3961
ediciones
Cambios
m
→Vida de María de Ajofrín
'''Vida de la sierva de Dios María de Ajofrín, llamada Santa María de Ajofrín, religiosa jerónima en el convento de San Pablo de Toledo'''
1.- Siendo todo este pueblo dichoso de Ajofrín tan proprio y peculiar de María Santísima, como dibujó en otro lienzo la pluma, se sigue por legítima convergencia que ha de haber mucha santidad en él y que toda santidad ha de venir de María ''[1]'', pues el fruto desta Señora es de honor y honestidad (A). Yo (dice por el eclesiástico) (B) estendí como terebinto ''[2]'' mis ramos, y mis ramos son de honor y de gracia. Parece no puede estar más literal el texto. María Santísima, con el gloriosísimo y dulce títu [87v] -lo de Gracia, es el objeto principal de la presente historia y, siendo esta señora terebinto hermoso, ha de ser abundante su fruto, participando d’él con mayor plenitud los que vivimos por gran fortuna nuestra bajo de sus frondosos ramos. Estos ramos, dice, que son de honor y de gracia, si a mi rudeza se permitiera una literal exposición, diría que en el honor se entiende todo lo que puede comprehenderse bajo deste título de beneficios temporales, y en la gracia de beneficios espirituales. Y, sobre lo primero, ha corrido la pluma felismente por el dilatado campo de varios capítulos (C), donde hemos visto los beneficios grandes que esta señora ha hecho a este pueblo, distinguiéndole entre millares, con el nunca bien ponderado título de vasallos suyos, haciéndole insigne en [88r] lo benigno de su temperamento, en lo saludable del terreno, en lo fértil de sus campos, en la bella índole de sus naturales, en lo alegre de su cielo, en la opulencia de sus tratos, en la hermosura de sus casas y, en una palabra, cuantos beneficios temporales goza esta villa y gozamos todos sus naturales, todo es honor, que nos hace nuestra gran Reina, todos son ramos y frutos de aquel hermoso místico terebinto, bajo de cuya sombra dispuso el Altísimo naciésemos. En los ramos, o frutos de gracia (D), se deben entender, como ya dije, los beneficios espirituales y, entre estos, señaladamente el haber florecido en [88v] esta villa insignísimos sujetos en santidad y milagros a esfuerzos de la Divina Gracia, y destos trataremos en este capítulo.
2.- Quien primero se ofrece a la historia, y con razón debe tener el primer lugar, es aquella gran mujer, ornamento de la Iglesia, gloria de la religión jeronimiana y honor grande de su patria, la venerable sierva de Dios, María de Ajofrín, a quien el pueblo por muchos siglos ha dado el decoroso y bien merecido renombre de “santa”. La historia grande de los Bolandos, al día 17 de julio, hace della el siguiente elogio: “Mariam de Ajofrín a Hyeronimitissam S. Pauli venerabilem Toleti anno 1489 defunctam annuntiat castellanus”. La vida desta sierva de Dios la tomaremos de la tercera parte del Flos Sanctorum de Villegas, que la pone el día 18 de julio; de la 3ª parte de la Crónica del Sagrado Orden de San Jerónimo, escrita por el reverendo padre fray José de que, con mucha extensión, la tratan en el libro 2 desde el capítulo 44 hasta el 49; de Pedro de Alcocer al lib. 2 cap. 25 de su Historia de Toledo; del doctor don Blas Franco en la Vida de la venerable María de Jesús, en la elucidación [89r] del cap. 19. 5. 2; y de otros autores así antiguos como modernos, advirtiendo antes que, aunque se le dé el título de “santa”, es solo siguiendo la voz del pueblo, al modo que se le da a santa Juana de la Cruz, sin que ni una ni otra estén por la Iglesia canonizadas, ni mi ánimo, como propuse a la frente desta historia, es prevenir el juicio de nuestra madre la Iglesia, sino que se le dé solo el asenso que merece el dicho falible de los hombres. Dio, pues, ilustre cuna la villa de Ajofrín a la sierva de Dios, María, llamada también de Ajofrín. Escogió el Cielo por padres desta agigantada heroína a Pedro Martín Maestro y María García, personas nobles, ricas y exemplares. Nació, según tradición constante, en las casas que hoy son de Tomás Díaz, a la puerta de Toledo. El padre de nuestra santa fue uno de aquellos valerosos capitanes que socorrieron a la ciudad de Toledo cuando se hallaba tan afligida, como vimos en otro lugar (E). Dieron sus padres a esta feliz alma la educación propria a su nobleza, infundi [89v] -endo en ella, insensiblemente desde los primeros crepúsculos de la vida, espíritus, exemplos y virtudes. Imbuida altamente esta inocente niña en las más saludables cristianas máximas, no es mucho se descollase en santidades sublimes en tan tierna edad. Muy temprano empezó a dar muestras admirables de extremado desprecio de las vanidades del mundo, principalmente de aquellas que son más del genio de las de su femenil sexo. Miraba con aversión, y aun con enfado, todo género de galas y compostura, pereciéndola (y con razón) que la más preciosa gala que debe vestir un alma destinada al Cielo es la gracia adquirida con el continuo exercicio de las más heroicas virtudes y, advirtiendo que las más hermosas se adornaban más, le pareció que era agraviar la alta [90r] providencia del Supremo Hacedor que, como infinitamente sabio, viste a cada criatura con aquellas joyas que le parece conducen a los fines altísimos de su incomprehensible saber. Penetraba aún en aquella edad tierna que el vestido en los de uno y otro sexo no debe tener más objeto que la decencia y honestidad debida y, todo lo que de aquí pasaba, pasaba a ser exceso. Severa reprehensión la desta niña y confusión vergonzosa para lo que en el día estamos viendo con el mayor escándalo en hombres y mujeres, ni me persuado, les falte a los adultos las luces que el Cielo concedió a esta tierna criatura con que serán más culpados en el tribunal supremo.
3.- Estos eran los sentimientos que [90v] formaba en su inocencia aquella grande alma en todo grande, aunque en la apariencia chica, siendo estos como anuncios de la excelsa santidad a que el Señor elevó después su espíritu. De niña no tuvo María más que la candidez y la inocencia; cuando estaba su edad en la primera flor se hallaba ya su alma rica de sazonados y abundantes frutos. Embargó en esta ocasión la gracia las operaciones de la naturaleza, despojando a esta criatura de sus comunes leyes y marcándola con vistosos caracteres de virtudes. Lo que en otras niñas son gracejo y juguetes de la edad primera, fueron en ella primores y seriedades de perfección cristiana. En esta tan tierna edad, inflamada del Espíritu Santo, hizo a Dios un sacrificio de los más altos y meritorios que puede hacer una pura criatura. Estando un día en oración, propuso con la mayor firmeza consagrarse al Señor en una religión para servirla perpetuamente, acción sin duda de las más heroicas que se leen en la historia. La obediencia a sus padres, el respeto a los mayores, la atención a las cosas divinas, la honestidad y recato, el silen- [91r] cio y retiro, se admiraban en esta niña desde su primera infancia. Con estos y otros prodigios, iba creciendo María en días y en virtudes, pero muy sin proporción en los aumentos, porque corría con tan ventajosos excesos la gracia, que dejaba muy atrás a la naturaleza. No anduvo esta escasa en adornar a la niña con todos aquellos primores que deposita el Señor en sus ocultos senos. Dotola, pues, de relevantes prendas de discreción, donaire y hermosura con que era el imán dulce de las voluntades y objeto común de los cariños. Pintar aquí la hermosura de un serafín humano sería, sin duda, empleo digno de la pluma, pero esta la debía manejar un ángel para que saliese la copia [91v] parecida a su original, pues solo un ángel pudiera hallar colores, vivacidad y espíritu para formar una idea que a él en todo se le pareciese. De que tuviese el rostro como un ángel nuestra María da testimonio un gran hombre citado por el doctor Villegas en su Flos Sanctorum, con que, no pudiendo dudarse desta verdad, queda abierto campo a la más traviesa fantasía para que finja Dianas, dibuje Ninfas, forme Lucrecias y pinte Florindas. A tanto lleno de hermosura se unía la blandura de su genio siempre amable y cariñoso, con que dulcemente robaba los corazones de todos.
4.- Ya había cumplido los 15 años cuando, tan bellas prendas, junto con la calidad de su heredada nobleza, la riqueza de sus padres no podía ocultarse [92r] de los jóvenes que a porfía la solicitaban por esposa. No desagradaban a los padres de la bendita doncella semejantes pretensiones, deseando colocarla ventajosamente en el estado santo del matrimonio. A esto la inclinaban con ruegos, súplicas y halagos, pero firme la castísima doncella en el propósito que, aun siendo niña, había hecho de entrarse en religión, resistía varonilmente a estos importunos asaltos. Les era muy sensible a los padres y aun a sus hermanos tan fuerte resistencia y propusieron amenazarla para ablandar su pecho y aun tratarla con el mayor rigor, si fuese necesario. Cuanto padeció la inocente virgen por cumplir a su esposo lo ofrecido se deja discurrir del gran de- [92v] seo que los suyos tenían de casarla, pero ni la ablandaron los suspiros y lágrimas de sus padres, ni la movieron los halagos y caricias de sus parientes, ni la asustaron las perseveraciones y malos tratamientos de sus hermanos y, así, siempre firme, siempre constante en servir a Dios, se oponía como incontrastable muro a los designios del siglo, anhelando ansiosa por consagrar a Dios su virginidad, sus haberes y albedrío, no reservándose para sí aun la más leve respiración, siendo ya de 16 años. Viendo los padres su firmeza, la llevaron a Toledo para divertirla y, con este fin, ablandarla. Entre las diversiones, vanidad, fausto y grandeza que ofrece el embeleso desta populosa ciudad, no hallaba quietud su espíritu anhelando, con más fervor, buscar a su amado en el retiro. Los paseos, las visitas, los regalos, el luxo, y cuanto precioso y deleitable le ofrecía oficioso su padre para divertirla, eran otros [93r] tantos estímulos que la llevaban a Dios y la apartaban del siglo. No faltaba entre los caballeros jóvenes de la ciudad quien la observase y sirviese, pues como tenía las relevantes prendas de hermosa, noble y bizarra, se arrastraba dulcemente las voluntades de todos y en nada hallaba consuelo quien solo lo buscaba en Dios. De suerte que, leyendo desengaños la bendita doncella en todos los gustos con que la pretendía lisonjear el mundo, acariciar la carne y tentar al demonio, vivía cada día más ansiosa de dejar las vanidades y abrazarse con Jesús. Y, así, los mismos medios que ponía su padre para apartarla de su propósito, estos mismos la conducían fuerte y suavemente a conseguirlo.
5.- Un día, estando en la Santa Iglesia y Catedral haciendo oración delante de Nuestra Señora del Sagrario, como vasalla fiel de tan gran Reina, sintió en su interior una ''[3]'' moción singular que, dulcemente, la inclinaba a retirarse al religiosísimo monasterio de San Pablo del sagrado Orden [93v] de San Jerónimo, que acababa de fundar en Toledo la venerable e ilustre señora doña María García. Luego que tuvo oportunidad, dejando a sus padres, hermanos y parientes, abandonando riquezas, honra y estimación, renunciando al mundo y sus vanidades, se retiró al dicho monasterio para consagrarse a Dios. No se observaba clausura entonces en este exemplarísimo convento, ni se observó hasta el año de 1508 en que, voluntariamente, se obligaron las religiosas a guardarla, pero siempre ha florecido y florece ''[4]'' con gran fama de santidad y, si se hubiera de hacer relación de las mujeres famosas que han vivido en él, daría mucha materia a la admiración juiciosa y prolijo afán a la historia, léase al reverendísimo Sigüenza en su Crónica de San Jerónimo (F). Recibieron aquellas religiosas a la inocente virgen con singular gus- [94r] to y complacencia, juzgando por su angelical rostro recibían en ella una gran santa. La hermosura de su cara, la honestidad de sus costumbres, la gravedad de su trato, la humildad de su genio, la circunspección y medida en sus palabras, fueron ciertos presagios de la futura santidad a que la había de elevar la divina gracia, como luego se fue mostrando. Halló nuestra santa virgen en aquellos sagrados claustros no pocas virtudes que imitar y, como solícita abeja, iba copiando de cada una de sus compañeras lo más precioso y aquilatado ''[5]'' que veía en ellas. En brevísimo tiempo llegó a tocar en lo más sublime de la perfección cristiana, siendo común asombro de toda aquella sagrada comunidad. Era entre todas la más humilde, rendida y obediente, llegando a tanto su reputación que decía muchas [94v] veces (sintiéndolo en su interior) que no merecía besar el suelo que pisaban sus hermanas. Su oración era continua y tan fervorosa que, saliendo fuera de sus sentidos, se arrebataba en el aire por largo espacio de tiempo. Vertíanse en ella tan copiosas las influencias celestiales que, siendo estrecho cauce el corazón, sobresalían a la exterioridad en ríos de lágrimas y en ardientes suspiros.
6.- Habiéndose ya despedido del mundo la que tan desprendida vivió siempre de sus vanidades, soltó el océano de su fogoso corazón la presa a los caudalosos diques de la mortificación y penitencia. Ninguna estuvo allí ociosa, todas sí practicadas de la fervorosa virgen que, con celo de enflaquecer los verdores de la carne, no quería tasar las [95r] austeridades que le dictaba su espíritu. Discreta acción crecer para no desmedrar, que en la carrera de las medras espirituales hay poca distancia (si hay alguna) de la tibieza a la relaxación [6]. Huía con el mayor cuidado del trato y conversación de las criaturas, buscando a su esposo en la soledad y reino: aquí le hablaba dulcemente, aquí lograba de sus caricias y aquí en místicos deliquios ''[7]'' se deshacía su amante corazón en afectos tiernos a su amado. Una virtud noble, entre otras, resplandeció en esta sierva de Dios y fue la invicta paciencia en los trabajos. Disimulaba con una modestia tan agradable los sentimientos interiores que tal vez padeció, que ningún acaso turbó la serenidad de su rostro ni descompuso la armonía de su espíri- [95v] tu, regulado siempre con los compases de su santa conformidad. La sencillez nunca artificiosa y el candor desta alma pura, desnuda de la simulación del engaño y de lisonja, era amable hechizo de quien la trataba. Vestía su ánimo de obras, como su lengua de palabras, estas y aquellas eran de una misma librea. Torpe monstruosidad en los que visten de un color los labios y de otro la intención, monstruo de dos corazones (G) y que jamás le ha sufrido la naturaleza cuando los aborta a cada paso la hipocresía.
7.- Con este lleno de virtudes pasó en la religión diez años, siendo tan universal la fama que sus bien fundados méritos la habían adquirido que [96r] todas las religiosas la tenían por santa, viviendo edificadas de su inculpable vida. No obstante, la sierva de Dios, como tan humilde, reputándose por más pecadora y mala, determinó hacer una confesión general en que pudiese lavar sus culpas pasa servir al Señor con más pureza. Dispuso su inocente alma con tan abundancia de lágrimas, tan fervorosa compunción y ternura, que bastaría a lavar las mayores culpas siendo así que era inculpable su vida. Al entrar en el confesonario, se postró en tierra delante de una devota imagen de María Santísima que tenía su Hijo en los brazos y, con fervientes lágrimas, pidió al Señor le perdonase sus culpas, y a la Madre que fuese su patrona y abogada. Luego, inmediatamente, se vistió de soberana luz aquella sagrada imagen, y el Niño, con halagüeño rostro, levantando su delicada mano, le echó la absolución del modo que lo executan los confesores. Aunque esta visión había [96v] sido tan clara y manifiesta, era tanta su humildad que nunca se persuadió fuese así. Levantose llena de temor y se fue a los pies de su padre espiritual y, habiéndose confesado con el más vivo dolor y abundantes lágrimas, aunque con singular consuelo de su alma, al salir del confesonario repitió la oración a la misma sagrada imagen y, segunda vez, se vistió de hermosos resplandores. y el Niño, mostrándose cariñoso, levantó la mano y le echó la bendición. Quedó su alma con tan celestial favor, tan abrasada en el amor divino, que no podía contener las avenidas de su espíritu, siendo tan dulcemente violenta la llama que ardía en su pecho que el corazón sensiblemente le latía queriendo salirse a buscar mayor esfera. Pocos días después de haber recibido este favor, habiéndose quedado una noche sola en el coro, enardecida toda en caridad, pedía al Señor Sacramentado por el estado fe- [97r] liz de la Iglesia santa. Estando en lo más fervoroso de su oración, vio una gran llama de fuego que, saliendo de la Custodia, y dejándose registrar de sus virgíneos ojos, llenaba de hermosura todo el templo y de consuelo su alma. Duró esta visión por espacio de una hora, quedando la santa abrasada en amor y reverencia al Señor Sacramentado.
8.- Siempre que había de comulgar se disponía con el mayor fervor y reverencia, derramando afectuosa muchas lágrimas y pidiendo al Señor adornase su alma con el lleno de virtudes necesarias para recibirle. Como la santa fielmente se disponía, así el Señor dulcemente le regalaba. Un día de Pascua de Resurrección comulgó con las demás religiosas y vio en la forma consagrada un corderito vivo, hermoso y agraciado. Recibiole en su pecho y quedó tan suavemente trasportada y llena de consuelo espiritual que, en diez días [97v] con sus noches, ni durmió, ni comió, ni bebió, ni hizo acción alguna vital, sino suspirar por su amado Jesús, derramando de sus virginales ojos dulcísimas y tiernas lágrimas. Desde esta ocasión, siempre que comulgaba (que en aquellos tiempos era de tarde en tarde, por no estar introducida la frecuencia de sacramentos), se enajenaba de todos sus sentidos, quedando extática y fuera de sí, comunicándose también a su hermoso rostro estos divinos efectos, pues parecía entonces tan agraciada y bella que pudiera equivocarse con los más altos serafines. Duraban en la sierva de Dios estas dulzuras y deliquios por espacio de cuarenta días, de suerte que, a no intervenir la obediencia de su confesor, no comiera ni durmiera en este tiempo, pues aseguraba no tenía necesidad ni sentía desfallecimiento alguno en el cuerpo. “Hácensenos a nosotros estas cosas como imposibles”, dice aquí el historiador jeronimiano (H) “porque estamos muy lejos dellas”, y [98r] no hay duda que, si nos llegásemos con simplicidad de corazón a aquel Señor que todo es espíritu, nos espiritualizaríamos participando de sus celestiales dones, pero dejándonos arrastrar de la miseria, nos vamos tras las cosas terrenas, donde se pega nuestro corazón y, así, vivimos no vida espiritual, sino terrena. Estando en cierta ocasión orando la santa, se llegó a ella un varón anciano y venerable y le dijo: “Ven conmigo, que te llama la Reina”. Se hallaba entonces en Toledo la Reina Católica, doña Isabel, y pensando la sierva de Dios que la llamaba la Reina (pues entonces podían salir del convento por no tener clausura), se turbó toda y se escusó diciendo no podía ir a ver a Su Majestad. El venerable anciano le volvió a decir: “Ven, hija, conmigo, que no es la Reina de la tierra la que te llama, sino la Reina del cielo”. Al oír esto, se turbó mucho más, pues su humildad y conocimiento proprio la hacían indigna de cualquier favor. Conformada con la divina gracia, siguió a aquel anciano y, sacándola de la ciudad, se halló de repente en una [98v] iglesia donde vio una hermosísima imagen de Nuestra Señora con su Hijo en los brazos, postrose a sus pies y dijo: “Señora, aquí tenéis a esta esclava vuestra”. Entonces, aquel varón le puso en sus manos un delicado y rico paño de seda, y la Reina del Cielo le dio a su dulcísimo Hijo y, mandando a un hermoso mancebo que le acompañase con el anciano, le dijo estas palabras: “Ve con mi Hijo donde fuesen estos dos varones”. Quedó la sierva de Dios con tan rica joya llena de celestial júbilo y, haciendo reverencia a la Señora, se partió con sus dos compañeros que, sin duda, serían San Joseph y San Juan Evangelista, de quien era muy devota. El venerable anciano caminaba delante, como guía desta jornada, y el mancebo la acompañaba dándole la derecha. Llegaron breve a un pueblo grande y famoso lleno de palacios y ricas casas y, llamando a las puertas el venerable anciano, decía en voz alta y grave: “Abrid, que viene Dios a vuestra casa y os quiere visitar”. A estas voces se hacían sordos y ninguno quería abrirles y, si algunos tenían las puertas abiertas, luego que los veían, las cerraban al instante [99r] respondiendo todos que pasasen adelante, que no había posada. ¡Oh, grosera ingratitud de los mortales! Así anduvieron cuasi todo aquel dilatado pueblo sin hallar quien los acogiese. Volvíanse desconsolados y afligidos y, en el camino, encontraron a unos que iban de viaje y dijeron: “Nosotros os acogiéramos si no fuéramos deprisa, pero, mientras volvemos, os podéis recoger en ese establo”. Esta fue la mejor posada que entre los hombres halló el Criador del mundo. Volvieron a la iglesia donde estaba la Virgen y, recibiendo a su bendito Hijo de las manos de la santa, refirieron los compañeros cuanto había pasado y Nuestra Señora, hablando con la sierva de Dios, dijo: “Ya has visto cuántos esfuerzos ha hecho mi Hijo para que los hombres le reciban y cuánta ingratitud ha hallado en ellos, por eso vendrá sobre ellos su ira y serán castigados, unos con duros azotes, otros con espadas agudas y otros [con] ardientes llamas”. Desapareció la visión y, quedando [99v] afligida la santa, lo refirió a su confesor y, de a poco, se verificó puntualmente, pues no llovió en mucho tiempo, que fue un azote cruel, ni se cogieron los frutos, que fue una penetrante espada que quitó la vida a muchos; y se siguió una peste contagiosa, a cuyas voraces llamas rindieron la vida cuasi infinitos, con otros trabajos que se siguieron en toda España, pidiendo incesantemente la bendita santa al Señor mitigase su ira.
9.- Un día de la Ascensión, quedándose la santa en el coro después de maitines, como acostumbraba, llevada del afecto y amor a Jesús, se llegó cerca del altar mayor y allí fue arrebatada en éxtasis y le mostró el Señor una visión maravillosa: pareciole que se hallaba en un campo espacioso y dilatado, lleno de flores y plantas exquisitas. En medio [100r] deste campo vio que había una magnífica iglesia y que a ella se dirigían cinco solemnísimas procesiones de sacerdotes venerables ricamente vestidos de majestad y gloria. Conforme iban entrando en aquel templo, se postraban todos delante del altar mayor, donde estaba María Santísima con su bendito Hijo en los brazos y le parecía a la santa que esto no era en visión, sino en realidad, como si estuviera en el mismo Cielo. Después cantaron todos el Gloria in excelsis Deo con mucha solemnidad y, acabado, se quedaron con gran silencio y compostura, como si estuvieran en oración sin mirarse unos a otros. Pasado un rato, les mostró la Virgen a su Santísimo Hijo, diciendo: “Veis aquí el fruto bendito de mi vientre, tomadlo y comedlo”. Entonces, se levantó un sacerdote, que parecía de más autoridad que los otros, y se vistió para celebrar el santo sacrificio de la misa y, al ir a consagrar, le puso Nuestra Señora en sus manos a su Santísimo Hijo, y luego quedó en forma de hostia. Hizo la elevación para que [100v] todos la adorasen y apareció como un rayo de sol que la bañaba y, poco a poco, se fue subiendo al Cielo hasta que el Padre Eterno la recibió en su seno y se oyó luego una voz que dijo: “Este es mi hijo muy amado, oídle a Él”. Entonces, uno de los sacerdotes que estaban presentes y era conocido de la sierva de Dios por haber sido capellán del convento y que había muerto poco antes, se llegó a la santa y le dijo: “En lo que has visto conocerás la verdad del misterio eucarístico y la reverencia con que se debe celebrar. Advierte que es la voluntad de Dios que tú lo digas a otros”. Desapareció la visión y quedó la sierva de Jesús entre mil temores, pensando fuese alguna ilusión o engaño de Satanás, pues se tenía por indigna de cosas tan altas. Díjolo a su confesor, que lo era entonces don Juan de Biezma, capellán del monasterio y varón de suma integridad y pureza, y este, como prudente, aunque conoció eran verdades aquellas revelaciones, pues se dirigían al provecho y utilidad de las almas, le dijo que no hiciese caso de semejantes fantasías, que todo procedía de la debilidad de la cabeza. En otra ocasión, le apareció [101r] la Virgen María rodeada de luces y le dijo: “Cinco pecados aborrece mi Hijo en los sacerdotes y le ofenden en gran manera: el primero, la falta de fe en los misterios que tratan; el segundo, la codicia y apego a las cosas de la tierra; el tercero, el vicio horrendo de la luxuria; el cuarto, la ignorancia de sus obligaciones y, el quinto, la poca reverencia con que tratan las cosas divinas. Estas cosas irritan el justo enojo de mi Hijo. Publícalo así para que se enmienden”. Con el mismo temor se lo dijo a su confesor y este le respondió como antes, aunque observaba con cuidado para hacer el uso debido destas revelaciones a su tiempo, como con efecto se hizo con no poca utilidad de las almas. Estos fueron los primeros vuelos desta águila generosa que, remontada sobre todo lo criado, no paraba hasta tocar lo más alto y sublime de los cielos.
10.- Y, continuando con esta misma materia, tan fecunda de luz en la vida de nuestra santa que apenas se hallara igual en la historia, estaba una noche en oración después de maitines, cuan- [101v] do, al rayar el alba del festivo día del triunfo de la Santa Cruz, se le apareció la Majestad de Cristo, vida nuestra, con semblante grave y severo. Venía vestido de una tunicela morada, con sobrepelliz y estola al cuello, pero corriendo gotas de sangre por su divino rostro y aun por todo el cuerpo. No pudiendo contener la sierva de Dios el dolor que le causaba ver al Señor maltratado, derramando sangre, dijo: “¿Qué es esto, mi Dios? ¿Quién os tiene así?”. Y el Señor respondió: “Desta suerte me maltratan los que no me reciben en la comunión con la disposición debida. ¡Ay de los sacerdotes! Pues a estos les espera mayor tormento”. Quedó fuera de sí y, desde esa ocasión, pidió fervorosísimamente ''[8]'' a Su Majestad por los que comulgaban y, muy en particular, por los sacerdotes y ministros del altísimo. Repetidas veces orando delante de una Santa Verónica, o cara de Dios, con quien tenía singular devoción, la veía llena de resplandores y recibía mucho consuelo su alma. Un día de San Agustín, estando haciendo oración delante desta santa imagen, después que se iluminó, [102r] con vistosos rayos, apareció toda convertida en sangre. Afligiose mucho la sierva de Dios, temiendo no fuese algún engaño, pues su humildad la hacía recelar de todo pedía al Señor le diese a entender lo que quería en esto, y la significó que quería aumentase en sí la penitencia y mortificación, pues la deseaba cada día más perfecta y santa. Púsolo en execución y en esta virtud hizo progresos admirables. Desde este día no comió jamás carne ni cosa caliente y su corto alimento era un poco de pan con alguna fruta, de suerte que todas sus revelaciones eran para multiplicar en sus sienes brillantes coronas de méritos y virtudes, prueba, la más eficaz, de que eran verdaderas y no fingidas. En cierta ocasión, tuvo un rapto tan profundo que, por muchas horas, estuvo sin movimiento alguno vital. Pensaron todos que había muerto y los médicos hicieron las últimas experiencias de darle garrotes y ligaduras, a que resistió inmoble. Usaron también del fuego y del cuchillo, y la hallaron insensible, y no es mucho, pues su espíritu vivía ausente del cuerpo en regiones muy remotas y dis- [102v] tantes. Ya la lloraban muerta a la que a la verdad estaba extática, y acaso hubieran pasado a darle sepultura, si el Señor no lo hubiera impedido. En este tiempo fue arrobada en un éxtasis profundísimo y llevada por los ángeles a aquel campo espacioso y dilatado en que había visto antes las cinco procesiones que entraban en la iglesia, y volviose a repetir lo mismo que había visto. Y la Reina del Cielo le dijo con rostro severo y grave: “Mucho ha desagradado a mi Hijo que tu confesor no haya publicado lo que se te ha revelado. Vuelve a decírselo para que lo comunique con [el] deán de la iglesia y otros sacerdotes, y todos avisen al arzobispo para que ponga de su parte el remedio, haciéndole saber cómo el Señor está indignado contra los cinco vicios que te manifesté aborrece en gran manera, es a saber: falta de fe, codicia, luxuria, ignorancia y poca reverencia. También le dirás que avisen al arzobispo para que cele con rigor sobre los moros y judíos (se permitían entonces en Toledo), pues van sembrando muchos errores en la ciudad”. Desapareció [103r] la visión y volvió del rapto hallándose buena y sana, aunque con los temores que su humildad le causaban, pero fortalecida con las superiores luces que el Señor le daba. Llamó a su confesor y, con esforzado espíritu, le dijo lo que había oído de la boca de la Virgen, pero el confesor, que con madura reflexión miraba estas cosas, aunque inclinado al asenso, no se determinaba a publicarlo y le dijo: “Hermana, para que en materia tan grave no nos tengan por livianos, era menester alguna prueba o señal, porque si no se reirán y burlarán de nosotros. ¿Qué seña me das para que me crean?”
11.- Afligiose la Santa Virgen con su respuesta y, pensativa de lo que había de hacer, se despidió del confesor y, pasando por junto a una ventana, vio dos pliegos de papel y luego se le ofreció el escribir dos cartas: una para su confesor y otra para el deán. Tomó el papel y, guiada de superior impulso, se encerró en un sótano obscuro [103v] para que no la viesen. Empezó luego el papel a iluminarse, dando claridad suficiente para ver, y sintió que le ponían una pluma en la mano y, moviéndosela, sin saber quién, escribió en poco tiempo las dos cartas, pero con letra tan primorosa y limpia que claramente daba a entender la había formado mano de ángel. Pero aún mucho más admiraba el contexto de las cartas, pues iban tan llenas de doctrina, eficacia y persuasiva que, en cada cláusula o periodo se leía un arcano ''[9]'' de la más alta teología y así, por todas sus circunstancias, se conocía era obra milagrosa y de superior jerarquía. Remitió las cartas a su confesor, el que las recibió apenas llegó a su casa y, maravillado de aquella letra tan peregrina, pasó a leer la que para él venía y quedó pasmado y como fuera de sí al ver doctrina tan elevada, y mucho más cuando leyó en ella no pocas cosas de que solo Dios y él eran sabidores. No obstante estas muestras tan claras, no le dejaba obrar con libertad su timidez y poca resolución, y así determinó ocultar las cartas, sin manifestarlas al [104r] deán, ni dar parte al arzobispo. Fue a ver el confesor a la santa y, sabiendo esta su determinación, se le reprehendió con la mayor severidad y, aunque siempre humilde, en esta ocasión revestida del celo santo que la animaba, le habló con tal eficacia y libertad que bien conocía era cosa de Dios, pero no le pudo convencer por su gran pusilanimidad, aunque como veremos después, el Señor le castigó en el Purgatorio por este defecto. Quedó la santa muy acongojada y pedía al Señor eficazmente se valiese de otra persona que tuviese más autoridad o que moviese el corazón de su confesor para publicarlo. Vivía la santa muy desconfiada de su ineptitud para cosas tan grandes, efecto proprio de los humildes, aunque pudieran saber que por lo mismo se vale el Señor de los medios más despreciables para hacer cosas sublimes, pues no ellos, sino la gracia de Dios en ellos, obra estos prodigios. Y antes de pasar adelante, no podemos omitir, en elogio de nuestra santa, los muchos prodigios que obraban sus milagrosas cartas y hacen no pequeño honor a nuestra historia: a una niña, después de mucho tiempo muerta, le aplicaron una carta y luego al punto resucitó. Tenía una mu- [104v] jer encarcerado un pecho sin hallar remedio en la medicina toda, aplícase la carta y sanó instantáneamente. Caminaba en romería desde Toledo a Santiago de Galicia un venerable sacerdote y, para seguridad y alivio de viaje tan penoso, pudo conseguir una destas [10] cartas. Llevábala con la mayor veneración en el pecho, pareciéndole que libraba en ella toda la felicidad. Al pasar un río caudaloso, cayó entre sus rápidas corrientes y, sin duda, le hubieran arrebatado a no haber acudido a esta insigne reliquia. Salió milagrosamente y, habiéndose mojado todo cuanto traía puesto hasta la camisa, solo la carta se halló seca y enjuta. En cierta ocasión, al ir a caerse por casualidad una destas cartas en una tinaja de agua, se detuvo milagrosamente en el aire. A una persona que padecía un incorregible fluxo de sangre, se detuvo luego que le aplicaron una carta. El doctor don Diego de Villaminaya, dignidad de capellán mayor de la santa iglesia de Toledo, pudo conseguir una carta destas con que dio salud a muchísimos enfermos. Estos y otros prodigios ha obrado el Señor en crédito de su sierva.
12.- Continuaba esta en sus santos exercicios de oración, retiro y penitencia, estimada de Dios, venerada de los hombres y favorecida de los ánge- [105r] les, pidiendo siempre a Su Majestad con fervorosas lágrimas por el estado feliz de la Iglesia y salvación de las almas redimidas con su preciosa sangre. Este era el objeto común de sus oraciones y, como fundado en caridad, le era a Dios muy agradable y por eso le regalaba con frecuentes apariciones, manifestándola sus más escondidos tesoros. En cierta ocasión, fue llevada por un ángel al Purgatorio, donde vio penas y tormentos tan terribles que no hay lengua que los pueda explicar. Oyó allí gemidos, gritos y aullidos formidables, vio también figuras de animales tan estraños y peregrinos que jamás había visto en la tierra, y tan fieros y espantosos que bastaba solo su vista para quitar la vida al hombre más animoso y valiente. Vio, igualmente, gran multitud y variedad de gusanos que roían y atormentaban a aquellas pobres almas. Examinó uno la sierva de Dios con cuidado y dice tendría [105v] como un cuarto de largo y tres o cuatro dedos de ancho, cubierto por encima de unas conchas menudas, pero encendidas de un fuego muy activo. Reparó también que tenía unas uñas sumamente fuertes y aguzadas. Preguntó al ángel qué significaban aquellos gusanos y respondió: “Estos son los gusanos de la conciencia, que están royendo las almas de los que ves aquí detenidos, y esto les mortifica más que ninguna otra pena. ¡Que no fuese yo mejor! Exclaman noche y día. ¡Que no fuese yo más solícito en ganar indulgencias! ¡Que anduviese tan descuidado! ¡Que pude haber evitado estas penas y no lo hice! Este es el gusano roedor que más los atormenta. ¡Que pude y no lo hice! Y este también – prosiguió el ángel- es el que más aflige y desconsuela a los míseros condenados: ver que pudieron salvarse y no lo hicieron, que pudieran estar en el Cielo para siempre y se ven en el infierno por toda una eternidad. Este roedor nunca se acaba, siempre vive [106r] y nunca muere”. Vio allí la santa a varias personas, entre ellas a un sacerdote que aún vivía y era cura de una parroquia de Toledo y muy conocido de la santa. Tenía enroscada por el cuerpo una grande y espantosa culebra de dos cabezas, que con la una le roía el espinazo y, con la otra, el estómago, y junto a él un dragón horrible y espantoso que llevaba sobre su lomo un niño que a grandes gritos pedía a Dios justicia contra aquel párroco. Quedó espantada la santa y preguntó al ángel qué significaba aquella visión, y el ángel le respondió: “Sábete que este niño se queja contra el párroco porque no recibió el bautismo por descuido suyo, y así pide a Dios le castigue tan gran pecado”. Desapareció la visión y, vuelta en sí, hizo oración fervorosa por él, y sucedió que, pasados algunos días, diciendo misa este párroco y oyéndola la santa, después que se acabó, fue arrebatada en éxtasis y le vio [106v] que aquel miserable sacerdote tenía rodeada al cuerpo una espantosa culebra, pero con tres cabezas: con la una le mordía la lengua, la otra el corazón y, con la tercera, las espaldas. Vio también al niño, que daba gritos delante d’él y decía: “Por tu causa no recibí el bautismo, por ti me veo desterrado del Cielo, por ti no veré a Dios jamás. Venga, pues, sobre ti el castigo de tan gran culpa”. Pasados tres días, llamó la santa a este párroco y le dijo cuánto había visto, y otras muchas cosas secretas que nadie las sabía, y le amonestó de enmendarse de tales y tales pecados graves que había cometido, y porque tenía al Señor muy ofendido. Al oír descubierto su interior, quedó desmayado aquel sacerdote y cayó como muerto en tierra; animole la sierva de Dios exhortándole a hacer penitencia y que confiase en [que] el Señor [107r] le perdonaría sus culpas, si de corazón se arrepintiese dellas. Estando otro día diciendo misa, aparecieron en la hoja del canon cinco gotas de sangre fresca y reciente, y refiriéndolo a la santa le dijo, vestido de luz su pensamiento, que en ello le daba el Señor a entender le quedaban de vida solo cinco años, como se verificó. Murió pasado este tiempo, día de San Miguel, y, haciendo oración por él la sierva de Dios, se le apareció en una figura horrible y lastimera en que daba a entender se había condenado. Adoremos los juicios de Dios siempre inescrutables mientras damos principio al capítulo siguiente.
=Vida impresa (1)=