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Juana de la Cruz

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Vida de Juana de la Cruz
[644] Sobre el monasterio de Terciarias de Santa María de la Cruz. Monasterio 11.
Hasta aquí hemos hablado de los monasterios de las Clarisasclarisas, es decir, de la Segunda Orden del Seráfico Padre San Francisco en esta Provincia. Son diez en número y albergan a más de quinientas hermanas profesas. No nos corresponde hablar sobre las novicias, puesto que tienen libertad para regresar a la casa materna durante el año de prueba o para permanecer, según deseen, sino que nos corresponde tratar los conventos de hermanas terciarias, es decir, de la Tercera Orden del mismo beato Padre San Francisco, que suman trece. Me he preguntado por qué esta tercera y última de las tres Órdenes fundadas por el Seráfico Padre Francisco floreció en otros tiempos con tanto vigor, al menos en número de hermanas, tanto en Alemania septentrional y meridional, como en Italia, Cantabria y, sobre todo, en esta Provincia, y por qué hoy no goza de tanta extensión. Lo que he llegado a entender es lo siguiente: como esta institución comenzó con un espíritu elevado y con desprecio del mundo, sin clausura y sin obligación de vida comunitaria, y como para acceder a ella no se requerían las condiciones necesarias para llevar adecuadamente la vida de otras monjas —a saber: [645] edificios amplios, talleres bien provistos, ingresos anuales fijos, iglesias para escuchar el Oficio Divino y la celebración de las horas canónicas con la dignidad debida, y otros elementos semejantes que por brevedad no se mencionan—, las hermanas de esta clase, vestidas con humilde hábito y participando en los oficios sagrados en iglesias de frailes, podían obtener su sustento y vestido mediante el trabajo, la portería o la limosna, y podían, en una casa modesta y común, cumplir su profesión. Todas las vírgenes, e incluso viudas pobres, que desearan consagrar su castidad al Dios todo poderoso ''[1]'' bajo un hábito honesto y con cierta libertad, se incorporaban a esta Orden. Sin embargo, cuando a causa de esta misma libertad comenzaron a correr peligro su castidad y su fama, y el nombre de las monjas recluidas —colocadas diametralmente en otra condición— comenzó a ser escuchado cada vez más, la mayor parte de aquellas trató de darle a sus casas forma de monasterio bajo voto solemne de clausura. Con el tiempo, tomando el velo de las clarisas, pasaron a su regla o ingresaron directamente en sus comunidades.
En España, tras aquella reforma general de todas las órdenes eclesiásticas llevada a cabo con gran piedad por los Reyes Católicos Fernando e Isabel —reforma que ejecutó con diligencia el reverendísimo padre fray Francisco Jiménez, arzobispo de Toledo, cardenal de la Santa Iglesia Romana ''[2]'' y también inquisidor general— muchas de estas religiosas se unieron a las clarisas o a las hermanas concepcionistas, cuya orden comenzaba entonces a crecer. No obstante, este convento dedicado a la santísima María de la Cruz permaneció fiel a su antigua vocación, situado a quinientos pasos ''[3]'' del pueblo de Cubas, en la diócesis de Toledo, y habitado por 38 religiosas de la mencionada Tercera Orden del beato Padre San Francisco.
[646] Cuando llegaron al lugar, apareció la cruz clavada en el suelo y las huellas de los dos pies de la bienaventurada Virgen impresas en la arena. Al venerarlas con gran humildad, muchos enfermos de distintas dolencias fueron curados milagrosamente al contacto con la arena recogida de allí, y se prepararon para edificar la iglesia. En aquel tiempo era arzobispo de Toledo el reverendísimo Alfonso Carrillo, a quien, por oficio, correspondía otorgar la autoridad para fundar dicha iglesia. Cuando los de Cubas fueron a suplicárselo, envió al arcipreste de Illescas y al vicario de Madrid para que se desplazaran al lugar e investigaran con todo rigor si lo que aquellas personas afirmaban era cierto. Obedeciendo al mandato, y examinando con la máxima diligencia todas las cosas conforme a lo exigido por el derecho y el voto, descubrieron que no se había apartado en lo más mínimo de la purísima verdad. Por eso, el piadoso sacerdote concedió el permiso para construir la iglesia. Con fondos propios y con las numerosas limosnas que empezaron a llegar —tal era la devoción del pueblo, su generosidad y la afluencia de personas, además de la frecuencia de los milagros, que no hubo dificultad alguna ni para conseguir dinero ni para lo necesario en la construcción—, en menos de un año edificaron con éxito aquel templo sagrado.
Construida entonces la iglesia, aquellas mujeres —mencionadas antes— hicieron levantar un pequeño convento contiguo. Después de vivir allí durante treinta años consecutivos, llegó inesperadamente una joven honesta llamada Juana [''sc. ''Juana de la Cruz], a quien la bienaventurada Virgen había sugerido que sirviera a Dios en este monasterio. Con lágrimas, rogó a las hermanas que la admitieran en su comunidad. Una vez aceptada, se convirtió en ejemplo de completa santidad para todas y progresó tanto en todas las virtudes que fácilmente demostró ser poseedora de su propia vocación , y fue elegida para gobernar la casa. En cuanto recibió el cargo, aconsejó inmediatamente a las hermanas que pusieran toda la gestión doméstica en manos del Señor y confiaran en Él del todo, que renunciaran con voto solemne a la libertad de salir que hasta entonces habían tenido para poder dedicarse plenamente a la contemplación de los misterios divinos. Gracias a su intervención, desde entonces las religiosas de este lugar comenzaron a emitir también un cuarto voto. Dios todopoderoso ''[5]'' no decepcionó a sus siervas: de hecho, enseguida inspiró al reverendo padre fray ''[6]'' Francisco Jiménez, arzobispo de Toledo, quien, al conocer la virtud de aquellas mujeres, anexionó el beneficio parroquial del pueblo de Cubas a su monasterio por autoridad apostólica, y les concedió abundantes limosnas.
En ese tiempo, el nombre de esta santísima hermana Juana era celebérrimo en toda España. Desde distintas regiones, incluso nobles caballeros acudían a verla y le confiaban a Dios, por su mediación, sus asuntos más importantes. Entre ellos, el invicto emperador Carlos V de Alemania y el gran capitán Gonzalo Fernández de Córdoba, que por sus medios enriquecieron el convento con preciosísimos regalos y rentas. Pero entre todos brilló especialmente la piedad de los ilustres señores Pedro Zapata Osorio y su esposa Teresa de Cárdenas, que en vida fueron grandes benefactores de toda la comunidad. Además, la misma Teresa, viuda tras la muerte de su esposo, quiso unirse [a las hermanas]. Pidió que, al morir, fuera enterrada en el lado izquierdo del altar mayor. Construyó una capilla con sillar, y fue tal la perfección con la que ejecutó su legado que dejó un fondo suficiente de sus bienes para que esta santa casa recibiera cada año fácilmente 300 escudos de oro. También el poderosísimo y católico rey Felipe II de España quiso participar de las oraciones de sus habitantes y envió una generosa limosna para mejorar el convento. Como existe un libro en el que todos los milagros de este lugar —obrados tanto por la gloriosísima Virgen María como por la beata Juana— están recogidos con veracidad, he optado por omitirlos aquí.

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