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→Cap. III De como la santa doncella se fue en hábito de hombre al convento de Santa María de la Cruz para ser religiosa
Aquí comenzó el Señor a descubrir sus virtudes y ella, como precioso nardo, dar de sí maravillosa fragancia. Porque todos los días de precepto ayunaba a pan y agua y aun pasaba algunas veces sin comer los dos y tres días enteros. ''[10]'' Llevaba cilicios junto a las carnes, azotábase con cadenas de hierro hasta derramar sangre y lo más de todo esto es que nunca la oyeron palabra ociosa. Cuando andaba por la casa o hacía labor se pellizcaba los brazos por sentir dolor y se repelaba los cabellos para el mismo efecto. Y en medio de todo esto, sentía de sí tan bajamente que se tenía por indigna del pan que comía y de la tierra que pisaba. ''[11]'' Fuera de aquel cilicio de cerdas que le lastimaba el cuerpo por mil partes, traía cadenas a raíz de las carnes y, aunque fuese en tiempo de invierno cuando las noches son frías y largas después de acostadas las criadas, se levantaba ella y desnuda se quedaba con el cilicio. Y de esta manera pasaba toda la noche en oración hasta que al amanecer, con mucho silencio, y como si tal no hubiera hecho, se volvía a la cama. Mas una vez, viendo las criadas que faltaba de la cama, dieron aviso a su tía. La cual, angustiada y deseosa de saber lo que hacía, mandó a una criada que secretamente la siguiese cuando se levantaba y viese lo que hacía. Y la noche siguiente la siguió y vio que se quedaba dentro del mismo aposento y, puesta de rodillas cubierta con una estera o cilicio, la oyó sollozar delante de una imagen con muchas lágrimas. ''[12]'' Disimuló la dicha criada por entonces y a la mañana dijo a su señora cuán santa era su sobrina y los pasos en que andaba. Esto sintió mucho la santa doncella. Y viendo que sus trazas eran descubiertas, buscó otras para poder hacer sus ejercicios, sin ser vista ni entendida. Luego como entró la virgen en casa de sus tíos, entrando en un aposento vio junto a una imagen de Nuestra Señora una muy hermosa fuente y dos serafines con sendas jarras en las manos, que no hacían otro sino sacar agua de la fuente [266] y muy apriesa hinchir y verter las jarras, los cuales miraban con atención a sor Juana y mirándola se reían y mostraban contento aunque no la hablaban. Ella muy gozosa con tan alegre vista deseaba mucho saber qué se hacía tanta agua como sacaban de aquella fuente, porque nunca vio donde la echaban, ni lo supo hasta que muchos años después el ángel de su guarda la dijo que aquella fuente era milagrosa y el agua que los serafines sacaban representaba la gracia del Espíritu Santo que copiosa y abundantemente infundía en su alma. Un viernes santo por la mañana, habiendo gastado buena parte de ella y de la noche (como otra Magdalena en sus lágrimas) a los pies de Christo, contemplando su Pasión, se le apareció crucificado con todas las insignias de su Pasión sagrada y las tres Marías muy angustiadas y tristes, y la santa doncella lo estuvo tanto con el sentimiento de esta visión (de la cual gozó no estando arrobada, sino en sus propios sentidos) que de lo mucho que lloró dejó regado el lugar donde estaba, y su rostro quedó tan desfigurado que, cuando lo vieron sus tíos, espantados de la súbita mudanza que vieron en ella procuraron que comiese alguna cosa. Mas, como su mal no era de eso, ella misma los consoló diciéndoles que no la obligasen a quebrantar el ayuno en aquel día, que les aseguraba que muy presto estaría buena. Otra noche, estando en casa de sus tíos unos caballeros huéspedes, después de haberles dado de cenar y dejando ordenadas todas las cosas de casa, se salió sola a un corral buscando soledad para orar. Y puesta de rodillas en muy profunda oración, vio que se abría el Cielo y bajaba d’él la reina de los ángeles con su dulcísimo hijo en los brazos. ''[13]'' La cual, acercándose a ella, la miraba con ojos muy amorosos y mansos, y considerando cuán cerca de sí tenía a Dios y a su sacratísima madre, con muy devotas palabras pedía la favoreciese con su precioso hijo en lo que tanto deseaba como era ser religiosa. Y esto decía con tal afecto de espíritu que, a las voces que daba, sin poderlas detener salieron los de casa a ver lo que era. Y hallaron a la sierva de Dios puestas las manos y de rodillas en tierra hablando con Nuestra Señora. Y después de bien certificados de ello y acabada la visión, echó de ver la santa que le habían visto y de ello recibió mucha pena, temiendo ser descubierta en lo que tanto deseaba ser secreto. En estos tan dichosos y acertados empleos ocupaba [267] su vida, y creciendo en la virtud más que en los años llegó a los catorce de su edad. Sus parientes deseaban que se tratase de la casar y animábales a ello el ver su mucha discreción y hermosura con otras muy buenas partes de que Dios la había dotado, las cuales les parecían muy a propósito para que muchos hombres principales deseasen tenerla por mujer (como de hecho la pedían y deseaban). Mas la santa virgen, que guardaba para solo Dios cuanto bueno tenía y para entregársele a sí misma toda entera, no podía esperar que la hablasen en esa materia, y cuanto más diligencias veía hacer a sus parientes para eso, mayores y con mayor instancia de oraciones y lágrimas las hacía ella suplicando a Dios que no la permitiese enredar con los lazos del mundo, sino que la llevase adonde pudiese cumplir su deseo de ser toda suya. Mereció ser oída del Señor y su petición fue tan bien despachada como ahora se verá.
===Cap. III . De como la santa doncella se fue en hábito de hombre al convento de Santa María de la Cruz para ser religiosa===
Considerando con la debida atención la inclinación santa y fervientes deseos de ser religiosa que Dios había plantado en su tierno pecho, los cuales, si consultara con el mundo y con la carne y sangre, se los había de estorbar y poner a pleito, estando muy asegurada la bendita doncella de que el estado más seguro y el que a Dios era agradable sería el ser religiosa, determinó de romper con todo los estorbos que podía haber para eso. Y para asegurarse más de que era acertado su deseo, había hecho un oratorio en un lugar muy apartado y solo, que era un palomar antiguo y despoblado, donde sin ser vista sino de solo Dios se daba toda a la oración multiplicando gemidos y derramando lágrimas para que diese cumplimiento a sus santos deseos. Un día de la Semana Santa, después de haberse azotado con cadenas de hierro como solía, estando postrada en tierra delante una Verónica dijo: “Oh mi dulce Jesús, suplicoos Señor que por los méritos de vuestra Pasión merezca ser vuestra [268] esposa y entrar para eso en religión, para entregarme toda a vos, único deseo de mi corazón y amor dulcísimo de mi alma”.