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Juana de la Cruz

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Vida de Juana de la Cruz
Besa los pies de vuestra santidad,
 
Licenciado don Alfonso Carrillo.
[fol. 5v]
 
=== §. I.===
 
[VI] Presidiendo en la silla de san Pedro Sixto IV, de feliz memoria, y reinando la mayor parte de las Españas los Católicos Reyes don Fernando y doña Isabel, príncipes gloriosos, nació Juana en tres [4] de mayo del año de 1482 [5] en el lugar de Azaña, pueblo del arzobispo de Toledo, cuya situación es en la provincia que llaman Sagra. Sus padres fueron Juan Vázquez y Catalina Gutiérrez, personas virtuosas y ricas.
[VII] [fol. 6r] Reconociese luego que recibió el agua del Bautismo que la niña se abstenía (con admiración de cuantos observaron la maravilla) en el viernes de todas las semanas de tomar el pecho de su madre, si no es una vez al día ayunando en la forma que se refiere de san Nicolás, obispo de Mira, y de san Estéfano, obispo diense.
[VIII] [IX] Sucedió no mamar en tres días y pareció haberla sobrevenido un accidente mortal con suspensión de todos los sentidos. Y creyendo la madre haber fallecido la criatura, pidió a la Virgen santísima intercediese con su Hijo Cristo, Señor Nuestro, la resucitase. Haciendo voto de llevarla al templo nuevamente fundado de Santa María de la Cruz y estar en vigilia allí una noche, volvió la niña del parasismo o desmayo, con que su madre creyó piadosamente había sido resurrección milagrosa la de su hija.
[X] [XI] Antes de cumplir dos años, enfermó de suerte que no podía comer ni aún tomar el pecho, con que su madre, valiéndose por medicina en todos los males de niña de la intercesión de los santos, la llevó a un templo dedicado a san Bartolomé en la villa de Añover. Y a vista de la imagen del apóstol, se alegró Juana, mejorando de suerte que pidió de comer; y contaba en la edad de discreción como había [fol. 6v] tocádola el apóstol san Bartolomé en el rostro, de que procedió cobrar salud.
[XII] [XIII] No la vieron jugar con otros niños, como es natural en la infancia, y a los cuatro años de su edad tuvo un rapto en que juzgó ser llevada a un lugar ameno donde vio una señora de mucha autoridad asistida de vírgenes y niños hermosísimos; y, por haberla enseñado aquellos coros de vírgenes y niños que la señora era la Madre de Dios, la adoró y alabó con la salutación del ángel. Y en aquella oración, vio también al ángel su custodio. Y, cuando volvió del rapto, refirió cuanto en él había observado hasta que la mandaron callar sus padres y obedeció luego.
[XIV] [XV] En aquel mismo año, llevaban por viático a un enfermo el santísimo sacramento de la Eucaristía y, pasando por la puerta de la casa donde vivía Juana, le adoró y vio sobre el cáliz a Cristo, Señor Nuestro, en forma de niño hermoso y resplandeciente. Y en el día que la Iglesia celebra la Purificación de la Virgen, Nuestra Señora, al tiempo que el sacerdote levantó la hostia consagrada, vio en ella distantemente el cuerpo glorioso de Cristo, rodeado de muchos ángeles; y en aquella edad inocente pensaba que a todos eran comunes semejantes favores.
A los siete años de su edad murió su madre [fol. 7r] [XVI] y, entre sus agonías últimas, encargó a su marido cumpliese por ella el voto de llevar a la niña con una ofrenda de cera al templo de Santa María de la Cruz. Pero la muchacha, adelantando el discurso a más altos fines, deseaba ir ella a cumplir el voto de su madre y, con esta ocasión, quedarse monja en el convento. Comunicó sus pensamientos a una su tía, que al mismo tiempo entró religiosa en el monasterio de Santo Domingo el Real de la ciudad de Toledo, pero su padre y abuelo, entendiendo lo que pretendía, lo embarazaron considerando la tierna edad de Juana, incapaz, a su parecer, de tolerar los rigores y asperezas de una religión. Y aunque la tía procuró siempre atraerla a su convento hasta disponer medios de robarla, no pudo [6] conseguirlo. Y la niña, más advertida, propuso tomar el hábito en otra parte por que no dependiese su vocación de afecto al parentesco de la tía.
[XVII] [XVIII] Otros sus parientes ricos la llevaron a su casa por tener en ella una joya preciosísima; tales eran las luces que brillaba aquel diamante y tal su capacidad que fiaron el gobierno de su hacienda a la muchacha. Aquí se descubrieron las penitencias con que Juana maceraba su cuerpo en tan tiernos años, ayunando los días de precepto a pan y agua y, tal vez, no comía en dos o tres días; y cual otra Cecilia [fol. 7v] penitente, usaba silicios y se azotaba con cadenas hasta derramar sangre. En las noches frías y dilatas del invierno, después de recogida la gente de su familia, se desnudaba sin dejar sobre si más que el silicio y, en esta forma, pasaba en oración toda la noche. No pudo esto recatarse de la noticia de sus tíos y así vivió con mayor retiro en adelante.
[XIX] Gozaba continuamente de visiones maravillosas que la enseñaban o confirmaban en alguna virtud. Y en un Viernes Santo por la mañana, contemplando la Pasión de Nuestro Salvador, le vio crucificado; y fue tanto su sentimiento con aquella soberana visión percibida con los ojos corporales que, con las lágrimas que derramó e interno dolor que tuvo, quedó desfigurada de suerte que aun sus mismos tíos no la conocían.
[XX] A los catorce años de su edad, pensaron sus tíos en casarla y, a la fama de su honestidad y hermosura, concurrieron muchos pretendientes, señaladamente un mancebo natural de la villa de Illescas. Pero, como Juana quería consagrarse a Dios perpetuamente, le fue revelado un día de la Semana Santa por medio de una visión (en que Cristo, Nuestro Señor, la apareció) sería su Esposa y que entraría en religión.
[XXI] [fol. 8r] Alentada la virtuosa doncella con tal favor, dispuso entre sí misma irse al convento de Santa María de la Cruz de religiosas terceras de san Francisco. Tenía Juana particular devoción a este convento porque su fundación fue prodigiosa y, al parecer, agradable a la soberana Reina de los ángeles, Nuestra Señora. El suceso se cuenta en esta forma.
Cinco leguas de Madrid, villa ilustre y corte hoy de los reyes de España, tiene su asiento la villa de Cubas, de corta población y oscuro nombre. [XXII] [XXIII] Apacentaba una pastorcilla, llamada Inés, en los términos de este pueblo un ganadillo de cerda; y era tan devota de la Virgen Santa María que mereció ser instrumento de las maravillas del Cielo. Aparecióse a la pastora la Virgen santísima a quinientos pasos del lugar de Cubas y, después de varios coloquios y apariciones que se continuaron por algunos días, la dijo que en aquel sitio quería tener templo de su advocación; y, para que los de su pueblo le edificasen, la dio ciertas señales y en particular la cerró la mano, dejando el dedo pulgar sobre el índice en forma de cruz y de fuerte que no podía abrirla ni usar de ella.
La pastorcilla, instruida de lo que había de decir, publicó el precepto a los habitadores del pueblo y, con vista del prodigio de la [fol. 8v] mano que con sus manos tocaron todos, ordenaron una devota procesión que guiaba Inés llevando arbolada la señal de nuestra redención. En llegando a vista del término donde se había aparecido la Virgen santísima, mandó la pastora se detuviesen todos y, adelantándose con la cruz, la entregó a quien no vieron los circunstantes arrodillados; y, atónitos con el pasmo y la devoción y las manos invisibles, fijaron la cruz en el sitio sobre que hoy está el templo. La sencilla Inés solamente veía y hablaba a la soberana Reina de las jerarquías angélicas; y mostró el lugar que sirvió de trono a aquella majestad, el cual fue venerado recogiendo la tierra donde había puesto sus plantas y con ella sanaron muchos enfermos de dolencias mortales o peligrosas. Después, los padres de Inés la llevaron al templo de Santa María de Guadalupe (también lo había mandado aquella señora) con cierta ofrenda y en presencia de la imagen, que tan aplaudida y venerada es en España, abrió la pastorcilla la mano; y refieren que, en los lugares por donde pasaba a la ida y vuelta de aquel viaje, hizo algunos milagros en los enfermos a quien tocaba.
Edificose el templo con advocación de Santa María de la Cruz y a la fama de los prodigios que en él se obraban, pues resucitaron [fol. 9r] [XXIV] once muertos y sanaron innumerables personas de varias dolencias. Unas mujeres devotas se juntaron a vivir en común y edificaron allí una casa.
Dieron tales muestras de virtud y santidad que les fue entregada la iglesia con la cruz, que Nuestra Señora tomó con sus manos, y ellas hicieron posesión debajo de la tercera regla de san Francisco. Y una de las principales fue la pastorcilla Inés que, pasado algún tiempo, la eligieron las demás por la cabeza y prelada de aquel convento.
[XXV] [XXVI] [XXVII] No guardaban estas mujeres clausura y, con andar vagando y comunicar a personas seculares, se relajaron de suerte que algunas apostataron de la religión y entre ellas Inés (tan poco hay que fiar de nuestra fragilidad e inconstancia). Casose y tuvo hijos, que murieron, y el marido. Arrepentida de su pecado, entró religiosa en un convento de Castilla la Vieja, donde acabó sus días con grandes muestras de penitencia verdadera; y en su muerte hizo señal el Cielo, pues afirman que se tocaron las campanas sin impulso humano.
La divina providencia para las grandes enfermedades de nuestra naturaleza previene los remedios proporcionados a su curación: la ruina que amenazaba el edificio místico de [fol. 9v] aquellas monjas se aseguró con ingerirle una columna fortísima, en quien vino a cargar todo el peso de la observancia religiosa.
[XXVIII] Esta fue Juana, que, resuelta a entrar en religión en el convento de Santa María de la Cruz (distante dos lenguas de Azaña, su patria), para que su representación tuviese en el teatro del universo algo de vario y deleitable los primeros pasos que dio en su intento fueron festivos y con novedad. [XXIX] [XXX] [XXXI] Vistiose traje varonil, y con espada, sola y a pie, llevando sus vestidos ordinarios debajo del brazo, salió una mañana de su casa antes que el sol pareciese sobre la tierra por el camino que guiaba al convento. Cuando, combatida de varios pensamientos, le representó el espíritu contrario a su resolución todos los inconvenientes que podían resultar por el hábito impropio e indecente en que se hallaba y por el enojo de su padre y tíos, la flaca doncella, rendida a la vehemencia de la aprehensión y amedrentada con la soledad del camino, cayó desmayada y sin aliento, pero una voz la esforzó tres veces a proseguir la obra comenzada. Pasado algún tiempo entendió haber sido aquella voz de su ángel custodio.
Alentada Juana del espíritu auxiliador, prosiguió su intento y, habiendo caminado [fol. 10r] [XXXII] considerable distancia, sintió venir por el camino, siguiendo sus pasos, un hombre a caballo; y, cuando pudo discernir [7] la vista con distinción el objeto, reconoció era el hidalgo de Illescas, fino pretendiente de sus bodas. Volvió a ocuparla el susto y el miedo pero, con el traje de varón, se disimuló de suerte que la desconoció el mancebo y pasó adelante sin observar el semblante hermoso, los pasos débiles y ademán mujeril de la doncella. Culpable, al parecer, fue vestirse como varón, pero este acaecimiento califica el disfraz por acertado.
[XXXIII] [XXXIV] Viéndose libre de aquel peligro, se postró en la tierra dando gracias a Dios y aquí tuvo otro consuelo y aparición de la Virgen santísima, con que oyó palabras de esfuerzo y seguridad. Pasó adelante hasta llegar a un pueblezuelo cercano al convento llamado Casarrubuelos y, fatigada de sed, pidió de beber en una casa. Diéronla agua y descansó breve tiempo. Y, al irse, se dejó por olvido la espada junto al asiento donde había estado. Y, acordándose de ella en el camino, volvió en su busca a la casa misma de donde había salido. Y con el descuido natural con que obra quien finge, sencillamente dijo: “Oh, peccadora [8] de mí, que se me había olvidado la espalda”. Esta concordancia, propia del sexo femenil e impropia para quien [fol. 10v] se fingía varón, despertó la atención de una criada que la había ministrado el agua, la cual advirtió a sus amos cómo era mujer el que parecía mancebo. Pero esta curiosa averiguación no fue creída y aquel solecismo en la gramática de la tierra fue consonancia para las armonías del Cielo.
[XXXV] Llegó, en fin, Juana al puerto deseado y, entrando en la iglesia, dio gracias a la estrella que la había guiado en aquella corta, aunque peligrosa navegación. Y, apartándose a un ángulo oscuro del templo, se restituyó a sus propios vestidos, despojándose de la máscara y disimulación con que había temido naufragar entre los escollos de varios peligros y pensamientos.
[XXXVI] Impaciente en la dilación de su intento, fue luego a la puerta reglar del convento para hablar a la abadesa y darle noticia de su pretensión. Guardaba la puerta de aquel paraíso una imagen de la Virgen santísima colocada en un nicho y, encontrándola Juana, se postró pidiéndola con una oración fervorosa que, pues era puerta del cielo y en aquel monasterio también era portera, la franquease la entrada disponiendo las voluntades de las monjas para que la admitiesen en su compañía. Es tradición constante que habló la imagen diciendo a Juana: “Bienvenida seáis, hi- [fol. 11r] ja mía. Entre gozoso tu espíritu a tomar posesión de lo que tanto ha deseado que, para reparo de esta casa, te crió Dios en cuyo nombre y en el mío tendrás autoridad para derribar y edificar, destruyendo relajaciones y vicios, y enseñando con doctrina y ejemplo el camino de la perfección”. Es esta imagen por quien Dios obró tal maravilla se ve hoy en el mismo lugar de la puerta reglar del convento, aunque la forma del edificio y lugar de la puerta se ha mudado.
[XXXVII] [XXXVIII] Alentada la doncella con semejante oferta, hizo llamar a la abadesa, a quien dio noticia de su vocación y de los acontecimientos que había tenido hasta llegar al convento y que sería felicísima si era admitida en él por criada de las demás religiosas. La abadesa, gozosa en si misma de ver aquella Virgen hermosa y de corazón tan esforzado en edad de quince años y de entendimiento clarísimo, disimulando el gusto interior, reprehendió primero la temeridad de venir sola y en hábito impropio y, en lo demás, respondió lo comunicaría con las monjas. Juntó la comunidad y, propuesto el caso, se conformaron en recibir por compañera a Juana; y, como era necesario además de su consentimiento el del provincial, dispuso la divina providencia que no faltase este requisito, pues el provincial que era entonces entró [fol. 11v] en aquella sazón fuera de toda esperanza pues había ocho días que había estado en el convento.
Admiradas las monjas con la venida del prelado en ocasión tan oportuna y que la tuvieron por milagrosa, informaron al provincial de la vocación de la doncella, el cual dio licencia para su admisión.
[XXXIX] [XL] [XLI] Caminaban estas cosas con felicidad, y Juana deseaba la hora de su recepción. Pero su padre y parientes, noticiosos de su fuga y del camino que había tomado, fueron al convento, donde procuraron embarazar este santo propósito con palabras descorteses y groseras, persuadiéndola dejase aquel intento con representarla las conveniencias que dejaba en el siglo y los trabajos y desamparo que había de padecer en la religión. Pero la doncella, primero con el silencio y con la modestia, y luego con la perseverancia y resolución que dijo tenía de elegir a Dios por padre, ablandó los corazones de aquellos rústicos que se conformaron en que Juana entrase religiosa ofreciéndola dote competente. Y así, en presencia del padre y parientes, recibió el hábito con devoción y lágrimas en que todos concurrieron, equivocándose los gozos y los sentimientos, los llantos y los parabienes. ¡Oh in- [fol. 12r] comprensibles juicios de Dios! Quien con ojos mortales procura averiguar los rayos y luces con que nos deslumbran queda más ciego e incapaz de observar sus maravillas; lo que vemos solamente es que los mejores medios para conseguir un propósito son los estorbos, y los montes, y riscos; son los llanos y veredas por donde se camina con más seguridad.
[XLII] Las memorias que se conservan de la vida de Juana en los libros y en la tradición refieren por menor sus acciones; y el ánimo con que se iba encaminando el año del noviciado a la perfección del espíritu.
[XLIII] Con un profundo silencio y con una ciega obediencia, echó los cimientos tan firmes que pudo cargarse en ellos un edificio para la eternidad. En la guerra de los sentidos, la única defensa que tuvo fue el retiro de todos los tratos humanos en la estrechez de una celda; y entre los silicios, disciplinas y ayunos (no comiendo más que una vez al día) y con la oración continua de discípula se hizo maestra, de novicia se hizo veterana de la milicia celeste, con que, pasado el año, fue admitida a la posesión, tomando por nombre Juana de la Cruz. Era devotísima de esta señal como instrumento principal de nuestra redención y [fol. 12v] por haber nacido en el día que la Iglesia celebra su milagrosa invención. Y en otro tal día, tomó el hábito e hizo profesión. Y después, en el progreso de su vida, en otros semejantes días, fue electa abadesa y murió, pero la principal razón fue querer seguir la cruz de Cristo, correspondiendo con las obras a la representación de su nombre.
[XLIV] [XLV] El orden que, siendo novicia y después de profesa, tuvo para disimular sus vigilias, oración y penitencia era este: llevaba, al tiempo de recoger las religiosas en el dormitorio común, una rueca; y cuando sentía que dormían las monjas, ocupaba las manos en hilar y los pensamientos en Dios, y en esta forma estaba hasta que tocaban a maitenes. Acudía entonces al coro y, acabadas las divinas alabanzas y recogidas las demás monjas, comenzaba de nuevo la tarea de la oración en que perseveraba hasta el amanecer; y, vencida de la necesidad, se rendía al sueño por dos o tres horas hasta la hora de prima.
[XLVI] En las obras de manos y trabajos corporales en que la ocupaba la obediencia hallaba su mayor regalo y deleitación: cuando fregaba los platos y alhajas de la cocina, los figuraba de oro y llenos de perlas y piedras preciosas en que había de comer su soberano esposo, y así se deleitaba en aquel ejercicio [fol. 13r] de humildad. Lo mismo consideraba cuando barría la casa, pues la escoba le parecía un ramillete de flores y, si hacia oficio de cocina, se acordaba de Marta cuando hospedó en su casa al Redentor del mundo. En esta forma lograba en sus empleos un inmenso tesoro de merecimientos.
[XLVII] Imitó fielmente a su patriarca san Francisco en guardar verdadera pobreza, pues su cuidado en esta parte fue igual al que tuvo el rico avariento en juntar y guardar los tesoros que le llevaron al infierno. De sola su cama y hábitos era poseedora cuanto al uso, sin tener más celda que las oficinas de la comunidad; y los vestidos eran tan pobres que parecía vestirse los que desechaban las demás monjas: el hábito humilde, la túnica interior de sayal, la camisa un asperísimo silicio ceñido todo con una cuerda de cáñamo y los pies sin más adorno ni abrigo que unas viles sandalias.
[XLVIII] Con ser tan espantosa su penitencia y tan singular su modo de vida, la mayor excelencia que se observa de sus virtudes fue la de regular siempre sus acciones con la obediencia y dictamen de su confesor, recibiendo las reglas de vivir sin valerse de su propia voluntad.
La hermosura de su rostro y perfección [fol. 13v] [XLIX] [L] de su cuerpo fueron admirables, y se adornaban con gravedad y modestia que componían a cuantos la miraban. Su conversación era dulcísima, sus palabras amorosas vivas y penetrantes, y en la dirección misma traía envuelta la salud y reformación de las almas. Nunca hablaba en vano ni superfluamente, pues todos sus discursos se encaminaban a glorificar a Dios y aprovechar los próximos; y, si tal vez ocurría en la conversación materia de gusto y entretenimiento, era con tanta templanza que más provocaba a devoción que a risa y deleite.
[LI] En aconsejar y consolar corazones tuvo don del Cielo, con que venían a consultarla personas gravísimas y de diversos estados y todas las fiaban sus secretos con seguridad de que no serían revelados. Estas calidades eran adornadas de una humildad profundísima y sus virtudes se descubrieron más en los oficios que la encargó la obediencia a sus preladas.
[LII] Asistía a la cocina, como hemos referido, y en ella, por leves causas, era maltratada y reprehendida de sus compañeras. Y luego se arrodillaba y las pedía perdón y, si no podía aplacar su enojo, íbase al coro a pedir a Dios la perdonase la pena y turbación que había ocasionado a sus hermanas. Volvíanla a llamar y [fol. 14r] preguntábanla qué hacía en el coro y, con admirable mansedumbre, respondía: “Suplicaba a la divina clemencia me perdone por haber ocasionado vuestra justa indignación y que os diese gracia para sufrirme”. Quedaban confusas y arrepentidas de haber ofendido a aquella cordera que tan poco lo merecía.
[LIII] En aquel humilde ejercicio, manifestó Dios cuán agradable le era su sierva con algunos milagros. Merezca contarse uno para ejemplo de que Dios cuida de aliviar a los que le sirven, aun en cosas muy menudas, en la estimación de los hombres: llevaba soror Juana un barreño de barro con la carne que había de comer la comunidad para lavarla en el pozo. Encontró con el barreño en una piedra, hízole pedazos y ella, muy triste, se puso en oración, suplicando al Señor reparase aquella falta. Tomó los pedazos y fuelos juntando, y el barreño quedó como estaba antes de romperse; y sirvió después en la cocina por más dos años.
[LIV] Encargáronla la enfermería, donde halló materia bastante para ejercitar su caridad; no perdonaba ningún género de desvelo y de trabajo por asistir y cuidar de las religiosas enfermas. Sucedió que una monja padecía mucho frío y dolor de estómago y pidió a soror Juana que, pues era enferma, pi- [fol. 14v] [LV] diese para sí un poco de vino diciendo lo había menester y que le diese a ella porque su necesidad era muy grande y no se atrevía a pedirle. Soror Juana ofreció pedir el vino con buena voluntad pero, considerando que si le pedía con pretexto de su necesidad era mentira y dejarle de pedir era falta de caridad, suplicó a Dios le diese por algún tiempo dolor de estómago para que, no faltando a la verdad, pudiese remediar la necesidad de su hermana. El Padre de misericordia, y a quien tan agradables son los actos de caridad con el próximo, concedió lo que pedía a su sierva y, con el propio dolor de estómago, pidió la medicina para el remedio del ajeno.
[LVI] En este mismo oficio de enfermera, por su intercesión, cobraron muchas enfermas salud. Sanó una religiosa de unas tercianas, comiendo con particular devoción un poco de pan que soror Juana estaba también comiendo, y no la volvió más la calentura. Esta misma religiosa, por intercesión de su enfermera, se libró de dos zaratanes que se le criaron en los pechos, poniendo en ellos unos paños mojados en agua bendita de consejo de soror Juana.
[LVII] Del ministerio de la enfermería, pasó a ser tornera y portera y con su agrado y cortesía, sin faltar al rigor de la obligación de su o- [fol. 15r] cio, cumplía con monjas y seglares. Aquí padeció notables mortificaciones de una compañera más anciana que la perseguía con porfía incansable riñéndola y maltratándola por todo cuanto hacía; y a todo callaba la prudentísima criatura o la pedía perdón de las culpas que no había cometido.
[LVIII] [LIX] Como esta sierva de Dios andaba toda transformada en él, cuantas cosas hacía las aplicaba a los más soberanos misterios de nuestra redención. Y así, consideraba el torno por el pesebre en que María santísima reclinó al Niño Jesús recién nacido, y volviendo el torno con esta contemplación halló muchas veces al Niño Jesús que aparecía en forma visible y con dulces palabras la regalaba. En una ocasión, estando gozando la visita soberana del Niño Dios, pretendió abrazarle y regalarse con él pero, al tiempo de extender los brazos, apareció la Virgen santísima que le tomó en los suyos y se levantó en alto, acompañada de coros angélicos; quedó desconsolada soror Juana pensando procedía aquel retiro de su indignidad, pero la Virgen santísima la dijo: “Hija mía, vente a la huerta de casa, hacia la parte donde están las higueras, que allí nos hallarás”. Quedó con esto consolada su alma y, desocupándose del torno, fue apresuradamente al puesto señalado (no así el ciervo de- [fol. 15v] [LX] sea en el verano la frescura de las fuentes, no así la alma ama la visión del hierro como esta sierva de Dios deseaba venir su alma al amor y voluntad de su Esposo Divino). Abrió la puerta de la casilla y viola convertida en alcázar del rey del universo. Estaba en trono de gloria la Virgen María y en sus brazos sostenía al que sostiene el firmamento. Adoró Juana con suma reverencia a aquellas majestades y, con sus alabanzas, hizo compañía a los coros angélicos. Quedó elevada y embebida en aquellos gozos celestiales y, aunque la llamaron con la campana de la portería tres veces, no la [10] oyó, y la Virgen, Nuestra Señora, la dijo: “Anda, que te han llamado tres veces con la campanilla y no lo has oído, acude a la obediencia”. Dejó luego la dichosa Juana a Dios por Dios, cumplió con la ocupación para que fue llamada y, con las mismas ansias, volvió a la casilla de la huerta. Repararon algunas monjas en sus pasos veloces, en su inquietud extraordinaria, en su rostro encendido, y que arrojaba unos resplandores y luces y el aire por donde pasaba quedaba fragante y oloroso. Siguiéronla hasta la puerta de la casilla, donde oyeron decía: “¡Oh, Reina de los Cielos, cuan bien manifestáis con esta pecadora ser madre de misericordia pues, aunque yo me había ido dejando vuestra compañía, no se ha desdeñado vuestra grandeza y el [fol. 16r] dulcísimo Jesús de esperarme en tan humilde lugar”. Respondió la Virgen santísima: “Hallástenos, Juana, a mi hijo y a mí porque nos dejaste por la santa obediencia”. Y, después de algunas palabras en estimación de lo que merece esta virtud, acabó su Majestad con decir: “Si no hubieras sido obediente, no hubieras gozado de aquestos favores”. Todo esto lo escucharon las religiosas que siguieron a soror Juana, descubriendo Dios por este medio lo que ella con modestia y cuidado les encubría.
 
[LXI] Otra aparición de la Virgen María con el Niño en los brazos tuvo en la sala de la labor pues, arrebatada soror Juana en espíritu y visión imaginaria, vio a la Emperatriz de los ángeles y a su Hijo preciosísimo. Y, después de varios coloquios, consiguió recibir en su escapulario al Niño alegrándose y gozándose en tan soberano bien, y los efectos de este sabor le duraron en su alma por muchos días.
 
===§. II.===
 
[LXII] Inexplicable es la devoción que soror Juana tuvo con el inefable Sacramento de la Eucaristía; el deseo de gozar siempre de aquel pan angélico la traía absorta y enajenada de sí. Todas sus oraciones, penitencias y mor- [fol. 16v] [LXIII] [LXIV] tificaciones se dedicaban a disponerse para recibirle dignamente y, juzgándose incapaz de sentarse a la mesa del Rey de los reyes, no se atrevía a recibirle cada día sino cuando su confesor lo ordenaba. Suplía la falta de la comunión sacramental con comulgar espiritualmente en que sentía grandes consuelos, con que se podía decir que toda su vida era una espiritual comunión prolongada. Esta devoción se la pagó Dios con muchos favores que recibió su sierva y milagros que acontecieron. Merece referirse uno, cuyas señales permanecen hoy en los mármoles de su convento: confesábase un día en tanto que se decía la misa mayor. Hicieron señal en la iglesia con la campanilla de que el sacerdote levantaba la hostia consagrada. El confesor mandó a soror Juana fuese por el coro a adorar a Cristo Nuestro Señor sacramentado. Salió con prisa y, reconociendo por los golpes de la campanilla que no podía llegar al coro a tiempo, se arrodilló para adorarle en espíritu. ¡Oh maravillas de Dios! Interponíase entre soror Juana y la iglesia una pared de cantería muy gruesa y, por impulso físico y sobrenatural, se abrió la pared desde la parte superior a la inferior, con que pudo la sierva de Dios ver la hostia, el sacerdote el altar y todo cuanto estaba en la iglesia. Quedó asom- [fol. 17r] [LXV] brada soror Juana con milagro tan grande y estando glorificando a Dios por él, cuando alzaron la segunda hostia, se abrió segunda vez la muralla; y, hecha la adoración, se cerró dejando un monumento a la posteridad pues, siendo todas las piedras del muro de mármol negro, quedó una de ellas blanca y abierta por tres partes en forma de cruz, la cual desde aquel tiempo es tenida en veneración; y este mármol es visitado de los prelados y de los reyes que han entrado en la clausura de aquel monasterio.
[LXVI] Entre los favores extraordinarios que soror Juana recibió de Dios, fue muy singular el permitirla comunicase a su ángel custodio en sus éxtasis y raptos y, algunas veces, fuera de ellos. Y aquel hermoso espíritu se le manifestaba glorioso y resplandeciente. Y, en estas visiones y aparecimientos, gobernaba a la virtuosa monja, respondiendo a sus consultas, satisfaciendo a sus dudas, y enseñándola altísimos misterios que, después explicados por la virgen Juana a sus monjas y a los que venían a oírla, quedaban alumbrados y confusos cuantos bebían de aquel néctar científico y sobrenatural, reconociendo ser sus palabras centellas de incomprensible fuego del Espíritu Santo que la asistía.
[fol. 17v] [LXVII] [LXVIII] Aunque el ver con sus ojos corporales y hablar familiarmente con su santo ángel era muy frecuente en soror Juana, con todo eso gozaba más de su vista, comunicación, y enseñanza en los raptos y elevaciones estáticas que tenía, en las cuales gastaba lo más del tiempo, pues toda su conversación era con el cielo. No había ejercicio ni ocupación, por precisa que fuese, que pudiese apartarla del amor de su dulce Jesús, en quien tenía embebida y transformada el alma. De noche, de día, comiendo, descansando, hablando o rezando, ya hiciese labor, ya estuviese en pie, ya asentada u echada de cualquier suerte que la hallase la visita de su celestial esposo. Luego se enajenaba de sus sentidos y quedaba absorta en profundos raptos que duraban algunas veces cuatro horas, otras doce, otras catorce. Y con el discurso del tiempo y frecuencia de aquel comercio divino, creció tanto esta gracia que perseveraba en el rapto veinticuatro horas, y tal vez pasaron tres [11] días sin volver del éxtasis.
[LXIX] En su rostro, cuando se elevaba, crecía la hermosura natural de que era dotada, descubriendo con señales exteriores los gozos que interiormente gozaba su espíritu.
Veíanse algunos prodigiosos efectos de los [fol. 18r] raptos, derivándose también con señales exteriores al cuerpo los afectos tristes o alegres del alma; y, particularmente, cuando eran revelados los trabajos y perfecciones que había de padecer o las felicidades o aceptación de las buenas obras de sus próximos en la presencia divina y estado en que estaban sus conciencias o su salud. Y así, daba avisos importantísimos para ajustar conciencias perdidas y para prevenir y evitar grandes daños en las almas y cuerpos. Advirtió a muchos la cercanía de su muerte y sucedía todo como lo decía.
[LXX] [LXXI] Uno de los prodigios que hacen más memorable a esta sierva de Dios es el don de las lenguas que tuvo. Sucedió pues que, volviendo de un rapto dilatado, se halló embarazada la lengua para articular palabras y, aunque entendía y oía, no podía responder sino con señas. Y en esta forma estuvo algunos meses, quedando reducida a tal extremo de bondad y sinceridad que parecía hallaría en él estado de inocencia. Y así las monjas hacían de ella lo que querían, tratándola como a una criatura y paloma mansísima y, aunque para las cosas del mundo vivía con esta enajenación, para las del Cielo tenía las potencias del alma vivas despiertas y perspicaces.
[fol. 18v] [LXXII] Continuaba sus éxtasis y raptos como siempre. Y en uno de ellos, se le apareció el Niño Jesús, a quien suplicó con profunda oración que, si había de ser para su santo servicio, la restituyese a estado de poder hablar. Entonces el Señor, tocando la boca de soror Juana con sus manos divinas, la dijo: “La causa de haberte enmudecido es porque seas instrumento por quien yo quiero hablar y, aunque ahora te sano, guarda de mi secreto y algo di y algo calla de lo que te revele”.
[LXXIII] Volvió del rapto y con expedición en la lengua, con alegría y consuelo de las monjas. Y, desde entonces, se manifestó en ella un espíritu de predicación y enseñanza, hablando en los éxtasis cosas muy singulares y declarando profecías y lugares de la Escritura Sagrada. Cuando había de predicar estos sermones y declarar lo que Dios la revelaba, se transfiguraba; y enajenada de los sentidos, las religiosas la llevaban en brazos a su celda (fiel éxtasis la cogía fuera de ella) y poníanla sobre su cama, donde quedaba con los ojos cerrados con el rostro sereno y con las manos sobre el pecho. Así perseveraba por tiempo de hora y media, y luego interrumpía en amorosas exclamaciones a Dios y parecía le hablaba y comunicaba como si le viera personalmente: ya le rogaba se acerca- [fol. 19r] se; ya extendida los brazos como para llamarle; ya se quejaba de su soledad y desamparo si se iba; ya gozaba como si poseyera tanto bien; le daba gracias de los favores que hacía a una indigna pecadora y, entonces, hacía actos de grande reverencia y profunda adoración y, con voz más templada, hacía oración vocal por el estado de la Iglesia, y por los que se hallaban en pecado mortal, y por todas las necesidades de que tenía noticia y, especialmente, por las almas del Purgatorio. Acabada esta deprecación, callaba por algún tiempo y las religiosas la reclinaban en la cama con toda decencia y compostura en tal forma que los oyentes pudiesen ver su semblante y oír distintamente sus palabras. Después de este silencio, levantaba la voz más sutil y delicada y declaraba los misterios y lugares de Escritura que le eran revelados del divino espíritu con suma velocidad y gracia. Su más ordinario asunto era el Evangelio o festividad de aquel día. Estos sermones o pláticas duraban tres o cuatro horas y, cuando acababa, despedía el auditorio echándole bendición.
Toda la gente que concurría a oírla, que era innumerable y entraba dentro del convento porque entonces no se guardaba en [fol. 19v] [LXXIV] él clausura, se arrodillaba y recibía la bendición con devoción y lágrimas. Volvía luego soror Juana del rapto sin poder decir ni saber cosa alguna de lo que había pasado. Esta gracia se manifestó tres años, después que comenzó a elevarse públicamente, y le duró por espacio de trece años. Y en todo este tiempo fue aquel convento cátedra de sabiduría y de doctrina revelada del Cielo. Y aquellos sermones acontecían en días y por términos inciertos y varios según era la divina voluntad, pues pasaban quince días, tal vez ocho, tal vez tres y, finalmente, hubo día en que predicó dos veces.
[LXXV] [LXXVI] Divulgose la fama de esta maravilla por todo el reino, y así concurrieron a la novedad del caso diferentes gentes para ver con sus ojos aquel prodigio: letrados, predicadores, prelados de todas las religiones, arzobispos, obispos, inquisidores, duques, marqueses, condes y sus mujeres. Entre los más señalados fueron el cardenal arzobispo de Toledo don fray Francisco Jiménez de Cisneros, esclarecido varón en aquel siglo; y el insigne y gran capitán don Gonzalo Fernández de Córdoba; y, algunos años después, la cesárea majestad del emperador Carlos V, que dio gracias al altísimo Dios y quedó muy aficionado y devoto a soror Juana.
[fol. 20r] [LXXVII] [LXXVIII] [LXXIX] Con ser tan varias las fuentes y condiciones de personas que la oían, cada uno entendía por si lo que predicaba la sierva de Dios; y para que a todas luces se descubriese la asistencia soberana que la inspiraba, si los oyentes eran personas doctas u eclesiásticas, hacía su sermón en lengua latina; y algunas veces predicó en las lenguas francesa y arábiga, y con un sermón que hizo en esta lengua convirtió dos esclavas africanas obstinadísimas en la secta de Mahoma, las cuales dio al convento un obispo de Ávila y fueron de las cautivas que se trujeron a España de la ciudad de Orán cuando la conquistó el arzobispo don fray Francisco Jiménez. En una oración que fue a oírla el provincial de los religiosos franciscos de aquella provincia, que era vizcaíno, predicó el sermón en lengua vascuence o cantábrica, la cual es muy extraña en el dialecto en las voces y sin conveniencia con otra alguna de las lenguas que se conocen hoy en el mundo.
[LXXX] Con el celo que los Reyes Católicos tuvieron de conservar en España la pureza de la fe católica, erigieron el tribunal de la santa Inquisición en la forma que hoy se conserva. Y, por la mayor necesidad que entonces había de atender a los nuevos conversos de indios y moros, este ministerio santísimo [fol. 20v] [LXXXI] [LXXXII] entró a ejercer su ministerio con notable crédito y autoridad, y se componía de varones consumados en letras y acreditados en [12] virtud. Uno de estos, deseoso de averiguar si tales sermones procedían de ilusión diabólica y la doctrina que contenían era sólida y sin sospecha, fue encubierto y disimulando quién era al convento y se introdujo con la demás turba a ser oyente de soror Juana. Fue tal el sermón de aquel día y tan eficaces los discursos según lo que el inquisidor llevaba reservado en su corazón que, en el progreso de la plática, se arrodilló el buen hombre y, con gran copia de lágrimas, la oyó hasta el fin. Luego rogó a la abadesa le permitiese hablar a la sierva de Dios en el locutorio. Allí la pidió perdón de no haberla tenido en el crédito que merecía y que ya creía ser Dios el autor de aquel prodigio. Respondió la virtuosa virgen con palabras humildes y reconocimiento de su miseria pues, siendo un instrumento vil y desechado, usaba Dios de él en utilidad de los próximos. El inquisidor, después de larga conferencia, se despidió admirado y devoto.
[LXXXIII] Algunos que iban llevados de su curiosidad hacían experiencias indiscretas con soror Juana para conocer si los éxtasis eran verdaderos, y así la hirieron en la cabeza y [fol. 21r] dieron golpes imprudentemente, que no sentía con la inestabilidad en que la dejaban los raptos. Después se condolía de aquellos daños, cuando no los había manifestado antes la sangre que derramaban las heridas.
[LXXXIV] Estas cosas pusieron en cuidado a los prelados de la religión de san Francisco, y más a aquellos que suelen ser espíritus de contradicción: todo lo niegan y lo contradicen todo, fundando en esto hacerse temidos y necesarios.
Para evitar la variedad con que se discurría y que la verdad quedase más apurada, el provincial de Castilla, a quien esta sujetó aquel convento, mandó a la abadesa encerrase en su celda a soror Juana siempre que tuviese los raptos en que solía predicar, sin permitir que persona alguna la oyese. Hízose así y la abadesa la señaló una celda a soror Juana donde pudiese estar en tanto que permanecía en los éxtasis, y mandó a una monja que la acompañase y asistiese.
[LXXXV] Pasaron algunos días y, deseando la abadesa saber lo que hacía soror Juana, mandó a una religiosa que fuese a su celda y viese si estaba transportada o si predicaba. La monja mensajera, por entre las puertas de la celda, vio que predicaba soror Juana en el tono que [fol. 21v] [LXXXVI] solía y que tenía por auditorio (cual otro Antonio Paduano) innumerables aves y pájaros que, levantados los cuellos en forma de atender, oían la palabra de Dios. Turbada y alegre, la monja dio cuenta a la abadesa y a las ancianas del monasterio, y todas fueron a ver aquel milagro, el cual miraron y reconocieron hasta que acababa la plática. Echó soror Juana su bendición a las aves, que volaron a sus ordinarias mansiones, y en la manga de su túnica se halló un pajarito que se había quedado allí puede ser que para mayor comprobación de aquel prodigio.
[LXXXVII] Averiguado el caso por el provincial tan exactamente como pedía su gravedad, dio licencia para que oyesen a soror Juana cuantos quisiesen sin excepción de personas, grados ni calidades.
[LXXXVIII] Y, porque no se perdiese el tesoro de la doctrina singular que contenían sus sermones, obró Dios otro milagro dando repentinamente gracia de escribir a una monja llamada María Evangelista, no sabiendo si habiéndolo aprendido. Y hoy permanece en el convento un libro escrito por esta monja de todos los sermones que predicó soror Juana en el discurso de un año, incorporado en otro que se titula El Conorte. La letra es clara y legible y el estilo llano y sin artificio, pero [fol. 22r] igual al que usaban en aquel siglo los más versados en la lengua vulgar. Los hombres doctos y espirituales que han leído estos libros no saben cómo encarecer su doctrina llena de teología escolástica y mística y de muchas autoridades de la Sagrada Escritura. Ya tuvo estos libros en su poder la santa Inquisición de Toledo para registrarlos y expurgarlos si lo mereciesen, pero los restituyó al convento intactos y sin corrección alguna.
 
===§. III===
 
[LXXXIX] [XC] La mayor señal de cuán adelantada estaba la virgen Juana en la gracia del Altísimo y de su Madre bendita fue haberse desposado en un éxtasis con el Niño Jesús, en preferencia de María Santísima y de muchos coros de ángeles y santos, quedando con este favor enriquecida su alma. Las joyas y preseas con que regaló el Esposo celestial a esta su sierva fueron unos dolores acerbísimos que empezó a sentir en manos y pies desde un día del Viernes Santo inmediato al éxtasis del desposorio. Manifestáronse también unas señales de color de rosa en las mismas partes de pies y manos donde Cristo, Señor Nuestro, tuvo sus llagas y donde las [fol. 22v] [XCI] [XCII] tuvo san Francisco. Despedían de sí aquellas señales suavísimo olor y que excedía al de las flores más fragantes y, como el dolor era intenso y las fuerzas flacas, soror Juana se quejaba con grande amargura y no podía tenerse en los pies. Las monjas, con devoción y lágrimas, la llevaban en brazos al coro y a su celda, y sobre las señales ponían paños mojados en vinagre u agua para que templasen los ardores que sentía en ellas, y que no la dejaban sosegar estas preciosas señales y dolores intensos. Duraron desde aquel Viernes Santo hasta el de la Ascensión pero no continuados, pues solamente se descubrían las señales y sentía los dolores los viernes y sábados hasta el domingo, y a la hora en que Cristo resucitó cesaban.
[XCIII] La fama de este favor corrió luego por los lugares comarcanos, con que los pueblos enteros se conmovían a visitarla y ver con sus ojos lo que habían visto todas las religiosas, sus confesores y muchas personas eclesiásticas y fidedignas; y con el gran concurso causaban inquietud grande en el convento.
[XCIV] La humildad de soror Juana no pudo tolerar las exclamaciones de los que la visitaban y, como su corazón le tenía rendido y abatido en horror de las honras mundanas, huyendo de toda vanidad, suplicó a Dios la [fol. 23r] [XCV] quitase aquellas señales no permitiendo que tan vil criatura gozase de una merced con que fueron honrados grandísimos santos. La oración fue tan fervorosa que mereció alcanzar lo que pedía y así, en un rapto que tuvo el día de la Ascensión, la dijo el redentor del mundo: “Importúnasme que te quite el precioso don que te he concedido. Yo lo haré mas, pues no quieres mis rosas, yo te daré mis espinas”. Experimentolo así la buena virgen, pues los dolores y tormentos de toda la Pasión de Cristo los padeció en alma y cuerpo con las persecuciones y enfermedades que la siguieron hasta el fin de sus días. El primero regalo que sucedió a esta labor fue ensordecer en tanto grado que no oía ninguna voz ni ruido por grande que fuese. Gustaba mucho esta virgen el canto de las aves; su divertimiento después de la oración y raptos y demás obligaciones de su instituto era salirse a la huerta, donde se divertía con la música de los pajarillos contemplando las alabanzas que dan a Dios todas sus criaturas, retirando su inteligencia de nuestro grosero conocimiento. Quedó con esto soror Juana más recogida entre sí misma y sin atención a cosa exterior por quererla Dios toda para sí. Las monjas se desconsolaron y afligieron notablemente por faltarles maestra que las enseñase y quien [fol. 23v] las consolase en sus trabajos y aflicciones.
[XCVI] Perseveró el impedimento de los oídos desde el día de santa Escolástica, que es en diez de febrero, hasta el día de santa Clara, que se celebra en doce de agosto; pues, en un rapto y sermón que hizo, manifestó ser la voluntad de Dios que oyese por las oraciones e instancias de todas las religiosas; y en volviendo del rapto, oyó perfectamente, con que dio gracias al Autor de tanas mercedes en que la acompañaron las religiosas de su convento hasta en la devoción y lágrimas.
[XCVII] No está vinculada siempre la prudencia para las canas venerables, y no siempre la senectud es madre de las acciones cuerdas; una vida concertada califica el juicio y entendimiento y asegura por buenos los futuros procedimientos. Aquel provincial vizcaíno, a quien soror Juana predicó en lengua vascuence, oyó en aquel idioma retirado notablemente a todas las provincias de España (excepta la Cantabria) que era voluntad de Dios fuese selecta abadesa nuestra virgen; y aunque no tenía más que veintiocho años, las monjas la deseaban por prelada. Hízose elección en la vacante primera de aquel oficio, y todos los votos, sin saltar uno, nombraron a soror Juana. El provincial, que ya estaba prevenido en el prodigio del manda- [fol. 24r] to, confirmó la elección y, al tiempo de publicarla, afirmó a las religiosas que la abadesa había sido escogida por inspiración del Espíritu Santo.
[XCVIII] El fruto primero de elección tan acertada fue disponer la nueva abadesa que sus monjas guardasen clausura, venciendo grandes contradicciones que se hicieron al intento, fundadas en que no se podrían recoger las limosnas que las religiosas pedían por los lugares de la comarca y a quien los fieles acudían con particular devoción.
[XCIX] Las limosnas que, ya conseguida la clausura, no se pedían por las religiosas, crecieron en abundancia y el convento se aumentó en edificio y rentas.
[C] El gran capitán Gonzalo Fernández de Córdoba, devoto de la virgen Juana, dio de una vez quinientos mil maravedíes, limosna en aquel tiempo digna de un corazón tan grande. Y el cardenal arzobispo de Toledo don fray Francisco Jiménez, en virtud de breve apostólico, aplicó al convento la renta del curato de Cubas, y esta piadosa atención del cardenal le costó a la sierva de Dios muchos desconsuelos y perfecciones como se notará en otra parte. Y en diecisiete años continuos que fue abadesa, el convento consiguió tener cuatrocientas fanegas de [fol. 24v] pan y cuarenta mil maravedíes de renta en cada un año; y enriqueció y adornó la sacristía con muchos ornamentos, vasos de plata y otras cosas necesarias al culto divino.
[CI] [CII] El gobierno de un pueblo o de una ciudad es la piedra de toque donde se experimenta la fineza del juicio y de la prudencia. También esta virtud resplandeció en esta virgen con igualdad de luces a las demás de que fue adornada. Sin faltar a la severidad de prelada, era afable con todas las súbditas y, así, mezclaba los halagos y las represiones con tal dulzura y utilidad que corregía los errores y enmendaba los de estos con agradecimiento de las mismas monjas, que recibían la corrección y tanto más se contenían en aquel respeto y veneración cuanto entendían que todo se lo revelaban sus ángeles custodios por algunos casos que sucedieron; pues llamaba a la religiosa que había incurrido en algún descuido y, por secreto que fuese, le decía pidiéndola se enmendase y, con asegurar no se saltaría otra vez, quedaba la prelada satisfecha y la religiosa corregida de su imperfección sin escándalo de sus hermanas. Con esto parecía el convento una porción del Paraíso y un remedo del consorcio de los bienaventurados; tal era la paz, tal la unión y amor en Jesucristo de aquellas religiosas.
[fol. 25r] [CIII] En lo que se halló dudosa la credibilidad de muchos fue en cuanto a los granos o cuentas que por intercesión y ruegos de soror Juana bajaron benditas del Cielo, en las cuales se han experimentado y hoy se experimentan tan notables virtudes. Pero conocido el proceder de esta virgen, su integridad de vida, las frecuentes revelaciones de que era favorecida, su comunicación con el ángel custodio, los éxtasis y raptos profundos y maravillosos en que decía cosas tan altas y, finalmente, los milagros que Dios ha obrado por medio del contacto de estos granos, se podrá creer, con la fe que se debe a una persona reputada por santa, sería cierto aquel favor y prodigio.
[CVI] [CV] Bajar del Cielo reliquias a la tierra por ministerio de los ángeles muchas veces se ha visto. Y de que tenemos ejemplares en la casulla de san Ildefonso y en la ampolla del olio sagrado, con que se ungen los reyes de Francia en el hábito de san Norberto, y otras preseas que guarda la devoción cristiana con suma veneración. Pero subir de la Tierra al Cielo alguna cosa corpórea y elemental para volver a ella, pocos sucesos se hallan escritos.
[CVI] San Pablo fue llevado al tercero Cielo (que [fol. 25v] [CVII] sería el impireo sin repugnancia a los lugares que da la astronomía a las estrellas ya errantes y fijas, pues todas pueden correr con sus regulados movimientos por un mismo cielo aunque en diversas alturas). También a san Próculo, obispo y mártir, diciendo misa le tomaron los ángeles el cáliz antes de consagrar y, después de dos horas, le volvieron al altar y le dijeron: “Cristo, Señor Nuestro, le consagró; no le vuelvas a consagrar tú si no recibe su preciosa sangre”. Y así lo hizo el santo obispo.
[CVIII] [CIX] En Constantinopla, el año de 446, iba en procesión todo el pueblo para aplacar la ira divina que le castigaba con un espantoso terremoto. Y en un campo donde se habían congregado innumerables gentes a vista del emperador Teodoro el Menor y del patriarca Proclo, fue arrebatado un niño por los ángeles y llevado al cielo. Y, después de una hora, le pusieron en el mismo campo, donde refirió cómo había estado en la patria de los bienaventurados y oyó que los ángeles y santos alababan a Dios con aquel santísimo trisagio: Sanctus Deus, Sactus fortis, Sanctus inmortalis.
[CX] Sucedió pues que, deseosas las monjas de tener alguna prenda de devoción autorizada de su abadesa y madre, la pidieron con [fol. 26r] humildad que por medio de su ángel custodio alcanzase de Cristo, Señor Nuestro, algunas gracias para sus rosarios. Esta noción parece fue misteriosa, pues al mismo tiempo en Alemania hacía cruel guerra a las cuentas benditas y a los rosarios de Nuestra Señora el perverso Lutero.
[CXI] Como la sierva de Dios anhelaba a conseguir el bien espiritual de sus próximos, prometió a las religiosas que comunicaría sus buenos deseos con su ángel custodio. A la consulta que hizo soror Juana a su santo ángel, se le respondió favorablemente por aquel espíritu celestial. Mandola que, para cierto día, juntase todos los rosarios que pudiese porque el mismo ángel los había de poner en la presencia del Señor en el Cielo para que los bendijese, con que aquellas cuentas se llenarían de gracias y virtudes especialísimas.
[CXII] Fue grande el consuelo y gozo espiritual que recibieron las religiosas con tan alegre nueva; y, no contentas con juntar los rosarios que había en el convento, dieron aviso a la gente de la comarca para que todos enviasen sus rosarios. Y así se juntó una gran suma y tan varia como se ve en las cuentas y granos que unos son pequeños, otros grandes, unos de coral, otros de jaspe o vidrio.
[fol. 26v] [CXIII] Juntos, pues, los rosarios, mandó soror Juana los pusiesen todos en un cofre, y que una religiosa anciana le cerrase y tuviese la llave guardada. Luego se puso en oración, pidiendo a Dios favoreciese los piadosos deseos de aquellas sus siervas, a que sobrevino un éxtasis de los que solía tener: las monjas, con ligereza y curiosidad mujeril, desearon saber si faltaban ya del cofre los rosarios, para cuyo efecto persuadieron a la monja que guardaba la llave le abriese. Consiguiéronlo en fin por ir todas a la parte en la curiosidad y hallaron el cofre vacío, causándoles asombro la experiencia de la vista y el tacto. Y, aunque se habían hallado presentes al encerrar las cuentas y no habían faltado testigos y guardas, volvían una y muchas veces a registrar el mismo cofre. Cerráronle como antes estaba y aguardaron hasta que soror Juana volvió del rapto, y en esta suspensión sintieron en el convento una fragancia y olor celestial que fue el indicio cierto del favor que Dios les hacía. Acudieron todas a su madre abadesa, que las dijo cómo ya el Señor, por su inmensa bondad había querido hacerlas una singular merced pues, según le había dicho su glorioso ángel, los rosarios habían estado en el Cielo, en las manos sacrosantas de Cristo, Señor Nuestro.
[fol. 27r] [CXIV] Abrieron el cofre donde se hallaron todos los rosarios sin faltar un solo grano, los cuales despedían de sí aquel olor profundo y maravilloso que se había esparcido por el convento. Y también dijo la virtuosa virgen que las gracias concedidas a aquellas cuentas no se limitaban en ellas solas porque habían de participar de las gracias mismas cuantos granos y cuentas se tocasen a las originales, pero no a las que se tocasen a las cuentas tocadas.
El crédito que se debe dar a esta maravilla pende de los milagros que han acontecido por medio del contacto de estos granos, y de la estimación que de ellos han hecho varones santos y doctos.
Cuando estuvo en España, antes de ascender al Pontificado, la santidad de Clemente VIII, de feliz memoria, en compañía de un su hermano, auditor de Rota, con ocasión del pleito que siguió sobre el condado de Puñoenrrostro, visitó el cadáver de soror Juana y pidió una cuenta con mucha devoción.
El mayor regalo que reciben en aquel convento los reyes y reinas de España, sus hijos e infantes, cuando le visitan es alguna cuenta de las originales, la cual guardan nuestros príncipes como precioso tesoro [fol. 27v] entre los principales monumentos de la piedad austríaca.
Asunto fuera de un volumen copioso, si se refieren por menor, los milagros que se han comprobado ante los ordinarios, cuyas probanzas e informaciones están en el proceso que se ha hecho sobre la canonización de soror Juana.
Diremos solamente, y con la brevedad que pide este epítome, algunos bienes singulares.
[CXV] En Valladolid, año de 1611, un mozo perdió la vista y, aunque los médicos se la procuraron restituir con varios remedios, no lo consiguieron. Y el mozo, por ser pobre, resolvió pedir limosna por la ciudad. Y un día pidió limosna al portero del convento de san Francisco, el cual tenía una cuenta original y, compadecido del trabajo de aquel hombre, le tocó los ojos con la cuenta y un rosario que traía; y aconsejole que, en la noche siguiente, durmiese con el rosario puesto sobre los ojos y con mucha fe de que Dios usaría con él de misericordia. Hízolo así el hombre y, cuando dispertó a otro día, se halló con vista y, dando gritos de regocijo, fue al convento a dar gracias a Dios de aquel benefició.
En la misma ciudad, una doncella cobró vista con el contacto de aquella misma cuen- [fol. 28r] [CXVI] ta. Y un niño de trece meses acometido de un garrotillo, desahuciado de los médicos, sanó también tocándole con unas cuentas que se habían tocado a la original, que tenía el portero del convento de san Francisco.
[CXVII] En Madrid, doña María de Mata, mujer de Iospeh Suárez de Carabajal, procurador de cortes de la ciudad de Zamora, enfermó el año de 1613 de una grave apoplejía que la puso en estado de espirar; y ayudábala a morir el licenciado Jerónimo de Quintana, rector del hospital de la latina. Y estando la enferma sin habla ni sentido, la tocó con una cuenta original e, instantáneamente, volvió en sí y cobró perfecta salud.
[CXVIII] En la misma villa, año de 1618, Pedro Díaz Morante estuvo a peligro de muerte por habérsele travesado en la vía de la orina una piedra que le impedía la evacuación. Tocáronle con una cuenta original y arrojó la piedra que, naturalmente, no pudiera salir por su grandeza si no interviniera causa sobrenatural.
[CXIX] Un niño de edad de veinte meses encontró en su casa con dos onzas de solimán que su madre había prevenido para hacer un afeite; y, juzgando ser azúcar, se lo comió el niño. Obró luego el veneno, y los accidentes mortales y espumas que arrojaba por la bo- [fol. 28v] ca manifestaron la desgracia. A los lamentos de la madre, entró una mujer llamada Melchora de Alameda que accidentalmente pasaba por la calle, la cual tenía dos cuentas originales. Púsolas en la boca de la criatura que, a vista de todos, volvió el veneno, quedando tan bueno y sin peligro el niño que dentro de una hora andaba jugando por la misma casa.
[CXX] Pedro Pacheco, vecino de Madrid, padeció una apoplejía tan fuerte que por cinco días le privó de todos los sentidos. Tocole con una cuenta original Juan Suárez de Canales sobre el corazón y luego volvió en sí el enfermo, y pudo confesar y recibir todos los Sacramentos.
Soror Luisa de las Llagas, religiosa descalza del convento de Santa clara de la villa de Valdemoro, padeció por espacio de seis una enfermedad de perlesía que la dejó baldada sin poder mover las piernas, y de la cintura arriba temblaba de suerte que no podía comer por su mano. Y otras religiosas la daban de comer y la tenían continuamente porque no se hiriese y maltratase con los temblores. Curábala el doctor Joaquín de Salcedo, médico de aquella villa y, desconfiado de todos los medios científicos [fol. 29r] [CXXI] de su facultad, tocó a la enferma en un brazo con una cuenta original que tenía y cesó en él el temblor; puso la cuenta en el otro brazo y paró el movimiento en la misma forma; tocó luego la cabeza y habló la religiosa. El médico hizo llamar a la abadesa y demás monjas y, siendo todas testigos de aquella maravilla, se levantó la enferma buena y sana; y anduvo con mucha expedición en una profesión muy devota, con que las monjas la llevaron al coro cantando el himno de las gracias al Autor de tan grande maravilla.
[CXXII] [CXXIII] Estos milagros y los demás que en el progreso de muchos años sucedieron, se autorizaron con informaciones auténticas de comisión de los arzobispos de Toledo. Y después, la Universidad de Alcalá hizo junta de los doctores y maestros más insignes en las facultades de teología, jurisprudencia y medicina, los cuales dieron honradísimas y doctas censuras que se presentaron por parte de la orden de san Francisco ante el consejo del cardenal arzobispo de Toledo para que, en su aprobación (según lo dispuesto por el santo Concilio), interpusiese su autoridad.
Compónese aquel consejo de varones muy doctos que los arzobispos de Toledo [fol. 29v] eligen de las mejores universidades de España, sacándolos de las primeras cátedras y colegios mayores para aquel ministerio. Este consejo dio auto de calificación de los milagros referidos y otros de que se hizo información, y mandó se diese traslado auténtico a la religión que está presentado en el proceso original de esta causa de la canonización de soror Juana:
“En la ciudad de Toledo, a veintiún días del mes de octubre de 1617, los señores del consejo del ilustrísimo cardenal arzobispo de Toledo, mi señor, habiendo visto estas informaciones que tratan en razón de la vida y milagros que Nuestro Señor ha obrado por medio e intercesión de la bienaventurada madre soror Juana de la Cruz y los pareceres y censuras que, con vista de ellas, han dado los doctores y catedráticos de la Universidad de Alcalá de Henares y personas a quien fueron remitidas, dijeron que, en conformidad de las dichas censuras y pareceres, aprobaban y aprobaron las dichas informaciones; de las cuales y de las dichas censuras mandaban y mandaron se dé a la parte de la religión del seráfico padre san Francisco un traslado, dos o más, los que pudiera para el efecto que pretende. A los cuales dijeron que interponían e interpusieron su autoridad y decreto judicial para que valgan y hagan fe en juicio y fuera de él. Y así lo proveyeron y mandaron.
Ante mí, Benito Martínez, secretario.”
 
===§. IV===
 
Volvamos, pues, a proseguir la narración de los empleos y acciones más memorables de la vida de soror Juana.
La devoción de esta sierva de Dios con las [fol. 30r] [CXXIV] [CXXV] ánimas de Purgatorio fue tan grande que, con fervorosos deseos y continuas penitencias, procuró siempre el alivio y remisión de sus penas; de cuyo rigor y acerbidad estaba muy informada por diferentes éxtasis y visiones en que el Señor la reveló el estado y necesidad de las benditas almas como por la relación que hicieron a soror Juana algunas de ellas, a quienes permitía Dios viniesen a pedir socorro. Y así, no solamente exhortaba a sus monjas a que aplicasen sus buenas obras para satisfacer las penas de las ánimas del Purgatorio, sino que con ternísimo afecto suplicaba a Dios que excusase en ella lo que les restaba de pagar, y que sobre sus hombros cargase el peso de los tormentos y dolores que merecían por sus culpas, y que la diese esfuerzo para subirlas.
[CXXVI] Muy aceptos fueron estos deseos a la Divina Majestad pues, desde entonces, comenzó a sentir vehementísimos dolores y enfermedades; y, muchas veces, con el exceso de lo que sentía daba terribles gritos y quedaba como atónita y fuera de sí.
[CXXVII] Peleaban en su cuerpo extremos contrarios de frío y calor por el tiempo que la divina voluntad quería ejercitarla. Unas veces, en medio del verano, parecía en lo yerto y helado una nieve contra la naturaleza de la [fol. 30v] estación ardiente; y las monjas la cercaban de braseros y estufas que la calentaron. Otras veces, en el rigor del invierno, eran tan crueles los ardores que sentía como si la tuvieran dentro de un horno encendido, y aunque las monjas la ponían lienzos mojados en agua y vinagre, luego se secaban y no le servían de alivio.
[CXXVIII] Sucedió una vez en que soror Juana padecía aquellos incendios internos que pidió a una monja la trujese una cantidad de hielo del estanque de la huerta para tomar con él algún refrigerio. La religiosa, con sinceridad y deseo de agradar a su prelada, la llevó un gran trozo de hielo del estanque que tenía cuatro dedos de grueso. Tomole soror Juana y, por debajo de la túnica, le arrimó al cuerpo; y pidió a la religiosa que de allí a poco tiempo volviese a verla. Pasada media hora, vino la monja, a quien dijo la sierva de Dios: “Hija mía, llevaos el hielo que trujisteis no sepan las religiosas lo que habemos hecho que, como ignoran mi necesidad, lo tendrán a exceso y desorden”. La monja buscó el hielo y solamente halló un paño en que le envolvió al tiempo de aplicársele al cuerpo sin señal de humedad, y la sierva de Dios satisfizo a la admiración de la monja diciendo que, con el gran fuego que padecía [fol. 31r], se había derretido el hielo en un punto y lo mismo aconteciera con todos los hielos del estanque si se los aplicaran.
[CXXIX] [CXXX] No se cifraba su padecer en solos los fríos e incendios que sentía porque, en todas sus coyunturas, padecía dolores gravísimos que la tenían gafa y tullida sin poderse mover en la cama ni comer si no es por manos ajenas. Otras veces tenía los dolores en la cabeza, que duraban ocho días y más, y estos la afligían de suerte que, en todo este tiempo, no comía, tomando solamente unos tragos de agua con que se sustentaba sobrenaturalmente.
[CXXXI] El refrigerio mayor con que aliviaba estos dolores era leer alguna religiosa la Pasión de Cristo, Señor Nuestro, a cuyo ejemplo se alentaba con nuevos deseos de padecer mucho más por los prójimos, viendo lo que padeció nuestro Dios por redimirnos del pecado. Y como en la bondad divina es tan propio seguirse a la herida el remedio, y a la aflicción el consuelo, sacando los justos de sus trabajos la crecida usura de ciento por uno. En aquellos martirios y dolores que padeció soror Juana, consiguió grandes sabores y medras para el alma pues [13], ordinariamente, su padecer se remataba en un éxtasis profundísimo y su rostro entonces parecía [fol. 31v] de ángel más que de criatura humana. Cuando volvía en sus sentidos, protestaba padecer de nuevo por el descanso de las ánimas de Purgatorio.
[CXXXII] [CXXXIII] [CXXXIV] Por revelación de su ángel custodio entendió la sierva de Dios que para mitigar alguna parte de aquellos ardores que la afligían el invierno sería remedio un guijarro frío arrimado a las carnes; y al contrario, caliente y envuelto en un paño, cuando sintiese helado y encogido el cuerpo en el verano. Usó de este remedio y, una vez que pidió un guijarro caliente contra el gran frío que la atormentaba, la trujeron uno que había estado mucho tiempo a la entrada de una cueva del convento y como se le aplicase al cuerpo oyó unos gemidos y voces lastimosas que la pedían socorro y advirtió que salían del guijarro; y conociendo ser algún espíritu, le exhortó de parte de Dios la dijese quién era y qué quería. La voz dijo ser el alma de un hombre pecador que había partido de este mundo sin haber satisfecho enteramente a la justifica divina por sus culpas, y así tenía asignado su Purgatorio en aquella piedra que, desde la orilla del río Tajo, fue traída con otras para la obra del convento; y que la rogaba le ayudase con sus oraciones y le aplicase algunos dolores de los que padecía pa- [fol. 32r] ra poder salir de aquella cárcel en que había mucho tiempo estaba detenido. La virtuosa virgen, encendida en caridad, prometió hacer y padecer por aquella alma.
[CXXXV] Comunicó luego con su ángel custodio lo que había sucedido, y que ignoraba hubiese otros lugares asignados para purgar las almas. Enseñola el ángel que, aunque era verdad, había un lugar común y ordinario donde las ánimas de los difuntos pagan las deudas de sus culpas. Dispensa Dios a veces con algunos cuyos pecados fueron muy graves y les da el Purgatorio en piedras, hielos o ríos, o en el mismo lugar donde cometieron la culpa según es su voluntad. Dijo también el ángel a la sierva de Dios cómo a la Majestad divina le era agradable que soror Juana fuese refugio y hospital de las ánimas del Purgatorio, y que por esta causa tendría muchos junto a sí.
[CXXXVI] Desde entonces, permitió la divina providencia que muchas ánimas se le apareciesen implorando su socorro, y otras la hablasen desde los guijarros fríos o calientes que se ponía. Y en diversas ocasiones que las religiosas la llevaban al coro en una silla porque los dolores la tenían tullida y sin poder mover, la cual ponían en el lugar que deben tener las preladas, después de compo- [fol. 32v] [CXXXVII] nerla la ropa, pretendían desviarla los guijarros que traía pegados y asidos a las coyunturas y, aunque tiraban de ellos con mucha fuerza, de ninguna manera se los podían quitar y la sierva de Dios decía: “Dejadlos estar, hijas, donde Dios les dio licencia que estuviesen, y no trabajéis en quitarlos que será por demás vuestro cuidado hasta que yo padezca lo que tiene dispuesto la divina voluntad”. De esta maravilla fueron testigos todas las monjas de aquel convento.
[CXXXVIII] En los coloquios que tenía soror Juana con su ángel, le preguntó si sería petición indiscreta suplicar a Dios que las ánimas que venían a valerse de su socorro tuviesen el Purgatorio en las hierbas y flores que las monjas ponían en su celda en unas jarras y ramilleteros, pareciéndole con sinceridad que con la mudanza del lugar se les mitigarías las penas. Respondiola el ángel que el Purgatorio no se mitigaba por mudar lugar, sino con los sufragios y oraciones y demás obras satisfactorias que pueden hacer los vivos por los difuntos pero que, si ella pretendía conseguir aquel consuelo, hiciese oración a la soberana Majestad de nuestro Dios, que era el mejor medio para alcanzar la gracia que pedía. Hízolo así la devota virgen, y la infinita piedad de nuestro Redentor la conce- [fol. 33r] [15] [CXXXIX] [CXL] dió que las ánimas que enviaba a pedirla socorro tuviesen su asiento en las hierbas y flores que la ponían en su celda para que, tiniéndolas presentes, se alentase a padecer más trabajos y dolores por ellas. Desde aquel tiempo tuvo cuidado en pedir a las religiosas la trujesen hierbas y flores de la huerta, y se las pusiesen en los ramilleteros y jarras con color de que con ellas se divertía y alegraba, callando el misterio que en ello había. Estaba un día de verano soror Juana reclinada en su pobre camilla, cercada de las flores y albahacas que la traían para su consuelo, aunque muy debilitada en las fuerzas corporales; y con voz sonora y alentada, entonó el himno Magnificat de suerte que se oyó en el convento. Las monjas, admiradas de la novedad del canto, acudieron a la celda y, por las quiebras y resquicios de la puerta, acecharon lo que hacía su abadesa. En esta curiosidad estaban y en grande silencio para no ser sentidas cuando, diciendo soror Juana el verso Gloria Patria, todos los ramilleteros se inclinaron profundamente hasta tocar las hierbas y flores en la tierra; y en acabando el verso, se restituyeron a su estado primero. Las monjas, a vista de un milagro tan grande, entraron de tropel en la celda y, bañadas en lágrimas de devoción y [fol. 33v] [17] alegría, la dijeron que no podría negarles con el disimulo de hierbas y flores el misterio que encerraban aquellas profundas inclinaciones que hicieron al cantar el verso del Gloria Patri. Respondiolas soror Juana que, pues Dios había permitido viesen aquella maravilla, sería para su mayor edificación y encenderlas en la devoción de las ánimas de Purgatorio, muchas de las cuales estaban en aquellas flores alabando en su compañía a su Redentor hasta que, purificadas con las penas de daño y de sentido que padecían (en que procuraba ayudarlas, aplicándolas sus oraciones, dolores y tormentos), subiesen a gozarle eternamente.
[CXLI] Admiradas las religiosas de lo que obraba Dios por los méritos de su sierva, y para confirmarse en la fe y devoción que tenían de lo que obran los sufragios en beneficio de los difuntos fieles y de la reverencia que tienen todas las criaturas celestes, terrestres e infernales al inefable nombre de Dios trino y uno, pidieron con muchas lágrimas a su virtuosa madre volviese a cantar el verso mismo; y, aunque rehusó el hacerlo, vencida de los ruegos importunos de sus hijas entonó delante de todas el verso del Gloria Patri. Apenas había empezado la primera palabra cuando las albahacas y flores se inclinaron [fol. 34r] [18] otra vez hasta tocar con sus puntas a la tierra, perseverando en aquella forma hasta que soror Juana acabó de cantar enteramente todo el verso, volviéndose a poner después como estaban antes.
[CXLII] Las religiosas dieron, en compañía de su madre abadesa, repetidas gracias al Autor de la naturaleza que las había favorecido con aquel milagro. Y su devoción con las ánimas creció mucho, y en adelante tenían gran cuidado de renovar las hierbas y flores, y las que quitaban las guardaban como por reliquias; y en ellas se hallaba tanta fragancia y olor tan suave, aunque marchitas y lacias, que excedía con grandes ventajas a las flores y hierbas frescas que ponían de nuevo en los ramilleteros. Esto también despertó la curiosidad de las monjas para preguntar a soror Juana de qué procedía aquel olor. Respondiolas que era un rastro que dejaban en aquellas flores de su asistencia los ángeles custodios de las ánimas que allí habían estado, a las cuales consolaban y visitaban con frecuencia sin desampararlas hasta haberlas puesto en la presencia de Dios. Y como uno de los tormentos que padecen en el Infierno los condenados consiste en el mal olor, así uno de los dotes de que se adornan los espíritus gloriosos es el de los olores fragantes [fol. 34v] [19] [CXLIII] y excelentes de que gozan y que exhalan; lo cual se prueba bien con el don y privilegio que se experimenta en muchos cuerpos de santos, pues la hediondez y corrupción a que estaban sujetos por la condición de su propia naturaleza se truecan en suavísimos y celestiales olores como en señal de los que han de gozar desde el día de la resurrección general.
[CXLIV] No fuera esta sierva de Dios tan perfecta y virtuosa si no se hubiese valido de la intercesión de la Virgen santísima, Nuestra Señora, a quien rindió siempre su corazón con devoción profunda y entrañable reconociendo que, como ventana del impireo, por ella ha de salir la luz con que Dios alumbra el mundo y, como escala celeste, por ella baja Dios a la Tierra y para que por ella merezcan subir los hombres al Cielo.
[CXLV] El objeto que tenía soror Juana para ejercitar su devoción era una imagen en que representaba cuando María santísima en su tránsito glorioso subió a los Cielos; delante de esta imagen hacía sus ejercicios de devoción y en su presencia levantaba la consideración a venerar y contemplar la Reina de las jerarquías angélicas que se sienta la diestra del Altísimo.
La imagen era de escultura poco primo- [fol. 35r] [21] [CXLVI] rosa según la ignorancia que en el tiempo en que se hizo (al parecer era antiquísima) había en España de arte tan excelente y aún en la Italia. Habían padecido un naufragio no solo las artes, sino aún las ciencias desde la caída del Imperio Romano hasta que los pontífices sumos restituyeron la sabiduría al universo, desterrando la ignorancia y barbaridad de que llenaron el Orbe cristiano las incultas naciones del septentrión. Todos los siglos venideros deben reconocer a los sucesores de san Pedro por autores de tanto beneficio, entre los cuales se erigió un monumento de eterna alabanza León X, de feliz memoria, en cuyo feliz pontificado florecieron las ciencias y artes con el rocío de su liberalidad y magnificencia.
La pintura, escultura y arquitectura subieron en su tiempo a la cumbre de la perfección y, desde entonces, estas artes campean con excelencia en beneficio de todo el género humano; y con ellas se ilustran los mayores templos, los palacios magníficos y las más ilustres ciudades de Europa.
[CXLVII] La imagen de la Asunción que veneraba sor Juana era el más precioso tesoro que tenían las monjas de su convento por los muchos milagros que en su presencia había Dios obrado. Y la sacaban en procesión [fol. 35v] [23] [CXLVIII] [CXLIX] a nueve de marzo, que fue el día de aparecimiento de la Virgen santísima a la pastora Inés, por los campos circunvecinos hasta el lugar de Cubas. Sentían las monjas que esta imagen fuese de suma perfección, pues representaba a la criatura más perfecta y hermosa que ha tenido la naturaleza fuera de la humanidad de Cristo, Señor Nuestro. Y es tradición que en un éxtasis se apareció Cristo, Señor Nuestro, a su sierva Juana y, habiendo echado su bendición a la imagen, la tocó en el rostro, con que sus facciones quedaron mejores en la forma que hoy se venera. Y en los tiempos de carestía y falta de aguas, acuden los pueblos comarcanos al templo de Santa María de la Cruz y, las más veces, se ha visto que, llevando en devota rogativa y procesión la imagen santa, se deshace el cielo en lluvias y la tierra acude con abundantes frutos.
[CL] No se olvidaba la providencia divina de autorizar la virtud de su sierva por este tiempo para que el mundo la tuviese en veneración. Sucedió llegar al convento un hombre con su mujer que, con devoción, iban a visitar a soror Juana y llevaban consigo una niña a quien sobrevino repentinamente un accidente mortal de que espiró en breve tiempo. Los padres, con gemidos y lágrimas, ma- [fol. 36r] [24] [CLI] nifestaban su dolor y, acordándose de los remedios del Cielo, acudieron a soror Juana pidiéndola pusiese las manos sobre el cadáver de la niña porque confiaban que por su intercesión había Dios de darla nueva vida, y aunque ella se escusaba con su natural modestia, diciendo que sus oraciones no podían merecer efecto tan prodigioso; pero la instancia y porfía de los circunstantes y los ruegos de los padres la apretaron tanto que, más por darles aquel consuelo que por afectar santidad y méritos, tomó la criatura en sus brazos llena de fe e hizo oración al Autor de la vida para que se la diese a la niña difunta, sobre la cual hizo la señal de la cruz y puso un crucifijo que traía consigo y, en el mismo instante, volvió la niña como el que dispierta [25] de un profundo sueño. Y en brevísimo tiempo se la restituyó a sus padres sana y buena, con que la alegría y pasmo de más de ochenta personas que se hallaron presentes manifestaron bien la grandeza del milagro.
El vicario del convento, herido de mal rabioso por haberle maltratado y llenado de espumas un carnero que se entró en el convento arrebatadamente y por tener el mismo mal, habiéndose dispuesto para morir, desahuciado ya de los médicos, pidió a las mon- [fol. 36v] [26] jas que dispusiesen cómo soror Juana le echase la bendición a su comida. Las religiosas significaron a la piadosa abadesa el estado de la enfermedad de su confesor y el consuelo que recibiría con que le bendijese la comida. Obedeciendo luego con buena voluntad y sobre la comida del enfermo, hizo la señal de la cruz y, luego que la comió, mejoró de suerte que brevísimamente quedó libre el religioso de aquel mal pestilente.
[CLII] No permite la brevedad con que referimos lo más memorable de la vida de soror Juana. Decir por menor los milagros que obró Dios con las monjas por intercesión de su sierva y con otras personas que la tomaron por su abogada, hallándose en acontecimientos muy peligrosos. A una religiosa se le saltó un ojo de un vehemente dolor de cabeza y, tomándole la sierva de Dios en la mano, se le puso en la misma concavidad de donde había faltado e, instantemente, quedó sin el dolor de cabeza y con la vista restituida y clara.
A este tiempo abrasaban el reino de Castilla las guerras civiles que ocasionó la plebe, desenfrenada con la ausencia del emperador Carlos V. Conocidas tanto con el nombre de comunidades, entendió soror Juana por revelación que los comuneros de la vi- [fol. 37r] [27] [CLIII] [CLIV] lla de Torrejón querían robar y destruir su convento. Juntó luego todas las religiosas y las dijo el peligro en que estaban y que el remedio era la oración. Fuéronse al coro, donde imploraron el auxilio divino y, cuando más fervorosas solicitaban su defensa del Dios de los ejércitos, el capitán de los rebeldes y comuneros llegaba con su gente a las puertas del convento; pero en ellas y sobre las paredes vieron los rebeldes tantos hombres armados y dispuestos para la defensa que creyeron ser prevenidos de algunas tropas del emperador con que, amedrentados, se retiraron apresuradamente. Sabido el suceso, creyeron piadosamente las monjas que sus ángeles custodios las habían defendido.
= Vida impresa (7)=

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