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Catalina de los Reyes

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Cuando llegó al paso postrero, tuvo muy recios debates con el Enemigo; respondíase a veces, él argüía, ella sustentaba (peligrosa conferencia con tan agudo dialéctico a quien no tuviera tan buenos descargos y soluciones); no mostraba tenerle ningún miedo, antes le reprehendía y baldonaba. Decíales a sus hijas que echasen agua bendita, y señalaba el lugar hacia dónde; preguntábanle si se iba o estaba, respondía con extraña seguridad “sí” o “no” cómo era la apariencia. Al punto de expirar dijo el Credo con tanta entereza y vivo sentimiento como cuando estaba sana, y en acabándolo se fue a ver aquello que con tan viva fe había creído, el día de la Santa Virgen Inés, para decir con ella: ''Ecce quod desideraui iam video, &c.''
Fue notable el aparecimiento que la santa hizo de allí a algunos días a una monja que ella amaba mucho por ser gran religiosa: llamábase [[Paula de los Ángeles]]. Estando esta religiosa una noche en su celda se representó delante en una nube muy clara; era el Viernes Santo de aquel año mismo, [514] hablole con mucha familiaridad y gracia, díjole muchas cosas: lo primero, que ella iba a la gloria y que Nuestro Señor había usado con ella de gran misericordia por lo que le había servido en el coro los años que fue corretora. Preguntole Paula si había estado en purgatorio por el tiempo que había sido priora, respondió que no se le había hecho cargo desto porque en la enfermedad que tuvo se descontaron los defectos que había cometido, mas que por otras culpas de que no había satisfecho había estado treinta días en purgatorio; diole luego cierto aviso para una monja que ella había criado y querido mucho, encargándole que tuviese cuenta con lo que se le avisaba. Díjole también cómo agradecía mucho el gran cuidado que las religiosas habían tenido de encomendarla a Dios, y hacer por ella muchos sufragios, y que ella en la gloria rogaría por ellas a Nuestro Señor. Tan despacio y con tanta llaneza permitió el Señor que revelase esta santa su gloria. Casos raros, y que no se han de creer livianamente, sino cuando los testigos son de mucha aprobación de vida, y que no cojean con las cosas reveladas en lo que es conforme a nuestra profesión cristiana.
''[1]'' Figura en el texto como Capítulo LI pero debería ser el LII, debido al error señalado en la edición de la vida impresa de María de Ajofrín por Sigüenza, pues repite el número de capítulo XLIV.

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