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→Cap. II De los deseos que tenía de ser religiosa y de las penitencias que en la tierna edad hacía
Poco después pareció a su padre llevarla (para que estuviese más guardada) a la casa de otros parientes suyos, que la pedían y deseaban en el mismo lugar de Azaña. Y puesta allí le dieron el cuidado y gobierno de toda la casa, para divertirla con aquello (si pudieran) de los pensamientos que tenía de ser monja.
Aquí comenzó el Señor a descubrir sus virtudes y ella, como precioso nardo, dar de sí maravillosa fragancia. Porque todos los días de precepto ayunaba a pan y agua y aun pasaba algunas veces sin comer los dos y tres días enteros. ''[10]'' Llevaba cilicios junto a las carnes, azotábase con cadenas de hierro hasta derramar sangre y lo más de todo esto es que nunca la oyeron palabra ociosa. Cuando andaba por la casa o hacía labor se pellizcaba los brazos por sentir dolor y se repelaba los cabellos para el mismo efecto. Y en medio de todo esto, sentía de sí tan bajamente que se tenía por indigna del pan que comía y de la tierra que pisaba. ''[11]'' Fuera de aquel cilicio de cerdas que le lastimaba el cuerpo por mil partes, traía cadenas a raíz de las carnes y, aunque fuese en tiempo de invierno cuando las noches son frías y largas después de acostadas las criadas, se levantaba ella y desnuda se quedaba con el cilicio. Y de esta manera pasaba toda la noche en oración hasta que al amanecer, con mucho silencio, y como si tal no hubiera hecho, se volvía a la cama. Mas una vez, viendo las criadas que faltaba de la cama, dieron aviso a su tía. La cual, angustiada y deseosa de saber lo que hacía, mandó a una criada que secretamente la siguiese cuando se levantaba y viese lo que hacía. Y la noche siguiente la siguió y vio que se quedaba dentro del mismo aposento y, puesta de rodillas cubierta con una estera o cilicio, la oyó sollozar delante de una imagen con muchas lágrimas. ''[12]'' Disimuló la dicha criada por entonces y a la mañana dijo a su señora cuán santa era su sobrina y los pasos en que andaba. Esto sintió mucho la santa doncella. Y viendo que sus trazas eran descubiertas, buscó otras para poder hacer sus ejercicios, sin ser vista ni entendida. Luego como entró la virgen en casa de sus tíos, entrando en un aposento vio junto a una imagen de Nuestra Señora una muy hermosa fuente y dos serafines con sendas jarras en las manos, que no hacían otro sino sacar agua de la fuente [266] y muy apriesa hinchir y verter las jarras, los cuales miraban con atención a sor Juana y mirándola se reían y mostraban contento aunque no la hablaban. Ella muy gozosa con tan alegre vista deseaba mucho saber qué se hacía tanta agua como sacaban de aquella fuente, porque nunca vio donde la echaban, ni lo supo hasta que muchos años después el ángel de su guarda la dijo que aquella fuente era milagrosa y el agua que los serafines sacaban representaba la gracia del Espíritu Santo que copiosa y abundantemente infundía en su alma. Un viernes santo por la mañana, habiendo gastado buena parte de ella y de la noche (como otra Magdalena en sus lágrimas) a los pies de Christo, contemplando su Pasión, se le apareció crucificado con todas las insignias de su Pasión sagrada y las tres Marías muy angustiadas y tristes, y la santa doncella lo estuvo tanto con el sentimiento de esta visión (de la cual gozó no estando arrobada, sino en sus propios sentidos) que de lo mucho que lloró dejó regado el lugar donde estaba, y su rostro quedó tan desfigurado que, cuando lo vieron sus tíos, espantados de la súbita mudanza que vieron en ella procuraron que comiese alguna cosa. Mas, como su mal no era de eso, ella misma los consoló diciéndoles que no la obligasen a quebrantar el ayuno en aquel día, que les aseguraba que muy presto estaría buena. Otra noche, estando en casa de sus tíos unos caballeros huéspedes, después de haberles dado de cenar y dejando ordenadas todas las cosas de casa, se salió sola a un corral buscando soledad para orar. Y puesta de rodillas en muy profunda oración, vio que se abría el Cielo y bajaba d’él la reina de los ángeles con su dulcísimo hijo en los brazos. ''[13]'' La cual, acercándose a ella, la miraba con ojos muy amorosos y mansos, y considerando cuán cerca de sí tenía a Dios y a su sacratísima madre, con muy devotas palabras pedía la favoreciese con su precioso hijo en lo que tanto deseaba como era ser religiosa. Y esto decía con tal afecto de espíritu que, a las voces que daba, sin poderlas detener salieron los de casa a ver lo que era. Y hallaron a la sierva de Dios puestas las manos y de rodillas en tierra hablando con Nuestra Señora. Y después de bien certificados de ello y acabada la visión, echó de ver la santa que le habían visto y de ello recibió mucha pena, temiendo ser descubierta en lo que tanto deseaba ser secreto. En estos tan dichosos y acertados empleos ocupaba [267] su vida, y creciendo en la virtud más que en los años llegó a los catorce de su edad. Sus parientes deseaban que se tratase de la casar y animábales a ello el ver su mucha discreción y hermosura con otras muy buenas partes de que Dios la había dotado, las cuales les parecían muy a propósito para que muchos hombres principales deseasen tenerla por mujer (como de hecho la pedían y deseaban). Mas la santa virgen, que guardaba para solo Dios cuanto bueno tenía y para entregársele a sí misma toda entera, no podía esperar que la hablasen en esa materia, y cuanto más diligencias veía hacer a sus parientes para eso, mayores y con mayor instancia de oraciones y lágrimas las hacía ella suplicando a Dios que no la permitiese enredar con los lazos del mundo, sino que la llevase adonde pudiese cumplir su deseo de ser toda suya. Mereció ser oída del Señor y su petición fue tan bien despachada como ahora se verá.
===Cap. III De como la santa doncella se fue en hábito de hombre al convento de Santa María de la Cruz para ser religiosa===
Considerando con la debida atención la inclinación santa y fervientes deseos de ser religiosa que Dios había plantado en su tierno pecho, los cuales, si consultara con el mundo y con la carne y sangre, se los había de estorbar y poner a pleito, estando muy asegurada la bendita doncella de que el estado más seguro y el que a Dios era agradable sería el ser religiosa, determinó de romper con todo los estorbos que podía haber para eso. Y para asegurarse más de que era acertado su deseo, había hecho un oratorio en un lugar muy apartado y solo, que era un palomar antiguo y despoblado, donde sin ser vista sino de solo Dios se daba toda a la oración multiplicando gemidos y derramando lágrimas para que diese cumplimiento a sus santos deseos. Un día de la Semana Santa, después de haberse azotado con cadenas de hierro como solía, estando postrada en tierra delante una Verónica dijo: “Oh mi dulce Jesús, suplicoos Señor que por los méritos de vuestra Pasión merezca ser vuestra [268] esposa y entrar para eso en religión, para entregarme toda a vos, único deseo de mi corazón y amor dulcísimo de mi alma”.
Diciendo esto se mudó la santa Verónica y transformó en el rostro hermosísimo de Nuestro Señor Jesús Cristo tan vivo, a su parecer, como si estuviera en carne pasible y mortal, y ella, viendo a su Redentor, tales fueron sus lágrimas, tales sus ansias y congojas nacidas de inefable amor, que el mismo Señor la consoló prometiendo la traería a la religión y recibiría por su esposa. ''[14]'' Mas que de su parte se ayudase ella, haciendo lo que para ello convenía. Dichas estas palabras la santa Verónica se tornó a su ser y la bendita doncella quedó con este favor tan alentada que luego buscó trazas para irse al monasterio de Santa María de la Cruz, adonde el divino espíritu interiormente la llamaba. Y porque en estas cosas no aprovechan los tibios y flacos propósitos sin una buena determinación eficaz que rompa los estorbos, determinó luego en pasar la Pascua de Resurrección irse al dicho monasterio que está dos lenguas de su lugar, y porque para eso convenía ir en hábito de hombre varonil y fuerte, vistiose d’él y, tomando para más disimular una espada debajo de su brazo, salió secretamente de casa de sus tíos y tomó la vía para allá. ''[15]'' Bien se puede creer que en esta ocasión el demonio sacaría todo su poder para estorbar esta jornada. Así lo hizo representándole muchos espantos y temores, y la indignación de su padre y parientes, y la indecencia del hábito en que iba para la virtud que profesaba. Esto hizo tal impresión en ella que, combatida de la natural flaqueza y temor, comenzó a temblar con todo el cuerpo de tal manera que cayó en tierra desmayada. Y estando así, oyó por tres veces una voz que la dijo: “Ten esfuerzo, no desmayes, acaba la obra comenzada que Dios te favorecerá”. No vio entonces quién la hablaba hasta que después supo por revelación que había sido el ángel de su guarda. ''[16]''
Con este favor quedó muy alentada, y levantándose de la tierra, prosiguió su camino, y, habiendo andado buena parte d’él, sintió que venía tras sí (aunque algo lejos) un hombre de a caballo. Y llegando más cerca, conoció que era un hidalgo que la pretendía por mujer y sus deudos querían que casara con ella. Turbose mucho cuando le vio, considerándose sola y en aquel lugar, pero el Señor, que la quiso [269] guardar, permitió que no la conociese. Y ella, viéndose libre de aquel peligro, puesta de rodillas en tierra, dio luego allí muchas gracias a Dios y a su santísima Madre la cual se le apareció y le dijo: “Esfuérzate, hija mía, que yo ruego por ti y te pedí a mi hijo para que restaures mi casa de la Cruz”. Quedó con esto la sierva de Dios muy consolada y, prosiguiendo su camino, llegó al santo monasterio donde, habiendo hecho oración en hábito de hombre como iba y adorado la santísima imagen de la Madre de Dios, se apartó a un rincón de la iglesia, y desnudándose aquel vestido, se puso el de mujer que llevaba en un lío. Y levantando los ojos a una imagen de Nuestra Señora de mucha devoción que estaba sobre la puerta seglar del convento (que según se dice es la misma que está ahora), arrollidándose a ella, le dio de nuevo las gracias por haberla librado de tantos peligros y traído a su santa casa. Esta imagen la habló y dijo: “Hija mía, en buena hora seas venida a esta mi casa, entra alegre que bien puedes, pues para ello te crió Dios e yo te torno a dar la superioridad de ella y autoridad para que edifiques y plantes las virtudes y arranques y destruyas los vicios y pecados”. A esto replicó la sencilla doncella diciendo: “Ay señora, que como vengo sola y de esta suerte, temo que no me querrán recibir vuestras siervas”. “Ninguna cosa temas”, dijo la santa imagen, “que mi precioso Hijo que te trajo hará que te reciban”. Con esto la bendita virgen, confortada en el Señor, habló a la abadesa, y dándole cuenta de quién era y de lo que pidía, rogaba la recibiesen en su compañía, pues por gozar de ella dejaba la de su padre y parientes y había venido en hábito tan diferente por no ser conocida. ''[17]'' Reprehendiola la abadesa por haberse puesto en tan manifiesto peligro, aunque interiormente estaba admirada y daba al Señor mil gracias porque tal fortaleza y espíritu había puesto en una tierna doncella. Aficionósele tanto, viéndola tan hermosa, tan bien hablada y discreta en las razones que decía, tan compuesta, tan graciosa, que mandó llamar a todas las religiosas para que la viesen y echasen de ver cómo, sin duda, se la traía Dios a su casa para algún grande bien y secreto de su divina providencia. La cual, para que pareciese bien a todas y no dudasen de recibirla, es de creer que la añadiría particular donaire y gracia como lo hizo con Daniel para que pareciese bien a los ojos del rey Baltasar, y con [270] la santa Judith para que de su vista quedase vencido el ánimo de Holofernes. Pues así todas las religiosas de aquel convento quedaron tan admiradas de ver su buena gracia que la preguntaban mil cosas, y ella con tanta discreción respondía a todas, que la tuvieron muy largo rato en sus preguntas. Y aunque con harta vergüenza suya, hubo de tornar a referir sus historias, y lo que le había acaecido en el camino. Tanto la detuvieron en esto que llegó su padre con otros parientes en busca de ella. Y tales palabras le dijo (con la cólera que traía), tan descompuestas y feas que no lo pudieran ser más cuando la hallara en un crimen de mujer perdida. A todo se hacía la sierva de Dios sorda, a las injurias muda, y a las bravezas de su padre, una oveja. Mas cuando oyó que la quería tornar a su casa, con mucha humildad convertida en lágrimas y postrada a sus pies le decía que no la molestase más ni cansasen en persuadirla otra cosa, porque más fácil sería mover los montes y ablandar las peñas que contrastar la firmeza de su propósito. Porque ella estaba ya debajo del amparo de la Virgen Santísima, de cuya casa no pensaba salir en toda su vida. Y cuando intentasen sacarla por fuerza, esperaba en el Señor que la había traído que la defendería. A este mismo tiempo y sazón llegó aquel mancebo que la había encontrado en el camino y prentendía casar con ella, hizo grandes extremos cuando supo su ausencia buscándola por muchas partes, y pidió licencia a su padre y parientes para llevarla consigo a Illescas, donde vivía, y tenerla con su madre muy regalada y servida mientras se componían sus cosas. La sierva de Dios con mucha humildad y entereza satisfizo a estas palabras y alcanzó de sus parientes la dejasen en aquel monasterio de Nuestra Señora, para donde la misma Virgen Santísima con el divino espíritu interiormente la llamaba. Viendo todas estas cosas las religiosas, y la gran fortaleza y perseverancia de la humilde y devotísima doncella, se enternecieron de suerte que, con ser por extremo pobres, dijeron no querían más riqueza que tener aquella perla del Cielo en su casa. Y que la recibirían con poco o mucho, como su padre quisiese. El cual, aplacado y tocado interiormente del poder divino, dijo: “Líbreme Dios, hija mía, de ir contra la voluntad divina; yo te doy mi bendición, da muchas gracias a Dios y él te guíe y te haga toda suya”.
[271]
===Capítulo IIII. De cómo recibió el hábito y de muchas cosas notables que sucedieron siendo novicia===
Habida la bendición y licencia de su padre, y deseando ya las monjas admitirla, llegó a deshora luego el Ministro Provincial, sin cuya licencia no podía ser admitida. Y fue cosa notable que llegase el perlado en aquella sazón y pareció orden del Cielo, porque había muy poco que salió de allí y no le esperaban en muchos días. Supo el caso de lo que pasaba y dio su licencia para que fuese recibida. Vistiéronla el hábito de la religión a tres de mayo, día de la Invención de la Cruz, ''[18]'' en el mismo que cumplió los quince años y en el de 1496, hallándose presentes y con muchas lágrimas de devoción su padre con toda la parentela.
Puesta la nueva planta del Cielo en aquel jardín de flores olorosas y plantadas a la corriente de las divinas aguas, comenzó a señalarse entre todas las religiosas así como el sol entre las estrellas. En toda la observancia regular era extremada y señaladamente en la guarda del silencio, pues solo con su maestra y con la prelada lo que precisamente era necesario hablaba. Deseaba tanto agradar a Dios que no solo guardó las cosas que la enseñaban, pero cualquier otra virtud que oyese de otra persona luego sin dilación la ponía por obra. Y así como abeja artificiosa componía su panal de vida espiritual de las mejores y más olorosas flores que en el jardín del Cielo hallaba.
La primera vez que la sierva de Dios comulgó entre las otras monjas le acaeció una cosa que la tuvo muy desconsolada y fue que (permitiéndolo el Señor) no vio aquella vez en la hostia consagrada lo que siempre solía ver en ella, que era a Christo Nuestro Señor, de lo cual quedó tan afligida que se fue luego resuelta en lágrimas a los pies del confesor diciendo su desconsuelo. El cual, con muchas razones, procuró de aconsolarla diciendo que no creyese que por no haber visto al Señor en la hostia consagrada, como solía, había comulgado en pecado mortal, que le aseguraba haber sido particular merced que Dios la había [272] hecho cuando le veía y también lo fue entonces el no mostrársele para mayor aumento del mérito de la fe. Y que él, con haber recibido la sagrada comunión y dicho misa muchísimas veces, en toda su vida había visto con los ojos del cuerpo al Señor en la hostia consagrada, sino solo con los ojos de la fe y con eso estaba muy satisfecho, ni deseaba verle de otra manera hasta estar en la gloria. Con estas y otras razones quedó la simple paloma consolada y dio muchas gracias a Dios, así por haberle visto con los ojos corporales en la hostia consagrada como por habérsele escondido aquella vez para que solo le viese con los del alma. Acabado el año de la probación y admitida con mucha conformidad y contento de todo el convento para la profesión, hízola devotísimamente en el mismo día que el año pasado recibió el hábito, que fue día de Santa Cruz de mayo. Por lo cual y por la devoción entrañable que tenía a la Santa Cruz se llamó desde aquel día sor Juana de la Cruz. Y así su vida en adelante fue una cruz tan espantosa al demonio que, no pudiendo sufrir que una mujer niña y flaca le venciese, así cada día la persiguió de cuantas maneras podía. Algunas veces la azotaba tan rigurosa y cruelmente que las señales de los azotes y golpes que la daban le duraban muchos días con heridas crueles, que unas a otras se alcanzaban. ''[19]'' Sucedió una vez que, rogando a Dios por una alma, la azotaron tan cruelemente los demonios y derramaron de su cuerpo tanta sangre que la dejaron por muerta. Llegó a este tiempo el ángel de su guarda, al cual dijo querellándose amorosamente: “Oh, ángel bendito, ¿qué os habéis hecho? ¿Cómo me habéis desamparado? Mirad cual me han tratado los ministros de la divina justicia”. A lo cual respondió el ángel: “No te he dejado yo ni mi Señor Jesuchristo te deja, antes de su parte te digo que ganaste en estas peleas una corona muy esclarecida y yo vengo con la virtud de su nombre a curarte esas llagas”. ''[20]'' Hizo sobre ella la señal de la cruz y la sanó. Y el Señor la concedió lo que por aquella alma pedía. ¿Quién podrá declarar lo mucho que padeció de los demonios y la paciencia que tenía en los tormentos? ¿Las penitencias tan extraordinarias que ella hacía y la profundidad y alteza de su humildad con que tan altamente sentía de Dios y tan baja de sí misma? Hallábase tan obligada a hacer a Dios particulares servicios que desde el día que profesó se [273] determinó a padecer por su amor cualquier género de tormento hasta dar la vida por quien dio la suya por ella. Y muchas veces, con el excesivo fervor, decía: “No deseo otra cosa sino verme por el amor del dulcísimo Señor mío degollada, abrasada, hecha polvos y quemada”. Y vuelta a su dulce Jesús, decía: “Señor, dadme penas, tormentos, trabajos y dolores. Mandad a los ángeles del Cielo, a los demonios del Infierno y a todas las criaturas de la Tierra que ejecuten en mí todo su poder, pues todo será corto, para lo que por vos, Dios mío, deseo y debo padecer”. No paraba esto en solos deseos porque comenzó a hacer nueva vida, añadiendo a las acostumbradas penitencias otras nuevas y espantosos rigores. Acaecíale no desayunarse en tres días y hartas veces se pasaban ocho enteros sin comer bocado. En vigilias era muy larga, y en el sueño tan corta que no dormía hasta hora de amanecer y entonces solo lo que para aliviar la cabeza bastaba. Su vestido fue siempre humilde, pobre y remendado, pero sin ningún extremo ni singularidad, aunque en lo interior usaba cilicios de cardas y cadenas junto a las carnes. Para mortificar el gusto, traía muchas veces ajenjos amargos en la boca, en recuerdo de la hiel que gustó el Señor. En la oración empleaba la mayor parte de la noche y del día. Y decía que cuando no era muy fervorosa y acompañada de lágrimas no era merecedora de que Dios la aceptase. Los ratos desocupados gastaba en cosas humildes y del servicio del convento. Cuando lavaba las ollas y platos de la cocina consideraba que eran para que comiesen las siervas de Dios en ellos, y en estos humildes empleos recibía del Señor muy particulares regalos y de su santísima Madre, y así con entrañable gusto servía a las religiosas enfermas, desvelándose en su regalo y servicio. En lo cual la acaecieron cosas muy notables y milagrosas. Un día, siendo cocinera y sacando agua del pozo, quebró un grande barreñón de barro que llevaba en las manos, de lo cual quedó muy confusa y, atribuyéndolo a su flojedad y descuido, derribada en tierra hizo oración a Nuestro Señor. Fue cosa maravillosa que luego los tiestos apartados se ajuntaron, y quedando la pieza sana y entera, sirvió despues dos o tres años en la cocina.
Una religiosa que se halló presente a todo vio por sus ojos el milagro. Y como la sierva de Dios iba creciendo en virtudes cada día, también las religiosas iban conociendo su mucho valor [274] y talento, y así la ocuparon en oficio de sacristana, después de muy probada en la cocina, del cual dio tan buena cuenta que, sin sacarla d’él, la hicieron juntamente tornera y luego, después, portera. Todo lo cual hacía con tanto fervor de espíritu y con tanto celo del servicio de Dios, del decoro de la religión, que padeció en razón de eso muchos trabajos, porque como la veían de poca edad y nueva en la religión, y por otra parte tan cuidadosa de la observancia della, muchas se le atrevían. Mas la mansísima cordera a todas se humillaba y a las que la reñían decía su culpa, rogando al Señor por quien la ultrajaba y perseguía. Parecíale estar en su gloria cuando en los ejercicios más humildes se ocupaba, y en ellos llevaba siempre a su dulcísimo Jesús presente. Y cuando volvía el torno para dar o recibir algun recaudo, le contemplaba como cuna en que al Niño Jesús mecía. Y tal vez aconteció volver el torno con este pensamiento, que vio en él a Dios niño, el cual con alegre y risueño rostro la hablaba y miraba. Otra vez, siendo portera, la apareció el santísimo Niño Jesús. Y así como le vio, extendió sus brazos para recibirle en ellos, pero luego apareció su santisíma Madre y, tomándole en los suyos, se levantó en alto con él acompañada de infinitos ángeles, que con muy dulce armonía le daban música. Mas como la sierva de Dios viese que se iba Madre e Hijo y la dejaban sola, juzgándose por indigna de tan santa compañía, quedó muy triste. Mas consolola luego la Madre del consuelo, y dijo: “No te aflijas, hija, sino vente hacia las higueras de la güerta, que allí nos hallarás”. Contentísima con este favor, y mirando a todas partes, ansiosa de ver lo que su alma deseaba, llegó a la casa del horno cerca de las higueras y vio a Nuestro Señor Jesucristo con su bendita Madre y con muchedumbre de ángeles que la esperaban, y postrada pecho por tierra, adoró a Dios y a su Madre Santísima. Y estuvo grande rato gozando de aquella visión, tan absorta que, aunque la llamaron con la campana, no lo oyó, hasta que la Madre de Dios la dijo: “Anda, hija, haz la obediencia que te han llamado tres veces, y tú nunca lo oíste”. Fuese corriendo a ver quién la buscaba y, habiendo negociado, se volvió derecha a la casilla del horno, donde dejaba su corazón y descanso. Pero como algunas monjas la vieron y notaron la solicitud que llevaba y que el rostro tenía encendido [275] y resplandeciente (del qual salía suavísimo olor), siguiéronla, deseando saber en qué andaba, y sospechando alguna grande cosa, viéronla entrar en la casilla del horno y oyéronla que decía: “Oh, soberana Madre de Dios, ¿tan grande es vuestra misericordia para con esta indigna pecadora?, pues habiéndome yo ido, dejando vuestra santa compañía en tan humilde y pobre lugar, hallo ahora que os estáis en él aguardándome”. Oyeron también las monjas cómo la Virgen respondió: “Hija mía, hallásteme porque me dejaste por la obediencia, que agrada mucho a mi Hijo”.
===Cap. V. De un maravilloso rapto de la sierva de Dios, y de sus grandes penitencias===
Estaba tan adelgazada y apurada la carne desta santa doncella, y el espíritu tan elevado de todo lo que es pesadumbre y Tierra, que con mucha facilidad gozaba de raptos y éxtasis maravillosos, de los cuales fue muy notable el que diré agora. Siendo de veinte y cuatro años, la vieron las monjas en un rapto tal que ni antes ni después vieron en ella otro semejante. Porque otras veces cuando se elevaba, quedaba con muy grande resplandor en el rostro, pero esta vez quedó como muerta. Los ojos quebrados y hundidos, los labios cárdenos, arpillados los dientes y todos los miembros de su cuerpo descoyuntados y yertos, el rostro tan pálido como si fuera difunta. Las monjas, admiradas con la novedad del caso, deseosas de saber la causa, rogáronla que se las dijese. Mas ella rehusó de hacerlo hasta que, pasado algunos días, se lo mandó el ángel de su guarda. Y así las dijo: “La causa, madres, de haber visto en mí tal novedad, fue que estando mi espíritu en el lugar donde el Señor se suele poner otras veces, vi con apariencia triste al ángel de mi guarda y, preguntándole yo la causa, me dijo que le había el Señor mostrado las grandes persecuciones, fatigas y enfermedades que sobre mí habían de venir y que, habiéndole rogado por mí, le respondió su Divina Majestad que convenía llevarme por este camino y ver lo que en mí tenía. Entonces le tornó a suplicar que por su clemencia me concediese esta gracia de elevarme, y que no fuese con el trabajo que entonces había sido”. Y el Señor se lo otorgó, y así desde entonces todos los raptos fueron muy suaves, y por [276] ser tantos y tan largos, que lo más del día y de la noche estaba elevada, no podía ya hacer oficio, ni seguir el peso de la comunidad como solía. Por lo cual la dieron celda aparte y una religiosa que cuidase della. Pareciole buena ocasión esta para alargarse en ejercicios de penitencias y así lo hizo. Muchas veces la acaeció en la contemplación de los crueles azotes que el Señor padeció en la columna, deseando ella imitarle algo, pidiendo licencia a su Divina Majestad para ello y habida primero para semejantes mortificaciones de la prelada, se cerraba en un aposentillo y desnuda se amarraba a un madero (como columna) que allí tenía, y atándose ella misma con unos cordeles primero los pies y después el cuerpo, dejando libres los brazos, se azotava por todo él con una cadena de hierro. Y por que la cadena mejor la hiriese tenía en el uno extremo della un hierro grueso, tan largo como una tercia. Y tomándole en la mano, se daba con los extremos de la cadena hasta derramar sangre. Estando en este ejercicio, contemplando los azotes del Señor y abriendo sus carnes con aquellos, la apareció el bendito ángel de la guarda, y mandaba cesar diciendo: “Basta, que hasta aquí llegó la voluntad de mi Señor Jesuchristo”. Y el mismo ángel la desató a veces de la columna en que estaba. Otras veces, en aquel mismo lugar, tomaba un guijarro que pesaba siete libras, y de tal manera se daba con él que a los primeros golpes saltaba la sangre, hasta manchar las paredes. Duraba este ejercicio mientras daba de rodillas quince vueltas por aquel aposentillo, en memoria de las quince más principales llagas de Nuestro Señor Jesuchristo.
Una noche hallándose la santa muy afligida y maltratada de los demonios, que con horrendas figuras y deshonestas pretendían inducirla a deseos sensuales, se salió a la güerta y, juntando muchas zarzas (a imitación de nuestro padre san Francisco), desnuda se acostaba sobre ellas. Y luego se entró en una laguna diciendo: “Por que conozcas que eres barro, en este cieno te has de lavar”. Allí estuvo grande rato y antes de volverse a vestir, se azotó con una cadena, que para este efecto tenía. Desde entonces quedó el enemigo tan desengañado de lo poco que podía con ella que nunca más la tentó en aquella materia. Otras mil invenciones sacaba de penitencias, una veces se ceñía por los brazos y por el cuerpo con sogas y esparto, en memoria de las que [277] ataron al Señor en la columna. Otras se ceñía las mismas cadenas con que se azotaba, y por la mayor parte andaba siempre vestida de hierro, como lo prueban los espantosos cilicios de que usó toda su vida: de cerdas, de cardas de hierro y uno de malla con medias mangas hecho a modo de sayo, tan largo que le llegaba a las rodillas. Otro de planchas de hierro, en forma de corazón, que por todas partes la ceñía al cuerpo, y le traía sembrado de cruces y de los pasos de la Pasión, hechos de clavillos muy agudos, aunque de este usaba pocas veces porque con él sin mucha dificultad no podía doblar el cuerpo. Y cuando se inclinaba, se le hincaban las puntas de los clavillos por el cuerpo, lo cual ofrecía a Dios con mucha paciencia. Otras veces se solía arrastrar por el suelo, tirando de una soga que llevaba a la garganta, y azotándose con la cadena decía: “Quien tal hace que tal pague. ¿De qué te quejas cuerpo ruin y miserable, pues tienes a Dios tan ofendido?”. Otras veces, puesta en cruz, andaba con las rodillas desnudas sobre la tierra, hasta derramar sangre dellas. Otras para más dolor ataba en las mismas rodillas unas pedrecitas o tejas. Otras se ponía en cruz, arrimándose a la pared donde tenía hincados unos clavos, y ponía tan fuertemente las manos ensortijadas en ellos que se estaba en cruz una hora sin llegar los pies al suelo. En cierta ocasión, acabando de hacer una grande disciplina, sobre las llagas hechas con las cadenas se puso aquel cilicio de malla (que era el ordinario). Y apenas se vistió el hábito cuando se quedó elevada por seis horas, hasta que, echándola menos las monjas, la hallaron de aquella manera, y que decía cosas maravillosas, en orden al modo con que habían de servir y agradar a Nuestro Señor. Y eran tan llenas de devoción, que encendían y abrasaban en amor de Dios a las que las oían.
===Cap. VI. De cómo se desposó la santa con el niño Jesús y de su devoción al Santísimo Sacramento===
Han sido tales y tantas las misericordias de Dios hechas a esta sierva suya que en algunos no solo han causado admiración, que es el efecto que deberían hacer en todos, sino también alguna dificultad, y no pequeña, para [278] creerlas. La admiración es muy justa y está en su lugar, porque de ella sale luz para conocer las obras de Dios, según lo dijo David: Mirabilia opera tua & anima mea congnoscet nimis.''[21]'' “Por ser Señor tan admirables tus obras, mi ánima crece en el conocimiento tuyo”; y de ellas, porque la Fe se confirma, la Caridad se enciende para más amar a tan liberal Señor, y la Esperanza se alienta de muchas maneras, esperando que obrará Dios en él lo que obró ya en su prójimo; pero sacar de la grandeza de las mercedes de Dios tibieza para creerlas (por ser grandes) es sentir bajamente de la infinita liberalidad y bondad de Dios, y medirla por la cortedad de su ánimo, triste y escaso. De manera que las mercedes hechas a santa Juana no son menos creíbles por ser grandes, porque si se leen los libros de los santos están llenos de casos maravillosos, donde se muestra haber hecho Dios Nuestro Señor mercedes grandiosas a ladrones y salteadores y a todo género de personas facinerosas (cuando parece que menos lo merecían) por sus secretos juicios y para muestra de su infinita misericordia. ¿Pues qué mucho que haya hecho lo mismo por una sierva suya, escogida desde el vientre de su madre para ser santa? Ni puedo persuadirme yo que los que ahora se espantan sea por la grandeza, porque si della se espantan es señal que no la conocen, sino de la novedad y casos extraordinarios. Y en las cosas humanas tiene esto algún fundamento, pero en las divinas es muy de hombres tibios no advertir en cosas muy grandes que hace Dios muy de ordinario, y admirarse mucho de las extraordinarias, como lo pondera san Agustín: Ut non maiora sed insolita videndo, stuperent, quibus quotidiana vilueruns. ''[22]'' “Y caerán sin duda los sobredichos en la cuenta si hicieren esta consideración”. Y es que suelten las riendas al entendimiento y añadan a las mercedes que Dios hizo a esta sierva suya otras mayores, más estupendas y raras, y porque el entendimiento del hombre es corto, haga esto el más subido serafín, y todo junto esto con aquello no llegará ni en grandeza de obra, ni en firmeza de amor, ni en novedad de maravilla a lo que es solo comulgar una vez. Porque esta merced ni puede tener igual, ni el misterio semejanza. Todo esto, y mucho más a este propósito, advierte el señor Obispo Sosa. Y lo he querido referir porque, llegando a tratar de las soberanas misericordias hechas a esta bendita doncella, vaya el lector con esta prevención. [279] Y, aunque es bien que se admire dellas, por grandes e inusitadas, no por eso deje de creerlas, antes de aquello sacará luz para esto.
Pues cuando el liberalísimo Señor quiso dar a su sierva más vivas prendas de su amor, determinó visitarla, no ya por solo ministerio de ángeles (como otras veces) sino por sí mismo, y desposarse con ella, con asistencia de su santísima Madre y muchos ángeles y santas vírgenes, que acompañaban a su celestial Rey y Señor. Pues como la sierva de Dios viese a su dulcísimo esposo (en visión imaginaria y verdadera) al lado de su Madre santísima, puso los ojos en él, y favorecida para ello de la Reina del Cielo, pidiole amorosamente la palabra que en otra sazón le tenía dada de desposarse con ella, lo cual pedía también la Virgen Santísima. ''[23]'' Y perseverando con profundísima humildad en esta petición, el clementísimo Señor, movido de los ruegos de su santísima Madre y de los ángeles y vírgenes, que postrados ante su presencia divina rogaban lo mismo, puso Su Majestad en su sierva los ojos de misericordia. Y mirándola con apacible rostro la dijo: “Pláceme de desposarme contigo”. Y extendiendo su poderosa mano, se la dio en señal de desposorio. Con lo cual quedó la bienaventurada virgen tan contenta y consolada (cuanto era razón) de verse del clementísimo Señor tan favorecida.
La devoción que tuvo al Santísimo Sacramento fue superior a todo lo que se puede decir. Porque cuanto hacía antes de comulgar lo guiaba en orden a la santa comunión ''[24]'' y lo que después, todo era hacimiento de gracias. Y mientras más gustaba de este divino manjar, más hambre le quedaba d’él, y así todas las veces que podía le recibía. Y cuando por la debida reverencia se detenía, espiritualmente comulgaba. Y esto tan a menudo que toda su vida era una comunión espiritual continuada. Y tanto que, estando una vez arrobada, le dijo el Señor hablando con ella que le agradaban muchos las comuniones espirituales que hacía. ''[25]'' Y muy consolada con esto, solía decir muchas veces: “Oh, Señor, qué buena manera de comulgar es esta, sin ser vista ni registrada, sin haber de dar cuenta dello a ninguna criatura humana sino solo a vos, Criador y Señor mío, que me hacéis tanto regalo a mí, la [280] más vil y desechada de cuantas criaturas hay en el mundo. Oh, Pan de Ángeles, oh maravilloso manjar lleno de toda suavidad y dulzura, ¿qué piedad es esta, mi dulce Jesús?”. Esto decía agradeciendo al Señor el comulgarla espiritualmente cada día y cada hora que ella quería.
Pues de las cosas milagrosas que le acaecieron en respecto del Santísimo Sacramento, ¿quién podrá dar razón entera? Confesándose un día mientras se decía la misa conventual, mandola el confesor que fuese a adorar al Santísimo Sacramento. ''[26]'' Y llegando a un portal cerca de la iglesia, oyendo tocar a alzar, se hincó de rodillas para adorar desde allí con los ojos del alma al que no podía ver con los del cuerpo. Mas su dulcísimo esposo, que quería ser visto della, ordenó que se abriese la pared a la larga del portal que dividía el convento de la iglesia. ''[27]'' Y vio a la hostia consagrada en el altar, y al sacerdote que decía la misa y todas las personas que estaban en la iglesia. Y habiendo adorado con suma devoción, se tornó a ajuntar la pared, quedándose ella de rodillas hasta que cuando el sacerdote alzó la hostia postrera se volvió a abrir otra vez la pared. Y para perpetua memoria deste milagro, quiso el Señor que la última piedra en que se remató la juntura de la pared quedase más blanca que las otras y hendida en tres partes a manera de cruz (como se muestra hoy en día), y cuando se deshizo después aquella pared para hacer la de la iglesia, en la forma que hoy está, la mayor parte desta piedra como reliquia preciosa se puso en el claustro alto como ahora está, cubierta con una rejita de hierro dorada, y allí van las monjas a rezar y tocar sus rosarios.
Otra vez siendo cocinera oyó tañer a alzar, y puesta de rodillas de entre los tizones y ollas que estaba, vio el Santísimo Sacramento con haber por medio cuatro o cinco paredes y otros tantos aposentos, y esto le acaeció muchas veces.
Una vez la habló Christo Nuestro Señor en la hostia consagrada prometiéndole la salvación de una monja de su convento, por la cual rogaba. Y estaba ya en la agonía de la muerte.
Un sábado santo estando en su celda, oyó tañer a gloria, y no pudiendo ir a la misa por estar enferma, arrodillándose en la cama para dar gracias a Dios, vio desde allí todo lo que el preste decía en el altar y lo que las monjas decían en el coro, [281] y lo que más es: vio a Christo resucitado y resplandeciente que salía del sepulcro, con muchos ángeles que le daban músicas y cantaban muchos motetes y letras. Otras muchas veces oía de muy lejos del coro todo el oficio divino que se cantaba y daba razón de todo cuanto pasaba, como si estuviera presente a ello.
Una religiosa, buscando otra cosa en la celda de esta santa virgen, vio dentro de un cofrecillo una hostia. Y a este punto volvió ella del rapto en que estaba. Y con mucha agonía, se fue derecha al cofrecillo en que andaba la religiosa y dijo: “Hermana, no toque a esa santa reliquia, porque es el Santísimo Sacramento, que le han traído ahí los ángeles”. Y declarando cómo era, dijo: “Un hombre que por sus pecados se fue al infierno murió con el Santísimo Sacramento en la boca, de la cual se le sacaron los ángeles y le trajeron aquí, mandándome que, pues yo lo había visto, comulgase con la santa hostia y la recibiese por una de las ánimas de purgatorio. [28] Y estando en oración supe que andaba cierta persona en mi cofre, y así quiero luego hacer lo que los ángeles me mandaron”, lo cual hizo con mucha devoción y lágrimas.
===Cap. VII. De la familiaridad que tenía con los ángeles y en especial con el de su guarda, y cuán devota era de san Antonio de Padua===
Era tan ordinario el trato que esta sierva de Dios tenía con los santos ángeles que conversaba con ellos con la misma llaneza cual suele un amigo con otro. ''[29]'' Y desto se le pegó la condición angélica y tal olor a las cosas que tocaba y hábitos que vestía que con ninguno de la Tierra se podía comparar: porque era del Cielo, y así toda sabía a Cielo. Los ángeles que guardaban particulares provincias y reinos la visitaban a menudo y le rogaban alcanzase del Señor que templase tal y tal tempestad que quería enviar sobre la tierra de piedra, granizo o rayos. Decíanla sus nombres y oficios y algunas veces las cosas que sucedían en los reinos y provincias que [282] guardaban, así presentes como las que estaban por venir. Una vez estando con las monjas que querían comulgar, se la arrebataron los ángeles y no la vieron hasta que después de haber comulgado apareció en medio de ellas. Las cuales admiradas y deseosas de saber, la rogaron se las dijese. Y ella para su edificación las dijo: “Hermanas, porque os ocupáis conmigo cuando se ha de tratar solamente con Dios, quiso Su Majestad que los ángeles me llevasen a lo alto, de donde ellos y yo adoramos el Santísimo Sacramento. De allí os vi comulgar a todas y lo mucho que los ángeles de vuestra guarda se alegran con las que comulgan santa y puramente, y lo que mostraban apartarse y querellarse los que veían lo contrario en las que ellos guardaban”.
Por tanto, persuadíalas a que fuesen muy devotas de los ángeles que las guardaban: “Porque no solo nos guardan siempre y acompañan, sino que cuando caemos nos levantan si estamos tibias, en la devoción nos inflaman, en nuestras dudas nos enseñan, en los peligros defienden y en los trabajos nos sustentan y a la hora de nuestra muerte asisten y acompañan nuestras almas y las presentan a Dios, las visitan y consuelan en el purgatorio. Y porque sepáis cuán cierto es esto (dixo la santa) el otro día vi que tañendo la madre vicaria la campanilla de comunidad a que se juntasen todas las religiosas, como no acudieron luego todas, vinieron los ángeles de las que faltaron a hacer la obediencia por ellas”. Otra vez siendo abadesa esta santa virgen, reprehendiendo a dos religiosas mozas en presencia de otras, dijo: “Estando yo poco ha en oración, me mostró el Señor vuestra obediencia y que no quisieses barrer lo que la madre vicaria os mandó, por lo cual perdistes dos coronas que os traían los ángeles de vuestra guarda y, mandándoselo Dios, las dieron a los ángeles custodios de las otras dos que obedecieron mejor que vosotras. Esto me mostró Dios, hijas, y yo lo digo para más confusión y enmienda vuestra y para enseñaros que la campanilla y qualquier otro señal de obediencia es voz de Dios, a quien debemos obedecer si le queremos agradar y servir”.
Con estos ejemplos y otros que contaba a sus monjas, las hacía muy devotas de los ángeles custodios. Y del suyo propio decía grandezas. Decía que era más resplandeciente que el sol y sus vestiduras más blancas que la nieve y que traía alas de singular hermosura y en su sagrada cabeza [283] una diadema preciosísima, sembrada de ricas piedras, y en la frente la señal de la cruz, con esta letra: Confiteantur omnes Angeli, quoniam Christus est Rex Angelorum. En los pechos esta: Spiritus Sancti gratia illuminet sensus, et corda nostra. Y en la manga del brazo derecho la señal de la santa cruz de piedras preciosas, con el siguiente letrero: Ecce Crucens Domini fugite partes adversa. En la del brazo siniestro la misma devisa de la cruz, con los clavos y las demás insignias de la pasión y con esta letra: Dulce lignum, “dulces clavos”. Y en los pies de piedras preciosas este mote: Quam pulchri sunt gresus tui. En las rodillas otro que dice: In nomine Iesu omne genuflectatur. Y más arriba esta letra: Celestium terrestium, et infernorum. Y en las manos suele traer un muy hermoso pendón con las insignias de la Pasión. A este modo publicaba de su ángel tantas cosas esta sierva de Dios que despertó en las monjas gran deseo de saber su nombre, para encomendarse a él. Y así la rogaron supiese cuál era su nombre. Supo que se llamaba Laruel Áureo y se les dijo. [30] Las cuales no solo le tuvieron desde entonces por abogado y patrón, sino que, dejando los apellidos a su linaje y parentela, muchas tomaron por sobrenombre el del ángel san Laruel. Y esta devoción dura hasta hoy en el convento. Mas hase de advertir que no por esto que aquí se dice se ha de entender que los ángeles de su naturaleza sean corpóreos, ''[31]'' sino que algunas veces toman cuerpos formados del aire para que puedan ser vistos de los hombres, como lo dice san Thomas. ''[32]'' Decía también la santa que este bendito ángel era de los muy privados de Dios y que fue custodio sucesivamente de las almas de algunos santos muy señalados, y que consuela y visita las ánimas del purgatorio y a las personas que están en peligro de muerte.
Preguntó una vez a su santo ángel: “¿Cómo quedaron los buenos ángeles tan hermosos y los malos tan obstinados y feos y con tanta sed de hacer pecar a los hombres?”. “Muchas cosas has preguntado”, dijo el ángel, “mas a todas te responderé, porque lo quiere Dios”. Y así declaró a la santa tan altos y profundos misterios y la resolución de casi todas las cuestiones y subtilezas que tratan los teólogos en la materia de Angelis. Las cuales no me detengo en contar, por no alargar la historia. También la dijo el ángel que nueve veces arreo se había aparecido la Virgen nuestra Señora en aquella santa casa, los primeros días [284] de marzo. Y que en el último de estos aparecimientos puso con su mano la cruz, señalando con ella el sitio donde quería le edificasen la iglesia, que es en medio de la capilla mayor, en el mismo lugar donde está ahora puesta una cruz, en memoria de la que puso por su mano la Reina del Cielo. El mismo ángel consoló a la santa en muchas persecuciones y enfermedades que padeció, que fueron increíbles, hasta llegar a confesarse con él, no sacramentalmente, sino por vía de consulta y de consuelo.
Y una vez entre otras le dijo: “Un escrúpulo me atormenta grandemente y es saber si las tentaciones son pecados”. “Sí, respondió el ángel, cuando son consentidas: mas las que no, antes son meritorias”. A esto replicó: “Señor, entre las que me combaten más, tengo por gran tentación parecerme que siento demasiado los testimonios que me levantan”. “No hay que temer en eso”, dijo el ángel, “antes es justo que sientas la pérdida de tu fama, siquiera por la de Dios, a quien ofenden los que te infaman”. “Ay Señor”, dijo ella, “que pienso llegar a ser extremo el que tengo en sentir mis afrentas, porque estoy tal viendo cual me han tratado que, aunque nunca lo digo sino a tu hermosura (que así llamaba a su ángel por la extremada hermosura que tenía), no puedo desechar la pena que me causa y el pensar si por ello estoy aborrecida de los perlados de mi orden, y si por esta causa perderé después de muerte las misas y sufragios que esperaba dellos”. ''[33]'' Diciendo esto derramaba muchas lágrimas, y deseándola consolar la dijo el ángel: “Sosiégate, alma bendita, no pienses que por ser reprehendida de tus perlados eres aborrecida dellos, antes por este camino se labra tu corona y es purificada tu alma, la cual está siempre como la santa escriptura dice, en tus manos”. “No quisiera yo (replicó ella) que mi alma estuviera en tan ruines manos como son las mías, sino en las de Dios, que como soy tan mala y pecadora temo mucho el perderla. Ay, ángel santo, cuán grandes son mis pecados, ¿qué será de mí si Dios por su misericordia no hace como quien es? Rogádselo vos, guardador mío, no se pierda esta alma que está por vuestra cuenta. Dalda buena desta ovejuela vuestra, no se la llevo el lobo. Salvador bendito, consolador de almas, consolad la mía, que estoy muy desconsolada y afligida, aunque mi mayor aflicción es pensar, que por ser tan pecadora padezco estas persecuciones y trabajos, y por eso el Señor permite que me [285] fatigue tanto el Demonio”. “No seas ingrata al Señor”, dijo el ángel, que las persecuciones que padeces mercedes son que Dios te hace: y bien sabes tú que ha mucho tiempo que te dije que Satanás había pedido licencia para perseguirte y tentarte, como hizo el santo Job. Confía en Jesúchristo y en la virtud de su cruz, que, aunque el cuerpo padezca, el alma se salvará”. Estas y otras muy familiares y espirituales razones pasó la sierva de Dios con su santo ángel. Después de las cuales le dijo: “Gracias doy a mi Dios y a vos, santo ángel mío, que así me habéis consolado con vuestras santas razones, pero deseo ahora me digáis: ¿cómo siendo yo tan gran pecadora os veo tantas veces y gozo tan amenudo de la dulce presencia de mi Señor Jesúchristo y de su Santísima Madre?”. Es gracia suya”, dijo el ángel, “que la comunica Dios a quien quiere, de la cual le darás estrecha cuenta”. “Bien sabe su divina Majestad (dijo ella) que nunca se la pedí, ni visiones, ni aparecimientos: porque como tan miserable pecadora no lo merezco. Y así conozco que solo por ser quien es me hace estas mercedes”. “Agradéceselas mucho”, dijo el ángel, “y mira que otras personas sin gozar de este favor son mejores que tú, y esto ten siempre en tu memoria. Y que para mayor bien tuyo y librarte de la vanagloria ha permitido Dios que seas perseguida y atropellada de las gentes y andes en lenguas de tantos”. A la fama de estas cosas acudían a ella tantas gentes necesitadas de consuelo que muchas veces se hallaban a la puerta del convento cien personas juntas y a todas oía y trataba sus necesidades con el santo ángel. Y aprendía tan bien las respuestas que la daba que, con ser muchas y de muchas maneras, ninguna se la olvidaba. A una persona que la rogó supiese de su ángel qué haría para agradar al Señor, respondió: “Paz, oración y silencio son tres cosas que agradan mucho a Dios”. A otra persona que deseaba saber lo mismo, respondió: “Llora con los que lloran, ríe con los que ríen y calla con los que hablan”. Otra persona necesitada de salud y de consuelo, y aun de consejo, se lo vino a pedir para que de su ángel lo alcanzase. El cual la dio esta respuesta: “Di a esa persona afligida que ponga por cielo en su cama a Christo crucificado y por cortinas las insignias de la pasión y ofrezca a Dios sus dolores”. Otras muchas y muy notables respuestas la dio el ángel, de las cuales dejo algunas por no alargarme.
[286] Tuvo también especial devoción y familiaridad con san Antonio de Padua, del cual fue siempre muy favorecida y regalada. ''[34]'' Una vez estando en oración, pidiendo para sí y para otras almas la misericordia del Muy Alto, la apareció el santo y dijo: “Hija, quien tanto agrada a su dulcísimo esposo, como tú, mucho le ha de pedir”. Y la santa contemplando aquel dulcísimo niño Jesús que san Antonio traía en su mano, le comenzó a decir tales dulzuras que se detuvo en ello gran rato, hasta que el mismo santo la dijo: “Vuelve, hija mía, la cara y duélete de tus hermanas y de sus necesidades”. Y volviendo el rostro vio cabe sí dos almas muy necesitadas y rogó al dulcísimo niño Jesús por ellas diciendo: “Señor mío, de estos santísimos pies no me levantaré hasta que las hagas la merced”. La cual otorgó luego el piadosísimo Señor y, dándole gracias por haberlas perdonado, extendió san Antonio sobre ella la mano; dándola su bendición dijo: “Aquí descansa en su esposa este divino Jesús, verdadero esposo de las almas”. Duró este rapto largo tiempo y volvió la bienaventurada santa d’él con tanta alegría y resplandor en su rostro, que causó admiración a las religiosas que la vieron. Otra vez, acabando de hacer cierta obra de caridad en una religiosa de su casa quedó con algún desconsuelo, por verla con otras necesidades del alma. Y creciendo en ella esta fatiga, porque la necesidad crecía también, con un gran sospiro llamó a san Antonio de Padua, diciendo: “Oh, mi padre san Antonio, ayudadme ahora con Dios para que libre a esta mi hermana”. Luego al punto se le apareció el glorioso santo y dijo: “Esposa amada de mi Señor Jesuchristo ¿qué me pides? Que sin duda lo alcanzarás”. Ella respondió con humildad profunda: “Yo me hallo tan indigna que no me atrevo a parecer ante mi dulcísimo Jesús, menos que tal intercesión como la vuestra”. Entonces el santo le echó su bendición con su bendita mano y el niño Jesús, que tenía en la otra, con amoroso semblante la dijo: “Yo te ayudaré en tus necesidades y lo que ahora me pides para tu hermana, ya te es concedido, la cual dentro de un mes pasará de esta vida a la eterna, perdonándola muchos años del purgatorio por tu intercesión”. Dadas al soberano Señor muchas gracias por tan inefable merced como la hacía se fue a la religiosa y la dijo lo que había pasado y ella con grande aparejo [287] esperó la hora de su muerte, que puntualmente sucedió cuando le fue revelado.
= Vida impresa (6)=