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María García

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Vida de María García
Era a esta sazón rey de Castilla don Pedro, llamado el Cruel, en cuyo tiempo padecieron los grandes del reino no pequeñas persecuciones. Andaban amedrentados y muchos dellos huidos porque el rey era determinado y fácilmente cortaba cabezas sin respecto de linaje o estado. Y así cupole parte desta persecución a doña María, o por respecto de sus deudos o por recelarse de su honor, si estaba seguro en tiempo de tanta borrasca y tempestad. Y así se recogió a Talavera, que, como se ha dicho, tenía en aquella villa su padre grandes posesiones y era como señor della. Acompañáronla otras señoras principales del reino llevadas con el mismo temor y aun allí no se tuvieron por seguras, por donde les convino irse a diversas partes. Y doña María se volvió a Toledo, y fuera de la ciudad, a la parte del mediodía, se recogió en una pequeña casa que ella labró, junto a una ermita de la Madre de Dios, donde después se edificó el Monasterio de la Sisla del Orden de Sant Jerónimo, y está de presente sepultada aquí. Con su buena amiga doña Mayor Gómez se ocupaba en oración con mucha humildad y paciencia.
Sosegándose más los tiempos, volvió a la ciudad y se juntó ''[11]'' juntándose con doña María de Soria y con otras señoras de linaje que vivían cerca de la iglesia de Sant Román, en casa particular, y tenían hábito de beatas recogidas. Y destas contaba ''[12]'' después ''[13]'' grandes virtudes de paciencia, humildad y menosprecio del mundo, diciendo que era poco lo que ella hacía en comparación de lo que vido en aquellas religiosas. Murió doña María de Soria, la que era cabeza en esta casa y congregación, y habiendo muerto también su madre, doña María vendió cierto heredamiento que le cupo de su legítima en Belilla y compró unas casas a la colación de Sant Laurencio, donde es ahora el Monasterio de Sant Pablo. Y aquí reposó su espíritu con su amado Esposo. Tenía consigo a su amiga antigua doña Mayor Gómez y a otra llamada Teresa Vázquez con otras seis o siete señoras ilustres y temerosas de Dios, determinándose servir a Nuestro Señor en su compañía. A todas estas honraba y acataba la sierva de Dios porque veía en ellas desprecio del mundo, humildad, pobreza y trabajo. Al olor de la sancta vida que todas hacían, vinieron otras muchas mujeres nobles a servir a Dios y, de acuerdo de todas, tomaron el hábito del glorioso Sant Jerónimo, de quien era muy devota doña María, aunque sin clausura, sino con [fol. 45r col. a] título de beatas. Y fue el año de mil y cuatrocientos y cuatro ''[14]'', subjetándose al prior de la Sisla que, a la sazón, era Pero Fernández, que, primero, fue caballero seglar de muchos cuentos de renta y muy preciado de los Reyes Católicos ''[15]'' y, después, se hizo pobre por Jesucristo y de los primeros fundadores en España del Orden de Sant Jerónimo. Y así él fue el que edificó el Monasterio de la Sisla donde primero estaba una ermita de la Madre de Dios, como se ha dicho, y para esta obra ayudó largamente doña María de su patrimonio. Dio una arca de plata esmaltada para que se pusiese el Sanctísimo Sacramento y otras ricas joyas. Y por ver el prior la caridad desta bendita mujer, visitábala y no poco la alentaba con sus buenos consejos y sanctas amonestaciones en el servicio de Dios. El cual, habiendo vivido sanctamente, murió en la misma casa de doña María, adonde se había hecho traer de la Sisla para tener algún regalo en su enfermedad. Y en el aposento donde murió quedó por muchos días un olor maravilloso y del cielo. Su cuerpo fue llevado a sepultar a Guadalupe.
Tenía doña María el gobierno de aquella casa y congregación. Era hermosa de rostro, como se ha dicho, y mucho más en el alma. Su presencia, de grande austeridad, ponía más temor en los que veían su honestidad y humildad que si la oyeran palabras de reprehensión. Si reprehendía, era con tanta discreción y con tan dulces palabras que, por ello, era amada, especialmente de sus parientas, que visitándola, y viéndolas ella con muchos trajes y galas, decíales tales razones que, sin quedar sentidas, se moderaban y dejaban lo superfluo. Su tocado y vestido era muy honesto y pobre aunque aseado y limpio. Amaba el color blanco por la castidad, mas de ordinario se vestía de pardillo por vencerse a sí misma y dar ejemplo de menosprecio. Era fervorosa en la oración y nunca estaba ociosa. Era agradecida a Dios y a las gentes, muy paciente en sus enfermedades, que eran tos continua y dolor de hijada a tiempos que la llegaba a lo último. Huía la vanagloria y quería que de todo lo bueno se diese loor ''[16]'' a Jesucristo. Sus amonestaciones eran todas fundadas en humildad y decía a cada una de las hermanas que fuesen humildes si querían ir por camino seguro; y así, ella se tenía por la menor de todas. Era su costumbre levantarse todas las mañanas a tener oración, la cual cosa alguna no dejaba, y estando enferma, aunque en la cama, allí oraba. Y porque siendo de ochenta años no oía el reloj para levantarse, hacía que pusiesen un gallo cerca de su aposento para que su voz le fuese reloj y despertador; y así, no faltaba en su sancto ejercicio.

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