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Juana de la Cruz

No hay cambio en el tamaño, 10:47 18 sep 2020
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Capítulo XIV
'''De una revelaçión que esta bienabenturada le fue mostrada açerca de un ánima'''
Preguntando a esta bienabenturada las religiosas de su convento e monasterio por el ánima de un padre religioso de su misma orden, que fue su vicario y confesor e murió en el dicho monasterio siendo [fol. 75v] vicario, el qual se llamava fray Pedro de Santiago, persona muy notable y de mucha sanctidad e virtudes, si havía savido el estado de su ánima, respondioles, diziendo: “Yo he suplicado a Nuestro Señor, su Divina Magestad, tuviese por bien de revelar al sancto ángel mi guardador el estado de aquella ánima, e le diese liçençia me lo dixese. Y a mi sancto ángel le dixe mi deseo. Y como, señoras, deseáys saver el estado de aquel ánima y lo suplicáys, respondí a vuestra petiçión y mía. Respondiome: ‘Pues tanto rogáys y deseáys ver el ánima de este religioso, anda acá conmigo, y para mientes con atençión lo que verás’. E tomándome por la mano, llevome a un jardín de ynumerable hermosura e frescura, en el qual havía árboles de diversas maneras, llenos de muy hermosas colores, y en ellos muchas aves de mucha hermosura cantando muy dulçemente e grande armonía. Y los muros e adarbes y todos los edifiçios que allí stavan heran labrados de oro, e bariedad de perlas e piedras preçiosas, y todo muy resplandeçiente e de gran hermosura. Y dentro de este deleytoso bergel estava un palaçio muy ricamente labrado e de gran claridad, en el qual estava un trono muy alto, todo de pedrería, y en este estava sentado Nuestro Señor Jesuchristo. Junto, en otra riquíssima silla e trono, estava assentada Nuestra Señora, en presençia de los quales estava, de rodillas e postrada en el suelo, el ánima de este religioso, y pareçiéndome estava bestido de su ábito pardillo, e todo en la forma y manera como quando estava en el cuerpo. E a desora, yncontinenti, estando él así, mirando y contemplando él a tan gloriosa visión de Dios y de su gloriosa madre, a la qual hera él en gran manera devoto y servidor, vinieron allí presentes quatro vírgines: la una, la señora sancta Catalina, e la otra sancta Çiçilia, la otra sancta Bárbara, e la otra la gloriosa sancta Clara. Y entre ellas estava sancta Ana, muy çercana a Nuestra Señora, más que ninguna de las otras. Y estas sanctas vírgines, por mandado del poderoso Dios y de su sacratíssima madre, tenían [fol. 76r] en sus manos bestiduras blancas e muy candidísimas, e resvistieron al dicho padre de aquellas vestiduras, que heran como a manera de ornamentos que se visten los prestes para dezir missa. Y después que le huvieron revestido a manera de saçerdote, llegó la señora Sancta sancta Ana, y ençima del alma, que tenía bestida, hechole una almática colorada, como a diácono; e la Reyna de los Çielos, Virgen Sancta sancta María, con sus sacratíssimas manos, le vistió una casulla más blanca y resplandeçiente que el sol, y ençima le puso un manto azul con estrellas de oro, el qual manto hera muy valeroso y de pontifical. Y junto con esto pareció, a deshora, coronado de mitra e abreola muy resplandeçiente, todos junto ençima de su caveça, la qual le hermoseava e auctoriçava mucho. Y en las manos le pusieron una bara muy pintada, como çetro, con una manzana de oro en la çimera, y en ella figurada la ymagen de Nuestra Señora con el Niño Jesús en brazos. E después que assí estuvo bestido e adornado, con alegre gesto empezó a cantar, diziendo: ‘Gloria sea a ti, Señor Dios poderoso, que por tu benignidad visitaste la Tierra y truxiste la gente a tu conoçimiento’. Y la Virgen María dio su glorioso fruto, y esta postrera palabra replicava por tres vezes, diciendo: ‘Dio su glorioso fruto’. Y esto hecho, a deshora desapareçió esta gloriosa visión.
”E otra vez, estando yo elevada, deseava mucho hablar aquella bendita ánima de aquel glorioso padre. Y estando con este desseo, a deshora vi venir en una muy hermosa y conçertada proçessión, la qual guiava el señor sant Pablo apóstol, y junto con él yba de la una parte el señor sanct Pedro y de la otra el señor san Juan Evangelista; y en esta solemníssima proçessión yban muchos sanctos mártires y confesores, entre los quales yba el bienaventurado padre fray Pedro de Santiago, [fol. 76v] e mirávame él con atençión. Hablome palabras formadas, diziendo en su acostumbrada habla, que de humildad y menospreçio él solía tener, alçando el cuello y caveza hazia en alto, dezía ansí: ‘Que este es Dios, que save desnudar presto el pellejo al hombre que crió, el qual quedó allá como el de la culebra’. Yo, desseando saver si yo en los pocos días pasados que finó si había ydo o estado en Purgatorio, y no pudiéndoloselo preguntar, luego respondió a mi pensamiento, diziendo: ‘Por allí pasé, y estaban unas simas muy grandes, llenas de ánimas llorando y gritando con gran clamor. Y yo verdaderamente allí pensé quedar, mas la Virgen María no me dexó caer’. Y dicho esto, cesó el bendito religioso de me mirar y hablar, y fuese cantando en la proçessión. Y yo quedé consolada de la tal revelación.

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