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'''==Vida de ''''''Juana de la Cruz'''==
'''===Capítulo I''''''. === De ''''''la fundación del monasterio de S''''''anta María de la Cruz, y de nueve veces que se apareció Nuestra Señora a una ''''''pastorcica'''''' natural de Cubas'''
'''===Capítulo II''''''. === Cómo para restaurar el monasterio envió Dios al mundo a la gloriosa sant''''''a Juana, por intercesión de ''''''su Santísima Madre'''
'''===Capítulo III=== ''''''. De las penitencias que santa Juana hacía siendo niña, y de los fervorosos deseos que tuvo de ser religiosa'''
'''===Capítulo V''''''. === Cómo santa Juana recibió el hábito, y de algunas cosas que la sucedieron siendo novicia'''
'''===Capítulo VI=== ''''''. De las penitencias de santa Juana y de la frecuencia de sus raptos'''
'''===Capítulo VII. === Cómo el niño Jesús se desposó con santa Juana, y de la devoción q''''''ue tuvo al S''''''antísimo Sacramento'''
'''===Capítulo VIII''''''. === De la familiaridad con que santa Juana trataba con los ángeles, es''''''pecialmente con el de su guarda'''
'''===Capítulo X. === ''''''De los muchos milagros con que N''''''uestro Señor ha confirmado las cuentas de'''''' la gloriosa'''''' santa Juana'''
'''Capí''''''tulo ===Capítulo XI. === De otros milagros que N''''''uestro Señor ha hecho con las cuentas tocadas a las cuentas de santa Juana'''
'''===Capítulo XIV''''''. === Cómo Nuestro Señor dio el sentimiento de sus llagas a santa Juana, y el apóstol san Pedro la sanó estando sorda'''
'''===Capítulo XV. === Cómo santa Juana fue electa abadesa, y de un muerto que resucitó y otros milagros que hizo'''
'''===Capítulo XVI. === De la manera que se juzgan algunas almas en la otra vida, y de las penas de ''''''Purgatorio'''
'''===Capítulo XVII. === Cómo reveló Dios a santa Juana que muchas ánimas penaban en guijarros, y de cosas maravillosas que con ellas le sucedieron'''
'''===Capítulo XIX. === Cómo el ángel de la guarda mandó a santa Juana que escribiese las cosas que el Señor la revelaba, y de su gloriosa muerte'''
'''Capítu''''''lo ===Capítulo XX. === De algunos milagros que N''''''uestro Señor obró por los méritos de la gloriosa santa Juana, y de la incorruptibilidad de su cuerpo'''
→Criterios de edición
Después de la biografía y los paratextos finales (que se editan por la importancia de lo que aportan), conforme a los criterios generales de edición del Catálogo, se añaden las aclaraciones necesarias, junto con la edición de las notas marginales del texto referidas a fuentes y las que sirven de guía. En la presente edición, sin embargo, aquellas notas que glosen el contenido del cuerpo del texto base, aportando otro tipo de aclaraciones (por ejemplo, de carácter doctrinal o teológico), se indicarán entre paréntesis y en cursiva en el cuerpo del texto; al final se explicitará su ubicación original. Así pues, las notas propias se distinguirán de las del texto editado porque estas últimas siempre vendrán acompañadas de la indicación del lugar de la hoja del que se han extraído.
[h. 1r]''' [''''''Portada'''''']'''
Yo, el maestro fray don Ignacio de Ibero, abad del monasterio de Santa María la Real de Fitero, calificador del Santo Oficio de la Inquisición, etc. digo que por mandado del ilustrísimo señor don Bernardo de Rojas y Sandoval, cardenal de Toledo, inquisidor general en los reinos y señoríos del Rey nuestro señor, y del Consejo de Estado de Su Majestad y de los señores de la santa y general Inquisición, he visto y leído con particular atención un libro intitulado ''Historia, vida y milagros, éxtasis y revelaciones de ''''la bienaventurada virgen santa Ju''''ana de la'' [¶2v] ''Cruz'' ''de la Tercera O''''rden de n''''uestro padre S''''an Francisco'', compuesta por el muy docto y muy erudito padre fray Antonio Daza, difinidor de la santa Provincia de la Concepción y coronista general de su Orden, para dar acerca de él mi parecer y censura. Y no solo no he hallado en él cosa ninguna que se pueda censurar, ni que sea digna de ser notada, antes me parece que el libro será de mucho provecho y utilidad para todos los que quisieren aprovecharse de él —especialmente para la gente devota y que trata de espíritu—, y que todo lo que en él se escribe es dotrina muy buena y aprobada, y muy conforme a la que enseña la Iglesia católica nuestra madre y sus sagrados doctores. Y porque se me ha mandado que demás de dar mi parecer y censura de todo este libro por mayor diga también en particular todo lo que siento de él y de los milagros y revelaciones que en él se escriben, me habré de alargar más en este mi escrito y relación, para lo cual he leído fuera de lo que contiene este libro, también las informaciones auténticas que de las cosas en él contenidas se han hecho en diversos tiempos y el libro original de donde este se sacó, que es el que escribió una discípula desta sierva de Dios y contemporánea suya llamada soror María Evangelista, a quien dicen las informaciones que desto se han hecho y la tradición de aquel monasterio que milagrosamente para este efecto dio el Señor gracia de saber leer y escribir, y me parece que cuanto me ha sido posible he averiguado ser cierto y verdad lo que en esta historia se escribe de la vida, milagros y santidad desta sierva de Dios, que es lo primero que se ha de presuponer en escribir [¶3r] las vidas de los santos y lo que el santo concilio de Trento ''[2]'' manda a los pastores y prelados miren mucho cuando se hubieren de publicar y sacar a luz historias de milagros y vidas de santos para que con verdad se publiquen las maravillas de Dios y su omnipotencia. Porque como con estas cosas descubre Dios cuán admirable es en sus santos ''[3]'', es muy de su servicio que con cosas ciertas y verdaderas le alabemos y engrandezcamos su infinita grandeza y omnipotencia, sin decir ficciones ni cosas inciertas, pues, como dice el santo Job ''[4]'', no hay necesidad dellas para lo que Dios pretende. Tengo, pues, toda esta historia por muy verdadera, y entiendo —cuanto yo alcanzo con probabilidad y fe humana— que todo lo que aquí se escribe pasó así como aquí se dice, no solo en lo que es la vida ejemplar, penitente y santa que hizo esta bienaventurada virgen y los santos ejercicios, mortificaciones y penitencias que continuamente hacía, sino también en lo que es los raptos, éxtasis, visiones, revelaciones y profecías de que en esta historia se hace mención. Y lo que destas revelaciones, visiones y éxtasis siento, y lo que me parece del grado y calidad en que las hemos de tener, es que verdaderamente las tengo todas por divinas, sobrenaturales y celestiales, hechas y inspiradas por el mismo Dios, y que en aquellos raptos y elevaciones y profundas contemplaciones hablaba Dios por boca desta su sierva como por órgano y instrumento del Espíritu Santo, porque hallo en todas ellas todas las señales que la Iglesia católica nuestra madre y sus sagrados doctores ''[''''5]''
tienen para verificar y averiguar que estas obras son sobrenatu- [¶3v] rales, divinas y hechas y comunicadas por el mismo Dios, como son ser verdaderas y ciertas las profecías y revelaciones, ser conformes a la dotrina que enseña y tiene la Iglesia católica universal y sus sagrados doctores, ser al parecer de hombres doctos y píos inspiradas del Espíritu Santo, y hallarse en ellas la verdad y pureza que es propia a cosas enseñadas por el mismo Dios, sin mezcla ninguna de falsedad ni error ''[6]''. Y finalmente ser tales que la persona y el alma en quien Dios hace estas maravillas queda con ellas mejorada en humildad, en amor de Dios, en devoción y en otras muchas virtudes ''[7]''. Todas estas señales que he considerado y notado en esta historia desta santa son las mismas que se hallan y se hallaron cuando hicieron prueba dellas en otras muchas vidas de santos y milagros y revelaciones que dellas se escriben. Tales fueron las de santa Isabel, hermana del rey Eckberto ''[8]'','' ''santísima abadesa del monasterio de Esconaugia, a quien el ángel de su guarda —como a nuestra santa Juana el de la suya— reveló muchas cosas como estas y mandó de parte de Dios que las escribiese, como se escribe en su vida ''[9]''. Tales las de la santa Ildegardis, abadesa religiosísima del monasterio de San Ruperto, en el arzobispado de Maguncia, que desde su niñez fue muy favorecida de Nuestro Señor con revelaciones y visiones del Cielo, las cuales después, a instancia y petición de nuestro glorioso padre san Bernardo, confirmó el papa Eugenio III, su dicípulo, en un concilio que celebró en la ciudad de Trebes, como lo escriben los autores que hablan de aquel concilio y desta santa ''[10]''. Tales también fueron las de la insigne y muy [¶4r] celebrada viuda santa Brígida, canonizada por el papa Bonifacio Nono, que fueron examinadas por estas mismas señales y aprobadas por diligencias que hizo el cardenal don Juan de Turrecremata ''[11]''. Y desta misma manera y como estas que he referido son las que se contienen en este libro de nuestra santa Juana, muy parecidas las unas a las otras, así en las cosas reveladas como también en el modo con que Dios las revelaba. Y así también por esta parte se hace muy verisímil que todas estas profecías, éxtasis, revelaciones y raptos desta santa fueron divinas y celestiales, y verdaderamente inspiradas por virtud de Dios y sobrenaturalmente. Y siendo así será cierto que todo lo contenido en este libro será muy provechoso para las almas y dé mucho motivo para incitar y inflamar los corazones a la virtud, según lo que dice san Pablo escribiendo a su discípulo Timoteo: ''[12''''] ''“''Omnis'''' doctrina ''''divinitus'''' ''''inspirata'''' ''''utilis'''' ''''est'''' ad ''''docendum'''' et ad ''''erudiendum'''' ad ''''iustitiam'''', ''etc''.''” ''[13'''']''.
Algunas cosas he hallado en esta historia muy particulares y muy raras que aunque son verdaderas y muy ciertas es bien que se lean con más atención y mayor consideración, porque como no son de las ordinarias ni de las que comúnmente se saben, podrían parecer dificultosas de creer si no se considerasen con alguna advertencia, y aun yo la pongo en que siendo tales y de la calidad y verdad que digo se hacen más ciertas y más creíbles por haberlas Dios revelado a esta santa. Una de ellas (''habetur'''' ''''capitulo'''' 17 ''''huius'''' ''''hist''''oriae'''' ''''[14'''']'') ''[''''15] ''es que a esta santa le fue revelado que algunas almas tenían su Purgatorio en lugares fuera del que está puesto y ordenado de Dios para que lo sea generalmente de todas [¶4v] las almas que tienen que purgar, como es en ríos, hielos, piedras y otras cosas como estas. Y aunque es verdad que según la ley común y general todas las almas que tienen necesidad de purgar la pena de sus pecados van al lugar que para esto está dentro de las entrañas de la tierra, pero por particular orden y dispensación divina, muchas veces tienen su Purgatorio fuera de aquel lugar, como es en ríos, en fuentes, en baños, en hielos, como lo escribe el papa san Gregorio ''[16'''']'', en muchas partes de sus diálogos, Pedro Damiano ''[17'''']'' en sus epístolas, y otros muchos autores ''[18'''']'', de los cuales refiere algunos santo Tomás, príncipe de los teólogos escolásticos, y los sigue en esta parte diciendo esto mismo que yo digo porque de él lo refiero y él nos lo enseñó expresamente en sus sentenciarios ''[19'''']'' y a él le siguen todos los autores que después de él han escrito ''[20'''']''. Y no solamente enseña esta dotrina santo Tomás, sino que destas historias y revelaciones saca esta regla general: “''De loco ''''purgatorii'''' —''''ubi'''' non ''''invenitur'''' ''''aliquid'''' ''''espresse'''' ''''determinatum''''— ''''dicendum'''' ''''est'''', ''''secundum'''' ''''quod'''' ''''consonat'''' ''''m''''agis'''' sanctorum ''''dictis'''' et ''''revela''''tioni'''' ''''facta'''' ''''multis'''': ''''dicendum'''' ''''itaque'''' ''''q''''uod'''' locus ''''purgatorii'''' ''''est'''' ''''du''''ple''''x'''':'''' ''''unus'''' ''''secundum'''' ''''l''''e''''gem'''' ''''communem'''' et ''''sit'''' locus ''''purgatorii'''' ''''est'''' locus inferior, ''''coniuctus'''' inferno, ''''alius'''' ''''est'''' locus ''''purgatorii'''' ''''secundu''''m'''' ''''dispensationem''''. Et sic ''''quandoque'''' in ''''diversis'''' ''''locis'''' ''''aliqui'''' ''''puniri'''' ''''leguntur'''', ''''vel'''' ad ''''vivorum'''' ''''instructionem'''', ''''vel'''' ad ''''mortuorum'''' ''''subventionem'''' ut ''''viventibus'''' ''''eorum'''' ''''poena'''' ''''innotescens'''', per ''''suffragia'''' ''''Ecclesia''''e'''' ''''mitigaret''''ur''” ''[21'''']''. Esto dice santo Tomás y en estas palabras no solo aprueba y enseña esto de los Purgatorios particulares y extraordinarios, sino que dice más: que destas revelaciones [¶¶ 1r] particulares hechas a varones santos se confirma que los hay. Y así en esto no hay cosa que nos obligue a dudar, sino a creer que pudo ser verdad lo que dice esta historia de los Purgatorios de las almas que Dios reveló a esta su grande sierva, y que lo es cuanto se puede alcanzar con razones y probabilidad humana.
[¶¶¶¶4r] '''Historia, vida y milagros, éxtasis y revelaciones de la bienaventurada virgen santa Juana de la Cruz, ''''''de la Tercera Orden de nuestro p''''''adre ''''''San Francisco'''
Cinco leguas de Madrid, corte famosa de los Católicos Reyes de España, está la villa de Cubas; y aunque pequeña y pobre, felicísima y muy dichosa, por haber escogido junto a ella la Virgen Nuestra Señora su habitación y morada tan cerca que solos quinien- [¶¶¶¶4v] tos pasos deste lugar quiso tener su casa, como señora y vecina del pueblo, en cuya juridición y términos se apareció la soberana Virgen nueve veces, en los primeros nueve días de marzo del año de 1449, a una pastorcica de trece años llamada Inés, guardando un ganadillo de cerda, tan devota de Nuestra Señora que rezaba su rosario cada día, y le ayunaba sus fiestas y la mitad de la Cuaresma desde que tuvo siete años, y ahora que era mayor comulgaba a menudo y frecuentaba mucho la iglesia. Y aunque de las informaciones que se hicieron sobre este caso (''capítulo 8'') ''[86]'', no conste sino de los cinco o seis aparecimientos, es cierto que fueron nueve, según que se lo reveló Dios a la bienaventurada santa Juana por el ángel de su guarda, y se tiene por común tradición en toda aquella tierra y convento, donde se celebra cada año desde entonces la fiesta destos nueve aparecimientos de Nuestra Señora con grande solenidad y concurso de muchos pueblos.
Tan favorecidos se hallaban los de Cubas con haberles la Madre de Dios visitado nueve [4r] veces, que dentro de un año la hicieron una iglesia con título de Santa María de la Cruz, y en ella la santísima Virgen hizo tantos milagros que pasan de setenta y seis los que por ante escribano y notario público se hallan comprobados. (''La información ''''destos'''' milagros está en el archivo del ''''convento de la Cruz'') ''[98]''. Y entre ellos doce tullidos sanos, ocho libres de manifiesto peligro de muerte y once muertos resucitados. Y a la fama destas maravillas y aparecimientos de Nuestra Señora, algunas mujeres devotas que había en aquellos lugares en el contorno de Cubas se vinieron a él, y de su pobreza edificaron una casa junto a esta iglesia, la cual después les fue dada con la cruz que Nuestra Señora tuvo en sus manos, y ellas dieron la obediencia a la Orden de nuestro padre San Francisco, y tomando su hábito, profesaron la Tercera Regla. (''Esta cruz se muestra en el Convento'') ''[99]''. Tomole también la pastorcica Inés, y, andando el tiempo, las otras religiosas la eligieron por su cabeza y prelada, por la santidad y virtudes que en ella resplandecían. Mas como el demonio donde halla mayor perfeción procura más la caída, solicitó la destas pobres mujeres, ocasionándolas con algunos tratos y amistades de seglares, de suerte que en breve tiempo desdijeron de aquel buen olor de santidad y virtud en que se habían criado, hasta [4v] salirse del monasterio. Y la triste Inés, que otro tiempo había sido la primera en la virtud, vencida del enemigo, vino también a pervertirse y apostató del convento. Pero, favorecida de la Reina de los Ángeles, hizo penitencia de su pecado y tan buena vida, según se sabe por tradición, que a la hora de su muerte milagrosamente se tañeron las campanas.
Viendo la soberana Reina del Cielo la caída de su casa, donde con tantos milagros se había aparecido, rogó a su santísimo hijo que para restaurarla, y la devoción de sus nueve aparecimientos que en ella había hecho, criase una criatura que se llamase Juana, porque hasta el nombre tuviese de gracia ''[100]''. Prometióselo el Señor, y dársela tan copiosa y sin medida que ninguna persona de las que hubiese en la tierra tuviese su semejante. Y que no solo le daría esta gracia tan liberal y copiosamente, sino otras muchas; y que tendría elevaciones y raptos, y trato fa- [5r] miliarmente con los ángeles, y vería a Dios y a su madre muchas veces. Porque cuando la divina majestad quiere que la santidad de algún santo llegue con el discurso del tiempo a grado muy excelente y heroico, toma la carrera muy de atrás, para que la santidad le venga tan nacida que parezca haber nacido con ella, como se verá en la vida desta gloriosa santa, cuyo nacimiento dichoso fue en el año del Señor de 1481, en la Sagra de Toledo, en Hazaña, lugar del mismo arzobispado y de la santa iglesia de Toledo llamada Santa María, porque la que había de vivir y morir en la casa de la santísima Virgen naciese sierva y vasalla suya en lugar de su juridición y señorío, y que este se llamase Hazaña, pues había Dios de obrar en él por intercesión de Su Santisima Madre una tan admirable hazaña y una obra tan hazañosa en materia de santidad y virtud cual nunca en aquel tiempo se vio otra semejante a ella. Sus padres, naturales deste pueblo, se llamaron Juan Vázquez y Catalina Gutiérrez, cristianos viejos y virtuosos, y abastecidos de bienes de fortuna. Dioles Dios esta hija, y en el bautismo la llamaron Juana. Y apenas había nacido —como dicen— cuando se comenzó a manifestar en ella [5v] la grandeza de las maravillas de Dios, y en tan tierna edad comenzó a declararse por ella con notable asombro de las gentes, porque recién nacida ayunaba los viernes, mamando sola una vez al día. Desde los pechos de su madre tuvo éxtasis y raptos, y porque la hallaba algunas veces en la cuna elevada y sin sentido ''[101] ''—aunque con pulsos y calor natural—, la madre ''[102]'' angustiaba desto, pensando era alguna enfermedad que la privaba del sentido y de tomar el pecho. Y una vez estuvo tres días sin mamar ni volver en sí ''[103]''; por lo cual, la afligida madre, creyendo que su hija era muerta, suplicó a la Virgen Nuestra Señora se la resucitase, y prometió llevarla con su peso de cera al convento de Santa María de la Cruz —que estaba cerca de Cubas—, y velarla allí una noche. Volvió la niña en sus sentidos, con que se consoló mucho su madre, entendiendo había cobrado la salud y vida que deseaba. Estos y otros muchos indicios daba en su niñez la santa niña, y crecía cada día en gracias espirituales y dones de Dios, aunque por entonces no eran conocidos de sus padres.
En este mismo año, estando la bendita niña a la puerta de la casa de su padre, pasando por allí el Santisimo Sacramento, que le llevaban a un enfermo, le adoró y vio sobre el cáliz a Nuestro Señor Jesucristo en forma de niño muy hermoso y resplandeciente ''[106]''. Otro día de la Purificación de Nuestra Señora ''[107]'' oyendo misa, al tiempo que el sacerdote acabó de consagrar la hostia, la vio muy clara y resplan- [7r] deciente, y dentro della a Nuestro Señor Jesucristo ''[108]'', y alrededor de él muchos ángeles; de lo cual la inocentísima criatura no hizo mucho caso por entonces, creyendo que todos veían estas soberanas maravillas y que eran comunes a los demás, porque como era tan humilde, tan inocente y sincera, nunca llegó a su imaginación pensar que tales cosas se obrasen por ella, hasta que el Señor se lo declaró en la manera que adelante veremos.
En este tiempo, siendo la santa niña de solos siete años, sucedió la muerte de su madre ''[109]'', la cual viendo que se le llegaba el fin de sus días sin haber cumplido la promesa que había hecho de llevar a su hija con otro tanto peso de cera al convento de Santa María de la Cruz, rogó a su marido lo cumpliese por ella. Y despidiéndose de su hija, y dándole la bendición, dio a su Criador el alma. Mas la bendita santa Juana, considerando [7v] estas cosas, decía consigo misma: “Mejor será que me vaya yo a cumplir la promesa de mi madre a la casa de Nuestra Señora, y me quede religiosa en ella”. Comunicábalo la santa virgen con una su tía que en este mismo tiempo tomó el hábito en el convento de Santo Domingo el Real de Toledo, y quisiera ser monja con ella. Y lo pidió a su padre y abuela, los cuales se lo negaron, poniéndole por delante su poca edad —que aún no tenía siete años— y las asperezas de la religión ''[110]''. Hizo profesión su tía, y creció tanto en santidad y virtud que tuvo muchas revelaciones de Dios. Y una vez estando en oración, la reveló que su sobrina había de ser una gran santa en su Iglesia ''[111]''. Y orando otra vez, se le apareció el glorioso santo Domingo, y la dijo que, por cuanto su sobrina era dotada de grandes gracias de Dios, la rogaba la procurase para su Orden. Y dando parte desto a la priora del convento, se puso luego por obra, y tan de veras lo procuraron las monjas, que ofrecieron recebirla sin dote, pero su padre y parientes de la niña no vinieron en ello, por lo mucho que la amaban. Y como esto no tuvo efeto, ni otras diligencias que por parte del convento se hicieron, la misma tía dio orden —con su propia madre, que era [8r] la abuela de la niña, en cuya casa se criaba— de hurtarla y llevarla a su monasterio ''[112]''. Mas como Dios no la crió para él, sino para el de Santa María de la Cruz, deshizo todos estos propósitos, y mudó a santa Juana los que tenía de ser religiosa en el convento donde estaba su tía. Y pereciéndola que serlo con ella era poca perfeción, y llevaba algo de carne y sangre, propuso firmemente de no tomar el hábito en aquel monasterio, sino en otro, sin respeto de parientes, ni de otra ninguna cosa del mundo, porque tan enamorada como esto estaba su alma de Dios, y tan deseosa de servirle ''[113]''.
Andando santa Juana ocupada en los ejercicios que hemos dicho, y creciendo en virtud como en los años, llegó a los catorce de su edad, y sus parientes y padre comenzaron a tratar de su remedio —que este nombre pone el mundo a los casamientos de las mujeres, como si no hubiera dejado Dios otro para ellas—. Y a la fama de su gran recogimiento, honestidad y hermosura —que tanto agrada en aquella edad— fue pretendida de muchos para casarse con ella, entre los cuales el que más se señaló fue un noble mancebo, natural de la villa de Illescas; pero como los intentos de santa Juana eran de tener por esposo a Jesucristo y consagrarle su virginidad perpetuamente, de solo esto trataba, y, con tales lágrimas lo pedía, que mereció ser oída de Dios y su petición también despachada, como en el siguiente capítulo se verá.
'''['''11r'''] '''''' ===Capítulo IV''''''. === Cómo santa Juana se salió de su casa en hábito de hombre para ser religiosa, y de los grandes favores que Nuestra Señora la hizo en este camino'''
Como santa Juana tratase siempre muy de veras de agradar y servir a aquel Señor que desde el vientre de su madre la escogió para sí, y apartó de la masa de los hijos de perdición, no cesaba de pedirle desde su muy tierna edad la concediese ser religiosa, para poderle servir más de veras. Y, como en casa la espiaban, y andaban a los alcances ''[123'''']'', porque no se descubriese lo que ella tanto encubría, dio en irse a un palomar despoblado, que estaba muy apartado de la gente, aunque dentro de la misma casa, y haciendo oratorio de él, gastaba allí muy grandes ratos con Dios ''[124]''. Y un día de la Semana Santa, después de haberse azotado con cadenas de hierro, estando prostrada en tierra y hablando con una Verónica que allí tenía, dijo: “¡Oh, mi dulce Jesucristo, suplico a Vuestra Divina Majestad, por los misterios de vuestra sagrada Pasión, merezca yo [11v] ser vuestra esposa y entrar en religión, para que, libre de las cosas del mundo, mejor pueda entregarme toda a vos!”. Y diciendo esto, se mudó la santa Verónica y transformó en el rostro natural de Nuestro Señor Jesucristo, tan vivo —a su parecer— como si estuviera en carne pasible y mortal, que corría sangre de él ''[125]''. Y tales cosas le dijo, tales fueron sus lágrimas, tales sus congojas y ansias, y tal el amor con que lo pedía, que parece venció al invencible, el cual, aunque muy doloroso, corriendo sangre y llagado, con dulcísimas palabras que la dijo, la consoló, prometiendo recebirla por su esposa, y traerla a la religión con que de su parte se ayudase ella, y hiciese lo que pudiese ''[126]''. Y dichas estas palabras, la santa Verónica se tornó a su ser, y quedó la bienaventurada virgen con este favor tan favorecida y consolada, que desde ese punto comenzó a dar trazas para irse al monasterio de Santa María de la Cruz, donde tenía grandísima devoción y muchas inspiraciones del Cielo para tomar el hábito de la Tercera Orden de nuestro padre San Francisco. Consideraba que si en estas cosas una buena determinación no rompe de una vez con ánimo y valentía, poco aprovechan propósitos [12r] tibios y flacos. Mas como los desta solícita virgen no lo eran, sino fuertes y fervorosos, acordó luego que pasó la Pascua de la Santa Resurreción irse al dichoso monasterio, que está dos leguas de su lugar —y como lo imaginó lo hizo, no como mujer flaca, sino como varón fuerte y esforzado, vistiéndose los vestidos de un su primo y hecho un lío de los suyos—, en hábito de hombre, con una espada debajo del brazo, sola y a pie toma su camino una mañana, antes que el sol saliese, con harta contradición del demonio que, deseándosele estorbar, la representó muchos temores y espantos, y el enojo de su padre y parientes, que sentirían mal de aquella ida en hábito indecente a su persona y edad ''[127]''. Y tal impresión hizo en la santa doncella esta consideración que, comenzando el camino, comenzó a temblar, y, combatida de la flaqueza y temor, temblándole todo el cuerpo, se cayó en el suelo desmayada, donde oyó por tres veces una voz que la dijo: “Esfuérzate, no desmayes; acaba la buena obra comenzada, que Dios te favorecerá”. No vio entonces santa Juana quién la habló, hasta que andando el tiempo tuvo revelación que había sido el ángel de su guarda ''[128]''.
Llegó también a este tiempo aquel mancebo que la había encontrado en el camino y pretendía casarse con ella; hizo grandes estremos cuando supo de su ausencia, buscándola por muchas partes, y con licencia de su padre y parientes ofreció a la santa que, pues tanto rehusaba volverse con ellos, se fuese con su madre a Illescas, donde estaría muy regalada y servida mientras se componían sus cosas, con seguro de que su padre y parientes vendrían de muy buena gana en ello ''[133'''']''. Mas la sierva del Señor, con mucha humildad y entereza, satisfizo a estas palabras y alcanzó de sus parientes la dejasen en aquel monasterio de Nuestra Señora, para donde interiormente la llamaba el Espíritu Santo. Viendo estas cosas las religiosas, y la gran devoción [14v] y perseverancia de la humilde y devotisima doncella, se enternecieron de suerte que, con ser por extremo pobres, dijeron no querían más riqueza que tener aquella prenda del Cielo en su casa, y que la recibirían con poco o con mucho dote, de la manera que más a cuento estuviese a su padre. Y ya aplacado algún tanto con esto, y tocado de la poderosa mano del Señor, dijo: “Líbrenos Dios, hija mía, de ir contra la divina voluntad de quien yo sé muy bien que proceden estas tus determinaciones, como lo muestra la mucha perseverancia y paciencia que has tenido, y lo confirma este nuevo hecho de ahora. Yo te doy mi bendición. Da muchas gracias a Dios y él te guíe, que yo de buena voluntad me conformo con la suya”.
En el estado que digo estaban las cosas de la bendita doncella, y ella con las monjas y con su padre tratando de su recibimiento, cuando [15r] llegó al monasterio el provincial. Y fue providencia del Cielo, por haber solos ocho días que había salido de él con ánimo de no volver en muchos meses, y sin su licencia no la podían recebir. Pidiósela el abadesa y diole cuenta del caso y muchas gracias a Dios por haber traído a su convento persona de tal espíritu. Viola el provincial y, satisfecho della y movido de su devoción y de las lágrimas con que le pedía el hábito, mandó al vicario del convento se le diese, y él prosiguió su camino ''[134]''. Y la santa virgen fue admitida en el convento y recibió el hábito en presencia de su padre y parientes, y comenzó desde luego a señalarse entre todas las otras religiosas, como el sol entre las estrellas. Y entregándola a la maestra de novicias, la mandó que en todo el año del noviciado no hablase sino con ella, con la abadesa o vicaria, o con su confesor, de lo cual la bendita novicia se holgó en estremo, porque naturalmente era inclinadísima a hablar poco. Y así lo guardó tan puntualmente que en todo el año del noviciado nunca habló salvo con las sobredichas personas, y eso solamente siendo preguntada o confesándose ''[135]''. Y con tanto rigor guardaba las cosas que la enseñaban, que antes se dejara matar [15v] que quebrantar sola una, por mínima que fuera. Y como deseaba tanto agradar a Dios, no solo guardó las cosas que la enseñaban, pero cualquiera virtud que oyese de otra persona la procuraba imitar en sí tanto que, oyendo leer en un libro que nuestro padre san Francisco mandó a un fraile ir a predicar desnudo, dijo: “Si mi padre san Francisco manda esto a un fraile que no tiene pecados, yo que estoy tan llena dellos, bien será me desnude para irlos a confesar”. Y, entrando en el confesionario —que de todas partes estaba cerrado y a escuras—, se desnudó; y, arrodillándose en tierra, comenzó su confesión con tan grandes temblores de frío —por ser en el rigor del invierno— que pensó el confesor le había dado aquel acidente causado de alguna nueva enfermedad, y así se lo preguntó a la santa virgen. Y, entendiendo qué era, la reprehendió por ello y mandó que no lo hiciese otra vez ''[136]''.
Estando la santa novicia elevada en oración —cosa tan ordinaria en ella que desde los pechos de su madre y desde la cuna tuvo muchos éxtasis y raptos, como queda dicho— vio a los gloriosísimos patriarcas, nuestros padres santo Domingo y san Francisco, que muy amorosa y amigablemente contendían sobre a cuál de los dos pertencecía esta bendita criatura. ''[138]'' Decía el bienaventurado santo Domingo que, por haber sido primero llamada a su Orden y pretendida con mucho cuidado de sus frailes y monjas, le pertenecía a él. Nuestro padre san Francisco alegaba en su favor que, por haber tomado el hábito de su Orden y estar tan contenta en ella, era suya y solo a él pertenecía. “Y para mayor prueba desto —dijo el Seráfico Padre—, preguntémoselo a ella, y estemos por lo que dijere”. Mucho se agradó desto el glorioso santo Domingo y, aprobando el concierto, fue el primero que propuso y dijo de esta manera: “Yo, hija mía, digo que eres de mi Orden, porque esta fue tu primera vocación, y mi padre san Francisco dice que eres de la suya. Queremos salir desta duda y estar por lo que tú dijeres. Ves aquí nuestros hábitos, dinos cuál dellos te agrada más: [17r] este blanco es el mío, que significa la santidad y la pureza de la Virgen Nuestra Señora”. Nuestro padre san Francisco la mostró el suyo humilde, desechado y pobre; las manos y pies y costado con sus llagas. Y así como le vio esta alumbrada criatura, dijo: “Destos santísimos hábitos el que más me agrada es el de mi padre san Francisco, por su humildad y pobreza, y por las señales de mi redentor que veo estampadas en él”. Y tomándole en sus manos, le besó con mucho amor y humildad. Y entonces el glorioso santo Domingo, alabando a Dios, dijo a nuestro padre san Francisco, con muestras de grande amor: “No os espantéis, padre santo, que tal joya como esta desease yo para mi Orden. A la vuestra la dio Dios, en quien está bien empleada, y así me huelgo yo mucho que la tengáis y gocéis”. Y con esto desapareció la visión, y santa Juana quedó consoladísima, y de nuevo aficionada a su padre san Francisco y más devota a su hábito. Y por haberle tomado en aquella casa en el día de la Cruz a tres de mayo, tomó el sobrenombre “de la Cruz”, y tan de veras el seguir a Cristo crucificado que su vida de allí adelante fue una cruz tan espantosa al demonio, que, no pudiendo sufrir el que con rabia infer- [17v] nal derribó al primer hombre de la alteza en que Dios le había criado que una mujer niña y flaca le venciese y saliese libre de sus manos, pidió licencia a Dios para ponerlas en ella ''[139]'', y con este salvoconducto, visible y invisiblemente la persiguió y tentó el demonio de mil maneras: azotola muchas veces tan rigurosa y cruelmente que las heridas y señales de los azotes y golpes que la daba le duraban muchos días, alcanzándose unos a otros ''[140]''. ¿Quién podrá decir los malos tratamientos que la hicieron los ministros infernales, que parece andaban a una su persecución y su paciencia? ¿Quién podrá explicar la mortificación y penitencia desta santa? ¿Y la profundidad y alteza de su humildad, con que tan altamente sentía de Dios, y tan vil y bajamente de sí, maravillándose siempre de que encerrase Dios tan grandes tesoros en vaso tan frágil y miserable como ella, que no se hallaba digna de la tierra que pisaba?
Tan obligada se hallaba la recién profesa, por haberla Dios traído a la santa religión, y tan deseosa de hacerle grandes servicios [18r], que desde el día que profesó, se determinó a padecer por su amor cualquier género de tormento, que se compadeciese con su rincón y clausura, deseando dar la vida por aquel Señor, que con tanto amor dio la suya por ella. Y muchas veces pensando en este amor de su Dios, con deseos de ser mártir, decía con grande ansia: “¡Oh, si me hiciese Dios esta merced, que muriese yo por él, que no deseo en la Tierra otra bienaventuranza, sino verme por su amor degollada, abrasada, hecha polvos, y quemada!”. Y pensando en esto, y en su dulcísimo Jesus crucificado por ella, abrasándose en su amor decía: “Señor, dadme penas, tormentos, trabajos y dolores, mandad a los ángeles del Cielo, a los demonios del Infierno, y a todas las criaturas de la Tierra, que ejecuten en mí todo su poder, que por muy grande que sea, será limitado y corto para lo mucho que por Vuestra Divina Majestad deseo yo padecer, único amor y bien mío”'' [141]''. Y acompañando con obras estos tan fervorosos deseos —hecha la profesión— comenzó a hacer nueva vida y muy ásperas penitencias, añadiendo a las antiguas otras nuevas, y a sus grandes rigores otros muy espantosos. Y sus ayunos lo fueron tanto, que la sucedía no desayunarse en tres [18v] días, y hartas veces estarse los ocho días enteros sin comer ningún bocado. Su vigilia era muy larga, y el sueño tan poco que no dormía hasta la hora de amanecer, y entonces solo lo que bastaba para aliviar la cabeza. Su vestido fue siempre muy humilde y pobre, más vil y remendado que el de ninguna otra monja, con ser todas pobrísimas por estremo. Traía túnica y hábito de sayal, toca de lienzo, cuerda muy gruesa y ñudosa, y en los pies unas alpargatas de cáñamo, aunque lo más del tiempo andaba descalza, traía silicio de cardas y cadenas de hierro junto a las carnes y, para mayor penitencia y mortificar más la boca, muchas veces traía en ella ajenjos amargos, en memoria de la hiel y vinagre que gustó Nuestro Señor en la Cruz ''[142]''. En la oración gastaba toda la noche, y decía que cuando no era muy fervorosa, y acompañada de muchas lágrimas, no le parecía digna de que Dios la recibiese ''[143]''. Los ratos desocupados del día gastaba en cosas humildes y del servicio del convento. Cuando lavaba las ollas y platos de la cocina, consideraba que era para que comiese Dios en ellos. Y así en estos oficios humildes y bajos recibió muchas mercedes y muy particulares regalos de Dios y de su Santísima Madre.
Tenía santa Juana veintidós años de edad, cuando la vieron las monjas en un rapto tal que ni antes ni después no tuvo otro su semejante, porque las otras veces que se arrobaba quedaba con mucha hermosura y lindo color de rostro, pero esta vez no fue así, que todo esto le faltó y quedó como muerta ''[155]'', los ojos quebrados y hundidos, cárdenos los labios y arpillados los dientes, la nariz afilada, [23r] y todos sus miembros descoyuntados y yertos, y el rostro tan pálido y amarillo como si fuera difunta. Las monjas, admiradas con la novedad del caso, deseando saber la causa de él, rogaron a la santa virgen se lo dijese, pero ella, como muy prudente y callada, nunca lo quiso decir, hasta que pasados algunos días se lo mandó el ángel de su guarda, y entonces dijo: “Sabrán, madres y hermanas, que la causa de ver en mí tal novedad en aquel rapto fue porque estando en él, y mi espíritu en aquel lugar donde el Señor le suele poner otras veces, vi llorar al santo ángel de mi guarda. Y preguntándole la causa de sus lágrimas y tristeza, me dijo que le había el Señor mostrado las grandes persecuciones, fatigas y enfermedades que sobre mí han de venir, y que de pena desto lloró”. (''Llorar los ángeles es lenguaje de la Sagrada Escritura'' ''[156]'', más por similitud que por propiedad, porque el ''''ángel'''' aunque aparece en forma ''''corporal y visible a los hombres ni llora, ni come, ni habla, ni ejerce alguna operación vital ni puede —según santo Tomás'' ''[157]''—'''','''' porque para obrar propiamente estas cosas que son acciones vitales había de ser alma del mismo cuerpo en que aparece y como forma suya animarle'') ''[158]''. “Y rogó a Dios que no volviese mi espíritu más al cuerpo, y Su Divina Majestad le respondió que no convenía, porque quería llevarme por este camino y ver lo que en mí tenía. Y viendo esto, suplicó a Su Divina Majestad me concediese toda la vida [23v] esta gracia de elevarme, y que no fuese con el trabajo que entonces había sido, y el muy poderoso Señor se lo otorgó”. Y así desde este día todos los raptos fueron muy suaves, y por ser tantos y tan largos que lo más del día y de la noche estaba elevada, no podía ya hacer oficio, ni seguir el peso de la comunidad como solía, por lo cual la dieron celda aparte, y una religiosa que cuidase siempre della.
Singular atención pide este capítulo, y yo se la pido a mi Dios, y su gracia para acertar a escribir, para honra y gloria suya, dos señaladísimas mercedes y muy regalados favores, que con grande muestra de amor concedió a esta regaladísima y santa virgen, porque cuando quiso el Señor darle más ricas prendas de lo mucho que le amaba, determinó Su Divina Majestad visitarla, no por ministerio de los ángeles —como otras ve- [24r] ces solía—, sino por su misma persona, y desposarse con ella en los brazos de su Santísima Madre —tálamo sagrado y divino—, donde se celebraron estas espirituales bodas, a las cuales asistieron muchos ángeles y vírgines, que venían acompañando a su Rey y a su Señor, en quien puso santa Juana los ojos, y acordándose de la palabra que le había dado de desposarse con ella, con mucha humildad y amor rogó a la Reina del Cielo, alcanzase de Su hijo cumpliese lo prometido ''[159]''. Rogaba también a las santas vírgines y ángeles le ayudasen en su pretensión y demanda, y todos arrodillados en la presencia de Dios, le suplicaron concediese lo que su humilde sierva pedía. Y ella con mucha fe y humildad no cesaba en su oración hasta que el clementísimo Señor, movido de los ruegos de su Santísima Madre y de los ángeles y vírgines, puso en santa Juana los ojos de su misericordia, y, con rostro muy alegre y amoroso, dijo: “Pláceme, hija, de desposarme contigo”. Y estendiendo su poderosa mano se la dio, en señal de desposorio, con muchas muestras de amor, y con el que tenía santa Juana a su amado y dulce esposo suplicó a la [24v] Reina del Cielo, que pues Su santísimo Hijo se había ya desposado con ella, se le diese para gozarse con él. Hizolo así la soberana Señora, y ella misma puso el Niño Jesús a santa Juana en los brazos, y le dijo: “Bien será, Señor, que en señal de desposorio y del amor que Vuestra Majestad tiene a su esposa, le dé alguna joya de estima”. Y quitándose de su dedo una muy rica sortija, se la dio a Su dulcísimo hijo, y él mismo, tomándola con su poderosa mano, se la puso a santa Juana en el dedo, en presencia de su Santísima Madre, que fue la madrina, y de muchos ángeles y vírgines, testigos muy verdaderos y ciertos deste espiritual y soberano desposorio. (''Este desposorio espiritual fue en visión imaginaria, como el que se lee de santa Catalina de Sena y de Alejandría'''' [160]'') ''[161] ''[162]''. ''
Una religiosa, buscando otra cosa en la celda desta santa virgen, halló dentro de un cofrecillo la santa Hostia consagrada —permitiéndolo Dios, que quiso por este medio proclamar tan soberano milagro—. Y a este mismo punto volvió la santa del rapto en que estaba, y con harta agonía fue derecha al cofrecillo en que andaba la religiosa, y la dijo: “Hermana, no toque a esa santa reliquia, que es el Santísimo Sacramento, que trujeron los ángeles”'' [176]''. Y la religiosa, atónita de oírlo, rogó a santa Juana le declarase cómo había sido, y dijo: “Un hombre —que por sus pecados se fue al Infierno— murió con el santísimo Sacramento en la boca, de la cual se le sacaron los ángeles con grandísima reverencia y le trujeron aquí, [27v] mandándome que pues yo lo había visto comulgase con la santa Hostia y la recibiese por una de las ánimas de Purgatorio. Y estando arrobada me dijeron que cierta persona llegaba al cofre donde estaba la santa Hostia, y así quiero luego hacer la obediencia y lo que los ángeles me mandan, y recebir a mi Señor”. Y, hincándose de rodillas con muchas lágrimas y devoción, recibió el santísimo Sacramento, administrándosele su ángel.
Quien oyere decir en la Sagrada Escritura que el ángel san Rafael sirvió al mancebo Tobías en un muy largo camino, y que otro llevó por un cabello al profeta Habacuc desde Judea a Babilonia para dar de comer a Daniel, preso en el lago de los leones, no se admirará cuando oiga lo que sucedió a santa Juana con los ángeles, y en especial con el de su guarda, con quien trataba tan familiar y amigablemente, como un amigo ''[177]'' [28r] con otro, y desto se le pegó la condición angélica que tenía, y tal olor a las cosas que tocaba y hábitos que vestía que con ninguno de la Tierra se podía comparar, porque era olor del Cielo —de donde a la verdad era ella, más que del suelo— y así no era mucho que toda ella oliese a Cielo y tuviese resabios ''[178]'' del Cielo la que tanto comunicaba con los ángeles, no solo con el de su guarda sino también con otros muchos, especialmente los que guardaban particulares provincias y reinos, que la visitaban a menudo, y le rogaban alcanzase de Nuestro Señor templase tal o tal tempestad de piedra, granizo o rayos, que quería enviar sobre la Tierra. Decíanle sus nombres y oficios, y algunas veces las cosas que sucedían en los reinos y provincias que guardaban, así las presentes como las que estaban por venir ''[179]''. Y una vez estando con las monjas que querían comulgar, se la arrebataron los ángeles de delante de los ojos, y no la vieron más hasta que después de haber comulgado apareció en medio dellas, con no pequeña admiración de todas, que tan admiradas del caso cuanto deseosas de saberle, rogaron a la santa virgen se le contase ''[180]''; y ella, para su edificación, dijo: “Porque os ocupáis conmigo cuando se ha de tratar de solo Dios, quiso Su Divina Majestad que los [28v] ángeles me llevasen a lo alto, de donde ellos y yo adoramos el santísimo Sacramento, y os vi comulgar a todas y lo mucho que los ángeles de vuestra guarda se gozaban con las que comulgaban santa y puramente, y cómo torcían el rostro y se apartaban algún tanto de las que no comulgaban con entera devoción”. Y persuadía a las monjas fuesen muy devotas de los ángeles de su guarda, porque: “No solo nos guardan, sino que siempre nos acompañan: si caemos, nos levantan; si estamos tibios en la devoción, nos inflaman. Ellos nos enseñan en nuestras dudas, defienden en nuestros peligros y sustentan en nuestros trabajos, y a la hora de nuestra muerte con particular vigilancia asisten y acompañan nuestras almas y las presentan a Dios, las visitan y consuelan en el Purgatorio; finalmente en nuestros trabajos y peligros nos amparan y defienden”'' [181]''. “Y porque sepáis cuán cierto es esto —dijo santa Juana a sus monjas—, el otro día vi que, tañendo la madre vicaria la campanilla de comunidad a que se juntasen las religiosas, como todas no acudieron luego, vinieron los ángeles de la guarda de las que faltaron a hacer la obediencia por ellas”'' [182]''.
Muchas fueron las respuestas que dio el Ángel a santa Juana en diversos negocios que por momentos le consultaba, todas ellas misteriosas, y como unos celestiales aforismos importantísimos para la vida del alma, de las cuales dejo muchas porque este volumen crece más de lo que yo quisiera, y por dar lugar a la misteriosa historia de las cuentas, llamadas comúnmente “de santa Juana”, bien conocidas y estimadas en España. Y así se tratará dellas en los tres capítulos siguientes.
[35r] ''' ===Capítulo IX. === De los rosarios y cuentas que bendijo Nuestro Señor a instancia de santa Juana'''
Para que se vean las maravillas de las obras de Dios y los medios que usa la Divina Majestad para llevar almas al Cielo, contaré la historia de las cuentas de la gloriosa santa Juana en la manera que está comprobada con treinta y un testigos jurados en dos informaciones hechas: la una entre religiosos, por comisión del reverendísimo padre fray Arcángel de Mesina, ministro general de nuestra sagrada Religión, y la otra entre hombres seglares, por comisión del ilustrísimo señor don Bernardo de Rojas, cardenal de España y arzobispo de Toledo, con acuerdo de los señores de su Consejo, cuyos traslados auténticos están en el archivo del convento de la Cruz. (''Informaciones jurídicas que se hicieron acerca de la verdad ''''destas'''' cuentas el año de 1609'') ''[223]''. Para lo cual se advierta que, como Dios dispone todas las cosas suavemente y las ordena en número, peso y medida, hace estas en beneficio de los hombres por intercesión y méritos de sus siervos. Y como los de santa Juana eran tan grandes, y los favores que Dios la hacía tan manifiestos, las religio- [35v] sas de su convento, queriéndose valer de la intercesión de su santa madre, la rogaron alcanzase de Nuestro Señor, por medio del ángel de su guarda, bendijese sus rosarios y les concediese algunas indulgencias y gracias para ellas y para las ánimas de Purgatorio —porque en aquellos tiempos había poquísimas cuentas benditas—. La Santa, con su gran caridad, que no sabía negar cosa de cuantas por Dios la pedían, ofreció tratarlo con su ángel, y ponerle por intercesor ante la Divina Majestad. Y habiéndolo comunicado con él, y alcanzado de Dios lo que quería, dijo a las monjas, que para cierto día juntasen todas las cuentas y rosarios que tuviesen, porque el Señor por su bondad los quería bendecir, y mandaba que el ángel los subiese al Cielo, de donde se los traería benditos ''[224]''. No lo dijo santa Juana a sordas, porque, oyéndolo las monjas, buscaron en su casa y lugares de la comarca cuantos rosarios, sartas y cuentas pudieron descubrir, y, para el día que la santa señaló, se los llevaron todos. Y como eran tantos y tan diferentes las cuentas, de aquí nace haber tantas diferencias dellas: unas de azabache, otras de palo, y otras de coral, etc. La Santa, cuando vio juntas tantas cuentas, las mandó poner en una ar- [36r] quilla —que yo he visto algunas veces—, y a una de las más ancianas del convento que la cerrase con llave, y la guardase consigo ''[225]''. Hecho esto, la santa se puso en oración, y viéndola arrobada las religiosas, creyeron que aquella la hora era en la que el Ángel habría subido a bendecir sus rosarios al Cielo. Llevadas de curiosidad, acudieron a la religiosa que tenía la llave del arquilla, y abriéndola, vieron que estaba vacía, por donde tuvieron por cierto lo que habían imaginado, y volviéndola a cerrar con llave, se fueron llenas de espiritual consuelo, aguardando el tesoro celestial de las indulgencias del Cielo que el Ángel les había de traer cuando tornase la santa de aquel rapto. Y como volviese de él sintieron en todo el convento tan grande fragrancia y suavidad de olor que, atraídas de él, vinieron a preguntar a la santa la causa de aquella novedad. “Presto —dijo—, hermanas, lo sabréis, y la merced que el Señor nos ha hecho. Vengan aquí todas, y en especial la que tiene la llave del arquita” ''[226]''. Y fue cosa maravillosa que, con haber poco rato que la habían abierto y visto vacía, tornándola a abrir ahora, la hallaron con los mismos rosarios que habían puesto en ella, porque el ángel que los llevó al Cielo los había bajado ben- [36v] ditos y puesto en la misma arquita. Y cuando ahora la abrió la monja que tenía la llave, creció mucho más el olor, de que las monjas quedaron consoladísimas y sumamente admiradas ''[''2''27] [228]''. Y la santa dijo que aquella suavidad y lindo olor era de sus rosarios, que de las santísimas manos de nuestro Señor Jesucristo donde habían estado se les había pegado aquella fragrancia que tenían, y que no solo los había dado su bendición, sino concedido muchas gracias, indulgencias y virtudes, las cuales la santa las iba diciendo, y juntamente dando a cada religiosa sus rosarios. Y destos a unos llamaba “de los Agnus”, porque el Señor les había concedido las indulgencias y gracias que los sumos pontífices conceden a los agnusdeyes ''[229]''; otros llamaba “contra demonios”, por la virtud que Dios dispuso en aquellas cuentas para lanzar los demonios de los cuerpos de los endemoniados; otros contra las tentaciones y enfermedades, y otros contra otros peligros ''[230]''.
Y esta es la verdad destas misteriosas cuentas de santa Juana, según lo que yo he podido entender, colegida de las informaciones susodichas, y en especial de lo que debajo de juramento dijeron algunas monjas muy ancianas que conocieron y trataron a las compañeras de la misma Santa, y en sus deposiciones juran habérselo oído contar muchas veces, y es pública tradición desde aquellos tiempos hasta estos que estas cuentas estuvieron en el Cielo y las bendijo Nuestro Señor Jesucristo, y concedió muchas virtudes, gracias e indulgencias, sin que persona de cuenta haya puesto [38v] lengua en ellas, antes muchos señores deste reino y grandes prelados de él las han procurado y tenido en mucho. Y el Papa Clemente VIII, de gloriosa memoria, estando en España con un tío suyo, auditor de Rota, sobre los negocios de la posesión del condado de Puñonrostro, fue desde Torrejón de Velasco al convento de la Cruz, donde está el cuerpo de santa Juana, en compañía de los señores don Juan Arias Portocarrero y doña Juana de Castro, condes de Puñonrostro, y informado de la vida y milagros desta santa virgen y de la verdad destas cuentas, después de haber dicho misa en la capilla donde está su santo cuerpo, pidió a la abadesa, que se llamaba soror Juana Evangelista, alguna cuenta, y con mucha devoción y estima llevó consigo una que le dieron. Y los bienaventurados fray Francisco de Torres y fray Julián de San Agustín ''[233]'', varones de singular virtud y santidad, por quien en vida y después de su muerte hizo Dios muchos milagros, afirman que habían subido al cielo y que Cristo nuestro redentor las había dado su bendición y concedido muchas virtudes y perdones. Y para que los fieles gozasen dellos y deste tesoro del Cielo, persuadían a los pueblos que [39r] tocasen sus rosarios a las cuentas que ellos traían consigo. Y cuando de la verdad destas cuentas no se tuviera otro testimonio sino el de la santidad desta santa virgen, y haberlo ella dicho, era bastantísimo para persuadirnos que no había de engañar a la Iglesia publicando indulgencias falsas. Ni menos se puede creer que fuese engañada del demonio la que fue tan alumbrada de Dios y del ángel de su guarda. Mas lo que con evidencia prueba y confirma la virtud y verdad destas cuentas son los muchos milagros que Dios ha hecho en abono y confirmación destas cuentas, y de las tocadas a ellas, que tienen la misma virtud, como se verá en los capítulos siguientes. (''Las cuentas de santa Juana pueden tocar a otras y las tocadas quedan con la misma virtud, pero las tocadas no pueden tocar a otras'') ''[234]''.
Son tan excelentes y pocas veces vistas en el mundo, maravillas tan soberanas y divinas como las que Nuestro Señor ha obrado por intercesión de su santa esposa, que parecen increíbles a las gentes, si los testimonios de donde se han sacado no fuesen muy sin sospecha. Y [39v] porque ninguno la pueda tener destas cuentas, a lo menos con razón, diré, para honra y gloria de Dios, algunos de los muchos milagros, con que la Divina Majestad las ha confirmado, por ser estos la piedra del toque con que se conocen y aprueban las cosas sobrenaturales y las verdaderas divinas, porque nunca hace Dios milagros verdaderos en confirmación de cosas falsas, y los que hace en confirmación de cualquiera verdad la hace evidentemente creíble, como consta de los hechos en confirmación de la fe y de los muchos que la Divina Majestad hace cada día, aprobando la santidad de algunos santos. Y lo mismo se debe juzgar de los milagros que Dios ha hecho en confirmación destos rosarios y cuentas, que hacen su verdad tan evidentemente creíble que no queda lugar a la malicia humana para dejarlo de creer. Y porque los milagros nuevos y de nuestros días mueven más que los antiguos, serán tan nuevos todos los que aquí dijere que los testigos, jueces y escribanos ante quien pasaron las informaciones de donde se sacaron los dichos milagros están todos al presente vivos ''[235]''. Primeramente don Francisco de Rojas, señor de Mora, tenía una destas cuentas de santa [40r] Juana, y pasando por donde conjuraban una endemoniada, así como se acercó a ella, comenzó el demonio a dar grandes gritos diciendo: “Echenme de ahí ese hombre, que me causa nuevos tormentos” ''[236]''. Y preguntando el clérigo al demonio por qué lo decía, respondió que lo hacía porque aquel hombre traía consigo una cuenta de Juanilla de la Cruz ''[237]''. Y oyéndolo el sobredicho don Francisco, quitándola del rosario, se la dio al sacerdote que conjuraba, y así como se la puso a la endemoniada, salió della el demonio, y quedaron todos alabando a Dios y dándole muchas gracias por la virtud que había puesto en aquellas cuentas. Y el sobredicho don Francisco dejó esta cuenta a la endemoniada porque no la volviese a fatigar el demonio, y fue a pedir otra al monasterio de la Cruz, y dio fe deste milagro.
Así mismo consta de un testimonio de Isidro García, escribano público de la villa de Cubas, que el año de mil y seiscientos y siete, a los once días del mes de julio, estando Ana de Montoya, vecina de Valdemoro, en la iglesia del monasterio de la Cruz, cumpliendo una novena que había prometido a bienaventurada santa Juana —por haber librado a su marido de una enfermedad muy peligrosa— y deseando mucho tener alguna de sus cuentas, rogaba a la santa se la deparase. Y estando en esto, vino una por el aire que cayendo de lo alto la dio en la frente, viéndolo Ángela de Ávila, mujer de Juan Girón, y Catalina de Tolosa, mujer de Juan Martínez, vecinas de Ciempozuelos, que se hallaron presentes ante el dicho escribano. Y considerando el sitio donde estaba la mujer cuando cayó la [45r] cuenta, fue caso milagroso y que no pudo ser por industria humana, por no haber por allí cerca ninguna puerta, ventana, agujero, ni resquicio por donde la pudieran echar. Y así lo tienen por milagro de la gloriosa santa Juana.
No solamente las cuentas de santa Juana que subió el Ángel al Cielo y bendijo Nuestro Señor tienen las virtudes que hemos visto, sino también las tocadas a ellas, como la santa lo dijo a sus monjas. Y comprueban mucho más la virtud destas cuentas los milagros hechos con las tocadas a ellas que los que se han hecho mediante las mesmas que bendijo Nuestro Señor en el Cielo, porque si solo por haber tocado a estas cuentas tienen tal propiedad y virtud las tocadas, que lanzan demonios y hacen otros milagros, claro está que no carecerán desta virtud las cuentas que se la die- [45v] ron a ellas, antes en buena filosofía la contienen con eminencia. Y, pues los milagros son prueba tan suficiente de las cosas sobrenaturales que ninguna los iguala, porque hecho un milagro en confirmación de la dotrina que se predica, es visto ser Dios Nuestro Señor el testigo della. Y así contaré aquí algunos, colegidos de las dos informaciones sobredichas, y de otra hecha con autoridad del Ilustrísimo de Toledo, para averiguar ciertos milagros del santo fray Julián de san Agustín, por quien ha hecho tantos Nuestro Señor que pasan de seiscientos los que están comprobados jurídicamente en noventa y dos informaciones, con mil y cuatrocientos testigos.
Catalina de Santa Ana, religiosa muy anciana del convento de la Cruz —según supe de su boca— dio a un hombre una destas cuentas ''[268]'', y pensando él que era de las originales, no vía la [48r] hora que hacer esperiencia della y de la virtud que tenía contra los demonios. Encontrando con un endemoniado, se la puso, y muy furioso el demonio, haciendo muchos extremos, dijo: “No es cuenta de santa Juana la que me lanza, sino de santa Ana”, porque así se llamaba la religiosa que se la dio, por no ser original, sino de las tocadas. Otros muchos milagros dejo de poner, por parecerme que con esto se prueba bastantemente la virtud de las cuentas de santa Juana, y la que tienen las tocadas a ellas, y destas son las más que andan, que de las originales que bendijo Nuestro Señor en el Cielo hay poquísimas, porque con el tiempo se han consumido y acabado. En el convento de la Cruz hay dos desde el tiempo de la gloriosa Santa, y entre las monjas de él se hallan algunas, y otras personas particulares también las tienen. Y en el lugar de Cubas, como tan cercano al convento de la Cruz, se hallan algunas, tan estimadas de los que las tienen que se heredan de unos en otros, y las dejan por manda de testamento cuando mueren, por la gran devoción que tienen en las dichas cuentas, y mucha experiencia de las virtudes que Dios puso en ellas.
[48v]''' '''''' ===Capítulo XII. === De algunas revelaciones y cosa''''''s muy provechosas que comunicó N''''''uestro Señor a su sierva santa Juana'''
Resplandece tanto la suavidad y alteza del espíritu del Señor en todas las revelaciones que comunicó a esta santa virgen, que aunque su vida esté tan llena dellas —que se podría llamar una revelación continuada— quise escribir este capítulo de revelaciones, atendiendo a que el comunicárselas Dios a santa Juana fue para el aprovechamiento de muchos, como se lo dijo el Ángel mandándoselas escribir. Y este fue el fin que tuvo la extática virgen en manifestarlas y el que ahora tenemos en sacarlas a luz, para que leyéndolas el pecador se consuele considerando las misericordias de Dios, que respladecen mucho en ellas, como se verá en una que mostró Dios a esta santa, la cual contó ella a sus monjas, por las palabras siguientes:
Trujeron a santa Juana una niña de teta muy enferma para que la diese su bendición, y así como la vio, la reveló el Señor que estaba endemoniada, y dijo a las monjas con grande aflición de su espíritu: “Grande es la alteza de los secretos de Dios, pues permite Su Divina Majestad que el demonio tenga poder para atormentar esta niña inocente, que no ha más de siete meses que nació. Ruego os hermanas que la encomendemos a Dios” ''[299]''. Y haciendo sobre ella la señal de la cruz, quedó libre de aquel espíritu malo, que tanto la atormentaba. Y sucedióla muchas veces estando en oración en su celda, rogando a Dios por las personas que se le encomendaban, verlas a todas ellas y sus necesidades y trabajos, tan clara y distintamente como si las tuviera presentes. Y contándoselo al [55v] ángel de su guarda, le respondió que se las mostraba Dios porque quería le rogase por ellas ''[300]''. Y en cierta ocasión le dijeron los santos ángeles que con tan grande afecto de amor podía una persona sentir y llorar la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo que le fuese tan acepto sacrificio a Su Divina Majestad como si derramase sangre y padeciese martirio por él ''[301] ''—que tanto como esto agrada a Dios la memoria de su sagrada Pasión—. “Estas cosas y otras muchas —decía santa Juana a sus monjas— me muestra mi santo Ángel, por la voluntad de Dios, para mi aprovechamiento, y para el vuestro os las digo, y que me ha hecho el Señor tanta merced, que me ha dado tanta luz y claridad en ellas que certísimamente conozco ser suyas, y las tengo por más verdaderas y ciertas que todo lo que veo en este mundo, y así lo juraría, si me obligasen a ello ''[302]''. Y por no haber tenido mi alma tanta claridad al principio, no recebía tanto consuelo en las revelaciones que el Señor me mostraba, como ahora. Por lo cual esta miserable pecadora da infinitas gracias a Su Divina Majestad”.
[56r] ''' ===Capítulo XIII. === Cómo el Espíritu Santo habló trece años por la boca de santa Juana, y del don de lenguas que la dio'''
Uno de los mayores trabajos que tuvo santa Juana en esta vida fue que muchas personas, deseando saber las mercedes que Dios le hacía, y secretos que en aquellos éxtasis y raptos la revelaba, se lo preguntaban muchas veces, y como la santa virgen era tan humilde, sentía esto de manera que decía quisiera más decir sus faltas, sus pecados y miserias que las misericordias y mercedes que Dios le hacía. Y si dijo algunas, y muchas de las que en esta historia van escritas, fue por mandárselo Dios, unas veces por sí y otras por el ángel de su guarda ''[303]''. Y como la santa virgen por esta ocasión estuviese muy desconsolada, queriendo el Señor librarla destas fatigas —y consolar también a sus siervos, que deseaban saber estas cosas, para cuyo bien obraba Su Majestad muchas dellas—, tomó por medio enmudecerla y hablar por la boca de su santa Esposa, y así le dijo el Señor: “Hija, callarás tú ahora” ''[304]''. Y desde [56v] este día quedó muda, y lo estuvo algunos meses, hasta que el mismo Señor se le apareció en otro rapto, y tocándola en la boca con su santísima mano, la dejó sana y dijo: “De aquí adelante hablaré yo por tu boca y callarás tú, aunque también quiero que digas algunas cosas de las que te mostrare” ''[305]''. Y dicho esto desapareció el Señor y comenzó a hablar por la boca de santa Juana el Espíritu Santo, visible y públicamente, profetizando muchas cosas. Y decía sentencias de la Sagrada Escritura y cosas de gran dotrina, de que todos se admiraban. Durole esta singularísima gracia trece años, hablando el Espíritu Santo en ella, unas veces de ocho en ocho días, y de quince en quince, otras veces de cuatro en cuatro, otras a tercer día, otras un día tras otro, y algunas temporadas dos veces al día, más o menos, como el Señor era servido ''[306]''. Y divulgándose por el reino esta grande maravilla, la venían a ver muchas gentes, aunque no todos con igual intención, porque algunos la traían muy dañada, y para confusión destos y de otros incrédulos, estando santa Juana arrobada y sin género de sentido, hablando el Espíritu Santo en ella, dijo que los campos y [57r] aires, una legua en contorno del monasterio, estaban llenos de ángeles y de ánimas de Purgatorio que la venían a oír para dar testimonio en el juicio de Dios de su dotrina, y de los que por su malicia oyéndola, no se aprovechasen della ''[307]''. Otras veces, reprehendiendo a estos mesmos, decía: “¿Quién eres tú, que quieres limitar el poder de Dios? ¿No tiene ahora el mesmo que tuvo siempre? ¿No puede poner su gracia en quien quiere, hallando vaso en que quepa?”. Y a este propósito sucedió que un inquisidor muy celoso de las cosas de la fe, no pudiendo sufrir se dijese que el Espíritu Santo hablaba por boca desta santa mujer, vino a oírla, con ánimo de examinar sus palabras. Y fueron tales las que el Espíritu Santo habló en ella aquel día que a la mitad del sermón se hincó de rodillas el inquisidor, y estuvo así derramando lágrimas hasta que la santa acabó su sermón, y vuelta en sus sentidos, rogó al abadesa se la dejase ver a la grada, y dándose recios golpes en los pechos, decía: “Venía yo a examinar las palabras de Dios, pero ya conozco ser suyas todas las que a esta santa mujer he oído” ''[308]''. Y después de haberla hablado a solas, y encomendado en sus oraciones, se volvió, no poco [57v] edificado de la humildad que conoció en la santa, y muy aficionado a su dotrina. Y para mayor testimonio de que este negocio era del Cielo, no pocas veces la oyeron hablar en diversas lenguas, de que la santa nunca tuvo noticia, especialmente en la latina, arábiga y vizcaína ''[309]''.
Las religiosas que escribieron este libro fueron: la madre soror María Evangelista —y esta la que más escribió, y a quien sin saber leer ni escribir dio nuestro Señor esta gracia, según que adelante veremos—; soror Catalina de San Francisco se llamó la segunda, y soror Catalina de los Mártires la tercera, de lo cual hay tradición y es pública voz y fama en el Monasterio de la Cruz ''[329]''. Y monjas ancianas que hoy viven y conocieron a la dicha soror María Evangelista, y se lo oyeron contar muchas veces; y el libro —como preciosa reliquia— se guarda en el mismo convento. Y aunque de ley común y ordinaria —como parece por muchos derechos y concilios de la Iglesia ''[330]''— no pueden las mujeres predicar, y, por consiguiente, ni merecer la aureola de dotores de vida a los que predican o enseñan la virtud, por haberlo hecho santa [62r] Juana con particular asistencia del Espíritu Santo, que la concedió esta singular prerrogativa, gozará en el Cielo las dos aureolas, de virgen y de dotor, merecidas por su predicación y virginidad, y así la suelen pintar con una palma en la mano y dos coronas en ella ''[331]''.
En los trece años que el Espíritu Santo habló por la boca desta su santa virgen, obró en ella cosas misteriosas y divinas. Y, porque a las veces tiene Dios celos de las almas que mucho ama, y se las quiere todas para sí, ensordeció a su querida esposa, porque se divertía en la consideración de las criaturas ''[332]'', y recebía alguna consolación y deleite en oír cantar los pajarillos, no queriendo que emplease su amor en otra ninguna cosa sino en él; y emprendas [62v] del que Su Majestad le tenía, obró en ella una soberana maravilla, vista y tratada de muchos, y en especial de todas las monjas del convento, de fray Alonso de Mena, su confesor, de fray Alonso de Tarracena, su compañero, y de otros religiosos y padres graves de la Orden, que la vieron y experimentaron. Fue el caso que, queriendo el Señor enriquecer y honrar a su querida esposa, la dio por joyas preciosas los dolores y señales de sus sacratísimas llagas, cuya historia y suceso milagroso pasó desta manera ''[333]'':
Aunque el Señor regalaba tanto a su esposa, y la había adornado con las señales de su sagrada Pasión, siempre la tenía sorda, y en tanta sinceridad como si fuera una criatura de un año, y esto era grandísimo desconsuelo, no solo para las religiosas de su casa, sino [66v] también para las personas de fuera, que la venían a comunicar, y consolarse con ella. Y así rogaban al Señor la restituyese el oír por la falta que las hacía. Oyó la Divina Majestad sus oraciones, y apareciéndose a su esposa día de santa Clara ''[347]''—habiendo seis meses que la tenía sorda— inspiró en ella el Espíritu Santo, mediante su celestial soplo, y hizo un maravilloso sermón en presencia de muchas gentes, y declarando grandes misterios dijo que la había ensordecido porque tuviese más recogidos los sentidos y pensamientos en Su Divina Majestad, y no en otra cosa de la Tierra, y que por haber sido importunado de muchos, le aplacía de sanarla. Y acabando el sermón, antes que la santa tornase en sus sentidos, se le apareció el glorioso san Pedro y poniéndola los dedos en los oídos y haciendo sobre ella la señal de la cruz, la restituyó el oír y quedó sana, y ella y las religiosas dando muchas gracias a Dios por la merced recebida y haber oído sus oraciones ''[348]''.
Aunque santa Juana era muy moza [67r] para el oficio de prelada, no reparando tanto las monjas en su poca edad, cuanto en su mucha virtud, la pidieron algunas veces por abadesa de su convento. Mas los prelados, considerando que no tenía sino veinte y cinco años la primera vez que la quisieron hacer abadesa, lo estorbaron. Y viendo las monjas lo poco que con ellos podían sus ruegos, determinaron negociarlo con Dios con lágrimas, oraciones y diciplinas ''[349]''. Y como en otra ocasión vacase el oficio de prelada, rogaron a la Divina Majestad pusiese en él a su sierva, que tenía ya cumplidos veinte y siete o veinte y ocho años de edad. Oyolas Nuestro Señor, y viniendo el provincial a hacer elección al convento, comenzó a hacer escrúpulo de haberlo contradicho otra vez cuando las monjas la quisieron elegir. Pero siempre se le hacía duro poner por abadesa a quien la mayor parte del tiempo se estaba arrobada en oración, pareciéndole que se aventuraba mucho en esto, porque oficios y negocios, por más santos que sean, suelen distraer muchas veces las personas. Estaba dudoso el provincial y combatido destos pensamientos y de la instancia que las monjas le hacían fue hecha la mano del Señor sobre su sierva, [67v] y el Espíritu Santo comenzó a hablar en santa Juana como solía, y convirtiendo al provincial su plática —que era vizcaíno— le habló en vascuence, mandándole la hiciese abadesa, que seguramente podía, por tener marco y valor para ello y para más. Todas las monjas la dieron sus votos, sin faltar uno, y confirmándola el provincial, dijo: “Señoras, yo no os doy esta abadesa, sino el Espíritu Santo, que lo manda”, y contó lo que se ha dicho ''[350]''. Las monjas no cabían de placer, de verse súbditas de tan santa y bendita prelada, y en diez y siete años continuos que lo fue, hizo cosas importantísimas en el servicio de Dios y aumento del monasterio, que estaba tan pobre y necesitado cuando le comenzó a gobernar, que solamente tenía unas tierrecillas, donde sembraban una miseria de trigo, y nueve reales de renta cada un año ''[351]''. Mas luego quiso Dios, por los méritos de la santa abadesa, que creciese y se aumentase el convento, no solo en muy gran perfeción de santidad y virtud, sino también en los edificios y en las demás cosas necesarias a la vida humana. Porque señores y grandes del reino le hicieron algunas limosnas muy gruesas. El cardenal don fray Francisco Jiménez, su gran devoto, [68r] se señaló mucho en esto, y el Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba le dio quinientas mil maravedís de una vez —gran limosna para aquel tiempo—, con que la sierva de Dios hizo un cuarto, el mejor que tiene el convento. Y para el culto divino hizo la santa abadesa muchos ornamentos, vasos de oro y de plata, y aumentó en la casa cincuenta fanegas de pan de renta y otros tantos mil maravedís en cada un año, señalándose sobre todo en la santidad y buen gobierno del convento. Hizo que las monjas guardasen clausura, porque antes, por su mucha pobreza, salían como frailes a demandar limosna por los lugares de la comarca ''[352]''. Y con todo esto era la santa virgen tan querida dellas que se tenían por bienaventuradas en tomar su bendición, besarle la mano o tocarla en la ropa de su hábito. Y, con amarla tiernamente, era tanto el temor y reverencia que le tenían que acaeció hartas veces, enviando a llamar a alguna religiosa, venir temblando, de suerte que era necesario que la bendita prelada le quitase aquel temor, para poderle responder. A todos sus capítulos precedían siempre raptos y muy grandes elevaciones, y allí sabía todas las necesidades [68v] del convento y de las monjas, así públicas como secretas, espirituales o temporales, y todas las remediaba y proveía, y el ángel de su guarda la decía lo que había de hacer y ordenar. Finalmente exhortábales a lo bueno, y reprehendía de lo que no era tal, castigando con mucha caridad y prudencia, sin disimular ninguna culpa por muy pequeña que fuese. Y para animar a las monjas al servicio de Dios y guarda de su perfeción y regla, decía en los capítulos muchas cosas de las que el Señor por su misericordia la mostraba.
A una niña con mal de corazón dio salud, haciendo sobre ella la señal de la cruz. Y al confesor del convento, estando enfermo de rabia, sanó santiguándole la comida ''[362]''. Y semejantes a estos hizo otros milagros en la cura de los enfermos y en aparecer muchas cosas perdidas que se le encomendaban.
Entramos en un piélago tan profundo de cosas que Dios reveló a santa Juana, acerca de las ánimas y penas de Purgatorio, que por hallar particular dificultad en algu- [71v] nas, aunque todas llenas de suavidad y de dotrina muy provechosa para las almas, me hallo obligado en este capítulo y en el que se sigue a hacer no solo el oficio de historiador sino también de parafraste, y particulares escolios en las márgenes, declarando en ellos lo más dificultoso destas revelaciones. Con que se entenderá de camino cuán católicas son y cuán conformes a la dotrina de los santos, que es la condición esencialísima que han de tener las revelaciones, según santo Tomás ''[363]'', para que sean aprobadas de la Iglesia por católicas y verdaderas.
Estando una vez elevada santa Juana, la llevó el ángel de su guarda al Purgatorio, donde conoció ciertas ánimas por quien rogaba, y entre ellas la de un hombre conocido suyo que los demonios la tenían atada pies arriba y cabeza abajo, y dándola cruelísimos tormentos, disparaban en ella muchos arcabuces y tiros de artillería, y con destrales ''[391]'' y hachas de hierro ardiendo despedazaban todos sus miembros, y los hacían tajadas tan menudas como sal, y en cada una dellas esta- [76r] ba el ánima entera, padeciendo grandes tormentos. Y, llegándose a ella un espantoso dragón, que con sus garras y uñas apañó todos aquellos pedazos con mucha rabia y crueldad, estrujándolos entre las manos, los metió en la boca, y mascándolos ''[392]'' ''fuertemente los tornó a juntar y comió. Y luego la vomitó el dragón y el alma volvió en su ser como de antes, pero apenas la hubo lanzado por la boca, cuando llegaron otros tan fieros y espantosos como él, y haciendo cruel presa della, tiraban unos de una parte y otros de otra tan reciamente que la despedazaron por mil partes, y se la comieron a bocados, y luego volvió a parecer entera, como de primero lo estaba. Y llegaban otros demonios, y la azotaban con vergas de hierro, y de que estos estaban cansados, llegaban otros y la atormentaban de nuevo, y desta manera, no tenían fin las penas y dolores de aquella [76v] alma.'' ''(''Algunas veces los demonios atormentan las ánimas en el ''''Purgatorio'''', como consta ''''desta'''' revelación y de otras muchas hechas a particulares santos, y en especial de una hecha a san Bernardo'' ''[393] ''[394]''. Y'''' el venerable Beda'''' ''''[395] ''''y Di''''o''''n''''isio ''''C''''art''''usi''''ano'' ''[396]'' ''refieren algunas revelaciones muy semejantes a esta. Y entre los teólogos, el Maestro de las sentencias expresamente afirma en el libro 4, distinción 44, que los demonios son los que atormentan las ánimas en el ''''Purgatorio'''', aunque yo pienso que el Maestro de las sentencias y todos estos santos en sus revelaciones hablan de casos particulares, como este de santa Juana, porque según santo Tomás'''' [397]'' ''y Escoto'''' [398]'''','''' ni los ángeles, ni demonios atormentan las ánimas en ''''Purgatorio'''', sino solamente la divina ''''justicia, mediante el fuego del ''''Purgatorio'''', que es el mismo del ''''Infierno'') ''[399]''. Volvió santa Juana deste rapto muy triste, y derramando tantas lágrimas que las monjas, compadeciéndose della, le rogaron les contase la causa de su tristeza, y la santa virgen, porque encomendasen a Dios a aquella alma, dijo: “¡Ay, ay!” —dando un grito muy lastimoso—. “Si supiesen las gentes lo que padecen las almas en la otra vida, no ofenderían a Dios, ni harían tantos pecados como hacen, porque son aquellas penas mayores que cuantas en este mundo se pueden padecer”. Y entonces contó lo que había visto, y nunca desamparó aquella alma, ni dejó de rogar a Dios por ella hasta que la sacó de penas de Purgatorio. (''Son tan grandes y crueles las penas de ''''Purgatorio'''' que sobrepujan y exceden a todos los tormentos que se pueden padecer en esta vida'''' [400]'''', por lo cual se deben'''' temer mucho y considerar que se padecen por pecados veniales, y que dice san Vicente Ferrer que ''''una alma'''' estuvo un año entero en ''''Purgatorio'''' padeciendo estas rigurosísimas penas, solo por un pecado venial'''' [401]'') ''[402]''. Un día de cuaresma, estando muy enferma esta santa virgen, se fueron a consolar con ella otras religiosas enfermas que andaban convalecientes, y estando hablando con ellas se arrobó, y tornó deste rapto tan alegre que las monjas que lo vieron le preguntaron la causa de su extraordinaria alegría, y ella, por el gusto de las enfermas, dijo: “Vi a la Reina del Cielo, que con [77r] grande gloria y majestad, acompañada de muchos ángeles y del glorioso san Juan Evangelista, y san Lázaro y sus santas hermanas Marta y María, bajaba al Purgatorio, y pasando por donde yo estaba, mirándome la clementísima Señora, dijo: ‘Amiga, vente con nosotros’. Y fue el Señor servido, por su gran misericordia, que desta vez sacase Nuestra Señora trecientas mil almas de Purgatorio, con las cuales se volvió al cielo, y a mí, como pecadora, me tornó mi santo ángel a este miserable cuerpo, a padecer en él tantos dolores como por mis pecados padezco, mas todos se me convierten en particular gozo y descanso cuando veo salir alguna ánima de Purgatorio. Y desto es tan grande mi alegría que ni lo sé decir, ni es en mi mano poderlo disimular” ''[403]''.
Aunque la verdad católica constituye y pone un lugar que del efecto se llama Purgatorio, donde penan las [77v] almas, y lo hemos visto en las revelaciones del capítulo pasado, no por eso hemos de atar las manos a Dios, para que no se le pueda dar en otras partes del mundo, donde quisiere, como lo dicen los santos, y lo hace su Majestad muchas veces ''[404]''; o por el provecho de los vivos, que viendo aquellas penas se enmienden de sus culpas, o por el que consiguen las almas, que por este camino han sido socorridas muchas veces con la piedad de los vivos, como lo muestran las revelaciones de santa Juana, cuya caridad para con las ánimas de Purgatorio fue tan compasiva y piadosa que cuantas veces le mostraba Nuestro Señor sus penas, las quisiera ella padecer por librarlas. Y esto pedía a la Divina Majestad con tantas lágrimas y perseverancia que lo alcanzó de Dios, y fue público y notorio, visto infinitas veces, en catorce años continuos que el Señor le hizo esta gran misericordia, lo cual sucedió en la manera siguiente: (''Algunas almas tienen el ''''Purgatorio'''' en particulares lugares del mundo'''' [405]''''. Y san Gregorio'''' [406]'' ''cuenta de dos ánimas que tuvieron su ''''Purgatorio'''' en uno''''s baños; y Pedro Dami''''án, en la ''Epístola de los milagros de su tiempo'', dice ''''que el ánima de san Severino tuvo su ''''Purgatorio'''' en un río, y Beda, que la de san ''''Furseo'''' la tuvo en este aire ''''caliginoso''''[''''407][408]'') ''[409]''.
Eran tantas las maravillas que obraba Nuestro Señor acerca de las almas de Purgatorio, que no se pudieron encubrir sin que las monjas viesen muchas. Particularmente un día de verano que estando rodeada la santa virgen de sus jarras llenas de albahacas, y cantando el cántico de ''Magnificat'', sintiéndolo las monjas, entraron en su celda, por oírla cantar de más cerca. Y reparando en el contento que la santa prelada tenía de verse rodeada de aquellas flores y jarras, vieron que diciendo la santa el verso del ''Gloria Patri'', las albahacas inclinaban sus ramas y las jarras hacían lo mismo, y se estuvieron inclinadas hasta que se acabó todo el verso, y después se levantaron poco a poco muy despacio ''[443]''. Las monjas dieron gracias a Dios por tan grande maravilla como vían con sus ojos. Mas la santa abadesa, cuando las vio, y que habían visto lo que pasaba, dijo: “¿Quién os trujo acá, hermanas? Que estábamos cantando mis compañeras y yo”. Rogáronle las religiosas tornase a cantar el ''Gloria Patri'' con las ánimas. “Podrá ser [83r] que no quieran —dijo la santa— delante de vosotras”. Mas, al fin, importunada de las monjas, volvió a cantar el ''Gloria Patri'', y las albahacas y jarras se inclinaron como de primero, y esto hicieron cuantas veces la santa repetía el verso del ''Gloria Patri''. Y maravillándose de que hubiese Dios querido hacer aquella maravilla, en presencia de las religiosas, dijo la santa virgen con grandísimo regocijo: “Harto me he consolado, hermanas mías, de que el Señor haya querido hayáis visto esta maravilla, porque entendáis y veais por experiencia que lo que está en estas jarras y flores son almas cristianas que tienen fe y obediencia a su Dios, pues se humillan y hacen reverencia a la Santisima Trinidad. Y no ha sido esta la primera vez que estas almas católicas y santas en estas yerbas han reverenciado a Dios, que otras muchas veces lo han hecho”. Y de allí adelante, ordinariamente vían las monjas que rezando santa Juana los psalmos, cuando decía el ''Gloria Patri'', se inclinaban aquellas ramas con las jarras en que estaban, cuando ella se inclinaba. Duró esto de las ánimas de Purgatorio catorce años, hasta que se acabó con su muerte: dos años en los guijarros y doce en las flores y ramilletes.
[83v] ''' ===Capítulo XVIII. === De los trabajos y enfermedades con que probó Dios a santa Juana, y de su grande paciencia'''
Todas las veces que santa Juana recebía el Espíritu Santo suplicaba a Nuestro Señor le diese penas, trabajos y dolores que padecer por su amor. Y como Dios conociese el que su esposa le tenía, concedió su petición a medida de su deseo. Y a los diez años de su prelacía, habiendo trece que el Espíritu Santo hablaba en ella, quiso Su Divina Majestad cerrar aquel órgano bendito por donde tanto tiempo había hablado y darle lo que pedía, comunicándoselo primero en una visión maravillosa —según que la misma Santa lo contó a sus monjas—, diciendo: “Vi al santo ángel de mi guarda en hábito de romero, pobre, mendigo y muy triste. Y preguntándole yo la causa de aquella tristeza, dijo que por haberme Dios sentenciado a grandes trabajos, enfermedades, persecuciones y penas andaba en aquel traje, pidiendo en limosna a Nuestra Señora, a los ángeles y a los santos que rogasen a Dios por mí ''[444]'', que lo [84r] había mucho menester. Mandome también que os preguntase si entendistes lo que Nuesto Señor dijo la última vez que habló en esta su indigna sierva, y así os ruego me lo digáis todo sin encubrir ninguna cosa”. A esto respondieron con mucha humildad: “Lo que el divino Espíritu dijo —a nuestro parecer— fue profecía”. Y aunque con palabras de amor, amenazaba triste suceso, porque dijo quería hacer una prueba en su querida esposa, aunque no por pecados suyos, ni por estar enojado con ella, sino solamente por su divina voluntad, que quería cerrar aquel órgano y mudarle en otro de menos precio, muy enfermo, doloroso y vil. Y dijo tras esto: “Tú eres, Juana, este órgano, que quiero seas despreciada, abatida y gravemente atormentada. Y para probar tu paciencia, quiero apartarme de ti por algún tiempo y cesar a mi habla, y convertiré tus gozos en dolores, y tu alegría en lágrimas y gemidos”'' [445]''. Esto dijo el Espíritu Santo estando las monjas presentes, y otras muchas personas que lo oyeron, y desde este día no habló más por la boca de su sierva, ni dio los oráculos que solía. Y porque siempre ha sido estilo de Dios y costumbre inviolable de su casa poner en cruz a los que moran en ella, porque no faltase a [84v] santa Juana lo que tanto agrada a Dios, quiso Su Divina Majestad que en cesando la habla del Espíritu Santo en su esposa, viniese sobre ella tan gran tropel de trabajos, dolores y enfermedades que declaraban bien la poderosa mano del que los enviaba. Porque no dejó cosa en su cuerpo que no atormentase y afligiese con muy desmedidos dolores. En la cabeza los tuvo muy grandes, cual nunca se vieron jamás, no hubo médico que los entendiese ''[446]'', y los días que le daban eran con tanto rigor que no comía, ni dormía, ni podía pasar un trago de agua, y lo que más es, ni despegar la boca para quejarse. Duráronle catorce años, no continuamente, sino a temporadas, unas veces de quince en quince días, otras de veinte en veinte, más o menos, como el Señor era servido, y veníale este mal de repente, y de repente se le quitaba.
Pasados nueve meses que estuvo santa Juana y todo el convento sufriendo malos tratamientos de su vicaria —que había quedado por presidenta del convento—, volvió el prelado a él y eligió por abadesa a la misma que había sido la causa de todas estas discordias, tan obstinada contra la santa que nunca se quiso aplacar por ningún servicio de los muchos que le hacía: Siempre estaba con aquella mala voluntad, y la santa virgen, que la amaba más que a sí, tomó tan a pechos la salvación de su alma, y con tantas lágrimas rogaba a Dios se compadeciese della, que fue oída y ablandó Nuestro Señor su duro y obstinado corazón ''[467]'', aunque por sus justos juicios murió de un dolor de costado sin haber gozado del oficio de abadesa [90v] más que solos diez meses. Y reconociendo su culpa en esta última enfermedad, la lloró y públicamente pidió perdón a santa Juana y a las demás religiosas de los agravios que les había hecho y malos ejemplos que había dado. Y renunciando el oficio de abadesa, murió recebidos todos los sacramentos con mucha contrición y arrepentimiento.
Es tanta la caridad de Dios, y su misericordia tan grande, que las menos veces hace mercedes tan especiales —como las que se han visto en esta historia— a uno para sí solo, sino para aprovechar por medio de él a otros muchos. Y de aquí es haber mandado el ángel de su guarda tantas veces a la bienaventurada santa Juana que escribiese las misericordias y mercedes que Dios le ha- [91r] cía. Pero la santa virgen, con encogimiento de mujer y por su grande humildad, tenía vergüenza de escribirlas. Y para no hacerlo ni proseguir en lo comenzado, ponía mil achaques cada día, alegando los de su poca salud y el estar tan gafa de las manos que apenas podía echar una firma, como parece por algunas que se hallan en escrituras que otorgó siendo abadesa. Y así la mandó el ángel que lo hiciese escribir por mano de otra religiosa, que fue para ella otro trabajo mayor ''[468]'', y rehusándolo cuanto pudo dijo: “Señor, las mercedes que Dios me ha hecho —y cosas que su hermosura me ha dicho— han sido todas en secreto, escribiéndolas por mano ajena no podrán dejar de publicarse”. Y temiéndolo la santa y los juicios de los hombres, como estaba tan perseguida y por su causa lo estaban otras religiosas del convento, dijo al ángel: “Señor, si por esto nos viniese algún gran mal a mis hermanas y a mí, ¿qué sería de nosotras?”. “Dios cuida dellas y de ti —respondió el ángel—. No temas, sino haz lo que te mando, que el Señor que obra estas maravillas en ti las hace para bien de otros muchos, y quiere se escriban porque haya memoria dellas; donde no, cesarán las mer- [91v] cedes que te hace, y tus dolores y presecuciones se aumentarán más de lo que puedes pensar”. La Santa, oyendo esto con humildad y temor, hizo lo que el ángel la mandaba, y comenzó a escribir por mano de otra religiosa llamada soror María Evangelista, que —según es tradición del convento y consta de una información hecha con testigos jurados que la conocieron, y se lo oyeron decir muchas veces— no supo leer, ni escribir hasta que para este efecto milagrosamente se lo concedió Nuestro Señor, y así escribió con mucho acierto la vida y milagros desta gloriosa santa. Este libro se ha tenido siempre como reliquia preciosa, valiéndose de él contra tempestades y truenos, y hoy en día está guardado en el archivo del convento de la Cruz, con grande veneración. Es muy antiguo escrito de mano en veintiocho capítulos y en ciento y setenta hojas de cuartilla, encuadernado en tablas muy viejas, con dos manecillas remendadas y cosidas con hilo blanco. Y viven hoy tres religiosas que conocieron a la misma que le escribió, y se lo oyeron decir muchas veces, y afirman que fue monja de buena vida, muy penitente y de mucha oración y contemplación, y que después de muerta apare- [92r] ció a otra religiosa en la iglesia, con mucho resplandor y con un libro de oro abierto en las manos, que fue el que escribió de las cosas de la gloriosa santa Juana.
Sábado de mañana llegó el médico, y dijo a la santa enferma: “Paréceme, madre, que se nos va al Cielo. Díganos: ¿quién le acompaña en ese camino?”. “Mi Señor, la Virgen María, y mi ángel, y mis ángeles y mis santos”, respondió la santa virgen. Y púsosele luego el rostro tan resplandeciente y hermoso como cuando solía estar en los raptos ''[480]''. Y habiendo tenido hasta aquel punto muy mal olor de boca, causado de su enfermedad, desde entonces salía della tal suavidad y fragrancia que parecía cosa del Cielo. Y de allí a un rato con nuevo fervor y espíritu, como si hablara con otras personas, dijo: “¡Albricias, dadme albricias hasta los zapatos!”. Y esto decía con tanta alegría que juzgaron los que allí estaban que su celestial Esposo adornaba ya aquella santa [96r] alma con las joyas de su desposorio. Quedó la santa virgen llena de aquel suave olor, y su rostro muy resplandeciente, y los labios encarnados como coral, y así estuvo en este ser, sin hablar palabra desde el sábado en la tarde hasta el domingo después de Vísperas, día de la Invención de la Cruz ''[481]''. Y este dichoso día a las seis de la tarde, leyéndole la Pasión, dio a su celestial Esposo el alma año de 1534, a los 53 de su edad y a los 38 de su conversión a la Orden.
Tratose luego de dar tierra al santo cuerpo, y por ser notable el concurso y devoción de la gente y mucha la instancia que hacían por verle, ordenaron los religiosos de la Orden que con buena guarda y seguro se sacase en procesión fuera del monasterio, para que todos le viesen. Y llegando un tullido a tocar el cuerpo de la santa, besando el hábito, quedó sano y dejó allí dos muletas con que andaba ''[482]''.