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→Capítulo 5. Personas que han floxeado en santidad y milagros naturales de Ajofrín
10.- Y, continuando con esta misma materia, tan fecunda de luz en la vida de nuestra santa que apenas se hallara igual en la historia, estaba una noche en oración después de maitines, cuan- [101v] do, al rayar el alba del festivo día del triunfo de la Santa Cruz, se le apareció la Majestad de Cristo, vida nuestra, con semblante grave y severo. Venía vestido de una tunicela morada, con sobrepelliz y estola al cuello, pero corriendo gotas de sangre por su divino rostro y aun por todo el cuerpo. No pudiendo contener la sierva de Dios el dolor que le causaba ver al Señor maltratado, derramando sangre, dijo: “¿Qué es esto, mi Dios? ¿Quién os tiene así?”. Y el Señor respondió: “Desta suerte me maltratan los que no me reciben en la comunión con la disposición debida. ¡Ay de los sacerdotes! Pues a estos les espera mayor tormento”. Quedó fuera de sí y, desde esa ocasión, pidió fervorosísimamente ''[8]'' a Su Majestad por los que comulgaban y, muy en particular, por los sacerdotes y ministros del altísimo. Repetidas veces orando delante de una Santa Verónica, o cara de Dios, con quien tenía singular devoción, la veía llena de resplandores y recibía mucho consuelo su alma. Un día de San Agustín, estando haciendo oración delante desta santa imagen, después que se iluminó, [102r] con vistosos rayos, apareció toda convertida en sangre. Afligiose mucho la sierva de Dios, temiendo no fuese algún engaño, pues su humildad la hacía recelar de todo pedía al Señor le diese a entender lo que quería en esto, y la significó que quería aumentase en sí la penitencia y mortificación, pues la deseaba cada día más perfecta y santa. Púsolo en execución y en esta virtud hizo progresos admirables. Desde este día no comió jamás carne ni cosa caliente y su corto alimento era un poco de pan con alguna fruta, de suerte que todas sus revelaciones eran para multiplicar en sus sienes brillantes coronas de méritos y virtudes, prueba, la más eficaz, de que eran verdaderas y no fingidas. En cierta ocasión, tuvo un rapto tan profundo que, por muchas horas, estuvo sin movimiento alguno vital. Pensaron todos que había muerto y los médicos hicieron las últimas experiencias de darle garrotes y ligaduras, a que resistió inmoble. Usaron también del fuego y del cuchillo, y la hallaron insensible, y no es mucho, pues su espíritu vivía ausente del cuerpo en regiones muy remotas y dis- [102v] tantes. Ya la lloraban muerta a la que a la verdad estaba extática, y acaso hubieran pasado a darle sepultura, si el Señor no lo hubiera impedido. En este tiempo fue arrobada en un éxtasis profundísimo y llevada por los ángeles a aquel campo espacioso y dilatado en que había visto antes las cinco procesiones que entraban en la iglesia, y volviose a repetir lo mismo que había visto. Y la Reina del Cielo le dijo con rostro severo y grave: “Mucho ha desagradado a mi Hijo que tu confesor no haya publicado lo que se te ha revelado. Vuelve a decírselo para que lo comunique con [el] deán de la iglesia y otros sacerdotes, y todos avisen al arzobispo para que ponga de su parte el remedio, haciéndole saber cómo el Señor está indignado contra los cinco vicios que te manifesté aborrece en gran manera, es a saber: falta de fe, codicia, luxuria, ignorancia y poca reverencia. También le dirás que avisen al arzobispo para que cele con rigor sobre los moros y judíos (se permitían entonces en Toledo), pues van sembrando muchos errores en la ciudad”. Desapareció [103r] la visión y volvió del rapto hallándose buena y sana, aunque con los temores que su humildad le causaban, pero fortalecida con las superiores luces que el Señor le daba. Llamó a su confesor y, con esforzado espíritu, le dijo lo que había oído de la boca de la Virgen, pero el confesor, que con madura reflexión miraba estas cosas, aunque inclinado al asenso, no se determinaba a publicarlo y le dijo: “Hermana, para que en materia tan grave no nos tengan por livianos, era menester alguna prueba o señal, porque si no se reirán y burlarán de nosotros. ¿Qué seña me das para que me crean?”
11.- Afligiose la Santa Virgen con su respuesta y, pensativa de lo que había de hacer, se despidió del confesor y, pasando por junto a una ventana, vio dos pliegos de papel y luego se le ofreció el escribir dos cartas: una para su confesor y otra para el deán. Tomó el papel y, guiada de superior impulso, se encerró en un sótano obscuro [103v] para que no la viesen. Empezó luego el papel a iluminarse, dando claridad suficiente para ver, y sintió que le ponían una pluma en la mano y, moviéndosela, sin saber quién, escribió en poco tiempo las dos cartas, pero con letra tan primorosa y limpia que claramente daba a entender la había formado mano de ángel. Pero aún mucho más admiraba el contexto de las cartas, pues iban tan llenas de doctrina, eficacia y persuasiva que, en cada cláusula o periodo se leía un arcano ''[9]'' de la más alta teología y así, por todas sus circunstancias, se conocía era obra milagrosa y de superior jerarquía. Remitió las cartas a su confesor, el que las recibió apenas llegó a su casa y, maravillado de aquella letra tan peregrina, pasó a leer la que para él venía y quedó pasmado y como fuera de sí al ver doctrina tan elevada, y mucho más cuando leyó en ella no pocas cosas de que solo Dios y él eran sabidores. No obstante estas muestras tan claras, no le dejaba obrar con libertad su timidez y poca resolución, y así determinó ocultar las cartas, sin manifestarlas al [104r] deán, ni dar parte al arzobispo. Fue a ver el confesor a la santa y, sabiendo esta su determinación, se le reprehendió con la mayor severidad y, aunque siempre humilde, en esta ocasión revestida del celo santo que la animaba, le habló con tal eficacia y libertad que bien conocía era cosa de Dios, pero no le pudo convencer por su gran pusilanimidad, aunque como veremos después, el Señor le castigó en el Purgatorio por este defecto. Quedó la santa muy acongojada y pedía al Señor eficazmente se valiese de otra persona que tuviese más autoridad o que moviese el corazón de su confesor para publicarlo. Vivía la santa muy desconfiada de su ineptitud para cosas tan grandes, efecto proprio de los humildes, aunque pudieran saber que por lo mismo se vale el Señor de los medios más despreciables para hacer cosas sublimes, pues no ellos, sino la gracia de Dios en ellos, obra estos prodigios. Y antes de pasar adelante, no podemos omitir, en elogio de nuestra santa, los muchos prodigios que obraban sus milagrosas cartas y hacen no pequeño honor a nuestra historia: a una niña, después de mucho tiempo muerta, le aplicaron una carta y luego al punto resucitó. Tenía una mu- [104v] jer encarcerado un pecho sin hallar remedio en la medicina toda, aplícase la carta y sanó instantáneamente. Caminaba en romería desde Toledo a Santiago de Galicia un venerable sacerdote y, para seguridad y alivio de viaje tan penoso, pudo conseguir una destas ''[10] '' cartas. Llevábala con la mayor veneración en el pecho, pareciéndole que libraba en ella toda la felicidad. Al pasar un río caudaloso, cayó entre sus rápidas corrientes y, sin duda, le hubieran arrebatado a no haber acudido a esta insigne reliquia. Salió milagrosamente y, habiéndose mojado todo cuanto traía puesto hasta la camisa, solo la carta se halló seca y enjuta. En cierta ocasión, al ir a caerse por casualidad una destas cartas en una tinaja de agua, se detuvo milagrosamente en el aire. A una persona que padecía un incorregible fluxo de sangre, se detuvo luego que le aplicaron una carta. El doctor don Diego de Villaminaya, dignidad de capellán mayor de la santa iglesia de Toledo, pudo conseguir una carta destas con que dio salud a muchísimos enfermos. Estos y otros prodigios ha obrado el Señor en crédito de su sierva.
12.- Continuaba esta en sus santos exercicios de oración, retiro y penitencia, estimada de Dios, venerada de los hombres y favorecida de los ánge- [105r] les, pidiendo siempre a Su Majestad con fervorosas lágrimas por el estado feliz de la Iglesia y salvación de las almas redimidas con su preciosa sangre. Este era el objeto común de sus oraciones y, como fundado en caridad, le era a Dios muy agradable y por eso le regalaba con frecuentes apariciones, manifestándola sus más escondidos tesoros. En cierta ocasión, fue llevada por un ángel al Purgatorio, donde vio penas y tormentos tan terribles que no hay lengua que los pueda explicar. Oyó allí gemidos, gritos y aullidos formidables, vio también figuras de animales tan estraños y peregrinos que jamás había visto en la tierra, y tan fieros y espantosos que bastaba solo su vista para quitar la vida al hombre más animoso y valiente. Vio, igualmente, gran multitud y variedad de gusanos que roían y atormentaban a aquellas pobres almas. Examinó uno la sierva de Dios con cuidado y dice tendría [105v] como un cuarto de largo y tres o cuatro dedos de ancho, cubierto por encima de unas conchas menudas, pero encendidas de un fuego muy activo. Reparó también que tenía unas uñas sumamente fuertes y aguzadas. Preguntó al ángel qué significaban aquellos gusanos y respondió: “Estos son los gusanos de la conciencia, que están royendo las almas de los que ves aquí detenidos, y esto les mortifica más que ninguna otra pena. ¡Que no fuese yo mejor! Exclaman noche y día. ¡Que no fuese yo más solícito en ganar indulgencias! ¡Que anduviese tan descuidado! ¡Que pude haber evitado estas penas y no lo hice! Este es el gusano roedor que más los atormenta. ¡Que pude y no lo hice! Y este también – prosiguió el ángel- es el que más aflige y desconsuela a los míseros condenados: ver que pudieron salvarse y no lo hicieron, que pudieran estar en el Cielo para siempre y se ven en el infierno por toda una eternidad. Este roedor nunca se acaba, siempre vive [106r] y nunca muere”. Vio allí la santa a varias personas, entre ellas a un sacerdote que aún vivía y era cura de una parroquia de Toledo y muy conocido de la santa. Tenía enroscada por el cuerpo una grande y espantosa culebra de dos cabezas, que con la una le roía el espinazo y, con la otra, el estómago, y junto a él un dragón horrible y espantoso que llevaba sobre su lomo un niño que a grandes gritos pedía a Dios justicia contra aquel párroco. Quedó espantada la santa y preguntó al ángel qué significaba aquella visión, y el ángel le respondió: “Sábete que este niño se queja contra el párroco porque no recibió el bautismo por descuido suyo, y así pide a Dios le castigue tan gran pecado”. Desapareció la visión y, vuelta en sí, hizo oración fervorosa por él, y sucedió que, pasados algunos días, diciendo misa este párroco y oyéndola la santa, después que se acabó, fue arrebatada en éxtasis y le vio [106v] que aquel miserable sacerdote tenía rodeada al cuerpo una espantosa culebra, pero con tres cabezas: con la una le mordía la lengua, la otra el corazón y, con la tercera, las espaldas. Vio también al niño, que daba gritos delante d’él y decía: “Por tu causa no recibí el bautismo, por ti me veo desterrado del Cielo, por ti no veré a Dios jamás. Venga, pues, sobre ti el castigo de tan gran culpa”. Pasados tres días, llamó la santa a este párroco y le dijo cuánto había visto, y otras muchas cosas secretas que nadie las sabía, y le amonestó de enmendarse de tales y tales pecados graves que había cometido, y porque tenía al Señor muy ofendido. Al oír descubierto su interior, quedó desmayado aquel sacerdote y cayó como muerto en tierra; animole la sierva de Dios exhortándole a hacer penitencia y que confiase en [que] el Señor [107r] le perdonaría sus culpas, si de corazón se arrepintiese dellas. Estando otro día diciendo misa, aparecieron en la hoja del canon cinco gotas de sangre fresca y reciente, y refiriéndolo a la santa le dijo, vestido de luz su pensamiento, que en ello le daba el Señor a entender le quedaban de vida solo cinco años, como se verificó. Murió pasado este tiempo, día de San Miguel, y, haciendo oración por él la sierva de Dios, se le apareció en una figura horrible y lastimera en que daba a entender se había condenado. Adoremos los juicios de Dios siempre inescrutables mientras damos principio al capítulo siguiente.