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Juana de la Cruz

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Vida impresa (4)
'''De algunas persecuciones que sufrió con mucha ejemplaridad y paciencia la sierva del Señor Sor Juana de la Cruz y cómo fue favorecida por Nuestro Señor Jesucristo con las señales de sus santísimas llagas'''
'''Capítulo XXIIIIXXXIIII'''
Y porque la fama de estas obras y de su santa vida, que se extendió por todas partes del mundo, fue causa de que muchos la consideraran y veneraran como santa, para que esto no fuese ocasión de enaltecerla y para su mayor mérito, permitió Dios que fuese gravemente afligida ''[27]'' a causa de una persecución que se levantó contra ella. Y era costumbre que la abadesa y las monjas pusiesen un sacerdote en el lugar de Cubas para administrar los sacramentos, porque ese era el beneficio del convento. Algunas personas eclesiásticas trataron de imponerlo a través de Roma diciendo que las mujeres, aunque religiosas, eran incapaces de encargarse de las almas. A la bendita madre se le aconsejó lo que debía hacer en tal caso y se le dijo que, para beneficio del convento, debía enviar al papa una bula para que, anticipándose a ella, ganara esa gracia y asegurara su daño, lo cual hizo, aunque sin dar cuenta de ello a su prelado por el peligro que había en la demora. Y así sucedió que una monja del mismo convento, que no era muy amiga suya, puso este caso en conocimiento de los prelados diciendo que se había hecho sin su permiso y gastando lo que es propio del convento para dar aquel beneficio a uno de sus hermanos, que por ellos había sido designado. Y la verdad era que en conseguir la bula se habían gastado siete ducados, que pagó uno de sus devotos sin perjuicio del convento y su hermano, pues, siendo hombre de letras y de buena vida, había sido solicitado por el pueblo para esa tarea. Con todo [167] esto, uno de los prelados, y el principal, muy indignado, fue al Monasterio de la Cruz y, reduciendo el capítulo, reprehendió duramente a la madre Juana y le quitó el cargo de abadesa imponiéndole públicamente una disciplina, que ella soportó con gran paciencia, diciendo que sus pecados merecían mucho más y que había recibido el oficio de abadesa sin mérito alguno, sino solo por obediencia. Oyeron las monjas esta grave molestia y, aunque el prelado les mandó elegir abadesa, no se pudo llegar a un acuerdo con ellas, diciendo que ya la tenían y así les dio por presidenta a la misma monja que les había dado esta información. Sucedió que tanto el prelado como la monja murieron en poco tiempo a causa de la gran pena que sintieron por este suceso y, por ello, pidieron perdón a la misma madre Juana de la Cruz, la cual no poco importunó a Nuestro Señor mientras vivían para la salvación de los cuerpos, así como después de muertos para la salvación de sus almas.

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