinada sobre este artículo, que por ser suyas, y por la llaneza y antigüedad del lenguaje, darán gusto a quien las leyere, que son las siguientes [223]:

E luego la dicha Inés dijo que este lunes que ahora pasó, que se contaron tres días del mes de marzo, estando ella en el campo guardando los puercos, al campo que se llama “la Fuente Cecilia”, a hora del mediodía, poco más o menos, vino a ella una mujer muy fermosa, vestida de paños de oro, e le dijo: “¿Qué faces aquí, charita?” (Decía Inés que Nuestra Señora tenía suavísima voz y muy delgada) [224]. E que le respondió: “Guardo estos puercos”. Y que la dicha señora la dijo que por qué ayunaba los días de Santa María en viernes. E que respondió que ge lo mandaban sus padres. Y luego dijo la dicha señora que bien facía e que pocos viernes la quedaban ya que ayu- [2v] nar en este año, pero que de allí adelante ayunase las fiestas de señora Santa María en los mismos días que cayesen, porque los que así ayunaban ganaban ochenta mil años de perdón. (Esto se debe entender de la fiesta de la Anunciación de Nuestra Señora) [225]. E que también le mandó dijese a todas las gentes se confesasen y enderezasen sus ánimas, porque vendría sobre ellos grande pestilencia, e dolor de costado [226], e muchas piedras rojas envueltas en sangre, de lo cual moriría mucha gente. E luego desapareció. E dijo la dicha Inés que estas cosas no las había osado decir a su padre, ni a su madre, ni a ninguna persona. E que luego, el martes siguiente, andando con los dichos puercos en el pavo del arroyo de Torrejón a la hora de mediodía, volvió a ella la dicha señora en la manera que de antes la había aparecido, e le dijo: “Fija, ¿por qué no dijiste lo que te mandé ayer?”. E que respondió que no lo osó decir, pareciéndola que no sería creída. E que entonces le dijo la dicha señora: “Cata que te mando que lo digas, e si no te creyeren, yo te daré señal con que te crean”. Y entonces la dicha Inés le preguntó quién era. Y le respondió que no se lo quería decir ahora. Y con esto desapareció. (Decía Inés que todas las veces que vio a Nuestra Señora venía con tan gran resplandor que la deslumbraba, de suerte que por aquel día casi quedaba sin vista) [227]. Y el viernes, siete días del dicho mes, dijo la dicha Inés que, andando guardando los puercos al prado nuevo cerca del dicho lugar de Cubas, vino a ella la dicha señora la tercera vez a la dicha hora, vestida como dicho tiene, e le dijo que si había dicho lo que le había man-[3r] dado. Y respondió que lo había dicho a su padre, y a su madre, y a otras personas del lugar. (Su padre le dijo que mentía y que callase y no lo dijese a ninguna persona) [228]. Y entonces dijo la dicha señora que lo publicase, e lo dijese al clérigo e a las gentes sin ningún miedo ni temor. E después desto dijo la dicha Inés que el domingo que ahora pasó, que se contaron nueve días del dicho mes, estando guardando los dichos puercos al pavo que dicen “de la Cirolera”, y fincadas las rodillas y puesta la boca con el suelo, ofreciendo sus oraciones e rogando que apareciese la dicha señora que vino a ella en la forma que otras veces la había aparecido, e le dijo: “Levántate, fija”. E que estonces hubo miedo, y se levantó. Y que la dicha señora la dijo: “No hayas temor”. E preguntándola quién era, respondió: “Yo so la Virgen Santa María” [229]. Y se llegó a la dicha Inés, e la tomó su mano derecha, e ge la apretó con el pulgar, e la dejó los dedos della juntos y pegados, fechos a manera de cruz, según que lo mostró, y vimos todos los que ahí estábamos. Y que cuando le juntó los dichos dedos, se quejó la dicha Inés, e la dijo la dicha señora: “Con esta señal te creerán, y esto pasarás tú por ellos. Vete a la iglesia, y llegarás cuando salgan de misa, e enséñalo a todas las gentes, porque crean lo que dijeres”. Y así se fue luego a la iglesia, e llegó al tiempo que la dicha señora había dicho. Y en entrando en la iglesia, fincó los finojos ante el altar de la Virgen María, e dijo pú- [3v] blicamente al clérigo e a todo el pueblo todo lo susodicho. E luego el clérigo, alcaldes, regidores, e omes buenos del dicho lugar, habiendo mucha devoción en la dicha señora Virgen Santa María, que tal milagro mostraba en la dicha Inés, se movieron con gran devoción con las cruces, e con candelas e hachas encendidas en las manos, y descalzos todos, en procesión, con los más niños que se pudieron haber en el dicho lugar, e con la dicha Inés, llevaron una cruz de palo, para ponerla donde Nuestra Señora le había tomado la mano, y fecho en ella la dicha señal. E saliendo de las eras, e queriendo entrar en las viñas, la dicha Inés, que iba adelante de los niños, volvió la cabeza e dijo a Lope de Lorbes y a Andrés Ferrandes Regidor, que iban ordenando la procesión de los dichos niños, que estuviesen quedos, que había oído una voz, que la llamaba la dicha señora Virgen Santa María, y que la dijera dos veces: “Anda acá”. E quería ir a ver lo que le mandaba la dicha señora. E que luego el dicho Andrés Ferrandes, que llevaba la cruz de palo, se la dio a la dicha Inés, la cual se fue con la cruz e dijo que, así como se apartó de la procesión, vino la Virgen Nuestra Señora y se fueron juntas al lado derecho de la dicha Inés, e que nunca la fabló ninguna palabra, fasta que llegaron al lugar donde le había dado la dicha señal, e que entonces la dicha señora Virgen Santa María tomó la cruz en sus manos [4r], e fincando los hinojos, la fincó en el suelo enhiesta, e la mandó a ella fincar las rodillas de cara la procesión, y que dijese a los del pueblo que la ficiesen allí una iglesia que llamasen Santa María. (Decía Inés que tomó Nuestra Señora con la mano derecha la cruz por el medio y la hincó palmo y medio en la tierra. Estando Inés de rodillas al pie de la cruz, dijo: “Este es el lugar donde la Virgen María manda que la hagan la iglesia”. Y aquí hincó su rodilla y, señalando con el dedo, dijo: “Veis aquí dónde puso sus pies”. Y vieron señaladas dos pisadas muy pequeñas en la arena) [230]. E le mandó que se tornase con la procesión a la iglesia del lugar, y estuviese en ella ante el altar de Santa María con algunas criaturas inocentes, y que estuviese allí aquel día y aquella noche hasta hoy dicho día, en que la dijesen dos misas de Santa María en su altar, e que pusiesen a la dicha Inés debajo de los Evangelios cuando se dijesen las dichas misas, y la llevasen a Santa María de Guadalupe, donde estaría dos días, e que llevasen con ella 4 libras de cera, e luego sería sana, e se desataría la mano, e se quitaría la señal.

Esto es lo que dijo Inés debajo de juramento. Y el pueblo viendo estas maravillas, adoró el lugar donde la Virgen puso sus benditísimos pies; y, con los granos de arena en que quedaron las señales de sus plantas, sanaron muchos enfermos. Adoraron también la santa cruz; y, poniendo hombres que la guardasen, se volvió la procesión a Cubas con la niña. Y, hecho con ella todo lo que la Virgen mandó, la llevaron sus padres a Guadalupe. En este camino hizo algunos milagros en la cura de los enfermos, y a la vuelta sanó de dolor de costado a un hombre de los que venían con ella. Estuvo en Guadalu- [4v] pe tres días, y al segundo se le desató la mano, y quedó perfetísimamente sana, siendo el milagro público y patente, porque le vieron el prior y religiosos de aquella casa, con otras muchas gentes, y lo tomaron por testimonio. Cuando Inés volvió de Guadalupe, fue, primero que a su pueblo, al lugar donde Nuestra Señora puso la cruz, y estándola adorando se le apareció otra vez la Santísima Virgen, y la habló. Y de aquí se volvió con sus padres a su casa. Los de Cubas se hallaban tan favorecidos con haberles la Madre de Dios visitado nueve veces, que dentro de un año la hicieron una iglesia con título de Santa María de la Cruz, y en ella la Santísima Virgen hizo tantos milagros que pasan de setenta y seis los que por ante escribano y notario público se hallan comprobados: doce tullidos sanos, ocho libres de manifiesto peligro de muerte y once muertos resucitados. (Las informaciones destos milagros están en el archivo del convento de la Cruz) [231]. A la fama destas maravillas y aparecimientos de Nuestra Señora, algunas mujeres devotas —que había en aquellos lugares en el contorno de Cubas— se vinieron a este pueblo, y de su pobreza edificaron una casa junto a esta iglesia, la cual después les fue dada con la cruz que Nuestra Señora tuvo en sus manos. (Esta cruz engastada en plata se muestra hoy en el convento) [232]. Y ellas dieron la obedien- [5r] cia a la Orden de nuestro padre San Francisco, y tomando su hábito, profesaron la Tercera Regla. Tomole también la pastorcica Inés, y, andando el tiempo, las otras religiosas la eligieron por su cabeza y prelada, por la santidad y virtudes que en ella resplandecían. Mas, como el demonio donde halla mayor perfeción procura más la caída, solicitó la destas pobres mujeres, ocasionándolas con algunos tratos y amistades de seglares, de suerte que en breve tiempo desdijeron de aquel buen olor de santidad y virtud en que se habían criado, hasta salirse algunas del monasterio. Y la triste Inés, que otro tiempo era la primera en la virtud, vencida del enemigo, apostató del convento. Pero, favorecida de la Reina de los Ángeles, hizo penitencia de su pecado, y tan buena vida, según se tiene por tradición, que a la hora de su muerte milagrosamente se tañeron las campanas [233].

Capítulo II. Cómo para restaurar el monasterio envió Dios al mundo a la gloriosa sor Juana de la Cruz, por intercesión de su Santísima Madre

Viendo la soberana Reina del Cielo la caída de su casa, donde con tantos [5v] milagros se había aparecido, suplicó a su benditísimo Hijo enviase perona tal cual convenía para restaurar aquella quiebra. Y el Señor se lo concedió, prometiendo enviaría persona de muy singular perfeción, en cuyo cumplimiento el año de mil y cuatrocientos y ochenta y uno, nació esta sierva del Señor, día de la Cruz de Mayo, en la Sagra de Toledo, en Hazaña, lugar del mismo arzobispado y de la santa iglesia de Toledo llamada Santa María; porque la que había de vivir y morir en la casa de la santísima Virgen naciese en lugar de su juridición y señorío, y que éste se llamase Hazaña, pues había Dios de obrar en él, por intercesión de Su Santisima Madre, una tan admirable hazaña y una obra tan hazañosa en materia de santidad y virtud. Sus padres, naturales deste pueblo, se llamaron Juan Vázquez y Catalina Gutiérrez, cristianos viejos y virtuosos, y abastecidos de bienes de fortuna. Dioles Dios esta hija, y en el baptismo la llamaron Juana. Apenas había nacido —como dicen— cuando se comenzó a manifestar en ella la grandeza de las maravillas de Dios, y en tan tierna edad comenzó a declararse por ella con notable asombro de las gentes, porque recién nacida ayunaba los viernes, mamando [6r] sola una vez al día. Y aunque semejante maravilla se lee de san Nicolás y otros santos, no por eso se sigue que tenían uso de razón, sino que obraba Dios semejante milagro para manifestar la futura excelencia y santidad de aquella persona. (San Nicolás, obispo de Mira, desde los pechos de su madre ayunaba dos días en la semana [234]; san Estéfano, obispo diense [235] desde los pechos de su madre ayunaba los viernes, no mamando más de una vez al día [236], y del glorioso san Benito cuentan las historias que, estando en el vientre de su madre, le oían cantar alabanzas a Dios [237]) [238]. Y una vez estuvo tres días sin mamar ni volver en sí; por lo cual, la afligida madre, creyendo que su hija fuese muerta, suplicó a la Virgen Nuestra Señora se la resucitase, prometiendo llevarla con su peso de cera al convento de Santa María de la Cruz —que estaba dos leguas de Cubas—, y velarla allí una noche. Volvió la niña en sus sentidos, con que se consoló mucho su madre, entendiendo había cobrado la salud y vida que deseaba. Estos y otros muchos indicios daba en su niñez la bendita niña, y crecía cada día en gracias espirituales y dones de Dios, aunque por entonces no eran conocidos de sus padres.

[6v] Siendo la niña de dos años, que aún no los tenía cumplidos, estaba muy descolorida, y tan enferma que llegó a no poder tomar el pecho ni comer ninguna cosa, por lo cual su madre y abuela, que la querían mucho, la llevaron a una romería muy devota de san Bartolomé, en el lugar de Añover, y estando en la iglesia mirando la imagen del glorioso apóstol, que estaba en el altar, se rió la niña y pidió luego de comer, y desde este punto se halló sana. Y contaba después, cuando supo bien hablar, que había visto al apóstol san Bartolomé, que, tocándola en el rostro, la sanó y quitó el mal color de rostro que tenía. Nunca la vieron jugar con los niños de su edad, porque, aunque era niña, no lo parecía sino en los años [239]. Cuando llegó a los cuatro, la sucedió que, enviándola su madre a holgar a las eras, por ser tiempo de verano, pasando por una calle se acordó que, poco antes, habían llevado por allí el Santísimo Sacramento a un enfermo, y de tal manera se arrobó en esta consideración, que cayó de una jumentilla en que iba. Viola el cura del lugar, y, levantándola del suelo, la halló sin género de sentido, y la llevó en los brazos a casa de su abuela, donde estuvo grande [7r] rato sin tornar en sí. Y, según dijo ella misma cuando después volvió en sus sentidos, fue llevada en espíritu a un hermosísimo lugar, donde vio muchas señoras a maravilla compuestas, y entre ellas una, que a su parecer era la reina de todas, según su resplandor y hermosura. También vio muchos niños de grande hermosura, que le dijeron: “¿Qué haces ahí? ¡Vente con nosotros y adora a aquella señora, que es la Madre de Dios!”. La bendita niña respondió: “Yo no sé lo que tengo de hacer, mas rezaré el Avemaría”. Y, puestas las rodillas en tierra, la rezó. Y habiendo saludado a la Reina del Cielo con aquella salutación angélica, vio a su lado al santo ángel de su guarda, que la enseñó muchas cosas [240]. Y, al fin de una larga plática que con él tuvo, le rogó la llevase en casa de su abuela. Y cuando volvió del rapto, contó por orden todas las cosas que había visto, hasta que su abuela la mandó callar, y así lo hizo.

En este mismo año, estando la bendita niña a la puerta de la casa de su padre, pasando por allí el Santisimo Sacramento, que le llevaban a un enfermo, le adoró y vio sobre el cáliz a Nuestro Señor Jesucristo en forma de niño muy hermoso y resplandeciente. Otro día de la Purificación de Nuestra Señora [241] oyendo [7r] misa, al tiempo que el sacerdote acabó de consagrar la Hostia, la vio muy clara y resplandeciente, y dentro della a Nuestro Señor Jesucristo, y alrededor de él muchos ángeles [242]; de lo cual la inocentísima criatura no hizo mucho caso por entonces, creyendo que todos veían estas soberanas maravillas y que eran comunes a los demás, porque, como era tan humilde, tan inocente y sincera, nunca llegó a su imaginación pensar que tales cosas se obrasen por ella, hasta que el Señor se lo declaró en la manera que adelante veremos [243].

Capítulo III. De las penitencias que la sierva de Dios hacía siendo niña, y de los fervorosos deseos que tuvo de ser religiosa

En este tiempo, siendo la bendita niña de solos siete años, sucedió la muerte de su madre, la cual, viendo que se le llegaba el fin de sus días sin haber cumplido la promesa que había hecho de llevar a su hija con otro tanto peso de cera al convento de Santa María de la Cruz, rogó a su marido lo cum- [8r] por ella. Y, despidiéndose de su hija y dándole la bendición, dio a su Criador el alma. Mas la devota niña, considerando estas cosas, decía consigo misma: “Mejor será que me vaya yo a cumplir la promesa de mi madre a la casa de Nuestra Señora, y me quede religiosa en ella”. Comunicábalo con una su tía, que en este mismo tiempo tomó el hábito en el convento de Santo Domingo el Real de Toledo, y quisiera ser monja con ella. Y lo pidió a su padre y abuela, los cuales se lo negaron, poniéndola por delante su poca edad y las asperezas de la religión [244]. Hizo profesión su tía, y creció tanto en santidad y virtud que tuvo muchas revelaciones de Dios. Y una vez, estando en oración, la reveló que su sobrina había de ser una gran santa en su Iglesia [245]. Y otra vez se le apareció el glorioso santo Domingo, y la dijo que su sobrina era dotada de grandes gracias de Dios, de lo cual dio parte; por lo cual, deseando que la sobrina fuese monja en su casa, lo trató con la priora del convento. Y tan de veras lo procuraron las monjas que ofrecieron recebirla sin dote, pero el padre y parientes de la niña no vinieron en ello, por lo mucho que la amaban. Y como esto no tuvo efeto, ni otras diligencias que por parte del conven- [8v] to se hicieron, la misma tía dio orden —con su propia madre, que era la abuela de la niña, en cuya casa se criaba— de hurtarla y llevarla a su monasterio [246]. Mas, como Dios la crió para el de Santa María de la Cruz, deshizo todos estos propósitos y mudó a su sierva los que tenía de ser religiosa en el convento donde estaba su tía. Y pareciéndola que serlo con ella era poca perfeción, y llevaba algo de carne y sangre, propuso firmemente de no tomar el hábito en aquel monasterio, sino en otro, sin respeto de parientes, ni de otra ninguna cosa del mundo, que tan enamorada como esto estaba su alma de Dios, y tan deseosa de servirle y agradarle [247].

Tenía la bendita niña unos tíos principales y muy ricos que deseaban tenerla en su casa, pareciéndoles estaría más guardada que en la de su abuela. Alcanzáronlo de su padre, y, muy contentos con la joya, la llevaron a su casa y la dieron el gobierno de toda ella, porque, aunque de poca edad, era prudentísima y muy obediente a sus tíos. Aquí comenzó el Señor a sacar en público sus virtudes y penitencias espantosas en varones de grandes fuerzas, cuanto más en una niña tan delicada como ella. Todos los días de precepto ayunaba [9r] a pan y agua, y algunas veces se estaba dos y tres días sin comer, y —cual otra santa Cecilia— traía cilicio a raíz de las carnes; azotábase con cadenas de hierro, hasta derramar sangre, y nunca la oyeron palabra vana ni ociosa. Cuando andaba por la casa o hacía labor, se pellizcaba los brazos, y, si estaba en el horno, en parte que no la veían, se los descubría y destocaba la cabeza, para padecer dolores por Dios. Y, con esto, era tan humilde que se tenía por indigna del pan que comía y de la tierra que pisaba [248]. Fuera de aquel cilicio de cardas, que le lastimaba el cuerpo por mil partes, traía cadenas a raíz de las carnes, y aunque fuese en tiempo de invierno, cuando las noches son frías y largas, después de acostadas las criadas, se levantaba ella y, desnuda, se quedaba con solo el cilicio, y desta manera pasaba toda la noche en oración, hasta que al amanecer, con mucho silencio y quietud, se volvía a la cama sin que nadie la sintiese [249]. Pero una vez, viendo las criadas que faltaba de la cama y que volvía tarde a ella, se lo dijeron a su tía; la cual, angustiada desto, mandó a una criada que con secreto la siguiese y espiase dónde iba a tales horas. Y así, la noche siguiente, viendo la moza que no estaba en la cama, la es- [9v] peró a la puerta del aposento, pensando que había salido fuera, mas dentro de breve rato la oyó llorar delante de unas imágenes; y, llegándose a ella, la pareció que estaba de rodillas, cubierta con una estera o cilicio, porque como era de noche y a escuras, no la vio determinadamente [250]. La moza disimuló por entonces, y a la mañana dijo a su señora la santidad de su sobrina y los pasos en que andaba, de lo cual la sierva de Dios quedó con muy gran pesar, y con nuevo cuidado de buscar otro lugar, donde con más quietud y sosiego, sin ser vista ni entendida de las gentes, gozase a solas de Dios.

Recién venida la virgen a esta casa de sus tíos, entrando en un aposento, vio junto a una imagen de Nuestra Señora una muy hermosa fuente y dos serafines, con sendas jarras en las manos, que no hacían otro oficio sino sacar agua de la fuente, y muy a menudo henchir y verter las jarras: los cuales, siempre que entraba en aquel aposento —y entraba muchas veces—, la miraban, se reían y alegraban mucho con ella [251]. Y decía que recebía tanto consuelo siempre que los veía que no quisiera salir de aquel aposento. Y aunque el consuelo que le causaba la apacible [10r] vista de los serafines era grande, no era menor la admiración que tenía de no saber qué se hacía [de] tanta agua como sacaban de aquella fuente, porque nunca vio dónde la echaban, ni lo supo hasta que algunos años después la dijo el ángel de su guarda que aquella fuente era milagrosa, y el agua que los serafines derramaban representaba la gracia del Espíritu Santo, que copiosa y abundantemente infundían en su alma [252].

Un Viernes Santo por la mañana, habiendo gastado buena parte della y de la noche como otra nueva Madalena, en sus lágrimas y sentimiento, arrojada a los pies de Cristo, contemplando lo que Su Majestad había padecido aquel día, se le apareció crucificado, con todas las insignias de su sagrada Pasión, y las tres Marías muy angustiadas y tristes; y la santa doncella lo estuvo tanto, con el sentimiento y dolor que la causó esta soberana visión —de la cual gozó no estando arrobada, sino en sus propios sentidos [253]—, que del gran sentimiento que tuvo y de lo mucho que lloró dejó hecho agua el lugar donde estaba, y su rostro quedó tan descolorido y desfigurado que, cuando sus tíos vinieron de la iglesia, espantados de la súbita mudanza que vieron [10v] en su sobrina, procuraron que comiese alguna cosa. Mas, como el mal de la bendita doncella no era lo que pensaban sus tíos, ella misma los consoló, rogándoles no tuviesen pena ni la obligasen a quebrar el ayuno en día de Viernes Santo, porque muy presto estaría buena.

Otra noche, estando en casa de sus tíos unos caballeros huéspedes, después de haberles dado de cenar y cumplido con ellos y con todos los de casa, se salió sola al corral, buscando soledad para sus ejercicios, y, puesta de rodillas y en muy profunda oración, vio que se abría el cielo, y bajaba de él la Reina de los Ángeles con su sacratísimo Hijo en los brazos, la cual, acercándose a ella, la miraba con ojos muy amorosos y mansos [254]. Y considerando cuán cerca de sí tenía a Dios y a su Santísima Madre, con muy devotas palabras pedía la favoreciese y ayudase con su preciosísimo Hijo en lo que tanto deseaba como ser religiosa. Y esto decía con tal afecto de espíritu que a las voces que daba salieron al corral por ver lo que era, y la hallaron puestas las manos y las rodillas en tierra, hablando con Nuestra Señora. Y después de bien certificados dello, y acabada la visión [11r], se llegaron todos a ella y la hablaron disimuladamente, de lo cual la santa virgen recibió gran turbación, temiendo se descubriese por aquí lo que ella tanto encubría.

Andando ocupada en los ejercicios que hemos dicho, y creciendo en virtud como en los años, llegó a los catorce de su edad, y sus parientes y padre comenzaron a tratar de su remedio —que este nombre pone el mundo a los casamientos de las mujeres, como si no hubiera dejado Dios otro para ellas—. Y a la fama de su gran recogimiento, honestidad y hermosura —que tanto agrada en aquella edad— fue pretendida de muchos para casarse con ella, entre los cuales el que más se señaló fue un noble mancebo, natural de la villa de Illescas; pero, como los intentos de la bendita doncella eran tener por esposo a Jesucristo Nuestro Señor, y consagrarle su virginidad perpetuamente, de solo esto trataba, y, con tales lágrimas lo pedía, que mereció ser oída de Dios, y su petición también despachada, como veremos en el capítulo siguiente.

[11v]

Capítulo IV. Cómo la sierva de Dios se salió de su casa en hábito de hombre para ser religiosa, y de los grandes favores que Nuestra Señora la hizo en este camino

Como la solícita virgen tratase siempre de agradar y servir muy de veras a aquel Señor que desde el vientre de su madre la escogió para sí y apartó de la masa de los hijos de perdición, no cesaba de pedirle desde su muy tierna edad la concediese ser religiosa, para poderle servir más de veras. Y, como en su casa la espiaban y andaban a los alcances [255], porque no se descubriese lo que ella tanto encubría, dio en irse a un palomar despoblado, que estaba muy apartado de la gente, aunque dentro de la misma casa, y haciendo oratorio de él, gastaba allí muy grandes ratos con Dios. Y un día de la Semana Santa, después de haberse azotado con cadenas de hierro, como lo tenía de costumbre, estando postrada en tierra delante de una Verónica, dijo: “¡Oh, mi dulce Jesucristo, suplicoos Señor, por los misterios de vuestra sagrada Pasión, que merezca yo ser vuestra esposa y entrar en religión, para que, libre de [12r] las cosas del mundo, mejor pueda entregarme toda a vos, bien y redentor de mi alma!”. Y diciendo esto, se mudó la santa Verónica y transformó en el rostro hermosísimo de Nuestro Señor Jesucristo, tan vivo —a su parecer— como si estuviera en carne pasible y mortal [256]. Y tales cosas le dijo viendo a su redentor desta suerte, tales fueron sus lágrimas, tales sus congojas y ansias, nacidas de tanto amor, que el mesmo Señor la consoló, prometiendo recebirla por su esposa, y traerla a la religión, con que de su parte se ayudase ella y hiciese lo que pudiese [257]. Dichas estas palabras, la santa Verónica se tornó a su ser, y la bendita doncella quedó con este favor tan favorecida y alentada que, desde ese punto, comenzó a dar trazas para irse al monasterio de Santa María de la Cruz, donde tenía grandísima devoción y muchas inspiraciones del Cielo para tomar en él el hábito de la Tercera Orden de nuestro padre San Francisco. Consideraba que, si en estas cosas una buena determinación no rompe de una vez con ánimo y valentía, poco aprovechan propósitos tibios y flacos. Mas como los desta solícita virgen no lo eran, sino fuertes y fervorosos, acordó luego que pasó la Pascua de la Santa Resurreción irse al dichoso monas- [12v] terio, que está dos leguas de su lugar —y como lo imaginó lo hizo, no como mujer flaca, sino como varón fuerte y esforzado, vistiéndose los vestidos de un su primo y hecho un lío de los suyos—, en hábito de hombre, con una espada debajo del brazo, sola y a pie tomó su camino una mañana, antes que el sol saliese, con harta contradición del demonio que, deseándosele estorbar, la representó muchos temores y espantos, y el enojo de su padre y parientes, que sentirían mal de aquella ida en hábito indecente a su persona y edad [258]. Esto hizo tal impresión en la santa doncella que, comenzando el camino, comenzó a temblar, hasta que, combatida de la flaqueza y temor, temblándole todo el cuerpo, se cayó en el suelo desmayada, donde oyó por tres veces una voz que la dijo: “Esfuérzate, no desmayes; acaba la buena obra comenzada, que Dios te favorecerá”. No vio entonces quién la habló, hasta que, andando el tiempo, supo que había sido el ángel de su guarda [259].

Con este favor quedó muy alentada la santa virgen, y prosiguió su camino, y habiendo andado buena parte de él, sintió venía tras sí —aunque algo lejos— una persona a caballo; y, llegando más cerca, conoció que era el hidal- [13r] go que la pretendía por mujer. Turbose mucho cuando le vio, considerándose sola y en aquel lugar, pero Nuestro Señor, que la quiso guardar, permitió que no la conociese, y ella, viéndose libre de aquel peligro, arrodillándose en tierra, dio muchas gracias a Dios y a su Santísima Madre, la cual se le apareció y la dijo: “Esfuérzate, hija mía, que yo ruego por ti, y te pedí a mi precioso Hijo, para que restaures mi casa de la Cruz” [260]. Con estas y otras palabras de mucho amor que Nuestra Señora le dijo, quedó su sierva muy confortada, y, prosiguiendo su camino, llegó al santo monasterio, donde habiendo hecho oración en hábito de hombre como iba, y adorado la santísima imagen de la Madre de Dios, se apartó a un rincón de la iglesia, y, desnudándose aquel vestido, se puso el de mujer que llevaba. Y levantando los ojos a una imagen de Nuestra Señora de mucha devoción, que estaba sobre la puerta reglar del convento [261] —que, según se dice, es la misma que está ahora—, y arrodillándose a ella, le dio de nuevo las gracias por haberla librado de tantos peligros y traído a su santa casa. Esta imagen la habló y la dijo: “Hija mía, en buena hora seas venida a esta mi casa; entra alegre, que bien puedes, pues para ella te crio [13v] Dios, y yo te torno a dar la superioridad y mayoría della, y autoridad para que edifiques y plantes las virtudes, y arranques y destruyas los vicios y los pecados”. A esto replicó la inocente doncella, diciendo: “Ay, Señora, que, como vengo sola y desta suerte, temo que no me quieran recebir vuestras siervas”. “Ninguna cosa temas —dijo la santa imagen—, que mi precioso Hijo, que te trujo, hará que te reciban”. Y con esto, la bendita virgen, confortada en el Señor, habló a la abadesa, y, dándole cuenta de quién era y qué quería, rogó la recibiesen en su compañía, pues por gozar della dejaba la de su padre y parientes, y por tomar aquel santo hábito había venido en el de varón, por no ser conocida. Reprehendiola la abadesa, por haberse puesto en tan manifiesto peligro, aunque interiormente daba muchas gracias a Dios, que tal espíritu y fortaleza había puesto en una tan tierna doncella; y aficionósele tanto, viéndola tan hermosa, de tan linda gracia, tan bien hablada y compuesta, que hizo llamar a otras religiosas, y, dándoles parte del suceso, decía que la muchacha era un ángel: en su cara, en su discreción y en su espíritu, y que sin duda se la traía Dios [14r] a su casa para algún grande bien y reparo del convento. Las monjas le preguntaron mil cosas, y, con harta vergüenza suya, hubo de tornar a referir sus historias, y, estándolas contando, llegó su padre con los parientes que la venían a buscar: “¿Qué has hecho, hija? —decía—. ¿Qué desatino es este? ¿Qué disparates los tuyos?” [262]. Y tales palabras la dijo, tan pesadas y tan feas, que no lo pudieran ser más cuando la hubiera hallado en un crimen de mujer perdida. A todo se hacía sorda, a las injurias muda, y a las bravezas de su padre una oveja; mas cuando oyó que la quería tornar a su casa, con mucha humildad, hechos sus ojos fuentes de lágrimas, arrodillada a sus pies, le dijo a él y a sus tíos que no la molestasen más, ni se cansasen en persuadirla otra cosa, que más fácil sería mover los montes y ablandar las peñas que contrastar la firmeza de su propósito, porque ella estaba ya debajo del amparo de Nuestra Señora, y con mucha confianza de no salir de su casa en su vida. Y así les suplicaba no intentasen sacarla della, porque el mismo Señor, por quien había venido, la defendería.

Llegó también a este tiempo aquel mancebo que la había encontrado en el camino y [14v] pretendía casarse con ella; hizo grandes estremos cuando supo de su ausencia, buscándola por muchas partes, y, con licencia de su padre y parientes, ofreció llevarla a Illescas y tenerla con su madre muy regalada y servida, mientras se componían sus cosas. La sierva del Señor, con mucha humildad y entereza, satisfizo a estas palabras y alcanzó de sus parientes la dejasen en aquel monasterio de Nuestra Señora, para donde interiormente la llamaba el Espíritu Santo. Viendo estas cosas las religiosas, y la gran devoción y perseverancia de la humilde y devotisima doncella, se enternecieron de suerte que, con ser por estremo pobres, dijeron no querían más riqueza que tener aquella prenda del Cielo en su casa, y que la recibirían con poco o con mucho dote, de la manera que más a cuento estuviese a su padre; el cual, aplacado algún tanto, y, tocado de la poderosa mano del Señor, dijo: “Líbrenos Dios, hija mía, de ir contra la voluntad de quien yo sé muy bien que proceden estas tus determinaciones, como lo muestra la mucha perseverancia y paciencia que has tenido, y lo confirma este nuevo hecho de ahora. Yo te doy mi bendición. Da muchas gracias a Dios, y él te guíe, que yo de buena voluntad me conformo con la suya”.

[15r]

Capítulo V. Cómo la sierva de Dios recibió el hábito, y de algunas cosas que le sucedieron siendo novicia

En el estado que digo estaban las cosas de la bendita doncella, y ella con las monjas y con su padre tratando de su recibimiento, cuando llegó al monasterio el provincial. Y fue providencia del Cielo, por haber solos ocho días que había salido de él con ánimo de no volver en muchos meses, y sin su licencia no la podían recebir. Pidiósela el abadesa y diole cuenta del caso, y muchas gracias a Dios por haber traído a su convento persona de tal espíritu. Viola el provincial y, satisfecho de su devoción y de las lágrimas con que le pedía el hábito, mandó que se le diesen y prosiguió su camino. Y así fue admitida en el convento y recibió el hábito a tres de mayo, día de la Invención de la Cruz, en el mesmo que cumplió quince años, en el de mil y cuatrocientos y noventa y seis, hallándose presentes sus parientes y su padre.

Así como la santa docella se vio religiosa, considerando la obligación del nuevo estado que tenía, comenzó desde luego a señalar- [15v] se entre todas las otras religiosas como el sol entre las estrellas. Mandole luego la maestra de novicias que en todo el año del noviciado no hablase sino con ella, con la abadesa o vicaria, o con su confesor, de lo cual la novicia se holgó en estremo, porque naturalmente era inclinadísima a hablar poco. Y así lo guardó tan puntualmente todo el año del noviciado, y con tanto rigor las cosas que la enseñaban, que antes se dejara matar que quebrantar sola una, por mínima que fuese. Y deseaba tanto agradar a Dios, que no solo guardó las cosas que la enseñaban, pero cualquiera virtud que oyese de otra persona la procuraba imitar, sobre lo cual le sucedieron algunos casos de gran edificación, supuesta su sinceridad, que no se refieren por no ser tan imitables.

La primera vez que la bendita novicia comulgó con las otras monjas, le sucedió una cosa de grandísimo desconsuelo y novedad para ella, porque permitiéndolo el Señor, no vio entonces en la Hostia consagrada lo que siempre solía ver, que era a Cristo Nuestro Señor, como se ha dicho [263]. De lo cual quedó tan afligida y desconsolada que, hechos sus ojos fuentes de lágrimas, fue a dar cuenta al confesor [16r] de su nuevo desconsuelo, tan estremado que le puso en aprieto, y no en pequeño cuidado de buscar razones para poderla consolar: “Esto, padre, ¿no merece infierno? —decía la inocente criatura—. ¿No basta para condenarme? Esta ofensa de Dios grande debe de haber sido, pues a mí por mis pecados se me niega lo que a todos los cristianos se concede”. Consolola el prudente confesor, diciendo que por no haber visto a Cristo Nuestro Señor en la Hostia consagrada no entendiese había comulgado en pecado mortal, ni que las mercedes que la había Dios hecho otras veces eran comunes a todos, porque, aunque la mutación del pan en la carne de Cristo es real y verdadera, no se ve con ojos corporales, sino con los del alma, por lo cual es muy meritoria la fe de los que llegan a este santísimo sacramento creyendo verdaderamente que está Cristo nuestro redentor debajo de aquellos accidentes. Con estas y otras razones que la dijo, quedó la sincera novicia consoladísima, y dio muchas gracias a Dios por tan singulares mercedes como le había hecho hasta allí con la presencia de su dulcísimo redentor, a quien tantas veces había visto en el sacramento del altar, y por la que entonces le hacía ejercitando su fe.

[16v] [264] Cumplió la bendita novicia el año de su aprobación, y, con la de todo el convento, fue admitida a la profesión, y la hizo con mucho fervor y lágrimas, día de la Cruz, a tres de mayo; por lo cual, y por haber tomado el hábito en el mismo día, tomó el sobrenombre de la Cruz, y tan de veras el seguir a Cristo crucificado que su vida de allí adelante fue una cruz tan espantosa al demonio que, no pudiendo sufrir el que con rabia infernal derribó al primer hombre de la alteza en que Dios le había criado que una mujer niña y flaca le venciese y saliese libre de sus manos —permitiéndolo Dios, para ejercitar a su sierva en paciencia, como a otro Job o san Antonio—, visible y invisiblemente la persiguió y tentó el demonio de mil maneras, azotándola muchas veces tan rigurosa y cruelmente que las heridas y señales de los azotes y golpes que la daba le duraban muchos días, alcanzándose unos a otros [265].

Sucediole una vez que, rogando a Dios por una alma, la azotaron tan cruelmente los demonios y derramaron tanta sangre de su cuerpo que la dejaron por muerta. Llegó a este tiempo el ángel de su guarda y, regalándose con él, le dijo con grande amor: “¡Oh, ángel bendito!, ¿qué os habéis hecho? ¿Cómo me habéis desamparado en tan grande nece- [17r] sidad y fatiga? Mirad cuál me han tratado los ministros de la divina justicia”. A lo cual respondió el ángel muy alegre: “No te he dejado yo, ni mi Señor Jesucristo te deja; antes te digo de su parte que, con esos malos tratamientos, azotes y golpes que te han dado, has ganado una corona muy grata a Su Divina Majestad. Y yo vengo con la virtud de su nombre a curarte esas llagas”. Y haciendo sobre ellas la señal de la cruz, la sanó y Nuestro Señor la concedió lo que le pedía para aquella alma por quien rogaba [266]. ¿Quién podrá decir los malos tratamientos que la hicieron los ministros infernales, que parece andaban a una su persecución y su paciencia? ¿Quién podrá explicar la mortificación y penitencia desta virgen? ¿Y la profundidad y alteza de su humildad, con que tan altamente sentía de Dios, y tan vil y bajamente de sí, maravillándose siempre de que encerrase Dios tan grandes tesoros en vaso tan frágil y miserable como ella, que no se hallaba digna de la tierra que pisaba?

Capítulo VI. De las penitencias de la sierva de Dios y de la frecuencia de sus raptos

Tan obligada se hallaba la recién profesa, por haberla Dios traído a la santa reli- [17v] gión, y tan deseosa de hacerle grandes servicios, que, desde el día que profesó, se determinó a padecer por su amor cualquier género de tormento que se compadeciese con su rincón y clausura, deseando dar la vida por aquel Señor, que con tanto amor dio la suya por ella. Y muchas veces, pensando en este amor de su Dios, con deseos de ser mártir, decía con grande ansia: “¡Oh, si me hic iese Dios esta merced, que muriese yo por él, que no deseo en la Tierra otra bienaventuranza, sino verme por su amor degollada, abrasada, hecha polvos y quemada!”. Pensando en esto y en su dulcísimo Jesus crucificado por ella, abrasándose en su amor, decía: “Señor, dadme penas, tormentos, trabajos y dolores; mandad a los ángeles del Cielo, a los demonios del Infierno y a todas las criaturas de la Tierra que ejecuten en mí todo su poder, que por muy grande que le tengan, será limitado y corto, para lo mucho que por Vuestra Divina Majestad deseo yo padecer, único amor y bien mío, con vuestra divina gracia” [267].

Acompañando con obras estos tan fervorosos deseos, comenzó a hacer nueva vida y muy ásperas penitencias, añadiendo a las antiguas otras nuevas, y a sus grandes rigores otros muy espantosos. Y fuéronlo tanto [18r] sus ayunos, que sucedía no desayunarse en tres días, y hartas veces se pasaban los ocho enteros sin comer ningún bocado. Su vigilia fue muy larga y el sueño tan poco que no dormía hasta hora de amanecer, y entonces solo lo que bastaba para aliviar la cabeza. Su vestido fue siempre más humilde, pobre y remendado que el de otra ninguna monja, pero sin ningún estremo y singularidad, aunque en lo interior usaba cilicios de cardas y cadenas junto a las carnes. Y, para mayor penitencia y mortificar más la boca, muchas veces traía en ella ajenjos amargos, en memoria de la hiel y vinagre que gustó Nuestro Señor en la Cruz. En la oración gastaba lo más de la noche, y decía que, cuando no era muy fervorosa y acompañada de muchas lágrimas, no le parecía digna de que Dios la recibiese. Los ratos desocupados del día gastaba en cosas humildes y del servicio del convento. Cuando lavaba las ollas y platos de la cocina y los demás vasos della, consideraba que eran para que comiesen las siervas de Dios en ellos. Y así, en estos oficios humildes y bajos recibió muchas mercedes, y muy particulares regalos de Dios y de su Santísima Madre [268].

[18v] Y como sabía lo mucho que a Dios agrada la humildad, procuró siempre ocuparse en los oficios humildes, y con notable caridad servir a las religiosas enfermas, desvelándose en su regalo y servicio, en el cual la acontecieron cosas de gran mortificación muy semejantes a las de muchos santos, que lamían las llagas de los enfermos y se ejercitaban en oficios de suyo muy asquerosos, pero muy agradables a Dios, como con su divino favor lo hizo muchas veces esta su devota sierva, la cual, siendo cocinera y sacando agua del pozo, quebró un barreñón grande de barro que llevaba en las manos, de lo cual quedó muy confusa, y, atribuyéndolo a su flojedad y descuido, se derribó en tierra, y haciendo oración a Nuestro Señor, se juntaron los pedazos y, quedando sano, sirvió después dos o tres años en la cocina [269]. Una religiosa que se halló presente a todo esto, y vio por sus ojos el milagro, dijo: “¿Qué es esto, hermana? ¿No estaba este vaso hecho pedazos? ¿Cómo está ya sano?”. A esto respondió con mucha humildad la bendita cocinera: “Sí, hermana, pero el Señor remedió por su bondad lo que yo eché a perder por mis pecados”.

[19r] En tales ejercicios como estos, y en tal vida, gastó esta sierva de Dios la suya y los primeros años de la religión, los cuales, como fueron tan admirables y se conoció luego el mucho talento y valor de la recién profesa, su prudencia y santidad —aunque la edad era poca—, la obediencia la ocupó en el oficio de sacristana, después de muy probada en el de la cocina, del cual dio tan buena cuenta que, sin sacarla de él, la hicieron juntamente tornera. Y aprobó tan bien en estos oficios que, muy en breve, la dieron el de la puerta. Y como los hacía con tanta humildad y paciencia —como muy celosa del servicio de Dios, y de la santidad y religión del convento—, padeció grandes trabajos, porque por ser moza todas se le atrevían, y la mansísima cordera a cualquiera se humillaba, y a las que la reñían decía su culpa, rogando a Nuestro Señor por quien la ultrajaba y perseguía. Y hallábase tan bien con servir a las otras religiosas en los oficios de humildad y obediencia como si en ello estuviera su gloria, su bienaventuranza y su Cielo. Y a la verdad así era ello, pues en estos oficios halló a Dios, que es la bienaventuranza y verdadero Cielo del justo, como le halló esta virgen en la portería y en el torno, porque, haciendo estos oficios, andaba tan [19v] enamorada de su dulcísimo Jesús que siempre le trujo presente; tanto que, si volvía el torno para dar o recebir algún recado, le contemplaba cuna en que mecía al dulce Niño Jesús. Y tal vez le aconteció volver el torno con este pensamiento, que halló a Dios niño en él, que, con rostro muy apacible y risueño, la habló, alegrándose con ella [270].

Otra vez, siendo portera, se le apareció el santísimo Niño Jesús, y así como le vio, estendió sus brazos para recebirle en ellos, pero a este punto apareció su Santísima Madre, y, tomándole en los suyos, se levantó en alto con él, acompañada de infinitos ángeles, que con muy dulce harmonía le daban música [271]. Mas, como viese la beata Juana que se iban madre y hijo, y la dejaban tan sola, juzgándose por indigna de tan soberana compañía, quedó muy triste y desconsolada; mas, consolándole la que es madre de consuelo, dijo: “No te aflijas, hija mía, sino vente hacia las higueras de la huerta, que allí nos hallarás”. Y, contentísma con este favor, cumpliendo con su oficio de obediencia, se fue a la huerta, mirando por todas partes, por ver lo que su ánima deseaba. Y, llegando a la casa del horno, cerca de las higueras, vio a Nuestro [20r] Señor Jesucristo y a su bendita madre con muchedumbre de ángeles que la esperaban. Y postrada, pecho por tierra, adoró a Dios y a la Virgen, y estuvo largo tiempo gozando de aquella soberana visión, tan absorta que, aunque la llamaron con la campana, no lo oyó, hasta que la Madre de Dios le dijo: “Anda, hija, haz la obediencia, que te han llamado tres veces y tú nunca lo has oído”. Entonces, dejando a Dios y a su madre por la obediencia, fue a ver quién la buscaba.Y, habiendo negociado, se volvió luego derecha a la casilla del horno, donde dejaba su corazón y descanso. Pero encontrándola algunas monjas, notaron mucho la solicitud con que andaba, y que su rostro estaba muy resplandeciente, y salía della grande suavidad de olor, por lo cual la siguieron algunas, deseando saber qué había, sospechando alguna gran cosa [272]. Y viéndola entrar en la casilla del horno, oyeron que decía: “Oh, soberana Madre de Dios, grande es vuestra misericordia para con esta indigna pecadora, pues habiéndome yo ido y dejadoos a vos y a mi dulcísimo Esposo en este humilde y pobre lugar, hallo que me estáis aguardando en él”. Oyeron también las monjas cómo la piadosa Virgen respondió: “Hija [20v] mía, hallásteme porque me dejaste por la obediencia, que nos agrada mucho a mi Hijo, y a mí”.

Fue tan favorecida la bendita Juana de la Virgen Nuestra Señora que no se pueden encarecer dignamente los favores y regalos que de su poderosa mano recibió, pues, niña y de más edad, y en todo tiempo, tuvo tantas revelaciones y visitas del Señor y de su Santísima Madre, en raptos y fuera dellos, los cuales la duraban más o menos tiempo, como Dios era servido: al principio tres o cuatro horas, adelante fueron mayores, porque llegaron a catorce, y a veinte, y a cuarenta horas cada uno. Y algunas veces se estaba elevada tres días sin volver en sí; y le aconteció tornar de un grandísimo rapto, y apenas haber vuelto de él, cuando, solo de oír nombrar el dulcísimo nombre de Jesús o ver alguna imagen de su santísima Pasión, se volvía a elevar como de antes, sin ningún género de sentido [273]. Quedaba hermosísima y resplandeciente en estos raptos, y, cuando volvía dellos, la rogaban las monjas que dijese dónde estaba y qué había visto en aquellas revelaciones y raptos [274]. Y aunque lo rehusó —escusándose con humildad—, cuando fue la voluntad de Dios que lo mani- [21r] festase dijo que el santo ángel de su guarda la llevaba en espíritu y la ponía en un trono muy resplandeciente y glorioso, donde le parecía ver al Señor y a su Santísima Madre, y a los ángeles, a los apóstoles y evangelistas, a los patriarcas y profetas, a nuestro padre san Francisco y a otros infinitos santos y santas del Nuevo y Viejo Testamento, dando tan lindas señas de todos como si hubiera nacido y criádose con ellos. Decía que andaban adornados con sus particulares insignias: los santos del Testamento Viejo, con las figuras de aquello que representaban conforme a sus profecías —Abrahán con el sacrificio del cordero, Moisén con la serpiente y la zarza, Aarón con la vara; otros con el arca del Testamento—; y que los santos del Testamento Nuevo traían también las insignias: los apóstoles y mártires, las de su martirio; nuestro padre san Francisco, las cinco llagas, más resplandecientes que estrellas; otros traían el cáliz con el Santísimo Sacramento; otros, la pila del Baptismo, y otros las llaves de la Iglesia. Y cada uno dellos estaba tan hermoso y resplandeciente que resplandecía más que el sol, que era cosa maravillosa y por estremo agradable ver y contem- [21v] plar estas cosas, llenas de tanta hermosura y lindeza cual ninguna lengua lo podría explicar, “según que el Señor por su misericordia me las muestra —decía la santa—, y quiere que yo las vea desde aquel santo lugar, donde me parece estoy como atada con unos rayos, que denotan que mi alma aún no está del todo desatada y libre de la cárcel deste cuerpo”.

Tenía la bendita Juana veinte y cuatro años de edad, cuando la vieron las monjas en un rapto tal que ni antes ni después no se vio en ella otro su semejante, porque las otras veces que se arrobaba quedaba con mucha hermosura y lindo color de rostro, pero esta vez no fue así, que todo esto le faltó y quedó como muerta, los ojos quebrados y hundidos, cárdenos los labios, arpillados los dientes, la nariz afilada y todos los miembros de su cuerpo descoyuntados y yertos, y el rostro tan pálido y amarillo como si fuera difunta [275]. Las monjas, admiradas con la novedad del caso, deseando saber la causa de él, rogaron a la santa virgen se lo dijese, pero ella, como muy prudente y callada, nunca lo quiso decir, hasta que, pasados algunos días, se lo mandó el ángel de su guarda, y entonces dijo: “La causa, madres, de haber visto en mí tal novedad en aquel rapto fue que, es- [22r] tando en él, y mi espíritu en el lugar donde el Señor le suele poner otras veces, vi con aparencia triste al santo ángel de mi guarda. Y preguntándole yo la causa, dijo que le había el Señor mostrado las grandes persecuciones, fatigas y enfermedades que sobre mí han de venir, y que habiéndole rogado por mí, le respondió Su Divina Majestad que convenía llevarme por este camino y ver lo que en mí tenía”. (Mostrar aparencia triste y llorar los ángeles es lenguaje de la Sagrada Escritura [276], más por similitud que por propiedad, porque el ángel, aunque aparece en forma corporal y visible a los hombres, ni llora, ni come, ni habla, ni ejerce alguna operación vital —según santo Tomás [277]—, porque para obrar propiamente estas cosas, que son acciones vitales, había de ser alma del mismo cuerpo en que aparece, y como forma suya animarle) [278]. “Entonces le tornó a suplicar que, por su clemencia, me concediese esta gracia de elevarme, y que no fuese con el trabajo que entonces había sido. Y el muy poderoso Señor se lo otorgó”. Y así desde este día todos los raptos fueron muy suaves, y por ser tantos y tan largos que lo más del día y de la noche estaba elevada, no podía ya hacer oficio, ni seguir el peso de la comunidad como solía, por lo cual la dieron celda aparte y una religiosa que cuidase della, de que se alegró mucho, por tener mayor comodidad para las penitencias secretas que hacía, de las cuales se supieron al- [22v] gunas. Y muchas veces le aconteció que, deseando agradar a su querido esposo, y acordándose cómo con tan grande crueldad fue azotado en la coluna, deseando imitarle en este paso, pidiendo primero licencia a Su Divina Majestad para ello, se encerraba en un aposentillo muy secreto, donde solía hacer sus mortificaciones y penitencias, y desnuda se amarraba a un madero en forma de coluna, que allí tenía para estas mortificaciones, y atándose ella misma con unos cordeles, primero los pies y después el cuerpo, dejando libres los brazos, se azotaba por todo él con una cadena de hierro; y porque la cadena hiciese mejor su oficio, tenía en el un estremo della un hierro grueso y redondo tan largo como una tercia, y, tomándole en la mano, se daba con los estremos de la cadena por todo el cuerpo hasta derramar sangre. Estando en este santo ejercicio, contemplando los azotes del Señor y abriéndose sus carnes con los que ella misma se daba, le aparecía el ángel de su guarda y la mandaba cesar diciendo: “Basta, que hasta aquí llega la voluntad de mi Señor Jesucristo”. Y el mismo ángel la desató algunas veces de la coluna en que estaba.

Otras veces, con el deseo que tenía de agradar a Dios, hincándose de rodillas en aquel [23r] aposentillo, tomaba un guijarro que pesaba siete libras, y con tan gran fervor se daba en los pechos con él que a los primeros golpes saltaba la sangre hasta manchar las paredes [279]. Duraba en este santo ejercicio el tiempo que gastaba en dar de rodillas quince vueltas al aposento, en memoria de las quince principales llagas de Nuestro Señor Jesucristo.

Una noche, hallándose la santa muy afligida y maltratada de los demonios que con figuras torpes y feas pretendían inducirla en deseos sensuales, se salió a la huerta, y juntando muchas zarzas, a imitación de nuestro padre san Francisco, desnudándose sobre ellas, se acostó en aquella espinosa cama [280], y, dejándola matizada con su sangre, se entró en una laguna diciendo: “Porque conozcas que eres barro, en este cieno te has de lavar, y aun no lo mereces tú” [281]. Allí estuvo grande rato, y antes de volerse a vestir se azotó con una cadena que para este efeto tenía [282]. Y desde entonces quedó tan regalada de Dios que nunca más el enemigo le acometió con semejantes tentaciones.

Con el grande espíritu y devoción que tuvo esta bienaventurada, hacía mil ensayos de mortificación y penitencia [283]: unas veces se ceñía por los brazos y por el cuerpo sogas de cer- [23v] das y esparto, en memoria de las sogas con que Nuestro Señor fue atado a la coluna; otras veces se ceñía las cadenas con que se azotaba. Y por la mayor parte andaba siempre vestida de hierro, como lo prueban los espantosos cilicios de que usó toda su vida: de cerdas, de cardas, de hierro, y uno de malla con medias mangas, hecho a modo de sayo, tan largo que le llegaba a las rodillas [284], otro de planchas de hierro en forma de corazón, que por todas partes le ceñía el cuerpo, y por su devoción le traía sembrado de cruces y de los pasos de la Pasión, hechos de clavillos muy agudos, aunque deste cilicio usaba muy pocas veces, porque sin grande dificultad no podía doblar el cuerpo [285]; y así le sucedió una vez que, abajándose con él, se la entraron las puntas de los clavos por el cuerpo, ofreciéndolo todo a Nuestro Señor, en memoria de su sagrada Pasión. Y para mayor mortificación, ella mesma se solía arrastrar por el suelo, tirando de una soga que se echaba a la garganta, y, azotándose con la cadena, decía: “Quien tal hace que tal pague. ¿De qué te quejas, cuerpo miserable y ruin, pues tanto has ofendido a tu Dios?” [286].

Otras veces, puesta en cruz, andaba con [24r] las rodillas desnudas sobre la tierra hasta derramar sangre dellas. Otras veces, para mayor dolor, ataba en las propias rodillas unas piedrecitas o tejas que le lastimaban grandemente [287]. Otras veces se ponía en cruz, arrimándose a la pared, donde tenía hincados unos clavos, y ponía tan fuertemente las manos entortijadas en ellos que se estaba en cruz una hora sin llegar los pies al suelo [288].

En cierta ocasión, acabando de hacer una grande disciplina, sobre las llagas que se había hecho con las cadenas se puso aquel cilicio de malla que era el más ordinario, y apenas se vistió el hábito, cuando se quedó elevada por seis horas, hasta que, echándola menos, las monjas la hallaron de aquella manera, y que decía cosas maravillosas en orden al modo con que habían de servir y agradar a Nuestro Señor, y eran tan llenas de devoción que encendían y abrasaban en amor de Dios a todas las que la oían.

Capítulo VII. Cómo el niño Jesús se desposó con la bendita Juana de la Cruz, y de la devoción que tuvo al Santísimo Sacramento

[24v]

Singular atención pide este capítulo, y yo se la pido a mi Dios, y su gracia para acertar a escribir, para honra y gloria suya, dos señaladísimas mercedes y muy regalados favores que con grande muestra de amor concedió a esta regaladísima virgen. Porque cuando quiso el Señor darle más ricas prendas de lo mucho que la amaba, determinó Su Divina Majestad visitarla, no por ministerio de ángeles —como otras veces—, sino por su misma persona, y desposarse con ella, asistiendo a estas espirituales bodas su Santísima Madre, con muchos ángeles y vírgenes, que venían acompañando a su Rey y Señor, en quien puso la beata Juana los ojos, y, acordándose de la palabra que en otro tiempo la dio de desposarse con ella, con mucha humildad y amor rogó a la Reina del Cielo alcanzase de su Hijo cumpliese lo prometido, y con mucha fe y humildad no cesaba en su oración, hasta que el clementísimo Señor, mo- [25r] vido de los ruegos de su Santísima Madre y de los ángeles y vírgenes que, arrodillados ante su divina presencia, se lo rogaban, puso Su Majestad en su sierva Juana los ojos de su misericordia, y mirándola con rostro muy alegre y amoroso, dijo: “Pláceme, hija, de desposarme contigo” [289]. Y estendiendo entonces su poderosa mano, se la dio, en señal de desposorio, con muchas muestras de amor. (Este desposorio espiritual fue en visión imaginaria, como el que se lee de santa Catalina de Sena y de Alejandría [290]) [291].

La devoción que tuvo al Santísimo Sacramento fue superior a todo lo que se puede decir, porque cuanto hacía antes de comulgar guiaba en orden a disponerse para la sagrada comunión, y lo que después della se seguía era todo hacimiento de gracias. Y tal gusto y consuelo recebía en este celestial manjar que mientras más gustaba de él, más crecía la hambre que de él tenía. Y así procuraba llegarse a este divino sacramento las más veces que podía; y cuando no le era concedido, comulgaba espiritualmente, tan a menudo y sin tasa que su vida era una comunión espiritual continua y muy prolongada [292]. (No es esta la gracia que se da “ex opere operato” [293]) [294]. Tanto que, estando una vez arro- [25v] bada en aquellos maravillosos raptos que adelante veremos, dijo el Señor, hablando en ella, que le agradaban mucho aquellas comuniones espirituales, con que la sierva de Dios quedó muy consolada. (Comunión espiritual es cuando una persona, no pudiendo recebir el cuerpo de Cristo Nuestro Señor sacramentado, le recibe en su alma interior y espiritualmente con fe y caridad, como lo difine el Concilio tridentino [295]. Y a los que así comulgan espiritualmente se les comunica el efeto y virtud del Sacramento conforme a su devoción; y desta manera puede un alma comulgar espiritualmente muchas veces al día) [296]. Y, reconociendo este tan soberano beneficio, solía decir muchas veces: “¡Oh, Señor, y qué buena manera de comulgar es esta, sin ser vista, ni registrada, y sin dar pesadumbre al padre espiritual, ni cuenta dello a ninguna criatura humana, sino a vos, Criador y Señor mío, que me hacéis tanto regalo y sustentáis con los dulces y sabrosos bocados de vuestra santísima presencia a mí, pobre pecadora, indigna deste altísimo don, la más vil y desechada del mundo, y que me hagáis tan singular favor que cada hora y momento reciba mi alma tal gusto, suavidad y regalo, y que siempre esté endulzada de vos, mi dulce Jesús, Esposo y Señor mío, si yo, por la amargura de mis pecados, no me hago indigna de vos, dulcedumbre divina!¡Oh, maravilloso manjar!¡Oh, pan de ángeles!: ¿qué convite es este? ¿Qué piedad es esta, mi dulce Jesús? ¿Y qué mi- [26r] sericordia y liberalidad la que hace Vuestra Divina Majestad con una indigna y miserable esclava?”. Esto decía santa Juana, agradeciendo a Dios el comulgarla espiritualmente tan a menudo. Y acerca del cuerpo de Cristo sacramentado, la sucedieron cosas tan maravillosas como lo declaran las siguientes:

Confesándose una vez esta devotísima virgen mientras se decía la misa conventual, la mandó el confesor que fuese a adorar el Santísimo Sacramento, y llegando a un portal cerca de la iglesia, oyendo tañer a alzar [297], se hincó de rodillas para adorar desde allí con los ojos del alma al que no podía ver con los del cuerpo. Estando así arrodillada, se abrió a la larga la pared del portal —que dividía el convento de la iglesia— y vio el Santísimo Sacramento en el altar, y al sacerdote que decía la misa, y toda la iglesia y las personas que estaban en ella [298]. Y, habiendo adorado la sagrada Hostia y cáliz, se tornó a juntar la pared, quedándose arrodillada en aquel mismo lugar. Mas cuando el sacerdote alzó la Hostia postrera, se volvió a abrir otra vez la pared. Y para perpetua memoria deste milagro, quiso Nuestro Señor que la última piedra en que se remató la juntura de la pared [26v] quedase más blanca que las otras; y, hendida en tres partes, a manera de cruz, como se muestra hoy y desde aquel tiempo, se ha tenido en gran veneración. Y cuando se deshizo aquella pared para hacer la de la iglesia en la forma que ahora está, la mayor parte desta piedra, como reliquia preciosa, se puso en el claustro alto, como ahora está, cubierta con una rejita de hierro dorada, y allí van las monjas a rezar y a tocar sus rosarios.

Semejante a esto sucedió a la humilde sierva de Dios haciendo la cocina que, oyendo tañer a alzar, entre los tizones y ollas donde estaba, se hincaba de rodillas y adoraba y le parecía vía el Santísimo Sacramento, con haber de por medio cuatro o cinco paredes, y otros tantos aposentos [299]. Y una vez la habló Cristo Nuestro Señor en la Hostia consagrada, prometiéndole la salvación de una monja de su convento que estaba en la agonía de la muerte, por quien la santa rogaba [300].

Un Sábado Santo, estando en su celda, oyó tañer a la gloria, y no pudiendo ir a la misa, por estar enferma, arrodillándose en la cama para dar gracias a Dios, vio desde allí y oyó todo lo que el preste decía en el altar y lo que las monjas decían en el coro [301], y, lo que más es [27r], vio a Cristo resucitado, resplandeciente y glorioso, que salía del sepulcro, con muchos ángeles que le daban música y cantaban muchos motetes y letras [302]. Otras veces sucedió a esta virgen tan regalada de Dios, hallándose lejos del coro, oír el oficio divino que rezaban las monjas, y, por las señas tan puntuales que daba de todo, constaba de la verdad del milagro.

Una religiosa, buscando otra cosa en la celda desta santa virgen, vio dentro de un cofrecillo la santa Hostia consagrada, permitiéndolo el Señor, que quiso por este medio publicar tan soberano milagro. A este mismo punto volvió la sierva de Dios del rapto en que estaba, y con harta agonía se fue derecha al cofrecillo en que andaba la religiosa, y dijo: “Hermana, no toque a esa santa reliquia, que es el Santísimo Sacramento, que le trujeron los ángeles” [303]. La religiosa, atónita de oírlo, rogó le declarase cómo había sido, y dijo: “Un hombre —que por sus pecados se fue al infierno— murió con el Santísimo Sacramento en la boca, de la cual se le sacaron los ángeles con grandísima reverencia, y le trujeron aquí, mandándome que, pues yo lo había visto, comulgase con la santa Hostia y la recibiese por una de las ánimas de purgatorio. Y estando en oración, me dijeron que cierta [27v] persona llegaba al cofre donde estaba la santa Hostia, y así quiero luego hacer la obediencia y lo que los ángeles me mandan, y recebir a mi Señor”. Y, hincándose de rodillas con muchas lágrimas y devoción, recibió el Santísimo Sacramento, administrándosele su ángel.

Capítulo VIII. De la familiaridad con que la beata Juana trataba con los ángeles, especialmente con el de su guarda, y de la devoción que tuvo al glorioso san Antonio de Padua

Quien oyere decir en la Sagrada Escritura que el ángel san Rafael sirvió al mancebo Tobías en un muy largo camino, y que otro llevó por un cabello al profeta Habacuc desde Judea a Babilonia para dar de comer a Daniel, preso en el lago de los leones, no se admirará cuando oiga lo que sucedió a la beata Juana con los ángeles, y en especial con el de su guarda, con quien trataba tan familiar y amigablemente como un amigo con otro [304], y desto se le pegó la condición angélica que tenía, y tal olor a las cosas que tocaba y hábitos que vestía que con ninguno de la Tierra [28r] se podía comparar, porque era olor del Cielo —de donde a la verdad era ella, más que del suelo—, y así no era mucho que toda ella oliese a Cielo y tuviese resabios [305] del Cielo la que tanto comunicaba con los ángeles; no solo con el de su guarda, sino también con otros muchos, especialmente los que guardaban particulares provincias y reinos, que la visitaban a menudo, y le rogaban alcanzase de Nuestro Señor templase tal o tal tempestad de piedra, granizo o rayos que quería enviar sobre la Tierra. Decíanle sus nombres y oficios, y algunas veces las cosas que sucedían en los reinos y provincias que guardaban, así las presentes como las que estaban por venir [306]. Una vez, estando con las monjas que querían comulgar, se la arrebataron los ángeles de delante de los ojos, y no la vieron más, hasta que después de haber comulgado apareció en medio dellas, con no pequeña admiración de todas, que, tan admiradas del caso, cuanto deseosas de saberle, la rogaron le contase; y ella, para su edificación, dijo: “Porque os ocupáis conmigo cuando se ha de tratar solamente con Dios, quiso Su Divina Majestad que los ángeles me llevasen a lo alto, de donde ellos y yo adoramos el Santísimo Sacramento, y [28v] os vi comulgar a todas, y lo mucho que los ángeles de vuestra guarda se gozaban con las que comulgaban santa y puramente, y cómo torcían el rostro y se apartaban algún tanto de las que no comulgaban con entera devoción”. Por lo cual, persuadía a las monjas fuesen muy devotas de los ángeles de su guarda, porque: “No solo nos guardan siempre y acompañan, sino que, cuando caemos, nos levantan; si estamos tibias en la devoción, nos inflaman [307]. Ellos son los que nos enseñan en nuestras dudas, defienden en nuestros peligros y sustentan en nuestros trabajos; y a la hora de nuestra muerte, con particular vigilancia, asisten y acompañan nuestras almas y las presentan a Dios, las visitan y consuelan en el purgatorio. Finalmente, en nuestros trabajos y peligros nos amparan y defienden”. “Y porque sepáis cuán cierto es esto —dijo santa Juana a sus monjas—, el otro día vi que, tañendo la madre vicaria la campanilla de comunidad a que se juntasen las religiosas, como no acudieron luego todas, vinieron los ángeles de la guarda de las que faltaron, a hacer la obediencia por ellas” [308].

Otra vez, siendo abadesa esta santa virgen, reprehendiendo a dos religiosas mozas en presencia de otras, dijo: “Estando yo poco ha [29r] en oración, me mostró el Señor vuestra desobediencia y que no quisistes barrer lo que la madre vicaria os mandó, por lo cual perdistes dos coronas que os traían los ángeles de vuestra guarda, y, mandándoselo Dios, las dieron a los ángeles custodios de las otras dos hermanas, para que se las pusiesen a ellas, porque obedecieron por vosotras. Esto me mostró Dios, hijas, y yo lo digo para confusión y emienda vuestra, y enseñaros que la campanilla y cualquier señal de obediencia es voz de Dios, a quien debemos obedecer, si le queremos agradar y servir” [309].

Con estos ejemplos y otros que contaba a sus monjas, les hacía muy devotas de los ángeles de su guarda; del suyo decía grandezas: que su hermosura y lindeza excedía a todo lo que los hombres pueden imaginar, por ser más resplandeciente que el sol, y sus vestiduras más blancas que la nieve; que traía alas de singular hermosura, y en su sagrada cabeza una corona y diadema preciosísima sembrada de ricas piedras, y en la frente la señal de la cruz, con esta letra [310]: “Confiteantur omnes angeli, quoniam Christus est Rex Angelorum”. Y en los pechos esta: “Spiritus sancti gratia illuminet sensus et corda [29v] nostra”. Y en la manga del brazo derecho, de piedras preciosas la señal de la santa cruz, con el siguiente letrero: “Ecce Crucem Domini, fugite partes adversae”. Y en la del brazo siniestro la misma divisa de la cruz, con los clavos y las demás insignias de la sagrada Pasión, y esta letra: “Dulce lignum, dulces clavos”. Y en los pies, de piedras preciosas este mote: “Quam pulchri sunt gressus tui[311]. Y en las rodillas otro, que dice: “In nomine Iesu omne genuflectatur”. Y más arriba, esta letra: “Coelestium, terrestrium, et infernorum [312]; y en las manos suele traer un muy hermoso pendón con todas las insignias de la Pasión. (Píntanse los ángeles con alas, según san Dionisio [313], por la velocidad y presteza con que acuden al socorro de los hombres. Y no por esto, ni por lo que dice la beata Juana de la hermosura y traje de los ángeles, se entienda que son corpóreos, que no lo son, ni tienen cuerpos, sino que los toman para que puedan ser vistos de los hombres, como lo dicen los concilios y santos [314]) [315]. A este modo publicaba de su ángel tantas cosas la sierva del Señor que despertó en las monjas tal devoción y deseo de saber su nombre, para encomendarse a él, que la rogaron lo supiese del mismo ángel. Y sabiendo se llamaba san Laruel Áureo, se lo dijo a las religiosas [316], las cuales no solo le tomaron desde entonces por su patrón y abogado, sino que dejando los [30r] apellidos de su linaje y parentela, tomaban por sobrenombre el del ángel san Laruel, y esta devoción dura hoy en el convento. (Un ángel custodio guarda diversos hombres en diversos tiempos [317]) [318].

Decía también que este bendito ángel era de los muy privados de Dios y que tuvo a su cargo las almas de santos muy señalados, y que consuela y visita las del purgatorio, y los demonios le temen tanto que a las veces solo con levantar el brazo derecho, donde trae la señal de la cruz, con la letra que dice: “Ecce Crucem Domini, fugite partes adversae[319], huyen los malaventurados, y, como perros rabiosos, mordiéndose unos a otros, se van dando espantosos aullidos. “Socorre también a las personas que están en peligro de muerte, y favorece mucho a mis devotos y amigos”.

Preguntó una vez a su santo ángel cómo quedaron los ángeles tan hermosos y bienaventurados, y los demonios tan obstinados y feos, y con tan gran deseo de hacer pecar a los hombres [320]. “Muchas cosas has preguntado —dijo el Ángel—, pero a todas responderé, porque lo quiere Dios”. Y así declaró a la santa tan altos y tan profundos misterios, y la resolución de casi todas las cuestiones y sutile- [30v] zas que mueven los teólogos escolásticos en la materia de ángeles, tan copiosa y distintamente que con sola esta revelación se pudiera saber mucho de lo que dellos está escrito, así del modo de su creación, confirmación en gracia y disposición que tuvieron para merecerla, y en qué tiempo alcanzaron la bienaventuranza, como de la caída de los demonios, su pecado y obstinación, y de la manera que fueron echados del Cielo, con otras dificultades a este modo, que son más para ejercitar los ingenios en las escuelas que para inflamar las voluntades de los que las leyeren, que es lo principal que pretende esta historia, por lo cual no me detengo en contarlas. Dijo también que los demonios habían caído más espesos que copos de nieve y que las gotas de agua cuando llueve muy apriesa [321]. Y así mesmo le declaró aquellas palabras del Evangelio de san Juan: “In principio erat Verbum”, y las del Génesis: “In principio creavit Deus coelum et terram[322], porque se lo rogó así esta sierva de Dios, a la cual mandó entonces que escribiese estas cosas y otras muchas que el Señor la revelaba, como las leemos en el libro de sus sermones, que están llenos de cosas maravillosas [323]. También [31r] la dijo el Ángel que nueve veces arreo [324] se había aparecido la Virgen Nuestra Señora en aquella santa casa, en los primeros días de marzo, y que en el último destos aparecimientos puso Nuestra Señora la cruz, señalando con ella el sitio donde quería la edificasen la iglesia, que es en medio de la capilla mayor, en el mesmo lugar donde ahora está puesta una cruz, en memoria de la que puso por su propia mano la soberana Reina del Cielo.

Tuvo la gloriosa Juana tan espantosas persecuciones y enfermedades como adelante diremos, y tan poco consuelo humano en ellas que no tuvo a quién volver la cabeza, sino al ángel de su guarda, a quien, con mucha familiaridad y llaneza, contaba sus trabajos y daba parte de los escrúpulos de su conciencia [325]. Un día, cuando la furia y tempestad de sus persecuciones y afrentas andaba más en su punto, le dijo sería gran consuelo para ella la oyese de penitencia. “No tengo autoridad para tanto —respondió el Ángel—, ni es mi oficio, sino del sacerdote, a quien solo como a ministro suyo ha concedido Dios esa gran potestad en la Tierra, que puede absolver y perdonar pecados”. (Ninguno que no sea sacerdote, aunque sea ángel, ni serafín, puede administrar el sacramento de la Penitencia [326], por lo cual esta confesión no fue sacramental, sino como cuando un amigo, debajo de confesión, consolándose con otro o pidiéndole consejo, le descubre el secreto de su alma. Y así, aunque la confesión que hizo con su ángel no fue sacramental, sería meritoria, por lo que dice Escoto [327], por darse casos en que meritoriamente puede uno confesar sus pecados con un seglar, como lo enseñan los esclarecidos doctores de la Iglesia san Agustín [328], sanctus Tomás [329], san Bonaventura [330] y Gabriel, Major, Marsilio y el Maestro [331] [332]. Pero no se ha de hacer esto sin gran recato, ni con las ceremonias que la confesión sacramental, por evitar todo género de escándalo) [333]. “Ya yo he confesado [31v] sacramentalmente los míos con el vicario del convento —respondió la afligida virgen—, y así, con vuestra santa licencia, querría acusarme de las mismas cosas con vos”.Y, comenzando su confesión, derramando muchas lágrimas, dijo: “¿Qué haré yo, pecadora y miserable mujer, que he cometido contra mi Dios y Señor gravísimos pecados, y de ninguno dellos me acuerdo? ¡Acordádmelos vos, ángel bendito!”. “Bien haces —dijo— en llorar tan amargamente tus pecados y traerlos a la memoria, que más meritorio es que si yo te los acordase”. Replicó a esto la virgen: “Señor, un escrúpulo de conciencia me aflige mucho, y para salir de él, querría saber si las tentaciones son pecado”. “Sí —respondió el Ángel— [32r], cuando son consentidas, mas las que no se consienten y se resisten, antes son meritorias”. A esto replicó: “Señor, entre las que más me combaten, tengo por gran tentación parecerme que siento demasiado los testimonios que me levantan, y dame notable pena, por no saber si hay en ello algo de vanagloria o soberbia” [334]. “No la hay en eso —dijo el Ángel—, antes es justo que sientas la pérdida de tu fama y de tu honra, siquiera por la de Dios, a quien ofenden los que te infaman a ti”. “¡Ay, Señor! —tornó a decir—, que pienso es ya estremo el que tengo en sentir mis afrentas y deshonras, porque viendo cual me han tratado, reprehendido y castigado, estoy tal que, aunque no lo digo, sino a Su Hermosura —que así llamaba a su ángel, por la singular hermosura que tenía—, no puedo desechar la pena que me causa, y pensar si por ello estoy aborrecida de los venerables prelados de la Orden de mi padre San Francisco, y si ha de ser esto causa de que yo pierda las misas y sufragios que después de muerta esperaba dellos. Y cuando pienso en mis pecados, mayormente después que me han juzgado por mala, me aflijo tan demasiadamente que no lo sé decir”. Y diciendo esto, derramaba muchas lágrimas; por lo cual, deseándola con- [32v] solar, el ángel dijo: “Sosiégate, alma bendita, no te atormente tanto la memoria de tus pecados, ni te fatiguen así tus tribulaciones, que por ellas serás bienaventurada, pues te purifica como el oro en el crisol. Ni pienses que por ser reprehendida de tus prelados eres aborrecida dellos, sino que por este camino se te labra tu corona y se purifica tu alma, que, como dice la Sagrada Escritura, la tienes siempre en la palma de tus manos” [335]. “No quisiera yo, Señor, que estuviera mi alma en tan ruines manos como las mías —replicó ella—, sino solo en las de Dios, que con esto la tuviera muy segura; que, como soy tan mala y pecadora, temo mucho perderla, y me parece, Señor, que, según las misericordias que usa Dios con esta gran pecadora, se sirviera de mí Su Divina Majestad, si no sintiera tanto lo mucho que me atribulan y persiguen [336]. Y harto quisiera yo persuadirme a que lo hacen con razón, y no puedo todas veces, por la poca virtud que tengo. Y más quisiera no ser nacida que haber ofendido a mi Dios tantas veces. ¡Ay, ángel santo, cuán grandes son mis pecados! ¿Qué será de mí, si Dios por su misericordia no hace como quien es? Rogádselo vos, guardador mío, no se pierda esta alma que está por vuestra cuenta, dalda buena desta ovejuela vuestra, no se la lle- [33r] ve el lobo. San Laruel bendito, consolador de las almas, consolad la mía, que estoy muy desconsolada y perseguida, aunque la mayor de mis persecuciones es pensar que por ser tan pecadora las permite Dios, y que me fatigue tanto el demonio”. “No seas ingrata al Señor —dijo el Ángel—, que las persecuciones que padeces son mercedes que te hace Dios. Y bien sabes tú que ha mucho tiempo que te dije que Satanás le había pedido licencia para perseguirte y tentarte, como hizo al santo Job. Confía en Jesucristo, nuestro redentor, y en la virtud de su Cruz, que aunque el cuerpo padezca, el alma se salvará. Por tanto, desecha ese temor y congoja, y advierte que si tus persecuciones son grandes, lo son también las ayudas de costa con que te las da Nuestro Señor [337], como lo son las muchas visitas que Su Divina Majestad, y su Santísima Madre te hacen tan a menudo, los bienes espirituales que gozas en esta vida, pues estando en la Tierra, participas tantas veces parte de los gustos de aquella celestial Jerusalén, la familiaridad grande con que me comunicas a mí, y el particular cuidado con que te defiendo y guardo”. (De algunas santas se lee que tuvieron mucha familiaridad con el ángel de su guarda: de santa Liduvina virgen [338], de santa Francisca Romana [339] y de santa Isabel, hermana del rey Ekerberto y abadesa del monasterio de Esconaugia [340]) [341] [342]. “Infinitas gracias doy a mi Dios —dijo ella— y a vos, án- [33v] gel mío, que así me habéis consolado con vuestras santas razones. Pero deseo me digáis cómo, siendo yo tan gran pecadora, os veo tantas veces y gozo tan a menudo de la dulce presencia de mi redentor Jesucristo y de su Santísima Madre”. “Es gracia suya —respondió el Ángel—, que la comunica Dios a quien quiere, de la cual le darás estrecha cuenta”. “Bien sabe Su Divina Majestad —respondió— que nunca se la pedí, ni visiones, ni aparecimientos, porque, como tan miserable y pecadora, no lo merezco, y así conozco que solo por ser quien es me hace estas mercedes” [343]. “Agradéceselas mucho —dijo el Ángel—, y mira que otras personas, sin gozar deste favor, son mejores que tú. Y esto ten siempre en tu memoria, y que para mayor bien tuyo y librarte de la vanagloria, ha permitido Dios que seas perseguida y atropellada de las gentes, y andes en lenguas de tantos”.

A la fama destas cosas y otras muchas que le sucedían con su ángel, acudían a ella tantas gentes necesitadas de consuelo, que muchas veces se hallaban a la puerta del convento cien personas juntas, y a todas oía, y a todas acariciaba, sin cansarse, ni enfadarse de ninguna, que en esto tenía la con- [34r] dición de su ángel, a quien representaba las necesidades de todos, deseándolos consolar. Y tan fuertemente aprehendía la respuesta que le daba el Ángel que, con ser de cosas tan diferentes, ninguna se le olvidaba: A una persona espiritual que le rogó supiese de su ángel qué haría para agradar al Señor respondió: “Paz, oración y silencio son tres cosas que mucho aplacen a Dios”. Y a otra persona que deseaba saber lo mismo dijo: “Llore con los que lloran, ría con los que ríen y calle con los que hablan” [344]. Otra persona, necesitada de salud y consuelo, sabiendo que todos le hallaban en ella, la envió a rogar alcanzase de su ángel algún saludable consejo para llevar con paciencia los dolores de su enfermedad, que eran grandes. Y habiéndoselo consultado la santa virgen, le dio el Ángel esta respuesta: “Di a esa persona afligida y enferma que ponga por cielo en su cama a Cristo crucificado, y por cortinas las insignias de su sagrada Pasión, y ofrezca a Dios sus dolores”. Muchas fueron las respuestas que dio el Ángel a la sierva de Dios en diversos negocios que por momentos le consultaba, todas ellas misteriosas, y como unos celestiales aforismos, importantísimos para la vida del alma, de las cuales dejo algunas, por no alargar mucho [34v] este volumen y ser semejantes a las referidas.

No solamente trataba esta sierva del Señor con el ángel de su guarda y con los otros ángeles con la familiaridad que hemos visto, sino que la tuvo muy grande con muchos santos, en especial con el glorioso san Antonio de Padua, de quien desde los muy tiernos años de su edad fue tan regalada y favorecida en todos sus trabajos que en todos fue su singular patrón y abogado [345]. Una vez, estando en oración, pidiendo al Señor misericordia para sí y para otras almas, se le apareció el glorioso santo y dijo: “Hija, quien tanto agrada a su dulcísimo esposo, como tú le agradas, mucho le ha de pedir”. Y la santa, contemplando la hermosura de aquel dulcísimo niño que san Antonio traía en su mano, le comenzó a decir tales amores y dulzuras que se estuvo así gran rato hasta que el mismo santo la dijo: “Vuelve, hija mía, la cara, y duélete de tus hermanas y de sus necesidades”. Y volviendo el rostro, vio junto a sí dos almas muy necesitadas, y con el grande amor que tenía al dulcísimo Niño Jesús, le rogó entonces por ellas, diciendo con mucha humildad y confianza: “Señor, destos santísimos pies no me levantaré hasta alcanzar esta merced”; la cual le otorgó luego el piadosísimo [35r] Señor, inclinado a sus clamores y ruegos. Y dando a Su Majestad las gracias por el perdón que había concedido a aquellas almas, estendió san Antonio sobre ella la mano y, dándola su bendición, dijo: “Aquí descansa en su esposa este divino Jesús, verdadero esposo de las almas”. Duró este rapto largo tiempo y volvió la santa de él con tan grande alegría y resplandor en su rostro que causó admiración a las religiosas que la vieron.

Otra vez, acabando la bendita virgen de hacer cierta obra de caridad en beneficio de una religiosa de su casa, quedó con algún desconsuelo por verla con otras necesidades del alma. Y creciendo en ella esta fatiga, porque la necesidad espiritual de su hermana crecía, con un gran suspiro llamó a san Antonio, diciendo: “¡Oh, mi padre san Antonio, ayudadme ahora y sed mi intercesor con la Divina Majestad, para que libre a esta mi hermana”. Dijo esto con tanta caridad y amor de Dios que en el mismo punto se le apareció el santo y la dijo: “Esposa amada de Nuestro Señor Jesucristo, ¿qué me pides? ¿Qué es lo que quieres? Que tú lo alcanzaras de Su Divina Majestad” [346]. A lo cual respondió la bendita santa con profundísima humildad: “Padre mío, san Antonio, yo me hallo tan indi- [35v] gna que no me atrevo a parecer delante de mi dulcísimo Jesús menos que con vuestra intercesión”. Entonces el glorioso padre, estendiendo su bendita mano, la echó su bendición, y el Niño Jesús que tenía en la otra la dijo con muchas muestras de amor: “Yo te ayudaré en tus necesidades, y lo que ahora pides para tu hermana ya se te ha concedido; la cual dentro de un mes pasará desta vida a la eterna, perdonándola muchos años de purgatorio por tu intercesión y ruegos”. Y dando muchas gracias a Dios por esta misericordia, con grande alegría de su espíritu, se fue para la religiosa y le dijo se aparejase porque muy en breve la llevaría Dios a descansar. Preguntole qué tan breve sería su partida, y le respondió que dentro de un mes. Y fue Nuestro Señor servido que en ese mismo punto dio a esta religiosa grande contrición y dolor de sus pecados, y dentro de un mes se la llevó para Sí.

Capítulo IX. Cómo la sierva de Dios fue electa abadesa, y de un muerto que resucitó y otros milagros que hizo

Aunque la bendita Juana era muy moza para el oficio de prelada, no reparando tanto [36r] las monjas en su poca edad cuanto en su mucha virtud, la pidieron algunas veces por abadesa de su convento. Mas los prelados, considerando que no tenía sino veinte y cinco o veinte y seis años la primera vez que la quisieron hacer abadesa, lo estorbaron. Y como en otra ocasión vacase el oficio de prelada, rogaron a la Divina Majestad pusiese en él a su sierva, que tenía ya cumplidos veinte y siete o veinte y ocho años de edad. Oyolas Nuestro Señor, y, viniendo el provincial a hacer elección al convento, comenzó a hacer escrúpulo de haberlo contradicho otra vez, cuando las monjas la quisieron elegir, aunque siempre se le hacía duro poner por abadesa a quien la mayor parte del tiempo se estaba arrobada en oración, pareciéndole que se aventuraba mucho en esto, porque oficios y negocios, por más santos que sean, suelen distraer muchas veces las personas. Estando dudoso el provincial, y combatido destos pensamientos y de la instancia que las monjas le hacían, fue hecha la mano del Señor sobre su sierva, y comenzó a hablar elevada como solía; y, convirtiendo al provincial su plática —que era vizcaíno—, le habló en vascuence, mandándole la hiciese [36v] abadesa, que seguramente podía [347]. Todas las monjas la dieron sus votos, sin faltar uno, y, confirmándola el provincial, dijo: “Señoras, yo no os doy esta abadesa, sino el Espíritu Santo, que lo manda”. Y contó lo que se ha dicho. Las monjas no cabían de placer, de verse súbditas de tan bendita prelada, la cual en diez y siete años continuos que lo fue, hizo cosas importantísimas en el servicio de Dios y aumento del monasterio, que estaba tan pobre y necesitado cuando le comenzó a gobernar que solamente tenía unas tierrecillas, donde sembraban una miseria de trigo, y nueve reales de renta cada un año [348]. Mas luego quiso Dios, por los méritos de la santa abadesa, que creciese y se aumentase el convento, no solo en muy gran perfeción de santidad y virtud, sino también en los edificios y en las demás cosas necesarias a la vida humana, porque señores y grandes del reino le hicieron algunas limosnas muy gruesas. El cardenal don fray Francisco Jiménez, su gran devoto, se señaló mucho en esto, y el Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba le dio quinientas mil maravedís de una vez —gran limosna para aquel tiempo—, con que la sierva de Dios hizo un cuarto y dormitorio, el mejor que tiene el convento. Y para el culto divi- [37r] no hizo muchos ornamentos, vasos de oro y de plata, y aumentó en la casa cincuenta fanegas de pan de renta y otros tantos mil maravedís en cada un año, señalándose sobre todo en la santidad y buen gobierno del convento.

Hizo que las monjas guardasen clausura, porque hasta entonces, por ser muy pobres, ni la guardaban ni prometían, sino que salían como frailes a demandar limosna por los lugares de la comarca [349]. Con todo esto, era tan querida dellas que se tenían por bienaventuradas en tomar su bendición, besarle la mano o tocarla en la ropa de su hábito. Y, con amarla tiernamente las monjas, era tanto el temor y reverencia que la tenían que acaeció hartas veces, enviando a llamar alguna religiosa, venir temblando, de suerte que era necesario que la bendita prelada le quitase aquel temor para poderla responder. A todos sus capítulos precedían siempre raptos y muy grandes elevaciones, y allí sabía todas las necesidades del convento y de las monjas, así públicas como secretas, espirituales o temporales, y todas las remediaba y proveía, y el ángel de su guarda la decía lo que había de hacer y ordenar. Finalmente exhortábales a lo bueno, y reprehendía lo que no era tal, castigando con mucha [37v] caridad y prudencia, sin disimular ninguna culpa, por muy pequeña que fuese. Y para animar a las monjas al servicio de Dios y guarda de su profesión y regla, decía en los capítulos muchas cosas de las que el Señor por su misericordia le mostraba.

Estando una religiosa muy enferma en el artículo de la muerte, con grandes ansias y congojas que le causaba la memoria de las penas del Purgatorio y del Infierno, daba grandísimos gritos y hacía notables estremos. Viendo su temor la bendita abadesa, llena de caridad y confianza, dijo: “Hija, no temas, confía en mi Señor Jesucristo, que te crio y redimió, que no irás al Infierno ni al Purgatorio; y yo, aunque miserable, suplico a Su Divina Majestad te lo otorgue y conceda, con plenaria remisión de todos tus pecados”. Dicho esto, se fue a comulgar la bendita abadesa. Y estando arrobada espiró la enferma, y vio que llevaban a juicio su alma, y la tomaban estrechísima cuenta de sus obras, palabras y pensamientos. Viendo esto la santa virgen, daba voces a los ángeles que estaban presentes en aquel juicio, y decía: “Señores, no llevéis esa alma al Purgatorio; yo os lo ruego, porque confío en la misericordia de Dios me otorgará esta merced, que yo, indigna sierva suya, le he pedido” [38r]. Así se lo concedió Nuestro Señor, y la libertad de aquel alma, donde se ve lo mucho que pueden con Dios las oraciones de los justos [350].

A tanta virtud como la desta santa mujer, a tanto amor de Dios y celo de su honra como tenía, se sirvió el Señor autorizarlo todo con milagros, que suele ser el sello de todas estas cosas. Y como las desta sierva de Dios, tomadas desde sus primeros principios, fueron todas tan milagrosas y divinas, era menester que los testimonios para creerlas fuesen también sobrenaturales y divinos, entre los cuales merece el primer lugar la resurreción de una niña, que, habiéndola traído sus padres en romería al convento de la Cruz, murió siendo abadesa la sierva de Dios, de cuya santidad tenía el mundo tal opinión y crédito que se persuadieron los padres de la difunta que si la diese su bendición le daría también la vida. Rehusolo la humilde abadesa, escusándose con palabras de humildad, pero al fin, vencida de la piedad humana, de las lágrimas y mucha instancia con que los afligidos padres se lo rogaban, mandó que le trujesen la niña muerta, y, tomándola en sus brazos, la puso un crucifijo que traía consigo, y haciendo sobre ella la señal de la cruz, la resucitó y se la volvió a sus padres sana y buena [351], en presencia [38v] de más de ochenta personas testigos deste milagro.

Estaba en Madrid una gran señora llamada doña Ana Manrique, enferma de dolor de costado, y avisándola del peligro de su vida, cuando este fue mayor, se le apareció la bendita Juana, como constó por el dicho de la enferma y por una carta suya, con una cláusula que dice desta manera [352]: “Yo estoy mucho mejor —como vos, madre, sabéis—, como la que ha estado conmigo y me ha sanado. Bien os vi y conocí cuando me visitastes al seteno día de mi enfermedad. Estando yo desahuciada y con muy grandes congojas, os vi subir en mi cama, y tocándome las espaldas y el lado donde tenía el dolor, se me quitó luego, y con el gran placer que tuve —porque me alegró mucho vuestra vista—, lo dije. No me neguéis, madre, esta verdad, pues sabéis vos que lo es” [353]. Las monjas, entendiendo esto, se lo fueron a preguntar a la humilde abadesa; y ella, deseando encubrir el caso más que manifestarle, dijo: “No crean, hermanas, todo lo que se dice”. Mas viendo ellas que era público en la corte, y que lo divulgaba la enferma, instaron en que no lo encubriese, sino que para honra y gloria de Dios contase cómo había sido. Entonces dijo: “No piensen, hermanas, que esta caridad de [39r] haber ido a visitar a nuestra hermana salió de mí, sino de mi santo Ángel, que rogándole yo pidiese a Dios la diese salud, me dijo: ‘Mejor será que la vamos a visitar, pues es tu amiga, que para las necesidades son los amigos’. Y entrando en su aposento, me mandó la tocase en las espaldas y que hiciese sobre ella la señal de la cruz, y el ángel también la dio su bendición. Y si sanó, fue por haberla él santiguado. Y yo me maravillo mucho que permitiese Dios me viese a mí y no al ángel”.

Otro caso muy semejante a este sucedió con otra religiosa de su mesmo convento, que habiéndola llevado a fundar muchas leguas de allí, pasados algunos años, la dio Nuestro Señor una enfermedad de que murió. Y estando con los accidentes de la muerte, y con grandes deseos de ver a esta sierva de Dios, decía con muchas angustias y ansias: “¡¿Quién viese a mi madre Juana de la Cruz?!”. Y acercándose más a su fin, dijo con grandísima alegría: “¿No la véis? ¡Aquella es mi madre Juana de la Cruz!”. Y diciendo las otras monjas que se le antojaba, respondió: “No hace, por cierto, que yo bien la conozco; ella es, y bien se echa de ver en lo mucho que me ha consolado” [354]. Y después se supo haber sido cierto este aparecimiento.

[39v] [355] Dos religiosas enfermas, que la una tenía dos zaratanes, y la otra uno en un pecho tan grande como un puño, sanaron encomendándose a su santa abadesa [356]. Y una religiosa muy enferma de calenturas pidió un poco de pan de lo que hubiese sobrado a la madre abadesa, y así como lo metió en la boca, se le quitó la calentura y quedó sana.

Otra religiosa tenía un brazo muy peligroso con una grande llaga, y rogando al ángel de su guarda alcanzase de Nuestro Señor salud para aquella enferma, la respondió: “Más mal tiene esa monja del que tú piensas, porque es fuego de san Marcial, y tal que no sanará, si no fuere por milagro” [357]. El fuego se comenzó a manifestar en el brazo; ella prosiguió tan de veras su oración que alcanzó de Dios salud para la enferma. A una niña enferma de mal de corazón dio salud, haciendo sobre ella la señal de la cruz. Y al confesor del convento, estando enfermo de rabia, sanó santiguándole la comida. Y semejantes a estos hizo otros milagros en la cura de los enfermos y en aparecer muchas cosas perdidas que se le encomendaron.

[40r] [xilografía con Juana orando en primer plano a la izquierda, con rosario al cuello y cordón franciscano a la cintura, mirando al cielo; arriba a la derecha, en una nube, el ángel lleva las cuentas a Dios Padre, que las bendice. Al fondo y abajo a la derecha, el convento de la cruz; debajo de la escena: “Beata Ioanna de la Cruz orat pro nobis”] [358]

Imagen

Capítulo X. De las cuentas que bendijo Nuestro Señor a instancia de la beata Juana

[40v]

Antes que trate de las gracias y virtudes concedidas a las cuentas tan celebradas por el mundo con nombre de cuentas de la santa Juana me ha parecido conveniente advertir:

Lo primero, que, como este milagro es tan singular y que tanto ha ejercitado la devoción de los fieles, no solo en España sino en otras partes muy remotas, ha procurado el demonio por medio de ministros suyos mezclar con la verdad de milagros —que no se podían negar, por ser tan patentes—, muchas supersticiones de que estaban llenos unos sumarios que andaban estampados en manos de gente ignorante, los cuales fue necesario prohibir, como cosa de muchas maneras perniciosa.

[41r] Lo segundo, que hay gran diferencia entre virtudes que experimentamos en cosas benditas o de devoción, como agnusdeyes, reliquias, imágenes, etc., y lo que llamamos “indulgencias”, porque esto segundo presupone juridición en el concediente y, para publicarlas, certeza en la concesión. En consecuencia de lo cual, aunque se tiene por tradición muy antigua que algunos sumos pontífices, y en especial Gregorio XIII, de feliz recordación, concedieron muchas indulgencias a estas cuentas, y esto pudo ser sin bula, solo vivae vocis oraculo [359], como a instancia de los generales y de otros devotos de la religión se ha hecho en otros muchos casos, de que están llenos los compendios de las indulgencias concedidas a las religiones. Mas porque esto no constaba con la claridad que convenía, no traté en particular destas indulgencias en la primera impresión deste libro, ni tampoco tuve por inconveniente usar del nombre de indulgencias, advirtiendo, como lo hice, que los dichos sumarios que dellas andaban eran falsos y sin fundamento, y, porque aún esto no bastó, he querido en esta impresión no usar del nombre de indulgencias ni de otro que presuponga juridición hasta que [41v] conste por indulto apostólico. Y así solo uso del nombre de virtudes y gracias que el Señor concedió a estas cuentas, según se comprueba con muchos milagros, sin negar ni afirmar que Su Majestad o algunos de los sumos pontífices hayan concedido muchas indulgencias a las dichas cuentas, porque en materia de indulgencias no se puede publicar lo que no se comprueba con el indulto, ni me atrevo a negar lo que tiene la tradición tan recebido y leemos en los originales de la vida desta sierva de Dios.

Lo tercero, que estas gracias y virtudes no se han de menospreciar, porque no siempre se experimenten, pues son mercedes de Dios, que las concede a los fieles, según la buena fe y devoción de cada uno, o según necesidad de la ocasión, o como Su Majestad es servido usar de su clemencia. Claro es que sería impiedad grande afirmar que los agnusdeyes y otras cosas benditas no tienen las virtudes que se les concede en las bendiciones de la Iglesia porque no siempre se experimenten. Esto supuesto, se sigue la historia de las dichas cuentas, aprobada no solo con la tradición tan antigua, sino con muchas in- [42r] formaciones hechas jurídicamente: unas, por comisión de prelados muy graves; otras hechas por sus mismas personas, y otras por testimonio de personas muy fidedignas. De todo lo cual se hace mención refiriendo los dichos milagros.

Y como los grandes favores que el Señor hacía a su bendita sierva sor Juana eran tan manifiestos, queriéndose valer las religiosas del dicho convento de la intercesión de su bendita madre, la rogaron que alcanzase de Nuestro Señor, por medio del ángel de su guarda, bendijese sus rosarios y les concediese algunas gracias para ellas y para las ánimas de purgatorio —porque en aquellos tiempos había poquísimas cuentas benditas—. La sierva de Dios, con su gran caridad —que nunca supo negar cosa de cuantas por Dios la pedían—, ofreció tratarlo con el ángel de su guarda, y habiéndolo comunicado con él, y alcanzado de Dios lo que quería, dijo a las monjas que para cierto día juntasen todas las cuentas y rosarios que tuviesen, porque el Señor por su bondad los quería bendecir, y mandaba que el ángel los subiese al Cielo, de donde se los traería benditos [360]. No lo dijo a sordas, porque, oyéndolo las monjas [42v], buscaron en su casa y lugares de la comarca todos los rosarios, sartas y cuentas que pudieron, las cuales, para el día que señaló, se los llevaron todos. Y como eran tantos y tan diferentes las cuentas, de aquí nace haber tantas diferencias dellas: unas de azabache, otras de palo y otras de coral, y de vidrio, etc. La bendita sor Juana, cuando vio juntas tantas cuentas, las mandó poner en una arquilla —que yo he visto algunas veces, y está guardada en el convento con gran veneración desde aquel tiempo hasta hoy—, y a una de las monjas más ancianas que la cerrase con llave y la guardase consigo [361]. Hecho esto, se puso en oración, y, viéndola arrobada las religiosas, tuvieron por cierto ser aquella la hora y punto en que el Ángel habría subido a bendecir los rosarios al Cielo. Y así, llevadas de curiosidad, acudieron a la religiosa que tenía la llave del arquilla, y abriéndola vieron que estaba vacía y que no había cuenta alguna en ella, por donde tuvieron por cierto lo que habían imaginado, y volviéndola a cerrar con llave como se estaba, se fueron de allí, porque volviendo del rapto no las viese, y quedaron con gran consuelo, aguardando las gracias del Cielo que el ángel les había de traer, cuan- [43r] do tornase la sierva de Dios de aquel rapto. Y como volviese de él, se sintió por todo el convento tan grande fragrancia y suavidad de olor que, atraídas de él, vinieron a preguntar a la sierva del Señor la causa de aquella novedad. “Presto —dijo—, hermanas, lo sabréis, y la merced que el Señor nos ha hecho. Vengan aquí todas, y en especial la que tiene la llave del arquita”. Y fue cosa maravillosa que, con haber poco rato que la habían abierto y visto vacía, tornándola abrir [363] ahora, la hallaron con los mismos rosarios y cuentas que habían puesto en ella, sin que faltase ninguna, porque el ángel que los llevó al Cielo los había ya vuelto benditos y puesto en la misma arquita. Y cuando ahora la abrió la monja que tenía la llave, creció tanto el olor que salía della que se admiraron las monjas, y ella dijo que aquella suavidad y olor era de sus rosarios, que se les había pegado de haber estado en las sacratísimas manos de Nuestro Señor Jesucristo, que no solo los había dado su bendición, sino concedido muchas gracias y virtudes, las cuales iba diciendo y juntamente dando a cada religiosa sus cuentas [364]. Y destas, a unas llamaba “de los Agnus”, porque el Señor les había concedido las gracias que los sumos pontífices conceden a los agnusdeyes [43v]; a otras llamaba “contra demonios”, por la virtud que tenían para lanzarlos de los cuerpos de los endemoniados; a otras, “contra las tentaciones y enfermedades”, y a otras contra otros peligros, conforme a las virtudes que Dios puso en ellas [365]. Y esta grande maravilla sucedió el año de mil y quinientos y veintitrés.

Con este tesoro del Cielo que concedió Nuestro Señor Jesucristo a su sierva, quedaron muy consoladas las religiosas, y obligadísimas a su bendita madre, por la misericordia que por su intercesión habían recebido. Y, con mucha devoción, comenzaron a gozar las gracias de aquellas santas cuentas y rosarios; pero, deseando cada una gozar más copiosamente de aquel bien, y participar de las virtudes que las otras tenían en sus cuentas, rogaron a la bendita abadesa alcanzase de Nuestro Señor que las gracias y virtudes que había repartido Su Divina Majestad entre todos los rosarios las concediese generalmente todas a cada una de sus cuentas, porque mejor participasen de sus misericordias. La sierva del Señor se lo suplicó, y Su Divina Majestad lo otorgó, con condición que por las gracias de aquellas cuentas no despreciasen las que los sumos pontífices concediesen en la Tierra. Esta es la historia destas [44r] misteriosas cuentas, tan pocas veces vista otra semejante a ella. Y es mucho de notar que hizo Nuestro Señor esta tan señaladísima merced a su Iglesia en tiempo que la había mucho menester, por ser en el mismo que Lutero, atrevida y sacrílegamente, abrió su descomulgada boca contra las indulgencias y cuentas de perdones que los sumos pontífices concedían, y contra agnusdéis y todo género de cosas benditas.

Las virtudes destas cuentas son muchas, y por esperiencia se conoce que la tienen contra demonios, porque los lanzan de los cuerpos humanos, confesando que salen dellos por la virtud destas cuentas, y huyen de los que las traen consigo. Tienenla también contra el fuego, contra los truenos, rayos, tempestades y tormentas del mar, y contra muchas enfermedades del cuerpo y del alma: sanan las calenturas, la peste y otras enfermedades; valen contra escrúpulos, y tentaciones y espantos de los demonios. Estas y otras virtudes las concedió Nuestro Señor, como se colige de los milagros que están comprobados, que de los que no lo están, que son muchos, no trato, porque todo lo que dijere en esta historia pretendo —a honra y gloria de [44v] Dios— que sea tan auténtico y cierto que con razón ninguno lo pueda dudar. Lo dicho se ha colegido de las informaciones susodichas, y en especial de lo que debajo de juramento dijeron algunas monjas ancianas que conocieron y trataron a las compañeras de la misma sierva de Dios, que en sus deposiciones juran habérselo oído contar muchas veces, y es pública tradición desde aquellos tiempos hasta estos que estas cuentas estuvieron en el Cielo y las bendijo Nuestro Señor Jesucristo, y concedió muchas virtudes y gracias, sin que persona de cuenta haya puesto lengua en ellas, antes muchos señores deste reino y grandes prelados de él las han procurado y tenido en mucho [366]. Una tuvo el rey Filipo II, de gloriosa memoria, y nuestros católicos reyes Filipo III y Margarita tienen dos muy estimadas, y el papa Clemente VIII, de gloriosa memoria, que antes de ser pontífice vino a España con un hermano suyo, auditor de Rota, sobre los negocios del condado de Puñonrostro, fue desde Torrejón de Velasco al convento de la Cruz, donde está el cuerpo de la beata Juana, en compañía de los señores don Juan Arias Portocarrero y doña Juana de Castro —su mujer—, condes de Puñonrostro. Y [45r], informado de la vida y milagros desta virgen y de la verdad destas cuentas, después de haber dicho misa en la capilla donde está su cuerpo, pidió a soror Juana Evangelista, abadesa, alguna cuenta, y con mucha devoción llevó consigo una que le dieron. Y los benditos fray Francisco de Torres y fray Julián de San Agustín [367], varones de singular virtud y santidad, por quien en vida y después de su muerte hizo Dios muchos milagros, afirman que habían subido al Cielo estas cuentas y que Cristo nuestro redentor las bendijo y concedió muchas virtudes y perdones. Y para que los fieles las gozasen, y este celestial tesoro, persuadían a los pueblos que tocasen sus rosarios y cuentas a las que ellos traían consigo. Y cuando de la verdad destas cuentas no se tuviera otro testimonio sino el de la santidad desta sierva de Dios, y haberlo ella dicho, era bastantísimo para persuadirnos que no había de engañar a la Iglesia publicando virtudes y gracias falsas. Ni menos se puede creer que fuese engañada del demonio la que fue tan alumbrada de Dios y del ángel de su guarda. Mas lo que bastantemente prueba y confirma la virtud y verdad destas cuentas son los muchos milagros que Dios ha hecho [45v] en su abono y en confirmación dellas y de las tocadas a ellas, que tienen la misma virtud, como se verá en los capítulos siguientes. (Las cuentas originales pueden tocar a otras y las tocadas quedan con la misma virtud, pero las tocadas no pueden tocar a otras) [368].

Capítulo XI. De los muchos milagros con que Nuestro Señor ha confirmado la virtud de las sobredichas cuentas y las tocadas a ellas

Son tan excelentes y pocas veces vistas en el mundo maravillas tan soberanas y divinas como las que Nuestro Señor ha obrado por intercesión desta bendita virgen, que parecen increíbles a las gentes, si los testimonios de donde se han sacado no fuesen tan sin sospecha como en su historia se dice. Y porque ninguno la pueda tener destas cuentas, a lo menos con razón, diré, para honra y gloria de Dios, algunos de los muchos milagros con que la Divina Majestad las ha confirmado, por ser ellos la piedra del toque con que se conocen y aprueban las cosas sobrenaturales y las verdades divinas, porque nunca hace Dios milagros verdaderos en confirmación de cosas falsas, y los que hace en confirmación de cualquiera verdad la hacen evidentemente [46r] creíble, como consta de los hechos en confirmación de la fe, y de los muchos que la Divina Majestad hace cada día, aprobando la santidad de algunos santos. Y lo mismo se debe juzgar de los milagros que Dios ha hecho en confirmación destas cuentas, que hacen su verdad tan evidentemente creíble que no queda lugar a la malicia humana para dejarlo de creer. Y porque los milagros hechos en nuestros días mueven más que los antiguos, serán tan nuevos todos los que aquí dijere que no diré niguno de que los testigos, jueces y escribanos, ante quien pasaron las informaciones de donde se sacaron, no estén todos al presente vivos, y las mesmas informaciones originales o sus traslados auténticos, en el archivo del convento de la Cruz.

[369] Doña Mariana Pérez, vecina de Madrid, prestó una cuenta que tenía a Manuel Vázquez, clérigo del mismo lugar, para que conjurase con ella a una endemoniada. Y así como se la pusieron, dijo el demonio que no le echaría de aquel cuerpo la cuenta de Juana; mas oyéndolo el clérigo, dijo: “Por la virtud que Dios puso en esta cuenta de la bendita Juana, te mando, demonio, que salgas luego del cuerpo desta mujer”. Y al punto salió y quedó la [46v] mujer dando gracias al Señor, y todos con nueva devoción a las cuentas. (Consta por una información hecha por comisión del reverendísimo general de la Orden) [370].

[371] Doña Inés de Luján, religiosa del convento de Santa María de la Cruz, declara con juramento que trayendo al dicho convento una mujer endemoniada, dio ella una cuenta que tenía, y poniéndosela al cuello a la endemoniada, salió della el demonio. (Consta de la misma información) [372].

[373] El padre fray Francisco Castañoso, de la Orden de nuestro padre San Francisco, difinidor de la santa Provincia de Castilla, declaró con juramento que, teniendo unas cuentas destas, y oyendo decir en Pinto, donde era guardián, que un clérigo estaba conjurando una endemoniada, se fue a la iglesia donde la conjuraba, y así como le vio, dio un salto de más de treinta pies, huyendo de él. Y viendo esto, preguntó a la endemoniada por qué se espantaba. Y ella respondió: “Porque traes unas cuentas”. Y queriéndolo disimular el dicho guardián, mostrando las manos vacías, dijo: “¿No ves que no traigo nada?”. Mas el demonio, dando voces, decía: “Cuentas traes, cuentas traes de aquella Juana de la Cruz”. “¿Qué virtud tienen, que huyes dellas? —dijo el guardián”. Y el demonio respondió: “No te lo quiero decir”. Y tantos estremos hizo la mujer endemoniada [47r] que nunca consintió la pusiesen estas cuentas, con lo cual se experimentó lo mucho que los demonios las temen. (De la misma información) [374] [375].

[376] Isabel del Cerro, vecina de la villa de Torrejón de Velasco tenía tres cuentas destas, y saliendo de oír misa de los niños de la dotrina en Madrid, encontró con una endemoniada que traía arañado el rostro y lleno de cardenales, y poniéndole sus cuentas, comenzó luego a trasudar dando voces y balidos, como cabra, y salió della el demonio, pero así como se las quitaron, se volvió a endemoniar, y poniéndole otra vez otra cuenta de un religioso de nuestro padre san Francisco, tornó a salir della el demonio, y porque no la volviese más a fatigar, la dejó el religioso esta cuenta. (De una información hecha por comisión del ilustrísimo de Toledo y de los señores de su Consejo) [377].

[378] Estando la dicha Isabel del Cerro en Torrejón, oyó decir que un mancebo que llegó a su casa estaba endemoniado, y le llevaban a conjurar a santo Toribio de Liébana, y, movida de caridad, le puso sus cuentas, y haciendo el demonio grandes estremos, dijo: “Si supieses el tormento que me das, tú me dejarías. ¡Oh, qué veo! ¡Oh, qué veo!”. Y diciendo esto y dando grandes voces, se fue huyendo, y salió del pueblo tan apriesa que no le pudie- [47v] ron alcanzar, aunque fueron tras él muchas gentes. (De la misma información) [379].

[380] Otra mujer endemoniada llegó a la casa de la dicha Isabel del Cerro tan mal tratada que era lástima verla, pero tocándola con las cuentas en la boca, cayó como muerta y se quedó cárdena y cubierta de un gran sudor, y el demonio salió della. (De la misma información) [381].

[382] El padre fray Pedro de Salazar, consultor del Consejo Supremo de la Santa Inquisición y provincial que ha sido de la Provincia de Castilla, declaró con juramento en su deposición que sabe que las cuentas de la beata Juana no solo tienen virtud contra los demonios, sino contra el fuego, tempestades y rayos, y contra las tormentas del mar, por ser esto cosa muy sabida en estos reinos, y confirmada con muchas experiencias y milagros. Y especialmente declaró que el año pasado de mil y seiscientos y nueve, a los veinte de mayo, hubo una gran tempestad de truenos y rayos, y para defenderse della una mujer de Torrejoncillo del Crucifijo, que se llama Mari Buena, se valió de una cuenta de la beata Juana, y creciendo la tempestad, cayó un rayo y mató un perrillo que tenía en las faldas, y ella quedó sin lesión. Y después se comprobó este [48r] milagro, y la dicha mujer juró ser verdad, como dicho es. Suceden tantas cosas extraordinarias en materia de rayos que pudo esto acontecer sin milagro, pero túvose por tal, y al fin se cuenta el caso como pasó. (De una información hecha por comisión del padre general de la Orden) [383]. Y dijo más el dicho padre, que yendo él a Roma, al capítulo general que se celebró en tiempo de Sixto Quinto [384], estando en el mar cerca del puerto de Niza, se levantó tan grande tormenta que llegaron todos a punto de perecer. Y estando muy congojados, invocando el favor del Cielo, se le acordó que llevaba consigo una cuenta de la beata Juana, y lanzándola en el mar, asida de una cuerda muy larga para poderla recoger, al punto se serenó el cielo y cesó la tormenta, y el mar se sosegó de suerte que tomaron puerto. Y todos dieron muchas gracias a Dios por haberlos librado de tan manifiesto peligro, por la virtud de aquella cuenta, a que todos lo atribuyeron, por ser la serenidad tan instantánea y no esperada de los marineros.

Cristóbal del Cerro, vecino de Torrejón, dice que, viniendo una gran tempestad de truenos, relámpagos y piedra, se acordó de una destas cuentas que traía consigo. Y deseando que todos los que allí estaban conociesen [48v] la virtud destas cuentas, arrojó la que tenía a la parte donde venía la tempestad [385]. Y en ese mismo punto, cesó, y se aclaró el cielo, con gran admiración de todos. (De una información hecha por comisión del ilustrísimo de Toledo y de los señores de su Consejo) [386].

[387] Luisa Román, vecina de Torrejón, tuvo una grave enfermedad, de que llegó a estar desahuciada, y estando casi muerta, la pusieron al cuello las cuentas de la beata Juana, y vio en sueños que una monja de su hábito le ponía las dichas cuentas y decía que se esforzase [388], que con ellas sanaría. Y cuando despertó, se halló cubierta de un gran sudor y con salud, no sin grande admiración de los que la habían visto en tan grave peligro. Y todos alabaron al Señor por tan grande maravilla. (De la sobredicha información) [389].

Ana de Lero, viuda vecina de Torrejón, estuvo muy apretada de perlesía [390], de manera que no podía mandar el brazo, ni la pierna izquierda [391]. Y encomendándose a la beata Juana, prometió, si le sanase, una novena ante su santo cuerpo, y poniéndose una de sus cuentas, se halló repentinamente sana. La cual también el año de la peste tuvo dos secas mortales [392], y vino a estar desahuciada de los médicos y desamparada de la gente de su casa, que huyendo de la peste, la dejaron; pero ella, confiando en una cuenta que tenía y que por [49r] méritos de la santa la daría Nuestro Señor salud, quiso Su Divina Majestad que a la mesma hora en que dijo el médico moriría, se cubriese de un sudor, y quedó buena, y llamó a la gente de su casa, pidiendo que le diesen de comer. Y preguntando el médico a la mañana si era difunta, le dijeron que estaba mejor, y entrándola a ver, la halló sin calentura. Y cuando estuvo bien convalecida, vino a velar el cuerpo de la beata Juana, como lo había prometido. (De la misma información) [393].

[394] Doña Isabel Vallejo estuvo en Alcalá de Henares muy apretada de mal de corazón y con otras enfermedades tan peligrosas que llegó a estar desahuciada, pero poniéndola una destas cuentas sobre el corazón, se la pegó a las carnes, como si se la clavaran, y comenzó luego a mejorar, y con mucha brevedad alcanzó entera salud de todas sus enfermedades, por la virtud que Dios puso en aquella cuenta. (De una información hecha por comisión del reverendo padre general de la Orden) [395].

[396] Gerónima Evangelista, religiosa del convento de la Cruz, declaró que, comiendo un poco de pescado, se le atravesó una espina en la garganta, y, temiendo ahogarse, se encomendó al glorioso san Blas; mas, viéndose todavía apretada de su dolor, y acordándose de [49v] las cuentas de la beata Juana, la llamó en su ayuda, y poniéndose una dellas en la garganta, al punto saltó la espina sangrienta por aquella parte donde había estado hincada en la garganta, y quedó buena. (De la misma información) [397].

[398] Una señora de Madrid, que por justos respetos no nombro, estando muy fatigada de escrúpulos y pensamientos contra la fe, con que el demonio la inquietaba, procuró una cuenta de la beata Juana, y solo con traerla consigo, quedó libre de las tentaciones del demonio. (De la sobredicha información) [399]. Y puesta la misma cuenta a una nieta del alcalde Villarroel en Madrid, que estaba enferma con grandes calenturas, quedó luego buena, descubriéndose en esto la virtud que Nuestro Señor puso en estas cuentas contra peligros del alma y del cuerpo [400].

[401] María Núñez, vecina de Torrejón, dijo a Isabel del Cerro, vecina suya, que ya no había salvación para ella, porque estaba condenada, y que el ángel de su guarda la había desamparado. Oyendo esto, la dicha Isabel del Cerro le puso en la mano sus cuentas de la beata Juana, con que se adormeció por espacio de una hora. Y, despertando, dijo: “¡Ay, señora!, ¿qué es esto que me ha puesto, que en ello está mi salvación y mi remedio?”. Y quedó libre de aquella [50r] desesperación y locura en que estaba. (De una información hecha por comisión del ilustrísimo de Toledo y de los señores de su Consejo) [402].

[403] Ana López, vecina del sobredicho lugar, rogó a la dicha Isabel del Cerro le diese una de sus cuentas para ponerla a un hijo suyo que veía muchas visiones malas. Y desde que se la puso, nunca más las vio, antes quedó muy sosegado y quieto. Y, pasado algún tiempo, pidió que le tornase su cuenta, pues su hijo estaba bueno; mas, codiciosa della no se la quiso dar, por lo cual la dicha Isabel del Cerro, dijo: “Plega a Dios que no la goces”. Y así sucedió, porque rezando la dicha Ana López en ella, se le desapareció de las manos, dejándola llena de confusión y temor, y nunca más la vio de sus ojos. (De la mesma información) [404].

[405] Inés Bautista, religiosa en el monasterio de la Cruz, dio una destas cuentas a Francisco de Rojas, su primo. Y perdiéndosele en un camino, la echó menos, y tornándola a buscar algunas leguas, rogando a la gloriosa Juana de la Cruz se la deparase porque la estimaba en mucho, la halló en un arenal en el aire, levantada una vara del suelo. Y con mucha reverencia la tomó y la hizo engastar en oro; y, lleno de lágrimas y devoción, contó a la dicha su prima esta historia, según que ella lo refiere con juramento —no se le pudo tomar [50v] al dicho Francisco de Rojas, y así no hay deste caso otra comprobación—. (De una información hecha por comisión del padre general de la Orden) [406].

[407] Así mismo consta de una información y de un testimonio de Isidro García, escribano público de la villa de Cubas, que el año de mil y seiscientos y siete, a los once días del mes de julio, estando Ana de Montoya, vecina de Valdemoro, en la iglesia del monasterio de la Cruz, cumpliendo una novena que había prometido a la bienaventurada Juana —por haber librado a su marido de una enfermedad muy peligrosa— y deseando mucho tener alguna de sus cuentas, le rogaba le deparase alguna. Y estando en esto, vino una por el aire, que cayó de lo alto, y la dio en la frente, viéndolo Ángela de Ávila, mujer de Juan Girón, y Catalina de Tolosa, mujer de Juan Martínez, vecinas de Ciempozuelos, que se hallaron presentes y lo declararon ante el dicho escribano. Y considerando el sitio donde estaba la mujer cuando cayó la cuenta, fue caso milagroso que no pudo ser por industria humana, por no haber por allí cerca ninguna puerta, ventana, agujero, ni resquicio por donde la pudieran echar. Y así lo tienen por milagro de la gloriosa Juana de la Cruz. (De una información hecha por comisión del ilustrísimo de Toledo y de los señores de su Consejo) [408].

Capítulo XII. De otros milagros que Nuestro Señor ha hecho con las cuentas tocadas a las cuentas originales

[51r]

No solamente las cuentas que subió el Ángel al Cielo y bendijo Nuestro Señor tienen las virtudes que hemos visto, sino también las tocadas a ellas, como la bendita Juana lo dijo a sus monjas. Y comprueban mucho más la virtud destas cuentas los milagros hechos con las tocadas a ellas que los que se han hecho mediante las mesmas que bendijo Nuestro Señor en el Cielo, porque si solo por haber tocado a estas cuentas tienen tal propiedad y virtud las tocadas, que lanzan demonios y hacen otros milagros, claro está que no carecerán desta virtud las cuentas que se la dieron a ellas, pues en buena filosofía la contienen con eminencia. Y porque los milagros son prueba tan suficiente de las cosas sobrenaturales —que ninguna los iguala, porque hecho un milagro en confirmación de la dotrina que se predica, es visto ser Dios el testigo della—, contaré aquí algunos colegidos de las dos informaciones sobredichas y de otra hecha con autoridad del Ilustrísimo de Toledo, para ave- [51v] riguar ciertos milagros del beato fray Julián de San Agustín, por quien ha hecho tantos Nuestro Señor que pasan de seiscientos los que están comprobados jurídicamente en noventa y dos informaciones auténticas, con mil y cuatrocientos testigos: primero por autoridad del ordinario y después por especial comisión de Su Santidad [409]. (De una información hecha por comisión del ilustrísimo de Toledo. Está en el oficio del secretario Salgado) [410]. Este siervo de Dios tenía una cuenta de las originales, y tanta devoción con ella que exhortaba a las gentes tocasen sus rosarios a ella. [409] Y en esta obra de caridad le sucedieron casos estraños con los demonios, que se lo procuraban estorbar, como lo comprueban los milagros siguientes [411]:

Estando el bienaventurado padre en las eras del lugar de Villanueva, vino a él Mari Sanz, mujer de Bartolomé de Onchel, el Viejo, y rogándole tocase su rosario a la cuenta que el santo padre traía en el suyo, dijo: “Levanta primero esa piedra que está junto a nosotros”. Probolo la mujer por dos veces, mas no pudo, porque abrasaba como fuego y se quemaba. Y viendo esto el beato fray Julián, dijo: “No trabajes, hija, que no es piedra esa, aunque lo parece, sino un demonio que pretende impedir que no se toquen tus cuentas [52r] a la de la beata Juana, porque no goces de las virtudes que Dios puso en ellas”. (De una información hecha por comisión del ilustrísimo de Toledo. Está en el oficio del secretario Salgado) [412]. Semejantes casos a este le sucedieron muchas veces en el dicho lugar de Villanueva, y en el de Camarma, como consta de la dicha información, y que las piedras desaparecían en descubriendo el santo lo que eran. En la villa de Mejorada, estando el siervo de Dios tocando otros rosarios a la cuenta que tenía, llegó a él Juliana Díaz, hija de Alberto de Cobeja, para que le tocase diez cuentas, y el santo dijo: “Ya están tocadas otra vez, y tienen la virtud de las cuentas de la beata Juana”. Y constó ser así, y haber más de dos años que Francisco Moreno, vecino de Getafe, las había tocado en Madrid a otra cuenta [413].

[414] Madalena Escribano, vecina de Torrejón de Velasco, fue muy tentada del demonio, que se le aparecía muchas veces, y ofreciéndole una soga, le decía que se ahorcase, pero fue Nuestro Señor servido que poniéndole una cuenta tocada, nunca más el demonio le apareció, y quedó libre de él y de los temores y espantos que la ponía. (De otra información hecha por comisión del ilustrísimo de Toledo) [415].

[416] Cierto doctor estaba muy apretado de escrúpulos y pensamientos contra la fe, con que el demonio le apretaba, y habiendo oído [52v] decir las virtudes de las cuentas de la beata Juana, procuró una de las tocadas, y —solo con traerla consigo— quedó libre, y con la misma cuenta lanzó al demonio de un hombre. (De una información hecha por comisión del padre general de la Orden) [417].

Carrillo, clérigo y cantor de la santa Iglesia de Toledo, tenía una cuenta de las tocadas, y pensando ser de las originales —porque por tal se la habían dado—, llegando donde estaba un endemoniado, le dijo el demonio que se apartase de él, porque traía una cuenta de santa Juana, que, aunque era de las tocadas, tenía la misma virtud que las otras, y le atormentaba mucho con ella [418]. Y con esto el dicho clérigo salió del engaño en que estaba, y supo que su cuenta no era original, sino de las tocadas, y que tenía la misma virtud que las que Cristo bendijo. Y aunque el demonio sea padre de mentiras, en casos semejantes no suele permitir Dios que nos engañe. (De la misma información) [419].

[420] María Madalena, religiosa del convento de la Cruz, declaró en su dicho que una mujer de Madrid vino a velar al dicho convento, y dijo que, viendo ella llevar a conjurar a un endemoniado y acordándose de las cuentas de la beata Juana, dijo: “¿Quién tuviera una?”. Oyolo otra mujer que iba con ella, y respondió: “Yo tengo una de las tocadas, pero no la [53r] quiero dar, porque no se pierda”. Y la dicha mujer dijo: “Pues déjeme tocar otra en ella, que aunque las tocadas no valen, la fe bastará”. Y tocando una cuenta a la tocada, se fue con ella a la iglesia donde conjuraban al endemoniado. Y así como entró por la puerta, comenzó el demonio a dar voces, diciendo que le echasen de allí aquella mujer, que con una cuenta que traía le atormentaba más que todo el infierno junto [421]. (De la sobredicha información) [422].

[423] Declaró doña Catalina de Salazar que una esclava de su madre tenía una cuenta de de las tocadas, y que yendo un día a la plaza, vio mucha gente alrededor de un endemoniado, y llegándose a mirarle, comenzó a dar voces el endemoniado, diciendo: “Quítenme de ahí esa esclava, que me atormenta con una cuenta que trae de aquella Juanilla”. (De la sobredicha información) [424]. Y oyéndolo la gente, dio lugar a que la dicha esclava llegase y pusiese la cuenta al endemoniado, y al punto salió el demonio de él, dejándole libre y a todos los que presentes estaban admirados de la virtud que puso Dios en las dichas cuentas [425]. (De la mesma información) [426].

[427] Juan de Urriaga, vecino de Cubas, tenía una cuenta quebrada de las tocadas, y yendo a la villa de Pinto, halló que estaban conju- [53v] rando en la iglesia a una mujer endemoniada. Y así como le vio, comenzó a dar voces el demonio, diciendo que le echasen de allí aquel hombre que traía una cuenta de Juanilla de la Cruz, que le atormentaba más que el infierno. Y el dicho Arriaga la dio al clérigo que conjuraba, y poniéndosela a la endemoniada, salió luego della el demonio, y la dejó libre. (De una información hecha por comisión del ilustrísimo cardenal de Toledo) [428].

[429] Catalina de Santa Ana, religiosa muy anciana del convento de la Cruz dio a un hombre una destas cuentas, y pensando él que era de las originales, no vía la hora que hacer esperiencia della y de la virtud que tenía contra los demonios. Y encontrando un endemoniado, se la puso, y, muy furioso el demonio, haciendo muchos estremos, dijo: “No es cuenta de santa Juana la que me lanza, sino de santa Ana”, porque así se llamaba la religiosa que se la dio, y por no ser original, sino de las tocadas. (De una información hecha por comisión del reverendo padre general de la Orden) [430]. Otros muchos milagros dejo de poner, por parecerme que con estos se prueba bastantemente la virtud destas cuentas y la que tienen las tocadas a ellas, y destas son las más que andan, que de las originales que bendijo Nuestro Señor en el Cielo hay poquísimas, porque con el tiem- [54r] po se han consumido y acabado. En el convento de la Cruz hay dos desde el tiempo de la gloriosa Juana, y entre las monjas de él se hallan algunas, y otras personas particulares también las tienen. Y en el lugar de Cubas, como tan cercano al convento de la Cruz, se hallan algunas, tan estimadas de los que las tienen que se heredan de unos en otros, y las dejan por manda de testamento cuando mueren, por la gran devoción que tienen a las dichas cuentas, y mucha esperiencia de las virtudes que Dios puso en ellas.

Capítulo XIII. De otros muchos milagros que ha hecho el Señor mediante las dichas cuentas

El clementísimo Señor, que tantos favores hizo a su sierva sor Juana de la Cruz, al mismo tiempo que se trataba del menosprecio de las cuentas que Su Divina Majestad bendijo a su instancia, se sirvió de hacer otros muchos en defensa de la verdad, y en lugares muy públicos, donde los jueces eclesiásticos y seglares pudiesen hacer averiguaciones jurídicas, de los cuales pondré aquí algunos para mayor [54v] gloria de Nuestro Señor.

Francisco Rodrígez, hijo de Antonio Rodríguez y de Helena Rodríguez, vecinos de Monforte de Lemos, y residente en la ciudad de Valladolid, de veinticuatro años de edad, estando un jueves en la noche bueno y sano de sus ojos, se halló tan ciego a la mañana que aunque los abría no pudo ver la luz del día, ni la claridad del sol ni otra ninguna cosa [431]. Y así anduvo ciego, arrimado a un palo y pidiendo limosna, casi tres meses, hasta que llegándola a pedir al monesterio de San Francisco de Valladolid, después de habérsela dado el portero, teniéndole mucha lástima, le puso sobre los ojos una cuenta original de la beata Juana de la Cruz, que está en el mismo convento, y le tocó a ella el rosario que traía, diciendo que tuviese mucha devoción y fe con la santa, y que cuando se fuese a acostar se pusiese aquel rosario muchas veces sobre los ojos, y así lo hizo con la mayor devoción que pudo toda aquella noche, llamándola hasta quedarse dormido. Y despertando a la mañana, día del Domingo de Ramos del año de mil y seiscientos y once, se halló con los ojos claros y buenos, y con la misma vista que de antes, por lo cual, no cabiendo de [55r] contento, se levantó de la cama dando gritos y sin acordarse del palo en que se arrimaba, porque no le hubo menester, se fue derecho a dar las gracias a la santa, al sobredicho convento de San Francisco donde está su imagen pintada, y a que viesen los frailes y el portero la merced que Dios le había hecho, sobre lo cual le examinó jurídicamente el doctor don Fernando de Valdés, provisor general del obispado de Valladolid. Y hecha información con otros muchos testigos jurados y con intervención del fiscal de la audiencia episcopal, se halló ser verdad lo sobredicho por la misma información original que está en el oficio de Juan de Vega, notario, en Valladolid, y su traslado auténtico en el convento de la Cruz. También el doctor Ortega de Salazar, teniente de corregidor de Valladolid, hizo otra información sobre este caso ante Pedro de Ávila, escribano de Su Majestad y público del númerode la dicha ciudad, comprobada por Antonio Vázquez de Barreda y Juan de Gamarra, escribanos reales y públicos del número de Valladolid. Asimismo consta de un testimonio, firmado y signado de siete escribanos reales y públicos del número de la sobredicha ciudad, el cual [55v] está originalmente guardado en el convento de la Cruz [432]. (Consta de diversas informaciones) [433].

El mismo año sucedió en Valladolid que un niño de trece meses, hijo de Juan de Velasco, batidor de oro, estando enfermo con esquinencia y mal de garrotillo, a lo cual se le juntó una apostema en la garganta, y sobre todas estas enfermedades, no mamaba y tenía ya levantado el pecho, por lo cual le desahuciaron los médicos que le curaban [434]. Y viendo los padres que se les moría su hijo y que no había remedio en la Tierra para él, se le encomendaron a la beata Juana de la Cruz y le pusieron en la garganta tres de sus cuentas tocadas, con que se le reventó la apostema y echó por las narices y boca grande cantidad de materia y de sangre, y sin hacerle otro ningún beneficio tomó luego el pecho y quedó bueno, teniéndolo todos por milagro de la santa, como lo declaró con juramento el doctor Hernán Sánchez, catedrático de Medicina en la Universidad de Valladolid, que fue el médico que le curaba, siendo examinado jurídicamente por el doctor don Fernando de Valdés, provisor general del obispado de Valladolid, que hizo la información deste milagro [435], la cual está en el oficio de Juan de Ve- [56r] ga, notario, en Valladolid, y su traslado auténtico en el convento de la Cruz. (Consta de una información hecha ante el doctor don Fernando de Valdés, provisor de Valladolid) [436].

Sucedió también el mismo año que Manuela de Toro, hija de Antonio de Toro y de Ana de la Fuente, vecinos de la sobredicha ciudad de Valladolid, estando con grandes corrimientos en los ojos y con dos nubes en ellos, aunque la hicieron muchos remedios, ninguno fue de provecho, hasta que le pusieron en los ojos la cuenta original de la beata Juana, que está en el convento de San Francisco de Valladolid, con que quedó sana y con vista [437]. (De la sobredicha información) [438].

María de Tordesillas, hija de Gabriel de Tordesillas, mercader de ropería en Valladolid, siendo niña de solos dos meses, la dieron unas cuartanasy calenturas muy recias que la duraron cuatro años [439], y fue Dios servido que tocándole la cuenta de la beata Juana, que está en San Francisco, y poniéndole al cuelo otra de las tocadas a ella, quedase luego sana y de todo punto buena [440]. (De la misma información) [441].

María Mejía, mujer de Juan de Mójica, escribano en Valladolid, llegó a cegar de ambos ojos de achaque de unas cataratas [442], y poniéndole en ellos el rosario de su marido, que estaba tocado a la cuenta de la santa, y enco- [56v] mendándose a ella, cobró vista a la segunda vez que la pusieron el rosario sobre los ojos. (De la misma información) [443].

Gaspar de Artiaga, que reside en la corte, y doña Ana Pérez, su mujer, declararon cómo estando el dicho Gaspar de Artiaga con dolor de costado y muy grandes calenturas, desahuciado de los médicos, encomendándole su mujer a la beata Juana de la Cruz, y haciendo sobre el lado que le dolía muchas cruces con una cuenta de las tocadas, fue Dios servido que al punto se le quitó el dolor y la calentura, y estuvo bueno. Y así prometieron de ir a visitar su cuerpo, y estando cumpliendo su promesa, juraron ser verdad lo sobredicho, de que se hizo información, la cual está originalmente guardada en el convento de la Cruz, y en ella se refiere otro caso muy semejante a este [444]. (De una información hecha por la justicia de Cubas ante Juan Fernández Muñoz, escribano real y del número) [445].

En Villaseca de la Sagra había una mujer muy perseguida del demonio, que se le aparecía muchas veces en diversas figuras, dándola muchos golpes y porradas [446], mas fue Nuestro señor servido que poniéndole una de las cuentas tocadas, no la maltratase más el demonio, ni llegase a ella de allí adelante, aunque una vez se le apareció y la dijo que si no se quitaba aquella cuenta que no era de las ori- [57r] ginales verdaderas de Juana de la Cruz, la ahogaría. Y notó la mujer que esta vez no se le acercó el demonio como solía, ni se llegó a ella con más de cinco pasos, de lo cual dio testimonio Juan Fernández de Plaza, escribano de Su Majestad y notario del Santo Oficio en la villa de Cubas, año de mil y seiscientos y once. (Consta de un testimonio original que está en el convento de la Cruz) [447].

Doña Luisa de Porres Montalvo, vecina de Valladolid, estando sorda de ambos oídos, sin aprovecharle ningún remedio de muchos que le hicieron, sanó tocándole la cuenta de la beata Juana de la Cruz; y, poniéndola en los oídos otras de las tocadas a ella, quedó de todo punto sana, y la información original está en el convento de la Cruz [448]. (De una información que hizo en Valladolid el doctor Ortega Salazar, teniente de corregidor, ante Julián García, escribano) [449].

En la ciudad de Palencia había un hombre endemoniado que en viendo a un cirujano de la misma ciudad huía y le decía que se apartase de él porque le venía a matar, mas diciéndole el cirujano que mirase que no tenía armas con que le ofender, repondió que con las cuentas que traía consigo de Juana de la Cruz [450]. Queriendo conjurar a este endemoniado, se juntó infinita gente y el sobredicho cirujano; mas, así como le vio, dijo [57v], nombrándole por su nombre: “¿Qué me quieres, Pedro Doblanca, que así me persigues y abrasas?”. Replicole el cirujano que con qué le hacía tanto mal, pues no traía armas con que ofenderle. Entonces, el endemoniado, levantando la voz, dijo: “Con las que duermes de noche, que son tres cuentas tocadas a la de Juana de la Cruz, las cuales traes en las muñecas y garganta”, en lo cual se manifestó ser el demonio quien hablaba en aquel hombre, por ser esto tan secreto que ninguno lo sabía. Y conociose más, porque a los primeros conjuros, mandándole el cura dijese quién era, dijo que era Satanás. Entonces, pidiendo el cura alguna cuenta de la beata Juana, le dieron un rosario que le echó al cuello, aunque lo rehusó mucho el endemoniado y comenzó a hacer muchos visajes y gestos, dando muestras de gran sentimiento y dolor. Por lo cual, preguntándole el cura qué sentía, respondió que mayores tormentos y penas con aquel rosario que si por tres mil años hubiera estado en el infierno, padeciendo todos los tormentos y penas que allí se padecen. Y decíalo con voz tan temerosa y triste que atemorizaba a todos cuantos lo [58r] oían. Preguntado por el cura cúyas eran aquellas cuentas que tanto le atormentaban, respondió que de Juana de la Cruz. Y tornándole a preguntar si eran de las originales, dijo que no, sino de las tocadas, y que saldría de aquel cuerpo si se las quitase, porque le abrasaban mucho. El cura se las quitó, y al parecer de todos salió el demonio de aquel hombre, y nunca más ha tornado, antes después acá siempre le han visto hacer cosas de mucha devoción y pedir cuentas de la santa, que trae consigo. La información original deste caso, como se ha contado, está en el convento de la Cruz. (Consta de una información hecha en la ciudad de Palencia por el licenciado Manuel García de Miranda, provisor general, ante Francisco Enríquez de Rueda, notario apostólico) [451].

En la villa de Madrid sucedió el año de mil y seiscientos y once que estando muy enferma María de Alvarado, colchonera, de un fuerte mal de corazón que le daba muy a menudo, durándole cuando menos hora y media, estando actualmente con este mal, la pusieron en la muñeca de la mano una cuenta de la beata Juana, y en el mismo instante tornó en sí y estuvo buena, con grande admiración de todos los que lo vieron, que quedaron alabando al Señor en su sierva [452], a lo cual se hallaron presentes [58v] muchos testigos y siete escribanos públicos de Su Majestad, residentes en su corte y provincia, y un notario apostólico, que dieron fe y lo signaron con sus signos y firmaron de sus nombres, como parece del testimonio original, que está en el convento de la Cruz. (De un testimonio signado y firmado de siete escribanos reales y de un notario apostólico) [453].

Todos los milagros que hasta aquí se han referido en este capítulo son del año de mil y seiscientos y once, y tantos los que Nuestro Señor hace cada día mediante las cuentas desta su sierva que si todos se hubiesen de escribir, ocuparían gran volumen, por lo cual, dejando muchos, contaré una maravilla pública y muy notoria, vista y examinada de muchas gentes, que hoy y cada día obra Dios en la villa de Griñón, seis leguas de la corte del Rey nuestro señor, en una mujer apasionada con tan grandes desmayos que, con darla muy a menudo, le suelen durar dos días con sus noches; lo cual la procede de un fuerte mal de gota coral [454], que por haber muchos años que le tiene y ser persona de edad es incurable en ella, según lo afirman los médicos que la han curado [455]. Estando como muerta con este mal y con estos desmayos tan grandes, privada de [59r] todo género de sentido, si la ponen una cuenta de la beata Juana, vuelve en sí diciendo: “¡Jesús!”, y, si se la quitan, al mismo punto se torna a desmayar, conociéndose el mismo efeto todas las veces que se la quitan y ponen, de suerte que en dándola el desmayo, su remedio consiste en que la pongan la cuenta. Y esto es tan sabido en aquella tierra que las personas que tienen alguna destas cuentas, para salir de duda y saber si son de las verdaderas, van y hacen experiencia en esta mujer enferma, según consta de diversos testimonios que cerca desto han dado diferentes escribanos que lo han visto, y de una declaración del doctor Rojas, médico, hecha ante Francisco Ortiz de Herrera, escribano público del Rey nuestro señor, cúyo es también el testimonio siguiente (Estos testimonios están originalmente en el convento de la Cruz) [456]:

“Yo, Francisco Ortiz de Herrera, escribano público de Su Majestad, vecino y natural desta villa de Griñón, testifico y doy fe que María de la Vieja, hija de Bartolomé de la Vieja, vecina de la dicha villa, ha estado enferma de tres años a esta parte, y lo está al presente de un mal que llaman los médicos “gota coral”, que la suele dar tan furiosamente que se da grandes golpes en su cuerpo, durándole dos días [59v] con sus noches; y, habrá cosa de cinco o seis meses, que habiéndole dado este mal y estando la dicha María de la Vieja privada de sus sentidos, poniéndole una cuenta de la beata Juana de la Cruz en el cuello o garganta o en otra cualquier parte de su cuerpo, de suerte que le tocase a la carne, volvía luego al punto del desmayo, diciendo muchas veces: ‘¡Jesús!’, y en quitándosela, al mismo instante se trababa de todos sus sentidos y la volvía el dicho mal, pero, teniendo puesta la dicha cuenta, tornaba en sí, hasta que de todo punto estaba buena. Y, viéndose este milagro tan patente, como le da de ordinario y muy a menudo el desmayo, muchas personas que tienen las dichas cuentas y reliquias se las ponen a la dicha María de la Vieja estando desmayada y sin sentido, y luego vuelve en sí, lo cual en mi presencia se ha hecho infinitas veces, especialmente una noche que habiendo llegado al monasterio desta villa de Griñón el padre fray Diego Ordóñez, comisario general de la Orden del seráfico padre San Francisco, el señor don Pedro de Mendoza, hijo mayorazgo del señor don Íñigo López de Mendoza, señor desta villa y de la de Cubas, llamó en mi presencia a su paternidad reverendísima para que viese [60r] los milagros que hacía Nuestro Señor por medio de las cuentas de la beata Juana, y lo fue a ver y vio cómo el dicho señor don Pedro tocó a la dicha María de la Vieja una cuenta, y que haciéndole con ella misma la señal de la cruz, diciendo: ‘En nombre de la Santísima Trinidad y de la beata Juana’, aunque estaba desmayada, volvía luego y decía: ‘¡Jesús!’; y si la quitaban la dicha cuenta, le volvía a dar el dicho mal y quedaba privada de los sentidos, como antes. Y viendo Su Paternidad Reverendísima tan gran milagro y tan patente, sacó dos cuentas que traía consigo de la beata Juana y vio hacer la dicha prueba y que volvía en sí con cualquiera dellas, y quitándoselas la volvía el dicho mal y desmayo. Y esto pasó en presencia de mí, el escribano, y del dicho padre comisario general y de su secretario, y del guardián de Pinto y de otros muchos, que todos se admiraban y dieron muchas gracias a Dios de ver por sus propios ojos tan grande milagro hecho por medio de las cuentas de la beata Juana de la Cruz. Y lo mismo doy fe que sucede todas las veces que le da el dicho mal, poniéndole cualquiera de las dichas cuentas. Y para que conste, di este testimonio y lo signé y firmé. Y el dicho señor don Pedro [60v] de Mendoza lo firmó en Madrid, a ocho de abril de mil y seiscientos y once años. Don Pedro González de Mendoza y Bosmediano. En testimonio de verdad, Francisco Ortiz de Herrera”.

No quiso Nuestro Señor encerrar la virtud destas cuentas dentro de los límites de España, sino que estendiéndose fuera della, la gozasen otras naciones que la han ya experimentado y conocido. En la ciudad de Ays [457], del reino de Francia, el día de Pascua de Resurreción, a los ventidós de abril del año de mil y seiscientos y doce, pasando por la dicha ciudad el padre fray Antonio de Trejo, comisario general de Indias, y otros padres provinciales y custodios de la Orden de nuestro padre San Francisco, de las provincias de España, que iban al capítulo general que se había de celebrar en Roma, estando en el convento de nuestro padre San Francisco de la misma ciudad, supieron cómo había en ella un monasterio de religiosas muy reformadas de la Orden de Santa Clara, en el cual, de cuarenta monjas que había, las veinticuatro estaban endemoniadas, caso que lastimaba a toda la ciudad y reino [458]; por lo cual el obispo de la misma ciudad, movido de compasión, las llevó a su palacio, donde las [61r] tenía con todo el recogimiento y regalo posible, para que con mayor comodidad se acudiese a remediar tanto mal, y al consuelo espiritual de sus almas, como se hacía con la asistencia del dicho señor obispo y de dos religiosos de nuestra Orden, a quien estaba cometido este cuidado. Algunos de los padres que allí se hallaron, especialmente el padre fray Gerónimo de Cavanillas, letor jubilado en Teología y custodio de la provincia de Valencia, el padre fray Pedro Jover, letor de Teología y custodio de la provincia de Cataluña, que ahora es provincial della, el padre fray Juan Grao, letor de Teología de la misma provincia, el padre fray Pedro Echavarri, predicador de la provincia de Santiago, y el padre fray Juanetín Niño, vicecomisario general de Indias y letor de Teología de San Francisco de Salamanca, oyendo un caso tan lastimoso y deseando poner algún remedio en él, juntamente con los dos religiosos a cuyo cargo estaba el acudir al consuelo espiritual de las religiosas, fueron el primer día de Pascua al palacio del señor obispo, adonde vivían las religiosas con su abadesa; y las que estaban sanas los recibieron en una sala alta a modo de capilla, donde vieron un altar en que estaba el Santísimo Sacramento con sus luces y algunas religiosas de rodillas [61v], las cuales, después que hubieron hecho oración, les trajeron las que estaban endemoniadas, y aunque lo rehusaron mucho, vinieron de mala gana y por fuerza, dando voces y echando muchos espumajos por la boca, y arañándose los rostros y sudando con grande aflición y congoja. Por lo cual, llevando el dicho padre fray Juanetín una cuenta de la bendita Juana de la Cruz, se la puso sobre la cabeza a una de las que estaban endemoniadas, sin decirle cúya era, pero luego la comenzó ella a manifestar dando grandes voces y haciendo más feos y más espantosos visajes; y, lastimándose mucho, dijo: “Quítamela, quítamela”. Y el padre no lo quiso hacer, antes la preguntó qué sentía con aquella cuenta que tanta pena le daba. A lo cual respondió en lengua francesa que la quitasen la cuenta, porque aunque la hiciesen pedazos no lo diría. Viendo esto, la mandó, en virtud del Espíritu Santo y de la dignidad sacerdotal que tenía, dijese qué sentía con aquella cuenta y cúya era. Estuvo gran rato la endemoniada sin querer responder ninguna cosa, hasta que, apretándola con conjuros, dijo que aquella cuenta era de Juana la Española, y que sentía tanto fuego con ella después que se la pusieron sobre la cabeza [62r] como si la metieran en un horno de fuego ardiendo. Preguntola también qué virtud tenía aquella cuenta, y aunque al principio lo rehusó, apretándola más, dijo que tenía muchas virtudes, y mandándola en virtud del Espíritu Santo que, para gloria de Dios y de su sierva la bienaventurada Juana de la Cruz, dijese cuál era la mayor, dijo: “Tiene virtud contra nosotros”. Y preguntándole de dónde tenía la cuenta esta virtud, respondió la endemoniada que de la bendición de Dios de arriba, y que un ángel la había subido arriba —señalando al cielo—, para que Dios la bendijese. Mientras esto pasaba así con esta religiosa endemoniada, muchas de las otras se iban huyendo, pero trayéndolas a la presencia de todos y poniéndoles las cuentas, sucedía con ellas lo mismo que había sucedido con la otra, confesando cada una de por sí que la cuenta era de Juana y que llevándola el ángel arriba, la bendijo Dios, de donde se le pegó la virtud que tenía. Y porque al principio no entendían bien los padres algunas palabras que decían las endemoniadas, por ser en lengua francesa, se las declaraban los dichos dos religiosos, a cuyo cargo estaba el consuelo espiritual de las monjas, y un doctor médico, que [62v] las curaba. Asimismo vieron que tocando sus rosarios a la dicha cuenta, hacía lo mismo el demonio, confesando que tenían la propia virtud, y poniendo a una dellas en la boca un rosario tocado a la dicha cuenta, hacía visajes y daba voces, diciendo que si no se le quitaban le haría pedazos. Y la dijo el dicho padre que no podría, porque ya las cuentas de aquel rosario tenían virtud de Dios, y ella respondió: “Verdad es, que no puedo”; y así no las hizo ningún daño.

Vieron también que con otra de las dichas cuentas que llevaba el padre Cavanillas —uno de los sobredichos— sucedió lo mismo, y que el padre fray Pedro Jover llevaba consigo dos cuentas que le habían dado en Castilla, aunque de la una estaba dudoso si lo era, porque la persona que se las dio le dijo que la una era certísima y la otra no la tenía por tan cierta. Y preguntando el dicho padre a una de las endemoniadas le dijese, para honra y gloria de Dios y de su santa, si aquellas cuentas eran de la santa Juana, respondió que la una era certísima, señalando la que le habían dado por tal, y que la otra no era de las verdaderas. Vieron también cómo en presencia de los que allí estaban —según que a todos pareció—, salió [63r] el demonio de los cuerpos de las religiosas que estaban endemoniadas poniéndoles la dicha cuenta, porque, al punto que las dejaba el demonio, quedaban cansadas y sudando notablemente, y hacían la señal de la cruz y se persinaban, y las que poco antes huían de la cuenta la besaban, dando muestras de devoción y de estar libres del demonio; y la que primero se hallaba libre de él ayudaba luego a las otras para que las pusiesen la cuenta. A lo cual y a todo lo sobredicho se hallaron presentes los dichos padres, y dieron testimonio dello y juraron ser verdad in verbo sacerdotis [458].

También son testigos vivos y mayores de toda excepción los que han visto y leído una carta fresca del ilustrísimo señor cardenal Dietrichstain, arzobispo de Nichilspurg, en Alemania, para la señora marquesa de Mondéjar, su hermana [459], donde está una cláusula del tenor siguiente:

“Haráme Vuestra Excelencia merced singular en enviar la otra cuenta de santa Juana de la Cruz, porque cierto les he cobrado devoción infinita, viendo los milagros grandes de la que tengo acá, que su mujer del señor de Mechau, camarero mayor del rey de Hungría [460], estaba con la vela en la mano, cerrándola los ojos [63v] pensando que espiraba, que había parido un hijo muerto y le daban pasados de cuarenta veces al día dolores de corazón y desmayos, y se la envié allá, y puesta al cuello, reposó luego, y hoy está bonísima. Fuera de otros particulares beneficios que he experimentado yo”.

Y la dicha señora marquesa, habiendo leído esta cláusula de la carta a las monjas de la Madre de Dios de Constantinopla de Madrid, donde está aposentada, la envió al señor obispo que fue de Canaria, don fray Francisco de Sosa, el cual la leyó y copió, y dio un testimonio firmado de su nombre y sellado con su sello y refrendado de Juan Alonso de Medina, su secretario, que se hallará en el archivo del monasterio de la Cruz, donde testifica conoce la letra, firma y sello del dicho señor cardenal, y que la carta es toda de su mano, con que demás de ser tan evidente que a la dicha señora marquesa nadie le había de escribir carta falsa, queda más autorizada su legalidad y verdad.

Otros muchos milagros refieren personas muy fidedignas, que callo por no hallar cerca dellos informaciones jurídicas, y porque los dichos bastan para el intento, que es pro-[64r] bar son grandes los méritos de la bendita sor Juana de la Cruz, y muy ciertas las virtudes de sus cuentas, pues se manifesitan más y en partes tan remotas al tiempo que mayor contradición les hacen, que es el ordinario medio con que suele Nuestro Señor defender su causa.

Capítulo XIV. De algunas revelaciones y cosas muy provechosas que comunicó Nuestro Señor a su sierva y de cuán devota fue de la Virgen Nuestra Señora

Resplandece tanto la suavidad y alteza del espíritu del Señor en todas las revelaciones que comunicó a esta virgen, que aunque su vida está tan llena dellas —que se podría llamar una revelación continuada— quise escribir este capítulo de revelaciones atendiendo a que el comunicárselas Dios fue para el aprovechamiento de muchos, como se lo dijo el Ángel mandándoselas escribir. Y este fue el fin que tuvo la extática virgen en manifestarlas, y el que ahora se tiene en sacarlas a luz, para que leyéndolas el pecador se consuele, considerando las mi-[64v] sericordias de Dios, que respladecen mucho en ellas, como se verá en una que contó ella a sus monjas, por las palabras siguientes:

“Llevándome mi santo Ángel un día de la gloriosa santa María Madalena [461] a visitar la iglesia donde está su santo cuerpo, por ganar los perdones que allí están concedidos, y pasando por cierta ciudad de Castilla, vi en un campo mucha gente alrededor de una hoguera, de la cual entre las llamas y el humo salía un alma más resplandeciente que el sol, con dos ángeles que la llevaban en medio, y otro que iba delante con una cruz en la mano, todos caminando muy apriesa para el cielo [462]. Y díjome mi santo Ángel: ‘Porque veas lo que puede la misericordia de Dios y la contrición en un hombre: aquella alma que viste subir desde las llamas al cielo acompañada de los ángeles es de un hombre viejo, grandísimo pecador, que estuvo de asiento en un pecado mortal, tan abominable y feo que no solo merecía las llamas de aquella hoguera, sino ser quemado en el infierno’. Prendiole la justicia y confesó [65r] llanamente su pecado, pidiendo a Dios misericordia y rigurosa justicia al juez, diciendo quería pagar su delito en esta vida; y aunque la salvara, si quisiera, escogió morir y padecer esta pena en satisfación de su culpa. Y así, después de haberle dado garrote, le quemaron en aquella hoguera, de la cual y de su cuerpo sale en este punto el alma y se va derecha al Cielo, acompañada de aquellos ángeles, como ves. Y me huelgo que lo hayas visto, porque sepas que mientras el alma está en las carnes, tiene lugar la misericordia de Dios, que le halla entre la soga y la garganta del hombre”. (Este ejemplo más es para confiar en la misericordia de Dios que para imitarle, por el peligro que trae consigo la penitencia que se dilata para la hora de la muerte [463]) [464].

Estando en oración un día, le mostró Nuestro Señor que a un ermitaño de santa vida, que hacía penitencia y vida solitaria en un desierto, se le apareció el demonio en figura de Cristo crucificado, y le dijo: “Adórame, que soy tu Dios, que por ti me puse en esta cruz, y me agrada mucho tu oración y penitencia” [465]. Hízolo el ermitaño, y estándole adorando, arrodillado a los pies de aquel falso crucifijo, llegaron otros muchos demonios, diciendo: “Príncipe de tinieblas, vuelve a tu reino infernal, que nos le destruyen los ángeles del Crucificado. Y, pues sabes que se paga de voluntades, y que recibe la deste ermitaño [65v] como si adorara al mismo Dios del Cielo, déjate de esas vanas adoraciones que le haces, que tan poco te aprovechan, y vuelve luego a tu miserable reino, que es lo que más te importa”. “Quiso Nuestro Señor que oyese estas cosas el ermitaño para alumbrarle por este camino —dijo la sierva de Dios —, y que yo os las dijese a vosotras, para que conozcáis las cautelas del enemigo, y os guardéis de sus engaños, que son mayores de lo que los hombres piensan”. (En semejantes casos admite Dios la voluntad por la obra [466]) [467].

Sucedió otra vez a esta sierva de Dios, día de santa Lucía, que, estando elevada en oración, y su espíritu en aquel celestial lugar donde Dios le solía poner, vio —como otro profeta Esaías— al Señor de los ejércitos sentado en un trono de grandísima majestad y gloria, cercado de infinitos ángeles y santos, que daba premios y mandaba se hiciesen fiestas a la gloriosa santa Lucía, por haber padecido en tal día y derramado su sangre por la honra de su nombre [468]. Considerando estas cosas y cuán bien premiaba Dios los trabajos padecidos por su amor, le parecía decirle el [66r] mismo Señor, con voz tan sonora y fuerte como el ruido de muchas aguas: “No os despidáis vos, hija mía, de recebir otro tanto como ahora doy a esta mi sierva”. La humilde y devota virgen, con mucha confianza y amor, después de haberle adorado, dijo: “Inmensas gracias doy a Vuestra Majestad por tan soberana merced, que no la pienso yo recebir menor de vuestra poderosa y liberalísima mano, porque no me hartan, Señor, esos dones, ni satisfacen esas joyas, regocijos ni fiestas, porque la hambre de mi alma no se puede satisfacer menos que bebiendo desa fuente de vida. Y hasta que lo alcance y consiga, no cesaré de suplicarlo a Vuestra Divina Majestad”.

Otra vez, estando en profundísimo rapto, la vino a visitar la gloriosa santa Bárbara, su muy particular devota, y razonando con ella, dijo: “Bien sabéis vos, señora, lo mucho que os desea servir esta indigna sierva vuestra”. “Sí sé, hermana —respondió santa Bárbara— [469]. Y querría también que supieses tú que te amo en el Señor y tengo por mi singular devota y amiga”. Con esto pusieron fin a su plática las santas vírgenes, y apenas fue acabada, cuando le apareció el ánima de un niño [66v] que acababa de espirar, rogándola dijese a su madre que castigase a sus hijos, porque daría estrecha cuenta a Dios Nuestro Señor de lo mal que los criaba. “Y yo doy a Su Majestad muchas gracias por haberme traído a este santo reino en tan tierna edad, que, si llegara a ser grande, me condenara, por la mala crianza de mi madre. Dile que mire por mis hermanos, y los castigue antes que sean mayores y se pierdan. Mi madre se llama Fulana, y vive en tal lugar, y es mujer de Fulano” [470]. Con esto la sierva de Dios la envió a llamar, y contó todo lo que pasaba, con tales señas que no lo pudo poner en duda, y quedó desde entonces tan aficionada a la sierva de Dios que la visitaba muy a menudo, aprovechándose de los santos consejos que le daba.

Todos los años, desde el día que se fundó el convento de la Cruz, se celebra en él el aparecimiento de la Reina de los Ángeles los primeros nueve días de marzo, en los cuales se apareció la santísima Virgen —como queda dicho— [471]. Y cada año en estos nueve días, a la hora de maitines, vía la sierva de Dios una solenísima procesión en que venía la Madre de Dios, con muchos ángeles y santos [67r], y las almas de muchas monjas de aquella casa, y de otras personas difuntas que estaban en la bienaventuranza y habían sido devotas del santo aparecimiento, y también las que estaban en purgatorio, que las sacaba la Virgen de penas en esta santa fiesta. Y antes de entrar en el convento, daba una vuelta alrededor, echando su bendición a los campos en contorno del monasterio, en el cual entraba luego y iba derecha al dormitorio de las monjas donde estaban recogidas, unas en oración y otras durmiendo [472]. A todas las bendecía con palabras de grandísima caridad y amor, y hablaba con sus ángeles custodios, y ellos le representaban las oraciones y buenos deseos con que se habían aparejado para celebrar la fiesta de su santo aparecimiento. Y decía Nuestra Señora: “Estad constantes en los trabajos, que así se ganan las coronas”.

Otras veces mandaba a sus ángeles custodios que les pusiesen guirnalas de rosas en sus cabezas, aunque ellas no lo vían ni entendían [473]. Y algunas veces las reprehendía con palabras dulcísimas. Desde aquí se iba al coro con todo aquel acompañamiento celestial, y asistía a los maitines. Y la bienaventurada Juana, en espíritu, se hallaba presente a [67v] todo, y andaba la procesión. A la mañana, a la hora de misa mayor, que volvía en sus sentidos, se iba al coro, donde oía los oficios divinos y sermón, y veía la procesión. Y a este punto se solía elevar, y cuando volvía en sí, la rogaban las monjas dijese lo que había visto. Y ella, con mucha humildad, contando lo que se ha dicho, les decía que había visto a la Reina del Cielo en aquella procesión, y que bendecía a los que habían venido a celebrar la fiesta de su santo aparecimiento, que fuesen muy devotas de él y de la Santísima Virgen, porque a su instancia tenía Dios otorgadas en esta iglesia muchas gracias y mercedes.

Había en este santo monasterio una imagen muy antigua de milagros, en quien las monjas tenían mucha devoción, y la traían en procesión el día del santo aparecimiento; mas porque ya estaba muy vieja y deslustrada, la hicieron el rostro y cabeza de nuevo, y porque la sierva de Dios la viese —que estaba enferma en la cama—, se la llevaron a la celda, donde por su consuelo se la dejaron sobre un altar. Y aquella misma noche, estando la santa en oración, vio en visión imaginaria a la Reina de los Ángeles que estaba junto a la imagen, a quien la sierva de Dios suplicó concediese algún favor [68r] a su imagen. Y la noche siguiente, a la hora de maitines, vio cómo Cristo Nuestro Señor se apareció y bendijo la dicha imagen, la cual desde entonces es muy venerada por la tradición deste milagro [474]. Y destos suele Dios hacer muchos, según la necesidad de los tiempos, y haciendo en este los herejes tantas injurias a las santas imágenes, mal recebirán esta maravilla, pero el Señor la hizo para confusión suya y confirmación del uso antiguo de la Iglesia.

En esta sierva del Señor se experimentó lo que los santos dicen: que es singular medio para llegar al punto de la perfeción cristiana la devoción de la Virgen Nuestra Señora, de la cual fue tan devota esta su humilde sierva que desde muy niña la rezaba su rosario, y por no tenerle de cuentas, le hacía de cordel, con ñudos en lugar de paternostres y avemarías. Y siendo mayor, así como crecía en la edad crecía también en esta santa devoción, de suerte que cuando llegaban las fiestas de la Santísima Virgen, a sus grandes penitencias, ayunos y ejercicios ordinarios, añadía otros extraordinarios y extraordinarias penitencias, con que se disponía para celebrarlas dignamente. Por lo cual fueron grandes las [68v] mercedes que Dios la hizo en estos días, y mayores y más frecuentes sus raptos, en los cuales tomaba el Señor por instrumento su lengua, para publicar las alabanzas de su Santísima Madre. Y así, estando esta sierva del Señor en oración, y abstraída de sus sentidos en las grandes elevaciones y raptos que veremos en el capítulo siguiente, un día de la Anunciación de Nuestra Señora del año de mil y quinientos y ocho, contemplando la obra tan maravillosa de la Encarnación del Verbo, que aquel día representa la Iglesia, y la humildad tan profunda con que la sacratísima Virgen dio su consentimiento para ser Madre de Dios, dijo que cuando encarnó el Verbo divino en sus virginales entrañas, vio en aquel punto la esencia divina y otros muchos misterios que le fueron revelados —como lo habían dicho graves autores [475] [476]—, y que mereció más en aquella hora, obedeciendo a la voluntad de Dios y dando crédito a las palabras del ángel, que merecieron todos los ángeles cuando dieron a Dios la obediencia, y más que todos los mártires en sus martirios, y más que todos los confesores en cuantas penitencias hicieron, y más que todas las vírgenes en la virginidad y limpieza que guardaron.

[69r] Asimismo un día de la Presentación de Nuestra Señora del año de mil y quinientos y nueve, estando esta bienaventurada en un rapto que le duró muchas horas, dijo que desde el mismo punto en que la serenísima Reina de los Ángeles fue concebida en el vientre de su madre, santa Ana, tuvo uso de razón, como si fuera de edad perfeta, y muy grande amor y conocimiento de Dios, en que fue siempre creciendo, y en todas las demás virtudes hasta llegar a ser entre las puras criaturas la más perfeta y santa de cuantas hubo, ni habrá jamás en el Cielo ni en la Tierra [477] [478].

Otra vez, día de la resurreción del Señor del año de mil y quinientos y ocho, estando elevada, dijo que cuando Nuestro Señor Jesucristo salió del sepulcro glorioso, y, resucitado, apareció primero que a otra ninguna persona a su sacratísima Madre, por ser ella la que más había sentido su muerte y su sagrada Pasión, y en quien más viva estaba la esperanza de la santa resurreción [479] [480].

[69v] Estas mercedes y otras muchas hizo Dios a su sierva en las fiestas de su sacratísima Madre, y en las de su purísima Concepción las recibió muy aventajadas, por ser devotísima desta fiesta, la cual celebraba con particular regocijo y devoción, y porque la tuviesen sus monjas las hacía en estos días devotísimas pláticas. Un día de la purísima Concepción [481] del año de mil y quinientos y nueve, estando en oración se quedó elevada en un profundísimo rapto que le duró algunas horas, y estando así por espacio de una hora entera, nunca dejó de hablar, diciendo lindezas y alabanzas de Nuestra Señora; llamábala “la purísima”, “la rosa entre espinas”, “la que sola entre los hijos de Adán fue concebida sin pecado original”. Y asimismo declaró el Evangelio: “Beatus venter qui te portavit[482], que es el que aquel día rezaba entonces la Iglesia en el oficio propio, y otras muchas autoridades de la Sagrada Escritura y de los Psalmos, declaradas todas en alabanza de la Reina de los Ángeles. Estas y otras cosas de mucha edificación decía la bendita abadesa a sus monjas en las pláticas espirituales que les hacía, demás de los sermones que estando elevada predicó, que tanta admiración causó [70r] a cuantos la oyeron, de que en el capítulo siguiente se hace mención.

Trujeron a la sierva de Dios una niña de teta muy enferma para que la diese su bendición, y así como la vio, revelándola el Señor que estaba endemoniada, dijo a las monjas con grande aflición de su espíritu: “Grande es la alteza de los secretos de Dios, pues permite Su Divina Majestad que el demonio tenga poder para atormentar esta niña inocente, que no ha más de siete meses que nació. Ruegoos, hermanas, que la encomendemos a Dios” [483]. Y haciendo sobre ella la señal de la cruz, quedó libre de aquel espíritu malo que tanto la atormentaba. Y podemos decir desta niña lo que Cristo Nuestro Señor del ciego: que no cegó por sus pecados, ni por los de sus padres, sino por la gloria de Dios, que se había de manifestar en su salud. Sucedió muchas veces a esta sierva del Señor que estando en oración en su celda, rogando a Dios por las personas que se le encomendaban, las veía a todas ellas y sus necesidades y trabajos, tan clara y distintamente como si las tuviera presentes. Y contándoselo al ángel de su guarda, le respondió que se las mostraba Dios porque quería le rogase por ellas [484]. Y en cierta ocasión le dijeron los santos ángeles [70v] que con tan grande afecto de amor podía una persona sentir y llorar la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo que le fuese tan acepto sacrificio a Su Divina Majestad como si derramase sangre y padeciese grandes trabajos por él —que tanto como esto agrada a Dios la memoria de su sagrada Pasión— [485]. “Estas cosas y otras muchas —decía a sus monjas— me muestra mi santo Ángel, por la voluntad de Dios, para mi aprovechamiento; y para el vuestro os las digo, y que me ha hecho el Señor tanta merced que me ha dado tanta luz y claridad en ellas que certísimamente conozco ser suyas, y por tan verdaderas y ciertas que así lo juraría, si me obligasen a ello, aunque por no haber tenido mi alma tanta claridad al principio, no recibía tanto consuelo en las revelaciones que el Señor me mostraba como ahora. Por lo cual esta miserable pecadora da infinitas gracias a Su Divina Majestad”.

Capítulo XV. Cómo por virtud divina habló la sierva de Dios por espacio de trece años cosas maravillosas estando elevada, y del don de lenguas que le concedió Nuestro Señor

[71r] Uno de los mayores trabajos que tuvo la beata Juana en esta vida fue que muchas personas, deseando saber las mercedes que Dios le hacía y secretos que en aquellos éxtasis y raptos la revelaba, se lo preguntaban muchas veces. Y como la bendita virgen era tan humilde, sentía esto de manera que decía quisiera más decir sus faltas que las misericordias y mercedes que Dios le hacía. Y si dijo algunas, y muchas de las que en esta historia van escritas, fue por mandárselo Dios, unas veces por sí y otras por el ángel de su guarda [486]. Y como por esta ocasión estuviese muy desconsolada, queriendo el Señor librarla destas fatigas —y consolar también a sus siervos, que deseaban saber estas cosas, para cuyo bien obraba Su Majestad muchas dellas—, tomó por medio enmudecerla y hablar por la boca de su esposa. Y así, habiéndole el Señor aparecido y consolado, quedó muda por algunos meses [487]. Y después, tornándole a aparecer en otro rapto, la tocó con su divina mano y quedó sana. Pero en el tiempo de su mudez y por algunos años después, estando la sierva de Dios elevada, predicaba, diciendo por virtud divina maravillosas sentencias y decla- [71v] rando profecías y lugares difíciles de la Sagrada Escritura, con grande admiración de todos los que la oían, viendo tan manifiestamente la virtud del Señor en su sierva. Durole esta singularísima gracia trece años, hablando unas veces de ocho en ocho días, y de quince en quince, otras veces de cuatro en cuatro, otras a tercer día, otras un día tras otro, y algunas temporadas dos veces: más o menos, como el Señor era servido. Divulgándose por el reino esta grande maravilla, la venían a ver muchas gentes, aunque no todos con igual intención, porque algunos la traían muy dañada. Y para confusión destos y de otros incrédulos, estando arrobada hablaba con ellos, mostrando la revelaba Dios lo que tenían en el corazón, y reprehendiéndoles decía: “¿Quién eres tú, que quieres limitar el poder de Dios? ¿No tiene ahora el mesmo que tuvo siempre? ¿No puede poner su gracia en quien quiere? ¿No puede hacer vaso en que quepa?”. A este propósito sucedió que un inquisidor muy celoso de las cosas de la fe, no pudiendo sufrir se dijese que el Espíritu Santo hablaba por boca desta santa mujer, vino a oírla, con ánimo de examinar sus palabras. Y fueron tales las que dijo en aquel día que a la mitad del sermón se hincó de [72r] rodillas el inquisidor, y estuvo así derramando lágrimas hasta que la sierva de Dios acabó de predicar; y, vuelta en sus sentidos, rogó a la abadesa se la dejase ver a la grada, y dándose recios golpes en los pechos, decía: “Venía yo a examinar las palabras de Dios, pero ya conozco ser suyas todas las que a esta santa mujer he oído” [488]. Y después de haberla hablado a solas, encomendándose en sus oraciones, se volvió, no poco edificado de la humildad que conoció en ella, y muy aficionado a su dotrina. Y para mayor testimonio de que este negocio era del Cielo, no pocas veces la oyeron hablar en diversas lenguas de que nunca tuvo noticia, especialmente en la latina, arábiga y otras [489].

El obispo de Ávila, don fray Francisco Ruiz, fue devotísimo desta bendita virgen, y por su devoción dio a su convento dos esclavas moras de las que había traído de la conquista de Orán, donde había ido acompañando al cardenal don fray Francisco Jiménez [490]. Estaban tan obstinadas en la ley de Mahoma que de solo proponerlas la de Cristo y decirles si querían ser cristianas, lloraban amargamente y se arañaban las caras hasta derramar sangre dellas. Lleváronselas una vez a santa Juana, en [72v] ocasión que predicaba en la forma dicha, y, convirtiendo a las moras su plática, les habló en algarabía [491], y ellas también la respondieron en el mesmo lenguaje. Y tales cosas les dijo que las convirtió a la fe y se bautizaron [492]. Y después, estando arrobada, las habló otras veces en arábigo y muchas en latín, con algunos letrados que la venían a oír, advirtiéndoles de cosas y defetos particulares suyos [493].

Con todas estas experiencias y otras muchas que se vieron, por ser cosa tan insólita y maravillosa, los prelados de la Orden, por obiar lo que algunos mal intencionados decían, mandaron a la abadesa que cuando hablase de aquella manera, la encerrasen en la celda, sin que ninguna persona la oyese, aunque fuese de las mismas monjas [494]. Pero una vez quiso Nuestro Señor que, habiéndola dejado sola y encerrada —como lo tenía ordenado el provincial—, tardó tanto en volver del rapto que la abadesa, cuidadosa del suceso, envió una monja que supiese lo que había. Y llegando a la celda donde la virgen estaba, vio muchas aves de diversos colores, levantados los cuellos, como que escuchaban lo decía —que las había Dios enviado para que la oyesen— [495]. Y contándolo a la abadesa, fue con algunas re- [73r] ligiosas, y hallaron ser verdad lo que la monja había dicho, en lo cual se conoció ser la voluntad del Señor que oyesen a su sierva y lo que por su boca decía. Pero mientras se dudó desto y de la verdad destas cosas, bien fue esconderlas al mundo, para escusar la variedad de sus juicios, mas cuando ellas mismas hacen certidumbre que es Dios el autor, y el milagro de los pájaros lo comprueba, justo es que no lo encubran los hombres. Y así, el provincial, informado desta maravilla, concedió que hablando en aquellos raptos, la pudiesen oír personas principales y a quien él diese licencia —porque el convento en aquel tiempo no era de los encerrados—. Con esta nueva licencia, atraídos de la fama destas grandes maravillas, venían infinitas gentes eclesiásticas y seglares, predicadores, letrados, religiosos de todas órdenes, canónigos, inquisidores, obispos, arzobispos, el Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba [496], el cardenal de Toledo don fray Francisco Jiménez, muchos condes, duques, marqueses, señores y señoras de todos estados, testigos deste misterio, que lo vieron muchas veces por tiempo de trece años. Y entre ellos quiso ver esta maravilla por sus ojos el emperador Carlos V [73v] nuestro señor, y quedó muy aficionado a la sierva de Dios.

Cuando el Señor dio a su sierva esta gracia a los veinticuatro años de su edad, siempre que la recebía era estando en rapto. Y muchas veces, según lo que parecía, la oían hablar con los ángeles, con los apóstoles y santos, como quien tenía al Señor presente, ante quien hacía sus peticiones, rogando por todas las personas del mundo en general y por algunas en particular, y por las ánimas de purgatorio. Hecho esto, juntaba sus manos —viéndolo todos— y haciendo muchas inclinaciones con la cabeza, muy humildes y profundas, oraba tan en secreto que ninguna palabra se le oía, salvo verla mover los labios, como persona que habla. Y después, puestas las manos, se quedaba con grandísimo silencio. Entonces llegaban las religiosas, y levantándola del suelo sin que ella lo sintiese, la llevaban a su celda y ponían sobre su cama. Y luego, con voces altas y concertadas, en muy apacible y suave tono —que todos los que allí estaban lo entendían— hablaba cosas maravillosas. Y finalmente, eran los dichos sermones y pláticas espirituales de mucha edificación y provecho, declarando la Sagrada Escritura y los Evangelios del [74r] año, conforme a las fiestas de él, durando en cada sermón cuatro, cinco, seis y siete horas, sin descansar ni menear más que la lengua, que en lo demás estaba como muerta; tanto que cierta señora, estando una vez oyendo el sermón muy cerca, la hincó por la cabeza un alfiler de manera que la sacó sangre, y aunque por entonces no lo sintió, vuelta del rapto se quejó mucho dello [497].

[498] Otra vez, predicando, se llegó a ella una persona eclesiástica muy ilustre, y asiéndola del brazo, que le tenía recogido sobre el pecho, se le arrojó fuertemente, por ver si hacía algún movimiento o se quejaba del dolor, pero ella, insensible a todo esto, prosiguió con lo que iba diciendo, y el brazo se estuvo así caído, hasta que llegó una religiosa y se le puso sobre el pecho, como antes le tenía. Y hablaba con tanta gracia, suavidad y dulzura que, con ser tan largos los sermones, ninguno se cansó jamás dellos. Cuando acababa y volvía en sí, quedaba la virgen hermosísima: el rostro muy resplandeciente, y su persona y vestidos y todas las cosas que a ella tocaban, llenas de un olor celestial. Y de la gran fuerza con había hablado, queda- [74v] ba con un sudor tan copioso que de ordinario la mudaban el hábito y las tocas. Y cuando tornaba en sus sentidos la hacían comer, porque quedaba muy desfallecida y desmayada. Era cosa admirable que no sentía cosa de cuantas por ella exteriormente habían pasado, si después no se lo decían. Y porque los siglos que están por venir tuviesen noticia de tan grandes maravillas, dio Nuestro Señor sabiduría y gracia a una religiosa que no sabía leer ni escribir llamada sóror María Evangelista, para escribir un gran libro intitulado del Conorte, que contiene los sermones que predicó en un año la gloriosa Juana, ayudándola otras dos religiosas llamadas sor Catalina de San Francisco y sor Catalina de los Mártires, de lo cual hay tradición y pública voz y fama en el monasterio de la Cruz. Y algunas monjas ancianas —que hoy viven— conocieron a la dicha sor María Evangelista, y juran que conocen su letra y se lo oyeron decir muchas veces.

Este Libro del Conorte contiene setenta y un sermones, divididos en otros tantos capítulos, escrito en setecientas y treinta y tres hojas de folio, el cual se guarda en el convento como reliquia de grande estima, y con razón [75r], por ser milagroso todo cuanto hay en él, como lo es haberle escrito una mujer sin saber leer ni escribir, y que percibiese de memoria todo lo que la bendita predicadora decía, de suerte que acabando de oír su sermón, le escribía, con ser algunos de doce y de veinte pliegos de papel, llenos de Teología y autoridades de la Sagrada Escritura. Y en solo un año, tomando parte del de mil y quinientos y ocho, y parte del mil y quinientos y nueve, escribió esta bendita mujer trecientos y setenta y cinco pliegos, que son los que contiene este libro, de letra muy legible y asentada, aunque ya el tiempo y la polilla le tienen muy maltratado. Los sermones que predicó esta sierva del Señor en este año, como están originalmente en el libro del Conorte, son los siguientes:

[499] “De la Encarnación, “De la Natividad”, “De la Circuncisión”, “De la Epifanía”, “De la huida a Egipto”, “Excelencias del santo Baptismo”, “Reprehensiones y consejos”, “De la Purificación de Nuestra Señora”, “De la creación de Adán”, “Septuagésima”, “De santas y verdaderas dotrinas”, “De la cátedra de san Pedro”, “De la parábola del Evangelio del Sembrador”, “De cómo el redentor se perdió en Jerusalén”, [75v] “De cómo ayunó y fue tentado en el desierto”, “De cómo los pecadores piden al Señor mercedes”, “Del Domingo de Ramos y fiestas del Cielo”, “Del Miércoles Santo”, “Del Jueves de la Cena”, “Del Viernes Santo”, “De los misterios de la santísima Resurreción”, “Del buen pastor”, “De la Cruz”, “Del Evangelio que se canta el Domingo antes de la Ascensión” [500], “De la santa Ascensión del Señor”, “Del Espíritu Santo”, “De la Santísima Trinidad”, “De Corpus Christi”, “De la santa fe católica”, “De excelencias del día del Viernes”, “De los días de la semana”, “De la Visitación de Nuestra Señora”, “De san Juan Baptista”, “De san Llorente”, “De san Juan Baptista”, “De san Pedro y san Pablo”, “De la santa Cruz”, “De la Madalena”, “De santa Ana”, “Del mayordomo malo”, “De la Transfiguración”, “De san Llorente mártir”, “De cómo el Salvador lloró sobre Jerusalén”, “De santa Clara”, “De la Asumpción de Nuestra Señora”, “De san Bartolomé”, “De la degollación de san Juan Baptista”, “De las fiestas que Nuestro Señor hizo a Natanael”, “De la Natividad de Nuestra Señora”, “De la Exaltación de la Cruz”, “De cómo el redentor resucitó el hijo de la viuda”, “De la conversión de san Mateo, “De figuras celestiales y dotrinas”, “De reprehensiones por [76r] nuestros pecados”, “De san Miguel y de todos los ángeles”, “Del glorioso padre nuestro san Francisco”, “De las fiestas que hacen a nuestro redentor los días de viernes”, “De fiestas celestiales”, “Declaración del Evangelio de las Vírgenes”, “De san Lucas”, “De san Simón y Judas”, “De Todos los Santos”, “De las penas del infierno”, “De las cosas del Antecristo”, “De la dedicación de la Iglesia”, “De la Presentación de Nuestra Señora”, “De la Purísima Concepción de Nuestra Señora”, “De reprehensiones” y “Del Adviento”; todos con grandes misterios. Y es el libro destos sermones no de poca autoridad, por la continuada tradición con que se ha conservado desde la vida de la sierva de Dios, con admiración y aprobación de tantos prelados, generales y provinciales que han visitado aquel convento por espacio de ochenta y más años. Y cuando la tradición de alguna cosa se va continuando desde el día que aconteció por una comunidad entera, tiene mucha autoridad.

Capítulo XVI. Cómo Nuestro Señor dio el sentimiento de sus llagas a la bendita Juana, y el apóstol san Pedro la sanó estando sorda

[76v]

En los trece años que el Señor favoreció tanto a su santa esposa, obró en ella cosas muy misteriosas y divinas. Y, porque a las veces tiene Dios celos de las almas que mucho ama, y se las quiere todas para sí, ensordeció a su querida esposa, porque se divertía en la consideración de las criaturas, y recebía alguna consolación y deleite en oír cantar los pajarillos, no queriendo que emplease su amor en otra ninguna cosa sino en Él; y en prendas del que Su Majestad la tenía, obró en ella una soberana maravilla, vista y tratada de muchos, y en especial de todas las monjas del convento, de fray Alonso de Mena, su confesor, de fray Alonso de Tarracena, su compañero, y de otros religiosos y padres graves de la Orden, que la vieron y experimentaron [501]. Fue el caso que queriendo el Señor enriquecer y honrar a su querida esposa, la dio por joyas preciosas los dolores y señales de sus [77r] sacratísimas llagas, cuya historia y suceso milagroso pasó desta manera:

Año de mil y quinientos y veinticuatro, siendo la virgen de cuarenta y tres años de edad, un año después de la concesión de las cuentas, sucedió que un Viernes Santo por la mañana, estando en oración, puesta en cruz, se quedó arrobada, tan estendidos y yertos los brazos y todos los miembros de su cuerpo como si fuera un crucifijo de piedra, de suerte que ninguna fuerza humana la pudo quitar de aquella santa postura —aunque se probó algunas veces— [502]. Viéndola las monjas arrobada y en tan diferente postura de lo que otras veces solían, y que el rapto iba muy adelante, la llevaron a la celda y se fueron todas al coro, por ser hora de entrar en los oficios divinos. Estando en él mientras se decía la Pasión, entró la virgen en el coro, derramando muchas lágrimas. Y vieron las monjas cómo entraba arrimándose a las paredes, que no podía andar ni tenerse sobre los pies: traíalos descalzos —como solía—, y porque no los podía asentar en el suelo, estribaba solamente en los talones y puntas, con tanta dificultad como si pusiera los ojos donde asentaba los pies. Viendo esto las monjas, la pregun- [77v] taron por señas —que, como estaba tan sorda, no entendía de otra suerte— cómo venía de aquella manera. Respondió que no podía andar porque la dolían mucho los pies. “Mirámoselos —dice la monja que escribió esta historia—, y vimos que tenía en los pies y manos las señales del Crucificado redondas, del tamaño de un real de plata, de color de rosas muy frescas y coloradas, y de la propia figura y color correspondían igualmente en los empeines y plantas de los pies y de las manos, por arriba y por abajo, y salía dellas tanta fragrancia de olor que con ninguna cosa criada se podía comparar”. Quejábase de los grandes dolores que la causaban estas señales. Las religiosas, cuando la vieron así, lloraban de devoción, y daban gracias a Dios por lo que con sus ojos veían y con sus propias manos palpaban. Y tomándola en brazos —porque no podía andar ni sustentarse en los pies—, la llevaron a la celda, y haciéndola mil caricias, lastimadas y devotas, la preguntaron por señas —porque era en el tiempo que estaba sorda— qué señales eran aquellas, quién se las había dado o cómo se habían hecho. A lo cual respondió la devota virgen que estando en aquel preciosísimo lugar, donde por man- [78r] dado de Dios la llevaba el ángel de su guarda, vio a Nuestro Señor Jesucristo crucificado, que tocándola con sus sacratísimas llagas, la dejó con grandísimos dolores en pies y manos. Y, acabada esta soberana visión, se halló en su celda y en sus sentidos, con aquellas señales que le duraron desde este día del Viernes Santo hasta el de la Ascensión, aunque no las tenía todos los días, sino solamente los viernes y sábados; y el domingo, a la hora que el Señor resucitó, se le quitaban los dolores y las señales, sin quedarle rastro dellas, más que si nunca las hubiera tenido. Y como era tan humilde, con mucha humildad, lágrimas y devoción rogaba a su santísimo esposo no permitiese que tan preciosas y ricas joyas se empleasen en tan vil criatura como ella, suplicando a Su Divina Majestad se las quitase, porque la parecía cosa poco segura poner a vista de ojos ajenos las mercedes que Dios la hacía. Esto pedía con tantas lágrimas, con tales congojas y ansias, que alcanzó lo que quiso, de manera que el mismo día de la fiesta de la Ascensión a los cielos, la quitó Nuestro Señor estas sagradas señales, habiéndola dicho primero: “Importúnasme que te quite el precioso don que te dado; yo lo haré [78v], mas, pues no quieres mis rosas, yo te daré mis espinas y cosa que más te duela”. Y cumpliendo el Señor su palabra, la quitó estas señales y dio a sentir los dolores de su sagrada Pasión en todas las partes de su cuerpo, muy más dolorosos que antes, porque aunque desde los siete o ocho de su edad se los había el Señor dado a sentir, no habían sido tan rigurosos como lo fueron desde este día, según que lo declaran las revelaciones siguientes.

Estando elevada, y su espíritu en aquel lugar donde el Señor le solía poner, viernes antes de amanecer, a los ventidós de junio, la representó todos los misterios de su sagrada Pasión, tan vivos a su parecer, como si los viera al pie de la Cruz en el Calvario, cuando Cristo padeció. También la mostró Su Majestad en un gran campo el martirio del glorioso san Acacio y sus diez mil compañeros, cómo los crucificaban, y que Nuestro Señor, desde su cruz, los animaba y decía: “Tened ánimo, amigos míos, miradme a mí, crucificado y muerto por vosotros” [503]. Viendo ella todo esto, preguntó al ángel de su guarda qué significaba estar Cristo crucificado y tantos crucificados con él. “Después que Cristo se hizo hombre —respondió el ángel—, tiene mu- [79r] chos compañeros, y tú también lo has de ser, y participante de los dolores de su Pasión y de su cruz, porque así lo quiere Su Majestad. Y porque vieses su sagrada Pasión y la de tantos siervos suyos crucificados con él, te truje a este lugar”. Y mirándola Nuestro Señor, dijo: “¿Quieres, hija, desta fruta?”. “Señor —respondió ella—, quiero lo que Vuestra Majestad quisiere”. Y abrazándola Su Majestad, la dejó los dolores de su sagrada Pasión, y tan vivo sentimiento de todos ellos que decía la virgen que le parecía la habían hincado clavos ardiendo por todas las partes de su cuerpo, y que oía gran ruido, como si con martillos de hierro se los clavaran.

Otra vez, estando muy enferma en la cama, se le apareció nuestro padre san Francisco —día de su propia fiesta [504]—, glorioso y resplandeciente, acompañado de muchos santos, y le vio y habló. Diola el seráfico padre su bendición, y la bendita virgen, con mucha humildad y amor —después de haberla recebido—, le rogó por todos los frailes y monjas de su orden, y en especial por las de aquel santo convento, suplicándole las echase su bendición. Hízolo el santo padre, y al despedirse della, que estaba prostrada a sus santísimos pies, se los be- [79v] só, y él a ella la cabeza, diciendo: “Quiero yo, hija mía, besar los dolores de mi señor Jesucristo, que por su misericordia la Divina Majestad ha puesto en ti”.

Al principio de sus grandes enfermedades, como sus dolores eran grandísimos, aconteciole con la fuerza dellos estar dos y tres días sin arrobarse —cosa muy nueva para ella—, y atribuyéndolo a sus pecados, pensaba que por ellos la trataba Dios como a enemiga. Pensando en esto, le apareció el ángel de su guarda, y le dijo: “Escucha y oye al Señor, que te quiere hablar, y guarda lo que te dijere”. Apareció luego Nuestro Señor Jesucristo en un trono de majestad, acompañado de muchos ángeles y hablándola con palabras dulcísimas y amorosas, dijo: “¿Qué haces, hija, en esa cama?” [505]. Ella respondió —regalándose con él, después de haberle adorado—: “Señor mío, ¿cómo padezco tantos dolores y no me remedia Vuestra Majestad, ni goza mi alma de vuestros soberanos regalos, como solía?”. Respondió a esto el piadoso Señor: “No es mucho que padezcas dolores y enfermedades, pues eres esposa mía y me escogiste por esposo a mí, que en el tiempo de mi pasión fui varón de dolores. Justo es que quien bien ama participe [80r] los dolores de su amado”. “Gran favor y merced es esta para mí —replicó la virgen—. Pero, ¿cómo, Señor, me hallo tan tibia en vuestro amor, y no mandáis a mi santo Ángel que me consuele tan a menudo como solía?”. “Amiga —dijo el Señor—, donde yo estoy está el consuelo y la bienaventuranza; y así, aunque estés en esa cama, ese es tu Cielo, pues ahí estoy contigo”. Dicho esto, desapareció el Señor, dejándola muy consolada, aunque algo confusa, sin saber si había visto esta visión con los ojos del alma o con los del cuerpo, pero siempre conoció y supo certísimamente que era su redentor el que le había aparecido y hablado. Y para quitarla esta duda, se le apareció segunda vez, según que ella misma lo dijo. Entonces, no solamente quedó satisfecha, sino esforzadísima, y con nuevo ánimo para sufrir todos los trabajos y dolores del mundo por su amor.

Aunque el Señor regalaba tanto a su esposa, y la había adornado con las señales de su sagrada Pasión, siempre la tenía sorda, y en tanta sinceridad como si fuera una criatura de un año, lo cual era grandísimo desconsuelo, no solo para las religiosas de su casa, sino también para las personas de fuera, que la venían a comunicar y consolarse con ella. Y [80v] así rogaban al Señor la restituyese el oír por la falta que les hacía. Oyó la Divina Majestad sus oraciones, y apareciéndose a su esposa día de santa Clara [506]—habiendo seis meses que la tenía sorda—, hizo un maravilloso sermón en presencia de muchas gentes, y, declarando grandes misterios, dijo que le había ensordecido porque tuviese más recogidos los sentidos y pensamientos en Su Divina Majestad, y no en otra cosa de la Tierra, y que le placía de sanarla. Y acabando el sermón, antes que la santa tornase en sus sentidos, se le apareció el glorioso san Pedro, y poniéndole los dedos en los oídos y haciendo sobre ella la señal de la cruz, la restituyó el oír y quedó sana, y ella y las religiosas, dando muchas gracias a Dios por tan señalada merced [507].

Capítulo XVII. De la gran devoción y compasión que la bendita Juana tuvo a las ánimas de purgatorio, y de la eficacia de sus oraciones para librarlas Nuestro Señor de las penas que padecían

Siendo abadesa esta santa virgen, con el deseo que tenía de ejercitar a sus monjas en el temor [81r] de Dios, las contaba muchas cosas de las que Su Majestad le revelaba cerca de su riguroso juicio y de las penas del purgatorio y infierno. Mas ha parecido convenir dejar de referir muchas dellas porque aunque son muy conformes a la dotrina de los santos y a gran multitud de ejemplos que en sus libros se hallan, no están escritos en la lengua vulgar, ni para que anden en manos de todos sin especial declaración. La que en rigor tienen semejantes casos se explica propiamente por términos más adoptados para las escuelas que para usar dellas en un libro como este, que se escribe para que ande en las manos de todos, de los cuales muchos hallarían piedra de escándalo en lo que bien y piadosamente entendido es de mucha edificación, como lo sintió el glorioso san Gregorio y otros doctores santos que destas materias y aparecimientos de almas y especiales lugares donde purgaban sus culpas, y de lo que les había pasado en el divino juicio, ponen tantas revelaciones, hechas no solo a ellos, sino a personas tan desiguales en santidad y crédito a la beata Juana que eran tenidos por grandes pecadores y les hacía Dios Nuestro Señor este gran favor de revelarles cosas semejantes para que escar- [81v] mentando en cabeza ajena, temiesen el rigor de su justicia y confiasen en su divina misericordia. Y con el mismo deseo esta bendita abadesa en los capítulos y pláticas que hacía a sus monjas, las exhortaba, contándoles muchas revelaciones que había tenido de Dios, y con notable espíritu, decía cuando las refería: ”No penséis, hermanas, que las penas del infierno y purgatorio son como quiera, que en solo pensar yo en lo que el Señor me muestra algunas veces, me tiemblan las carnes y dan angustias de muerte”. Y contaba lo que le pasaba a una alma cuando se arrancaba de las carnes, así con el soberano juez como con el ángel de su guarda, y en especial cuando oía la tremenda sentencia de gloria o pena para siempre. Y aunque destas cosas están llenos los libros de los santos, y destos aparecimientos de Cristo Nuestro Señor en el juicio particular de cada uno —que se han de entender no según su presencia real, sino según su eficiacia y virtud—, déjanse de escribir por no dar ocasión de errar. Y para mayor declaración de algunas cosas que se refieren aquí, de las muchas que se hallan en el libro de la vida desta sierva de Dios, pareció conveniente advertir algunas, no porque lo que advir- [82r] tiere no es muy notorio a los doctos y a muchos de los que no han estudiado, por hallarse en libros muy manuales, sino porque a nadie le quede ocasión de errar.

[508] Digo pues, lo primero, que en la hora de la muerte oye cada uno su sentencia de condenación o libertad, según se colige de muchos lugares de la Sagrada Escritura, y de los santos padres, como se ve en el Eclasiástico, en san Mateo y san Lucas, y lo declara san Agustín, san Gerónimo y san Buenaventura [509]. Aunque cerca del modo y cómo se deba entender hay diversas opiniones, sobre lo cual escribió largamente el Papa Inocencio III en el libro segundo y Landulfo Cartusiano en el capítulo 46 del tomo 3, los cuales refieren algunos casos muy semejantes a los que a la beata Juana le acontecieron [510]. Pero en cuanto dice que oye cada uno esta sentencia de Cristo Nuestro Señor, se debe entender, como está dicho, no según su presencia real, sino según su eficicacia.

Lo segundo, que tampoco contiene impropiedad decir con la misma declaración que el glorioso arcángel san Miguel en particular juzga las almas después de salidas de los cuerpos, como lo canta la Iglesia cuando en [82v] su oficio dice a Dios que le constituye príncipe sobre todas las almas, y lo mismo repite en la prosa de la misa de los difuntos: “Constitui te Principem super omnes animas suspiciendas”. (Signifer sanctus Michael repraesent et eas in lucem sanctorum [511]) [512].

Lo tercero y más principal que en esta materia hay es que los santos hablan en ella de dos maneras: la una, según ley común, que es lo que ordinariamente se ejecuta, y la otra, según casos particulares que Dios les revela. En consecuencia de lo cual, es así que hay un lugar común que se llama Purgatorio, donde regularmente purgan las almas la pena correspondiente a las culpas que cometieron y no satisficieron en la vida, y hay también lugares particulares donde ordena Dios satisfagan, como lo enseña santo Tomás con todos los doctores, en especial san Gregorio [513].

Ítem, lo común es que en el purgatorio ni los ángeles ni los demonios atormentan las almas, sino solamente la divina justicia mediante el fuego del purgatorio, como lo enseñan santo Tomás y Escoto, con toda la escuela de los teólogos [514]. Pero no por esto deja de ser muy cierto que algunas veces los demonios atormentan las almas en el purgatorio, como consta de la revelación hecha a san Bernardo, y se refiere en el capítulo 23 del libro primero de su vida, y lo afirman de otras re- [83r] velaciones Beda y Dionisio Cartujano, y el maestro de las sentencias, con otros muchos [515].

Lo cuarto, que cerca de la terribilidad y duración de las penas del purgatorio, y gran valor de los sufragios de la Iglesia e intercesión de los justos, hallamos en los libros de los santos cosas mucho más grandes y de mayor encarecimiento que lo que fue revelado a esta bendita virgen. La gravedad de las penas pondera santo Tomás [516], y san Vicente Ferrer [517] afirma que estuvo un alma padeciendo estas gravísimas penas un año por un pecado venial, y al mismo le fue revelado que su hermana Francisca Ferrer estaba en el purgatorio condenada a sus penas hasta fin del mundo, de las cuales fue libre dentro de pocos días, por las oraciones y misas de su santo hermano.

Cesáreo en sus Diálogos cuenta de otra alma que fue condenada al purgatorio por dos mil años [518]. Juan Herolt en el sermón cuarenta y uno de las almas dice que algunos han sido condenados por mil años. Y en los ejemplos cuenta de un religioso que fue condenado a las penas del purgatorio hasta el día del juicio, porque cumplía las penitencias tibia y relajadamente. Y de otros dice lo mis- [83v] mo Beda y Ricardo de San Víctor, y Belarmino [519] [520]. Y aunque otros autores limitan esto mucho, pareciéndoles que a lo sumo puede estar una alma en el purgatorio por espacio de diez años, no merecen tan rigurosa censura como los que lo impugnan, afirmando es contra la dotrina de los santos, porque los unos hablan, según la condenación justa, respeto de las culpas y los otros de lo que les parece, respeto de los muchos sufragios de la Iglesia que continuamente se hacen por las ánimas de Purgatorio.

Esto supuesto, persuadía la santa abadesa a sus monjas temiesen mucho las penas de purgatorio, y que fuesen muy devotas del arcángel san Miguel, a quien en espíritu había visto juzgar las almas, y que cuando condenaba a alguna al infierno, cantaban otros ángeles: “¡Oh, Señor de Majestad, cuán misericordiosa es vuestra justicia! Por ella os bendecimos y adoramos”. Y que maldecían las almas condenadas al infierno, y que otros eran ejecutores de la divina justicia en los que iban al purgatorio, como [84r] lo afirman san Gerónimo y san Agustín [521]. (Pintan al arcángel san Miguel con peso y espada en la mano, declarando con esta pintura la potestad con que juzga, pondera y mide los méritos y deméritos de las almas [522]) [523]. Decía también que los ángeles de guarda [524] llevan las almas al purgatorio y las consuelan, como lo dicen los santos, a muchos de los cuales permitió Nuestro Señor que les apareciesen almas que penaban, para encomendarse en sus oraciones [525], y que otros viesen en espíritu el purgatorio y las rigurosas penas que de tantas maneras allí padecían las almas, para que lo contasen a los vivos y, compadeciéndose dellos, escarmentasen en cabeza ajena [526]. Lo mismo le aconteció a la beata Juana muchas veces, y entre otras, siendo sacristana, tañendo una noche a maitines, oyó gritos muy dolorosos, como de persona que se quejaba, y, preguntando al ángel de su guarda qué voces eran aquellas, dijo: “Son de una ánima muy necesitada, que, con licencia de Dios, viene a encomendarse en tus oraciones” [527]. Era esta ánima de una gran señora de Castilla —que poco antes había muerto—, la cual dijo a la beata Juana que por cuanto sus penas eran grandísimas, le rogaba la encomendase a Dios, y dijese a su madre le ayudase con ciertas limosnas y misas. Destos casos la sucedieron muchos, y decía que veía en el purgatorio unos lugares tristes, escuros, muy [84v] formidables y feos, y a los demonios, que muy crudamente atormentaban algunas almas, a las cuales por cada culpa daban diferentes penas, y ellas muchos gritos, diciendo: “¡Ay de nosotras, que tuvimos tiempo para servir a Dios, y no lo hicimos, ahora somos atormentadas y no nos vale contrición ni arrepentimiento!”.

“Yo vi por la voluntad de Dios —dijo una vez a sus monjas— el ánima de cierto prelado en el purgatorio, que padecía muchas penas; y preguntando yo la causa dello a mi santo ángel, me dijo que aquella alma era de un prelado que por haber sido descuidado con las ánimas de sus súbditos padecía grandes penas por las faltas que hizo en el servicio de Dios, y por las que sus súbditos hicieron por su causa y mal ejemplo”.

Supo la bendita prelada que cierta persona eclasiástica de mucha autoridad —de quien ella había recebido particulares agravios— había muerto. Y, como era tan amiga de dar bien por mal, no cesaba de rogar a Dios tuviese misericordia de su alma, y haciendo oración por ella, se le apareció una noche en figura muy formidable y fea [528]. Traía una mordaza en la boca y una vestidura muy miserable y po-[85r] bre. Andaba con los pies y manos, como bestia, y, como no se podía quejar, bramaba como toro, y traía sabre sí todos los pecados que contra Dios había hecho, y algunas ánimas que por su mal ejemplo se condenaron penaban encima de él. Traía también sobre sí un gran tropel de demonios a caballo, que le daban en rostro con sus pecados, y muchos palos y golpes. Y quitándole la mordaza de la boca, le pusieron una trompa por donde salía una voz tan espantosa que, de solo oírla, la beata Juana quedó muy lastimada, aunque mucho más de no entender si sus penas eran de Purgatorio o infierno. Y deseándolo saber, se lo preguntó al ángel de su guarda, el cual la respondió: “Dios te lo revelará a su tiempo”. Y así, perseverando en su oración, rogaba a Nuestro Señor se apiadase de las penas de aquel alma y se acordase de algunas buenas obras que habría hecho en esta vida, mas no sabiendo otra en particular que poder alegar en su favor, dijo: “Señor, yo sé que este hombre fue tan devoto de un santo que, estando en esta vida, le hizo pintar su imagen y le tuvo mucha devoción, por lo cual suplico a Vuestra Majestad que, apiadándose de su alma, la libre de las penas que padece” [529]. Tanto tiempo perseveró rogando a Dios por [85v] esta alma que, pasados algunos días, vio entrar por la puerta de su celda un ferocísimo toro que traía entre los cuernos la imagen del santo que había hecho pintar aquel hombre, y él venía junto a ella, como favoreciéndose de la imagen, y, mirando a la sierva del Señor, dijo: “Yo soy Fulano, por quien tú tanto has rogado, y por tus merecimientos me ha hecho Dios grandes misericordias, y me dio esta imagen para mi consuelo y defensa, que es la que yo hice pintar de aquel santo mi devoto, que me ayuda mucho en este trabajo” [530]. “Alivie el Señor tus penas, alma cristiana —dijo la sierva de Dios—, que harto me has consolado, por lo mucho que deseaba saber si estabas en carrera de salvación, porque la otra vez que te vi venías con tales tormentos que no lo pude entender”. “No te espantes —respondió el alma—, que han sido mis penas muy grandes, y cuando no tuviera otras sino las deste buey en que ando, son grandísimas, porque las padezco en él, de sed, hambre, fuego y frío”. Y dicho esto, pidió perdón de muchos agravios que la hizo en esta vida, y dijo que la devoción que algún tiempo la tuvo le había valido mucho, y con esto desapareció. Y ella nunca dejó de rogar a Dios por él, visitándo- [86r] le y consolándole en el purgatorio, hasta que el Señor por sus oraciones le sacó de aquellas penas.

Volvió la beata Juana de un rapto una vez muy triste, y derramando tantas lágrimas que las monjas, compadeciéndose della, le rogaron les contase la causa de su tristeza. La bendita virgen, porque encomendasen a Dios a aquella alma, dando un grito muy lastimoso, dijo: “¡Ay, si supiesen las gentes lo que padecen las almas en la otra vida, no ofenderían a Dios, ni harían tantos pecados como hacen, porque son aquellas penas mayores que cuantas en este mundo se pueden padecer”. Y entonces contó lo que había visto, y nunca desamparó aquella alma, ni dejó de rogar a Dios por ella hasta que la sacó de penas de Purgatorio. (Son tales las penas de Purgatorio que sobrepujan y exceden a todos los tormentos que se pueden padecer en esta vida [531]. Y revélaselas Nuestro Señor a sus siervos, para que conozcan el rigor grande de su justicia, pues una palabra ociosa y cualquiera negligencia en su servicio, por mínima que sea, castiga tan rigurosamente. Y para que aprendan las gentes a andar con mil ojos en el servicio de Dios, no tanto por huir destas penas cuanto por ver lo mucho que Su Majestad se ofende con las culpas, pues tan rigurosamente las castiga que, según san Vicente Ferrer, estuvo una alma un año entero en Purgatorio padeciendo estas rigurosísimas penas solo por un pecado venial [532]. Y cierto que solo este ejemplo había de bastar con las gentes para que cada uno procure conformar la vida que vive con la fe que profesa) [533].

Un día de cuaresma, estando con sus grandes dolores y enfermedades esta sierva del Señor, se fueron a consolar con ella otras [86v] religiosas enfermas que andaban convalecientes, y, hablando con ellas, se arrobó, y tornó deste rapto tan alegre que las monjas que lo vieron le preguntaron la causa de su extraordinaria alegría. Y ella, por el gusto de las enfermas, dijo: “Vi a la Reina del Cielo, que, con grande gloria y majestad, acompañada de muchos ángeles y del glorioso san Juan Evangelista, y de san Lázaro y de sus santas hermanas Marta y María, bajaba al purgatorio, y pasando por donde yo estaba, mirándome la clementísima Señora, dijo: ‘Amiga, vente con nosotros’. Y fue el Señor servido, por su gran misericordia, que desta vez sacase Nuestra Señora gran número de almas de Purgatorio, con las cuales se volvió al Cielo, y yo quedé tan consolada desto, porque todos mis dolores se me convierten en particular gozo y descanso cuando veo salir alguna ánima de Purgatorio. Y desto es tan grande mi alegría que ni lo sé decir, ni es en mi mano poderlo disimular”.

Capítulo XVIII. De los trabajos y enfermedades con que probó Dios a su sierva, y de su grande paciencia

[87r]

Por una revelación hecha a esta sierva del Señor, se supo que la había Dios escogido para hacerla muy semejante a su Unigénito Hijo en los trabajos, persecuciones y afrentas. Y deseando ella tener en su alma joyas que a Dios tanto agradan, en todas sus oraciones pedía a Su Majestad, con mucha humildad y lágrimas, la diese penas, trabajos, fatigas y dolores que padecer por su amor [534]. Oyó Dios su oración, y dióselos tan a medida de su deseo que manifestaban bien la poderosa mano del que se los enviaba, según los muchos que sobre ella vinieron, siendo atormentada con muy excesivos dolores, los cuales tuvo en la cabeza tan grandes que no se halló médico que los entendiese [535]; y los días que los tenía era con tanto rigor que no podía comer, ni dormir, ni pasar un trago de agua, ni aun abrir la boca para quejarse. Duráronle catorce años, no continuamente, sino a temporadas, unas veces de quince en quince días, otras de veinte en veinte, más o menos, como [87v] el Señor era servido. Dábale este mal de repente, y de repente se le quitaba.

A estos dolores tan grandes sobrevinieron otros de estómago y de ijada [536], con grandísimas congojas, y tan copiosos sudores que la mudaban hábito y túnica, y la ropa de la cama cuatro y cinco veces al día [537]. Eran estos sudores heladísimos y fríos, y durábanle veinte y treinta días, sin ninguna interpolación, y sobre tantos dolores y males la envió Nuestro Señor otros muy grandes y más continuos, porque se la encogieron los brazos, las piernas, las rodillas, los pies y las manos, de suerte que nunca más las pudo abrir ni estender, y con la gran fuerza de los dolores se le descoyuntaron todos sus miembros, de suerte que quedaron muchos dellos, no solo tullidos y mancos, sino torcidos, contrechos y desencasados de sus lugares. Y desta misma suerte y manera está hoy su cuerpo, según que adelante diremos.

Hallándose un día la bendita prelada muy fatigada con el tropel de trabajos que le amenazaban de cerca y con grandísima flaqueza de sus enfermedades, faltándole ya las fuerzas corporales y sobrándole los dolores, levantó los ojos a una imagen de la oración del Huer- [88r] to que tenía junto a sí en la cabecera de su cama, y, derramando algunas lágrimas, suplicó a Nuestro Señor la ayudase en las persecuciones y trabajos que esperaba. Y estando en esta oración, oyó una voz que le dijo: “El Señor es contigo, y quiere que padezcas grandes dolores y angustias, y que los miembros de tu cuerpo sean tullidos y quebrantados, como se quebranta y trilla el pan en la era cuando le sacan el grano”. Y así estaba esta sierva del Señor en sus enfermedades hecha un mar de dolores y un abismo de revelaciones. Y queriendo la divina majestad regalarla más de veras y manifestar al mundo la paciencia y santidad de su sierva, permitió viniese sobre ella una persecución que el demonio urdió, tomando por instrumento a algunas de sus mismas monjas, en la cual mostró la sierva de Dios cuán ejercitada estaba en paciencia, que no es menester pequeña para sufrir semejantes tribulaciones, que aunque caseras y no de tanta sustancia en sí mesmas, se sienten mucho, por intervenir ofensa del Señor en quien las procura. Y en esta se juntó ingratitud muy grande a tantos beneficios como el convento todo había recebido de tan inculpable prelada. Fue la ocasión que habiendo [88v] el cardenal don fray Francisco Jiménez hecho gracia al convento del beneficio de Cubas, una persona que le pretendía procuró impetrarle [538] en Roma por muerte del que le poseía, y aconsejaron a la sierva de Dios procurase de Su Santidad confirmación perpetua de lo que el cardenal había concedido temporalmente. Esto se hizo por medio de un devoto del dicho monasterio, y se impetró la bula, en virtud de la cual hoy poseen las monjas este beneficio. En la impetra desta bula se gastó alguna cantidad de dineros. El hecho fue este y las circunstancias que se pudieron considerar en él de tan poca advertencia que apenas se alcanzan, porque serían haberlo hecho sin consultar al prelado y gastar aquel dinero sin su licencia, o contradiciéndolo alguna religiosa. Y comoquiera que sea, no hallé en los libros de la vida desta sierva de Dios más relación que la dicha; y por otra parte, el suceso fue terrible, porque primero la suspendió el superior, y después la castigó y privó del oficio, y puso en él a la vicaria que la había acusado [539]. Y como la sierva de Dios estaba tan acreditada, diose con esto ocasión a que muchos hablasen de muchas maneras, poniendo duda en las grandes maravillas que de la beata Juana se decían, por no [89r] parecer moralmente posible que las religiosas que tenían tan grande experiencia della pudiesen dudar de su santidad, y no dudando della inventasen semejante persecución. Y sobre todo dificultaba el caso tomar el superior semejante resolución contra persona tan acreditada, pues era dar una firma en blanco para que cada cual pusiese en ella lo que le pareciese. Lo que yo creo del caso es que el superior lo hizo con artificio, para probar esta sierva de Dios de todas maneras. Porque, como las cosas que se publicaban della eran tan peregrinas y admirables, y el demonio es tan sutil, no era contra prudencia apurarlo de todas maneras. Pero, comoquiera que se haya hecho, sacó Dios dello muchos provechos en favor y alabanza de su sierva. Porque lo primero constó no solo de su paciencia, pero de la gran quietud de su conciencia, en la igualdad y alegría con que llevó este trabajo, juzgándose no solo digna de él, sino de otros muchos mayores. Y mostró también su ferviente caridad en rogar a Dios por la que la perseguía [540], para la cual impetró perdón de su culpa por sus fervientes oraciones, porque castigándola el Señor con pena temporal, murió en el dicho oficio dentro de muy poco tiempo de un gran [89v] dolor de costado. Y reconociendo su culpa, pidió públicamente perdón con grandes lágrimas a la sierva de Dios, y murió habiendo recebido los sacramentos, con grandes muestras de contrición, de que las monjas quedaron admiradas y de nuevo confirmadas en el gran crédito que tenían de su bendita abadesa.

Poco antes que esto sucediese, un viernes antes de amanecer vio esta sierva del Señor, mostrándoselo Su Majestad, el infierno abierto, y que salían de él para su convento infinitos demonios en figuras de diversas bestias. Entonces, con muchas lágrimas, pidió al Señor socorro, y que echase de su monasterio aquella infernal canalla. Y oyéndola Su Divina Majestad, envió ángeles que expeliesen los demonios, de lo cual, quedando la sierva de Dios por una parte consolada y por otra temerosa, juntó a sus monjas a capítulo, y con muchas lágrimas les dijo: “Oh, hermanas, y qué trocado veo este palacio de la Virgen Nuestra Señora, que le solía yo ver lleno de ángeles, y ahora le veo lleno de demonios. Mis pecados lo deben de causar y no los vuestros. Emendemos nuestras vidas y procuremos ejercitarnos de veras en las virtudes, y [90r] en especial en la caridad y humildad, que son las que más temen los demonios”.

En este mismo tiempo, estando la sierva de Dios cercada de enfermedades y trabajos, se puso en oración delante de una imagen de la oración del Huerto, pidiendo al Señor la ayudase mirando su flaqueza y el tropel de los trabajos que la cercaban. Oyó el Señor su oración, y quiso, para más consuelo de su sierva, hablarla en la misma imagen con voz dolorosa y triste, diciendo: “Mi padre celestial, que no quiso revocar la sentencia de mi muerte, aunque oré y lloré, no quiere que se revoque la que se ha dado contra ti, sino que se ejecute rigurosamente, para que, fatigada de todas maneras, goces del fruto de la paciencia”. Y confiada la sierva de Dios en que el Señor que con una mano da los trabajos, con otra comunica el ayuda para sacar fruto dellos, todas las veces que sentía especiales favores del Espíritu Santo, suplicaba le diese penas y trabajos, como quien tan bien entendía ser este el camino más seguro.

Capítulo XIX. Cómo el ángel de su guarda mandó a la sierva de Dios que escribiese las cosas que el Señor la revelaba, y de su gloriosa muerte

[90v]

Es tanta la caridad de Dios, y su misericordia tan grande, que las menos veces hace mercedes tan especiales —como las que se han visto en esta historia— a uno para sí solo, sino para aprovechar por medio de él a otros muchos. Y de aquí es haber mandado el ángel de su guarda tantas veces a la bienaventurada santa Juana que escribiese las misericordias y mercedes que Dios le hacía. Pero ella, con encogimiento de mujer y por su grande humildad, tenía vergüenza de escribirlas. Y para no hacerlo, ni proseguir en lo comenzado, ponía mil achaques cada día, alegando los de su poca salud y el estar tan gafa de las manos [541] que apenas podía echar una firma, como parece por algunas que se hallan en escrituras que otorgó siendo abadesa. Y así la mandó el ángel que no escribiese más por su mano, sino que lo hiciese escribir por la de otra religiosa, que fue para ella otro trabajo mayor, y rehusándolo cuanto pudo, dijo: [91r] “Señor, las mercedes que Dios me ha hecho —y cosas que su hermosura me ha dicho— han sido todas en secreto, y escribiéndolas por mano ajena, no podrán dejar de publicarse”. Y temiéndolo, y los juicios de los hombres, como estaba tan perseguida y por su causa lo estaban otras religiosas del convento, dijo al ángel: “Señor, si por esto nos viniese algún gran mal a mis hermanas y a mí, ¿qué sería de nosotras?”. “Dios cuida dellas y de ti —respondió el ángel—. No temas, sino haz lo que te mando, porque el Señor, que obra estas maravillas en ti, las hace para bien de otros muchos, y quiere se escriban y que haya memoria dellas; donde no, cesarán las mercedes que te hace, y tus dolores y presecuciones se aumentarán más de lo que puedes pensar”. Ella, oyendo esto con humildad y temor, obedeciendo al ángel, comenzó a escribir por mano de otra religiosa llamada sor María Evangelista, que —según es tradición del convento y consta de una información hecha con testigos jurados que la conocieron, y se lo oyeron decir muchas veces— no supo leer ni escribir, hasta que milagrosamente la concedió Nuestro Señor esta gracia para escribir el libro del Conhorte —como queda dicho—, y así escribió con mucho acierto la vida y milagros desta [91v] bienaventurada virgen. Estos dos libros se han tenido y tienen en el convento como reliquias de mucha estima, valiéndose dellos contra tempestades y truenos, y para muchas enfermedades. Son entrambos muy antiguos, y viven hoy tres religiosas que conocieron a la misma que le escribió, y se lo oyeron decir muchas veces, y afirman que fue monja de buena vida, muy penitente y de mucha oración y contemplación, y que después de muerta apareció a otra religiosa en la iglesia, con mucho resplandor y con un libro de oro abierto en las manos, que fue el que escribió de las cosas de la gloriosa Juana. Sentía mucho la sierva del Señor ver que nunca se acabase lo que la monja escribía, y cuán de asiento se procedía en su escritura, por lo cual poco antes que le diese la última enfermedad de que murió, rogó al ángel de su guarda se contentase con lo escrito y no la obligase a más. Concedióselo de buena gana, y dijo: “Di a tu hermana que cese la pluma y no escriba más”. Hallose tan favorecida la sierva de Dios con esta licencia del ángel, que la tomó para decirle: “Señor, si las hermanas quisiesen, mucho consuelo sería para mí que se rompiese lo que está escrito”. “Perdone Dios tu [92r] atrevimiento —respondió el ángel—, y haz luego penitencia de él, porque le has ofendido con ese mal pensamiento”. Con esto, se despidió de su ángel y dijo a la monja que dejase de escribir.

Sobre las muchas enfermedades que tenía, la envió Nuestro Señor la última, que fue un recio mal de orina, de que estuvo muy apretada, con grandisímos dolores y quince días continuos sin pagar a la naturaleza su acostumbrado tributo. Y aunque en todas sus enfermedades tuvo maravillosa paciencia, en esta, que fue la última, se hizo mil ventajas y se excedió a sí misma. Tuvo en ella grandísimos raptos y muy familiares coloquios con el ángel de su guarda. Y, como el cisne, que cuando se quiere morir canta más suave y dulcemente, así este soberano cisne, cuanto más se le acercaba su deseado y dichoso fin, tanto con mayor suavidad cantaba, descubriendo con acentos soberanos el fuego del amor divino que dentro de su pecho ardía. Y aunque en sus enfermedades nunca consintió que la curasen médicos, en esta última los admitió, por la instancia y devoción de algunas señoras que la rogaron se curase y le enviaron sus médicos; los cuales, viendo [92v] que crecía tanto la enfermedad y su flaqueza, la desahuciaron a las primeras visitas. Mas ella, como virgen prudentísima y muy prevenida en las cosas de su alma, primero que llegase a este punto recibió el Viático y Estrema Unción. Y tres días antes de su muerte, estando en un rapto que le duró dos horas, vio a los apóstoles san Felipe y Santiago y al ángel de su guarda, que la dijo se conformase con la voluntad de Dios y le rogase confirmase su sentencia, porque la había dado tres veces, y tantas la había Su Majestad revocado a instancia de otras personas que le rogaban por ella [542]. Y entonces, la bendita virgen pidió a los santos apóstoles —que tenía presentes—, con mucha instancia, que rogasen a Nuestro Señor no revocase su sentencia, y ellos se lo prometieron. Y el día siguiente, cuando la vino a visitar el médico, le rogó no la hiciese más beneficios, porque la voluntad del Señor era llevarla de aquella enfermedad. (No hay mudanza en Dios, porque como primer ente, infinito y simplicísimo, lo que una vez quiere siempre lo quiere, y nunca lo puede dejar de querer [543]. Y así, todo lo que quiere Dios eficazmente se hace, mas no lo que quiere con voluntad que los teólogos llaman “de señal”, que es no absoluta sino condicionalmente, y esto es lo que no siempre se cumple [544]) [545]. Esto se supo luego en Madrid y Toledo [93r], y algunas señoras, con licencia que tenían para entrar en el convento, deseando hallarse a la muerte de la sierva de Dios, vinieron de muchas partes, y en especial la señora doña Isabel de Mendoza, mujer de don Gonzalo Chacón, señor de la villa de Casarrubios, y esta fue de las primeras y mereció hallarse presente a las maravillas que Nuestro Señor obró en el tránsito de su bendita esposa, tan llenas de favores y de regalos del Cielo que parece quiso la Divina Majestad echar el sello en su muerte a los grandes favores que le había hecho en el discurso de su vida.

Primeramente, viernes, a primero de mayo, día de los apóstoles san Felipe y Santiago [546], estando la santa virgen en sus sentidos, vio con los ojos del cuerpo algunas visiones, de las cuales no quiso decir ninguna, aunque se lo rogaron las monjas. La mesma noche deste día, dio una gran voz, diciendo: “¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Cómo me he descuidado!”. Aquella noche se arrobó muchas veces, y entrando en la agonía de la muerte, entró en la última batalla con el enemigo del género humano, como otro san Hilarión —según que lo vieron y entendieron los que se hallaron presentes, y se manifestó en las cosas que decía [547]—, porque unas veces callaba, otras respon- [93v] día, y como si hablara con otra persona, decía: “¡Oh, qué cruel espada! ¡Ténganle, ténganle, no me mate con ella!”. Y de allí a poco rato, dijo: “Llámenmela, llámenmela, que se va”. Y preguntándole a quién quería le llamasen, respondió que a la bendita Madalena [548]. Sosegose un poco y volvió a decir con mucho afecto: “Vamos, Madre de Dios; Madre de Dios, vamos, que es tarde”. Después de todo esto, dijo con notable ánimo y esfuerzo: “¡Echalde de ahí, echalde de ahí!”. Y fue que en esta batalla y conflicto la desampararon los santos, permitiéndolo el Señor, para que a solas venciese en la muerte al que había vencido tantas veces en la vida. Todo el tiempo que duró este combate —que fue gran rato—, se lamentaba mucho, diciendo: “¡Oh, a qué mal tiempo me habéis dejado!”. Y después dijo: “¿Señor, sola me dejastes? Pues echad de ahí ese demonio, que no tiene parte en mí. Mal año para él”. Y, vuelta a las religiosas, dijo: “Hermanas, levántenme de aquí, daré a mi Criador el alma”. Y de allí a poco, como hablando con otras personas, comenzó a decir: “Búsquenmele, búsquenme a mi señor Jesucristo. Hálleme Él a mí y yo le hallaré a Él. ¿Por qué me le habéis llevado? Dejadme, irele yo a buscar, aunque estoy descoyuntada”. Preguntáronle las religiosas a [94r] quién quería le buscasen. Y dijo: “A mi Señor”. “¿Pues dónde le hallaremos, madre?”. “En el huerto”, respondió la bendita virgen. Y, como aquejada de mucho dolor, con un gran suspiro, dijo: “¡Ay, Madre de Dios! ¡Jesús, qué crueldad, qué crueldad! Señor mío, sobrepuje la misericordia a la justicia. ¡Jesús, y qué angustia!”. Y, volviendo el rostro a las religiosas, dijo muy congojada: “Ayudadme a rogar”. Y paró con la palabra en la boca. Y las monjas, muy afligidas, dijeron: “¿Qué quiere, madre, que le ayudemos a rogar?” Respondió: “Que sobrepuje la misericordia a la justicia”. Tras lo cual, muy alegre, comenzó a decir: “¡Vamos, vamos! ¡Oh, a qué punto! ¡Oh, a qué punto!”. Y esto repetía muchas veces [549].

El médico que asistía a su cabecera, viendo estas maravillas, dijo: “Dichoso monasterio, que tal alma envías al Cielo, de donde te hará más favores que teniéndola en la Tierra”. Y respondió la santa: “Podrá ser”. Y a todo esto, había cuatro horas que estaba sin pulsos y tres días sin comer. Entonces, levantando la voz, volvió a decir: “Amigas mías, llevadme, llevadme luego”. Preguntáronle con quién hablaba, y respondió que con las santas y vírgenes. Dijéronle: “¿Pues, con quién ha de ir, madre?”. “Con Jesucristo, mi verdadero esposo”, respondió. Y [94v] decía: “¿Por qué me escondéis a mi señor y a mi reina?”. Oyendo esto, las religiosas la mostraron una imagen de Nuestra Señora, y adorándola, dijo: “No es esa, volvedme, volvedme a mi reina y señora”. Y preguntándole si estaba allí la Madre de Dios, dijo: “Sí, y mis ángeles y mis santos” [550]. Y dijo: “Vamos, señora mía, vamos”. Y tornó luego a decir con grandísima alegría: “Hacelde lugar aquí a mi lado, junto a mí”. Y de allí a poco, dijo con gran reverencia: “¡Oh, Padre mío!”. Y pensaron las religiosas que lo decía por su padre san Francisco. Y aunque habían estado con la enferma toda la noche del sábado, no se les hizo un momento. Y llegando la mañana del día santo del domingo, dijo: “Ea, pues, dulce Jesús, vamos de aquí, Señor mío; vamos presto; vamos, mi redentor”. Entonces las religiosas, viendo que su consuelo se les acababa y su sol se les ponía, hicieron procesiones, oraciones y diciplinas [551], suplicando a Dios no las privase de tanto bien y diese salud a su bendita madre. Besáronla todas la mano, y ella bendijo a las presentes y ausentes, y a todos sus devotos. Y tornó luego a decir: “Vamos, Señor, redentor mío, vamos de aquí”. Preguntáronla si estaba allí el Señor; dijo que sí, y también su Santísima Madre.

[95r] Sábado de mañana llegó el médico, y dijo a la enferma: “Paréceme, madre, que se nos va al Cielo; díganos quién le acompaña en ese camino”. “Mi Señora la Virgen María y el ángel de mi guarda, y mis ángeles y mis santos”, respondió ella. Y púsosele luego el rostro tan resplandeciente y hermoso como cuando solía estar en los raptos [552]. Y habiendo tenido hasta aquel punto muy mal olor de boca, causado de su enfermedad, desde entonces salía della tal suavidad y fragrancia que parecía cosa del Cielo. Y de allí a un rato, con nuevo fervor y espíritu, como si hablara con otras personas, dijo: “¡Albricias, dadme albricias!”. Y esto decía con tanta alegría que juzgaron los que allí estaban que su celestial esposo adornaba ya aquella santa alma con las joyas de su desposorio. Quedó la bendita virgen llena de aquel suave olor, y su rostro muy resplandeciente, y los labios encarnados como un coral, con una quietud y alegría admirable. Y así estuvo sin hablar palabra desde el sábado hasta el domingo después de Vísperas, día de la Invención de la Cruz, en el mismo que nació, tomó el hábito y profesó. Este dichoso día a las seis de la tarde, leyendo la Pasión, con un regocijo estraño, dio el alma a su celestial esposo, el año de mil y [95v] quinientos y treinta y cuatro, a los cincuenta y tres de su edad, y a los cuarenta de su conversión a la Orden.

Quedaron los circunstantes maravillados de la apacibilidad, quietud y alegría con que dio el alma a su Criador, y mucho más de que entendiendo de sus palabras la gran fuerza de los dolores que en aquel tiempo le causaban sus muchas enfermedades, y la fuerte lucha que tenía con el demonio —cosa que Nuestro Señor permitió que sucediese a otros santos, como a san Martín, san Hilarión, etc.—, viesen tan gran novedad muchas horas antes de su bendito tránsito, pues la que antes se quejaba tanto estaba tan quieta, y la congojada tan alegre y gozosa; y lo que más es, mudado el mal olor de la boca en olor suavísimo. Y aunque atribuían esto a las divinas revelaciones y presencia de los santos que ella decía la venían a ayudar, todavía se supo después de otra causa destas maravillas por testimonio de otra gran sierva de Dios, llamada María de San Juan, que al mismo tiempo era religiosa en el convento de la Concepción de la ciudad de Almería, muy semejante en virtud y santidad a nuestra gloriosa Juana, y tan amigas las dos que con estar tan lejos, se comunicaban en espíritu [96r] muchas veces. Y la comprobación que por algunos casos desto hubo acredita más lo que esta sierva de Dios testificó de la gloria de la beata Juana [553]. Y fue que cuatro días después de su muerte, le apareció cercada de algunos santos y de ángeles, y admirada preguntó al de su guarda cómo la madre sor Juana de la Cruz la aparecía tan mejorada y en tan diferente figura que otras veces, colocada en tan altos grados de gloria. Respondiole el ángel que estaba ya desatada de las ataduras del cuerpo; y bajando aquella bendita alma, se abrazaron las dos, y le dijo esta sierva del Señor: “¿Cómo, hermana, esto sin mí?”. “Sí, hermana —respondió—, que se cumplió la voluntad del poderoso Dios, y ha cuatro días que salí de la vida mortal, donde tuve mi purgatorio; y dos días antes que espirase, comenzó mi alma a sentir el gozo de la bienaventuranza, aunque a los ojos de las gentes parecía que estaba con los dolores del tránsito de la muerte”. Y cuando se tuvo noticia desta revelación, se entendió mejor la causa de la dicha mudanza en la sierva del Señor tantas horas antes de su tránsito.

[96v]

Capítulo XX. De algunos milagros que Nuestro Señor obró por los méritos de la gloriosa Juana luego después de su tránsito, y de la incorruptibilidad y translación de su cuerpo

Luego que la beata Juana pasó desta vida, se trató de dar sepultura a su santo cuerpo, aunque por ser notable el concurso y devoción de la gente, y mucha la instancia que hacían por verle, ordenaron los religiosos de la Orden que asistieron a su sepultura que, para dar satisfación a todos, se sacase en procesión fuera del monasterio. Y llegando un tullido a tocar el santo cuerpo, besando el hábito quedó sano, y dejó allí dos muletas con que andaba [554]. También una religiosa enferma que tenía una hinchazón muy grande y muchos dolores, tocando al cuerpo difunto sanó. Lo mismo sucedió a otro hombre que estaba con un grave dolor de muelas. Tornando al convento la procesión en que llevaban el santo cuerpo a la sepultura, hallaron mensajeros de grandes personas con cartas que pedían se dilatase el entierro hasta que llegasen [555], porque estaban [97r] puestos en camino. Y así le detuvieron cinco días sin enterrar, saliendo siempre del cuerpo de la bendita difunta aquel suavísimo olor que hemos dicho. Y fue la gente que vino de Madrid y Toledo, y otras partes, tanta que cubrían los campos. Por lo cual y por evitar la inquietud, que era grande, determinaron que se entregase a la tierra aquel precioso tesoro. Enterráronle sin ataúd ni otra defensa que pudiese conservarle entero; antes, después de cubierto de tierra, echaron cantidad de agua sobre la sepultura, como ordinariamente se acostumbra [556]. Y aunque parece fue inadvertencia y género de grosería, habiendo experimentado tantas maravillas, debió ser particular instinto de Dios, para que se manifestase mejor su virtud, en lo que después constó, cuando el santo cuerpo fue trasladado, que habiendo estado debajo de la tierra siete años, al cabo de los cuales haciendo grande instancia señoras muy graves que habían sido devotas de la sierva de Dios, y en especial la señora doña Isabel de Mendoza, mujer de don Gonzalo Chacón, señor de la villa de Casarrubios del Monte, se trató de colocar en lugar más decente los huesos de la gloriosa Juana —cuya santidad y milagros era tan notoria—. Y así se fabricó un arco al lado derecho del al- [97v] tar mayor, en la pared que divide la capilla mayor del claustro del monasterio, donde se dejó un hueco de hasta dos varas en lugar alto y eminente en que cupiese una arca dorada que había mandado hacer la dicha señora doña Isabel, con dos rejas fuertes: una para la parte de la capilla y otra para la del claustro, porque sin peligro pudiesen, así las religiosas como los seglares, gozar de las reliquias de la sierva de Dios. Y esto preparado se abrió la sepultura, creyendo estaba el cuerpo ya resuelto, el cual se halló tan entero, tan fresco y con tan lindo olor como cuando fue enterrado [557]. Espantados todos del caso, creció la devoción, y el hábito con que se había enterrado se repartió en reliquias, y le vistieron de otro de damasco pardo. Y colocándola en la dicha arca, se puso con gran veneración en el lugar sobredicho, con las dichas rejas de hierro muy fuertes, y doradas, y una lámpara de plata que arde delante del santo cuerpo, donde está muy venerado no solo de la gente de la tierra, sino de otras muchas que le vienen a visitar de muy lejos, y tienen allí sus novenas [558]. Y en el día que murió esta bienaventurada, celebra con gran devoción fiesta la villa de Cubas, y va en procesión al dicho monasterio con otros lugares de la comarca [98r], y dicen la misa mayor delante del mismo cuerpo, en un altar portátil que se pone para este efeto. Y se predican las excelencias de la sierva de Dios, y da la villa caridad de pan, y vino y queso a inumerables gentes que allí acuden este día [559]. Y creciendo la devoción en las gentes, por particulares beneficios que de la sierva de Dios han recebido, le han ofrecido nueve lámparas de plata, que arden de día y de noche delante de su cuerpo, con que está muy venerado. Después de la dicha translación, no consta que la dicha caja se haya abierto hasta el año de 1552, que parece por un testimonio firmado y signado de Juan de Villores, escribano público de Su Majestad, que dice cómo a catorce días del mes de setiembre del dicho año, día de la Exaltación de la Cruz, se había hecho una devota procesión por las monjas del monasterio, hallándose presentes por testigos los señores don Bernardino de Mendoza y Toledo y doña María de Pisa, su mujer, señores de la villa de Cubas y Griñón, y don Alonso de Mendoza, su hijo, y el señor don Juan Pacheco, hermano del señor don Alonso Téllez, señor de la villa de la Puebla de Montalbán, y la señora doña Leonor Chacón, mujer del señor don Juan Pacheco, señor que fue de la dicha Puebla de [98v] Montalbán, y la señora doña Isabel de Mendoza, mujer de don Gonzalo Chacón, señor de la villa de Casarrubios del Monte, con otra infinita gente, delante de la cual se descubrió el cuerpo de la beata sor Juana de la Cruz, y da el dicho escribano fe de que estaba entero y con buen olor, y tal disposición en todo que causó a los circunstantes notable admiración. (Está este testimonio original en el convento de la Cruz) [560].

Y aunque los dichos testimonios son de bastante autoridad para probar el intento, cuando después se hubiese disuelto el santo cuerpo, como ha sucedido en los de otros santos, que por algún tiempo los conservó el Señor sin corrupción milagrosamente, y después se disolvieron. Para probar la incorruptibilidad del cuerpo desta sierva de Dios, poca necesidad hay de los testimonios antiguos, pues todo cesa con la evidencia que hoy tenemos delante de los ojos, pues habiendo que murió ochenta años, está con la misma entereza, frescura y lindeza que le hallaron cuando fue trasladado después de haber estado enterrado en la tierra desnuda siete años. La primera vez que en este tiempo se descubrió sucedieron algunas cosas bien dignas de memoria, que diré, por ser personas tan graves, y todos vivos, los que se hallaron presentes.

[99r] Por el principio del año de 1601 vino a Madrid el reverendísimo padre fray Francisco de Sosa, la primera vez después de ser electo ministro general de nuestra sagrada religión, y después de haber estado allí algunos días, partió a Toledo, con designio de comer en Griñón y dormir en el convento de la Oliva [561], y otro día llegar a Toledo. Y saliendo de Griñón después de comer algo temprano, porque hacía nublado, habiendo andado poco más de un cuarto de legua, se quitó el nublado, y porque picaba el sol y la jornada era corta, quiso tornarse a Griñón. Y el padre fray Pedro González de Mendoza, que hoy es dignísimo arzobispo de Granada y entonces era provincial, y iba en compañía del dicho padre general, le dijo que sería mejor ir al convento de la Cruz, que estaba la misma distancia, y vería aquel monasterio mientras caía el sol. Hízose así, y después de haber sido el padre general recebido con la ceremonia acostumbrada de llevarse al coro en procesión, y haberle tomado las religiosas la bendición y hécholes una plática espiritual, como se acostumbra, fue a la enfermería donde estaba una religiosa muy anciana, y como con persona que se había hallado a la última trans- [99v] lación del cuerpo de la bienaventurada sor Juana de la Cruz, se habló un buen rato en las cosas de la santa y en cómo estaba su cuerpo, hasta que pareció hora de partir. Y pasando por el claustro, donde está la ventana que sale al dicho sepulcro, dijo acaso el dicho padre general que holgara fuera más temprano para llamar oficiales que quitaran la reja y bajaran el arca, para ver lo que la monja enferma decía. Y fue tal la instancia que hicieron, así los religiosos que acompañaban al padre general como las monjas del convento que, con parecer cosa fuera de propósito —por ser ya tarde y no haber oficiales ni instrumentos para lo que era necesario—, el dicho padre general se dejó convencer. Y buscando escaleras y martillos, y ayudando él el primero, quitaron la reja con mucho trabajo, por ser grande y pesada, y estar guarnecida de unas viguetas muy gruesas. Después bajaron el arca donde estaba el santo cuerpo, pero no hallaron debajo della las llaves, que eran tres, donde la monja dijo las habían puesto. Y por no romper las cerraduras, desclavaron tres barras de hierro y llevaron en procesión el arca al coro de las monjas, donde la abrieron, y, con [100r] gran admiración de todos, hallaron el santo cuerpo entero y fresco [562]. Estaba la sierva de Dios vestida de un hábito de damasco pardo, con dos tocas muy blancas en la cabeza —porque cuando murió, las monjas no eran de velo negro—. Tenía una cruz en las manos y una sarta pequeña de naranjillas al cuello. Y todos, con gran consolación y muchas lágrimas, veneraron el santo cuerpo y le llegaron a la reja, para que la gente que allí estaba le viese. Y fue cosa maravillosa que con estar el convento en desierto y haberse tomado la resolución de abrir el arca tan sin pensar, estaba la iglesia tan llena de gente como si se hubiera publicado muchos días antes en toda la comarca. El padre general quitó la toca a la sierva de Dios y las naranjillas que tenía al cuello, y lo repartió entre los frailes y monjas. Y tomando de una de las circunstantes su velo y otra sarta de cuentas, se lo puso a la beata Juana. Y habiéndose cerrado el arca para que se llamasen oficiales y se tornase a su lugar, se partió para el convento de la Oliva, donde estando platicando con los religiosos sobre lo sucedido, notaron una cosa maravillosa en que no habían [100v] advertido, y es que la sierva de Dios deseó mucho en su vida que sus monjas votasen clausura y se velasen, y no lo habiendo conseguido lo segundo en su vida, lo alcanzó de Nuestro Señor después de muerta. De manera que, siendo ya las religiosas de velo negro, sola ella le tenía blanco en su sepulcro. Y porque velar las monjas es acción del prelado superior por privilegio apostólico, trujo Dios al reverendísimo general de toda la Orden al dicho monasterio, tan sin pensar y a caso, el cual, sin advertir en ello, puso el velo negro a la bendita difunta [563]. Y fue la primera vez que había venido a la dicha provincia, después de su elección y antes de haber ejercido actos principales de juridición en ella, porque entonces iba a celebrar el capítulo provincial, habiéndole Dios librado en Madrid de una peligrosa enfermedad. Y aun sucedió otra cosa el mesmo día, también maravillosa: que quitando el padre general al dicho cuerpo el dedo meñique de un pie, constó después que había salido sangre de él, como se vio en la ropa que tenía vestida, aunque entonces no se advirtió en ello, porque el dicho padre general quitó el dedo con secreto, tirando de él con la mano [564].

[101r] Después acá se ha tornado a abrir el arca varias veces, continuándose los testimonios de la incorruptibilidad del dicho cuerpo, los cuales se guardan en el dicho monasterio. Y el último es del tenor siguiente [565]:

[566] “En el monasterio de Nuestra Señora Santa María de la Cruz, que es de monjas profesas de la Regular Observancia y Tercera Orden del seráfico padre San Francisco, cerca de la villa de Cubas, y en su término y juridición, a cuatro días del mes de febrero del año del Señor de mil y seiscientos y nueve años, estando en el dicho convento los reverendísimos padres fray Arcángelo de Misina, Ministro General de toda la dicha Orden, y fray Pedro González de Mendoza, Comisario General della en la familia Cismontana [567], habiendo tenido noticia que en el dicho convento está el cuerpo de la bienaventurada Juana de la Cruz, monja y abadesa que fue del dicho monasterio, la cual ha más de setenta años que murió, y su cuerpo está guardado en una capilla que está en el hueco de la pared de la capilla mayor de la iglesia del dicho monasterio, a la parte del Evangelio, donde siempre ha estado venerado y estimado por cuerpo santo. Y habiendo tenido el dicho reverendísimo Padre General noticia que su vida fue milagrosa y en [101v] ella fue siempre tenida y comúnmente reputada por santa, y por tal fue siempre reverenciada, así de las monjas del dicho convento como de todas las personas que la conocieron. Habiéndose juntado mucha cantidad de gente, así de la dicha villa de Cubas como de otras partes, pidiendo y rogando con mucha instancia que se abriese el arca donde está el dicho cuerpo de la dicha santa Juana de la Cruz. Y visto por el dicho reverendísimo Padre General la instancia y suplicación del dicho concurso de gente que a ello habían venido, y de los demás padres que se hallaron en el dicho convento, abadesa y monjas de él, para honra y gloria de Nuestro Señor, mandó abrir la dicha capilla y arca donde estaba el dicho cuerpo, lo cual poniéndose por obra, se quitó la reja de hierro que está puesta en la dicha capilla por la parte del convento, y se abrió y sacó la dicha arca, y se llevó al coro bajo del dicho convento, donde estando los dichos reverendísimos padres presentes y mucha gente —que por ser tanta hubo muy grande apretura— por ante mí, Juan Fernández de Plaza, escribano de Su Majestad Real y notario del Santo Oficio, vecino de la dicha villa de Cubas, se desclavaron las barras de hierro de la dicha arca, y habiéndose quitado la tapa della, se halló el dicho cuerpo entero y con muy buen olor. Y para que le viesen los que presentes [102r] estaban, los dichos reverendísimos padres le levantaron en alto algunas veces, de lo cual hubo muy grande contento, así de los dichos padres como de las monjas del dicho convento, dando gracias a Dios Nuestro Señor, y dando sus rosarios para tocarlos al dicho cuerpo santo, por la mucha devoción y estima en que le tenían y reverenciaban todos los de la tierra. Y el dicho Reverendísimo Padre General me llamó a mí para que le viese, y le levantó y alzó de la dicha caja y arca donde estaba, y la meneó los brazos y manos, para que yo diese testimonio dello, e yo vi todo lo arriba dicho y referido. A todo lo cual fueron presentes fray Pablo de Chavarri, Secretario del dicho Padre General, y fray Diego Barrasa, secretario del dicho padre Comisario General, y fray Antonio Jaca y fray Pedro de Castro Juane, sus compañeros, y fray Francisco de Mora, Guardián de Pinto, y fray Luis de Mieses, Guardián de Escalona, y fray Diego de Herrera, vicario del dicho convento, y fray Bartolomé López, su compañero, y fray Pedro de Chozas, comisario de Jerusalén, y fray Pedro de Rojas, y fray Juan de Ricaro, de la provincia de San José [568], y fray Francisco Pascual de la dicha provincia, y el licenciado Pedro González de Sepúlveda, clérigo comisario del Santo Oficio, vecino de la dicha villa de Cubas, y Blas Martínez, clérigo de la dicha villa, y fray Blas Delgado, de la Orden de Santo Domingo, y fray [102v] Marcos Lozano, de la Orden del Carmen, y Pedro Tartalo, y Juan Martín Crespo, alcaldes ordinarios en la dicha villa de Cubas, y Diego Navarro y Francisco Hernández, regidores della, e Isidro García, escribano de la dicha villa, y otra mucha gente. Y firmáronlo algunos de los susodichos de sus nombres, a todos los cuales conozco. Y así mismo lo firmaron el abadesa y discretas [569] del dicho convento, fray Diego de Herrera, fray Bartolomé López, Ana de la Concepción, abadesa, Inés de la Madre de Dios, Ana de San Rafael, vicaria, María de la Purificación, Inés de Jesús, el licenciado Pedro González de Sepúlveda, Blas Martínez, Pedro Tartalo, Juan Martínez Crespo, Isidro García escribano. Ante mí, Juan Fernández de Plaza. E yo, el dicho Juan Fernández de Plaza, escribano de Su Majestad Real e notario del Santo Oficio, vecino de la villa de Cubas, presente fui a lo susodicho y fice mi signo. En testimonio de verdad, Juan Fernández de Plaza”.

Después de lo susodicho, primer día de julio deste presente año de mil y seiscientos y diez, el muy reverendo padre fray Juan de Guzmán, Ministro Provincial de la santa Provincia de Castilla, a instancia mía, para escribir con más acierto y verdad esta historia, hizo se me mostrase el cuerpo desta bienaventura- [103r] da, hallándose Su Paternidad presente, con otros religiosos. Yo le vi y toqué muchas veces, y para que le viesen los que estaban en la iglesia, levantándole en los brazos el padre provincial y yo, se le mostramos a todos por dos o tres veces, vestido y tocado como estaba, que parecía una religiosa viva. Y reparé yo mucho en una cosa digna de mucha consideración: que como la bendita virgen estaba tan gafa y tullida cuando murió que con la fuerza de los dolores se le habían torcido y encogido todos sus miembros, así está ahora su santo cuerpo, torcido y encogido todo él, y con aquel suavísimo olor que tenía cuando murió, que es un olor celestial que conforta. Estaba entero, sin faltarle ninguna cosa, salvo el dedo meñique de un pie, que le quitó por su devoción el dicho reverendísimo general, como está dicho. Y por la de los que allí nos hallamos, le quitó el padre provincial el velo de la cabeza, que se repartió entre todos, y con la parte que le cupo puesta sobre su cabeza, se le quitó una muy recia jaqueca que tenía. Y una señora de Toledo sanó de un gran dolor de cabeza con el mismo pedazo de velo, aunque quitándosele la volvió el dolor, pero quiso Nuestro Señor, para que el milagro fuese más ma- [103v] nifiesto, que tornándose a poner el velo se le quitase el dolor de todo punto, por intercesión y méritos de la bienaventurada sor Juana de la Cruz, cuya historia tan milagrosa y divina, escrita con harto deseo de que sea Dios glorificado, acaba aquí, dejando otras muchas cosas que en los sobredichos originales y otros libros manuscriptos he hallado, por no las hallar muy auténticas y por evitar prolijidad, pareciédome bastan las dichas, para que los que hasta ahora no han tenido tanta noticia desta sierva del Señor tengan alguna de su santidad y de las muchas maravillas que cada día obra Dios por su intercesión y méritos. Y los que ya la tienen se confirmen más en su devoción. Todo para mayor gloria y honra de Nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina por todos los siglos de los siglos, Amén.

Razón de la verdad y autoridad desta historia

[104r]

La verdad es el alma de la historia, y la que carece della es como cuerpo sin alma, que no merece nombre de historia, mayormente si es de santos, donde el mentir es sacrilegio, pues no se honran sino con llaneza y verdad. La que se ha guardado en escribir la vida de la beata virgen es la mayor que en ley de historia se puede hallar, colegida de los papeles siguientes:

Primeramente, lo que toca a los aparecimientos y milagros de Nuestra Señora que se escriben en el primer capítulo deste libro se ha colegido de tres informaciones auténticas hechas con noventa y tres testigos ante Ruy Díaz de Madrid, escribano de Cámara y notario público, y ante Pedro Sánchez y Juan González, notarios públicos y escribanos reales de la villa de Cubas. Están autorizadas y encuadernadas como libro en el archivo del convento de la Cruz.

Ítem [570], la vida y milagros de la gloriosa Juana se ha colegido de un libro muy antiguo, escrito de letra de mano, en ciento y sesenta y cuatro hojas de cuartilla, en veinte y ocho capítulos, encuadernado en tablas, con dos manecillas rotas y cosidas con hilo blanco, escrito por una religiosa, dicípula de la beata [104v] Juana, llamada sor María Evangelista, que no supo leer ni escribir hasta que milagrosamente se lo concedió el Señor para este efeto, como está probado en una información que se hizo para averiguar este punto. Y el libro con las señas susodichas está originalmente guardado en el archivo de la Cruz.

Ítem, de una información hecha con doce testigos, por comisión del Consejo del ilustrísimo señor don Bernardo de Rojas, cardenal y arzobispo de Toledo, hecha ante Luis de Siles, notario público y escribano real de la ciudad de Toledo. Está la original en el oficio del secretario Francisco Salgado, en Toledo.

Ítem, de otra información hecha en diversos lugares, con diez y siete testigos, por comisión del Consejo del sobredicho Ilustrísimo de Toledo. Su traslado auténtico está en el archivo de la Cruz.

Ítem, de otra información con catorce testigos, hecha en diversos lugares, por comisión de nuestro reverendísimo padre fray Arcángelo de Mesina. Su traslado auténtico está en el archivo del convento de la Cruz.

Ítem, de otra información con once testigos, hecha en diferentes partes, por comisión de nuestro muy reverendo padre fray Juan de Guzmán, Ministro Provincial de la santa Provincia de Castilla, que está orginalmente guardada en el convento de la Cruz.

Ítem, de otra información que se hizo por comisión del Consejo del ilustrísimo señor don Bernardo de Rojas, cardenal y arzobispo de Toledo, [105r] en Villanueva y Gamarra, lugares del dicho arzobispado, hecha para calificar algunos milagros del santo fray Julián de San Agustín. Está la original en Toledo, en el oficio del secretario Salgado.

Ítem, de cinco informaciones hechas en Valladolid por el doctor don Fernando de Valdés, provisor general del obispado de Valladolid, con intervención del fiscal, ante Juan de Vega, notario en la audiencia episcopal de Valladolid, en cuyo oficio están las originales, y sus traslados auténticos en el convento de la Cruz.

Ítem, de otra información hecha en Palencia por el licenciado Manuel García de Miranda, provisor del obispado de Palencia, ante Francisco Enríquez de Rueda, notario apostólico. Está la original en el convento de la Cruz.

Ítem de dos informaciones hechas en Valladolid por el doctor Ortega de Salazar, teniente de corregidor: la una ante Pedro de Ávila, escribano público del número de la dicha ciudad, y la otra ante Julián García, escribano. Están originalmente en el convento de la Cruz.

Ítem de otra hecha por la justicia de la villa de Cubas ante Juan Fernández Muñoz, escribano real y del número. Está la original en el convento de la Cruz.

Ítem de un testimonio firmado y signado de siete escribanos reales y públicos del número de la ciudad de Valladolid. Está el original en el convento de la Cruz.

Ítem, de otro firmado y signado de siete escribanos de Madrid y de un notario apostólico. Está el original en el convento de la Cruz.

[105v] Ítem, de un testimonio de Juan Fernández de Plaza, escribano real y notario del Santo Oficio, vecino de la villa de Cubas. El original está en el oficio del dicho escribano.

Ítem, de otro testimonio de Isidro García, escribano público de la villa de Cubas, cuyo original está en el archivo del convento de la Cruz, cuyo original está en el archivo del convento de la Cruz. Y de otros que están en el mismo convento.

[106r]

Tabla de los capítulos desta historia de la vida y milagros de la beata Juana

Capítulo I. De la fundación del monasterio de Santa María de la Cruz, y de nueve veces que se apareció Nuestra Señora a una pastorcica natural de Cubas. Folio I.

Capítulo II. Cómo para restaurar el monasterio envió Dios al mundo a la gloriosa sor Juana de la Cruz, por intercesión de su gloriosísima Madre [571]. Folio 5.

Capítulo III. De las penitencias que la sierva de Dios hacía siendo niña, y de los fervorosos deseos que tuvo de ser religiosa. Folio 7.

Capítulo IIII. Cómo la sierva de Dios se salió de su casa en hábito de hombre para ser religiosa, y de los grandes favores que la hizo Nuestra Señora en este camino. Folio 11.

Capítulo V. Cómo la sierva del Señor recibió el hábito, y de algunas cosas que la sucedieron siendo novicia. Folio 15.

Capítulo VI. De las penitencias de la sierva de Dios, y de la frecuencia de sus raptos. Folio 17.

Capítulo VII. Cómo el Niño Jesús se desposó con la bendita Juana de la Cruz, y de la devoción que tuvo al Santísimo Sacramento. Folio 24.

Capítulo VIII. De la familiaridad con que la beata Juana trataba con los ángeles, especialmente con el de su guarda, y de la devoción que tuvo al glorioso san Antonio de Padua. Folio 27.

Capítulo IX. Cómo la sierva de Dios fue electa abadesa, y de un muerto que resucitó y otros milagros que hizo. Folio 35.

[106v] Capítulo X. De las cuentas que bendijo Nuestro Señor a instancia de la beata Juana. Folio 40.

Capítulo XI. De los muchos milagros con que Nuestro Señor ha confirmado la virtud de las sobredichas cuentas, y las tocadas a ellas. Folio 45.

Capítulo XII. De otros milagros que Nuestro Señor ha hecho con las cuentas tocadas a las cuentas originales. Folio 51.

Capítulo XIII. De otros nuevos milagros que ha hecho el Señor mediante las dichas cuentas. Folio 54.

Capítulo XIIII. De algunas revelaciones y cosas muy provechosas que comunicó Nuestro Señor a su sierva, y de cuán devota fue de la Virgen Nuestra Señora. Folio 64.

Capítulo XV. De cómo por virtud divina habló la sierva de Dios por espacio de trece años cosas maravillosas estando elevada, y del don de lenguas que la concedió Nuestro Señor. Folio 70.

Capítulo XVI. Cómo Nuestro Señor dio el sentimiento de sus llagas a la bendita Juana de la Cruz, y el apóstol san Pedro la sanó estando sorda. Folio 76.

Capítulo XVII. De la gran devoción y compasión que la bendita Juana tuvo a las ánimas de Purgatorio, y de la eficacia de sus oraciones para librarlas Nuestro Señor de las penas que padecían. Folio. 80.

Capítulo XVIII. De los trabajos y enfermedades con que probó Dios a su sierva y de su grande paciencia. Folio. 87.

Capítulo XIX. Cómo el ángel de su guarda mandó a la sierva de Dios que escribiese las cosas que el Señor la revelaba, y de su gloriosa muerte. Folio. 90.

Capítulo XX. De algunos milagros que Nuestro Señor obró por los méritos de la gloriosa Juana, luego después de su tránsito, y de la incorruptibilidad y translación de su cuerpo. Folio 96.

Fin de la tabla de los capítulos.

[107r] ==Tabla de las cosas notables deste libro: el primero número sinifica el folio, y el segundo la página==

[572]

Ángeles obedecen a la campana de la obediencia, 28.2. Por qué quedaron hermosos y los demonios tan feos, 30.1. Ponen guirnaldas de rosas a las monjas, 67.1. Ángeles custodios llevan las ánimas al purgatorio y las consuelan en sus penas, 83.2. Con el de su guarda tuvo grande familiaridad la beata Juana, capítulo 8.

Ánimas de purgatorio aparecen a la beata Juana, 84.1 y 2, 85.1 y 2. Algunas penan en lugares particulares, 85.2. Ánima que pena en un buey, 85.2. Ánima de un prelado padece grandes penas en el purgatorio, 84.2. Algunas son condenadas a mil y a dos mil años de purgatorio, 83.1, Ánima de un quemado sube al cielo acompañada de ángeles, 64.2.

San Antonio de Padua, singular devoto de la beata Juana, 34.2.

Autoridad desta historia, informaciones y testimonios auténticos de donde se ha sacado, folio 104r.

Cardenal don fray Francisco Jiménez visita a la beata Juana y la oye hablar en sus raptos, 73.1. Dio muy gruesas limosnas al convento de la Cruz, 36.2 y el beneficio de Cubas, 88.2.

Cristo Nuestro Señor se aparece a los que mueren y en la hora de la muerte oye cada uno su sentencia, 82.1.

Comunión espiritual, qué sea, 25.1. En ella se comunica el efeto y virtud del sacramento, 25.2.

Cruz que Nuestra Señora tuvo en sus manos está en el convento de la Cruz, 4.2.

Cuentas de la santa Juana, su bendición y su historia, capítulo 10. Sus virtudes y milagros, capítulos 11 y 12 y 13. Las tocadas a ellas tienen la mesma virtud, 51.1

Devoción con los santos vale mucho, 85.1, La que tuvo la beata Juana a la Virgen Nuestra Señora fue muy grande, 68.1.

Emperador Carlos [107v] Quinto visita a la beata Juana, 73.1.

Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba visita a la beata Juana, óyela hablar en sus raptos, 73.1. Y la da quinientas mil maravedís de limosna, 36.2.

Imagen que bendijo Nuestro Señor Jesucristo, 68.1.

Beata Juana, su nacimiento, padres y patria, 5.2. Recién nacida ayuna los viernes mamando sola una vez al día, 5.2 y 6.1. De cuatro años tuvo una maravillosa visión, 7.1. De siete quiere ser religiosa, 8.1. Revela Dios su santidad, 8.1. Sus ejercicios y penitencias siendo niña, 9.1. Aparécesele Cristo crucificado con las insignias de su sagrada Pasión, 10.1. Promete desposarse con ella y hacerla religiosa, 12.1. Para serlo se sale de su casa en hábito de hombre, 12.2. El ángel de su guarda la esfuerza en el camino; aparécesele Nuestra Señora y la consuela, 13.1. Danla el hábito, 15.1. y la profesión, 16.2. Lo que la sucede la primera vez que comulga siendo novicia, 15.2. Azótanla los demonios, 16.2. Sus penitencias, 22 y 23 y 24. Su oración, 18.1. Aparécesela el Niño Jesús en el torno, 19.2. Sus raptos, 20.2. Algunos la duraban tres días, 20.2. El Niño Jesús se desposa con ella en visión imaginaria, 25.1. Ábrese una pared milagrosamente y ve el Santísimo sacramento estando muchas de por medio, 26.1 y 2. Aparécesele Cristo resucitado, 27.2. Tiene grande familiaridad con los ángeles, 28.1 y 2. El de su guarda la comulga, 27.1. Historia de las cuentas, sus virtudes y milagros, capítulos 10, 11, 12 y 13. Revélala Nuestro Señor muchas cosas, capítulo 14. Libra a una niña de siete meses que estaba endemoniada, 70.1. Ve las personas que se le encomiendan estando ausentes, 70.1. Dala Dios claridad y certeza en sus revelaciones, 70.2 y mándale que las diga, 71.1. Enmudécela Nuestro Señor y restitúyele la habla, 71.1. Habla en diversas lenguas, capítulo 15. Suceso de un inquisidor, 72.1. Convierte a la fe dos moras de Orán predicándolas en arábigo, 72.2. Los prelados de la Orden mandan que la encierren cuando hablare desta mane- [108r] ra y que ninguna la oiga, 72.1. Envía Dios aves que la vienen a oír, 72.2. Personas insignes que la oyeron hablar en los raptos, 73.1. Declara en ellos los Evangelios de las fiestas y domingos del año, 73.2 y 74.1. Notable esperiencia acerca de sus raptos, 74.1. Sermones que predicó estando arrobada, 75.1. Ensordécela Nuestro Señor y por qué, 76.2. Arróbase estando en cruz, 77.1. Dala Nuestro Señor los dolores y señales de sus llagas, 76.2. No fueron llagas sino señales dellas con grandísimos dolores, 76, 77 y 78. Pide a Dios se las quite y quítaselas día de la Ascensión, y dala a sentir los dolores de su Pasión, 78.1 y 2. Aparécesela Nuestro Señor y lo que la dice, 79.2. Sánala el apóstol san Pedro estando sorda, 80.2. Hácenla abadesa, 36.1. Fuelo diecisiete años, 36.2. Aumenta la renta del convento, 37.1. Hizo que las monjas guardasen clausura, 37.1. Resucita una niña muerta, 38.1. Aparécese en Madrid a una señora muy enferma y dale salud, 38.2 y a otra religiosa ausente, 39.1. Hizo otros milagros, 39.2. Trata con sus monjas de las penas de purgatorio y del infierno, 81.2. Aparécensele algunas almas de purgatorio, 84 y 85. Tiene grandes dolores de cabeza, de estómago y de ijada, 87.1 y 2. Háblala una imagen de Cristo Nuestro señor, y profetízale sus trabajos, 88.1. Castíganla y quítanla el oficio de abadesa, 88.2. Ruega por su perseguidora y alcanza de Dios misericordia para ella, 89.1 y 2. Mándala el ángel de su guarda que escriba sus revelaciones, 90.2. Escríbelas por mano de una monja a quien dio Nuestro Señor para esto gracia de leer y escribir, no lo sabiendo hasta entonces, 91.1. Diole la enfermedad de la muerte con terribles dolores y tuvo en ella grandísima paciencia y grandísimos coloquios con el ángel de su guarda, 92.1 y 2. Recibe los sacramentos y aparécensele los apóstoles san Felipe y Santiago, y otros muchos santos, 92 y 93. Entra en batalla con el demonio, 93.1. Nuestro Señor Jesucristo y Su sacratísima Madre con muchos ángeles y santos asisten [108v] a su cabecera, 92 y 94. Su muerte, 95.1. Sus milagros después de muerta, 96.1. Tienen cinco días el cuerpo sin sepultar, 96.1. Su traslación, 97.2. Revelación de su gloria, 96.1. Está su cuerpo entero y con lindo olor cuando se escribe esta historia, 101.1. Hale visto y tocado el autor, 103.1. Testimonios de la vista y incorrutibilidad de su cuerpo, 89.1, 101.1.

María, Madre de Dios y Señora nuestra, fue concebida sin pecado original, 69.2. Tuvo uso de razón en el vientre de su madre desde el primer instante de su concepción, 69.1. Vio la esencia divina, 68.2. Y a su santísimo Hijo resucitado primero que otra ninguna persona, 69.1. Aparece nueve veces a la pastorcica Inés, 1.2 y 3.2. Celebra el convento de la cruz estos nueve aparecimientos de Nuestra Señora y en qué días, 1.2 y 3.1. Mándala que la edifiquen allí una iglesia, 4.1. Señala el sitio con una cruz, 3.2.

Inés, pastorcica de Cubas, apacentando los puercos vio a la Virgen Nuestra Señora, la cual se le apareció nueve veces, 1.2 y 4. Hizo milagros, 4.1. Tomó el hábito de la Tercera Orden, apostató del convento, 5.1. Hace penitencia, y a la hora de su muerte se tañeron las campanas milagrosamente, 5.1.

Sub correctione sanctae matris Eccleasiae [573].

FINIS

Notas

[1] Reproducimos la fe de erratas del texto base, aunque en esta edición han sido corregidas las erratas originales.

[2] verguero o verguer: alguacil de vara. Se trata de un aragonesismo (Diccionario de Autoridades).

[3] Dominuscancellarium: El Rey Nuestro Señor me mandó a mí, don Francisco Gasol la vista por Roig, vicecanciller, siendo regentes los cancilleres Guardiola, Tallada, Fontaner, Martínez y Pérez Manríquez. Viditregente: Lo vio el vicecanciller Roig; lo vio don Felipe Tallada siendo regente; lo vio siendo regente Martínez Roclin; lo vio siendo regente don Mateo de Guardiola; lo vio siendo regente Fontanet; lo vio siendo regente Pérez Manrique. [De aquí en adelante, este tipo de notas serán traducción de la editora; se transcribirán en cursiva y entrecomillas o únicamente en cursiva los fragmentos traducidos —según cómo aparezcan en el cuerpo del texto—; la traducción al castellano se hará en redonda siempre que no se trate de una nota-glosa o del título de una obra, en cuyo caso se hará en redonda, y entre comillas cuando así aparezca en el fragmento de texto que se está traduciendo]

[4] propio: aunque lo esperable en el español actual sería la forma femenina del adjetivo, aparece en masculino en todas las ediciones consultadas.

[5] [Margen derecho]: In Praefatium, lib. II.

[6] [Margen derecho]: Ad Romanos, I.

[7] [Margen izquierdo]: Epístola 3 Jacob, 3 cap.

[8] se permiten: podría interpretarse como una oración pasiva refleja con el sujeto «muchas cosas» que aparece en la línea anterior. Con todo, no he encontrado otros testimonios de este uso en la época, por lo que podría tratarse de una errata en el uso de la construcción impersonal, concretamente del plural por el singular en el número del verbo.

[9] [Margen izquierdo]: Lutherus, praefatium Assertionis articulorum a Leone Pontifice dannatorum; Brentius in Prolegomenis contra Petrum a Soto.

[10] [Margen derecho]: D. Ambrosio, in Epistola 24 ad Constantinum.

[11] [Margen derecho]: Agustín, lib. De fide et operibus, caps. 15 et 16; lib. 2.; De doctrina christiana, cap. 6, lib. 12; Confessionum, cap. 14, epístola 3 y epístola 119, cap. 21.

[12] [Margen derecho]: Hieronymus, in Episola ad Paulinum.

[13] [Margen derecho]: Gregorio, homilía 6 In Ezechlielem.

[14] [Margen derecho]: De Basilio et Gregorio Nacianceno: Rufinus, lib. II Historiarum, cap. 9.

[15] [Margen derecho]: Ireneus, lib. 2, cap. 47.

[16] [Margen derecho]: Chrysostomus, homilía 40 Ad Ioan et homilía 44 In Mattheum.

[17] [Margen derecho]: Orígenes, lib. 7 Contra Celsum et homilía 12 In Exodum.

[18] aparencia: esta forma convive con la diptongada apariencia en los siglos XVI y XVII (Covarrubias). El Profeta Real: Sosa parece referirse con esta denominación al rey David, a quien en diversos lugares de los textos sagrados del judaísmo y en los del cristianismo se le atribuye la autoría de los Salmos.

[19] [Margen derecho]: Lucas, Actorum, 8.2.

[20] inestables: en el original leemos «instábiles», que ha de tratarse de una forma arcaizante y quizá incorrecta, ya que solo encuentro atestiguada en CORDE la forma «instable», procedente del latín instabilis, que ha resultado en inestable.

[21] [Margen derecho]: Petri, cap. ult. [Actorum].

[22] confuta: contradice, refuta (Autoridades).

[23] [Margen izquierdo]: Osiandro, in Confutationes adversus Philipum.

[24] confesionistas: que se adherían a las ideas de La confesión de Augsburgo, primera exposición oficial de los principios del luteranismo, redactados por Melanchton en 1530.

[25] [Margen izquierdo]: Lutherus contra Zinglio Oecolampadius.

[26] [Margen izquierdo]: Caps. 12 et 13.

[27] [Margen derecho]: D. Antonino, 3 par. Summa Theologica, tít. 8, caps. 2 et 3.

[28] [Margen derecho]: 3 par. Historia, tít. 19, cap. II et tít. 23, cap. 8, §4.

[29] Vicente…espiritual: Sosa se refiere al Tratado de la vida espiritual del dominico valenciano san Vicente Ferrer (1350-1419). «Non omnia…hallucinantur»: «Ni siquiera todas las visiones de los hombres santos, o si son mayores, son indiscutiblemente revelaciones de fe y de verdad, porque los hombres piadosos a veces se equivocan».

[30] [Margen izquierdo]: [Alejandro I] Cap. 6 De consecratione, distin. 3, 6 synod.

[31] [Margen izquierdo]: Concilio Niceno 2.

[32] [Margen izquierdo]: Ioannes Damascenus, lib. 4 Fidei orthodoxa, cap. 17.

[33] [Margen izquierdo]: D. Agustinus, lib. 7 De fide et symbolo.

[34] antropomorfitas: seguidores de la doctrina que defendía que Dios tiene cuerpo humano.

[35] [Margen izquierdo]: Ex 6 anathematismo, V Concilio Constantinopolitano.

[36] [Margen izquierdo]: Ex 6 anathematismo, Edicti imperatoris Iustiniani.

[37] [Margen izquierdo]: Ex Evagrio, cap. 2, lib. I.

[38] [Margen izquierdo]: Ioannes Damascenus, cap. I, lib. 3 de Fide orthodoxa.

[39] [Margen derecho]: Paul Borgatius, in Tractatus de irregularitatibus, tít. De decimis.

[40] [Margen derecho]: Hostiensis et Cardenalis.

[41] Del cardenal in capite nobis de decimis: la obra de Borgacio contiene en su parte sexta un apartado dedicado a los diezmos, a la cabeza del cual cita a este cardenal, autor de una rúbrica con el mismo título: De decimis, primitiis et oblationibus.

[42] san Euuitberto obispo: ¿San Auberto de Avranches? Teniendo en cuenta la referencia a Carlomagno y a León III, este santo podría ser el obispo del siglo VIII a quien se le atribuye la fundación de la actual abadía del Monte Saint-Michel.

[43] [Margen izquierdo]: De reliquiis et veneratione sanctorum.

[44] [Margen izquierdo]: Fray Angelus a Roca.

[45] verbi gratia: por ejemplo.

[46] [Margen derecho]: I Ethica, cap. 5.

[47] [Margen derecho]: Lib. 13 De praeparatione euangelica, caps. 6 y 7.

[48] [Margen derecho]: D. Basilio, in Oratione in 40 martyres.

[49] [Margen derecho]: Lib. 4, cap. 16.

[50] [Margen derecho]: In Epistola ad Riperium, ser. 6, in fine.

[51] «Honor…praebet»: «El honor que mostramos a nuestros buenos semejantes, los benévolos, proporciona por sí mismo sentido hacia el Señor común». «Honoremus…Dominum»: «Honremos a los siervos para que su honra fluya hacia el Señor». «Si homo…adorabis»: «Si un justo entrare en tu casa, te inclinarás a sus pies hasta el suelo, porque adorarás al Dios que lo envía».

[52] [Margen derecho]: Lib. De Virginitatis.

[53] [Margen derecho]: Medina, 3 par., q. 25, art. con. 4.

[54] [Margen izquierdo]: Franciscus Pegna.

[55] [Margen derecho]: Cap. Si quis hominem, II, q. 3.

[56] [Margen derecho]: Caps. I et 2 De reliquiis et veneratione sanctorum.

[57] [Margen derecho]: [cap. 12, núm. 8] Zanchino, De Haereticis.

[58] Verbo Canonizatus, § et si tales.

[59] Epístola de san Pablo ad Filemón: con la preposición latina en el original.

[60] Inocencio: podría tratarse tanto de Inocencio III como de Inocencio IV, ya que ambos papas atienden durante su mandato a la cuestión del culto a los santos en los concilios que presiden y/o en su obra. Más adelante, Daza aludirá explícitamente al primero en relación con la revelación anticipada de la muerte y la manera en que algunas autoridades interpretan la veracidad de esta cuestión.

[61] [Margen izquierdo]: Suárez, 3 par., q. 25, artíc. I, dist. 52, sect. 3.

[62] [Margen izquierdo]: Sect. 6, cap. 2§ antequam.

[63] «Decernimus…etc: «Discernimos y definimos de buena memoria para ser santo nuestro, etc.».

[64] [Margen derecho]: Tom. 2, p. 2, lib. 5.

[65] «Ad magnoappendendo»: «¿Lo había seguido el pueblo con un intenso cariño y entusiasmo? ¿Es considerado entre la gente por el bienaventurado que se cree goza de la vida eterna en la patria celestial? ¿Cuántas veces suele visitar su tumba, implorando su ayuda y patrocinio ante Dios, ofreciéndole muchas cosas y pesando diariamente las tablas de acción de gracias obtenidas por él?».

[66] Ítem: además.

[67] [Margen derecho]: Obispo de Mantua, De seraphica religione; obispo de Jaén, Libro de la veneración de las reliquias; Barezpo, 4 par. Chronica; M. Peredo, Libro de Nuestra Señora de Atocha; Villegas en el Flos sanctorum; fray Pedro de Salazar y otros.

[68] hicieranestuvieran: así en todos los originales. Hoy, la norma gramatical prescribe el empleo de condicional simple en la segunda forma verbal de la construcción, en lugar de pretérito imperfecto de subjuntivo, es decir: «hicieran…estarían».

[69] [Margen izquierdo]: I Ethica, lib. 3, cap.7.

[70] «Consideraviexpavi»: «Consideré tus obras y temblé». Mirabilianimis: «Tus obras son maravillosas y mi alma también lo sabrá».

[71] [Margen derecho]: Ad Romanos, 15.

[72] «Deus…sancti»: «Que el Dios de la esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis más en esperanza y en el poder del Espíritu Santo».

[73] [Margen derecho]: 4 Reges, 4.

[74] «Vade, pete mutuo...non pauca»: «Ve y pide prestado a todos tus vecinos, no unas pocas vasijas vacías»

[75] «Ut non maiora...viluerunt»: «Para que no se asombren de cosas mayores, sino a la vista de cosas insólitas, que usaban a diario».

[76] [Margen izauierdo]: Tractatus 24 In Ioannes.

[77] Tomás Cayetano/Gaetano o Tomás de Vio (1469-1534) fue un cardenal italiano, maestro general de los dominicos y diplomático de la Santa Sede, autor, entre otras obras importantes, de unos comentarios sobre el tratado De ente et essentia de Tomás de Aquino.

[78] [Margen derecho]: Lectio 5, cap. 8 in Epistola ad Romanos et [lectio] 3 in cap. 5 Ad Ephesios.

[79] [Margen derecho]: Pontificale romanum, 2 par., fol. 505.

[80] [Margen derecho]: Vicencio Valua in Speculo historiarum, lib. 23, caps. 36 y 37.

[81] El monasterio senonense es la abadía benedictina de Saint-Pierre de Senones, que hoy es un edificio civil de Senones, Lorena, en el departamento de los Vosgos. Vuest…seiscientos diez: según la tradición, el año de 616 se habría fundado el santuario de san Pedro, y san Melito (nacido el año 629) sería quien fundara la abadía de Westminster años después. Más allá de la incierta existencia del santuario, la abadía histórica fue construida por monjes benedictinos en estilo románico, entre los años 1045 y 1050, y sería reconstruida entre mediados del siglo XIII y los primeros años del siglo XVI en estilo gótico.

[82] [Margen izquierdo]: Beda, lib. 2 Historia Angliae, cap. 4.

[83] [Margen izquierdo]: Surio, t. I, in Vita sancti Ianuarii.

[84] [Margen izquierdo]: Baronio, t. 8, anno 610, núms. 12, 13, 14.

[85] César Baronio: cardenal italiano que vivió entre 1538 y 1607, fue un célebre historiador eclesiástico y uno de los principales encargados de la redacción del Martirologio romano impulsado por el papa Gregorio XIII.

[86] «Hac dicit Dominus»: «Así dice el Señor». «Ego…a Domino»: «Porque lo recibí del Señor».

[87] [Margen derecho]: Ad Corintios, super psal. 118.

[88] «Nemo…mihi»: «Nadie me mostró lo que debo hacer, pero el Altísimo me lo ha revelado».

[89] [Margen derecho]: In Testamento de Francisci.

[90] [Margen izquierdo]: San Antonino, 3 par. Historiarum [Historiarum opus, Chronicorum opus o Chronicon partibus tribus distincta ab initio mundi ad MCCCLX], tit. 25, cap. 14, §17; Crónica de Santo Domingo, 2 par., lib. 2, cap. 44.

[91] [Margen derecho]: Genesis, cap. 2: «Misit dominus soporem in Adam». La traslación griega dice: «ecstasim» y la hebrea «tardemach», que es 'sueño profundo'. Aquila y Símaco trasladaron «gravem et profundum soporem», que es lo mismo.

[92] [Cuerpo del texto]: Proverbia, 28.

[93] [Cuerpo del texto]: Genesis, cap. 18.

[94] [Cuerpo del texto]: Exodus, cap. 33.

[95] [Cuerpo del texto]: Actorum, cap. 9.

[96] [Cuerpo del texto]: Actorum, cap. 10.

[97] [Cuerpo del texto]: cap. 2.

[98] [Cuerpo del texto]: Ioannes, cap. 3.

[99] [Margen izquierdo]: Augustinus, lib. 18 De civitate Dei; Hieronimus, lib. 1 Contra Joviniano; Clemente Alejandrino, lib. Stromata.

[100] [Margen izquierdo]: Libro de las revelaciones de santa Brígida, al principio.

[101] [Margen izquierdo]: Crónica general de San Benito, t. 1, centuria 1, cap. 1.

[102] [Margen izquierdo]: Martirologium romanum, die 17 Martii.

[103] [Margen izquierdo]: Trithemius, De viris illustribus ordinis sancti Benedicti, lib. 3, cap. 222.

[104] [Margen izquierdo]: Marco Marulo, lib. 3, cap. 4.

[105] [Margen izquierdo]: Leyenda de la beata Angela de Fulgino.

[106] [Margen izquierdo]: Libro de la vida de la madre Teresa de Jesús.

[107] [Margen izquierdo]: San Antonio, 3 par. Historia, tit. 23, cap. 14, §17.

[108] Santa Isabel…santidad: Isabel de Esconaugia, Esconangia o Schönau hasta la fecha no ha sido canonizada. El título de santa se le atribuye desde su aparición en el Martirologio romano de 1584. Léase también la nota 134. Ángela de Fulgino es Ángela de Foligno (1248-1309), terciaria franciscana. Incipit…referente: Comienza el libro con la enseñanza divina dada en la persona del Padre Eterno, de cuyo intelecto se admira el hablante, y la bondadosa virgen Catalina de Siena, esposa fidelísima de Jesucristo, con el vestido del beato Domingo que servía, dictándole en un lenguaje común, mientras ella estaba en éxtasis, sin rapto y oyendo realmente, lo que el mismo Señor estaba hablando en ella y ante muchos era referido

[109] [Margen derecho]: Crónica de Santo Domingo, lib. 2, caps. 51 y 54; Graciano in Dilucidario del verdadero espíritu, cap. I.

[110] San Antonino de Florencia (1389-1459) fue un fraile dominico famoso, en su época, por sus discursos moralizantes. San Raimundo de Capua (1330-1399), confesor de santa Catalina de Siena, escribió la vida de esta en su Legenda maior. Catalina de Siena fue canonizada por Pío II en 1461. Inicialmente se la conmemoraba el mismo día de su muerte, el 29 de abril, y así es actualmente, pero entre 1628 y 1969 la fiesta se trasladó al 30 de abril, para que no coincidiera con la de san Pedro de Verona.

[111] [Margen derecho]: 2 Macabeos, 15.

[112] El Milagro Eucarístico de Santarém es una sagrada forma con sangre en estado líquido que se atribuye a Jesucristo y que se conserva en esa ciudad portuguesa. La historia que dio lugar a esta devoción data de mediados del siglo XIII.

[113] [Margen derecho]: Surio, t. 3.

[114] [Margen derecho]: San Antonio, 3 par. Historia, tit. 24, cap. 13; Aquilino, lib. I, cap. 15; Petrus Sánchez, lib. Del reino de Dios, cap. 4, núm. 34.

[115] [Margen derecho]: Lib. 19, cap. 20.

[116] La Iglesia católica celebra el 18 de octubre la fiesta de Próculo, junto con la de Acucio y Eutiquio. Nicéforo Calisto: monje e historiador bizantino muerto en torno a 1350. Anfiloquio de Iterana es en realidad Anfiloquio, obispo de Iconio que murió probablemente el año 395 y es venerado como santo por varias confesiones cristianas. Rey Clodoveo de Francia (c. 466 -511).

[117] [Margen derecho]: Tritemio in compendium Annales, lib. I, pág. 22; Cassaneo in Catalogus gloriae mundi, par. 5, considerat. 31; Ioannes Ludovicus Vivaldus, tractatus De laudibus triumphi liliorum Franciae; Gregorio Turonense, lib. 2.

[118] Surio, t. 5 in Vita sancti Remigii; Monarquía eclesiástica, 2 par., lib. 16, cap. 7, §4.

[119] [Margen derecho]: Breviario romano.

[120] [Margen derecho]: Antonio, I par. Historia, tít. 5, cap. 20, §I.

[121] San Remigio, obispo de Remes es san Remigio, apóstol de los francos y arzobispo de Reims (437-533). Crisma: mezcla de aceite y bálsamo consagrada con la que se unge al que se bautiza, al que se confirma o al que se ordena sacerdote o se nombra obispo. San Frontino, obispo petragoricense es presumiblemente san Frontón de Périgueux, de historicidad dudosa, cuya festividad se celebra el 25 de octubre. A menudo en la tradición popular y en algunos escritos hagiográficos este santo se confunde con san Frontonio, abad que vivió retirado en el desierto de Nitria bajo el emperador Antonino Pío (c.87-161) y que tiene su fiesta el 14 de abril.

[122] [Margen derecho]: Breviario romano.

[123] San Nicolás de Tolentino (1245-1305) es el primer santo agustino. Era invocado por sus devotos para que intercediera por las víctimas de las pestes y hoy se le considera protector de las almas del Purgatorio. a tiento: literalmente quiere decir ‘guiándose por el tacto’; metafóricamente, ‘dudosamente, sin certeza’. Podría sustituirse hoy por la expresión dando palos de ciego.

[124] [Margen izquierdo]: Beza, De naniis sancti Francisci.

[125] [Margen izquierdo]: Guillelmus Ritbetl.

[126] Guillelmo: así en todas las ediciones consultadas.

[127] Ignacio Fermín de Ibero (c. 1550-1612) fue un monje cisterciense, teólogo, filósofo e historiador, vicario general y abad perpetuo de Fitero (Navarra).

[128] [Margen izquierdo]: Ses. 25, in Decreto de Purgatorio, § De invocatione et veneratione sanctorum.

[129] [Margen izquierdo]: Psalmi, 67 g.

[130] [Margen derecho]: Job, 13 cap.

[131] [Margen derecho]: Apud Ioannes de Turrecremata in prólogo Defensiones revelationum sanctae Brigittae, caps., 1, 2 y 3.

[132] [Margen izquierdo]: Ex St. Thomas 2.2, q. 174, art. 5 ad 3.

[133] [Margen izquierdo]: Ibid. St. Thomas, art. 4.

[134] El rey Eckberto, Ekberto, Ecberto o Ecgberto de Wessex no tiene ningún parentesco probado con Isabel de Esconangia o Schönau (para la cual, véase nota 108).

[135] [Margen izquierdo]: Ex Marco Marulo, lib. 2, cap. 4, et Antonio Possevino in Apparatu.

[136] santa Ildegardis es santa Hildegarda de Bingen (1098-1179), monja benedictina alemana. El monasterio femenino de Rupertsberg, construido sobre las ruinas de un antiguo monasterio que albergaba los restos de san Ruperto de Bingen, se encontraba hasta el siglo IX en Bingen am Rhein, al oeste de Alemania, cerca de Maguncia.

[137] [Margen izquierdo]: Tom. 2 Concilio in Eugenium III; Trithemius in Chronici Hirsaugiensis, anno 1150; Theodoricus Abbas, in vita eius apud Surius, t. 5, mense Septembris.

[138] Efectivamente santa Brígida de Suecia (1303-1373) fue canonizada por Bonifacio IX el año 1391.

[139] [Margen izquierdo]: In Vita beatae Brigittae et in eius revelationes cum notis Con sal. Duranti.

[140] [Margen derecho]: 2 Ad Timoteum, 3 d.

[141] «Omnis…iustitiam, etc.»: «Toda enseñanza divinamente inspirada es útil para enseñar e instruir hacia la justicia, etc.».

[142] habetur…historiae: se considera en el capítulo 17 de esta historia.

[143] Esta nota se encuentra en el margen derecho.

[144] [Margen izquierdo]: Lib. 4, Diálogos, cap. 23.40.55.

[145] [Margen izquierdo]: Epíst. 13 Ad Desiderium, cap. 7.

[146] [Margen izquierdo]: Beda, lib. 3, Historia Anglorum, cap. 19, y lib. 5, cap. 13; Gregorio Niseno lib. De anima et resurrectione; Crisóstomo, De praemiis beatorum; Dionisio Cartujano, Dialogus de iudicio et quattuor novis, et alii plures, apud Petrus Tirenus., De locis in festivitatibus, caps. 1 et 3.

[147] [Margen izquierdo]: St. Thomas, 4 Sentencias, dist. 21 q. 1, art. I, q. 2, cor.

[148] [Margen izquierdo]: Belarmino, t. 2 Controversias, 3; De Purgatorii, lib. 2, cap. 7.

[149] De loco purgatorii…mitigaretur: Del lugar del purgatorio —donde no se encuentra que se exprese nada— debemos hablar, ya que está más de acuerdo con los dichos y hechos de muchos santos que con la revelación. Por eso hay que decir que el lugar del purgatorio es doble: uno, de acuerdo con la ley general, pues hay un lugar de purgatorio, un lugar inferior, relacionado con el infierno; otro es un lugar de purgatorio de acuerdo con la dispensación. Y así a veces leemos que en diferentes lugares algunas personas son castigadas, ya sea por la instrucción de los vivos o por la asistencia de los muertos, para mitigar por los votos de la Iglesia que se vuelva conocido el castigo de los que viven.

[150] [Margen derecho]: In Speculum historiae, lib. 7, cap. 84.

[151] [Margen derecho]: Lib. 3 Magni exordium cisterciensis, cap. 25.

[152] [Margen derecho]: Lib. 7 Ilustr. Miraculo, caps. 26, 27, 28, 33 et lib. 12, cap. 5.

[153] [Margen derecho]: Lib. 2 De Apib. cap. 29, pág. 6, q. 23 et 24.

[154] Magnum speculum exemplorum: Gran espejo de ejemplos.

[155] [Margen derecho]: Lib. I, par. 4, art. 2, cap. 4; par. 5, art. I, cap. 3 y lib. 12, últ. par. cap. 6.

[156] [Margen derecho]: In Historia virginali, lib. 2, cap. II.

[157] Corc y Clon: Los obispados de Corc y Cloyne, al suroeste de Irlanda, se unieron en el Medioevo, se separaron en la segunda mitad del siglo XVII y configuran desde el siglo XIX hasta hoy una sola diócesis junto con el antiguo obispado de Ross. El condado de Esmond original se basa en la propiedad de tierras de Munster, en la costa suroeste de Irlanda. A principios 1600, el reino histórico de Esmond o Desmond se partiría en los condados de Cork y Kerry.

[158] [Margen izquierdo]: Pedro Bovista, Claudio Teserante, Francisco Belleforest, lib. 4 De las historias prodigiosas, cap. 1.

[159] [Margen izquierdo]: Fray Juan Sagastizábal, Libro de la exhortación al rosario, lib. 6, cap. 84; fray Gerónimo Román, lib. De las repúblicas, cap. 12.

[160] [Margen derecho]: In Chronicis Hispaniae post alios Vasaeus, circa anno 662; Baronio, in Anales, año 657; Rodrigo Jiménez, lib. 2, cap. 22; Tritemio, lib. De scriptoribus escclesiasticis; Pet Cresp. in Suma eclesiástica, lit. M et alii apud Locrium in Augusta Maria, lib. 5, cap. 41.

[161] [Margen derecho]: Psalmos, 77 e.

[162] [Margen derecho]: 2.2, q. 175, arts. 5 et 6.

[163] [Margen derecho]: 2, Corintios, 12 a.

[164] [Margen derecho]: 2, Corintios, 12 a.

[165] [Margen derecho]: Lib. 12, super Genesi ad literam, cap. 3 post medium, t. 3.

[166] [Margen izquierdo]: In Chronicis, anno 446.

[167] [Margen izquierdo]: Lib. 14, cap. 46.

[168] [Margen izquierdo]: Lib. I, Ecclesiastica historia, cap. 17.

[169] [Margen izquierdo]: Menologio, 25 septiembre.

[170] [Margen izquierdo]: Lib. 3, De fide orthodoxa, cap. 10, y lib. De Trissa.

[171] [Margen izquierdo]: Félix III, Epistola 3 decretalis, t. 2, Concilio [constantinopolitano].

[172] «Rursusque…suis, etc.»: «Y bajando de nuevo contó lo que había oído en el cielo, así como la multitud de los cantores, etc». «Sanctus deus…immortalis»: «Dios es santo, santo, fuerte e inmortal».

[173] [Margen derecho]: Habentur horum epistola, t. 2, Concilio posterior al Concilio Constantinopolitano sub Faelice III, anno 483, vide seue vinium in notis.

[174] Habetur…historia: Se considera en el capítulo 16 de esta historia.

[175] Esta nota se encuentra en el margen derecho.

[176] «Omne filio»: «Dio todo el juicio a su hijo».

[177] [Margen izquierdo]: Ioann, 5d.

[178] [Margen izquierdo]: Sapientia, 3b.

[179] Los doce tribus de Israel: así en el original. El CORDE documenta once ejemplos del uso del sustantivo tribu con género masculino cuando está en plural en el siglo XVII y siete en el siglo anterior. Los casos aparecen en obras importantes de célebres autores, como El peregrino en su patria, de Lope de Vega (1604), o la primera edición de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de Cervantes (1605).

[180] Matthaeus, 19 d.c.; Luca, 22 c.

[181] [Margen izquierdo]: In Litaniae Sancti Michaelis; Ambr. Cathe., I Ad Hebraeos et alii plures quos refert Blas Viegas in Apocalypsim, cap.12, com. I, sectio 18.

[182] [Margen izquierdo]: De Basilio, in Homilia de Angelo; de Gregorio, homilia 3 In Evangelio; Clemente de Alejandría, lib. 5 Stromata ad finem; Pantaleón diácono apud Lippomano, Homilia sancti Michaelis; Ambrosio Cath. in I cap. Epistola ad Hebraeos; Blas Viegas cum aliis quos citat comm. in 12 commentarii Apocalypsim, com. I, sectio 18.

[183] [Cuerpo del texto]: Daniel, 10; Apocalipsis, 12.

[184] [Margen derecho]: In Historia sacrarum imaginum, lib. 2, cap. 28.

[185] [Margen derecho]: Homilía 8 De sancti Michaelis et relatus de Juan Molano.

[186] etiología: estudio sobre las causas de las cosas (DRAE).

[187] rever: revisar.

[188] miseración: compasión, misericordia.

[189] [Margen derecho]: Diligencias que ha hecho el autor para escribir esta vida.

[190] Esta nota se encuentra en le margen derecho

[191] [Margen izquierdo]: No supo leer ni escribir la monja que escribió la vida y sermones de la bienaventurada Juana.

[192] [Margen izquierdo]: El cuerpo desta santa está entero y con suavísimo olor.

[193] [Margen izquierdo]: I advertencia.

[194] [Margen izquierdo]: II advertencia.

[195] [Margen izquierdo]: visión y lo que sinifica

[196] [Margen derecho]: San Buenaventura, De profectu religiosorum, lib. 2, cap. 75; sa Tomás, 2.2, q. 174, arts. 1 al 3, glosa ordinaria in Prothemata Apocalypsim, al principio, y sobre la epístola 2 Ad Corinthios, cap. 12; Gilbert pinctavit en la glosa ordinaria en el prefacio sobre el Apocalipsis; Nicolao de Lira sobre el prólogo de Gilbert, y cap. I Apocalipsis.

[197] [Margen derecho]: Visión sensitiva.

[198] [Margen derecho]: Visión imaginaria.

[199] [Margen derecho]: Visión intelectual.

[200] [Margen izquierdo]: Éxtasis.

[201] [Margen izquierdo]: San Dionisio, De divinis nominibus, cap. 4.

[202] [Margen izquierdo]: St. Tomás, 2.2, q. 28, art. 3; Enrico Arpio, De mystica theologia, lib. 3, par. 5, cap. 37; Medina, I.2, q. 8, art. 3.

[203] [Margen izquierdo]: St. Tomás, 2.2, q. 175, art. I; Enrico Arpio, De mystca theologia, lib. 3, par. 5, cap. 39.

[204] [Margen izquierdo]: Rapto.

[205] [Margen derecho]: St. Tomás, I.2., q. 113, art. 3 ad 2 solutio 2.

[206] [Margen derecho]: Dios, cómo habla y se aparece a los hombres.

[207] [Margen izquierdo]: St. Tomás, 3 par., q. 57, art. 6 ad 3 et Gaetano; Suárez, 3 par., t. 2, disp. 51, sectio 4; Belarmino, De sacramento Eucharistiae, lib. 3, cap. 3.

[208] [Margen izquierdo]: Actorum, caps. 9.22 et 26; Ad Corinthios I, caps. 9 y 15.

[209] [Margen izquierdo]: San Dionisio, epístola 8 Ad Demophilum; san Atanasio in Vita sancti Antonii; san Gregorio, lib. 4, Diálogos, cap. 16.

[210] [Margen izquierdo]: Monumenta ordinis, tract. 1 y 2.

[211] [Margen izquierdo]: San Buenaventura en Apologia pauperum, t. 7, p. 4, et De sex alis Seraphim, t. 7, p. 3; san Antonio, 3 par. Historia, tít. 24, cap. I, §8; san Bernardino de Siena, De Euangelii aeterni, sermón 60, art. I, cap. 1, y sermón De stigmatibus sancti Francisci, art. 1, cap. 1, t. 2; Ángel del Pus in Expositione symboli Apostolorum, lib. 8, cap. 19; Chronici antiquas, I par. lib. 2, cap. 55; Rodolfo en la Historia seraphica, lib. 8, cap. 12, y lib. 2, fol. 264; Bartolomé de Pisa, in Conformidades, libs. 2 y 3; Boragines, sermón 1 De stigmatibus sancti Francisci; Roberto de Licio, obispo aquinatense, sermón De santa Catalina de Sena, cap. 3 et sermón Sancti Francisci Gonzaga, obispo de Mantua, 2 par., fols. 327 y 241; Speculum beati Francisci, fol. 98; Gerardo Odón in Officio stigmatum sancti Francisci; Leonardo de Utino, sermón De beati Francisci; Biga salutis, sermón De sacris stigmatibus sancti Francisci; Bernardino de Bustos in Rosario, sermón 72; Mateo Palmerio in Additionibus ad Chronicon Eusebii; Mairones, sermón De sancti Francisci; Trujillo in Thesaurus sermonum sancti Francisci.

[212] [Margen izquierdo]: Bartolomé de Pisa, Confortitatum 31, lib. 3.

[213] Ille qui mihi apparauit…postea lateri: “El que se me apareció no fue un ángel, sino mi Señor Jesucristo, en forma de serafín, el cual, así como recibió él mismo las sagradas llagas en la cruz, así también las imprimió con sus benditas manos en mi cuerpo: primero en sus manos, luego en sus pies, después en su costado”.

[214] [Margen derecho]: Joannes Major, 4 sentencia, disp. 10, q. 4; Suárez 3 par., t. 2, q. 58, disput. 51, sectio 4.

[215] [Margen derecho]: Escoto, lib. 4, dist. 10, per multas qq. et in 2; Alejandro de Alejandría, 4 par., q.11, art. I, § últ.; Gabriel, lib. 4, q. I, art. 2 et lectio 46, in canon Belarmino, lib. 3 De Eucharistiae, caps. 3 et 4, et tract. 4 Physicorum, q. 2.

[216] quantitativo modo: cuantitativamente.

[217] activa passivis: todas las formas posibles.

[218] [Margen derecho]: Escoto, 2 senten., dist. 18, q. I.

[219] [Margen derecho]: San Augustín, lib. De Genesi ad literam, cap.10.

[220] [Margen derecho]: Santo Tomás, I par., q. 51, art. 3.

[221] Beata...pro nobis: La bienaventurada virgen Juana ruega por nosotros.

[222] Esta nota se encuentra en el margen izquierdo.

[223] El largo párrafo que sigue aparece en cursiva en el texto base.

[224] Esta nota se encuentra en el margen derecho. Aunque aparentemente se trate de una nota-guía, en realidad aporta información que no está en el cuerpo de texto.

[225] Esta nota se encuentra en el margen izquierdo.

[226] dolor de costado: pleuresía o inflamación de las membranas que cubren las paredes de la cavidad torácica y la superficie de los pulmones.

[227] Esta nota se encuentra en el margen izquierdo; sin embargo, no se trata de nota señalética o guía, pues aporta detalles nuevos a la narración del cuerpo del texto.

[228] Esta nota se encuentra en el margen derecho y es del mismo tipo que la anterior.

[229] [Margen derecho]: Todos los dedos quedaron pegados, y el pulgar sobre el índice hecho cruz.

[230] Esta nota agrupa dos distintas que se encuentran una a continuación de otra entre el margen izquierdo de 3v y el margen derecho de 4r. Ambas amplían la narración del cuerpo del texto.

[231] Esta nota se encuentra en el margen izquierdo. Y amplía la información del cuerpo del texto.

[232] Esta nota se encuentra en el margen izquierdo

[233] [Margen derecho]: Las campanas se tañeron milagrosa-mente en la muerte de Inés.

[234] Lipomano, t. 5; Surio, t. 6.

[235] san Estéfano, obispo diense (“Stephanus Diensis” en la fuente citada de Surio) fue un monje cartujo francés que se convirtió en el obispo de Die, en la región francesa el Ródano-Alpes. Aunque el Martirologio romano establece su memorial litúrgico el 7 de septiembre, su culto no fue autorizado como universal hasta 1902, en el papado de Pío X.

[236] Surio, t. 5, 7 septembris.

[237] Crónica general de San Benito, t. 1, centuria I, cap. I y Bonifacio Simoneta lib. 4, epístola 20.

[238] Esta nota se encuentra en el margen derecho.

[239] [Margen izquierdo]: San Bartolomé la abraza y se regala con ella.

[240] [Margen derecho]: Maravillosa visión.

[241] día de la Purificación de Nuestra Señora: 2 de febrero.

[242] [Margen izquierdo]: Ve al Niño Jesús en la Hostia.

[243] [Margen izquierdo]: Maravillosa visión

[244] [Margen derecho]: Quiere ser religiosa y no se lo conceden.

[245] [Margen derecho]: Revela Dios su santidad.

[246] [Margen izquierdo]: Hacen diligencias para hurtarla y recíbenla sin dote

[247] [Margen izquierdo]: Consideración santa para entrar en religión

[248] [Margen derecho]:Sus ejercicios y penitencias siendo niña.

[249] [Margen derecho]: Trae cardas y cadenas junto a la carne en lugar de cilicio.

[250] [Margen izquierdo]: Hállanla en oración.

[251] [Margen izquierdo]: Visión maravillosa.

[252] [Margen derecho]: Declárale el ángel de su guarda la visión.

[253] [Margen derecho]: Aparécesele Cristo crucificado con las insignias de su Pasión, y las Marías.

[254] [Margen izquierdo]: Nuestra Señora visita a sor Juana.

[255] andaban a los alcances: observaban los pasos que daba para prenderla, averiguar su conducta o descubrir sus acciones ocultas (Tesoro).

[256] [Margen derecho]: Aparécesela Cristo.

[257] [Margen derecho]: Promete Cristo desposarse con ella y hacerla religiosa

[258] [Margen izquierdo]: Sale de su casa en hábito de hombre.

[259] [Margen izquierdo]: Esfuérzala el ángel de su guarda.

[260] [Margen derecho]: Nuestra Señora se le aparece y la consuela.

[261] puerta reglar: la que da entrada a la clausura de un convento (DA).

[262] [Margen derecho]: Llegan los parientes y hállanla en la puerta del monasterio.

[263] [Margen derecho]: Lo que le sucedió la primera vez que comulgó siendo novicia.

[264] [Margen izquierdo]: Hace profesión.

[265] [Margen izquierdo]: Azótanla los demonios.

[266] [Margen derecho]: Sánala el ángel.

[267] [Margen izquierdo]: Desea padecer muchos trabajos por Nuestro Señor

[268] [Margen derecho]: Asistencia en la oración muy continua.

[269] [Margen izquierdo]: Milagros que hace el Señor por su sierva.

[270] [Margen izquierdo]: Aparécesele el Niño Jesús en el torno.

[271] [Margen izquierdo]: El Niño Jesús, la Virgen y muchos ángeles se le aparecen.

[272] [Margen derecho]: Resplandécele el rostro y sale della grande olor.

[273] [Margen izquierdo]: Raptos que le duraban tres días

[274] [Margen izquierdo]: Resplandécele el rostro estando elevada

[275] [Margen izquierdo]: Queda como muerta en un rapto.

[276] Isaías, cap. 3.

[277] [Santo Tomás] I par., q. 51, art. 3.

[278] Esta nota se encuentra en el margen derecho.

[279] [Margen derecho]:Dase con un canto recios golpes en los pechos.

[280] [Margen derecho]:Échase desnuda en las zarzas.

[281] [Margen derecho]:Entra desnuda en una laguna.

[282] [Margen derecho]: Azótase con cadenas.

[283] [Margen derecho]: Trae ceñidas al cuerpo sogas y cadenas.

[284] [Margen izquierdo]: Trae una cota de malla por cilicio.

[285] [Margen izquierdo]:Cilicio de planchas de hierro.

[286] [Margen izquierdo]: Arrástrase por el suelo con una soga y azótase con una cadena.

[287] [Margen derecho]: Pónese en cruz de muchas maneras

[288] entortijadas: forma hoy desusada, equivalente a ensortijadas; aquí también abrazadas, ceñidas.

[289] [Margen derecho]: El Niño Jesús se desposa con la beata Juana.

[290] Petrus de Natalibus, lib.10, cap. 105, y san Antonio, 3 par. Historia 32, cap. 14, §6.

[291] Esta nota se encuentra en el margen derecho.

[292] [Margen derecho]: Comulga espiritualmente muchas veces cada día.

[293] gracia ex opere operato: literalmente, «virtud de la obra realizada»; aquí se refiere a la eficacia que depende del propio sacramento, no de la fe o de la valía de quien lo administra o lo recibe. Se aclara, por tanto, que no se pretende conceder la misma importancia a la comunión espiritual que al sacramento de la Penitencia.

[294] Esta nota se encuentra en el margen derecho.

[295] [Concilio tridentino] Ses.13, cap. 8; santo Tomás, 3 par., q. 80, arts. I ad 2 y lib. 4, dist. 9, art. 2; Suárez, t. 3, p. 3, disp. 62, sectio I.

[296] Esta nota se encuentra entre el margen derecho de 25r y el izquierdo de 25v.

[297] alzar: momento de la misa en que el sacerdote muestra al pueblo la Hostia y el cáliz consagrados (DA).

[298] [Margen derecho]: Ábrese la pared y ve el Santísimo Sacramento.

[299] [Margen izquierdo]: Ve el Santísimo Sacramento, con haber muchas paredes de por medio.

[300] [Margen izquierdo]: Háblala Cristo en la Hostia.

[301] [Margen izquierdo]:Desde su celda oye la misa y el oficio divino.

[302] [Margen derecho]: Aparécesele Cristo resucitado.

[303] [Margen derecho]: Los ángeles la traen la Hostia consagrada.

[304] [Margen izquierdo]: Familiaridad con que trata con los ángeles.

[305] resabio: sabor extraordinario (DA).

[306] [Margen derecho]: Ángeles que presiden en los reinos y provincias visitan a la sierva de Dios.

[307] [Margen izquierdo]: Persuade a las monjas que sean devotas de los ángeles de su guarda.

[308] [Margen izquierdo]: Los ángeles obedecen a la campana de la obediencia.

[309] [Margen derecho]: Castigo y premio de la obediencia.

[310] [Margen derecho]: Hermosura y ornato del Ángel.

[311] Confiteantur…Angelorum: “Que todos los ángeles confiesen que Cristo es el rey de los Ángeles”. Spiritus…nostra: “La gracia del Espíritu Santo ilumina nuestros corazones y mentes”. Ecce…adversae: “He aquí la cruz del Señor, huid del lado contrario”. Dulce…clavos: “Dulce madera, dulces clavos”. Quam…tui: “Cuán hermosos son tus pasos”.

[312] De manera que la inscripción Coelestium…infernorum, que significa: “En el Cielo en la Tierra y en el Infierno”, enmarca la de In…genuflectatur, o lo que es lo mismo: “Todo en el nombre de Jesús se postra de rodillas”.

[313] De coelesti hierarchia, cap.15.

[314] Concilio Lateranense 2, cap. I; san Dionisio De caelesti Hierarchia, cap. 1.2.7, y S. Agustín, lib. De spiritu et anima, caps. 13 et 15; St.Tomás, I par., q. 50, arts. 1 et 2 de Sentencias, dist. 8; san Buenaventura, lib. 2 de Sentencias, dist. 8, y Escoto en el mismo lugar.

[315] Esta nota se encuentra entre el margen derecho de 29r y el izquierdo de 29v.

[316] [Margen izquierdo]: San Laruel se llama el ángel custodio de la beata Juana.

[317] Magister sententias, lib. 4, dist. II; Escoto 4, Sententiarum, dist. II, lit. E, en el comento al texto del Maestro.

[318] Esta nota se encuentra en el margen derecho.

[319] Ecce…adversae: véase nota 311.

[320] [Margen derecho]: Maravillosa pregunta y mucho más la respuesta.

[321] [Margen izquierdo]: Nota de los ángeles que cayeron.

[322] InVerbum: “Al principio era el Verbo”. Interram: “Al principio creó Dios el cielo y la tierra”.

[323] [Margen izquierdo]: Manda el Ángel a santa Juana que escriba sus revelaciones.

[324] arreo: sucesivamente (DA).

[325] [Margen derecho]: Confiésase con el ángel de su guarda.

[326] Concilio tridentino, ses. I. 4, cap. 6 et canones 9 et 10.

[327] Libr. 4 Sententiarum, dist. 17, qq. I ad 2 et 3.

[328] De vera et falsa poenitentia, cap. 10.

[329] Lib. 4, Sententiarum, dist. 17, q. 3 et in additionibus, Quaestiones, 8, art. 2 ad I.

[330] 4, Sententiarum, dist. 17, q. 2 et super literam Magistri.

[331] «El Maestro» o «el Maestro de las sentencias» es Pedro Lombardo, filósofo escolástico del siglo XII.

[332] [Gabriel, Major, Marsilio y el Maestro] En la misma dist. [Sententiarum, dist. 17] in litera ad finem.

[333] Esta nota se encuentra entre el margen derecho de 31r y el izquierdo de 31v.

[334] [Margen derecho]: Pregunta al ángel si son pecados las tentaciones.

[335] [Margen izquierdo]:Consuélala el ángel de su guarda.

[336] [Margen izquierdo]: Tiénese por muy gran pecadora.

[337] de costa: de lado.

[338] Surio, t. 7, mense Aprilis, die 14.

[339] Julio Ursino in eius Vita, lib. I, cap. 13.

[340] Marco Marulo, lib. 2, cap. 4.

[341] santa Liduvina virgen (1380-1433) también conocida como Liduvina de Schiedam (Holanda) es considerada hoy por la Iglesia católica patrona de los enfermos crónicos. Su culto no sería confirmado hasta 1890, por León XIII; su fiesta se celebra el 14 de abril. Santa Francisca Romana (1384-1440) fue una oblata benedictina canonizada en 1608, cuya festividad celebra la Iglesia católica el 9 de marzo. Santa Isabel…Esconaugia: véanse las notas 108 y 134 de la presente edición.

[342] Esta nota se encuentra entre el margen derecho de 33r y el izquierdo de 33v.

[343] [Margen izquierdo]: Nota la humildad de la beata Juana.

[344] [Margen derecho]: Respuestas maravillosas del Ángel.

[345] [Margen izquierdo]: Fue devotísima de san Antonio de Padua.

[346] [Margen derecho]: Aparecimiento de san Antonio.

[347] [Margen izquierdo]: El Espíritu Santo la elige por abadesa.

[348] [Margen izquierdo]: Fue abadesa diecisiete años.

[349] [Margen derecho]: Cerró el convento y hizo que se guardase clausura.

[350] [Margen izquierdo]: Nota lo que puede la oración.

[351] [Margen derecho]: Resucita una niña muerta.

[352] La cita que sigue aparece en cursiva en el texto base.

[353] [Margen izquierdo]: Aparécese a una señora desahuciada y dale salud.

[354] [Margen derecho]: Aparécese a una religiosa enferma.

[355] [Margen izquierdo]: Otros milagros.

[356] zaratán: un tipo de cáncer de mama en las mujeres.

[357] El fuego de san Marcial o fuego de san Antón constituyó una epidemia en la Edad Media que hoy conocemos como ergotismo y que se corresponde con el conjunto de síntomas de la intoxicación por cornezuelo de centeno. El más característico de estos síntomas es la inflamación y el enrojecimiento de la piel en alguna parte del cuerpo.

[358] “Beata...pro nobis”: “La beata Juana de la Cruz ruega por nosotros”.

[359] agnusdeyes: pedazos de cera normalmente de forma circular o elíptica amasados por el Papa con polvos de reliquias de santos en presencia de cardenales y obispos. Tienen grabada a medio relieve por una cara el Cordero con la inscripción “agnusdéi”, y por otra, Cristo, la Virgen o algún santo con su inscripción y el nombre del Papa que las fabricó y bendijo. Vivae vocis oraculo: lo que el Papa concede solo por su voz y sin ponerlo por escrito.

[360] [Margen derecho]: Manda a las monjas que la traigan sus rosarios porque los quiere Dios bendecir.

[361] [Margen izquierdo]: Pónense los rosarios en una arquita.

[362] [Margen izquierdo]: Bendícense los rosarios en el cielo.

[363] tornándola abrir: la perífrasis aparece sin preposición entre el verbo auxiliar y el principal en todas las ediciones de esta familia textual consultadas.

[364] [Margen derecho]: Bajan los rosarios del cielo llenos de un olor celestial que tracendía [tracendía aparece en todas las ediciones consultadas, aunque puede tratarse de un error, pues el CORDE atestigua muy pocos casos frente a “trascendía”].

[365] [Margen izquierdo]:Virtudes de las cuentas benditas por Nuestro Señor.

[366] [Margen izquierdo]: Estimación en que se han tenido siempre las cuentas de santa Juana.

[367] Francisco de Torres podría ser el virrey y capitán general del reino de Mallorca hasta 1621 Francisco Juan de Torres, si bien este político y hombre de armas no tomó el hábito. Fray Julián de San Agustín es Julián Martinet Gutiérrez (c. 1553-1606), beato franciscano que gozó en vida de fama de santidad por sus extremadas penitencias y su don de profecía.

[368] Esta nota se encuentra en el margen derecho.

[369] [Margen derecho]: Contra demonios.

[370] Esta nota se encuentra en el margen derecho.

[371] [Margen izquierdo]: Contra demonios.

[372] Esta nota se encuentra en el margen izquierdo.

[373] [Margen izquierdo]: Contra demonios.

[374] Esta nota se encuentra en el margen izquierdo.

[375] [Margen izquierdo]: Temen los demonios y conocen las dichas cuentas.

[376] [Margen derecho]: Contra demonios.

[377] Esta nota se encuentra en el margen derecho.

[378] [Margen derecho]: Contra demonios.

[379] Esta nota se encuentra en el margen derecho de 47r.

[380] [Margen izquierdo]: Contra demonios.

[381] Esta nota se encuentra en el margen izquierdo.

[382] [Margen izquierdo]: Contra el fuego, tempestades, rayos y tormentas del mar.

[383] Esta nota se encuentra en el margen izquierdo.

[384] capítulo general: asamblea monástica a la que asistían generalmente representantes de todos los monasterios de una orden o de todas las casas de una congregación. Sixto V: fraile franciscano que fue papa de Roma desde 1585 hasta su fallecimiento en 1590. Su pontificado destacó por incidir en el riguroso cumplimiento de los decretos del concilio de Trento.

[385] [Margen derecho]: Contra tempestades.

[386] Esta nota se encuentra en le margen derecho.

[387] [Margen izquierdo]: Contra diversas enfermedades.

[388] se esforzase: se animase.

[389] Esta nota se encuentra en el margen izquierdo.

[390] perlesía: pérdida y relajación del vigor, la movilidad y la sensación de los nervios.

[391] [Margen izquierdo]: Contra perlesía y peste.

[392] seca: inflamación de un ganglio linfático o de una glándula.

[393] Esta nota se encuentra en el margen izquierdo.

[394] [Margen derecho]: Contra mal de corazón.

[395] Esta nota se encuentra en el margen derecho.

[396] [Margen derecho]: Saca la espina hincada en la garganta.

[397] Esta nota se encuentra en el margen derecho.

[398] [Margen izquierdo]: Contra los escrúpulos y tentaciones de la fe.

[399] Esta nota se encuentra en el margen izquierdo.

[400] [Margen izquierdo]: Contra calenturas.

[401] [Margen izquierdo]: Contra desesperación y tentaciones del demonio.

[402] Esta nota se encuentra en el margen izquierdo.

[403] [Margen derecho]: Contra visiones y espantos.

[404] Esta nota se encuentra en el margen derecho.

[405] [Margen derecho]: Hállase la cuenta perdida.

[406] Esta nota se encuentra en el margen derecho.

[407] [Margen izquierdo]: Cuéntase que cayó de lo alto.

[408] Esta nota se encuentra en el margen izquierdo.

[409] [Margen izquierdo]: El beato fray Julián toca cuentas en una de las que tenía de la beata Juana.

[410] Esta nota se encuentra en el margen izquierdo.

[411] [Margen izquierdo]: Procúralo estorbar el demonio.

[412] Esta nota se encuentra en el margen derecho.

[413] [Margen derecho]: Conocía el beato fray Julián las cuentas que estaban tocadas.

[414] [Margen derecho]: Contra desesperaciones y engaños del demonio.

[415] Esta nota se encuentra en el margen derecho.

[416] [Margen derecho]: Contra demonios.

[417] Esta información se encuentra en el margen izquierdo.

[418] [Margen izquierdo]: Confiesa el demonio la virtud de las cuentas tocadas.

[419] Esta nota se encuentra en el margen izquierdo.

[420] [Margen izquierdo]: Contra demonios.

[421] [Margen derecho]: Nota lo que puede la fe y lo que dijo el demonio.

[422] Esta nota se encuentra en el margen izquierdo de 52v, se incluye aquí, por coherencia lógica, al final del párrafo.

[423] [Margen derecho]: Contra demonios.

[424] Esta nota se encuentra en el margen derecho.

[425] [Margen derecho]: Confiesa el demonio la virtud de las cuentas.

[426] Esta nota se encuentra en el margen derecho.

[427] [Margen derecho]: Contra demonios.

[428] Esta nota se encuentra en el margen izquierdo.

[429] [Margen izquierdo]: Contra demonios.

[430] Esta nota se encuentra en el margen izquierdo.

[431] [Margen izquierdo]: Un ciego de ambos ojos cobró vista con la cuenta.

[432] escribano del número o escribano público del número: oficial de un concejo que únicamente podía ejercer su oficio en su localidad o demarcación territorial.

[433] Esta nota se encuentra en el margen izquierdo.

[434] batidor de oro o de plata: el que con golpes de martillo dispone el metal precioso en delgadas hojas para dorar o platear retablos, marcos y otros objetos. Esquinencia: angina. Garrotillo: difteria grave o enfermedad infecciosa de las membranas mucosas, las amígadalas y/o la faringe que a menudo resultaba en la muerte por ahogamiento. Apostema: absceso supurante.

[435] [Margen izquierdo]: Sana a un niño de mal de garrotillo, esquinencia y de un apostema en la garganta.

[436] Esta información se encuentra en el margen izquierdo.

[437] [Margen derecho]: Sana las cataratas de los ojos a una mujer.

[438] Esta nota se encuentra en el margen derecho.

[439] cuartana: calentura, la mayoría de las veces causada por paludismo, que entra con frío de cuatro en cuatro días.

[440] [Margen derecho]: Sana las cuartanas.

[441] Esta nota se encuentra en el margen derecho.

[442] [Margen derecho]: Una mujer ciega de ambos ojos cobra vista.

[443] Esta nota se encuentra en el margen derecho de 56r.

[444] [Margen izquierdo]: Sana a un hombre desahuciado con dolor de costado y calenturas.

[445] Esta nota se encuentra en el margen izquierdo.

[446] [Margen izquierdo]: Contra demonios.

[447] Esta nota se encuentra en el margen izquierdo de 56v.

[448] [Margen derecho]: Sana a una sorda.

[449] Esta nota se encuentra en el margen derecho.

[450] [Margen derecho]: Contra demonios.

[451] Esta nota se encuentra en el margen derecho de 57r.

[452] [Margen derecho]: Sana a una mujer muy apasionada de mal de corazón.

[453] Esta nota se encuentra en el margen derecho de 58r.

[454] gota coral: epilepsia.

[455] [Margen izquierdo]: Contra desmayos y gota coral.

[456] Esta nota se encuentra en el margen derecho.

[457] Ays es la actual ciudad francesa de Aix-en Provence, antigua capital la región histórica de Provenza.

Margen izquierdo]: Veinticuatro endemoniadas son libres por la virtud de una cuenta de la beata Juana.

[458] in verbo sacerdotis: en la palabra del sacerdote.

[459] Dietrichstain es Francisco Dietrichstein (1570-1636), cardenal de la iglesia católica, hijo del noble moravo Adam von Dietrichstein, diplomático de Maximiliano II en la España de Felipe II, y de la aristócrata catalana Margarita Folch de Cardona. Fue un férreo defensor de la Contrarreforma que destacó también por su difusión de la cultura. Nichilspurg, en Alemania. Se refiere a Nikolsburg, Moravia, hoy Mikulov en Chequia. La hermana de Dietrichstein a la que se refiere es Beatriz.

[460] Mechau es ahora una aldea, aunque antes gozaba de mayor extensión, en el estado alemán de Sajonia-Anhalt, que limita con Brandeburgo, Sajonia, Turingia y Baja Sajonia. El camarero mayor es el oficial de la Casa del Rey que sigue en rango al mayordomo mayor.

[461] día de…santa María Madalena: el 22 de julio.

[462] [Margen izquierdo]: Ánima de un quemado sube al cielo acompañada de ángeles.

[463] Et de hoc videatur D. Agustín, lib. De vera et falsa poenitentia; san Gregorio, cap. 27 in Iob; san Ambrosio, lib. De poenitentia sancti Hieronymi, t. 4, in epistola Eusebii ad Damasum episcopum.

[464] Esta nota se encuentra en el margen izquierdo de 64v.

[465] [Margen derecho]: El demonio hace que le adore un ermitaño.

[466] Santo Tomás, I par. Quaestiones, 64, art. 2 ad 3 y art. 12; Quaestiones, 20, arts. 4 y 5, y 3 par. Quaestiones, 68, arts. 2 ad 3; san Buenaventura, De profectu religiosorum, lib. 2, cap. 23.

[467] Esta nota se encuentra en el margen izquierdo.

[468] día de santa Lucía: 13 de diciembre. Son varios los pasajes en que los libros de Isaías emplean la imagen del poderoso Señor de los ejércitos y del trono para referirse respectivamente a su triunfo frente a sus enemigos y a su lugar en el reino y en la gloria (Isaías, 40: 20-26; 44: 6-8, etc.). Sin embargo, considero que esta comparación de la visión de Juana del premio de santa Lucía con las revelaciones del profeta se fundamenta en las alusiones al juicio en el que el Señor recompensará a los justos y fieles, especialmente a los que han sufrido, y castigará a los impíos (3: 13-15, 4: 2-6, 35: 10, 59: 36-20, etc., pero principalmente 65:8-25).

[469] [Margen derecho]: Visita santa Bárbara a la beata Juana.

[470] [Margen izquierdo]: Háblala el alma de un niño difunto.

[471] [Margen izquierdo]: Procesión en que viene Nuestra Señora.

[472] [Margen derecho]: Visita Nuestra Señora a las monjas.

[473] [Margen derecho]: Los ángeles ponen guirnaldas de rosas a las monjas.

[474] [Margen derecho]: Bendice Nuestro Señor la imagen.

[475] [Margen izquierdo]: Nuestra Señora vio la esencia divina en la encarnación del Verbo.

[476] San Antonino, 4 par., tít. 15, cap. 17, §I.

[477] [Margen derecho]: Nuestra Señora tuvo uso de razón en el vientre de su madre, desde el primer instante de su concepción.

[478] San Bernardino de Sena, sermo 51 De beata Virgine, cap. 2; Gaetano, 3 par., q. 27.

[479] [Margen derecho]: Apareció el Señor a su sacratísima Madre, resucitado y glorioso, primero que a otra ninguna persona.

[480] San Ambrosio, lib. 3 De Virginitate, cap. 6; san Buenaventura in Meditatio vitae Christi, cap. 87; san Antonio de Padua, sermo in die sancto Paschatis, y santa Brígida, lib. 6 de sus Revelaciones, cap. 94.

[481] día de la Purísima Concepción: 8 de diciembre.

[482] Beatus…portavit: “Bendito el vientre que te llevó”.

[483] [Margen derecho]: Niña de siete meses endemoniada.

[484] [Margen derecho]: Estando ausentes ve las personas que se le encomiendan.

[485] [Margen izquierdo]: Llorar la Pasión es muy meritorio.

[486] [Margen derecho]: Dios y el ángel de su guarda le demandan diga las revelaciones.

[487] [Margen derecho]: Enmudece Dios a su sierva.

[488] [Margen derecho]: Suceso de un inquisidor.

[489] [Margen derecho]: Habla en diversas lenguas.

[490] Fray Francisco Jiménez es el cardenal Cisneros, quien propuso a Fernando el Católico emprender una expedición de conquista a Orán, financiando él mismo los gastos con la condición de que la plaza tomada quedara bajo la jurisdicción de la archidiócesis Toledo. En agosto de 1608 fray Francisco Jiménez de Cisneros recibiría el título de capitán general de África.

[491] [Margen izquierdo]: Habla en arábigo.

[492] [Margen izquierdo]: Convierte santa Juana a dos moras.

[493] [Margen izquierdo]: Habla en latín muchas veces.

[494] [Margen izquierdo]: Manda que ninguna la oiga y que la encierren.

[495] [Margen izquierdo]: Las aves vienen a oírla.

[496]Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán (1453-1515), fue un caballero renacentista estadista, diplomático, alcalde, almirante, capitán general, virrey de Nápoles y artífice de la nueva concepción de la infantería que dio lugar a los Tercios de Flandes.

[497] [Margen derecho]: Notable experiencia y atrevimiento.

[498] [Margen derecho]: Otra experiencia.

[499] [Margen derecho]: Sermones que predicó la santa Juana.

[500] día de la Ascensión: cuarenta días después del domingo de Resurrección.

[501] [Margen izquierdo]: Dala Dios los dolores y señales de sus llagas.

[502] [Margen derecho]: Arróbase estando en cruz.

[503] [Margen izquierdo]: Diez mil mártires crucificados.

[504] La fiesta de san Francisco de Asís se celebra el 4 de octubre en la Iglesia católica.

[505] [Margen izquierdo]: Aparécesele Nuestro Señor y lo que la dice.

[506] día de santa Clara: 11 de agosto.

[507] [Margen izquierdo]: Sánala el apóstol san Pedro.

[508] [Margen derecho]: En la hora de la muerte oye cada uno su sentencia.

[509] Ecclesiastes, cap. 2; Matthaeus, caps. 10 y 22; Luca, 16; D. Augustín: De civitate Dei, lib. 10, cap. 1, et De anima et eius origine, lib. 2, cap. 4; san Gerónimo in Ioel, cap. 2; san Buenaventura, lib. 4 Sentencias, dist. 20, I par., q. 5.

[510] Inocencio…segundo: se refiere al segundo de los tres libros que componen Sobre el desprecio del mundo o la miseria de la condición humana. Landulfo Cartusiano es Ludolf von Sachsen o Ludolfo de Sajonia, el Cartujano (ca. 1300-1378?), considerado uno de los decisivos inspiradores de la devotio moderna nacida a finales del siglo XIV a partir de su Vita Christi.

[511] Constitui…suspiciendas: “Te he hecho príncipe para ser respetado por todas las almas”. Esta cita aparece como nota marginal en M13; la hago constar como parte del texto y no como nota-glosa porque creo que su función, más que explicativa es especificativa de lo precedente. Signifer…sanctorum: El portaestandarte san Miguel los representará y los traerá a la luz de los santos.

[512] Tanto la cita de la misa de difuntos como la nota-guía en latín traducidas arriba se encuentran en el margen izquierdo del texto base.

[513] Santo Tomás in 4 dist. 21, q. I, arts. 1 ad 3; san Buenaventura en 4, dist. 20, I par., q. 6; san Antonio, 3 par. Historia, tít. 33, §3; san Gregorio, lib. 4 Diálogos, caps. 40 y 55.

[514] Santo Tomás, lib. 2, Sententiarum, dist. 6, art. 6 ad 3 y lib. 4, dist. 20, art. 5; Escoto, lib. 4 Sentencias, dist. 44, q. 3.

[515] Beda, lib. 3, Historia Anglorum, cap. 19; Dionisio Cartujano De iudicio particulari; Magistri sententiarum, lib. 44, dist. 44.

[516] Santo Tomás, 3 par., q. 46, art. 6 y 3; Sententiarum, dist. 15, q. 2, art. 3.

[517] San Vicente, Sermone de acqua benedicta et in vita eius.

[518] Cesareo in Dialogus, exempla 83 y 85.

[519] Cesáreo de Heisterbach (ca. 1170-1240): erudito y monje cisterciense alemán, que fue uno de los escritores más populares del siglo XIII, especialmente por su Diálogo de visiones y milagros y su biografía de san Engelberto. Juan Herolt (1390?-1468): predicador dominicano, prior del monasterio dominico de Nuremberg y autor de la colección de sermones más reimpresa durante el siglo XV. Ricardo de San Víctor (ca. 1110-1173): filósofo, teólogo y místico escocés, abad del monasterio de san Víctor en París, que desarrolló la teoría de que existe un espacio en el alma humana al que no puede llegar el pecado y en el cual es posible la unión mística. Roberto Belarmino (1542-1621) fue un jesuita canonizado en 1930, que dirigió espiritualmente a Luis Gonzaga, y fue famoso por su obra Controversias, en defensa de la fe católica frente al protestantismo.

[520] Beda, Historia angli, lib. 5, cap. 3; Belarmino, t. I, lib. 2 De Purgatorio.

[521] San Gerónimo in Daniel, cap. 7; san Agustín, De civitate Dei, lib. 9, cap. 5.

[522] Juan Molano in Historia sanctorum imaginum, lib. 2, cap. 28; Viegas in Apocayipsi, cap. 12, t. I, sectio 17, núm. 5, y sectio 18, núm. 7; Juan Equio, Homilía 8 De sancto Michaele.

[523] Esta nota y sus fuentes, reproducidas arriba, se encuentran en el margen izquierdo del texto base.

[524] ángeles de guarda podría tratarse de un descuido, ya que lo esperable sería la presencia del artículo determinado detrás de la preposición —así aparece en el resto de ocasiones en todas las ediciones—; se mantiene porque en este lugar se repite esta forma en todas las ediciones de la familia textual.

[525] San Buenaventura, lib. 4 Sententiarum, dist. 2 en I par., q. 5.

[526] Santo Tomás, ibidem, dist. 21, q. 1, art. I.

[527] [Margen derecho]: Aparécesele una ánima de Purgatorio.

[528] [Margen izquierdo]: Aparécesele otra ánima de Purgatorio.

[529] [Margen derecho]: Vale mucho la devoción de los santos.

[530] [Margen izquierdo]: Pena el ánima en el buey y pide perdón a la beata Juana de los agravios que la hizo.

[531] Santo Tomás, 3 par., q. 46, art. 6 y lib. 3 Sententiarum, dist. 15, q. 2, art..3.

[532] In Sermone de acqua benedicta, lit. G.

[533] Esta larga nota se encuentra entre el margen derecho de 86r y el izquierdo de 86v.

[534] [Margen derecho]: Pide trabajos y persecuciones a Dios.

[535] [Margen derecho]: Dolores de cabeza.

[536] ijada: cavidad entre las costillas falsas y las caderas.

[537] [Margen izquierdo]: Dolores de estómago y de ijada.

[538] impetrar: conseguir alguna gracia mediante ruegos, oraciones o súplicas (DA).

[539] [Margen izquierdo]: Prívanla del oficio de abadesa.

[540] [Margen derecho]: Ruega por quien la persigue.

[541] gafa: con los dedos encorvados y paralizados.

[542] [Margen izquierdo]: El Ángel la manifiesta su muerte.

[543] Santo Tomás, I par. Quaestiones, 9, art. I.

[544] Santo Tomás, I par. Quaestiones, 19, artícs. 11 y 12, y Quaestiones, 23, art. 5, y lib. 4, dist. 45, art. 4, y dist. 47, art. 2, y De veritate, q. 6 y q. 23.

[545] Esta nota se encuentra en le margen izquierdo.

[546] día de los apóstoles san Felipe y Santiago: La iglesia católica celebra en realidad la fiesta de san Felipe y Santiago el Menor el día 3 de mayo.

[547] [Margen derecho]: Entra en batalla con los demonios.

[548] [Margen izquierdo]: La Madalena se le aparece.

[549] [Margen derecho]: Nota lo que pasa en la agonía de la muerte.

[550] [Margen izquierdo]: Nuestra Señora con muchos ángeles y santos asisten a su cabecera.

[551] diciplinas: aparece así en todas las ediciones consultadas, transcribiendo la manera en que DA atestigua que solía pronunciarse —de hecho, el Tesoro de Covarrubias recoge únicamente la voz simplificada—.

[552] [Margen derecho]: Resplandécele el rostro.

[553] [Margen derecho]: Revela Dios la gloria de su sierva.

[554] [Margen izquierdo]: Sana a un tullido y dos enfermos cobran salud.

[555] [Margen izquierdo]: Está el cuerpo sin enterrar cinco días.

[556] [Margen derecho]: Entierran el cuerpo en la tierra sin ataúd ni otra cosa.

[557] [Margen izquierdo]: Hállase el cuerpo entero y con suavísimo olor.

[558] [Margen izquierdo]: Traslación del cuerpo.

[559] [Margen derecho]: Devoción que se tiene con las reliquias de la beata Juana.

[560] Esta nota se encuentra en el margen derecho de 89r.

[561] El convento de la Oliva es Santa María de Oliva u Óliva de Trillo, en Guadalajara.

[562] [Margen derecho]: Hállase el cuerpo sano y entero.

[563] [Margen izquierdo]: Dala el general el velo después de muerta.

[564] [Margen izquierdo]: Quítanle un dedo del pie y sale sangre de él.

[565] El largo párrafo que sigue está en cursiva en el texto base.

[566] [Margen derecho]: Testimonio de la incorruptibilidad del cuerpo de la beta Juana.

[567] Misina: la alternancia de esta forma con “Mesina” se presenta en los mismos lugares en todas las ediciones de esta familia textual, pero en los demás textos solo aparece la forma con la vocal abierta, por lo que “Misina” podría ser una errata. Familia cismontana: parte de la orden franciscana que se encuentra en Italia y España, es decir, a esta parte de los Alpes y los Pirineos.

[568] comisario de Jerusalén: fraile franciscano que atiende los distritos territoriales religiosos de Tierra Santa. Provincia de San José: primera institución territorial de la familia descalza franciscana fundada por san Pedro de Alcántara en el siglo XVI, que abarcaba toda Castilla hasta que en 1594 pasó a dividirse en dos y a denominarse “provincia de San Pablo” a los conventos de la actual Castilla y León, quedando para la de San José los de la que es hoy Castilla-La Mancha.

[569] discretas: mujeres elegidas para asistir a la superiora como consejeras en el gobierno de la comunidad.

[570] Ítem, de aquí en adelante, puede poseer la doble función de separar artículos o partes del escrito y de añadir información que continúa en el sentido de lo anterior.

[571] Su gloriosísima Madre: en la tabla de capítulos del texto base consta esta expresión; sin embargo, al regresar al título del capítulo II se lee: “su Santísima Madre”.

[572] Edito aquí todos los datos de este paratexto que constan en el texto base, aunque se trate de un dato meramente tipográfico, sin trascendencia en mi edición salvo cuando la referenciación indicada se hace mediante el número de capítulo.

[573] Sub Eccleasiae: Bajo la corrección de la santa madre Iglesia.