3936
ediciones
Cambios
m
→Vida impresa (1)
==Vida de Juana de la Cruz==
[Fol. 63 63r col. a] '''Vida de Sor Juana de la Cruz, abadesa del Orden de los Menores'''
Al tiempo que el soberbio Holofernes ''[1]'', capitán de Nabucodonosor, Rey de Asiria, tenía puesto cerco sobre la ciudad de Betulia, dice la Divina Escritura, en el libro de Judit, que una mañana los hebreos cercados salieron de su ciudad, las banderas tendidas, las lanzas y espadas en sus manos, amenazando de muerte a sus contrarios. Los cuales, teniéndolos en poco, burlaban dellos, diciendo que los ratones tenían atrevimiento de salir de sus cuevas en daño de sus vidas. Estaba la tienda del capitán cerrada y en ella había todo silencio. Entró Bagao, camarero suyo, creyendo que dormía, a despertarle para que se diese orden en la defensa; y estando en su aposento vido el cuerpo de Holofernes sin cabeza, tendido en el suelo, revolcado en su sangre. Quedó confuso y, por entender que había sido esta obra de la valerosa matrona Judit, salió dando voces y diciendo: “Una mujer ha puesto en confusión la casa de Nabucodonosor”. Y fue así porque, viendo los asirios muerto a su capitán, sobrevínoles tan grande temor que, puestos en huida, dejaron en manos de sus enemigos la victoria y despojos. Esta razón que dijo Bagao, camarero de Holofernes, de que una mujer había puesto en confusión la casa de Nabucodonosor, viene a cuenta de una bendita mujer llamada Juana de la Cruz, monja de la Orden de los Menores, la cual es confusión de la casa de Nabucodonosor, por la cual se entienden los malos, sean del estado que fueren, que a todos los confunde; y aun de algunos religiosos y eclesiásticos, por muy levantados que estén en el servicio de Dios, es confusión ver lo que esta religiosa hizo. También a gente ilustre nacidos de esclarecida sangre y criados en la policía de corte y casa real confunde esta mujer, nacida de labradores en una pobre aldea. Y de toda suerte de hombres es confusión pues una mujer les hace ventaja como parecerá en su vida colegi- [fol. 63r col. b] da de memoriales antiguos que están en su monasterio de la Cruz, dos leguas de la villa de Illescas ''[2]'', y es en esta manera.
El monasterio y casa de la Cruz, en que hay monjas del Orden de Sant Francisco, es tradición dentro d'él, y en toda la comarca, conservada de unos en otros, que se edificó por orden de la misma Virgen, que se apareció en aquel [fol. 63v col. a] lugar, por donde es reverenciado y tenido en mucho de los pueblos de la comarca. Y aun, por relación de monjas ancianas de la misma casa y monasterio, se sabe que fue della imagen que en Illescas es tan reverenciada. La cual, una devota mujer que servía a las monjas, juntándose con otras mujeres y con música de panderos, llevaba la sancta imagen quitándola de sobre la puerta de la clausura de las monjas donde estaba y la traía por los pueblos de la comarca pidiendo para vestirla, y con lo que le daban, la tenía muy lucida y aseada y, desta manera, una vez la dejó en Illescas, y perdiéndola el monasterio, la ganó la villa, y quedó con ella el origen de aquella sancta imagen que he podido descubrir es este. La cual es de pequeña estatura, algo morena y por extremo devota. Estando, pues, otras dos leguas esta casa de donde la niña Juana estaba, su madre la ofreció a la Virgen y prometió de la llevar al monasterio con la ofrenda de cera, como se ha dicho. Y porque a la madre se llegó la hora de su muerte sin haber cumplido este voto, pidió con grande instancia a su marido, y padre de la niña, que él le cumpliese. Lo cual oído y advertido della, propuso en sí de no solo contentarse con hacer aquella ida sino de quedarse en el monasterio por religiosa y servir allí a la Madre de Dios toda su vida.
Murió la madre y quedó de siete años la niña Juana. La cual, con el intento que tenía de ser monja, quiso acompañarse de obras y ejercitarse ''[4]'' en el siglo de lo que es proprio de la religión. Guardaba grande abstinencia, ayunaba, comiendo sola una vez al día, pan y agua, y desto no todo lo que había menester, y aun, a veces, se estaba dos o tres días sin comer cosa alguna. Tejió un cilicio de cerdas asperísimo y púsosele junto a sus carnes, por lo cual andaba siempre llagada aunque muy consolada. Nunca estaba ociosa, trabajaba de manos y, en el trabajo, se daba grande prisa para más lastimar su cuerpo con el cilicio y así tenía más que ofrecer a Nuestro Señor, que por todos fue tan herido y llagado. Sin esto, hacía ásperas disciplinas dándose tan sin piedad que su cuerpo quedaba hecho un lago de sangre. Mostraba grande humildad en la compostura de su rostro, hablaba pocas palabras y ninguna ociosa de modo que, saliendo de su boca, o era alabando a Dios o aprovechando a su prójimo. Llevola a su casa un tío suyo, hombre rico, alcanzándolo con muchos ruegos de su padre; y su mujer, que también era su tía, la amaba tiernamente. Aquí, teniendo mejor oportunidad, se empleaba más tiempo en obras sanctas y en penitencias. Y porque dio un tiempo en estarse puesta en oración la mayor parte de la noche, vino a que su tía entendió la vida que hacía y la estimó y tuvo en mucho. Por verse ella descubierta, andaba buscando los lugares más aparta- [fol. 63v col. b] dos y escondidos de casa, donde tenía sus disciplinas, dándose con una cadena crueles golpes y, cuando más llagada y atormentada se veía, pedía a Nuestro Señor por premio de sus dolores la recibiese en el monasterio de sus esposas y la hiciese religiosa. Lo cual Su Majestad le concedió porque, siendo de edad de quince años, inspirada a lo que se entiende por Dios, visto que no podía de otra suerte porque sus parientes lo contradecían deseando tenerla siempre consigo y casarla, vistiose una mañana hábitos de hombre y, haciendo un lío de sus proprios vestidos, salió de su casa con intento de ir al monasterio de la Cruz, que estaba dos leguas de allí, como se ha dicho. Comenzando el camino, deseó el demonio estorbarlo y púsole algunos temores de que su padre y parientes sentirían mal de aquella ida, y de peligros que en el camino le podían suceder. Lo cual hizo en ella grande impresión, tanto que se desmayó y cayó en el suelo, aunque le pareció que la hablaban y decían que se esforzase que Dios la favorecería por donde saldría con su intento. Tornó a proseguir su camino y, habiendo andado buena parte d'él sintió venir tras sí, aunque algo lejos, persona a caballo y, mirando bien, conoció que era un mancebo hijo de padres ricos que la había pedido por mujer y deseaba grandemente casar con ella. Fuele mucha turbación verle viéndose sola y en lugar tan solo, mas también en este peligro la favoreció Nuestro Señor con cegar al mancebo para que no la conociese y a ella advirtiéndola que se apartase del camino en tanto que pasaba, y así pudo llegar bien cansada a la casa de la Madre de Dios donde iba y, entrando en la iglesia, no vido persona alguna. Y así, habiendo hecho oración y, en particular, reverenciando la imagen de la Madre de Dios, llegose a una parte y desnudose el vestido de hombre que traía y vistiose el proprio suyo de mujer con que llegó y habló a las monjas dando cuenta de quién era y el deseo que traía, rogándoles la admitiesen en su clausura. Y aunque ellas lo dificultaban, sucedió que, a la misma sazón, llegaron parientes suyos que venían en su seguimiento y, hallada, dijeron palabras de mucha reprehensión por lo hecho y querían volverla consigo. Ella, con mucha paciencia, pidiéndoles perdón del enojo que habían recebido por su causa, díjoles que su intento era de servir a Dios en aquella casa y que solo Él podría sacarla de allí. Vino también a este tiempo el perlado por cuya ''[5] '' orden había de ser recebida en el convento. El cual, visto el deseo y constancia de aquella doncella, dio licencia para que fuese admitida a la religión y todas las monjas la recibieron con grande contento. Lo cual visto de sus parientes tuviéronlo por bien y señaláronle la dote y así recibió el hábito y quedó en la casa.
La maestra de novicias [fol. 64r col. a] la encargó que un año guardase silencio y ella holgó de oírlo porque de su natural era amiga de hablar poco. Y así comenzó a hacer una vida maravillosa aun antes de la profesión. La cual hizo cumplido el año y fue de cuatro votos: los tres ordinarios y otro de clausura. Su vestido era muy pobre y humilde más que el de las otras monjas. Traía túnica de sayal y una saya vieja y remendada; el hábito lo mismo, alpargates en los pies y lo más del tiempo andaba descalza. Ceñía una gruesa cuerda, en su cabeza una albanega de estopa y, sobre ella, gruesas tocas. Y, sin que persona alguna lo entendiese, junto a sus carnes usaba un áspero cilicio, el cual nunca se quitaba día y noche y, sin esto, hacía otras ásperas penitencias. Su paciencia era maravillosa porque holgaba de ser menospreciada y reprehendida sin culpa, y injuriada y que le fuesen levantados ''[6] '' testimonios. Y, de cualquiera manera que fuese, deseaba tormentos, llagas, heridas, dolores, fríos, cansancios y todas maneras de penas, sufriéndolo alegremente por amor de Dios. No hablaba sino con su maestra o con la abadesa o vicaria, y esto siendo preguntada. Algunas veces traía en la boca una hierba amarga como ajenjo ''[7]'' en memoria de la hiel que fue dada a Jesucristo en su Pasión. Otras se ponía en ella una piedra algo grande que le causaba dolor. Y otras tomaba con la boca agua y teníala tanto espacio dentro hasta que de dolor no la podía sufrir. Levantaba así mismo un candelero con la boca y sustentábale en alto hasta que le dolían las quijadas. Pensaba ella que guardar silencio sin penitencia y dolor sería a Dios poco acepto y meritorio. Los ayunos eran los mismos que antes que fuese monja, añadiendo a ellos ayunar también en dormir, porque, así como el que ayuna come después de mediodía y a la noche hace una pequeña colación, ella, en lugar de la comida de mediodía, rezaba a medianoche maitines, y la colación breve trocaba en un breve sueño al cabo de la noche cerca del amanecer. Y porque era costumbre dormir todas las monjas en un dormitorio estando una lámpara encendida en medio d’él, ella aguardaba a que todas se recogiesen en sus camas y durmiesen, y tomaba una rueca y hilaba junto a su cama, ya en pie, ya de rodillas, y siempre rezando o meditando en la Pasión de Jesucristo, su Esposo. Ocupábase muy de ordinario en el servicio del convento y, para hacerlo alegremente y con gusto, consideraba que era todo para servicio de Jesucristo, de quien ella era esclava. Cuando fregaba los platos juzgaba que eran de oro y perlas para en que comiese su alta Majestad. La escoba con que barría tenía por ramillete de rosas y flores, las piedras por tapetes finísimos y estrado del Rey de los Cielos, y a esta traza se había con lo demás. Siendo co- [fol. 64r col. b] cinera esta bendita, reprehendíanla su compañera y la provisora, no contentándose de lo que hacía. Ella, sin mostrarse turbada, derribándose en el suelo, decía su culpa; no la aceptaban ellas, antes le decían que se fuese de allí. Íbase al coro muy triste y suplicaba al Señor le perdonase la pena que había dado a sus hermanas y les quitase la turbación que tenían con ella. Estando en esto tornaba la compañera a llamarla y preguntábale qué hacía en el coro. Respondía con mucha humildad: “Suplicaba a Nuestro Señor me perdonase la turbación que fue causa, hermana mía, que tuviésedes y que os la quitase para que me perdonéis y estéis bien conmigo”. Oyendo esta respuesta la compañera y provisora, edificábanse en tanto grado que, por algunos días, les duraba muy gran compunción y lágrimas en lo secreto de su corazón. Y este modo tenía, con todos los que la reprehendían y afligían, de hacer por ellos particular oración.
Ya se ha dicho cómo esta bendita doncella era de rostro agraciado y hermoso; junto con esto tenía presencia de mucha gravedad, era amigable y de agradable conversación. Hablaba con grande gracia y daba muy provechosos consejos: verla y oírla provocaba a devoción. Frecuentaba los sacramentos de confesión y comunión y, no siéndole concedido por sus perlados comulgar cada día sacramentalmente, comulgaba espiritualmente desde su coro oyendo misa y, para esto, se aparejaba muy temprano. Supo de un religioso que era tentado de no rezar las horas y oficio divino y que decía que Dios no tenía necesidad de sus oraciones. Hablole y díjole que verdad era que Dios no tenía necesidad d’él, ni de criatura alguna, mas junto con esto todas las criaturas tenían necesidad de Dios. Y que así como el villano pechero está obligado a pagar el pecho a su rey y señor, y si no le paga, sino que se muestra rebelde, le hace castigar, así Dios quiere que sus criaturas le paguen servicio y, en particular, el eclesiástico con el oficio divino; y si faltare en esto, le castigará con rigor. A una monja que le preguntó qué haría para agradar mucho a Nuestro Señor, dijo: “Paz, oración y silencio agradan mucho a Su Majestad”. A otra que le pidió consejo para estar en gracia de Dios y permanecer en ella, diósele diciendo: “Llora con los que lloran, ríe con los que ríen y calla con los que hablan”. Aconsejaba a todos que tuviesen grande devoción con el ángel de su guarda porque no solo (decía ella) nos guardan, sino nos acompañan y, cuando alguno está en trabajo cercano a la muerte, su ángel va al Cielo y ruega y convida a los sanctos y sanctas que él sabe que aquella persona tiene devoción y ha hecho algunos servicios para que, con él, rueguen a Dios le favorezca y libre, y que lo hacen ellos de la manera que les es pedido. Añadía más, que aun [fol. 64v col. a] después de difunctos, no desamparan los ángeles las almas de los que fueron custodios sino que, si van al Purgatorio, las visitan y consuelan y dan cuenta de las obras sanctas y meritorias que los vivos hacen por ellas. También era esta bendita monja muy devota de la Cruz y había mil razones para serlo: así por tener apellido y llamarse Juana de la Cruz, ser monja del monasterio de Sancta María de la Cruz y haber alcanzado grandes misericordias de Dios por medio de su Sanctísima Cruz, con la cual tenía dulces y sabrosos coloquios, diversos para cada día de la semana, de que se sacaba grandes aprovechamientos espirituales. Favoreciola Nuestro Señor enviándole regalos de su mesa, de gustos y recreos divinos. Particularmente, estando en oración, en la cual muchas veces se transportaba y arrobaba en éxtasi quedando sin sentido alguno; y, para prueba desto, hallándose presente una vez cierta señora seglar que vino a visitarla, y viendo que trabando della ni dándole veces no mostraba sentir, con un agudo hierro la hirió en la cabeza de manera que le sacó sangre y, aunque a la sazón no lo sintió, después se quejó bien de la herida. Sucedió algunas veces que, estando en éxtasi y arrobada, hablaba y lo que decía eran razones muy levantadas y subidas y de que se edificaban los que las oían. Porque, con ser doctrina muy conforme a los que nuestra fe sancta enseña y predica, ya descubría secretos maravillosos de Dios y de la Escriptura Divina, ya exhortaba ''[8]'' a que se amasen virtudes y se evitasen vicios, tocando en alguno de que algunos de los presentes eran tocados, de modo que les parecía hablar con ellos y sin que otros entendiesen ellos en semejantes razones lo que habían hecho mal, y era muy secreto, y así era motivo para tener pesar dello y enmendarse. Y para mayor testimonio que era este negocio del Cielo, no pocas veces se oyó hablar en diversas lenguas de que ella nunca tuvo noticia. Y así, a cierto provincial de su orden que deseaba hacerla abadesa de aquel su monasterio, como al fin lo hizo, le dijo en lengua de Vizcaya, siendo él vizcaíno, que para el monasterio y casa sería provecho tener ella aquel oficio, aunque para sí penoso. Otra vez, habiendo dado, para el servicio del convento, el obispo de Ávila dos esclavas moras traídas de Orán, que se ganó en aquella sazón, las cuales, si les decían que se hiciesen cristianas, lloraban y se arañaban el rostro hasta derramar sangre, en particular la una que era de más edad, estando esta bendita en éxtasi habloles en algarabía y ellas la oyeron de buena gana y respondieron. Sucediendo deste coloquio que las dos de su voluntad se baptizaron, y, baptizadas, otras veces les habló en la misma lengua estando arrobada y ellas iban luego y se ponían junto con ella y quedaban muy con- [fol. 64v col. b] soladas de haberla oído.