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→Capítulo VII
Tenía graçia de entender las aves y animalias, y conoçer sus neçessidades en quanto comer y bever. Y algunas vezes dexava de pensar en pensamientos más subidos e divinales, y ýbase adonde pudiese oýr las aves quando estava en sus sentidos. Y escuchávalas y holgávase, e maravillávase mucho de las cosas que les oýa, tan pronunçiadas e tan claras a su pareçer della, e cómo deçían e tratavan entre sí, unas entre otras, cosas maravillosas que pareçía que conoçían a su criador. E le davan graçias, porque las havía criado e vestido, e adornado de alas y plumas, e les dava los campos, e árboles e frutas para su consolaçión e mantenimiento. E cada género de aves, deçía esta bienaventurada que loava a su hazedor, e le dava graçias de su manera. E toda cosa que tiene spíritu de vida, loa e da graçias a su criador e hazedor. E como ella se ocupava tanto en oýr las aves y holgava de entendellas, hechava mucho tiempo de su pensamiento en ello.
Nuestro Señor Jesuchristo, como la amava tanto, no quería ni hera servido que se ocupase en otra cosa, sino en el que hera su creador y criador. Y a esta causa, quitole súpitamente el sentido del oýr corporal, que estando en sus sentidos ninguna cosa de esta vida pudiese oýr, aunque las cosas çelestiales bien las sentía, que ni por esta sordedad tan [fol. 38r] estremada no dexava de se elevar tan a menudo, y de estar tan grandes ratos elevadas, ni de açer las predicaçiones e hablar del Señor en ella como antes que ensordase. Y estando sorda, aunque no estuviese elevada, oýa y sentía los cánticos y ynstrumentos celestiales, porque las más vezes que se elevava o ponía en su coraçón o contemplaçión oýa cantos çelestiales que junto con el Spíritu Sancto la ayudavan a inflamar e alçar el spíritu en Dios. Estuvo sorda desde el día de Sancta sancta Escholástica, que es a diez de febrero, hasta señora Sancta sancta Clara, que es a doze de agosto.
Estavan todas las religiosas de su convento e otras muchas personas muy angustiadas por la neçessidad que tenían de su habla e consolaçión, porque no las oýa, aunque ellas le querían deçir y encomendar sus desseos y cosas tocantes a su consolaçión y conçiençia; por lo qual suplicavan mucho a Nuestro Señor le volviese el sentido del oýr. Y su Divina Magestad tuvo por bien de oýr las plegarias de todos, e tornole el oýr día de la señora Sancta sancta Clara. E híçolo desta manera: que estando ella elevada como solía, vido a Nuestro Señor Jesuchristo en spíritu, e la habló e consoló, e le dio el soplo del Spíritu Sancto, e hiço un sermón maravilloso, declarando muy grandes excelençias e maravillas. E hablando, dixo su Divina Magestad que quería dezir por qué la havía ensordeçido, aunque él no tenía neçessidad de dar quenta por qué haçía estas ni otras más cosas: pero que le havía quitado el oýr por tenella más quieta e junta a Él, e recoxidos sus sentidos e pensamientos en Él e no en otra cosa terrena, e tenerla en sancta y simple ynoçençia de niña, y en una puredad de spíritu sin ninguna maliçia, y que no oýa otra cosa sino cosas çélestiales. Mas pues hera tan importunada y rogada de muchas personas, que a Él le plaçía de la sanar. Y en çesando su Divina Magestad de hablar, antes que ella tornase en sus sentidos, vino a ella el apóstol San Pedro, por mandado del poderoso Dios, e metiole los dedos en los oýdos, e bendiciéndola con la señal de la sancta cruz de parte de Dios. Tornando ella en sus sentidos, a deshora se vido sana, e tornado el oýr tan perfetamente como de primero, de lo qual ella y todas las religiosas fueron muy alegres y dieron graçias a su Divina Magestad por la misericordia de ynclinar a su oreja las suplicaçiones que le havían hecho.
Viernes Sancto siguiente, luego que esta bienabenturada ensordeció, estando ella [fol. 38v] elevada e puesta en cruz, assí en la elevaçión tenía tan fijos sus brazos y piernas, e todos sus miembros, como si no fuera de carne sino un crucifixo, de manera que ninguna fuerça bastava para la quitar de así, aunque se provó muchas vezes por las religiosas en otros días que la veýan muchas vezes estar elevada e puesta en cruz. Pero no estava en pie, sino hechada donde las religiosas la ponían. Y en este mesmo ora del Viernes Sancto, estando todas las religiosas en el choro, que hera por la mañana, quando se diçe el sancto offiçio, ella estava en una çelda ençerrada, porque assí hera la voluntad de Dios y de los prelados, que, quando estuviese en rapto, estuviese desta manera. Estando diziendo la sancta Passión, tornó en sí, e fuese al choro, e yba llorando y descalça. Y no pudiendo andar, ponía los pies de lado, que de otra manera no los podía poner, y aun esto con mucha pena. E viéndola las religiosas entrar en el choro, assí fueron a ella, e preguntáronla por señas por qué yba de aquella manera. Respondió que le dolían mucho los pies e no podía andar con ellos. E mirándoselos las religiosas, viéronselos señalados, y ansimesmo las manos, de las señales del Señor: no llagas abiertas ni manantes sangre, sino unas señales redondas, del tamaño de un real, e muy coloradas, de manera que pareçían por las palmas de las manos que estavan ympresas por la parte de ençima, e por semejante pareçía en las plantas de los pies. Tenía también estas preçiosas señales, e muy maravilloso olor, e no de ninguna manera de las flores de la tierra. E quexávase muy reçiamente, e llorava de los dolores que en las partes de las señales tenía. E viéndola las religiosas de aquella manera, llorando e con mucha devoçión, davan muchas graçias a Dios. E tomáronla en sus brazos, e lleváronla a su çelda y hecháronla. Hera tan grande el ardor e fuego que en las manos e pies tenía en el lugar do tenía las señales, que le ponían las religiosas unos pañeçitos de agua fría, y en muy breve espaçio se enjugavan del gran fuego que de allí salía. E muy a menudo le ponían los pañeçitos mojados y ella mesma se soplava las palmas de las [fol. 39r] manos, por mitigarse el gran fuego e dolor que sentía. E las religiosas le preguntavan qué hera aquello o quién le havía dado aquellas señales. Ella, entendiendo, les respondió con muchas lágrimas y dolores que sentía, diziendo: “Vi a Nuestro Señor Jesuchristo cruçificado en aquel lugar donde mi sancto ángel me suele poner, y assí, llagado y cruçificado como venía, se juntó conmigo, e puso sus manos junto con las mías, e sus pies con los míos; y así como esto hiço, sentí en mi spíritu gran dolor e sentimiento en mis manos e pies y, a deshora, me vi tornada acá en mis sentidos, con estas señales que véys, y con muchos dolores en ellas, y tan reçios que casi no los pudo sufrir”. Tuvo estas señales tan maravillosas y creçidos dolores dende el día del Viernes Sancto, hasta el día de la sancta Asçençión. Y esto no contino, sino los viernes, y sábados y domingos, tres días arreo hasta la hora que fue la sancta Resurreçión, y dende aquella ora hasta otro viernes no tenía más dolor ni señal. Viendo esta bienaventurada cómo no podía encubrir estas preçiosas señales que no fuesen vistas de personas devotas del monasterio −pues ya se publicava, y su confesor y el compañero se las havían visto junto con las religiosas−, suplicó a Nuestro Señor muy afetuosamente que en ninguna manera permitiese su Divina Magestad que en ella, su yndigna sierva, pareçiesen ni tuviese tal thesoro ni tan ricas joyas, que no hera digna dellas, ni quería tal don, pues no le podía encubrir. E nunca çesó de haçer esta suplicación, derramando muchas lágrimas, hasta que lo alcançó del poderoso Dios. E hablando un día su Divina Magestad por la lengua y boca della, dixo: “Mucho me ruegas e ymportunas que te quite ese don que te he dado. Yo lo haré, y pues no as querido tener mis rosas, yo te daré cosa que más te duela que ellas”. Y assí le fue otorgado del Señor no tener ya más aquellas señales.
A la saçón que el Señor estava hablando por la boca de esta bienaventurada, estava una religiosa de poca hedad en pasamiento. Y quitada ya la habla, e así como estava, la llevaron las monjas allí, e pusiéronla delante en una cama. E la enferma empeçó a gemir muy reçiamente, e muy apriesa y congoxada. Dixo entonçes el Señor: “Bien haçes, hija, de reconoçer a tu criador y redemptor. Sométete devajo de su poderío, pidiéndole misericordia. Esfuérçate, esfuérçate, que piedad y misericordia hallarás ante Dios”. E buena cosa es que quando alguna persona estuviere en pensamiento diga estas palabras con devoçión, y si la tal persona no las pudiere dezir, dígalas otra por ella, en su presençia. E las palabras son estas: “El Señor que suelta los presos, suelte a esta. El Señor que alumbra los çiegos, alumbre a esta. El Señor que sana los contritos, sane a esta. El Señor que socorre a los neçessitados, socorra a esta. El Señor que alegra los tristes, alegre a esta. El Señor que perdona los peccadores, perdone a esta. [fol. 42v] El Señor que salva los yndignos, salve a esta”.
Muchas vezes, hablando el Señor, mudava el lenguaje, según havía la neçessidad. Algunas veçes en latín, quando havía letrados, para dezirles algunas cosas secretas a ellos, para aviso de sus sçiencias; otras vezes hablava en vizcaýno, e muy çerrado, haviendo personas que entendiesen aquel lenguaje. Estava una vez un perlado mayor, de la orden del glorioso Sant sant Francisco, el qual tenía en el secreto de su coraçón yntençión de haçer perlada e abbadesa a esta bienabenturada Juana de la Cruz. Lo uno porque vía en ella gran marco, e lo otros porque havía muchos días que se lo pedían las religiosas con muchas lágrimas. E no lo havía hecho porque no tenía tanta hedad como hera menester para semejante cargo. E teniendo esto en su coraçón, hablole el Señor en bascuenço, estando él oyendo esta bendita habla, e díxole que la pusiese sin temor por perlada, que marco tenía para ello e para más. El qual perlado, quando la eligió por abadesa, dixo: “No la hago yo solo abbadesa, que Dios la tiene elegida, e me la mandó poner”. Y contó lo que le havía dicho en bascuenço.
Quando los christianos ganaron a Orán, dio el obispo de Ávila a esta bienabenturada, o al monasterio por su ynterçesión, dos esclavas que traxeron de aquella ciudad. La una hera ançiana, la otra moçuela de treçe o catorçe años, las quales aún no heran christianas. Las monjas, deseando lo fuesen, empeçaronlas a hablar e dezir que se tornasen christianas. Ellas, oyendo esto, hazían tantas bramuras como si las quisieran matar, en espeçial la más ançiana: se arañaba toda, hasta que le corría sangre. Viendo esto, no la apremiavan ni enportunavan mucho. E hablando el Señor un día por la boca desta bienaventurada, las monjas lleváronlas, para que oyesen a el Señor. Aunque yban de mala gana, estuvieron allí presentes, e su Divina Magestad del poderoso Dios las habló en algaravía, y ellas, muy atentas, escuchavan lo que el Señor les deçía, e respondían ellas en su mesma lengua. Y así estuvieron un buen rato en presençia de todos, e convirtiolas el poderoso Dios, y ellas pidieron el sancto baptismo con mucho fervor. E de aý adelante, todas las vezes que el Señor hablava por esta voz, estando estas esclavas oyéndole, aunque algo apartadas, Él mesmo las llamava por sus nombres en algaravía, a cada una por sí, e luego ellas se levantavan e pasavan entre toda la gente, e se ponían çerca hincadas de hinojos, e allí las hablava e consolava en su lenguaje, y ellas le respondían e quedavan muy alegres. E así bivieron y [fol. 43r] murieron christianas, en el serviçio de Dios y del monasterio.