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Juana de la Cruz

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sin resumen de edición
''[11]'' Este símbolo posiblemente indique que entre las estrofas debe repetirse el estribillo: “Mírala cómo sale / la rosa fresca y florida, / mírala cómo sale / de entre las espinas”.
 
= Vida impresa(1)=
Ed. de Mar Cortés Timoner; fecha de edición: octubre de 2020.
 
== Fuente ==
* Villegas, Alonso de. 1588. ''Addicion a la Tercera Parte del Flos sanctorum: en que se ponen vidas de varones illustres, los quales, aunque no estan canonizados, mas piadosamente se cree dellos que gozan de Dios por auer sido sus vidas famosas en virtudes...'' Huesca: Iuan Perez de Valdiuielso. Fols. 63r col. a - 65v col. b.
 
== Criterios de edición ==
El relato aparece en el apartado 206 de la Adición de la Tercera Parte del ''Flos Sanctorum'' de Alonso de Villegas.
 
Se siguen los criterios establecidos en el catálogo para fuentes impresas y, por ello, han sido eliminadas las duplicaciones de consonantes: cc/c, ss/s, ff/f. En cambio, se respetan los grupos consonánticos: -nt (sant), -nc- (sancta), -bp- (baptismo) y -bj- (subjeto), y las contracciones ‒aunque se ha añadido el apóstrofo clarificador en “del” para escribir “d’él”‒. Además, se mantiene la conjunción copulativa “y” ante palabras iniciadas con el sonido vocálico “i”. Asimismo, para facilitar la localización de los textos, hemos indicado el folio (r-v) y la columna correspondiente (a-b).
 
Se ofrecen datos en torno al texto editado y su fuente en: M. Mar Cortés Timoner, “La autoridad espiritual femenina en la Castilla bajomedieval y su reflejo en el ''Flos sanctorum'' de Alonso de Villegas”, ''Dicenda. Cuadernos de Filología Hispánica'', vol. 39 (en prensa).
 
==Vida de Juana de la Cruz==
 
[Fol. 63 col. a] '''Vida de Sor Juana de la Cruz, abadesa del Orden de los Menores'''
 
Al tiempo que el soberbio Holofernes ''[1]'', capitán de Nabucodonosor, Rey de Asiria, tenía puesto cerco sobre la ciudad de Betulia, dice la Divina Escritura, en el libro de Judit, que una mañana los hebreos cercados salieron de su ciudad, las banderas tendidas, las lanzas y espadas en sus manos, amenazando de muerte a sus contrarios. Los cuales, teniéndolos en poco, burlaban dellos, diciendo que los ratones tenían atrevimiento de salir de sus cuevas en daño de sus vidas. Estaba la tienda del capitán cerrada y en ella había todo silencio. Entró Bagao, camarero suyo, creyendo que dormía, a despertarle para que se diese orden en la defensa; y estando en su aposento vido el cuerpo de Holofernes sin cabeza, tendido en el suelo, revolcado en su sangre. Quedó confuso y, por entender que había sido esta obra de la valerosa matrona Judit, salió dando voces y diciendo: “Una mujer ha puesto en confusión la casa de Nabucodonosor”. Y fue así porque, viendo los asirios muerto a su capitán, sobrevínoles tan grande temor que, puestos en huida, dejaron en manos de sus enemigos la victoria y despojos. Esta razón que dijo Bagao, camarero de Holofernes, de que una mujer había puesto en confusión la casa de Nabucodonosor, viene a cuenta de una bendita mujer llamada Juana de la Cruz, monja de la Orden de los Menores, la cual es confusión de la casa de Nabucodonosor, por la cual se entienden los malos, sean del estado que fueren, que a todos los confunde; y aun de algunos religiosos y eclesiásticos, por muy levantados que estén en el servicio de Dios, es confusión ver lo que esta religiosa hizo. También a gente ilustre nacidos de esclarecida sangre y criados en la policía de corte y casa real confunde esta mujer, nacida de labradores en una pobre aldea. Y de toda suerte de hombres es confusión pues una mujer les hace ventaja como parecerá en su vida colegi- [fol. 63r col. b] da de memoriales antiguos que están en su monasterio de la Cruz, dos leguas de la villa de Illescas ''[2]'', y es en esta manera.
 
En un lugar llamado Azaña, cerca de Toledo, nació Juana de la Cruz, de padres cristianos y virtuosos llamados Juan Vázquez y Catalina Gutiérrez, en el año de la Encarnación de mil y cuatrocientos y ochenta y uno ''[3]''. Fue dotada de mucha gracia y hermosura. Criola su madre a sus pechos sin que le fuese molesta ni enojosa, antes le era consuelo y recreo porque solo tomarla en sus brazos, aunque estuviese triste y afligida, le era medio para se alegrase y desechase de sí toda pena y tristeza. Siendo de cuatro años mostraba tener entero juicio y entendimiento así en las palabras que hablaba como en las obras que hacía, que todo era con mucho seso y cordura. Nunca se vido ocupada en juegos y vanidades en que se ejercitan los de su edad, ni hablaba palabras vanas y sin provecho, sino sus pensamientos y propósitos eran Jesucristo, a quien llamaba su Esposo y con quien comunicaba sus deseos. Era esto, algunas veces, con tanta fuerza y aprehensión de sus potencias interiores que los exteriores sentidos quedaban del todo faltos por donde creyendo su madre que fuese enfermedad, y aun juzgándola alguna vez por muerta, hizo promesa de llevarla con cierta ofrenda de cera a una casa y monasterio de Nuestra Señora llamado de la Cruz, que está junto a un pueblo que se dice Cubas, dos leguas de Illescas, villa de la diócesi de Toledo, distante de la ciudad por seis leguas, ilustrada con una imagen de la Madre de Dios llamada de la Caridad donde ocurre gente de diversas partes y, particularmente, enfermos que son favorecidos y remediados por los méritos y intercesión de la Virgen.
 
El monasterio y casa de la Cruz, en que hay monjas del Orden de Sant Francisco, es tradición dentro d'él, y en toda la comarca, conservada de unos en otros, que se edificó por orden de la misma Virgen, que se apareció en aquel [fol. 63v col. a] lugar, por donde es reverenciado y tenido en mucho de los pueblos de la comarca. Y aun, por relación de monjas ancianas de la misma casa y monasterio, se sabe que fue della imagen que en Illescas es tan reverenciada. La cual, una devota mujer que servía a las monjas, juntándose con otras mujeres y con música de panderos, llevaba la sancta imagen quitándola de sobre la puerta de la clausura de las monjas donde estaba y la traía por los pueblos de la comarca pidiendo para vestirla, y con lo que le daban, la tenía muy lucida y aseada y, desta manera, una vez la dejó en Illescas, y perdiéndola el monasterio, la ganó la villa, y quedó con ella el origen de aquella sancta imagen que he podido descubrir es este. La cual es de pequeña estatura, algo morena y por extremo devota. Estando, pues, otras dos leguas esta casa de donde la niña Juana estaba, su madre la ofreció a la Virgen y prometió de la llevar al monasterio con la ofrenda de cera, como se ha dicho. Y porque a la madre se llegó la hora de su muerte sin haber cumplido este voto, pidió con grande instancia a su marido, y padre de la niña, que él le cumpliese. Lo cual oído y advertido della, propuso en sí de no solo contentarse con hacer aquella ida sino de quedarse en el monasterio por religiosa y servir allí a la Madre de Dios toda su vida.
 
Murió la madre y quedó de siete años la niña Juana. La cual, con el intento que tenía de ser monja, quiso acompañarse de obras y ejercitarse ''[4]'' en el siglo de lo que es proprio de la religión. Guardaba grande abstinencia, ayunaba, comiendo sola una vez al día, pan y agua, y desto no todo lo que había menester, y aun, a veces, se estaba dos o tres días sin comer cosa alguna. Tejió un cilicio de cerdas asperísimo y púsosele junto a sus carnes, por lo cual andaba siempre llagada aunque muy consolada. Nunca estaba ociosa, trabajaba de manos y, en el trabajo, se daba grande prisa para más lastimar su cuerpo con el cilicio y así tenía más que ofrecer a Nuestro Señor, que por todos fue tan herido y llagado. Sin esto, hacía ásperas disciplinas dándose tan sin piedad que su cuerpo quedaba hecho un lago de sangre. Mostraba grande humildad en la compostura de su rostro, hablaba pocas palabras y ninguna ociosa de modo que, saliendo de su boca, o era alabando a Dios o aprovechando a su prójimo. Llevola a su casa un tío suyo, hombre rico, alcanzándolo con muchos ruegos de su padre; y su mujer, que también era su tía, la amaba tiernamente. Aquí, teniendo mejor oportunidad, se empleaba más tiempo en obras sanctas y en penitencias. Y porque dio un tiempo en estarse puesta en oración la mayor parte de la noche, vino a que su tía entendió la vida que hacía y la estimó y tuvo en mucho. Por verse ella descubierta, andaba buscando los lugares más aparta- [fol. 63v col. b] dos y escondidos de casa, donde tenía sus disciplinas, dándose con una cadena crueles golpes y, cuando más llagada y atormentada se veía, pedía a Nuestro Señor por premio de sus dolores la recibiese en el monasterio de sus esposas y la hiciese religiosa. Lo cual Su Majestad le concedió porque, siendo de edad de quince años, inspirada a lo que se entiende por Dios, visto que no podía de otra suerte porque sus parientes lo contradecían deseando tenerla siempre consigo y casarla, vistiose una mañana hábitos de hombre y, haciendo un lío de sus proprios vestidos, salió de su casa con intento de ir al monasterio de la Cruz, que estaba dos leguas de allí, como se ha dicho. Comenzando el camino, deseó el demonio estorbarlo y púsole algunos temores de que su padre y parientes sentirían mal de aquella ida, y de peligros que en el camino le podían suceder. Lo cual hizo en ella grande impresión, tanto que se desmayó y cayó en el suelo, aunque le pareció que la hablaban y decían que se esforzase que Dios la favorecería por donde saldría con su intento. Tornó a proseguir su camino y, habiendo andado buena parte d'él sintió venir tras sí, aunque algo lejos, persona a caballo y, mirando bien, conoció que era un mancebo hijo de padres ricos que la había pedido por mujer y deseaba grandemente casar con ella. Fuele mucha turbación verle viéndose sola y en lugar tan solo, mas también en este peligro la favoreció Nuestro Señor con cegar al mancebo para que no la conociese y a ella advirtiéndola que se apartase del camino en tanto que pasaba, y así pudo llegar bien cansada a la casa de la Madre de Dios donde iba y, entrando en la iglesia, no vido persona alguna. Y así, habiendo hecho oración y, en particular, reverenciando la imagen de la Madre de Dios, llegose a una parte y desnudose el vestido de hombre que traía y vistiose el proprio suyo de mujer con que llegó y habló a las monjas dando cuenta de quién era y el deseo que traía, rogándoles la admitiesen en su clausura. Y aunque ellas lo dificultaban, sucedió que, a la misma sazón, llegaron parientes suyos que venían en su seguimiento y, hallada, dijeron palabras de mucha reprehensión por lo hecho y querían volverla consigo. Ella, con mucha paciencia, pidiéndoles perdón del enojo que habían recebido por su causa, díjoles que su intento era de servir a Dios en aquella casa y que solo Él podría sacarla de allí. Vino también a este tiempo el perlado por cuya [5] orden había de ser recebida en el convento. El cual, visto el deseo y constancia de aquella doncella, dio licencia para que fuese admitida a la religión y todas las monjas la recibieron con grande contento. Lo cual visto de sus parientes tuviéronlo por bien y señaláronle la dote y así recibió el hábito y quedó en la casa.
 
La maestra de novicias [fol. 64r col. a] la encargó que un año guardase silencio y ella holgó de oírlo porque de su natural era amiga de hablar poco. Y así comenzó a hacer una vida maravillosa aun antes de la profesión. La cual hizo cumplido el año y fue de cuatro votos: los tres ordinarios y otro de clausura. Su vestido era muy pobre y humilde más que el de las otras monjas. Traía túnica de sayal y una saya vieja y remendada; el hábito lo mismo, alpargates en los pies y lo más del tiempo andaba descalza. Ceñía una gruesa cuerda, en su cabeza una albanega de estopa y, sobre ella, gruesas tocas. Y, sin que persona alguna lo entendiese, junto a sus carnes usaba un áspero cilicio, el cual nunca se quitaba día y noche y, sin esto, hacía otras ásperas penitencias. Su paciencia era maravillosa porque holgaba de ser menospreciada y reprehendida sin culpa, y injuriada y que le fuesen levantados [6] testimonios. Y, de cualquiera manera que fuese, deseaba tormentos, llagas, heridas, dolores, fríos, cansancios y todas maneras de penas, sufriéndolo alegremente por amor de Dios. No hablaba sino con su maestra o con la abadesa o vicaria, y esto siendo preguntada. Algunas veces traía en la boca una hierba amarga como ajenjo ''[7]'' en memoria de la hiel que fue dada a Jesucristo en su Pasión. Otras se ponía en ella una piedra algo grande que le causaba dolor. Y otras tomaba con la boca agua y teníala tanto espacio dentro hasta que de dolor no la podía sufrir. Levantaba así mismo un candelero con la boca y sustentábale en alto hasta que le dolían las quijadas. Pensaba ella que guardar silencio sin penitencia y dolor sería a Dios poco acepto y meritorio. Los ayunos eran los mismos que antes que fuese monja, añadiendo a ellos ayunar también en dormir, porque, así como el que ayuna come después de mediodía y a la noche hace una pequeña colación, ella, en lugar de la comida de mediodía, rezaba a medianoche maitines, y la colación breve trocaba en un breve sueño al cabo de la noche cerca del amanecer. Y porque era costumbre dormir todas las monjas en un dormitorio estando una lámpara encendida en medio d’él, ella aguardaba a que todas se recogiesen en sus camas y durmiesen, y tomaba una rueca y hilaba junto a su cama, ya en pie, ya de rodillas, y siempre rezando o meditando en la Pasión de Jesucristo, su Esposo. Ocupábase muy de ordinario en el servicio del convento y, para hacerlo alegremente y con gusto, consideraba que era todo para servicio de Jesucristo, de quien ella era esclava. Cuando fregaba los platos juzgaba que eran de oro y perlas para en que comiese su alta Majestad. La escoba con que barría tenía por ramillete de rosas y flores, las piedras por tapetes finísimos y estrado del Rey de los Cielos, y a esta traza se había con lo demás. Siendo co- [fol. 64r col. b] cinera esta bendita, reprehendíanla su compañera y la provisora, no contentándose de lo que hacía. Ella, sin mostrarse turbada, derribándose en el suelo, decía su culpa; no la aceptaban ellas, antes le decían que se fuese de allí. Íbase al coro muy triste y suplicaba al Señor le perdonase la pena que había dado a sus hermanas y les quitase la turbación que tenían con ella. Estando en esto tornaba la compañera a llamarla y preguntábale qué hacía en el coro. Respondía con mucha humildad: “Suplicaba a Nuestro Señor me perdonase la turbación que fue causa, hermana mía, que tuviésedes y que os la quitase para que me perdonéis y estéis bien conmigo”. Oyendo esta respuesta la compañera y provisora, edificábanse en tanto grado que, por algunos días, les duraba muy gran compunción y lágrimas en lo secreto de su corazón. Y este modo tenía, con todos los que la reprehendían y afligían, de hacer por ellos particular oración.
 
Ya se ha dicho cómo esta bendita doncella era de rostro agraciado y hermoso; junto con esto tenía presencia de mucha gravedad, era amigable y de agradable conversación. Hablaba con grande gracia y daba muy provechosos consejos: verla y oírla provocaba a devoción. Frecuentaba los sacramentos de confesión y comunión y, no siéndole concedido por sus perlados comulgar cada día sacramentalmente, comulgaba espiritualmente desde su coro oyendo misa y, para esto, se aparejaba muy temprano. Supo de un religioso que era tentado de no rezar las horas y oficio divino y que decía que Dios no tenía necesidad de sus oraciones. Hablole y díjole que verdad era que Dios no tenía necesidad d’él, ni de criatura alguna, mas junto con esto todas las criaturas tenían necesidad de Dios. Y que así como el villano pechero está obligado a pagar el pecho a su rey y señor, y si no le paga, sino que se muestra rebelde, le hace castigar, así Dios quiere que sus criaturas le paguen servicio y, en particular, el eclesiástico con el oficio divino; y si faltare en esto, le castigará con rigor. A una monja que le preguntó qué haría para agradar mucho a Nuestro Señor, dijo: “Paz, oración y silencio agradan mucho a Su Majestad”. A otra que le pidió consejo para estar en gracia de Dios y permanecer en ella, diósele diciendo: “Llora con los que lloran, ríe con los que ríen y calla con los que hablan”. Aconsejaba a todos que tuviesen grande devoción con el ángel de su guarda porque no solo (decía ella) nos guardan, sino nos acompañan y, cuando alguno está en trabajo cercano a la muerte, su ángel va al Cielo y ruega y convida a los sanctos y sanctas que él sabe que aquella persona tiene devoción y ha hecho algunos servicios para que, con él, rueguen a Dios le favorezca y libre, y que lo hacen ellos de la manera que les es pedido. Añadía más, que aun [fol. 64v col. a] después de difunctos, no desamparan los ángeles las almas de los que fueron custodios sino que, si van al Purgatorio, las visitan y consuelan y dan cuenta de las obras sanctas y meritorias que los vivos hacen por ellas. También era esta bendita monja muy devota de la Cruz y había mil razones para serlo: así por tener apellido y llamarse Juana de la Cruz, ser monja del monasterio de Sancta María de la Cruz y haber alcanzado grandes misericordias de Dios por medio de su Sanctísima Cruz, con la cual tenía dulces y sabrosos coloquios, diversos para cada día de la semana, de que se sacaba grandes aprovechamientos espirituales. Favoreciola Nuestro Señor enviándole regalos de su mesa, de gustos y recreos divinos. Particularmente, estando en oración, en la cual muchas veces se transportaba y arrobaba en éxtasi quedando sin sentido alguno; y, para prueba desto, hallándose presente una vez cierta señora seglar que vino a visitarla, y viendo que trabando della ni dándole veces no mostraba sentir, con un agudo hierro la hirió en la cabeza de manera que le sacó sangre y, aunque a la sazón no lo sintió, después se quejó bien de la herida. Sucedió algunas veces que, estando en éxtasi y arrobada, hablaba y lo que decía eran razones muy levantadas y subidas y de que se edificaban los que las oían. Porque, con ser doctrina muy conforme a los que nuestra fe sancta enseña y predica, ya descubría secretos maravillosos de Dios y de la Escriptura Divina, ya exhortaba ''[8]'' a que se amasen virtudes y se evitasen vicios, tocando en alguno de que algunos de los presentes eran tocados, de modo que les parecía hablar con ellos y sin que otros entendiesen ellos en semejantes razones lo que habían hecho mal, y era muy secreto, y así era motivo para tener pesar dello y enmendarse. Y para mayor testimonio que era este negocio del Cielo, no pocas veces se oyó hablar en diversas lenguas de que ella nunca tuvo noticia. Y así, a cierto provincial de su orden que deseaba hacerla abadesa de aquel su monasterio, como al fin lo hizo, le dijo en lengua de Vizcaya, siendo él vizcaíno, que para el monasterio y casa sería provecho tener ella aquel oficio, aunque para sí penoso. Otra vez, habiendo dado, para el servicio del convento, el obispo de Ávila dos esclavas moras traídas de Orán, que se ganó en aquella sazón, las cuales, si les decían que se hiciesen cristianas, lloraban y se arañaban el rostro hasta derramar sangre, en particular la una que era de más edad, estando esta bendita en éxtasi habloles en algarabía y ellas la oyeron de buena gana y respondieron. Sucediendo deste coloquio que las dos de su voluntad se baptizaron, y, baptizadas, otras veces les habló en la misma lengua estando arrobada y ellas iban luego y se ponían junto con ella y quedaban muy con- [fol. 64v col. b] soladas de haberla oído.
 
Con todas estas experiencias, por ser cosa nueva y no oída de algún sancto, los perlados mandaron a la abadesa que era a la sazón que, siempre que hablase estando transportada, la dejasen sola. Obedeció la abadesa y, la primera vez que la vido en éxtasi y que hablaba, mandó salir del aposento a las monjas que estaban en él y quedó sola. Después, pasado algún tiempo, envió a ver si cesaba de hablar. Y la monja que fue con este recaudo vido en el aposento grande número de aves de diversas hechuras, todas levantados los cuellos como que oían a la bendita mujer lo que hablaba. Y volviendo a decir lo que había visto, fueron con ella la abadesa y muchas otras monjas que vieron lo mismo, aunque las aves, a su llegada, se fueron. Y para que se viese que eran verdaderas y no fantásticas, una de ellas voló a la parte donde estaba la bendita Juana, y en su manga fue asida estando ya en su sentido, en lo cual pareció ser voluntad de Dios que oyesen lo que decía en tales tiempos y que, si a personas de entendimiento y a razón se les vedaba, vendrían aves que carecen de todo esto a oírla. Y así fue vista y oída diversas veces del cardenal y arzobispo de Toledo Francisco Jiménez, que fue fraile de su orden; de muchos obispos, inquisidores, predicadores, duques, condes y marqueses; y de personas que burlaban della oyéndolo contar y, visto después por sus ojos, quedaban confundidos y no poco le eran en adelante aficionados.
 
También obró Nuestro Señor por ella algunas maravillas y fue una que, llevando en sus manos un vaso grande de barro para servicio del convento, quebrósele tocando a una piedra de que ella quedó muy desconsolada, derribose en tierra, hizo oración a Nuestro Señor y, juntando los pedazos del vaso, quedó perfectamente sano. Vido todo esto otra religiosa y díjole: “¿Qué es esto hermana? ¿No estaba este vaso en el suelo hecho pedazos? ¿Cómo está sano?”. Respondió con mucha humildad: “Así es, hermana, mas el Señor ha tenido por bien de remediar por su bondad lo que yo había echado a perder por mis pecados”. También era obra maravillosa y le acaeció diversas veces, que, estando ocupada en cosas de la obediencia, oía, hallándose bien distante, el oficio divino que se rezaba en el coro y veía el Sanctísimo Sacramento, teniendo una pared gruesa de por medio, la cual, al tiempo que alzaban en la misa, apareció romperse de modo que vido la sagrada Hostia y Cáliz y tornose a juntar aunque, para evidencia del milagro, quedó señal de una piedra no bien encajada por muchos años. Fue así mismo público de una niña que murió, habiéndola traído sus padres al monasterio de la Cruz, la cual, por muchas experiencias hechas en ella, se vido que estaba sin vida y, a ruego de sus padres, [fol. 65r col. a] y de otras personas en número de ochenta que estaban presentes, puso un crucifijo sobre ella, hizo oración y luego se levantó con vida y salud.
 
Por estas obras y por su mucha virtud y discreción, vino a ser electa abadesa, cuyo oficio rigió maravillosamente porque las súbditas no solo eran favorecidas y alentadas en el servicio de Dios con su ejemplo y amonestación, sino con su muy fervorosa oración alcanzando de la Majestad de Dios que se empleasen muy de veras en su servicio. Y fue prueba evidente que, puesta en el oficio de abadesa, no hubiese disminuido sino augmentado su virtud que hizo Dios por ella nuevas y muy extraordinarias maravillas. Como pareció en que, estando enferma en el palacio del Emperador Carlos Quinto, cuya corte residía en Madrid, una señora que se llamaba Ana Manrique, siendo la enfermedad dolor de costado, que la puso en lo último, por tener devoción con la madre Juana de la Cruz y estar cierta que Nuestro Señor oía y otorgaba lo que por ella era pedido, hizo mensajero significándole el peligro que estaba. La bendita madre con entrañas de caridad hizo oración fervorosa por ella y pareció el efecto en que, estando la enferma dada la unción y sin humano remedio al parecer de los médicos, siendo de noche vido que estaba con ella la misma madre abadesa Juana de la Cruz y que le llegaba con sus manos y apretaba el lugar donde tenía el dolor, y así lo dijo en voz alta: “Veis a mi madre que ha venido a visitarme y curarme”. Muchos que estaban presentes oyeron estas voces, aunque no la vieron sino el efecto que fue poder comer y recuperar luego entera salud. Divulgose esto en el mismo monasterio de la Cruz y, pidiendo las monjas a la madre les declarase cómo aquello había sido, ella dijo: “Obras son estas hijas mías del ángel sancto de mi guarda”. También fue cosa cierta haber sanado por su oración el padre confesor del convento de una enfermedad bien peligrosa de rabia, y lo mismo una monja de un zaratán ''[9]'' y otra de cierta nacencia; y así, algunas otras de males gravísimos en los cuales iban siempre empeorando hasta que la madre Juana de la Cruz hacía por ellos oración, pidiéndolo los tales enfermos, y luego mejoraban y quedaban en breve sanos.
 
Y porque la fama de tales obras y de su vida sancta, que volaba por todas partes, era ocasión que de muchos fuese tenida y reverenciada por Sancta, para que esto no le fuese ocasión de ensoberbecerse y para más mérito suyo, permitió Dios que fuese gravemente afligida por causa de una persecución que se levantó contra ella. Y fue que, teniendo costumbre la abadesa y monjas de poner un sacerdote en el lugar de Cubas que administrase los sacramentos, por ser aquel beneficio del convento, trataban algunas personas e- [fol. 65r col. b] clesiásticas de impetrarle por Roma, diciendo que mujeres, aunque religiosas, eran incapaces para cargo de almas. Aconsejose la bendita madre qué haría en este caso y fuele dicho que convenía, para el bien de su monasterio, que enviase bula al Papa y, anticipándose, ganase aquella gracia y asegurase su daño. Hízolo así aunque sin dar cuenta a sus perlados por el peligro que había en la tardanza. De aquí sucedió que una monja del mismo convento, que no estaba bien con ella, acriminó este caso diciendo a los perlados que lo había hecho sin su licencia gastando de los proprios del convento por dar aquel beneficio a un hermano suyo, el cual venía nombrado para él. Y la verdad era que, en sacar la bula, se gastaron siete ducados y trújosela un su devoto graciosamente sin otra costa; y a su hermano, por ser letrado y de buena vida, el pueblo le había pedido para aquel cargo. Con todo esto, uno de los perlados y el principal, muy indignado, fue al monasterio de la Cruz y, juntando capítulo, reprehendió ásperamente a la madre Juana y, quitándola el cargo de abadesa, públicamente le mandó dar una disciplina. Todo lo cual sufrió con singular paciencia diciendo que mucho más merecían sus pecados y que el cargo de abadesa se lo había tenido sin merecerle por obediencia. Las monjas sintieron mucho este agravio y, aunque el perlado les mandó elegir abadesa, no pudo acabarse con ellas diciendo que la tenían, y así les puso por presidente a la misma que le había dado semejante aviso; aunque así el perlado como la monja murieron en breve tiempo con gran dolor por lo hecho y pidiendo perdón a la misma Juana de la Cruz, la cual no poco importunó a Nuestro Señor, así estando vivos por la salud de sus cuerpos como después de muertos por el bien de sus almas.
Ni pararon en esto los trabajos desta bienaventurada mujer. Antes, estando un Viernes de la Cruz dentro de su celda elevada en contemplación, levantados los brazos en forma de cruz, tornando en sí fuese al coro al tiempo que se decía la Sancta Pasión. Iba llorando y descalza y no podía andar, y así ponía de lado los pies con grave pena. Las religiosas, viéndola desta manera, fueron a ella y preguntándola qué había, respondió que le dolían mucho los pies. Miráronlos y viéronselos señalados y lo mismo las manos de las señales del Señor, no llagas abiertas ni que manasen sangre, sino unas señales redondas del tamaño de un real y muy coloradas. Las monjas preguntaron la ocasión desto; y díjoles haber sido no otra sino que, estando contemplando en la Pasión de Jesucristo, le pareció verle puesto en la cruz y que se juntaba a ella y que la dejó con estas señales. Lo cual fue causa de que las religiosas y dos frailes confesores de casa que las vieron derramasen lágrimas de [fol. 65v col. a] ternura y regalo viéndolas, aunque la bendita madre, así porque se tenía por ''[10]'' indigna de semejante favor de Dios, como por ser el dolor intolerable, pidió a su Divina Majestad la librase d'él. Y tanto le importunó que, el día de la Ascensión adelante, quedó libre del dolor y sin semejantes señales, aunque no por eso cesaron sus penas, antes, permitiéndolo Dios, los demonios la atormentaban y azotaban, y era tan crudamente que, alguna vez, le duraron por muchos días las señales de los azores que los demonios le dieron.
 
Pasaron adelante sus penas y diola Dios una terrible enfermedad, y fue tullirse en tanto grado que no le quedaron fuerzas algunas ni miembro sano, ni coyuntura ''[11]'' en su cuerpo que no le causase dolor gravísimo. Los huesos se apartaron unos de otros, hasta de las manos y pies, que no se podían encubrir, ni sus dolores y ansias sufrir. Encogiéronsele las rodillas que nunca más las extendió, los brazos y manos por el semejante, los dedos tan vueltos y quebrantados que no podía comer con sus manos, ni menearlas; ni ella toda podía volverse de alguna parte sino la volvían; ni comer, ni beber si no se lo daban. Ningún miembro de su cuerpo podía menear sino era la lengua, con la cual mostraba gran conformidad con Dios, con quien, razonando una vez, tiernamente, dijo: “Señor, ¿cómo es posible que cuerpo tan quebrado viva? O me dad paciencia o me quitad tanto mal como padezco o la vida siendo vuestra voluntad”. Pareció que le hablaba el Señor y que le decía: “Qué maravilla es que padezcas lo que padeces pues me escogiste a Mí por Esposo, que fui muy tenido en el mundo por leproso y lleno de dolores; pues siendo tú mi esposa y comunicando conmigo ''[12]'' como con esposo, aunque espiritualmente, cierto es que se te habían de pegar algunas de mis enfermedades, y quien ama razón es que sufra y padezca por su amado. Cuanto más que todo esto es procurado por Mí para provecho tuyo, siendo también tu Padre, y los que son padres en la tierra procuran que sus hijos tengan bienes y riquezas, y por este fin se ponen a muchas afrentas y trabajos, y así Yo, por hacer ricos a mis hijos, padecí trabajos, injurias y dolores. Por subirlos al Cielo bajé a la tierra, por librarlos de la muerte del Infierno padecí muerte cruel en una cruz, por hacerlos ricos en las almas me hice pobre en el cuerpo, y por hacerles señores en el Cielo y iguales a los ángeles me hice, en cuanto hombre, siervo y subjeto a graves necesidades. Y pues yo hice tanto por ellos, pueden entender que los amo y quiero mucho, y que es mayor el amor que les tengo que el que ellos se tienen a sí mismos. Y sé mejor que ellos lo que les cumple; y porque les cumple padecer trabajos para ir al Cielo, y que sean grandes para tener allá grande y principal asiento, por eso se los doy. No porque me huelgue de [fol. 65v col. b] verlos padecer y penar, sino porque es esto lo que les conviene. Y así tú, hija mía, no te aflijas ni desconsueles si padeces muchos, porque mereces mucho y, por lo mismo, será mucho tu Cielo. Está cierta que, cuando Yo vea que llegas al punto señalado de gloria para ti en mi Eternidad, Yo te llamaré luego”.
 
Y así fue que, habiendo padecido esta enfermedad algunos años, sucediole otra de suerte que, visitada por algunos médicos, todos afirmaron que se moría. Y fue causa de grande desconsuelo en su convento porque, enferma y tullida en una cama, les era muy provechosa, teniendo libre su lengua y entendimiento con que les daba consejos y documentos muy provechosos. Donde, venido el día de la Sancta Cruz, que es a tres de mayo, domingo a las seis después mediodía del año de mil y quinientos y treinta y cuatro ''[13]'', siendo de edad de cincuenta y tres años, estando en su celda algunos religiosos de su orden y todas las monjas del convento con velas encendidas en sus manos, habiendo recibido los sacramentos de confesión, comunión y extremaunción, con grande reverencia y piadosas lágrimas, y hecho el desaproprio de sus pobres alhajas para morir del todo pobre, leyéndole la Pasión, dio su alma a Dios Nuestro Señor, quedando muy bien compuesta y mostrando en su rostro un sonriso de que no poco se admiraron los presentes, junto con que, habiendo antes en el aposento un mal olor por causa de su larga enfermedad, al proviso se trocó con otro admirable y del Cielo, de que gozaron todos los presentes. Llegaron con grande ansia y derramando tiernas lágrimas las religiosas a besar el bendito cuerpo, y, acercándose, echaron de ver que salía de aquel suave olor y fragancia, y era de suerte que no se le podía comparar cosa desta vida.
 
El cuerpo estuvo cinco días por sepultar por ocasión de gentes que venían de la comarca a verle y, en este tiempo, hizo Dios por su sierva algunas maravillas; y fue de personas que sanaron de diversas enfermedades llegando a tocar su cuerpo con devoción grande. El cual estaba en la iglesia, fuera de la clausura de las monjas, para que todos le viesen y tocasen. Pasados los cinco días fue sepultado dentro de la misma clausura, junto al comulgatorio de las monjas, donde estuvo algunos años. Después, creciendo la devoción desta sierva de Dios en muchas personas de linaje, fue trasladado el cuerpo y puesto en el coro junto al altar mayor, al lado del Evangelio, elevado de tierra en un ilustre sepulcro. Y allí es tenido en grande reverencia y con justa causa, pues, aunque no se le deban honores como a sancta por no estar canonizada, débesele mucho respecto por ser cuerpo de persona cuya vida da a entender piadosamente que está su alma gozando de Nuestro Señor en muy principal asiento de su bienaventuranza, de que todos seamos participantes. Amén.
 
===Notas===
 
''[1]'' En el margen izquierdo del folio se puede leer: “En 3. de Mayo Iudith.I 4”.
 
''[2]'' En el margen derecho de la columna se lee “Authores”.
 
''[3]'' En el margen derecho aparece “Año 1481”.
 
''[4]'' Escrito: “ejercitase”.
 
''[5]'' Escrito: “cuyo”. Posible errata que se ha corregido.
 
''[6]'' Está escrito: “levantodos”. Errata subsanada.
 
''[7]'' En el texto: “ajenjos”.
 
''[8]'' Se ha añadido la -h- intercalada.
 
''[9]'' Cáncer de mama. DRAE y CORDE.
 
''[10]'' En el texto: “par”. Se ha subsanado la errata.
 
''[11]'' En el texto: “cojuntura”. Se ha modernizado la grafía.
 
''[12]'' En el texto “comigo”.
 
''[13]'' En el margen derecho de la columna leemos: “Año de 1534.”
= Vida impresa (2)=

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