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→Vida manuscrita (1)
El mesmo día de los apóstoles, antes de vísperas, estando en sus sentidos, vido algunas revelaçiones, las quales ella no dixo claramente, aunque mucho la ymportunaron y rogaron este mismo día. Ya que quería anocheçer, le dieron la sancta unçión, la qual resçivió con muy gran devoçión. Y dende a un rato, dixo con gran gemido y contriçción: “Ay, ay de mí, cómo me he descuydado”. Pasada una ora de yntervalo después de haver resçivido la sancta unçión, le subçedió una yndispusiçión, que pensaron hera desmayo. Y viéndola el médico, dixo que no tenía pulsos, que verdaderamente se muría. Y estuvo ansí un rato. Y tornando sobre sí, empeçó de hablar con buen semblante, en lo qual conoçieron havía sido arrobamiento, y de estos tuvo muchos aquella noche.
Y empeçó a hablar, diziendo lo que havía visto, como quien responde a lo que le deçían. Y pareçía a todos los que la veýan lo que hablava eran respuestas que dava a quien la hablava, y dixo como persona muy admirada: “O, qué cruel espada. Ténemele, ténemele, no me mate con ella”. Y assí estuvo sosegada un rato en silençio, como persona que veýa grandes cosas. Y después dixo, con gran sosiego y manera paçífica: “Tené ese cuchillo, tenedle”. Y alçando un poquito la voz, deçía: “Llámenmela, llámenmela, que se va”. Y preguntándole a quién le havían de llamar, respondió: “A la sancta Magdalena” −dixo−, “la que estuvo al pie de la cruz, que viene del sepulcro”. Y deçía: “Ay, ay, amiga mía de mi alma”. Preguntándole si estava allí la Magdalena, respondió: “Sí”. Y de rato en rato deçía, a manera de mucho deseo: “Pues vamos, Madre de Dios, vamos”. Y esto deçía [fol. 132r] muchas vezes, y algunas añadía: “Vamos a casa, Madre de Dios, que es tarde”, y con manera de afinco y esfuerço fervoroso, dezía: “Hechalde de aý, hechalde de aý. Ay, por qué me dexáys, por qué me dexáys, por qué me dexáys”. Y pareçía que estava angustiada, y que peleava con el Demonio. Y para esta pelea la dexaron sola, la qual vençió valerosamente, según pareçió en la plática que ella tenía con el Demonio. Que ansí como el poderoso Dios le dio graçia y fortaleza que en su vida la vençiese, por semejante en la hora de la muerte, que es en la mayor neçessidad, no la desamparó, que maravillosamente salió vençedora, lo qual muy claramente se conoçió, porque estando en la pelea se deçía entre sí misma: “O, a qué mal tiempo me havéys dexado”. Y esto dixo algunas vezes, y callando un rato, tornó a hablar con el que la havía dexado, diziendo assí: “Señor, me dexastes sola, hechad de aý ese demonio que no tiene parte aquí, mal año para él”. Y volviendo la plática a las religiosas, les dixo con admirable fervor: “Señoras y hermanas mías, levantadme de aquí, daré mi alma a Dios en sacrifiçio”. Y dende a un poco, empeçó a deçir apriesa, como quien hablava con otras personas: “Búscamele, búscamele a mi Señor. Buscarele, buscarele, y yo… yo, hálleme Él a mí, y hallarlo he yo a Él. ¿Por qué me le llevastis? Déxame, yrle he yo a buscar, aunque estoy descoyuntada”. Y preguntándole las religiosas a quién le havían de buscar, dixo: “A mi Señor”. Y tornándole a deçir dónde le hallarían, respondió: “En el huerto le hallaréys”. Y deçía: “Ay, Madre de Dios, Jesuchristo, qué crueldad”. Y con gran fervor otra vez deçía: “Mi Señor, sobre la misericordia a la justiçia, Jesuchristo, y qué angustia”. Y muy fatigada, volvió el rostro a las [fol. 132v] religiosas, y díxoles: “Amigas, ayudadme a rogar”. Dixéronle: “¿Qué quieres, señora, que roguemos y pidamos?”. Respondió: “Misericordia y piedad, y que sobre la misericordia a la justiçia”. Y deçía muchas vezes: “Vamos, vamos; o, qué punto; o, qué punto”.
Estando una religiosa lavándole la boca, díxole: “Sancta Virgen, quitá de aý, que mi Señor me la labará y besará”. Y desde aý a un poquito, con mucha graçiosidad y mesura, sacó la lengua a manera de persona que comulga. Y preguntándole las religiosas si havía comulgado, respondió con hermoso semblante: “Sí”. Dixéronla si havía comulgado por todos los que allí havían, estaban: dixo que sí. El médico, que la curava, viendo todas estas cosas, dixo con gran devoçión y lágrimas: “Bienabenturado [¿colesio?], que tal ánima como esta embía al Çielo. Por çierto, señoras, que creo yo serán mayores los favores que de esta señora resçivirán desde el Çielo que los que an resçivido en la Tierra, aunque an sido muchos”. Respondió la bienabenturada: “Podrá ser”. Que todo esto pasaba quando estava sin pulsos en ninguna parte de su cuerpo. Estando todos mirándola, empeçó a mazcar, como persona que comía con mucho savor, y durole porquito espaçio. Y de que huvo çesado, preguntole un médico, diziendo: “Señora, pareze que come, ¿es verdad?”. Respondió la sancta virgen: “Sí”. Tornándola a ymporturar que dixese quién le havía dado, y qué hera: “El ángel me dió el fruto de la sancta vera cruz”. Dixéronle: “Con tal manjar, muy esforçada estará”. Respondió: “Sí, estoy”.