Cambios

Saltar a: navegación, buscar

Juana de la Cruz

12 848 bytes añadidos, 16:53 6 feb 2024
m
Cap. XV. De los trabajos y enfermedades con que probó Dios a su sierva y de su grande paciencia
El hecho fue este, y las circunstancias que pudo haber en ello de tan poca advertencia que apenas se alcanzaban: ahora, fuese por haber sido sin consultar al perlado o por gastar aquel dinero sin su licencia o por haberles parecido a algunas que tanta santidad y tan rara como era la de aquella bendita perlada no era para sufrirle mucho tiempo, lo cierto es que la acusación e instancia que se hizo contra ella fue de manera que (permitiéndolo Dios para manifestar su paciencia) el prelado procedió a suspenderla y después a la privación de su oficio, en el cual puso a la vicaria que la había acusado. Y como la sierva de Dios estaba tan acreditada, diose con esto ocasión a que muchos hablasen del caso de muchas maneras poniendo duda en las grandes maravillas que de ella se decían. Pero como quiera que ello fuese, sacó Dios de ahí muy grandes provechos para gloria suya y alabanza de su sierva, porque no solo nos constó de su paciencia, sino de la gran quietud y serenidad de su conciencia en la gran quietud y alegría con que llevó este trabajo, juzgándose no solo digna d’él, sino de otros muchos mayores. Mostró también su ferviente caridad en lo mucho que rogaba a Dios por los que la perseguían, pues para la que más se señalaba en eso impetró perdón de su culpa por sus fervientes oraciones. ''[81]'' Porque, castigándola el Señor con pena temporal, murió poco despues de haber conseguido su pretensión en el oficio de perlada que había deseado, ordenándolo así el Señor, para que se vea cuán poco hay que anhelar por honras ni dignidades en esta vida, pues alcanzadas no pueden asegurarnos la vida, ni librar a sus poseedores de la muerte, que suele venir muchas veces codiciosa de honrarse con las personas que ve más honradas en la tierra. Pues a esta persona luego la salteó la muerte y, siendo fatigada de la última enfermedad, que fue dolor de costado muy fuerte, la sierva de Dios, sor Juana de la Cruz, rogó al Señor con mucha instancia por ella, con que le dio íntimo conocimiento de su culpa y así públicamente pidió della perdón con grandes lágrimas, y murió habiendo recibido los sacramentos y con grandes muestras de contrición y consuelo de las religiosas. ''[82]'' Poco antes que esto sucediese, mostró el Señor a esta su sierva el Infierno abierto y que salían d’él [317] para su convento infinitos demonios, en figuras de diversas bestias. Entonces con muchas lágrimas pidió a Nuestro Señor socorro y que echase de su casa aquella infernal canalla. Y oyéndola Su Majestad, envió ángeles que expeliesen los demonios, de lo cual, quedando la sierva de Dios por una parte consolada y por otra muy temerosa, juntó a sus monjas a capítulo y con muchas lágrimas las dijo: “Oh, hermanas, y qué trocado veo este palacio de la Virgen Nuestra Señora, que le solía ver lleno de ángeles y ahora le veo lleno de demonios. Mis pecados lo deben hacer y no los vuestros, emendemos nuestras vidas y procuremos ejercitarnos de veras en las virtudes y en especial en la caridad y humildad, que son las que más temen los demonios”. En este mismo tiempo, estando la sierva de Dios cercada de enfermedades y trabajos, se puso en oración delante de una imagen de la Oración del Huerto, pidiendo al Señor la ayudase, mirando su flaqueza y el tropel de los trabajos que la cercaban. Oyó el Señor su oración y quiso, para más consuelo de su sierva, hablarla en la misma imagen con voz dolorosa y triste diciendo: “Mi padre celestial, que no quiso revocar la sentencia de mi muerte aunque oré y lloré, no quiere que se revoque la que se ha dado contra ti, sino que se ejecute rigurosamente, para que, fatigada de todas maneras, goces el fruto de la paciencia”. Con esto la sierva de Dios quedó tan confortada que no solo rehusaba los trabajos, sino antes los pedía y anhelaba tras ellos.
 
===Cap. XVI. De cómo el ángel de su guarda mandó a la sierva de Dios que escribiese las cosas que el Señor le revelaba y de su gloriosa muerte===
 
Es la misericordia y caridad de Dios tanta que si hace a algunos siervos suyos tan especiales mercedes (como las vemos en esta sierva suya) no las hace para ellos solos, sino para que por medio dellos se aprovechen otros. Así lo afirmaba el apóstol san Pablo cuando decía: “Por eso [318] alcancé yo de mi Dios tan grandes misericordias, para que en mí primeramente mostrase toda paciencia, para información de aquellos que han de creer en él para la vida eterna”. ''[83]'' Pues las mercedes que Dios hizo a esta santa, a ese mismo fin iban encaminadas, y por eso el santo ángel de su guarda le mandó que escribiese las misericordias que Dios le hacía. ''[84]'' Mas ella por su grande humildad se encogía, para escribirlas y allegaba para no hacerlo, ya la poca salud, ya el estar tan gafa de las manos que apenas podía echar una firma. Y así le mandó el ángel que no escribiese más por su mano, sino que lo hiciese escribir por la de otra religiosa (que fue para ella no pequeño tormento), y rehusándolo, dijo a su ángel: “Señor, las mercedes que Dios me ha hecho (y las cosas que su hermosura me ha dicho) han sido todas en secreto, y escribiéndolas por mano ajena, no podrán dexar de publicarse”. Y así con este temor y del juicio de los hombres, como se había visto tan perseguida, dijo al ángel: “Señor, si por esto nos viniese algún mal a mis hermanas y a mí, ¿qué será de nosotras?”. “Dios cuida de ellas y de ti” (dijo el ángel), “no temas, sino haz lo que te mando, porque el Señor que obra estas maravillas en ti, las hace para bien de otros muchos y quiere se escriban y haya memoria dellas, donde no cesarán las mercedes que te hace y tus dolores y persecuciones se aumentarán más de lo que puedes pensar”. Ella, oyendo esto con humildad y temor, obedeció al ángel y comenzó a escribir por mano de otra religiosa, llamada sor María Evangelista, que, según es tradición del convento y consta por información hecha con testigos, no supo leer ni escribir hasta que milagrosamente le concedio el Señor esta gracia para escribir el libro del Conorte, como queda dicho. ''[85]'' Así escribió con mucho acierto la vida y milagros desta bendita virgen. Estos dos libros se han tenido y tienen en el convento como reliquias de mucha estima, valiéndose dellos contra tempestades y truenos y para muchas enfermedades. Viven aún hoy tres religiosas que conocieron a la que los escribió, y se lo oyeron decir muchas veces, y afirman que fue monja de santa vida muy penitente y de mucha oración y que, después de muerta, apareció a otra religiosa en la iglesia con mucho resplandor y con un libro de oro abierto en las manos que fue el que escribió de la beata Juana. Sentía mucho [319] la sierva de Dios ver que nunca se acababa lo que la monja escribía y cuán de asiento se procedía en su escritura. Por lo cual, poco antes que le diese la enfermedad de que murió, rogó al ángel de su guarda que se acontentase con lo escrito y no la obligase a más. Concedióselo y dijo: “Di a tu hermana que cese ya la pluma y no escriba más”. Consolose tanto con esta licencia que la tomó para decirle: “Señor, si las hermanas quisiesen, mucho consuelo sería para mí que se rompiese”. “Haz penitencia de ese atrevimiento” (dijo el ángel), “porque ofendiste a Dios con él”. Con esto se despidió el ángel y cesó la escritura. ''[86]''
 
Sobre muchas enfermedades que tenía, le envió Dios la última, que fue un muy recio mal de orina, de que estuvo apretada con gravísimos dolores y quince continuos días con esa pena. Tuvo en esta grave enfermedad singular paciencia y grandísimos raptos y familiares coloquios con su ángel. Habló de Dios altísimamente, cual el cisne cercano a la muerte suele cantar muy dulcemente. Y aunque en otras enfermedades no consintió que la curasen los médicos, en esta lo consintió instada por algunas señoras devotas que se lo rogaron. Ellos, viendo que crecía mucho la enfermedad y su flaqueza, la desahuciaron en las primeras visitas, mas ella, como virgen prudentísima, primero que se lo dixesen recibió el viático y la extrema unción y, tres días antes de su muerte, estando en un rapto que le duró dos horas, vio a los apóstoles san Felipe y Santiago y al ángel de su guarda que le dio la deseada nueva de su cercana muerte, la cual estaba ya por el altísimo Señor decretada. ''[87]'' Entonces la bendita virgen con excesivo gozo aceptó aquella sentencia, y rogó a los santos apóstoles que estaban presentes que la ayudasen a dar gracias al Señor por ella y le rogasen que no le revocase, sino que fuese aquella la definitiva sentencia. El día siguiente, cuando la vino a ver el médico, le rogó que no la hiciese más beneficios, porque la voluntad del Señor era llevarla ya desta vida. Esto se supo luego en Madrid y Toledo y muchas señoras (con licencia que tenían de entrar en el convento), deseando hallarse presentes a tan felice muerte, vinieron de muchas partes; y en especial la señora doña Isabel de Mendoza, señora de la villa de Casarrubios, esta fue de las primeras y se halló presente a las misericordias [320] y maravillas que Dios hizo a su sierva en aquella hora, que fueron para echar el sello a las muchas que la había hecho en su vida. Primeramente, viernes primero día de mayo, día de los apóstoles san Filipe y Santiago, estando la sierva de Dios en sus sentidos, vio con los ojos del cuerpo algunas visiones, de las cuales no quiso decir alguna a las monjas, aunque se lo rogaron muchas. La misma noche deste día dio una gran voz diciendo: “¡Ay de mí, ay de mí! ¡Cómo me he descuidado!”. Aquella noche se arrobó muchas veces y entrando en la agonía de la muerte, entró en la última batalla con el enemigo del género humano (como otro san Hilarión), según que lo echaron de ver los que se hallaron presentes, y se apareció en las cosas que decía. Porque unas veces callaba, otras respondía como si hablara con otra persona diciendo: “¡Oh, qué cruel espada! Téngale, téngale, no me mate con ella”. Y de allí a poco rato dijo: “llámenmela, llámenmela que se va”. Y preguntándola a quién quería que llamasen, dijo que a la bendita Madalena. [88] Sosegose un poco y volvió a decir con mucho afecto: “Vamos, madre de Dios, vamos, que es tarde”. Después de todo esto, dijo con notable ánimo y afecto: “Echadle de ahí, echadle de ahí”. Y fue que en este conflicto la desampararon los santos, permitiéndolo el Señor, para que a solas venciese en la muerte, al que había vencido tantas veces en vida. Todo el tiempo que duró este combate (que fue gran rato) se lamentaba mucho diciendo: “Oh, a qué mal tiempo mehabéis dejado”. Y después dijo: “Señor, ¿sola me dejaste?, pues echad de ahí a ese demonio, que no tiene parte en mí. Mal año para él”. Y vuelta a las religiosas dijo: “Hermanas, levántenme de aquí, daré a mi criador el alma”. Y de ahí a poco, como hablando con otras personas decía: “Búsquenmele, búsquenmele, a mi Señor Jesuchristo. Hálleme él a mí, y yo le hallaré a él. ¿Por qué me le habéis llevado? Dejadme, le iré yo a buscar, aunque estoy desconyuntada”. Preguntáronla las religiosas, a quién quería que le buscasen. Y dijo: “A mi Señor Jesuchristo”. “¿Pues dónde le hallaremos madre?” “En el huerto” (dijo ella) y como aquejada de mucho dolor, con gran sospiro dijo: “Oh, madre de Dios, Iesús qué crueldad, qué crueldad, sobrepuje Señor mío la misericordia a la justicia. ¡Jesús, y qué angustia!”. Y volviendo el rostro a las religiosas dijo muy congojada: “Ayudadme a rogar”. Y paró con [321] la palabra en la boca. Y las monjas muy afligidas dijeron: “¿Qué quiere madre que la ayudemos a rogar?”; respondió: “Que sobrepuje la misericordia a la justicia”. Tras lo cual, muy alegre, comenzó a decir: “Vamos, vamos”, “¡Oh, a qué punto!”, “¡oh, a qué punto!”. Y esto repetía muchas veces. El médico que asistía a su cabecera, viendo estas maravillas dijo: “Dichoso monasterio, que tal alma envías al Cielo, de donde te hará más favores que teniéndola en Tierra”, y respondió la santa: “Podría ser”. A todo esto había cuatro horas que estaba sin habla y tres días sin comer: entonces levantando la voz, volvió a decir: “Amigas mías, llevadme, llevadme luego”. Preguntáronla con quién hablaba y respondió que con las santas y vírgenes. Dijéronla: “Pues, ¿con quién ha de ir, madre?”, “Con Jesuchristo, mi esposo” (respondió). Y decía: “¿Por qué me escondéis a mi Señor y a mi Reina?”, oyendo esto las religiosas, le mostraron una imagen de Nuestra Señora, y adorándola dijo: “No es ella, volvedme, volvedme a mi reina y señora”. Y preguntándola si estaba allí la madre Dios, dijo: “Sí, y mis ángeles y mis santos”. Y dijo: “Vamos Señora mía, vamos”. Y tornó luego a decir con grande alegría: “Hacedle lugar aquí a mi lado, junto a mí”. Y de allí a poco dijo: “Oh, padre mío”, y pensaron las religiosas que hablaba con el padre san Francisco. Y aunque habían estado con la enferma velando toda la noche del sábado, no se les hizo un momento.
 
Llegada la mañana del día de santo Domingo, dijo: “Ea pues, dulce Jesús, vamos de aquí, Señor mío, vamos presto, mi redentor”. Entonces las religiosas, viendo que su consuelo se les acababa y su sol se les ponía, hicieron procesiones, oraciones y disciplinas, rogando al Señor no las privase de tanto bien y diese salud a su bendita madre. Besáronla todas la mano, y ella bendijo a las presentes y absentes y a todos sus devotos. Tornó luego a decir: “Vamos Señor, redentor mío, vamos de aquí”. Preguntáronla si estaba allí el Señor; dijo que sí, y también su santísima madre. Domingo de mañana llegó el médico a la enferma, diciendo: “Paréceme, madre, que se nos va; díganos ¿quién la acompaña en ese camino?”, “Mi Señora la Virgen María” (dijo ella) “y el ángel de mi guarda y mis ángeles y mis santos”. Púsose luego su rostro resplandeciente y hermoso, como cuando solía estar en los raptos, y habiendo tenido hasta aquel punto muy mal olor de boca, ''[89]'' causado de su [322] enfermedad, desde entonces salía della tal suavidad y fragancia que parecía cosa del Cielo, y de allí a un rato con nuevo fervor, como si hablara con otras personas, dijo: “Albricias, dadme albricias”. Esto hacía con tanta alegría, que juzgaron los que allí estaban que su celestial esposo adornaba ya aquella santa alma con las joyas de su desposorio. Quedó la bendita virgen llena de aquel suave olory su rostro muy resplandeciente y los labios encarnados como un coral, con una quietud y alegría admirable, y así estuvo sin hablar palabra, desde el sábado hasta el domingo después de vísperas, día de la Invención de la Cruz, en el mismo que nació, tomó hábito y profesó. Pues este dichoso día a las tres de la tarde, leyendo la Pasión, con un regocijo extraño dio su alma a su celestial esposo, año de 1534, a los cincuenta y tres de su edad, y los cuarenta de su conversión a la orden.
 
Quedaron los circunstantes admirados de la quietud y apacibilidad con que había acabado, habiéndole cesado para la hora de la muerte todos los dolores (que suelen en aquella hora apretar más los cordeles) y esto fue muchas horas antes de su dichoso tránsito. Una gran sierva de Dios llamada María de San Juan, que al mismo tiempo era religiosa en el convento de la Concepción de la ciudad de Almería, muy semejante en virtud y santidad a la santa Juana, y tan amigas las dos que con estar tan lejos se comunicaban en espíritu muchas veces, dijo que, cuatro días después de su muerte, la apareció la bendita sor Juana de la Cruz. ''[90]'' Cercada de algunos santos y ángeles, y admirada, preguntó al de su guarda cómo la aparecía tan mejorada y en tan diferente figura que otras veces, colocada en tan altos grados de gloria; respondió el ángel que estaba ya desatada de las ataduras del cuerpo. Y bajando aquella bendita alma, se abrazaron las dos y le dijo esta sierva del Señor: “¿Cómo, hermana, esto sin mí?”, “Sí, hermana” (respondió), “que se cumplió la voluntad del poderoso Señor y ha cuatro días que salí de la vida mortal, donde tuve mi purgatorio, y dos días antes que expirase, comenzó mi ánima a sentir el gozo de la bienaventuranza y a tener prendas de la gloria”. Cuando se tuvo noticia de esta revelación, se entendió mejor la causa de la mudanza de la sierva del Señor dos horas antes de su muerte.
= Vida impresa (6)=

Menú de navegación