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Y estando a dos leguas de donde estaba su joven hija Juana, su madre la ofreció a la Virgen y permitió que la llevasen al monasterio con la imagen de cera, como hemos dicho. Y, como a su madre le había llegado la hora de la muerte antes de cumplir este voto, rogó a su marido, el padre de la niña, con gran insistencia que lo cumpliera ''[4]''. Habiendo oído esto y comprendido el voto hecho por ella, resolvió en su alma no solo contentarse con hacer aquel viaje para cumplir la voluntad de su madre, sino también permanecer en el monasterio como religiosa y allí servir a la Madre de Dios con todo su afecto durante toda su vida. Muerta su madre, quedó la niña de siete años y, con la intención de ser monja, deseaba acompañarse de obras y ejercitarse en el siglo en aquellas cosas que son propias de la religión: exigía gran abstinencia ayunando, comiendo pan y agua solo una vez al día ''[5]''. Tampoco comía todo lo que necesitaba y a veces se quedaba dos o tres días sin comer nada. Se hizo un cilicio de ásperas cerdas con sus propias manos y se lo puso sobre la carne, por lo cual siempre andaba llagada, pero muy consolada. Nunca estaba ociosa, trabajaba con sus propias manos y en el trabajo estaba muy ocupada atormentando más su cuerpo con el cilicio, de modo que no tenía más que ofrecer a Nuestro Señor, herido y llagado por todos, sino infligirse duras disciplinas, entregándose tan sin piedad que su cuerpo quedaba hecho un lago de sangre. Mostró gran humildad en su rostro. Dijo pocas palabras y ni una ociosa, de manera que todo lo que salía de su boca o era razonamiento hecho a Dios o en beneficio del prójimo.
Uno de sus tíos, un hombre rico, la llevó a su casa, implorando esto a su padre con muchas oraciones, y su esposa, que también era su tía, la amaba tiernamente. Ahora bien, como tenía más comodidad aquí, pasó más tiempo en obras santas y en penitencias, y pasaba la mayor parte de la noche en oración, pero llegó a tal extremo que su tía llegó a codiciar la vida que hacía ''[6]'', la cual estimaba mucho y apreciaba. Con lo cual, viéndose descubierta, buscó los lugares más recónditos y escondidos de la casa, donde guardaba sus disciplinas, dándose crueles golpes con una cadena de hierro y, cuando más apasionada llagada se vio y más atormentada, pidió a Nuestro Señor la recompensa de sus dolores: que la recibiera en el monasterio de sus esposas y la hiciera monja. Lo cual le fue concedido por su Divina Majestad.
[159] '''Cómo la sierva del Señor, para cumplir su voto de ser monja, huyó de su familia con hábito de hombre y se fue al Monasterio de la Cruz de Cubas, donde fue aceptada, y de la dureza de su vida, y de otras virtudes ejemplares'''
Ya se ha dicho que esta bendita doncella tenía un rostro agraciado y hermoso y, al mismo tiempo, tenía una presencia de gran gravedad, era amistosa y de conversación ''[14]'' agradable, pues hablaba con mucha gratitud y daba muchos consejos útiles. Verla y oírla, por tanto, provocaba una gran devoción. Asistía a los sacramentos de la confesión y de la comunión y, como sus prelados no le permitían comulgar todos los días, comulgaba espiritualmente en su corazón o escuchando misa y, para ello, se preparaba con mucha antelación.
[162] ''[15]'' Oyó hablar de un religioso que tuvo la tentación de no rezar sus horas canónicas y el oficio divino y que decía que Dios no tenía necesidad de sus oraciones. Habló con este religioso y le dijo que Dios no tenía necesidad de él, ni de ninguna criatura, sino que todas las criaturas juntamente con él tenían necesidad de Dios. Y que, así como el recaudador de impuestos gabelero está obligado a pagar el impuesto a su rey y señor y, si no lo paga, se muestra rebelde a su rey y por tal falta le castiga severamente, así Dios quiere que sus criaturas le paguen por el servicio y gracia recibida y, en particular, el hombre eclesiástico con el oficio divino y, si falla en esto, lo castigará con severidad. Oído lo cual, aquel religioso enmendó el error que había cometido y pidió perdón al Señor, siendo entonces más solícito y diligente en el servicio de su Divina Majestad. Luego, a una monja que le preguntó qué debía hacer para agradar a Nuestro Señor, le dijo que orase y guardase silencio, que es cosa muy agradable a su Divina Majestad. Luego, a otra que le pidió consejo para estar en gracia de Dios y perseverar en ello, le dijo: “Llora con los que lloran, ríe con los que ríen, y calla con los que callan”. ''[16]'' Ella aconsejaba a todos tener gran devoción a su ángel guardián, porque decía que ellos no solo nos guardan, sino que nos acompañan y, cuando alguien está en la agonía de la muerte, su ángel va al Cielo y reza e invita a los santos y las santas, que saben que esa persona les tiene devoción y ha hecho algo por lo cual se lo merece, para que junto con él oren a Dios para que le favorezca y le libere, y que lo haga en la forma que le pidan. Añadió también que, aun después de la muerte, no se olvidan de las almas de las que fueron guardianes, porque van al purgatorio y las visitan, y las consuelan, y les dan cuenta de las obras santas y meritorias que los vivos hacen por ellos.
'''Cuánto le gustaba la cruz y por qué, los notables favores que recibió de Nuestro Señor Jesucristo, y de los razonamientos que hizo estando en éxtasis varias veces'''
''[17]'' Así que esta bienaventurada monja era devota de la cruz y tenía mil razones para ello, no solo por tener el apellido y llamarse Juana de la Cruz, sino también por ser monja del Monasterio de Santa María de la Cruz y por haber obtenido gran misericordia de Dios por medio de su santísima cruz, a la que dedicaba dulces y suaves discursos para cada día de la semana, de los cuales sacaba gran provecho y consuelo espiritual. Fue favorecida de Nuestro Señor enviándole manjares de [163] su mano de admirable gusto y recreación, especialmente cuando estaba en oración, en la cual muchas veces estaba arrobada en éxtasis, permaneciendo sin sentido alguno; y para prueba de esto, estaba presente una dama secular que vino a visitarla y, viendo que ni moviéndola ni llamándola demostraba que sintiese nada, la golpeó con un hierro agudo en la cabeza, de tal manera que la hizo sangrar y, aunque no lo sintió en ese momento, después, sin embargo, sufrió mucho dolor por la herida.
A veces sucedía que, estando en estado de arrobamiento, hablaba y decía razones muy elevadas, de modo que los que las oían se edificaban grandemente. Porque como su doctrina era muy semejante a la que nuestra santa fe enseña y predica, ora revelaba los maravillosos secretos de Dios ''[18]'', ora exhortaba a amar las virtudes y a corregir los vicios, reprehendiendo suavemente por alguna cosa a los que estaban presentes. Y sus razonamientos eran tan eficaces que parecía hablarles de tal manera que los demás no entendían, pero eran conscientes en sus corazones del mal que habían hecho, y así era motivo para que se arrepintieran de la ofensa que habían hecho a Dios Nuestro Señor, pidiéndole perdón y firmemente resueltos a enmendar sus caminos en el futuro. Y, como mayor prueba de que se trataba de un negocio celestial, no pocas veces se la oyó hablar en diferentes lenguas, de las que nunca tuvo conocimiento y, así, a cierto provincial de la Orden de los Frailes Menores Observantes que deseaba hacerla abadesa de aquel monasterio, como al fin lo hizo ''[19]'', le dijo en lengua vizcaína, por ser de Vizcaya, que sería útil para el monasterio y casa mantenerla en aquel oficio, aunque sería cosa fastidiosa en sí para ella y un gran dolor.
En otra ocasión, el obispo de Ávila dio dos esclavas moras al convento para que las monjas se sirviesen de ellas, las cuales habían sido traídas de Orán (que entonces se compraban), y las monjas les dijeron que se hiciesen cristianas, y lloraron amargamente y se rascaron sus rostros de tal manera que les manaba sangre y, en particular, una que era mayor. Mientras esta bendita doncella estaba en éxtasis habló en lengua arábiga y ellas la oyeron de buena gana y le respondieron; tras lo cual las dos se bautizaron por su propia voluntad y, después de bautizadas, la oyeron hablar en la misma lengua mientras estaba arrebatada e, inmediatamente, fueron a ella y se consolaron mucho de haberla oído.
''[3]'' Al margen derecho: Imagen de la Santísima Virgen de la Caridad, de gran concurrencia y devoción, y dónde se encuentra y su origen.
''[4]'' Al margen izquierdo: Se dispone a cumplir el voto hecho por su madre.
''[5]'' Al margen izquierdo: Grandes abstinencias que hacía la joven Juana. Vestía un áspero cilicio.
''[14]'' En el original aparece “conversione”, pero por el contexto se deduce que debería ser “conversatione”. Se subsana la errata.
''[15]'' Al margen izquierdo: Ella era celosa del culto divino, por lo que fue reprehendida por reprehendió a un religioso y lo que siguió.
''[16]'' Al margen izquierdo: Dijo grandes cosas del ángel de la guarda, y que se debía ser muy devoto y por qué.
''[23]'' Al margen derecho: Con la oración imploró al Señor Dios por la salud de una joven.
''[24]'' Almargen Al margen derecho: Fue elegida abadesa de su convento.
''[25]'' Al margen derecho: Con la oración obtuvo la gracia de la salud de doña Anna Manrique.