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E todo esto que el Señor dezía e profetiçava no lo entendían las personas que lo oýan, hasta que después, dende a pocos días, veýan a esta bienabenturada tullirse toda en tanto grado que no le quedaron fuerças ningunas, ni miembro sano, ni coyuntura en su cuerpo que no estuviesen desparçidos los huesos unos de otros, hasta los dedos [fol. 59v] de las manos e pies, que no se podía encubrir ni sus dolores sin gemidos. Sufrir tenía muy gran conformidad, e paçiençia en su larga e grande enfermedad e yncreýbles dolores, sugetándose a la voluntad del poderoso Dios con gran desseo de padesçer siempre por su amor. Encogiéronsele las rodillas, que nunca más las estendió, e los brazos e manos, por semejante, teníalas tan tullidas, y los dedos bueltos e quebradas las coyunturas, de manera que no podía comer con sus manos, ni las podía menear si no se las meneaban, ni volviese de ninguna parte si no la volvían, ni comer ni vever si no se lo davan por mano agena. Ningún miembro de su persona podía menear, si no hera la lengua.
Dixo esta sancta virgen a sus monjas: “Supliqué a mi sancto ángel me dixese qué hera este mal tan reçio, que unos dizen uno, e otros otro, en ninguna cosa de quantas manda haçer para remedio mío aprovechan. Respondiome, diziendo: ‘Qué maravilla que sea agora, por amor de las gotas sanguíneas, quien no olgó de tener las mayores perlas e joyas tenga esas. Esto digo por las llagas que rogaste a Dios te quitase. A determinado su Divina ''[8] '' Magestad de ymprimir en sus dolores e sentimiento de su sancta Passión como lo verás’. E ansí se cumple como él me lo dixo, que estando yo elevada un día de viernes, víspera de los diez mil mártires, veýa en espíritu que haçían remembranza de la Passión de Nuestro Señor Jesuchristo, como si fuera Viernes Sancto. Esto hera en un campo, y veýa, ansimismo, allí a los sanctos mártires, cuya fiesta e día hera, e cómo los matavan e cruçificavan, y a Nuestro Señor Jesuchristo con ellas confortándolas, y Él ansimismo cruçificado, e deçíales: ‘Ea, mis amigos, que yo esa muerte morí por vosotros, e justa cosa es vosotros la paséys por mí, que el amor no se pagó con amor, ni la muerte si [¿contra muerte?]: que no tiene ninguno mayor amor que poner la vida por su amigo. Yo soy vida, y resurrección, e gloria. Consolaos conmigo e acompañarme, que abrierto está el Paraýso, y vuestras coronas delante de cada uno la tiene su ángel [fol. 60r] propio’.
”E yo, muy espantada de estas cosas que veýa, pregunté a mi sancto ángel que estava delante de mí: ‘¿Qué cosa es esta, que Nuestro Señor Jesuchristo está aquí cruçificado, y ansimesmo estos otros muchos que le acompañan?’. Respondiome: ‘Muchos compañeros tiene Dios, después que resçivió la sancta humanidad en el vientre virginal de sancta María. E tú, que esto vees, aparéjate, que partiçipar tienes de esta cosa, que ansí lo quiere Dios. Que para eso te truxe yo a ver esta remembranza, que se haçía este día en memoria de la Passión de Nuestro Señor y de sus siervos’. Y estando mi sancto ángel diziéndome estas palabras, voló a deshora Nuestro Señor Jesuchristo, y vile delante de mí, y preguntó a mi sancto ángel: ‘¿Qué estás aquí platicando con esta persona?’. Y, él arrodillado en tierra, dixo: ‘Señor, está maravillada de los misterios que aquí pasan’. Entonçes, mirome el Señor, y dixo: ‘¿Quieres tú gustar de esta fruta?’. Yo respondí: ‘Señor, quiera vuestra sancta voluntad, e no más ni menos’.
Y como las ánimas viniesen tan llenas de penas y fuegos y fríos, todo muy ensufrible e con otros muchos tormentos, luego las tomava ella e las juntava con sus dolorosos miembros, a cuya causa partiçipava en mucho grado de las penas que ellas traýan, quedándole sus miembros [fol. 102r] con muy acreçentados y grandes dolores, y con tan reçios fuegos, que le pareçía estar ella metida en los mesmos fuegos de Purgatorio; tanto que, de neçessidad, muchas vezes le haçían ayre, e otras le ponían paños mojados en agua fría sobre sus quebradas coyunturas. Y en tiempo de calores le heran tan rezios de sufrir estos dolores y fuegos que le hazían dar muy grandes gemidos y gritos, pidiendo ayuda a la Magestad Divina para poder llevar tan ynsufribles y reçios tormentos. Y en este trabajo estava muchos días, junto sin tener alivio día ni noche ni tomando cosa con que se pudiese substener.
Estando muy fatigada con estos demasiados fuegos en el mes de henero, no osando ella pedir a las religiosas algunas cosas frías, que por lo ser el tiempo se las defendían, pensando que le heran dañosas para la salud corporal, embió a llamar secretamente una religiosa de pequeña hedad, y díxole el secreto: “Ruégoos vos vays al alberca de la huerta y me trayáys un pedazo del yelo que en ella está envuelto en ''[16] '' un paño de lienzo, y no le vea nadie”. Y la religiosa, yendo con voluntad amorosa, tomó una piedra y quebró con fuerça el yelo, el qual estava grueso, ansí de ser mucha el agua como de haver muchos días y algunos que estava detenida y haver quaxado muchas noches. Y tomando un gran pedaço, envolviole en un paño, y llevole a la zelda de la sancta virgen, y díxole en secreto cómo le traýa, mas que hera tan grueso como dos dedos. Ella respondió: “Bueno es, alzá la ropa de la cama y ponedle junto a mi lado, y de aquí a un poco tened cuydado de volver acá”.
Y dende a media hora volvió. Díxole la bienabenturada: “Buscad, amiga, el paño que truxistes con el yelo, y llevadle, y no digáys esto a nadie que havemos hecho yo y bos”. Y buscándole, hallole junto con las carnes de la sancta virgen. Y el yelo no halló, ni ninguna cosa, ni tenía mojada la ropa de la cama, ni la túnica que tenía vestida, ni sus carnes. El paño en que estava enbuelto el yelo estava un poco liento, de lo qual la religiosa se mucho maravilló. Y no le osó preguntar qué se havía hecho el yelo.
Estando una religiosa lavándole la boca, díxole: “Sancta Virgen, quitá de aý, que mi Señor me la labará y besará”. Y desde aý a un poquito, con mucha graçiosidad y mesura, sacó la lengua a manera de persona que comulga. Y preguntándole las religiosas si havía comulgado, respondió con hermoso semblante: “Sí”. Dixéronla si havía comulgado por todos los que allí havían, estaban: dixo que sí. El médico, que la curava, viendo todas estas cosas, dixo con gran devoçión y lágrimas: “Bienabenturado [¿colesio?], que tal ánima como esta embía al Çielo. Por çierto, señoras, que creo yo serán mayores los favores que de esta señora resçivirán desde el Çielo que los que an resçivido en la Tierra, aunque an sido muchos”. Respondió la bienabenturada: “Podrá ser”. Que todo esto pasaba quando estava sin pulsos en ninguna parte de su cuerpo. Estando todos mirándola, empeçó a mazcar, como persona que comía con mucho savor, y durole porquito espaçio. Y de que huvo çesado, preguntole un médico, diziendo: “Señora, pareze que come, ¿es verdad?”. Respondió la sancta virgen: “Sí”. Tornándola a ymporturar que dixese quién le havía dado, y qué hera: “El ángel me dió el fruto de la sancta vera cruz”. Dixéronle: “Con tal manjar, muy esforçada estará”. Respondió: “Sí, estoy”.
Y tomándole el médico el pulso, dixo que se le havía tornado muy esforçado y grande, que pareçía ''[18] '' que de nuevo le havían dado vida, porque havía más de quatro horas que estava sin él, y dende el día [fol. 133r] de los Sanctos Apóstoles no havía pasado ninguna sustançia. Y después de esto, empezó deçir con muy hermoso gesto: “Amigas mías y señoras mías, llevadme, llevadme, ca pues avía presto”. Preguntándole con quién hablava, dixo: “Con las sanctas vírgines”. Y ymportunada dixese con quién havía de yr y adónde la havían de llevar, respondió: “Con mi verdadero esposo y marido Jesuchristo”. Y deçía: “¿Por qué me escondéys a mi Señora y mi Reyna, por qué me la escondéys?”. Oyendo estas las religiosas, pusiéronla delante una ymagen de Nuestra Señora, y de que la vido, ynclinole la caveça y dixo: “No es esa, vuélvemela, vuélvemela a mi Reyna y mi Señora”. Y preguntada si estava allí Nuestra Señora, respondió con mucha alegría y prudençia: “Sí, y mis ángeles, y mis sanctos”. Y tornando a dezir de rato a rato: “Pues vamos, señora mía, vamos”, dixo con grande alegría: “Ea cavallero, ea cavallero, hazedle lugar aquí, aquí a mi lado”. Y dende a poquito dixo, a manera de reverente: “O, padre mío”. Y en este deçir padre mío, pensaron las religioas que lo deçía por el glorioso padre sant Françisco.
Y quando esto pasava ya venía el día, y hera sávado. De todos los que havían estado allí aquella noche, assí a las religiosas, como a las personas, de otra manera no se les hiço, pareçió ser aquella noche dos horas. Estando ansí esta bienabenturada, dixo: “Ea, pues, ea, pues, Jesuchristo, vamos de aquí, vamos presto, Señora, Señora mía; vamos, vamos, mi redemptor”. Entonçes, las religiosas se levantaron con muchas lágrimas y grandes sollozos, que pareçía querían espirar, y la besaron la mano con mucha devoçión. Y ella las bendixo, a presentes y ausentes, y a sus amigos y conoçientes, y tornó a deçir: “Vamos, vamos, rector mío, vamos de aquí”. Y preguntándole si estava allí el Señor, dixo: “Sí, y Nuestra Señora, y los ángeles, [fol. 133v] y toda la corte çelestial”.