Catalina de la Ascensión

De Catálogo de Santas Vivas
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Catalina de la Ascensión
Nombre Catalina de la Ascensión
Orden Jerónimas
Títulos Monja del Monasterio de Jerónimas de San Pablo de Toledo
Fecha de nacimiento 1495
Fecha de fallecimiento 1583
Lugar de nacimiento Toledo
Lugar de fallecimiento Toledo

Vida manuscrita

Ed. de Mar Cortés Timoner; fecha de edición: septiembre de 2025; fecha de modificación: noviembre de 2025.

Fuente

Contexto material de la Biografía conservada en el anónimo libro custodiado en el Monasterio de Jerónimas de San Pablo con la signatura A.J.Tº. San Pablo, I libro 33.

Criterios de edición

Biografía conservada en el libro custodiado en el Monasterio de Jerónimas de San Pablo con la signatura A.J.Tº. San Pablo, I libro 33. La composición de la biografía se atribuye a la monja jerónima Ana de Zúñiga (Toledo c.1540-1594) y fue copiada, en 1881, en el citado libro manuscrito. El texto aparece, según la paginación de la fuente (que contiene varios errores) en las páginas 341-347, que hacemos corresponder (para evitar confusiones en la repetición de cifras) con los números 351-357.

Dada la fecha de la copia manuscrita (que contiene varios errores derivados de la influencia de la fonética oral), la transcripción actualiza el empleo de las letras mayúsculas, la separación o unión de palabras, pero conserva “a el” y “de el” (que alterna con “del”). Asimismo, siguiendo las normas de la RAE, se moderniza la puntuación y la acentuación. Por último, se han subsanado las diversas erratas, se ha regularizado el empleo de “h” y, además, la oscilación vocálica o/u y el uso de las siguientes grafías: b/v, c/z, c/d, g/j, n/m, r/d, r/rr, r/l, s/x, y/ll.

Vida de Catalina de la Ascensión

[351] [1] Parece que la muerte corta y ata la [¿vida?] con su agudo cuchillo, que a ninguno perdona las ramas secas y viejas y que, al parecer, no llévanla frutos en el árbol precioso de la congregación santa de este monasterio, mas no es ello así, antes las muda y traspone donde reverdezcan y vu[e]lvan más en sí, para mayo[r] hermosura y suavidad en el acatamiento del Señor, el cual tenga por bien que nos queden aquí renuevos y plantas que las sucedan y corran a el olor de sus ungüentos suavísimos que estas benditas religiosas nos dejaron. Entre las cuales fue una la madre Catalina de la Ascensión, la cual fue natural de la ciudad de Toledo, y de gente noble y bien nacida. Fueron sus padres ricos, y entre otros apellidos que tenían era uno el de los Albornoces, deudos descendientes de aquel notable arzobispo don Gil de Albornoz [2], de quien hace gran mención la historia de España y de la santa Iglesia de Toledo. Vino esta [352] sierva de Dios muy pequeña a el monasterio, que aún era de beatas, siendo hermana mayor la muy sierva de Dios Catalina de Ocaña, en cuyo tiempo se hizo la reduc[c]ión a nuestra orden e hicieron profesión, que fue el año de mil quinientos y seis [3]. La niña Catalina de la Ascensión no tenía entonces nada más que nueve a diez años, y así no profesó hasta que tuvo edad. Su madre era viuda y no tenía más hijos que esta y otra menor en su casa. Procuró la madre, por cuantas vías pudo, sacarla del monasterio. Unos dicen que por su soledad y para su compañía, otros que por la hacienda que tenía de su patrimonio. Finalmente, no pudiendo sacarla como quería, vino con mano armada, como se dice, trayendo a el vicario del arzobispo y a la justicia seglar, y, cerrando y guardando las puertas, entraron a sacarla. Y la niña acogiose a las beatas y, pareciéndola que no la valían, escapábase de allí y escondíase en los rincones y debajo de las camas, de tal manera que no la podían descubrir; y esto con lágrimas diciendo que, de ninguna mane- [353] ra, había de irse con su madre ni salir del monasterio. Y fue tan grande la admiración que esta niña puso a todos que determinaron dejarla, porque les parecía que era resistir a la voluntad de Dios, que entendían quererse servir de ella en aquel estado, y que no dependía de la voluntad de una niña de tan poca edad producir tan fuerte resistencia y negar el regalo de la madre que tanto la amaba. Y así, la dejaron en paz en el monasterio.

Y cuando llegó a la edad cumplida hizo profesión en este nuestro Monasterio de San Pablo. Y después de la profesión heredó el monasterio: dineros, heredades y posesiones de su patrimonio que aumentaron mucho la casa. Y gozó mucho tiempo de un devotísimo colegio y congregación santa de religiosas de quien aprendió, para su edificación, buenas do[c]trinas con las cuales siempre quedó, porque poco aprovecha gloria[r]nos de buenos maestros si no ponemos por obra lo que de ellos aprendemos.

Entre las muchas virtudes que tuvo fue una, y se esmeró mucho en ella: la humildad. Y se puso por ejemplo a Nuestro Redentor, que dijo: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” [4]. Abrazada con esta virtud vivió y murió [354] teniéndola siempre consigo como familiar y amiga, porque cuanto uno más se humilla, tanto más aprovecha en el espíritu. Con esta virtud decía que procuraba aplacar a Dios de todas las ofensa[s] que en contra de su Divina Majestad había cometido. Ninguna obra es agradable a Dios por muy buena que sea si no va fundada en la humildad. Y así, es echar paja a el viento el querer juntar virtudes sin humildad, porque el Cielo está muy alto y la escala para subir a él es la humildad. Y así se tuvo esta santa madre toda su vida en este cimiento, sacándolo de la miseria humana porque, viéndose tan apocada, entendiese que no era para nada y, así, en solo Dios confiase y, poniendo en Él sus virtudes, quedase firme y segura. Con esta virtud abrazó mucho la soledad. No se la hacía de mal carecer de algunas consolaciones temporales por no ser presa de ocasiones que estas se ofrecen. No hay enfermedad corporal por contagiosa que sea que se pegue tanto como las malas costumbres y pláticas dañosas que, muchas veces, se ofrecen cuando se trata con gentes de fuera del monasterio, porque, aunque de el todo no se pierda la virtud, a el fin se disminuye la devoción. Siguió el coro muchos años, y para él tuvo habilidad. Los oficios que la obediencia la encomendó los hizo con muy buen ejemplo; y era en ellos muy curiosa, limpia y diligente, y de extremado cuidado, tanto que, a veces, daba pena con su mucho ahínco en ellos.

Fue siempre muy celosa de la observancia y re[li]gión, poniendo en esto grande fuerza, no perdonando a nadie de cualquiera suerte y edad que fuese. Algunos disgustos y pesadumbres pasó por esto, mas todo lo llevaba por amor de Dios, prefiriendo el celo de la casa del Señor a las contradic[c]ciones que se le oponían.

Con las personas a quien tenía voluntad usaba de un modo y término de a<c>mistad muy loable y co[n]stante, y aun con los confesores tenía de costumbre que, con el que confesaba, nunca le dejaba ni mudaba, teniendo por caso desleal hacer otra cosa.

Tenía singular devoción en los misterios santísimos de la Pasión de Nuestro Redentor Jesucristo, no olvidando a quien en sus manos la tenía escrita; y decía que este beneficio tan grande no se debía de caer de nuestra memoria. Su continuo ejercicio era encender en su al- [356] ma el fuego del amor del que murió por nosotros; para esto, se metía en el capítulo y se ponía delante de un crucifijo santo, de bulto, que allí había. Y allí cumplía con sus devociones, rezando por un libro o por rosario, o meditando y contemplando. Y, algunas veces, hablaba con la santa imagen como si fuera con otra persona humana y viva, con muy familiar confianza. De allí la sacaban para vedera [5] y, cuando concluía, allí se volvía, siéndola aquella vista todo su descanso y consolación. Allí hallaba, por consideración, caridad, humilda[d], paciencia y todas las virtudes. Y decía que no había cosa más eficaz para aprovechar en el espíritu y para curar las llagas q[ue] los pecados causan en nuestra alma como la continua meditación de la Pasión de Jesucristo. Y decía más, que, cuando consideraba lo mucho que el Señor por nosotros padeció, y por nuestra causa, se disponía a sufrir cuantas tribulaciones y trabajos la viniesen.

Llegado el término de sus días y llamada por el Esposo celestial, cuando iba a dar el espíritu, dijo mil lindezas refiriendo misterios particulares de la santa Pasión del Señor, en especial, de la Oración [357] del Huerto y de la soledad y prendimiento de Cristo Señor Nuestro. Tuvo muy claro y entero juicio hasta q[ue] murió. Una o dos horas antes de expirar pidió sus cosillas que poseía, como velos, tocas y otras cosillas, reconociéndolas como si las hubiera de usar más tiempo. Y así, sentada en la cama, hablando y respondiendo, inclinó un poquito la cabeza a un lado y, sin gestos ni más agonía, expiró. Púsosela el rostro como un alabastro sin ninguna fealdad que a todos puso admiración. Su ropa quedó tan li[m]pia y todas las cosas que tenía tan sin asco que algunas que las dieron en el repartimiento las recibían como si fueran nuevas y las trajeran entonces de la tienda.

Murió el día siete de noviembre del año de mil quinientos ochenta y tres. Vivió ochenta y ocho años, y en el monasterio pasó los ochenta años tan loable y buenos, y muy breves en comparación de los que eternamente gozará en el Cielo con su Esposo Jesucristo, donde interceda por nosotras y por esta su santa casa, para que el Señor nos comunique, a las que a la presen[te] somos y a las que después vendrán [6], amor y temor de Dios, y espíritu de verdaderas esposas suyas, par[a] que, algún día, le veamos.

Laus Deus, amen.

Notas

[1] El epígrafe presenta la biografía de la siguiente manera: “Historia de la sierva de Dios y devota religiosa Catalina de la Ascensión”. Esta biografía y, en especial, las líneas introductorias (que agrupamos en el primer párrafo), parecen remitir a una fuente escrita que Ana de Zúñiga pudo manejar y adaptar para componer la vida. Véase: M. Mar Cortés Timoner, “El libro de doña Ana de Zúñiga: nobleza, espiritualidad y cultura en el Monasterio de Jerónimas de San Pablo de Toledo”, Atalaya. Revue d´études médiévales romanes, 22 (2023): <https://doi.org/10.4000/atalaya.6267> [septiembre 2025].

[2] Gil Álvarez de Albornoz o Gil de Albornoz (Cuenca, 1302/1303-Viterbo, Italia, 1367) fue nombrado, por Benedicto XII, arzobispo Primado de las Españas y canciller de Castilla. Véase: José Guillermo García Valdecasas y Andrada-Vanderwilde, “Gil [Alvárez] de Albornoz”, Real Academia de Historia, 2018: <https://dbe.rah.es/biografias/6938/gil-alvarez-de-albornoz> [septiembre 2025].

[3] En varias biografías recogidas en el volumen A.J.T ª. San Pablo, I libro 33 y, fundamentalmente, en la hagiografía dedicada a Catalina de Ocaña (que ocupa las páginas numeradas 111-117), se indica que las beatas profesaron como monjas de la Orden de San Jerónimo en 1506. Véase el apartado de “Jerónimas” del Catálogo de Santas Vivas: <https://catalogodesantasvivas.visionarias.es/index.php/Jer%C3%B3nimas> Cabe señalar que la adscripción a la orden jerónima se haría oficial en el capítulo general de 1510. Véase: Fernando Pastor Gómez-Cornejo, «Las monjas jerónimas de San Pablo de Toledo: más de 500 años de fidelidad monástica» en: Francisco Javier Campos y Fernández de Sevilla (coord.), La Clausura femenina en España e Hispanoamericana: Historia y tradición viva, San Lorenzo del Escorial, Real Centro Universitario Escorial-María Cristina, 2020, vol. 2, t. 2, pp. 631-652, p. 635.

[4] San Mateo 11, 29: “Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas”. Véase: Sagrada Biblia, Conferencia Episcopal Española, Madrid, 2025. <https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/nuevo-testamento-mateo/> [septiembre 2025].

[5] Parece estar escrita la palabra “vedera”. Véase: REAL ACADEMIA ESPAÑOLA: Banco de datos (CORDE) [en línea]. Corpus diacrónico del español. https://corpus.rae.es/cgi-bin/crpsrvEx.dll [septiembre 2025]

[6] Hemos transcrito “bentra” como “vendrán” teniendo en cuenta el significado de la oración.