3936
ediciones
Cambios
m
→Capítulo IV
Tuvo esta bienabenturada, al prinçipio de sus elevaçiones e graçia, mucha angustia y tribulaciones. Como heran tan copiosas, algunas personas se escandaliçavan de verla, e la angustiavan e molestavan con palabras. [fol. 23r] E quexándose ella a su sancto ángel, le rogava la ganase de Dios la desatase presto de la carne, que no podía sufrir tantas adversidades e presecuçiones porque, según hera de flaca, tenía temor de perder la paçiençia. Y él la consolava en muchas maneras, dándole muy sanctos consejos e avisos, y diziéndole que por eso la mandava el Señor tornar en sus sentidos a ratos e tiempos, para que pelease e padeçiese penas en el mundo mientras venía su hora. Ella le dixo: “Señor, ¿qué hora es esta que algunas veçes me diçe vuestra hermosura?”. El sancto ángel la respondió: “La hora de que te hablo es la hora de la muerte, que es salir el alma del cuerpo para nunca más tornar a él, hasta el final juyzio”. La sancta virgen le tornó a preguntar, diziendo: “Señor, ¿quando será esta mi hora?”. El sancto ángel, oýda la pregunta, le respondió: “No tengas cuydado de preguntar tales cosas, sino déxate en las manos de Dios, tu criador, e consuélate con su amor, e con sufrir e padeçer por amor d’Él todos los tormentos e angustias que te tuviere por bien de darte”.
Ymportunándola las religiosas les dixese de qué manera o dónde estava quando se elevava, ella les dixo, por las consolar, la lleva su sancto ángel por la voluntad de Dios e la ponía en un asentamiento a manera de sepulchro. Y aquel lugar donde la ponía estava como entre términos, e deçía: “Para que mejor lo entendáis, está, señoras, como arrabal o çiudad, salvo que el valor y preçio de los edifiçios que allí son hechos e<[s> ] sin número e sin comparaçión, e la hermosura de toda aquella sancta gente es muy maravillosa, e yncomprehensinble, y en cada una dellas havía mucho que contemplar. E los muros, y paredes y edificios, no embaraçan para no poder ver lo que dentro está y se haçe, porque todo, o mucha parte de lo que en aquella gran çiudad se haze, se puede ver y gozar en aquel lugar donde yo estoy. Quando Dios me lo quiere mostrar por su grande misericordia e bondad, paréçeme que todos los miembros de mi cuerpo, dende la caveça hasta los pies, estoy llena de ylos como de alambre, muy delgados [fol. 23v] y muy resplandeçientes, y no palpables, y no puedo yo comprehender de qué espeçie sean, salvo que veo que desçienden todos haçia bajo, e se asen o nazen de los miembros de mi cuerpo. Y con estos y con los [o?] rrayos estoy toda pressa, que no me dexan yr adonde quiero, sino adonde me ponen o mandan estar. Y desta manera de asimiento no veo yo a ninguna persona de aquellos sanctos reynos; antes están todos libres e desatados, e pueden muy bien andar e gozar donde quiera que quieren. Y estos rayos que me tienen asida desde el spíritu hasta el cuerpo, es figura que aunque yo estoy donde Dios quiere poner mi spíritu, no estoy del todo difunta, ni arrancada mi ánima del cuerpo, y por esto no gozo de la livertad que los bienabenturados tienen, que ya son salidos de esta vida. Y esta manera de asimientos y rayos que en mí veo no me dan ninguna pena ni dolor, ni estorvan a menearme holgadamente mis miembros quando quiero y como quiero, ni son para más −aquella señal de aquellos rayos− de estar yo por mandamiento y voluntad de Dios señalada, que vean cómo aún no soy difunta, ni mi ánima arrencada del todo de mi cuerpo.
“El lugar donde el sancto ángel me acostumbra poner es muy hermoso, y luçido e resplandeçiente, e claro, e todo muy bien pintado y entallado, e más valorado y estimable que de oro ni de piedras preçiosas; y este sepulchro tan resplandeçiente, no penoso, sino como asentamiento de gradas, muy apuesto y glorioso y alegre. E cada cosa que veo en aquellos sanctos reynos, todas son labradas y entalladas por maravillosa manera y admirables hornamentos, según su speçie de cada cosa apuestos, de claridad sin comparaçión; tanto, que mejor que en espejos muy claros, se puede cada persona ver a sí mesma en el suelo o en cada uno de los edifiçios que mirase se vería, e todas las cosas çelestiales que deseasen ver. Y desta mesma claridad y resplador son todas las bestiduras de qualesquier colores o matizes que son. E más claros que el sol, en muchos grados, son todos los bultos de las personas que en aquel sancto reyno moran.