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→Vida impresa (1)
''[11]'' Este símbolo posiblemente indique que entre las estrofas debe repetirse el estribillo: “Mírala cómo sale / la rosa fresca y florida, / mírala cómo sale / de entre las espinas”.
= Vida manuscrita (3)=
Ed. de [http://visionarias.es/equipo/maria-del-mar-cortes-timoner/ Mar Cortés Timoner]; fecha de edición: octubre de 2020.
== Fuente ==
* [http://catalogodesantasvivas.visionarias.es/index.php/Categor%C3%ADa:Alonso_de_Villegas Villegas, Alonso de], 1588. ''Addicion a la Tercera Parte del Flos sanctorum: en que se ponen vidas de varones illustres, los quales, aunque no estan canonizados, mas piadosamente se cree dellos que gozan de Dios por auer sido sus vidas famosas en virtudes...'', Huesca: Iuan Perez de Valdiuielso, fols. 63r col. a - 65v col. b.
[[Contexto material del impreso Addicion a la Tercera Parte del Flos sanctorum]] ''en que se ponen vidas de varones illustres, los quales, aunque no estan canonizados, mas piadosamente se cree dellos que gozan de Dios por auer sido sus vidas famosas en virtudes...''.
== Criterios de edición ==
El texto se ha actualizado a las normas de ortografía vigentes. Esto conlleva la normalización de las grafías h, b/v, j/g, i/y; los cambios de qu a cu. Sin embargo, se han conservado los casos de laísmo presentes y los pocos ejemplos de leísmo hallados en el manuscrito. En cuanto al grupo de sibilantes, se han normalizado tanto las -ç- como las -sc- y -ss-. Tanto la puntuación como la acentuación han sido normalizadas, si bien se mantiene el uso del paréntesis para indicar observaciones digresivas según el original. También lo ha sido el uso de las mayúsculas y la separación o unión de palabras. La -u- intervocálica y la v han sido unificadas como “v”, así como las diferentes grafías de la s. Los nombres propios de personajes y lugares han sido modernizados para facilitar su reconocimiento.
==Vida de Juana de la Cruz==
[Fol. 17v] ''[1]'' La venerable madre sierva de Dios sor Juana de la Cruz nació en primero de mayo de 1482 ''[2]'' en el lugar de Azaña en la Sagra de Toledo. Sus padres se llamaron Juan Vázquez y Catalina Gutiérrez, personas virtuosas y ricas. Recibió el santo baptismo en la iglesia parroquial de dicho lugar y el nombre Juana y, tan temprano madrugó en ella la luz de la divina gracia, que, habiendo diferencia de los viernes, entre los otros días, no tomaba en ellos el sustento del pecho de su madre más de una vez al día, comenzando en ella con la vida la devoción a la Pasión de Christo y la virtud de la abstinencia. Sucedió durante su infancia no tomar el pecho en tres días y, creyendo su madre ser algún accidente mortal, valiéndose de la intercesión de Nuestra Señora, hizo voto de llevarla al templo recién edificado de Santa María de la Cruz, señalando la Virgen Santísima el sitio y poniendo en él una cruz por su misma mano, habiéndose aparecido a una niña del lugar de Cubas llamada Inés, a la cual tomó por medio Su Majestad para que se lo intimase a la gente del lugar, y como era voluntad suya que en aquel sitio se le edificase un templo donde fuese venerada y es el que hoy persevera en el convento que se edificó después para religiosas de la Tercera Orden. Y, asimismo, prometió su madre velar una noche en la otra iglesia, a cuyo voto se siguió la salud de la niña Juana, teniéndola todos por milagrosa.
Semejante caso sucedió de edad de dos años que, habiendo enfermado de muerte al juicio de su madre, la llevó a visitar la ermita del glorioso apóstol San Bartolomé en la villa de Añover. En ella mejoró súbitamente y, llegada a los años de discreción, contaba la sierva de Dios se la había aparecido y tocádola en el rostro, con cuyo tacto recuperó milagrosamente la salud. A los cuatro años de su [fol. 18r] edad tuvo un rapto en que fue llevada a un lugar muy ameno donde vio una señora de grande hermosura y autoridad asistida de niños y doncellas hermosísimas, de las cuales informada que aquella señora era la Madre de Dios, la adoró como a tal y saludó con la avemaría. Y entre aquellos ángeles en forma de niños vio la primera vez a su Santo Ángel Custodio. En este mismo año, llevando el Santísimo Sacramento a un enfermo, adorándole la niña Juana a la puerta de la casa de sus padres, vio sobre el cáliz un niño hermosísimo cercado de resplandores, y otras muchas mercedes recibió del Señor.
A los siete años de su edad murió su madre dejando encargado a su marido llevase la niña Juana a visitar el templo de Santa María de la Cruz en cumplimiento de la promesa que tenía hecha, lo cual deseaba mucho la niña, poniendo la mira en quedarse en aquel convento por religiosa y, reconocido su deseo por su padre y deudos, procuraron estorbarlo juzgando su poca edad incapaz para llevar los rigores de la vida religiosa. Y, como la niña iba creciendo, aumentaba sus piadosos ejercicios: los días de ayuno, que eran de precepto, ayunaba a pan y agua; otras veces no se desayunaba en dos ni en tres días; poníase ásperos silicios; azotábase con ramales de cadenas de yerro hasta derramar sangre; en los más recios yelos del invierno se desnudaba y, con solo el silicio, pasaba las noches enteras en oración. Favorecíala Nuestro Señor con particulares visiones y, entre ellas, un día de Viernes Santo la apareció Christo crucificado, cuya visión la dejó tan vehemente lastimada que la pena del corazón se le llegó a conocer en lo pálido que se le puso el rostro.
A los catorce años de su edad unos tíos suyos, en cuya casa estaba, la trataron de casar aspirando muchos a pretender esta ventura, singularmente un noble y principal mancebo natural de la villa de Illescas. Muy diferentes eran los deseos de Juana, que solo codiciaba dedicarse al servicio de Nuestro Señor, el cual, un día de la Semana Santa le apareció y aseguró sería su esposa en el estado de la religión y, alentada con esta visión y palabra, resolvió irse al Convento de Religiosas de la Tercera Orden de Santa María de la Cruz, cuya fundación [fol. 18v] creía había sido milagrosa de especial servicio del Señor y culto de su gloriosa Madre. Reconociendo que no había de poder alcanzar el beneplácito de su padre y tíos, se resolvió a valerse de su industria sin temer disgustarlos por obrar lo que creía ser del gusto de Nuestro Señor. Para esto, dejando el hábito de mujer en traje de hombre y con espada para más disimulo, sola y a pie salió de noche de su casa, camino del convento. Apenas dio principio a su camino cuando comenzó a discurrir los inconvenientes que podían seguirse de aquella jornada en aquel traje, el sentimiento de su padre y tíos, y la novedad que causaría a las religiosas. Todo lo cual la amedrentó de manera, junto con la soledad y obscuridad de la noche, que cayó en la tierra como desmayada hasta que una voz la esforzó tres veces a proseguir su camino y, después, entendió haber sido de su Ángel Custodio. Comenzó con este aliento a caminar y, a breve espacio, sintió venir en su seguimiento un hombre a caballo que, según reconoció, era aquel joven hidalgo de Illescas que tan solícito la pretendía por esposa. Asustose Juana con su vista, mas el mancebo, engañado con el traje varonil, pasó adelante sin haberla conocido de que dio Juana a Nuestro Señor muchas gracias, y en aquel lugar se le apareció Nuestra Señora y alentó a sus buenos propósitos. Llegó Juana a un pueblo que dicen Casarrubuelos, pidió en una casa la diesen un poco de agua, descansó un breve rato y levantándose a proseguir su viaje, como practicó en su uso, se dejó allí la espada por olvido. Habiéndola echado [de] menos volvió a buscarla a la misma casa y, sin reparar en el fingido traje, dijo: “¡Oh, pecadora de mí, que se me olvidaba la espada!”. Ocasionó reparo en el estilo, que no decía con el hábito, mas como llevaba superior seguridad, no le fue estorbo que la impidió su camino. Llegó Juana al puerto deseado del Convento de Nuestra Señora de la Cruz, buscó la portería para hablar a la prelada, y había punto a la puerta una imagen de Nuestra Señora, postrose a pedirla su amparo y, es tradición constante, que la santa imagen la habló diciendo: “Bienvenida seas hija mía, entre gozoso su espíritu a tomar posesión de lo que tanto ha deseado, que para reparo de esta casa te crio Dios. En cuyo nombre y en el mío tendrás autoridad para derribar y edificar, destruyendo relajaciones y enseñando con tu doctrina y ejemplo el camino de la perfección”. Esta santa imagen de [fol. 19r] Nuestra Señora, de quien esto se cuenta, se venera hasta hoy en la portería del convento, aunque mudado el sitio.
Confortada interiormente Juana con este favor, llamó a la prelada y, habiéndola informado de sus deseos y resolución, fácilmente consiguió su consentimiento y de las religiosas que, junto con el del Vicario Provincial, que, según el cómputo, era el muy reverendo padre fray Juan de Tolosa, la tercera vez, inopinadamente había llegado al convento a esta sazón, fue Juana admitida para religiosa. Luego ocurrieron sus padres y deudos y, con palabras ásperas, solicitaron reducirla a desistir de sus intentos, mas, ablandando el Señor sus corazones, no pasaron adelante viendo su perseverancia y la dieron sus consentimientos ofreciendo la dote necesaria y, en presencia de todos, con mucho gusto suyo y de las monjas, recibió sor Juana el hábito de la religión de edad de quince años.
Luego que se vio en aquel lugar y hábito que había deseado con tantas ansias, comenzó a mostrarse agradecida a Nuestro Señor procurando servirle con todas sus fuerzas: aumentó los silicios y disciplinas; diose toda al ejercicio de la oración; y, pasado el año del noviciado con raro ejemplo de sus virtudes, hizo su profesión muy alegre. Tomó en ella el nombre de Juana de la Cruz, de quien fue devotísima en consideración de haber sido el instrumento de nuestra redención. Después que profesó, continuó más sus virtudes y, en particular, el trato interior con Dios, de tal suerte que apenas dormía y lo más que descansaba era tomando dos horas de sueño. Vestía el hábito más pobre, una túnica de paño grosero y debajo un áspero silicio; comúnmente andaba con los pies descalzos y, aunque fueron muchas sus penitencias, nunca se gobernó en ellas por su dictamen, sino por el de sus confesores. En los oficios de caridad era muy puntual, especialmente con las enfermas, y mostrose bien en el caso siguiente: padecía una religiosa un grave dolor de estómago y pidió a sor Juana que pidiese, como que era para sí, un poco de vino con que esperaba alguna mejoría. Reparó sor Juana iría contra la verdad si lo pidiese para sí siendo para la enferma, y resolvió a pedir a Nuestro Señor la diese a ella [fol. 19v] el dolor de estómago que padecía la religiosa por el tiempo que fuese su voluntad y, habiéndosele dado, a título de estar con dolor de estómago, pidió el vino y, pedido a título de necesidad suya, le dio alivio de su hermana enferma. En este ministerio de la enfermería hizo Nuestro Señor por sus merecimientos maravillosos beneficios a las religiosas: una sanó de unas tercianas comiendo un poco de pan de lo que sor Juana comía; otra se libró de dos zaratanes que tenía en los pechos poniéndose sobre ellos unos pañicos mojados en agua bendita por consejo de la caritativa enfermera.
Conocido su caudal, la ocupó la obediencia en oficios de más importancia. Mandola el torno y la puerta, donde mostró su prudencia grande en mirar por la religión sin faltar al agrado. De aquella ocupación tomaba motivo para sus meditaciones santas: en el torno consideraba el pesebre de Belén, donde muchas veces hallaba en él al Niño Jesús recién nacido y, una de ellas, queriendo llegarle a abrazar, se apareció Nuestra Señora y, tomándole en sus brazos, le levantó en alto. Triste la sierva de Dios, temiendo en sí algún demérito, Nuestra Señora la consoló diciéndole fuese a la huerta que allí la hallaría. Obedeció puntual y, abriendo la puerta de una pobre casilla que había en ella, en que se guardaban los instrumentos rústicos para labrarla, halló a la Madre y al Niño asistidos de muchos ángeles, a quien adoró con profundísima humildad dándole gracias porque así favorecía a una tan vil criatura, en cuya dulce conversación se enajenó sor Juana del uso de los sentidos de manera que no oyó la campanilla de su oficio con que la habían llamado tres veces hasta que la Reina de los Ángeles se lo dijo. Y, cuidadora de la obediencia, fue a responder y, habiendo concluido su ministerio, volvió al mismo lugar y halló en él a aquellas majestades soberanas y, dándoles muchas gracias porque la habían aguardado, la Madre de Dios la dijo que los había hallado allí por haberlos dejado por la obediencia y que no hubiese gozado aquellos favores si hubiera faltado a ella. En otra ocasión, estando en la casa de la labor, la apareció la Virgen santísima con el Niño Dios en sus brazos y mereció, entre otras mercedes, que la Virgen se le diese y sor Juana le recibió en su escapulario, durando en su alma por muchos días los efectos soberanos de este favor.
Tuvo sor Juana especialísima devoción con el Santísimo Sacramento [fol. 20r] de la eucaristía y, cuánto hacía de penitencias y mortificaciones, todo lo dirigía a disponerse para la comunión. Asistía con fervorosa devoción al santo sacrificio de la Misa, siendo su mayor pena, aunque fuera sin culpa, no asistir a cuantas misas se decían. En el confesionario se estaba confesando un día mientras se decía la misa conventual por no haber tenido oportunidad antes, ocupada en cosas de la obediencia. Sonó la campanilla que hace señal al levantar la sacrosanta ostia consagrada y mandó el confesor a sor Juana que fuese al coro a adorar al Santísimo Sacramento, partió con la priesa posible y, por los golpes de la campanilla, reconoció no podría llegar al coro con tiempo y, así, se arrodilló en el claustro para adorarle en espíritu. Mediaba entre sor Juana y la iglesia una recia pared de cantería, la cual milagrosamente se abrió desde lo alto a lo bajo dando lugar por donde la sierva de Dios pudiese ver el altar, sacerdote y al Santísimo Sacramento y, quedando sor Juana atónita y dando a Dios muchas gracias por tan nuevo y singular favor, al tiempo de levantar la sagrada ostia la segunda vez <segunda vez> ''[3]'', se abrió la muralla, dándola lugar para verla y adorarla, quedando hasta estos siglos un testimonio de este milagro en la misma pared, porque, siendo todas las piedras de ella de mármol negro, quedó una de ellas blanca y abierta por tres partes en forma de cruz, la cual es visitada de los prelados y príncipes cuando se ofrece entrar a la clausura de este convento.
Favoreció mucho Nuestro Señor a la bendita sor Juana concediéndole trato benigno y familiar con su Santo Ángel Custodio que, así en sus éxtasis como fuera de ellos, se le manifestaba resplandeciente, glorioso y la instruía y gobernaba en las materias de espíritu y en las respuestas que había de dar a los que venían a pedir consejo. Era visitada del Señor frecuentemente favoreciéndole con éxtasis continuos, durando estos raptos unas veces cuatro horas, otras doce, otras catorce y llegaron a veinte y cuatro y, alguna vez, duró sin volver del rapto por espacio de tres días, de los cuales eran los efectos diversos, porque unos eran de pena y otros de alegría, cuyas señales se conocían en su rostro y, a veces, [fol. 20v] le era revelado el estado de las conciencias de algunas personas por quien pedía, siguiéndose la enmienda de muchas.
En uno de sus raptos apareció a sor Juana el Niño Jesús en compañía de su Madre santísima y de muchos ángeles y santos y, en presencia de todos, se desposó con ella, sacando por joyas de estos desposorios unos acerbísimos dolores en las manos y pies que comenzaron un día de Viernes Santo inmediato a los desposorios, y en las manos y pies unas señales de color de rosa que exhalaban maravillosa fragancia; y era tal la vehemencia de estos dolores que la impedían el movimiento y era necesario que las religiosas la llevasen en brazos al coro. No eran estos dolores continuos, sino los viernes y sábados hasta la medianoche y la duraron hasta el día de la Asunción, desde el Viernes Santo. A la fama de estas maravillosas señales acudían muchas personas a verla y visitarla y, reconociendo sor Juana ser causa de inquietud al convento, pidió a Nuestro Señor la quitase aquellas señales y, condescendiendo a sus humildes ruegos, se las quitó diciéndole: “Importunarme que te quite el precioso don que te he concedido. Yo lo haré, mas pues no quieres mis rosas, yo te daré mis espinas”. Y así lo experimentó sor Juana, padeciendo de allí adelante los dolores de la santísima Pasión en alma y cuerpo, en persecuciones y enfermedades. Comenzó su padecer sin oír voz alguna ni ruido por grande que fuese. Durola este trabajo desde diez de febrero hasta doce de agosto, que en un rapto entendió volverla Nuestro Señor el oído por los ruegos de sus religiosas, que la acompañaron a dar gracias a Nuestro Señor por este beneficio en que eran todas interesadas.
Tuvo esta sierva de Dios el don de lenguas, al cual precedió que, volviendo un día de uno de sus frecuentes raptos, se halló muda sin poder pronunciar palabra alguna, aunque entendía lo que la hablaban, hallándose obligada a responder por señas. Durole este impedimento algunos meses, hasta que en un rapto le apareció el Niño Jesús a quien suplicó le restituyese el uso de su lengua si había de ser para su santo servicio. Y el Señor la respondió, tocándola la boca: “La causa de haberte enmudecido es porque seas instrumento por quien yo quie- [fol. 21r] ro hablar y, aunque ahora te sano, guarda mis secretos, algo di y algo calla de lo que te revelaré”. Volviendo del rapto, se halló sin aquel impedimento y, desde entonces, se descubrió en ella el espíritu de la predicación y doctrina, hablando en los éxtasis cosas singulares y declarando las sagradas profecías y otros lugares de las divinas letras.
Esto sucedió en esta forma: cuando había de predicar y declarar lo que Nuestro Señor la revelaba se privaba de los sentidos y, recogida a su celda, quedaba con los ojos cerrados, el rostro sereno y sobre el pecho las manos, y estaba en su quietud como hora y media y, luego, comenzaba a hablar con Dios con ademanes y demostraciones de tratarle como que estaba presente, variando las pláticas, unas de agradecimiento, otras de ruegos, en especial, orando por la Santa Iglesia, por los que estaban en pecado mortal y por las ánimas del Purgatorio. Acabada la oración, pasaba en su quietud algún espacio y, luego, comenzaba con voz más inteligible a declarar misterios sagrados con particular gracia, siendo su asunto más común el Evangelio o festividad de aquel día. Solían durar estos sermones tres y cuatro horas, concurría innumerable gente a oírla a título de no profesarse clausura entonces en aquel convento y, acabado el sermón, volvían consoladísimos y admirados, habiendo recibido su bendición. Durole esta gracia como tres años y, en cuanto a los días, no hubo cosa fija, sino cuando la voluntad divina lo disponía. Concurrieron personas de todas clases y de mucha suposición a oírla, unos por curiosidad, otros por devoción, señores, títulos, obispos, inquisidores… Entre ellos fueron el venerable padre y señor don fray Francisco Ximénez de Cisneros, arzobispo de Toledo y el Gran Capitán y, finalmente, la Cesárea Majestad del Señor Carlos Quinto. Y lo más digno de ponderación es que, si los oyentes eran doctos, predicaba en lengua latina y, según convenía, algunas veces predicó en lengua francesa y otras en la arábiga y, en uno de estos sermones, convirtió a la fe de la Iglesia dos esclavas africanas obstinadas antes en la maldita secta de Mahoma. Fue a oírla con algún escrúpulo el vicario provincial de Castilla, que era vizcaíno de nación, y predicó aquel día en lengua cantábrica que dicen vazquense, que es de las más dificultosas del mundo.
Tuvo noticia el Santo Oficio de la Inquisición y [fol. 21v] uno de sus ministros, noticioso de este prodigio, fue personalmente, aunque disimulado, a oírla, y el sermón de aquel día fue tan alto y tan al corazón del inquisidor que, acabado el sermón, la llamó a la red y la pidió perdón de haberla tenido en menos crédito, y la sierva de Dios se humilló significando la bondad del Altísimo que se servía de mostrar su poder por medio tan inútil. Escrupuloso, asimismo, el provincial de Castilla del concurso y ruido que hacía sor Juana con estos sus sermones, dio orden a la prelada para que la encerrase al tiempo de estos raptos y, habiéndolo hecho así, dispuso la prelada que la acechasen para ver lo que hacía, y fue hallada predicando como otras veces y que diversos pájaros la estaban oyendo en la celda, muy quietos, hasta que, acabado el sermón, echándoles la bendición, se iban, de los cuales se quedó un pajarillo dentro de la manga de su hábito, acaso para testimonio de esta maravilla. De lo cual, muy informado el provincial, volvió a darla licencia para que predicase sin embarazo, como solía. Y, para mayor demostración de ser celestial su doctrina, dio Nuestro Señor gracia a una religiosa llama María Evangelista para que escribiese los sermones como los oía, siendo así que antes no sabía escribir. Y los sermones que escribió se guardan en este convento incorporados en otro libro que llaman el Conorte. Hízolos ver el Santo Oficio de la Inquisición y, sin hallar en ellos alguna cosa que corregir, los restituyó al convento.
A este tiempo, siendo la sierva de Dios de solas veinte y ocho años de edad, el padre provincial vizcaíno que la había oído el sermón en su lengua (que según el cómputo fue el venerable padre fray Juan de Marquina, de quien se hace mención el año de 1528), reconociendo interiormente ser voluntad de Nuestro Señor que sor Juana fuese abadesa, lo puso en ejecución, concurriendo con sus votos todas las religiosas. En viéndose la sierva de Dios en el puesto de prelada, fue su primer cuidado introducir en el convento la clausura y, habiendo muchas contradicciones, todas las venció la sierva de Dios. A este tiempo ardía España en guerra civiles, que vulgarmente llaman las Comunidades, ocasionadas de la ausencia del señor emperador Carlos Quinto, y una noche tuvo sor Juana revelación que los comuneros de cierto lugar comarcano [fol. 22r] tenían sacrílega determinación de robar su convento. Por lo cual, convocó a las religiosas al coro y juntas pidieron a Nuestro Señor las librase de aquel riesgo. Y así fue que, venidos los comuneros, vieron que le asistían y cercaban para su defensa tantos soldados armados que, creyendo ser el ejército contrario, se volvieron sin hacer daño alguno. Lo cual, entendido después por las religiosas, conocieron haber sido defendidas por los ángeles, atribuyéndolo a las oraciones y merecimientos de su bendita prelada.
No bastaron los muchos créditos que con tan repetidas evidencias tenían las religiosas de las virtudes de sor Juana para que, invitadas del Demonio (permitiéndolo Dios para crisol de su paciencia), no conspirasen algunas contra ella hasta conseguir que el padre provincial, mal informado, la privase de la prelacía. Llevolo la sierva de Dios con mucho sufrimiento y sus émulas, arrepentidas reconociendo su yerro, la pidieron perdón.
La caridad encendida que la sierva de Dios sor Juana tenía con los prójimos, no solo fue para los vivos, sino también para los difuntos, solicitando con notables ansias el alivio de las almas del Purgatorio, aplicando por ellas sus mortificaciones y penitencias pidiendo a las religiosas la cuidasen en aquella santa obra y, a Nuestro Señor, que cayese en ella el rigor que padecían de los tormentos, para que a ellas se les mitigasen y sus oraciones fuera oídas de Dios, comenzando desde entonces sor Juana vehementísimos dolores y graves enfermedades. A veces padecía intolerable frío, aunque fuese en lo recio del verano, hallándose necesitadas las religiosas a cercarla de braseros para que cobrase algún poco de calor. Otras veces, en el rigor del invierno padecía intensísimo fuego, como si estuviera metida en un horno muy encendido. Estos dolores solían acabar en dulcísimos éxtasis que se manifestaban en su rostro y de ellos salía con nuevos deseos de padecer más. A petición de sor Juana daba licencia Dios Nuestro Señor para que las almas que venían a pedirla estos socorros asistiesen en su celda en las albahacas y otras yerbas y flores que las religiosas la ponían en diferentes macetas a la sierva de Dios para alivio de sus dolores. No tenían las benditas ánimas alivio [fol. 22v] alguno por pasar de estar en las yerbas y en las flores, sino que de las oraciones de la sierva de Dios les venía el alivio, moviéndose a pedírsele a su Majestad por verlas tan afligidas y por ese medio conseguían su descanso.
Era la sierva de Dios especialísimamente devota de María Señora Nuestra, con cuya protección había conseguido todo el logro de sus deseos en el estado de la religión y, reconociendo que aquel convento era dedicado al culto de Su Majestad y consagrado con sus soberanas plantas, estaba en él contentísima. Y de cuánto agrado fuere la devoción de sor Juana para la Reina de los Ángeles se conoce bien en los favores celestiales que la hizo. Uno de ellos fue que, ejercitando su devoción de Nuestra Señora con una imagen suya de su gloriosa Asunción a los cielos, pareciéndola que la imagen de escultura estaba fabricada con poco primor y que las religiosas sentían mucho no fuese hermosísima, como imagen de la más perfecta de todas las puras criaturas, y porque era la que salía todos los años en procesión, el día nueve de marzo, que fue el del aparecimiento de Nuestra Señora la pastorcilla Inés, como ya se ha referido, suplicó a Nuestra Señora la hiciese hermosa como artífice soberano y de divino primor. Y es sentada tradición del convento que Jesucristo Señor Nuestro, en uno de los raptos, se le apareció a sor Juana y, a su ruego, bendijo Su Majestad a aquella santa imagen de su Madre, que la tocó con sus divinas manos en el rostro con que quedaron hermosísimas sus facciones, en particular la boca, cerca de la cual se divisa un hoyo pequeño que la da mucha gracia, y toda la que la imagen tiene se dice haberse originado del tacto de la mano del mejor artífice, que como hizo con tantos primores el original se los comunicó al retrato, de donde nace la continua devoción conque esta santa imagen es venerada de los pueblos comarcanos, sacándola en procesión en sus aprietos y necesidades y se han visto repetidas maravillas.
Una de las cosas que más se ha introducido en estos reinos, y aun en los extraños, la devoción a esta sierva de Dios sor Juana de la Cruz, son los granos o cuentas que se dice haberlas llevado su Santo Ángel al Cielo donde Christo Redentor Nuestro las echó su bendición [fol. 23r], concediéndolas singulares gracias y favores, como cada día experimentan los que tuvieron la dicha de haber conseguido alguna de ellas, que fuera muy largo referirlas por menudo.
Hallábase sor Juana muy favorecida con las visitas continuas de su Santo Ángel Custodio y, en una de ellas, la significó acercarse ya el fin dichoso de su vida y, más claramente, se lo manifestó en un rapto cuatro días antes que muriese. Asegurada de lo cual, dijo al médico que la visitaba no se cansase en aplicarla medicinas, porque no habían de hacer efecto. Divulgose esta noticia entre las religiosas, que amargamente comenzaron luego a llorar la pérdida de tal madre, a quienes la sierva de Dios consolaba significándolas no deben sentir con lágrimas su jornada, en que interesaba tantas conveniencias celestiales, pidiéndolas con humildad la asistiesen con sus oraciones y, aunque su conciencia estaba con mucho sosiego interior, temblaba el rigor de la justicia divina y, de este tribunal apelaba al de su clemencia. Como se iba acercando a su fin, se iba manifestando en su rostro una extraordinaria hermosura y su aliento despedía un suavísimo olor que fácilmente se dejaba percebir de las religiosas que la asistían y, llegado el día de la Sagrada Invención de la Cruz, tres de mayo, para sor Juana día siempre muy propicio, abstraída de todas las criaturas, daba a entender en sus palabras ser visitada y asistida de Christo Nuestro Señor y de su benditísima Madre y santos ángeles. Y, llegadas las seis de la tarde, estando su confesor leyéndola la Pasión del Señor, y asistiéndola las religiosas, dio su bendita alma a su Criador, año de 1534 a los 52 de su edad y cuarenta de su entrada en la religión.
Quedó su cuerpo tratable, su rostro hermoso, sus ojos claros y despedía de sí olor tan suave y copioso que a las religiosas que le compusieron las quedó maravillosa fragancia en las manos por algunos días. Hiciéronse las exequias ordinarias según el estilo y no la sepultaron aquel día por no consentirlo el mucho amor de sus hijas, y a otro fue tan innumerable el concurso de todos estados ansiosos de ver el cuerpo de la sierva de Dios, que se hubo de dilatar su sepultura por otros cinco días, en los cuales creció el número de la gente de manera que aquellos campos [fol. 23v] estaban poblados sin querer irse sin ver el cuerpo. Por lo cual, resolvieron los religiosos sacarle de la clausura y ponerle donde viéndole todos satisficiesen su devoción. Al paso de la cual y número de gentes crecían los clamores encomendándose a la sierva de Dios, atropellándose unos a otros por besarla los pies y tocar al cuerpo los rosarios, lo cual visto por los religiosos, temerosos de que no se le despedazasen por las ansias que tenían de sus reliquias, le volvieron a la clausura y pusieron en el coro bajo donde pudiese ser visto y, después, le sepultaron en sepultura de tierra, sin ataúd o caja, y sin saber con qué motivo echaron sobre el cuerpo mucha cal y agua.
Así estuvo siete años, hasta que una niña de seis años, hija de los condes de la Puebla, estando dentro del coro jugando, comenzó a escarbar y sacar tierra de una sepultura y, preguntada qué hacía, respondió que aquella tierra olía muy bien. Tomaron de ella las religiosas y, reconociendo ser verdad y ser aquella la sepultura de la sierva de Dios, hicieron descubrir el cuerpo y le hallaron fresco, entero y hermoso, con su hábito y tocas como el día que fue enterrado y, puesto en una caja, le guardaron debajo del altar del coro alto, donde estuvo otros catorce años hasta que, a instancias de personas muy devotas, fue puesto en un arco de la iglesia, al lado del evangelio con rejas, de manera que le gozasen las monjas por la parte del claustro y los fieles por la iglesia. Así se conservó hasta el año de 1600, que el reverendísimo padre fray Francisco de Sosa, general de toda la orden, hizo bajar el cuerpo para reconocer el estado en que estaba, y se halló con la misma fragancia, entereza e incorrupción, fuera del rostro, que estaba algo seco, pero las facciones muy perfectas; el hábito de damasco pardo y las tocas muy olorosas y fragrantes por la comunicación y contacto del cadáver. Causó admiración que, sin haberse divulgado la intención de los prelados, que aún no la tenían cuando entraron en el convento de descubrir el cuerpo, concurrió gran número de gente a verle. Todo lo cual, conocido por la religión, habiendo precedido las informaciones hechas por autoridad ordinaria, en abono y confirmación de ellas, dieron su censura y aprobación los catedráticos de la Universidad de Alcalá por comisión de su claustro de sus vir- [fol. 24r] tudes y milagros y que, según esto, ser digna de toda veneración de los fieles, y que se publiquen sus grandezas para edificación de ellos y confusión de los herejes, su fecha en Alcalá, en 9 días del mes de agosto de 1615.
Y, habiendo visto estas informaciones el consejo del señor arzobispo de Toledo, 21 de octubre del dicho año por ante su secretario, Benito Martínez y, así concluido el proceso ordinario, la religión recurrió a la alteza de la silla apostólica, y el santísimo Gregorio 15 de feliz memoria mandó despachar el rótulo en virtud del cual los señores obispos de Troya y Cirene hicieron plenaria información de las virtudes, vida y milagros de esta sierva de Dios y la remitieron, según estilo, a la Sagrada Congregación de Ritos y, con ella, diferentes cartas de súplicas a su santidad que con instancia piden prosiga hasta su conclusión esta causa del Rey Católico don Felipe IV, de la reina doña Mariana de Austria, del serenísimo señor don Juan de Austria, hijo del referido rey; las iglesias, los prelados y, entre ellos, el de Toledo, en cuya diócesis nació y está sepultada esta sierva de Dios; el senado y villa de Madrid; la religión de san Francisco y, generalmente, todo el Reino de España en que se mira tan introducida la devoción de esta sierva de Nuestro Señor, la virgen madre sor Juana de la Cruz.
Escriben de ella el ilustrísimo Gonzaga, arzobispo de Mantua, en su Chrónica; el obispo de Jaén en el Libro de la veneración de las reliquias; el maestro Villegas en el Flos Sanctorum; Salazar en la Chrónica de la Provincia de Castilla; el maestro Peredo en la Historia de Nuestra Señora de Atocha; fray Antonio Daza en la 4ª parte de las Chrónicas de la Orden y en un tratado particular de la vida de sor Juana; el padre fray Pedro Navarro en su libro de la vida de esta sierva de Dios, intitulado Favores del Rey del Cielo. Y, últimamente, el licenciado don Alonso Carrillo, abogado de los reales consejos en la corte de España, en un tratado breve que escribió de las virtudes y milagros de esta bendita virgen, impreso en Zaragoza por Bernardo Nogués, año 1663.
===Notas===
''[1]'' Al margen izquierdo: Año 1539.
''[2]'' Sabemos que nació el 3 de mayo de 1481, con lo que la fecha que aporta Yanguas es errónea.
''[3]'' Se repite “segunda vez” debido a un error y, por ello, se subsana.
= Vida impresa (1)=